Capítulo 62 ― Gracia Divina III
Ella era el dulce sufrimiento de cada uno de sus anhelos inconclusos, y la Luna reflejaba la luz del sol por una simple razón. La luna, no era el reflejo pálido y lánguido de aquella fulgurosa estela, era un ser tan sediento de la luz, que atrapaba cada rayo dentro de sí, y su brillo no era más que el resultado de su incapacidad para mantenerla prisionera entre sus brazos. Así se describió a sí mismo el señor de la Luna de las últimas eras. Pero… ¿Cuánto tiempo había pasado desde que las cosas fueron de ese modo? La deidad del sueño y gobernante de los reflejos, pensó que aquel fue, quizás, demasiado tiempo.
Tsukuyomi contempló su propio reflejo, observando el cristal de un espejo. Sus iris hechos de plata líquida, observaron los símbolos en su pecho, donde podía sentir la marca de la maldición, allí donde el filo de la espada gélida que lanzó Belor le atravesó. Sabía que fue la voluntad de su hija la que le salvó de morir, apenas unos milímetros y el arma le habría atravesado el corazón. ¿Por qué se interpuso siquiera? ¿Era su deber proteger la luz del mundo? Negó suavemente con la cabeza, mientras deslizaba la seda sobre aquel hermoso cuerpo femenino.
Sin embargo, sabe que a partir de ese momento es extraño cómo las cosas cambiaron, podía tomar la forma de una mujer sin sentir sus emociones, desangrándose en una herida abierta que no parecía cerrar nunca. No es que como hombre apenas sintiera algo, era que en esa figura podía disimularlo en un rostro que apenas mostraba emociones. De hecho, en la actualidad, salvo por su afecto perenne a sus hijas, Derha y Terim, nada alcanzaba su corazón realmente y era un enorme alivio. Incluso ya no sentía culpa por su falta de amor a Satis, en tanto pudiera cumplir con sus deberes conyugales, pensó que estaría bien.
Pensar en ella y que apareciera, era de esas cosas divertidas de la vida. Contempló la belleza de la mujer de piel morena, iris de luminosas estrellas y cabellos negros, llegar por su espalda para ayudarle a vestirse como era debido. Era tan peligrosa como cautivadora, alguien que podría ser como un hechizo…
La mujer morena no escondió su sorpresa al no ver la espalda varonil, sino una delicada y estilizada perteneciente a una mujer. Se desanimó, pues era un viejo truco que Tsuku usaba para evitar su contacto y por ende la intimidad. —Una vez más, ¿estás molesto conmigo? No he hecho nada para agraviar, aunque yo sí que debería estar enfadada.— La mujer posó la mano sobre el pecho derecho tan blanco y hermoso, cubriendo el pezón con la palma y sintiendo su textura con placer. Se miró a sí misma en el espejo, envolviendo a su amante con posesividad y vio que el contraste de sus pieles era evidente. Observó con profunda molestia donde el corte fue realizado y una cicatriz que probablemente jamás desaparecería. Consciente del genuino peligro que Tsukuyomi experimentó por motivo de su antiguo amor, no pudo callar. —Arriesgarte tanto… "Por ella"— reservó ese último pensamiento para sí, pues no quería exponer la magnitud de sus celos ante la circunstancia.
—Mi esposa. Bella Satis, entiende que perder la luz significaba dejar que mis hijas y tú vivieran en la oscuridad perenne.— Aquello no era diferente de sentirse envuelta por una serpiente, pero la forma de ser de Satis, era algo a lo que ya se había acostumbrado. —Y tampoco es bueno que juzgues a un universal, por ser… lo que es— La misma deidad Lunar realmente no entendía este aspecto de su mujer. ¿Por qué le disgustaba su aspecto femenino?
—No lo juzgo. Solo creo que nuestra querida Derha podría crear Luz si quisiera, y lo sabes. Sobre tu metamorfosis no tengo quejas, es el modo en que usas tus formas, lo que es inconveniente.— La morena soltó el seno de su esposo y se cruzó de brazos con una expresión algo indignada.
—Es porque no intimamos en esta forma, desde… ¿La primera ocasión? ¿Cuántas más ocurrieron? Mi memoria no es tan buena— Cuestionó Tsukuyomi mirando como Satis desviaba la mirada, casi con vergüenza. —Si no soy de tu agrado así, ¿por qué yacerías conmigo aquella vez?— Cuestionó esta extraña verdad, considerando el hecho de que ya no sentía tanta culpa como para pasar esto por alto.
—Estás siendo particularmente grosero, yo…— La diosa de las estrellas realmente no podía decir la verdad libremente, porque preferiría morir antes que hacerlo. —Eres tú quien elige como ser cada vez. Yo disfruto de ti en cualquiera de tus formas.— musitó una avergonzada Satis, cuando sus mejillas habrían sido más que rojas, de no ser sutilmente disimuladas por su preciosa piel de color caramelo.
—¿Es así?— La sonrisa en los labios de Tsukuyomi se tornó lasciva. Quería asegurarse de que este peculiar disgusto no fuera simplemente por algo tan común como la costumbre. Así que se aproximó para besar a su esposa con una pasión inusitada para la dama. Sintió las manos de su amante, escabullirse por debajo de su falda y pronto llegar a sus caderas, alzando su peso como si fuera una pluma. Entonces su zona íntima chocó contra el vientre estilizado de Tsukuyomi, quien ya mordía su cuello audazmente.
—Me encantaría…— Dijo casi sin aliento, cuando la mujer, de cabellos de plata, la llevó consigo hasta la pared más cercana, generando más fricción en la entrepierna de Satis, quien respingó e intentó mantener su mente clara. —Pero te recuerdo que ya pronto será la coronación de Derha en la tierra, luego durante la noche del reino mortal, tendrán lugar los juicios en la torre arbitrio, así que tendremos un día realmente ocupado.
—Ya veo.— La memoria de los deberes de las dos amantes, apaciguó un poco la intención lasciva de Tsukuyomi, por lo que fríamente bajó a la mujer de sus brazos como si pudiera usar un interruptor para no sentir o lamentar la interrupción. Dando la espalda a la dama y con la idea de usar atuendos adecuados para la coronación de su hija, intentó llevar la conversación a aguas más tranquilas. —Por cosas así es que no he visto a mi querida Terim, supongo que ha estado bastante ocupada. ¿Cuándo creció tanto nuestra hija?— sonrió con un orgullo que no podría ocultar en su voz.
—Ella siempre querrá enorgullecerte.— Satis sonrió más que alegre al pensar en su hija, aunque insatisfecha por la interrupción. —"debería olvidarme del reloj un momento, ¿verdad?"
—No necesita hacerlo, yo estoy orgulloso desde el mismísimo instante de su nacimiento. Todo lo demás son alegrías y bendiciones adicionales.— Sonrió alegremente, antes de mirar a su esposa y preguntar. —¿Terim y tú vendrán conmigo a la coronación de Derha?
—Lo siento, mi Luna… pero Terim debe quedarse realizando los preparativos de los juicios. ¿No será hoy el día en el que juzguen a Luzine, la señora de las fantasías?
—Ciertamente, incluso Derha vendrá… lo que esa mujer le hizo a su esposa, es imperdonable.
—Saben perfectamente cuáles son sus crímenes, no entiendo por qué malgastar el tiempo de los tres grandes. Deja que Derha le haga vivir un tormento.— Sugirió Satis escondiendo su nerviosismo en una sonrisa, mientras abrazaba a Tsukuyomi por el cuello, pensando que realmente este tiempo de calidad no haría demasiada diferencia, por lo que acercó su boca a la de su amante. —Complaceme rápido… por favor, esposo mío.
Satis ya estaba húmeda, era sorprendente para Tsukuyomi, desde su punto de vista esto era apresurado, pero sabía que simplemente se trataba de sus deseos más salaces, porque a ella le gustaba la intimidad frenética. Suspiró en cuanto la vio tomar asiento en una de las mesas de la habitación y retirar sensualmente su ropa interior, abriendo sus muslos con una expresión sugestiva que le invitaba a llenarla por dentro. Una vez más concluyo que "rápido", tan solo era la palabra para solicitar la presencia del hombre grande y fuerte con el que se complace teniendo sexo duro. Y satisfizo su voluntad, tornando su figura estilizada en la forma de un torso musculoso y ancho, brazos aún más impresionantes, su mandíbula más marcada y una notoria manzana en su cuello, por no mencionar su evidente príapo erguido y poderoso como una espada afilada, recién salida de su funda.
Tsukuyomi prefería no rasgarse el corazón otra vez, por vincular esta actividad con el amor, así que se aproximó y se introdujo serenamente en ella, encerrándola entre su cuerpo y la madera que tuvo que soportar los envites cada vez más profundos del dios de la noche, mientras la besaba como si quisiera respirar el mismo aire. Duro no era lo mismo que lastimar y aunque la línea fuera realmente delgada, siempre cuidaba que ella se adaptara a su ser, antes de subir la intensidad. Mordió y pellizcó sus pezones, la cubrió de besos que llenaron su piel de marcas pasionales que por suerte cubriría alguno de los vestidos de la diosa; arrancó gemidos de placer de Satis, quien se abandonaba a las delicias que aquel dios albino ocupaba en ella hasta hacerla perder la cabeza y algo más, con cada estocada profunda. Una fuerte nalgada la trajo de vuelta y sus ojos brillaron ante el derroche de pasión que su esposo ocupaba en ella, ardía su piel y fue movida por Tsukuyomi, para darle la espada y apoyar su torso contra la madera entibiada por su propio calor, mientras sus muñecas sé inmovilizaban en el agarre férreo de su amante. Sonidos obscenos salieron de sus labios en cuanto el fornido y blanco ser volvió a poseerla, llenándola de un ardor capaz de incendiarlo todo y un cúmulo de nervios que explotaron en un intenso clímax después de lo que parecieron embestidas infinitas. Tan intensa sensación, se multiplicó, cuando a sus temblores se unieron a los de su esposo, quien la llenó de sí mismo, hasta lo más profundo de sus entrañas.
