Saludos queridos Lectores, espero que esta nueva actualización les guste. Agradecimientos especiales a Chris por su apoyo. Como siempre saben desearía conocer sus comentarios.
Capítulo 69 ― Balanza VI Templo Acua.

Tan pronto estuvieron a salvo, colapsó. Todo lo que mantenía a la deidad del agua en estado de alerta, se apagó en cuanto llegaron al templo acua y con ello, se desvaneció su consciencia. Ixel la sostuvo con cuidado y Erstin se negó a apartarse del lado de la pelinegra sin importar cuan innecesaria fuera su presencia en la consideración de los demás. Los jinetes no estaban menos preocupados que ella por su estimada amiga; así que Alanis la siguió, mientras que Krauss cuidaba los demás, especialmente a Christine y Enric, a quienes las guardianas del templo tenían entre ojos, debido a que fueron poseídos por los dioses que atacaron a su señora. Las dos mujeres se movieron a través de espacios laberínticos hasta el núcleo del templo, siguiendo a Ixel y a las sibilas. Ya frente al pabellón privado de la diosa y específicamente en la sala de curaciones, se detuvieron frente a la enorme puerta de filigranas impresionantes y joyas sin igual, que las sibilas e Ixel atravesaron como si nada. Alanis miró con preocupación a Erstin, aquel lugar estaba completamente lleno de agua y no sería mucho lo que podrían contener la respiración en ella una vez entraran.

Erstin vio que la superficie de agua violaba las leyes que conocía, pues se mantenía estable, sin derramamientos de ninguna clase, pese a su posición vertical que casi daba el aspecto de un espejo líquido. Se dijo a sí misma que ni siquiera esto le impediría el paso, recordando que una vez pudo respirar bajo el agua. ¿Y si pudiera hacerlo nuevamente? Corrió para ganar impulso antes de que su amiga la detuviera y luego nadó en el espejo de agua. Cuando su cuerpo se llenó del líquido, sintió la purificación de toda suciedad, las marcas de la serpiente comenzaron a atenuarse poco a poco junto a las cicatrices y con el brillo de la marca de la bendición de la diosa en su frente, sintió el aire fluir perfectamente en sus pulmones. Esta era la naturaleza del agua, cuyas propiedades se maximizaron en aquel lugar que se consideraba sagrado. Incluso nadar se había vuelto una tarea sencilla, era más ágil, nada tenía que envidiar a los peces, pues podía fluir en el espacio con una naturalidad tan grande, como si caminara cuando lo hacía en la superficie.

La tercera espada fue posada cuidadosamente en un lecho que representaba la naturaleza marina, pues una anémona de bioluminiscentes extensiones la recibió en su abrazo como si se tratara de un cómodo colchón y sábanas vivas. La criatura que cohabitaba en el espacio del templo de Shura, la percibió profundamente, hubo destellos, luces y conversaciones en idiomas que la joven Ho, no entendía. Pero lo que fuera que Ixel hacía para mantener estable a Shura no era suficiente, por cuanto un líquido negro de aspecto metálico comenzaba a llenar las venas de la joven.

—Está empeorando. ¿No hay nada que pueda hacerse?— preguntó Erstin con la angustia atrapada en el pecho, la impotencia y las lágrimas mezcladas en el agua.

—Mientras Ateşi arriba, voy a darle mi propio hálito… — Musitó Ixel para que las sibilas prepararan a Shura. Las mujeres le retiraron las partes restantes de su armadura de coral cristalino y la tela del vestido parcialmente destruido, las sandalias, las joyas e incluso la corona. Al finalizar, apenas la ropa interior cubría la desnudez de la diosa inconsciente, mientras la anémona curativa absorbía las toxinas que podía a través de sus tentáculos. —Necesito privacidad… Déjennos a solas.— Ordenó y las selkies comenzaron a salir, pero Erstin no se movió ni un milímetro. —También va para ti, señorita Ho.

—No existe en el mundo quien pueda separarme de ella.— murmuró con firmeza y el ceño fruncido, manteniendo su mano relativamente cerca de sus armas, solo por si acaso; pero pronto recordó que Ixel era una diosa, así que intentó buscar su simpatía para quedarse. —Por favor, haré cualquier cosa que me pida, pero alejarme de ella cuando mis ojos la ven sufriendo… es la peor cosa.

—He tenido demasiadas consideraciones contigo, solo por la estima que Shura tiene por ti, pero esto es privado.— La mirada verdosa de Ixel centelló con enfado y apenas un ademán fue suficiente para que las guerreras se apresuraran a sujetar a Erstin de los brazos para sacarla a la fuerza.

La deidad quería la intimidad suficiente, pues no quería mostrarse a los sobrenaturales y humanas presentes; sin embargo, la condición de Shura empero al punto en el que el envenenamiento ya se hacía evidente en su torso completo, ascendiendo por su cuello. Asustada, Ixel se aproximó al lecho, retiró su propio vestido y elementos sin preocuparse de nada más. Se apresuró a abrazar a su prometida y depositó sus labios sobre los de Shura, dejando fluir su propio aliento y animus para purificar la sangre dentro de las venas de la deidad del agua.

La contaminación visible en la piel de la pelinegra inconsciente cedió poco a poco, ante el contacto con cada parte del cuerpo de Ixel, que transmitía su poder sagrado a través de cada fragmento de su piel. Se necesitaron largos momentos para que su torrente se purificara y el metal se purgó con más facilidad, por lo que la anémona sanadora pudo realizar su trabajo más eficientemente. Pero incluso cuando la purificación se completó, Ixel se mantuvo aferrada a su cuerpo, temerosa de que la corrupción la envenenara nuevamente.

La rubia observó lo que hacía Ixel, se espantó y ardió en celos, al notar como sus piernas se enredaban alrededor de la cadera de Shura y sus pechos en contacto sobre las diminutas prendas interiores eran todo menos inocentes. Erstin sintió que la diosa de las plantas estaba tomando ventaja de su amada, quien no podría negarse en estas circunstancias. Las algas comenzaban a crecer a su alrededor para formar algo semejante a un capullo verdoso.

Iracunda, se atrevió a combatir contra las selkies, arrojando puñetazos y patadas a diestra y siniestra. Incluso si era una diosa, la forma en la que se había pegado al cuerpo de Nina en tan escasas prendas, estaba lejos de parecer un tratamiento médico. La querida herrera, más que acostumbrada a batirse con entes como los Orphans, derrotó bastantes de las guerreras de Acua. Pero repentinamente unos tentáculos la atraparon y las ventosas de un pulpo se enredaron en sus extremidades inmovilizándola; así las sibilas lastimadas se apresuraron a sacar a la chica revoltosa de la habitación con todo y el cefalópodo.

En cuanto llegaron a la puerta, el sello del grillete escarlata en el cuello de Erstin brilló, comenzando a ahogarla. Su martirio se hizo evidente a los ojos de las sibilas, que se detuvieron frente al espejo de agua sin saber qué hacer, pues las espantaban los rumores que decían que esa mujer mortal fue alguna vez la amante de su señora. Las selkies, temían que si algo le pasaba a la joven, la ira de Shura fuera inmensa. Erstin pataleaba incluso contra la restricción del ser marino que la apresaba con una fuerza descomunal y por puro instinto de supervivencia, estrechaba los tentáculos con sus manos hasta destrozarlos. La intrusión de una persona a través del espejo de agua, dejó ver que los filos de las dagas cercenaron algunas de las extensiones del pulpo y Alanis, que contenía el aire todo lo que podía, liberó a su amiga con bastante dificultad.

Al mismo tiempo, un símbolo ardiente en las sienes de Shura mostraron su color rojizo, entonces el cuerpo de la deidad marina comenzó a convulsionar, incluso dentro del abrazo que Ixel le prodigaba. Shura abrió los ojos turbados por el intenso dolor, sus iris eran tan rojos como la sangre y vio las circunstancias a su alrededor, notando la discordia. Apartó gentilmente a Ixel de su regazo, salió del capullo cubriendo el cuerpo de su prometida con las algas que las envolvían para que nadie pudiera verla medio desnuda… y en efecto, las plantas se ajustaron al talle de la diosa tornándose en tela para su uso. Movió su mano y retiró gran parte del agua de la sala, dejándola a la altura de sus cinturas, de modo que sus seres marinos pudieran respirar al igual que Alanis, quien tosía, agradeciendo la gentileza de su amiga. El pulpo u la anémona se marcharon hacia otras salas llenas del líquido vital, dejando tras de sí aquel caótico escenario, que finalmente se vació por completo.

Erstin se acercó paso a paso con suma dificultad y solo cuando estuvo a poco más de tres metros de distancia de Nina, el grillete dejó de quemar en su piel o de asfixiarla. —No… no podía respirar, lejos de ti.— Podrían ser las palabras más románticas, pero no eran una metáfora de su sentir… aquello había sido muy real.

Shura tampoco lo pasó bien, quiso decir algo, pero sus ojos vieron a Erstin de los pies a la cabeza, la tela húmeda de su vestido se había pegado a cada fragmento de la piel cremosa, tornándose translúcido en algunas partes. Los iris rojizos miraron las caderas sensuales, la grácil cintura y el pecho respingado, que era tan abundante como un fruto maduro. Ascendió con los ojos hasta el cuello que deseaba morder y anheló ser las gotas que se resbalaban por sus mejillas. La deidad del agua tragó saliva como si hubiera sido arrojada al desierto, cada parte de su ser deseaba tenerla ahí mismo, pero en su mente el deseo solo era la manifestación de otro anhelo que no se escondía demasiado lejos de la superficie…

—Yo ya te amo…— susurró Erstin con la mano en el corazón, sin siquiera prestar atención a la molestia de Ixel o las miradas curiosas, incluso se atrevió a reforzar la idea. —Más que a mi vida, te lo juro.

Pese al dolor con el que se sostenía el pecho lastimado por el daño a su tesoro, Shura frunció el ceño sin entender como pudo ella decir aquello en presencia de todos, ardió su rostro y la contempló, con sus lindos y grandes ojos del color de la aguamarina, su nariz pequeña, sus labios tan deseables como fresas. Cerró los ojos con fuerza para retener estos pensamientos impropios, pero entonces sintió los labios que había codiciado instantes atrás, ahora en contacto con los suyos. Abrió los ojos y se topó con el rostro de la joven, sobre el suyo. Las pulidas cejas rubias y los parpados cerrados, Erstin se había abandonado a su beso con una pasión desbordante.

Los presentes contuvieron el aire en sus pulmones y hasta el sonido de las gotas cayendo en el agua desde el techo, pudieron generar un sonido estridente a los oídos de las sibilas que miraban a su señora, atrapada por los brazos de la humana que tanto despreciaban. Alanis desvió la mirada realmente abochornada por la vista que daban sus amigas. —¿Erstin que haces?— preguntó Shura, apartándola delicadamente. La deidad respiraba con agitación, porque en verdad le costó todo su autocontrol, no devolver su beso desaforadamente.

—¿No era lo que querías? Estoy segura de que me pediste un beso…— Erstin lo había escuchado tan nítidamente que juraba, fue algo que todos pudieron escuchar también; pero tampoco se lo pensó demasiado para obedecer. —¿No deseabas mis labios?— Cuestionó confundida.

—Yo…— Shura quiso negarlo, pero la voz no salió de sus labios en cuanto consideró que si… si había anhelado besarla e incluso se lo dijo a sí misma, ¡Dioses! ¿Lo había dicho en voz alta? La vergüenza la inundó por completo.

—Ella no dijo nada, señorita Ho— intervino Ixel. —Te has atrevido a tocar a mi prometida. Sin su consentimiento o el mío, es una grosería terrible.

—Pero… yo no…— Erstin miró a Shura, intentando encontrar en sus ojos las respuestas.

Pero esta cerró los párpados, cansada y agobiada por la situación. —Sal de mi pabellón… por favor— Ordenó.

Sin siquiera pensar en negarse, Erstin se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta, pero antes de que pudiera cruzarla, se arrodilló en el suelo con la misma asfixia que vivió momentos atrás, pese a ello continuó arrastrándose hacia afuera como se le ordenó, hasta el momento en el que la venció la falta de aire. Alanis se postró a su lado, más que preocupada, reteniendo a la joven Ho para que no se moviera más… cuando Ixel tuvo que sostener a Shura quien comenzó a toser sangre de color negro, mientras sus ojos volvían a arder y las marcas en sus sienes quemaban. La dama de las plantas pudo ver, finalmente, la influencia del hilo rojo que Oren puso en las dos mujeres y maldijo su suerte. —Espero me disculpes.— Levantó en brazos a Shura, quien no pudo negarse a nada y con paso seguro se acercó a Erstin. —Yo jamás me tomaría tantas licencias.

—Puedes hacer lo que gustes, te hice mi prometida Ixel, soy tuya a partir de ahora. ¿No nos conocíamos ya hace más de mil años?— Shura bromeó sobre lo último, recuperando algo de aire.

Tal como Ixel lo había sospechado, en cuanto la distancia fue inferior a 5 metros, la humana recuperó el aire y su prometida se estabilizó nuevamente. Un grillete de obediencia absoluta se desdibujó en el cuello de Erstin dejando apenas un poco de ardor en la blanca piel. Pero los ojos y las sienes de Shura no se atenuaron… Ixel notó que su calor permanecía, transmitiéndose a través de la piel. Dio unos cuantos pasos lejos de la rubia y el choque térmico se atenuó. Las sibilas, Alanis y Erstin observaban a las pelinegras sin entender, Ixel se aproximaba y se alejaba calculadamente, lo suficiente para que la señora del templo de Acua recuperara su bienestar.

—Oh gran señora de la flora, Ame no Ateşi está aquí… por favor, permita que lleve a mi señora a sus aposentos.— Interrumpió una sacerdotisa recién llegada que hizo las veces de mensajera junto a un séquito de damas que traía una camilla hermosamente decorada para llevar a la diosa.

Ixel se alivió de escuchar que la señora del fuego llegó finalmente. —La llevaré por mí misma— Afirmó, prescindiendo de las atenciones de las Selkies. —Señorita Erstin, camina tras de mí y no te separes demasiado.— Indicó, aunque nada contenta por la circunstancia. —Las demás, vuelvan a sus labores frecuentes…

Mientras caminaban por los largos pasillos de coral blanco, Alanis ayudaba a Erstin a caminar, temiendo que la diosa las asesinara por los atrevimientos previos de su amiga, quien había osado besar a Shura frente a su prometida. Rosth consideraba que una cosa era que la guerrera quisiera luchar por su examante y otra muy diferente, que se lanzara de cabeza a las fauces de una planta carnívora, como seguramente Ixel desearía hacer en ese momento. Por su parte, la joven Ho, no entendía ni un poco sus acciones o circunstancias, ni mucho menos de donde obtuvo la desfachatez para hacer lo que hizo. No es que no quisiera besar a Nina, saben los dioses que daría todo por tenerla nuevamente; sin embargo, se conocía lo suficiente para saber que no tendría el valor de hacerlo, si es que temiera que con eso solo obtendría el odio de la diosa, aun así se atrevió y fue sorprendente que cierta Kruger no la despreciara o la mirara con asco.

