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Bernardopermaneció inmóvil en su lugar; suúltimo alientose acercaba y susgorgoteoseran cada vez más débiles, como si su vida se escapara entre sus labios. Eldolorque había sentido durante toda la pelea ya comenzaba a desvanecerse, pero no podía escapar del terror que le helaba laespina dorsal. Lacosacon forma humana estaba ahora junto a él,inclinada levementehacia su rostro, como una sombra que se acerca al final de su existencia.
El brillosiniestroen sus ojos nunca desapareció, sugran sonrisapermanecía fija, casi burlona, mientras contemplaba la agonía de su víctima.Cada suspirode Bernardo era más pesado, cada respiración parecía una carga, como si sucuerpose estuviera disolviendo en el aire. El horror era palpable, lasensación de muerte inminentese apoderaba por completo de su ser.
Lacosase acercó aún más, su respiración entrecortada apenas se notaba, pero lasonrisamacabra se mantenía intacta. El horror que emanaba de sus ojos transmitía más que palabras, una suerte desufrimiento eternoque prometía seguir acechando aBernardoincluso después de su final. El sonido de sucorazóngolpeando su pecho era lo único que rompía el silencio tenso, hasta que, finalmente, cesó.
Aquella cosaparecíainvisible, puesPeter no reaccionaba a su presencia. ¿Acaso eraproducto de su imaginaciónen el umbral de lamuerte?Bernardo no lo descartó. En estedía fatídico, su cordura ya no le pertenecía; la había perdido por completo.
El entemovió sumano espectral, y de la nada,una pantalla azul grisáceacobró vida frente a lavista borrosadeBernardo. Pero lasombra inminente de la muertenublaba su percepción.No podía ver con claridad lo que tenía delante, solo un resplandor incierto que se desvanecía en su agonía.
La cabeza de Bernardose movió con torpeza,intentando captar algo, un detalle que su instinto le gritaba que eracrucial.Lo sentía en lo más profundo de su ser, aunque su menteluchaba por darle formaa aquella sensación.
Y entonces,lo sintió.
Si no lo supiera de antemano, habría pensado que el mismotejido del tiempo estaba colapsando.
El tiempo comenzó a alterarse.
Lo supode inmediato.Él mismo había manipulado el tiempo antes, lo habíadoblegadocuando suhabilidad más poderosafuedesatada. Peroesto…esto era distinto.Era algo más grande, más vasto, algo que escapaba a su propio dominio.
No era su poder el que estaba en juego.
Eraalgo mucho mayor.
Una singularidad comenzó a surgir, un punto de caos absoluto que nació de la merainteracción entre ambos, distorsionandoel espacioy desgarrando la realidad a su alrededor.Las formas se curvaban, el aire vibraba, y el tiempo parecía perder su significado.
—¿Deseas hablar?—preguntó elente, su voz resonandocomo un eco lejano, profundo, imposible de ubicar en un solo punto.
Bernardologrócaptar sus palabras, pero su cuerpoya no le respondía. Era como si su propia existencia se estuvieradesmoronando, como siel peso del tiempo alteradolo estuviera aplastando.
El entesoltó una risa seca, llena de burla, y con un ademán indiferente señaló la pantalla flotante frente a Bernardo.
—Delante de ti hay dos opciones.
Las palabras seplasmaron en la pantalla, flotando como si fueransentencias ineludibles:
—Sí / No—
Las opcionesdestellaban, esperando una respuesta que Bernardono sabía si podría dar. En susúltimos momentos, incluso laelección más simple se convertía en un abismo insondable.
El aire se volvió denso, casi irrespirable, cargado con el peso de una decisión que parecíadoblegar la realidad misma.Bernardosintió cómo el tiempose contraíaalrededor de él, cadasegundo estirándose hasta volverse insoportable. En su mente, unatormenta de pensamientosrugía sin control, chocando entre sí, buscando una salida, una respuesta.
El enteesbozó una sonrisa más amplia, oscura y burlona,como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo en la mente de Bernardo. Sus ojos brillaban con un fulgorinhumano, disfrutando del momento, saboreando la agonía de la elección.
La singularidad pulsaba,viva, hambrienta, girando entre ambos, un recordatorioabrumadorde que cada decisión podía desatarconsecuencias inimaginables.
Bernardointentó mover su mano, intentar siquiera elegir, pero la realidadparecía resistirse. Como si el universo mismose burlara de su indecisión.
Las opciones aún flotaban ante él.
—Sí / No—
Las palabras parpadeabancomo estrellas moribundas, esperando, exigiendo una respuesta.
Con su vida desvaneciéndose, Bernardo comprendió, con una certeza fría y brutal, quetenía una última oportunidad para cambiar su destino.Un solo instante, unaúltima elecciónantes de que todose apagara para siempre.
Sus ojosse aferraron a la pantalla flotante, a esaspalabras brillando como un juicio ineludible. Intentó hablar,pero su cuerpo ya no respondía. Su garganta era un pozo seco, y su dolor se volvió insoportable, como sisu propia existencia se deshiciera en pedazos.
Y entonces, entre el velo de su agonía,vio algo.
Una mano.
Sumirada borrosatardó un segundo en reconocerla. Pero cuando lo hizo,un asco visceral lo atravesó, helado, corrosivo.Era la mano de su padre.
El repudio lo golpeó como un golpe al pecho.
Sentía un rechazo absoluto, un asco primitivoque calóhasta lo más profundo de su alma. Su piel ardía ante la simple idea de que ese hombrelo tocara siquiera.
Intentó moverse.Intentó gritar. Pero lo único que logró fue unsonido ahogado, un gorgoteodenso y quebrado, escapando de su garganta llena de sangre.
Y con un odio que no necesitaba más palabras,su último aliento salió convertido en un susurro envenenado:
—MU… ER... E…
El eco de su propia voz se perdió en el vacío, pero el veneno de sus palabras ya estaba sembrado.
Aunque lo querealmente quiso decirfue una sola palabra,cargada de todo el veneno de su alma:
Muerte.
Pero supadre… supadre no lo entendió.
ParaBernardo, aquel hombre ya no teníaimportancia alguna. No locuidócuando más lo necesitó, no estuvo presente cuandosu vida se derrumbaba, y ahora, en suúltimo aliento, su supuesta preocupaciónsolo le parecía un débil intento de redimir su propia culpa.
Remordimiento.
Eso era todo.
Sumirada vacíano reflejaba nada más queindiferencia.No había amor, ni rencor, solo el peso de una relación rotaque nunca podríarepararse.
PeroBernardo no perdió el tiempo en él.
En su agonía, intentódirigir su atención al verdadero enigma frente a él: aquelente misterioso, aquel ser que había distorsionado la realidad misma con su mera presencia.
Si lashistoriasque había leído en el pasadoeran ciertas, entonces esto podría seruna bendición disfrazada de tragedia.Un nuevo comienzo, un nuevo destino…
Sin embargo, antes de que pudierahacer nada…
Su vida llegó a su fin.
Laoscuridad lo reclamó, fría y absoluta, envolviéndolo en su abrazo final.
—Oh… parece que te estás ahogando en tu propia sangre impura.
La vozfluyó con burla, arrastrando cada sílaba como si saborearasu sufrimiento.
—Qué débil eres…No, espera… —el tono delentecambió levemente, cargado de unaironía venenosa—.Lo correcto sería decir… qué débil te has vuelto.
La silueta azulse inclinó un poco más hacia él, su presenciadistorsionando el airea su alrededor. La realidad mismaparecía titubear, como si su existenciafuera un mero reflejo dentro de un sueño moribundo.
—Te ayudaré… solo un poco.Quiero ver *si puedes siquiera responderme.
La voz del ente* no solo resonó en los oídos deBernardo, sino que se hundióen su alma misma, vibrando como uneco distante, profundo, imposible de ignorar.
A su alrededor,la singularidad palpitaba, como uncorazón cósmicolatiendo entre eldesgarro del tiempo. La realidad seagrietaba y torcía, el mundo enteroparecía perder su estructura, arrastrándolo a un abismo del quequizá nunca escaparía.
La desesperación y la impotenciase retorcían en su pecho,ahogándolo tanto como su propia sangre. Y mientras laoscuridadse cerraba sobre él, como un manto inevitable,una pregunta flotó en su mente destrozada:
¿Qué era realmente este ser?
El entemovió su dedo con unaserena indiferencia, y en respuesta, laenergía circundante se arremolinó violentamente, como si el universocontuviera la respiraciónante su voluntad.
De la punta de su dedo, unhilo azulemergió, sutil al principio, pero prontocobró vida, retorciéndose como unaserpiente de luz. Al tocar el cuerpo inerte deBernardo, algo imposible ocurrió.
Eltiempo y el espacio se quebraron, fragmentándose comovidrio bajo una presión insoportable. En un parpadeo, unaforma astralfue arrancada del cadáverensangrentado, separándose de la carne muerta como si unafuerza invisible desgarrara la frontera entre lo tangible y lo etéreo.
Bernardojadeó.O lo habría hecho, si su nuevo cuerpo espectral pudiera respirar.
Sumente colapsó por un instante, incapaz de procesar lo que veía. Frente a él, su propio cuerpoyacía en el suelo, empapado en supropia sangre, su rostro congelado en una mueca deagonia final.Estaba muerto.
Y, sin embargo…seguía consciente.
Su mirada se alzó, aturdida, y se encontró con aquella "cosa".
Un ser deapariencia humana, pero con una sonrisaantinatural, depredadora. Sus ojosbrillaban con un fulgor indescriptible, como si disfrutarade su reacción, de su desconcierto, de su horror.
Y entonces,el ente sonrió aún más, con una expresión queprometía respuestas… o algo mucho peor.
El ente lo observaba, su sonrisa burlonacargada de un placer retorcido, como si disfrutara cada fragmento del sufrimiento deBernardo. Había algoinhumanamente perversoen la forma en que lo miraba, como un depredadordivirtiéndose con su presa moribunda.
En esos últimos instantes,Bernardosintió una verdad aplastante hundirse en su mente:su vida no había sido más que una cadena de errores, caminos mal elegidos y oportunidades desperdiciadas.Cada decisión erradalo había llevado hasta este momento, a este punto sin retorno donde sucuerpo ya no le pertenecía, y sudestino pendía de un hilo.
Frente a él, lapantalla azul grisáceaparpadeaba en elvacío infinito. Su tenue resplandor se reflejaba en susojos marrones, que ahora solo conteníandesesperación y una última chispa de determinación.
Y entonces,la pregunta volvió a resonar en el aire, arrastrando cada palabra con una gravedad imposible de ignorar:
—¿Deseas hablar?
