Al cruzar las majestuosas puertas del castillo, Kagome no pudo evitar sentirse abrumada por la gran comitiva que recibía a Sesshomaru y por consecuencia también a ella. Sesshomaru frente a ella, tan imponente como solo el sabía hacerlo, Kagome no podía dejar de verlo; sin embargo, algo más capturó su atención: Daisuke, el demonio que la había rescatado la última vez en el jardín, se encontraba entre los soldados que los recibía, enseguida su aroma a canela, la envolvió como un cálido abrazo, arrancándole un leve sonrojo que tiñó sus mejillas y un pequeño calor recorrió su cuerpo. Sesshomaru, junto a ella, no pudo evitar darse cuenta del cambio de la miko y algo en el despertó.
—Humana —su voz era baja, grave, cargada de una posesividad que hizo que el aire pareciera más pesado—. ¿Acaso he sido demasiado indulgente contigo?
Kagome abrió los labios para responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sesshomaru había detenido su andar y estaba justo frente a ella, su figura imponente bloqueando cualquier distracción posible. Extendió una mano, apenas rozando su mejilla con las garras mientras sus ojos se clavaban en los de ella.
—No vuelvas a olvidar —murmuró con una frialdad que contrastaba con el fuego en su mirada—. Este castillo es mío... y tú también lo eres.
Ella sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía. Había algo en esas palabras, en ese tono que no admitía discusión, hizo que su corazón latiera con fuerza. Sesshomaru no esperó respuesta; no la necesitaba. Con un último vistazo a Daisuke, cuyo rostro mostraba ahora una mezcla de temor y respeto, el Daiyokai tomó a Kagome del brazo con una delicadeza engañosa y comenzó a guiarla hacia el interior del castillo
Sesshomaru no dijo una palabra mientras la guiaba por los corredores interminables hasta llegar a una puerta pesada y antigua.
Cuando la abrió, Kagome vio a una figura encorvada en el centro de la habitación. La bruja era una mujer anciana con ojos completamente blancos y una sonrisa torcida que parecía capaz de congelar el alma de cualquiera que la viera. Estaba rodeada de frascos llenos de líquidos extraños y pergaminos cubiertos con símbolos que Kagome no podía entender.
––– Así que esta es la poderosa Miko ––– dijo la bruja con una voz áspera y cargada de malicia.
Kagome dio un paso atrás instintivamente, pero Sesshomaru colocó una mano firme en su hombro, impidiéndole retroceder más.
––– Haz lo que sea necesario ––– ordenó Sesshomaru con frialdad. ––– Pero ten cuidado… si le haces daño innecesario, pagarás con tu vida.
La bruja soltó una risita seca antes de asentir lentamente.
––– Como desees, amo del Oeste ––– dijo con burla evidente.
Kagome fue conducida al centro de la habitación y obligada a sentarse frente a la bruja. La anciana comenzó a murmurar palabras en un idioma desconocido mientras trazaba símbolos en el aire con sus dedos huesudos. Kagome sintió cómo el ambiente cambiaba a su alrededor; el aire se volvió más pesado, más denso, y una extraña sensación comenzó a invadirla.
De repente, todo se oscureció.
Cuando abrió los ojos nuevamente, ya no estaba en la habitación del castillo. Estaba en un lugar completamente diferente, un vacío oscuro donde no había ni luz ni sombra, solo una vasta nada que parecía extenderse infinitamente.
––– ¿Dónde estoy? ––– murmuró Kagome, su voz resonando como un eco en la oscuridad.
––– Dentro de ti misma ––– respondió una voz fría y familiar.
Kagome giró rápidamente y vio una figura emerger de la oscuridad. Era ella misma… pero no lo era. Esta otra Kagome tenía los ojos completamente negros y una sonrisa cruel que no pertenecía al rostro que conocía tan bien.
––– Soy lo que has estado escondiendo ––– dijo la figura oscura. ––– Todos tus miedos, tus dudas, tus deseos más oscuros… tu odio.
Kagome retrocedió un paso, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apoderarse de ella.
