Saludos queridos lectores, escribí este capitulo y cuando menos me di cuenta, era unas cuantas paginas demás al estándar. Aún así no pude narrar todo lo que quería aquí, por lo que será en el próximo capitulo. Como siempre agradecimientos a mi dama por su apoyo y a Chris, que no quita el dedo del renglón jajajaja.

Espero sea de su agrado y me den a conocer sus comentarios, que son un alimento para el espíritu.

Capítulo 68 ― Balanza V

La noche en el cielo era algo que disfrutaba enormemente, pues tuvo el pasatiempo de observarlo durante su infancia en Fukka. También pensó que contemplar la luna y buscar las constelaciones era algo que siendo una diosa compartió con Satis y luego, con Ceret. Satis… casi no podía creer lo que pasó con ella, las revelaciones del juicio fueron catastróficas para su matrimonio, pues Tsukuyomi la había repudiado y aunque no retiró de ella el título de primera esposa, su enojo los había distanciado… ahora mismo no había súplica suficiente que moviera el corazón del dios nocturno. Natsuki pensaba en el hombre de la Luna, en su padre… reflexionaba sobre cómo debía sentirse y lo compadeció profundamente, por la dolorosa pérdida que sufrió a causa de Susano-o.

Sus manos blancas se posaron sobre la barandilla de mármol perla del balcón de la habitación matrimonial, al interior Shizuru terminaba de dormir a las bebés después de alimentarlas. Algunas veces se cuestiona cuán diferente hubiese sido su vida si sus madres hubiesen permanecido juntas, pero la idea de que Ceret o Terim no nacieran, apagaba aquellas curiosidades en su mente. Al mismo tiempo se lamentaba por la señora de las estrellas, quien tomó su oportunidad cuando se presentó… ella misma no sabía si estando en su posición habría sido una persona honesta, porque también conocía su propia debilidad con cierta dama del renacimiento.

Unos minutos más tarde, la voz de Shizuru llegó a sus oídos. —Ya podemos ir, Tsuki.

La pelinegra le tendió la mano a su esposa y realizó la manifestación del monarca del inframundo, la corona que le adornaba emergió sobre su cabeza, sus cabellos refulgentes brillaron en la noche y sus ojos esmeraldas miraron alegremente a la castaña. Shizuru observó maravillada a su esposa, porque la majestuosidad de esta apariencia le daba un toque de misterio y magnetismo que a ella le encantaba. Se tomaron de las manos, así la joven madre sintió la tibieza de la luz, bañar por entero su cuerpo y luego fue llevada gentilmente por ella. Vio un increíble túnel de fractales preciosos y viajó a través de él en segundos, pero no hubo incomodidad en el acto, ni mareo que la aquejara.

Un pestañeo más y ya estaba de pie en una enorme plataforma con la forma de un pétalo inmenso que adornaba un castillo hecho por completo de cristal y que además estaba en una alta meseta. —Me preguntaba, si deseas que nos vistamos apropiadamente.

—¿Estamos vestidas inapropiadamente?— Shizuru miró con curiosidad a su esposa, porque en verdad había tanto que ver.

—Esta ropa está hecha de tejidos del mundo mortal y el inframundo está diseñado para consumir la vida que fue en ese lugar, a fin de renovarla. Pero no te pasará nada, no solo porque yo estoy aquí para mantener tu bienestar, también sucede que todo lo que te pertenece te reconoce.— Natsuki señaló una preciosa luz que ascendía a los cielos, tenía destellos verdosos, aquel era el vórtice del renacimiento. —Aunque solía ser del doble de su tamaño, desprende esa tonalidad de luz porque estás aquí, podría decir que tus seres están felices de verte nuevamente.

—¿Mis seres?— La castaña observó la vastedad del inframundo, con las fosas que asemejan a un inmenso reloj desde lo alto, los castillos, el Isthagan, los paraísos… —Por favor, cambia nuestros atuendos, no quisiera terminar desnuda intempestivamente.

La pelinegra sonrió y conjugó su poder simultáneamente, eliminando la tela de sus indumentarias, a la par que creaba una vestimenta apropiada con un tejido mucho más resistente y precioso. —Hablo de todos los sobrenaturales que sirven a tus propósitos en el jardín de las lozanías.— Con sus manos todavía unidas, el monarca cristalino guió a su esposa a través del lugar con la esperanza de que disfrutara de la vista, como lo hizo alguna vez cuando arribaron al castillo de Fukka durante su compromiso.

—Incluso tú no me distingues de esa tal Zarabin.— Dijo con amargura después de un rato de silenciosa observación y caminata.

—Que tengas parte de su poder, no te hace idéntica a ella— Respondió Natsuki, acariciando el envés de su mano. —En mis ojos eres mejor que ella, aunque algo testaruda.— Sonrió divertidamente mientras la castaña fruncía el ceño y hacía un puchero, no muy a gusto con la crítica. —Para ser honesta, esa mujer no me cae en gracia. Estoy agradecida por ti… pero nada más.

—¿Qué?— Casi era difícil pensar que su mujer se viera por fuera como Derha, pero distaba enormemente de su pensamiento. —¿No está en tu estima? ¿Por qué?

—Zuru, ¿qué pensarías de mí… si para poner a prueba tu amor te pido caminar descalza a través de un jardín de espinas negras?— Suspiró, ni siquiera soportaría verla hacer tal cosa. —Incluso si lo hicieras… ¿Qué sentirías si habiendo superado más de la mitad de la prueba, ni siquiera entonces te evito un poco de dolor?

—Que no me amas en lo absoluto, sería tan solo una prueba del poder que tienes sobre mí.— Murmuró con certeza.

—Pienso de la misma forma y no veo amor en estas acciones. Zarabin puso a Nao en mi camino, solo por la curiosidad de saber si yo, como la esencia de Derha sentiría algo por ella. Una prueba que fallé debido a su enorme parecido con Ceret y puedo pensar que solo era una inseguridad manifestándose. La verdad es que no le importaron mis sentimientos o lo mucho que sufrí por eso. Me dejó a merced de mis enemigos y pude conocerte solo porque Mikoto reflexionó sobre esto. ¿Qué puedo pensar de alguien que me abandona a mi suerte cuando las cosas no resultan como quiere? La detesto porque no me trató como una igual, solo era algo con lo que jugar en el mundo mortal.

—Realmente suena despreciable.— Admitió Shizuru, pensando en el hecho de que no quería ser como ella, pero… ¿Qué tanto de Zarabin tenía en su interior? Recordaba con remordimiento el incidente de Satoru, sin mencionar el hecho de que no estaban bien como pareja, aunque para la mayoría parecieran un idilio andante.

Natsuki realmente había encontrado innumerables formas de evadir sus intentos de intimidad, no había podido tocarla más allá de unos besos y algún abrazo. ¿Era esta alguna clase de venganza interna por parte de Derha? No creía que Natsuki fuera alguien tan vengativa. La castaña estuvo distraída el resto del camino y no pudo disfrutar de la arquitectura, el arte o los artilugios nunca antes vistos. Admitió para sí misma, que esta circunstancia estaba comenzando a herir su orgullo y más que eso, su amor propio. No había reclamado, pues no tendría cara para hacerlo cuando ella misma despreció a Natsuki en el cuerpo de un hombre y realmente rechazó a la diosa incontables veces. ¿Cuál era entonces el camino para volver a la relación dulce y pasional que compartieron en Fukka?

—Bienvenidas.— La voz de Ceret atrajo la atención de las presentes. —Se ven magníficas.

Estaban en medio de un jardín con preciosas flores de múltiples tipos, arbustos pequeños y árboles tan variados cuyos frutos maduros se veían apetitosos. En un pequeño claro en el que el pasto era suave, había dispuesto una manta para hacer algo semejante a un pícnic y una cesta llena de manjares las aguardaba. Lo sorprendente de todo esto es que esta especie de invernadero era uno de los salones del inmenso castillo y tenía una iluminación en la que parecía que estuvieran al aire libre, incluso podía sentir la brisa. Shizuru caminó más allá de donde imaginaba que estaba el límite de la pared, pero se sorprendió de notar que este lugar simplemente no acababa.

—Es una dimensión de bucle variable… recrea una réplica exacta de algún lugar que puedas recordar o incluso imaginar. Fue una de las creaciones recientes de nuestra esposa.— Informó Ceret sirviendo los platos diligentemente al igual que el vino. Pero la mención del vínculo que las dos compartían con Natsuki, no cayó muy en gracia a la joven castaña. Shizuru se contuvo considerando el hecho de que no estarían aquí por nimiedades.

—Es increíble que puedas imaginar todas estas cosas y más impresionante aún, que puedas hacerlas realidad.— Murmuró Shizuru con una mirada llena de admiración por su esposa, tomando asiento en la manta roja y recibiendo los alimentos que le fueron ofrecidos.

La pelinegra tragó saliva aliviada. —No es todo mi mérito, esa persona tiene vastos conocimientos y estudió muchísimo para lograrlo.

—¿No te has integrado todavía?— Preguntó Ceret con una expresión preocupada, ya había limpiado toda la red neuronal y el animus corrupto de Susano-o, creía que ya debería haber mejorado.

—¿Qué significa integrar?— Cuestionó Shizuru con curiosidad.

—Bueno, en realidad, es como una asimilación integrada.— Ceret reflexionó sobre una forma de explicarlo con algo de simplicidad y unos instantes después sonrió suavemente. —Piensa en lo que has vivido Shizuru, cuando eras una niña pequeña, luego una jovencita impúber. Contrasta eso con el presente… no es como si cada una de ellas fuera una persona diferente dentro de ti, en tu interior lo aprecias como etapas de la vida y son parte de la mujer en la que te convertiste actualmente. Desde esa perspectiva estás correctamente integrada con tus recuerdos. Suponemos que una asimilación correcta es como en el caso de Shura con su vida mortal como Nina, ella no se siente una u otra persona, fueron solo momentos diferentes de su vida. Pero para Natsuki hay una clara separación, no piensa en su vida como diosa… como un estadio de la vida, lo que significa que ve a Derha como una persona aparte, una consciencia distinta y no parece importar que tenga esas memorias en su mente. Es… una disociación, sigue separada de su propio ser.

—¿Esto es malo?— Natsuki observó con preocupación a la pelirroja, cuyos ojos azules le devolvían la mirada.

—Diría que en el presente Natsuki Kruger es la mente predominante. Pero temo que la personalidad de la deidad que solías ser… se desvanezca por completo, difuminada por el tiempo.— Los ojos de Ceret se llenaron de cristalinos, dado que había amado a esa persona durante milenios y ahora, tal vez, jamás volvería a verla. Sabía que la joven Kruger era una variante nacida de la esencia de la diosa durante sus encarnaciones en el mundo mortal, pero tanto como Shizuru era diferente de Zarabin, Natsuki jamás sería igual a Derha y saben los dioses que las amaba a las dos, pero la ausencia de Derha también se sentía como una pérdida para ella.

"Tendrías que borrarme…" El recuerdo de las palabras de Derha, pesó en la consciencia de Shizuru una vez más y las memorias de la persona que había sido tanto gentil como cuidadosa con ella se llenaron de matices de tristeza. Desvió la mirada sin atreverse a mirar a la mujer frente a ella, porque irónicamente la comprendía mejor que muchas personas. Ella había vivido la ausencia de Natsuki durante los largos meses de su embarazo, pero Derha también había sido un bálsamo que la ayudó a soportar las dificultades y la idea de haber causado que su consciencia muriera, era horrible.

—Lo lamento… yo no quise hacerle algo como eso— Natsuki trataba de consolar a Ceret sosteniéndola entre sus brazos, pero la joven simplemente apoyó la cabeza en su hombro y desahogó su pena durante largos minutos.

Shizuru observó la interacción durante ese tiempo con silenciosa serenidad, notando que las suaves palmaditas de Natsuki aplacaban la pena de la joven pelirroja, pues lo hacía con la misma delicadeza que usaba cuando mecía a sus hijas. Veía a la chica de ojos marinos y hermoso rostro, sus lágrimas casi le dolían un poco, porque tenía cierto aire a su amada hermana Mai. ¿Qué sentía por Ceret? ¿La odiaba realmente? Si era lo suficientemente honesta consigo misma, no tenía verdaderas razones para sentir algo tan profundo como el odio. La disputa que Zarabin y ella tuvieran a causa de Derha, era una circunstancia ajena para ella, del mismo modo que consideró el hecho de que esta mujer le había salvado la vida a su amada, cuatro veces.

Sabía que la chica intentaría obtener el amor de Natsuki con esmero y temía que incluso ya el sentimiento existiera. No era tan inocente para pensar que su esposa se esmeraba tanto en dejar atrás su aversión al contacto con los pelirrojos, solo para poder darle un abrazo a una persona. Tendría que amar mucho a ese alguien para someterse a la fuente de sus miedos con tal empeño. El camino más fácil sería dejar ir a la persona, a todos los pelirrojos de cualquier modo. Pero ella había logrado abrazarla sin temblar o tal vez estaba tan preocupada que… pero entonces lo vio, las pequeñas vibraciones en la mano izquierda de su mujer, quien ya comenzaba a alcanzar su límite de tolerancia.

Shizuru se aclaró la garganta para ayudarle en medio de la circunstancia. —Si es posible, desearía conocer el motivo de esta reunión.— Dijo aquello considerando que un buen tiempo se había dado a la consolación.

Ceret le agradeció a Natsuki quien le tendió un pañuelo gentilmente, antes de apartarse y tomar una posición neutral en la manta, con la misma distancia entre las dos mujeres. La dama de la memoria secó su llanto y cualquier rastro de tristeza se evaporó como si jamás hubiese estado allí, pues era una de las bondades de ser una diosa con regeneración magnífica.

Portentosa, como Ceret era, le dirigió la mirada a la castaña. —Hace unas noches, mientras velaba por su seguridad en el palacio de los lirios, detecté la presencia del dios Oren, el dios de las pasiones y la lujuria. Oren es uno de los hermanos mayores de Zarabin y debido al incidente en la torre de arbitrio, él cree que tiene derecho a vengarse.— La dama suspiró. —Lamento decirlo, pero él saboteó cierta noche en la que sus pasiones se agitaron un poco. Oren esperaba que Natsuki tuviera acciones irreparables con Shizuru, dado que los hombres tienen más dificultad para retener sus deseos.

La hija de Tsukuyomi se tensó de inmediato y con esa vergonzosa circunstancia en su recuerdo, desvió la mirada más que incómoda. —¿Oren me tendió una trampa?

—Con polvos de Eros…— Aclaró la pelirroja, llena de conmiseración. —Fue especialmente difícil con Shizuru, por lo que ella pudo sentirse realmente confundida.

Shizuru frunció el ceño y entonces entendió por qué siquiera le permitió a la forma de un hombre tocarla. Se sentía tan mal por ello, que la distancia había crecido. —¿Por qué un dios se tomaría tantas molestias respecto a los asuntos de cama entre Natsuki y yo?

—Porque es una forma sencilla de vengarse de ella— Ceret señaló a Natsuki y la castaña se sorprendió de saber que estaba siendo usada por las fortunas para dañarla, era cuestionable que clase de familia tenía Zarabin. —Susano-o está obsesionado con Tsukuyomi y peor aún, arde en lujuria por Derha. Sus bajas pasiones salieron a relucir en la torre de arbitrio y con ello, Přistát su marido, se ha separado de él… poniendo en riesgo el nacimiento de Zarai. Nos culpan de la división que esto ha causado en su familia, en lugar de admitir las nefastas acciones del padre.

—¿Hay tanto cinismo? ¿Ahora sus hermanos quieren vengarse de mí? No es mi culpa que su padre sea un pervertido.— Se quejó la pelinegra, con el desagradable recuerdo de las cosas que Susano-o quiso hacerle a su forma masculina… era tan repulsivo.

—Argumenté lo mismo, pero sus oídos son sordos.— Ceret quien notó cierto temor y confusión en los ojos rojizos de la joven, se apresuró a aclarar. —Ellos… harán que tu destino vuelva a su flujo original y tu corazón se desvíe en la dirección inicialmente establecida. Su deseo es que tu amor esté en las manos de Altria Fendrak y que te conviertas en la emperatriz de Remulus. Con eso se romperá el corazón a Natsuki y su venganza se habrá completado.

La castaña, cuya mirada se centró en la mujer pelirroja, se llenó de contrariedad; vio los labios rojizos de Ceret moverse, pero de ellos solo escuchó sonidos inteligibles en un lenguaje extraño, llegaron a sus oídos. Miró a Natsuki cuyo rostro se llenó de angustia como si escuchara alguna noticia nefasta, su rostro hermoso y atormentado, ese iris esmeralda la miró con intensidad. —Elígeme, mi amor.

—No entiendo una palabra…— Explicó Shizuru tratando de mantener la calma. —¿Están usando otro lenguaje? Sus palabras son ruido para mis oídos.— La castaña lo dijo seriamente.

Ceret observó a Natsuki, quien abrió los ojos más que preocupada. —Dije que… mantengamos el destino que tendremos juntas, no te enamores de las Fendrak, por favor.

La dama de la memoria lo entendió de inmediato. —No pierdas el tiempo, lamentablemente Shizuru sigue atrapada en los hilos de las fortunas. Cada vez que intentes decirle algo, ellos distorsionarán nuestras palabras, incluso si lo escribimos serán letras inteligibles.— Le advirtió al primer pilar, quien asintió.

Natsuki sostuvo la mano de Shizuru y en ella depositó un suave beso. Entonces lo explicó con voz lamentable. —Lo siento, amor mío. Es algo que no está destinado a tus oídos… Es más de la interferencia de tus hermanos…— gruñó lo último por lo bajo.

—¿Por qué?

—Eres una mujer del mundo mortal y ustedes no son esposas en los términos de las leyes divinas. Entonces hay conocimientos que no pueden revelarse, porque está dentro de la potestad de otros dioses.— Aclaró Ceret con un tono gentil. —Lamento que no contemplé esta posibilidad.

La dama de iris rojizos sintió que todo esto era una pérdida de tiempo, si no podían decirle lo que tenían previsto, entonces deseaba volver a casa con sus bebés. Pero este era solo un pensamiento que escondía su verdadera impotencia, porque había una clara razón por la cual su unión con Natsuki estaba incompleta. —Si esto es todo, entonces… quiero volver a casa.

—Aún hay algo que debes saber. Sé bien que me ves, Shizuru D'Kruger. Pero no nos conocemos demasiado, así que es lo primero por remediar…— Sonrió y expuso sus ideas posando su mano elegantemente sobre su pecho. —Yo soy Ceret hija de Amaterasu y Ateşi, segunda princesa de la dimensión solar. Soy la memoria de todos los seres en todos los mundos, pues mi divinidad me permite almacenar los recuerdos y además crear ilusiones. Fui escogida para unirme a Derha como esposa y posteriormente habitamos en el inframundo como la tríada de pilares. Soy el tercer pilar, quien debe borrar las memorias de las almas mortales para que al reencarnar, puedan iniciar sus vidas desde cero, cada vez como una primera vez.— Informada su posición, se apresuró a abordar el siguiente punto. —Luego existe el segundo Pilar, Zarabin… su divinidad alimenta el vórtice en la cima de la montaña y gracias a ella las almas pueden renacer. Como habrás podido notar, también tiene la capacidad de crear almas, tú misma eres una excelsa obra suya…

Shizuru frunció el ceño. —Comprendo el valor de esta información, pero no entiendo que es lo que esperan de mí, yo… yo no soy esa persona.