—Puedo sentir sus pensamientos, señoritas…— Ixel estaba molesta, había tolerado a las decenas de dioses que habían cortejado a Shura en los recientes meses, luciéndose y mostrando todas sus virtudes; salones llenos de regalos, cartas de amor llenas de falsedad e insinuaciones en medio de los cortejos, pero nada de eso hizo flaquear a la divinidad del agua y creyó en algún momento de elevada egolatría, que se debía a ella. La dama de la flora, pudo creer que la hacía sonreír con su conversación, que se miraban con deseo y sus gestos, acciones y palabras eran especiales. Porque había sido suya incontables veces y se encontraron en los lugares más insospechados, su deleite no tenía comparación, del mismo modo que eran afines sus divinidades. Siempre consideró que tenía ventaja sobre los demás, dado que las dos fueron amantes antes de la terrible batalla contra Kiyoku en la que Shura entregó el tesoro a Mikoto y con ello se desfragmentó. Pero acaso, ahora mismo… ¿Esta mujer mortal podría presentar más batalla que los dioses con los que rivalizó?

Llegaron a los aposentos privados de Shura quien tenía los ojos cerrados y la expresión agobiada, su temperatura era bastante alta. Ixel supuso que se debía a que Erstin estaba a menos de 3 maestros de distancia, lo suficientemente cerca para que la maldición de Oren actuara sobre su cuerpo o simplemente era la fiebre de la corrupción en sus venas. La dama de las plantas pensó que quizás la debilidad de su prometida por esta humana, era un castigo del rencoroso dios de las pasiones, en sí, era bastante humillante caer rendido a los pies de los humanos y a su entender era mejor que nadie supiera nunca de este traspié en el camino de Shura.

—Pequeña Sile… ya estoy aquí, voy a quitarte ese infame dolor— Ateşi miró cálidamente a Shura, llamándola pequeña gota de agua, pues era el modo en el que le decía cuando era una niña. —Ponla en la plataforma…— Le señaló a Ixel la pieza sólida de cristal que levitaba en medio de la habitación.

La aludida obedeció las órdenes de la señora del fuego, depositó a Shura en la superficie y después apartó a las mujeres mortales la distancia prudente, cruzándose de brazos para ofrecer una protección superior con su animus. —Manténganse tras de mí, si no quieren morir carbonizadas.— Les advirtió con un tono de voz frío y nadie quiso desobedecerla.

La señora de la flama hizo ver porque era llamada de esta forma, en cuanto tuvo a Shura en la plataforma, creó un sello de fuego que elevó la espada Infinita sobre el pecho realmente lastimado y sangrante. Las marcas de la corrupción habían aumentado desde el momento en el que la deidad de agua lo guardó en su interior, pues tal como lo predijo Ixel, el veneno siguió actuando sobre el artefacto, aunque más lentamente que en el exterior. La empuñadura, que estaba mucho más dañada, fue la primera que el fuego de Ateşi purificó hasta hacer que el metal se tornara rojo y moldeable, de un color perfecto para la fragua de un forjador. Pese a las circunstancias, Erstin contempló maravillada a la diosa del fuego, pues era ella a quien adoraba en su oficio como orfebre y herrera. Le impresionó la fuerza de la dama pelirroja, pues ella usó sus manos desnudas para pulir el metal hasta restaurarlo por completo, cuidando incluso el más mínimo detalle en la ornamentación, la joyería y el balance. Para la hoja de la espada, usó su fuego azul un tiempo incluso más largo y esta vez martilló el metal hasta que cualquier rastro de la corrosión desapareció en las profundidades del tesoro.

Después de dos días de arduo trabajo, una Ateşi fatigada y sudorosa tomó asiento tratando de recuperar el aliento, pues pudo finalizar su tarea. Entre tanto, la diosa del sol le daba un beso de agradecimiento, prometiendo darle sus favores en otro momento, un gesto con una sonrisa ladina que prometía bastante, por lo que Ateşi no pudo sentirse más que complacida, pues por fin volvía a recuperar el favor de su amada. Contempló a Shura, pálida e inconsciente, aquella tarea había consumido una cantidad considerable de su animus, pues a diferencia de Mikoto, ella es el agua que fluye y mantener la estabilidad de sus elementos fue realmente complicado.

Le sonrió a la diosa del sol, quien había venido tan pronto como conoció la noticia de las heridas de Shura, negándose a abandonar el templo llena de preocupación. Incluso Mikoto fue trasladada al templo para que pudiera cuidarlas y cuando se sintió débil, su adorada Asu alimentó su fuego con sus rayos solares para que pudiera realizar su labor sin interrupciones. Ateşi reflexionó en como la familia principal había crecido tanto, las hermanas de Shura la visitaron y le entregaron sus hilos de sangre para ayudarla a sanar; también notó las idas y venidas de la diosa Ixel, de la que se rumoreaba fue escogida como prometida principal de su alteza. Pero se sorprendió de que la única persona que no se apartó ni un instante de la convaleciente deidad y permaneció en vigilia todo ese tiempo, fue la señorita Erstin Ho. Sonrió porque podía sentir su flama en ella, sus plegarias, claro que las recordaba… y su habilidad, era algo para admirar. Ver que permaneciera en la habitación a pesar de su fuego hablaba enormemente de su capacidad para moldear los metales, por lo que consideró ofrecerle un lugar entre sus preciados herreros sobrenaturales.

Las sibilas, los jinetes y los miembros de la familia Ho, sin mencionar los devotos del templo y todo aquel que tuviera algún aprecio por cierta pelinegra, celebraron el bienestar de la deidad guardiana en cuanto la noticia se dio a conocer. Amaterasu permaneció junto a su hija los siguientes días y se encargó personalmente de atender sus necesidades, por lo que la recuperación prosperó con celeridad. Los momentos fueron incluso más hermosos, cuando Mikoto pudo permanecer consciente por más que solo unas horas y departió con Shura. Las dos se quejaron de lo inconveniente que era que fueran tan vulnerables debido a sus tesoros, con tono socarrón y como si pertenecieran a un club de cristales frágiles, por lo que su madre las regañó. Amaterasu no evitaba pensar que era verdad, sin importar cuan poderosas eran sus hijas, si alguien atacaba su divinidad directamente a través del tesoro que fue la espada de la tormenta, ellas estaban indefensas y la sensación no le gustó ni un poco, necesitaba pensar en una solución.

—Gracias a los dioses no pudieron romper el tesoro, de otro modo habría sido tan malo como con Mikoto.— Defendió Ateşi para que su adorada se calmara.

Pero eso solo recordó a la solaris, que tenía una conversación pendiente. —Hablaré con mi hija a solas.— murmuró la diosa del Sol y todos la obedecieron, con la excepción de una persona, alguien que, pese a mantener las distancias, se acariciaba el cuello pensando en lo doloroso que sería salir de ahí. Sin mencionar lo dañino que sería para Shura, pues cada vez que salió del cuarto en el que la diosa estaba, el grillete rojo se activaba. —¿Te atreves a desobedecerme?— Los ojos dorados de Amaterasu miraron con desprecio a la joven, pues su alevosía era más de lo que podía disculpar.

—Madre…— Susurró Shura, sujetando su mano con suavidad. —Lo lamento, madre…

—Cariño, no te disculpes en su nombre…— Amaterasu sabía cuanto amaba Shura a Erstin, porque incluso se preocupaba por ella cuando la ira pudo ser tan fuerte como para que la dejara en el olvido, abandonada en otro continente. Pero no lo hizo, ella podría haber aprendido de su niña del agua, pues perdió a la Luna menguante por su incapacidad para perdonar.

Pero la joven de iris magma negó con la cabeza. —Mi debilidad fue expuesta y ahora Erstin padece una cruel maldición de esclavitud.— La vergüenza en la expresión de la joven pelinegra se hizo evidente, dijo aquello en el idioma de los dioses porque no era capaz de decírselo a Erstin directamente, pero se forzó a ignorarla como lo hizo la mayor parte de estos días. —Oren dijo que sería mi juguete y ahora si me permito desear la más mínima cosa sobre ella…

—No es mi intención ser impertinente, se lo aseguro… Oh, gran diosa de la luz.— Erstin quien se sintió fuera de lugar, se arrodilló. —Soportaría cualquier carga en mis hombros sin dudar, pero si me aparto demasiado de ella, su enfermedad empeora.— Dijo la rubia, con la frente en el suelo.

La mirada de la madre se volvió con curiosidad sobre la de Shura y esta solo asintió confirmando la veracidad del hecho. —Erstin, ¿puedes aproximarte? Por favor…

La aludida se levantó alegremente y corrió a su lado, aunque sin tocarla. Instantáneamente, el ardor llenó los iris de la joven y las marcas en las sienes se hicieron visibles, tornándolos rojos como la sangre, alzó la vista sobre Erstin y el ardor, que era inmensurable, llenaba su cuerpo, quería tenerla, la necesitaba más que a cualquier cosa en el mundo. Sin embargo, Shura centró todo aquel anhelo, en un pequeño y simple deseo, para disipar lo mejor que pudiera todo lo demás.

Erstin quien se retenía a sí misma con toda sus fuerzas para mantener las distancias, se dejó ser tan pronto escuchó aquel susurro, envolviendo a su amada con sus brazos alrededor del cuello y entonces Shura la abrazó por la cintura, aferrándose a ella como si realmente la necesitara para existir. Sintiendo como si aquello fuera el momento más dichoso en los meses que transcurrieron, saciada su necesidad de contacto y antes de que cualquier otro pensamiento la asaltara. —Querida Erstin, ¿podrías ir con Ateşi y preguntarle si me concedería el honor de cenar con nosotras esta noche?

—Claro que sí…— Erstin sonrió más que ilusionada con lo que había pasado y salió corriendo del lugar, queriendo consultar a la dama de la flama si aceptaría la propuesta de Shura.

Por suerte no pasó nada, justamente porque había saciado su sed de contacto con ella, es que ahora podían alejarse un poco más la una de la otra. También había notado que cuanto más se fortaleció su cuerpo y sus heridas sanaron, menor era el sometimiento de las marcas que le impuso Oren. —Creo que son dos maldiciones complementarias…— Levantó la mano derecha, aquella en la que Zek intento romper su contacto con el tesoro, pensaba que si no pudo lograrlo se vengó de otro modo. Tenía una marca negra en la muñeca que le mostró a su madre…

—¿Fueron tus hermanos?— La solaris no pudo esconder cierto tono rencoroso en su voz. Claro que conocía esos trazos, los símbolos pertenecían a Zek y a Oren, incluso notaba rastros de las fatalidades de Lakshmi.

—No tengo padre…— La voz de la pelinegra más joven fue absolutamente fría y sus ojos glaciales emergieron en su iris. —Por descontado, esos ya no son mis hermanos.

Esto solo confirmó los pensamientos de la primera gobernante. —Necesito que me lo digas todo, Shura.— La deidad del sol exigió saber mientras su enfado crecía con cada segundo. ¿Tres contra una? ¿Habían perdido su honor los tontos hijos de Susano-o y Přistát? Si la hubieran retado justamente, jamás la habrían vencido… pero se habían unido para perjudicar a su pequeña gota, no… no solo a ella, sus investigaciones sobre los eventos de Elfir delataban otros incidentes. Se mordió la boca, amenazando sus cabellos con tornarse blancos, sus ojos ardían con la radiación solar. Y ese maldito de Zek, ¿no se suponía que este purgaba su pena en las mazmorras del caos?

—Ma… mamá, por favor… ten calma.— Shura estrechó las manos de Amaterasu, quien respiró ante la solicitud de su hija, recuperando la compostura. —Si te pones así, no podré decirte nada, porque solo te enojarás más y más… podrías destruir las megaislas si te enojaras demasiado.

La mayor sonrió y besó la frente de su hija, sosteniéndola en sus brazos con la firme promesa de vengarla. ¿Realmente creían que sus hijas estaban solas? La subestimaban tanto, porque su divinidad, que es alabada por todos, es un poder tan inmensurable, que ella se contiene a sí misma cada segundo de cada día, para no arrojar una supernova. Tensó la barbilla y acarició los cabellos de la menor. Así, el relato dio inicio durante largos momentos en los que la mayor tuvo que preservar la calma, solo por la promesa que le hizo a su querida Shura.

Por su parte, Erstin quien seguía la voluntad de su adorada sin rechistar, ya llegaba junto a los demás en la otra habitación, escuchando casualmente una interesante pregunta en el aire.

—¿Por qué La gran señora del Sol no usa su divinidad?— Ixel cuestiono. —¿No podría ella fundir el tesoro en un instante?

—Ella es demasiado ardiente…— susurró Ateşi con una sonrisa confidente. —Esto es algo que cualquier conocedor de la metalurgia y la herrería entiende.

—Si calientas demasiado el metal, podría perder algunas de sus propiedades, la resistencia, por ejemplo. Así, al final… el material se haría inservible. Un buen herrero, forja con paciencia, cuidando cada detalle, la fragua, la forja, el templado, el refinamiento… todo perfectamente balanceado.

—Alguien sería una digna discípula…— Ateşi sonrió, realmente quería hacer su pupila a la joven Ho, no importare su raza.

Erstin se sonrojó contenta de las palabras musitadas por la diosa, esto era incluso más impresionante que los halagos del abuelo cuando era una niña. Esta mujer había creado toda clase de objetos para los dioses y armas realmente. —Gracias, idolatrada chispa del fuego.

Ixel más que incomoda por la interrupción de la joven mortal en su conversación o las alabanzas de Ateşi por su afinidad con los metalistas, hizo acopio de toda su paciencia. —¿Hay alguna razón por la cual irrumpes en nuestra conversación, señorita Ho? ¿Shura necesita algo?

—Oh…— Notando su impertinencia, la rubia se disculpó con la cara ardiendo. —Mis disculpas, no fue mi intención. Ella desearía que Ateşi cene en su compañía, si acaso quisiera honrarla con su presencia.

—Iré… dile que estaré feliz de permanecer a su lado esta noche.— Sonrió y la joven asintió, antes de tomar asiento junto a la puerta solitariamente. La realidad es que la mayoría de las sibilas la odiaban por la enorme cantidad de atrevimientos que ella había tenido. El rumor del beso que le robó a la diosa, se regó como pólvora y ante la más mínima chispa, algo en verdad ardería. —¿Realmente tienes que ser tan dura?— cuestionó Ateşi compadeciendo a Erstin.

¿Serías tan gentil con Tsukuyomi?— Refutó Ixel. —Esta mujer rompió por completo a tu querida Sile… ¿Acaso olvidaste las tormentas? ¿Los truenos y las enormes olas en el mar? El día que vine a verla, ella estaba devastada, sollozando en nombre de esta humana que realmente deshizo su corazón.— sus manos se cerraron sobre la falda de su vestido. —Verla sufrir, me hace daño, pero ella no es la misma que en el pasado… y aun así, yo todavía la quiero conmigo.

El amor, no siempre nos sonríe…— Ateşi miró la puerta que la separaba del sol hecho mujer, claro que entendía a Ixel, más y mejor que muchos seres. —Acepta, desde ahora, que una flama como esa, no se apaga ni siquiera en las cenizas.

¿Dices que debo compartirla con una humana?— Esto sí que era indignante, no porque considerara a Erstin un ser inferior, pensaba que su raza es demasiado imberbe. —Ella es la persona que más daño le ha hecho.

Si no estás dispuesta a hacer lo que debes hacer, tal vez, ella podría tomar lo que te pertenece.— Suspiró. —Encuentra la oportunidad.

Ixel sabía que Ateşi no decía aquello para herirla, tal vez picaba su orgullo para que tomara cartas en el asunto, pero sabía que hay cosas que pueden tomarse solo cuando son entregadas. —Soy su prometida, pero nuestro lazo ha nacido en la lealtad y la amistad… eso está primero.