––– Esto no es real ––– susurró para sí misma. ––– Esto es solo…
––– Real o no ––– interrumpió la otra Kagome ––– tendrás que enfrentarlo si quieres recuperar lo que has perdido. Pero dime… ¿estás segura de querer recordar? Algunas verdades son demasiado dolorosas para soportarlas.
Kagome apretó los puños, intentando reunir el valor necesario para responder.
––– No importa lo doloroso que sea ––– dijo con determinación. ––– Necesito recuperar mis recuerdos, lo enfrentaré todo si es necesario.
La figura oscura sonrió ampliamente, mostrando dientes afilados como cuchillas.
––– Entonces prepárate ––– dijo con un tono burlón. ––– Porque lo que está por venir hará que desees nunca haber preguntado.
Y con esas palabras, la oscuridad comenzó a retorcerse a su alrededor, formando figuras grotescas y monstruos hechos de sus peores pesadillas. Kagome sintió cómo el miedo crecía dentro de ella, pero también sabía que no podía ceder.
Desde el exterior del trance, Sesshomaru observaba impasible mientras la bruja continuaba su ritual. Aunque su rostro permanecía inmutable, sus ojos dorados brillaban con una intensidad peligrosa.
El aire en el castillo estaba impregnado de un silencio que parecía devorar cualquier sonido. Sesshomaru permanecía inmóvil, como una estatua esculpida en mármol, mientras la bruja continuaba su trabajo. Los murmullos guturales que salían de los labios de la anciana llenaban la habitación con una energía antinatural, y el cuerpo de Kagome, ahora inerte, se encontraba rodeado por un círculo de símbolos que brillaban con una luz tenue y siniestra.
Sesshomaru no apartaba la vista de Kagome. Su rostro seguía siendo una máscara de indiferencia, pero algo en la tensión de su postura traicionaba la verdad: estaba vigilante, preparado para intervenir si algo salía mal.
Dentro del trance, Kagome seguía enfrentándose a la oscuridad. Las figuras grotescas que habían emergido de las sombras se movían con una fluidez imposible, sus cuerpos deformes y ojos brillantes la observaban con una mezcla de hambre y burla. Cada paso que daba hacia adelante parecía atraer más horrores hacia ella, pero no podía detenerse. No después de lo que había dicho.
––– ¿Esto es todo lo que tienes? ––– gritó Kagome, su voz temblando más por el esfuerzo que por el miedo.
Las criaturas no respondieron con palabras, sino con un rugido ensordecedor que sacudió el vacío. Una de ellas, una amalgama de extremidades retorcidas y bocas llenas de colmillos se lanzó hacia ella. Kagome cerró los ojos y levantó los brazos instintivamente, esperando el impacto… pero este nunca llegó.
Cuando abrió los ojos, vio que la figura oscura de sí misma estaba frente a ella, su mano extendida hacia la criatura, que ahora se retorcía en el aire como si estuviera atrapada por una fuerza invisible.
––– ¿De verdad crees que puedes enfrentarte a esto sola? ––– dijo la otra Kagome con una sonrisa burlona. ––– Eres más débil de lo que crees.
––– No necesito tu ayuda ––– respondió Kagome con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente.
––– ¿No? ––– La figura oscura dejó caer a la criatura al suelo, donde se desintegró en una nube de sombras. ––– Entonces sigue adelante. Pero recuerda, cada paso que des hacia la verdad te acercará más a mí… y cuando llegue el momento, no podrás escapar de lo que realmente eres.
Kagome no respondió. En lugar de eso, apretó los dientes y avanzó, ignorando las risas burlonas que resonaban a su alrededor. Cada paso era más difícil que el anterior; el vacío parecía resistirse a dejarla avanzar, como si estuviera vivo y consciente de su presencia.
En el mundo real, la bruja detuvo sus cánticos por un momento y levantó la vista hacia Sesshomaru.
––– La humana está luchando bien ––– dijo con una sonrisa torcida. ––– Pero esto es solo el principio. Si sobrevive, no será la misma cuando despierte.