La señora de las estrellas se permitió sentir por completo a su amado, deseando que aquella semilla que fue depositada tan grandiosamente en su cuerpo, pudiera prosperar y traer vida a este mundo. Sin embargo, esto era imposible, en tanto no coincidiera su deseo con el de Tsukuyomi, y él, no había concedido que ambos se embarazaran de nuevo. Satis sabía que el nacimiento de Terim, había ocurrido tan solo, porque en la mente del dios de la Luna, era Amaterasu a quien amaba esa noche y solo a ella le habría dicho que sí. El frío asaltó a la morena cuando Tsuku se apartó de ella, tomó un pañuelo de la seda más exquisita y limpiando los rastros de sus deslices amatorios de su cuerpo, le prodigó un beso suave en los labios. Tan sereno como si nada hubiera pasado, el de ojos plateados, la llevó al cuarto de baño, para que pudieran cumplir con sus responsabilidades después de asearse y vestirse correctamente. Incluso si no era amada, este inmenso señor de la noche, continuaba tratándola como si en realidad lo hiciera, lo cual la cautivaba un poco más y dolía, en alguna parte de su olvidado pensamiento.
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La noche aún permanecía en el cielo cuando Derha recreó una de las arcas solares de Elfir a una escala menor, en la bastedad de los pastos cercanos al bosque, situado entre los castillos circundantes de la capital. La enorme nave tenía la forma de una embarcación que sorprendería a la tripulación, por cuanto se situaba sobre el agua, pero no estaba destinada a circular en ella. —Hice una versión más sencilla y disminuí el tamaño.— Dijo la deidad creadora con una expresión pensativa, como si evaluara la funcionalidad y estética de su creación. —Sigo pensando que no es digno de ti, pero ya que no queremos explotar la mente de los mortales, está bien.
—Esto supera los conocimientos humanos, años luz. ¿Cómo es que se considera sencilla?— Elfir miró con sospecha a su hermana, segura de que su simplicidad, era todo, menos simple.
—Me parece que las limitaciones impuestas, de algún modo, han impedido a la humanidad avanzar lo que deberían.— Una chispa divertida brilló en las esmeraldas de la pelinegra. —Pero no puedo intervenir, si es que ellos no nos dan su aceptación.
La castaña negó con la cabeza, eran rebeldes para los estándares de sus padres, de eso no cabía duda. —Solo asegúrate de no meterte en problemas con nuestra madre o con la dama de la justicia, Terim…
—Ella es quién mantiene el equilibrio. Sin embargo, esta nave, es para ti… no para la humanidad.— Sonrió con complicidad. —¿En qué punto estaría violando la ley?
—Tú y tus vacíos legales.— Se rió . —Cuando dices esas cosas, hay de mi corazón. Lo llenas y lo llenas, ya es muy rechoncho.— dramatizó un poco, antes de abrazar a la mayor, quien se abochornó por el gesto. —Gracias.
—No es nada— se aclaró la garganta y habló seriamente. —Ten un buen viaje, sé que la infestación de Orphans en el cielo de Remus no es rival para ti, pero recuerda las advertencias de los gobernantes. La desfragmentación de siglos no es algo que podamos subestimar y las restricciones impuestas en nuestros cuerpos nos hacen más susceptibles, por lo que espero seas cuidadosa.
—No te preocupes, soy un hueso duro de roer.
Natsuki levantó la ceja y negó con la cabeza. —Si tú lo dices. Confiaré…— entonces se marchó a su habitación viajando a través de la luz con la esperanza de ser la primera cosa que Shizuru viese al despertar.
La deidad del viento, saltó hasta la cima del árbol más alto, disfrutando de la vista del frondoso bosque que bordeaba un pequeño río cuya desembocadura decantó la formación de un pequeño lago, a todas luces sería imposible mover la nave a través del río, por lo que sonrió imaginando las caras de sus colaboradores.
Elfir sintió el viento fresco, así como disfrutó del espectáculo que era aquel bello amanecer. Escuchó los sonidos en el viento y supo que no estaría sola durante mucho tiempo, pues el sonido de los cascos de caballos triturando el suelo en su cabalgar, advertían de la proximidad de carretas y carruajes. Observó todo desde su privilegiado lugar, la tripulación llegaba al borde del agua y sonrió un poco por el hecho, dado que cuando Kamui Sorata y los demás soldados bajaron de sus caballos, miraron con extrañeza la enorme nave que flotaba en el pequeño lago. La pregunta en sus rostros se hizo evidente, por lo que la idea de subir los suministros a la nave quedó en tela de juicio.
—Capitán, será imposible salir de aquí con el pobre caudal del río. ¿Qué debemos hacer?— Cuestionó uno de los soldados del escuadrón Valenti.
—Esperemos a su excelentísima, la señora del aire… con suerte podríamos movernos con su ayuda— Murmuró con fe el pelinegro de ojos dorados.
La castaña se sorprendió de las palabras del capitán, no entendía por qué este hombre tenía tanta confianza, si bien los templos están llenos de adoradores, la Fe es tan escasa como las acciones gentiles hacia las personas que realmente lo necesitan. Su atención pronto fue atraída por la presencia de la princesa de Remus, quien llegaba en su corcel, estaba ataviada con una elegante armadura. Bajó del caballo con habilidad evidente y retiró el yelmo de su cabeza con una gracia cautivadora, la preciosa cascada rubia cayó elegantemente sobre sus hombreras de platino.
—¿Por qué tenías que rechazarme? Solo me haces más difícil verte…— se quejó la deidad cubriendo su rostro con una de sus manos y un ardor avergonzado en sus mejillas. Abrió las hendiduras de sus dedos y la observó un poco más. Solo quería correr a abrazarla, pero no era suya para eso. —¿Cuándo llegará el día en el que verte ya no agitará mi corazón?— suspiró, observando con lamentación a la joven.
Al lugar también llegó un carruaje con los colores distintivos de la familia real, que era escoltado por un escuadrón completo de caballeros. Cuando la puerta se abrió se hizo evidente que no era otra que la reina de Windbloom, Mashiro Kruger, quien había arribado de acuerdo a su promesa, para contento de la diosa, quien se alegró de verla. El sentimiento no fue compartido por Zire; sin embargo, había sido instruida en el arte de la diplomacia, por lo que mantuvo la compostura y la cordialidad pertinentes, saludando amablemente a la dama de cabellos plateados.
Tan pronto como fue vista en los brazos de su madre, la presencia de la infanta sin duda resultó ser un alivio, pues llenó el tema de conversación. No había quien pudiera resistirse a su tierna belleza infantil, que también estaba siendo custodiada por la leal Silvy, cuyo aspecto de hada trajo la curiosidad de los caballeros reunidos. La futura imperatoria de Remus preguntó sobre la salud de la pequeña con un interés genuino y Mashiro respondió con alegría que todo se encontraba bien. En medio de los mimos que su hija no tardó en recibir, el cisne buscó con la mirada la presencia de la diosa, pero no la encontró y se preocupó un poco por ello, ¿sería tan grave el enojo de su excelentísima?
Pero antes de que pudiera preguntar nada, los Valenti la reverenciaron. —Majestad, nos honra con su presencia.— Se apresuró a decir Kamui, con una reverencia adecuada. —La moral de los hombres no se enarbolaría tanto sin su presencia.— Halagó gallardamente.
Mashiro le sonrió, pues Sorata había sido de los pocos nobles que resultó ser leal en los días adversos que permaneció bajo las intrigas y traiciones tramadas por Nagi. —He sabido de la imperiosa misión que debe realizarse en la frontera entre nuestras naciones, por lo que quería despedirme adecuadamente y desearles, buena fortuna.
Los soldados estaban conmovidos, pues conocían los terribles momentos que su reina había afrontado, verla tan serena y con la princesa tranquila en sus brazos, era suficiente recompensa para sus ojos. Los murmullos, incluso más bajos sobre lo agraciada que se veía su majestad pese a que dio a luz hace poco tiempo, no le hicieron tanta gracia a Elfir, pues sería demasiado pedir, que la belleza de la reina no fuera admirada. Por lo que, decidiendo que ya era el momento de hacer acto de presencia, saltó desde la copa del árbol y aterrizó cerca del par de estrategas, cayendo con verdadera gracia y elegancia.
Pese a los rostros que la miraban enmudecidos, Elfir no creyó ni por un momento que se debiera a su aspecto, que coincidía con las costumbres de vestimenta remusiana, pues a fin de cuentas desembarcarían allí y consideró que tal indumentaria era la más apropiada, en vista de que solía ser la deidad guardiana de Remus y Remulus. Tales atuendos eran un poco más reveladores, comparados con los que usaba de acuerdo a la tradición de Windbloom que eran mucho más recatados.
La diosa ostentaba un vestido de espalda descubierta, hecho de sedas verdes y azules, que también permitía la vista de sus hombros; los brazos desnudos que fueron adornados por las joyas frecuentes en la realeza de la dimensión solar, gozaba de brazaletes en los bíceps y las muñecas, además del valioso collar que atesoraba en el escote del vestido, donde los ojos de muchos se dirigieron irremediablemente. Tenía el cabello recogido en una moña en la que se incrustaba la corona de zafiro que usaba frecuentemente en el palacio de su madre y que ocupaba cierta formalidad, pues sabía que vería a la emperatriz de Remus en el palacio. En la cintura se marcaba su grácil talle con un fajín de seda blanca, que se adornaba con un cinto dorado incrustado en joyas. Sus pies también estaban cubiertos con botas, tanto hermosas como cómodas, hechas de un brillante mental flexible, que ascendía hasta sus rodillas.