¿Qué crees que es el matrimonio? Se trata de amigos que son amantes…

Entonces nos encontraremos, seremos amantes y finalmente, esposas…— afirmó mirando de soslayo a Erstin, que sin duda no había entendido una palabra. Ixel suspiró porque incluso si odiara a la chica en el fondo empatizaba con ella. ¿Estar cerca de Shura era suficiente para ella? La soledad, el odio y el desprecio que la mayoría de los seres tenían para ella, ¿era consolado por apenas una sonrisa en los labios de Shura? Tal parecía que sí, porque la señorita Ho incluso sonreía como una niña, como si algo especial hubiera ocurrido.

¿Acaso Shura fue debilitada por la marca de Oren y algo pasó? Se negó esta opción, porque conocía el carácter de la diosa del agua. Se levantó anticipando la presencia de su prometida, notando como el agua fluía hacia la puerta en reverencia a su señora, quien seguramente ya había completado su charla tras un largo rato con su madre. En este punto, Ixel concluyó que ya era el momento de actuar activamente, dado que su gentileza había sido explotada hábilmente por la joven Ho. Así que cuando su prometida cruzó la puerta y sus ojos se tornaron rojos por la proximidad de Erstin que la había esperado en la puerta… Ixel caminó directamente hacia Shura, sujetó su mejilla haciendo que la mirara solo a ella, le sonrió cálidamente y le plantó un beso en los labios.

La caricia que inició con ternura, ante la estupefacción de todos, se intensificó en el momento que un suspiro escapó de la boca de la guardiana de Acua y su beso se tornó tanto más apasionado, sus ansias se desbordaron tan intensamente. Que Ixel tuvo que apaciguar a su prometida para que la intimidad de su contacto no continuara ocurriendo a la vista de todos los presentes. Se apartaron jadeando, volvió a acariciar su mejilla y unieron sus frentes, un alivio inesperado se reflejó en la faz de la primera espada, pues las marcas se apagaron en sus sienes y los ojos de Shura eran ahora tan verdes como la vida natural que desprendía la dama ataviada en esmeraldas.

—Te extrañé, mare…— musitó el apodo cariñoso, sosteniendo su mano, la cual beso, mordiendo un poco su nudillo al final, lo cual estremeció a la pelinegra. —Pero… ¿Debería castigarte un poco por preocuparme tanto?— Le susurró al oído, mordiendo su lóbulo suavemente y con el tono privado que solía usar cuando eran amantes frecuentes hace milenios. —Verte sufrir fue la cosa más dolorosa en mi corazón, así que por favor, sé más cuidadosa en el futuro… o realmente podría tomar represalias.

—Lo seré…— prometió, aún embelesada por ella. —Solo quisiera llenarte de felicidad de ahora en más.

Encantada con tal respuesta, la dama de las platas tomó su oportunidad. —Susurra mi nombre cada vez que me necesites… llamame a ti, incluso si no es así, que iré a tu lado para hacernos mutua compañía.

La picardía de aquella mirada esmeralda, en verdad, hizo sonrojar a Shura, quien asintió suavemente, besando de vuelta el envés de la mano de Ixel con una nueva promesa. —Entonces, reposa conmigo en mi lecho, cada noche…— Respondió directamente la propuesta de la mujer, pues no pensaba echarse atrás con respecto a su compromiso. —Haz que el sueño sea más dulce.

—¿Alguien no quiere esperar al ritual de la unión?— La risa de Ateşi llenó el silencio sepulcral. —Yo tampoco esperaría, ¿verdad Asu?

—Deja a las prometidas ser felices… ¿No son estas las mieles que se anhelan antes de la unión?

Erstin lo vio todo, tan silenciosamente en aquella silla junto a la puerta y la impotencia la nubló… no entendía nada, cuando podía creer que había avanzado pasos agigantados en la dirección correcta, entonces Shura actuaba con esta displicencia, con crueldad incluso. ¿Se estaba vengando de ella? O es así como sería todo, incapaz de tomar distancia sin morir, tendría que verlas ir camino de una boda, una cama y finalmente… el fruto de todo eso, su linaje.

Soltarla, es… ¿Lo que debía hacer? ¿Cómo dejas en manos ajenas el corazón que late en tu interior? No sabía vivir sin un corazón. Aquel beso, sus caricias, sus miradas, sus promesas, verlo era desgarrador, como una tortura lacerando sus ojos. Desearía tanto, regresar el tiempo, incluso sin la piedad de saber que ella existía en este mundo, ojalá jamás hubiera tomado a Christine… porque en ese mundo, ella misma podría estar en el lugar de Ixel, tomando su afecto a manos llenas.

Pero, ¿cómo podía compararse con ella? ¿Ella la esperó mil años? Su consciencia le recordaba que no pudo soportar el tiempo suficiente. ¿Así fue como Shura se sintió con Christine en su cama desnuda? No… eso fue mucho peor. Estrechó su rostro entre sus dedos mientras las lágrimas caían desde sus mejillas, incapaz de gemir o sollozar audiblemente.

Erstin fue llevada de forma sobrenatural, estaba apenas unos metros dentro del cuarto en la habitación cerrada, mientras las manos tibias de alguien cubrían sus ojos. —La humanidad es difícil… expuestos a sus debilidades, están constantemente enfrentados a sus demonios. Pero siempre, puedes reparar las equivocaciones…— susurró consoladoramente una voz tan gentil y apacible.

—He roto el lazo que nos unía, aunque creyera que tenía una justificación, no es suficiente para ella…

—¿Era suficiente para ti?— Cuestionó nuevamente la voz.

La joven Ho sintió el peso oprimiendo su pecho. La rabia volvió a surgir, pero no estaba dirigida a alguien fuera de ella. En el fondo no lo había sentido correcto, pero no le importó porque se convirtió en la única cosa que anestesiaba sus emociones, como una pausa en un tormento infernal. —No… no lo era.

La misteriosa persona finalmente liberó su rostro y cuando Erstin la observó, notó unos ojos felinos de color dorado que eran tremendamente parecidos a los de Amaterasu. La sonrisa de aquella mujer, que ciertamente era una deidad por el resplandor dorado que emanaba su cuerpo, pronto le resultó inmensamente familiar.

—En ese caso, no se trata de omitir tus errores…— La sonrisa que se formó en la piel nívea, delató los preciosos hoyuelos en el rostro de la diosa, aquella conocida como la tercera espada. —Cuando un jarrón se rompe, los artesanos suelen tomar cada fragmento armando un intrincado rompecabezas, puliendo los fragmentos. Junto al pegamento, se usa polvo de oro para resaltar las grietas. Así, aquel jarrón destrozado y aparentemente inútil, se convierte en la obra más hermosa de un hábil artista cuyo valor es mayor que la pieza original.

—Ame no Mikoto…— Erstin se arrodilló de inmediato. —Usted…— ¿Ella la sacó de aquel abismo para darle esperanza?

—Elige lo que quieres ser, Erstin Ho… serás una persona rota, o una mujer renovada que ha superado su fragilidad para ser algo mucho más bello y fuerte.— Mikoto se sujetó el pecho, palideciendo. —El proceso es doloroso, sin duda… pero tú serás quien decida cuál será el resultado.— Añadió con suavidad con voz algo adormilada y los ojos cansados, aunque su mayor ilusión venía a sus pensamientos. —Ya pronto, podré mantenerme despierta lo suficiente para verla… a mi querida Mai.— Susurró poco antes de convertirse en un trueno y desaparecer de la vista de la joven rubia.

—¡Su gracia!— La llamó deseando que ella pudiera oírla. —Mai… Mai va a desposarse con otra persona…— Pero lamentablemente la diosa de la tormenta había vuelto a sus aposentos, sumergida en el sopor una vez más.

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El palacio de los Lirios.

Sus días se hicieron más inusuales de lo que ya eran, cuando Natsuki y Derha dividieron su existencia en dos cuerpos para preservar consciencias separadas, con la esperanza de poder cuidar correctamente de su creciente familia, así como realizar sus deberes como monarcas en los dos mundos. Shizuru realmente pensó que pasaría un largo tiempo antes de que pudiera volver a ver a los dos pilares del inframundo, suponiendo que estarían muy ocupadas… grande fue su sorpresa cuando, como de costumbre, Ceret vino a realizar la terapia de contacto con Natsuki para continuar tratando su aversión a los pelirrojos. Pero ella no se presentó sola en el palacio, pues Derha la acompañaba emocionada con la idea de poder pasar tiempo con las niñas que casi olvidaba, son también sus hijas.

La primera vez fue más que singular que las cuatro compartieran la sala del té, mientras las manos de Ceret y Natsuki permanecían unidas. —¿Entonces nosotras también podemos tener terapia de contacto?— Preguntó Derha, ansiosa por sostener la mano de Shizuru con la ilusión de igualar las cosas y excusar la proximidad que pudiera.

Las miradas sospechosas de Natsuki y Shizuru se posaron sobre ella, mientras Ceret sonreía negando con la cabeza, sabía que eso no funcionaría y nadie diría que no era ocurrente, aunque recibió una firme negativa de la castaña. Derha no tuvo más remedio que levantar los hombros con resignación y comentar las novedades en torno al inframundo, la separación permanente de las dimensiones, la preparación para la guerra que ahora sería ineludible, en vista del ataque que la familia del sol recibió recientemente. —¿Viste a Shura no es así? Los refuerzos que pusimos en su templo, deberían mantenerla a salvo ahora que está vulnerable. Claro que con nuestra madre en ese lugar, por no mencionar su prometida, es obvio que no podrán atacar tan libremente.

Natsuki asintió, aquella vez, como si fueran una sola, tanto Derha como ella fueron a verla tan pronto supieron del ataque que recibió a manos de las fortunas. Ver las heridas en el torso de Nina aún hacía que la sangre de las dos hirviera, fundamentalmente porque los desgraciados de la dimensión de los mares usaron posesiones y maldiciones para alterar el espacio, creando una trampa especialmente efectiva contra la dama del agua. La parte más angustiosa, no era otra que los medios que emplearon, que podrían ser efectivos en el castillo Silene.

—Elfir también fue alertada, así que se llevarán a cabo los preparativos para mantener a salvo a la familia Gallaher y un acuerdo diplomático para mantenerlas lejos de la influencia de los destinos. Se teme que las acciones de las familias colaterales para tomar el trono de Remus, sean otro de los ardides de las fortunas, pues ya se han filtrado dos intentos de envenenamiento sobre la princesa De'Zire y la emperatriz Sara.— La expresión preocupada de Derha se hizo evidente, dado que los intereses de estas personas se mantuvieron estables en el tiempo y que repentinamente tomaran acciones, no podía ser solo una casualidad. —Las hadas se han infiltrado entre los sirvientes para protegerlas, pero en contraste, la salud de nuestra hermana se ha deteriorado terriblemente, su potestad sobre el viento ha disminuido considerablemente y salvo por el tiempo que pasa junto a su esposa e hija. Permanece enferma la mayor parte del tiempo…— La hija de Tsukuyomi pensaba que algunas de las acciones de Zire fueron manipuladas por las fortunas. Era difícil que las condiciones para una maldición de florecimiento marchito se dieran.

—"Las fortunas son los hermanos mayores de Zarabin y se atrevieron a herir a Shura y a Elfir, sus hermanas menores. ¿Realmente tienen la sangre tan fría?"— Pensó Shizuru sintiendo algún dejo de culpa, muy semejante a la que vivió cuando su padre actuó en contra de los Kruger. Si bien ella no se consideraba idéntica a la deidad del Renacimiento, no podía negar el extraño vínculo que las unía, aquel que había dado paso a la existencia de sus bellas estrellas. Sabía que si solo fuera una humana cualquiera, jamás habría podido engendrar a sus bebés y esa circunstancia la conflictuaba, porque aquella situación que pudo ser una virtud, al principio, ahora se había convertido en una cadena que presiona en su consciencia. Shizuru aún asimilaba los eventos de los que se estaba enterando en ese momento. Su cabeza trabajaba vertiginosamente en todas las implicaciones de las cosas.

—Con Mashiro y Rena en el palacio mágico que construimos, me siento un poco más tranquila— Añadió Natsuki. —Pero…— Había cierto temor en la faz idéntica de las dos mujeres pelinegras, porque sentían el peligro sobre su familia cuando ni siquiera habían logrado consolidar su vínculo con Shizuru, Natsuki debido a su incapacidad actual y Derha quien no alcanzaba el corazón de la castaña pese a poder enfrentar las vivencias que ahora las dos compartían.

—Shizuru…— La suave voz de Ceret llamó a la castaña que parecía ensimismada, como todos y los iris rubí la miraron de vuelta. —Estamos preocupadas y esa es una verdad en días tan inciertos como este.— Dijo sujetando la mano de Derha, quien asintió silenciosamente posando sus ojos esmeraldas en la castaña con una súplica silenciosa. —Puedo ver que tú también lo estás. Por eso, quisiera saber… si aceptarías nuestro cuidado y protección permanente en este mundo, en esta morada. Ya antes he velado por ti y por Natsuki en el anonimato, pero incluso entonces… Oren actuó donde no tenía potestad para intervenir.

La joven madre se levantó consternada, acercándose a la cuna en la que sus niñas, sostenían un par de cascabeles y otros objetos coloridos mientras balbuceaban, como si tuvieran una conversación trascendental entre ellas. El intenso amor que sentía por Tsukira y Erin se desbordaba en la contemplación pacifica de las pequeñas cosas. Necesitaba proteger esta paz y tener la certeza de mantenerlas a salvo. —¿Estás de acuerdo Natsuki?— Shizuru no tomaría esta decisión sola, incluso si sus miedos atacaran con ideas horrorosas de lo que las fortunas intentarían contra ellas o sus niñas.

Tenía mucho que perder, fue el primer pensamiento que asoló el pensamiento de la joven Kruger. Una cosa era luchar contra personas con intensiones poco honestas, un golpe de Estado, traiciones… y otra muy diferente, enfrentar a quienes pueden crear insidias como esas con el chasquido de sus dedos, lo que le pasó a Shura en realidad le aterraba enormemente. —Mientras más protegidas estén tú y las niñas, mejor.— aceptó, pese al miedo que su magullada estima experimentaba con la presencia de su otra mitad.

—Las amamos…— murmuró Derha, mirando a Shizuru y a Ceret, quien asentía. —También queremos protegerlas.

—Se los agradezco. Entonces que así sea…— La joven de Tsu no dudó, no se permitiría correr riesgos. —Querida Lurha, puedes ordenar los aposentos para sus majestades. Pon a Ceret y Derha en la mejor habitación de huéspedes disponible. La querida nana asintió obedientemente, estaba sorprendida de que el primer príncipe de la Luna que encontró el modo de sustentar dos cuerpos separados, viviera bajo el mismo techo con su esposa y con la señorita, que no estaba acostumbrada a los matrimonios múltiples de la dimensión celestial.

Pasaron horas hablando de los detalles, establecieron horarios de guardia para garantizar que, como durante su embarazo, Shizuru estuviera escoltada y cuidada todo el tiempo. Se aseguraron de que tanto Derha como Natsuki cumplieran con sus obligaciones, por lo que de ahora en adelante, Shizuru compartiría con Ceret una gran porción de su tiempo en la mañana. Las tardes serían custodiadas por Derha y las noches, serían suyas junto a la Kruger.

Ceret inclinó suavemente su cabeza, había dejado a las revoltosas pelinegras dialogando en el salón con la suficiente distancia para evitar que vuelvan a fundirse en un solo ser. —Me disculpo por interferir en su vida privada, pero no hemos tenido paz, pensando en nefastos escenarios sobre ti o las niñas. Incluso temo por Natsuki, quien pese a su poder abrumador es todavía susceptible… su estabilidad mental es todavía delicada.