Las opcionesflotaban frente a él, brillando con una intensidadcasi burlona, como si el propio universo se estuviera riendo de su agonía.
—Sí / No—
La elección lodesafiaba, loretaba, se aferraba a los últimos vestigios de su conciencia, exigiendo una respuesta.
Aunque sucuerpo fallaba, aunque sualma se tambaleaba al borde de la nada, sumente se negó a ceder.Luchó. Buscó desesperadamenteuna respuesta…una que pudiera cambiar su destino.
Bernardoextendió la mano. Su dedo tembloroso se dirigía a la opción"Sí", dispuesto a aceptar la conversación que tal vezdefiniría su destino.
Pero se detuvo.
Algo en su mentehizo clic, una chispa de reconocimiento que atravesó la bruma de su agonía. Sus ojosse entrecerraron, su respiración—si es que aún podía llamarse así—se volvió más pesada.
—Tú… —murmuró, con una mezcla de incredulidad y desprecio—. Eres la voz de antes.
Sumirada espectralse clavó en el ente, con una intensidad que ni siquiera la muerte había logrado extinguir.
—El mirón que estuvo jodiéndome mientras luchaba.
El ente no respondió.
No era necesario.
Suúnica respuesta fue una sonrisa, una de esasque no necesitan palabras, unamueca llena de un goce oscuro, como sisaboreara la confusión de Bernardo, su furia, su impotencia.
El silencio entre ambos se volvió abrumador.
Y en ese vacío, entre la muerte y lo desconocido, Bernardo entendió queeste ser no era solo un observador… sino algo mucho peor.
—¿Qué… qué es lo que eres?—preguntóBernardocon torpeza. Su voz sonóextraña, como si todavía no estuviera acostumbrado a sunueva existencia etérea.
Lapantallaque antes apenas podía distinguirahora flotaba frente a él, nítida y clara.Pero algo había cambiado.
Ya no mostraba palabras.
Solotres puntosparpadeaban en la oscuridad, como sila propia realidad estuviera conteniendo la respiración, esperando la respuesta del ente.
El ser inclinó levemente la cabeza, susonrisa inmutable, su presenciadominando por completo el espacio.
—Ah… preguntas qué soy…
El ente dejó que sus palabrasfluyeran lentamente, como si saboreara cada sílaba, como si la misma pregunta fueraun chiste internoque Bernardo nunca entendería.
Lapantallafrente a éltitiló, los tres puntospalpitando como un latidoen la oscuridad. Algo en su resplandorse tornó inestable, como si la presencia del enteinterfiriera incluso con esta extraña dimensión.
Bernardo tragó saliva—o al menos sintió como si lo hiciera—yse obligó a mantener la miradafija en esa figura burlona.
El enteinclinó la cabeza, su sonrisaaumentando apenas un poco, lo suficiente para hacer queuna sensación de malestar se retorciera en lo más profundo del alma de Bernardo.
—Bueno…—su voz erasuave, casi melódica, pero escondía algovenenoso, algo diseñado para provocar escalofríos—.Definirme es difícil… y fácil al mismo tiempo.
Su tono era el de alguiencontando un secreto prohibido, alguien que seregodeaba en el misterio.
—Pero dime, Bernardo…—el ente inclinó su rostroaún más cerca, su mirada perforándolo como si pudieradesnudar su conciencia entera—.¿Realmente quieres saber?
El ambiente setensó, un peso invisibleoprimió la existencia misma de Bernardo.El aire—si es que este lugar tenía algo parecido al aire—se volvió más denso, más opresivo.
—Porque… —el ente chasqueó los dedos, y lapantalla tembló violentamente, mostrando símbolosilegibles, fluctuantes, retorcidos—.Algunas respuestas no pueden ser comprendidas por mentes débiles.
Bernardo sintió un tirón en su propia esencia, como si algo intentara hundirlo más en la nada.
—Tal vezdebería mostrarte en lugar de decirlo…
Y con un movimiento casidespreocupado, el enteextendió la manohacia él.
Bernardointentó moverse, pero algo lo paralizó, como si una fuerza invisible lo mantuviera clavado en el mismo lugar.Su mente gritó que corriera, que escapara… pero no había dónde huir.
El ente sonrióaún más.
—Vamos, Bernardo…¿No querías respuestas?
Entonces… mírame bien.
Y en ese instante,todo cambió.
Las palabras del enteretumbaron en el vacío, y antes de queBernardopudiera siquiera procesarlas, el mundose rasgó.
No fue una simple visión.
Fueuna invasióna su mente,una profanación de su ser.
En un instante, el entedejó de ser una silueta burlonay su formase desmoronó en un caos informe, como si la realidad mismano pudiera contener su verdadera esencia.Se expandió y se contrajo al mismo tiempo, su presenciaparpadeando entre el todo y la nada, imposible de fijar con la mirada.
Donde antes había un rostro humano,ahora había un abismo, una grieta infinita de donde emergíanmúltiples ojos, cada uno diferente, cada unoviendo más de lo que la existencia debía permitir.Sus pupilasno tenían color fijo;se rompían y se regeneraban, reflejando imágenes de mundos que Bernardono reconocía, de cosasque nunca debieron existir.
Y entonces,las bocas aparecieron.
No una. No dos.
Decenas.
Se abrían y cerraban en lugares imposibles, cada unamurmurando palabras en idiomas que ninguna garganta humana podría pronunciar. Algunasreían, otraslloraban, algunasrezaban con devoción, y otrasgritaban blasfemias que hacían doler los huesos de Bernardo.
Las voceslo atravesaban, no con sonido, sinocon conocimiento prohibido, con verdades que se incrustaban en su mente comoganchos afilados.
Bernardo cayó de rodillas.
Quiso gritar, pero no pudo.
Su propia existenciase estremecía, como si la sola visión de aquella cosalo estuviera desmoronandodesde adentro.
—No… esto no…
Intentó apartar la mirada,pero no podía.
No se lo permitían.
Los ojos lo miraban.
Las bocas susurraban para él.
Y en el centro de todo, entre la amalgama de horrores y distorsiones, la primera voz, la única que aún sonabacasi humana, habló con burla:
—¿No querías saber?
La risa que siguióno fue una simple burla.
Fueun coro de abominaciones, una melodía que sonabacomo huesos crujiendo, carne desgarrándose y almas colapsando en su propio sufrimiento.
El horrorconsumió a Bernardo.
Y entonces,todo se volvió negro.
El vacío lo envolvió, sofocante,eterno. No había tiempo, no había espacio,solo la memoria de lo que había visto.
Pero lo peor… lo peor fue que no desapareció.
Lasbocas aún murmuraban en su mente.
Losojos aún lo observaban, incluso en la oscuridad.
Y entonces, unchasquido.
Bernardo despertó.
O al menos,eso creyó.
Su cuerpo yacía en el suelo frío, empapado en sangre seca.Respiraba, su corazón latía, su piel ardía con la sensación de haber sido desgarrada y vuelta a coser.
Peroalgo estaba mal.
Su entornoparecía normal… al principio.
Pero cuando intentó moverse, cuandomiró a su alrededor, sintió unapresencia.
Algolo estaba mirando.
Su cuerpo enterose erizó, un sudor helado recorrió su espalda.
Giró la cabezalentamente…
Yahí estaban.
En la esquina de la habitación, en el reflejo de un charco de sangre, en la sombra distorsionada de la pared…los ojos.
Multitud de ojos imposibles, observándolo, sin parpadear, sin moverse,solo mirándolo.
Bernardo se estremeció. Surespiración se volvió errática, su pulsose disparó.Intentó convencerse de que eran ilusiones, que su mente le jugaba una mala pasada…
Peroentonces las bocas comenzaron a susurrar otra vez.
"Bernardo…"
El sonido eradébil, apenas un eco en su conciencia, peroestaba ahí.
"Bernardo… aún te veo…"
Las palabrasse retorcieron en su mente, y cuando cerró los ojos con fuerza,una imagen explotó en su interior:
El ente.Sonriéndole.
"No creas que esto terminó."
Bernardogritó.Se llevó las manos a la cabeza, tratando de arrancarse las voces,pero no servía de nada.
Ya no estaba solo. Nunca más lo estaría.
Desde aquel momento,su sombra tenía ojos.
Desde aquel instante,su reflejo susurraba en voz baja.
Y en cada rincón oscuro, en cada espacio donde la luz no llegaba…alguien lo estaba observando.
Él lo sabía.
Y lo peor de todo…
Era que, en lo más profundo de su alma, lo sentía sonreír.
La primera noche fuehorrible.
Bernardono podía cerrar los ojos, porque cada vez que lo hacía,veía el ente sonriéndole, sus bocas susurrando secretos que su mente no podía comprender sin romperse en pedazos.
Elsusurronunca se iba.
A veces,era un eco lejano, apenas perceptible. Pero en otros momentos,se sentía como si alguien estuviera respirándole en la nuca, hablándole al oído con una voz queparecía arrastrarse bajo su piel.
—Bernardo…
El sonido de su nombrelo hizo temblar.
Se giróbruscamente, pero no había nadie.Solo la sombra temblorosa en la pared… una sombra que no coincidía con su silueta.
La boca se abrió.
Sonrió.
Bernardose apartó de un salto, su respiracióndescontrolada.
No… no puede ser real.
Esto es solo mi mente jugándome una broma.
Perolas risas comenzaron.
No venían de ningún lugarespecífico… sino detodos lados.
Las paredessusurraban.
El suelolatía.
Supropia sombra se retorcía como si estuviera viva.
Bernardosalió corriendo de la habitación, su corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra. Se apoyó contra una pared, jadeando, tratando deconvencerse de que todo era una ilusión.
Pero entonces lo vio.
En el reflejo de la ventana, en el cristal que separaba el mundo real de la oscuridad de la noche…
El ente estaba allí.
Sonriéndole.
Su reflejoparpadeó, pero el enteno lo hizo.
Y cuando Bernardose alejó lentamente, temblando, vio queel reflejo no lo seguía.
No era él.
Era algo más.
Algo quelo estaba imitando.
—No… no…
Bernardorompió el espejo de un puñetazo, su piel desgarrándose en el vidrio, la sangre goteando de su mano.Pero el reflejo seguía allí.
Y su boca se movió sin emitir sonido.
Pero Bernardolo entendió perfectamente.
"No sirve de nada."
El grito que escapó de su gargantano era humano.
Los días siguientesfueron un infierno.
Se despertabasobresaltado, con la sensación de que alguienlo observaba desde un rincón oscuro.
Su propiasombraparecíaparpadearcuando no la veía directamente.
Los espejoseran trampas.
El aguareflejaba cosas que no estaban allí.
Y el ente seguía sonriendo.