—Lo sabemos.— Se apresuró a decir Natsuki. —Pero la verdad es que como pilares debemos decidir nuestras acciones futuras sobre el destino del inframundo y por ende, el de la humanidad misma. Sin embargo, Ceret y yo hemos concluido que respetaremos tu voluntad sin importar lo que pase.

—¿Respetar mi voluntad? ¿Sobre qué decisión estamos hablando?— Los latidos del corazón de Shizuru se aceleraron instantáneamente, pues no parecía una cuestión superflua.

—Deseamos saber si quieres vivir una vida mortal como cualquier ser humano o si quieres convertirte en el segundo pilar del inframundo y gobernar junto a nosotras era tras era.— Murmuró Ceret planteando las alternativas.

—¿Qué dices? ¿Quieren que tome el lugar de Zarabin? ¿No creen que ella se enfadaría en cuanto sepa que fue reemplazada?

—Zuru…— La voz de Natsuki atrajo la mirada angustiada de su esposa. —Dime tu genuino deseo y yo lo protegeré cada día.

—Mi vida es corta, comparada con la tuya… seré un suspiro en la inmensidad, apenas segundos en tu reloj.— Shizuru tragó saliva y negó con la cabeza. —No quiero ser tan poco. Pero elegir ese camino sin saber a lo que me enfrentaré es… dejarlo a la suerte.

—En realidad, eres todo lo que queda de ella.— Musitó Natsuki bajando un poco la mirada con una expresión avergonzada. —Ya no queda ni una gota de su espíritu, en el cuerpo de la diosa que fue.

—¿Estás diciendo que Zarabin murió?— Abrió los ojos con horror, porque entendía la importancia de esta deidad, sin ella la humanidad perecería y jamás volverían a nacer nuevas almas.

—Es más complejo que eso.— Acotó Ceret. —Mientras el cuerpo, la divinidad y la esencia de un dios existan, el dios existe. Pero están separados actualmente, lo que es la cosa más cercana a la muerte…

—¿Separados?— La idea de que Zarabin estuviera desmembrada en algún lugar, la hizo palidecer. —¿Qué pasó con ella?

—Su cuerpo yace en un féretro gélido en los palacios de la dimensión de los océanos y su divinidad duerme en él, mientras que el vórtice manifiesta una parte, en este su conexión se perderá con el paso del tiempo.— explicó Natsuki tratando de resolver las dudas de su amada castaña. —Pero el vórtice seguramente subsistirá 1000 años más.

Ceret consideró que aunque deseaban evitar que demasiado de Zarabin alterarse a la esencia de Shizuru, era justo que ella supiera exactamente a lo que se enfrentaría. —Si quieres saber, entonces puedo dejar que veas la existencia de Zarabin sin asimilar sus recuerdos. ¿Lo quieres de ese modo para decidir?

—¿Eso le hará daño?— Preguntó Natsuki con la mirada llena de preocupación.

—Todo… es perspectiva, su perspectiva.— Ceret señaló a Shizuru con su palma. —Lo que es para nosotras, no tiene por qué ser igual para ella. Pero no puedo anticipar cómo reaccionaría al ver la vida de Zarabin, por eso debemos dejar que ella lo decida.

—Quiero saber…— Dijo la joven de mirar escarlata sin un atisbo de duda en su voz, porque en realidad tenía tantas preguntas.

—Erisdel— murmuró Ceret con una voz de arrullo y la fiel guardiana de ojos heterocromáticos apareció a su lado con la conocida máscara de un felino, la cual retiró de su rostro para mirar a su señora directamente.

La leal sirviente se postró frente a Shizuru mientras los iris esmeraldas la miraban con sentimientos difíciles de explicar. Erisdel fingió no saber y presentó él obsequió de Ceret en sus manos, era una caja plateada preciosamente adornada que abrió a la vista de los iris rojizos. El objeto llamó la atención de las presentes mientras el tesoro le era ofrecido a la joven mortal, con el aspecto de un catalejo hecho de un metal precioso y joyas salpicadas como gotas entre los intrincados sellos tallados por la mano de la dama de la memoria. —Es un visor selectivo de memorias, llamémosle, caleidoscopio. Con ello podrás ver los recuerdos de Zarabin y resolver tus inquietudes sin asimilarlos. No hay porque apresurarse en decidir y ahora tú misma podrás hacerte un juicio de las cosas. Te recomiendo usarlo al dormir, así no perderás tiempo precioso del día que normalmente ocupas en tu amada familia.

Shizuru tomó el obsequio en sus manos e inclinó su cabeza como una muestra de su gratitud. —Lo atesoraré.— Miró a la mujer y nuevamente la extraña sensación de su cuidado entibió su corazón, pero algo en su interior intentaba recordarle que eran rivales y que ella querría tener a su esposa para ella también. —Gracias, Ceret— dijo aquello tragando amargamente, porque se sentía mal odiar a alguien que demostraba su protección.

—Es un placer ayudar.— Respondió la dama de mirada marina aproximándose para mostrarle el funcionamiento del artilugio. Ceret tomó la mano de Shizuru y la guió sobre la vara del caleidoscopio, acomodando cada falange en un punto específico. —Debes posar tus dedos aquí y dejar que tu animus fluya.

Shizuru obedeció a la pelirroja y su poder fluyó con una tonalidad dorada, entremezclada con hilos rojos. —¿Así?— cuestionó con duda en su voz y algo de nerviosismo, por el suave tacto de los dedos de Ceret cuya concentración estaba puesta en sus manos unidas, mientras la diosa guiaba.

Antes de que pudiera oír nada, sintió que su consciencia se desprendía de su cuerpo y atravesó dimensiones hasta llegar a un lugar que era un palacio cuyas paredes de platino, estaban llenas de fractales, bucles perfectos e infinitos que cambiaban hasta formar imágenes de momentos. Cada memoria era un vitral líquido cambiando ante sus ojos. —Si eliges alguna memoria, solo debes tocarla y te transportarás a ese instante.

Los ojos de Shizuru estaban puestos en las diversas imágenes de los momentos de la vida de Zarabin, había tanto por ver y era tan difícil decidir. —¿Cómo puedo saber exactamente lo que estoy buscando? Hay tantas opciones, que tardaría una eternidad solamente en escoger.

—Puedes pensar en lo que deseas, hacer una pregunta… o extender la mano y ellas vendrán a ti— Dijo Ceret todavía sosteniendo a Shizuru para traerla pronto a la realidad. —Esto se adapta más a ti y dado que tu afinidad con Zarabin es tan alta, puedes sumergirte con más facilidad. Se trata de confiar en ti misma y solicitar.— La deidad le explicó, durante lo que parecieron horas, cada una de las posibilidades que el caleidoscopio podría ofrecerle, todos los mecanismos y variantes.

Shizuru observó a la mujer pelirroja con toda su atención durante aquel tiempo, cada vez más confusa acerca de la dama de la memoria. Su primer encuentro aún permanecía vivido en su recuerdo como una rival desagradable, después la consideró un mal necesario y a medida que la observó se dio cuenta de que era alguien con una personalidad diáfana, amable y hasta considerada. —No te entiendo, Ceret.

—Déjame reformular, ¿exactamente que no entendiste?— La de ojos azules se acarició la barbilla, considerando que pudo ser difícil o demasiado complejo, imaginando que el caleidoscopio que diseñó cuidadosamente debería simplificarse.

—Creí que me odiabas.— Pero Shizuru ciertamente había entendido todo lo relacionado con el artilugio. —Me refiero a que, cuando nos conocimos, parecías realmente detestar mi existencia, pero ahora incluso eres considerada y gentil. ¿Por qué?— Tan radical cambio en verdad confundía a Shizuru, porque tenía una naturaleza cuidadosa en cuanto a quienes les permitiría entrar en su círculo cercano, puesto que tenía muchos tesoros amados a los cuales proteger y Ceret era alguien demasiado confusa para ser evaluada correctamente.

La intensa mirada marina se posó sobre el rubí líquido de los iris de la castaña. —Al principio creí que eras una herramienta de Zarabin con un propósito desleal, creí que jugabas su juego voluntariamente, luego supuse que te usó como un canal para acceder a Derha y hacer su voluntad sin preguntarle a nadie. Me dolió profundamente que te usara porque tomó ventaja de las circunstancias… y además causó un enorme daño a Natsuki descuidadamente.— Admitió la pelirroja. —No confiaba en ti, debido a Zarabin. Pero al observar con más detenimiento y reflexionar, pude entender que fuiste quién serías con tus acciones, tan honestas como es posible… y no eres como ella. No sería justo mantener prejuicios contigo, por acciones que tú realmente no has cometido. Además, puedo ver que tu amor por ella es… genuino. Jamás la habrías hecho padecer tanto si en tus manos hubiese estado.

—Yo no intento lastimar a mi Natsuki, de hecho, verla sufrir es más doloroso que recibir heridas en mi propia carne.— dijo Shizuru con una expresión firme.

—Exactamente.— La sonrisa cálida de Ceret casi iluminó el lugar. —Es algo que me agrada de ti, tu amor es bastante intenso y magnético, lo considero algo muy lindo de ver.

Un sonrojo llenó las mejillas de la joven, pero se obligó a concentrarse y lo hizo aclarándose la garganta. —Pero, ¿estás enamorada de mi Natsuki?

—Sin duda.— Dijo Ceret con toda naturalidad. —Es tierna y dulce, valiente. También es bastante hermosa en muchos aspectos, es simplemente encantadora. Aunque ahora ella está realmente lastimada y no puedo acercarme demasiado.

—No sé cómo sentirme sobre eso.— Shizuru realmente volvió a sentirse confundida, esta mujer acababa de corroborar su peor preocupación, pero estaba loca… porque ni siquiera se sintió molesta por ello. —Aunque era obvio, tus cuidados son abundantes, eres su esposa, después de todo.— No pudo evitar desviar la mirada dolida.

—¿Tienes miedo de mí por eso?— cuestionó Ceret con un tono un poco más serio. —¿Crees que vine a robarte algo?

—¡Yo no temo!— Respondió como si alguien hubiera picado sus costillas. —Además, Natsuki no es un objeto, como para ser robada.— Shizuru sabía que era difícil para ella no sentirla como suya, pero reducirla solo a una cosa para poseer tampoco hablaría bien de su forma de amar.

—¿Entonces porque estás enfadada conmigo?— Ceret usó un tono suave, esta era una oportunidad dorada.

—Es… es que… es como si yo fuera la amante y yo no soy esa clase de persona. No puedo conciliar el hecho de que ella es una diosa y que ha vivido, no sé cuánto tiempo— su rostro reflejaba estas contradictorias emociones. —Con una vida antes de nuestra vida, contigo existiendo y amándola mucho antes…

—Veo la dignidad y el valor de una mujer maravillosa frente a mí.— murmuró la deidad pelirroja. —Yo te considero una esposa y te doy todo mi respeto por ello. Me agradas mucho, Shizuru— Era extraño que esas palabras la reconfortaran, más Ceret no se detuvo en ellas. —Pero sabes perfectamente que yo también soy una digna esposa y una mujer que ama.— hubo silencio durante unos momentos, hasta que Shizuru asintió comprendiendo que la dama de la memoria estaba siendo transparente. Entonces Ceret tomó su mano nuevamente y le mencionó como desactivar el Caleidoscopio para concluir. —Cuando quieras salir, entonces… piensa en despertar.

Con solo pensar en la palabra, Shizuru fue llevada de vuelta a su cuerpo y cuando abrió los ojos, las tibias manos de Ceret aún la sostenían. Natsuki miraba con el mismo desprecio a Erisdel, como si tuviera alguna deuda silenciosa. ¿Pasaron solo segundos? El tenue asentimiento de la pelirroja le dio a saber que así era. Hubo cierta ausencia cuando el contacto se perdió y la mirada amable de la dama se alejó, mientras le daba órdenes a Erisdel para evitar que Natsuki continuara asesinándola con la mirada. Así la joven guardiana se marchó del mismo modo en el que vino inicialmente.

—¿Esa joven te hizo algo?— Shizuru cuestionó a su esposa.

Natsuki negó con la cabeza, no era una ofensa a ella directamente, más bien a Derha. —Sus fantasías, me destrozan el pensamiento.— desvió la mirada realmente avergonzada, porque… ¿Realmente eran celos lo que sentía en ese momento? No se explicaba el porqué, solo sentía la sangre hirviendo al pensar en los genuinos deseos de aquella mujer, aquellos en los que Ceret era la protagonista.

Ceret, quien entendía perfectamente a qué se refería la pelinegra, no pudo evitar reírse. —¿Te sientes amenazada?— bromeó con un tono divertido, sintiendo enternecerse por ello.

Le aterraba, casi como siempre, no ser suficiente. Natsuki negó con la cabeza, aunque su expresión era tan transparente para ellas, realmente odiaba un poco a Erisdel. Shizuru abrió los ojos, más que molesta, porque si lo entendía bien, su mujer estaba sintiendo algo por la deidad y sería fácilmente correspondida por Ceret, quien no daría un paso atrás. —¿Entonces no sientes nada por Ceret?— quiso zanjar el asunto.

Aquella pregunta arrinconó los pensamientos de la pelinegra, quien miró a Ceret a los ojos poco antes de volver la vista sobre Shizuru y su evidente disgusto. Cada segundo de silencio era como clavar las puntillas de su ataúd, o así lo sintió y supo que no había una respuesta con la que pudiera salir airosa de esta situación. Una negación heriría a Ceret y una afirmación le haría bastante daño a Shizuru. Su corazón comenzó a latir cada vez más rápido, sus dedos se aferraron a la tela mientras las palabras pasaban vertiginosamente por su mente, sin encontrar algo que fuera correcto decir.

—Antes de que la sangre corra, aún hay algo que necesito decir…— interrumpió Ceret, antes de que una disputa tuviera lugar. —Necesito un tiempo a solas con mi esposa para hablar de algo sumamente importante.

—Pese a mi gratitud, yo encuentro difícil cumplir su solicitud. Señora de la memoria.— murmuró Shizuru, mirando a la dama directamente, al final ¿solo serían rivales?

Ceret devolvió el gesto con firmeza. —Quiero ser gentil con tus sentimientos, querida Shizuru. Porque al verte me miro a mí misma hace milenios, conozco la fragilidad que se filtra a través de tus ojos y no quisiera hacerte daño, pero tienes la terquedad de la juventud contigo y me lamento por eso.— No había más que afecto en ese rostro que Shizuru miraba sin comprender, porque no sabía de una razón por la cual Ceret dijera estas cosas. Pero entendió todavía menos, cuando le tendió la mano a Natsuki para que caminaran lejos de la manta y de la castaña. —Yo misma ya he cedido bastante por esa razón y no renunciaré a este momento por compasión, ni daré un paso atrás…

Natsuki tomó la mano de la deidad, caminaron y ya estando relativamente apartadas, la pelirroja se detuvo. —¿Ceret?— Natsuki soltó la mano y miró con curiosidad a la diosa frente a ella. —¿Qué quieres decirme?

—No me apartaré cuando mi amor vive en mí y se ha materializado en una vida preciosa que ahora se guarda en mi vientre.— Las manos de la deidad se posaron sobre su indumentaria a la altura correcta, allí donde la vida nace y crece. —Mi amor,— dirigió estas palabras sobre Natsuki quien la miraba con incredulidad. —Vamos a ser madres, nuestro bebé espera por ti.— Aclaró, si es que acaso la pelinegra no hubiera entendido del todo sus afirmaciones.

Todos los momentos, junto a esta mujer maravillosa, golpearon en su cabeza, en la vida que fue desde la perspectiva de una diosa milenaria, de las veces que se quedó a su lado y sostuvo su mano, incluso cuando era la única parte de ella con la que soportaba tocarse. Los iris esmeraldas miraron a la mujer con un sentido diferente cuando sus brillantes ojos azules destellaban con una hermosura inconmensurable y su preciosa sonrisa le daba aire a sus pulmones. Sus labios temblaron, sus ojos se llenaron de lágrimas, como si su mente no pudiera distinguir las desbordantes emociones que la embargaban, sabiendo que Ceret vivía en su corazón y no tuvo el valor para afirmarlo momentos atrás. Pero ella de todos modos le daba la mejor noticia del mundo… sus pasos la llevaron más cerca de ella y sus brazos la envolvieron en un abrazo protector; con la mano derecha estrechó cuidadosamente su cintura, mientras los dedos de su mano izquierda se enredaban en los cabellos rojos, así hundió su rostro en su cuello, agradeciendo una y otra vez por un presente tan invaluable que no esperaba. Allá en el fondo de su ser, donde una voz retumbaba y el intenso amor que habitaba, se magnificaba… se separó lentamente de ella, volvió a verla a los ojos que eran como el más profundo mar.

Miró en el rostro que estaba tan cerca, notando cada precioso rasgo, la reminiscencia magnética de su afecto, de las veces que fue suya y la tibia mirada llena de amor de Ceret. Aunque la voz no salió, intentó hablar, pero solo sus labios se movieron mimetizando las palabras: 'te amo'. En medio de tal efervescencia, Ceret finalmente no pudo contener sus emociones, la abrazó por el cuello y le plantó un beso. La odiosa y larga espera que la había llenado de anhelos, se desbordó cuando se abrió paso en los labios de su amante, bebiendo ambrosía de la boca de la madre de su bebé amada.

Ceret sintió el flujo de la energía de su esposa, arremolinándose, sin la respuesta a su beso, que fue realmente unilateral, se apartó un poco. El terror y el asco en la cara de Natsuki podía leerse a leguas de distancia. La deidad no pudo evitar sentirse desencantada, pues sus esmeros ni siquiera la habían puesto un poco más cerca de la tolerabilidad. —¿Acaso te he perdido irremediablemente?— preguntó finalmente con la desesperanza que la había asolado cada día.

Natsuki que no sabía cómo enfrentar tantos sentimientos y pensamientos, intentó negar con la cabeza, pero entonces vio la expresión lastimada de Shizuru y la felicidad se apagó, siendo reemplazada por el miedo. Volvió a mirar a Ceret, a quien su silencio lloroso comenzaba a inquietar, como si las convulsiones en sus manos pudieran pasar desapercibidas. —No se pierde, lo que es inmaterial e insignificante.— Musitó refiriéndose a sí misma y esas palabras fueron mucho más hirientes para Ceret. —Soy indigna en todo caso.

El tercer pilar consideró que la mayor barrera entre ellas, no era el trauma o la repulsión que Natsuki sentía ante el contacto, era su realmente baja autopercepción. —A veces me pregunto cómo puedes amar a alguien, si no conoces la compasión o el amor por ti misma.

—Me esmeraré por componer mi fracturado ser.— La reverenció intentando no mostrar más debilidad para ser una madre más digna y tratando de resarcir su comportamiento, intentó sostener la mano de Ceret, pero su aversión fue más fuerte y su mano se quedó a mitad de su camino, sujetando la nada. Natsuki era incapaz de mantener a raya su animus, o su descontrolado temblor.

Interpretando aquellas palabras como una cruel ironía, Ceret tragó saliva y consideró que no tenía que maltratarse a sí misma en ese momento. —No dije esto para obligarte, solo quería compartir mi felicidad contigo, pero… lo que queda entre tú y yo no es suficiente para mi corazón, así que está bien. Te libero de todo esto, ve al mundo mortal y vive la vida a su lado. Y no temas, ya mantuve el inframundo un milenio con mi propia sangre, es algo que puedo hacer por un tiempo más…— Sus ojos se llenaron de lágrimas y decidió alejarse hacia la puerta para marcharse de la habitación, entendiendo que ahora mismo, esta sería una etapa de su vida que tendría que vivir en soledad.