Las expresiones extasiadas de las dos damas de sangre real no se hicieron esperar y cuando ambas se dieron cuenta de las acciones de la otra al mirar de soslayo, desviaron sus rostros sonrojados. Mashiro estaba más que molesta por la atención repentina que Zire le mostraba a su amante, y está a su vez, estaba indignada por la rápida superación de Mashiro a la pérdida que las dos habían tenido. Aquello fue algo que el capitán Sorata no pudo ignorar, ¿realmente olvidarán tan pronto el sacrificio de su antiguo comandante, el querido baluarte? La indignación en el rostro de Kamui, solo hizo que los ojos zafiro se afilaran sobre él y el hombre apenas pudo temblar en su lugar, ante la memoria no tan lejana de ser arrojado a la cima de un árbol.
—Buenos días, estimados caballeros del escuadrón Valenti.— La voz serena de la castaña llegó a los oídos de todos, incluso si estaban lo suficientemente lejos. —Comandante— inclinó suavemente la cabeza ante Zire, quien se sintió incluso más avergonzada y culpable por haberla devorado con la mirada. Elfir supuso que era por su desatinada propuesta contractual que solo le traía desagradables memorias a la joven rubia… sintiéndose triste por generar tanto repudio en ella.
Tan pronto como todos pudieron reaccionar, realizaron una caravana adecuada, manteniendo la cabeza inclinada durante largos segundos. Entonces Elfir les dio la espalda, y se aproximó a Mashiro evaluando su cara, para determinar si su enojo de la noche anterior permanecía o si su dulce encuentro había sido más relevante. —Querida reina…— Tomó su mano con modales perfectos y besó el envés, acariciando con sus labios los nudillos de la Kruger, a la par que la rozó con sus dientes mientras se retiraba sutilmente. —Es un placer tener su visita esta mañana.— Mashiro se estremeció ante aquel toque, cuya memoria revivía las caricias y los besos apasionados que compartieron y que todavía recordaba su cuerpo vividamente.
La reina tragó saliva y pensó en el precioso sol que hacía esa mañana, con la esperanza de mantener la compostura. —El placer es todo mío, excelentísima…
Pero la diosa, que esperaba subsanar la rencilla previa, no se detuvo solo en eso, levantó la mano para acomodar un mechón rebelde detrás de su oreja, rozando con sus dedos el lóbulo donde un par de preciosos pendientes de esmeralda lucían preciosos en ella; el zafiro dedicó una mirada profunda y hechicera, que sedujo incluso más a Mashiro. Nadie notó lo privado y profundo que fue aquel saludo, por cuanto Elfir cambió su semblante a uno más dulce y se aproximó para dar un beso a la frente de Rena, cuyos gorjeos infantiles no se hicieron esperar. —¿Ha dormido adecuadamente mi querubín?— Cuestionó con un tono inocente, que Mashiro juzgó de lo más que tramposo.
La joven albina admitió la derrota y simplemente se derritió ante la emoción cálida que le produjeron las palabras de su adorada castaña pronunció; consciente de que se refería a Rena como suya, con un sentimiento que poco dista del de un padre orgulloso. —Se despertó poco después de que te fuiste.— Informó, dando a saber al grupo, que la deidad había pasado la noche en la habitación de la reina y los cuchicheos comenzaron a esparcirse como la pólvora. Mashiro esperaba que pronto se supiera de su idilio con la deidad, a fin de consolidar la relación entre ambas.
—Vaya, ¿eso significa que me extrañarás pequeño cielo?— Elfir tomó en sus brazos a la pequeña cuya melenita de plata se mecía con la brisa de la mañana, acarició su carita con toda la ternura de la que era capaz y se aseguró de cubrir sus manitas con la manta que había sido envuelta, casi como un pequeño capullo de seda. Entonces levantó la mirada y se dirigió por entero a la reina. —Gracias por venir, una despedida me llenará de consuelo durante la ausencia. Las extrañaré terriblemente.
—Al igual que nosotras— Afirmó acariciando la mejilla de la diosa, para agravio de Zire y alegría de quienes rumoreaban sobre los secretos que la alcoba de la reina escondía.
—¿Estamos listos para partir?— Preguntó con algo más de seriedad, mientras sostenía a la pequeña princesa en sus manos y miraba con desdén a los serviles que osaban decir cualquier cosa inadecuada.
—En breve zarparemos— Respondió Kamui, notando que su comandante estaba literalmente sin habla y no es que no la entendiera, el mismo casi pudo quedarse mudo un momento. —Sin embargo, hay una dificultad que debemos resolver.
—El caudal del río…— la voz de Zire que salió como un hilo de voz, solo la hizo sentir más avergonzada. Se aclaró la garganta y su tono recuperó la normalidad y tal vez la dignidad requerida. —Decía que, al salir del lago, es bastante probable que encallemos, debido a la falta de nivel en el agua.— Habló lo más profesionalmente que pudo, queriendo ignorar los avances de Mashiro con la señora del viento, como si aquello no doliera en alguna parte de su pecho.
—Eso no será un problema para nuestra embarcación, lo prometo…
Sin nadie dispuesto a contrariar a la diosa, la tripulación se esmeró en la tarea de subir las provisiones, materiales y demás elementos necesarios que habían traído en sus carretas, mientras Zire y Kamui discutían sobre las mejores rutas de viaje, con un mapa dispuesto provisionalmente sobre una mesa. La comodidad de la cercanía entre ambos, delataba la afinidad y complicidad que nace de las batallas en las que confiarle a la espalda a un compañero es un acto de confianza absoluta. Elfir frunció el ceño, pero se retuvo de actuar tan inadecuadamente con el hombre, considerando el hecho de que si la joven la había rechazado por su luto, no sería diferente para el caballero.
Elfir disfrutó de aquellos instantes junto a Mashiro y Rena, recordando a su hada, Silvy, la valiosa tarea que le encomendaba como protectora de sus dos tesoros. Shinzo, quien jamás se apartaba de su joven ama, observó la proximidad del trato y se preocupó por lo que pudo pasar en los momentos que no estuvo junto a la reina. Rogaba a los dioses, esperando que las acciones de Elfir no terminaran con el corazón roto de la Kruger, pues sería imposible para alguien, reponerse de tantas decepciones.
Llegó el momento de la inexorable partida, por lo que Elfir entregó la bebé a la doncella principal de Mashiro, quien entretuvo a la princesita para que no notara la ausencia que pronto se daría pues la niña se había apegado a la diosa. —Vuelve pronto…
—El tiempo pasa volando, pronto nos veremos nuevamente— Sonrió la castaña con sus brillantes ojos azules, más despejados y hermosos que el cielo sobre sus cabezas.
Mashiro observó los pasos que la alejaron de su amada y vio a Zire a bordo de la nave, sus ojos púrpura le miraban con frialdad y un temor extraño comenzó a invadirla. Sabía cuán orgullosa era la princesa del país vecino, pero también sabía que era cuestión de tiempo que esta conociese la verdadera identidad de la diosa, por lo que decidió que no se retendría ni un poco, ni volvería a perder por guardar las apariencias o seguir la voluntad de los demás. Así que corrió tras Elfir, la sujetó de la mano y cuando esta se dio la vuelta para mirarla, tan solo sintió los labios de la reina, prodigándole un intenso y apasionado beso. Los brazos formidables de la castaña envolvieron el talle de Mashiro, mientras las manos de su majestad sujetaban sus mejillas, acariciando cada hermoso rasgo del rostro amado.
—Te amo…— soltó las palabras, para asegurarse de que esta vez, Elfir comprendiera que no son dichas por un arrebato de pasión en un momento de cama. —Te amo y te adoro, Elfir del viento… por favor vuelve pronto.
La alegría que la segunda espada sintió, se manifestó a través de una sonrisa que encandilaría al mundo entero. Un beso más tierno y corto fue depositado en los labios de Mashiro, junto a las caricias más gentiles que rozaron sus mejillas. —Yo también te amo, Mashiro Kruger Blan… soy tuya y tú eres mía, jamás lo olvides. Yo estaré siempre contigo, en tanto me quieras a tu lado.— Mashiro asintió con ojos cristalinos y se abrazó con fuerza a la diosa, disfrutando de los breves momentos restantes.
Zire observó la escena con la barbilla recta y una mirada llena de desprecio, esperando ocultar un dolor profundo, con voluntad fuerte pero silenciosa, para no delatar su agravio. Sintió la mano del leal Kamui Sorata posarse en su hombro e invitarle a culminar los preparativos del viaje, para distraerse de las raras circunstancias. A partir de allí los rumores no hicieron más que crecer, con toda clase de voces diciendo una barbaridad tras otra y torturando la mente de la princesa de Remus. Zire se sintió cada vez más enojada con la diosa por atreverse a jugar con sus sentimientos y probar su lealtad. Hizo bien en rechazarla y que tonta habria sido si la hubiera aceptado. Después de todo… ¿Que tan honesta sería su propuesta, si había encontrado consuelo en los brazos de otra mujer, apenas unas semanas más tarde?
