Disclaimer 1: Fanfic sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad material de Nickelodeon Intl, y está bajo licencia de Viacom International Media y Jam Filled Entertainment.

Disclaimer 2: Los materiales referidos y/o parodiados son propiedad intelectual y material de sus respectivos creadores.

Disclaimer 3: basado en los sucesos del universo de Tierra de Sombras, de El Caballero de las Antorchas

Fiat tenebris

Familia Casagrande

Las lágrimas innumerables

Great Lakes City

25 de febrero de 2018

10:38 pm

Sala de urgencias del hospital San Antonio

¿Cómo dejaremos el camino perdido?

El tiempo se está acortando así que sígueme

La tarea de un líder es tan clara

Para encontrar un camino y salir de la oscuridad

Las lágrimas innumerables

En sus mejores tiempos, prácticamente desde antes de mudarse de Royal Woods, María había tenido días largos y agitados. No eran más cosa que seguir las indicaciones algo apresuradas del doctor de turno, ir a tal o cual ala del hospital y, si acaso, mal dormir para soportar las guardias con una fuerte dosis de café expreso. Todavía en los primeros días en su ciudad natal ha visto acción, atendiendo disparos accidentales, alguna esguince y huesos rotos.

Esos días quedaron muy atrás. Sobre los sucesos que afectaron a Great Lakes City, nadie podía explicar por qué empezó a llegar tanta gente de las cercanías. Algunos decían, entre los recién llegados, que las poblaciones pequeñas e incluso pueblos medianos solicitaron apoyo hacía meses y los potentados locales acaparaban bienes y provisiones, teniendo que elegir entre servir para tener las migajas, luchar por comida si ganaban o dejar de sufrir si morían o, la salida más fácil, emigrar a lugares más promisorios. Para colmo, no había semana que no tuviera al menos un linchamiento en varios barrios habiendo o no un motivo justo. Así, la semana pasada el reportero Jim Sparkletooth documentó cerca de media docena de estos eventos hasta que le tocó ser acusado de manosear a una menor en una entrevista en vivo, lo que garantizó que este falleciera en cadena regional.

Los últimos tiempos han sido especialmente duros. Casi no hay abasto de anestésicos en los hospitales, los medicamentos se han vuelto costosos incluso de usar y se ha enterado de que varias compañeras suyas, así como no pocos doctores en toda la ciudad, parecían prepararse para cualquier eventualidad. No hay día en que vea al jefe de residentes o a algún paramédico que llegue con alguna herida o algún golpe producido en alguna escaramuza, y muchas de sus compañeras, así como varios doctores y cirujanos, habían decidido que lo mejor que podían hacer era abandonar su lugar y salvarse a como diera lugar.

Tampoco ha descansado nada. Con todo lo ocurrido, desde el inicio ha tenido poca o ninguna oportunidad de pasar un rato en casa si no es para mal dormir. Las veces que lo ha hecho no fueron precisamente un descanso que quisiera, ya sea tratando de animar a Ronnie Anne o ayudando a sus padres y a Bobby a mantener la casa, muy a pesar de los llamados de Rosa a que se tome un tiempo. Ni siquiera la sala de descanso para el personal médico ha tenido gran uso si no es para ampliar el aforo de gente a la espera, siendo retiradas las literas a un almacén, lo que obviamente ha repercutido en el ánimo y estado del personal.

-¿Qué tenemos? -preguntó María, recibiendo tanto instrucciones de un residente como a una joven paciente.

-Quemaduras de primero a tercer grado en alrededor del cuarenta por ciento de su cuerpo, hubo una batalla campal en el parque de la calle Rivera -dijo un paramédico, un latino alto de abdomen algo abultado que tenía restos de hollín en la ropa y la cara-, cerca del mercado Casagrande.

-¿Qué? -preguntó incrédula María.

-Alguien empezó a tirar botellones con gasolina -describe el paramédico-, por eso venía un camión de bomberos escoltándonos.

Sin mediar más palabras, el paramédico recibió una nueva camilla para reponer la dada al hospital y, para horror de María, sube a su unidad, exhibiendo una fuerte quemadura en la parte trasera aún humeante.

-Esto es el colmo -dijo un viejo doctor tras ella-, todavía que hacemos lo que podemos con lo que tenemos y esos ingratos nos atacan como si fuéramos refugiados. ¿Santiago?

-Si, señor.

-Acompáñeme a la unidad de pediatría.

Aturdida por el cansancio y la noticia de una batalla campal cerca de casa, solo actuó por reflejo. Todo cuanto había para los pacientes en general eran apenas paliativos. Ungüentos, pomadas, algún gel, gasas, vendajes y hasta ahí. En toda la ciudad los médicos resisten como pueden y con lo que pueden.

Mirando a la niña que trasladaban, se da cuenta de que tenía un bonito rostro que el fuego apenas y alcanzó, pero con restos de una camisa chamuscada incrustados en la piel es lógico pensar que alguien hizo eso con particular saña.

-En la sala de urgencias, doctor Harris -dijo uno de los residentes-. Probablemente sea de esos refugiados que llegaron de Michigan.

-¿Michigan? -preguntó el viejo doctor.

-De las afueras de Detroit -dijo el residente-. Si esta niña tenía familiares, ya no había nada que hacer por ellos. Nadie los ha localizado por el único número que había disponible en su chapa.

-¿Puedo verla? -preguntó María, más por curiosidad que morbo.

-Está algo chamuscada, pero creo que se puede leer todavía.

Tomando la pequeña placa de identificación, apenas alcanza a leer el papel chamuscado sobre el metal.

Nombre: Zhau, St

Tipo de sangre:

555-1

Domicilio: 2... calle Pino

Ro... ds, MI

Echó una mirada a la niña. Las quemaduras eran de consideración para ser de primer grado, pues su torso tenía todavía pedazos de la tela incrustados en la piel.