Natsuki se arrodilló en el suelo, desde esta posición lamentable miró la espalda de Ceret, quien se alejaba con elegante dignidad. Estaba claro que ella se amaba lo suficiente para saber que su presencia le estaba haciendo daño y no estaba dispuesta a transmitir este sentimiento a su hija no nata, pero no se movió ni un milímetro. "¡No la dejes ir!" Gritó la voz en su cabeza, pero sus ojos, en cambio, miraron a Shizuru. Ella, a su vez, la observaba con lo que podría considerarse una enorme decepción. ¿Acababa de recibir el beso de Ceret frente a ella?

La desesperación nubló todos sus pensamientos, quería correr tras Ceret, detenerla y poder demostrar su verdadera dicha ante la noticia, expresar su amor por ella sin tener que temer. Pero, ¿cómo evitaría herir con esto a Shizuru? No quería perder el hogar que ya tenía con sus pequeñas estrellas y su amada castaña, cuando la fragilidad de su relación era notoria a simple vista. Cerró los ojos, recordó cuando oyó tan maravillosa noticia la última vez, estando bajo el yugo del Conde; su espíritu fue destruido y la incertidumbre vino sobre ella con su rigor, el filo de la muerte que la acechó, pero las fibras de sus nervios se quemaron tanto como para no funcionar bien ahora mismo. Tenía muchas valiosas razones, pero el inframundo estaba en juego y ¿si algo malo le pasara a Ceret? La idea pesaba insoportablemente en su conciencia… Sin saber cómo afrontarlo, consideró su última salida.

¿Acaso ella no la eliminaría de inmediato?

Se sumió en un abismo que ya conocía, casi incapaz de ver la más mínima luz, buscando en las sombras sin encontrarla. Entonces deseó, desde el fondo de su corazón, volver al olvido, al vacío donde cada fibra de su ser estaba anestesiada, cuando solo era un recuerdo atrapado en una botella sin este dolor, existiendo sobre todas las cosas. Se sumergió incluso más profundamente hasta que finalmente la encontró… se ahogaba en un espeso y oscuro alquitrán que la cubría casi por completo, entonces le extendió la mano, llenándose de la misma sustancia dispuesta a tomar su lugar.

Casi cuando llegaba a la puerta, un escalofrío recorrió la espalda de la deidad de la memoria, cuando un mal presentimiento se alojó en su costado. Se volvió a mirar al primer pilar, cuya mirada parecía perdida en un rostro sin emociones, salvo por los hilos de llanto que descendían por sus mejillas como ríos. Su figura estaba tan quieta como una estatua, por lo que era evidente que ni siquiera estaba consciente mientras la flama azul la rodeaba sin que las gemas obsequiadas por Amaterasu y Tsukuyomi pudieran absorber tanto poder. Ceret pudo notar que su cuerpo desprende vacío para mantenerla a salvo y con ello comenzó a eliminar fragmentos de la realidad, junto a los tejidos de su ropa, el suelo y todo lo que la rodeaba. Eso la asustó, incluso más cuando notó que Shizuru se apresuraba a llegar a su lado, omitiendo el vacío que su ser externaba y que podría eliminarla en un instante.

Ceret quien ya había experimentado una crisis de este calibre, viajó a través de la luz tan rápido como pudo. Lo hizo, casi instintivamente, en el momento exacto en el que la acumulación de energía fue tal, que los iris de Natsuki fueron opacados por la intensa luz que manaba de ellos. La deidad atrapó a Shizuru en sus brazos antes de que la energía la alcanzará como una onda expansiva que fracturó la dimensión en aquella habitación y creó un escudo de energía pura para protegerse.

Sintiendo la fuerza de un impulso que las tiró lejos, las dos mujeres cayeron al suelo varios metros más lejos. Shizuru mantuvo los ojos cerrados debido a la abrumadora luminosidad, pero entonces el dolor del golpe se sintió y no pudo evitar gemir por las magulladuras. Abrió los párpados bajo las pestañas tupidas y sus iris de rubí líquido se encontraron con la vista del rostro de Ceret a unos escasos centímetros del suyo, mirándola con profunda preocupación. Pestañeo para enfocar correctamente como si la imagen previa fuera realmente una equivocación, pero ella realmente estaba allí. Shizuru era incapaz de levantarse, aunque el cuerpo femenino que tenía encima la disuadió de moverse y se sintió realmente avergonzada por las formas que sentía en los lugares cuyos cuerpos se rozaban, aunque se esmeró en identificar qué era exactamente lo que le dolía para evadir esta extraña situación.

La deidad se levantó por la fuerza de sus propios brazos y tomó asiento a un lado de la joven mortal. —¿Estás gravemente herida?— Le preguntó al ver que no se levantaba y tenía la ropa un tanto descuidada, por no mencionar algunos raspones.

La castaña desvió la mirada con un ardor en las mejillas y se irguió lo mejor que pudo, hasta quedar en igualdad con Ceret. —Estoy bien— susurró, aunque la mano puesta en su costado dijera lo contrario. —¿Qué hay de ti? ¿Están bien tú y el bebé?— No es que la castaña no hubiera entendido lo que pasaba, después de todo la caricia de las manos de Ceret sobre su vientre fue realmente diciente.

—Es hija de Derha, Natsuki jamás me ha tocado.— La pelirroja aclaró, para atenuar el enfado de la chica cuya expresión de celos le parecía adorable.

—¿Entonces porque la besaste?— Intentó no sonar demasiado resentida, pero eso sí que le había dolido, porque había bajado la guardia con Ceret.

—Porque mis sentimientos me desbordaron, me he contenido cada minuto a su lado…— Suspiró con una amarga sonrisa. —Y casi olvidé que me aborrece.

—No te aborrece.— La voz serena y grave a su espalda llamó la atención de las dos.

El monarca cristalino caminaba tranquilamente en dirección de las dos mujeres, su cuerpo ligeramente expuesto tras la tela desgarraba, delataba el cuerpo andrógeno como un mecanismo de defensa ante las amenazas exteriores y que, para la ocasión, resultó ser el canal por el que la deidad original pudo salir a la luz. Derha levantó la mano y reconstruyó todo lo que su álter ego había arruinado, reparando las grietas en la habitación y los destrozos, como si estos jamás hubieran ocurrido. Su ropa fue la siguiente cosa que tejió sobre su piel, asegurándose de usar algo más acorde a sus gustos.

El cristal nocturno se arrodilló frente a las jóvenes y con un halo de luz restauró la salud de Shizuru, a quien las costillas dejaron de dolerle. Las miradas casi picaban en el rostro hermoso que las dos damas contemplaban por motivos diferentes…

—¿Derha?— Ceret fue la primera en preguntar con un hilo de voz.

La sonrisa del aludido no se hizo esperar. —¿Sí? Ceri…— Derha tragó saliva y acarició la mejilla de la dama pelirroja. —Siento los tibios destellos de nuestro bebé viniendo de ti. ¿Realmente soy tan afortunado?— secó cada cristal que brotó de los ojos marinos y finalmente depositó sus labios para darle a su esposa un beso en condiciones.

—Shizuru…— La voz de Natsuki llamó desde la espalda de la castaña. —Ese no… no soy yo.

Pero la joven de Tsu no necesitaba tales aclaraciones, ella misma tenía ojos e instintos para notar las diferencias, por no mencionar la desbordante pasión con la que Derha se apropiaba de los labios de Ceret y que, en algún punto, le hizo sentir envidia. Se aclaró la garganta y miró de soslayo a Natsuki, asegurándose de ir a su encuentro. —¿Estás bien?— Preguntó, recibiendo un pequeño asentimiento, se acomodó el cabello y recogió de las manos de la pelinegra, el Caleidoscopio que Ceret le había obsequiado.

—Estar en tu mente, es un infierno… Kruger.— confesó Derha, sosteniendo la mano de su esposa, de la que prefería no separarse ni un instante a partir de ese momento. —Si no supiera que recluirme dentro de ti, fue algo involuntario… ya te habría borrado de la faz de la tierra.

—Si es que puedes…— refutó Natsuki con una expresión un poco sombría.

—¿Qué dijiste?— El monarca cristalino no se esperaba tanto valor, pero le agradó.

—Asumes que puedes vencerme, lo das por sentado. Pero la cuestión es… si yo hubiera querido borrarte de la existencia, habría empezado por desvanecerte dentro de mi mente.— Su voz, aunque monótona y cansada, no exponía alarde alguna, pero aquella amenaza parecía muy real. —Te sentí más cerca cuanto más me aproximé a Ceret… y acepté que reparara mi red de memoria para que te mantuvieras con vida, dentro de mí.

Derha no se permitió ceder a su enojo y miró a su contraparte con disgusto, pero sabía que eso era verdad, por lo que habló tranquilamente. —Es obvio que emergería. Amo a mi esposa, me arrastré en el fango para sentirla cada vez.— La mano de Ceret sujetó un poco más fuerte y su calidez apagó cualquier llama de enojo. La deidad comprendió que aquella simple alma mortal encontró el modo de separarlas cuando sus voluntades fueron completamente opuestas, dado que el animus oscuro de Susano-o, ocultó las genuinas intenciones y el conjuro que lanzó sobre ella durante el ataque. Su consciencia había sido arrastrada al inconsciente de esta persona, un lugar derruido, por decir lo menos.

—Fue difícil encontrar la forma, de eso no cabe la menor duda— añadió Kruger, por si aún tuviera dudas.

Derha pensó que Susano-o había sido mucho más cruel de lo que imaginaba y la idea de haber sido tocado por él realmente le revolvía el estómago. —Entonces dime, ¿cuál es el propósito de esto?— Ella misma no pensaba que estos fueran actos de bondad, sin razón alguna, porque Natsuki pudo ser dueña de todo al final de los días.

—La guerra con la dimensión de los mares está en ciernes, tenemos esposas a las que cuidar, hijas muy pequeñas por las cuales velar y una bebé en camino que debemos proteger.— Natsuki señaló a Ceret a quien también quería salvaguardar con todas sus fuerzas, incluso si evitara mostrarlo en su rostro para no afectar más a Shizuru. —Necesitamos estar en dos lugares al mismo tiempo y ser capaces de decidir autónomamente. Si conoces una solución mejor, soy toda oídos.

Derha reflexionó sobre las circunstancias, la resiliencia que tenía esta persona le sorprendía, porque incluso había usado el sello de Susano-o a su favor. La perspectiva de todas las cosas que conocía cambiaron estando atrapada en ese lugar y aunque realmente fue como vivir en una pesadilla, sabía que ya no sentiría esa carga en sus hombros. Eso no significaba que la persona frente a ella fuera libre, sus tormentos eran tan profundos como las raíces de un árbol milenario… ahora mismo, realmente sentía pena por Kruger. —Estoy agradecida por tus esfuerzos, Natsuki.— La deidad la reverenció, dejando a un lado su orgullo, después se irguió nuevamente y levantó su mano, para estrechar la de su álterego, a fin de consolidar la paz entre las dos. —No confiaría en nadie más que tú para cuidar de Tsukira, Erin y Shizuru.

Pero en cuanto sus manos se rozaron, los dedos de Natsuki comenzaron a desvanecerse como si fuera absorbida por la deidad original, por lo que Derha la soltó tan rápido como le fue posible. —Ya veo, mantengamos las distancias…— El primer pilar, miró la mano de su contraparte, la cual volvió a su estado normal, pero Natsuki pareció debilitarse mientras ella se fortalecía. —Somos un solo ser, si ocupamos el mismo espacio, entonces esto habrá acabado.— Concluyó mirando con cierta preocupación a la joven.

—En ese caso sería asimilada por ti.— admitió, habiendo percibido como su energía fue drenada con tan poco. Es por esta razón, que traer a la diosa fuera del sello de Susano-o, era considerado un último recurso y tampoco sabía si funcionaría en primer lugar.

—No desaparezcas… porque no puedo reemplazarte— Musitó Derha mirando de soslayo a cierta castaña, con la misma añoranza que lo hizo la última vez que la vio. —Ve a casa con nuestras bebés, porque cuando tus brazos las sostengan, mi inmenso amor estará con ellas. Aunque, yo realmente ansío verlas en persona…

—Así será.— Afirmó preparándose para viajar con Shizuru al palacio de los Lirios, sin embargo, esta última soltó su mano y se aproximó a la deidad del inframundo.

—Me alegro de que realmente no fueras… borrada— Musitó Shizuru desviando la mirada incómodamente, porque esa idea la había atormentado. —Gracias al cuidado que nos diste, mis hijas nacieron correctamente, son saludables y hermosas.

—Como su preciosa mamá, sin duda.— Derha ladeo su rostro y se aproximó con su andar característico, que derrochaba elegancia y seguridad. —¿Me extrañaste?— La sonrisa que el primer pilar le dedicó era sin lugar a dudas cautivadora y ella realmente no supo cómo reaccionar, salvo mirar apenada a Ceret, quien le sonreía divertida por los aprietos en los que Derha la estaba poniendo. —Porque, yo realmente… lo hice.— La voz hechizante se escuchó en su oído y distrajo los pensamientos de Shizuru quien sintió las suaves manos sostener su barbilla. —Le digo a mi corazón que no lata tan rápido cuando me veo reflejada en tus ojos, pero no puedo evitarlo, si tienes a tu Natsuki… ¿No puedes tenerme a mí también?— La forma en la que la miraba era tan profunda, porque la deidad realmente había mantenido su consciencia, con la esperanza de verlas nuevamente.

No era la única cuyo corazón se agitaba, qué brillantes esmeraldas eran aquellas… pero Shizuru mantuvo la compostura y se apartó. —Te lo he dicho ya, mi amor está con mi esposa. No confundas mi gratitud.— Dijo, aunque no tan convincentemente.

Derha sonrió sin sentirse herida, pues percibió que la misma pasión se agitaba en el interior de las dos. —Eso no significa que yo… dejaré de amarte alguna vez— Tomó cortésmente el envés de la mano de la querida castaña y lo besó devotamente, notando el tenue temblor de su cuerpo anhelante y la sed en sus labios ligeramente abiertos. Se alegró de saber que no le era indiferente y que sus palabras eran aquello a lo que se aferraba para no ceder. La deidad sonrió porque no todo había sido en vano, pero presionarla más sería un verdadero desatino, aún peor cuando Natsuki la miraba con ganas de matarla. —Gracias por la vida de nuestras hijas y tu gentil cuidado.— Dijo con la mano sobre su pecho, dispuesta a prometer el cielo y la tierra a la joven. —Siempre me tendrás y vendré a tu lado en cuanto pronuncies mi nombre.— La miró con la inmensidad de sus sentimientos que no temía mostrar ni un poco. —Aunque por ahora tendré que soportar que solo ella pueda acercarse a ti.— Bromeó sobre lo último sin dejar de mirar a su álter ego, temiendo que Natsuki realmente no pueda corresponder los deseos de su mujer y que esto, sea una debilidad que otros puedan explotar.

Vieron a las dos mujeres marcharse viajando a través de la luz y consideraron disfrutar del tiempo con el placer de su mutua compañía. Recordaron el pícnic abandonado del que las invitadas realmente no pudieron disfrutar debido a las conversaciones tensas que tuvieron lugar. Derha tomó asiento, acomodó la cesta cerca y luego palmeó sus muslos, invitando a Ceret para que tomara asiento en medio. La dama de la memoria se sonrojó un poco por la propuesta, pues conocía las intenciones de su amado, quién era demasiado travieso algunas veces. Hizo lo que él le solicitó, sentándose entre sus piernas, apoyando la espalda en su torso y pronto estuvo envuelta por sus fuertes brazos. Comieron bocados en apacible silencio, tomaron algunas bebidas y ella pudo tener la suficiente serenidad como para sentir un poco de sueño. Se abandonó a la sensación, dejando atrás todos sus agobios y al menos por unas horas pudo descansar a sus anchas mientras su amado la cuidaba con una mirada contemplativa.

Horas más tarde, sintió la tibia respiración de su cristal nocturno en el cuello y las caricias de sus manos en su vientre, donde los hilos dorados proliferaron en la punta de sus dedos, alimentando a su hija en el interior de la madre. —Papá te ama, preciosa luz del cielo…— Susurraba acariciando la piel una y otra vez mientras tarareaba una canción que era con un arrullo incluso más tranquilizante.

Abrió sus ojos marinos con una sonrisa, aún resguardada por el pecho de Derha, quien le sonrió depositando un beso en su hombro. —Casi no puedo creer este momento, Ceri. Los días que pasaron sentí tu presencia en medio de las sombras, pero no era suficiente para llegar a ti. Te he extrañado cada instante y pensé que no te vería nunca más, pero aquí estás… en mis brazos, entonces desearía no soltarte jamás.— Depositó un casto beso en la coronilla de la dama.

—El mundo perdió algunos de sus colores con tu ausencia, incluso si pasó tanto tiempo de tu castigo… esta vez, fue peor. Estaba sola, intentando ser más fuerte por nuestra bebé y mantuve la esperanza, a pesar del repudio que Natsuki mostró.

—¿Te hizo daño?— Se tensó pensando en todas las veces que sintió asco y en cómo eso pudo lastimar los sentimientos de su esposa.

—Mentiría si dijera que no, pero me consolaba su gentileza, su persistencia y la forma en la que me miraba, era tan cálida cuando no se plagaba de miedo. Era lindo cuando estaba consciente de que yo no soy esa mala mujer. Para ser honesta, creo que no te había visto en un estado tan vulnerable jamás.— Ceret acarició las piernas de Derha, transmitiendo su tranquilidad recién recuperada.

Derha sujetó la mano en la que el brazalete de su unión reposaba y acarició el envés con sus dedos. —¿Natsuki Kruger ha robado a mi esposa?— Incluso si su voz sonaba como una pequeña broma, saben los dioses que contuvo la respiración y lleno de nervios, sintió alguna presión desagradable en su estómago. —Parece un buen partido…— añadió con una pizca de acidez en su voz.

—No seas cruel, cariño. Lo que le pasó… es realmente la peor cosa.

Un breve temblor y la pelinegra pareció perdida en sus pensamientos. —Sin duda.

—¿Derha? ¿Cariño?— Ceret se preocupó y se dio vuelta, poniendo sus manos en el pecho de su esposa, notando que tenía los ojos llenos de escozor.

—¿Sí?— Se aclaró la garganta y se apresuró a recuperar la compostura. —¿Quieres algo, tienes un antojo? Dime lo que sea y yo lo traeré para ti.— Mostró todo su interés en complacer lo que quisiese. Luego acarició la mano en su pecho y con delicadeza movió un mechón del cabello rojizo detrás de su oreja.

—Gracias, pero… no tengo hambre, creo que aún es pronto para que nuestra hija decida mi dieta.— Se rió un poco e incluso su corazón se sintió más lleno de amor, pero… Derha no hablaba en serio sobre Natsuki, ¿o sí?

—¿Entonces quieres ir a nuestros aposentos?— Dijo con voz apacible, queriendo que recuperaran sus fuerzas correctamente. —Parecías terriblemente agotada hace un momento, de hecho yo también siento una enorme fatiga.

