La luna se alzaba alta, su luz plateada atravesando las ventanas del castillo y proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Kagome estaba sentada en la cama, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, como una adolescente atrapada en un castigo injusto. Sus labios formaban un puchero que ella misma no podía controlar, mientras pateaba con frustración el borde de la cama.

—Esto es ridículo —murmuró para sí misma, aunque sabía que nadie la escuchaba.

Habían pasado días desde que ayer Yokai la había atacado en los pasillos y Sesshomaru no le permitía salir para absolutamente nada. La sensación de estar atrapada la carcomía por dentro. No importaba cuán elegante fuera la habitación ni cuán amable pareciera Mikato al traerle comida; Kagome sentía que la estaban tratando como a una muñeca rota, una prisionera. Y eso era algo que no iba a tolerar.

La puerta se abrió suavemente, interrumpiendo sus pensamientos. Mikato entró con su habitual serenidad, llevando una bandeja con comida.

—Señorita Kagome, su cena —dijo con voz tranquila, dejando la bandeja sobre la mesa.

Kagome ni siquiera se molestó en mirarla. Su mirada permaneció fija en el suelo, sus manos apretadas en puños sobre su regazo.

—No quiero nada —respondió con un tono cortante.

Mikato suspiró, aunque su expresión seguía siendo imperturbable. Había aprendido a lidiar con los arranques temperamentales de los humanos, pero Kagome era una chispa particularmente rebelde.

—No es prudente rechazar lo que se le ofrece —advirtió Mikato con calma—. Mi señor Sesshomaru no aprecia este tipo de actitudes.

Kagome soltó una risa amarga y levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con desafío.

—¿Ah, sí? Bueno, dile a tu "señor" que no soy su mascota ni su prisionera. No voy a quedarme aquí encerrada como si fuera un objeto más en su colección.

Antes de que Mikato pudiera responder, Kagome tomó la bandeja y la arrojó contra la puerta con un movimiento brusco. El ruido del metal chocando contra la madera resonó en la habitación, seguido por el sonido sordo de la comida desparramándose por el suelo.

Mikato parpadeó, sorprendida por el arrebato, pero no dijo nada más. Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza antes de salir de la habitación. Su silencio solo alimentó aún más la ira de Kagome.

—¡Es injusto! —gritó ella, aunque sabía que nadie vendría a escucharla.

Se dejó caer de nuevo en la cama, respirando agitadamente mientras trataba de calmarse. Pero antes de que pudiera procesar lo que acababa de hacer, una presencia abrumadora llenó el aire. Era como si todo el ambiente se hubiera vuelto más denso, más pesado. Y entonces lo sintió: Sesshomaru.

La puerta se abrió de golpe, y allí estaba él. Su figura alta y elegante parecía aún más intimidante bajo la luz de la luna. Sus ojos dorados brillaban con una mezcla de ira contenida y algo más oscuro, algo que hizo que el corazón de Kagome latiera con fuerza.

—¿Qué significa esto? —preguntó con voz baja pero cargada de peligro, señalando los restos de comida en el suelo.

Kagome se levantó lentamente, enfrentándolo con una valentía que apenas lograba sostener. Su cuerpo temblaba ligeramente, pero no iba a dar marcha atrás ahora.

—Significa que no puedes encerrarme aquí como si fuera tu prisionera —respondió ella, su voz firme, aunque ligeramente temblorosa—. Esto no es protección; es control. Y no voy a permitirlo.

Ella tenía que encontrar la manera de volver a casa y estando encerrada no iba a lograr absolutamente nada. Sesshomaru avanzó hacia ella con pasos lentos pero decididos. Cada movimiento suyo irradiaba una autoridad aplastante. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que Kagome pudiera sentir el calor de su presencia, se inclinó ligeramente hacia ella.

—Eres una niña imprudente —dijo con frialdad, su voz tan gélida como el viento invernal—. No tienes idea del peligro que te rodea ni del caos que provocarías si te dejara salir.

Kagome apretó los puños, sintiendo cómo la ira burbujeaba dentro de ella.

—No soy una niña —replicó con vehemencia—. Tengo catorce años y puedo cuidarme sola. No necesito que tú me protejas ni me controles.

