El Thousand Sunny avanzaba silencioso entre las profundidades del océano.
A medida que descendía, la luz del sol que antes acariciaba la superficie se desvanecía lentamente, dando paso a un mundo de penumbra. Las aguas, que al principio parecían cristalinas, se tornaban más densas y opacas, como si la oscuridad misma se filtrara desde lo más profundo. La sensación de calma era casi irreal, reforzada por el leve crujir del barco, que resistía debajo del revestimiento.
A pesar de aquel entorno de quietud y misterio, en cubierta reinaba un bullicio tan familiar como reconfortante. Las voces de la tripulación llenaban el aire, un eco vivaz que parecía desafiar el silencio del océano que los rodeaba. Todos emocionados por el paisaje y la aventura.
Nami se apoyaba en la barandilla, observando la escena con una sonrisa leve. Era extraño cómo, en tan poco tiempo, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Como si los dos años que habían pasado separados no hubieran sido más que un parpadeo. Pero, claro, no lo eran.
Sus pensamientos la llevaron de vuelta al instante en que Weatheria comenzó a acercarse al Archipiélago Sabaody. Había contado los días con un entusiasmo casi infantil, tachando con precisión las marcas su calendario. Cuanto más se acercaba la fecha, más intensa se volvía la mezcla de emociones en su interior.
Había imaginado tantas veces ese reencuentro que las expectativas comenzaron a jugarle en contra. ¿Cómo estaría Luffy? "Espero que ya esté ahí cuando lleguemos," se había dicho repetidamente durante las noches previas, mientras la ansiedad competía con la emoción. Y si no lo estaba, ¿cuánto tendría que esperar?
Recordó el primer vistazo que tuvo del archipiélago al descender de Weatheria, un paisaje familiar que, sin embargo, se sentía ajeno después de tanto tiempo. Había anhelado encontrarse con el Thousand Sunny, verlo anclado, como una señal de que su hogar seguía allí, intacto.
Al llegar se topó con Zoro y Franky, ambos parecían versiones pulidas de sí mismos, más fuertes, más seguros. Incluso Zoro, con su actitud despreocupada, había dejado entrever cierto orgullo en su progreso.
El cambio en Franky, sin embargo, había sido el más notable. Sus nuevas modificaciones no solo le daban un aspecto imponente, sino que reflejaban lo mucho que había trabajado durante esos dos años. Esa transformación la hizo más consciente de su propia apariencia. Aunque sabía que también había cambiado, no se había detenido a pensar en ello hasta ese momento.
La sensación se intensificó cuando regresó al barco y entró a su habitación. El calor del archipiélago comenzaba a instalarse con fuerza, y después de tanto tiempo en Weatheria, le vendría bien algo más ligero para vestir.
Abrió el armario con la intención de encontrar su blusa favorita, pero al sacarla y ponérsela, algo se sintió… extraño. Las mangas le apretaban ligeramente, y al intentar abrocharla, la tela se tensó de una manera incómoda. Frunció el ceño y la dejó a un lado antes de probar con una camiseta. Pero el problema persistía: la tela se tensaba, y una delgada franja de piel en la zona de su cintura ahora quedaba expuesta.
Con cada prenda que intentaba, la incomodidad crecía. Sus faldas le quedaban más cortas, los tops más ajustados. Finalmente, tomó un vestido que solía ser suelto y se lo deslizó por la cabeza. No estaba mal, pero…
La imagen en el espejo se sentía extrañamente desconocida.
Las curvas de su cuerpo estaban más definidas, su postura más firme. Su cabello caía con más peso por debajo de sus hombros, y había algo en su expresión que no terminaba de reconocer del todo. Tal vez era la seguridad en su mirada, o la forma en que su figura había cambiado sin que ella lo notara realmente hasta ese momento.
No se había percatado de cuánto había crecido en esos dos años. No solo en fuerza, sino en presencia.
Se pasó una mano por el cabello, aun asimilando la sensación. Entonces, sin quererlo, su mente divagó hacia una pregunta que no había querido formularse en voz alta.
"¿Le gustará a él?"
El pensamiento la tomó desprevenida, y un calor súbito se instaló en sus mejillas. Se sintió ridícula por siquiera considerarlo, pero la idea ya se había instalado en su cabeza.
—Deja de pensar en tonterías, — se dijo a sí misma, pero la calidez en su rostro se negó a desaparecer por completo.
Aunque ya tenía claro que Luffy sentía algo por ella, en realidad él parecía ajeno a muchas cosas.
Ni siquiera parecía percatarse de la ropa que usaba, a menos que fuera por razones completamente ajenas a su apariencia. Nunca había visto en sus ojos ese tipo de reconocimiento que, en otros, le resultaba tan obvio.
Así que, seguramente, su cabello más largo y su figura más definida pasarían completamente desapercibidos.
La idea le provocó un extraño cosquilleo en el pecho. Por un lado, era un alivio. No tenía que preocuparse por la posibilidad de que la mirara diferente, ni por la incomodidad de que lo hiciera. Pero por otro lado… una parte de ella, una muy tonta, pensó que quizás no le habría molestado si al menos lo notaba un poco.
Chasqueó la lengua y apartó la mirada del espejo, como si eso bastara para alejar los pensamientos que empezaban a enredarse en su cabeza.
No era el momento para pensar en eso.
Se ajustó el vestido una vez más antes de volver a guardar el resto de la ropa en el armario, pero no pudo evitar pensar que necesitaba un cambio. Después de todo, habían pasado dos años. Sus viejas prendas ya no solo no le quedaban, sino que parecían no encajar con la persona en la que se había convertido.
Así que, tras un par de días en el archipiélago y con la monotonía de las apuestas entre Shakky y Rayleigh sobre quién sería el siguiente en llegar, decidió que era hora de hacer algo útil con su tiempo. Había esperado con paciencia las primeras 48 horas, pero escuchar una y otra vez los comentarios casuales de Rayleigh sobre el "ritmo lento" de sus nakama empezaba a ser exasperante.
—Creo que saldré a buscar algo de ropa, — anunció una mañana, mientras ajustaba su bolso al hombro. —Si tienen razón y aún falta para que los demás lleguen, al menos quiero estar preparada.
Shakky le dedicó una sonrisa divertida, como si supiera algo que ella no, pero no dijo nada más que un "Ten cuidado ahí fuera." Rayleigh, en cambio, hizo un gesto despreocupado mientras se acomodaba para seguir vigilando el Thousand Sunny desde la terraza del bar.
Nami salió al bullicio del archipiélago, agradeciendo el cambio de escenario. Las burbujas flotaban con elegancia alrededor de los enormes árboles, y el ir y venir de los comerciantes le recordó lo vibrante que podía ser Sabaody a pesar de sus rincones oscuros.
Caminar por el centro comercial le recordó lo mucho que disfrutaba esos momentos. No era solo el acto de comprar en sí, sino el desafío de conseguir lo mejor al menor precio posible. El regateo era casi un arte, y aunque no tenía problemas en gastar un poco en sí misma, eso no significaba que fuera a pagar precios inflados sin pelearlo antes.