Elfir subió al barco, ordenando a sus colaboradores abrir las velas solares, todos tomaron sus posiciones y la castaña activó su divinidad llenando sus iris zafirinos de un fulgor dorado; un enorme sello se formó debajo del instrumento que la diosa de la creación había fabricado para ella, eliminando el efecto de la gravedad. Enorme fue la sorpresa y la maravilla de la tripulación cuando al salir del lago, en vez de encallar con la baja corriente del río, se deslizaron establemente hasta llegar a la altura de las nubes, que se veían como algodones al alcance de las manos.
Cuando la sorpresa inicial cesó, Elfir explicó a los tripulantes todas las medidas de seguridad que debían ocupar a lo largo del viaje; siendo la más importante, hacer uso de tiaras y brazaletes encantados que tenían la función de mantenerlos a flote y anclados al barco flotante, si es que cayeran por la borda. A la vez que las joyas prestaban una protección considerable con una barrera invisible, una medida contemplada en el caso de que la diosa debiera alejarse del barco por alguna eventualidad. El viaje sería tranquilo, pues nunca tendrían vientos en contra con la presencia de Elfir a bordo, pues lo más común es que este elemento la reverenciara. Así mismo, la deidad del aire, dispuso cada elemento en los hombres y mujeres del escuadrón, tomando el tiempo necesario para que cada uno comprendiera los detalles sobre su uso.
Kamui fue instruido en el comando del barco, ya que como capitán de la armada naval de Windbloom conocía perfectamente las funciones del timonel. Los instrumentos y el poder que hacía tal magia posible, fueron conocidos después de las amables enseñanzas de la diosa.
—Gracias, excelencia.— Kamui hizo una reverencia, contento de ser la primera persona en maniobrar tan excelso instrumento de precisión y belleza inigualables. La admiración del hombre por la tecnología de los dioses, sumada a las horas de diálogo en amable camaradería, le dio el valor para preguntar. —Su señoría, usted… ¿Gusta de la Reina Mashiro o… de su alteza, De'Zire? Ansiamos apoyar sus aspiraciones, pero, estamos confundidos.— Tanteó Sorata, esperando que esto no resultara peor que la última vez.
—Oh, ¿debería escoger solo una?— Preguntó Elfir, como si la posibilidad ni siquiera hubiera pasado por su cabeza.
Para infortunio de Kamui, la remusiana de melena rubia estaba de pie en la entrada de la sala de mando. Nadie reaccionó ante los movimientos rápidos de la princesa, que le permitieron llegar ante la diosa y propinarle un golpe con todo el enojo que acumuló en las más recientes horas.
Elfir retuvo la mano cuyo rostro golpeó y Sorata palideció ante la idea de que la diosa lo arrojara por la borda en un ataque de ira, a causa de su impertinencia. Él había sentido de primera mano los arranques de la deidad, se sujetó a la barandilla por acto reflejo y tragó saliva. Sin embargo, la castaña se mantuvo serena y observó la mano, cuyos nudillos estaban rojos como si se hubiera golpeado contra un muro. Pacientemente, buscó lesiones con sus dedos, sin siquiera mirar de vuelta a la molesta princesa, cuyos ojos violáceos amenazaban con diluviar y se permitió liberar un poco de su poder sanador.
—No quiero que lo intentes otra vez…— ordenó la deidad, mirándola finalmente. —Mi piel, aunque es suave al tacto, no atenuará ni un poco la dureza de mis huesos, podrías haberte roto la mano.
—¿Por qué te importaría en primer lugar?— retiró la mano queriendo ir al lugar más lejano de la nave para no verla más, pero fue detenida nuevamente por el firme agarre de Elfir. Los guerreros contuvieron el aliento y casi pudo escucharse hasta el sonido de una aguja caer, ante la tensión que se atisbó entre la princesa De'Zire y quien gobierna los cielos.
La diosa, cuyos ojos brillaron con el poder de su divinidad, miraron con frialdad al capitán y a los tripulantes que estaban detras la princesa. Seres cuya curiosidad parecía ser más grande que su instinto de supervivencia. —Retírense.
La orden fue acatada por todos los que adoraban seguir respirando y entonces la castaña cerró la puerta del centro de comando del barco, impidiendo con su cuerpo el que Zire pudiera evadirla fácilmente y escapar.
—¿Por qué me encierras aquí?— frunció el ceño más que molesta intentando no mirar su rostro.
—Porque así escucharé lo que quieras decir— murmuró con tono conciliador.
—Eres realmente cruel— se quejó la rubia queriendo encontrar un espacio y oportunidad para marcharse. Entonces las ideas se asentaron en su mente y la comprensión de que había golpeado a la diosa por un arranque de celos y rabia, realmente la hizo palidecer. —Yo lo siento, su excelencia… yo…
—¿Podrías olvidar por un momento lo de ser diosa? Dime por qué estás tan molesta conmigo, ¿por qué dices que soy cruel?
—Vaya, quieres saberlo…— De'Zire miró con incredulidad a Elfir obligándose a recuperar su aparentemente escaso autocontrol y hablar como la princesa que era. —Jugar con las personas es desagradable, espero que sus intenciones con el cisne de plata sean serias, ya que, conmigo… la diversión fue breve.
—Diversión…— Elfir repitió la palabra como intentando conocer sus posibles significaciones en todas las lenguas que conocía y ninguna le agradó. —No se trata de ningún juego, princesa.— El tono que solía ser cálido de pronto se tornó frío e indiferente. —Puedo tolerar que desprecies los sentimientos que te guardo, simplemente porque no pudiste corresponderme, pero no concederé que llames juego al amor que Mashiro me ha entregado.
Eso solo hizo enojar más a la hija de Sara, quien cerró el puño deseando golpear nuevamente a la mujer frente a ella. —Es una burla que diga que siente algo por mí, justamente cuando está con otra mujer, cuando parecen tan cercanas que es evidente su amorío.
Elfir suspiro, pensando cómo contestar. —Los dioses conocen la muerte, princesa. Yo ya la he conocido…— Tensó la mandíbula y el viento meció sus cabellos mientras se movía peligrosamente cerca. —No debería existir aquí, ni ahora, no debería verte, ni morir un poco por la pena que me muestran tus ojos, como si me quisieras y pudieras odiarme por amar a alguien diferente. No debería… pero así es. No tolero que juzgues mis sentimientos como si siquiera fueran importantes para ti. Me despreciaste, ¿y ahora te enfada que aceptara el amor que se me ha ofrecido tan honestamente? ¿O es solo la ira que se siente cuando alguien más ha tomado tu juguete? Como si olvidaras que rechazaste mi propuesta, por el amor que sientes por alguien más.
—¡Así no es como el amor debe ser!— Gritó Zire con el escozor en los ojos y la nariz ligeramente roja, con la respiración agitada y la abrumadora sensación de error en todas las cosas. ¿Se había equivocado? Este ser solo era otro espejismo en su vida. —No sé por qué esto me duele tanto, es cierto que no debería ser así porque… ni siquiera te amo.
Elfir se apartó y la miró con una expresión devastada, una lágrima se deslizó por su mejilla sin que un sonido de sollozo se escuchara. —¿Quieres que corte mi brazo izquierdo para que puedas creer que aprecio lo suficiente al derecho? ¿Quieres ser la única en mi mundo, cuándo ni siquiera me quieres? Eres tú quien resulta ser cruel— preguntó Elfir con una voz que no mostraba emociones, cuando sus labios temblaban y sus ojos se enrojecían un poco más. —Así es como el amor es para mí.
—Eres la persona más descarada que he conocido en mi vida.— Reprochó la joven rubia con una mirada cristalina, sujetando con fuerza su mano sobre su pecho, como si intentara protegerse de las intangibles dagas que asechaban su corazón.
—Entonces es una alegría que no tendrás que verme por demasiado tiempo.— La voz de Elfir susurró aquello, suponiendo que si lo decía en voz alta se convencería a sí misma de hacerlo. Pero sabía que no podría, aunque pusiera la tierra, los mares y miles de kilómetros de distancia, todavía llamaría al viento para oír hablar acerca de su nombre. —¿A quién engaño? No quiero eso— Se acercó y posó su mano izquierda en el hombro de la princesa y con la derecha tomó su barbilla para hacer que la mirara. Se encontró las joyas purpúreas llenas de cristalinos, gotas que hacían más daño que las espadas de los enemigos. —Te amo como si existieras desde siempre en mi alma, eres a quien protegeré cada día de mi vida.— dejó escapar las palabras desde lo más hondo de su pecho, sosteniendo suavemente las mejillas llorosas de Zire y se acercó lentamente como si ella fuera un pajarillo asustado.
Se miraron intensamente, atrapadas por el instante, hasta el momento en el que la castaña rozó fantasmagóricamente los labios de la hermosa remusiana. Hubo un tacto temeroso, luego otro… la miró de nuevo y la besó otra vez, asegurándose de presionar un poco más. Entonces los pequeños hilos de restricción cedieron ante el peso del anhelo que se esconde en la superficie y asecha, esperando la oportunidad. La sed abrupta atacó sin reparos, se abrazaron como si desearan que sus cuerpos fueran uno, sus labios se exploraron con avidez y sus manos removieron los cabellos, las prendas y acariciaron cada espacio al alcance de su toque.
Elfir sostuvo las mejillas y las secó con tiernos picos, la vio con aquellos ojos azules que eran pozos consumidos de amor por ella y se perdían en la contemplación de su rostro. Así, un déjà vu atravesó los recuerdos de Zire, quien se apartó espantada por lo que pasaba entre las dos. El aire le faltaba y la agitación de su cuerpo suplicaba por más, la deseaba de una forma que solo se concedió a la única mujer cuya promesa había entregado, al igual que cada espacio de su ser.
—¿Zire?— preguntó Elfir con duda.