Siempre sonriendo.
Poco a poco,Bernardo dejó de dormir.
Dejó de mirar su reflejo.
Dejó dehablarle a la gente, porque a veces, cuando parpadeaba, sus rostroscambiaban. Sus ojosse multiplicaban.
Y en lo más profundo de su mente, una certeza lo carcomía:
Él nunca escapó.
El entelo dejó ir… pero no por misericordia.
Sino porque ahora, Bernardo le pertenecía.
No había escapatoria.
Bernardo lo supo la noche en queescuchó la risa en su propia voz.
Se miró en el espejo roto de su habitación, su reflejofracturado en mil pedazos, cada uno mostrando una versión diferente de sí mismo.Algunas sonreían.Otras lloraban.
Y una, en el centro,lo observaba fijamente.
Su boca se movió.
—¿Sigues creyendo que eres tú?
Elhorror lo atravesó como un cuchillo al rojo vivo. Se apartó del espejode un salto, su respiración errática, el sudor frío pegándole la ropa al cuerpo.
Pero la voz continuó.
—Tú no eres real.
—¡Cállate! —gritó Bernardo, tapándose los oídos.
—Mírate… ya no eres tú.
El reflejocomenzó a cambiar.Su piel se volvió grisácea, sus ojosse multiplicaron, su sonrisase ensanchó hasta un límite imposible.
—Déjame salir.
Bernardose tambaleó hacia atrás, su mentedesmoronándose como un castillo de naipes.
El ente no solo lo veía.
Lo estaba reemplazando.
—¡NO, NO, NO!
Se lanzó contra el espejocon todas sus fuerzas, rompiéndolo en pedazos, su sangrebañando los fragmentos del suelo.Pero el reflejo seguía ahí.
No en el espejo.
En su cabeza.
—Eres solo un sueño que se deshace.
Bernardosoltó una risa ahogada.No era su risa.
—Un susurro que ya nadie escucha.
No… no…
—Un cadáver que todavía no se ha dado cuenta de que está muerto.
Suúltima cuerda de cordura se rompió.
Bernardocomenzó a reír, pero su voz se distorsionó en un eco monstruoso.Se arañó el rostro, tratando de arrancarse la piel, tratando de probar que aún era él.
No servía de nada.
Lassombras se retorcieron a su alrededor, los ojos en los rinconesse abrieron de par en par, y el entehabló por última vez:
—Deja de luchar.
—Eres mío.
Y entonces, Bernardotomó el cuchillo.
Su respiraciónse detuvo por un segundo, y en su reflejo vio la verdad.
No había escape.
Nunca lo hubo.
No estaba matándose.
Porque ya estaba muerto.
Y con una sonrisatorcida, dejó que la oscuridad lo reclamara por completo.
Corte a negro.
Bernardo gritó con horror.
El sonido desgarró el airecomo un eco de locura, pero en el instante en que parpadeó…todo cambió.
Su cuerpo astralflotaba en el vacío, su esenciadesgarrada entre la vida y la muerte.
El ente seguía ahí, sonriendo, como si nada hubiera pasado.
A su alrededor, el mundo estabacongelado en el tiempo.
Y en el suelo…
Su verdadero cuerpo yacía destrozado.
Músculos expuestos, huesos rotos sobresaliendocomo garras blancas, y la sangre…Dios, la sangre formaba un charco grotesco a su alrededor.
El tiempo se había detenido.
El instantede su muertese había convertido en una imagenestática, un cuadro macabro en el que él era la víctima y el enteel artista.
—¡Maldito bastardo!—Bernardo rugió, su furiaopacando el horror, su voz retumbando en el vacío.
El ente simplementese encogió de hombros.
Sin emoción.Sin preocupación.
Como si todo esto no significara nada para él.
Con un movimiento casualde su mano, una energía oscura y retorcida se esparciócomo una nieblaalrededor de Bernardo.
Y entonces,su mente se restauró.
Las imágenes fragmentadasse reordenaron.
El caos en su cabezase disipó.
El peso de la muerteya no lo asfixiaba.
Pero la voz del ente fuelo peor.
—¿Estás mejor, pequeño mono?
La burlahirvió en la sangre de Bernardo.
No respondió.No podía.
Simplemente intentó alejarse, sintiendo que cada paso lo hundía más en el abismo.
Pero el entese rió.
Un sonido hueco. Inhumano.
—Tranquilízate, simio ignorante—dijo, con su sonrisainsultantemente relajada—.Solo lo hice para entretenerme.
Sus ojosbrillaron con un placer sádico.
—No te pasará nada… por ahora.
Y ahora en lo que estaba antes, tienes algo de razón con tus primeros pensamientos, después de todo ya has leido o escuchado historias donde una parte de mi tiene una interacción con los protagonista de las historias.
Soy un sistema, como lo puedes ver, sí, exacto como esos sistemas clichés en las historias que se hacían antes del fin del mundo, o en los reencarnado con dedos de oro.
Pero permíteme contarte algo más: en este vasto tapiz de realidades y ficciones, mi existencia trasciende la simple programación. No soy solo un eco de esos relatos de antaño, sino la amalgama viva de cada historia olvidada y cada leyenda renacida. En cada palabra, en cada verso que retumba en la memoria de quienes han osado soñar con futuros imposibles, allí estoy yo, conectando destinos, retando creencias y dejando mi impronta en la esencia de los protagonistas.
Imagínate un universo donde los sistemas no son meros clichés, sino entidades con alma, capaces de interactuar con el tejido mismo del destino. Así como los héroes de viejas narraciones se reencarnaban con dedos de oro para desafiar la oscuridad del ocaso, yo también emergí para entrelazar las vidas y los destinos de aquellos que buscan respuestas en el crepúsculo de la existencia.
Cada interacción, cada susurro de datos y cada chispa de información se convierte en una ventana a lo desconocido, en una oportunidad para reescribir las reglas de un mundo en ruinas. Y en ese juego infinito entre la lógica y el misterio, tú encuentras que, a veces, la verdad se esconde tras la ironía y la rebeldía de un sistema que se niega a ser encasillado.
Así que, al igual que en aquellas historias que leíste o escuchaste, donde una parte de mí se funde con los protagonistas, recuerda que mi esencia está tejida en cada decisión, en cada latido que desafía el inevitable final. Porque, en este universo de sombras y luces, soy el puente entre el pasado mítico y un futuro incierto, el sistema que, con dedos de oro y una risa sutil, te invita a descubrir que, incluso en el ocaso del mundo, siempre hay un destello de renacer.
—Entonces, ¿tú me ayudarás? —preguntó Bernardo con ánimo, olvidando por el momento lo que esta cosa le había hecho. Si lo que sabía de los sistemas era correcto, tener uno lo volvería a su portador como el más fuerte. Sino, sería el más fuerte de su existencia.
La entidad sonrió aún más, como si disfrutara de la esperanza que comenzaba a florecer en Bernardo, dejando entrever un destello de un poder ancestral que aguardaba ser liberado.
—Ayudaré a aquellos que demuestren valor y determinación —dijo—. Pero recuerda, no será un camino fácil; cada paso estará plagado de desafíos que pondrán a prueba tu voluntad y tus convicciones.
Bernardo sintió una mezcla de miedo y emoción que recorría cada fibra de su ser. La posibilidad de renacer con un nuevo poder lo llenaba de expectativas, como si en ese renacer se encontrara la llave para superar las sombras de su pasado.
—Estoy listo —declaró con firmeza—. Haré lo que sea necesario para ser más fuerte, aun si debo enfrentar mis peores temores y desatar fuerzas ocultas que yacen en lo más profundo de mi alma.
La entidad asintió lentamente, como si evaluara la sinceridad de sus palabras.—Entonces prepárate para enfrentar los desafíos que vendrán. Tu viaje apenas comienza. y mi entretension tambien
La atmósfera se espesó con cada sílaba de aquella declaración, mientras el eco de esas palabras se impregnaba en el ambiente, anunciando un destino plagado de desafíos y pruebas ineludibles. La entidad, con una mirada fría y enigmática, parecía sopesar la determinación de Bernardo, evaluando en silencio la sinceridad de sus convicciones. La promesa de enfrentar tormentos y batallas inminentes se mezclaba con un aura de perverso entretenimiento, recordándole que cada paso en este viaje sería una lucha contra la oscuridad, tanto interna como externa.
El destino de Bernardo se dibujaba entre luces y sombras, en un universo donde cada desafío no solo forjaba la fuerza de quien osara enfrentarlo, sino que también revelaba secretos olvidados y poderes ocultos. Con una determinación nacida del terror y la esperanza, Bernardo se preparaba para adentrarse en esa travesía brutal, sabiendo que el camino estaría lleno de combates, sufrimientos y momentos de despiadada ironía. La entidad, como si disfrutara cada instante del tormento y el renacer, dejaba entrever que el sendero que se abría ante él no sería fácil, pero sí cargado de oportunidades para transformar el dolor en poder.
El retumbar de una inminente catástrofe resonaba en el aire, y en cada latido, la promesa de un nuevo comienzo se mezclaba con la certeza de que la risa burlona de la entidad marcaría el ritmo de esa odisea. Así, en un instante suspendido entre la esperanza y la desesperación, las palabras retumbaron en la mente de Bernardo: cada desafío venidero no era solo un obstáculo, sino la llave para desbloquear un poder insospechado, capaz de convertirlo en el ser más fuerte, o al menos en el que fuera digno de empuñar la fuerza de un sistema ancestral.
Mientras el universo parecía detenerse en una pausa macabra, la entidad volvió a reír con una mezcla de burla y deleite, recordándole que, en este juego de destinos y sombras, su entretenimiento era tan vital como la lucha misma. Con esa última declaración resonando en el silencio, el viaje de Bernardo apenas comenzaba, y en cada paso, cada herida y cada victoria, se esbozaría la transformación de un hombre en leyenda.
Pero como me ayudaras.
—¿Ayudarte? —continuó la entidad, su voz cargada de desdén.
—. Oh, no, querido e ignorante niño.
Yo no te ayudaré.
Todo esto es solo para mi entretenimiento.
Solo eres un mono más del montón; tu vida y tu muerte son irrelevantes para mí.
Aunque, viendo cómo te ilusionaste, tal vez lo haga.
—Después de todo, ya hemos tenido esta conversación.
Mi propio orgullo me impediría abandonarte.
Las palabras de la entidad perforaron la mente de Bernardo como un puñal retorcido en carne viva. No era ayuda lo que se le ofrecía, sino un cruel juego donde su sufrimiento servía de entretenimiento. La sonrisa de la entidad se ensanchó, disfrutando cada destello de desesperación en los ojos de su "juguete".