No tardó en encontrar una boutique con prendas ligeras, perfectas para el calor del archipiélago. Examinó las etiquetas con ojo crítico, sopesando precios y calidad. El vendedor, un hombre de mediana edad con gafas redondas y expresión confiada, le aseguró que era la nueva colección de un reconocido diseñador de la isla. Nami solo arqueó una ceja.
—¿Nueva colección? Si vi estos diseños hace dos años en esta misma ciudad.
El comerciante parpadeó, sorprendido, y rápidamente bajó el precio en un intento de salvar la venta. Nami sonrió con autosuficiencia. Después de unos minutos de discusión, consiguió un precio mucho más razonable, agregando un par de prendas adicionales como "compensación por su persuasión".
El dinero no era un problema, no después de haber conseguido un enorme botín en Thriller Bark. Guardaba aquel tesoro en una parte segura del Sunny, una reserva que, aunque tentadora, se aseguraba de usar con mesura. Después de todo, no era cuestión de despilfarrar—solo de hacer una inversión inteligente en cosas que realmente necesitaba.
Con una bolsa llena de ropa nueva y un ánimo más ligero, decidió que no tenía sentido esperar para probarlas. Entró en un probador, se deshizo de la blusa y la falda ajustada que llevaba, y se puso un top fresco junto a un pantalón cómodo.
Al verse en el espejo, soltó un suspiro de alivio. Mucho mejor.
Tomó su ropa vieja, la dobló con calma y la guardó antes de salir de la tienda con paso tranquilo. No tenía ninguna intención de cargar con la incomodidad un segundo más de lo necesario.
Con una bolsa burbuja colgando del brazo y la brisa marina filtrándose dentro del centro comercial, Nami recorrió las tiendas con un ritmo pausado. Aunque su plan inicial era solo comprar ropa, terminó desviándose hacia otros locales, aprovechando la oportunidad para reabastecerse de algunos artículos esenciales. Un nuevo par de guantes, plumas y papel de repuesto y, por qué no, algunos pequeños lujos que podrían hacer más llevadera la vida en el Sunny.
Mientras examinaba una serie de perfumes en una tienda pequeña y elegante, le cruzó por la cabeza la idea de que sería bueno tener a Robin allí. No es que compartieran exactamente los mismos gustos, pero, de todas formas, era agradable ir de compras con alguien que compartiera su afición por las cosas bonitas y lujosas.
Soltó un suspiro, dejando el frasco de vuelta en el estante. Aún no era momento de pensar en eso. Primero, tenían que reunirse.
Salió de la tienda con intención de dirigirse a otra sección del centro comercial, pero un murmullo cercano llamó su atención. Un par de comerciantes hablaban en voz baja, con un tono entre emocionado y nervioso.
—Lo vi con mis propios ojos, te digo. No puede ser otro.
—¿Aquí, en Sabaody? ¿Estás seguro?
—Por supuesto que estoy seguro. ¿Cuántos piratas con sombrero de paja conoces?
Nami sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sabía exactamente de quién estaban hablando.
La bolsa burbuja se deslizó un poco de su brazo cuando apresuró el paso. No estaba segura de qué esperaba encontrar, pero su primer instinto fue regresar al bar de Shakky. Si Luffy realmente había vuelto, ¿por qué no se había reunido con ellos?
El recorrido de vuelta se sintió más largo de lo normal. La calma con la que había estado paseando minutos atrás se había evaporado por completo. Sus pensamientos iban y venían sin orden, y aunque intentó mantenerse lógica, una parte de ella se sentía inquieta.
Al cruzar la puerta del bar, sus ojos recorrieron el lugar en busca de su capitán, pero la escena seguía igual que cuando había salido. Shakky estaba detrás de la barra, hojeando una revista con la misma tranquilidad de siempre, mientras Rayleigh, con una copa en mano, observaba el Sunny desde la terraza.
—Oh, Nami. — Shakky le sonrió al verla. —¿Te fue bien en las compras?
—Sí. — Respondió sin darle demasiada importancia. Dejó la bolsa en una de las sillas y se apoyó en la barra. —¿Escucharon algo sobre Luffy?
Shakky parpadeó, su sonrisa ganando un matiz divertido.
—¿Luffy? No, querida. Si hubiera pasado por aquí, créeme que lo sabríamos.
—¿Por qué la pregunta? — Rayleigh intervino desde su lugar, sin apartar la vista del horizonte.
Nami cruzó los brazos.
—Están corriendo rumores de que lo vieron en el archipiélago.
Esta vez, Shakky sí pareció interesarse un poco más. Cerró la revista y apoyó los codos en la barra.
—Bueno, eso es curioso. La marina ha estado más inquieta últimamente, pero no escuché nada sobre su llegada.
—Y tampoco tiene sentido que esté por ahí sin venir aquí primero. — Nami tamborileó los dedos sobre la madera.
Pero los rumores seguían extendiéndose. En cada manglar, en cada calle transitada, en cada rincón donde la información se movía rápido, las historias sobre un pirata con sombrero de paja cobraban más fuerza.
Los días siguientes pasaron en un vaivén de excusas y recorridos sin rumbo fijo. Nami decía que iba de compras, y en parte era cierto, pero la forma en que deambulaba por el archipiélago distaba mucho de ser la de alguien que solo buscaba buenas ofertas.
Sin darse cuenta, sus pasos la llevaban a los rincones más caóticos de Sabaody. Era como si, sin darse cuenta, estuviera dejándose atraer por el caos, como si los rincones más problemáticos del archipiélago la llamaran a adentrarse en ellos.
Si algo había aprendido a lo largo de los años, era que los problemas y Luffy siempre iban de la mano.
Bares de mala muerte, callejones donde la mercancía cambiaba de manos sin demasiadas preguntas, tugurios envueltos en el humo de cigarros y promesas falsas. Sitios que, la gente común y corriente, preferiría evitar a toda costa.
Pero Nami no tenía miedo.
Hace dos años, tal vez habría sido más cautelosa, más propensa a mantenerse en la periferia de estos lugares, pero ahora sabía que podía defenderse. Siempre había sido rápida, astuta, lo suficientemente hábil para esquivar problemas antes de que estos siquiera la alcanzaran. Ahora, además, era fuerte.
Así que cuando algún patán con demasiada confianza y pocas luces se le acercaba con una sonrisa de medio lado y un intento torpe de conversación, su respuesta era siempre la misma:
—Estoy esperando a un hombre.
El tono era despreocupado, como si la interrupción no mereciera más de su atención. A veces bastaba con esas palabras para que entendieran el mensaje. Otras veces, necesitaba acompañarlas con una mirada gélida o, en los casos más insistentes, con una pequeña muestra de lo que su clima—tact podía hacer.
Pero en el fondo, sabía que no era solo una excusa.
Porque, de alguna manera, sí estaba esperando a un hombre. Uno que siempre terminaba en el centro del caos, que nunca pasaba desapercibido, que siempre encontraba la manera de hacer su presencia imposible de ignorar.