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Templo de Elfir

Las hadas revoloteaban junto a la figura dormida de la deidad y el vial vacío en la mesa, exponía la calidad de la situación que acontecía, con los recuerdos de la vida mortal de la diosa, ocupando su lugar en la memoria de Elfir. A su lado, Mashiro aguardaba pacientemente velando por el bienestar de su adorada y sus dedos acariciaron su lozano rostro antes de acomodar uno de los mechones castaños que había escapado a la moña de su peinado, en el que la corona Cefirita hecha por completo de Zafiro se adornaba. Era imposible cansarse de mirarla, o eso pensaba Mashiro… su corazón que latía rápido por motivo de una sonrisa suya, también encontraba paz en su tranquila expresión dormida, pero ahora mismo estaba un poco tensa porque no sabía el efecto que las memorias de Arika tendrían. Su mente, que a veces era como una vieja enemiga, le recordaba vívidamente el hecho de que tal vez Elfir menospreciaría su valor a causa de los eventos ocurridos en el pasado.

—Es como verse en un espejo…— La voz de Ceret, atrajo la mirada curiosa de la Duquesa, quien inclinó suavemente su cabeza con reverencia.

—Mashiro D'Solaris, eres la esposa de Elfir… quien es la cuarta princesa de la dimensión Solar. Debes empezar a considerarte como un ser importante y tenerte un poco más de confianza, dado que fuiste elegida por una diosa y no una de bajo estatus. Si bien el valor dado por las otras personas no debe ser el único factor para definir nuestro autoconcepto, omitir la apreciación favorable de la persona que amas, es un desatino— La voz suave de la divinidad intentaba tranquilizar a la joven, pues la compasión llenaba sus ojos marinos. —Tal vez no lo sepas, pero la posición de primera esposa es algo realmente relevante dentro de las jerarquías divinas. Y ninguna de nosotras se atrevería a exigir alguna reverencia de las esposas que fueron escogidas amorosamente por nuestras hermanas para ser sus iguales.

—He actuado así por mi fe. No hace demasiado tiempo era una persona que iba a los templos a hacer sus oraciones… por lo que ponerme en una situación semejante a la de un Dios no es una cuestión a la que esté acostumbrada.— Un profundo suspiro escapó de los labios de Mashiro. —Procuraré atender su consejo en las siguientes ocasiones, es solo que es difícil pensar de esa manera siendo una humana.

—Lo entiendo y conozco los motivos que te hacen temer— Ante la extraña sorpresa de Mashiro, Ceret sonrió. —Soy la diosa de la memoria, ¿lo olvidas?

La albina se sonrojó por este absurdo olvido, pero la expresión comprensiva de la deidad le trajo tranquilidad. Para ella era extraño tratar con la que hasta hace poco tiempo era una escasa familia para Arika Sayers, pero que para Elfir parecía ser una enorme cantidad de parientes cercanos.

Mashiro observó nuevamente a su esposa y la miró con adoración profunda, también volvió la vista sobre la pequeña cuna que tenía a unos cuantos pasos de la silla y en ella la pequeña Rena, dormía apaciblemente. Ellas son la razón de su existencia y el motivo para superar cualquier obstáculo cada día, sabiendo que al anochecer dormirá en los brazos de su amor y tendrá a su hija a su lado, cualquier percance parece insignificante. El cisne no tuvo tiempo ni siquiera para prepararse, cuando los párpados de la deidad se movieron ligeramente y después se abrieron esplendorosamente dando paso a los maravillosos iris celestes que rememoran los cielos despejados y el firmamento estrellado con los pequeños puntos blancos que asemejan a las estrellas.

La dama de iris aguamarina tragó saliva, mientras Elfir cubría su rostro con la mano derecha y enterraba los dedos de su mano izquierda sobre su costado, en el lugar exacto donde el Orphan la empaló. La experiencia de la muerte es una cuestión más que traumática, por lo que Ceret se mantuvo cerca y acarició su espalda, moviendo recuerdos más amables a la mente de su hermana, con la esperanza de que tal cosa no dejase demasiada huella. —Gracias.— Murmuró la castaña después de un prolongado silencio. —Ya lo he asimilado todo.

—Para ser honesta, comenzaba a pensar que no te interesaba obtener tus recuerdos.

—Tienes razón, no me interesaba. Pero quería resolver una inquietud, realmente me costaba creer que hubiera sido Arika Sayers…— La dama del viento realmente lo habría evitado de ser posible, pero al final la duda fue más intensa y persistente, hasta carcomerla por dentro. —Pero resulta que es verdad.— añadió sin ninguna felicidad por ello.

Cada segundo de espera fue infinito para Mashiro, pero mantuvo la calma y esperó lo mejor. —¿Entonces ya lo recuerdas? ¿Estás bien?

—Lo estaré…— La deidad asintió con la cabeza y se puso de pie, caminando hacia la cuna de la bebé, en la que acarició suavemente su tierna carita. —Ceri… ¿Crees que si le pido algo a nuestra madre, ella me ayude?

—Es muy posible, ¿qué quieres pedirle?— La curiosidad de la pelirroja se hizo evidente, porque nadie en este momento sabría qué pasaba por la mente de Elfir.

—Quiero que elimine los genes de Ren Sayers, del cuerpo de mi querida Rena.— Murmuró con voz parca y el ceño fruncido.

Ceret, quien no podía creer el tren del pensamiento de la deidad, miró con cierta preocupación a la pareja, así que decidió usar un guante de seda en sus palabras. —Iré a hablar con mamá, mientras tanto podrías acordar los detalles con tu esposa.— Sonrió suavemente y viajó a través de la luz.

En cuanto estuvieron a solas, Mashiro observó detenidamente a la deidad que se apresuraba a sostener en sus brazos a Rena y la mecía suavemente, pero había cierta vehemencia en el acto. —Elfir… ¿Por qué dijiste algo como eso?— Refutó contrariada. —¿A qué te refieres con genes? ¿Qué planeas hacer con nuestra hija?

—No quiero que reciba desprecios de ninguna clase. Nadie se atrevería a insultarla con mi sangre y apellido en ella.— Suspiró profundamente, porque ella sabía lo que ser una hija ilegítima era, siempre tratada como un ser inferior, casi como un ser humano de segunda categoría, ni de broma permitiría que su Rena fuera tratada tan desagradablemente. —Tampoco quiero que la sangre de la familia Sayers, manche a un ser tan puro e inocente.

La albina no lograba entender qué era todo aquello que inquietaba a Elfir o porque recordar su vida humana la había trastornado de esta manera, dado que no quería separarse de la niña y Shinzo comenzaba inquietarse, por lo que le hizo un ademán para que saliera de la habitación. —¿Estás consciente de que tú perteneciste a esa familia?

—Exactamente por eso, conozco al padre que fue un traidor innombrable y al hermano que fue un cobarde como pocos. Sé del árbol genealógico, de cada enfermedad y padecimiento. No dejaré que mi niña preciosa sufra nada de eso, ningún patrón de la mente turbia o de la débil carne.

—Cielo, sé que odias a algunos de ellos por lo que pasó, pero… ¿Realmente es este el trasfondo de tus acciones?—Acarició los brazos de la castaña con sus manos y notó el tenue temblor de su cuerpo. —¿Esto no le hará daño a Rena?— Preguntó tentativamente con una voz conciliadora, solo porque Elfir no parecía estar bien en ese momento.

—No, claro que no… jamás le haría daño.— Defendió su postura. —Por eso se lo pediré a mi madre, ella creó cada fibra de mi ser perfectamente y podrá reemplazar la cadena vital de Ren. Entonces mi hija no moriría en menos de un siglo, ni enfermará gravemente, ni las espadas ni las flechas de este mundo podrán herirla.

—¿No haces esto por… desdén a su padre biológico?— La voz de Mashiro tembló, porque no podría tolerar que su esposa rechazara a su hija por ello o condicionara su ser debido al odio que pudiera sentir por Ren. —No quiero que traslades el desprecio que sientes por él o por mí, sobre ella.

—¿Desprecio por él o por ti?— Elfir frunció el ceño más que confundida. —Sé que Ren fue un cobarde, pero mucho de su débil carácter se forjó con Rento. Sentí decepción por él, pero para ser honesta… yo le sugerí escapar de la capital en cuanto tuviera la oportunidad. Era mi hermano y aunque fue un idiota en algunas cosas, no lo odié.— Aclaró con una voz conciliadora, la realidad es que lo envidiaba. —Mashiro…— Se acercó mientras sostenía a Rena con su brazo izquierdo y con su mano derecha acarició la mejilla nívea. —¿Por qué piensas que te desprecio? ¿Hice algo que te hiciera pensarlo?

La albina disfrutó la caricia y sujetó la mano en su mejilla con afecto perenne. Luego tragó saliva y murmuró sus temores. —Alguna vez, pudo serte muy desagradable la circunstancia que dio origen al embarazo, el que yo surtiera mis deberes contractuales.

—Puedo entender que era tu deber.— Sonrió apenada por hacerle dudar, debido a eso. —Mashiro, aun después de entregarnos… yo estaba pensando en seguir la voluntad de los gobernantes. Puede parecer absurdo, que incluso en mi vida inmortal no actuaría diferente de ti, que eres muy joven.— Claro que la entendía, casi comete el mismo error, pero ella tenía siglos de vida que el Cisne no. Unió su frente a la de Mashiro y sintió la tibieza del pequeño cuerpo entre las dos, cuyos bellos sonidos eran música para sus oídos. —No puedo lamentar nada que haya hecho que Rena exista en este mundo.— Confesó, dando un pequeño beso a la cabeza de la niña, sin dejar de mirar en los ojos de su querida esposa. —Me disculpo si alguna vez, en el pasado, sintiéndome inferior y despreciada, te hice algún mal… sé que fue debido a la crianza de Rento y Kana. Pero ahora mismo, los Sayers no significan nada para mí.— El iris zafiro estaba lleno de conmiseración en cada mirada. —Si lo veo con perspectiva, creo que fue mucho peor para ti que para mí. Pienso que temes sobre un desprecio que yo no tengo para ti, solo porque tú misma te desprecias. Creo que fuiste la primera en hacerte daño sin entenderlo de inmediato. Pero escúchame, mi dulce cisne, nada de lo que pasó te quitó valor… no para mí. No te amé menos ni un instante…

Los labios de Mashiro temblaron y contuvo un sollozo en su garganta, mientras las lágrimas inundaban sus ojos marinos. Había llevado el peso de la culpa como si fuera del tamaño del mundo en su pecho y era la primera vez que alguien, nada menos que Elfir, comprendía sus sentimientos. Ser juzgada era algo a lo que se había acostumbrado, porque la mayoría preferían decir una infinidad de historias y suponer cualquier cosa, que ponerse en sus zapatos alguna vez. Nadie conocía mejor que ella sus falencias y nadie había llevado con ella el peso de sus errores, como si alguien demasiado joven fuera tan sabio para ver más allá de sus circunstancias. Esperaban que alguien que no ha recibido amor pudiera considerarse experta en distinguir los matices… y no saber que amaba le costó demasiado. —Jamás quise hacerte daño y me sentí encadenada a un matrimonio con alguien más. Yo no quería arrastrarte hacia abajo. Lo siento tanto, mi vida… realmente lo lamento, mi todo.

—Mashiro, mi amor… te tengo y eso es todo lo que me importa. ¿Alguna vez pensaste que si estaba dispuesta a ser una amante era porque sabía que fuiste atada del mismo modo en que yo lo sería después? Incluso no era libre cuando se me dio la oportunidad de desposarme con De'Zire. Tu padre me dio a escoger entre Agnus, Kanto o Zire, ¿realmente podría elegir? Solo había una elección con la que al menos mi naturaleza sería respetada y bueno, realmente tuve una suerte inesperada con ella.— Elfir no se negó esta verdad que ahora era tan clara como el día. —Siendo Arika, sabía que en este mundo, ser una mujer, implicaba no tener voz o voluntad propia. Prefería ser algo de ti… que ser nada y someterme a las vicisitudes del matrimonio que me esperaba en la soledad absoluta. — Tragó saliva. —Pero me sentía terrible, porque creía que Ren te amaba. Lo envidiaba por tenerte… pero ahora sé que él no te amaría nunca con la intensidad que yo lo haría y sé que no fue siquiera discreto. Él solo quería todo lo que te rodeaba y yo lo habría dado todo por tenerte a ti sin nada.

—Yo… yo no lo sabía. Pensaba que te humillaría…

—No tenerte, era peor.— Admitió, rozando suavemente sus labios en un casto beso, y manteniéndolas cerca en un suave abrazo. —Acabo de sentir la muerte en mi carne y sé lo frágil que es la vida. Sé que enloquecería si algo malo le pasara a Rena o… a ti.— Ahora eran los iris del cielo que se llenaban de cristalinos, sin dejar de acariciar a la bebé en sus brazos que se había quedado dormida. —Lamento no haberte protegido, Nagi te hizo daño debido a mi debilidad… tú te intercambiaste por el antídoto y al final ni siquiera fui capaz de mantener la vida que protegiste.

—Yo también daría mi vida por ti, sin dudarlo.— Confesó limpiando las lágrimas de Elfir, con pequeños besos. —Fuiste tú quien me liberó y no hablo solo de esa noche cuando pude vengarme de Nagi. Hablo de que rompiste mis esquemas y despertaste mi propia conciencia, las ataduras que me inculcaron desde pequeña las deshice en tu nombre. Por ti me atreví a divorciarme, algo que ninguna reina había podido hacer por sí misma. Finalmente, pensé en lo que yo quería y aunque inicialmente creía que ya no existías en este mundo, me di valor para preferir a nuestra hija sin que me importara el trono. Ahora sé lo que es más importante para mí y jamás lo habría sabido de no ser por ti.

—Es por eso que eres digna de mi hija, Mashiro D'Solaris— La voz de Amaterasu se escuchó a unos cuantos pasos, dado que la deidad había arribado rápidamente en cuanto Ceret le informó que Elfir solicitaba la ayuda de su madre.

—Madre…— Elfir inclinó la cabeza y Mashiro reverenció correctamente a la primera gobernante. —Gracias por acudir en mi auxilio.

—Pequeño viento, siempre me tendrás.— Dijo la pelinegra con una sonrisa maternal y ante tal cosa la castaña se sonrojó. —Dime, ¿cómo puedo ayudarte?

—Si mi esposa está de acuerdo, quiero erradicar la mortalidad del cuerpo de mi hija. Por favor, elimina la cadena de la vida de Ren Sayers y…— Elfir dudó y miró a Mashiro con súplica, tendiendo su mano. —Si no quieres que la mitad de mí exista en Rena, está bien… pero al menos deja que mi madre fortalezca su cuerpo.

—Mi cielo… no es algo que yo no desee, en realidad sería como un sueño. Pero temía que lo hicieras por otras razones.— Mashiro sonrió y sostuvo la mano de su amada. —Sería un honor.

—Si lo entiendo bien, ¿quieres que reemplace la cadena vital de Ren Sayers por la tuya en el cuerpo de Rena? ¿Es así hija mía?— Una mirada de los ojos dorados sobre Elfir y la misma asintió con seguridad. —¿Estás de acuerdo Mashiro? Te aseguro que mi nieta no sentirá ningún malestar, pero siempre puedes negarte. Como madre también comprendo que los hijos son amados y apreciados, tal cual son.

Las palabras de Amaterasu llenaron de calidez los corazones de las dos mujeres, mientras que Ceret sonreía, porque este tiempo había sido valioso y útil para que las dos resolvieran sus inquietudes. Las memorias de Arika Sayers, solo había fortalecido el sentimiento, porque finalmente Elfir podía conocer el origen de su amor por Mashiro tal cual era, con las cosas buenas y las que no lo fueron tanto.

—Estoy completamente segura, su excelentísima gracia. Por favor, proceda.

Elfir mantuvo a Rena en sus brazos y se acostó en la cama, posando a la bebé sobre su pecho. Rena se removió ligeramente molesta por ver interrumpida su siesta, pero tan pronto sintió el pecho conocido de su otra mamá, se acomodó y continuó durmiendo. Tal vista enterneció el corazón de Amaterasu que creó un sello sagrado de intrincado e incalculable poder, extendiéndolo sobre Elfir y la bebita. Inmediatamente, el tesoro que dio vida a la segunda espada emergió de su pecho junto a una centena de hilos dorados que eran flujos de sangre divina. Amaterasu extrajo un fragmento del tesoro que correspondía a una gema de la preciosa lanza del cielo azul y luego atrajo un pequeñísimo hilo rojo de la barriguita de la bebé, quien dormía apaciblemente.

La diosa del Sol, comenzó a unificar y fusionar el hilo escarlata con el trazo dorado de su hija, eliminando betas de un color rojizo oscuro, hasta que toda la cadena vital de la niña estaba perfectamente complementada por los genes de Elfir y Mashiro. Al final, Amaterasu posó la joya en la pequeña espalda de Rena y el tesoro fue absorbido por la niña, que brilló con un aura azulada preciosa envolviéndola.

Mashiro quien observó todo casi sin pestañear, suspiró de alivio cuando Amaterasu le informó que el proceso estaba completo. La niña había estado tan tranquila que bostezaba y abría sus párpados adormilada. Su melena plateada brillaba más intensamente y una especie de fulgor azul nacía de su pequeño cuerpo, es como si ella fuera un pequeño sol celeste. Elfir sonrió y acarició de nuevo a su hija, notando las plumas de sus nacientes alas en la espalda, pero de color plateado. —Mira este querubín, mi hermoso cisne…

La duquesa Kruger, notó que su hija de alguna manera evocaba una majestuosidad mayor y sus ojitos azules que la miraban, ahora tenía pequeños puntos estrellados de color blanco que sin duda le recordaban incluso más a los ojos de Elfir. Su bebé no había cambiado demasiado, dado que de por sí ya era parecida a su castaña amada y a ella misma, pero con aquellas pequeñas alas en su espalda, genuinamente volaría por los cielos junto a su madre en un futuro no tan lejano. La sensible alegría se llenó de lágrimas, tan llenas de sentimiento y felicidad pura.

—A partir de este día, nadie podrá negar este lazo. Elfir, ahora Rena Solaris tiene tu sangre y la de Mashiro corriendo por sus venas.— Sentenció con orgullo Amaterasu, observando a su tercera nieta con alegría.

—No hay gratitud tan grande como la mía, madre…— La deidad del viento entregó a la pequeña en los brazos de su mamá, para que esta la sintiera y pudiera corroborar que todo estaba perfectamente con ella.

—Es mi alegría hacer que nuestra familia sea más numerosa— Sonrió la luz de los días, pero la dama no era tonta. —Eres perspicaz hija mía y sé lo que piensas.

La castaña, que oyó claramente el tono de esa voz mientras miraba a su esposa dando besos a su hija, no negó sus intenciones. —Nadie podrá decir que no es mía, madre. Ni siquiera los dioses… nunca la humillarán por no tener mi sangre, porque a partir de este día la tiene… y las fortunas, ya jamás podrán importunarla.

—En este punto ningún examen sacro de paternidad dirá nada diferente, por lo que puede promulgarse en el templo sin preocuparnos de nada más.— La dama de ojos dorados sonrió y le dijo a Elfir aquello que pensaba. —Eres más madre de esta niña que aquel que puso un poco de sí, diste la vida por ella cariño, así que no puedo ver quién merece más un vínculo tan especial.