Shizuru asintió, consciente de que Natsuki tenía reacciones extrañas y abruptas en los momentos más insospechados. —Ni siquiera sabía que cuidabas de nosotras en secreto.— Había estado pensando las peores cosas de la mujer pelirroja en esos días, porque moría de celos y ansiedad en cada ocasión que ella vino a tratar el mal de la mente que su esposa padecía. —Natsuki no lo mencionó.

—Ella no lo sabía. Yo quería evitar que se sintieran cohibidas…— Aclaró raudamente con una sonrisa apenada.

—En realidad soy yo quien no sabe como agradecer la devoción de Derha, la tuya… ya es impagable.— Admitió la de iris rojizo apenada mientras doblaba algunos de los atuendos de sus hijas, ella sabía que tenía sirvientes para este menester, pero a veces… doblar aquellos tejidos tan suaves y tiernos, traía un poco de paz a su pensamiento.

—¿Por qué lo dices?— La curiosidad en el iris marino de la deidad resaltó en sus bellas facciones, mientras le tendía el siguiente mameluco amarillo de Erin.

—Entiendo a Derha. Erin y Tsukira… también son hijas suyas. Sé que siempre tendrá un ojo puesto en ellas. Pero a ti, no te comprendo.— Shizuru sentía que no había una forma en la que ella fuera tan… altruista. —¿Por qué harías todo esto?

—Me he preguntado lo mismo, últimamente.— Ceret bajó la mirada ligeramente apenada por lo que diría. —Después de rebanarme la mente durante días con ideas cada vez más descabelladas, consideré que lo simple suele ser la mejor respuesta.— respiró en busca de aire y valor, luego miró seriamente a Shizuru. —No encuentro otra explicación. Me gustas y me importas, así que no puedo estar tranquila pensando si algo les pasa… protegerlas fue la única cosa que se me ocurrió para serenarme.

—¿Qué dijiste?— Los iris rojizos se abrieron más que sorprendidos. —¿Te gusto?

Ceret asintió intentando dar un mejor contexto a la castaña. —Sin la rivalidad o el odio que he sentido por Zarabin, puedo verte de una forma diferente, pero no pienso en ti como una hermana. Sé que te he dado la bienvenida en mi familia con el corazón en calma… ¿Cómo podría hacerlo si no me agradaras? No estoy segura de que el sentimiento sea del todo romántico, pero es bueno… porque me trae alegría.— La dama levantó los hombros sin darle demasiada importancia, mientras las mejillas de Shizuru ardían tan apenadas. —No te asustes, no estoy enamorada de ti… lo que yo considero amor es un sentimiento demasiado grande e intenso, sin mencionar la pasión que se desborda.— Ceret ladeó el rostro y encontró divertidos los nervios que producía en la castaña, no era tan tonta para no ver su reacción el día que la salvó de la onda expansiva, o lo confiable que puede ser sosteniendo sus manos. Se inclinó un poco más cerca y la castaña se congeló en su lugar, desacostumbrada a la confianza femenina de la pelirroja. —No es que piense acorralarte o algo parecido— musitó, mirando profundamente en el rostro apenado con una calidez contagiosa. —Simplemente, me siento mejor sabiendo que todas las personas importantes para mí, están a salvo.

Shizuru volvió a respirar cuando Ceret se apartó y sus ojos llenos de una calidez extraña se entretuvieron en las diminutas medias de Tsukira. ¿Sería alguna efervescencia de los impulsos alegres de una mujer embarazada? Suspiró considerando el hecho de que esta diosa era tanto más misteriosa e impredecible de lo que pudo pensar alguna vez. Se espantó, porque Ceret es cautivadora y en verdad podría robar el corazón a cualquiera… ¿Incluida ella? Negó con la cabeza. ¿A dónde había ido sus infranqueables murallas? ¿Era tanta su gratitud o en verdad le interesaba la dama de la memoria? Se acarició el puente de la nariz con algo de tensión en las sienes. —¿Qué hay de tu esposa? ¿Cómo se desenvuelven las cosas?— preguntó, para salir de la situación incómoda en la que estaba, seguramente Ceret solo estaba jugando con su mente.

—La presencia de Derha ha sido aliciente y reconfortante, no tengo que llevar el peso de mis responsabilidades sola,— Eso era amor, no quedó la más mínima duda. Los ojos marinos brillaban con solo decir el nombre y su sonrisa crecía, más que llena de ilusión. —Sus afectos son realmente tiernos y cuidadosos. La amo un poco más ahora que me muestra abiertamente que me quiere, porque antes de la desfragmentación era bastante esquiva en cuanto a sus sentimientos. Supongo que el amor era sinónimo de debilidad en su pensamiento y ahora sé que aquello se debió a la enorme herida que Zarabin le dejó. Incluso ha vuelto a sonreír sinceramente y es un poco juguetona.— Su expresión se tornó feliz, pensando en el hecho de que si había algo que amaba de esta diosa creadora, es que su alegría era contagiosa, era esperanzadora. Luego pensó en la joven dividida cuya existencia independiente era inesperada. —Sobre Natsuki, te aseguro que mi gratitud es infinita… lo que hizo para mantener la consciencia de mi esposa, es algo sobre lo que ni siquiera puedo expresarme correctamente.

Tomando la oportunidad, Shizuru quiso saber si eso había cambiado. —Ahora que tienes a Derha contigo… ¿Tu sentir por mi Natsuki, sigue siendo el mismo?

—Derha y Natsuki son un solo ser… y yo amo todo su ser.— La seguridad en la voz de Ceret fue palpable. —Aún tengo trabajo pendiente en el Janama, así que vendré a verlas en la noche.— informó, poniéndose de pie y dispuesta a volver a sus deberes frecuentes. Entonces la deidad se acarició la barbilla y reflexionó sobre el verdadero significado de la pregunta de Shizuru, por lo que aseveró algo más antes de irse. —Pero no temas, no haré nada que ustedes no quieran…

—Gracias.— Respondió cortésmente.

Luego, cuando la presencia de la diosa se desvaneció con su partida. Shizuru reflexionó en torno a lo que le dijo la mujer, el gorrito azul de su bebé se cayó de sus manos, y la joven madre volvió a sentirse abochornada. "No haré nada que ustedes no quieran…" El rostro le ardía más y más, cuando todos los posibles significados de esas palabras pasaron por su mente. ¡Dioses! Necesitaba pasar la noche con su mujer, exigiría sus derechos conyugales, cualquier cosa con tal de no tener ideas tan locas como las que pasaban por su mente en ese momento. El mal de la abstinencia realmente le estaba pasando cuenta y ¡haciendo estragos en su fortaleza mental!

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Palacio Sephiroth.

Los días habían cambiado su color, eran más brillantes y alegres de lo que siquiera pudo imaginar en sus más alegres fantasías. Mashiro jamás pensó que tendría tanto, algunas veces incluso temía que tantas bendiciones pudieran ser cobradas en el futuro, pero cuando le atacaban aquellos aciagos pensamientos se recordaba las palabras de Amaterasu: "Eres merecedora de amor y de felicidad". Tales palabras cimentaron una nueva ideología en su mente en la que la percepción que tenía de sí misma se fue reconstruyendo poco a poco; así los agobios que la atormentaban fueron desterrados por su propia voz interior o enfrentados, tal cual vinieran.

Esa mañana estuvo en los brazos de Elfir. Su adorada esposa le había demostrado su amor con su corazón y con su cuerpo; retozaron en su habitación hasta que la luna, testigo de tanto derroche, quiso esconderse abochornada en las montañas para dar paso al sol. Su cuerpo, que era formidable, no conoció la fatiga, ni las ardientes pasiones dejaron rastros dolorosos, pese a que su amante fue mucho más fogosa. Mashiro tenía la certeza de que Elfir la había tratado como a una porcelana en su primera ocasión y cada vez que le hizo el amor siendo una simple mortal; porque sus manos realmente podrían haberla destrozado en un descuido, así de abrumadora era su fuerza y poder. Ahora que había alcanzado la gracia de una diosa de nombre Aithḗr, conoció la potencia de los envites de la cadera de su amante y las maravillas deliciosas que podía hacer su divinidad. ¿Cómo se controlaban los dioses para no entregarse al placer eternamente? La fatiga no parecía ser obstáculo y su regeneración era realmente impresionante.

Salió del lecho y cubrió su desnudez con una bata, observó el amanecer en el precioso horizonte que desvelaba la nación de Remus y a lo lejos distinguió el castillo de las Imperatorias Saphir, algunos kilómetros bajo el nivel del Sephiroth, como fue llamada su nueva morada. Notó las nubes que apenas rozaban el coloso cristalino, recién creado por la mano de Natsuki y su divinidad magistral, por lo que las vistas eran magníficas a tal altura. Sus aposentos privados levitaban sobre el templo, como un palacio flotante, al que los mortales solo podían ascender por una torre de cristal, que contenía una plataforma antigravedad que se alineaba tan solo una vez al día durante unas pocas horas. Elfir escogió a los sobrenaturales y sibilas más confiables, por lo que fueron servidas con una diligencia impresionante.

Su humanidad, como fue… se desvaneció y Amaterasu quien le dio tan maravilloso regalo, le advirtió que tendría que renunciar a su identidad mortal en el futuro. Tenía suficiente tiempo para atender sus asuntos y resolver los detalles, pero cuanto más rápido lo hiciera menos rastro dejaría su presencia. La señora del Sol le había explicado que la humanidad había sido la creación más joven, una que aún debía avanzar enormes pasos, por lo que algunos seres los menospreciarán. Incluso la que gobierna la dimensión de los cielos no puede obligar a los seres a pensar o sentir de cierta forma, por lo que planeó convertir a las esposas de sus hijas, en deidades de una categoría digna para que sus vidas fueran más largas y fructíferas, su seguridad más adecuada y su propósito más alto. Ella ha sido la primera deidad creada con orbes artificiales…

Estaba tan sumergida en sus pensamientos, que cuando su amante la abrazó por la espalda la tomó ligeramente por sorpresa. Sintió las cálidas manos de su querido viento, acariciar sus antebrazos, cruzados sobre su pecho. —¿Aún gozas del tiro al arco?— Preguntó Elfir con una sonrisa cautivadora.

—No he tenido mucho tiempo para practicarlo en los últimos años, pero sí… disfruto mucho de ello.— Claro, era una actividad que hacía desde niña, una de las cosas que desarrollarían su disciplina, postura y porte. Fue de las pocas actividades que debía realizar por las que se sintió realmente atraída. —¿Por qué lo preguntas cielo?

Elfir besó su hombro y se alejó para buscar una enorme caja que había ocultado cuidadosamente. Una vez volvió junto a ella, tomaron asiento, la castaña depositó el obsequio en sus piernas y rebeló el contenido ante los ojos de Mashiro. Con semejante presente, los iris aguamarinas temblaron y abrió los labios más que sorprendida por su contenido. No era otra cosa que un arco incrustado en joyas de una magnificencia sin igual, cualquiera que fuera el artesano del artilugio estaría muy orgulloso de su obra.

—Dijiste que querías aprender técnicas de combate.— mencionó la segunda espada, recordando aquella conversación con Mashiro el día del alumbramiento de Rena; le había hecho una promesa que sin duda esperaba cumplir. —La habilidad con el arco es realmente maravillosa en la distancia y con tu divinidad celestial, la precisión de tus disparos será excelsa. Pero si gustas una defensa cuerpo a cuerpo, este arco ultraligero de platino auriano será ideal para socavar a tus enemigos con los filos ocultos. Serás una guerrera como lo deseabas, si aceptas que te instruya en combate de proximidad, te enseñaré como usar el arco y las dagas de forma eficiente.

Mashiro casi había olvidado este pequeño acuerdo, porque la vida fue muy agitada a partir de ese día. Pero celebró en su corazón, que para Elfir cada cosa alrededor de ella o de sus acuerdos, era una cuestión de alta importancia. Se volvió a mirarla y le plantó un beso en los labios, con la inmensa gratitud que sentía. —Supongo que otra vez tendré que esperar al anochecer para recompensarte correctamente, amor mío.

Elfir se sonrojó, la sonrisa ladina de Mashiro casi le impidió el pensamiento coherente. Tragó saliva y asintió. —Entonces te daré más razones.— Le mostró a su esposa como activar el mecanismo para separar el arco en dos piezas gemelas, de tal modo que dos empuñaduras se formaron y los filos laterales surgieron en los bordes. Así, en las manos de la deidad del Eter, aguardaron dos afiladas dagas assassin, dando al instrumento la letalidad oculta que ningún oponente anticiparía.

—Por los dioses, ¡son armas increíbles!— Eran tan ligeras que realmente se sentían como una extensión de sus manos. Volvió a unirlas y el arco retornó a su forma original; Mashiro era tan dichosa como cuando los niños reciben regalos, la ilusión en sus ojos era inocultable, de hecho no podía esperar para probarlo. Elfir le mostró el último truco, tocó la gema del brazalete en de la Kruger, aquel que fue su presente de bodas… y un haz de luz brotó de él, tocó el arco y este fue absorbido, dejando incluso más impresionada a la joven.

—Podrás llevarlo contigo a todas partes, basta que desees tener el arco en tus manos y este emergerá. Solicité estas armas a los herreros de Ateşi. Dadas sus especificaciones temí que no estuviera listo para este día. Pero, la dama de la flama me juró que lo lograría y henos aquí, así que estoy tan contenta…— La voz alegre de Elfir llenó el lugar. —Feliz cumpleaños, mi amor…— La tomó por la cintura y la levantó, luego volvió a besar sus labios juguetonamente. —Te amo.

Mashiro había olvidado su propio cumpleaños, miraba estupefacta a su mujer casi con lágrimas en los ojos. Entonces las hadas, Shinzo con Rena en brazos y Teana junto a las sibilas más leales, entraron en la habitación con muchos regalos y un magnífico desayuno con todos los platillos que tanto le gustaban. Esto era mil veces mejor y mucho más privado, lo hacía tan especial como no lo recordaba desde los pequeños agasajos en su infancia. La realidad es que Mashiro odiaba las fiestas palaciegas en las que los nobles le regalaban cosas solo por su posición como heredera al trono. Tales falacias le aburrían tanto como a la mismísima Arika, quien se escapaba para no asistir a los eventos y luego se aparecía en su cuarto con algún regalo especial, fuera hecho por ella misma o comprado, pero siempre pensado para llenar de calor su pecho en cada ocasión. Ella como princesa jamás pudo excusarse, pero este día, el primer cumpleaños en su nueva vida se celebraba y no tenía que complacer a nadie, más que a sí misma y a su pequeña familia.

Fue memorable, comió manjares con la compañía de humanos y sobrenaturales que la apreciaban; Elfir sostuvo a Rena mientras le daba un sorbo de ambrosía en un biberón, la mayoría se derretían con los movimientos y sonidos de su hija, y los entendía… ella misma no era inmune a tanta ternura. Shinzo le informó que su agenda había sido despejada, por lo que ese día era completamente suyo para hacer lo que deseara y en efecto, la mayor parte de la mañana estuvo en el jardín de Sephiroth con Elfir, aprendiendo técnicas de combate cuerpo a cuerpo. En medio de los movimientos de lucha se sometieron una a la otra, con la excusa de practicar, aunque admitiría para sí misma que era por demás insinuante. Todo fue nuevo y trepidante, estuvo debajo la mayoría de las veces, pero aquella unica vez en la que pudo derribar a su esposa y se sentó sobre su regazo con la victoria entre las manos, se sintió eufórica.