Y mientras los rumores continuaban, mientras cada historia sobre un pirata con sombrero de paja se esparcía como pólvora en cada rincón del archipiélago, Nami se preguntaba cuánto tiempo más tardaría en encontrarlo… o si, al final, él terminaría encontrándola primero.
Pero el encuentro nunca sucedió.
Día tras día, Nami continuó deambulando por los rincones más caóticos de Sabaody, aferrándose a cada rumor con una mezcla de escepticismo y expectación. Sin embargo, en algún punto, la sensación de que algo no encajaba comenzó a crecer en su pecho.
Y la respuesta le llegó una tarde, en un bar particularmente ruidoso, donde el alcohol corría como agua y la bravuconería se mezclaba con la música desafinada de un viejo gramófono.
El sonido de la puerta al abrirse de golpe hizo que varias cabezas se giraran, algunas con simple curiosidad, otras con la desconfianza típica de los lugares donde la lealtad se medía en monedas.
Un grupo entró con la seguridad arrogante de quienes creían tener el derecho de ser el centro de atención. No llevaban uniforme ni distintivos reales, pero sus atuendos parecían una mala imitación de algo más grande.
—¡Una ronda para los Sombrero de Paja! —vociferó uno de ellos, golpeándose el pecho con orgullo impostado.
Hubo un murmullo de incertidumbre entre los presentes, algunos demasiado borrachos para cuestionarlo, otros lo suficientemente aterrados como para moverse siquiera.
Nami dejó su vaso sobre la barra sin beberlo.
Era patético. Ni siquiera parecían una verdadera tripulación entre sí, mucho menos a los verdaderos Sombrero de Paja. Pero la fama de Luffy había crecido tanto que ya había gente dispuesta a explotar su nombre sin entender siquiera en qué se estaban metiendo.
Apoyó el codo sobre la mesa y descansó la barbilla en la mano, observándolos con la expresión de quien ya conoce el final de una historia antes de que termine.
Eso lo explicaba todo.
Los rumores, la ausencia de Luffy, el creciente movimiento de la marina en el archipiélago. No era su capitán quien había llamado la atención, sino un grupo de don nadie con demasiado descaro y ningún instinto de supervivencia.
Nami exhaló con cansancio, tamborileando los dedos sobre la mesa.
Cualquier mención de los Muguiwara bastaba para poner a las autoridades en alerta, y ahora, con esta banda de impostores reclutando gente, se hacía obvio que tendrían problemas cuando llegara el momento de zarpar.
Podía ignorarlo.
Dejar que esos idiotas recibieran su merecido cuando se toparan con alguien que no se tragara su historia. Regresar al Sunny, asegurarse de que todo estuviera listo antes de que los demás se reunieran y evitarse la molestia de lidiar con farsantes.
Pero no tuvo oportunidad de tomar una decisión.
—¡Viejo, más alcohol! —bramó el supuesto líder, golpeando la mesa con impaciencia.
El tabernero se apresuró a servir otra ronda, evitando el contacto visual.
—¡Y tráeme a la mujer que está en la barra!
Hubo un breve silencio en el bar. Algunos giraron la cabeza hacia Nami con curiosidad, otros prefirieron centrarse en su bebida, fingiendo que no habían oído nada.
Nami apenas se movió.
Era patético.
Esos idiotas no tenían ni idea de quién estaban amenazando.
Estuvo a punto de soltar una carcajada cuando una mujer de risa chillona se acercó a ella, hinchando el pecho con orgullo, como si su presencia bastara para hacer creíble su mentira, autoproclamándose la gata ladrona con total descaro.
Ya tenía su mano sobre el Clima—Tact, lista para terminar con esa farsa en un instante, cuando una enorme planta carnívora interrumpió su maniobra.
—Entonces señorita... ¿qué le parece beber conmigo?
El alivio y la sorpresa se mezclaron en su expresión cuando giró la cabeza.
Usopp.
No era el hombre al que había estado esperando.
Pero, aun así, se alegró de ver a su amigo.
No necesitaban quedarse más tiempo. La situación ya era lo bastante clara.
Los impostores no eran solo un grupo de don nadie también eran idiotas. Habían convocado una reunión de varias tripulaciones piratas.
Eso solo iba a traerles problemas.
Abandonaron la taberna sin prisas, sumergiéndose en la bulliciosa vida de la isla. El alivio de encontrarse el uno al otro se tradujo en una charla animada mientras caminaban. Habían pasado dos años desde la última vez que compartieron una conversación así, y había mucho de qué hablar.
—Entonces, ¿cuánto más fuerte te volviste? —preguntó Nami con una ceja arqueada.
Usopp se infló con orgullo, golpeándose el pecho.
—¡Ja! ¡Soy el gran guerrero del mar! ¡Ahora tengo trucos que ni te imaginas!
—¿Y aún corres en medio de una pelea?
—¡Eso es estrategia!
Nami se rio, negando con la cabeza.
—Bueno, sí sigues vivo, supongo que algo hiciste bien.
Tardaron un par de horas en recorrer el archipiélago de vuelta a donde el Sunny estaba anclado. La prisa no era opción cuando cada calle podía ocultar a un informante de la marina o algún cazarrecompensas demasiado ambicioso.
Por suerte, encontraron a Chopper en el camino. Ya que su ruta era cada vez más accidentada, con los piratas y la marina enfrentándose alrededor de los manglares.
Tal como había esperado, no solo Luffy, sino el trío de idiotas al completo, se había asegurado de complicar aún más la situación.
—¡Solo teníamos que irnos en silencio! —gruñó, comenzando a caminar más rápido—. ¿Es demasiado pedir que no armen un escándalo por una vez?
Usopp la siguió con resignación.
—¿Cuándo ha sido demasiado pedir para nosotros?
Vislumbraron el Sunny a lo lejos, aunque su alivio inicial fue rápidamente reemplazado por molestia en cuanto Brook comenzó con sus comentarios obscenos.
Dos años alejados no habían sido suficientes.
—¡Madeimoselle Nami! ¡Ah, qué alegría verla! Por cierto, ¿podría mostrarme su ropa interior?
Nami cerró los ojos un instante, exhalando con paciencia antes de soltar una patada al músico.
—¡Por supuesto que no!
Chopper, que apenas había llegado con ellos, ignoró la escena y corrió hacia la cubierta con los ojos brillantes.
—¡Robin! ¡Qué bueno que no te secuestraron!
Robin apareció con su usual calma, observando el caos en la isla con una media sonrisa.
—Parece que las cosas se pusieron interesantes —comentó, acomodándose el cabello.
Nami frunció el ceño y echó un vistazo a su alrededor.
—Solo faltan…
Y justo en ese momento, lo vieron.
Luffy, llegó encima de un pájaro enorme acompañado de Zoro y Sanji.
—¡Chicos! —gritó con su inconfundible entusiasmo, como si no tuvieran a la Marina apuntándolos con sus cañones.
Nami lo observó desde la cubierta, sin moverse.
