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CAPÍTULO I
LA SOLEDAD DE AKANE
Akane observó su propio reflejo en la ventana del salón de clases. De fondo, la voz infantil de Miss Hinako llevaba un buen rato sonando, probablemente enseñando algo importante, pero Akane no podía estar más desinteresada. Su atención estaba puesta en el cielo gris y pesado, el que parecía listo para descargar una tormenta.
Aquel había sido un otoño poco común, con un clima que no lograba decidirse entre el calor persistente del verano y la llegada de la temporada de lluvias. La humedad impregnaba el aire, y el cielo encapotado daba a todo un tono grisáseo que combinaba perfectamente con su estado de ánimo.
—Señorita Tendo, ¿está prestando atención?
La voz aguda de Miss Hinako cortó sus pensamientos de golpe. Akane apartó la mirada de la ventana, parpadeando con sorpresa al notar los ojos de sus compañeros clavados sobre ella con una mezcla de curiosidad y lástima que no podía soportar.
—Lo lamento, maestra —respondió con un tono monótono, intentando ocultar su incomodidad.
Miss Hinako suspiró, dándose golpecitos en la cabeza con la varilla que usaba para alcanzar la parte alta de la pizarra. Aunque su expresión mostraba algo de molestia, su tono hacia Akane fue sorprendentemente comprensivo.
—Disculpas aceptadas. Pero, señorita Tendo, necesito que me acompañe un momento.
Akane frunció ligeramente el entrecejo. No le gustaba llamar la atención, y menos aún que la apartaran del resto.
—Maestra, no creo que sea necesario…
—Insisto —dijo Miss Hinako, con una sonrisa que parecía un intento torpe por suavizar la situación—. No le preocupará dejarme atrás, ¿verdad?
Akane apretó los labios, resignándose.
—No, claro que no.
Se levantó de su asiento, ignorando las miradas, y camino hacia su profesora, quien ya se dirigía a la puerta. Antes de salir, Miss Hinako se giró hacia el resto de la clase y los apuntó con la varilla:
—¡¿Qué están mirando?! ¡Acabo de darles deberes, comiencen de una vez o los reprobaré a todos! —luego, volvió a sonreirle—. ¿Señorita Tendo?
Intentando ocultar sus emociones, Akane simplemente la siguió en silencio mientras a su alrededor creció un bullicio cuando sus compañeros se levantaron de sus pupitres para formar grupos y trabajar en lo que fuera que Miss Hinako les había mandado.
El pasillo estaba tranquilo y silencioso. Sin embargo, el ambiente no ayudaba a calmar la irritación que Akane sentía desde hace días.
—Estoy preocupada por usted, señorita Tendo —comenzó Miss Hinako, ajustando el ritmo de sus pasos para no quedarse atrás; por su tamaño, su paso era más lento que el de Akane—. No parece usted misma últimamente.
Akane sintió que su irritación subía un poco más.
—No sé a qué se refiere.
—Se distrae en clase, está más callada, ya no comparte con sus compañeros, busca espacios solitarios para comer durante el almuerzo, y… —Miss Hinako dudó un momento, como si escogiera cuidadosamente sus palabras—. Incluso evita saludar a sus amigas por las mañanas.
Akane se detuvo en seco.
—¿Desde cuándo ha estado observándome tan de cerca?
—Desde que Saotome dejó de asistir a clases.
El nombre golpeó a Akane como un puñetazo, dejándola sin aire por un momento. Miss Hinako continuó caminando, sin darse cuenta de que Akane se había detenido en medio del pasillo:
—No sé qué habrá pasado entre ustedes dos, pero si necesita ayuda respecto a ese buscaproblemas…
Akane sintió que algo dentro de ella se rompía. No sabía si era rabia, frustración o simple agotamiento, pero llegó a un punto en que no pudo contenerse más:
—¡¿Qué tiene que ver Ranma con esto?! —gritó, tensando todo el cuerpo.