—Apártate de mí, por favor…— Suplicó, cubriendo su boca con una mano temblorosa y culpable.
—No hablas en serio, ¿o sí?— Aquellos iris celestinos la miraron con incredulidad.
—Hablo muy en serio…— La empujó posando su mano en su costado y alejándola.
Elfir retuvo la muñeca de la mujer para que cesara esta conducta y la miró desde su altura, se vieron mutuamente con el ceño fruncido, pero las gemas de la heredera de Remus le devolvieron un aparente desprecio. —¿Realmente no me dirás nada? ¿Mentirás sobre cuánto tiemblas con cada caricia que nos prodigamos? O harás como que nada pasa, cuando soy arcilla en tus manos.— buscó en su rostro, aunque fuera una gota del sentimiento que desbordaron momentos atrás.
—Esto es solo el resultado de una circunstancia evidente.— La princesa recuperó el aplomo y soltó el débil agarre de la deidad frente a ella.
—¿Cuál?— La voz que solía ser firme estaba agitada. Elfir miró con rostro incomprensible a la dama de cabellos rubios. —Sí, se puede saber…
—Me gustas, solo porque te pareces a ella.— Sentenció con una frialdad que heló cada espacio entre las dos. —Te informé que el motivo de mi rechazo, se debía a esa razón.— Zanjó el asunto, acomodando cada desbarajuste en su indumentaria o su cabello, de tal modo que nadie sabría nunca lo que pasó en ese lugar. —Me disculpo por mi atrevimiento, estimada señora del aire.
Todo aquello fue el corte perfecto del cuchillo más afilado, Elfir no supo exactamente en qué lugar recibió la herida, aguardó quieta y callada, incapaz de encauzar sus pensamientos, si es que fuera posible hacer algo sobre sus emociones, las cuales se desconectaron simplemente. —Entonces juguemos un juego, princesa.— Dijo con un tono más bajo, casi carrasposo. —Podemos consumirnos hasta que no quede una sola chispa de esta odiosa ansiedad o de la insaciable sed, que con certeza sentí en su boca mordiendo ferozmente la mía.— incluso si aquello no era digno de un dios, Elfir no aceptó esta negativa, solo por un detalle que olvidaría a conveniencia. —¿Crees que puedo dejarte ir sabiendo que me deseas tanto como yo a ti?— Añadió con el mismo matiz rencoroso. —Si es mi aspecto lo que deseas, está bien. No codiciaré tu corazón…
Zire se sintió profundamente insultada, rebajada al nivel de una meretriz, por lo que no dudó un instante en exaltar cierto pequeño detalle. —Excelencia, usted ya tiene a la reina, el 'Cisne de plata', con quien se deleita en el mismo acuerdo.
—No es igual,— refutó con molestia evidente. —Ella me ha entregado su amor, tú no podrías sentir nada por mí, ni deseándolo.
—¿Es así?— ironizó con un tono molesto. —Hasta donde sé, Mashiro Kruger estaba incluso más que enamorada de Arika Sayers. Lamentablemente, compartimos los mismos gustos y podría apostar que los mismos sentimientos, salvo porque Mashiro es incapaz de guardar luto. Claro que ella nunca fue su esposa, como para tener que hacerlo. Si ella ve algo en ti, ciertamente tiene mucho que ver con tu aspecto.
Cuando esas palabras se asentaron, Elfir tragó saliva, con los puños cerrados y sus nudillos se tornaron blancos. Tembló en su lugar y lágrimas cayeron una tras otra como un diluvio que De'Zire no esperaba. —Puedes retirarte, princesa… quisiera un momento a solas.
La princesa se dio cuenta de su error y lamentó muchísimo hacerle daño a Elfir. Sabía que su odio podría ser devastador, pero más que eso, Zire no quería ser odiada, no por ella. —Lo siento, yo… yo solo dije esto porque…
La deidad secó el llanto y se forzó a mantenerse fuerte. —Consideras que al igual que tú, ella no puede verme a mí, tan solo pueden ver el lánguido reflejo de esa mujer, solo porque tuve el infortunio de ser similar. ¡Condenaría su alma si pudiera!— Se mordió los labios con enojo. —Si es por ella, que… no puedes verme.— Destiló un tono irascible en su voz. —Si eso no es ya una burla, también insinuás que… ¿Mashiro es exactamente igual? ¿Dices que se entregó a mí pensando en otra mujer?
—¿Ustedes… intimaron?— Palideció, dándose cuenta de que había abierto una caja de pandora que ya no podría cerrar. La idea de ellas encontrándose en el lecho, de esa boca, besando y mordiendo la piel de esa mujer, realmente ardió en sus entrañas, pero ver tal tristeza en ese rostro dolía lo suficiente para no querer saberlo con certeza.
—Yo… yo la amé con cada ápice de mi ser.— confesó con una expresión realmente lastimada.
Tragó saliva y levantó la mirada obligándose a recuperar la compostura. En el fondo de su mente, Elfir sabía que Mashiro había padecido y llorado la muerte de Arika Sayers con tanta intensidad, como si hubiese sido la amante de esta persona. ¡Sayers era su arrepentimiento más grande! La persona con la que hubiera querido escapar y la madre que realmente anhelaba para su hija. Pero no quería pensar que cuando suplicó por su toque, fusionándose con su ser y declarando su amor tan ardorosa e intensamente, aquellas palabras estuvieran dirigidas a esa persona, porque sería realmente cruel. —Creí que merecía que me amara.— Se rió, con una risa que duele de solo escucharla. —Gracias por ilustrarme princesa— Elfir vació las emociones de su rostro y su mirada se perdió, opaca y distraída en la vista de la ventana a través de la que solo se veían nubes. —Incluso si es difícil creer en mi palabra, ya no tendrás que tolerar mis desvaríos, me alejaré de ti lo más que pueda. Así que ya puedes marcharte…
—Elfir, tal vez me equivoqué… yo hice una suposición sobre Mashiro y realmente no he cuidado mis palabras lo suficiente.— Zire intentó resarcir.
Pero la castaña ya no quería escucharla, porque el daño ya estaba hecho. —¡Solo vete!— Ordenó esta vez.
Zire se asustó un poco, pues la diosa jamás alzó tanto su voz o mostró tanto desprecio y aunque le pareciera una casanova que disfruta de conquistar a las mujeres, no imaginó que su afecto por Mashiro fuera tan intenso. Era horrible pensarlo, pero este apego posiblemente se hubiera visto incrementado por la presencia de Rena en la ecuación, así que consideró obedecer y salir por la puerta.
Una vez en el pasillo, el eco de las palabras de la deidad se repitió en su pensamiento. ¿Merecer el amor? El amor es un regalo que se da libremente, cuidar de él y hacer que prospere, eso es lo que merecer significa, pero nadie podría obtener lo que no se ha entregado fielmente. Así que lo lamentó y superó su enfado por la propuesta insensata que le escuchó decir, Zire consideró que fueron sandeces que nacieron de su orgullo herido y esperó que la diosa del viento, no pensara en la probabilidad de saciar sus pasionales instintos con ella nuevamente.
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Natsuki, quien pasó las noches atendiendo creaciones en los reinos superiores, los días preparando la coronación y estabilizando las crisis que la guerra dejó, apenas tenía libre una parte de las mañanas y las horas del almuerzo, por lo que esos momentos junto a su esposa eran invaluables. Cerró los ojos por un breve momento, suspiró largamente, así el aroma de la alegría de sus días, vino a su nariz a través de los suaves cabellos que estaban desperdigados sobre la almohada. Su presencia y su cercanía, al fin, eran suyas… abrió los ojos y su rostro dormido fue todo cuanto pudo ver, así una sonrisa robó el escenario que era su preciosa cara.
Había tanto amor y ternura al contemplarla, que deseó con un beso en su frente traerla de vuelta a este paraíso terreno. Más se contuvo, porque la joven, ya en la última etapa de su embarazo, tenía dificultades para tener un sueño constante y reparador. Incluso si compartía su enlace divino con ella, tales fatigas eran inherentes a su ser mortal por el solo hecho del enorme espacio que sus hijas ocupaban en su interior. Pese a todo y con sus cuidados, hacía para Shizuru que todo fuera más llevadero, desde masajear sus magulladas piernas y su destrozada espalda, untar ungüentos, aceites e hidratantes allí donde la piel se lastimaba, y encontrar cuanto antojo viniera a ella o incluso crearlos mientras nadie más miraba.
Unas horas más tarde una esencia aceitosa con un aroma maravilloso inundaba el ambiente, los pálidos dedos de Natsuki se deslizaban por la sensible y abultada piel del vientre de su esposa, a quien consentía, esta vez con motivo de alguna molestia ocasionada por la comezón. La energía dorada que la joven de iris esmeraldas se imbuía abundantemente a través del contacto, sanando las lesiones de piel microscópicas y refrescando a la castaña, cuyo estado era ya inocultable dado el poco tiempo que le faltaba para el alumbramiento. La diligente mano de aquella que podría crear un mundo entero para la mujer en la cama, cubrió con la seda más suave la piel y ayudó a la joven madre a ponerse de pie, para disponer los atuendos adecuados ese día.
Las doncellas, al servicio de la pareja, suspiraban embelesadas por el cuidadoso amor que su futura reina le profesaba a la querida Shizuru y con anhelo, esperaban que, en algún momento, sus amantes fueran tan diligentes cuando en sus cuerpos albergaran el fruto de sus afectos. Los tenues murmullos fueron escuchados por la pelinegra, que disfrutaba del contacto y de cantar para sus hijas mientras sobaba el vientre de Shizuru, le hizo pensar sobre lo alegres que pueden ser las imaginaciones de las personas. Porque estaba consciente de que la dama que tenía entre sus brazos, concedía todas estas cosas, habiendo aceptado su cuidado y nada más que eso.