No era el reencuentro que había imaginado.
No hubo pausa, ni un instante en el que sus miradas se encontraran con emoción contenida. No hubo palabras. Porque no había tiempo.
La isla ardía en caos, la Marina rodeaba el Sunny, y, sin embargo, lo único que alcanzó a notar en medio de todo fue que Luffy apenas había cambiado.
Su cabello, su postura, su sonrisa.
Seguía siendo él.
Excepto por la cicatriz que ahora le cruzaba el pecho.
Se sintió estúpida por fijarse en algo así, pero fue inevitable.
Dos años enteros. Y él, como siempre, actuaba como si nada. Como si el tiempo no hubiera importado. Como si nunca se hubieran separado.
—¡Nami! —la voz de Usopp la sacó de sus pensamientos—. ¡Vamos, tenemos que zarpar ya!
Ella asintió y giró sobre sus talones, forzándose a concentrarse en lo importante.
Pero incluso cuando los cañones rugieron y el barco comenzó a moverse, su mente seguía atrapada en ese breve instante.
Y ahora, el Sunny navegaba bajo la inmensidad del océano, el caos en la superficie ajeno, como si esos problemas hubieran dejado de pertenecerles desde que el recubrimiento hizo su trabajo y los arrastró corriente abajo.
Por primera vez en dos años, estaban todos juntos.
El sonido del barco deslizándose en el agua, el vaivén de las criaturas marinas a su alrededor, y el murmullo de sus compañeros poniéndose al día llenaban el ambiente con una sensación extraña. No era exactamente paz, pero tampoco era tensión.
Nami apoyó los codos en la barandilla, observando el vasto abismo a su alrededor. Sentía el peso de la adrenalina disipándose poco a poco, dejándola con algo más difícil de ignorar: la realidad de que el viaje había comenzado otra vez.
Pero incluso ahora, con la tranquilidad del fondo marino envolviéndolos, su mente regresaba a él.
Luffy estaba allí, a solo unos pasos de distancia, riendo con Usopp y Chopper como si el tiempo no hubiera pasado. Como si todo siguiera igual.
Pero no lo estaba.
Ella lo sabía.
Y aunque todavía no podía poner en palabras qué era exactamente lo que se sentía diferente, la cicatriz en su pecho seguía siendo un recordatorio de que dos años no habían sido un simple respiro. Habían dejado marcas.
Nami suspiró y apartó la mirada...era una tontería.
Los últimos días se había llenado de expectativas sin fundamento, pero era inevitable.
Conforme se acercaban a Sabaody, el recuerdo de lo que había sucedido en la biblioteca la asaltaba con mayor frecuencia. No solo el momento que ella y Luffy habían compartido, sino también la conversación entre ellos que nunca llegó a darse.
Había pensado que tal vez él diría algo, que tal vez ella también lo haría. Pero ahora que estaban aquí, de pie en la misma cubierta, con la distancia entre ellos reducida a unos cuantos pasos, se daba cuenta de lo absurdo que había sido aferrarse a esa idea.
No pudo evitar preguntarse qué habría pasado si, hace dos años, hubieran tenido la oportunidad de hablar.
Aunque claro que lo entendía.
Su aventura era más importante.
Sus sueños, la promesa de recorrer el mundo, de ver hasta dónde podían llegar, de desafiar al destino una y otra vez… eso era por lo que luchaban. Lo que los había traído de vuelta aquí.
Y ella nunca lo pondría en duda.
Pero eso no significaba que no pudiera querer más.
El pensamiento la irritó. No porque fuera injusto, sino porque ni siquiera estaba segura de qué era ese más que esperaba. Tal vez era ridículo. Tal vez solo era nostalgia, una necesidad infantil de aferrarse a algo que en realidad nunca había existido del todo.
Y, sin embargo, cuando sus ojos se desviaron hacia él otra vez, cuando lo vio reír, con esa despreocupación que le era tan propia, no pudo evitar preguntarse—una vez más—si Luffy también había pensado en ello.
Si recordaba lo que pasó aquella última vez la biblioteca.
El resto de la tripulación, ajenos a su situación, rápidamente habían recuperado su rutina, ejerciendo su rol en el barco.
Franky, con los brazos cruzados y expresión seria, les revelaba algo asombroso acerca de Bartholomew Kuma, su voz resonando sobre el sonido del mar más allá de la burbuja que los envolvía. Brook asentía con interés, mientras Zoro escuchaba en silencio, apoyado contra la barandilla con los ojos cerrados, como si la información fuera importante pero no lo suficiente como para interrumpir su descanso.
A unos metros de distancia, Chopper intentaba mantener a Sanji en pie, quien parecía gravemente afectado tras haber pasado dos años lejos de las mujeres. Se retorcía en el suelo con la nariz tapada, murmurando incoherencias sobre la dulzura de Nami y Robin, mientras el reno lo examinaba con preocupación.
Pero Luffy, sin perder el ánimo por la indisposición de sus compañeros, se arrodilló junto a su mochila y comenzó a hurgar en ella.
—¡Ah! ¡Aquí está! —exclamó con entusiasmo, sacando varios paquetes de comida envueltos con cuidado—. ¡Almuerzo para todos!
La enorme mochila que cargaba parecía un tesoro inagotable de provisiones, cortesía de Hancock, que se habían asegurado de que su capitán no pasara hambre ni un solo día después de su entrenamiento.
Sanji, aún débil pero motivado por el hambre, fue el primero en aceptar la caja que Luffy le tendía. Zoro, después de un gruñido de resignación, tomó la suya sin mucho interés. Brook, emocionado, agradeció con un cortés "¡Muchas gracias por la comida! Aunque no tengo estómago, ¡yo también quiero disfrutarla!".
Nami, con el ceño levemente fruncido, tomó la suya con un murmullo de gratitud y la abrió con un gesto despreocupado. Pero en cuanto levantó la tapa, se quedó inmóvil.
—¿Qué es esto…?
Entre los compartimentos cuidadosamente organizados de su almuerzo, una nota rosada resaltaba, decorada con corazones perfectamente trazados.
"Mi querido Luffy, espero que este bento te recuerde cuánto te admiro. ¡Sigue siendo el increíble hombre que eres! ️"
Nami parpadeó, sintiendo una extraña mezcla de incredulidad y algo más que le oprimió el pecho.
—¿Qué…?
Antes de que pudiera procesarlo del todo, Usopp soltó un grito ahogado al abrir su propia caja.
—¡Oye, espera un segundo! ¡¿Por qué aquí hay una carta?!
—¿Qué? —Zoro arqueó una ceja y revisó su almuerzo—. …Tch. Yo también.
—¡El mío tiene perfume! ¡Y brilla! —exclamó Chopper, agitándolo como si temiera que explotara.
De inmediato, todos se giraron hacia Luffy, quien ya estaba devorando su comida con total indiferencia.
—¡Luffy! —Usopp lo señaló con el dedo—. ¡¿Qué demonios hiciste en estos dos años?!