A lo largo del día, ha visto casos similares o peores de los que en otra circunstancia le habría encantado contarle a Ronnie Anne, pero que a la luz de los hechos lo mejor era hacer de tripas corazón y callar hasta que todo sea agua pasada. Esta niña, en particular, parecía delirar en medio del dolor, razón por la cual no parecía tener mucho interés. Menos cuando todas las alas están saturadas y con gente que tiene heridas de lo más variado, aunque la mayoría ya sin remedio como quemaduras y mutilaciones.

Así, con el paso de los días no dejaban de llegar más y más heridos. Muchos de ellos, indistintamente de si eran residentes o refugiados, ya no tenían remedio pero, por juramento que los doctores y ella misma se obligaron a tomar, hicieron lo posible por salvar sus vidas. Así, no tuvo muchas noticias alentadoras, y entre los refugiados de Royal Woods que logró identificar cayó en cuenta de por qué había tantos viejos conocidos y vecinos.

Hasta ese día, María tuvo al pastor Ryker en una alta estima, así mantuviera relación con gente que a este le parecía desagradable o incluso de mala nota, pero dados los hechos que escuchó deseó que, si estuviera muerto, ni los animales lo quisieran. Ya era bastante sórdido lo que escuchó antes de todo sacerdote o predicador de otros cultos como para que, en esos días, no pensara en él como un aspirante a santo sino como una persona despreciable más.

Al pasar varios días después del ataque al campamento de refugiados del estadio, el reloj ya marcaba la media noche, más bien cerca de la una. Por fin un respiro, pues Entre las dos o tres horas que intentaba dormir por las excesivas atenciones que dispensó, los muertos que tuvo que despachar a familiares y fosas comunes y en general su estado a nada de llegar al límite de sus capacidades, tenía un rato para sí.

Agradece que ese día no fuera tan brutal como otros. Si bien se quedó pendiente de esa chica quemada que balbucía "Linc…" a cada rato, no fue la única persona de quién tuvo que procurar. Entre media docena de milicianos que sus compañeros dejaron atrás en una supuesta retirada -prefiere pensar que apenas y son paramilitares apenas mejores que los narcotraficantes que siempre han explotado las regiones pobres de México según la CBS y la prensa- y los cuidados que se precisan en el ala de Pediatría, estuvo a nada de volverse un manojo de nervios.

Evitó el té de una expendedora. Aunque necesita descansar y agradecía una infusión, lo cierto es que hay posibilidad de que su turno pase a ser triple o cuádruple. Necesita reponerse del turno. Apenas y ha comido nada, clausuraron el cuarto de descanso para usarlo como ampliación de Terapia Intensiva y evidentemente está en sus límites. Ni siquiera esa goma de papaya que le había dado Ronnie Anne ya hace años para abatir el gasto de electricidad le sirve ya.

De la nada, la atmósfera se empezó a sentir opresiva. Un par de colegas se pasaban discutiendo, cosa que no le tomó mucha importancia de no ser porque escuchó algo de una evacuación general del personal indispensable. Un residente, ansioso de meterse, les había dicho que esos eran rumores tan absurdos que ellas parecían "viejas de lavadero".

Lo último de lo que tuvo noticias es de una nueva pelea que tuvo lugar en el estadio de fútbol de la ciudad. Escuchó que, por lo saturados que ahí estaban, muchos heridos serían canalizados a otros lados, los que pudieran ser trasladados o cuyas unidades no sufrieran del ya cotidiano código 5-Bravo, señal de una ambulancia atacada con arma de fuego. Y por nueva orden, los heridos que ya no tuvieran remedio o fueran interceptados, con toda la pena del mundo y por orden de la directiva del hospital, serían dejados a su suerte, sean refugiados o habitantes. La idea no le gustaba nada, pero en las actuales condiciones nada podía hacer.

Cerca de la media, momento en que termina su descanso, terminaba con su café cuando alguien a sus espaldas llamó.

-¿Enfermera Santiago? -preguntó solícito un chico que estaba haciendo su pasantía hasta hace poco que la universidad cerró sus puertas, en vista que el sistema de sonido del hospital se descompuso por una falla del generador principal. María asintió- La directora del hospital me pidió decirle que llamaron de su casa.

-¿Quién?

-No sé, la verdad sonó histérica, y se escuchaban disparos e insultos al fondo, algo con Cas, no sé… Casas, Casasola, Caso, Casagrande

-¿Y por qué no me avisaron por el sonido o a la red de localizadores? -preguntó excitada María.

-¡No sé, señora! -respondió asustado el pasante- Los localizadores reventaron, el sonido falló… ¡yo qué sé! ¡Solo soy un pasante! -añadió, cayendo en un ataque de pánico.

-Escúchame, debes calmarte, ¿si? -dijo María, tranquilizadora, sin éxito- Tal vez las haya peores que hoy, pero no vayas a colapsar. ¡Respira hondo! -el pasante obedece sin hablar- Ahora, mírame. Descansa un poco, viste mucho hoy, no es nada del otro mundo. Solo recuerda tus clases.

-Ajá… -resopló el pasante, resbalando por la pared mientras procedía.

-Dile al jefe de enfermería que me salió algo, que son órdenes de la directora -resolvió María-, hazme ese favor, ¿si?

Asintiendo nervioso, el pasante se levantó con torpeza y salió a trompicones, dejando a María con un horrible pensamiento. Si algo podía poner histérica a su cuñada, era cualquier cosa. Tendría que resolver eso, de no ser por un detalle que apenas y tomó en cuenta cuando atendió la llamada.

No era Frida quien le contestó la llamada, sino Carlota, pero lo que escuchó le heló la sangre.

~o~

En la bodega del Mercado, ya pasada la medianoche, Bobby descansaba tranquilo, ya lo bastante repuesto de su frustrado encuentro con la muerte como para volver al trabajo. A pesar de la pequeña guarnición que el ejército y de organizaciones paramilitares dejaron para custodiar las tiendas de la zona, no se siente cómodo. Por lo menos con la Orden Blanca se siente más tranquilo pese a ser este un grupo más empresarial.