Muy a su pesar, después de asearse y prepararse para dar un paseo por los alrededores, Elfir fue llamada por su madre, para resolver asuntos de los reinos superiores. Mashiro la despidió con afecto y consideró tomar la oportunidad para ir a la zona de entrenamiento del Castillo Glorieth, moría por averiguar que tan oxidadas estaban sus habilidades con el arco. Así que fue allí con la compañía de Shinzo como cuidadora de Rena y de la sacerdotisa Teana, quien fungió las veces de guía en el lugar.

La gran madre del templo habló con los caballeros y estos dejaron un campo de entrenamiento a la disposición de la diosa, como fue referida por la anciana. Los más jóvenes corrieron a ajustar los blancos, para que la dama probara diferentes distancias; otro se apresuró a traer diferentes arcos de la armería con la esperanza de que la deidad eligiese uno que fuera de su gusto.

—Espero no importunarlos, caballeros…— murmuró Mashiro con una sonrisa que dejó idiotas a unos cuantos de los hombres. —Agradezco su amabilidad.— La delicadeza y elegancia de sus movimientos la hacía incluso más hermosa, los sonrojos no se hicieron esperar.

—Ella es la esposa de nuestra señora Elfir del viento…— Aclaró Teana con la esperanza de que la diosa, a la cual veneraba, no tomara represalias. —Y esta es la princesa de las hadas, hija de sus excelentísimas.— Señaló a la bebita de preciosas alas plateadas que se chupaba el dedo, mientras los miraba a todos con sus enormes ojos azules llenos de chispitas brillantes.

La anciana vio un par de corazones rotos en los ojos de los guerreros, pero harían bien en no soñar demasiado. Teana sabía que su señora era realmente flexible sobre muchas cosas, empero, aquellas personas a las que consideraba sus tesoros preciados, jamás estaban lejos del alcance de sus ojos.

—Es un placer conocerlos, yo soy Aithḗr D'Solaris y esta es mi hija, Rena Solaris.— murmuró con profundo orgullo.

Los hombres se postraron con la consciencia de estar en presencia de dos deidades, nada menos que la familia cercana de su diosa guardiana. Se consideraron realmente afortunados, por cuanto tales cosas significaban que Elfir del viento había establecido su hogar en el templo y la tierra de Remus, si la presencia de su esposa e hija, además del palacio flotante, murmuraban de una estadía indefinida. —La serviremos y adoraremos, ¡Oh gloriosas! Aithḗr D'Solaris y a usted, lucero del cielo, princesa, Rena Solaris.— Entonó solemne el capitán del escuadrón en representación de los 12 hombres que ocupaban el lugar.

La joven de melena plateada agradeció las atenciones del grupo y rechazó cortésmente los arcos ofrecidos, mencionando que vino a probar uno que su esposa le obsequió por su cumpleaños. Los caballeros se maravillaron del arma mítica que apareció en las manos de la diosa y si cualquiera aún tuviera alguna duda sobre la naturaleza divina de la albina, el pensamiento murió con el primer disparo de su flecha. Pese a no ocupar ni una partícula de su animus, la flecha destrozó el blanco, la paja y la pared trasera con una pequeña explosión. La potencia del arco, realmente estaba fuera de ese mundo. ¿Qué esperaba su esposa que hiciera con semejante arma? No quería ni pensar lo que harían las flechas de luz, hechas de animus.

—Tiene una puntería maravillosa, mi señora.— Alabó Teana, disfrutando de la vista de las mandíbulas desencajadas de los hombres a quienes el gato les comió la lengua.

—Haré unos cuantos ajustes, para no acabar con el campo de tiro…— murmuró el cisne, con una sonrisa apenada, volvió a disparar y esta vez, el cuidado excesivo de la fuerza le permitió dar en el blanco sin destruirlo.

Los hombres se apresuraron a aplaudir en cada ocasión que la deidad usó el arco, sus disparos eran formidables, pese a que la misma mencionó que no practicaba hace tiempo. Esta es una de sus pasiones, sus sentidos se agudizan y su respiración se acompasaba tranquilamente, en ocasiones como esa se sentía una con el viento y la naturaleza, como si fuera una parte del todo que se mimetiza con el mundo. Nubes blancas y esponjosas se formaron en los cielos robando un poco de espacio al precioso azul de la bóveda celeste…

—¿Qué ha pasado?— La voz de Zire se escuchó en el lugar, ella venía acompañada por algunos de los caballeros y el propio Kamui. —Oímos una explosión.

Mashiro sonrió, no había planeado destruir la pared, pero era conveniente en verdad que por fin pudiera cruzarse con cierta princesa de Remus. Guardó el arco mágico dentro del brazalete y con ello De'Zire finalmente dirigió su atención sobre ella, cruzándose las miradas retadoras de las dos. —Me disculpo, no medí mi fuerza correctamente. Pero te aseguro que mis hadas, resarcirán el daño.— La voz diplomática de la Kruger se escuchó en el lugar,

La princesa remusiana miró en dirección del muro derruido, notando que pequeños brillos de colores movían enormes bloques de piedra, restaurando la estructura dañada con hilos mágicos hasta restablecer el lugar como si el impacto jamás hubiera ocurrido. Era una suerte que nadie hubiera resultado herido, pues los campos de entrenamiento para ello están diseñados, pero la irritación en el rostro de Zire no pudo ser escondida, por cuanto a quien tenía delante era la mujer que le había ganado la partida y eso todavía dolía en su pecho. El palacio Sephiroth de la diosa Elfir, era un recordatorio visible en toda la capital, así que para ella se sentía como si alguien le restregara su victoria en la cara.

—Si ese es el caso, ¿qué te trae por aquí?— El tono disgustado de Zire no escondió la ironía ni un poco. —¿Estás jugando a la guerra?

El aliento de los soldados, Teana y cualquiera que supiera de la divinidad de Aithḗr se contuvo con espanto y la confusión llenó la cara de los otros ignorantes. La sacerdotisa, como representante del templo, se apresuró a corregir la actitud grosera de su princesa, quien estaba cometiendo un acto tan insolente en presencia de los inmortales divinos. Pero la mano de Mashiro la detuvo con un ademán de apacible silencio; no se detendría en la explicación de las jerarquías, al menos no por el momento. —Hablemos, princesa.— ordenó con suavidad. —A solas…— Añadió.

Se dirigieron a una zona de descanso en la que una mesa donde el té y galletas aguardaba, este lugar era servido por las criadas y como era costumbre, los días que la princesa tenía entrenamiento básico. Ocuparon la suficiente distancia para salvarse de los oídos inoportunos y tan pronto tomaron asiento, Zire no pudo contener más las emociones que la embargaban.

—Eres una oportunista, Mashiro Kruger…— La princesa remusiana soltó aquellas palabras, pues la ocasión de hablar a solas con la duquesa la había eludido a lo largo del tiempo desde que la dama de Windbloom comenzó a vivir en el Templo con Elfir.

—Un insulto, en lugar de un saludo, no es propio de ti, princesa.—La joven albina ni siquiera se sintió ofendida, porque entendía la frustración de la mujer ante ella.

—Tomaste la primera ocasión de la diosa, como si no supieras que su honor haría que te desposara por ese simple hecho y saben los dioses que ella no fue la primera en tener tu cuerpo.

—Tú tomaste la primera ocasión de su cuerpo mortal, como yo lo veo, es un empate.— La joven madre no imaginó que el orgullo herido de Zire, pudiera susurrar palabras tan desagradables. Aun así, no cayó en su provocación. —Y no eres quién para juzgar el valor de mi cuerpo, si a mi esposa le pareció digno de su primera vez, entonces no hay nada al respecto que puedas decir que me importe lo suficiente.

La dama de mirada violácea apretó los labios adoloridos. —El velo del amor es así, ¿verdad? Hace que veamos más brillo en el oro, pese a lo bajo de sus quilates.

Aunque Mashiro sabía a qué se refería Zire, le devolvió el golpe. —¿Dices que Elfir es un oro falso que brilla demasiado? Si es lo que piensas del amor… hiciste bien princesa. Puedes desviar la mirada de ella. Ante mis ojos, mi esposa es el Zafiro más precioso de los mundos…

—Hablo de ti, te vendiste a un precio impagable valiendo tan poco.

—Elfir también te ama, De'Zire… si piensas que ella ama cosas sin valor. ¿Te consideras alguien insignificante?

Aquellas palabras, viniendo de Mashiro, tocaron una fibra sensible en el corazón de la princesa, porque casi parecía una ironía que ella le informara de los sentimientos de Elfir con tanta naturalidad. —No tuerzas mis palabras.

—Entonces mide mejor el significado de tus palabras, porque yo soy Aithḗr D'Solaris, la esposa de la deidad del viento, la reina de sus hadas, divinidad del Eter y la madre de su hija. No concederé que me insultes otra vez, porque tu falta de respeto hacia nuestro lazo es un insulto a ella misma.— La dignidad de Mashiro en ese momento era magnífica, pero no tenía intención de humillar a la joven, así que le mostró el último ápice de conmiseración que guardaba. —Princesa De'Zire hace meses, yo viví con el peso de mis errores… y realmente, puedo verme reflejada en ti.

— No somos ni siquiera parecidas. No puedo ver el paralelo del que habla, su… su excelencia.— A la heredera de Remus realmente dolió decir aquello, pero consideró que dentro de poco se celebraría una boda para dar a conocer el lazo de ambas, sin embargo, según oyó de Teana, que desde la perspectiva de los dioses… ellas ya son realmente esposas.

—Mis principios, aunque diferentes a los tuyos, me llevaron al desastre. Y vas camino de la misma desgracia por los tuyos… ¿No nos hace eso parecidas?— La albina alzó una ceja con perspicacia.

La rubia se cruzó de brazos y miró con sospecha a Mashiro. —No sé de qué habla, su gracia.— Fingió demencia.

Mashiro lo tomó como una puerta abierta. —Nunca fui dueña de mí misma, podría decir que se me instruyó murmurando que el valor de mi existencia estaba relacionada con mi capacidad para ser una esposa adecuada y la madre de numerosos hijos, con el afán de mantener la línea de sangre que una maldición diezmó.— Admitió con franqueza, sin dejar de mirar a la princesa remusiana, cuyo té se enfriaba poco a poco en medio del olvido. —Tampoco tuve una madre cuyo amor me mantuviera a salvo de las constantes críticas y las extralimitaciones de las institutrices.— La dama de cabellos plateados pensó que la princesa tenía una enorme fortuna debido a que la emperatriz Sara fue la que sobrevivió a su marido y debido a ello la pequeña Zire fue criada con un criterio realmente diferente, por no decir que Sara la amaba tanto que jamás la forzó a casarse con un hombre. —Con respecto a Arika, tampoco pude discernir la amistad del amor romántico debido a que nuestros sentimientos, que se forjaron en la más profunda pureza desde la más tierna infancia, no me permitieron discernir el matiz de mi afecto. Yo aún no conocía el deseo y el anhelo que se guarda en la piel, por el amor que también es la pasión más intensa. No, hasta el día en el que ella me dio un beso…

—No quiero saber… lo que pasó entre ustedes, después de todo… ya es tuya.— La dama remusiana dijo aquello con voz herida porque lo último que necesitaba en ese momento, era imaginar las cosas que ese par hacía en privado.

—Mía… ella comparte su tiempo y su vida conmigo, no me pertenece realmente.— Respondió tranquilamente, notando que la princesa no hizo el ademán de irse, por lo que la nueva deidad, interpretó que había obtenido el interés de la joven. —A diferencia de ti, a mí me fue escogida una pareja. Firmé el acuerdo siendo una niña y cuando tuve la edad correspondiente, cumplí con mi deber… del mismo modo que lo harás en poco tiempo, buscando que la sangre de tu familia, los Gallaher, persista.— La dama de mirada aguamarina, hizo hincapié en la circunstancia. —No puedo entender tu postura actual, pero tantas veces he pensado en lo que estuviste dispuesta hacer, no hace mucho tiempo.— Negó con la cabeza con una mueca confundida. —Me refiero a que aquella vez en la que te comprometiste con Arika, tomaste tu oportunidad, cuando el corazón roto era tan vulnerable y te aseguraste de obtener su mano en un acuerdo comercial con Taeki Kruger, el antiguo Rey, mi padre… aquel que sabía cuanto yo amaba a Arika.

Zire no pensó en ello en aquel entonces, pero la traición del rey era bastante cruel, tratándose de su propia hija. —¿Qué intentas decir?

—Que las cartas del destino favorecen a los valientes y oportunistas. Lo que ves ahora mismo, son tan solo los papeles invertidos. Debido al tiempo que pasamos juntas durante mi embarazo y solo porque conozco más y mejor a Arika, como para saber que Elfir era ella, es que ahora mi suerte ha cambiado. Esta vez, fui yo quien pudo dar un salto de Fe, sin dudar.

—Entonces estás alardeando…— La dama frunció el ceño molesta, se puso de pie, dispuesta a marcharse.

Mashiro negó con la cabeza. —¿Realmente vas a fingir que no fuiste tu la primera en tomar ventaja de las circunstancias? Puedo aceptar que mi inmadurez hizo que fuera una mujer verdaderamente infeliz en aquellos días. Y sepan los dioses que verla a tu lado me dolió, pero ver un matiz de la felicidad que le dabas también era un consuelo. Aun cuando quería gritar de frustración y dolor, aun cuando quería robarla de tus brazos.— Se levantó de la mesa, igualando alturas con la princesa. —Zire, yo tuve la oportunidad de hacerla mía, pero no me atreví a tomar su cuerpo y hacerla mi amante, porque rebajarla a una posición tan indigna, violaba mis principios… por hacer lo que consideraba justo la perdí. Yo planeé divorciarme para deshacer mi matrimonio, antes de aceptar su propuesta. En mi rezago, tú fuiste más veloz e inteligente.

—¿Intentas decir que yo fui la primera en robarla y que ahora, simplemente recuperaste lo que es tuyo?— Murmuró con disgusto, porque casi olvidaba que esencialmente planeo tener a Arika desde el momento en que supo que la amaba, en su intercambio de cartas. No es que no hubiera visto la posibilidad…

Sonrió serenamente. —Solo intento decir que prefiero a la Dama que sabía lo que quería y estuvo dispuesta a tomarlo, que a la pequeña mujer frente a mí, cuyo ego es tan importante como para dejar atrás a quien juró amar. O puede que esté equivocada y ¿realmente quieres al Conde Kamui Sorata?

Zire se negó a responder. —Deja de inmiscuirte en mis asuntos.— Su mano estrechó

—Claro… ustedes son esposos.— Mashiro miró con descontento a la joven de ojos púrpura. —Para muchos es como si ya lo hubieras hecho… y sabes, no es lo que Elfir piense después de que lo hagas.— Mashiro consideró que la joven no estaba dispuesta a aprender de las experiencias ajenas. —Es lo que sentirás por haberlo hecho y dolerá mucho porque sabrás que te traicionaste a ti misma. Todo lo que Elfir ha hecho para impedirlo, no es porque no pueda dejarte ir para ser feliz, es porque sabe que pasará mucho tiempo antes de que estés satisfecha con ello, si alguna vez llegas a estarlo.

—Tal parece que no se guardan secretos, ¿te pidió permiso?— Quiso hacer mofa, pero se sorprendió de ver el asentimiento del Cisne. Casi no podía creer que Mashiro sabía de las acciones que Elfir realizó aquella noche. —¿Qué quieres de mí?— Dijo con infelicidad. —La dejé ir, la tienes… ¿Por qué no me dejas en paz?

