Capítulo 4: Mi niño, lo siento

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En lastierras vacías, donde laruptura del espaciopermitía que lasbrechas hacia el vacíose abrieran sin control, lagravedad del caosse hacía aún más palpable.Los caminantes del vacío, criaturas de pura destrucción y desolación,rugíanmientras avanzaban, despertando tanto ahumanoscomo abestiasque ya no sabían si luchaban por sobrevivir o por liberar su alma condenada al olvido.

Entre laoscuridadde esa vasta extensión, una figura destacaba con una presencia imponente y silenciosa, como unhuracán controlado.María Senz, madre deBernardo, se erguía en medio del caos. Supiel morena pálida, un reflejo de los días de batalla que había atravesado, se destacaba bajo el cielo sombrío y tormentoso. Susojos—profundos, como abismos de desesperación—brillaban con una intensidad única, el mismo tono que sucabello corto y castañoque se agitaba por la fuerza del viento, como si la misma tormentalucharacontra ella.

A su lado, tresfiguras caninasdemás de cuatro metrosde altura, seres imponentes, con músculosfuertesy ojos que reflejaban lafuria de la lucha, estaban listos para cualquier enfrentamiento.Bestias, pero más que eso:compañeras de batalla,aliadasen cada momento dedesesperación. No había lugar para la debilidad, pero eltormentoen elcorazón de Maríaera evidente.

Mientras las criaturas del vacío avanzaban y elgrito de guerraresonaba por toda la tierra, algo en ella se rompía.La furia de la batallano lograba apagar eldolor profundoque la consumía desde dentro.

Suhijoestaba en elborde del abismo, atrapado en una lucha que no parecía tener fin.Bernardo, su niño, su hijo,desgarradopor el mismo poder que ella temía: el poder delvacío, el que arrebataba sin piedad.

Maria Senzera una guerrera, lamadre de un futuro desbordante de poder, pero en ese momento, su alma estaba vacía,consumidapor la tragedia. ¿Qué podía hacer una madre cuando laoscuridadparecía ser la única respuesta al grito de su hijo? ¿Cómo enfrentarse a un destino que ya no podía cambiar?

El eco de la lucha resonaba alrededor de ella, pero ni lasbestiasa su lado ni elarcoque empuñaba o laespadaen su cintura podían mitigar la tormenta interna.El abismodentro de su pecho era másprofundoque el que veía a su alrededor.

Con una última mirada al horizonte, donde la batalla aún rugía,María Senzsoltó un suspiro pesado, sabiendo que no podía alejarse de lo que sudestinohabía tejido para ella.

La mujer se detuvo en el instante en que decapitó a Varón elsilenciocayó sobre el campo de batalla como una sentencia cruel.La cabeza de Varónrodó por el suelo aún humeante, sus ojos abiertos reflejaban el último destello de sorpresa antes de quedar vacíos, sin alma. A su alrededor, laslegionesque lo seguíanse desplomaron como muñecos rotos, la conexión con su lídercortada de golpe, dejando sus cadáveres apilados como un grotesco monumento a la masacre.Una victoria absoluta... pero en el aire, en elcorazón de María Senz, solo quedaba unvacío insondable.

No...—su voz se escapó como un susurro, débil, quebrado.

La palabrase expandió en el viento, como si el mismo mundose negara a aceptarlo que acababa de ocurrir. Sus labios temblaron, surespiraciónse volvió errática. Sus manos, que aún sostenían suespada goteando sangre, comenzaron atemblar, como si el peso de la realidadlas aplastarade golpe.

No...—repitió, pero esta vez su vozse quebró, se distorsionó en ungrito de negación.

Elmanáque dormía en su interiorse agitócon violencia,desbordándoseen una tormenta que estremeció el campo de batalla.La energía, teñida con sufuria y su agonía, se expandió como una ola dedestrucción cruda.El aire chisporroteó, el suelo seagrietóbajo sus pies, como si el mismo planetallorara con ella.

Lasbestias caninasa su ladogruñeron y retrocedieron, sintiendo el cambio en suama, pero sin atreverse a acercarse.No era la misma María Senz de hace un momento.Era algo más.Algo roto. Algo despiadado. Algo imposible de contener.

Lavictoriaque muchos habrían celebrado, para ella,era un tormento. Porque no importaba cuántopodertuviera, cuántosangrederramara...Bernardo seguía muriendo.Y ella no podía hacernada.

Elmanáque la rodeabarugió en respuesta, expandiéndose en un torbellino incontrolable.Las nubessobre ellase partieroncon la furia de su lamento, losrayoscayeron como un llanto divino sobre el campo de batalla. Suspuñosse apretaron con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su propia piel, pero el dolor físico no era nada comparado con laherida en su alma.

Los recuerdos la destrozaban.
El sonido de lospequeños pasos de Bernardocorriendo hacia ella cuando apenas era un niño.
Laspromesas susurradas en las nochesde tormenta, cuando lo abrazaba para protegerlo del miedo.
Las veces que le dijo quesiempre estaría a su lado... y ahora no estaba allí cuando más la necesitaba.

¿Por qué no estuve allí para protegerte?—su voz serompióen un grito que resonó en el vacío, desgarrador, lleno de culpa y rabia.

Las lágrimas brotaron sin control, pero no enfriaban el fuego que ardía en su pecho.Cada gota que caía al suelo hervía, evaporándose al instante en el aire cargado de su poder desatado.Su piel ardía con la energía, su cuerpo apenas podía contener el odio y la impotencia que la devoraban.

El cielo respondió a su furia.Los truenos rugieron, las montañas temblaron, los ríos se agitaroncomo si el mundo mismo sintiera la pérdida de Bernardo.El campo de batalla, cubierto de cadáveres y sangre, se convirtió en el reflejo de su propiocorazón destrozado.

Susbestias caninasseagazaparon, sintiendo lo que venía. Porquealgo iba a romperse. Algo en Maríaya no volvería a ser igual.

-Elmanáse retorció a su alrededor,respondiendo a su juramento con un rugido mudo, una vibración en el aire que helaba los huesos.Las bestiasa su ladoerguieron las orejas, sus ojos brillaban con la misma promesa de muerte que ardía en el alma de María.

Los cadáveres a su alrededor aún humeaban, la sangre empapaba la tierra, un tributo insuficiente para la rabia que la consumía.Pero no era suficiente.

No por mí, sino por ti...—repitió en un susurro, y en su pechonació una tormenta que no se disiparía hasta que cada uno de ellos hubiera sido reducido a cenizas.

Los cielos oscuros respondieron.
Losrayos desgarraron el firmamento, iluminando su rostromarcado por la furia y el dolor. La promesa de exterminio no era solo una amenaza. Era una verdad inevitable.

María Senz había muerto como madre.
Solo quedaba el monstruo que el mundo había creado con su abandono.

Elmanárugía a su alrededor, un torbellino de energía pura que hacía temblar la tierra. Cada aliento suyo era fuego, cada movimiento, un estallido de poder crudo.Pero nada de eso llenaba el vacío en su pecho.

Con cada enemigo queperforaba con su espada, con cada garganta que cortaba su daga, con cada cuerpo que explotaba bajo el impacto de sus flechas, sentía cómo algo dentro de ellase quebraba aún más.No había satisfacción. No había alivio. Solo una necesidad insaciable de seguir matando.

Su respiración era errática, su corazón martilleaba con una fuerza implacable.Los caminantes del Vacío caían a su alrededor como hojas marchitas, desmembrados, incinerados, borrados de la existencia. Pero no importaba cuántos masacrara,ninguno de ellos podría devolverle lo que había perdido.

María dejó escapar un grito desgarrador, un alarido que rompió la noche, un rugido que hizo estremecer a aliados y enemigos por igual. Su dolor se transformó en un nuevo propósito:

Voy a destruir todo lo que les quede. No dejaré ni polvo de su legado.

Y el mundo tembló, como si comprendiera que acababa de desatarse algo peor que la muerte.

—Te prometo que haré justicia —susurró al viento, como si pudiera llegar hasta él—. Siempre serás mi razón para luchar.

La madre de Bernardo comenzó a sujetarse la cabeza mientras los masivos canes ladraban, liberando también su maná y formando una masiva tormenta de energía. La cúpula de maná comenzó a expandirse mientras el planeta escuchaba el llanto y los gemidos lastimeros de los tres canes, haciendo descender cuatro pilares hacia la cúpula.

El cielo se desgarró con un estruendo ensordecedor cuando loscuatro pilares descendieron, envueltos en un brillo apocalíptico.El propio planeta parecía llorar junto a ella, resonando con su furia y su dolor.

Los masivos canes—sus fieles guardianes, sus compañeros de guerra—aullaban con un pesar que retumbaba en la tierra, sus cuerpos emanando unmaná tan denso y violentoque la atmósfera temblaba con su presencia. Sus ojos, normalmente afilados y llenos de astucia, ahora reflejaban la misma tormenta de agonía que devastaba el alma de María.

Ella se sujetó la cabeza, sus dedos crispándose sobre su cuero cabelludo, mientras undolor lacerantese extendía desde su corazón a cada fibra de su ser.No podía contenerlo. No quería contenerlo.

¡Lo arrebataron de mí! ¡Mi niño! ¡Mi hijo!—su grito se rompió en mil pedazos, desgarrado por la furia y la pena.

El mundo escuchó.

Lacúpula de manáse expandió en un latido colosal, su fulgor devorando la noche con un resplandor cegador.El eco de su llanto se convirtió en la voz del propio universo, una vibración que sacudió montañas, ríos y continentes.Era una maldición. Era un presagio.

Loscuatro pilares respondieron.La tierra crujió, el aire se volvió denso, el cielo se retorció sobre sí mismo.En ese momento,la venganza dejó de ser un simple deseo.

Era un decreto absoluto.

En ese instante, María sintió que su mundo se desmoronaba. La imagen de su hijo, Bernardo, aparecía en su mente: su risa, sus sueños, y ahora... el vacío que dejaba su ausencia.

—No... —susurró con voz quebrada, mientras las lágrimas caían por sus mejillas. La desesperación se apoderó de ella; cada recuerdo era una puñalada en su corazón.

El suelo bajo sus pies tembló, como si el mismo planeta compartiera su lamento.Las bestias a su lado rugieron, sus cuerpos vibrando con la energía desenfrenada que brotaba de María.El aire chisporroteó, saturado de maná, mientras su pecho se oprimía con un dolor indescriptible.

¡No!—su voz se elevó, rasgando el silencio con un alarido de furia y desesperación.

Cada lágrima que caía parecía alimentar la tormenta de energía que la rodeaba.El maná brotó de su cuerpo con tal intensidad queel suelo bajo sus pies se resquebrajó, creando fisuras que se extendieron como venas en la tierra moribunda.

Bernardo... su niño... su razón de vivir... desaparecido.

¿Por qué no estuve ahí para salvarte?—murmuró entre sollozos, sus rodillas cediendo ante el peso de su pérdida.

Elviento aulló, y los cuatro pilares que descendieron en respuesta a su pena comenzaron a latir con un resplandor espectral.El mundo temblaba con ella.

Loscanes colosalesa su lado sintieron su dolor y lo transformaron en unaullido desgarradorque hizo estremecer los cielos. Sus cuerpos se erizaron, sus ojos ardieron con un brillo amenazante, y su maná explotó como un huracán descontrolado.El universo mismo parecía querer responder al sufrimiento de la madre.

Entonces, con los puños cerrados y la mirada clavada en el horizonte...María dejó de ser solo una madre en duelo.

Era la furia de un mundo que había perdido demasiado.
Era el presagio de una tormenta que arrasaría con todo.
Era el nacimiento de la venganza hecha carne.

El dolor era insoportable. Se sentía impotente por no haber estado allí para protegerlo, para salvarlo en sus últimos momentos. La rabia y el dolor se entrelazaban dentro de ella como un torbellino incontrolable.

Los caminantes del vacío esa noche, sin importar el rango de su clase, conocieron el verdadero terror. Y en esta noche, la humanidad conoció el dolor y la locura de una madre que había perdido a uno de sus mayores tesoros.

LosCaminantes del Vacío—seres que habían masacrado innumerables mundos, que se alimentaban de la desesperanza y el terror—se detuvieron por primera vez en su existencia.No entendían lo que sentían.¿Miedo?Era un concepto ajeno para ellos. Y sin embargo, al presenciar el resplandor cegador de esa mujer envuelta en maná,la comprensión primitiva se instaló en sus retorcidas mentes.

Uno de ellos intentó hablar.

—Grrrrhh... ¿Q-qué... eres...?

Antes de que pudiera obtener respuesta,su existencia fue borrada de la realidad.

Maríani siquiera se había movido.La presión de su maná lo había reducido a polvo.

María, con su maná liberándose en un torrente voraz, se transformó en una fuerza imparable. La cúpula brillaba intensamente mientras se llenaba con su dolor y rabia.

Los pilares descendidosvibraron, absorbiendo la devastación. El cielose partió en doscuando una lluvia de relámpagos purpúreos cayó sobre el campo de batalla, incendiando todo a su paso.Las bestias que la acompañaban aullaron, sus colosales cuerpos empapados de su rabia, su desesperación.

¡SENTIRÁN SU DOLOR!—bramó María, su voz resonando como el trueno.

Susojos llamearon con un brillo carmesí, reflejando el abismo que ahora albergaba en su alma.Cada enemigo que se atreviera a alzar la vista hacia ella sería erradicado.

Los humanos que observaban a lo lejostuvieron que cubrirse los ojos.El terror se filtró en sus corazones.

Esa noche, el Vacío no fue el depredador.

Esa noche, el Vacío fue la presa.

¡Bernardo!—su grito desgarró el cielo, rompiendo el silencio con una súplica que parecía atravesar el tiempo y el espacio—.¡Perdóname! ¡No pude protegerte!

El aire se volvió espeso, cargado con su desesperación. Sus labios temblaban, su pecho se agitaba como si su corazón intentara escapar de su pecho. Sus manos, aún manchadas de sangre enemiga, se aferraban a su propio cuerpo, como si eso pudiera mantenerla entera cuando todo dentro de ella se desmoronaba.

Por favor, mi niño... Perdóname...—susurró con voz rota, su aliento entrecortado por los sollozos.—Por favor, no te vayas...

Su cuerpo se dobló sobre sí mismo mientras caía de rodillas sobre la tierra empapada de sangre. La realidad era cruel, brutal, despiadada.Él no volvería.