—¿Te sientes mejor?— susurró intencionalmente cerca de su oído con un tono especialmente grave que podría estremecer los deseos de cualquier mujer, con la esperanza de traer para sí alguna reacción digna de los amantes que fueron.
—Me siento mucho mejor,— respondió la castaña correctamente, mientras regalaba una caricia a sus hijas a través de la piel abultada. —Estamos agradecidas con su madre, ¿verdad?— Sonrió confidentemente.
Natsuki sonrió para esconder un poco su decepción, pero se concentró en lo amable de la situación, inclinándose cerca de sus hijas no natas. —Mamá las cuidará siempre, queridas estrellas.— dio dos besos en la panza de Shizuru quien miró a otra parte para esconder su sonrojo, regalando un poco de esperanza a la pelinegra.
Los alimentos fueron dispuestos, y por un breve momento, volvieron a estar a solas cuando Natsuki lo solicito a las doncellas. Shizuru comenzó a comer habidamente, pues su apetito era voraz y verla realmente alegraría el alma a cualquiera. Natsuki, quien reflexionaba sobre las cosas, mordió una manzana y pensó que nada sabría tan bien como los alimentos de la castaña, quien parecía feliz hasta con un mendrugo de pan. La heredera sabía que a partir de ese día, las cosas cambiarían, pues conoce el peso de la responsabilidad que conlleva gobernar y sabe que las personas con las que cruzarán sus caminos, afectarán la paz que los envuelve. Así mismo, sabe que el destino que ya no está sujeto a las alteraciones de Sek, el traidor de las siete fortunas, y volverá a su cauce… pero no tiene certeza de que los acontecimientos preestablecidos serán de su agrado. ¿Qué planeó Zarabin para ella? Ahora dependía de la voluntad de las restantes cinco fortunas y tal vez solo le caía en gracia a Valiant.
Así mismo, también le preocupaba que su matrimonio tenía una extraña contradicción que pasaba desapercibida a los ojos de los demás, cuyas ilusiones alcanzaban los cielos más altos, de solo verlas juntas, pues hacían una pareja preciosa. En el fondo, Natsuki comenzaba a pensar que era incapaz de alcanzar el corazón de la joven de ojos rubí y que como en las pesadillas que Luzine sembró en su mente, su amor jamás sería recibido y mucho menos, devuelto. Su padre, Tsukuyomi, le había dicho que muchas de sus memorias se afectaron por fantasías torcidas y la atormentarían hasta que Ceret pudiera restablecer correctamente los hechos. Sin embargo, no podía no sentir que imploraba por el amor de su adorada castaña, sin ser escuchada. —¿Hay algún camino para llegar a ti, nuevamente?— Dejó escapar su voz, casi como un ruego.
—Ya estás aquí, Natsuki.
La mujer era bastante hábil con sus evasiones, así que negó suavemente. —¿Me amas Shizuru?— La de ojos verdes como esmeraldas, miró con profundo detenimiento a la castaña, tratando de leer alguna emoción en sus expresiones. Muy a su pesar, la dama tenía una maravillosa cara de póker, inescrutable.
El precioso arco de la ceja castaña, enmarcando aquellos iris rojizos, era sin duda un cuadro cautivador para la deidad ya acostumbrada a la aparente apatía de esta mujer, a la cual no sabía como conquistar. —¿Por qué preguntas tal cosa?— La pequeña curva en los labios deseados, volvió a socavar en el anhelo de la mujer más alta.
Natsuki se puso de pie y llegó junto a Shizuru, bajó la vista y desde su postura contempló las tupidas pestañas de su esposa, su linda nariz y sus añorados labios, así que respondió una vez más con una voz profunda, muy cerca de su oído. —No existe noticia más importante para mí, que esa.
—Lo hago, eso es seguro.— Respondió Shizuru sin vacilación, sintiéndose presa entre los brazos que puestos sobre su asiento la encerraban a cada lado.
—¿Es un amor fraterno?— Cuestionó, esta vez… el matiz. Sin dejar de perderse en aquellos iris sangría que le enloquecían.
—No… no es el caso.
Natsuki sonrió e inclinó un poco su rostro, con la esperanza de sentir los labios de su esposa, pero el tacto que se dio, fue un tierno pico que ocurrió casi fantasmagóricamente, dejando a la pelinegra con una sensación de poco. Comprendiendo, una vez más, que la joven no estaba de humor, se alejó de la silla dándole la espalda, salvo porque esta vez no pudo solo aguardar pacientemente un cambio de parecer. —Supongo que hay alguna razón, por la cual no soy de tu agrado ahora mismo.
—¿Realmente quieres saber lo que pasa, Natsuki?— Cuestionó Shizuru con una voz ligeramente irritada. —Puedo hacer una lista, para facilitarte el entendimiento.
Un escalofrío recorrió la espalda de la diosa, pero mantuvo la serenidad en su rostro. —Te escucho y me gustaría expresar mis inquietudes igualmente.
—Ara, Natsuki es más valiente de lo que pensaba.— La castaña no escondió su sarcasmo. —Es extraño que una persona quiera escuchar sobre declaraciones de amor… cuando tiene un millar de secretos.
—Soy un libro abierto, eres tú quien puede elegir qué página leer. Pregúntame cualquier cosa y responderé, entonces juzgame después de eso.
—A veces parece que Natsuki olvida decirme las cosas, ya que la honestidad no parece ser algo tácito entre nosotras. Entonces me gustaría saber… ¿Por qué te vas cada noche?— Shizuru desvió la mirada dolida, porque estaba segura de que su esposa la abandonaba al anochecer en cuanto se quedaba dormida. ¿Realmente creía que podía sentirse segura y querida por una persona que hacía quién sabe que cosas todas las noches?
Natsuki no se sorprendió del hecho de que su esposa hubiera detectado su ausencia cada noche. ¿Esta situación había generado desconfianza y rechazo? Si era el caso, debía remediarlo de inmediato. —¿Recuerdas esto?— creó un jarrón de cristal en el cual una romelit floreció hermosamente, cautivando por un momento la mirada carmín de la querida Shizuru. Dispuso la pieza sobre la mesa en la que los alimentos aguardaban, adornándolo. —Puedo crear todas las maravillas imaginables de la nada. Así que cada noche, viajo a las dimensiones superiores, para resarcir el daño que ocasionó la rebelión de los dioses. Me ocupo de todo tipo de cosas, desde tejer redes de energía pura para separar los reinos, hasta crear estructuras de envergadura impresionante para reemplazar los que fueron dañados o eliminados por completo. Siento decir que, fue una condición inexpugnable con la cual se me permitió venir al reino humano para estar junto a ti.
Una sensación de alivio inundó el corazón de la castaña, quien genuinamente temía que tuviera otra amante, como ocurrió con Nao Yuuki y su desliz. —Entonces no necesitas dormir— Dijo casualmente, e imaginó que si estaba tan tranquila después de tener tantas ocupaciones, era inhumana. —Natsuki, realmente no se siente como mi Natsuki— Admitió una vez más con tristeza en su voz. —Eres una diosa, era evidente.
La aludida tensó la mandíbula y mantuvo silencio sobre aquel comentario final, que no se sintió como un halago. —¿Tienes otra pregunta?
—Natsuki era… humana. Sé que no era exactamente alguien común, pero lo que veo al mirarte es realmente abrumador.
—Bueno, se debe a que los dioses son inmensos, como océanos de poder puro, y los humanos, son como gotas en un estanque.— Implicó que lo que veía la dama, era la inmensidad de su ser. —Así mismo las almas reencarnan para crecer y dejar de ser, solo gotas… la humanidad fue creada así por Zarabin… y mi esencia solía reencarnar, como el alma de cualquier ser humano— una curva suave y cálida se formó en los labios de la pelinegra al pronunciar ese nombre más allá de sus pensamientos, para incomodidad de Shizuru. —Aunque para mí fue… algo diferente, fue una imposición.
—Lo ves… como un castigo.— Adivinó la castaña mirando a su esposa con interés. —¿Por qué?
—Separaron mi cuerpo, mi esencia y mi divinidad… lo cual fue la cosa más dolorosa que he sentido alguna vez— confirmó. —Así han pasados milenios en los que he nacido una y otra vez atrapada en el cuerpo de un ser humano. Y lo único bueno de todo eso, fuiste tú. Mi última encarnación fue la de Natsuki Kruger y yo… talvez habría reencarnado nuevamente de no ser por Ceret.
Aquellas palabras trajeron un pensamiento horroroso a la mente de Shizuru, con la imagen de la mujer pelirroja llevándose todo lo que era valioso para ella, y a Natsuki convertida en obsidiana, desvaneciéndose del mundo para siempre. Pero no quiso permitirse pensar en ello y eligió otra pregunta. —¿Nuestras hijas son… como tú o como yo?— Cuestionó temerosa.
Incluso si entendía lo que la joven quería decir, no pudo evitar reír un poco. —Son nuestras— Dijo cálidamente, mirándola con infinita ternura. —Tsukira tiene tus maravillosos ojos rojos y Erin, tiene un considerable parecido contigo, salvo por sus ojos… que son semejantes a los míos. Pero, si lo que quieres saber es su naturaleza.— tornó su semblante más serio. —Ellas son deidades, como sus madres lo son.
