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CRÓNICAS DE LAS ALMAS PERDIDAS

Una historia basada en RANMA 1/2 de Rumiko Takahashi

Escrita por ZETAGÉ


Comentario del Autor:

¡Hola! Gracias por leer esta historia. Con el lanzamiento del excelente remake de Ranma, me dieron ganas de retomar este viejo proyecto que tenía en espera desde hace años. Esta historia la escribo más que nada para mi propio divertimento, pero si deseas acompañarme en este viaje, tu estancia está más que bienvenida. De ser así, deseo de corazón que puedas disfrutar de este escrito y de todo lo que he planeado.

También recordarles que, como parece que FFnet está sufriendo de muchos problemas a nivel de servidores al momento de actualizar los archivos, también estoy publicando esta historia en sitios como AO3 y WattPad, donde incluso añado arte conceptual creado por mí a las historias. Pueden encontrar más información en mi perfil.


PRÓLOGO

Aunque aquel día partió soleado y caluroso, como un típico día de julio, no tardó en volverse más oscuro conforme el cielo se fue cubriendo de nubes con el avanzar de la tarde. El clima amenazaba extraño en esa ocasión, aunque ni eso ni nada impediría que Ranma llevara a cabo su plan. Después de todo, dudaba de si podría volver a intentarlo si lo dejaba pasar esta vez, pues reunir el coraje suficiente le había costado muchas horas de conversaciones consigo mismo para convencerse de que no estaba cometiendo ningún error, y no quería volver a pasar por ese trance.

Por suerte para él, más allá del clima, todo parecía ir saliendo bien. Incluso Nerima, que siempre había sido el epicentro de su vida caótica, esa tarde parecía alinearse con sus deseos y estar en calma. Hasta Akane, que lo seguía de cerca, parecía más tranquila que de costumbre. Le llamó la atención sentirla tan dócil y deseó que solo fueran sus nervios haciéndole ver cosas donde no había, y no que Akane sospechara algo de lo que tenía planeado. Ya tenía suficiente con mantener sus propios nervios bajo control. De todas formas, si lo pensaba, el que no estuvieran discutiendo podía considerarlo como un buen comienzo. Ojalá todo continuara así.

—Ranma —preguntó Akane de repente; el pobre estaba tan tenso que el corazón casi se le sale del pecho—, ¿a dónde vamos? Me pediste que te siguiera, pero llevamos un buen rato dando vueltas y parece que va a llover.

—S-S-Sí, tranquila —respondió él con una sonrisa que pretendía ser confiada, aunque la voz lo traicionaba—. Ya falta poco.

El problema era que Ranma no tenía muy claro hacia dónde quería ir exactamente. Ya había decidido lo que iba a hacer, pero de ser posible quería que ocurriera en un lugar que les ofreciera privacidad, lo que descartaba cualquier lugar cerca del dojo o de la escuela, donde los ojos mirones abundaban. Con esa idea, se adentró en algunas calles que no solía frecuentar con la esperanza de que apareciera el lugar correcto por arte de magia, pero hasta ahora no había tenido suerte, y lo que él deseaba es que todo fuera perfecto, al menos por una vez.

—Más vale que te apures, porque de verdad el cielo no tiene buena pinta.

—¡Eso ya lo sé!

Ranma se rascó la nuca con brusquedad, como para limpiarse la mirada enjuiciadora de Akane de encima. Quizás iba a tener que bajar sus expectativas. Miró al cielo nublado y maldijo no haber planificado todo mejor, o al menos haber revisado el pronóstico del tiempo. Pero a lo hecho, pecho. Iba a hacerlo ese día aunque lloviera o tronara.

Al final resultó que sus cabilaciones estuvieron un tanto demás, ya que antes de que se diera cuenta, sus pasos lo llevaron al lugar más cursi de todos los disponibles: el parque del lago, el lugar preferido por las parejas.

—Tal como lo planeé —se dijo para sí con una sonrisa irónica, consciente de lo forzado que sonaba.

—Espera —Akane dejó escapar una pequeña risita, sonriendo con diversión ante la situación—. ¿Esto es… una cita?

—¡Tonta! ¡No lo digas en voz alta!

—Ranma… —Akane susurró su nombre de forma pausada, con un tono que mezclaba sorpresa y nerviosismo. Aunque se cubrió la boca con la mano, su sonrisa seguía visible, y Ranma sintió cómo el calor le subía hasta las orejas.

—¡Mira…! —comenzó a decir, aunque los nervios le jugaron una mala pasada y alzó la voz más de lo que quería. Carraspeó, resignándose al sonrojo, y volvió a intentarlo, clavando los ojos en el lago—: Mira, sé que es extraño, pero soy un hombre y debo hacerme cargo. ¿Entiendes? ¡Es decir! N-No lo malinterpretes.

—Ajá…

Ranma evitó mirar su expresión, pero Akane solo escuchaba.

—¡Lo que quiero decir es que…! —se detuvo nuevamente para calmarse, respiró hondo y juntó coraje antes de atreverse a mirarla directo a los ojos—. Me refiero a que después de lo del Monte Fénix y de que arruinaran nuestra… boda… Pues…

La mención de la palabra «boda» casi le hizo flaquear, pero ignoró el miedo, se metió rápidamente la mano al bolsillo y sacó el objeto por el que había planificado todo esto. Ya no había vuelta atrás.

—¿Ranma?