Miss Hinako se giró en redondo, dándose cuenta al fin de que estaba caminando sola, y su expresión dejaba claro que la reacción de Akane le había sorprendido.
—Señorita Tendo, yo solo quería…
—¡No necesito que se metan en mi vida! —continuó Akane; sus palabras saliendo más rápido de lo que podía procesarlas—. ¡Ni usted ni nadie!
Miss Hinako se llevó una mano al rostro, con sus ojos brillando por infantiles lágrimas.
—Lo siento. No fue mi intención…
—¡No necesito que sientan lástima por mí! —interrumpió Akane, con los ojos brillándole por la rabia contenida.
Antes de que Miss Hinako pudiera decir algo más, se giró sobre sus talones y caminó de regreso al salón con pisadas que resonaban con fuerza en el pasillo. No quería escuchar ni disculpas ni consejos, ni mucho menos palabras de consuelo. Solo deseaba que el día terminara pronto y poder estar sola.
El cielo, mientras tanto, se oscurecía más, como si compartiera su estado de ánimo.
~ o ~
Akane salió de la escuela hecha una furia, refunfuñando entre dientes con tal enojo que todos los estudiantes con los que se cruzaba se apartaban rápidamente de su camino. Sus pasos eran firmes y pesados, y cada vez que alguien osaba mirarla por más de un segundo, ella devolvía la mirada con tal intensidad que nadie se atrevía a decirle nada.
No fue sino hasta un buen rato después, cuando llegó a la calle junto al riachuelo, que su enojo comenzó a disiparse. Sus pasos se hicieron más lentos, y con ellos, la intensidad de su furia se desmoronó, dando paso a una sensación de arrepentimiento y tristeza que la dejó casi sin fuerzas.
—Todos creen que tienen derecho a meterse en mi vida —murmuró, pateando una piedra que encontró en el camino, la que terminó cayendo al agua—. Como si yo estuviera tan mal…
La frase quedó suspendida en el aire. Akane sabía que lo decían porque era verdad. No estaba bien. Llevaba semanas sin estarlo. Sus hombros se hundieron mientras dejaba escapar un suspiro.
Todo había comenzado una semana antes de su cumpleaños, el día en que Ranma y su padre desaparecieron sin dejar ningún rastro. Ese día, después de despedirse tras la escuela, Akane regresó tarde al dojo con la expectativa de encontrarlo, pero Ranma no estaba. Pensó que, como siempre, probablemente se había metido en algún problema o estaba entrenando con su padre. No se preocupo de inmediato. Tampoco cuando cayó la noche y ninguno de los dos había vuelto. Sin embargo, al día siguiente, al regresar de la escuela y encontrar la habitación de los Saotome vacía, con todas sus pertenencias intactas, una inquietud comenzó a asentarse en su pecho.
—Qué extraño —recordó haber murmurado, mirando el futón perfectamente doblado de Ranma—. Supongo que volverán mañana.
Pero los días pasaron, y la inquietud se transformó en preocupación. No era la primera vez que Ranma y su padre se marchaban en plena semana para su entrenamiento, aunque Ranma evitaba faltar a la escuela siempre que podía, pero no era normal que no dieran ninguna señal de vida en tanto tiempo.
En algún momento, Akane pensó en buscar ayuda, pero pronto recordó que quienes podrían haber apoyado también estaban ausentes: Ryoga era un alma libre y errante, y Akane no lo había visto hacía meses, por lo que no podía contar con él, por mucho que supiera que él habría estado encantado de ayudarla si estuviera cerca. Quizás Ukyo hubiera podido darle pistas, al ser amiga de la infancia de Ranma, pero había abandonado Nerima al poco tiempo de la casi boda entre ambos para dedicarse a ser vendedora ambulante, como lo fue su padre. Esa decisión los había pillado a todos desprevenidos, en especial porque su local de comida tenía mucho éxito, pero Akane siempre sospechó que su repentina decisión de marcharse estaba muy relacionada al hecho de que Ranma y ella hubieran estado a punto de casarse, aunque nunca tuvo la oportunidad de consultárselo. Era una pena, porque Ukyo era una de las pocas personas con las que podía hablar sin sentirse juzgada.