Shizuru guardó silencio durante un tiempo, reflexivamente. —Estás implicando que yo soy algo que no soy. Yo no soy una diosa…
—Eres inusual de una manera que es difícil de explicar.— Susurró intentando ser gentil con esta información. —Te necesito y ansío devolverte todo el poder que te pertenece, quiero… anhelo que puedas ser la diosa del renacimiento y habitar juntas en nuestra morada.— La pelinegra se acercó nuevamente posando sus manos sobre la mesa y desvaneciendo el florero para ver a Shizuru directamente a los ojos. —Es por eso que he venido, yo… quiero romper este ciclo sin fin y que finalmente podamos ser lo que debimos ser, siempre.— Natsuki la miró como si intentara convencerla de ir a un lugar inalcanzable para las personas y ser algo más grande que toda la humanidad misma.
—Quieres que sea alguien más, ocupando el espacio de otro ser…— Esto no resultó agradable para Shizuru quien habiendo saciado su apetito, limpió su boca con un pañuelo. Era una situación extraña por cuanto ella anhelaba a quien fue y esta deidad, ansiaba convertirla en alguien más. —¿Ese fue tu propósito al venir a este lugar?
—Vine aquí porque no quiero renunciar a ti.— Aclaró de inmediato la pelinegra. —Incluso si contraría enormemente mi deber…— Sostuvo su mirada. —Pero si no quieres lidiar con esto, yo puedo hacerlo. Te dije, que no guardaría secretos… pero sé que no quieres oírlos todos.
—Eliges cuidadosamente que decirme, es solo otra forma de ocultar.— Se quejó la de iris rojizos, tratando de asimilar que jamás fue dueña de sí misma y que su destino es una cadena en la que elegir es un lujo inalcanzable. —¿Qué pasará entonces? Los dioses no habitan este mundo y eres la diosa de la creación, alguien imprescindible. Entonces… ¿Te irás?
—Eventualmente, será así. Pero… si quisieras venir conmigo…
—¿Algo de esta vida ha sido real para ti?— Shizuru quien consideró lo finito de este vínculo insignificante para la diosa frente a ella, ni siquiera la dejó terminar. —¿Algo de todo esto tiene sentido para ti?
—Tú eres real para mí, todo tiene sentido en tanto te quedes junto a mí.— Respondió como si fuera la cosa más evidente del mundo y la joven madre realmente se sonrojó, por la ligereza de las palabras de su esposa. Un largo suspiro nació de los labios de la pelinegra y expresó lo que le agobiaba igualmente. —Pero nada parece ser suficiente para ti.
—¿Qué dices?— Shizuru frunció el ceño más que contrariada.
—Rogaste a los cielos por un milagro imposible— La Kruger ladeó su rostro y miró a la joven a los ojos con una intensidad abrumadora. —Y yo he venido a ti.— Buscó una vez más en el rostro de Shizuru, sin encontrar su afecto depositado sobre sí. —Pero, sigues esperando a alguien más.— Adivinó finalmente y el dolor tiño su rostro.
La castaña negó con la cabeza. —No hay nadie más que mi Natsuki…— sus ojos se tornaron cristalinos, como si no pudiera ver a su esposa frente a ella y aún estuviera de luto, incapaz de dejar ir la esperanza de algo, imposible. —Aunque mentiría si negara lo que has dicho, porque no te sientes como ella.
—Yo desearía que me amaras por lo que soy aquí y ahora, no solo por lo que fui… pero— Suspiró ahora con resignación. La mirada esmeralda se enfrió considerablemente para evitar el llanto, pues el primer pilar fue completamente consciente de que no podría rivalizar con el recuerdo que la joven idolatraba. Así que aceptó su rechazo. —Lo entiendo…— su voz tembló. Se puso de pie y se aproximó a la ventana para serenarse, luego la miró de soslayo para no romperse completamente. —Me disculpo contigo, soy yo quien se ha obcecado con obtener tu afecto, sin siquiera preguntar si era lo que querías.— La voz inexpresiva realmente escondía un poco su desencanto. —Ahora entiendo que no es así. Asumí que tenía derecho, por motivo del matrimonio e incluso, por la gestación de nuestras hijas. Pero jamás te forzaría… no te incordiaré más con la mirada de mis ojos puestos sobre ti en busca del sentimiento que no tienes por mí, o mejor dicho, por esta versión de mí.— Sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo que entregó a Shizuru, para que pudiera secar su llanto conteniendo la necesidad de secarlas ella misma. —Sé que ahora mismo solo necesitas a la madre de tus hijas, entonces… solo eso seré.
—Agradezco tu amable espera. Ni siquiera puedo explicar lo que me pasa o porque siento lo que siento. No es mi intención herirte…
Una expresión comprensiva nació y una suave sonrisa se curvó en los labios de la Kruger. —Si te sientes incómoda, yo me incomodaré para acompañarte— tendió la mano para acariciar la mejilla de su amada, pero recordando que su contacto le agraviaba, se detuvo a mitad de camino y bajó la mano a un lado. —¿Estás de acuerdo en que las doncellas te ayuden? De ese modo no tendrás que estar desnuda frente a mí.— Shizuru se sorprendió del cambio de pensamiento que esta persona ejecutó rápidamente, por lo que asintió un poco abochornada.
—Gracias… no sé como…
—Tiempo, es algo que tengo en abundancia. Si eso es lo que necesitas, yo esperaré.— Los iris esmeraldas la miraron con calidez y amor. —Prometo no mirar.— Añadió de inmediato. La de iris esmeraldas supuso que Shizuru no se sintió cómoda con su vientre abultado o su aspecto actual y por ello se había perdido un poco de su autoconfianza. —Solo quiero que sepas, que para mí, eres simplemente hermosa.— Tomó la mano de la dama y la besó castamente antes de llamar a las doncellas que la servirían en lo posterior.
Para este momento, Shizuru no estaba segura si estas complacencias eran buenas, pues tan pronto esta fachada de cortesía y dignidad apareció, su corazón extrañó la mirada anhelante que Natsuki le prodigaba, como si fuera alguien en medio del desierto. La castaña concluyó que sus sentimientos revueltos, tal vez estaban un poco sensibles debido al embarazo y solo necesitaba tiempo para aclimatarse a las nuevas circunstancias, después de todo era de las pocas personas que tenían de vuelta lo más anhelado.
La pelinegra ayudó a la mujer a ponerse de pie para que el nuevo séquito de damas se ocupara de los detalles prácticos, dado que la joven madre realmente necesitaba ayuda al momento de bañarse y más aún al vestir los atuendos complicados de la futura reina consorte de Windbloom. Durante el baño, Kruger aguardó en la entrada del cuarto de aseo por si se diera cualquier circunstancia accidentada al interior, intranquila por ser la primera ocasión en la que no acompañaba a su esposa en tales escenarios. Una húmeda y fragante Shizuru pronto asomó el rostro, cubierta por su bata de seda, junto a las doncellas que la cuidaban, encontrándose con la curiosa escolta de la deidad en la entrada.
—Nunca desistí de cuidar tu integridad— Respondió tan tranquilamente como si le hubiera leído el pensamiento.
—Gracias.
Natsuki asintió con una expresión inmutable en su rostro, dejando en buenas manos a su esposa, se ocupó de asearse rápidamente en la ducha, y aunque las sirvientes hubieran querido preparar una baño de sales y flores, la futura monarca desistió de ello, a fin de no tardar demasiado en el agua. Siendo una ocasión tan importante, Kruger también permitió que una de las damas le prestara sus servicios, por lo que centró su atención en su propia higiene y presentación, con la esperanza de agradar a la vista de su esposa, y a la de sus futuros súbditos.
Acostumbrada a los servicios de la servidumbre, Natsuki se dejó hacer sin cuestionamientos, mientras pensaba en los numerosos pendientes del día, los nombres de los invitados y todos los deberes relacionados con el banquete, que esperaba fuera perfecto. Por lo que no prestó atención a la tardanza de la mujer en abrochar los botones con pulso tembloroso, o lo prolongado del proceso de ajustar el fajín e incluso, la torpe forma de poner el corbatín que adornaría la casaca del reinado de Windbloom. Para Shizuru, a quien le atendían 4 mujeres en simultáneo y que literalmente no debía mover un solo músculo en medio del proceso; la vista de esa chiquilla toqueteando a su esposa, tampoco le pareció agradable, pero teniendo en cuenta que no había pasado ni una hora desde su rechazo, no tuvo más que tolerar la circunstancia… en vista de que a Natsuki, la diosa, le importaba menos que nada las manos inquietas de otra mujer.
Shizuru se preguntaba el motivo de estar tan voluble, pues tenía la plena certeza de que este ser sobrenatural, no era la misma Natsuki que fue, pero al mismo tiempo no soportaba la idea de que esta versión divina de su amada, fuera tan descuidada con la servidumbre. Suponía que como diosa y como miembro de la realeza, tener doncellas era de lo más común, pero para ella, a quien los Margueritte le había cuidado durante toda la vida, sin permitirse demasiado contacto físico… la situación actual no tenía precedentes. Era egoísta y se sabía culpable, porque no podía entregarse tranquilamente a la intimidad con este ser que juraba ser su Natsuki, pero tampoco soportaría verla saciar su sed en la piel de otra mujer, porque sí la sentía como su esposa en alguna parte de su ser.
Como si la pelinegra supiera qué pensaba en ella, sus ojos esmeraldas le devolvieron la mirada y le regalaron una sonrisa. Shizuru miró su boca e imaginó que la máscara del lobo cubría el resto de la faz, sintiéndose aliviada por la memoria de los gestos que su Natsuki le daba en el pasado. Shizuru volvió a meditar, parecerse tanto físicamente, sentir su constante cuidado. ¿Por qué no podía aferrarse a eso simplemente? En el fondo, la castaña tenía miedo de entregar su corazón nuevamente y que esta diosa se desvaneciera otra vez, dejándola sola permanentemente.
