Vegeta inclinó ligeramente la cabeza hacia el suelo. Sus hombros se tensaron, no de furia, sino de algo más difícil de admitir: un cansancio interno.

Se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos durante unos segundos. Para un príncipe Saiyajin, un guerrero de élite, esto era una aberración. No podía comprender cómo había permitido que las emociones, las palabras de una simple terrícola, y mucho menos el contacto, lo desviaran de su camino. Estaba claro que el vínculo entre Kakaroto y Bulma era la raíz de toda esta confusión. Pero no por ello debía haber cruzado esa línea.

Con un bufido de fastidio, Vegeta cerró la puerta de golpe y caminó directamente hacia su cámara de gravedad. No había necesidad de buscar respuestas o explicaciones, no había tiempo para reflexionar sobre lo que había pasado. Solo necesitaba el entrenamiento, esa rutina intensa que lo ayudaba a bloquear cualquier pensamiento ajeno a su objetivo principal.

A medida que ingresaba en la cámara, el aire se sentía más pesado, más denso, tal como a él le gustaba. Activó los controles para aumentar la gravedad a un nivel que desafiaba incluso a su cuerpo saiyajin. Cada paso, cada movimiento, se convirtió en un acto de pura determinación. Esta vez no solo entrenaba para ser más fuerte; lo hacía para liberarse de cualquier sensación que lo atara a lo ocurrido.

Y entonces, se lanzó a una serie de ataques y maniobras. Patadas, puñetazos, esquivas. Los golpes resonaban en la cámara, y cada uno llevaba consigo la frustración de un príncipe que se sentía, al menos por un breve momento, fuera de control.

Por otro lado, la casa estaba completamente vacía. La luz tenue de la tarde iluminaba los muebles silenciosos. Todo estaba en calma, demasiado en calma. Goten estaba en la escuela, y ese silencio que normalmente le resultaba reconfortante ahora la hacía sentir más sola que nunca.

Se apoyó contra la puerta, cerrando los ojos por un momento. Su cabeza estaba llena de pensamientos, de imágenes. Todo lo que había tratado de mantener bajo control, toda la dignidad que había intentado sostener, se desmoronó de golpe.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro, primero de forma silenciosa, luego acompañadas de un temblor en sus labios. Sus manos, como si tuvieran vida propia, subieron lentamente hasta tocar sus labios. Aún podía sentirlo, una corriente eléctrica que jamás había experimentado. Vegeta no le importaba en absoluto, lo sabía. Pero ese beso... ese maldito beso había encendido algo en su interior, algo que ni siquiera Goku había podido despertar.

Con Goku nunca fue así. Él era atractivo, sí, pero su relación siempre careció de esa chispa, de esa conexión que ahora comprendía que jamás estuvo ahí. Ese único momento con Vegeta le hizo darse cuenta de cuán vacío había sido todo antes.

Y, como si el peso de la verdad la aplastara aún más, recordó las palabras de Vegeta. Esas palabras, dichas con arrogancia y crueldad, le habían dejado claro algo que hasta ahora no quería aceptar: Goku nunca se lo dio todo. Nunca fue suyo completamente, ni emocional ni físicamente. Lo que Goku ahora daba a Bulma, esa intensidad, ese deseo, era algo que ella jamás había conocido. Y ese reconocimiento le dolía más que cualquier otra cosa.

Se llevó las manos al rostro, tapando sus ojos, mientras el llanto no paraba. No era solo por el beso o por Vegeta. Era por la humillación de darse cuenta de cuánto tiempo había estado aferrándose a una ilusión. De haberse sentido importante para alguien que, en realidad, nunca le había dado nada con real intención de hacerlo.

Milk se levantó del suelo, tratando de recomponerse. Aun con las emociones a flor de piel, se dirigió a la cocina, buscando calmarse con un vaso de agua. Apenas sostuvo el vaso contra sus labios cuando escuchó la puerta de entrada abrirse. Giró la cabeza justo a tiempo para ver a Gohan entrando con sus cuadernos bajo el brazo.

Gohan, al verla, se detuvo en seco. Sus ojos se fijaron en su madre, sorprendido. Había algo distinto en ella. No solo las lágrimas que aún nublaban sus ojos, ni el tenue color rosado que cubría sus mejillas y labios. Era su apariencia en general. El cabello suelto caía sobre sus hombros de una manera que raramente veía, y su ropa, poco habitual, resaltaba una figura que él, acostumbrado a la sencillez de Milk, nunca había percibido de esa forma.

Milk notó su mirada y desvió los ojos rápidamente, nerviosa.