Tampoco estaba el Dr. Tofu. Poco antes de que todo esto sucediera, había recibido una beca para estudiar quiropraxia en Norteamérica. Kasumi lo mencionó con entusiasmo, pero Akane sabía que una parte de ella estaba triste por su partida. Encima de todo, parecía que los estudios del doctor tomarían tiempo, y eso dejaba a Nerima sin su presencia tranquilizadora y sabiduría para enfrentar problemas…
Akane se mordió el labio, una costumbre que había adquirido. Le costaba admitirlo, pero el hecho de que tantas personas se hubieran ido de Nerima en tan poco tiempo le hacían sentir aún más sola. Ni siquiera tenía a P-Chan para consolarse, pues incluso su cerdito mascota parecía haber decidido dar un viaje interminable y no lo había visto en meses.
Por supuesto, Akane también buscó ayuda dentro de su familia, pero ninguno tenía respuestas. Kasumi, siempre dispuesta a calmarla, sugirió que tal vez estaban resolviendo algún asunto familiar urgente. Nabiki, por su parte, se mostró esquiva y desinteresada, cambiando rápidamente de tema para volver a ocuparse de los asuntos de su mudanza, pues ahora que había terminado la escuela, había decidido marcharse del dojo para ir a vivir al área metropolitana de Tokio, y eso ocupaba todo su tiempo. Su padre, en un principio, también creía que Genma y Ranma habían partido en un viaje de entrenamiento. Pero cuando pasaron los días sin señales de ellos, tanto él como Akane subieron a las montañas cercanas a Nerima, donde solían entrenar. No encontraron nada. Era como si se los hubiera tragado la tierra.
Akane había albergado la esperanza de que regresaran para su cumpleaños, pero ese día llegó y pasó sin señal alguna de ellos. En algún momento le emocionó que ese sería su primer cumpleaños desde que Ranma había llegado a su vida, pero al final el día en que cumplió diecisiete terminó siendo el cumpleaños más triste que podía recordar.
Su padre pasó la mayor parte del día llorando, oscilando entre la preocupación genuina por la desaparición de su amigo y su yerno, y una creciente ira hacia ambos por lo que consideraba una traición al compromiso entre las familias. Kasumi, intentando mantener la fachada de normalidad, preparó un pequeño pastel y trató de elevar los ánimos, aunque no pudo ocultar el estrés que llevaba consigo. Y Nabiki… Nabiki ni siquiera apareció, ocupada como estaba. Solo se dignó a aparecer frente a ellos a la mañana siguiente, durante el desayuno, para avisarles que ya estaba lista para mudarse, algo que concretó unos días después. Desde entonces, ella tampoco había dado señales de vida.
Akane pateó nuevamente una piedra mientras caminaba, observándola mientras se mordía el labio inferior para contener sus emociones. Sentía que todo estaba mal dentro de ella. Se sentía sola y vacía. Sin ganas de nada. Observó la piedra deslizarse cuesta abajo y desaparecer en el agua. Por un momento, deseó que su propia tristeza se deslizada con la corriente, como si aquello pudiera devolverle la calma. Fue entonces cuando un recuerdo se apoderó de ella, claro e inevitable, de otro día junto a ese riachuelo. Un día en que su corazón seguía lleno de esperanza y en que Ranma la acompañaba. Cerró los ojos, permitiéndose por un instante revivir ese momento, por mucho que le doliera.
Había ocurrido poco después de que su padre decidiera cancelar la boda entre ambos por el caos que se había armado por el regalo que llegó desde Jusenkyo, un día en que tanto Ranma como ella caminaban juntos por ese mismo camino desde la escuela y él también se había puesto a patear piedras para controlar sus emociones, caminando a unos metros de ella, con las manos en los bolsillos y la atención puesta en la que iba pateando mientras avanzaba.