La sonrisa del grupo se desvaneció cuando al ponerse de pie, la palidez llenó la faz de la deidad del viento y una tos repentina la atacó, de su boca brotaron pétalos de cerezo que inundaron el suelo, junto a las gotas doradas de su sangre. Elfir los había estado conteniendo cada segundo desde que recuperó la memoria, pero cuanto más habló de ese pasado en el que se prometió con De'Zire, más difícil fue… y cuando pensó en la vida que no fue a su lado, más profundamente se clavaron las espinas. Los ojos de Amaterasu contemplaron las plantas con espanto y se apresuró a mantener en pie a su hija.

Con su fuego solar quemó la tela a la altura del costado izquierdo de Elfir y en la piel desnuda, vio las ramas torcidas que marcaban su piel, austeras y marchitas, cuyos pétalos morían lentamente. —Fuiste rechazada por la princesa remusiana, ¿por qué te atreverías a intentar desposarla?

Mashiro quien sabía el trasfondo de los acontecimientos y había detectado el padecimiento de su esposa tan pronto la vio en Remus, ya había tenido una larga conversación con la castaña, quien era incapaz de mentirle. Pero temía que Elfir fuera castigada incluso más severamente cuando ya padecía esta horrible maldición. La joven madre tomó asiento en una silla y con un pequeño velo cubrió a su bebita comenzando a amamantarla, dado que si la señora del sol le preguntaba… posiblemente no sería capaz de mentir y al menos por ahora podría disimular un poco con la ayuda de Rena.

—Mi terquedad, madre.— Los ojos azules de Elfir miraron con súplica a Ceret para que no la delatara.

—¿Es así, señora de la memoria?— Amaterasu centró su atención en su hija mayor con un tono autoritario, sospechando que había algo más.

—Lo fue, madre. La dama de Remus fue enfática. En sus memorias puedo ver sus negativas constantes y la persistencia de mi hermana, quien no cesó sus intentos hasta errar los pasos irremediablemente.— Ceret dijo la verdad, aunque se abstuvo de mencionar las razones o la profundidad de las acciones de su hermana, con tal de que su madre no tome represalias. Según sabía Ceret, el padecimiento de Elfir era de los más dolorosos y el resultado final de este proceso era realmente lamentable, pero entendía por qué la joven del viento, violó las leyes de los dioses, no habría actuado diferente en su lugar.

Resignada, la señora del sol tomó asiento en la cama junto a su hija. —Elfir ni siquiera los primeros dioses pudieron forzar el amor, pues es un don que se da como si fuera un regalo, así que crearon la marca de la unión. Lamento no haberte explicado sobre este proceso, pero jamás pensé que intentarías obtener como esposa a la joven a pesar de su negación, no es propio de ti y en verdad, estoy decepcionada por lo que hiciste.— Suspiró con molestia, casi incrédula, de que su hija no respetará la voluntad de una mujer, era un tipo de conducta más que reprochable. Pero no imaginó que estuviera tan obsesionada con Zire. —Es imperioso que entiendas la gravedad de esto y sus consecuencias. Lo que tienes se llama: El florecimiento marchito… es una forma hermosa de hablar del amor no correspondido y de un castigo por el pecado de omitir la voluntad de la otra parte, con la cual has intentado forjar un pacto de unión, unilateralmente. El precio que pagarás por tal acción, no es otro que la pérdida lenta y dolorosa del sentimiento que te llevó a actuar tan irresponsablemente. Así las marcas que debían reflejar su unión, te torturarán…

—Lo entiendo y lo acepto, madre.— Aceptó el padecimiento con vergüenza y agachó la cabeza para mostrar su sinceridad.

Amaterasu negó con la cabeza, pues no era tan simple. —No es solo eso, cariño. La flor que nace en el sentimiento del corazón, enraizará materialmente en él y la flor que debió permanecer en tu cuerpo para dar frutos, ya no será… así que florecerá en los pulmones hasta el instante en que la primavera muera y con ella las flores perezcan. Cuando el último pétalo disponible en tu interior salga de ti, el sentimiento que le dio origen, finalmente desaparecerá. Podremos extraer la marca, pero será como si jamás la hubieses amado y no sentirás nada al verla, ni su voz o su presencia será especial… el amor se marchitará y el vacío quedará.

—¡No!— Elfir podía vivir con el malestar y pagar su culpa con honestidad, pero jamás imaginó que su sentir sería arrancado de su corazón… literalmente. —Yo no quiero dejar de sentir lo que siento por ella, incluso si no puede estar a mi lado.— Negó con la cabeza mientras cubría su costado con una mano. —Aún quiero verla ser feliz y que me sienta realmente contenta por ello, puedo soportar su apatía, pero saber que fue tanto para mí y luego nada… anticipa una enorme amargura en mi corazón.

Los iris dorados la miraron con conmiseración. —Mi niña, es por esto que está prohibido. No entiendo por qué hiciste lo que hiciste… realmente no creo que fuera solo por vanidad.— La forma en la que Elfir desvió la mirada, le dio a saber a la mujer mayor, que esto era mucho más complejo que lo que se veía a simple vista, por lo que investigaría. —Entiendo que no quieres decírmelo por alguna razón y tu hermana te apoya, así que es obvio cuán importante es para ti.— Amaterasu suspiró y tanto Ceret como Elfir se sonrojaron por ser descubiertas, pero el hecho de que no se les obligara a hablar era algo que apreciaban mucho. La señora del sol no quería ver sufrir a su hija, por lo que consideró resolver el asunto de inmediato. —Hay una solución. Hablaré con la emperatriz, por el desarrollo de la marca puedo ver que hubo suficiente intimidad y fue con mutuo placer, de modo que una aceptación de la dama sería suficiente.— Luego miró severamente a su hija. —Pero Elfir, esto será solamente para resolver la maldición, jamás podrás obligarla a cumplir con sus deberes de esposa, porque es claro que este será un matrimonio de conveniencia.

—Ya he sido más que impertinente para la princesa, si hay una negativa por su parte, aceptaré esta circunstancia con el resultado esperado.— Elfir suspiró con cierta resignación, porque ya había importunado suficiente a Zire y después de lo que pasó esa noche… era mejor que no volviera a molestarla.

—Así será. Solo quiero que comprendas que esta no es una cuestión de jerarquía, si alguna vez yo hiciera lo mismo que tú, padecería igualmente.— Cruzó sus brazos en su espalda mirando reflexivamente a la castaña. —Por ahora evita pensar en ella. No quisiera que sueltes el último pétalo antes de que pueda concertar el enlace.

Después de un rato en el que Amaterasu disfruto del tiempo con su familia y especialmente con Rena a quien le obsequió un precioso mameluco de algodón auriano y otros juguetes preciosos. La señora del sol se aproximó a Mashiro que veía embobada a los amores de su vida. La castaña estaba haciendo ejercicios de activación de las pequeñas alas y no cabía de la dicha al ver a su niña agitando aquellas plumitas plateadas, la llenaba de besos por cada movimiento exitoso. Las hadas revoloteaban y el júbilo llenó a todos en habitación cuando Rena pudo flotar un poco en el aire, con la plena protección de la dama del viento sobre ella.

Amaterasu más que dichosa de ver la felicidad de su pequeño viento, dado que las hijas de la espada habían tenido una infancia breve debido a las responsabilidades relacionadas con los Orphan, consideró que finalmente la vida le retribuía a su hija los inmensos sacrificios que hizo por el mundo mortal. —Creeme, ella aprendió a volar, antes que a caminar— Sonrió, estando de pie junto a Mashiro quien pudo imaginar a una castaña mucho más pequeña agitando sus pequeñas alas doradas y tal vez pudo sentir incluso más amor por ella. —Eres fuente de enorme felicidad para mi hija— añadió, llamando la atención del cisne. —No quiero que te rezagues o que el breve tiempo de tu vida humana se evapore entre nuestros dedos. No consentiré que mi Elfir sufra más por cosas que son evitables…— Los iris dorados contemplaron las aguamarinas de la joven albina. —Dime, Mashiro… ¿Estás dispuesta a vivir como una mujer inmortal para ser su esposa y amiga, por más que solo el tiempo de una vida humana?

Elfir llenó el espacio de suaves corrientes, para que su hija se moviera tranquilamente bajo su protectora mirada. Sin embargo, escuchó las palabras de su madre a través del viento y la miró de soslayo con incredulidad e ilusión en partes iguales. Pero se abstuvo de decir alguna palabra, porque esta era una decisión que solo le pertenecía a Mashiro.

—Creo que ya es hora de que le hagas honor a tu título de Cisne— Dijo Amaterasu exponiendo ante la joven duquesa un cristal iridiscente cuyo inmenso fulgor podía extenderse por la habitación y sobresalir por las ventanas. —Además, necesito que puedas alcanzar a mi nieta cuando vuele un poco más alto…— persuadió un poco más, sin saber que Mashiro estaba ensimismada, imaginando lo increíble que sería estar al nivel de la diosa a la que había desposado y poder vivir una vida más larga a su lado.

—Madre, ¿eso es lo que… creo que es?— Elfir cuestionó, pues aquel objeto podría fungir la misma función del tesoro en su cuerpo, salvo que éste se integraría en Mashiro como si fuera parte de ella.

—Lo es. Muchos dioses murieron durante la debacle y la revuelta, incluso aquellos que fueron juzgados y eliminados. Sus divinidades volvieron al origen y muchas de ellas existen en un estado primario a la espera de su siguiente portador. A través de este elemento eliminaremos la fragilidad del cuerpo humano de Mashiro, será tan fuerte e invulnerable como el de una deidad intermedia y la divinidad que le sea más afín se vinculará con ella. De este modo, ella será elevada a la calidad de diosa.

—Sería un honor inconmensurable, si Elfir me acepta para pasar a su lado más que solo esta vida humana, yo seré inmensamente feliz de recibir tal bendición.— Mashiro se postró ante la dama del sol y su esposa no tardó en seguirla.

—Mi agradecimiento no tiene fin, madre.— Musitó desde su postura humilde, porque ninguna joya o privilegio sería tan atesorado, como el hecho de que su madre aceptara y cuidara a su valiosa familia.

El orbe cristalino, de iridiscente color, fue tendido en las manos de Mashiro. La esfera flotó frente a su pecho y se fusionó en él, viviendo una experiencia similar a la que Rena pasó instantes atrás. Su cadena vital fue expuesta y Amaterasu modificó cada parte, eliminando los factores degenerativos, ampliando sus canales de animus, alterando la materia y la carne de la joven hasta que ya no quedó rastro de la frágil humanidad. Al finalizar su tarea, la joven de refulgente melena plateada cayó dormida sobre un cúmulo de nubes y el éter se hizo uno con ella, mientras una luz azulina llenaba todo su cuerpo.

Amaterasu sonrió ante la casualidad… qué peculiar era que esta divinidad viniera a ella. —Aithḗr… este será su nombre, cuando ascienda a las dimensiones superiores.— Elfir, que había visto todo con un dejo de ansiedad, respiró aliviada en cuanto notó que todo fue perfectamente realizado, postrándose un poco más ante su madre. —Al fin serás contenida, niña mía— el tono divertido de la solaris extrañó a la más joven, quien la miró sin entender. —Se le conoce como éter, es un elemento más puro y más brillante que el aire. Ella es la personificación de la luminosidad y el brillo azul de la bóveda celeste. Es un tipo de deidad del cielo superior y representación de la luz nacida de la oscuridad. Mashiro también será quien crea las nubes y provee la lluvia, así que cariño… no la enojes demasiado o podría haber sequías y un torrente incansable de fieles suplicando.

Al comprender lo que decía la dama de ojos dorados, un enorme sonrojo llenó sus mejillas. —¡Mamá!— Elfir se quejó, levantándose para encarar a su madre con un mohín en la cara.

—Ahora, en verdad, es una Néfele— murmuró Amaterasu, contemplando las alas de blanco perla que se habían formado en la espalda de la joven apaciblemente dormida. —Serán una hermosísima familia surcando los cielos de las dimensiones.

Elfir, quien había sentido el peso de la soledad durante un largo tiempo, casi no podía creer su buena suerte. —Madre, yo… ¿Realmente merezco todo esto? Nunca imaginé que podría tener tanto. ¿No cambiarás de idea en el futuro?

—Elfir, espero que entiendas que yo no necesito desposar a ninguna de mis hijas con fines políticos, si alguna vez consideraste esta idea— Mencionó la pelinegra dedicando una mirada significativa a su hija. —Recuerda que tu madre es el Sol sin el que una sola dimensión puede contener vida. Si tu padre, Susano-o… tiene algún problema con esto, un tiempo en las sombras lo hará reconsiderar.— Amaterasu sonrió volviendo la vista sobre su hija pelirroja. —Reflexiona, Derha se casó con Ceret por "política", pero claro que era obvio que tu hermana estaba enamorada.

—Madre…— Ceret se sonrojó mientras tenía en sus brazos a Rena para que no se fuera volando por la ventana mientras sus madres mostraban respeto, era una tía afortunada.

—Qué dices, hija mía, tu sentir por Derha era muy obvio y ella tampoco consentía que nadie te tocara un solo cabello. Era evidente lo que surgiría de eso…— Amaterasu observó el vientre de su hija consciente de la feliz espera. —Estoy orgullosa de ti, cariño. ¿Ya has pensado en que nombre van a ponerle?

Ceret se sonrojó, pero eligió responder raudamente. —Derha y yo… decidimos llamarla, Celani.

—Que traduce paraíso del cielo.— Añadió Amaterasu con una maravillosa sonrisa en sus labios. Pronto un largo y amoroso abrazo tuvo lugar entre la madre y la hija, quienes podían disfrutar plenamente de ese valioso momento. Las felicitaciones no se hicieron esperar, Elfir se unió al abrazo con alegría, mientras que Rena, sin saber el motivo de tanta dicha, tan solo se chupaba los dedos y hacía hermosos sonidos de bebé.

—Cuéntanoslo todo,— solicitó Elfir, muriendo de curiosidad por saber todos los detalles sobre su futura sobrina. Ceret no pudo más que relatar acerca del día en el que ella y Derha acordaron embarazarse poco antes de la rebelión en los palacios de la luna.

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La mansión Velieris.

El sonido de los cascos de los caballos llenaba el ambiente bullicioso de la capital, mientras el escuadrón recorría las callejuelas empedradas, hasta llegar a la zona de alojamiento de las castas nobles. Allí, de entre las propiedades más exquisitas en los alrededores, se abrió el lustroso portón de la mansión de un magnate acaudalado, dando paso a los corceles que se movían nerviosamente, como si presintiera las emociones de sus caballistas. Pasaron unos segundos más de galope atravesando el jardín, cuando la cuadrilla se detuvo frente a la puerta principal y de ella desmontaron figuras de lustrosas armaduras, conocidos como los cuatro jinetes.

La primera y quien fue más veloz en llegar a la puerta resultó ser Erstin, a quien el mayordomo le daba la bienvenida, como ama y señora de aquella morada. —Joven ama, sea bienvenida. ¿Desea que preparemos el baño para que pueda asearse correctamente?— murmuró al ver los rastros recientes de lo que seguramente fue alguna ardua batalla contra los Orphan de algún poblado lejano.

—Gracias Enric. Prepara aposentos adecuados para los caballeros y lugares de privilegio para mis estimados amigos; espero que los sirvientes estén atentos a sus necesidades. Lo de ponerme presentable será después, recibí la carta… ¿Qué pasó con Saya?— Erstin retiró el yelmo de su cabeza, entregándoselo a su amable sirviente. Si había vuelto de inmediato, era por las palabras angustiosas que hablaban sobre una enfermedad extraña en la más pequeña de la familia, una que sí recordaba ella misma padeció siendo una niña.

—La infanta ha tenido una fiebre que los mejores médicos de la capital no han sabido tratar… se teme que su sobrina no sobreviva, y si acaso lo hace, podría no tener una vida plena al crecer.— La voz aunque inexpresiva del hombre, no escondía en su faz, la conmiseración que todos los sirvientes sentían.

La mayoría se habían encariñado con la familia de su nueva patrona, quien había heredado una enorme fortuna de la Duquesa Sirene a quien originalmente le pertenecía la propiedad y murió durante la noche oscura. Enric, que era un sirviente de confianza destinado a servir como la mano derecha de Nina Kuga Kruger, había velado por preservar la riqueza de su antigua señora para el bienestar de los actuales poseedores. Fiel a su palabra, se esmeraba en ser el mejor administrador, pues si la duquesa había previsto heredar todo a la joven rubia, aquello posiblemente se debió a su genuino amor. El mayordomo pensaba que los rumores sobre el libertinaje de la señorita Ho, eran exagerados, pues no la había visto relacionarse con nadie más que sus compañeros de la guardia de Fukka, que ahora eran militares de alto rango en la capital.

La expresión preocupada de Erstin se descompuso, incluso comenzó a llorar mientras se apresuraba a subir a la segunda planta, donde estaban las habitaciones de sus hermanos. Atravesó el pasillo dejando caer piezas de la armadura en el camino ante la mirada atónita de algunos de los sirvientes, mientras Enric que aparecía desde las escaleras les ordenaba recoger el estropicio con ademanes silenciosos de sus manos. La joven ama de la mansión Velieris giró el pomo de las puertas, hasta dar con el paradero de la habitación de Saya, se abrió la entrada y sus ojos buscaron en el interior, encontrándose con las miradas sorprendidas de los rubios miembros de su familia.

Erstin se había convertido en una capitana de la guardia del imperio y una heredera adinerada cuya riqueza supera por mucho la de algunas de las familias más prestigiosas de la corte. Si bien, ella no pudo heredar el título nobiliario de Sirene, puesto que sus nupcias jamás se llevaron a cabo, fue la palabra de la actual emperatriz más que suficiente para entregar materialmente la voluntad de la duquesa muerta. Las acciones se llevaron a cabo durante los primeros meses de la reconstrucción, ocasión que ella ocupó para acomodar a su familia confortable y seguramente en esta mansión con la ayuda de Enric, a través de cartas.

Los miembros de la familia Ho, llenaron sus ojos de lágrimas, pues los acontecimientos en Fukka habían sido conocidos por la voz de Taro, quien fue enviado a Tsu con ellos, debido a sus incapacitantes lesiones. Se había conocido de la muerte de Nina y de la pérdida de cordura de la joven, pero nadie pudo seguirle el paso o buscarla durante el caos de esos días, así que para los restantes miembros de la familia Ho, esta era la primera ocasión de verla desde su partida a Fukka para el rescate del Doncel de Hielo. A sus espaldas, las figuras de los otros jinetes se observaron silenciosas y vigilantes.

—¿Erstin?— Christoph fue el primero en susurrar el nombre, como si la niña de sus ojos no hubiera vuelto a su lado. El anciano notó que los rasgos de la infancia la habían abandonado finalmente y su mirada le parecía más que solo triste, bastante vacía. —Bienvenida a casa, pequeña.

—Gracias, abuelo…— murmuró en respuesta, sin tanta emoción. —Celebro mi retorno a casa.— mintió por cortesía.

Entonces la joven rubia sintió los brazos de Kyara rodear su cintura y las manos más pequeñas de su sobrino abrazar su pierna. La niña lloraba más que contenta de ver a su hermana mayor después de tanto tiempo y Minoru, hacía sendos esmeros para no sollozar, pues ya era un niño más grande que quería mostrarse fuerte ante su amada tía. La joven Ho bajó la mirada sobre los niños y sonrió un poco, los abrazó por lo que parecieron eternos momentos… Ellos eran la razón de mantener los lazos con la familia, pues no pueden pagar los inocentes las acciones menos honrosas de los mayores.