—No... no es nada, Gohan. Todo está bien —dijo apresuradamente, tratando de evitar cualquier pregunta.

Gohan frunció el ceño, conocía el carácter de su madre y su tendencia a ocultar lo que realmente sentía. Pero esta vez algo lo impulsó a acercarse. Dejó sus cuadernos en la mesa, se movió hacia ella y, con una gentileza poco habitual, tomó su brazo.

—Mamá, mírame —dijo en voz baja.

Milk trató de resistirse por un instante, pero Gohan insistió. Finalmente, alzó la mirada, dejando que él viera su rostro por completo. Gohan se quedó quieto, casi atónito.

—Mamá... qué hermosa eres —dijo, su tono lleno de una honestidad pura que la desarmó.

Milk parpadeó, sorprendida, y una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios.

—¿Qué... qué dices, Gohan? —balbuceó, intentando restarle importancia.

Pero Gohan no apartó la mirada, y con una pequeña sonrisa le respondió:

—Sí, mamá. Eres muy bonita. No quiero que estés llorando por nada. Lo que sea que te haga sentir así... olvídalo. No vale la pena.

Milk sintió que su pecho se apretaba, pero esta vez no era por el dolor de hace unos momentos. Sus palabras, tan simples pero tan sinceras, le recordaron algo que había olvidado por completo: aún podía brillar, aún podía ser vista. Y mientras Gohan regresaba a sus tareas, Milk se quedó inmóvil, con el vaso aún en la mano, pensando en lo que había dicho.

Casi sin querer, su mente volvió al beso con Vegeta. El recuerdo le arrancó una chispa de algo desconocido: emoción, quizás una especie de esperanza. Si algo tan breve había sido capaz de hacerla sentir así, entonces tal vez tenía razón en algo que apenas comenzaba a admitir: había más en la vida. Había más allá del mundo que había conocido con Goku. Y si en segundos pudo experimentar algo tan intenso, tal vez era momento de buscar esa nueva oportunidad que nunca pensó tener.

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Bulma estaba absorta en su proyecto, rodeada de planos, herramientas y pantallas de monitoreo. Uno de sus asistentes se acercó, extendiéndole una llave de torque que ella había solicitado momentos antes. Goku, a su lado, observaba con curiosidad el diseño que Bulma estaba armando, siempre se sentía intrigado por su capacidad de construir cosas tan complejas, sobre todo ese proyecto de androides especializados.

Sin embargo, cuando Bulma extendió la mano para recibir la herramienta, algo extraño ocurrió. Su visión se tornó borrosa, y la llave se le escurrió entre los dedos, cayendo al suelo con un ruido metálico que rompió la concentración de todos. Su asistente parpadeó, confundido, mientras Goku, con su agudo instinto, se acercó de inmediato.

—¿Bulma? —preguntó él, su tono preocupado.

Ella se apoyó rápidamente en el filo del mesón, tratando de recuperar el equilibrio. Sus manos temblaron ligeramente, y su expresión mostró sorpresa, como si tampoco entendiera del todo lo que había pasado.

—No... no es nada, solo... me sentí un poco mareada, nada más —dijo, sacudiendo la cabeza.

Goku no pareció convencido, pero no insistió. En cambio, permaneció cerca, observándola con detenimiento mientras ella intentaba reanudar su tarea. Sin embargo, antes de que pudiera continuar, otro empleado ingresó al laboratorio con una bandeja en las manos. En ella había un pequeño refrigerio y una cajetilla de cigarrillos, algo que Bulma había dejado hace tiempo. Pero al verlos, sus ojos se fijaron en ellos con una mezcla de sorpresa y un impulso repentino.

Antes de que pudiera siquiera alargar la mano, Goku reaccionó. Con un movimiento rápido, tomó la bandeja y se la quedó mirando. Sus ojos, normalmente tranquilos, ahora estaban serios y llenos de determinación.

—Bulma, tú ya habías dejado esto —le dijo, señalando los cigarrillos.

—Solo quería uno, eso es todo —protestó ella, con un tono algo defensivo.

—No. —Su voz no dejó espacio para discusión.

Sin más palabras, Goku concentró una pequeña cantidad de ki en su mano y, frente a sus ojos, eliminó la cajetilla con un destello. Bulma abrió la boca, lista para quejarse, pero se quedó callada. Algo en la manera en que él la miraba, con una mezcla de preocupación y firmeza, le impidió decir nada más.

Por unos momentos, el laboratorio quedó en silencio. El asistente que había traído las herramientas fingió revisar una tabla de datos para no intervenir, mientras Goku y Bulma se miraban fijamente.