—No quiero nada de ti. Realmente se siente como si solo yo la hubiera visto morir aferrada a tus brazos aquel día. Fuiste una viuda y admiré la forma en la que lo sobrellevaste, incluso consideré forjar un lazo de amistad contigo por lo que pasamos en esos días. — Murmuró la dama de cabellos plateados con honestidad. —Sabes que es ella, sabes que te ama y aun así prefieres que te olvide. Haz lo que quieras… camina de largo y sigue ignorando lo que sabes. Al final, las raíces de su amor por ti, serán arrancadas de su alma y cuando el cielo en sus ojos te mire, sin un ápice de amor en ellos, vivirás algo que yo no conozco y no quiero conocer…— Hubo severidad en su voz y expresión. —Quiero ver que tu orgullo te consuele en esos momentos.

—Ja, ¿intentas decir que no sufrí tanto como tú?— La indignación no cabía en el rostro de Zire.

—Intento decir que vas a perderla de un modo terrible. Elfir tiene, la maldición del florecimiento marchito… — Cuando notó el espanto en la faz de la joven remusiana, aclaró tan rápido como pudo. —No es algo que pueda matarla. Pero es la forma en la que los dioses exhalan el amor no correspondido cuando una unión matrimonial no se completa. Las Flores del vínculo que pudo ser, manan de sus labios y cuando el último pétalo en las ramas caiga, ella no sentirá absolutamente nada por ti y será como si jamás te hubiera querido. Mira en tu cuerpo, si todavía queda algún botón de cerezo aún podrías rectificarlo. Cuando todos se borren por completo, entonces la habrás perdido para siempre y el dolor con el que Elfir vive desaparecerá junto con su amor por ti.

—Estás mintiendo.— La joven rubia negó con la cabeza, tratando de leer la trampa en las palabras de Mashiro, pero ella la miraba con aquellas aguamarinas tristes, con un aire similar al día del funeral. —¿Qué tan bajo ha caído tu orgullo?

—Puedo desviar la mirada De'Zire, sería más fácil dejar que caigas por tu propia terquedad. Hago esto como un gesto hacia la mujer que cuidó de mí en tiempos difíciles tras la muerte de Arika. Porque contrario a lo que parezca, la gratitud es un valor importante en mi vida.

Claro que Zire recordaba esos días, realmente se preocupaba por ella y consideró la perdida las unía, tal vez un poco. —¿Cómo puedes compartirla?— Preguntó directamente, aquello que a ella la atormentaba.

—Acepté que existes y no puedo erradicarte de ella. Pero tampoco tengo que hacerlo, no tengo que medir el significado de lo que soy, suponiendo que soy mejor o peor que tú. Yo tengo mi propio valor, mi propia elección y bien, prefiero disfrutar a mi esposa y a mi hija, que amargarme eternamente como una viuda cuyo amante aún vive.— Había una clara intención en estas palabras que hizo rodar los ojos a De'Zire. —Dejé de verte como el obstáculo, dejé de pensar que eras la razón por la cual seré dejada atrás.— Las bellas aguamarinas miraron con profunda comprensión a la princesa rubia. —El amor que ella siente por ti, no puede borrar el que existe para mí… y puedo vivir con eso, lo he hecho desde que apareciste en nuestras vidas. Tú eres una de las muchas personas que ella ama, si el matiz es del tipo romántico, lo más debatible sería compartir su cuerpo. Pero claro, en este punto… las dos hemos intimado con ella, entonces ¿Cuál es la novedad en ello?

Zire no pudo evitar sonrojarse, odiando el hecho de que había cedido a la tentación la última vez. ¿Realmente Elfir no pudo guardar un solo secreto? Se preguntaba si Mashiro lo sabía o en su defecto hablaba de las veces que ocurrieron durante su compromiso con Arika Sayers, pero no preguntaría aquello ni en mil años. —No me siento inferior a ti, Mashiro. Siempre me he tenido en una alta consideración, mi amor propio es fuerte.

—Entonces no tengo nada de que preocuparme. Porque el olvido de Elfir no te afectará demasiado.— Mashiro quiso decir algo más, pero se paralizó cuando vio a su nana corriendo en su dirección con una expresión agobiada.

—¡Mi señora!— Gritó Shinzo cuando consideró que era lo suficientemente audible, aunque con el aliento asfixiado, no se detuvo. —¡La princesa salió volando!— Señaló a la bebé que inocentemente agitaba sus alitas mientras perseguía una mariposa. —¡Está en el campo de tiro!

Mashiro vio que su bebé no estaba en el campo de tiro de arquería que ella tenía en desuso, Rena estaba en el campo de tiro con armas donde un grupo de principiantes disparaban sin ser conscientes del peligro de una niña flotando detrás de los blancos. El corazón de la madre se aceleró en un santiamén y sin siquiera pensar en otra cosa que atrapar a su hijita, las preciosas alas de brillo perlado emergieron en su espalda. Saben los dioses que no recibió clases de vuelo, pero encontró el modo de moverse con ellas con un instinto natural y protector. La deidad llegó tan rápido como pudo tomó a Rena en sus brazos y la cubrió cuando algún disparo inexperto tuvo la trayectoria equivocada.

Pese al susto inicial, Mashiro notó que acorde a las palabras de su esposa, ni las flechas ni las balas de este mundo mortal podrían herirlas, pues los proyectiles golpearon en sus alas y apenas sintió cosquillas. Miró a los hombres que estaban aterrados por haber disparado por error contra la diosa, pero es que ella simplemente había salido de la nada con la niña en brazos.

—¡He cometido un pecado imperdonable!— se postró el joven aprendiz que había disparado por reflejo en cuanto aquella presencia alada apareció. Sabía que la horca le esperaba, dado que había cometido una herejía insalvable. —Merezco la muerte, pero que sea solo mi vida la que pague estas ofensas… se lo suplico.

—Nadie ha de morir, joven caballero.

—Yo… yo solo soy un aprendiz, su gracia.

—Algún día serás un gran caballero, continúa esforzándote.— Con tales palabras el muchacho sonrió, sintiéndose bendecido por la buena Fe de la diosa. —Soy yo quien les debe una disculpa, señores.— Mashiro sonrió mirando a todos los presentes en ese campo. Pese al susto inicial, entendía que su bebé estaba curiosa por el mundo que la rodeaba y con sus nuevos dones, no anticiparon el hecho de que esto podría pasar, pues apenas había levitado un poco con su mamá en la habitación y ahora parecía un pajarillo que vuela entre las ramas. —La curiosidad de mi hija, nos ha traído un gran susto a todos.

Los hombres se rieron nerviosamente, todavía asustados de la idea de haber disparado contra la hija y la esposa de Elfir. Quizás ella no sería tan considerada con ellos… y menos, tratándose de su pequeña preciosa hija o su amada esposa. Coincidieron que debían dejar sus asuntos en orden, solo por si acaso. Por su parte, las mujeres que aspiraban a caballero se aproximaron a la diosa, para contemplar a la niña que era un manojo de ternura. Alguien podría morir de cariño y dulzura, por cada vez que la bebé buscaba con sus manitas y pies, pero movía sus pequeñas alas, ni siquiera los ángeles podrían ser tan bellos.

La rubia miró a Kruger a lo lejos. Esta mujer la aventajó con creces y aunque no sabía de los misterios detrás de estas nuevas virtudes, era evidente que quien fue el Cisne de Plata, ahora mismo estaba en una escala superior. Podía ver el brillo abrumador de su poder, el halo de luz azul que la cubría y la seguridad que esto le había dado; detener una bala con las plumas de sus alas, ciertamente era algo que solo un dios podría. ¿Entonces era eso? Como esposa de una deidad superior, Mashiro fue convertida en diosa, no le cabía dudas de que esto sería un gran escándalo si llegara a saberse, aunque era una suerte que en Remus pocas personas supieran la identidad de la anterior reina de Windbloom. —Caballeros, cualquiera que precie su vida lo suficiente, mantendrá en secreto lo que pasó aquí hoy.

—Como ordene, princesa.— y nadie tenía en mente publicarlo en el periódico.

Se despidió de Mashiro con un ademán de su mano, porque tenía una importante reunión con su madre. Kamui la seguía a una prudente distancia, como si velara por ella en silencio, el hombre era extremadamente considerado y sus cuidados habían crecido después de la noche en la que habían estado íntimamente… claro, en los sueños del hombre, porque esa noche con quien se acostó fue con Elfir. Eso la hacía más culpable y trataba de ser amable con él, pero a veces simplemente no podía fingir tanto tiempo.

De camino al castillo y mientras el carruaje movía sus ruedas sobre el empedrado, los pensamientos sobre su conversación con la Mashiro se repitieron en su mente. Era extraño conocer la perspectiva de la que fue su rival, era casi una burla que ahora le insinuara que tomó ventaja de las circunstancias. ¿Realmente era su culpa que Taeki hubiera ofrecido en charola la oportunidad de desposar a la mujer que amaba? No era tan altruista para dejar pasar la ocasión y aunque fue un acuerdo favorecedor para las dos naciones con su actual flujo de comercio, lo que más la incentivó a tomar acciones con Arika Sayers, fue… verla tan lastimada. Creía que Mashiro era una niña caprichosa que no vería el amor de Arika ni porque su vida dependiera de ello, pero era una nueva realización el hecho de que la joven fuera tan impúber e ingenua como para no darse cuenta.

Arika… tal vez nunca fue suya realmente. Incluso si hizo hasta lo imposible por sacarla del agujero en el que vivía, al final estaba destinada a morir para convertirse en una diosa. Sus esfuerzos fueron vanos y absurdos, tan olvidables como para que ella pudiera ser feliz sin su presencia. Fue un error que le importara tanto, que la amara tanto… no debió permitir que le doliera verla siendo menospreciada por ser la hija ilegítima de Rento Sayers y la carga de Kana, la esposa trofeo de este hombre. ¿A quién engañaba?, la verdad es que ni siquiera se arrepentía de amarla, estaba tan enfadada y frustrada que diría cosas hirientes por sacarse el veneno, pero nunca se arrepentiría de haberla tenido para sí. Volvió a pensar en los Sayers, ¿qué había sido de ellos? Estaban en la mazmorra y según sabía, Natsuki Kruger quería juzgarlos con la presencia de Elfir, para considerar sus deseos, pero la agenda de ambas no había coincidido. Era evidente que muchas más personas conocían la vieja identidad mortal de la deidad del viento. Otra vez se sintió abatida y desconsolada.

Kamui le ofreció un pañuelo, Zire ni siquiera se dio cuenta de que estaba llorando en silencio. —Me tienes, Alteza… si necesitas de mí, siempre me tendrás. También a mis oídos para escucharte.

Entendió la insinuación, Kamui podría escucharla, le ofrecería su hombro y todo lo que quisiera. Pero aún no eran tan cercanos o simplemente no quería usarlo, dado que no sabe cuando podrá devolver con afecto sus atenciones. —Gracias, esposo.— sonrió, usando la prenda para los fines establecidos y guardándolo dentro de su falda. —¿Llegaremos a tiempo?

—Incluso antes, mi señora.

El silencio volvió a instalarse entre los dos, bajaron del carruaje y De'Zire miró en el horizonte la inevitable vista de la maravillosa estructura del castillo Sephiroth, un recordatorio de la vida que pudo ser. Pensó en la dama de Windbloom otra vez y comprendió que Mashiro había cambiado, por dentro y por fuera. Ya no era la joven temerosa que vivía atormentada por sus errores, los había abrazado… aprendió de ellos y se alzó de entre los escombros de su vida con un vigor renovado. La princesa sintió envidia y también soledad, era como un vacío que no se apartaba. Irónicamente, era tal cual lo dijo Mashiro, es hoy como una viuda cuyo amante aún vive… no la tiene y siente la pérdida, pero su Elfir vive y lo hace con otra persona.

Cuan grande fue su sorpresa cuando entró al salón de recepción de invitados y se encontró con la figura de la joven castaña que atormentaba sus pensamientos, mirándola con esos ojos que son la personificación del cielo mismo, sentada frente a su madre, Sara… y acompañada de una dama misteriosa. Era una mujer de radiante belleza inmortal, como si de ella naciese la calidez de las cosas, la luz… de los días. ¿Era la madre de Elfir?

El entendimiento la golpeó, ¡Era la diosa del sol! Se arrodilló tan rápido como sus reflejos se lo permitieron y arrastró consigo a su atontado marido, que sin duda no intuyó en presencia de quienes estaban. —Te saludo gran luz que da vida, Oh gloriosa señora, Ame no Amaterasu…

—Sean bienvenidos, por favor… no es necesaria tanta ceremonia.— murmuró la solaris, para alivio de los mortales presentes. La diosa tomó la tasa de té en sus manos y bebió de ella con deleite. —Se asemeja a la infusión de las hojas de la carmilla lirial, una planta que crece cerca de mi palacio. Gran elección, Dama Gallaher.— Sonrió cordialmente. —Te enviaré con Elfir, algunas de mis reservas predilectas para que tu paladar conozca nuevos sabores.

Sara, quien no podía creer que algo como esto estuviera pasando, se apresuró a devolver tal gesto, ella misma estaría postrada con gratitud si no fuera porque la diosa no disfrutaba de ver a las personas con la frente en el suelo y mucho menos a la edad de la Emperatriz. —Yo le enviaré mis preferidos, Oh gran señora del Sol.

—Soy Asu, así me dicen mis consortes y amigos más cercanos.

Pudo pasar toda la tarde entre mutuos halagos, pero la tos de Elfir llenó el silencio y su expresión torturada, así como la sangre en sus manos angustió a las mujeres mayores. Las hadas rodearon a la dama del aire y tomaron los pétalos de sus manos, limpiaron todo rastro del padecimiento de la diosa ante la vista asombrada de los presentes. Zire quien se puso de pie, deseó llegar a su lado para procurarla, pero tuvo que forzar a todos los músculos de su cuerpo a permanecer quietos, pues era impropio que actuara así frente a su consorte.

La princesa imperial y su esposo fueron invitados a tomar asiento, por lo que ambos pudieron ver frente a frente, la magnificencia de Amaterasu y la preocupante palidez de Elfir, quien ni siquiera quería mirarla a los ojos. La advertencia que Mashiro le hizo, atravesó su pecho y un escalofrío la recorrió por completo, ¿realmente sería olvidada por Elfir? ¿Tan doloroso y destructivo era su padecimiento?

—Quisiera que fuéramos más cercanas, Emperatriz.— El tono de Amaterasu cambió totalmente y alertó de inmediato a Sara, quien sintió la carga que este tipo de voz anticipaba. —He venido porque quiero acordar la unión matrimonial de nuestras hijas.

Sara respiró profundamente y se mantuvo firme. —Su gracia, mi hija ya se ha desposado con el hombre que está a mi lado. Kamui es mi yerno, ignoro cuanto podría afectar su deseo esta circunstacia.

—Es adecuado y justo…— Enfatizó Amaterasu, como si eso no fuera el más mínimo obstáculo. —Si la princesa remusiana, será la segunda esposa de mi pequeño viento, es razonable que mi Elfir sea la segunda esposa de Zire.— Dijo tan tranquilamente, pero sus ojos se posaron sobre los del consorte. —Primer esposo, ¿me negarías a mí quien iluminará tu camino cada día, tan pequeña solicitud?

Kamui sintió el peso de todas las miradas, excepto la de Elfir puestas sobre él. Cerró sus puños sobre la tela de sus pantalones y con la expresión firme de un soldado respondió. —Por mi Fe, yo haría cualquier cosa que la diosa del sol quisiese. Incluso practicaría el corte del vientre, si es lo que se necesita de mí.