Esa tarde, mientras caminaban en medio de la sala generis, con dirección del trono, a través de un camino adornado por la alfombra roja, cualquiera hubiera imaginado que los acontecimientos se estaban dando como en los cuentos de hadas. La pareja se había vestido a juego, la cazadora de Natsuki, era blanca con bordados de hilos de plata que dibujaban la forma de un lobo en la tela, los broches se adornaron con pequeñas cadenas doradas de botón a botón; también tenía zafiros y diamantes incrustados a la altura del corazón, haciendo las veces de ojos en la figura del lobo sagrado. Por contraste, usó una cinta azul marina que atravesaba su torso diagonalmente hasta su cintura, con un fajín del mismo tono. Encima de este, tenía las amarras de las fundas de una espada conmemorativa y uno de sus revolver favoritos. Del mismo modo, en el vestido de Shizuru, se usó un diseño paralelo en pulcros blancos, con la cinta real cruzando suavemente su pecho hasta su cintura. Se cuidó que la prenda no tuviera corsé, por lo cual era un vestido materno con bordados de mariposas hechas de diamantes y plata.
Mientras, el Cardenal Joseph Greer, mencionaba las frases de rigor, la frivolidad que rodeaba al evento lo contentó un poco, pues no había estado de acuerdo en casarlas la vez anterior y el idilio ya no florecía como entonces. Pese a eso, el hombre estaba indignado por los acontecimientos, sospechaba que las mujeres habían usado el sucio canal de Dion, ya que el evidente bulto en el vientre de la castaña, delataba el estado gestante y siendo las dos mujeres, era algo antinatura. Esa práctica le parecía aborrecible al anciano, que apenas toleraba mirarlas y ciertamente no bendecía genuinamente la coronación. Este era uno de esos trabajos que tenía que completar si quería que la monarquía no metiera sus manos donde no son requeridos, o eso le dijo su superior, el señor supremo del Templo de Susano-o.
Aun así, era una gratificación ver que el embeleso de la luna de miel, había remitido con el primer año de matrimonio, la sonrisa que el hombre desborda en sus labios, transmitía la burla a las desesperanzadas sensaciones de Natsuki. Si ese hombre supiera que tenía frente a sí los ojos que juzgan a los muertos a través de los jueces en el inframundo, habría sido más cauteloso. El representante del Templo no pudo posar las coronas en las cabezas de sus majestades, por cuanto, estelas de luz de aspecto mágico atravesaron el espacio hasta las cercanías del trono de Windbloom. La guardia se puso en alerta y desenfundaron sus espadas, pues el incidente en la ceremonia fúnebre con la reina Mashiro había dado mucho de que hablar sobre los caballeros principales. Fue una deshonra que no se permitirían repetir, pero el movimiento de la mano de su nueva Reina los invitó a mantener la calma, pues para ella era claro quién vino a verla en este glorioso día.
—Espero no haber llegado demasiado tarde— murmuró el sonriente gobernante de la luna aproximándose al trono en medio de la sala. —Sabes que no soy adepto de los discursos extensos y las largas ceremonias— murmuró con una expresión desentendida, mientras su hija le sonreía de vuelta más que acostumbrada a dicha circunstancia.
Detrás de Tsukuyomi, una sensual dama morena, de ojos ardientes y ajustado vestido, se aproximó. —Hola cristal mío, qué feliz estoy de verte. Tu hermana y yo te hemos extrañado enormemente…
—Soy yo quien se siente honrada con tu presencia, dulce madre de las estrellas.— Natsuki los reverenció inclinando la cabeza.
Al principio, la enorme confusión no permitió a nadie actuar correctamente, hasta que el clérigo notó que el ser andrógeno, frente a él, desprendía una luz blanquecina, y su ropa tenía estrellas. Literalmente podía ver constelaciones moviéndose en la seda de su espalda, algo imposible en cualquier tejido creado por los mortales. Su aspecto, por otra parte, coincidía con los relatos de los textos antiguos del que reina en los sueños, sus característicos ojos hechos de plata líquida eran una cosa imposible entre las personas, por no mencionar a su esposa Satis, señora de las estrellas, quien seguramente tejió tal prenda para su marido.
—Están en presencia del gran gobernante Tsukuyomi y su honorable esposa, Satis, rindan los honores debidos— Alzó la voz Joseph, siendo el primero en inclinarse ante el dios nocturno, con lo que todos los asistentes reverenciaron a los dioses, apoyando incluso sus cabezas en el suelo.
Shizuru intentó mostrar su respeto, pero la panza realmente no le permitiría llegar tan lejos, por lo que antes de que hiciera algún otro movimiento, Natsuki la mantuvo de pie y negó con la cabeza.
—Querida Shizuru, mi joven nuera, la madre de mis adoradas nietas… tú nunca tendrás que reverenciarme, el regalo que nos has dado te ha vuelo muy próxima a mi corazón— murmuró por lo bajo Tsukuyomi, plantando un beso en la frente de la castaña susurrando una bendición que formó un símbolo arcano en la frente de la joven. —Estoy más que agradecido.
Los ojos rojizos se abrieron de par en par, puesto que, uno de los grandes gobernantes, un dios entre dioses, la trataba tan tranquila y familiarmente, como si fueran conocidos cercanos. Y no solo eso, ¡Él era su suegro! Era algo difícil de procesar, pues ese lugar fue destinado en su memoria a Takeru Kruger, el gran Archiduque de Fukka. Recomponiéndose rápidamente y con astucia, respondió. —Es un honor inconmensurable tener su presencia en este día dichoso, soy yo quien se alegra y celebra este afortunado encuentro.
—Ya pueden levantarse…— Ordenó Tsukuyomi, queriendo no alargar demasiado esta ceremonia. Todos obedecieron y contemplaron asombrados el evidente afecto que el señor de la noche tenía por sus futuras reinas. —Yo declaro que un reino, no es digno de mi hija, un imperio sí que lo es…
—Sea la palabra del astro de la noche, la Luna eterna en los cielos… que el reino de Windbloom será llamado, de ahora en adelante, Imperio. Declaro a Natsuki Kruger Kuga Imperatoria, gran monarca, y a Shizuru D'Kruger Viola, emperatriz de Windbloom, madre de los astros de este imperio— Dijo en voz alta la mismísima Satis, como si fuera un eco fiel de la voluntad de uno de los grandes dioses. —Soberanas, por derecho divino.
—Estas coronas las desmerecen— Tsukuyomi miró con desdén las piezas de oro con joyas dispuestas en el cojín que un paje sostenía. Marcó un símbolo de potestad en las frentes de las nuevas gobernantes y con ello enlazó dos coronas que esencialmente pertenecían a los tesoros de la Luna. Una tiara de elementium con diamantes y zafiros para Shizuru, y una corona a juego para Natsuki, aquellos objetos encantados cuyo poder exaltaba el liderazgo necesario para un emperador.
—¡Larga vida a las Imperativas de Windbloom!— Dijo en voz alta Tsukuyomi, mientras los asistentes en la sala repetían a coro y en voz sonora esta frase como si de un vitoreo se tratara. El señor de la noche entregó el cetro y la espada a su hija, elementos ceremoniales que representaban la sabiduría y la templanza, mientras que a Shizuru le entregó un collar de cuentas que representaba una larga vida y fecundidad, además de una pluma de oro, que simbolizaba la diplomacia. —Sean complementos perfectos.— Finalizó con una sonrisa. —Los numerosos regalos de este día, han sido dispuestos en las habitaciones aledañas, no quería que no pudieras estar en tu habitación con tu esposa.— Se rio al final.
—¿Padre? ¿Qué tanto has traído?— Natsuki no sabía si alegrarse o preocuparse, mientras Shizuru miraba sonriente la escena, un padre… era un padre. Entonces la joven se sintió triste porque Satoru estaba en prisión, siendo un enemigo del estado por una justa razón, aunque eso no evitaba que ella deseara que las cosas fueran diferentes y toda su familia pudiera ver este momento.
—No pude negarme a tu hermana, ni a tu madre… ni a Rorik. Tampoco a tu nana… en fin, la lista es enorme.
Ya sin rechistar o cuestionar nada, decidió concluir con el protocolo e invitó a Shizuru a tomar asiento en su trono junto al suyo, antes de imitar la acción. Entonces contempló a sus invitados e invitó a la orquesta a tocar hermosas melodías con un ademán de su mano, que los músicos acataron inmediatamente.
La música resonó y la pelinegra evaluó que tan necesario sería realizar el protocolo del primer baile. —Shizuru, ¿quieres bailar? ¿Puedes hacerlo?— Cuestionó consciente de que, en su actual estado, había ciertas actividades que le resultaban genuinamente difíciles, ya que sus hijas nacerían cualquier día.
La castaña negó suavemente, apenada por no poder bailar con su esposa, debido a que sus pies se hinchaban y dolían mucho con ciertas actividades. Tampoco quería volver a su habitación tan temprano, aún quería ver a las personas disfrutar de la velada y charlar con sus hermanos. —Lo lamento, pero no quisiera avergonzarnos.
—No te preocupes…— Natsuki sonrió más que comprensiva con la situación. —Sean bienvenidos a la pista de baile, mi esposa, se siente fatigada debido a la feliz espera… así que los invito a celebrar en nuestro nombre.
Los danzantes no se hicieron de rogar, atentos a la voluntad de su majestad, se apresuraron a llenar los espacios vacíos del salón, con los mejores pasos de baile que conocían, en maravillosa coreografía. Cuando la melodía terminó, se oyeron los aplausos y las copas fueron tendidas a los invitados para un brindis.