No me dejes, cariño... Mi bebé, no me dejes sola...—sus manos se clavaron en la tierra, como si pudiera aferrarse a algo, como si pudiera impedir que el destino le arrebatara lo más precioso que tenía.

Los gigantescos canes a su lado aullaron con una tristeza que se extendió por el campo de batalla, sus ecos resonando en la distancia como una sinfonía de lamentos.El suelo tembló.La energía del maná se desbordó, formando un torbellino de luz y sombras que reflejaban la tormenta en su interior.

¿Cómo afrontaré esto...?—su voz se quebró.—¿Qué le diré a tus hermanos?

Imágenes de sus otros hijos inundaron su mente, rostros inocentes que aún esperaban que su hermano mayor volviera.Pero él nunca regresaría.

¿Qué le diré a tus abuelos cuando se enteren que moriste...?

Sus palabras se perdieron en el viento, como si el universo mismo se negara a responderle. Sus lágrimas cayeron, empapando la tierra donde tantas vidas habían sido segadas. Pero ninguna pérdida pesaba más que la de su hijo.

El campo de batalla se tornó silencioso, como si incluso la guerra hubiera cedido ante el dolor de una madre que acababa de perder a su primogénito. Pero entonces, con cada latido de su corazón,su furia comenzó a despertar.

Las sombras vibraron, el maná rugió en su interior, y la tierra misma pareció contener la respiración.La venganza de una madre acababa de comenzar.

Hoy... hoy no solo lucharé por mí...—su voz se quebró por un instante, pero se alzó con una fiereza indomable—.Lucharé por ti.

El viento rugió en respuesta, como si el mismo mundo reconociera la verdad en sus palabras.María, la Emperatriz Sangrienta, había nacido en este trágico día.

El maná estalló a su alrededor, un torrente de furia y desesperación que teñía el aire de un rojo profundo, como si la misma esencia de la batalla se inclinara ante ella. Sus enormes canes alzaron sus hocicos al cielo, aullando con un dolor primitivo, sus cuerpos vibrando con la energía que su dueña desataba.

Los supervivientes del campo de batalla sintieron cómo el aire se volvía denso, pesado, insoportable.Algo había cambiado.

¡Los matare!—rugió, su voz impregnada de un odio inconmensurable.—¡El infierno que desataron sobre mi hijo se volverá contra ustedes! ¡No quedará ninguno vivo para contar su historia!

Sus ojos, antes templados por la razón, ahora ardían con la misma intensidad de su magia. El torbellino de maná se volvió un huracán de muerte y destrucción.Hoy, ella no era solo una guerrera. Era una madre que había perdido a su hijo.

Y la muerte no era suficiente castigo para los culpables.

El cielo se oscureció.Nubes de energía pura se arremolinaban sobre el campo de batalla mientras cuatro pilares descendían, rasgando la tierra como lanzas divinas.La cúpula de maná vibraba, resonando con el llanto desgarrador de una madre convertida en un cataclismo viviente.

LosCaminantes del Vacío, criaturas de abismos insondables, sintieron el peso de su propia arrogancia. Ellos, que se alimentaban de la desesperanza, que devoraban mundos sin resistencia, sintieron miedo.Un terror primigenio les recorrió los huesos y la esencia misma de sus almas deformes.

Losenormes canesque acompañaban a María se erizaron, sus músculos temblaban por la energía que absorbían de su dueña.Uno de ellos levantó la cabeza, soltando un aullido que hizo temblar la realidad.Era un llamado.Una sentencia.

Los primeros en lanzarse fueron los esbirros menores del Vacío. Criaturas informes, con extremidades retorcidas y bocas que no deberían existir, se deslizaron a gran velocidad hacia la emperatriz.María no se movió.Su mirada se clavó en ellos, y en el momento en que entraron en su dominio, el aire mismo se convirtió en cuchillas.

¡SHHHHHHAAAAK!

Sus cuerpos se partieron en pedazos antes de poder tocarla.Sangre negra y espesa salpicó el suelo.No era magia elemental.Era algo peor.Era el peso de su voluntad manifestado en el mundo.El poder del duelo convertido en castigo.

¿Así que creen que pueden desafiarme?—susurró.

Con un solo movimiento, tomó su arco y disparó tres flechas.Cada una se convirtió en una lanza de fuego negro, atravesando a tres bestias de clase mayor en pleno vuelo.Las criaturas emitieron chillidos agónicos mientras sus cuerpos se deshacían en cenizas.

Los Caminantes del Vacío más poderosos comenzaron a dudar.Su instinto les gritaba que escaparan, pero era tarde.

Uno de ellos, una abominación de múltiples cabezas y extremidades que no deberían existir en este plano,rugió y embistió.

Tarde.

Los canes saltaron. Sus colmillos se clavaron en la criatura, destrozándola con una furia salvaje.Cada mordida era un castigo divino, cada desgarrón era un tributo a la memoria de Bernardo.

María se lanzó al frente, con su espada envuelta en un resplandor carmesí.Cortó.Perforó.Danzó entre la muerte con una gracia aterradora.

El suelo se quebró bajo su poder. El aire se llenó de cenizas y carne quemada.Los dioses del Vacío supieron en ese instante que habían cometido un error.

Ella no iba a detenerse.

Hasta que cada uno de ellos muriera en un sufrimiento que jamás olvidarían.

María levanto una de sus manos, sus pequeñas y delicadas manos, sus dedos enguantados tenían un borde dorado.

Enfrente suyo algo tembló el espacio mismo fluctuó como las aguas de un cuerpo de agua.

Una espada surgió de entre las ondulaciones.

Esta era una arma que ella mando a forjar cuando se entero que estaba embarazada de su primogénito Bernardo. Esta espada, era un tesoro familiar, se suponía que esta espada seria la herencia de para Bernardo.

La espada se materializó ante María, flotando en el aire como si aún esperara las manos de su verdadero dueño.El filo resplandecía con un fulgor dorado, reflejando la luz de los cuatro pilares que descendían desde los cielos.La empuñadura tenía grabados intrincados, runas que solo la sangre de su familia podía comprender.

Era la herencia de Bernardo.

Un arma creada para su primogénito.Un tesoro que debía haber pasado de generación en generación.Pero ahora,el niño que debía blandirla y forjar su propio destino estaba muerto.

María estiró la mano y tomó la espada con suavidad, casi con reverencia.Los latidos de su corazón resonaron en el acero.El arma, que nunca había sido empuñada en batalla, ahora estaba destinada a ser usada en la masacre.

No era para mí...—susurró con un nudo en la garganta—.Pero si no puedes blandirla, mi niño... lo haré por ti.

El maná en la cúpula se agitó como si respondiera a sus palabras.El alma de Bernardo, aunque incompleta, aún vibraba en la espada.Un eco de su existencia, un reflejo de lo que pudo haber sido.

Los recuerdos volvieron.Las risas de su hijo. Sus pequeños dedos tocando la espada cuando era solo un bebé.Su voz diciendo que algún día la usaría para proteger a su madre, a sus hermanos, a su gente.Promesas que jamás podrían cumplirse.

Lo siento, mi amor.

Sus lágrimas resbalaron sobre el acero, pero la espada no las rechazó.Las absorbió.El fragmento del alma de Bernardo reaccionó.El arma brilló con un resplandor feroz, como si su espíritu respondiera al dolor de su madre.

Los Caminantes del Vacío sintieron la perturbación.El arma no era una simple espada.Era un legado, un vínculo de sangre, un grito de justicia que resonaba a través del tiempo.Y ahora estaba en manos de una madre que había perdido todo.

Bernardo, lucharé con tu fuerza. Con tu alma. Con todo lo que me dejaste.

Los canes a su lado rugieron, y la tormenta de maná alcanzó su punto máximo.El Vacío tembló.El campo de batalla se convirtió en un escenario de ruina y venganza.

María se lanzó al ataque, y con el primer tajo de la espada,el mundo sangró.

Cada uno de sus hijos tenía un legado esperándolos.Bernardo tenía la espada, un símbolo de protección y liderazgo.ParaMaya, su feroz y ágil segunda hija,había mandado a forjar unos guantes con cuchillas retráctiles, armas diseñadas para el combate cuerpo a cuerpo, para moverse con la rapidez de un relámpago y desgarrar a sus enemigos antes de que pudieran reaccionar.

Peropara los gemelos aún no había decidido qué heredarles.

Tal vez porque aún eran muy pequeños. Tal vez porque no podía imaginar qué tipo de guerreros serían. O tal vez porque, en el fondo,esperaba que no necesitaran un arma.Que el mundo les diera un respiro y les permitiera crecer lejos del filo de una espada o del peso de la guerra.

Pero ahora,Bernardo estaba muerto.

El futuro que había soñado para sus hijosse desmoronaba frente a ella.

La espadano tenía dueño... pero tampoco podía ser empuñada por cualquiera.Era un arma única, un legado forjado con la esencia misma de su linaje.

Cada uno de esos tesoros contenía unfragmento del alma de sus hijos, deella mismay desu padre. No era solo un arma; era un vínculo entre ellos, una promesa silenciosa de quesin importar la distancia o el tiempo, siempre estarían conectados.

Pero ahora,Bernardo estaba muerto.

Y la espada que le pertenecía...seguía aquí.

Sola.

Sin dueño.

Cuando María la sostuvo entre sus dedos, una punzada helada recorrió su pecho.No era ella quien debía blandirla.No era su destino.Era el de su hijo.

Pero Bernardo ya no estaba.

Y si el destino había decidido arrebatarle a su primogénito, entoncesella decidiría qué hacer con lo que quedaba de su legado.

María admiro el cuerpo de la espada ignorando el primer ataque que hizo al principio, sintiendo el toque y recordó.

María deslizó los dedos enguantados sobre el cuerpo de la espada,perdiéndose en los recuerdos que la asaltaban con brutalidad.

Vio a su pequeño Bernardo, con apenas dos años, abrazando su pierna con fuerza, llamándola "mami" con su vocecita tierna.

Sintió la calidez de aquel abrazo, la suavidad de sus diminutas manos aferrándose a ella, como si jamás fuera a soltarla.

Pero lo soltó.

Lo perdió.

Otro recuerdo la golpeó con la misma ferocidad que el primero.

Su quinto cumpleaños.Bernardo sonriendo con esa alegría infantil y desbordante, tomando un trozo de pastel con sus pequeñas manos y llevándolo a su boca. La crema se esparció por su rostro, haciéndola reír.Él también rió, inocente y despreocupado.

Ahora...todo eso era cenizas en el viento.

Las memorias eran crueles.Aparecían cuando más dolían, cuando más te arrancaban el alma.

Su mano tembló sobre la empuñadura de la espada, pero no por debilidad.Era ira. Era dolor.

La energía a su alrededorse distorsionó, violenta y errática.

Y entonces,María Senz dejó de ser una simple guerrera.

Ese día,se convirtió en el azote de quienes le arrebataron a su hijo.

Las lágrimas siguieron cayendo, ardientes y pesadas, mientras el maná de María se volvía cada vez más corrosivo.

El suelo bajo sus piesse deshacía en polvo, consumido por la densidad sofocante de su energía.El aire chisporroteaba.La atmósfera mismaparecía retorcerse, como si el mundo estuviera huyendo de su furia.

Espacio, tiempo y realidad...
Todo aquello que alguna vez fue inquebrantable, ahorase fundía ante su toque.

El tiempo, eterno e inmutable,se distorsionaba en su presencia, fragmentándose como cristal roto. Los ecos del pasado y el presentese mezclaban, confundiéndose en una danza macabra.

El espacio, sólido y firme,cedía ante ella.Ni siquiera los dominios espaciales—construcciones diseñadas para encarcelar o proteger—podían detenerla.

La realidad mismase retorcía y quebraba, incapaz de sostenerse frente a la devastación que era María Senz.

Era invencible.
Era absoluta.
Era la calamidad encarnada.

Y, sin embargo...

Nada de esto había sido suficiente.

Toda esa fuerza. Toda esa supremacía.Y aún así, no pudo salvar a su hijo.

El pensamientole atravesó el pecho como una daga envenenada. Un grito ahogado escapó de su garganta, su respiración se volvió errática, y sus lágrimas continuaron cayendo... pero ahora,eran lágrimas de odio.

Si este mundo quiso arrebatarme a mi hijo... entonces este mundo será testigo de mi furia.

Y con esas palabras,desató el infierno sobre la tierra.

El dedo de María recorrió la superficie de la espada, como si su contacto pudiera devolverle algo que ya no podía alcanzar.

La voz de su hijo resonó en su mente, una voz madura, llamándola madre.Una palabra que aún vibraba en su alma, como un eco profundo, un susurro en las profundidades de su ser.

Recordó a su hijo, su primogenito, cuando volvió derrotado en su primera prueba del despertar,con el cuerpo marcado por la fatiga y la tristeza.Sus ojos se apagaron en su cama, consumido por suenfermedad terminal, una plaga cruel que él había enfrentado sin piedad. En aquellos días, ella lo vio luchar por su vida con la misma determinación que había tenido al nacer,pero la enfermedad, como un demonio invisible, lo devoraba lentamente.

Recordó sus risas, el sonido alegre de sus juegos y discusiones con sus hermanos menores.Sus peleas inocentes, como si el mundo fuera solo un vasto campo de aventuras donde todo lo que importaba era vivir con intensidad.Recordó su sonrisa, su alegría, su valentía, aún cuando su cuerpo flaqueaba.

Y tambiénrecordó sus lágrimas.El miedo que a veces se escondía en sus ojos cuando la enfermedad le robaba fuerzas.Pero incluso entonces, su hijose mantenía firme, como un roble que se resiste a caer ante el viento.

Alegrías y penas. Una vidatan cortay una muertetan temprana, como si el destino hubiera decidido su curso antes de que pudiera decidirlo él mismo.

Una condena, una pesada carga, para un niño quenunca cometió un crimen.

Elvacío se cernía sobre ella, esa sensación de pérdida irreparable que la devoraba.Te extrañaré, mi niño.

La espada en sus manos temblaba, como si compartiera su dolor, y al levantarla,la oscuridad que la rodeaba se intensificó.María, la madre desterrada por la tragedia,sentía el peso del universo sobre sus hombros.Pero en su interior,una determinación indomablecomenzaba a tomar forma.El mundo entero pagaría por lo que le había hecho a su hijo.