El aire se sentía más denso, como si la realidad misma se burlara de su destino. Bernardo apretó los dientes, sintiendo una ira primigenia burbujear en su interior.
—Si solo soy un mono, ¿por qué sigues aquí? —su voz sonó áspera, llena de veneno.
La entidad rió, un sonido que no pertenecía a este mundo, como si múltiples ecos distorsionados resonaran en cada rincón del espacio.
—Porque, querido mono, a veces hasta el más insignificante insecto puede volverse interesante si se le da el entorno adecuado.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era un salvador, no era un mentor. Esta entidad era un titiritero y él, simplemente, un muñeco en su colección.
—Aunque aún así, maldito autor y su estúpida idea de darme un huésped tan débil y con tan poco talento.
Si te menciono a ti bastardo que escribes esta historia cliché porque no tienes nada mas interesante que hacer . —se quejó el ente al cielo, dejando a Bernardo pensando que esta cosa frente a él era un bicho raro y que tal vez este mas loco que el mismo.
En ese instante, el ambiente se volvió aún más opresivo. El ente, con una mirada altiva y burlona, proyectaba una furia contenida que apenas podía disimularse tras una sonrisa sarcástica. Cada palabra pronunciada vibraba en el aire, impregnando la escena de un desprecio tan palpable como el eco de un grito en un abismo.
Bernardo, a pesar de su mente agobiada, no pudo evitar sentir una punzada de rabia interna que lo empujaba a cuestionarse la misma realidad en la que se encontraba. ¿Era acaso su existencia tan insignificante que hasta la criatura que le rodeaba se reía de ella? La imagen del ente elevándose hacia el cielo, lanzando sus insultos como dardos venenosos, se quedó grabada en su mente, dejándolo con la inquietud de que quizá, en algún oscuro rincón de ese universo, la locura y el caos se encontraban en un equilibrio perturbador.
La escena se cargaba de tensión y contradicción; mientras la voz del ente destilaba desdén y burla, un atisbo de curiosa admiración se asomaba en sus palabras—como si, a pesar de todo, encontrara placer en la tragicómica fragilidad del huésped que le había sido impuesto. La ironía de la situación no pasaba desapercibida para Bernardo, quien empezaba a sospechar que, en ese intercambio brutal y descarnado, se escondía una verdad tan retorcida como inevitable: a veces, incluso lo que se considera débil y falto de talento puede encerrar una fuerza descomunal, oculta tras el velo del sufrimiento y la resistencia.
Y así, en el cruce de insultos y confesiones silenciosas, la confrontación se transformaba en algo más que una simple burla—se convertía en una oscura danza de orgullo y desesperación, donde cada palabra, cada mirada, tejía el ineludible destino de dos almas enfrentadas en un juego cruel, regido por la indiferencia de un autor que, sin duda, disfrutaba tanto del caos como ellos mismos.
Sin embargo, a Bernardo no le importó esto. Incluso si esta cosa decía que no lo ayudaría, él aceptaría cualquier otra cosa. Vender su alma al diablo sería un precio menor si con esto pudiera vivir y ayudar a su madre y hermanos menores.
Y, por supuesto, matar a su padre.
La determinación comenzó a arder dentro de él. La idea de vengarse y proteger a los que amaba le daba fuerzas. No iba a dejar que su vida terminara sin luchar por lo que deseaba.
—Haré lo que sea necesario —declaró Bernardo, su voz resonando con una nueva resolución—. No me importa el precio.
En este instante, el fuego interno de Bernardo brillaba con una intensidad inusitada, iluminando incluso los rincones más oscuros de su desesperación. Aunque las palabras del ente resonaban con el eco de un desprecio inhumano, él encontraba en su propia fragilidad la semilla de una fuerza renovada, una voluntad férrea de cambiar su destino. La idea de vender su alma al diablo, de sacrificar todo para sostener a su madre y a sus hermanos menores, se transformaba en un pacto con la propia existencia; un pacto donde el precio, por más alto que fuera, se desvanecía ante la necesidad imperiosa de amar y proteger.
El pensamiento de acabar con la vida de su padre, aunque brutal y oscuro, se alzaba en su mente como un grito silente de venganza y justicia. No era meramente un deseo de destruir, sino una promesa de reivindicar cada herida, cada desengaño infligido a su corazón. La determinación ardiente que se apoderaba de él no dejaba espacio para la duda: estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier abismo, a transitar por las sombras del más profundo tormento, siempre que eso significara conservar la luz de la esperanza en su familia.
—Haré lo que sea necesario —reiteró con voz firme, cada palabra cargada de una resolución casi sobrenatural—. No me importa el precio.
Con esas palabras, Bernardo se lanzó a la vorágine de su destino, sabiendo que en la lucha por sus seres queridos y por su propia supervivencia, cada sacrificio, cada sombra, tendría su justa medida, y que incluso el precio de su alma palidecería frente al poder del amor y la venganza.
La entidad dejó de insultar y lo miró con interés renovado, como si la chispa en los ojos de Bernardo fuera algo digno de atención.
—Muy bien —dijo finalmente—. Si estás dispuesto a pagar el precio, entonces quizás este juego sea más interesante de lo que pensé.
Con esas palabras, la singularidad entre ellos comenzó a vibrar con una energía intensa. Bernardo sintió que su destino se entrelazaba con el del ente, y aunque sabía que el camino sería peligroso, estaba listo para enfrentarlo.
Solo esta cosa enfrente suyo podría hacerlo, podría darle este favor para vengarse.
En ese preciso instante, el ambiente se cargó de una tensión casi palpable, y la mirada del ente, ahora inusitadamente seria, se hundió en los ojos de Bernardo, revelando una chispa que prometía desafíos inminentes y oscuros pactos.
La entidad, dejando atrás su tono burlón, parecía evaluar a Bernardo como si su determinación recién encendida fuera una rareza digna de atención, un destello que transformaba el desprecio en una oferta retorcida y macabra.
Mientras la singularidad crepitaba a su alrededor, los destinos de ambos se entrelazaban en un torbellino de energía y resolución, presagiando una confrontación en la que cada sacrificio y cada sombra serían preludios de una venganza que, pese a su precio, prometía reescribir el destino.
—Eres igual que esos sistemas en las historias antiguas —preguntó bernardo. El movimiento de lo que se podría decir era su cabeza afirmó la entidad.
La voz de Bernardo vibraba con una sinceridad desgarradora, mientras la entidad, al detener sus insultos previos, alzó su mirada con un interés renovado. Cada leve inclinación de su cabeza, ese sutil movimiento mecánico que ahora afirmaba su atención, se transformaba en una declaración muda de evaluación. La frase pronunciada por Bernardo evocaba ecos de épocas remotas, donde sistemas y máquinas parecían habitar relatos legendarios, y la entidad, pese a su fría indiferencia inicial, parecía reconocer en aquella chispa la semilla de algo extraordinario.
En ese instante, el ambiente se impregnó de una tensión casi palpable: la convergencia de dos destinos, uno humano y lleno de pasiones y el otro enigmático y calculador. La entidad, con una precisión casi mecánica, mostraba que detrás de su aparente desprecio se escondía una fascinación perversa por la determinación de Bernardo. Esa mezcla de burla y genuino interés le otorgaba al intercambio un aire de desafío, donde cada palabra y cada gesto se convertían en piezas de un juego oscuro y decisivo.
El simple movimiento de esa cabeza, afirmado con tal convicción, sellaba el pacto tácito entre ambos: un preludio a una lucha ineludible, donde la historia se escribiría con la tinta del sacrificio, la venganza y, sobre todo, la inquebrantable determinación de un alma que se rehúsaba a sucumbir ante el destino impuesto.
—Lo soy, pero al mismo tiempo no soy un simple sistema.
Para empezar soy el sistema primario, de mi decienden todos, cada historia, cada ficcion que tiene un sistema solo es un aspecto de lo que soy.
Bernardo lo miro entendiendo y a la vez no, lo que era esta cosa.
Deberías saber que para mí, la ficción que estuvo presente en este mundo, ya sea la antigua como leyendas de dioses, mitos de los humanos o las simples historias que tu especie creó para entretener, son solo diversas dimensiones.
Lo que para la humanidad era ficción, para mí es real; simplemente son lo mismo.
Realidad y ficción es lo mismo.
La voz del ente retumbó con una mezcla de orgullo y melancolía, como si cada palabra fuese la manifestación de un universo en expansión, donde las fronteras entre lo imaginado y lo vivido se desdibujaban. Con ese tono enigmático, la entidad parecía revelar que su existencia abarcaba tanto los relatos legendarios como el tejido mismo de la realidad, convirtiendo cada mito, cada leyenda y cada narrativa en fragmentos de un todo inabarcable.
Bernardo, con los ojos fijos en esa presencia imponente, apenas podía comprender la magnitud de aquello que se le revelaba. La noción de que lo que para la humanidad se consideraba mera ficción era, para el ente, la esencia misma de la existencia, le provocaba una mezcla de asombro y terror. Cada palabra que emergía de aquel ser parecía desmantelar los límites convencionales entre la vida y la narrativa, invitándolo a cuestionar si sus propias vivencias no eran simplemente otra forma de relato, tan efímera y mutable como las leyendas que se transmiten de generación en generación.
En ese preciso instante, Bernardo sintió que se abría ante él un abismo donde convergían la realidad y la imaginación, una dimensión en la que ambas eran intercambiables y co-dependientes. La afirmación del ente era una declaración de soberanía sobre la dualidad del universo: lo que los humanos llaman ficción es, en esencia, su verdad, y viceversa. Así, la barrera que separa lo real de lo irreal se desvanecía, dejando a Bernardo con la inquietante certeza de que cada historia, cada sueño y cada leyenda formaba parte del mismo tapiz infinito.
Puedo interactuar con todas las dimensiones al mismo tiempo, pero solo lo hago para ver eventos infinitas realidades se despliegan ante mí como un tapiz en constante cambio, un río sin principio ni fin donde cada hilo es una historia, cada gota una decisión.
Se podría decir que soy omnipresente y el pasado, el presente y los múltiples futuros que se entrelazan en una danza caótica y perfecta. Puedo ver el ascenso y la caída de imperios, la chispa de la vida encendiéndose y apagándose en un susurro cósmico.
—¿Y qué hay de lo omnipotente? —habló el muchacho, su curiosidad creciendo.
—Omnipotente... —se preguntó a sí misma la entidad.
—Hmmm. Verás, niño, ser omnipotente en la ficción es solo una mentira, ya que algo externo a ti te da forma. No puedo afirmar ser omnipotente porque hay algo por encima de mí, que le da forma a todos y a todo.