Ya antes, cuando iniciaron los disturbios, Par, el repartidor, había sido víctima de las escaramuzas, e incluso lo golpearon media docena de veces para que entregara la mercancía que cargaba en la furgoneta en los últimos días. Todavía se queja de una dolencia que, alegaba el repartidor, debía ser producto de una mala caída al recinto de los guepardos en el zoológico. Algo inusual, porque de entrada el zoológico hace ya más de un año que cerró, y sus animales liberados o vueltos comida según fuese el caso.

Más que vigilar, tanto Bobby -muy a regañadientes, pues Héctor le dejó en claro que jamás le volvería a dejar solo a cargo tras él primer saqueo- como Carlos -en la caja, muy concentrado en un videoblog de alguien que confirmó el estudio de Longrich sobre la invalidez de los géneros Stygimoloch y Dracorex en los bosques de secuoyas de California- se encargaban de atender el local. Aunque la clientela habitual está en un más que riguroso toque de queda, lo cierto es que muchos de los clientes eran precisamente militares que esperaban estar de licencia para emborracharse un poco o buscar algo de descanso y compañía, lo que se ofreciera primero.

Con una taza de café bastante cargado y una bandeja con churros y una salsera con jarabe de chocolate, Carlos trataba de mantener ciertamente su buen humor, a pesar de estar agobiado con la distribución que tiene que hacer de su tiempo entre las noches en el Mercado, la educación de sus hijos y, como si no fuera suficiente, los cursos de los jóvenes del edificio. Ello le deja con muy poco sueño para reponer, lo que le pone de muy mal humor cuando está despierto.

-Oye, ¿nadie atiende esta tienda? -llamó un cabo de melena recortada negra y tez blanca, al parecer líder de escuadrón de la Guardia Blanca- ¿O es autoservicio?

-Enseguida le atiendo -masculló Carlos, dejando de muy mala gana su diversión-. ¿Qué quiere?

-Necesitaba una caja de goma de mascar, dos cajetillas de mentolados y una botella de agua -enlistó el militar antes de dirigirse a dos de sus hombres-. ¿No quieren nada?

-Puedo pagar mis vicios, Lasky -rechaza con dureza el primero, un soldado raso castaño de barba descuidada.

-Carga a mi cuenta unos cigarrillos solos -dijo el segundo raso, de piel negra y estando en relativo descanso.

-¿Es todo, Willard? -cuestionó Lasky.

-Si, a menos que tengan pisco -responde Willard-. La prima de mi cuñada era de Coquimbo, y nos regaló a Kelsie y a mi una botella el día de nuestra boda.

-Debe estar bromeando -interrumpe Carlos.

-Miren, no quiero entrar en la misma estúpida discusión que tuve con mi esposa. El pisco, mis cigarrillos y ahí queda -dijo resuelto Willard, de cuya radio empezó a sonar un llamado.

-Bobby -llamó Carlos- ¿puedes ir a buscar… lo que pidió?

-¿Qué pidió? -preguntó Bobby, ocupado en limpiar las ventanas.

-Pisco.

-Enseguida -respondió Bobby, preguntándose qué es un pisco.

-Aquí teniente Vettel en canal abierto a quien me pueda oír -escuchan una voz gruesa-. Si alguien me recibe, estoy en la Academia Chávez. La situación ya es insostenible; el teniente Sanders ya transmitió la orden, nos vamos a Santorini. Hay demasiados bandidos en las calles. Cualquier excusa es válida, pero mantengan a los civiles en calma.

-Recibido, señor, aquí 2 Echo 9 -respondió el cabo Lasky-. Vamos para allá, cambio y fuera -corta la transmisión-. Olviden la licencia, señores -agregó, tenso por buscar una buena excusa-. Hay que limpiar de ratas la escuela.

-¿Llamo al resto? -pregunta el raso de barba.

-¿Acaso crees que soy idiota? -replicó Lasky, cansado y con ganas de dispararle a lo primero que viera- ¡mueve el culo y avisa a los demás!

-Si, señor.

-Ábranos una cuenta, ¿quiere? -pidió Lasky con aspereza a Carlos- Enviaré reemplazos para hacerle compañía.

-Como sea -bufó Carlos, entregando las cosas que le pidieron.

-¡Vamos, Brian! Tenemos que enseñarles nuestros juguetes a los niños -ordenó Lasky.

Mirando a los militares dejar el local, Carlos decidió que la mejor forma de pasar el tiempo era efectuar un inventario. Piensa que eso puede ayudarle a combatir el sueño mejor que una bomba de cafeína y una sobrecarga de azúcar en su sangre.

Estaba por contar las paletas del congelador cuando una pareja, muy distinta a los militares que se fueron, entró como si nada.

En toda su vida jamás vio a semejante pareja. El más fornido lo ve bastante ágil, mientras que su acompañante no es ni de lejos lo que llamaría una perita en dulce. Siendo ambos de aspecto intimidante, a Carlos le recuerda mucho los días de primaria en que terminaba en el bote de basura por ser latino, cerebrito y niño de mamá. Entrando a pasos lentos, le parecían enormes monos que aceleraron su evolución intelectual a algo más racional y perverso… si su cultura general le permite pensar eso.

-Busco a un tal Casagrande -exigió Steve, descargando su puño sobre el aparador.

-S-s-soy y-yo -respondió Carlos, palideciendo y apretando el botón de la alarma en la casa.

-Tú no lo eres -espetó el acompañante de este, un hombre posiblemente samoano, a juzgar por la cara, piel y tatuajes donde los tiburones son predominantes, vestido de camiseta sin mangas y pantalón de mezclilla negro-. Queremos a ese enano ladrón.

-No sé d-de quién me hablan.

-De un pequeño bastardo, un mojado -dijo Steve-, tomando como si nada un vaso y sirviéndose café de la máquina en la barra-. Es un pequeño ladrón que tenía un juego arreglado -añadió tomando apenas un sorbo.