—¿Qué tienes contra esa piedra? —había preguntado ella de repente, girándose hacia él.
Ranma levantó la mirada, sorprendido por la pregunta.
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo patear una piedra? —replicó, con ese tono burlón que usaba cuando se sentía incómodo.
—No, pero llevas un buen rato haciéndolo. ¿Acaso te aburre tanto caminar conmigo? —dijo ella, cruzándose de brazos, aunque no había enojo real en su voz.
Ranma pateó la piedra una última vez y la dejó rodar hasta detenerse. Levantó la vista hacia el riachuelo y Akane notó que tenía el rostro tenso. Estaba claro que algo le preocupaba.
—No es eso… —murmuró, evitando mirarla.
Akane notó que hasta el tono de su voz era diferente al de sus discusiones usuales. Preocupada, caminó un par de pasos hacia él y lo miró fijamente.
—Entonces, ¿qué pasa?
Ranma suspiró, rascándose la nuca.
—Es solo que… hay algo que no puedo sacarme de la cabeza.
—Qué bueno —dijo Akane arqueando una ceja—. Significa que por una vez tu cabeza no está hueca.
—¡Oye! —protestó él—. ¡Esto es serio!
—Pues, entonces, cuéntame. ¿Qué te pasa?
Ranma se tomó su tiempo antes de responder. Pateó la piedra nuevamente para que pasara por debajo de la rejilla y la vio caer cuesta abajo hacia el riachuelo, sumergiéndose con un ruido sordo.
—Estaba pensando… —Ranma se rascó la mejilla con un dedo y Akane, por intuición, sintió que el corazón comenzaba a latirle un poco más deprisa—… en nosotros.
Akane carraspeó, procurando mantener el rostro serio. Temía sonrojarse.
—¿'Nosotros'? —preguntó, mirando hacia el riachuelo también para evitar sus ojos—. ¿Qué hay de 'nosotros'?
—Nuestra relación, o lo que sea que tenemos —dijo Ranma, visiblemente incómodo. Sus palabras parecían salir casi a la fuerza—. No quiero que creas que estoy arrepentido de… bueno, de lo de la boda.
Akane cerró los ojos. El tema de la boda también era algo complejo para ella. Habían estado tan cerca… Se daba cuenta que desde que ese día, tanto Ranma como ella habían ido acercándose poco a poco, sintiéndose cada vez más cómoda junto a él. Pero había profundidades que aún les costaba ahondar con calma. Las consecuencias en torno a la boda y a su cancelación, era una de ellas.
—¿Qué estás tratando de decir, Ranma? —preguntó, sin saber qué tono usar.
Ranma dejó escapar un suspiro, mirando el agua como si buscaras las respuestas en el flujo constante del riachuelo.
—Me preocupa que… tal vez, hubiéramos cometido un error.
Akane ahora sí sintió que se le subían los colores al rostro, pero no por algo grato. La sorpresa que sintió rápidamente dio paso a la ira.
—¡Ah, claro! Debe ser terrible casarse conmigo, ¿verdad?
Ranma levantó las manos, tratando de calmarla.
—¡No, boba! No es eso.
—¿Entonces qué? —preguntó Akane.
Ranma miró el agua de nuevo, incapaz de sostenerle la mirada.
—Es solo que… ¿De verdad estás dispuesta a pasar la vida con alguien como yo? Ya sabes, alguien que se la pasa como mujer la mitad del tiempo. ¿No te preocupa lo que puedan pensar? ¿Qué te acusen de ser una pervertida o algo así?
Akane se quedó en silencio por un momento, asimilando lo que Ranma acababa de confesarle. Alzó sus ojos hacia el cielo para ordenar sus sentimientos, y cuando finalmente habló, lo hizo con voz suave:
—Ranma, para mí tú eres tú.