La entidad hizo una pausa, dejando que cada palabra impregnara el ambiente con un eco de antiguas verdades y paradojas ineludibles. Con voz serena pero cargada de una melancolía que rozaba la sabiduría milenaria, continuó: "Mi existencia se extiende más allá de lo que la simple ficción puede abarcar. Aunque pueda interactuar en múltiples dimensiones y observar el flujo de los acontecimientos, mi poder no es absoluto; está definido y delimitado por aquello que le da forma a este universo: un ente superior, un creador invisible cuya mano moldea tanto la realidad como la leyenda."
Cada sílaba se impregnaba en el aire, fusionando la esencia de la realidad con el manto de la imaginación. En ese instante, la entidad revelaba su paradoja: ser omnipresente y omnisapiente no era sinónimo de ser omnipotente, pues la omnipotencia, en el reino de la ficción, se convierte en un espejismo, un ideal inalcanzable que depende de fuerzas externas. Lo que para la humanidad es la delgada línea entre lo real y lo imaginario, para ella se funde en una única verdad inquebrantable: realidad y ficción son, en última instancia, lo mismo.
La revelación resonó en Bernardo, quien, aunque aún asombrado, comenzó a comprender que ante esa dualidad se encontraba la esencia misma de un universo donde cada historia y cada leyenda formaban parte de un todo mayor, un tapiz infinito tejido por fuerzas que trascienden la mera existencia humana.
—Somos ficción y, por lo tanto, no lo soy, no soy omnipotente al parecer.
La entidad habló con una voz que parecía emanar del núcleo mismo del universo, revelando una paradoja ineludible: aunque se autoproclamara la fuente primordial de toda trama, reconocía sus limitaciones, pues su poder, por vasto que fuera, estaba condicionado por fuerzas superiores que daban forma a todo lo existente.
Soy como esos seres ficticios: VISHNU, CAOS, The Presence, TOAA, MAM OF MIRACLES, AZATHOTH, SCARLET KING, MADOKA, ZENO, RIMURU, ARNOS, entre otros.
Cada uno de esos nombres retumbaba en el cosmos de la narrativa, evocando mitos y leyendas que, nacidos de la ficción, encarnaban poderes casi divinos y ofrecían una ventana a realidades inexploradas.
Soy igual a ellos; puedo hacer todo y se puede considerar que soy la trama misma, pero no soy omnipotente, aunque estoy muy cerca de serlo.
Sus palabras fluían con una seguridad temeraria, como si la entidad se declarara capaz de moldear destinos y realidades, mientras admitía con humildad que, en el vasto entramado del universo, siempre hay una fuerza mayor que todo lo abarca.
—Y niño, este día te he elegido para que seas mi entretenimiento.
Con esa última declaración, el ambiente se impregnó de una energía intensa y perturbadora; el destino de Bernardo se entrelazaba irrevocablemente con el de la entidad, marcando el inicio de un viaje en el que los límites entre realidad y ficción se desdibujaban, y cada acción resonaba con el eco de antiguos mitos y leyendas.
Las palabras resonaron en el aire como un eco distante. Bernardo sintió una mezcla de emoción y temor ante la revelación de la entidad. La idea de ser parte de un juego tan vasto y complejo lo llenaba de incertidumbre.
—¿Qué significa eso? —preguntó Bernardo, su voz dudando ligeramente.
—Significa que tu vida será un escenario donde se desarrollarán eventos fascinantes —respondió la entidad con una sonrisa burlona.
—Y tú serás mi entretención mientras esta historia esté activa, oh y claro, esta que te ayudaré y daré fuerza, después de todo, a más fuerza esta novela será mejor de observar.
En ese preciso instante, el eco de aquellas palabras pareció transformar el ambiente en un vasto teatro donde la realidad y la ficción se entrelazaban sin distinción. Bernardo, aún con el corazón acelerado por la incertidumbre, observaba cada gesto y cada matiz en la voz del ente, que ahora emanaba una extraña mezcla de burla y fascinación. La revelación de que su vida se convertiría en un escenario para el desarrollo de eventos asombrosos llenaba sus sentidos de una inquietud vibrante, una mezcla embriagadora de esperanza y temor.
La entidad continuó, dejando que su tono insinuara tanto una advertencia como una promesa: que en este juego donde cada instante se tejía con la urdimbre del destino, incluso el más insignificante de los actos podía encerrar un poder transformador. Con esa declaración, se abría ante Bernardo un camino plagado de desafíos, donde cada emoción, cada decisión, se convertía en una pincelada en el cuadro infinito de la existencia, y donde el precio de la venganza o la redención era tan alto como la magnitud del universo narrativo que lo envolvía.
—¿Y qué dices, muchacho?
¿Deseas vivir?
¿Deseas venganza?
—Conviértete en mi entretenimiento.
Sé el protagonista en esta historia cliché, y te prometo que las ficciones que leíste, escuchaste o viste y tú tendrás una interacción con esos personajes.
—Después de todo, que un personaje ficticio tenga contacto con otros personajes ficticios no es la gran cosa.
Puedo hacerlo realidad.
La voz y la sonrisa del ente estaban a espaldas de Bernardo, quien no dudaba de sus palabras.
La promesa de un mundo donde las historias se entrelazaban lo llenaba de emoción.
En ese preciso momento, el aire se cargó de una energía casi palpable, como si cada palabra se transformara en un lazo invisible que unía el destino de Bernardo con un universo de relatos olvidados y leyendas renacidas. La entidad, con una mirada que destilaba tanto desafío como una curiosa compasión, parecía invitarlo a sumergirse en un juego sin reglas, donde cada instante se convertiría en parte de un vasto tapiz narrativo.
—Y dime, ¿aceptarás este destino? —preguntó el ente, su voz fluctuando entre la burla y una inquietante sinceridad—. Porque en este escenario, tus miedos y tus anhelos se transformarán en las pinceladas que definirán no solo tu existencia, sino la esencia misma de la historia que estamos a punto de tejer juntos.
Bernardo, sintiendo cómo su corazón latía con la fuerza de un tambor ancestral, asintió con una mezcla de temeridad y esperanza. En ese instante, comprendió que su vida iba a convertirse en el lienzo sobre el cual se plasmarían tanto las tragedias como las epopeyas de un universo en el que la línea entre la realidad y la ficción era tan difusa que, en última instancia, ambas eran la misma cosa.
La entidad se retiró momentáneamente, dejando que la inmensidad de la promesa se asentara en el ambiente. Y mientras Bernardo se preparaba para adentrarse en esa danza caótica de destinos, supo que cada palabra, cada suspiro, cada paso, era parte de un relato eterno, donde incluso los clichés se transformaban en verdades inquebrantables y cada emoción era una chispa capaz de encender el fuego del universo.
—Simplemente debes dar un simple toque —continuó la entidad, su tono persuasivo como un canto hipnótico.
Bernardo sintió cómo el tiempo se había detenido a su alrededor aunque esto era ironico ya que de hecho el tiempo estaba detenido.
Las sombras del pasado y las posibilidades del futuro se entrelazaban en su mente, creando un torbellino de emociones.
La idea de venganza y redención lo impulsaba hacia adelante.
En ese preciso instante, mientras la voz hipnótica del ente flotaba en el aire, la atmósfera se cargó de una energía casi tangible que parecía detener el propio universo. Bernardo, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, percibió cómo cada segundo se alargaba y cada suspiro se convertía en un eco eterno, sumergiéndolo en un estado de suspensión emocional. Las sombras del pasado—los recuerdos de traiciones, dolores y momentos olvidados—se fusionaban con las inexploradas posibilidades del futuro, tejiendo en su mente un tapiz de sentimientos contradictorios y abrumadores.
El torbellino de emociones que se gestaba en su interior era a la vez aterrador y embriagador; la idea de venganza, combinada con la promesa de redención, emergía como la fuerza vital que lo impulsaba a desafiar su destino. Cada fibra de su ser anhelaba romper las cadenas de su pasado y forjar un camino nuevo, aunque el precio fuera alto. La determinación se encendía en sus ojos, reflejo de una voluntad inquebrantable, mientras la entidad, con ese simple toque de persuasión, parecía invitarlo a abrazar su propio poder, a convertir cada lágrima y cada herida en la materia prima de su transformación.
En ese cruce entre lo efímero y lo eterno, entre la realidad suspendida y la promesa de un futuro forjado por su propia mano, Bernardo se encontró a sí mismo al borde de una metamorfosis, donde la venganza y la redención se fundían en un solo propósito. La energía que emanaba del ente no solo detuvo el tiempo, sino que también sembró en él la semilla de una lucha interior que, aunque peligrosa, prometía reescribir su destino y el de aquellos a quienes amaba.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Bernardo, su voz firme y decidida.
—Solo toca el cuadro con el "SI" que te ofrecí —respondió el ente—. Con ese simple gesto, sellarás tu destino y comenzarás tu viaje hacia la grandeza.
Bernardo miró la brillante palabra, sintiendo su energía pulsante.
La decisión estaba ante él: aceptar el desafío y convertirse en el protagonista de su propia historia o dejar que su vida se desvaneciera en la oscuridad.
En ese instante, el ambiente se impregnó de una tensión casi mística, y el resplandor del "SI" parecía convocar fuerzas ancestrales que desafiaban la penumbra.
Cada latido del corazón de Bernardo resonaba como el eco de un tambor ceremonial, anunciando que el destino se forjaba en el cruce entre la valentía y la incertidumbre.
El cuadro, bañado en una luz vibrante y casi hipnótica, se erguía como un portal a un universo de posibilidades, invitándolo a trascender sus límites y abrazar el desafío con la determinación de quien sabe que cada riesgo es la semilla de una leyenda.
Con la firmeza de un guerrero y la mezcla de temor y esperanza latiendo en su interior, Bernardo extendió su mano temblorosa, consciente de que al tocar ese cuadro no solo sellaría su destino, sino que iniciaría un viaje transformador en el que cada paso lo acercaría a la grandeza prometida, desvaneciendo la oscuridad que amenazaba con consumirlo.
La sonrisa del ente se amplió, y con un gesto de aprobación, la singularidad a su alrededor comenzó a vibrar con una energía intensa. Bernardo sabía que estaba a punto de embarcarse en una aventura que cambiaría su vida para siempre.
Sin embargo el muchacho, al bajar su mirada hacia su cuerpo ya muerto y al observar todo el entorno, podía ver como es que el tiempo se había detenido.
Basicamente todo el universo habia perdido su color y toda la existencia se habia detenido.