Después de un rato de charla con los niños, estos fueron llevados por la nana para recibir algunos alimentos de media mañana. Entonces Erstin pudo aproximarse a su cuñada, que sostenía en sus brazos a su pequeña sobrina incómoda y llorosa. Tocó la frente sintiendo la temperatura inusualmente alta, pese al paño húmedo que Maya había dispuesto en la cabeza de su bebé. Las ojeras delataban el agobio de la madre, mientras que Taro se mantenía distante con sombras en los ojos enrojecidos por el llanto que contenía, estaba tan frustrado como puede ser posible ante el nefasto diagnóstico del galeno.

—¿Saya realmente tiene fiebre cervena?— preguntó con voz desolada.

—La tiene…— confirmó Maya con la voz rota. —El doctor le dio la planta que enviaste, pero por ahora… no ha surtido el efecto deseado. Debemos esperar…

Erstin había viajado bastante lejos, pues apenas supo del mal que aquejaba a su pequeña sobrina, se abocó a la tarea de traer un remedio milagroso, siguiendo un viejo relato sobre una cura proveniente de una planta pantanosa bastante difícil de obtener. Aunque el sitio había sido invadido por las criaturas, con la ayuda de Alanis, Christine y Krauss despejaron la zona, buscaron durante la noche y recolectaron la planta, tan rápido como pudo lo remitió a través de un ave mensajera. Los siguientes días cabalgaron sin descanso para llegar, pero tal vez, la planta no sería suficiente.

—Ten Fe, mi señora. Aún es pronto para que la cura funcione… la niña es fuerte, tiene sangre fuerte.— Animó Krauss a la joven madre, mientras Alanis se alejaba por el pasillo a paso presuroso y Christine, ella habría deseado darle un abrazo confortable a Erstin, pero arriesgarse a recibir su desprecio o una maldición de la diosa del agua, contenía sus genuinos deseos.

La joven Rosth no entendía por qué su amiga se negaba a pedir la ayuda de aquella que es poseedora de la vida que fluye, ¿realmente sería tan terca como para dejar morir a la bebé sin agotar todas las opciones? Ya lo habían hecho a su manera y no funcionó, incapaz de permitir que las cosas continuaran por tan peligroso rumbo. Buscó el cuerpo de agua más grande de la propiedad Velieris, caminó hasta un lago cercano, una vez en la orilla, se arrodilló y comenzó a recitar las oraciones que conocía… esperanzada en la promesa que Shura les hizo aquel día. Así pasó una hora, sin que la joven perdiese la Fe o cesara sus rezos, incluso se atrevió a imbuir animus a su voz y con ello la presencia de una vieja amiga llenó el espacio.

—Alanis… vaya, tal parece que te divertiste destruyendo monstruos.— La sonrisa con la que Shura la saludó, removió las fibras de la guerrera que últimamente solo había conocido días lóbregos.

—Oh, señora del agua.— Se postró un poco más. —No sé cómo expresar mi inconmensurable gratitud.

—Puedes llamarme por mi nombre, Alanis…— Sonrió cálidamente. —Shura es adecuado para mis amistades cercanas.— Notando el comportamiento demasiado devoto de la joven pelinegra, la deidad sospechó un poco. —¿Acaso ella no te lo dijo?

—¿Qué cosa, su excelencia?— Alanis levantó la mirada con curiosidad.

—Que… Yo soy Nina Kruger. O Solía serlo cuando era humana…— informo con cierta incomodidad mientras le tendía la mano para ayudarla a ponerse de pie. Los iris dorados temblaron, mientras sus cuencas se abrían sorprendidas, la dama de las dagas tragó saliva y al mirar de vuelta a la persona cuya amable expresión estaba dedicada a ella, no pudo evitar sentir las lágrimas nacer en sus ojos. Ciertamente, esa mirada llena de afecto genuino era tan familiar, incluso los matices del magma en ellos la hacían recordar a su joven comandante, pero era tan increíble que estuviera allí. Tomó la mano, se levantó y abrazó a la diosa como si quisiera asegurarse de que su tangible ser. —Siento haberte angustiado, querida Alanis, no fue por mi voluntad… te lo aseguro.

La mujer negó con su cabeza, sin soltarla y aún incapaz de controlar sus emociones pese a las dulces caricias en su espalda, fortaleció incluso más su agarre. —Es un alivio saberlo. ¿Erstin lo sabe?

Nina asintió sin decir demasiado. —Lamento lo de Alexei, de lo mucho que todo dolió ese día…— La abrigó en sus brazos mientras la mujer encontraba el sosiego de un luto que no había completado y solo hasta que Nina lo mencionó, no había podido desahogarse con tranquilidad, pues no acostumbraba mostrar tanta debilidad.

Shura consoló a la joven con su silenciosa y tranquilizadora presencia, mientras su voz emitía el sonido de una tonada mística que apaciguaba incluso a las fieras, con su voz el dolor dejó de ser tan insoportable en el corazón de Alanis, quien pudo sentirse mejor por primera vez en meses. Las dos hablaron largamente relatando sus perspectivas y vivencias, Shura escuchó las palabras la jinete sobre lo difícil que había sido mantener a Erstin con vida y su deambular por los poblados cercanos ayudando a cualquiera que lo necesitara, pues fue la forma en la que encontraron propósito. La dama del agua mencionó como, en el instante de su muerte, cuando dejó de sentir su cuerpo, aquella vez pudo ver a sus madres… a Neera y a Saeko sintiendo una paz que sería difícil de explicar. Le mencionó el hecho de que su alma había escondido la esencia de la diosa que fue siglos atrás, debido a una batalla que tuvo un resultado fatal para ella. También murmuró de sus andanzas en los reinos superiores, las batallas que tuvieron lugar, su ausente memoria cuando se vieron aquella vez durante la oleada de Orphans.

—Te fuiste un largo tiempo. Entonces Erstin nos rogó que le ayudáramos a encontrarte y eso hicimos vigilando el castillo principal, pero… ¿Acaso ella ya sabía quién eras tú?

Shura asintió y cuando iba a referir la razón de su actual distanciamiento…

—Creo que me preocupé en vano, Alanis…— La voz de Christine las interrumpió. —Su excelencia, es un honor encontrarla aquí… tan bien acompañada. ¿Nuestra estimada señorita Rosth ha sido una adecuada anfitriona?— Los ojos miel de la joven estaban puestos sobre las manos unidas de las dos y sus oídos habían escuchado algún fragmento del relato de la diosa.

—Maravillosa, en verdad— respondió la deidad, sin omitir el tono irónico en la voz de Litters. —Incluso podría atraer mi atención con su cautivadora faz.— sonrió retadoramente.

La castaña se mordió la boca ante tal desfachatez, sabía que Shura no la tenía en gracia en ese momento, pero si dijera estas cosas en presencia de Erstin por el precio de una venganza cruel, seguramente le haría un enorme daño. La joven argita realmente estaba preocupada por las conductas erráticas de su amiga, sin embargo, tras el incidente en la habitación del castillo Silene… La joven Ho la había apartado por completo, concluyendo lo que sus encuentros fueron. No tenerla de nuevo era algo que dolía, donde Christine jamás imaginó que podría sentir algo más que lujuria, notó con pesar que la quería. Ella había subestimado lo que nació en medio de esa infame oscuridad y ahora se sentía como la rueda sobrante, lo que era como perder dos veces.

—¿Ustedes? ¿Qué pasa?— Alanis no era tonta, se levantó y las observó con extrañeza mientras se cruzaba de brazos. —Christine…— gruñó por lo bajo. —¿Acaso insinúas que yo intentaría una cosa de ese tipo? Ella es todo lo que Erstin ama, yo jamás…

—No le debes ninguna explicación, Alanis… no es nada más que una broma de mal gusto de Litters— murmuró la deidad, aunque era evidente que mentía, por cuanto toda la calidez a su alrededor murió con un tenso silencio. —Mis selkis me informaron de la razón de tus ruegos, necesito ver de cerca a Saya para constatar su destino. ¿Me guiarás?— volvió a tenderle su mano a la dama de melena negra mientras sus ojos se tornaban de un tono glacial al volver la vista sobre Christine.

La pelinegra de iris dorados se apresuró a mostrarle el camino y entonces Shura noto que estaban en Velieris, ¿así que ahora los Ho hacían uso de su casa en la capital? Una sonrisa amarga se formó en sus labios, porque este lugar… en esta mansión, soñó con llevar una vida junto a su amada e inocente prometida. Se sintió tonta una vez más, ¿no es Velieris otro lugar en el que Erstin la olvida en los brazos de su amante? Molesta consigo misma pensó que aquellas fueron solo ilusiones desgastadas que ya no tenían un sitio donde existir, por lo que apresuró el paso y con ello su arribo a la mansión fue más rápido de lo anticipado. Con su percepción y conocimiento previo de la mansión fue fácil encontrar a la familia reunida en el salón principal y los vio sumergidos en un silencio lóbrego.

Las sorpresas no parecían acabar, los sirvientes y el propio Enric creyeron ver a un fantasma entrar en la mansión. ¿Era el alma de su antigua señora el que resplandecía con un brillo etéreo, moviéndose entre ellos con sus elegantes pasos a través de la estancia? Los rubios de la familia Ho, uno a uno con sus iris verdosos y azulinos, desviaron sus rostros sobre el ser sobrenatural que llenaba el lugar con su presencia. Erstin saltó de su asiento nada más verla, como si la idea de tenerla en aquel lugar fuera imposible, y aunque la esperanza quiso volar como mariposas en su vientre, la expresión fría de la deidad extinguió su ímpetu de inmediato.

Shura entretuvo la vista en un retrato, uno que no existía en la humilde morada de la casa Ho que conoció. Eran los nuevos y elegantes señores, los padres de la pequeña Saya, quienes se veían magníficos en aquel hermoso cuadro. La vida que pudo ser, quedó en mejores manos al parecer.

—¿Nina?— Fue la voz de Maya la que habló en un hilo de voz.

Taro se congeló en su sitio, con un nudo en la garganta y el escozor en los ojos. —¿Enloquecimos finalmente?

—¿Cómo es esto posible?— Esta vez fue Christoph, quien tomó sus lentes para limpiarlos como si dudara de sus ojos.

Cuando el mayordomo creyó que habían perdido la cabeza en masa, aquella a la que sirvió alguna vez… le dirigió la palabra con un tono amable. —Señor Enric, puedo ver su diligencia en cada detalle, realmente lo elegí bien. Agradezco su buena voluntad por obedecer los deseos de una joven imberbe que intentó con todo su corazón ser una ama adecuada.

Abrumado por la idea de ver ante él al alma de su fallecida ama, inmediatamente la reverenció. —¡Duquesa! Su alteza. ¿Usted… sigue con vida?— Enric no estaba seguro de estar hablando con un ser humano.

—Fui Nina Kruger y perdí esa vida en el lago de las lamentaciones, en Fukka.— Informó la que fue alguna vez la duquesa de Sirene con tono triste. —Pero no soy un espectro si eso les hace temer. Mi nombre primigenio… es Shura. Aunque la mayoría se refieren a mí como la diosa del agua.— Cientos de dudas asaltaron a los presentes, sin embargo, la de iris magma no tenía intención de dar más explicaciones.

Enric y los sirvientes se postraron al comprender con quién hablaban, pero los Ho que no salían de su estupefacción fueron descorteses dado que ninguno la reverenció de inmediato como la tradición exigía. A Shura eso era lo que menos le importaba, aunque se sorprendió de que Erstin se inclinara con reverencia pese a su aspecto desaliñado. Ante tal acto, finalmente… los otros miembros de la familia Ho se postraron, porque claramente Erstin se había convertido en la cabeza de la familia al dar sustento a todos.

—Alabada sea su presencia, señora del agua…— susurró la rubia sin levantar su cabeza, puesto que realmente parecía cansada, su faz era pálida, sus ojos delataban ojeras, su cabello revuelto y sus ropas manchadas por lo que había sido una batalla sangrienta contra los Orphan.

Shura observó a Erstin con preocupación, pero se obligó a mantenerse firme y simplemente asintió, liberando a los presentes de sus posturas inclinadas. Los iris magma se posaron sobre la bebita en los brazos de Maya, estaba enrojecida y su llanto había cesado, sólo porque la pequeña estaba realmente agotada. Aun así, la niña le sonrió al verla como si acaso la reconociera, su inocente carita llenó de compasión cualquier disgusto.

—Fui llamada por la señorita Rosth con la esperanza de tratar el mal que aqueja a la pequeña Saya y solo por mi afecto a ella, es que he venido aquí.

Solo por su afecto a ella… ¿A quién se refería? Erstin miró a su amada pelinegra, cuestionando si hablaba de Alanis o de Saya y prefirió pensar que era por la niña inocente. Desvió la mirada, ciertamente Shura no estaba allí por ella y tampoco tuvo el valor de pedir su ayuda con la consciencia de sus acciones. Estaba asqueada de todo y no quería nada realmente, pero la vida se ensañó con poner una prueba tras otra. El cuerpo le dolía, cada músculo estaba en tensión y habitaba en la culpa torturándose, tanto que parecía imposible frenar tanta tristeza. Entonces la voz de la diosa interrumpió sus pensamientos…

—¿Me temes tanto? Incluso sabiendo en el fondo de tu ser, que soy la única que puede preservar la vida de tu hija, ¿aun así no te aproximarás?

Maya, quien no lograba asimilar las circunstancias, respingó del susto y luego se aproximó a la deidad en obediencia a la tenue orden del rostro pétreo de Erstin. ¿La muerte realmente había dividido el afecto o era la inalcanzable posición de Shura lo que mató el amor? Se preguntó la pelinegra al sentir la frialdad en las acciones de las dos mujeres. Se lamentó de que al final el vínculo estuviera completamente roto, porque Erstin tenía que ver a la que fue la luz de sus días, fría e inalcanzable, casi como si se tratara de alguien más.

Saya fue puesta en los brazos de Shura y Maya sintió alivió al ver el cuidado infinito con el que la mujer sostuvo a su hija. —Por más que alimento a mi niña, su sed es insaciable y el ardor en su piel no cesa.

La compasión de la diosa salió a relucir y acarició la mejilla de la pequeña en sus brazos, acunándola cuando quiso llorar como si aún le quedaran lágrimas. —Ya… ya dulce bebé, ya pronto te refrescaré.— Le susurró moviéndose de un lugar a otro y meciéndola mientras creaba una esfera de mágico fulgor con su mano derecha. La esfera de agua levitó sobre la niña y comenzó a emanar un vapor refrescante. El alivio de la bebita fue instantáneo, su piel enrojecida recuperó la tonalidad más frecuente, sus labios secos y escamosos se regeneraron, el agua que era tan vital para la vida se restableció en su interior dando un descanso más a la adolorida infanta. La adormilada niña abrió sus ojos turquesas ya sin malestar, sonrió buscando con sus manos el objeto que flotaba sobre su cabeza, como si quisiera jugar. —¿Te gusta mi regalo?— Shura le preguntaba a Saya con una voz llena de ternura, mientras le sonreía, olvidándose de todo en el mundo. Entonces algunas burbujas de maravillosos colores brotaron a voluntad de la diosa y con las risas preciosas de la niña llenaron el lugar.

Descorazonada, Erstin observó la preciosa escena de Shura cuidando en sus brazos a una niñita que en sus imaginaciones pudo parecerse un poco más a las dos. El remordimiento y el hubiera atacaron en su mente, pero ella no pudo decir nada.

Entonces Maya musitó con ilusión. —Curaste a mi bebé…

Pero Shura negó con la cabeza y todos se pusieron pálidos… ¿Ni siquiera una diosa podría remediar el mal que aquejaba a Saya? —Ella ha sido marcada por Lakshmi, el dios del hilo de la vida— Sopló delicadamente sobre la frente de Saya y en ella un símbolo de color rojo se hizo visible. —Aún no es su tiempo, pues las mariposas espectrales todavía no aparecen, pero no tardarán demasiado en venir por su alma.— Informó las circunstancias.

Maya no pudo soportar tal noticia y se desmayó, siendo sostenida por Krauss quien no se había apartado del grupo desde que llegó, el rubio Ealino se apresuró a depositarla en un sofá cercano y Enric corrió para obtener sales aromáticas a fin de restablecer la consciencia de la dama. Taro, por su parte, comenzó a llorar en silencio como si no pudiera creer que su tesoro, la niña que alegraba sus días, simplemente moriría antes que él. Erstin comprendió que sin importar cuantas Dalias del pantano obtuviera, no estaba en sus manos salvar a su sobrina y se preguntó si este era el precio que la familia tendría que pagar por sus errores. El viejo Christoph se llevó la mano al pecho como si su cansado corazón quisiera detenerse y un dolor intenso abrazó su alma.

—¿Entonces realmente no puedes salvarla?— Alanis tocó el hombro de Shura y la inclinó suavemente en su dirección, mirándola con esos iris dorados llenos de súplica.

—"Se parecen a los ojos de mi querida Mikoto…"— Pensó y eso fue suficiente para buscar otra alternativa. —Podría comprar la voluntad de Lakshmi.— Shura susurró pensativamente. Buscó y extrajo una moneda peculiar de sus ropas, el material del que estaba hecha, así como el brillo que emitía y los símbolos forjados en ella, delató que no era un objeto común. —Sin embargo, debo respetar la ley de la balanza. Díganme queridos miembros de la familia Ho, ¿qué pueden ofrecer por un tesoro sin igual como este? Temo que esto no es algo que la riqueza de los mortales pueda pagar.— Ciertamente Shura no aceptaría que le pagaran con su propio dinero.

—Seré tu esclavo cada día de mi vida.— Taro no dudo en decirlo, suplicando a los pies de la diosa, con la frente en el suelo y las lágrimas bajando por sus mejillas. —Mi arrepentimiento más grande fue faltar a tu confianza, quizás por eso los dioses quieren llevarse a mi Saya para igualar la balanza. Así que te imploro perdón y ruego por intercambiar mi lugar con el de mi hija, aun cuando no soy digno de nada.

—Tienes razón, no eres digno… Taro. Incluso yo tengo preferencias muy claras. No aceptaré a ningún hombre.— La deidad miró con desdén al rubio de ojos verdosos y se aseguró de hacerle saber cuáles eran los requisitos. —Solo una mujer es digna, solo sus virtudes son importantes ante mis ojos— murmuró la de mirar magma con una sonrisa que le recordaba al rubio el desprecio que él le mostró siendo Nina Kruger, solo por el motivo de haber nacido mujer. Fue tratada como un ser de menor valor, debido a ello así que ahora le devolvía el gesto. —Pero dado que no puedes cambiar tu naturaleza y en verdad considero que Saya es encantadora, te daré la oportunidad de entregar a alguien más en tu lugar.

Taro quiso refutar más que humillado por las palabras de aquella deidad; sin embargo, se mantuvo en la misma postura, en el suelo. Pensó, esforzadamente… ¿Cuáles son los verdaderos deseos de la diosa? Buscó a Erstin con la mirada, como si le suplicara su ayuda.

—Ella no me querría a mí, hermano.— Respondió la de iris aguamarinas a la silenciosa pregunta del mayor, antes de cruzar una mirada con Shura. —¿Verdad?

—Ni siquiera te ofreciste— La deidad refutó con molestia, tensó la mandíbula y luego suspiró con resignación, ¿entonces Erstin se dio por vencida? ¡Debió saberlo! Eso solo era un recordatorio de que debía seguir adelante. Aun así pudo más su enfado que su razón. —Pero es cierto, las ofrendas suelen ser puras.— Se cruzó de brazos con una amarga decepción.