—Déjanos solos— solicitó Bulma sin apartar su mirada del guerrero.

El laboratorio, que minutos antes solo había sido un refugio de concentración, se convirtió en un campo de batalla verbal. Bulma cruzó los brazos y miró a Goku con una mezcla de desconcierto y fastidio.

—¿Qué te sucede? —le espetó, con el tono un poco más alto de lo normal—. ¿Desde cuándo tú decides qué puedo o no puedo hacer?

Goku, que no estaba acostumbrado a discutir con ella, tampoco retrocedió. Su voz era firme, aunque su ceño apenas se fruncía.

—Yo no te estoy diciendo qué hacer porque sí —respondió, manteniendo su postura—. Pero eso te hace daño. Y yo ya te había dicho que no quiero que lo consumas, ya sabes lo que pienso sobre esas cosas.

—¿Que no quieres que lo consuma? —Bulma alzó una ceja, incrédula— Yo siempre he hecho lo que quiero, Goku. No necesito que vengas a decirme qué está bien o qué está mal.

La tensión en su voz era evidente, y aunque su carácter rebelde normalmente era algo que a Goku le divertía, esta vez solo encendió una chispa en él.

—¿De verdad crees que estoy contigo para mirarte la cara y asentir a todo lo que dices? —su tono subió, pero no lo suficiente como para sonar agresivo. Era más bien un tono de desafío, uno que ella no esperaba— Estoy aquí porque me importa lo que te pase, y no estoy de acuerdo con que sigas consumiendo algo que te hace daño.

Bulma parpadeó, sorprendida por el repentino cambio de carácter de Goku. A pesar de que en ocasiones él podía mostrarse firme, no era habitual que se plantara con esa determinación frente a ella.

—Últimamente me siento extraña, me siento diferente, y no sé por qué. Tengo un montón de proyectos y responsabilidades, Goku. Estoy tensa, y necesito relajarme. —replicó, tratando de recuperar su terreno.

Goku no respondió de inmediato. La miró directamente, evaluándola, y dio un paso hacia ella. Sus manos se apoyaron con suavidad pero firmeza en sus caderas, sujetándola lo suficiente como para captar toda su atención.

—Si necesitas relajarte —dijo en un tono bajo pero cargado de intención— entonces yo puedo ayudarte a hacerlo, vámonos, hagámoslo ahora.

La cercanía, el contacto, y esa sugerencia inesperada hicieron que Bulma abriera los ojos ligeramente, ambas respiraciones se agitaron, sus ojos se dieron directamente. Sin embargo, su reacción no fue la que Goku esperaba. Se apartó de él, no bruscamente, pero con suficiente firmeza como para dejar clara su negativa.

—Goku... espera. Ahorita no —dijo, sin alzar la voz, pero con un tono que mostraba su incomodidad.

Ese rechazo lo detuvo en seco, nunca pasaba. Su mirada se endureció, y por un momento parecía que iba a insistir, pero simplemente retrocedió un paso. El silencio entre ellos era pesado, casi insoportable.

—¿Sabes qué? —dijo él finalmente, con una calma tensa y caprichosa a la vez— Haz lo que quieras—

Bulma abrió la boca, pero no encontró las palabras. Goku ya no la miraba con preocupación; ahora era una mezcla de desilusión y enojo. Se quedó quieta, mirándolo mientras él se apartaba, sabiendo lo que iba a hacer, conociendo sus siguientes pasos.

—No, espera... —empezó a decir, tratando de suavizar las cosas, pero no pudo terminar.

Goku cerró los ojos y, sin decir más, desapareció con la teletransportación. La habitación quedó en completo silencio, y Bulma se quedó sola, con el eco de sus propias palabras resonando en su cabeza, emitiendo un bufido por aquella tonta discusión.

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Goku apareció de repente frente a Kaio Zama, tan cerca que el regordete maestro dio un brinco y cayó de espaldas, soltando un grito de sorpresa.

—¡Muchacho! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no aparezcas así? —gritó Kaio Zama mientras se reincorporaba, sacudiéndose el polvo de su túnica.

Goku se rascó la cabeza con una sonrisa algo nerviosa. —Ah, lo siento, lo siento... No fue mi intención asustarte.

Kaio Zama se cruzó de brazos, mirándolo con desaprobación. —Pues me asustaste de todos modos. Ahora, ¿qué quieres?

Pero Goku no respondió de inmediato. Miró al horizonte con una expresión pensativa, casi perdida. —Es extraño... —murmuró—. Ella no quiso estar conmigo. Siempre dice que sí, siempre. ¿Por qué no quiso esta vez?