En su nerviosismo, Carlos cayó en cuenta. Carl era todo menos un ladrón, pero le conoce las suficientes mañas para salir avante y con toda ventaja de cualquier situación en la que se meta si su madre o nadie más se entera. Si eso era cierto, pensó, desconoce cómo fue que falló para caer en una situación así, y en qué rayos se metió su hijo para que vinieran a reclamarle.

-Tal vez escuchó mal -dijo convencido Carlos, tanteando a buscar el bate de béisbol que su padre tiene bajo el aparador para repeler lo que se presentara.

-Es un buen café -halagó Steve, calculando todo movimiento del hombrecillo frente a él y dando otro sorbo.

-Pues me alegro -gruñó Carlos, alcanzando por fin el bate-, porque yo…

Tomando ventaja de su posición, el criminal le arrancó los lentes y, antes de que Carlos pudiera cerrar sus ojos, el "cliente" arrojó a estos la bebida. Aullando de dolor, el docente siente que los globos oculares le hierven. Cegado, por reflejo se llevó las manos a la cara mientras sentía un tirón del chaleco.

-¡¿Dónde está Casagrande?! -exigió Steve de nueva cuenta, arrojándolo contra los anaqueles y al suelo.

.

La noche se hacía larga. Nada raro, pues Rosa siempre se había preocupado de que su primogénito estuviera bien. Tanto así que llegó al grado de mudarse un tiempo cerca de la universidad con tal de estar disponible para él o, cosa algo enferma para todos cuántos conoce, ver si necesitaba algo en su noche de bodas, volviendo de un evento que debía de ser inolvidable un verdadero trauma para su nuera.

Le preocupa mucho que Carlos, en los días que cubre el tercer turno, se exceda con sus propias condiciones. Sabe que nunca ha sido fuerte y lo vio más para quedarse en caja que para ir y atender la bodega, descargando y acomodando como si de algún recadero se tratara. Aunque esos días trataba de dormir hasta que Carlos la llamaba a la una para confirmarle que todo estaba bien, su intranquilidad la mantiene en vela. Eso, hasta Frida se lo decía, le dejaba despierta y de mal humor por las mañanas.

Rosa niega que tiene un problema. Sobre todo desde que le enteraron de la muerte de Mamá Lupe, su negativa a aceptar cosas nuevas en su vida, buenas o malas, se acrecentó. Debido a ello, se tomó muy personal el asunto de que Carlos y Ronnie Anne, prefiriendo evitar a toda costa mencionar a los Chang e incluso ignorar su existencia, en lo particular desde que dejaron de pagar el mantenimiento y prefirieron, según la propia anciana, pagar a cualquier otro pelagatos recomendado por el señor Scully, razón por la que terminó por echar a la calle sus cosas en cuanto hubo tenido oportunidad de hacerlo al día siguiente de su partida.

Decidida a conciliar el sueño, fue a la cocina para preparar chocolate apenas hubo prendido un cirio con la foto de sus hijos. Nada como un calmante tibio para relajar cualquier tensión y, ¿por qué no? Pasar un rato sin importar demasiado que los soldados le riñeran por su actitud era lo bastante sensato como para que incluso aquellos milicianos le dejasen saltar el toque de queda.

Creyendo que todo estaría apagado, se encontró con Carlota y Frida en la cocina frente a una jarra con agua caliente y un par de tazas.

-¿Qué hacen paradas tan tarde? -preguntó Rosa.

-Creí que Carlos necesitaría un té de hierbas -respondió Frida-. Para que al rato pueda dormir sus ocho horas.

-¿Y qué haces tú? -cuestionó Carlota.

-Vine a preparar chocolate para Carlos, m'ija -contestó Rosa, empezando a buscar su molinillo y unas tablillas de chocolate.

-Carlos no puede tomar nada pesado en la noche -afirmó Frida-. Ya escuchaste al doctor Nordstrom, Carlos debe bajar su consumo de lácteos.

-Y ya te dije que qué puede saber un matasanos -reprochó Rosa.

Así estuvieron durante varios minutos, y habrían seguido de no ser por un grito que oyeron desde abajo.

-¿Qué fue eso? -preguntó Carlota, dejando caer la taza con té por la sorpresa.

-Debe ser alguien que agarraron robando -dijo Frida, pensando que Bobby hizo su trabajo.

Sin darles tiempo de reaccionar, Rosa dejó todo y, por las dudas, fue corriendo como su condición le hizo posible ir. Para sus adentros, deseaba que su nuera tuviera razón y fuera solo el ladrón que vaticinó. Las tres, sumando a Ronnie Anne y a Héctor (despertados por el barullo que escucharon desde la cocina), se movieron en cuanto vieron que nada estaba bien.

"Un ladrón", suplicó Rosa. "Que sea un ratero que mis niños aplacaron… por favor, ¡que sea un ratero…"

Su esperanza, alcanzando la puerta del Mercado, se derrumbó en mil pedazos, pues un grito desgarrador taladró sus oídos.

-¡Ay, Dios mío! ¡Carlos!

Caído sobre su costado, Carlos definitivamente sentía que no tiene tiempo para revisar sus golpes. El académico siente el dulce sabor de su propia sangre, pero habiendo quedado ciego no puede sino tantear en el piso para buscar algo, lo que fuera, para devolver los golpes recibidos.

Sin darle tiempo de responder, el imponente asaltante empezó a darle una brutal golpiza, sentándose sobre su víctima y propinando golpe tras golpe donde cayera con precisión quirúrgica.

-¡¿Casagrande?! -insiste Steve- ¡¿Dónde está?!

-M… me… -empezó a balbucear Carlos, errático.

-¡M'ijo! -exclamó indignada Rosa, en camisón y rollos en el cabello, habiendo bajado alertada por el tumulto e intentando entrar a golpe de sandalia- ¡Deje en paz a mi…!

-¡No moleste, bruja! -ordenó con salvajismo el compañero de Steve, propinando a la sexagenaria un golpe que la mandó a la acera y la dejó sin sentido sobre la calle antes de retomar su salvaje paliza.