Él levantó la cabeza para mirarla, frunciendo el ceño.
—¿Y qué significa eso?
Akane dudó, preguntándose de dónde provenía esta inquietud, sobre todo porque Ranma, con el pasar del tiempo, parecía haber alcanzado cierta resignación respecto a su maldición. Al final, respondió con lo que le pareció honesto, aunque una parte de sí se sentía forzada a responder de esta manera para protegerlo.
—Significa que… no importa si eres hombre o mujer. Ranma es Ranma.
Pero Ranma no parecía convencido por su respuesta. Su expresión demostraba una mezcla de frustración y algo más profundo. Quizás él también había notado el esfuerzo que había tomado a Akane el responder. Finalmente, habló, con un tono que sorprendió a Akane, pues era casi vulnerable:
—¿Y qué harías si me quedara como mujer para siempre? ¿Seguiría siendo "Ranma" para ti?
Akane lo miró, extrañada. No esperaba el rumbo que estaba tomando esa conversación y todavía no lograba entender la frustración de Ranma.
—¿De dónde viene esa pregunta? ¿Ocurrió algo con respecto a tu maldición? —le preguntó, buscando ahí el porqué de la inquietud de él.
Pero Ranma respondió sacudiendo la cabeza.
—No, no ha ocurrido nada nuevo. Y ese es el problema —dijo. Guardó silencio un momento, como si esperara una pregunta, pero como Akane no dijo nada, él continuó hablando—: La tuve en mis manos, Akane. El agua de la Poza del Hombre Ahogado. ¡Si hubiese sido más rápido, ahora podría sentirme como un hombre completo!
—Espera —lo interrumpió Akane impulsivamente—. ¿De eso se trata esto? ¿De tu hombría?
—¡Pues, sí! —respondió él, y su voz denotaba molesta. Por fin dirigió los ojos a ella para hablarle directamente—. ¡Justamente, de eso se trata! ¿Acaso te extraña? Por supuesto, al final no tienes idea de lo que se siente ser un fenómeno como yo. ¿Cómo vas a entender lo que estoy sintiendo?
La ira en Akane también se encendió.
—Pues claro que me cuesta entender los sentimientos de alguien que ni siquiera puede aceptar lo que es. ¿Qué esperas, que te tenga lástima?
—¡¿Quién te crees que eres para cuestionar los sentimientos de los demás?!
—¡Pues soy tu prometida, pedazo de tonto! ¡La que estuvo dispuesta a casarse contigo aunque te convirtieras en chica!
Esa respuesta pilló a Ranma descolocado.
—¿Y qué con eso? —respondió, a la defensiva.
—¿"Y qué con eso"? —lo imitó Akane con voz infantil, dando un paso hacia él—. Que te quejas rápido de lo que yo pueda estar sintiendo, pero olvidas que tú nunca has sido sincero con lo que tu sientes. ¡Te lo pregunté esa vez, ¿recuerdas?! ¡Te pregunté si me amabas y nunca me respondiste!
Ranma abrió la boca para decir algo, pero las palabras parecieron fallarle. Se volvió a mirar el agua mientras jugueteaba con los dedos, notoriamente avergonzado.
—Akane, yo… —empezó, pero se detuvo y cerró los ojos, con el ceño tan fruncido que las cejas estuvieron a centímetros de volverse una.
Akane había empezado a lamentar haber abierto la boca por lo que había provocado a Ranma, pero cuando iba a decir algo para cortar el tema, Ranma abrió los ojos de golpe y, con los puños muy apretados mostrando su esfuerzo, volvió a hablar:
—Yo… nunca he sido bueno… con las palabras… ¿De acuerdo? —La miró directamente. Akane se había enrojecido y se tranquilizó al ver que el rostro de Ranma estaba tan rojo como el de ella—. Pero… quiero que confíes en… mis… —Ranma cogió aire—… sentimientos.