Las palabras parecieron golpear a Sesshomaru como un látigo. Por un momento, su expresión se endureció aún más, pero luego algo cambió en sus ojos. Una chispa fugaz de algo desconocido cruzó su mirada antes de desaparecer tan rápido como había llegado.

Sin previo aviso, Sesshomaru extendió una mano y tomó el mentón de Kagome entre sus dedos largos y elegantes. Su toque era firme pero sorprendentemente delicado. Kagome sintió su corazón detenerse al momento que sus dedos tocaron su piel, un calor incontrolable le atravesó la piel, sintió las ganas de rendirse y dejar de discutir con él. Pero su terquedad era mas grande.

—Eres tan frágil como un conejo perdido en un bosque lleno de lobos —murmuró él, su voz baja pero cargada de intensidad—. Si no estuvieras aquí, ya estarías muerta. ¿Eso prefieres?

La proximidad entre ambos era abrumadora. Kagome podía sentir el calor de su aliento contra su piel, y había algo en sus ojos dorados que hacía que su ira comenzara a desmoronarse. Pero no iba a ceder tan fácilmente.

—Prefiero morir libre que vivir como tu prisionera —susurró ella, aunque su voz temblaba ligeramente. Mentía descaradamente, estaba aterrada en este lugar; pero su madre había sido tan cálida y comprensiva; como su propia madre.

Sesshomaru entrecerró los ojos ante sus palabras, y por un instante el silencio entre ellos fue tan denso que parecía llenar toda la habitación. Finalmente, soltó su mentón y dio un paso atrás, aunque había una tensión palpable en cada uno de sus movimientos.

—Eres más problemática de lo que imaginé —dijo finalmente—. Pero aprenderás… a mi manera.

Antes de que Kagome pudiera responder, Sesshomaru se giró y salió de la habitación, cerrando la puerta tras él con un golpe seco. La joven permaneció inmóvil durante varios segundos, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Su corazón seguía latiendo frenéticamente, y una mezcla confusa de emociones se arremolinaba dentro de ella; ira, miedo… y algo más que no quería admitir.

Esa misma tarde, Kagome decidió que no iba a quedarse de brazos cruzados mientras Sesshomaru dictaba cada uno de sus movimientos. Su mirada se dirigió al armario de madera ornamentada que ocupaba un rincón de la habitación. Allí, sabía, se encontraban los kimonos del demonio, perfectamente doblados y organizados como si fueran un reflejo de su personalidad fría y meticulosa. Pero para Kagome, esos kimonos eran algo más: una herramienta, su única salida.

Con determinación, abrió las puertas del armario y comenzó a sacar las prendas una por una. Los tejidos eran lujosos, suaves al tacto, y emanaban un leve aroma a bosque y algo más profundo, algo que le recordaba a Sesshomaru. Sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento y se concentró en lo que estaba haciendo. Ató los kimonos entre sí con nudos firmes, formando una cuerda improvisada. Para asegurarse de que no se rompiera, añadió algunas pieles que encontró en un rincón del armario. Era un trabajo torpe, pero efectivo.

Mientras trabajaba, su corazón latía con fuerza. Sabía que si la descubrían, las consecuencias serían terribles. Pero el encierro era insoportable, y la idea de quedarse allí, bajo la vigilancia constante de Sesshomaru, era aún más aterradora que cualquier castigo que él pudiera imponerle.

Cuando finalmente terminó, arrastró su obra hacia la ventana. La noche había caído por completo, y el jardín del castillo se extendía bajo ella como un mar oscuro salpicado por la luz plateada de la luna. Kagome respiró hondo y comenzó a asegurar su cuerda improvisada al marco de la ventana. Sus manos temblaban, pero no se permitió dudar.

Lo que no sabía era que Sesshomaru estaba justo allí abajo.

El demonio había salido al jardín para inspeccionar los alrededores, como solía hacer cada noche. Su figura alta y elegante se movía con una gracia sobrenatural entre los árboles y arbustos, sus ojos dorados atentos a cualquier señal de peligro. Pero lo que captó su atención no fue un enemigo acechando en las sombras, sino algo mucho más inesperado: Kagome.