Los Void Walkers gritaban en agonía, sus alaridos rasgaban la noche como el eco de una maldición sin fin.El simplemaná ambientalque rodeaba a María y a suscanes de cazaera una sentencia de muerte para cualquier ser lo suficientemente desafortunado como para estar cerca.

Lacasta más abundantede estas criaturas,los esclavos, fueron los primeros en sucumbir.No hubo gritos de batalla, ni resistencia, solo muerte.Todos,sin excepción, fueron consumidos por la corrupción del maná de María. Sus cuerposse derritieron como cera bajo un fuego implacable, volviéndoseuna crema amorfa de carne, sangre y huesosque empapó la tierra.El suelo no absorbía sus restos, pues ni siquiera el mundo quería tocar esas abominaciones.

Pero no fueron los únicos.

Losescuderos, caballeros y lords, aquellos que alguna vez fueron considerados élite entre los suyos,tuvieron un destino apenas distinto. Su resistencia fue mayor, sí,pero solo les permitió vivir unos segundos más en el infierno que había desatado María.Sus cuerposse partieron, se desintegraron en pedazos putrefactos, su pielse resquebrajó como barro seco, y sus huesosse carbonizaron antes de desmoronarse en polvo.

No murieron por cientos, ni por miles. Murieron por millones.

El aire erairrespirable, saturado del hedor de carne putrefacta y del grito de un mundo que se ahogaba en el maná corrosivo de María.Sus canesladraban, aullaban, resonando comotrompetas de la calamidad.

Y entonces,ella avanzó.

Cada paso que dabaconvertía la realidad en un infierno de agonía y destrucción.Nada quedaba a su paso.

"Lo siento, hijo mío."

Pero ya era tarde para el perdón.

Las lágrimas caían por su rostro, ardientes como brasas en su piel, mientras su corazón se desangraba en silencioso lamento.

Lo siento por no poder darte una mejor vida...—susurró María, su voz quebrándose como un cristal a punto de hacerse polvo.

El cielotembló, y de la nada,una silueta comenzó a formarse.No era de carne ni hueso, sino deaire, de agua, de fuego, de tierra... de todo lo que constituía el mundo mismo.

Su cuerpo cambiaba constantemente, adoptandocolores y texturas fugaces, como si estuviera compuesto por la esencia pura del planeta.Una entidad ancestral.

Con una gracia etérea,agachó la cabezaen dirección a María, como si le ofreciera un luto silencioso.

Hija mía... mi amada hija.—Su voz resonó en el viento, suave y melancólica, como el susurro de un bosque en otoño.

Lasmanos de la siluetase alzaron y, con un gesto tan tierno como desgarrador, parecierontocar el rostro destrozado por el dolor emocional de María.Un gesto maternal, una caricia que no podía borrar la herida, pero sí compartirla.

Lo siento tanto, pero es lo mejor para Bernardo...

Maríaparpadeó, su alma temblando.

—¿Qué...? pregunto al escuchar una voz desconocida

Él se encargará de que todo vuelva a ser como antes.—Las palabras de la entidad eran un murmullo que se entrelazaba con el viento, con la tierra, con la energía que rodeaba todo—.Solo tienes que esperar...

PeroMaría no quería esperar. No podía esperar.

Porquenada podía sanarlo, nada podía traerlo de vuelta. Las siguientes palabras no fueron escuchadas por Maria.

No mientras queel Trono Oscurocontinuaraapuntando directamente hacia él, consumiendo todo su ser, su historia, su existencia.

La siluetasusurró con pesar, y entonces,otra figura emergió de la nada.

Unhombre.

Su presencia eradensa, pesada como una tormenta a punto de desatarse.

Madre Primigenia... por fin te encuentro.

Su voz eragrave, imponente, masculina.No pertenecía a un simple mortal.

Laconciencia del planetagiró lentamentepara mirarlo, sus formas cambiantes reflejando un millar de emociones en un instante.

Y en ese momento,el destino de María se torció aún más.

El viento se detuvo. El mundo contuvo la respiración.

Emperador Negro, ¿qué deseas aquí?—La voz de la Madre Tierra era serena, pero cargada de siglos de conocimiento y poder.

Elhombre de escamas y plumassonrió apenas, su mirada oscura y profunda.

Solo quería saber qué hacemos a partir de ahora.

Sus palabras resonaron en el aire como un decreto inquebrantable.

¿Levantarás las restricciones de la humanidad?

La Madre Tierra asintió.Su mirada no se apartó de María, quien seguía llorando, aferrada a su dolor como un náufrago a la última tabla de una embarcación hundida.

Sí.Las restricciones que impuse a la humanidadserán levantadas. Ya no sirven de nada...El niño ha muerto.

Sus palabras cargaban un peso imposible, la sentencia final de una diosa que había intentado lo imposible.

Pensé que los recursos naturales que crecían en mí serían suficientes para sanarlo...Pero me equivoqué.

El Emperador Negro entrecerró los ojos.

—¿Así que ni siquiera tú tuviste el nivel suficiente para salvarlo?

La Madre Tierrabajó la cabeza.

No hay ningún tesoro natural que haya podido o pueda salvar al hijo de esta niña.

El silencio entre ellos era sepulcral.Un vacío insondable nacido de la desesperanza.

El hombremiró a María, quien seguía perdida en su tragedia, su llanto silencioso más aterrador que cualquier grito.

Este será su cuarto despertar.

El aire se estremeció.

Elhombre que antaño fue considerado el Tirano del Cretácicoparpadeó con sorpresa.

Muy pocos seres en este mundo han alcanzado más de dos despertares.

Sus ojos evaluaron a María, su aura, el maná corrosivo que la rodeaba como una tormenta sin fin.

Tiene muchas habilidades...—dijo en voz baja—. La mayoría son demuerte, destrucción, vida, veneno...

Pero lo que másle intrigabaeraesa nueva naturaleza.

Madre... ¿qué has hecho?

ElEmperador Negrofijó sus ojos en laconciencia del planeta. Y entonces lo vio.

Su mano derecha...

No erahumana.

Erala extremidad de una bestia primigenia.

Cuatrogarras negrasbrillabancon un fulgor antinatural.

Decada uno de sus dedos,cuatro pilares surgían, extendiéndose como venas vivas yconectándose a María y sus canes de caza.

Algomás grande que ellos mismosestaba en marcha. Algo que no podía detenerse.

El aire tembló.

LaMadre Primordialobservó a María con un pesar insondable.

Esta será mi última ayuda hacia ella.

Sus palabras no eran solo un adiós, sino un decreto inalterable.

Aunque lo lamento por Bernardo, debo velar por todos los seres sintientes que nacen en mí.

El cielo pareció oscurecerse.

Espero que esto te ayude.

Entonces, el mundose estremeciócuando lahabilidad fue anunciada.

Habilidad de Rango SSS: Dosis ÁcidaNaturaleza:Ácida, Muerte, Destrucción.Descripción:"Soy el final. Ni vida ni muerte, ni destrucción ni creación. Solo soy el final."

ElTirano del Cretácicosintió un escalofrío.Retrocedióy, sin poder evitarlo,se arrodillóante el peso inabarcable de aquella presencia.

La Madre Primordialvolvió a mirarlo, su silueta vibrando con la misma esencia de la creación misma.

Mi Registro Akáshico se ha abierto una vez más el día de hoy.

Su voz era antigua, más allá del tiempo, resonando en las fibras mismas de la existencia.

Es momento de que mi descendencia vuelva al ámbito universal.

Sus ojos etéreos brillaron con un poder que el mundono había visto en eones.

Pero esta vez se tendrá más cuidado.

ElEmperador Negroinclinó la cabeza.

Sí.

Su vozresonóen kilómetros a la redonda, como una orden grabada en el tejido de la realidad.

LaMadre Primordialvolvió su atención a María.

Su corazónlatía lento, al borde del colapso emocional, la espada de Bernardo temblando entre sus dedos.

Mi niña...—susurró con infinita ternura—.Espero que tu corazón no se hunda y mueras por esto.

Las palabrasatravesaron el alma de María, un consuelo y una advertencia a la vez.

Aún tienes a muchos a quienes cuidar.

Su silueta comenzó a disolverse.

Aún hay quienes dependen de ti.

Y conesas palabras finales, laMadre Primordial se desvaneció en el viento.

Lo único que quedó fue elTirano, quien se incorporó lentamente ymiró hacia el continente vacío.

Algoinimaginable estaba por desatarse.

Así que ha sucedido.

La voz femenina resonó con una calma peligrosa, unamelodía de veneno y poder.

Una mujer humana se alzaba sobre las ruinas del campo de batalla. Suelegante vestido rojobrillaba con un fulgor carmesí bajo la luz de un sol moribundo.Una sensual sonrisadanzaba en sus labios, pero sus ojos destilaban una inteligencia afilada, observando la destrucción con un placer casi académico.

Detrás de ella, un hombre se adelantó, inclinando la cabeza con respeto.

Señora Brown, las fuerzas se han retirado.

Su voz era firme, aunque le temblaban los dedos al sostener su informe.

La despierta María Senz ha sido bendecida por el mundo una vez más.

Silencio.

Un viento frío arrastró el hedor de la muerte. La tierra misma aún vibraba con la energía corrosiva que María había desatado.

Dame los números.

El hombre tragó saliva y procedió.

Las bajas humanas:

5,890muertos.

La mujer asintió con indiferencia. Una cifra pequeña en comparación con la devastación desatada.

¿Y de esos engendros?

El hombreinhaló profundoy comenzó a leer la masacre:

Caminantes:3.8 millones
Escuderos:1.2 millones
Caballeros:500 mil
Lords:100 mil
Barones:50 mil
Vizcondes:10 mil
Condes:5 mil

Cada cifra era unpilar de horror, un testimonio de la carnicería sin precedentes.

Este es nuestro conteo de las primeras dos horas.

El hombre levantó la mirada con un sudor frío resbalando por su sien.

Los cuerpos siguen incrementándose.

LaSeñora Browndejó escapar una suave risa, un sonido peligroso, como el filo de una daga deslizándose por la garganta de un enemigo.

Oh... querida María.

Sus ojos se clavaron en latempestad de muerteque continuaba rugiendo en el horizonte.

Allí estaba ella.

María.

La despierta.

Labendecida por el mundo.

Un huracán depura aniquilación, desgarrando la realidad misma con cada paso que daba.

LosVoid Walkersgritaban, suplicaban, morían en agonía.Nada podía detenerla.Nada podía tocarla.

Ellaavanzaba, y latierra misma se arrodillaba ante su furia.

Los ecos de la batalla resonaban en el aire, un coro de gritos, acero y muerte.

Cada alarido de los caídos se fundía con el estruendo de la destrucción, creando una sinfonía de desesperación.Los Void Walkers perecían en incontables números, reducidos a charcos de carne putrefacta por el simple contacto con el dominio de María.

Ella se movía como una fuerza imparable.

Cada tajo de su espada dejaba tras de sí un sendero desangre y ceniza, su filo vibrando con el fulgor de un poder que solo crecía con cada muerte.No era solo su arma; era su voluntad manifestada en su máxima expresión.

¡Sigan luchando!—rugió, su voz atravesando el caos como una orden divina—.¡No dejaremos que nos detengan!

Los humanos que aún quedaban en pie sintieron sucorazón incendiarsecon una mezcla de miedo y fervor.No podían caer ahora.No cuando María, bañada en sangre enemiga,seguía avanzando sin una sola vacilación.

LosVoid Walkers retrocedían, sus formas amorfas temblaban anteaquello que jamás habían presenciado:

Una humana convertida en cataclismo.

Lacúpula de manáque rodeaba a María ya no era simplemente un escudo, era un reino de condenación,un santuario de putrefacción y aniquilación.Dentro de su dominio ácido, solo existía una ley:

"María dicta quién vive y quién muere."

Ella erala juez, el jurado y el verdugo.

Los supervivientes humanos,con terror y admiración, comenzaron a murmurar entre ellos:

El escudo del Inframundo...

Un nombre nacido del horror mismo. Un título que quedaría grabado en la historia.

La noche se iluminó con relámpagos y truenos.

Cada chispa en el cielo era un reflejo de la tormenta que ardía en el corazón de María.Su ira rugía más fuerte que la misma tempestad.Cada paso erauna declaración de guerra, cada golpeun eco de su inquebrantable voluntad.

¡Mueran, malditas pestes!

Su voz era un susurro cargado de veneno, una maldición que vibraba con el peso de su pérdida.

Si no fuera por ustedes... yo estaría junto a mi hijo.

Y esto nunca habría pasado.

Su pecho se contrajo con un dolor que no podía permitirse sentir ahora.La batalla aún no terminaba.

Y mientras su espada se alzaba una vez más, su resolución solo se hacía más feroz.

No habría piedad.

No habría tregua.

Ella destruiría todo a su paso.

—Veo que, a pesar de la bendición, no tiene una buena regeneración y parece que ya no cuenta con uno de sus canes de caza.

Eso es correcto señora, uno de sus canes ha sido herido de gravedad, pero el Lord del Fuego Oscuro lo ha acogido y está curando.

Sabes como resulto tan herido. la dama del vestido rojo hablo con intriga.

Si señora este can es el mas débil de los 3 tres canes. fue herido cuando estaba luchando solo contra un conde, aquí tenemos un video de lo paso. el hombre movió una tableta hacia la dama de vestido rojo.

Ladama del vestido rojotomó la tableta con un movimiento fluido, sus ojos afilados clavándose en la pantalla.Su sonrisa no desapareció, pero se volvió más fría.

mientras sus ojos analizaban cada detalle con fría precisión.

Un conde...—murmuró, con un dejo de diversión en su voz—.Interesante.

En el video, elcan caía y se levantaba una y otra vez, su cuerpo destrozado pero su espíritu inquebrantable.Las montañas se resquebrajaban con cada impacto.

Un paisajedevastado por la guerrase extendía en la imagen, el cielo cubierto de nubes oscuras y el suelo convertido en un campo de ruinas.El can heridoestaba de pie en el centro de la grabación,sangrando, su respiración pesada y su cuerpo cubierto de cortes profundos que no terminaban de cerrarse.

El conde de aspecto vagamente insectoide, tenia largas alas de insecto, 3 pares de extremidades, pero extrañamente tenia un rostro muy similar a un humano, sino fuera por esa grotesca boca, que parecía ser la boca de una lamprea.