Luffy lo miró con la boca llena, parpadeando con confusión.
—¿Eh?
—¡¿Por qué cada uno de nuestros almuerzos tiene una carta de amor?! —gritó Sanji, con la cara roja de frustración—. ¡¿Cuántas mujeres dejaste atrás, bastardo?!
Brook, encantado, leía su carta en voz alta.
—"Querido Luffy, te estaré esperando sin importar el tiempo y la distancia" Ah, qué amabilidad. ¡Yo también estaré esperando a esa bella dama, si me lo permite!
—¡Eso no tiene sentido, Brook! —rugió Usopp—. ¡Luffy, explícate!
Luffy, aun masticando, se encogió de hombros.
—Ah… Hancock hizo todos los bentos. Creo que también escribió algunas cosas.
Un silencio absoluto se apoderó de la tripulación.
—… ¿Todos? —Nami entrecerró los ojos.
—Sí.
—O sea que… —Usopp tragó saliva—. ¡Cada almuerzo que comamos tendrá una declaración de amor para ti!
Luffy contestó encogiendo los hombros como si el detalle no tuviera mayor importancia.
—Supongo que si.
El escándalo estalló de inmediato.
—¡Maldita sea, por qué no terminé en esa isla! —Sanji lloraba en una esquina.
—Tienes que estar bromeando… —Zoro suspiró con resignación, volviendo a cerrar su caja.
—¡Luffy! ¡Cuéntanos la verdad! ¡¿Te volviste el rey de las mujeres o qué?! —Usopp exigió, sacudiéndolo.
Luffy parpadeó, masticando con calma mientras observaba la reacción exagerada de sus amigos.
—¿El rey de las mujeres? —repitió con el ceño levemente fruncido, como si intentara descifrar el significado.
—¡Eso, eso! —Usopp se inclinó hacia adelante con los ojos brillando de emoción—. ¡Una isla llena de mujeres hermosas, desnudas y deseando estar contigo, todas rodeándote, sonriéndote…!
—¡Dándote de comer con la boca! —añadió Brook, llevándose una mano a la mandíbula con anhelo—. ¡Oh, qué maravilloso sería si tuviera labios para probarlo!
—¡Y besos! ¡Eso sin duda no puede faltar! —Sanji gritó, aferrándose al cuello de Luffy con fuerza—. ¡¿Acaso no viviste la experiencia más paradisíaca que un hombre podría soñar, mocoso afortunado?!
—Eh… —Luffy los observó con la boca medio abierta, claramente confundido.
—¡Claro que sí! —Usopp continuó, levantando una mano como si estuviera narrando una fantasía épica—. ¡Imagino a las mujeres de la isla llevándote en andas, susurrando tu nombre con adoración!
—¡O te obligaron a unirte a su tribu secreta de amor prohibido! —Brook se estremeció de la emoción—. ¡Qué envidia, capitán!
Sanji, visiblemente afectado, dejó caer la cabeza contra la cubierta.
—Yo… yo hubiera dado todo por estar en tu lugar…
Luffy masticó un poco más, los observó con cara de aburrimiento y finalmente tragó su comida antes de responder con total simpleza:
—Nah, no pasó nada de eso.
—… ¿Qué? —Usopp pestañeó.
—Pero sí me dieron mucha comida.
—…
—Y entrené mucho.
—…
—A Hancock solo la vi desnuda un par de veces.
El silencio cayó como una losa sobre la tripulación.
Nami sintió un súbito tirón en el pecho. Como si su cuerpo hubiera decidido tensarse por completo sin su permiso.
Cada músculo, cada fibra de su ser pareció endurecerse, y su agarre sobre los palillos se volvió más fuerte sin que se diera cuenta.
El silencio tras las palabras de Luffy se prolongó por un par de segundos, lo suficiente para que incluso Robin apartara lo mirara con visible curiosidad, mientras Zoro entrecerraba los ojos con un gesto entre escéptico e intrigado.
Entonces, el caos estalló.
—¡¿QUÉ DIABLOS HAS DICHO, MALDITO BASTARDO?! —Sanji gritó con tal desesperación que cayó de rodillas, golpeando el suelo con los puños.
—¡Luffy, eres oficialmente el hombre más SUUUUUPER que he conocido! —Franky lo señaló con una expresión de absoluta veneración—. ¡Eres mi ídolo, hermano!
—¡No tiene sentido! ¡No tiene sentido! —Usopp se sujetaba la cabeza con ambas manos.
Brook, por su parte, se llevó una mano al pecho inexistente y suspiró con ensoñación.
—Ah… si tan solo hubiera estado en tu lugar, querido capitán. Hubiera rogado por un solo vistazo… y por su ropa interior, ¡yohohohoho!
Nami cerró los ojos un segundo, tratando de no recordar la imponente figura de la Emperatriz Pirata. Aún podía evocar la imagen de Hancock, a pesar de que solo la había visto una vez y a la distancia. Su presencia era demasiado impactante como para ser ignorada; una belleza tan extraordinaria que parecía imposible que alguien así existiera.
Y Luffy la había visto desnuda.
Dos veces.
Sintió una extraña punzada en el pecho. Algo molesto, algo irritante que no supo identificar.
—Idiotas —masculló finalmente.
Bajó la mirada hacia su almuerzo, solo para notar que ni siquiera se había animado a probarlo. Y ahora, de repente, la idea de comer le resultaba completamente indiferente.
El bullicio de la tripulación continuaba a su alrededor, lleno de exclamaciones exageradas y risas estridentes, pero a ella ya no le interesaba seguir escuchando.
—La temperatura bajará pronto —dijo de repente, interrumpiendo el alboroto. Su tono era neutro, sin rastro de emoción—. Será mejor que se abriguen.
Sin esperar respuesta, se dirigió a su habitación.
No le importaba si alguien notaba su repentino cambio de humor o si Luffy siquiera se daba cuenta de que se iba. Ahora mismo, solo quería estar sola.
Mientras caminaba por el pasillo del Sunny, con el eco de las risas todavía resonando a la distancia, Nami sintió cómo su propio pensamiento la traicionaba.
"El hombre más libre del mundo, ¿eh?"
Luffy siempre hablaba de la libertad con una certeza incuestionable, como si no existiera nada en el mundo que pudiera atarlo. Ni enemigos, ni océanos, ni siquiera el tiempo.
¿Por qué ese detalle la incomodaba tanto?
Lo que fuera que hubiera pasado entre los dos, lo que fuera que ella creyera entender o sentir… no iba a cambiar el hecho de que él seguiría siendo Luffy. El mismo chico que hacía lo que quería, cuando quería. El mismo que, sin ningún problema, podía estar en una isla llena de mujeres hermosas, ver a la emperatriz pirata desnuda y decirlo con la misma indiferencia con la que hablaba de la comida.
Porque para él, todo era simple.
Nami bajó la mirada.
Para ella, en cambio, no lo era.
Se detuvo frente a la puerta de su habitación y apretó los labios. Tal vez estaba exagerando. Tal vez no debería darle importancia. Pero, aun así, aquella extraña punzada seguía ahí, firme y persistente.