Las palabras pueden ser más crueles que el golpe de un látigo y Krauss miró con incredulidad a la deidad pelinegra, ¿cuánto había pasado desde aquel día en el que le rompió la nariz a causa de su cortejo a Erstin? Shura o Nina, le parecía irreconocible. Alanis también se preocupó, pero Erstin quien había recibido aquel desprecio, no dijo nada como si pensara que lo merecía.

—¿Insinúa que quiere a una mujer virgen a cambio de la vida de mi nieta?— Esta vez fue Christoph quien se atrevió a hablar, incrédulo.

—Exactamente…— Respondió con frialdad. —Volvamos a las viejas tradiciones.— Levantó la barbilla y sonrió altivamente. No quería admitir que ardía de ira por dentro al saber que Erstin lo dejaría ser simplemente, ¿finalmente se quedaría con Christine y eso era todo?

Algunos se escandalizaron creyendo que, como en la antigüedad, los dioses disfrutaban de los placeres carnales con doncellas castas y después… —¿No fue usted quien tomó la virtud de mi nieta? Es absurdo que ahora ese sea el motivo de su repudio.

No esperaba esa respuesta del anciano, que dijo aquello realmente abochornado, aunque esa era una verdad innegable. —Me hago responsable, señor Ho. En esa vida yo tomé la virtud de la señorita, arruinando su reputación… así que omitiré el asunto de la pureza— Shura soltó aquellas palabras observando a las dos mujeres, consciente de que habían escondido su amorío de los ojos de la familia; ante una mirada tan intensa Christine desviaba la mirada y Erstin tampoco se atrevía a musitar nada. —"No importa… no me importa si eligió a Litters o solo se rindió, terminemos esto de una vez." ¿Entonces piensas entregar a Erstin a cambio de Saya?— Dijo tan tranquilamente como si hablaran de terrenos y monedas.

—¿Para qué la quieres?— Cuestionó el anciano con temor.

—Para nada…— Su voz fue inexpresiva tanto como su rostro; depositó cuidadosamente en la cuna a una Saya dormida. Se dio la vuelta para ver al grupo y deslizó su cabello tras su oreja, así como acomodó la corona de jade y zafiro en su cabeza. —Yo ya lo tengo todo. Como dije, solo estoy cumpliendo la Ley de la balanza.

—¿Bromea? Me ha rechazado. Ha dicho que solo acepta mujeres.— Taro estaba confundido y desesperado, ¿Nina le estaba tomando el pelo o solo quería jugar con su hermana? —Excelencia, ¿acaso planea convertir a Erstin en una concubina o algo así?— susurró con tono clandestino y preocupado.

La deidad, que no había pensado en ello, notó que todo fue malinterpretado y se sonrojó violentamente. —Yo… yo no me atrevería a tocarla. La respetaría fielmente…— negó con la cabeza y se llevó la mano al rostro, ¿cómo se atrevía Taro a insinuar tal cosa? ¿Por qué le ardía el rostro por tal nimiedad? No era la única persona sonrojada en el lugar. —La intimidad es algo que evitaría con cualquiera de mis sacerdotisas, señores Ho. Convertirse en una Selkie, es el destino de las mujeres que se ofrecen en mi honor… por ello hablaba de pureza, las sibilas de cualquier templo son castas.— Aclaró recuperando la compostura. —¿Comprenden?

Taro comprendió finalmente el propósito de las cosas, se arrodilló y se disculpó raudamente. —Por favor perdóneme, las historias antiguas me jugaron una mala pasada.

—Disculpe la torpeza de mi nieto, gran dama del agua— Apoyó Christoph, aunque el mismo no había tenido pensamientos demasiado inocentes cuando preguntó por el fin de tal acuerdo en cabeza de Erstin. —Entendemos que un templo lleno de doncellas, no es el lugar adecuado para un hombre.

—Entiendo la confusión. Pero cabe aclarar que como diosa, solo puedo relacionarme con seres sobrenaturales. Además, dudo que quien pueda ser mi prometida, estaría contenta de suponer que tuviera juegos terrenales durante nuestro compromiso, sin importar cuanto le agradara el mundo mortal o sus criaturas.— Cruzó los brazos en su espalda negando con la cabeza. —Solo necesito un tributo para la balanza.

Erstin tembló en su lugar dudando ya de sus oídos. Creyó que aquella amenaza solo eran palabras vacías, ¿pero en verdad Nina estaba buscando esposa? —¿Vas a casarte?

La pelinegra asintió fríamente. —Necesito una compañera adecuada, si los acuerdos son satisfactorios así será.

Erstin negó con la cabeza y sujetó la muñeca de la diosa, ocasionando que todos contuvieran el aliento. —Nina, lo que harás es un error…— Abrumada por la perdida, ella había equivocado sus pasos y no quería que su amada hiciera lo mismo. —Te harás daño a ti misma.

¿Se atrevía a decirle tal cosa? La persona que había roto todas sus ilusiones y sentimientos. Shura se mordió la boca y retiró la mano de la rubia de su agarre, con desprecio. —No fui yo la que buscó un reemplazo de inmediato.— Sentenció la deidad con el escozor en los ojos y una mirada llena de rencor puesta en Christine y Erstin. —Yo no soy como tú. Yo no sé olvidar en la piel de otra persona, pero tampoco pienso darte el privilegio de ser la única para mí.

El silencio que vino después, fue suficiente para llenar la sala y entonces Alanis ató los cabos, casi incapaz de creer lo que las palabras de Nina insinuaban. Krauss, quien no era tan diestro en las interpretaciones, se adelantó. —¿Cómo se atreve?— se puso de pie frente a Shura, olvidando que ella podría matarlo con solo un golpe de su dedo meñique. —Yo mismo que la he protegido en su ausencia, la veo. Ella ha llorado cada día en su nombre… Erstin solo vive para usted.

—Krauss, no estás entendiendo…— Intentó Alanis poniendo la mano en su hombro y los otros tampoco comprendieron lo que pasaba.

Pero la diosa negó, sonriéndole suavemente a Alanis. —Krauss, eres un buen hombre, mereces encontrar una maravillosa esposa con piernas fuertes.— Le tendió la mano al rubio de Ealis y este la estrechó. Shura miró con estima al fortachón, él no tenía por qué hacerse un mal juicio de sus amigos o lamentar nada. —Mis palabras fueron desmedidas, realmente estoy dolida por la vida que no fue, aunque eso es ya algo irreparable. Ya no soy humana y no pertenezco aquí… pero te deseo una buena vida Krauss.

El rubio de ojos avellanas, pudo comprender que estos instantes, junto a la amiga que perdieron en batalla, eran un regalo, por cuanto no volverían a repetirse, así que asintió. Oyeron ruido, era Enric que volvió para atender a la mamá de Saya. El leal mayordomo aplicó las esencias cerca de su nariz y la mujer recuperó la consciencia.

Más consciente, Maya miró de rodillas a su esposo junto al abuelo; sin entender los acontecimientos, sólo guardó su esperanza en Nina. —¿Puedes salvarla?

Sintiendo la moneda en su mano, Shura centró su atención en Maya y asintió. —En ese caso, veamos el modo de hacerlo.

Los reunidos abrieron los ojos, sorprendidos por la generosidad de la diosa, quien acercó la moneda a la frente de la niña y recitó palabras en un idioma arcano. El precio del intercambio fue establecido y la moneda levitó en el aire, entonces el sello rojo se desprendió de la piel de la infanta y las inscripciones de aquel destino se aferraron al metal sagrado de la moneda, corroyéndola poco a poco.

Shura sonrió, prendada por el encanto de la niña que simplemente la enterneció profundamente, la tomó en sus brazos y acarició su barriguita para imbuirla de su poder sanador, hilos de agua rodearon el pequeño cuerpo mientras el poder sagrado la sanaba completamente, así las piernitas y manitas se movieron alegremente. —He terminado. Saya ya se encuentra en perfecto estado.— Y como si la bebé supiera que hablaban de ella, no tardaron en escuchar sus gorgójeos y risas infantiles.

Los padres de la niña corrieron a su encuentro, Taro alzó a su hija, lloroso de alegría, mientras su mujer, que no dejaba de besar las mejillas de su niña, susurraba su amor en palabras entrecortadas por el llanto. El hombre envolvió en sus brazos a su esposa y a la bebé, sintiendo que no existía en el mundo un tesoro más grande.

A sus espaldas, la moneda se consumió por completo, pero el sello escarlata permaneció y sé transformó en una gran serpiente espectral, cuya sed de sangre incrementó terriblemente y espantó a todos. Las manos en las empuñaduras fueron una acción instintiva, Maya gimió angustiada con un gritillo y luego se cubrió con sus manos obligándose a callar… La maldición que se materializó atacó nuevamente a la bebé, Taro se giró para interponer su espalda como un escudo entre el monstruo y su familia. Alanis arrojó sus dagas a los ojos del monstruo tan rápido como pudo, Christine extendió su látigo para amarrar sus fauces y Krauss estrelló su maza contra el cuerpo del reptil; sin embargo, sus armas pasaron de largo como si aquel ser no existiera en el mismo plano de la materia.

Shura, cuya serenidad era envidiable, sujetó la cabeza de la criatura con las manos desnudas, luego usó su espada para romper los colmillos venenosos. Mientras miraba los ojos del enemigo a través del ofidio, finalmente la decapitó y arrojó los restos al suelo. La diosa comprendió la clase de maldición con la que estaba tratando y que si acaso Saya hubiera sobrevivido a la fiebre, otro mal habría caído sobre ella, hasta que el albur le trajera la muerte… y cuando eso pasara, el siguiente miembro más joven de la familia recibiría la serpiente. ¿Por qué ese dios había puesto tanto empeño en usar una maldición de sangre? Lakshmi quería erradicar la estirpe de los Ho de la faz de la tierra… Pero, ¿por qué?

El enfado de la diosa creció cuando la idea de todos estos rubios, muriendo uno tras otro, llenó su mente y fue peor cuando pensó en Erstin. Un horrible escalofrío la recorrió, volvió la vista en su búsqueda y la encontró a poco menos de un paso de distancia con una daga en la mano. Al igual que los demás, la hermosa guerrera había actuado instintivamente para proteger a Saya, pero del mismo modo, su arma fue inútil contra la serpiente, por lo que su impotencia era palpable. Se miraron como lo hicieron alguna vez, con el corazón expuesto, vio sus brillantes ojos aguamarinos llenos de cristalinos y sus cabellos rubios alborotados, su rostro y sus labios ligeramente abiertos, la amaba tanto que era doloroso. Shura abrió la boca para consolarla, pero un dolor intenso abrumó sus sentidos por un momento, sintió dos mordeduras en su nuca.

Eran dos serpientes que se enredaron alrededor de su cuello, las sujetó entre sus manos y cerró su palma destrozando a las criaturas rastreras cuya ponzoña y sangre ensuciaron su ropa. ¿Pero cómo era posible? Ella había destruido la maldición con su espada…

—Nina, ¿te hicieron daño?— Erstin se aproximó para revisar su cuello, en el que las mordeduras destilaban algo semejante a una tinta negra y un poco de sangre dorada, la mancha oscura se esparció trazando líneas hasta formar figuras extrañas que rodearon su cuello por completo. —Esa cosa se mueve en tu piel como si una pluma dibujara en ella.

—Estaré bien— murmuró con la esperanza de tranquilizar a la joven, desatendiendo el dolor.

Shura entendió pronto, que no era la única maldición en el lugar, entonces produjo un rocío sagrado en toda la mansión. Las marcas de fatalidad adornaron la frente de todas las personas a su alrededor, con excepción de Saya, Taro y Maya. —Váyanse— Les ordenó a los jóvenes padres con una expresión que no admitía réplica. —Llévense a la niña lejos de aquí.

Asustados, los rubios hicieron caso de la orden, Taro corrió con su hija en brazos y sujetando fuerte la mano de su esposa, se apresuraron a ir por los niños para ponerlos a salvo. La deidad intuyó con ello, que cuando le dio la espalda a los papás de la pequeña bebé, las maldiciones emergieron de sus frentes y se deslizaron por su punto ciego mientras atendía al primer reptil. Tensó la barbilla al sentir como el flujo de la vida de una de las sirvientas se cortó repentinamente, la sangre en su cuerpo dejó de fluir y el grito de la chica espantó a todos, sus lagrimales supuraron veneno púrpura a través de sus ojos y en segundos la criada cayó muerta al suelo.

La deidad escuchó el vuelo de las mariposas espectrales en una cantidad alarmante, aunque no podía verlas, las escuchaba, podía sentirlas y el temor se adentró en su pecho. Notó que los flujos de todos en el salón comenzaron a alterarse y Erstin escupió sangre frente a sus ojos, mirándola sin entender lo que pasaba, pero incapaz de esconder un agudo dolor en su corazón. ¡Malditas Fortunas! ¡Morirían en menos de 15 segundos! Levantó su mano y creó tantos sellos como personas había en Velieris, hizo copias perfectas de la moneda del destino con agua, sellos arcanos y su poder condensándose. Las marcas de maldición fueron atraídas, se separaron de los cuerpos de sus víctimas y las formas verdaderas de los espectros emergieron como diversos tipos de alimañas, desde reptiles, alacranes, arañas y murciélagos; todas dirigiéndose sobre las monedas. Sin embargo, no se entretuvieron en el cebo, pasaron de largo para atacar simultáneamente a la diosa. ¡Era una trampa!

Shura tuvo que elegir entre usar las monedas para protegerse o salvar las vidas de las personas que tanto quería. Sonrió, mientras impulsaba con la zurda los sellos hacia los cuerpos que las maldiciones dañaron y cuando las gotas entraron en las personas inconscientes, la regeneración tuvo lugar de inmediato en todo el edificio. Con la mano derecha extendió su espada para defenderse interponiendo la hoja, pues si usara el poder de su filo infinito, sería inevitable destrozar toda la mansión junto a las personas que tanto deseaba proteger.

La diosa eliminó bastantes alimañas con el uso del filo corto y su danza de las cuchillas; pero cuando parecía imposible que atravesaran su defensa, Shura sintió el jalón de una atadura en su nuca. Notó así que el veneno de la primera serpiente era tinta del abismo y con ella dibujaron un grillete maldito en su cuello. En tal situación no pudo defenderse correctamente, por lo que sintió mordeduras en sus piernas, muslos y brazos. Cadenas de sombra se formaron mágicamente desde el suelo, donde algunas alimañas se fundían para crear más tensores que pudieran contenerla por completo, hasta que finalmente fue retenida.

De entre todas las personas que yacían desmayadas en el suelo, una figura con aura siniestra se levantó como si nada. Christine caminó sobre los cuerpos y llegó junto a ella, observando su indefensión con beneplácito. Retuvo su barbilla y acarició sus labios con su dedo pulgar de una forma realmente pervertida. —Hay algo, deliciosamente excitante, en retenerte…— Le susurró al oído con un placer malicioso, deslizando su lengua en el lóbulo de Shura, poco antes de morderlo.

—¡No me toques!— Le ordenó con voz irascible, mientras presionaba con fuerza la empuñadura de su espada y ladeaba un poco su cabeza para alejarse de aquel tacto desagradable.

—No sabes lo mucho que disfruté cada noche junto a ella, me permitió hacerle todo lo que quise… incluso cosas que son mal vistas.— Los iris radiantes de Christine y su expresión antinatural se torció con maldad pura. —Si fuera un hombre, ya habría engendrado vida en ella. Pero tranquila… puedo hacer que participes, ¿qué te parece si la disfrutamos las dos?— Extendió su dedo sobre la frente de la dama del agua y un resplandor anaranjado brilló, así un aluvión de imágenes atravesaron los iris magma con los encuentros que acontecieron entre las jóvenes.

Las lágrimas se escurrieron por las mejillas de Shura, incapaz de tolerar lo que veía en su cabeza, pues removía la dolorosa espina en su corazón. Pero sabía que esto era mucho más de lo que una simple mortal podría hacer, así que recuperó la compostura tan rápido como pudo. —Oren…— susurró con odio y reconocimiento.

—Creí que no me reconocerías, hermanita.— Dijo alegremente el hombre, que ciertamente había tomado posesión de la mujer argita. —Tú ganas, sé que odias compartir… así que podemos llevarla para tu entretención.— murmuró con una mueca divertida.

—Déjate de tonterías, hermano— La voz de Enric se escuchó, pero claramente no se trataba del mayordomo. —Deja tus juegos para más tarde.

—Llevemos a Shura a su morada, ¡rápido!— Esta vez habló otra criada con una voz que exponía su temor.

—No seas cobarde, Lak.— Se quejó Oren. —Si fueras un hombre de verdad, ya tendrías a Elfir en tus brazos, pero eres demasiado débil. Ten carácter.

—Si siguen discutiendo, los mataré con mis propias manos.— Se quejó aquel que poseía a Enric. —Nuestra brecha de oportunidad se acaba con cada segundo de sus estupideces.— Advirtió con un tono frío, mientras se aproximaba a la primera espada para corroborar que sus sellos todavía estuvieran activos. Evaluó el cuello de Shura en el que se había materializado un grillete del abismo, junto a los de sus muñecas y tobillos. —Te aferras al tesoro de nuestro padre, pero es un arma de doble filo, la espada que es la fuente de tu vida. Ahora eres incapaz de usar la luz para viajar o emitir algún mensaje de auxilio. Aunque sería muy malo si huyeras, realmente mataría a estos pequeños seres de granja en un segundo…— Al ver que los iris magma de su hermana se posaban sobre Erstin tras la amenaza que le hizo, gruñó. —¿Realmente pudiste cometer el mismo error que Zarabin y enamorarte del pasto que pisan tus pies?

La pelinegra miró con incredulidad a Enric, sintiendo la esencia del oscuro profeta de las siete fortunas. —Zek…— Era imposible. —Tú deberías estar…

—¿En las mazmorras del caos? Ese lugar es prácticamente mi patio de juegos.— El poseedor de Enric sonrió y sus iris se tornaron rojos, emanando animus rojizo. —Sabía que iría allí tras lo que le haría a mi tonta hermana, ¿previne esa situación con tanta anticipación que en verdad pensaron que podrían retenerme en ese lugar?— La mofa del mayor de los siete se hizo evidente. —Pero tú no tendrás tanta suerte, Shura.

Shura tensó la mandíbula. —¿Por qué me atacas, hermano? Si vas a arrojarme en un calabozo para luego tirar la llave, ¿no deberías al menos musitar mis pecados?

—Zek formuló una profecía,— musitó Lakshmi con nerviosismo, apresurándose a dibujar el sello bajo los pies de su hermana, para que el mayor pudiera lanzar el encantamiento que la enviaría a su prisión perpetua. —La llave que fue forjada de la espada, abrirá el portón a los enemigos, la corona del rey será despojada y todo lo que fluye reverenciará a su majestad, incluso sin un trono o una corona…— dijo todo aquello con algo que se asemejaba al fanatismo, pues Lak admiraba profundamente al oráculo de entre todas las fortunas.

—¿Me arrojarás al caos por un crimen que aún no he cometido?— Una sonrisa sardónica nació en los labios de la pelinegra, mientras sus ojos se tornaban dorados en reflejo de su ira.

—No te unirás a nosotros, porque tu corazón está del lado de las otras dimensiones. Eres una traidora, Shura. Intentarás quitar a nuestro padre del trono, solo porque eres la diosa del agua. Deberías estar agradecida de que Susano-o te diera vida, pero le pagarás con traición intentando destronarlo.— Replicó Oren, pues era obvio a quien obedecía el agua, incluso sin tener la potestad del trono, cuando ella llegue a la madurez, tomará su herencia de sus manos y él no permitiría tal cosa.