La criatura insectoidese movía con velocidad endiablada, sus extremidades múltiples convirtiéndolo en un torbellino de ataques. Su grotesca boca delamprease abría en un chillido ensordecedor antes de que su mandíbula se desplegara aún más, revelandofilas de dientes giratorios, listas para desgarrar cualquier cosa que atraparan.

El canintentó esquivar, pero la criatura se adelantó con un movimiento impensable, girando en el aire con una elegancia repulsiva antes declavarlo contra la rocacon una de sus garras.

El suelo tembló.

La criaturarugió victoriosa, sus múltiples alas vibrando con un zumbido infernal.

El canintentó liberarse, lanzando un último ataque con una explosión de ácido, pero el condeesquivó con facilidad, respondiendo con un golpe devastador que lo hizo atravesar varias montañas.

Fascinante.—La mujer inclinó la cabeza—.Este conde tenía potencial, pero ya está muerto, ¿no?

—Sí, señora.Fue eliminado por la despierta María.

La mujer sonrió con algo parecido a la admiración.

Por supuesto que lo fue.

Su mirada volvió a la pantalla,fijándose en el estado del can antes de que el video terminara.

Dime, cuánto tiempo más tomará su recuperación bajo el cuidado del Lord del Fuego Oscuro.

—Aproximadamentedoce horas, pero aún no sabemos si podrá pelear con la misma capacidad que antes.

La mujer se giró, su vestido ondeando con elegancia en el aire.

Entonces más le vale evolucionar.

Su voz fue un filo cortante, dejando claro que la debilidad no tenía lugar en el infierno de esta guerra.

El conderetrocedió un instante, pero solo paralanzarse en picada con un nuevo ataque.Sus alas crepitaban con energía oscura, y su mandíbula de lamprea seabrió completamente, mostrando hileras de dientes giratorios.

El canintentó esquivar, pero era demasiado tarde.

Un golpe certero lo atravesó, clavándolo contra la roca con una violencia brutal.

La tierra tembló.

El canse retorció, intentando liberarse, pero el condeaumentó la presión, hundiendo su garra aún más en su cuerpo.

María al darse cuenta de esto , movió su mano el espacio mismo de derritió y sus manos lo atravesaron, La mano derecha de María sujeto con firmeza la extremidad y su mano izquierda golpeo con brutalidad destrozando esa extremidad.

El aire alrededor deMaríavibraba con la intensidad de su furia, y elespacio mismose doblaba bajo el peso de su poder. Laextremidaddel conde se desintegró en una nube de partículas en el instante en que sumano derechalo atrapó con la misma firmeza con la que se clava un hierro candente en la carne.Su izquierda, sin misericordia, destrozó lo que quedaba de laextremidad, reduciéndola a un amasijo de carne y hueso que se deshizo en un instante.

El conde, pese a la herida, no se detuvo.Siguió golpeando al cande caza con la furia de una tormenta desatada, sin importar el dolor que le causaba el cuerpo de su adversario.María, sin siquiera mirar a su oponente, rompió nuevamente elespacio. En un destello deenergía pura, supatadase estrelló contra laspiernasde la criatura, las cuales cedieron bajo la fuerza. Apenas un segundo después, unpuñola atravesó, desgarrando laarmaduray elexoesqueletodel conde, dejando un rastro desangre viscosaque chisporroteaba en el aire.

El conde fuerebotadohacia atrás, y María, como una tormenta en movimiento, se lanzó tras él.Giró en el aire, con una agilidad felina que desafiaba las leyes de la gravedad.Su patadaalcanzó lacarade la criatura con tal fuerza que su cráneo se hundió hacia atrás, y su cuerpo fuearrojadocontra unamontaña. El impacto hizo que elsuelo se agrietara, mientras el conde escupíasangre violácea, que al entrar en contacto con el suelo comenzó aderretirlocomo si fueraácido.

Humana...

Fue lo único que dijo el conde, en un susurro de desdén,

Eldomo de maná ácidoque rodeaba aMaríacomenzó a latir como uncorazón macabro, su vibración casi palpable sofocando y corroyendo todo a su paso. El aire se volvía más espeso, cargado de una energía destructiva que devoraba lamateriaa su alrededor. Laslágrimasde María, antes puras y limpias, ahora seconvertían en sangre, derramándose por su rostro como una representación de su dolor profundo, de su desesperación.

Cada movimiento suyo era ejecutado con una precisión letal, como la danza de una guerrera que no conoce elmiedo. Con un rápido movimiento,pisoteóel suelo con lapunta de sus pies, y en un solo giro de su cuerpo, lanzó unapatadadevastadora. El conde, sin embargo,esquivócon agilidad, y fue entonces cuandoMaríase dio cuenta de la magnitud de su oponente. Este conde era el primero que parecíaresistirrealmente la furia de suhabilidad ácida.

El conde, aprovechando la oportunidad,transformóuna de susextremidadesen una lanza, un filo que surgió de su cuerpo como un asesino esperando a herir. María reaccionó a tiempo, pero no fue suficiente. Sumanofueperforadacon una rapidez espantosa, y elfilode la extremidad rozó peligrosamente suojo derecho, casi despojándola de su vista.

Ungruñidode ira escapó de sus labios. Sin perder ni un segundo, se movió con la velocidad de una sombra, y antes de que el conde pudiera reaccionar, subrazofue arrancado de raíz. Con un movimiento cruel, loempalócon su propia extremidad, dejándolo tembloroso y vulnerable.María, en una maniobra rápida,cayóal suelo con fuerza,lanzando una patadadevastadora que rompió lasalasde la criatura insectoide, dejándola incapaz de moverse.

Pero antes de que pudiera decapitar a la criatura, uncírculo de diez condesapareció, rodeándola. Sus ojos brillaban con una mezcla desangreymaldad, ysonrieronal ver a Maríaherida, un atisbo de victoria reflejado en sus rostros grotescos.

María no mostró temor. Con la fría indiferencia de unamujer que ha perdido todo,ignoróla presencia de los diez condes y levantó su bota nuevamente. Con la misma furia que antes,desintegróal conde insectoide en unmar de ácido, borrando cualquier rastro de su existencia.

El silencio que siguió fue total, solo interrumpido por losecos de la muerte, y la sensación de que la tormenta no había hecho más que comenzar.

Losotros canes, al ver la furia de su ama, comenzaron aladrarcon una intensidad casi sobrenatural. En respuesta, desataron sushabilidades, creando una sinfonía de caos ydestrucciónque resonó por todo el campo de batalla.María, implacable, observaba cómo loscondesintentaban usar sus propios poderes pararesistirsucampo ácido, pero sucontrolsobre elespacioy ladestrucciónera demasiado fuerte para ellos.

En un solomovimiento, el espacio mismo parecióderretirseyfragmentarsebajo la fuerza de su voluntad. El aire se distorsionó como una masa viscosa deenergía caótica, y en uninstante, cinco de los condes fueronpartidos a la mitad, sus cuerpos desintegrándose en unrío de sangre y carneque se evaporó en el aire.

"Mueran."Fue eldecretofrío y definitivo deMaría, como una sentenciairrevocable. Los condes restantes, al ver la magnitud de su poder, no tuvieron tiempo ni de reaccionar. En cuestión de segundos, sus cuerpos fueronreducidos a polvobajo el imparable avance de lafuriade la mujer que había dejado atrás todacompasión.

La batalla terminó tan rápidamente como había comenzado, dejando tras de sí unadesolaciónabsoluta, como si la misma tierra hubiese sidoarrasadapor un dios vengativo.

sigue siendo impresionante, han pasado mas de 50 años desde que la vi por primera vez, pero es una lastima que se haya estancado.

Pero eso es de esperar., la dama del vestido rojo devolvió la tableta y pregunto.

—¿Qué raza era ese can antes del despertar? —preguntó con intriga la dama. Ya que la fuerza de esos canes de caza que apoyaban a María en el campo de batalla tenían una gran destreza y podían masacrar a muchos Void Wlakers.

—Según tenemos entendido, anteriormente fue un perro de la raza Pitbull Terrier americano. Ahora es un can que ha evolucionado a un can de fuego infernal. Los otros canes tienen elementos de oscuridad y hielo.

La dama del vestido rojo se quedó pensativa, observando la información en la tableta con interés y una leve sonrisa en los labios. Laevoluciónde esoscanesera algo que desbordaba las expectativas, especialmente considerando su origen. Aquello no era simplemente unatransformación, sino unareestructuraciónde las mismas leyes naturales que gobernaban la vida en este mundo.

—UnPitbull Terrier... ahora convertido en uncan de fuego infernal. Impresionante. —comentó la dama con tono pensativo.Maríahabía conseguido mucho más de lo que cualquier ser humano podría soñar. Estoscanes, con sus habilidades defuego infernal, oscuridadyhielo, representaban unafuerzade destrucción casi imparable, unaalianza perfectapara alguien con el poder deMaría.

"La raza humana siempre tiene una capacidad infinita de adaptación y cambio. Un perro que no solo sobrevive, sino que evoluciona..."reflexionó, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de admiración y ciertatristeza.

—¿Y cómo se comportan en el campo de batalla? —preguntó la dama, sin apartar la mirada de la tableta, claramente interesada en loscanesy su desempeño.

—Como dijimos, sonbestias implacables. Cada uno de ellos ha adoptado una formaúnicade combate. El can defuego infernalpuede generarllamas incontrolables, destruyendo con una facilidad aterradora a cualquierVoid Walkerque se cruce en su camino. Los deoscuridadsonsilenciososymortales, capaces dedesmaterializarsey atacar desde las sombras. Los dehielo, por su parte,congelantodo a su paso, creando unabarreraimpenetrable de frío que puede desgarrar yrompera sus enemigos. Son tan fuertes que parece que cada uno de ellos posee unfragmento del poder primordial.

La dama del vestido rojo asintió lentamente, mordiéndose el labio inferior conintriga.

—No es de extrañar que con talesguardianesa su lado,Maríahaya podidodestruira tantas legiones deVoid Walkers.Ellano es solo unahumanamás. Ha trascendido mucho más allá de eso, y los canes que la acompañan son una extensión de supoder. Pero como mencionaste, parece que algola detuvo, algola frenó...

"Será interesante ver qué ocurre ahora,"pensó la dama mientras observaba con detenimiento la pantalla, consciente de que la historia deMaríaapenas estaba comenzando.

¿Ya veo... y qué más información hay de María?

El hombre revisó la tableta antes de responder.

Tiene cuatro hijos, aunque según su actual estado, al parecer uno de ellos ha fallecido.

Ladama del vestido rojodejó escapar un suspiro de desdén, sin una pizca de compasión en su mirada carmesí.

Así que ha muerto.—Su tono no reflejaba lástima, solo aburrimiento. Como si la tragedia de una madre fuera una nimiedad en comparación con lo que ella consideraba relevante.

Pero su interés aún no se desvanecía.

Emperador Tirano Negro, ¿qué ha dicho la Madre Primordial?

El ambiente se tornó pesado de inmediato. La simple mención de aquel ser supremo hizo que la temperatura en la sala descendiera. El silencio se extendió unos segundos antes de que una voz profunda y cavernosa rompiera la tensión.

"La Madre Primordial ha observado, pero no ha intervenido. Ha decretado que el equilibrio debe mantenerse... por ahora."

La dama dejó escapar una leve risa, burlona y carente de emoción.

"¿El equilibrio? Qué excusa tan conveniente para la inacción. Supongo que hasta los dioses disfrutan ver a una madre rabiosa destruyendo ejércitos con su miseria."

Sus ojos se fijaron nuevamente en la imagen proyectada en la tableta.

María seguía avanzando, su cúpula de maná ácido latía como un corazón de pura venganza, sofocando y corroyendo todo a su alrededor.Las lágrimas que una vez fueron puras ahora eranlágrimas de sangre, evaporándose antes de tocar el suelo, convirtiéndose en una bruma tóxica.

LosVoid Walkerscomenzaron a retroceder. Sus cuerpos, resistentes a la magia convencional, ahora se derretían en la frontera del campo de María, retorciéndose en una agonía muda antes de convertirse en restos informes.

"Sigue siendo impresionante. Han pasado más de cincuenta años desde que la vi por primera vez, pero..."—sus labios se curvaron en una media sonrisa cruel—"es una lástima que se haya estancado."

ElEmperador Tirano Negrono respondió. Solo observó en silencio, como si su mente estuviera muy lejos de la conversación.

"Recuérdame, ¿Qué raza son esos canes antes del Despertar?"

Había un dejo de intriga en su voz. No podía ignorar la ferocidad con la que esos canes de caza habían masacrado a losVoid Walkerscon una destreza abrumadora.

El hombre revisó los registros y respondió:

"Según tenemos entendido, anteriormente fue un perro de la raza Pitbull Terrier Americano. Ahora ha evolucionado a un can de fuego infernal. Los otros canes poseen afinidades de oscuridad y hielo. y pertenecian a la misma raza."

La dama entrecerró los ojos.

"Interesante... así que incluso bestias insignificantes pueden alcanzar semejante poder bajo su mando."

Cruzó las piernas, pensativa, mientras en el campo de batalla,María alzaba su bota y terminaba con el conde insectoide sin siquiera prestarle atención a los demás diez condes que la rodeaban.

Estos la acechaban con una sonrisa depredadora, creyendo que la habían acorralado.

PeroMaría ni siquiera los miró.

Con un movimiento fluido,su domo de maná ácido latió con más intensidad, la presión se elevó y el mismísimo espacio se resquebrajó como vidrio roto.

En un parpadeo,el cuerpo de cinco de los condes fue partido en dos, sus torsos se deslizaron grotescamente antes de desmoronarse como carne podrida bajo la corrosión de su poder.

Los cinco restantes sintieron, por primera vez en su existencia,el verdadero terror.

"Mueran."

El decreto deMaríafue absoluto.

Yen segundos, el resto de los condes dejó de existir.

La batalla continuaba.Cada impacto resonaba como el latido de un dios enojado, un eco brutal del conflicto entre las fuerzas de latierray elvacío. El suelo, resquebrajado y teñido de sangre, temblaba bajo el peso de la devastación.Los gritos de los moribundos se fundían con el silbido del aire quemado y la risa distorsionada de los seres que no deberían existir.

Desde su trono improvisado en las alturas,la dama del vestido rojo sonrió.Su mirada ardía con la excitación de quien disfruta del sufrimiento ajeno. Cada chispa de caos reflejada en sus ojos era un deleite, una nota perfecta en la sinfonía de destrucción que se desarrollaba ante ella.