Sus dedos se cerraron en el picaporte, sintiendo el frío del metal contra su piel.
"No me importa"
Se repitió a sí misma, aunque por alguna razón, las palabras sonaban vacías.
Suspiró y entró en la habitación.
Se dirigió hacia una de las bolsas de compras de los últimos días, aún sin desempacar. Ni siquiera recordaba todo lo que había comprado, simplemente había dejado las bolsas en un rincón, ocupada con otras cosas.
Rebuscó entre las prendas hasta encontrar un abrigo grueso. Mientras lo sacudía para deshacerse de las marcas del doblez, una voz interrumpió el silencio de la habitación.
—Me sorprende que la temperatura haya bajado tan rápido.
Nami soltó un respingo, Robin había entrado en la habitación y ahora rebuscaba en el armario con expresión serena.
Tardó un segundo en procesarlo. Claro. Su habitación ya no era solo suya. Había pasado tanto tiempo sin compañera de cuarto que casi lo había olvidado.
—Es normal —respondió Nami mientras se ponía el abrigo, ajustándolo sobre sus hombros con calma—. A esta altura ya no llegan los rayos del sol.
Robin asintió levemente, como si la respuesta no le sorprendiera en lo absoluto. Se tomó su tiempo en elegir una prenda del armario antes de hablar de nuevo.
—¿Estás bien?
Nami se tensó un instante.
—Sí —contestó sin dudar, pero sin mirarla.
Robin no respondió de inmediato. Solo cerró el armario con tranquilidad y la observó con aquella mirada suya, siempre serena, pero llena de una aguda perspicacia. Nami sabía que era difícil ocultarle algo. Robin no era de las que presionaban, pero eso no significaba que no notara cuando algo andaba mal.
Sin embargo, en lugar de insistir, solo sonrió con sutileza y dijo:
—El viaje a la Isla Gyojin será peligroso. Somo afortunados de tenerte como navegante.
Nami alzó la vista, encontrándose con la expresión tranquila de Robin. Un recordatorio sutil, pero claro. Había cosas más importantes en las que debía concentrarse.
Así que respiró hondo, alisó las mangas de su abrigo y asintió con una pequeña sonrisa.
—La mejor navegante, para la mejor tripulación ¿no?
Podía parecer una tontería, pero esa breve conversación con Robin la devolvió a la realidad.
Y era una suerte.
El viaje había sido más que accidentado. Entre tripulaciones piratas rivales, monstruos marinos y explosiones volcánicas, sus habilidades como navegante habían sido imprescindibles. No había margen para distracciones, ni para pensamientos inútiles que no la llevaran a ninguna parte.
Al menos, tanto caos le había quitado el malestar de encima.
El cambio en la luz fue lo primero que notaron.
Desde la cubierta del Sunny, todos observaron con asombro cómo la penumbra del fondo marino se teñía de un resplandor etéreo. No era la luz del sol, pero de alguna manera, la bioluminiscencia de las raíces de mangle llenaba el agua con reflejos azulados y dorados. A su alrededor, cardúmenes de peces de colores vibrantes nadaban con total naturalidad, como si su barco no fuese más que otra sombra en el océano infinito.
Era un espectáculo irreal.
Incluso mientras las corrientes empezaban a arremolinarse con fuerza y el Sunny era arrastrado sin remedio, Nami no pudo evitar sostener la mirada en la ciudad que se alzaba a lo lejos. Desde su posición, distinguía los contornos de enormes estructuras con cúpulas brillantes, caminos de burbujas que ascendían y descendían entre los edificios, y la silueta inconfundible de un castillo majestuoso en el centro de todo.
"El Reino Ryugu."
Un sitio que, hasta hace poco, parecía tan inalcanzable como un mito.
Apenas el Thousand Sunny se acercó a la barrera de burbujas, un grupo de piratas gyojin emergió de las sombras, rodeándolos con movimientos fluidos y veloces.
—Tsk, otra panda de idiotas intentando detenernos —murmuró Zoro, llevando la mano a su espada.
Pero no era el mejor momento para pelear. Con un Coup de Burst y casi agotando sus reservas de aire se lanzaron directo a la burbuja que rodeaba la isla.
El recubrimiento del barco se rompió a su alrededor y la presión del agua los golpeó de repente.
En cuestión de segundos, la tripulación fue arrastrada en direcciones opuestas.
Nami apenas tuvo tiempo de inhalar antes de que la corriente la lanzara lejos del Sunny. Sintió un tirón en el estómago mientras era empujada a través del agua del mar, cayendo en un túnel que la llevó directo a la isla.
Cuando al fin pudo recuperar el aliento, estaba sola.
A su alrededor, la Isla Gyojin se extendía con su arquitectura surrealista, llena de luces danzantes y colores iridiscentes. No tenía idea de dónde estaban los demás, pero tampoco sentía preocupación.
Sabía que Luffy y los demás estarían bien.
Por ahora, estar sola no le molestaba. De hecho, casi lo agradeció.
Después de todo, el viaje hasta allí había sido un caos absoluto.
La ciudad se extendía frente a ella con una tranquilidad que contrastaba con la caótica travesía para llegar allí. Caminos de burbujas flotaban entre las edificaciones, conectando tiendas, posadas y puestos de mercado repletos de mercancías exóticas. El lugar tenía la misma energía vibrante que Sabaody: un sitio acostumbrado a recibir piratas, comerciantes y viajeros de todas partes.
Aquí, bajo la protección de un Yonkou, las tensiones del mundo exterior parecían disiparse.
Y, sin embargo, Nami no podía relajarse del todo.
A donde mirara, veía gyojin. Caminaban despreocupados entre los visitantes humanos, pero la familiaridad de sus figuras y sus rasgos afilados le revolvía el estómago. No importaba cuánto intentara recordarse que no todos eran como Arlong y su tripulación, que esta era su tierra natal y que la mayoría de ellos jamás habrían pisado la superficie…
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
Sacudió la cabeza con fastidio.
—No seas idiota —murmuró para sí misma, avanzando con más decisión.
Esto no era el East Blue.
Esto no era su pasado.
Y no pensaba permitir que esos recuerdos le impidieran moverse con libertad.
Toda su tensión comenzó a desvanecerse conforme avanzaba por la ciudad.
Los callejones serpenteaban entre construcciones de coral y piedra pulida, iluminados por lámparas de burbujas. El murmullo de la gente a su alrededor no era distinto al de cualquier otra isla que hubiese visitado.
Los comerciantes anunciaban sus productos con entusiasmo, invitando a los visitantes a probar frutas y mariscos desconocidos para los forasteros. Grupos de viajeros examinaban mapas y souvenirs en los puestos callejeros.
Y los niños…
Nami los vio corriendo entre los caminos llenos de burbujas, riendo y empujándose en un juego despreocupado. Algunos tenían rasgos más cercanos a los humanos, mientras que otros lucían escamas o aletas en sus extremidades. Uno de ellos, un pequeño gyojin de piel azulada, se detuvo a mirarla con curiosidad antes de seguir a sus amigos.