Sara miró sorprendida al muchacho, pues le había ofrecido su vida a Amaterasu sin dudarlo ni un segundo. Se sorprendió incluso de la sapiencia del hombre, porque le ofreció una viuda en lugar de la posición de un segundo matrimonio, para elevar a Zire con mayor dignidad. —"Mi hija sí que sabe escogerlos"— Sara no podía creer que hubiera obtenido un yerno y una nuera cuya lealtad fuera tan alta como para dar la vida. Pensó en el hecho de que, Arika Sayers realmente la entregó para salvarlos a todos del infame Conde Dai Artai. Y Kamui, él se entregaría sin reparos.

—No quiero tu muerte, querido— refutó Amaterasu con una expresión apacible, le había conmovido Sorata. —Pero por tus palabras y tu corazón honesto, te bendeciré cada día.

—Soy dichoso como ninguno, pues mis ojos la han visto y mi Fe se ha renovado.— Dijo Kamui con el corazón en la mano.

—En vista de que, según las leyes celestiales, el primer esposo ha dado su consentimiento… no conozco impedimento alguno a esta unión.— Musitó la diosa. —Sara, ¿nos harás el honor de que tu familia y la mía sean una sola?

Qué complicada situación se mostraba, usaría la moneda de la madre devota esta vez. —Una madre jamás decidiría por sí misma, lo que es al corazón de una hija amada…— Aunque Sara estaba aterrada de contrariar a Amaterasu, había pensado que este escenario podría presentarse, pues no fue ciega a los afectos que Elfir mostró por su hija. Aun así quería darle la oportunidad de decidir. —Zire— Sara miró directamente a los ojos violáceos de su hija. —Para los dioses es evidente que los múltiples matrimonios son algo frecuente, así que no te asustes por su propuesta. Sin embargo, quiero que respondas con honestidad en tu corazón. ¿Deseas desposar a Elfir del viento y convertirte en su segunda esposa? Tu madre, quien te ama más que a nada en el mundo, te apoyará sin importar lo que pase.

Amaterasu sonrió ante la astucia de la mujer que apelaba a su sentir como madre para atenuar cualquier represalia. Por su parte, la joven remusiana sintió que su corazón no podría soportar tanta presión, pero lo que más odiaba, lo que la estaba atormentando en ese momento, es que pese a la propuesta de boda, la deidad más joven seguía sin mirarla. Elfir observaba las tasas a medio tomar como si fueran la cosa más interesante del mundo entero o simplemente estaba perdida en sus pensamientos sin ningún interés.

—¿Puedo preguntar por qué la diosa quiere casarse conmigo? Tiene una maravillosa esposa y una hija que es el sueño de cualquier madre. Realmente no lo entiendo, además yo… yo ya la he rechazado.— Musitó tomando la oportunidad para no decir directamente su negación, solo los sucesos.

—Oh, querida, es mero trámite…— Amaterasu, que no se sentía alegre por ver el rechazo que su hija recibía nuevamente, minimizó el asunto para no desvelar la gravedad de las circunstancias, contemplando el hecho de que las fortunas hicieron tanto para mermar las fuerzas de sus hijas. Así que se decantó por mencionar los hechos. —Esto es algo que podemos mantener en secreto, pero dado que las dos partes han consumado el acto, todos debemos hacernos responsables.

Los ojos de Sara se ampliaron con incredulidad, ¿Elfir y Zire tuvieron intimidad? Quiso leer la culpa en las jóvenes y ciertamente fueron incapaces de ocultar sus desmanes. Pero Sara no entendía como era posible, se espantó al pensar que mancillaron el templo. Elfir desvió la mirada con las mejillas rojas y Zire podría convertirse en un farolillo volador en cualquier momento, aunque no tendría la oportunidad de escapar de allí flotando como uno. Realmente no tenía el valor de mirar a su madre, o a su esposo… quien podría considerarse un alce a partir de la fecha.

Amaterasu, quien consideró que ya había cobrado un poco de venganza en la orgullosa princesa, activo su brazalete y de él emergió un sobre hecho de satín púrpura que contenía un buen número de hojas manuscritas, llenas de sellos, firmas y otras tantas legalidades. Entregó los documentos en las manos de la estupefacta emperatriz. —Este era su acuerdo de boda original, es incluso anterior al que el señor Sorata y la princesa poseen, pero no lo impondría en consideración a los eventos trágicos que ocurrieron.— La mirada dorada del sol sé pozo en el rostro pálido de Sara y la intensidad azul de sus ojos, cuando leyó las firmas al final del documento. La emperatriz conocía el contenido, pues lo revisó numerosas veces y tenía una copia idéntica en una bóveda de alta seguridad y no entendía como la señora del sol obtuvo la otra copia. —Me parece que esos acuerdos son justos y que mi hija debe hacerse responsable por tomar la virtud de la princesa.

—Mi señora, quizás esté confundida, pero este documento se refiere al matrimonio de mi hija Zire con Arika Sayers, el Baluarte de Zafiro, una joven de Windbloom, que murió en la noche escarlata y cuya heroicidad salvo la vida de muchos. Yo misma estoy agradecida infinitamente con ella por preservar mi existencia y la de mi hija en la morada de mi enemigo… pero no comprendo lo que intenta con estos documentos, pues la joven murió, mis ojos la vieron morir.

Más que quitada de la pena, Amaterasu sonrió con el orgullo de una madre que sabe, cuan valiente es su vástago. —Mi Elfir solía ser esa muchacha de nombre Arika Sayers. Su alma vivía en ella debido a una encarnación forzosa que ocurrió hace mil años, mi niña se había perdido de mi vista, viviendo las vidas humanas… y retornó a nuestra morada con su muerte más reciente, pero esa es una larga historia. Creame cuando le digo, que estamos aquí para resolver la legalidad de este acuerdo que se completará finalmente.— La diosa tomó el camino de los mortales y es que la muerte no era el límite para los dioses, porque que el derecho sobre Zire, aún estaba en las manos de Elfir debido a ese documento.

—Arika…— Esta vez fue Kamui quien contempló a la deidad con los ojos llorosos. —¿Realmente eres tú?— Olvidándolo todo, el capitán se levantó y se apresuró a abrazar a quien solía ser su joven comandante. —Lo lamento, realmente no fuimos tan fuertes como esperabas… la impotencia y la tristeza me han consumido por la que fue tu muerte, si hubiésemos sido más dignos guerreros, entonces… tu vida no se habría perdido.

—Sorata, sabes que era un enemigo realmente difícil.— Elfir acarició la espalda del lloroso militar, quien se negaba a soltarla, hasta hacer de la escena algo verdaderamente incómodo. —Ese era mi destino, así que no hay nadie a quien culpar.

Las mujeres mayores sintieron una extraña vergüenza ajena, dado que para este punto fue muy obvio para ellas lo que pasaba, Kamui tenía sentimientos de otro tipo por la que fue Arika Sayers. Así que Sara se aclaró la garganta con la esperanza de que el par se separara y su hija, quien no parecía sorprendida por la noticia, reaccionara un poco. La Gallaher estaba contenta de saber que fue lo que realmente pasó con la joven Sayers, pero todavía apoyaría a su hija, quien parecía no querer relacionarse con ella en esta vida. —En las costumbres humanas, la validez de un contrato acaba con la muerte. Por lo que Elfir, no es responsable de nada. No me atrevería a pedir tanto a quien salvó mi vida y la de mi hija.— Sara reverenció a Elfir quien apenas se libraba del abrazo de oso que Kamui le dio.

—Por favor, no se incline así… querida Sara.

Amaterasu tensó la barbilla, vaya que era astuta la emperatriz. —Las leyes del hombre son respetables, pero nuestras leyes, trascienden.— Una forma amable de decir que esto no era negociable y Sara supo que no podría evadirlo más. Entendiendo la preocupación de la madre humana, la solaris explicó el aspecto más importante. —No obligaremos a tu hija a cumplir con sus deberes de esposa. Pero es una falta insalvable que el acuerdo no se materialice con el vínculo correspondiente.

—Ella ni siquiera sentirá el peso de esta unión.— Añadió Elfir, mirando por fin a los presentes y a Zire en particular, con una expresión carente de emociones. —Mi vida se perdió con mi muerte y la dama ha seguido adelante de la mejor manera. Por lo que dejaremos que así sea, yo no busco su amor… solo una afirmación de papel, tan fría e inerte como lo que somos las dos ahora mismo.

—Te acepto…— murmuró Zire, para sorpresa de todos. Tenía miedo, porque en realidad no había ilusión en los ojos azules al mirarla. —Seamos esposas.— Afirmó, consciente de que la razón por la que las diosas hicieron todo esto, era la maldición de Mashiro le contó. Ella sabía que el último capullo se observaba borroso en su vientre, al punto en el que la marca prácticamente desaparecía si no se acercaba tanto al espejo para mirar.

—Agradezco tu consideración…— Elfir se aproximó, sostuvo la mano de la joven en cuya muñeca llevaba el brazalete que simbolizaba su unión, aquel que le entregó en el templo aquel día. —Me entrego a ti, con mi cuerpo y mi…— contuvo la palabra corazón reformulando sus votos. —… mi mente. Yo te tomo a ti como mi esposa, prometo protegerte y cuidarte. Te proveeré y me aseguraré del bienestar en tu vida y la de los tuyos.— Besó el envés de esa mano protocolariamente y con ello finalizó su discurso, apartándose de inmediato.

Zire sintió un ardor en su piel, no fue una sensación agradable, pero supuso que era necesario por cuanto notó que el rostro de Elfir delataba algún dolor difícil de explicar. ¿Esto es lo que serían al final de las cosas? ¿Una sensación fría y ardorosa que quemaba las entrañas?

—Yo soy testigo, sea la unión de Elfir y Zire D'Solaris.— Aplaudió Amaterasu quien sintió alivio por el hecho, dado que su hija ya no sería torturada por la maldición. Aunque vista la gelidez de las chicas, no estaba segura de si tal vez se había completado.

La frivolidad del momento fue interrumpida por numerosos pajes que ingresaron por la puerta, llenando el lugar de cajas y cajas de regalos. —Espero los presentes sean de su agrado, la dote será entregada por mis sirvientes en las condiciones que fueron establecidas en el contrato y algunas concesiones más de mi parte, como muestra de buena voluntad.— La diosa del Sol, tomó a la emperatriz estupefacta de la mano. —Sara, querida, ya que somos familia a partir de este momento, que te parece si hablamos de la boda, ¿quieren que sea secreta? ¿O la vista de todas las naciones? Dado que no tengo claro que clase de perfil quieren manejar nuestras hijas, tendrás que ayudarme.

Cuando Amaterasu se llevó a Gallaher, los tres jóvenes estuvieron a solas, si no contaban a los hombres entrando y saliendo con regalos de todo tipo. Cofres y tesoros, documentos de propiedad cuidadosamente custodiados, después de todo le entregarían a Zire el patrimonio completo de la familia Sayers y otros muchos valores materiales de Elfir.

—¿Entonces los dos vamos a casarnos con Zire?— Cuestionó Kamui cuando temió que el tenso silencio se instalara eternamente.

—Eso parece…— Respondió Elfir sin alegría, mientras veía a los pajes realizar los mandatos de su madre. —Pero tranquilo, tú eres totalmente suyo… así que serás el favorito.— La castaña palmeó la espalda del pelinegro que no entendía del todo las circunstancias, aunque le había vuelto el alma de saber que vivía, se notaba que la castaña no estaba bien en ese momento. —Los dejo a solas para que puedan dialogar estas circunstancias entre esposos.

No pasaron más que unos minutos mientras Elfir caminaba por el pasillo de camino al templo, pues consideró que necesitaba tiempo para pensar, cuando oyó los pasos y los respiros agitados de Zire a su espalda. Apenas se volvió a mirarla y ella ya estaba gritándole.

—¡Deshiciste tus palabras en esta vida! ¡Arika! Respeté nuestro luto incluso con la tentación de una diosa ante mí y me diste la espalda un instante después.— El enojo de la princesa era evidente y realmente quería golpear su pecho, darle una bofetada y todos los reproches que quería, sabiendo ahora que la deidad lo sabía todo. Pero tampoco olvidaba que Elfir era una diosa y si alguien la viera hacerlo sería un problema tremendo. —¿Cuánto tiempo necesitaste para reemplazarme por ella? Eres muy cruel.

La castaña sabía que ella diría algo como eso, vio su postura cruzada de brazos y supo que no iba a ningún lado. —¿Quieres la verdad? Si hablamos de reemplazos, eso se ve exactamente igual a lo que haces con Kamui, es un buen amigo que será un gran consorte porque es una persona confiable, él no afectará tu hegemonía cuando seas emperatriz. ¿No fueron las mismas razones por las que me elegiste?— La expresión confundida de Zire, le dio a saber que ya se había acostumbrado a que implorara sin cuestionamientos de ninguna clase. —Siempre he sabido que mi mano sería tratada como una moneda de cambio y no fue diferente siendo humana.— El tono de su voz perdió toda suavidad. —¿Recuerdas la razón de nuestro compromiso? ¿El acuerdo original? Taeki Kruger fue muy enfático en ello. Necesitabas un consorte varón que no representara ningún riesgo a tu dominio y en días posteriores… me consolaste murmurando que no importaba el hecho de que jamás pudiera darte descendencia o que mi corazón, visiblemente roto, no sería un impedimento.— Tensó la mandíbula. —¿Cuál es la novedad?— La miró de soslayo. —Sabías que amaba a Mashiro desde el principio y aun así me elegiste. ¿Era mejor en ese entonces porque sufría por ella? ¿Necesito ser miserable para que me quieras?— Elevó un poco la voz.

—Sabes que no fue por eso.— Se defendió Zire. —y no es lo mismo que con Kamui. Yo te amaba… y no me gustaba verte sufrir.

—Amabas…— Repitió mientras caminaba dándole la espalda otra vez. Sintió ganas de toser, más por costumbre que otra cosa, porque no hace mucho… cada vez que sentía romperse por su desamor padecía enormemente, pero por suerte esta vez no hubo pétalos ni sangre en su mano, aunque estaba seguro de que el daño en su cuerpo fue realmente severo. Apoyó su espalda en una de las columnas y se cruzó de brazos volviendo a mirarla a la cara con expresión lastimada. —¿Sabes que me duele más? Vine ante ti, buscándote con mi alma y aunque mi mente no te recordaba, sé que te anhelé como si muriera con tu ausencia. Entonces me rechazaste por el luto… un luto que dejaste atrás en el momento en que sentiste que Elfir del viento, era Arika Sayers.— Tensó la barbilla y apretó los dientes, sabía incluso que cuando hicieron el amor esta última vez, ella vio a Arika en su interior, así que consideró que Zire sabía quién era, quién sabe hace cuanto tiempo. —La única diferencia ahora, es que mi corazón no está roto por ella, que puedo ofrecerte un poder real para gobernar y que podemos tener hijos. Pero nada de eso significa algo ahora mismo.— Negó con la cabeza. —Encuentro encantador, que el motivo de tu reticencia hacia mí ahora es una puerta abierta para otro hombre.

Zire no pudo negarlo. —Te casaste con ella, ¿qué sentido tendría después de eso?

Se mordió la boca al ver que no lo contradecía. —Ninguno, ciertamente.— cerró los ojos con expresión derrotada.

—Elfir…— La llamó, como si no pudiera evitar justificarse. —Soy la heredera. Ya había retrasado mi matrimonio más de lo permisible y sí, disculpa si tuve que pensar en mi futuro cuando toda la corte pensaba que me odiabas y bastantes de las líneas colaterales creyeron que tendrían la oportunidad de robarme el trono.— Tan pronto dijo las palabras, Zire se dio cuenta de que, en ese orden de ideas, los acuerdos iniciales con Arika ahora sonaban tan terriblemente frívolos como los de Kamui. Gruñó, porque no quería darle la razón sobre eso, así que defendió la única cosa que sabía injustificable. —Tienes a tu esposa… a tu hija, esa ahora es la enorme diferencia.