Pero ella sabía que esto era solo el preludio.

El verdadero espectáculo apenas comenzaba.

Fue entonces cuando elaire se desgarró.

Unvórtice azulirrumpió en el campo de batalla, distorsionando el espacio y tragando la luz en su epicentro. Desde su interior emergió una figura imponente: un hombre de aspectotosco y salvaje, su presencia irradiaba un poder crudo, una fuerzaprimordialque hacía temblar hasta a los más valientes.

Cada paso suyo resonaba como un juicio inminente.

Sus ojos, profundos y antiguos, reflejabanuna furia contenida, una ira que podría arrasar continentes enteros si se desataba.

Entonces, habló.

Nuestra estrella madre dice que el pecado de la humanidad ha sido levantado, pero no perdonado.

Su voz no era un simple sonido.Era un trueno, un rugido de la misma tierra que había visto civilizaciones nacer y arder.

El silencio se esparció como una sombra.

Los guerreros, los monstruos, incluso los dioses menores que observaban desde la distanciacontuvieron el aliento.

Nadieinterrumpía a un emisario de laestrella madre.

El hombre avanzó, sus palabras impregnadas de un peso que trascendía la comprensión mortal.

Si esto vuelve a pasar... la próxima en extinguirse será la humanidad.

Losmurmullos de inquietudse propagaron como veneno. Cada ser presente sintió el escalofrío de lo inevitable,el juicio que colgaba sobre sus cabezas como una guillotina invisible.

Losojos de la dama del vestido rojo se entrecerraron, su sonrisa apenas titubeó.

El hombre continuó, su voz perforando el alma de los presentes.

No olviden...

La presión en el aire aumentó.La misma realidad pareció doblarse bajo el peso de la verdad que estaba a punto de pronunciar.

La última vez, fue la madre tierra quien les dio el beneficio de aún vivir, después de haber generado la mayor extinción en la historia del planeta.

El viento se alzó, revolviendo el polvo y la ceniza que flotaban en el aire.

Esta vez será su última oportunidad.

Y esta vez, no habrá piedad.

El hombre rugió con rabia, un estruendo que sacudió el cielo y estremeció la tierra.

¡No toquen a los amados por el mundo, Malditos Humanos!—bramó, su voz impregnada de un odio primigenio que hacía temblar hasta a los dioses menores.

Sumano se alzócon un gesto brutal, y en su palmauna esfera negra comenzó a formarse,un núcleo de energía oscura que latía con una furia insondable.Era pura destrucción condensada, un abismo que devoraba la luz a su alrededor.

Los vientos aullaron.El suelo crujió.

Los guerreros y entidades que aún respirabancontuvieron el aliento, sintiendo el peso de lo inevitable.

Y entonces la lanzó.

Con un solo movimiento, la esferacruzó el horizonte como una estrella caída,un presagio de aniquilación pura.El impacto fue instantáneo.

Unsilencio sepulcralse apoderó del campo de batalla, como si el mundo entero se detuviera para contemplar su propia condena.

Y luego, la detonación.

El estallido fue tanabrumadorque el cielo mismose rasgó, los maresse agitaron, y las montañasse partieron en dos.

La mitad del continente oscuro simplemente... dejó de existir.

Todo lo que estuvo allí fue reducido apolvo y cenizas, engullido por una fuerza que no dejaba rastro de lo que alguna vez fue.No hubo gritos, no hubo advertencias. Solo la certeza de la muerte absoluta.

Cuando el resplandor del desastre se desvaneció,el hombre volvió a hablar.

¿Entendieron?—su voz fue un trueno,una sentencia inapelable que resonó en cada fibra del universo.

Y esta vez,nadie se atrevió a responder.

La atmósfera se volvió densa, sofocante, cargada con el peso de una fuerza inconmensurable.La realidad misma parecía estremecerse ante la magnitud de lo ocurrido, como si el mundo luchara por comprender la devastación que acababa de presenciar.

El suelo, ahora fragmentado y sin vida,todavía vibraba con los vestigios de la destrucción, y el eco de la explosión retumbaba en la lejanía, como un lamento del universo.

La mujer que lo acompañaba, una figura de gracia y solemnidad,bajó la cabezaen una mezcla de respeto y miedo genuino.

Se hará lo que la Estrella Madre ordene.

Sus palabras fueron firmes, pero en sus ojos se reflejaba la cruda verdad:sabía que no había otra opción.

Porque lo que él había desatado...no era nada.

Aquella esfera de energía oscura que habíaborrado la mitad del continente oscurono representabani el 0.00000000000000000000000001% de su verdadero poder.

Era un susurro.

Un aviso.

Un recordatorio de que la aniquilación total no era una amenaza... sino una promesa.

El silencio que quedó tras su partida no era vacío, sino pesado, denso, como si el aire mismo estuviera impregnado con la amenaza latente de su regreso.

Los presentessabían que estaban ante una fuerza imparable.No eran palabras lanzadas al viento ni promesas vacías. Era una advertencia absoluta, una sentencia que pesaba sobre toda la humanidad.Desafiar a los amados por el mundo no traería represalias, sino extinción.

El hombrebarrió el lugar con la mirada, sus ojos aún llameaban con esa ira contenida que parecía capaz de consumir galaxias enteras.

No habrá más advertencias.

Su voz resonó con la firmeza de un decreto divino,sin margen para la negociación ni la clemencia.

La humanidad debe aprender... o enfrentarse a las consecuencias.

Mientras hablaba, el vórtice azul que lo había traídocomenzó a cerrarse, sus bordes chisporroteaban con energía cósmica, devorándose a sí mismo en un espectáculo de poder puro. Sin embargo, aunque su figura desaparecía,su presencia aún retumbaba en la realidad misma, como si el universo memorizara cada una de sus palabras.

Pero antes de marcharse, su vozse alzó una última vez, perforando la quietud del momento como una sentencia inapelable:

Por cierto, la Estrella Madre dice que, a partir de ahora, dejará que el Imperio expanda su dominio en el universo.

Un escalofrío recorrió a los presentes.El significado de esas palabras era claro.

No solo estaban a merced de esa entidad suprema,sino que ahora el Imperio tenía luz verde para avanzar sin restricciones,para reclamar, conquistar y someter lo que estuviera a su alcance.

Ya saben lo que deben hacer.

Y con esas palabras,su presencia se desvaneció por completo.

Pero la sombra de su amenaza... se quedaría grabada en la historia para siempre.

Sigue siendo un jodido monstruo...murmuró la dama de rojo, sus ojos fijos en el vacío que había dejado aquella voluntad imparable,ese ser que usaba piel de hombre, pero cuya esencia estaba más allá de la comprensión humana.

Las palabrasno eran un susurro tembloroso ni una confesión de terror, sino una afirmación llena de respeto.No se trataba de miedo, sino de reconocer lo que era inevitable.

Ellano era una simple espectadora, ni una guerrera común.Era una Despierta de rango S en la Décima Capa Celestial, un nivel al que pocos llegaban.Su poder era tal que se le concedía el título de alguien que pisaba el umbral delTrono Supremo, el último escalón antes de alcanzar el dominio absoluto sobre los Despiertos.Solo una persona estaba por encima de su rango: el Emperador Humano.

Y sin embargo, incluso él no era nada comparado con esa abominación.

ElEmperador Tirano Negro.

Ese antiguo déspota no solo estaba en la cima del poder, sino que la superaba con una diferencia insondable.Era una Bestia Primigenia en su máxima expresión, un titán quehabía trascendido los límites de los Despiertos, de los humanos y hasta de los propios dioses.

Erael verdadero monstruo que acechaba en la historia, una entidad cuya existenciasuperaba cualquier noción de poder concebida por los humanos.

Incluso el Emperador Humano, aquel a quien todos seguían con devoción y temor, estaba encadenado por él.

No era el Emperador quien gobernaba... sino el tirano que le había impuesto sus restricciones.

Al ser la bestia compañera del Emperador, el Tirano Negro era de los pocos que podían imponerse y hablar con él sin restricciones.Su existencia misma era una paradoja:una criatura primigenia que alguna vez reinó en la cúspide de la cadena alimenticia, ahora convertida en el guardián de una civilización que apenas podía comprender su verdadera magnitud.

¿Y qué esperabas?dijo la dama de rojo, con una sonrisa afilada—.Incluso cuando era solo una bestia ordinaria, ostentaba el título de 'Tirano del Cretácico'.Es uno de lospocos hijos de la Tierra que el planeta cuida como su bebé favorito.

La mención de ese antiguo título hizo que algunos presentes tragaran saliva.No era un simple nombre, sino una prueba de que esa bestia había dominado una era entera, cuando la humanidad ni siquiera existía.

El Emperador ya ha caído de la gracia del mundo por lo que hizo hace veinte años.—La voz profunda de un hombre elegante resonó en el lugar.

No era cualquier hombre.También era un Trono Supremo.

Su presencia era aplastante, no por la fuerza bruta, sino por la calma calculadora con la que medía cada palabra.Cada movimiento suyo era un recordatorio de que estaba en la cima del poder, a solo un escalón de alcanzar lo que muy pocos habían logrado.

Ya es favorable para la humanidad que nuestra estrella madre nos deje movernos.

El mensaje era claro.La balanza del poder estaba cambiando.

Durante los últimos veinte años, los imperios espaciales habían cometido el error de subestimar su fortaleza.Se regocijaban en su arrogancia, viéndolos comoun mundo rezagado, sumido en la lucha contra sí mismo.Perono entendían la realidad.

Su poder no había menguado.Al contrario, habíacrecido exponencialmente, fortalecido por la guerra constante contra losbastardos del vacío, esos parásitos queseguían invadiendo su mundo, devorando civilizaciones enteras y esparciendo el caos como una plaga imparable.

Son dos frentes difíciles de defender.La dama de rojocontempló el horizonte con los ojos entrecerrados. En la lejanía,las sombras se agitaban con inquietud,como si respondieran a un llamado que aún no había sido pronunciado.

Entonces ocurrió.

El daño que había sido ocasionado por elTirano Negrocomenzó aregenerarse a una velocidad monstruosa.Las grietas en el vacío, esas heridas abiertas en la realidad misma, volvieron a desgarrarse.

Y como un torrente sin fin,los ejércitos de los infinitos mundos que habían caído ante el vacío comenzaron a salir.

El aire se volvió denso, cargado de una tensión insoportable.El sonido de miles, quizás millones de pasos resonó en la distancia.

La dama de rojocerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de lo que se avecinaba.

No podemos darnos el lujo de titubear.

Cada palabra retumbó como un golpe de martillo en el alma de los presentes.

Sabían lo que debían hacer.Debían actuar con rapidez.Con brutalidad.Con la ferocidad de un mundo que se negaba a ser consumido.

La dama de rojose erguía como un faro de determinación. Sumaná fluía a su alrededor, unamarea de energía palpableque sus enemigos podían sentir en lo más profundo de sus entrañas. Sabía que este momento sería decisivo. No solo se jugaba la supervivencia de su pueblo, sinoel futuro mismo de su mundo.

No dejaremos que nos destruyan.—su voz, grave y llena de una ira contenida, cortó la atmósfera tensa, como un filo afilado.Era un grito de guerra, una promesa de resistencia inquebrantable.

Hoy lucharemos no solo por nosotros, sino por todo lo que amamos.

Las palabras se clavaron en el aire, como unasentencia inevitable.Su resolución se reflejó en sus ojos, esos ojos que nunca habían conocido la derrota. Sin titubear, comenzó a avanzar.Cada paso que daba resonaba como un latido firme y constante, como una marcha imparable que cruzaba los límites del miedo.

La batallaera ahora una cuestión personal.El desafío se alzaba frente a ella, y su cuerpo, lleno de energía pura, respondía con furia.Nada la detendría.

Las primeras oleadas de enemigos se acercaban, yla dama de rojoya sabía que la lucha estaba lejos de terminar.Era solo el inicio de algo mucho más grande.Pero sus movimientos, su presencia, todo en ella gritabaque no retrocedería, que no cedería.

Con cada nuevo paso, se acercaba más a su destino, y con cadanueva explosión de maná, el campo de batalla cambiaba,transformándose en su dominio,en el terreno de un ser que estaba dispuesto a arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino.

Hoy, más que nunca, lucharía por lo que amaba.

La dama de rojolevantó la vista, su rostro marcado por la determinación de quien está a punto de enfrentar lo inevitable.

Es momento de avanzar. Iré a ver a María.—dijo, sus palabras cargadas con una mezcla de responsabilidad y urgencia. Su tono, firme y claro, reflejaba que no había espacio para la duda. No en este momento.

Su compañerola miró con preocupación, sabiendo lo impredecible que podía ser la guerrera, especialmente con su poder recién desatado.

Creo que tendrás que retenerla para que no haga nada más.—respondió, su voz tensa, como si ya pudiese anticipar los problemas que podrían surgir al intentar controlar a alguien tan volátil como María.

La dama de rojo, sin titubeos, lo interrumpió, su mirada fija y decidida, como si todo hubiera sido resuelto en su mente mucho antes de hablar.

Señora, usted...

Sí, la reclutaré.—la cortó, su tono implacable, tan directo como el filo de una espada. —Es bueno que esté bajo el mando de un trono supremo, ¿no lo crees, querido?

La atmósfera a su alrededor se cargó con la electricidad de la tensión.Las palabras flotaban en el aire,no solo como un intercambio, sino como una promesa de decisiones cruciales que se tomarían. Sabían queMaríaposeía una fuerza descomunal, una fuerza que podía ser tandesgarradora como revitalizante, dependiendo de cómo se usara.

Con su fuerza, es esencial que esté alineada con nosotros.—dijo con convicción, y su voz ahora tenía el peso de una verdad absoluta. —No podemos permitir que actúe por su cuenta en este momento crítico.

Elcompañeroasintió, sabiendo queMaríano solo era una aliada potencialmente invaluable, sino también unapotencial amenaza incontrolablesi sus acciones no estaban bien dirigidas. El poder deMaríaera unmanto de furiaque podría engullirlo todo si no se manejaba correctamente.

El destino de la batallapodría depender de que María estuviera alineada con la causa, o podría ser la chispa queencendiera la destrucciónsi su fuerza no se canalizaba adecuadamente. El tiempo apremiaba, y cada segundo era crucial.