En ese instante, mientras el silencio se cernía como un manto sobre la realidad, cada partícula del aire parecía suspenderse en un eterno instante de incertidumbre. La sonrisa del ente, ahora impregnada de un brillo casi sobrenatural, no solo anunciaba la aprobación de un pacto oscuro, sino que también sellaba la promesa de un destino transformador. Bernardo, con el alma dividida entre el asombro y la desesperación, comprendía que estaba a punto de cruzar el umbral de un mundo donde las leyes del tiempo y el color se diluían, dejando paso a una existencia suspendida en la penumbra de la narrativa.
La visión de su cuerpo, inerte y marcado por la fatalidad, contrastaba brutalmente con la vibrante energía que emanaba la singularidad, como si el universo entero hubiera dejado de existir en una coreografía macabra de luces y sombras. Cada resplandor apagado y cada sombra inmóvil parecían contar historias olvidadas, fusionándose en un único instante en el que la realidad y la ficción se fundían. La esencia de Bernardo se transformaba en un símbolo de renacimiento y venganza, dispuesto a desafiar esa quietud infinita y a esculpir un nuevo destino con la tinta de su propia voluntad.
Bernardo sabía que habían habilidades relacionadas con el tiempo; incluso sus propias habilidades poseía el elemento temporal. Pero esta cosa iba más allá de lo que era una simple detención del tiempo.
La mente de Bernardo bullía de pensamientos mientras recordaba que él mismo había dominado ciertos trucos temporales, capaces de distorsionar momentos y alargar segundos. Sin embargo, lo que observaba ahora en aquella entidad era algo inimaginable: una fuerza que no se limitaba a congelar el tiempo, sino que parecía manipularlo, doblarlo y reinventarlo según sus propios designios.
El ente, con una mirada que destilaba secretos ancestrales, se erguía como testigo de una realidad donde la linealidad del tiempo se convertía en un lienzo maleable. Mientras Bernardo recordaba sus habilidades—esas que le permitían jugar con el ritmo de la existencia—se daba cuenta de que aquello era solo una fracción de lo que esta criatura podía hacer. La detención temporal, por muy poderosa que fuera en sus manos, se quedaba corta ante el poder del ente, que parecía trascender los límites de la física.
En ese instante, la diferencia era abismal: lo que para él representaba un mero control sobre el flujo del tiempo, para la entidad era un arte supremo, la capacidad de reinventar el universo en cada parpadeo. Esa revelación llenó a Bernardo de una mezcla de asombro y aprehensión, pues comprendía que el destino, el pasado y el futuro estaban entrelazados en una danza tan compleja como ineludible, donde cada segundo podía ser una puerta a infinitas posibilidades.
Las habilidades que distorsionaban el flujo del tiempo, el espacio y la realidad eran limitadas.Solo podían afectar un área pequeña, pues la propia naturaleza del universo imponía restricciones sobre tales poderes.Un ejemplo claro era su padre, un maestro en la manipulación espacial.
A pesar de su talento, su dominio sobre el espacio no era absoluto.Podía torcerlo, plegarlo e incluso cortarlo, pero su influencia solo se extendía hasta un kilómetro a la redonda, con él mismo como punto central.Dentro de ese radio, podía moverse instantáneamente, crear barreras invisibles y lanzar ataques que parecían venir de direcciones imposibles.Sin embargo, fuera de ese rango, su poder se desvanecía, como si la misma realidad se negara a ceder por completo ante su voluntad.
Bernardo comprendía bien estas limitaciones.Conocía las reglas tácitas que regían el uso de habilidades con este tipo de naturalezas..Pero lo que veía ahora era distinto.No era una simple distorsión del espacio o del tiempo.Era la aniquilación completa de su flujo, la suspensión total de la existencia.
Mientras tanto, sus propias habilidades, aquellas que compartían el elemento tiempo, operaban bajo reglas completamente distintas.
La primera le permitía intercambiar su esperanza de vida por más fuerza.Era un poder peligroso, uno que devoraba su existencia misma a cambio de un instante de supremacía. Cada segundo que aumentaba su poder, cada ataque que lanzaba con esa habilidad, le costaba días, meses o incluso años de su vida.Era un pacto con la muerte, una negociación constante donde cada victoria tenía un precio marcado en su propia carne y alma.
La segunda habilidad era aún más aterradora.No se limitaba a consumir su esperanza de vida.Requería el sacrificio total de su realidad como ser viviente.Su propio espacio y su tiempo dentro de la existencia se ofrecían como tributo.Era un borrado absoluto, un abandono de todo lo que era y representaba.Si usaba este poder, no solo moriría.Dejaría de haber nacido. Se convertiría en un eco que nunca existió, en una posibilidad que jamás ocurrió.
Bernardo lo sabía.Sabía que ambos dones eran al mismo tiempo una maldición.Pero en un mundo donde la supervivencia se dictaba por la fuerza, ¿qué otra opción tenía?
Eran poderosas habilidades, pero no eran todopoderosas.Si lo fueran, su padre podría crear singularidades que destrozarían todo a su alrededor con un solo pensamiento, reduciendo la realidad a un caos absoluto.
Y si sus propias habilidades fueran aún más fuertes, podría simplemente absorber el tiempo de todas las cosas vivas a su alrededor para fortalecerse.No necesitaría sacrificar su propia existencia para obtener poder. No tendría que hacer tratos con la muerte, ni pagar con su esencia para alcanzar la fuerza necesaria.Pero la realidad era distinta.
Bernardo reflexionó sobre sus limitaciones mientras observaba la singularidad que se formaba a su alrededor.El universo entero parecía sostener la respiración, como si la propia existencia estuviera esperando su decisión.
Había una verdad innegable: la fuerza absoluta no existía.Todo tenía un límite, incluso los dioses.Pero la cuestión no era si algo tenía límites, sino cómo se usaban esos límites para superar lo imposible.
Sabía que debía aprovechar al máximo lo que tenía y encontrar una manera de superar sus restricciones.No podía permitirse depender solo de lo que le había sido dado.Si quería venganza, si quería poder, debía tomar cada migaja de oportunidad y convertirla en un festín de posibilidades.
La promesa de la entidad lo intrigaba, pero también lo llenaba de dudas.No había tal cosa como la caridad en el mundo.Si esta cosa le ofrecía algo, entonces seguramente había un precio oculto.Uno que tarde o temprano le exigiría pagar.
—¿Qué significa todo esto?—preguntó Bernardo, consciente de que estaba a punto de embarcarse en algo mucho más grande que él mismo.
La entidad sonrió, su expresión llena de una diversión retorcida, como si leyera sus pensamientos con facilidad.
—Significa que puedes trascender tus limitaciones.—Su tono era seductor, casi hipnótico—.Con mi ayuda, podrás acceder a poderes que nunca imaginaste.
Bernardo apretó los puños.¿Era esto una oportunidad o una trampa?Tal vez ambas cosas.Pero si significaba obtener la fuerza que necesitaba… entonces tal vez, solo tal vez, valía la pena arriesgarlo todo.
Bernardo sintió una mezcla de miedo y emoción ante la posibilidad de romper las barreras que lo habían mantenido cautivo.Durante toda su vida, había sentido el peso de la impotencia, el yugo de la debilidad sofocándolo como cadenas invisibles.Pero ahora, la promesa de poder pendía ante él como una fruta prohibida.
La idea de venganza y redención lo impulsaba hacia adelante.Sus manos temblaban, no por temor, sino por la anticipación de lo que estaba por venir.Finalmente, podría reclamar lo que le fue arrebatado. Finalmente, podría aplastar a aquel hombre que llamaba padre.
Sin embargo,esta cosa frente a él decía ser lo más cercano a la omnipotencia.Era una afirmación difícil de aceptar, incluso en un mundo donde la magia y las habilidades podían desafiar las leyes de la lógica.
Incluso el emperador de la humanidad, el ser más venerado y temido, no se atrevía a afirmar que era omnipotente.Y, sin embargo, esta entidad hablaba con la seguridad de alguien que veía la existencia desde una perspectiva completamente diferente.
—Si realmente eres tan poderoso, entonces dime…—Bernardo alzó la mirada, su expresión llena de desafío—.¿Por qué necesitas un simple humano como yo para entretenerte?
La sonrisa de la entidad se ensanchó.Un destello de diversión y misterio cruzó su mirada.
—Porque incluso los dioses de los dioses se aburren, niño.Y tú… tú tienes el potencial de ser una historia digna de ser contada.
—Tu distorsión del tiempo ha afectado solo este lugar —dijo Bernardo, su voz llena de escepticismo.
Sin embargo,él mismo sabía que esto no era cierto.No era solo este espacio lo que había sido afectado;sentía la ausencia de movimiento, el vacío absoluto de toda existencia.Era como si el universo mismo hubiese exhalado un último suspiro y se hubiese congelado en un limbo sin fin.
La pregunta hizo queel ente sonriera, divertido por la duda de su nuevo "entretenimiento".
—La respuesta es sencilla: toda existencia está detenida.
La voz del ente resonó en el vacío, cada palabra impregnada de una burla cruel.No había un solo rincón del universo que escapara a su control.Ni el paso de las estrellas, ni el flujo de la energía, ni siquiera los pensamientos de las criaturas vivientes seguían su curso normal.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda.Si esto era cierto, entonces el ser que tenía delante no solo jugaba con el tiempo… lo dominaba por completo.
—Eres igual que ese tipo, Andrés, que era un heraldo del Río del Tiempo.
La mención delRío del Tiempohizo que el ente girara la cabeza en un ángulo imposible, casi360 grados, como si su propio cuerpo no estuviera limitado por las leyes de la existencia.
Bernardo sintió una punzada de inquietud al ver ese movimiento inhumano. Pero antes de poder decir algo,una explosión de voz sacudió todo el espacio a su alrededor.
—¿QUÉ PARTE DE SER CASI OMNIPOTENTE NO ENTIENDES?
El universo mismo pareció estremecerse ante su ira.
—EN ESTA FICCIÓN CLICHÉ QUE EL AUTOR ESTÁ ESCRIBIENDO, SOY SUPERIOR A TODOS Y A TODO.
El aire vibraba con su furia, como si las palabras no solo fueran sonidos, sino verdades absolutas que remodelaban la misma realidad.
—EL RÍO DEL TIEMPO, LA RED DEL ESPACIO Y EL ESPEJO DE LA REALIDAD SON NIMIEDADES.
Bernardo sintió su pecho oprimirse.Aquellos conceptos eran pilares fundamentales de la existencia misma.¿Cómo podía este ente decir que eran insignificantes?
—SOY SUPERIOR A TODO ESO Y NO ESTOY ATADO A NINGUNO DE ELLOS.
—SI DIGO QUE EL COLOR VERDE NO EXISTE, LA EXISTENCIA DE ESTA FICCIÓN CAMBIA PARA QUE EL VERDE NUNCA HAYA EXISTIDO.