—¡Sé que tu cumpleaños es la semana que viene! ¡Y me pareció apropiado regalarte esto! Después de todo, aunque solo sea por unos meses, eres mayor que yo, y creo que esto te haría ver distinguida y… —se quedó callado, incapaz de decir que también la haría verse "linda"—. ¡No es gran cosa, pero espero que te guste! ¡Y quizás…! —Ranma dudó y nuevamente miró hacia otro lado, con el rostro brillando de un rojo muy intenso—. Quizás con esto puedas confiar en mis sentimientos…

Akane tomó el regalo que Ranma le extendía con ambas manos: una cajita negra que abrió con cuidado, con los dedos temblando, para revelar un bonito anillo de color plateado. Ella también se había sonrojado, y mucho, pero no hizo nada por ocultarlo.

Por su parte, Ranma se quedó mirándola con dos ojos muy abiertos y expectantes. El pobre sentía el corazón martillándole las costillas. No sabía que iba a ser tan difícil. Ojalá nadie los estuviera mirando.

—Y-Y… ¡Si no te gusta, puedes devolverlo!

Pero Akane no dijo nada, simplemente se quedó mirando el anillo en silencio por un momento, con los ojos brillando. Luego, volvió a sonreír, y Ranma jamás la había visto sonreír así; se veía distinta, aunque con esa sonrisa suya que siempre lograba desarmarlo por completo.

—Es… perfecto, Ranma —le respondió tras una breve pausa, como si buscara las palabras—. ¡Me encanta!

Y, sin dudarlo, se puso el anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Ranma aún sentía el corazón en la boca, especialmente porque, de pronto, se encontró en una situación que no había previsto. Había planificado cómo entregarle el anillo, pero no sabía qué hacer después. Llegados a este punto, el solo pensarlo lo mareaba.

De los nervios, lo había olvidado, pero el cambio del clima se abrió paso de pronto con un viento que sopló entre ellos, gélido. Los flamencos que solían rodear el lago de pronto chillaron y echaron a volar, como si huyeran. Recién en ese momento Ranma se percató de que el día se había oscurecido demasiado para la hora que era. Las nubes del cielo teñían el ambiente con sombras que se alargaban como dedos que envolvían todo en la oscuridad. Una oscuridad que de pronto le pareció demasiado intensa, extraña y amenazante.

Y la oscuridad se cerraba a su alrededor.

Con la cabeza vacía y confusa, caminaba sin rumbo y descalza por las arenas de aquel desierto que tampoco reconocía. Ignoraba también cuándo había llegado ahí, pues cuando despertó ya se encontraba caminando bajo la noche estrellada de aquel lugar solitario e inmenso. Solo sabía que tenía sed, hambre y frío. Mucho frío. Un frío que le calaba los huesos.

Se abrazó a sí misma en un intento por resistir los elementos, pero no servía de nada. Su cuerpo expuesto temblaba mientras ella solo arrastraba un pie por delante del otro de forma mecánica. Sin rumbo, sin propósito, sin recuerdos; como si fuese un cascarón vacío que alguien echó a morir ante los elementos. Si ese era el caso, claramente estaba funcionando.

Ya sin fuerzas, las rodillas le flaquearon cuando dio un paso en falso y cayó de cara contra la arena. Respirando con dificultad, pues esta le obstruía las vías de aire, usó lo que le quedaba de energías para girarse sobre sí misma. De pronto, sus ojos agotados se encontraron frente a frente con la inmensidad del cielo estrellado. Le pareció hermoso, pero algo dentro de su pecho la llenó de pronto de una sensación de urgencia terrible.

¡No puedes quedarte aquí!, le instó alguien dentro de su cabeza; ignoraba si se trataba de ella misma, pues había olvidado el sonido de su voz. ¡Tienes la obligación de moverte! ¡Sino, ella se pondrá triste!

¿«Ella»? ¿De quién estaba hablando? Y aunque también ignoraba eso, sintió que aquella voz le había renovado las fuerzas suficientes como para no dejarse vencer ahí.

—V-Vamos… —se animó a sí misma con dificultad; la garganta le raspaba al hablar y los dientes le castañaban sin control—. T-Tienes que le-levantarte… —Los músculos de las piernas tardaron en responderle, entumecidos—. S-Si n-no lo haces… e-ella… ¡E-Ella…! ¡LEVÁNTATE!

Aquel grito escapó de su cuerpo como un desafío que le infundió la fuerza suficiente como para levantarse de golpe. Pero aunque se irguió completa y en toda su altura, esto solo le duró un momento, pues pronto las fuerzas volvieron a abandonarla.

Con los ojos siempre fijos en las estrellas del firmamento, cayó nuevamente sobre su espalda con un golpe seco y esta vez comprendió que no volvería a levantarse. Una parte de sí sentía ganas de llorar por culpa y frustración, pero eso duró poco. Los elementos comenzaron a cobrar su deuda y el cuerpo de la muchacha comenzó a alejarse de este mundo.

Sin embargo, mientras miraba las estrellas y sentía que la inconsciencia se hacía cada vez más presente, vino a su mente un recuerdo; un rostro. Un rostro que le pareció dolorosamente hermoso y que añoró con su alma. Recordó sus formas, el tono de la piel, el color de sus ojos y el corto de su cabello oscuro. Pero fue su sonrisa lo que más se sujetó en su memoria: una sonrisa hermosa, la más hermosa de todas, que ahora se perdía entre la soledad y la tristeza.

Deseó recordarla más y saber su nombre, pero se le agotó el tiempo. El recuerdo desapareció y se esfumó junto a las estrellas de aquel desierto nocturno; junto al soplo de vida que la abandonó y la sumió en la oscuridad y el silencio.


Ranma 1/2 © Rumiko Takahashi