La dama de rojono vaciló. Elcamino hacia Maríano solo era una misión de reclutamiento; era unpaso vital en una guerra que definiría el futuro de su mundo.

El compañeroasintió en silencio, con la comprensión de quela gravedad de la situaciónno solo recaía sobre ellos, sino sobre eldestino del mundo entero. Las fuerzas de losVoid Walkersy las oscuras huestes del vacío acechaban, con un poder que solo podría ser derrotado por una unidad sólida, forjada en la batalla y la estrategia. Pero algo más pesaba en sus mentes:María.

El silencio que envolvía el lugar se volvió casi palpable, una quietud cargada de tensión.La dama de rojono podía permitirse distracciones,su misión era clara, pero tambiéndelicada. Sabía que, como líder de una gran batalla, cada decisión ahora podría ser la diferencia entre la victoria y la derrota.

Debemos actuar rápido.—dijo finalmente, su voz decidida como una orden que nadie podría cuestionar. —Si María se deja llevar por sus emociones, podría desatar un caos aún mayor.

Sus palabras resonaron en el aire, llenas deurgenciaypreocupación. Sabía queMaría, con su poder recién descubierto y sutensión interna, podía fácilmente ser tanto unaguerrera valiosacomo unafuerza destructiva incontrolable. Los gritos de su corazón podrían igualar la furia de una tormenta, peroese poderdebía ser guiado, o el daño que provocara seríairreparable.

Conresoluciónfirme,la dama de rojodio la señal para partir.El compañerola siguió de cerca, su mente ya calculando lo que tendrían que hacer para acercarse aMaríay hacerla entender la necesidad de alinearse con ellos.

A medida que avanzaban hacia el lugar dondeMaríase encontraba, sabían que esta no era solo una batalla de fuerzas, sino devoluntades. La lucha por el futuro de su mundocontinuaba, y en este juego deestrategia, lealtadesyemociones a flor de piel,cada aliado era crucial. Ladesesperaciónestaba en el aire, pero laesperanzaresidía en su capacidad paramantener la unidadydominarlas fuerzas que parecían querer destruir todo lo que conocían.

La guerra seguía, yMaríaera una pieza clave en el tablero.

Regresando al callejón el cual estaba destruido.

Laatmósferaen el callejón estaba cargada de unatensión palpable. El desorden y la destrucción eran testigos mudos de lo que acababa de ocurrir, pero laescena no había terminado.Peter, con una sonrisasádicaen su rostro, se acercó a su hermano mayor,Bernardo, con una calma inquietante. En sus ojos brillaba algo más que simpleadmiração, era unadevoradora fascinaciónpor lo que había presenciado en su hermano.

Eres muy fuerte, hermano mayor.—dijo Peter, su voz cargada degenuina adoración, pero también de unaoscuridad perturbadora. —Así que este era tu potencial. Es una lástima.

Lairónica sinceridadde sus palabras resonó en el aire, como si paraPeterno fuera más que unadesilusióncomprobar que su hermano había alcanzado ese nivel de poder solo para caer en sus manos.Peter, empapado de poder tras consumir lalínea de sangredeBernardo, cerró los puños con unafuerza renovada, sintiendo como cadasentidose agudizaba, como si su percepción del mundo hubieraalcanzado nuevas dimensiones.

Con una velocidadsorprendente,Peteratravesó el lado derecho del pecho deBernardo. Laexpresión vacíaen los ojos de su hermano mayor no pasó desapercibida para él.Bernardosabía que su tiempo se agotaba. Los segundos de vida que le quedaban se volvían cada vez máspesados, pero no podía hacer nada.

Me has entretenido, hermano.—murmuróPeter, disfrutando delmomentocon una sonrisa que reflejabauna satisfacción macabra.La crueldaden sus palabras se sentía como un filo afilado,un regocijo oscuropor la agonía que le causaba a su propio hermano.

El aire se volvió más espeso mientras la vida deBernardose desvanecía lentamente.Peter, ahora máspoderosoque nunca, saboreaba la victoria con una calmaenferma, disfrutando de latragediaque había sembrado sin remordimiento alguno.

Eleco de la voz desconocidase filtró en los oídos deBernardo, sin que pudiera identificar su origen. Era una voz cargada deautoridad, profunda y sobrecogedora, que se imponía sobre todo lo demás.La atmósferase volvía másdensaa medida que las palabras flotaban en el aire, yBernardo, con lamuerteacercándose, sentía un escalofrío recorrer su cuerpo.

Lasilueta azulse materializó ante él, unafigura etérea, sin rostro, solo unasonrisa desmesuradaque parecía estar atrapada en las sombras. La figura caminaba hacia él con unagracia sobrenatural, como si desafiara las leyes de larealidad misma. El aire se volviópesadoy opresivo, como si el mundo entero hubiera dejado de respirar al compás de esta presencia inexplicable.Bernardo, a pesar de su inminente final, no podía apartar la mirada de esa figura. Cada paso que daba hacia élalterabael espacio mismo.

Las gotas de sangre, que antes caían de su pecho, se retiraban como si tuvieran voluntad propia,revoloteandoen el aire antes de desaparecer. El dolor de la herida se volvía másintenso, pero la aparición ante él parecía estar de alguna formaenfocadaen algo mucho más grande que la muerte inminente de un hombre.

Bernardosentía cómo su vida se desvanecía, laoscura neblinaque envolvía su cuerpo se volvía más espesa, más fría. Aquel destino ya no podía evitarlo. Pero la voz de lasiluetale llegó, suave como la brisa, pero con lafuerzade unamarea imparable.

No temas—dijo la silueta, su voz unsusurroque llenaba todo el espacio. Sin embargo, había algo en sus palabras que no traía consuelo, sino unapromesa inquietante. —Tu sacrificio no será en vano. Y lo mejor de todo, tu larga batalla de más de 50 mil palabras me entretuvo.

Eldesdénen esas palabras era palpable. Aquellaentidadno veía la muerte deBernardocomo algo trágico, sino como unevento insignificanteen un juego mucho mayor. La mención de subatallade más de50 mil palabrashizo que lamenta de Bernardoflotara en el aire, como si fuera unacifraimpuesta para medir elvalorde lo que acababa de pasar. Lamuertese volvía menos personal, más como uncambioque podría ser entendido de otra manera: como unentrenimientopara esta presencia infinita.

Bernardosintió que elvacíolo consumía por completo, pero al menos, en sus últimos momentos, comprendió que su vida había tenido unpropósitomás allá de la muerte, aunque ese propósito no fuera lo que él había imaginado.

Lasiluetase desvaneció, dejando en el aire una sensaciónextraña, mientras lamuertellegaba aBernardoen un silencio sombrío.

Bernardoluchaba con todas sus fuerzas por mantener laconciencia. El frío delaceroaún se sentía en su pecho, penetrante, como si elvacíose estuviera adueñando de cada uno de sussentidos. Pero a la par de ese frío, el calor de susangreseguía fluyendo, tibio y constante, como un recordatorio de queaún estaba vivo, aunque solo fuera por uninstante más.

Lasilueta azulavanzó, supresenciacomo unasombraque arrastraba consigo unasensacióndepoderincontrolable.Bernardopudo sentirlo, ese poder que dominaba la realidad misma. A pesar del dolor, algo en su interior seencendió, unachispa de esperanzaque comenzó a luchar contra la oscuridad que lo rodeaba.

Bernardo, con la voz quebrada y apenas audible, logró formular una pregunta que llevaba tiempo ardiendo en su pecho, la única que podría ofrecerle alguna respuesta en sus últimos momentos:

¿Quién eres?—su voz fue apenas un susurro, perola siluetala escuchó.

Soy quien te dará una segunda oportunidad.—respondió la silueta, su tono suave, pero cargado de unaoscuridad palpable. —La humanidad necesita héroes como tú, o eso es lo que normalmente se diría, pero no en esta historia, muchacho. Sé mi entretenimiento.

La respuesta fue másperturbadorade lo queBernardohabía anticipado. No se trataba de un ser que ofreciera redención ni un propósito más grande para él. Era algo mucho másinquietante, unaentidadque no lo veía como unhéroeo unsalvador, sino comoun juguete en su vastoyoscuroentretenimiento.

Mientras laoscuridadlo envolvía,Bernardosintió cómoalgo en su interior se retorcía, una conexión con esa figura que se sentíaprofunda, más de lo que había imaginado. Esaconexiónlo arrastraba hacia algo que no comprendía por completo, pero que loatrapabacon una fuerza que no podía resistir.

La voz de la silueta se filtró nuevamente,suave, pero con un tono que podría helar la sangre de cualquiera:

Aún hay tiempo—dijo, su voz como uneco ominosoque reverberaba en su mente. —Permíteme ayudarte. Permíteme abrirte el camino, para que seas mi entretenimiento.

En ese momento,Bernardocomprendió quesu destinoya no le pertenecía. La oscuridad, la muerte, y lapresencia de la siluetaeran ahora unaconstanteen su vida, una fuerza que loarrastrabahacia algo que ni él ni nadie podría entender. Lamuerteque lo acechaba ya no era el fin, sino unpunto de partidahacia algo mucho más oscuro y terrible. Algo que solo podría serreconocido como un preciopor ser parte delgran juegode esta entidad desconocida.

Bernardosintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor.El espacio,el tiempo, y todo lo que había conocido como real sedesintegrabafrente a sus ojos. Era como si larealidad mismaestuviera siendoabofeteaday dejada atrás por algo mucho másgrandeypoderosoque él.

Lasiluetadisfrutaba claramente del sufrimiento de los hermanos, su risa resonando en la atmósfera como si fuera parte de unasinfonía macabra.Peter, al ver el estado de su hermano, apretó lospuños, pero en su interior no había rabia, solo unaextraña aceptacionque no podía comprender. La burla de la figuraresonó en su mente, y por un momento, laangustiade saber que su hermano estaba perdiendo lalucha por su vidalo consumió.

Aun recordaba a su hermano mayor, pero decidió que el poder estaba en un grado mayor al lazo fraternal

Lamentablemente, ni yo ni este mono calvo que llamas hermano, podemos entender lo que dices—se burló la silueta, su tono de voz cargado condesdénymaldad, disfrutando de lainteraccióny el caos que causaba entre los hermanos.

Latormentaque había comenzado a arremeter sobre ellos de pronto se detuvo.La lluviaya no caía en su zona, como si el mismo clima hubiera decididoapartarsede ellos, como si el universo entero estuvieraen pausaante lapresenciade esa entidad.Bernardo, con los ojos vidriosos, intentó balbucear algo, pero las palabras fueronincomprensibles. Su mente ya no pertenecía a él; ya no controlaba sucuerpo, ni su destino.

Y entonces, como si fuera una simplebroma cósmica, lafigura desconocidadeshizo cualquier conceptoexistencialque intentara devorar a Bernardo,desafiando la realidad misma.

Y sin que Bernardo, Peter o cualquier ser existente en esta historia ficticia, esta cosa desconocida aparto conceptos existenciales como espacio, tiempo y realidad.

Básicamente este ser había abofeteado a estos conceptos que intentaban devorar la existencia de Bernardo., haciendo que todo lo que existía fuera irrelevante, casi inexistente. Los conceptos devidaymuertese desdibujaban ante esa presencia tanomnipotente.

Laexistenciamisma deBernardo,Peter, y cualquiera que se atreviera a mirar los límites de esta historia era ahora algoabsurdo, tan frágil que ni el mismotiempopodía contenerlo.La realidadya no era una línea recta; era unacomedia cruelen manos de estaentidad.

El ser desconocido, con una sonrisa torcida, hizo ungestosutil, como si todo lo que conocíamos comorealidadfuera un simplejugueteal que podía moldear y destruir a su voluntad.

¿Quién necesita comprender lo que dicen estos pequeños cuando ya no hay fronteras que los limiten?—la voz retumbó, como una vibración de lasestrellas moribundas.

Latragediade los hermanos ya no era solo la muerte de uno, sino ladecadenciamisma de lo que significaba existir.

La silueta azulse rió de Bernardo y se giró hacia la derecha. Por instinto, Bernardo también giró con dificultad su cabeza con la poca vida que le quedaba. El ente observó con atención lallegadadel hombre, su risa se desvaneció como una sombra que se disuelve en laoscuridad. La atmósfera se tornó aún mástensa, como si el mismo aire estuvierasaturado de electricidad estática, presagiando algo aún másterrible.

Bernardoapenas logró mover su cabeza, su cuerpo pesado por eldolory lapérdida de sangre. Al girar hacia la entrada del callejón, pudo distinguir la figura de un hombre avanzando con pasos calculados, cada uno sonando como unmartillo que golpea el hierro, resonando en las paredes del callejón como si fuera el preludio de algofatal.

El hombre era unapresencia ominosa, como unhuracán que se aproxima sin aviso, que llenaba el espacio con suintimidante calma.Henry, elpadrede los dos jóvenes, caminaba con undesdén absolutoen cada paso, como si el mundo entero no fuera más que unjuego de piezasen el que él tenía el control total. La fuerza de su presencia se sentía como unafuerza arrolladoraque no tenía miedo de doblegar nada ni a nadie.

Petersintió su cuerpo temblar involuntariamente al sentir que su padre se detenía junto a él. No era solo lapresenciade Henry lo que lo aterraba; era la sensación palpable de que en cualquier momento, siéllo deseaba, todose acabaría. Peter ni siquiera tuvo el valor de alzar la mirada, como si temiera que el simple hecho demirara su padre pudiera hacer que supropio corazón se detuviera.

¿Lo tienes?—preguntó Henry con una vozgravey llena defrialdad, cada palabra emanando como si fuerancadenas de aceroque se cerraban alrededor de la garganta de Peter. Supresenciatransmitía unescalofríotan profundo que parecía que incluso laoscuridadmisma se apartaba ante él.

Peter, sintiendo el peso de la pregunta, no pudo evitardudar. Lacrisisde la situación lo paralizaba, su mente nublada por la confusión de todo lo que había sucedido hasta ese momento. ¿Lotenía? La respuesta parecía importar más que su vida misma. En su mano, el cristal de un azulintensobrillaba, pero ladudade Peter lo manteníainmovil.

Padre, yo...—comenzó a responder, su voz débil, rota, como si fuera un eco que no llegaba ni siquiera a él mismo.

Silencio.—La orden de Henry fue ungolpeinvisible, uno que hizo que las palabras de Peter seahogaranantes de que siquiera pudieran salir. Henry no estaba dispuesto a perder ni un segundo más.