––– Eso no es asunto tuyo ––– respondió Sesshomaru fríamente. ––– Haz lo que se te ordenó y nada más.
La bruja soltó una carcajada seca antes de volver a concentrarse en el ritual. Sesshomaru desvió la mirada hacia Kagome una vez más, sus ojos dorados brillando con un destello fugaz de algo que podría haber sido preocupación… o tal vez simple curiosidad.
De vuelta en el vacío, Kagome llegó a un lugar diferente. La oscuridad había dado paso a un paisaje desolado, un campo cubierto de cenizas donde los árboles estaban reducidos a esqueletos carbonizados y el cielo era de un rojo profundo y opresivo. En el centro del campo había una figura solitaria; un hombre alto con cabello plateado y ojos dorados que brillaban como brasas.
––– Sesshomaru… ––– murmuró Kagome, dando un paso hacia él.
Pero algo estaba mal. Este no era el Sesshomaru que conocía. Había algo en su mirada que le heló la sangre; una crueldad fría y despiadada que parecía consumirlo por completo.
––– ¿Por qué estás aquí? ––– preguntó Kagome, aunque no esperaba una respuesta.
El Sesshomaru del campo no habló; simplemente levantó su espada y apuntó hacia ella. Kagome sintió cómo el miedo volvía a apoderarse de ella, pero esta vez no era miedo por lo que pudiera hacerle… era miedo por lo que este Sesshomaru representaba; una verdad que no estaba lista para enfrentar.
––– No puedes huir de esto ––– dijo la voz de su contraparte oscura detrás de ella. ––– Este es tu destino… nuestra verdad compartida.
Kagome giró rápidamente para enfrentar a su otra yo.
––– ¡Basta! ––– gritó. ––– No sé qué estás tratando de mostrarme, pero no voy a rendirme ante esto.
La figura oscura sonrió ampliamente, sus ojos negros brillando con malicia.
––– Entonces lucha ––– dijo simplemente, antes de desaparecer en una nube de sombras.
El Sesshomaru del campo avanzó hacia ella, su espada brillando con una luz siniestra que parecía absorber toda esperanza del ambiente. Kagome sabía que no tenía ninguna posibilidad contra él… pero también sabía que no podía retroceder.
Con un grito desesperado, corrió hacia él, sus manos vacías levantadas en un gesto inútil de defensa. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, todo se desmoronó a su alrededor. El campo desapareció, reemplazado por un vacío aún más oscuro que antes, y Kagome cayó al suelo, jadeando y temblando.
Cuando abrió los ojos nuevamente, estaba de vuelta en la habitación del castillo. Pero algo estaba mal. Su cuerpo no respondía; sus extremidades estaban pesadas como si estuvieran hechas de plomo, y su visión era borrosa. Podía escuchar las voces de Sesshomaru y la bruja a lo lejos, pero sus palabras eran incomprensibles, como si estuvieran hablando desde el otro lado de un muro grueso e invisible.
Sesshomaru se acercó a ella lentamente, sus ojos dorados fijos en los suyos.
––– ¿Qué has hecho? ––– exigió saber, dirigiéndose a la bruja con un tono peligroso.
La anciana levantó las manos en un gesto defensivo.
––– Nada fuera de lo acordado ––– respondió con calma aparente, aunque su sonrisa torcida seguía presente. ––– La humana ha enfrentado su oscuridad interna… pero parece que no salió completamente ilesa.
Sesshomaru frunció el ceño mientras observaba a Kagome con atención renovada.
Kagome intentó hablar, intentó moverse, pero fue inútil. Todo lo que pudo hacer fue mirar fijamente al demonio frente a ella mientras sentía cómo la oscuridad dentro de ella comenzaba a crecer.
Y entonces lo supo; algo había cambiado dentro de ella… algo que nunca podría deshacer.
Mientras Sesshomaru se alejaba unos pasos para hablar con la bruja en voz baja, Kagome sintió cómo sus párpados comenzaban a cerrarse nuevamente.
Esta vez no era un sueño ni un trance.
Era un coma profundo... y sabía que cuando despertara —si es que despertaba— nada volvería a ser igual.