Con la familia tras ella, la gresca pintaba para ser una batalla campal, mas un arma es detonada dentro del local.

-¡Un paso y se van al infierno, frijoleros! -amenazó el acompañante de Steve.

-¡Hay un saqueo! -llamó una de las mujeres de la cuadra, del edificio donde vivía Vito- ¡Es de la tienda de los Casagrande!

-¡Saqueo! -secundó una segunda voz, acallada por un disparo procedente del 3-A.

-¡Aléjense de aquí, infelices! -oyeron gritar a la señora Flores, cargando de munición una carabina antes de descargar otra ronda, misma que fue insuficiente para contener a la chusma que se estaba arremolinando.

Entre lamentos y súplicas de la familia, y por completo ignorante del asalto del que su hogar está siendo presa, Carlos no dejaba de padecer un verdadero tormento. Ni siquiera Bobby, ocupado hasta entonces en limpiar la bodega, fue de mucha ayuda pues, al intentar descargar el palo de la escoba sobre la espalda del agresor, este tomó la improvisada arma y le azotó el mismo contra su cuello para volver a su asunto, quedando el chico inconsciente. Carlota, por su parte, a duras penas contenía a Ronnie Anne y a Héctor, que soltaban maldiciones a diestra y siniestra cobtra los asaltantes. Frida, aterrada, apenas y atinaba las palabras que necesitaba para explicarle a María lo que estaba ocurriendo.

-¡Los militares! -alertó su segundo.

-¡Toma algunas cosas y vámonos! -ordenó Steve-. Vuelvo a verlos a ti y a tu nido de ratas -se dirigió a Carlos, casi irreconocible-, y quemaré la cuadra con todos dentro.

Rematando con un escupitajo que cayó sobre la cara de Carlos, ambos huyeron.

No había melodía ni chisme que pudiera contar las aflicciones pasadas por la familia en ese momento. Durante las pocas horas que tuvieron de relativo descanso, la familia y vecinos del edificio hicieron lo posible por prepararse para lo que pudiera venir. Ansiosos, esperaban la llegada de quien fuera, militares, policía o alguien, quien fuera, para socorrerlos.

Lo que no sabían estos, ni ningún vecino hasta tenerlos en su campo visual, es que en la calle entraron numerosos hombres y mujeres con armas improvisadas. Machetes, cuchillos de cocina, palos de golf y de hockey, bates de béisbol toscamente rematados con clavos de hasta diez pulgadas, porras, ramas… todo valía para un solo objetivo. Incluso Ronnie Anne pudo reconocer en algunos de ellos a varios conocidos de los campos de refugiados. La familia de Trent, Kat, Dana, incluso a varios conocidos de la ciudad, todos con una intención firme que se condensó en un grito proferido por el entrenador Crawford.

-¡Tomen lo que puedan! -voceó este- ¡No dejen nada!

Esa mañana fue amarga para los vecinos de la calle Rivera. Habían pasado por robos menores y saqueos a tiendas y negocios que no tuvieron arraigo en la comunidad, aún con el resguardo de la milicia y de las guardias civiles, pero esto distaba más allá de sus propias y más oscuras pesadillas. Y ahora no hay nadie que los proteja si no son ellos mismos.

De esa jornada, Ronnie Anne y Carlota solo recuerdan algunas cosas mientras las entraban a la fuerza, todas ellas dignas del más hondo espanto. Los gritos desesperados de Margarita, jaloneada por varios hombres antes de que una mujer le cortara la garganta, los Nakamura cayendo al pie de la escalera del vestíbulo, la señora Flores recargando su carabina hasta que se le acabaron las balas y blandiéndola como una porra abriéndose paso a golpes, perdiendo de vista a su familia o Georgia, la compañera de Miranda, siendo también arrastrada por la marejada de gente que estaba dispuesta a todo con tal de sobrevivir a esta hecatombe. Incluso, para consternación de la joven adolescente, creyó reconocer la sudadera de Casey en el suelo, ensangrentada, no lejos de la banda con la que Sameer sujeta su cabello. De esto último, Carlota fue generosa, arrastrando al chico hasta la puerta del Mercado.

-¡Alto! Identifíquese -llamó la gruesa voz de un militar afroamericano tras ella una vez que la lucha se trasladó a otras calles.

-¿Perdón? Vivo aquí -espetó Carlota.

-Pruébelo, señora -insistió el militar, alzando la voz y su arma, un fusil de asalto FN-SCAR-. Identifíquese.

-C-carlota Casagrande -respondió nerviosa Carlota-. ¡Solo a-ayudaba al ami…! ¡Al amigo de mi prima! -añadió nerviosa, sujetando el cuerpo laxo de Casey.

-¿Saqueador?

-Trabajaba para mi papá… -confesó Carlota-… mi abuelo…

El militar, bajando su arma, se tomó la molestia -más a regañadientes que por genuino altruismo- de cargar con él hasta estar en el vestíbulo del edificio, dejando que Carlota bajara la cortina del local y esperando para darle indicaciones.

-¿Dónde estaban? -preguntó Carlota, preocupada.

-¿Quiénes?

-¡Ustedes! -acusó Carlota- Los soldados… la Orden Blanca, los Guardianes… quien fuera.

-Estamos a manos llenas -explicó el soldado-. El resto, todos esos a los que rogabas por ayuda, desertó y se largaron. Lo mejor que pueden hacer tu familia y tú es esconderse.

-¿Escondernos? ¿Para qué? -preguntó Carlota, viendo de reojo pasar a María.

-No quedan muchas autoridades -respondió el soldado-. Se ordenó instaurar Ley Marcial.

-No estábamos bajo eso?

-No, no lo estábamos hasta ahora -afirmó el militar, evitando recordar que la hubo en las primeras etapas y se había ido relajando-. Mejor resguárdense antes de que se ponga peor.