—Padre ha considerado no quitarte la vida, porque eres su segunda hija.— Aclaró Lak, tímidamente. —Así que si vienes con nosotros, él podrá perdonarte.

Shura negó con la cabeza. —Son tontos si creen que nuestro padre los tratará diferente, no son más que herramientas en su juego de estrategia. Este es un juego que ustedes ya perdieron. ¿Verdad hermano?— miró al de radiantes iris rojizos. Pero Zek la ignoró, centrando todos sus esmeros en recitar, para arrojarla al calabozo lo más rápido que pudiera, pero era limitado su poder al poseer a un simple humano como Enric. La señora del agua pensó que el mayor era menos susceptible, mientras que Lakshmi era demasiado cobarde. —¿Dónde están Alden y Zarem?— Zek se mantuvo en silencio, trazando un portal con la sangre de Enric. Sonrió, porque él no podría intervenir y cada segundo era oro en polvo, cayendo en su reloj de arena. —Ya veo, por tu silencio… intuyo que no quisieron venir y no tuviste más remedio que conformarte con el pusilánime hermano menor y el inútil de Oren, un dios del amor que no puede producir el más mínimo sentimiento en nadie, eres la única fortuna que no sirve a su propósito.

El dios que había poseído el cuerpo de Christine tensó la mandíbula y chirrió sus dientes. Enojado, el de radiantes iris dorados recogió el cuerpo inconsciente de Erstin del suelo y tomándola del cuello, la levantó con su mano izquierda, asfixiándola en el proceso.

—¡Suéltala!— Gritó Shura. —Te juro que si le haces daño… ¡Te mataré!

Pero entonces Oren sujetó el rostro de la joven del agua con su mano derecha, cubrió sus ojos con la palma de la mano de Christine y estrechó sus sienes entre sus dedos, enterró sus uñas tan fuertemente, que la sangre divina comenzó a brotar de las heridas mientras Shura gritaba de dolor. Oren transmitió entonces hilos rojos a través de sus dedos, los mismos que llenaron el cuello de Erstin, quien apretaba la muñeca de la argita tratando de encontrar el aire por puro instinto de supervivencia. Zek no perdió su concentración, aunque no admitiría que realmente habría deseado traer a sus otros hermanos, pero ellos eran neutrales si tan solo este idiota pudiera contenerse un poco.

—Eres libre, Shura— La sonrisa de Oren era realmente grande cuando liberó a la deidad de su agarre y en sus ojos vio las inscripciones que le impuso. —También tendrás un juguete adecuado en la celda. Ahora en verdad es una esclava adecuada para ti.— Expuso la marca del grillete que tatuó en el cuello de Erstin, quien tosía en el suelo recuperando el aire con dificultad. —Hará lo que quieras, cualquier deseo… sin importar cuán perverso sea. Ya no tienes que retenerte, hermana.

—Y no usaste tus polvos de eros… Eso es increíble hermanito— ironizó con un tono de burla que lo celebraba falsamente, como si fuera un completo imbécil. —¿Ya eres un niño grande entonces? ¿Un inútil con más parafernalia quizás?

Lo siguiente fue previsible, primero recibió un puñetazo y luego otro, el suelo bajo sus pies se agrietó en el tercer impacto. Mientras Oren se aseguraba de mostrar superioridad física a falta de argumentos, Shura sonrió pese a sus heridas. Zek maldijo al impertinente, mientras recitaba con más velocidad, pero fue imposible, el sexto puñetazo del iracundo dios de las pasiones desprendió el suelo por completo y arrojó la figura encadenada de la deidad del agua por la ventana.

La pelinegra atravesó los cristales y cayó cuatro pisos hasta que se golpeó contra el suelo en los jardines. Tal vez habían sellado su control sobre la luz y el agua, pero eso no significaba que hubieran limitado a los otros dioses. Sintió la tierra y las plantas alrededor de su cuerpo, así que pensó en ella… luego susurró su nombre. —Ixel…

Los tres hermanos saltaron desde lo alto, por suerte las maldiciones de Lakshmi no se rompieron y se arraigaron nuevamente, esta vez en la tierra. Pero Oren no estaba satisfecho, pese a recubrir con su animus los nudillos, ya había fracturado las manos de la humana que había poseído hasta inutilizarlas por completo. Era evidente que Shura tenía la cara dura, si apenas le había roto una ceja y cortado un poco el labio, por lo que esta vez decidió pisotearla como a una cucaracha, mientras la maldecía una y otra vez. Cada golpe pudo oírse como un estallido y un cráter se formó alrededor del cuerpo de Shura, haciéndose más y más profundo en cada ocasión que el mayor usó toda su fuerza sin siquiera preocuparse de los daños.

Zek se apresuró a retener la mano en la que la deidad sostenía inmóvil su espada para romperle la muñeca, tratando de que soltara el tesoro… pero sin importar cuanto la lastimara o martirizaba, ella no lo soltó. —¡Lakshmi Hazlo!— Gritó al ver que todo el plan se vino abajo y ya no quedaba tiempo para enviar a Shura a los calabozos del caos.

El menor de todos dudó, el sufrimiento de Shura… él no había querido que eso pasara y la duda consumió segundos valiosos. Entonces raíces verdosas y afiladas emergieron de la tierra como enormes púas, atravesando los torsos de los cuerpos mortales que habían osado tanto. Lakshmi comprendió la gravedad de su error cuando el dolor casi lo nubló todo y su dominio sobre el cuerpo de la criada se evaporaba como lo hacía la vida de la joven. El dios aprovechó la enorme cantidad de sangre que brotaba del cuerpo de la chica y sacrificó su alma para compensar la balanza, entonces creó maldiciones de corrupción que se movieron sobre la tierra. Los espectros clavaron sus colmillos en la empuñadura de la espada infinita de Shura y esta vez, su grito fue desgarrador.

El cuerpo de la criada cayó inerte y la existencia de Lakshmi abandonó la dimensión. Zek le dio una mirada a Shura y fortaleció las cadenas a su alrededor. —Lo sentimos, hermana… pero eres demasiado peligrosa debido a tu divinidad.— Un segundo después, Enric cayó inconsciente y desangrándose a su lado y todo rastro de la presencia del oráculo oscuro se había desvanecido.

Como aquella moneda que el primer espectro consumió hasta no dejar un solo rastro de su existencia, el veneno de la corrupción de los espectros contaminó el tesoro de la deidad, aquel con el que Amaterasu le había dado vida. Shura sintió todo aquello como si alguien arrojara ácido en sus venas y trató de resguardar el tesoro en su interior, para alejarlo de las maldiciones que se arrastraban cerca, pero la fuerte pisada de la jinete argita le impidió el movimiento.

A pesar de la herida de empalamiento en su estómago, Oren se negaba a liberar su dominio sobre Christine. Se rio de los esfuerzos de Shura y mantuvo prisionera la muñeca de la pelinegra con su pie, para que no pudiera proteger la fuente de su pulso vital; sin embargo, un golpe contundente en la cabeza la arrojó a un lado, tal fue la fuerza que rompió la púa y por suerte, la presencia de Oren se desvaneció. Lo siguiente que Shura vio, fue el rostro lastimado de la joven rubia, cuyos ojos llorosos la miraron con angustia.

Erstin quien vio el mal que le causaba aquella maldición, imbuyó sus manos de todo el animus que pudo y retuvo la cola del espectro reptiliano, tirando con todas sus fuerzas para que los colmillos del bífido de varias cabezas soltaran la hoja y la empuñadura de la espada infinita. La corrupción comenzó a transmitirse en su propia carne y la piel de la joven herrera se desgarró, comenzando a sangrar a lo largo de sus antebrazos y manos, cada dedo en carne viva. Incluso si aquello era insoportablemente doloroso, la joven Ho se negó a rendirse, simplemente porque no podía soltar a Nina, no la dejaría ir otra vez… no le importaba si tenía que darlo todo a cambio, en tanto ella estuviera bien… cualquier precio lo pagaría sin reproche.

Entonces un halo verdoso la envolvió y sus manos se fortalecieron, arrancando con un esfuerzo titánico a la criatura bífida y la arrojó tan lejos como pudo. Sellos de animus verdoso brillaron en la tierra negra, pequeños tallos nacieron, eran hermosas enredaderas mágicas que rodearon a las serpientes y a las cadenas, oxidándolas y rompiéndolas. Shura respiró como si el aire le hubiera sido negado todo ese tiempo, mientras los grilletes se desvanecían como un polvo negro en el viento, sus ojos magma se llenaron de un animus azulino y pequeñas corrientes de agua comenzaron a fluir en su dirección.

La joven rubia temblaba de los pies a la cabeza, al borde del desmayo, con una fatiga inconmensurable, se forzaba a mantenerse consciente y de rodillas en aquel cráter. Permaneció junto a una Shura sangrante y envenenada… Al otro lado, el cuerpo moribundo de Christine se ahogaba en su propia sangre. Entonces la realidad la golpeó, el hecho de que la vida de la argita se escapaba entre sus dedos, estaba pasando en ese momento. Erstin se apresuró a cubrir la hemorragia y el rojo de la sangre de ambas se mezclaron mientras intentaba retener la sangre.

Enormes plantas se formaron debajo de Shura, elevándola a ella, a las otras dos mujeres y a Enric, desde la profundidad del cráter y por encima de la superficie. Entonces las sandalias doradas que ornaban en los delicados pies de una diosa fue todo lo que los cansados ojos de Erstin pudieron ver. Levantó la mirada como si su cabeza pesada más que todo su cuerpo y se encontró con una deidad femenina de impresionantes ojos turquesa y cabellos de un negro azulino irreal. La belleza apolínea, estaba ataviada en un vestido verde hecho de materiales jamás visto por la humanidad que se entallan en el cuerpo exquisito con trazas de oro auriano. La corona, que asemejaba la cornamenta de un siervo, se adornaba de joyas y flores que se integraban a la moña de la dama, mostrando un equilibrio perfecto entre la gracia y la naturaleza que ella, la señora de las plantas, representaba.

Sin perder el tiempo, Ixel extrajo hilos de sangre de su propio ser, llenándolos de su poder sagrado y sintetizando una cura. Shura levitó envuelta por los hilos del poder de la vida natural, que atravesaba su cuerpo, cerrando poco a poco sus heridas como si jamás las hubiera recibido. El elemento que era potestad de la diosa de iris magma, también se apresuró a limpiar la sangre mortal y divina del cuerpo de su señora, restaurando todo lo que fue… mientras las personas a su alrededor se beneficiaban del poder sagrado que fluía como la vida desde la tierra y el agua que sana. Ixel eliminó los elementos verdes en los cuerpos de los heridos, permitiendo que las heridas mortales fueran sanadas lo estrictamente necesario para preservar la vida de los humanos, pues algunos tendrían que ser juzgados adecuadamente tras un ataque como el que se había urdido contra la primera espada.

Ixel se aproximó al capullo que formó para la comodidad de aquella a la que cortejaba. Pues era evidente que no podría resarcir el tesoro de la espada de la tormenta, dado que el veneno de la corrosión permanecía, pese a las numerosas veces que la purificó, ya había derruido partes de la hoja y la empuñadura. —La espada debe ser restaurada por la flama de Ateşi.— musitó, retirando la pieza de su armadura, cristalina y retornando el tesoro dentro del pecho de una Shura inmóvil, quien sujetó la mano de Ixel con fuerza debido al dolor. Las grietas y daños en su tesoro se materializaron en su torso, con heridas bastante severas, dificultando la respiración de la divinidad del agua, quien gimió lo más silenciosamente posible. Ixel se quitó una de las capas de tela del vestido que llevaba y con él cubrió las áreas expuestas del torso y vientre de Shura, para preservar la dignidad de su amante. —Si pensaste en mí y susurraste mi nombre en tales circunstancias… ¿Puedo ser considerada tu favorita?— preguntó con una sonrisa que escondía su genuina preocupación, mientras acariciaba la mejilla de la pelinegra y la miraba con sus intensos ojos turquesas.

—Querida Ixel, claro que eres mi favorita, me has salvado de un destino nefasto… no quedan dudas para mí, serás mi esposa cuando la nieve caiga.— Susurró mientras le daba un beso al envés de su mano, con una mueca dolorida y una sonrisa esforzada.

Erstin abrió los ojos, incrédula de las palabras que la crueldad de Nina arrojó sin piedad, ¿realmente era menos que una mota de polvo para ella? ¿Sus sentimientos no significaban nada? ¿O solo era Nina siendo… una diosa? No sabía las respuestas a esas preguntas, pero no tenía consuelo y les dio la espalda para no mostrar las lágrimas que se le escapaban. La joven Ho miró sus manos, marcadas con las escamas de la criatura maldita como cicatrices imborrables, los antebrazos estrangulados por la cola del ofidio, pero nada de eso tenía valor para la mujer que amaba. Ahora tenía una prometida adecuada con la cual no podía compararse, ¿qué debería hacer ahora?

Ixel retuvo el escozor en sus ojos turquesa, mientras acariciaba el borde de una de las quemaduras con su poder, tratando de refrescar la herida con un poco la savia del árbol sagrado, La Ceiba. Eso en verdad ayudó, la dama del agua se estabilizó unos segundos después y se irguió en el lecho improvisado. No tuvo más remedio que abrazarse a Ixel para mantenerse en pie, pues la debilidad de su cuerpo era terrible y el dolor de las heridas apenas tolerable.

Ante la prolongada calma, Christoph Ho pudo llegar a ellos junto con unos cuantos soldados y sirvientes, además de Alanis y Krauss. El rubio se acercó a Erstin y la abrazó, mientras esta lloraba desconsoladamente. El ealino miró con confusión a Shura en compañía de una dama magnífica, pero solo pudo ver una enorme tristeza llenando su rostro al verlos. Los demás sirvientes notaron con horror el cadáver de la criada Rem y las manchas de sangre imposibles en el suelo, la ropa y los cuerpos de Erstin, Enric y Christine, quienes preservaron su existencia por la mano de la diosa de las plantas. Apenas Erstin se mantenía consciente, la argita y el mayordomo estaban desmayados debido al agotamiento de haber sido el receptáculo de un dios, algo que fue insostenible.

—Deben venir conmigo al templo del agua, serán mis invitados mientras la guerra con la dimensión de los mares se resuelve— Los ojos glaciales de Shura exponían de antemano que esto no era una cuestión sujeta a discusiones. Creó con su mano un espejo de agua con suma dificultad, pero se aseguró de no reflejarlo en su rostro. Un grupo de cinco Selkis, provistas de corceles y armaduras, emergieron del portal. —Nía, lleva a Taro, Maya y a los niños al templo, no deben estar muy lejos.

Las guerreras a su servicio se apresuraron a obedecerlas, con la diligencia de Nía comandando al grupo, no cabía la menor duda de que llevarían a los Ho al templo, las selkis acudieron al galope según los deseos de su señora. Otro par de sibilas de acua emergieron, tomaron las figuras inconscientes de Enric, Christine y los cadáveres de las criadas, a las que se les daría una sepultura digna.

—Su maravillosa gracia, ¿habla de todos nosotros?— Cuestionó Christoph con duda reflejada en su rostro arrugado, ¿no se había negado antes a tenerlos como siervos debido a su masculinidad?

—¿Se atreve a desobedecer a una diosa?— Ixel miró con incredulidad a los mortales en su presencia, considerando que muchos estarían postrados en el piso, sin siquiera atreverse a levantar la cabeza como acto de profunda veneración. Pero la caricia de Shura en su mano apaciguó su enfado.

—De ninguna forma, su excelentísima…— El instinto le dijo al viejo orfebre que más le valía cuidar sus palabras si quería evitar la extinción de toda su familia. —Los dioses hablan y yo obedezco, simplemente no me creí digno de habitar en tan glorioso lugar.

—Aunque tus ojos ven, estás ciego como para entender, que eres valioso para mi futura esposa.— Ixel murmuró lo evidente, la muerte de un ser humano es algo natural y tal vez intrascendente para los dioses, pero Shura quiso conservarlos, suponía que por alguna razón que no conocía. —Ningún dios haría tanto si no los apreciara lo suficiente. Pero entiendo que ella encarnó alguna vez y vivió la vida humana de Nina Kruger, debido a un acto de amor infinito y profundo sacrificio. Su empatía por ustedes es mayor, sin embargo… no olviden nunca que ella es la vida que fluye y perderla, significaría el final de toda la vida.

Erstin comprendió su lugar en el mundo, su insignificancia, pero entendía el significado de esas palabras. Ella ya había perdido a Nina y su espíritu había muerto por ello, roto y vacío. Pero perder a Shura, es la extinción de todos… —Iremos a donde lo digas, en la forma que lo digas y te serviremos.— La dama rubia se arrodilló con reverencia y a ella le siguieron los otros jinetes. Si no podía tenerla porque ella es realmente inalcanzable, no tenía otra forma de mostrar su amor o su lealtad, más que permaneciendo a su lado. Incluso si ella, jamás volviera a mirarla con los hermosos sentimientos que alguna vez tuvieron la una por la otra, lo daría todo con la gratitud de los momentos que fueron.

La pelinegra miró a Erstin con afecto, pero se recompuso rápidamente para no agraviar a Ixel. Con la atención de todos puesta en ella, explicó las circunstancias. —Tres dioses del destino los usaron como herramientas. Me acorralaron a través de ustedes… mi afecto me ha traicionado una vez más, pero esta vez no es culpa suya y no me arrepiento de protegerlos.— Informó Shura, con una expresión cansada, simplemente porque no había aprendido la lección, bajó la guardia y casi le costó su vida. —"Pareciera que mi amor es una maldición para aquellos que lo reciben."— pensó abatida, Ixel lo sintió y se acercó un poco más, fortaleciendo el agarre de sus manos.

Erstin se levantó dispuesta a enfrentar este nuevo destino… —No seremos por más tiempo la debilidad que otros usen en su contra.

Ixel sonrió ante las palabras de la joven humana, esto es lo que esperaba, una devoción inquebrantable y si se portaba lo suficientemente bien, le daría ciertas libertades. —Vendrán todos los miembros de la familia Ho y los honorables jinetes.

—En mi templo me aseguraré de mantenerlos a salvo.— Musitó la de iris magma, contempló a todos los reunidos, sabía que ellos estaban atrapados en los hilos de las fortunas y que cada segundo jugaba en su contra. —Fueron maldecidos y aunque purgué las marcas no quiero darles otra oportunidad, mis… her….— se negó a decir que ellos fueran sus hermanos, estaba claro que no lo eran por sangre y al final, ser la vida que nace de una espada que fue propiedad de Susano-o, no le daba el privilegio de ser su padre, fue Amaterasu quien le dio vida, en su corazón ese día había muerto su padre.

Ixel, notando que la pelinegra se deterioraba rápidamente, tomó su brazo y lo pasó por encima de su hombro, mientras atrapaba su cintura en su otra mano. —Shura, tenemos que irnos… cuanto más tiempo tengas el veneno en tu interior, más factible es que… no puedas recuperarte. No podemos perder la divinidad del agua con Susano-o como enemigo y… y yo no puedo perderte otra vez, te lo ruego.

Shura asintió apenada por angustiar innecesariamente a Ixel, se apresuraron a cruzar el portal, siendo seguidos por los Ho y los jinetes, yendo al templo de Acua en el que serían intocables.