No era la primera vez que notaba miradas sobre ella, pero esta vez no sintió incomodidad.
Con cada paso que daba, la isla se sentía menos como un reflejo de su pasado y más como lo que realmente era: un lugar lleno de vida, lejos de la crueldad que conoció en su infancia.
Sus ojos se posaron en una terraza acogedora a un lado de la calle, con mesas al aire libre y una vista despejada del centro de la ciudad. Un pequeño café, con aroma a especias y mariscos, invitaba a los transeúntes a hacer una pausa, era el sitio perfecto para descansar un momento.
Por primera vez desde que llegó, disfrutó de la tranquilidad de la Isla Gyojin.
Tras un rato en la terraza, observando el ir y venir de los habitantes de la isla, Nami retomó su paseo, sus pasos, sin que lo pensara demasiado, la guiaron hacia el centro de la ciudad.
Aquí, las calles estaban más iluminadas, con caminos de burbujas ascendiendo y descendiendo entre estructuras elegantes. Los edificios tenían acabados más refinados, y las tiendas, con vitrinas repletas de artículos lujosos, desprendían un aire de exclusividad que no se veía en los mercados más modestos.
Entonces lo notó.
El logo de la Marca Criminal resaltaba en la fachada de uno de los edificios más imponentes de la zona.
Gyoverly Hills.
Por supuesto, en un sitio como este no podía faltar la tienda de una marca tan prestigiosa.
Ni siquiera dudó antes de entrar. Después de todo, no podía perder la oportunidad de comprar algo de ahí.
Apenas cruzó la puerta, Nami se encontró rodeada de un despliegue de colores vibrantes. La tienda era enorme, con altos estantes repletos de ropa para toda ocasión: vestidos ligeros, elegantes capas de seda traslúcida y trajes de baño con detalles brillantes que parecían reflejar la luz del agua. El suelo de la tienda era de cristal pulido, simulando la superficie del océano con cada paso que daba.
Todo en el lugar gritaba lujo y exclusividad, pero sin perder ese toque desenfadado y llamativo que caracterizaba a la Marca Criminal.
Tenía que admitirlo: Pappag tenía un talento innegable para el diseño.
Por un momento, Nami se dejó llevar, recorriendo los estantes con interés genuino. Después de todo, si iba a pasearse por la Isla Gyojin, al menos lo haría con estilo.
Inevitablemente, terminó con los brazos llenos de ropa.
Aunque la tentación de probarse los vestidos más llamativos era fuerte, su instinto práctico se impuso. Prendas resistentes y cómodas, que hicieran fácil moverse y pudieran soportar el desgaste de su vida como pirata.
Aun así, no estaba dispuesta a pagar precios exorbitantes sin pelear por un buen descuento.
—Vamos, sé que puedes bajar un poco más —insistió, apoyando un codo en el mostrador mientras miraba al dependiente con su mejor sonrisa persuasiva—. Estoy llevándome varias cosas, ¿no te parece justo?
El vendedor, un gyojin de piel nacarada y expresión nerviosa, se debatía entre la política de precios de la tienda y la presión de la clienta más determinada que había visto en su vida.
—E-esta es la tarifa estándar, señorita…
—Oh, vamos —Nami chasqueó la lengua, fingiendo decepción—. ¿Ni siquiera un pequeño ajuste?
El dependiente sudaba, claramente acorralado, cuando un ruido detrás de ella distrajo su atención.
—¡Ahí estás, Nami!
Camie había llegado junto a Usopp, Brook, Luffy y por supuesto Pappag.
—¡Te hemos estado buscando!
—No me perdí ni nada, solo estaba haciendo unas compras —respondió ella con tranquilidad, volviendo la vista al dependiente, que casi suspiraba de alivio por la interrupción.
Pero su atención cambió cuando notó a Pappag en la entrada, hinchando el pecho con orgullo.
—¡Así que te interesaste en mi marca, Nami! ¡Eres una chica con buen ojo para la moda, hohoho!
—Sí, sí —dijo ella con impaciencia, apuntando a la pila de ropa que había escogido—. De hecho, estaba en medio de una negociación. ¿No crees que podrías darme un descuento especial?
Pappag parpadeó.
—¿Un descuento? ¡Pero Nami-chin, eso es ridículo!
Nami frunció el ceño.
—¿Ridículo? ¡Si hasta ahora he sido muy razonable!
—¡No, no! —Pappag agitó las manos, como si ni siquiera pudiera considerar la idea—. ¡Ridículo porque jamás podría cobrarle nada a una amiga! ¡Todo lo que elijas es completamente gratis!
Hubo un instante de silencio.
Nami se quedó completamente inmóvil.
—…
Camie sonrió.
—¿Nami-chin?
Nami inhaló profundamente y cerró los ojos por un momento. Luego, como si la hubieran liberado de un enorme peso, dejó caer los brazos y adoptó una expresión de absoluta satisfacción.
—¿Todo gratis? —repitió, asegurándose de haber escuchado bien.
—¡Por supuesto! —confirmó Pappag, orgulloso de su generosidad—. ¡Considéralo un regalo de la Marca Criminal!
En cuanto las palabras "todo gratis" resonaron en el aire, la reacción fue instantánea.
—¡¿Gratis?! —Usopp no lo pensó dos veces antes de empezar a revisar los estantes con renovado interés—. ¡Oye, esto no se siente nada mal!
Brook silbó mientras deslizaba entre sus dedos una elegante capa azul oscuro.
—¡Oh! ¡Este estilo es exquisito! Aunque… ¡no tengo piel para lucirlo! ¡Yohohoho!
—¡Oye, este saco le quedaría bien a Sanji! —comentó Usopp, sacando una prenda de cuadros rojos y negros.
Mientras la tienda se convertía en un pequeño caos de Sombreros de Paja explorando ropa sin restricciones, Nami se alejó un poco hacia una sección más apartada.
Había sido práctica al elegir sus primeras prendas: cómodas, resistentes y adecuadas para la vida en altamar. Pero ahora que el precio ya no era un problema, sus dedos se deslizaron por telas que de inicio había descartado sin siquiera mirarlas demasiado.
Vestidos vaporosos de telas delicadas colgaban en perchas adornadas, algunos con detalles de encaje, otros con bordados dorados que parecían reflejar la luz de la tienda. Blusas de cortes elegantes, capas ligeras… Cosas que normalmente nunca se plantearía llevar en su día a día como pirata, pero que de repente no parecían tan innecesarias.
Tomó entre sus manos un vestido de un tono gris perlado, con un brillo sutil en la tela y detalles bordados. Era hermoso. Un poco más llamativo de lo que solía usar, pero no podía negar que le gustaba.
—Nami.
La voz de Luffy la sacó de su ensimismamiento.
Giró la cabeza y lo encontró justo a su lado, observándola con su expresión relajada de siempre, pero con los ojos puestos en el vestido que sostenía.
—¿Te gusta? —preguntó.