Viendo con alarma al soldado irse, Carlota estaba de verdad conmocionada. Entre los eventos de la noche y la reciente información, fue tras María e intentó alcanzarla sin éxito.

.

Para Carl, fue un amanecer como muchos otros, mas no así para el resto de la familia y vecinos.

Actuando como si nada, fue al baño, se aseó, se cambió a la ropa de siempre y fue a sentarse a la barra, aunque al salir de su cuarto para desayunar se encontró con su tía.

-¿No es muy temprano para que estés aquí? -preguntó Carl.

-No me molestes -espetó cortante María, inusualmente más enrojecida de los ojos-. Vine tan rápido como pude para ver a tu papá.

-¿Qué le pasó?

-¿Por qué no le preguntas a tus abuelos? -dijo María, fulminante y con un extraño olor a pólvora quemada y humo-. Ellos saben más que yo.

Viendo que su tía no le daría respuestas, la vio entrar a la recámara. Lo que pudo alcanzar a apreciar, sin embargo, no era la usual vista del arte de su madre en el centro de la cama, sino a la recién llegada soltando primero un gemido ahogado por el dolor y después cerrando la puerta.

Extrañado, fue con sus abuelos, mas Ronnie Anne lo alcanzó en la puerta.

-Hola -saludó esta, vestida todavía en su pijama y con el rostro más enrojecido que le haya visto nunca.

-¿Por qué todos están tan deprimidos? -preguntó Carl.

-¿No escuchaste lo que pasó anoche? -cuestionó la chica antes de narrar- Golpearon al tío Carlos. No… vinieron por dinero ni nada. Preguntaron por "Casagrande", y él… ¡Agh! No sé para qué te cuento esto! -agregó, dándole la espalda a su primo.

Como si la mente de Carl fuera una suerte de banco de datos, el chico empezó a tratar de ver qué demonios pudo haber hecho. Definitivamente no fue la farsa del Cucuy o la estafa del servicio de paseado de perros. Tampoco los donativos de los amigos de su prima a la "Fundación Carl", el día de Acción de Gracias en casa de los Loud o cualesquiera de sus planes de enriquecimiento en días recientes. Hasta él sabe cuando hay que parar con una estafa, y la ronda de azotes que recibió semanas atrás fue prueba más que tangible de lo que pasa cuando rompe los límites impuestos.

-Seguro tuviste algo que ver -continuó Ronnie Anne, dando media vuelta y caminando frente al niño-, pero…

-¡Yo no tuve nada que ver! -alegó Carl, tan poco sorprendido como indignado- Debieron confundirse o… o algo.

-Si me entero de quién lo puso como pera de boxeo, te juro…

-¡Nadie tuvo que ver! -insistió Carl, necio- ¡No soy como tus amigos! No soy nadie para meterme en un incendio, o para dejar que me maten o…

Con la rapidez de una centella, Ronnie Anne descarga un fuerte puñetazo sobre Carl, dejando al chico tendido sobre el piso. Este, asustado por la reacción, se llevó ambas manos a la cara.

-¡Jamás te atrevas a decir nada de mis amigos! -dijo iracunda la chica antes de entrar a su cuarto.

-Pues ellos son un montón de tarados -insultó Carl, importándole un carajo ya lo que su prima piense de él-. ¿Te gustaría que uno de ellos fuera tu novio y no ese… vejete?

-¡Te lo advierto! -amenazó Ronnie Anne, pensando que Carl abiertamente insultó a Lincoln, volviendo a sujetarlo del cuello.

Sin dudarlo, Carl le asestó una patada que la alcanzó en el hígado, sacándole el aire a la chica. El niño aprovechó esa ventana, ignorando que en la recámara de sus padres su madre y la tía María hablan en privado. Frida le dijo lo que sucedió en la noche, y le contó cómo entre ella, su suegro y las niñas cargaron primero con Bobby y luego con Carlos, dejando que los pocos conocidos que quedaban en los departamentos vecinos se hicieran cargo de Rosa.

Con ojo crítico a pesar del extremo cansancio, María examinó a su hermano. Las constantes súplicas de Frida por un milagro eran tan abrumadoras que se negó a hablar, aduciendo al Juramento de Hipócrates en un principio, pero en cuanto determinó la gravedad de las lesiones su paciencia llegó al límite más extremo.

-¡Al diablo con ese juramento! -maldijo María- ¿Te crees que es muy fácil tener que ver amputados, heridos o llenar hojas de defunción?

-Y-yo pensé que…

-¡No, Frida! -interrumpe la enfermera- Este mundo se está yendo al carajo. Ayer tuve que estar veinte horas en guardia y me dieron permiso de salir. Solo quise descansar un poco, ¿y qué encuentro? ¡A mi hermano casi muerto!

-Por favor, no… no digas eso -dijo Frida con voz quebrada.

-¿Sabes qué me enfada más? -cuestionó María, retórica- Que no pueda hacer nada por mi familia sin que tengas que estar llorando todo a la primera. ¡No… me digas qué hacer! -cortó antes de que su cuñada hablase, alzando un dedo con rabia- No eres mejor que mamá. Lo dejan todo a sus estúpidos remedios, se creyeron todo lo que ese estúpido de Ernesto les vomitaba, lo dejan a sus rituales que no sirven ¡y a la chingada el resto!

Cansada y furiosa, María se niega a dejar la habitación, dejando en claro que tiene mucho trabajo que hacer. Comprendiendo esto, Frida decide que no tiene más opciones que salir antes de que pudiera pasar algo peor.

Habiendo acabado con un examen rápido, las pocas esperanzas que la familia tuviera en su conocimiento del cuerpo humano se diluyeron. No es doctora, pero el estar en contacto con varios médicos le dio una enorme idea de cómo arreglar un cuerpo tanto como le era posible.

Varias costillas rotas, fracturas críticas en temporales y frontal izquierdo, fisuras importantes en la mandíbula, el esternón partido en dos, severas rupturas y desgarres en varios músculos, ambos pulmones a nada de estar perforados…

Con impotencia, María debe afrontar los hechos. Sin anestésicos ni material, en el mejor de los casos a Carlos le quedan unas cuantas horas por mucho. En el peor, y todo apunta a ello, pasarán dos a cinco días antes de que muera en una agonía que tendrá todo menos dulzura.