Desde su posición en el jardín, Sesshomaru vio cómo la humana asomaba la cabeza por la ventana y comenzaba a descender lentamente con la cuerda hecha de sus propios kimonos. Su mirada se endureció al instante, y una mezcla de ira y algo más oscuro cruzó por sus ojos. No podía creer la audacia de esa niña.

Kagome estaba tan concentrada en su escape que no notó la presencia del demonio hasta que fue demasiado tarde. Cuando llegó al final de la cuerda y tocó el suelo, levantó la vista para asegurarse de que nadie la había visto… y ahí estaba él.

Sesshomaru permanecía inmóvil a unos pocos metros de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión indescifrable en su rostro. La luz de la luna acentuaba los contornos afilados de su rostro, haciéndolo parecer aún más etéreo y aterrador. Sus ojos dorados brillaban como brasas en la penumbra.

—¿Crees que puedes escapar de mí? —preguntó con voz baja y peligrosa.

Kagome retrocedió instintivamente, su espalda chocando contra el muro del castillo. Su mente buscaba desesperadamente una excusa, una explicación, pero las palabras no llegaban. Todo lo que podía hacer era mirarlo con los ojos muy abiertos mientras su corazón latía con fuerza.

Sesshomaru avanzó hacia ella con pasos lentos pero seguros, como un depredador acechando a su presa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que Kagome pudiera sentir su presencia abrumadora, se detuvo y la miró fijamente.

—Eres más testaruda de lo que pensaba —murmuró, inclinándose ligeramente hacia ella—. Y más imprudente.

Kagome apretó los puños, tratando de reunir el valor para enfrentarlo.

—No puedo quedarme aquí encerrada —dijo finalmente, aunque su voz temblaba—. No soy tu prisionera.

Sesshomaru soltó una risa baja, un sonido que era más inquietante que cualquier grito.

—¿Prisionera? —repitió, sus ojos brillando con un destello peligroso—. No entiendes nada, humana. Esto no es un castigo; es protección. Si te dejo libre, no durarías ni una noche en este mundo.

—¡Prefiero correr ese riesgo! —exclamó Kagome, aunque su cuerpo temblaba ligeramente bajo su mirada—. Prefiero morir intentando ser libre que vivir bajo tu control.

Sesshomaru inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluando sus palabras. Luego, sin previo aviso, extendió una mano y tomó a Kagome por la muñeca. Su agarre era firme pero sorprendentemente delicado, como si estuviera conteniendo una fuerza mucho mayor.

—¿Eso crees? —murmuró mientras tiraba de ella hacia él—. Entonces déjame mostrarte lo que significa estar realmente indefensa.

Antes de que Kagome pudiera protestar, Sesshomaru la levantó en brazos con una facilidad insultante y comenzó a caminar hacia el interior del castillo. Ella luchó contra él, golpeando su pecho con los puños y exigiendo que la soltara, pero él no mostró ninguna reacción. Era como si sus esfuerzos no fueran más que el zumbido molesto de un insecto.

Cuando llegaron a su habitación, Sesshomaru abrió la puerta de un empujón y entró sin decir una palabra. Cerró la puerta detrás de ellos con un golpe seco y dejó a Kagome en el suelo con cuidado pero sin suavidad.

—Si quieres libertad —dijo mientras se inclinaba hacia ella, sus ojos dorados clavándose en los suyos—, tendrás que ganártela. Pero hasta entonces… eres mía.

La declaración hizo que Kagome sintiera un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Había algo en su tono, en la intensidad de su mirada, que era tanto aterrador como… hipnótico. Quería apartar la vista, pero no podía; estaba atrapada en esos ojos dorados como si fueran cadenas invisibles.

Sesshomaru se enderezó y dio un paso atrás, pero la tensión en el aire seguía siendo palpable.

—No vuelvas a intentar algo tan estúpido —advirtió con frialdad—. La próxima vez no seré tan indulgente.

Se encargo de deshacer el torpe nudo con el que la insolente chica había amarrado sus prendas, estas cayeron por la ventana directo al jardín, salió de la habitación y cerró la puerta tras él. Kagome se quedó allí, sentada en el suelo, con el corazón latiendo frenéticamente y una mezcla de emociones arremolinándose dentro de ella; ira, frustración… y una mezcla de algo extraño que jamás había sentido.