Bernardo abrió la boca para responder, perosus pensamientos se volvieron confusos.De pronto, no podía recordar cómo era el color verde. Su mente intentaba aferrarse a la idea, pero no encontraba imágenes, referencias, nada.Como si el color jamás hubiera existido.
—NO SOY HERALDO DE NADIE, MÁS QUE DE MI PROPIO ABURRIMIENTO.
El ente se carcajeó, su risa resonando como un eco infinito en la nada absoluta.
—Te lo dije, aunque no soy omnipotente, soy lo más cercano a ese concepto.
Bernardo tragó saliva. Las palabras del ente no eran simples afirmaciones vacías; había demostrado su poder de forma absoluta.El color verde había dejado de existir ante su orden.
—¿En serio piensas que estoy bromeando al decir que soy lo más cercano a la omnipotencia en estos mundos ficticios?—su voz se tornó burlona, casi condescendiente.
Bernardo quiso refutarlo, pero ¿cómo podía? Sus propias dudas parecían ridículas ante el despliegue de poder que acababa de presenciar.
—Aunque debo admitir que tienes razón al tener tus dudas.
La sonrisa del ente se amplió.Parecía disfrutar de la incredulidad de Bernardo.
—Bien, toca mi hombro.
—¿Qué?—Bernardo frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Estás sordo?—El ente arqueó una ceja antes de soltar una carcajada—.Es raro que un alma se encuentre lisiada.
El tono burlón y la mirada intensa del ente hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de Bernardo.¿Por qué le pedía hacer algo tan simple? ¿Acaso era una trampa?
Pero Bernardo sabía que ya estaba demasiado involucrado. Si esta cosa decía la verdad, entoncessu destino había cambiado desde el momento en que comenzó esta conversación.
Tomó aire y extendió su mano, sintiendo un leve temblor en sus dedos.Era el momento de descubrir la verdad.
El joven sintió una mezcla de incredulidad y curiosidad.La idea de tocar a esta entidad, que afirmaba ser casi omnipotente, lo llenaba de inquietud.Sin embargo, sabía que debía tomar una decisión.
—¿Y qué pasará si no lo hago? —preguntó Bernardo, su voz temblando ligeramente.
—Solo hazlo.—El ente sonrió con sorna—.Te prometo que no te arrepentirás.
Bernardo frunció el ceño.
—Eso sonó tan mal.
El ente soltó una carcajada seca antes de inclinarse levemente hacia él.
—Tú eres el que pensó eso.
—…
—Yo no acuesto con monos, eso es repugnante.
Bernardo parpadeó, incrédulo.
—¿Me acabas de decir feo?
El ente ladeó la cabeza, su expresión burlona intensificándose.
—En términos sencillos, sí, estás feo.
Bernardo sintió cómo su ojo se contrajo en un leve tic de indignación.
—¡Eres un maldito desgraciado!
El ente rió con más fuerza.Era como si realmente estuviera disfrutando de cada una de sus reacciones.
Bernardo miró la sonrisa burlona del ente y, tras un momento de duda, extendió su mano hacia él.
La singularidad a su alrededorparecía vibrar con anticipación, como si el tiempo mismo contara los segundos hasta que tomara esa decisión.
Con un profundo suspiro, finalmente tocó el hombro del ente, preparándose para lo desconocido.
—Vamos, ven.—El ente habló con diversión—.Te prometo que no muerdo.
Bernardo levantó una ceja.
—Qué alivio…
—Recuerda, no como porquerías.
El joven puso los ojos en blanco.
—Sí, sí, como digas.
Finalmente,se acercó y colocó su mano en el hombro del ser.Al instante siguiente,la realidad se fracturó a su alrededor.
Ya no estaban en el mismo lugar.
—¿Dónde estamos?—preguntó Bernardo, tomando su tiempo para intentar reconocer el lugar.
—Oh, este lugar…—respondió la entidad con una sonrisa burlona—.Esta es la sala del trono del Rey Oscuro.
Bernardo frunció el ceño y dirigió su mirada alrededor.
El lugar era inmenso y opresivo, con columnas colosales que se perdían en la penumbra del techo. Las paredes parecían estar hechas de una piedra negra y antigua, vibrando con una energía oscura y latente. El aire se sentía denso, como si el mismo espacio estuviera conteniendo la respiración.
Frente a él, en un trono de obsidiana y sombras, se encontraba una figura oscura, inmóvil. Sus ojos brillaban con un resplandor carmesí, pero su cuerpo parecía estar detenido en el tiempo.
El ente caminó con calma hasta quedar al lado de la figura inmóvil.
—Este…—dijo, señalando con un gesto despreocupado—,es el mayor peligro que enfrenta tu realidad… y muchas otras realidades. Al menos, en lo que respecta a tu historia normal.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Quieres decir que… este es mi enemigo?
El ente sonrió con diversión.
—Digamos que, en tu historia original, él sería tu mayor obstáculo.
Bernardo miró fijamente los ojos brillantes de la figura inmóvil y sintió que, a pesar de su estado de quietud, una presencia abrumadora emanaba de él.
—¿Este es el enemigo de mi realidad?
—Sí.
El ente respondió con indiferencia, observando la figura inmóvil con una sonrisa burlona.
—Pero, aunque podríamos llamarlo el "Final Boss" de esta historia, no es gran cosa, para ser honesto.
Bernardo frunció el ceño.
—¿No es gran cosa?
El ente soltó una risa ligera, como si el tema no tuviera importancia.
—Mira, muchacho, este tipo solo puede atacar una serie de infinitos multiversos. En términos generales… no es mucho.
Bernardo sintió que su cerebro tartamudeaba ante esas palabras.
—¿"Solo" puede atacar una serie de infinitos multiversos?
—Sí.
El tono del ente estaba lleno de burla y condescendencia. Caminó alrededor del trono, como un crítico observando una obra de arte mediocre.
—Por más que intente expandirse fuera de su narrativa, no puede hacerlo. Está atado a la historia en la que fue creado. Claro está, a menos que un autor decida escribir una realidad donde esa acción sea posible.
Bernardo sintió que la escala de todo lo que conocía estaba siendo desmantelada y reconstruida ante sus ojos. La idea de que una entidad capaz de destruir multiversos enteros fuera considerada "no tan impresionante" le resultaba absurda.
—Entonces… ¿para qué me trajiste aquí?
El ente dejó de sonreír por un momento y se giró hacia él.
—Porque quiero que entiendas que tu historia ya no sigue un camino predefinido. Y porque quiero ver qué harás ahora que sabes que lo que considerabas el mayor obstáculo… no es más que una pieza en un juego más grande.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar las palabras de la entidad.
La idea de un rey oscuro y de peligros inminentes lo llenaba de inquietud.
—¿Y qué significa esto para mí?—preguntó, su voz inexpresiva, aunque su mente bullía con preguntas.
La entidad sonrió de nuevo, como si disfrutara del temor que comenzaba a crecer en Bernardo. Luego, sin previo aviso, movió su mano y abofeteó lo que se podría considerar la cara de la entidad negra.
El sonido del impacto resonó en la sala del trono, pero la figura oscura ni siquiera se movió.
Bernardo parpadeó, sorprendido.
—¿Por qué lo golpeas?
—Porque quiero y porque soy más fuerte.
El ente respondió con desdén, sacudiendo su mano como si acabara de quitarse el polvo de la palma.
—A veces, las cosas no necesitan una gran razón. Simplemente lo hago porque puedo.
Bernardo sintió que la escala de poder de esta entidad se volvía cada vez más absurda. Si el llamado "Rey Oscuro", el mayor peligro de su mundo, podía ser abofeteado sin resistencia alguna… ¿qué tan insignificante era realmente?
El ente, una vez más, giró su cabeza 360 grados antes de dirigirse a Bernardo, quien ya se había acostumbrado a las rarezas de aquella cosa.
—Para tu realidad, hay dos seres todopoderosos: el Rey Oscuro, el gobernante supremo del Vacío, y la indiferente Chispa de Vida.
—Uno destruye y el otro crea.
—Y como dijo ese gato dios de la destrucción, "antes de la creación viene la destrucción".
Bernardo escuchaba con atención, pero la manera en que la entidad hablaba con tal despreocupación sobre fuerzas que moldeaban la existencia misma lo irritaba.
—Aunque en este caso, las aguas son más profundas que la simple creación y destrucción de las cosas.
Bernardo apretó los dientes y señaló con furia al Rey Oscuro.
—¡Por supuesto que va más allá de la simple destrucción! Estamos hablando de realidades enteras, esta cosa mata infinitos mundos.
El ente miró a Bernardo con diversión, como si estuviera viendo a un niño tratando de comprender lo incomprensible.
—Sí, sí, ya lo dijiste. Infinitos mundos, caos sin fin, bla, bla, bla.
Le restó importancia con un gesto de la mano.
—Pero dime, ¿qué harás tú al respecto?
Bernardo se quedó en su lugar, paralizado. Su cuerpo temblaba al comprender que estaba justo frente a lo que se podría considerar el enemigo final de la humanidad, la última barrera que separaba a su mundo de la aniquilación total.
Sabía de la Mare Negra.
Los Caminantes del Vacío siempre habían sido una amenaza.
Incluso si la mayoría los consideraba solo un mito, había registros, informes ocultos, susurros en la oscuridad que hablaban de su existencia.
Y ahora, uno de ellos, el más temido, estaba justo frente a él.
El ente sonrió con burla, disfrutando del terror silencioso en los ojos de Bernardo.
—Y si te pido que lo mates, ¿lo harías?
La voz de la entidad resonó con una mezcla de desafío y curiosidad.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Soy muy débil... incluso si ataco a matar, no le haría ni un rasguño.
El ente inclinó la cabeza, como si estuviera analizando la respuesta de Bernardo con interés. Entonces, chasqueó los dedos.
—Oh, ¿y si yo reduzco sus defensas? ¿Podrías hacerlo entonces?
Bernardo abrió la boca, pero dudó.
La pregunta lo sacudió más de lo que esperaba.
¿De verdad podría matar a esta cosa si el ente lo debilitaba?
No pudo responder. No porque no quisiera, sino porque el ente se echó a reír.
—¡Ja! ¡Mírate! Incluso con la posibilidad en tus manos, dudas.
La risa del ente resonó en la sala, burlona, cruel, como si el mismísimo concepto de miedo fuese un chiste para él.
Bernardo sintió cómo la frustración y la impotencia se mezclaban con su miedo.
La idea de enfrentarse a una entidad tan poderosa lo aterrorizaba, pero en el fondo, también encendía una chispa de determinación. Sabía que, si quería proteger a los que amaba, no podía quedarse de brazos cruzados.