En los siguientes días, el horror se había apoderado de la mayoría de los habitantes de Great Lakes City. Los combates se habían desatado por doquier, los muertos se podían apilar en pilas y no pocos conocidos que habían sobrevivido hasta entonces huyeron o fueron muertos. Así como en cualquier otro lado, las evacuaciones fueron desastrosas. Una mención especial a las pandillas y clanes que se formaron sobre todo en los alrededores de la red del subterráneo, pues la movilidad que los túneles y los pasos elevados otorgaba a los malvivientes dificultó la lucha incluso a los grupos que quedaron del ejército, la policía y la Guardia Nacional apostada allí, por no mencionar a los pocos vecinos que organizaron resistencias armadas y voluntariados que de nada sirvieron. Ni hablar de los grupos de rezagados de los Guardianes y la Orden Blanca, que en sí los pocos integrantes heridos de estos que se quedaron atrás confirmaron lo que mucha gente temía sobre su deserción, mismos que tuvieron que huir por sus propios medios o, como pasó con la mayoría, fueron ejecutados. Si iban a un lado u otro, daba igual. O cifraban esperanzas de que ellos mantuvieran la ciudad e incluso Chicago como un faro para quienes pudieran unirse y formar una nueva nación -en vista de que Washington los abandonó y los gobiernos de la región cayeron, se disolvieron o se declararon en rebeldía- que aceptaba a cualquiera que pudiese aportar lo que fuera.

Ronnie Anne no podía dar crédito, pese a ser testigo de muchos eventos que la llevaron a ese punto. Apenas y tenía unos meses en Great Lakes City, hizo amigos y empezó su vida… solo para perderlo todo después de su Acción de Gracias en familia y con los Loud. Y eso la llegó a afectar mucho, pues no podía estar en la misma habitación que Carl por un solo minuto sin que alguien tuviera que preguntar por qué le dirigía una mirada asesina. Las pocas veces que le permitieron ayudar fue con la cena, pues su abuela quedó conmocionada por el golpe que sufrió y, cosa que no era ni deseada, el golpe más devastador que la familia sufriría desde ese fatídico día del primer saqueo.

La pira con los restos de Carlos Casagrande seguía ardiendo. No puede creer que el hombre con el que pasó los últimos días antes de la brutal golpiza que le dieron haya sido uno de sus mayores mentores. Las veces que los dos salían en un inicio luego de terminar con su cuaderno de trabajo se las arregló para decirle a los abuelos que buscarían unos materiales de trabajo, y CJ los seguía solo porque se hartó de su rutina. La verdad, al menos los días que Rosa decidió flexibilizar sin levantarle restricciones sobre los Chang, iban a un terreno afuera de la biblioteca de la calle 250 para que ella pudiera practicar tiro con las pocas municiones de salva que pudieron encontrar.

Había muerto el hacia el tercer día por la tarde por la tarde, cuando los saqueos en el barrio remitieron, quedando poco menos de una cincuentena de personas mal distribuidas en tres edificios. El saldo solo puede dejarse en la más absoluta ruina que la familia viera desde que Héctor llegó al país hace poco más de cuatro décadas. No había quedado mercancía que no se salvara más que, si acaso, alguna cosilla que se fue debajo de los destrozados anaqueles o de los refrigeradores. Carlota, Frida y todavía María habían resultado heridas en defensas subsecuentes, pero lo peor es que el cuerpo de Carlos apenas y resistía al dolor que le infligió aquél brutal hombre.

Fuera de eso, ni los vecinos en el edificio ni los de la cuadra salieron tan ilesos. El señor Nakamura cayó por perdigones de una escopeta de caza en el pecho, mientras que su hijo fue masacrado a palos; Casey había caído por una bala perdida y, de todo lo menos, encontraron a Margarita ensangrentada, cubierta de distintos fluidos y con su hermosa cara desfigurada, así como el suéter que Georgia solía usar, agujereado y con manchas de sangre sin señas de su dueña. Encontraron también a la señora Flores, aferrada del cuerpo sin vida de Alexis a una cuadra, cuando buscaban leña para la pira, así como una cinta rosa que reconocieron como la de Sid. Si ella o su familia siguen vivos o muerto, ya no importaba. En mayor o menor medida todos en la familia tenían algo o alguien por quién derramar sus lágrimas.

Lo último que María hizo para con su hermano en agonía fue buscar algo de hielo para tratar de bajar la inflamación de su cara y para refrescarlo un poco junto a Carlota. Incapaz de hablar, él apenas y estiró la mano hacia su hija, como si persiguiera a alguien antes de relajar por completo su cuerpo. Ello destrozó por completo a la adolescente, que salió hecho un mar de lágrimas a dar la no por esperada menos fatal noticia.

Tan grande había sido el dolor por perderlo que, para cuando lo depositaron en la hoguera un brazo cayó flácido. Rosa lo tomó como señal de que sus cataplasmas de árnica -puestos más por la fuerza y a espaldas de todos- estaban funcionando y él estaba vivo. María jamás se había sentido tan mal por ponerle la mano a nadie pero fue, hasta donde puede recordar, la primera vez que no dudó en golpear a su madre.

Era comprensible. Ver muerta a la habitual víctima de niñerías y juegos a costa suya nunca ha sido fácil de ver en las películas, y ahora lo tiene que digerir con pesar e impotencia. No quería adelantarse a nadie, mucho menos vivir en un mundo sin haber conocido a alguien que de verdad la aprecie pese a lo ruda que pueda ser ni sabiendo que perdió gente querida en su camino.

Sosteniendo su arma en las manos, Ronnie Anne se sintió tan responsable de lo que pasó como de lo que es posible que venga.