—Ranma…
El silencio se apoderó de ambos al tiempo que los dos desviaron la vista al piso, incapaces de mirarse directamente. Aquel rato confuso e incómodo terminó cuando Ranma, todavía rojo y evitando levantar la vista, retomó su caminar por la calle.
—Ya verás —masculló en un tono más bajo y pateó otra piedra que encontró en su camino para quitarse la frustración—. Haré que confíes en mis sentimientos.
Akane lo siguió tras un momento, pero ninguno de los dos volvió a decir palabra. Sin saber qué más hacer, ella también pateó una piedra gris del camino. Tan gris como la que tenía ahora en el presente.
Pero lo que sentía ahora distaba mucha de aquella expectación que nació en ella tras esa conversación. Al final, Ranma desapareció antes de demostrarle nada y la dejó atrás, con un vacío que solo sabía ocultar con ira. La misma ira que le hizo tomar una de las piedras del camino y lanzarla con fuerza hacia el riachuelo.
—¡Ranma, idiota!
La misma que le hacía contener las lágrimas mientras se sujetaba a la baranda y se mordía el labio inferior hasta casi hacerse una herida. La misma ira que daba paso rápido a la frustración y al arrepentimiento, instándola a caminar a casa, aunque sabía que no encontraría nada allí para llenar el vacío.
~ o ~
Akane llegó al dojo con paso cansado, pero aún cargada de emociones. Al cruzar la frontera del pórtico, levantó la voz, intentando sonar más enérgica de lo que se sentía realmente.
—¡Ya llegué!
El silencio que siguió le resultó extraño. Normalmente, Kasumi salía a recibirla con una sonrisa amable o su padre aparecía con alguna exagerada preocupación. Sin embargo, esta vez fue distinto. Los segundos pasaron, y cuando finalmente apareció Kasumi, Akane notó de inmediato que había algo diferente con su hermana. Había preocupación en su rostro, mezclada con una incomodidad que parecía dificultarle lo que estaba por decir.
—Tu maestra llamó hace un rato —dijo Kasumi con su tono habitual, aunque más suave que de costumbre—. Estaba preocupada por ti. Me dijo que… bueno… discutiste con ella en la escuela.
Akane soltó un bufido y sacudió el bolso que llevaba tomado de ambas manos.
—No fue nada. Solo se está metiendo donde no la llaman.
—Si necesitas hablar…
—No es necesario, Kasumi —interrumpió Akane, comenzando a caminar—. Te dije que no fue nada.
—De acuerdo… Aunque, Akane… —Kasumi dudó al hablar y por un momento fue incapaz de ocultar la preocupación que sentía—. No es lo único que está pasando…
La seriedad en el tono de su hermana detuvo cualquier respuesta sarcástica que Akane pudiera haber preparado. Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, un sonido conocido llegó a sus oídos: los sollozos de su padre.
—¿Otra vez está llorando? —murmuró con un dejo de irritación mientras dejaba sus zapatos junto al umbral.
Kasumi negó con la cabeza.
—No, no es eso. Han pasado otras cosas…
Akane frunció el ceño, confundida.
—¿Qué cosas? — En ese momento, escuchó voces provenientes del comedor. Se tensó y miró a Kasumi con ojos inquisitivos—. ¿Quién está aquí?
Kasumi no respondió de inmediato. Su expresión se endureció brevemente, como si no supiera cómo explicarlo. Akane, impaciente, no esperó a que hablara y avanzó directamente hacia el comedor.
Lo que vio la dejó inmóvil.
Había un grupo de personas sentadas alrededor de la mesa del comedor. Su padre, de piernas y brazos cruzados, y con el rostro empapado de lágrimas, como si hubiera estado llorando sin parar. Frente a él, en una posición más tranquila, se encontraba el Guía de Jusenkyo, fumando una pipa con toda calma, como si su sola presencia no fuera suficiente para llenar la habitación de tensión. Junto a él había sentada una anciana que Akane no conocía. Era rechoncha y de baja estatura, con un cabello gris sujeto con un moño que caía sobre su espalda. Vestía ropas extranjeras que en apariencia a Akane le recordaron a una sacerdotisa, y aunque no era alta y estaba sentada, su porte digno le daba un aura de autoridad, aunque su mirada no parecía hostil.