—Yo jamás dejé de amar a Mashiro… nunca te dije que lo hiciera. Entraste en mi corazón y te elegí porque es como las cosas en este mundo son. No me di cuenta de lo mucho que estaba mintiéndome a mí misma, intentando fingir que todo estaba bien al renunciar a ella— Sonrió incluso cuando sus ojos estaban llenos de escozor. —Amarte a ti no hizo que amara menos a Mashiro, solo hizo que aprendiera de las diferentes formas del amor. Ahora soy feliz con mi pequeña familia y desearía tanto poder compartirlo todo contigo…— abrió los labios y respiró nuevamente, sabiendo que eran solo sus ilusiones. —Hay tantas cosas que querría vivir junto a ti en nuestro hogar, pero no lo quieres.

—Si estuvieras en mis zapatos, pensarías diferente.— Zire refutó con tono molesto y vulnerable, frunciendo el ceño mientras se acariciaba sus brazos como si tuviera frío. Elfir se contuvo de abrazarla, sabiendo que sería despreciada nuevamente, pero fue una batalla contra el instinto, por lo que envió una corriente tibia sobre la joven y se sintió como un velo vaporoso en la piel de Zire, pero ni siquiera eso la ablandó. —Estás en una posición ventajosa, eres una diosa que puede tener todo lo que quiere con solo decirlo.— Luego desvió la mirada y un susurro resentido nació en sus labios. —Incluso a mí…

—¿Tengo lo que quiero?— Elfir sonrió ante las inocentes palabras de la joven, no es que fuera una desagradecida, porque sí, tenía muchas cosas que antes solía anhelar. Pero poseía el amor de Mashiro solo porque ella quiere compartir la vida juntas y sostuvo a Rena en sus brazos, solo porque su mamá lo permitió. Tiene un techo sobre su cabeza porque Derha y Natsuki quisieron hacer un palacio para ella como un gesto de su amor. Tiene y tendrá todo lo que otros han querido obsequiarle… pero eso no siempre coincide con lo que quiere. —No te tengo, eso es seguro.

—¿Entonces que fue todo eso que hiciste? ¿Por qué era tan importante desposarnos? Incluso cuando es un tonto acuerdo de papel.— Zire juraba por su honor que ni de broma se daría tan fácilmente, no sería tan débil nuevamente.

Elfir sonrió ante la nefasta curiosidad de la princesa. Pero era honesta por naturaleza, así que no mentiría. —Le pedí ayuda a mi madre, solo porque no quería olvidar mis sentimientos por ti.— suspiró, rascándose la cabeza con incomodidad. —Asuntos de dioses, nada más. Así que tranquila, tal como lo dices, es un acuerdo de papel. Yo respetaré tu sentir por tu esposo, sé que Kamui es bueno en muchas formas.— No arrojaría lodo sobre ese él, porque es un hombre recto y justo.

—Podría reírme de eso. Apenas toleras a Kamui… Incluso te infiltraste en mis aposentos la noche que debía intimar con mi consorte— Musitó Zire recordando las acciones impetuosas de Elfir con tal de evitar que Kamui la tuviera esa noche. Se cruzó de brazos altiva y molesta. —Dime entonces, si soy solo yo quien no sabe compartir. Quieres que acepte a Mashiro en medio, pero realmente te sentiste ofendida por mi consorte.

—Estás equivocada. Te hice mi esposa, porque…

La remusiana tragó saliva, porque escucharla hablar tan naturalmente de este acuerdo de papel, removía los anhelos que escondía fervientemente en su pecho. —Segunda esposa…— que era más como un insulto en ese momento.

—Zire…— La llamó con cierto tono demasiado serio. —Quieres ser madre, es una decisión que tomaste.— Explicó suavemente con una mirada serena, pues no quería discutir más y la dama rubia no pudo esconder su desconcierto ante la mención de sus planes futuros. —Esperas engendrar, para que la línea de la sangre de tu padre y madre no se pierdan. Elegiste a un hombre confiable como consorte por esa razón, incluso si son los cuerpos femeninos los que llaman tu atención. Sabemos que siempre puedes tener amantes que te deleiten en el futuro. Pero lo que no sabes… es que esa decisión, iba a costarte la vida del bebé y la tuya…

La joven se congeló en su lugar y su corazón comenzó a latir presurosamente. —¿Dices que voy a morir y conmigo lo hará mi bebé mucho antes de que pueda conocer este mundo?— El miedo atenazó su corazón y la perdida de ese atesorado sueño fue avasalladora, ¿ni siquiera podría tener hijos? Sus labios temblaron hasta el instante en el que su cuerpo fue envuelto por los brazos de la diosa.

—¿Crees que yo permitiría tal cosa? Aun si la única salida para salvarte a ti y a tu bebé, fuera matar a Lakshmi y a todas las fortunas que empañen tus anhelos, lo haría sin reparos.— Elfir la envolvió con un poco más de fuerza, pero con sumo cuidado.

La joven heredera apoyó la cabeza en el pecho de Elfir, sollozando temblorosa y silenciosamente. Sus manos se aferraron a su cintura, sus dedos estrecharon la seda celestial de su atuendo. Pero fue incapaz de musitar palabras… incrédula de su nefasta suerte.

—Esa noche. Te hice el amor para engañar al destino y que siendo mía, tu corazón sanara finalmente… hoy eres mi esposa para ese destino jamás ocurra.— Susurró dando un tierno beso a su coronilla. La apartó un poco y levantó su barbilla, para secar su llanto delicadamente, mirándose reflejada en esos iris de magnífico color violáceo. —Sé que lo elegiste a él de entre las personas que amas para que sea el padre de tu hijo, entonces te aseguró que yo también lo protegeré siempre, con tal de que este a tu lado para cuidarlos a los dos— Musitó esa promesa sinceramente, no dejaría que su esposo recibiera daños innecesarios.

Zire casi no podía creer lo que le estaba diciendo, ¿hizo todo aquello por protegerla? ¿Cuidaría a su esposo solo por ella? No permitiría que estas ideas extrañas escalaran más, era odioso que pensaba que lo amaba. —Arika… yo no amo a Kamui.— Confesó con amargura, dolida, porque en el fondo deseaba que ella fuera su esposa y que los bebés que anhelaba llevar en su vientre, fueran los de Elfir, no los de Kamui. —Odio esto… yo realmente te fui leal y no recibí nada bueno de eso.— Esta era la espina en su costado, sangraba cada vez que pensaba en ello. —No es justo.— Las gotas caían por su rostro como un río.

Era insoportable verla llorar. —Tienes mi amor, por los dioses… ¡Lo tienes!

—Tú me dejaste atrás.

—No puedo dejarte, siempre vienes a mi mente y a mi corazón. Yo realmente desearía que comprendieras que el amor no es un monstruo que destruye los afectos que guardas por otros seres. Si acaso mis sentimientos se harán más fuertes, porque al ver a la doncella que eres convertirse en la dama que serás, en la madre protectora que luchará como una leona por sus hijos, en la monarca que gobernará con sabiduría; todas las facetas que conozco de ti y todas las que surgirán, todas las que muero por conocer…— Realmente había ilusiones en sus palabras. —Solo puedo sentir que mi corazón crece contigo en su interior. Pero no voy a cambiar tu pensamiento, ni tus elecciones, yo hice las mías, yo ya te he abierto mi puerta… y te niegas a cruzar el umbral.

No cruzaría esa puerta. Zire recuperó la compostura, se apartó de la diosa y la reverenció. —No entiendo del todo por qué intimar contigo, haría que mi destino cambiara tan radicalmente. Sin embargo, agradezco tus esfuerzos. Si en algo coincidimos es que los dos elegimos caminos diferentes, entonces sigamos así.— Apretó las manos y lo dijo finalmente. —Hoy realmente iré con Kamui y espero que no intentes otra locura. Seamos esposas de papel, si esto es lo que se necesita al final de las cosas.

La castaña que fue Arika y que ahora era una deidad, negó con la cabeza. —Ya me humillé bastante aquella vez— Sonrió dolorosa y vergonzosamente. —Ya no tengo razones para interrumpir tus genuinos anhelos.

—Es bueno saber que aprendiste la lección…— dijo con un tono desencantado, aunque con voz diplomática. —Entonces, me despido… su gracia.

—Sea una bella noche, princesa. Te dejaré ir y me dejarás ir. A partir de aquí, todo lo que deseo para ti… es la felicidad.— Comprendió que no había nada que pudiera hacer o decir y lo aceptó… así la perdió de vista.

—Le deseo lo mismo…— Zire decidió volver sobre sus pasos, para participar de los diálogos de su madre y a la diosa, en torno a la privacidad del evento que daría lugar a estas nupcias.

La deidad sabía que hay algo hermoso en la ilusión de los sueños que no serán, disfrutar esas tiernas imaginaciones en un mundo en el que pudiera tenerla y complacer al amor que esperó con paciencia. —Pude soñarlo y pude hacerlo en una vida que no está transcurriendo ahora mismo. Pasó en mi mente y fue hermoso.— dijo con suavidad. —Gracias por los sueños que no vivimos y la vida que no fue, pero que me ilusionó enormemente.— Inclinó la cabeza con reverencia, aunque Zire no pudiera verla.

Elfir se irguió, miró el pasillo vacío con una expresión lamentable, abrió su mano y con ello el viento se llevó los pétalos de cerezo que había escondido, negándose a dejarlos ir, del mismo modo que a su esperanza. Pero en cuanto la diosa se evaporó del lugar viajando a través de la luz, la mano de la princesa se apresuró a sostener al menos uno de los pétalos, antes de que escaparan por los amplios ventanales. Sintió la textura aterciopelada de aquella flor tan hermosa, que sorprendentemente permanecía tibia… el pétalo que era cálido, incluso habiendo sido separado de su dueña.

De'Zire comenzaba a pensar que Elfir la había dejado sin excusas ni razones, incluso sin reproches… todo fue dicho y su amor no parecía muerto, lo cual la aliviaba enormemente. Entonces, ¿por qué en su corazón las cosas no mejoraban? Tomó asiento y se acarició el puente de la nariz, agobiada y dolida. Cerró los ojos mientras sostenía el pétalo contra su pecho

—¿Se encuentra bien alteza?

Los iris violetas contemplaron las nubes y luego a Kamui. —No mentiría convincentemente en este momento… así que no tiene sentido hacerlo, ¿verdad?

—No tiene que ser tan fuerte.— El pelinegro la invitó a caminar un poco para ayudarle a despejar la mente.

Pasaron apacibles momentos el uno junto al otro. —¿Qué piensas de todo esto, Kam?

—Casi no puedo creer que este viva…— admitió el joven capitán con una sonrisa melancólica. —Cuando la abracé, yo… perdí el control de mí mismo, pero no pude sentirme más que feliz, aunque me viera como un idiota.

Los ojos de la princesa se abrieron desmesuradamente, estaba tan ocupada viviendo y sintiendo sus propias circunstancias que no se dio cuenta. Se sintió realmente mal por haberse interesado tan poco en su amigo, con el que se había casado… —¿Estabas enamorado de Arika?— Zire no esperaba que él sintiera algo por ella, pero jamás creyó que la mujer que Sorata amaba, fuera Arika.

—Si…— admitió abochornado.

—Yo realmente no sé cómo puedes tomarlo con tanta calma.— Zire estaba más consternada, que celosa. —¿Cómo es que estamos hablando de esto ahora?— Negaba con la cabeza con una sonrisa extraña, todavía con el pétalo en sus manos. Decidió que, conseguiría un relicario para guardarlo.

—Imagino que es el destino…— La expresión siempre serena del guerrero se desvaneció, mostrando las preocupaciones que lo agobiaban. —La única cosa a la que podría aspirar, es su odio. Pero no se preocupe, sé perfectamente que su gracia solo tiene ojos para usted y para el cisne de plata. Siempre fue así…

—¿Lo fue? Estuve más ciega de lo que pensaba.— Zire pensó que ha querido ver lo que quiso y no la realidad. —Estaba tan feliz de tenerla, creí que había vencido a Mashiro y eso es algo que solo ocurrió en mi mente.

—Usted le ganó en la forma que los nobles lo hacen, de eso no cabe duda.— musitó Kamui. —Fue su esposa y su amante.— El pelinegro enumeró las cosas que consideraba, fueron exitosas en las acciones de la princesa remusiana. —Pero tampoco puedo mentir sobre esto… todas las veces que vi a mi comandante, sus ojos eran un torbellino de emociones cambiantes, tristeza, confusión, agobio o división, era como ver retazos de su corazón sangrando en dos esquinas de la habitación. Me parece que eso no ha cambiado demasiado, creo que ella es dichosa con la duquesa Kruger, pero la felicidad la eludirá cada vez que mire en su dirección, princesa.

Zire pensó, la realidad es que cuando lanzó una pregunta en una fiesta del té a través de una jovencita debutante que patrocinaba, la mayoría de las doncellas rieron nerviosamente o se sofocaron un poco sonrojadas, con imaginaciones un tanto atrevidas en torno a la idea del cortejo de la diosa Elfir. Después de disipar los murmullos y aclarar que aquello no era nada un juego nada serio, sacó en claro que la mayoría harían cualquier cosa que la deidad pidiera, incluso ofrecer sus favores. Muchas insinuaron que la dama del viento, ni siquiera tendría que pedirlo. —¿Vas a decirme que debería ir a sus brazos dichosamente y fingir que no hay nada malo en compartirla con otra mujer?— Dijo con molestia, porque aquello era lo último en lo que pensaban muchas de las damas casaderas, después de todo, era de locos ser la amante de un dios.

—No, no minimizaría su sentir de esa forma, alteza.— Kamui veía a la joven con una tierna mirada. Comprendía mejor que nadie su frustración, incluso sabía lo que significaba amar a esa persona que le era inalcanzable. Si aceptó desposarse con ella, lo hizo como una promesa a la mujer que amaba, la promesa de proteger lo que Arika más atesoraba y aunque ahora ella existiera como una diosa, no desistiría de este empeño cuando De'Zire realmente era tan testaruda. —Lo que siente, es completamente comprensible.— Afirmó aceptando que la herida de la joven no dejaría de sangrar pronto.

Zire miró el iris ámbar del joven y pensó que si al menos coincidieran en su afinidad, podría sobrellevar mejor la situación de su matrimonio, podrían consolarse mutuamente. —Desearía que fueras una doncella, así podría besarte… así podría desearte y olvidarme del dolor que siento cada vez que la veo.

—Entonces eso seré ante usted, una gentil dama…— susurró complacientemente, desatando sus largos cabellos negros, para hacer que la vista fuera más agradable para su esposa. —Seré tu esposa, seré tu amigo, seré todo lo que necesitas que sea.— Le dio su mano a Zire, como recordaba que lo hacen las mujeres, y la remusiana sonrió en respuesta, besando su envés con una sonrisa divertida.

La princesa sostuvo el rostro del muchacho y así le plantó en beso en los labios, miró sus ojos pensando en que, por suerte, Kamui no tenía rasgos demasiado masculinos y si era ella quien tomaba el control, las cosas podrían ser diferentes. Zire tomó una decisión, se prometió una cosa, si Elfir quería la posición de la segunda esposa, entonces era necesario que este hombre se convirtiera en un esposo verdadero. Resuelta, lo sujetó de la mano para guiarlo a la habitación destinada. Mientras Sorata era llevado por la demandante princesa, se dejó hacer sin problema, pensaba que si algo tan pequeño la consolaba, la última cosa en la que pensaría en sus aposentos, sería en su hombría.