Echando algo más de leña de un librero de la casa de Margarita, reparó en que Carlota está sentada tras el acceso a la azotea. Luce tan demacrada como Frida, y parecía ver en el teléfono un montón de fotos suyas con él. Quiso confortarla, pero en cuanto estaba a punto de poner la mano sobre su espalda, se retiró. Entiende perfectamente cómo se siente, pero una cosa era un tío y otra, mucho más cercana, era perder a un padre.

Antes de irse, vio en la pantalla del teléfono de Carlota una fotografía del día que nació. Dormía plácida en los brazos de su padre, vendado Carlos por una contusión al caer en la sala de partos, mientras este estaba acostado junto a la tía Frida. Los dos se veían radiantes, pero ahora todo eso se volvió polvo y recuerdos.

Un par de horas después, aprovechándose de que el dolor que su abuela sentía no le permitió cocinar, cada quien fue a hacer algo para distraer su hambre o, en el caso de Carl, comer algo de lo obtenido el día anterior a escondidas.

-Sé que estás aquí, Ronalda -dijo abatida Carlota, en cuanto creyó que no fue vista-. ¿Por qué… no me dijiste nada?

-¿De qué? -preguntó Ronnie Anne.

-De tu arma, la que te dio tía María -respondió Carlota-. ¿Por qué no dijiste nada?

-Conoces a la abuela. No le gusta que las usemos o tengamos -contestó la menor-. Cree que la gente no nos hará nada solo por lo que hacemos por ellos. ¡Y para lo que sirvió!

-Pudiste usarla contra ese… ese monstruo, ¡pudiste hacer que mi papá siga vivo! -lamentó Carlota, desgarrada por el dolor.

Atrapada, tomó asiento junto a Carlota en el frío concreto.

-No habría tenido mucha suerte, de todos modos -resopló Ronnie Anne-. Me habrían desarmado y estaríamos peor.

-¿Esa es tu excusa?

-No, solo… solo digo que pudo ser peor -contestó la menor-. Bobby tuvo suerte de que solo le rompieran el palo de la escoba contra el cuello, y además no la traía conmigo.

Sin mediar más, Carlota se sintió a nada de colapsar, a lo que Ronnie Anne reacciona tomando su mano. Ello le recordó las palabras que su padre y su tío le dieron aquella noche que, del este, hubo un pequeño show de luces que por suerte en la ciudad no pasó más allá de un espectáculo. Aguantar lo que el mundo le arroje será entonces su credo, así haya familia o sea la última persona en la ciudad.

Sin duda, Ronnie Anne decidió protegerlos sin importar que sus abuelos le ordenen tirar el arma.

Dejando el silencio atrás, Carlota por fin comprendió que la suya fue la última de las acciones que los motines y alzamientos han traído a sus vidas. Sabe que hizo mal para las antiguas leyes, pero la pregunta que le ronda la cabeza, más allá del doliente ánimo que emana, sigue a flor de piel.

La respuesta era más que obvia. Debía sincerarse con alguien que tuviera suficiente sentido común. No los abuelos porque ya es tarde para que se adapten, no su madre, inoperante incluso desde que se anunció el cierre de la galería de Romeo, y definitivamente no la señora Kernicky, a quien le extrajeron una bala que se alojó en la cadera hace un par de horas. No podía pensar en alguien más que su prima, aunque la reacción que espera es más que predecible. Absurda de imaginarla aún sin conocerla a fondo, incluso.

Con los Chang huidos y los Nakamura y Carlos muertos, era evidente que las cosas en el vecindario serían, para todos, desesperadas si no hallaban más hombres dispuestos a defender el lugar que Bobby, su abuelo o sus hermanos… si es que estos últimos llegaban a crecer.

~o~

14 de marzo de 2025

Madrugada de eclipse lunar

Es curioso cómo una situación puede ir hasta un punto donde todo se va al carajo. Un día, por mucho que uno odie su trabajo de porquería, al menos tiene comida asegurada, techo y ciertas comodidades, al otro puede que alguien disfrute de ellas siendo que las tomó por asalto. ¿Y lo peor? Que ese punto se haya pasado sin que uno se diera cuenta de lo ocurrido.

Este capítulo y uno próximo (el que sigue de la siguiente actualización) son bastante especiales, pues por tonto que suene fueron los dos que engendraron esta bestia hecha spin-off, los detonantes que surgieron por preguntarme hace tiempo que Tierra de Sombras avanzó un trecho en su primer arco. Hay partes todavía del original, si, pero al cierre de la presente edición es muy difícil para mi (siempre trabajo sobre el borrador una vez termino o llevo un trecho avanzado) separar el material original del editado y el añadido.

Sobre el título y la cita, digamos que si. Todo Tolkien. El primero, referencia a la derrota más desastrosa de Elfos y Hombres miles de años antes de los eventos de la Alianza de estos contra Sauron ante alguien todavía peor (si, mucho peor que Sauron, y él ya es un ente muy poderoso). La segunda, de la canción Mirror mirror, del disco Nightfall in Middle-Earth de la banda alemana Blind Guardian, basada e los hechos de Turgon, rey de Gondolin en El Silmarillion, y en una profecía que al final se hace efectiva.

Ya estaba cantado. La tragedia azotó con fuerza a los Casagrande por un eslabón evolutiva y relativamente fuerte, Carlos. Nada personal, pero si recuerdan lo ocurrido con Carl se habrán dado cuenta que las acciones del mocoso tuvieron una amarga consecuencia que desató una serie de eventos ya mencionados en otro lado y que aquí se verán con más detalle. Por ahora, el asunto con Carlos es más serio de lo que parece. No es tanto un líder, pero lo obvio es el poder del uso del cerebro en un mundo donde la ley del más fuerte vuelve con todo. Suprimes rápido o te eliminan rápido.

Por desgracia, ellos no fueron las únicas víctimas, y en la siguiente cita tocará ver lo atroz y lo ruin. Hasta entonces...

Sigan sintonizados

Sam the Stormbringer

y

El Caballero de las Antorchas