La figura azul, observando todo desde sudistancia etérea, dejó escapar un pequeñosuspiro, como si se estuviera divirtiendo con el espectáculo, sabiendo que latensiónentre los hermanos y su padre estabaa punto de estallaren algomucho más grande.

Henrymiró a su hijo con ojos tan fríos como elhielo, no necesitaba esperar una respuesta.Sabíaque su voluntad era la única que importaba en ese momento.

La atmósfera se había vueltodensa, como si el aire mismo estuvieralleno de una energía oscuraque presagiaba elfin. Latensiónera tan fuerte que se podíacortarcon un cuchillo. Bernardo, debilitado por las heridas, sentía que cadalatido de su corazónera un recordatorio de locerca que estaba de la muerte. A pesar de laoscuridadque lo envolvía, sus ojos se mantenían fijos en la figura de su hermano,Peter, y en el hombre que, por alguna razón, parecía tener control sobre todo.

La figura azulseguía observando con esa sonrisa en su rostro, una sonrisa que irradiaba unasatisfacción macabra. Era como si eldolory elsufrimientode los hermanos fueran merosjuguetesen sus manos, y cada momento de incertidumbre, cada palabra que salía de la boca de Henry, era unpaso más cercade la inevitabletragedia.

Bernardosintió el peso de su destino, como si lassombrasmismas lo estuvieran reclamando. El hombre que se encontraba frente a él, supadre, parecía más unafigura fríae indestructible que un ser de carne y hueso. Las palabras de Henry, cargadas dedesdén,desesperacióny un toque desuperioridadlo alcanzaron, calando hondo en su alma ya casi quebrada.

No hay tiempo para tus titubeos—dijo Henry, su voz resonando con unaautoridad absoluta. Esas palabras llegaron aBernardocomo ungolpe seco, una sentencia de muerte. Ladecisiónde su padre estaba tomada, y el futuro de Bernardo ya no le pertenecía.

Elmisterioque rodeaba a la figura azul, a su padre, y a todo lo que ocurría, solo aumentaba la sensación de que su destino estabasellado. La frase del hombre de que"muy pronto tendrás que huir"parecía ser la única certeza que Bernardo tenía, pero ¿de qué huiría? ¿De su propio hermano? ¿De su padre? O, ¿de algo mucho más grande y oscuro que los rodeaba?

Henryse arrodilló junto a Bernardo, y sumano fríaacarició la mejilla de su hijo, limpiando la sangre que cubría su rostro. Era un gestoextrañamente cariñosopara alguien que había mostrado tan pocaempatía. Pero esa acción solo amplificó la sensación dedesolaciónen Bernardo, quien sentía que ese contacto no era ungesto de consuelo, sino más bien unamarca de propiedad, una señal de que su vida ya no le pertenecía.

Hijo, es mejor que entiendas que el sacrificio es necesario—susurró Henry, su voz unmurmullo fríoal oído de su hijo. No había arrepentimiento en sus palabras, solo unacertezaperturbadora de que todo había sido planeado desde el principio. El sacrificio deBernardono era un error, sino un paso necesario en lagran jugadade su padre.

La figura azulobservó en silencio, saboreando elmomento, disfrutando de latragediaque se desmoronaba ante ellos. Sabía que eldestinode Bernardo ya no podía ser alterado; sudespedidaestaba cerca. Y mientras elhombrese inclinaba para dar elgolpe final, algo comenzó a cambiar en el aire. Elsilenciose volvió aún más pesado, y losecosde lo que vendría llenaron el espacio.

Bernardo sabía que, por más que sualma lucharapor resistir, había algo que erainevitable.

Laoscuridadse apoderó del instante, como si el tiempo mismo hubiera dejado de avanzar por un momento. La tensión entre padre e hijo se palpaba en el aire, como uncable electrificadoque esperaba estallar.

—Hijo mío... mi amado hijo. Fuiste mi orgu...Henry se detuvo al sentir cómo su hijo mayor, con su débil cuerpo, le escupió en la cara y, con esa debilidad accion,

Bernardo, con su cuerpo destrozado y sus fuerzas al límite, reunió lo que le quedaba deorgulloydesdénpara escupirle a su padre. En esegesto final, a pesar de su sufrimiento, encontró una últimaactitud de desafío, uninsultocargado de desesperación y odio.

Muere... —fue todo lo que pudo decir, su voz debilitada y rota, pero impregnada de undesprecio ferozhacia el hombre que lo había traído al mundo solo paradestruirlo.

Henrypermanecióinmóvilun instante, como si las palabras de su hijo no lo alcanzaran. Su expresión no cambió, su rostro permaneció impasible, como si nada pudiese tocarlo.La iraola penano parecían formar parte de su existencia. Solo lafrialdad absolutadominaba su ser.

Pero entonces,el aire se cargó de poder.El manácomenzó atorcersea su alrededor, unacorriente salvajeque desgarraba el espacio, pero tan repentinamente como surgió, sedetuvo. Henry, en suinmenso poder, parecíacontenerel caos que él mismo había liberado. No había prisa, no había emoción, solo laperfección mecánicade su voluntad.

Con unmovimiento casi elegante, Henry levantó su mano derecha. Fue como si elmundo enterose hubiese detenido a su alrededor. No hubo ruido, ni resistencia. La carne de su hijo mayor sedesgarróante él, como si la realidad misma se hubieradobladobajo el poder de su toque.

El pecho de Bernardose abrió con una facilidad aterradora. Elorganismo de su hijoya estaba marchito, su vida se desvanecía eninstantes, pero lo que quedaba, elcorazónque aún latía en su pecho, parecía ser lo único que aúnconectabaa Bernardo con este mundo.Henry, con unadelicadeza inhumana, extrajo elórgano palpitantede su hijo, que luchaba por mantenersevivo, pero sus latidos se ralentizaban con cadasegundo.

Con elcorazón de Bernardoentre sus manos, Henryenvolvióel órgano en unaesfera de maná, el poder flotando a su alrededor como uncampo impenetrable. Esa esfera brillaba con una luz fría, como sicapturara la esencia misma de la vida. Cada pulso del corazón parecía resonar en el aire, un último recordatorio de lo que una vez fuesu hijo. Pero, por supuesto, Henry no mostróemoción algunaante lamuertede su descendiente. Para él, la vida y la muerte eran solo piezas en un juego mucho más grande.

El hombre se puso en pie, elcorazón de su hijoresplandeciendo en su mano como untrofeode poder. Los ojos de Henry,vacíos de humanidad, miraron alcuerpo sin vidade Bernardo.

Laesfera de manápalpitaba con fuerza, como si elcorazónde Bernardo intentara resistirse a la muerte que ya lo había reclamado. La luz que emanaba del orbe era cegadora, un resplandor azul intenso que iluminaba lassombras del callejón, bañando todo en unaaurora macabra.Henryobservaba la esfera con una fijación casiobsesiva, los ojoshijos de la oscuridadfijos en el último vestigio de vida de su hijo, como si pudieraforzaralgo dentro de esa energía, algo quelo trajera de vuelta.

No te dejaré ir tan fácilmente—murmuró, la voz ronca, cargada con unafuerzaque bordeaba lalocura. Sumúsculos tensosbrillaban con un resplandor negro demaná acumuladomientras su cuerpo comenzaba atemblarbajo la presión de la energía.

La desesperación deHenryse transformó en un fuego ardiente en su pecho, unarabiaprimordial que había permanecido dormida durante años. Lamuerteno podía reclamar a su hijo tan fácilmente, no sin un último intento dedesafiarla. Henry apretó los dientes, y lasvenasen su frente sobresalieron, marcando elrostrode alguien que ya no era capaz de discernir entre lo que estaba bien y lo que no.

Lasleyes de la viday lamuertese torcieron alrededor de él. Elmanáen el aire parecía volverse más espeso, como si elespaciomismo se estuviera distorsionando, doblando las reglas de la realidad para permitirle actuar.La esferaseguía brillando, su energía palpitante parecía como siberraraen protesta ante laintenciónde Henry, y en ese momento, el padre sintió quealgo cambiabadentro de él.

El manáen su cuerpo comenzó arevivireldolorde haber sidopadre. Su relación con Bernardo había sido marcada porconflictosytragedias, pero nada lo había preparado para enfrentar laperdidatan brutalmente. Ahora, con elcorazón marchitode su hijo entre sus manos, Henry sentía quetodoel peso de su vida y sus decisiones caían sobre él, una carga aplastante que le impedía respirar.

Henry se arrodilló, la esfera aún brillando con su energía, supalabraapenas un susurro entrecortado, como si tratara de convocar a algo o alguien más allá del alcance deltiempo:

Vuelve, hijo mío.

Pero al pronunciar esas palabras, unaexplosión de energíasacudió el aire, y la realidad misma comenzó afracturarsebajo el peso del maná, como siel cosmos enterohubiera comenzado a desmoronarse en pedazos.

Henryno sabía qué pasaría a continuación. Peroalgoen su interior le decía que este era el principio de algomucho más grande.

Laesferabrillaba con un resplandor cegador, como siel almadeBernardose resistiera a sucumbir por completo, desafiando las leyes que los humanos creían inquebrantables.Henry, con lasmanos temblorosas, sostenía el corazón marchito, su pecho agitado por lapresióndelmanáque le atravesaba. Cadalatidode la esfera resonaba con una fuerza creciente, como si las memorias y los lazospadre-hijolucharan por no ser quebrados.

Tú eres mi legado—dijoHenry, su voz profunda, entrecortada por la desesperación que lo ahogaba. No podía abandonar aBernardoasí, no podía aceptar que todo lo que había construido con su hijo terminara en una muerte tan fría y final. El dolor que sentía era agudo, pero en su interior, algo más tomaba forma: unadecisión irrevocable.

"No permitiré que esto termine aquí", sus palabras eran casi ungrito, un juramento hecho en lo más profundo de su ser. Sabía que no podía revertir el destino de su hijo, pero su impulso poractuarlo consumía por completo. Lanecesidad de hacer algo, de no rendirse ante lamuerteera más fuerte que cualquier temor.

MientrasHenryhablaba,el airea su alrededor vibraba con una energía inhumana, como si lasleyes de la naturalezase rompieran bajo la presión delmanáque él mismo desataba. El entorno se distorsionaba, y cada palabra deHenryparecía arrastrar con ella un retazo delmundo. Las sombras que rodeaban el callejón comenzaban areplegarsede una manera extraña, como si el mismo espacio se desdoblara para dar paso a algo aún mayor.

Desde las profundidades de las sombras, la figuraazulobservaba todo con su eterna sonrisa, el eco de surisaresonando en el ambiente. Era una presenciaenigmática, disfrutando del sufrimiento humano que se desplegaba ante sus ojos, como si fuera parte de unjuegoque le pertenecía.

Elrostro sin faccionesde la figura se inclinó levemente, como si estuvieraobservando el intento desesperadode Henry. Surisase alzó de nuevo,retumbandopor encima de la tensión del momento, y con un suave gesto, se limpió una lágrima invisible que caía por su rostro intangible, como si se burlara delesfuerzode este hombre, creyendo que aún había algo quesalvar.

"Qué dulce..."susurró la figurasin rostro, sus palabras flotando en el aire con unadistorsiónominosa."El hombre y su deseo de mantener lo que ya no puede ser...".

El juego había comenzado, y para el ente azul, latragedia humanasolo era un entretenimiento más. Mientras elmanáseguía acumulándose en el aire, losdestinosde Henry yBernardoestaban a punto de cruzarse con algo másoscurode lo que cualquiera podría imaginar.

Henrysentía el peso de ladesesperacióncomo unyugosobre sus hombros. Sin embargo, esa mismadesesperaciónse transformó endeterminación. No podía rendirse ahora, no podía permitir que el sacrificio de su hijo se desvaneciera en la nada. Con unúltimo esfuerzo, elevó laesferahacia el cielo, como si desafiara las fuerzas oscuras que buscaban separarlo deBernardo. Pero cuando laesferatocó el aire, no hubo ningún milagro, ningún regreso. Solosilencio. El último latido delcorazónmarchito se apagó, como si la esperanza misma se hubiera desvanecido.

El poder que había acumulado a lo largo de los años no fue suficiente para salvar a su hijo.Henryse sintió vacío, completamente despojado de lo que lo manteníahumano.El amor de un padrepor su hijo había sido vencido por lasfuerzas cósmicasque jugaban con las vidas de todos ellos.

Con unsuspiro profundo,Henryse giró haciaPeter, su otro hijo, cuyos ojos no mostraban compasión alguna. Ladesconfianzay eldespreciose reflejaban en su mirada.Peterno era el mismo que antes.Bernardo, elhijo mayor, estaba muerto, y ahoraPeterestaba irremediablementeinvolucradoen este juego que había comenzado mucho antes de que él se diera cuenta.

Ya que estás involucrado en esto, debes entender lo que significará, ¿verdad, Peter?Henryhabló con un tono frío y calculador, su voz cortante, desprovista de cualquier rastro de cariño paternal. —María te perseguirá y te matará.

Peterlevantó una ceja, sin mostrar ningún signo demiedooremordimiento. Su actitud era la de un hombre acostumbrado a laviolenciay latraición. A pesar de la amenaza de su padre, no habíadudaen su mirada.Él ya había elegido su camino.

Y no intervendré.Henryobservó a su hijo condesdén, sabiendo quePeterno tenía ni la capacidad ni el deseo desalvara nadie más, especialmente a alguien que considerabadébil.

Elsilenciose instaló entre ellos, como una carga que ninguno de los dos estaba dispuesto a cargar.Peter, con sumanipulacióny suambición, sabía queHenrylo había utilizado todo el tiempo. El padredominantey el hijorebeldeestaban ahora en una confrontación sin palabras.

Padre, pero...Peterintentó hablar, pero lainterrupcióndeHenryfue inmediata.

Silencio...—Laordenresonó en el aire como untrueno. —Yo hablo, tú callas.

Era unmomentoque reflejaba la tensa relación entreambos.Peterya no era el hijo queHenryhabía criado. Habíacambiado, se había convertido en algo mucho más peligroso, másfrío.

Deberías saber que no es por mí que Bernardo obtuvo lo que tenía en su nacimiento.Henryhabló con unaseriedadque heló el aire a su alrededor.Peterno parecía impresionado, pero esas palabras calaron hondo.Henrynunca había sido claro con respecto allegadodeBernardo, pero ahora las piezas del rompecabezas empezaban a encajar.