Pero lo que más llamó la atención de Akane fue la presencia de…
¡Su tío Genma!
El padre de Ranma estaba sentado junto al suyo, pero se veía distinto. Se veía maltrecho. Ya no era la figura fuerte y confiada que solía ser. Su postura era desganada, con los hombros caídos y un rostro que… Akane sintió un nudo en el estómago al notar que su tío Genma parecía haber envejecido años en un lapso imposible. Su piel estaba pálida, sus ojos hundidos y no parecía siquiera estar consciente de su entorno, sino que miraba al vacío, como si su mente se hallara muy lejos de allí.
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —preguntó, más asustada que molesta, aunque el tono de su voz traicionaba sus emociones—. ¡Tío Genma! ¡¿Dónde estaban ustedes dos?! —miró alrededor—. ¡¿Y dónde está Ranma?!
Pero Genma no respondió. Ni siquiera levantó la cabeza. Su silencio, combinado con el ambiente cargado, hizo que la ansiedad de Akane escalara rápidamente.
—Escúchame, niña…
—¡No estoy hablando con usted, señora! —interrumpió Akane cuando la anciana quiso decir algo.
Kasumi llegó detrás de ella e hizo una leve y muy respetuosa reverencia a la mujer.
—Me disculpo por la actitud de mi hermana. Ha pasado por mucho últimamente.
La anciana levantó una mano, con calma.
—No hay necesidad de disculpas —respondió, con un acento muy marcado—. Es natural que la joven esté alterada. —Su mirada se fijó en Akane, evaluándola como si pudiera ver más allá de su apariencia—. Tú debes ser la pareja del hombre que cayó en el Nyannichuan.
Akane sintió un escalofrío recorriéndole la espalda al escuchar esas palabras. El Nyannichuan era la Poza de la Chica Ahogada en la que había caído Ranma, obteniendo su maldición.
—¿Qué…? —preguntó, apenas logrando mantener la voz firme—. ¿Qué está diciendo…?
—Lamento tener que ser yo quien te lo diga, pero no sé qué ha sido de él —La anciana inclinó ligeramente la cabeza hacia Genma al hablar—. Solo sé que su alma, al igual que la de ese hombre, ha sido reclamada por el bondadoso Shui-Feng, el Señor de Jusenkyo.
El corazón de Akane pareció detenerse.
—¿Reclamada…? ¿Jusenkyo…? —repitió, su voz ahora más débil—. ¡¿De qué demonios habla?!
La anciana la miró directamente ahora y dijo con claridad:
—De que, probablemente, ese tal Ranma ya esté muerto.
El mundo de Akane terminó de derrumbarse con esas palabras. El aire pareció más denso y sintió como si una fuerza presionara su cabeza.
—¡E-Eso es una tontería…! —exclamó, con el pecho tan apretado que le costaba respirar—. ¡Ranma siempre…! Siempre… regresa… a…
Pero no pudo seguir hablando. Las fuerzas la abandonaron y su cuerpo pareció volverse insoportablemente pesado de golpe. Dio un paso atrás, tambaleándose, y Kasumi se apresuró a sujetarla.
—Tranquila, hermanita. Todo estará bien —murmuró ella con ternura, tomándola con fuerza.
Akane no pudo resistir más y las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas finalmente comenzaron a brotar mientras su cuerpo cedía. Lo último que alcanzó a escuchar fueron los sollozos de su padre y el murmullo de la anciana que parecía orar en un idioma desconocido. Luego, no supo más y se desmayó en los brazos de su hermana.
Ranma 1/2 © Rumiko Takahashi