Nami bajó la vista a la prenda en sus manos. Dudó un instante antes de encogerse de hombros.
—Es bonito. No estoy segura de que sea mi estilo.
Luffy inclinó la cabeza, pensativo, y luego señalo el otro estante.
—Este es más lindo.
Nami se giró para observar un vestido rojo, mucho más llamativo que el que tenía ella. Era de hombros descubiertos, con una falda de volantes ligeros que se movían con cualquier mínimo roce.
—¿Este? —murmuró, arqueando una ceja.
—Ajá.
No había duda en su voz, como si fuera un hecho absoluto.
Nami soltó un leve suspiro y extendió la mano para tomar la tela.
Pero Luffy hizo lo mismo al mismo tiempo.
Sus dedos se rozaron.
Fue un contacto breve, apenas un roce ligero en medio del gesto espontáneo de ambos. Pero bastó para que Nami se quedara inmóvil por un segundo, sintiendo el calor inesperado de su piel contra la suya.
Luffy tampoco se movió enseguida, con la mano aún sobre la tela, casi cubriendo la de ella.
Por fin, sus miradas se encontraron.
Nami no supo qué la detuvo más: si el roce cálido de sus manos o la intensidad inesperada en los ojos de Luffy.
Era la primera vez que lo miraba así de cerca desde que se habían reencontrado en Sabaody, y le fue inevitable contener el aliento. Su pulso, que hasta hace un momento era estable, tamborileó en su pecho como si algo dentro de ella hubiera despertado de golpe.
Sin apartar la mano, sin romper el contacto, preguntó en voz baja:
—¿Crees que me quedará bien?
Luffy no respondió de inmediato.
Hasta ese momento, había señalado el vestido sin pensar demasiado, solo porque era rojo y llamativo, el tipo de prenda que le recordaba a ella: vibrante, imposible de ignorar. Pero ahora, con Nami justo frente a él, esperando su respuesta, algo cambió.
Por primera vez, realmente la imaginó usándolo.
El color rojo resaltando contra su piel, la tela ligera moviéndose con cada paso, los volantes rozando sus piernas cuando el viento soplara en cubierta. Era una imagen simple, pero se fijó en su mente con más nitidez de la que esperaba.
Sintió su garganta seca.
—Sí —dijo al fin, con una certeza tranquila—. Te quedará bien.
La expresión de Nami no cambió de inmediato, pero sus dedos se crisparon apenas sobre la tela.
—Los volantes son lindos —murmuró, casi sin pensar, deslizándolos entre sus dedos.
Luffy asintió, relajado.
—Sí, en la isla de las mujeres también usaban mucha ropa con volantes.
La burbuja en la que estaban se rompió de golpe.
Nami parpadeó.
—¿Qué?
—Ajá. Toda su ropa llevaba volantes—comentó, sin notar el cambio en su expresión—. Se la pasaban diciendo que eran lindos.
Era un comentario casual, sin ninguna intención oculta. Pero Nami sintió un latigazo repentino de irritación, sin saber bien por qué.
Las cartas en su mochila pasaron fugazmente por su mente, aquellas que aún no había leído pero que, de solo imaginar su contenido, la hacían apretar los dientes.
Su pulso seguía acelerado, pero por una razón completamente distinta.
—Qué interesante —dijo, con una sonrisa tensa—. Debió de ser un viaje muy… educativo.
Luffy no entendió su tono en absoluto.
—Sí. Aprendí haki.
Nami soltó un leve suspiro y, antes de que su propia irritación se reflejara en su rostro, apartó la mano del vestido.
—Bueno, probaré otro.
Luffy la vio alejarse y frunció ligeramente el ceño.
No entendía qué acababa de pasar.
Había pasado tanto tiempo sin verla que, en algún lugar dentro de él, aún se sentía extraño tenerla de nuevo cerca. Pero ahora, de repente, ella se alejaba, rompiendo el contacto sin razón aparente.
No era enojo, exactamente. No como cuando se molestaba y le gritaba o lo golpeaba. Era algo más sutil. Algo que no podía descifrar.
La miró de reojo mientras buscaba más ropa. Nami había vuelto a centrarse en las prendas frente a ella, pero la rigidez en su postura le decía que no estaba tan tranquila como quería aparentar.
Luffy inclinó la cabeza, pensativo.
No entendía.
Pero, si lo pensaba bien, tal vez ni ella entendía del todo.
El bullicio en la tienda siguió como si nada hubiera pasado. Usopp se probaba gorros estrafalarios entre risas, Brook revisaba unos guantes con estrellas bordadas mientras tarareaba alegremente.
Nami, por su parte, retomó su búsqueda como si aquel pequeño intercambio no la hubiera afectado en absoluto. Escogió un par de prendas más, asegurándose de no volver a mirar en dirección a Luffy, aunque su mente todavía trabajaba en lo que acababa de ocurrir.
Luffy también parecía haber dejado el asunto atrás. Se había distraído probándose un sombrero grande y doblándolo en direcciones extrañas, como si estuviera verificando qué tan flexible era. Sin embargo, de vez en cuando, su mirada se desviaba fugazmente hacia Nami, como si intentara descifrar el misterio que había quedado flotando entre ellos.
Después de un rato, la emoción inicial de la compra libre se convirtió en puro desenfreno. La tienda quedó prácticamente arrasada.
—¡Oye, Pappag! —exclamó Usopp, cargando un montón de ropa en los brazos—. ¿Estás seguro de que todo esto es gratis?
—E-eh… sí… Claro que sí… ¡Un regalo de la Marca Criminal, como dije!
Pero cuando miró a su alrededor, su entusiasmo vaciló.
Estantes vacíos. Perchas desordenadas. Pilas de ropa amontonadas en los brazos de la tripulación.
—…Tal vez debí poner un límite…
—Demasiado tarde para eso —murmuró Camie, mirando con una risita el desastre a su alrededor.
Para cuando salieron de la tienda, la sombra del palacio de Ryugu ya se cernía sobre ellos. Y, como siempre, antes de que pudieran preguntarse qué significaba lo que había pasado entre ellos, la siguiente ola de problemas los alcanzó sin previo aviso.
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¡Cuánto tiempo nakamas! ni siquiera recuerdo cuando actualicé por última vez esta travesía, pero como dije antes, para nada abandonaré la aventura. Creo que este capítulo se trató de mucha expectativa y poco romance, pero siendo franca, moría de ganas de que no todo entre Luffy y Nami estuviera "bien" creo que los celos son un gran elemento para obligarlos a por fin hablar de lo que sienten, aunque eso será en el siguiente capitulo por ahora sigamos generando expectativas para la continuación.
Raddishwritter: Te agradezco enormemente tu review, escribir es algo que todavía se me complica y saber que valoras el esfuerzo y sobre todo que te gusta como estoy llevando el romance en la historia me hizo muy feliz, no mentiré fue tu review la que me impulsó a terminar el capítulo. Que por supuesto espero te haya gustado.
A todos los que hayan leído hasta aquí les envío un enorme abrazo.