Kaio Zama alzó una ceja, desconcertado. —¿De qué estás hablando? ¿Quién no quiso qué?

Goku no parecía escuchar la pregunta. —Siempre le gusta estar conmigo, ¿por qué esta vez no? —continuó, como si hablara con el viento—. Esta diferente. ¿Qué es lo que le pasa? Me gustaría entender qué es lo que le está pasando. Aunque... Esto me está empezando a frustrar porque yo quiero estar con ella, la veo más bonita.

Kaio Zama parpadeó varias veces, intentando procesar las palabras de su discípulo. Su rostro, habitualmente sereno, comenzó a cambiar de color. Sus mejillas se tiñeron de un rojo brillante, y de pronto alzó las manos como si tratara de detener algo.

—¡Espera, espera, espera! —dijo rápidamente, evitando mirar directamente a Goku—. ¡Muchacho, no sigas con esas cosas! ¡Mejor, eh, mejor ve y... y medita un rato! Sí, eso es. ¡Medita! —

El Saiyajin lo miró, todavía confundido. —¿Meditar? ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo lo que estoy diciendo?

Kaio Zama soltó una risita nerviosa, sin poder ocultar su vergüenza. —¡Nada, nada! Solo... solo trata de relajarte un poco, ¿de acuerdo?

Goku se encogió de hombros, todavía sin entender del todo, pero decidió no insistir. Mientras Kaio Zama trataba de recomponerse, Goku seguía reflexionando en silencio, buscando una respuesta que aún no encontraba.

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En un laboratorio oculto a kilómetros de cualquier civilización, donde la luz del sol no tocaba las paredes y la única iluminación provenía de pantallas parpadeantes y un tenue resplandor rojizo, cinco figuras se reunían en torno a una mesa metálica. Sus rostros, si es que se podían llamar rostros, apenas se distinguían bajo las sombras. Lo que sí era visible era el brillo inquietante de sus ojos: rojos, fulgurantes, como brasas que nunca se apagaban.

El aire estaba cargado de una tensión palpable, mezclada con un leve aroma a metal quemado y algo más indescriptible, algo que recordaba a la descomposición. Las paredes eran lisas, opacas, pero en ciertos rincones se podían ver formas amorfas talladas en el material, símbolos que parecían serpentear cuando la luz cambiaba. Todo en ese lugar emanaba una sensación de malevolencia, como si estuviera vivo y respirando junto a sus ocupantes.

Uno de ellos, un sujeto más alto y delgado que los demás, se inclinó hacia la mesa con una sonrisa torcida, mostrando dientes afilados y desiguales.

—La clave para que esto termine —dijo con voz ronca y serpenteante—, es asesinándola a ella. Ella tiene que desaparecer.

Un murmullo recorrió a los otros cuatro. Sus cabezas se movieron apenas, como si consideraran las implicaciones. Uno, con un cuerpo más robusto y una mandíbula prominente, se rió entre dientes.

—¿Tú crees que con eso les demos donde más les duele? —preguntó, aunque el tono mostraba que ya conocía la respuesta.

—Sí —afirmó el primero, sus ojos brillando con una intensidad más feroz— Ella es la pieza clave. Si ella muere, están perdidos.

La risa que siguió fue fría, sin humor, resonando en el vacío del laboratorio subterráneo. Era un sonido deshumanizado, algo que hacía eco en las entrañas de la estructura. Otro de ellos, más pequeño y de movimientos nerviosos, se inclinó hacia delante, sus dedos alargados tamborileando sobre la mesa.

—Ya está todo listo —dijo, su voz más aguda y afilada—. Creo que el caos puede empezar.

La mesa reflejaba los ojos de todos ellos, esas llamas rojas que eran lo único en ese espacio que parecía vivo. En la penumbra, su piel se veía artificial, tal vez metálica o tal vez de un material que no pertenecía a la Tierra. Eran humanoides, pero en sus gestos y en la forma en que sus músculos se movían había algo profundamente antinatural. Y aunque no emitían ningún ki, ningún rastro de energía detectable, su presencia era opresiva, como si el aire mismo se volviera más denso a su alrededor.

Era un lugar diseñado para la conspiración y el silencio, un laboratorio que nunca debió existir, escondido bajo capas de tierra y roca. Ahora, después de un tiempo interminable en las sombras, estaban listos para emerger y cumplir su propósito.

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Continuará...

Está algo corto, pero espero les guste, la trama que se viene está buenisima.

Nos vemos pronto!

AMAPOL