La tensión aumentó, y elairese cargó de unapresencia extraña, como si algo más estuviera observando, esperando.

Las palabras deHenrycayeron como unveredicto inquebrantable. Elaire, ya cargado de tensión, pareció volverse aún más denso, casi irrespirable. Cada sílaba pronunciada por el hombre resonó en los oídos dePeter, hundiéndose como garras en su mente, recordándole que estaba atrapado en unaguerraque no había elegido… pero que ahora no podía evitar.

Petersintió unescalofríorecorrerle laespalda, no solo por el peso de lo que su padre estaba diciendo, sino por el tono con el que lo decía.Frío. Inquebrantable. Sin margen para la debilidad.Aquel no era un padre que lamentaba la muerte de su hijo mayor. No,Henryno era un hombre que lloraba por los caídos; éllos usaba, los transformaba en herramientas para seguir adelante.

Esto es más grande que nosotros, y aunque te entrené para esto, fue unerror... ungrave errorHenryadmitió, aunque en su voz no había arrepentimiento, sino algo más peligroso: unaresignación calculadora.

Petersintió su mandíbula tensarse. Nunca había esperado escuchar a su padre admitir que seequivocó, pero eso no significaba que lo decía con humildad.Henryno lamentaba haberlo convertido en lo que era.Lamentaba que no hubiera sido suficiente.

—Lasdecisionesque tomemos ahora afectarán atodos—continuóHenry, sus ojos oscuros perforando aPetercomo cuchillas.

El joven tragó saliva, sintiendo por primera vez el peso aplastante de laresponsabilidadcaer sobre sus hombros. No se trataba solo de susupervivencia. No se trataba solo deBernardo.

Se trataba de algo más grande. Algo que acechaba desde las sombras. Algo que ya estaba en movimiento.

Peterapretó los puños. Sí, sentíamiedo. Laamenaza de Maríaera un espectro que lo aterrorizaba en lo más profundo de su ser. Sabía de lo queellaera capaz, de lo que haría si ponía sus manos sobre él.Cada historia sobre ella era peor que la anterior.

Pero en eseterror, en eseabismo, sintió también algo más.

Un desafío.

Un fuego latente en su interior, una chispa de algo queHenryquizás no había previsto.Peterno era comoBernardo.Peterno iba amorir.

Éliba a sobrevivir.

Costara lo que costara.

Peterno podía apartar la mirada delcadáver de Bernardo. Supechoestaba abierto como si el mismo destino lo hubiese partido en dos, y elhueco en su pectoral izquierdo, donde antes latía su corazón, parecía un recordatorio brutal de lo efímera que era la vida.

Su hermano ya no existía.

Todo lo que quedaba de él era uncuerpo inerte, unacascará vacía, víctima de un poder que Peter no comprendía del todo. Pero lo que sí entendía era el mensaje que aquello dejaba tras de sí:

Si no era lo suficientemente fuerte, él acabaría igual.

Apretó los puños. En sumente, el rostro deMaríaemergió desde lo más oscuro de sus recuerdos. Sus interacciones con ella habían sidomínimas, pero cada una de ellas había dejadouna marca.Fría. Inquebrantable. Letal.

Ella no perdonaba.Nunca.

Unescalofrío heladosubió por sucolumna vertebral. Por primera vez, entendió realmentequé significaba ser su objetivo.

No puedo dejar que me mate—murmuróPeter, su voz cargada con una mezcla dedeterminación y terror, como si decirlo en voz alta fuese el primer paso para evitarlo.

Henrylo mirófijamente, con los ojos de un hombre que pesaba elvalorde su propio hijo. Aquel silencio fue másasfixianteque cualquier palabra.

Y luego, como si su veredicto estuviera ya dictado,habló:

Entonces prepárate.

Las palabras cayeron como unasentencia, frías y absolutas.

La batalla que se avecinaba no sería fácil.

Elaireen el callejón pareció volverse más denso, como si laoscuridadmisma estuviera cada vez más cerca, devorando los últimos rastros deluz.

Cadasegundocontaba.

Cadarespiraciónpodía ser la última.

La lucha por sobrevivir apenas comenzaba.

Henryobservó aPeter, su único hijo sobreviviente, con una mirada que rara vez había mostrado antes. No era ira. No era desprecio. Era algo mucho másprofundo y sofocante: unatristeza insondable.

Elcadáver de Bernardoyacía entre ambos, supecho profanado, el hueco donde sucorazónsolía latir convertido en unaabominación.Henry lo había tomado, Peter lo había permitido.

Por un momento,el padre dudó.

Sus palabras emergieron con unpeso abrumador, como si estuvieranimpregnadas de lutopor algo que se había perdidohace mucho.

Es por su madre. Siempre fue su madre.

Su voz sequebrópor un instante, pero continuó:

María era un prodigio incluso antes de despertar. Todos sus familiares de sangre lo son. Pero ella… ella es la mejor de todos ellos.

Peter tragó saliva.
No sabía por qué, pero sentir a su padre hablar de María con esaveneraciónsolo hacía que elterroren su pecho creciera.

Y ahora, por lo que percibo, ella ha cambiado. Se ha sometido a algo mayor.

Peter sintió que el aire en sus pulmones se volvió pesado.

Siempre fue la mejor, y Bernardo era como ella. Su potencial, su herencia, todo vino de ella. Solo tuve la suerte de… colaborar en su concepción.

Peter sintió náuseas.
Su padre hablaba de la madre de Bernardo, como si fuera algo unico, y donde quedaba su madre, eracomo si nunca hubiera sido su esposa, como si solo hubiera sido el recipiente de algomucho más grande.

Bernardo fue excepcional desde su nacimiento. No, incluso antes. Desde su primer latido… él era mi orgullo.

La mirada deHenryse posósobre Peter, por primera vezrealmente viéndolo.

Y ahí estaba.El reflejo de sí mismoen su propio hijo.Nunca antes lo había notado.

Ese simple hecho dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Por primera vez en su vida,Henry sintió que había fallado.

Peter sintió que su propio aliento se volvía un veneno en su garganta.

Las palabras de su padre eran comopuñalesque se clavaban en su carne, perforandomás profundo que cualquier herida física.

"Pero tú, Peter, no lo eres."

No lo era.

Jamás lo había sido.

Lasmanos de Peter temblaron. Quiso cerrar los puños, pero los dedos no le respondían.Bernardo había sido el orgullo. Él era… nada.

"Tienes que tomar lo poco que le queda a Bernardo para llegar a ser algo que se pueda considerar mejor."

Algo.
Ni siquieraalguien.

Peter sintió una ira amarga crecer dentro de su pecho.

Elcuerpo abierto de su hermano yacía ante él, como un recordatorio de lo querealmente significaba su existencia.No era un hijo. No era un heredero. Era un recipiente.

"¿Y si no puedo?"—murmuró.

Su voz era un hilo,perollevaba consigo el eco de una pregunta más grande.

Si no podía…
Si fallaba…
Sino cumplía las expectativasde su padre, si no se convertía en lo que él deseaba…

¿Entonces qué era?

Henry lo mirócon severidad, su rostrocarente de cualquier rastro de empatía.

"No hay lugar para la debilidad."

Peter sintió su estómago contraerse.

"Bernardo ya ha muerto."

Sí.Lo había visto morir.Había permitido que muriera.

"Has consumido su línea de sangre."

Sí.Lo había hecho. Y aún así… aún asísentía que estaba vacío.

"Solo te queda tomar lo que queda y, con suerte, sobrevivir a María."

Ese nombre.María.

Elmiedole recorrió la espalda como una serpiente helada.

María no era simplemente una amenaza.Era la muerte hecha persona.
Y ahora,iba por él.

"La sangre que corre por tus venas lleva consigo el peso de nuestra historia."

Peter quiso gritar.

Su sangre.
Su propiasangre no le pertenecía.
Era unpeso, unacadena, unamaldición.

"No puedes permitirte fallar."

Henry lo decíacomo si fuera una orden absoluta, un destino sellado.

Peterapretó los dientes.

Algo dentro de él se rompió.

Pero otra cosa…otra cosa despertó.

La intensidad del momento creció mientras ambos hombres se miraban a los ojos. Peter sintió que el tiempo se detenía; cada segundo contaba en esta lucha interna por encontrar su identidad y propósito.

—Haré lo que sea necesario —declaró finalmente Peter, con una resolución renovada—. No dejaré que nuestra historia termine aquí.

Las lágrimas corrieron por su rostro antes de que pudiera contenerlas.

Sucuerpotemblaba. No de miedo. No de tristeza.Sino de furia.

Henry puso los ojos en blanco y le respondió: —"Eres un fracaso."

Y como tal, no haré nada.

Tú decidiste tomar parte en esto, así que tú mismo sé consciente de tus acciones, niño.

Las palabras de Henryse incrustaron en su alma.Lo había escuchado muchas veces antes, pero nunca con ese tono tan vacío, tan definitivo. Como sifuera una verdad absoluta, inquebrantable.

Petermiró la esferaque le extendía su padre.El último vestigio de Bernardo, de su hermano, de la única persona que alguna vez pudo haberlo entendido.

"Tú decidiste tomar parte en esto, así que tú mismo sé consciente de tus acciones, niño."

Niño.
Ni siquiera un hijo.Solo un niño.

Las manos de Peter temblabanal recibir la esfera.

"Mejora."

La luzparpadeóen su reflejo.

"Vuelve más fuerte."

El calorquemabasu piel.

"Sé el próximo emperador humano."

Las lágrimas caían, pero su corazón latía con una intensidad que nunca había sentido.

"Conviértete en un amado del mundo y nunca me mires como tu padre, porque no lo seré."

Peter sintió cómo la desesperación se rompía dentro de él.

No tenía padre.
No tenía hermano.
No tenía nada.

Soloesa esfera en sus manos.
Soloesa última prueba de que alguna vez había tenido una familia.

"Sé el orgullo de tu patética familia."

Peter alzó la vista.

Su mirada ya no era la misma.Las lágrimas seguían cayendo, pero su expresión se endureció.

"...Lo seré."

Las palabrasno temblaron.
No dudaron.

Henrysonrió con frialdad.

El niño había muerto.
Y en su lugar,algo más fuerte, algo más despiadado, estaba naciendo.

Henry le extendió la esfera al atónito Peter, quien comenzó a llorar por las palabras de su padre. La esfera brillaba con una luz intensa, un recordatorio del sacrificio que había costado llegar hasta allí.

Henry tomó la mano de su hijo y transmitió su maná, sanando a su hijo mientras el peso de sus palabras se asentaba entre ellos.

Peter sintió cómo el maná fluía a través de él, llenándolo de energía y determinación. Las lágrimas aún caían por su rostro, pero en su corazón crecía una chispa de desafío.

Peter apretó los dientes, sintiendo cómo el maná de su padre recorría su cuerpo como un fuego abrasador.

Eldolor de sus heridas desaparecía, pero el vacío en su pechoseguía intacto.El eco de las palabras de Henry lo perseguía, como si fueran cadenas que jamás podría romper.

—Seré mejor —prometió, su voz temblando entre la tristeza y la resolución

—Mejor que mi hermano, seré tu orgullo padre.

Henrry negó con la cabeza.

"No me digas padre, nunca lo seré."

Peterquiso gritar, quiso negarlo, quiso decirle que no era cierto.Perolas palabras se quedaron atrapadas en su garganta, sofocadas por el peso de la realidad.

Henry lo miró una última vez.

"Sé mejor, Peter. Porque lo necesitarás."

El airepareció congelarseentre ellos.El mundo ya no era el mismo.

Peter sintió quealgo dentro de él se quebraba para siempre.

"Yo esperaré el final que me merezco al ser un fracaso como padre."

Y entonces lo entendió.

Henryya estaba muerto.

No físicamente. No aún.

Pero el hombre que alguna vez pudo haber sido su padre, el hombre que tal vez, en un mundo distinto, lo habría amado…ese ya no existía.

Solo quedaban ruinas.

Petertragó saliva y cerró los ojos un segundo, tratando de contener las lágrimas que aún amenazaban con traicionarlo.

Cuando los volvió a abrir,su mirada ya no era la de un niño.

Era la de alguien que acababa de nacer en el fuego de la desesperación.

Henry dejó la esfera de maná y le sonrió a Peter.

—Alégrate, muchacho; ha nacido un hijo amado por el mundo el día de hoy.

Peter no volvió a decir nada y aceptó la esfera de maná, sintiendo el peso de las palabras de su padre.

Peter sintió el peso de la esfera de maná en sus manos.
No era solo un objeto.
Era el último vestigio deBernardo.

El calor del maná latía débilmente, como si aún contuviera un eco de la existencia de su hermano.Pero estaba muerto. Todo estaba muerto.

Peterquiso decir algo, pero las palabras no acudieron a él.
Simplementemiró el suelo, tragándose su angustia.

Henry, en cambio,parecía revitalizado.

Henry se alejó del lugar y, en su paso, miró a Thomas; que milagrosamente había sobrevivido, una sádica sonrisa se dibujó en sus rasgos.

Al girarse,su mirada se posó en Thomas, el chicomilagrosamente vivoentre el desastre.

Ysonrió.

Oh, muchacho… estimado Thomas.

El tono de su voz era burlón,casi divertido, como si lo que acababa de presenciar no fuera más que un espectáculo mediocre.

Thomas,aún jadeando, con el cuerpo tembloroso y la piel manchada de sangre y cenizas, apenas pudo levantar la mirada.
Pero cuando vio la expresión de Henry, sintió que algo dentro de él se quebraba.

Eracomo mirar a un lobo relamiéndose los colmillos antes de devorar a su presa.

En el día de tu despertar, tu estimado tío te dará un regalo impresionante.

Thomas sintió frío.

Las palabras de Henryno eran un simple anuncio, sino una sentencia.
Algo venía.
Algo que no podría evitar.

PeroHenry aún no había terminado.

Oh, y dile a tu madre que hola.

Thomas sintió un escalofrío desgarrador.

Dile que tu hermana menor, que esta por nacer, será un verdadero tesoro para todos en la familia.

La sangre se le heló en las venas.

Henry lesonrió, como si su sufrimientofuera el más delicioso de los manjares.

Ysin más, desapareció en el espacio, dejando tras de síun aire cargado de incertidumbre, miedo y un destino sellado.

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