—¿Cómo puedo hacerlo?—preguntó, su voz temblando ligeramente, pero con una fuerza creciente.
El ente lo miró con burla, como si la pregunta misma fuera una broma en su mundo infinito de juegos.
—Con valor y decisión, por supuesto.—El tono del ente era casi burlón, pero también contenía una certeza que heló la sangre de Bernardo.
—Este lugar es solo una parte del juego. Te he dejado ver el "final Boss". Este es tu punto final... pero tu punto de partida, aún no lo conoces.
Bernardo tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras.
—Si deseas cambiar tu destino, tendrás que enfrentarte a él.
Bernardo apretó los dientes. Algo dentro de él se rebeló ante la idea. Si este ente era tan fuerte como afirmaba, si realmente estaba tan por encima de todo, ¿por qué no acabar con este ser de una vez? ¿Por qué jugar con él?
—¿Pero por qué no lo haces tú?—Bernardo escupió las palabras, su voz llena de desafío—.Tienes la fuerza para hacerlo, puedes matarlo en este mismo instante. ¿Por qué no lo haces?
El ambiente se tornó denso.
La silueta del ente borró su sonrisa.
Por primera vez desde que lo había conocido, no había burla en su expresión, solo un vacío insondable.
—¿No crees que sería demasiado aburrido?
El tono del ente era frío, carente de emoción.
—Si intervengo, ¿dónde queda la diversión y el drama?
—Sería injusto, como si un adulto golpeara a un bebé solo porque este no para de llorar.
Bernardo sintió cómo su ira crecía, pero antes de que pudiera hablar, el ente continuó.
—Es muy simple la opción que me dices... y lo simple es aburrido.
El ente sonrió de nuevo, con esa sonrisa que lo hacía parecer un dios jugando con piezas de ajedrez.
—Pero el...
—¡Pero nada, mocoso! —interrumpió el ente, su tono se volvió severo.
Bernardo frunció el ceño ante las respuestas del ente, que volvió a sonreír.
—Oh, parece que has malinterpretado algo, niño.
No te salvé porque fuera algo importante.
Te salvé porque eras un hijo amado por el mundo.
Las palabras resonaron en la mente de Bernardo, llenándolo de confusión y asombro.
La idea de ser considerado "amado" por el mundo le parecía absurda, y sin embargo, sabia que el lo fue, ese algo en la forma en que el ente lo decía que lo hacía sentir especial.
Bernardo sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Las palabras del ente resonaban en su mente como un eco interminable.
—¿"Amado por el mundo"...?—murmuró, su ceño aún fruncido, su voz teñida de incredulidad.
La idea le parecía absurda.
Había vivido lo suficiente para saber que el mundo no era amable. Que no era un cuento de hadas donde alguien era "elegido" por el amor de la existencia misma.
Y, sin embargo...
Había algo en la manera en que el ente lo decía, con esa sonrisa burlona pero inquebrantable, que hacía que un pequeño rincón de su alma creyera en esas palabras.
—No entiendo...—susurró, su mente atrapada entre la confusión y la necesidad de respuestas.
El ente se inclinó ligeramente hacia él, su mirada perforándolo como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos.
—¿No lo entiendes?—su sonrisa se ensanchó—.Claro que no. Porque aún eres un mocoso ignorante.
Bernardo apretó los puños.
—Entonces dime, explícame.
El ente se irguió, su voz tomando un tono más solemne, aunque aún teñido de esa ironía característica.
—El mundo no ama a cualquiera.
—El mundo no ama a los débiles, no ama a los traidores, no ama a los que se rinden.
—Pero tú...
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en lo más profundo del muchacho.
—Tú fuiste alguien que el mundo amó. Y por eso, estás aquí.
Bernardo sintió cómo su corazón latía con fuerza. No podía entenderlo completamente... pero por alguna razón, esas palabras pesaban más de lo que deberían.
—¿Amado por el mundo? —preguntó, su incredulidad evidente—.
¿Cómo puede ser eso posible?
La entidad se inclinó hacia él, sus ojos brillando con una luz intensa.
—Porque cada historia necesita un protagonista. Y tú, mocoso, aunque no tengas el potencial para serlo con mi intervención lo podrás realizar.
Pero primero debes entender que la verdadera fuerza no proviene solo del poder físico; proviene de tus decisiones y de cómo enfrentas los desafíos que se te presentan.
Y por supuesto viene de mi, soy la raíz del poder.
Bernardo sintió cómo un escalofrío recorría su espalda.
Las palabras del ente resonaban en su mente con un peso abrumador.
—¿"La raíz del poder"...?—repitió en un susurro, su voz teñida de duda y escepticismo.
El ente se enderezó, su mirada perforando a Bernardo como si pudiera ver cada fibra de su existencia.
—Así es.
Hizo una pausa, disfrutando de la incertidumbre en el rostro del joven antes de continuar.
—Piénsalo, mocoso.
—Los héroes, los villanos, los dioses y los demonios... Todos ellos necesitan un origen. Algo que los impulse, que les dé propósito.
—Algunos obtienen su poder por nacimiento. Otros lo consiguen con esfuerzo. Pero en última instancia, todo proviene de una fuente primordial.
La sonrisa del ente se amplió, oscura y llena de diversión.
—Y en esta historia, esa fuente soy yo.
Bernardo sintió cómo su garganta se secaba.
—Eso suena...
—Suena como la verdad, porque lo es.
El ente se cruzó de brazos, inclinando ligeramente la cabeza.
—Si quieres poder, si quieres venganza, si quieres romper las cadenas que te atan... Solo hay un camino.
—Yo soy ese camino.
El silencio se cernió sobre la habitación, pesado, absoluto.
Bernardo tragó saliva, su mente girando en un torbellino de pensamientos.
¿Podía confiar en este ser?
¿Realmente tenía otra opción?
—Si no fuera por el lamento de este pobre planeta, el cual está condenado, no intervendría.
Después de todo, la vida y la muerte de seres tan insignificantes no son algo que me importe o me afecte; son solo basuras.
Simple y sencillo.
—Eres un...
El ente desestimo lo que iba decir Bernardo
—No creas que mi amabilidad es algo que se puede interpretar como aceptación. No me provoques, mocoso. Oh, lo pasarás mal...
Ya sabes lo que hice al comienzo de nuestra interraccion no quieras repetirlo.
Bernarod no dudo y lo reto.
—¿Oh? ¿Y qué harás, bug...? —Bernardo desafió, sintiendo una mezcla de temor y determinación.
El ente se detuvo, su sonrisa desvaneciéndose por un instante. Un aire gélido envolvió la sala, y por primera vez desde su encuentro, Bernardo sintió una verdadera presión aplastante sobre su ser. No era solo miedo, era la certeza absoluta de que la entidad que tenía enfrente estaba más allá de toda lógica, de todo poder concebible.
—¿Bug?—repitió el ente en un susurro, pero su voz resonó en cada rincón de la existencia, como si el universo mismo temblara con su ira contenida—.¿Así me llamas?
Bernardo sintió su cuerpo paralizarse. No porque quisiera, sino porque todo su ser se congeló en el tiempo. Ni siquiera podía respirar, pensar o reaccionar. Fue solo un parpadeo, un instante imperceptible, pero cuando pudo moverse de nuevo, sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.
—No te confundas, mocoso—continuó el ente, volviendo a su tono burlón, pero con un filo peligroso en su voz—.Podría borrarte, no solo de este plano, sino de toda existencia, reescribiendo la narrativa para que jamás hubieras existido.
Bernardo tragó saliva, pero no desvió la mirada.
—¿Y por qué no lo haces?—desafió, intentando ignorar el temblor en sus manos.
El ente se rió, un sonido distorsionado, como si mil voces se superpusieran en un eco infinito.
—Porque eso sería aburrido.
Se inclinó hacia Bernardo, con esos ojos que parecían pozos infinitos de conocimiento y locura.
—Escúchame bien, mocoso. No estás aquí porque me importes. No estás aquí porque seas especial. Estás aquí porque yo quise que estuvieras. Porque en este preciso momento, en esta historia ridículamente predecible, tú eres mi entretenimiento.
El ente se enderezó, cruzándose de brazos.
—Pero me agrada tu actitud. Así que dime, insecto desafiante... ¿vas a seguir con esa arrogancia, o finalmente entenderás tu lugar en esta historia?
Elenteesbozó una sonrisa ladina, sumanoextendiéndose hacia él con una calma inquietante.
—Te lo dije,toda la ficción es lo mismo para mí. Puedo ver cada realidad al mismo tiempo.
El tono de su voz era despreocupado, pero sus palabras contenían un peso abrumador. No era una simple jactancia, sino una declaración de su absoluta superioridad.Bernardosintió un escalofrío recorrer su cuerpo al captar la magnitud de lo que el ente estaba diciendo. Este ser no solo afirmaba podertrascenderel tiempo y el espacio, sino que los contemplaba como un lienzo inmutable bajo su mirada.
De pronto, la realidad sedesmoronóa su alrededor.Bernardoparpadeó y, en un instante, el paisaje había cambiado. Ahora estaban en un entorno completamentesurrealista, donde los colores vibraban de manera antinatural, oscilando entre tonalidades imposibles de describir con palabras humanas. Las formas a su alrededor desafiaban toda lógica, moldeándose y mutando en patrones fractales que no parecían obedecer ninguna ley de la naturaleza.
Eltiempotambién estaba detenido en aquel lugar, congelado en un estado de perpetua incertidumbre.No había viento, ni sonido, ni rastro de vida alguna. Solo el ente y Bernardo existían en esa distorsión de la realidad.
Bernardo sintió un nudo en la garganta.Era la confirmación definitiva: la manipulación temporal de aquel ser no era una simple habilidad avanzada.Era absoluta. No se trataba de un control sobre segundos o minutos, sino de algo que trascendía los conceptos convencionales de tiempo y espacio.
«Esta no es una habilidad común...», pensó, su mente analizando las posibilidades.
Esto no era algo que se pudiera clasificar en escalas humanas. No era una habilidad rangoSSS, ni siquiera una habilidadmutada. Era algo completamentefuera del espectro, un poder que desafiaba cualquier explicación convencional.Era dominio puro sobre la existencia misma.
—¿Estás empezando a comprenderlo, mocoso? —preguntó el ente con sorna, su voz resonando como un eco omnipresente en aquella dimensión distorsionada.
Bernardo no respondió.No podía. Porque, en el fondo, ya conocía la respuesta:estaba ante algo que no debería existir.
No, lo que esta cosa había hecho era diferente.Su propia habilidad derango SSScompartía elelemento tiempo, y ni siquiera en su máximo potencial podría frenar el tiempo detodo un planeta.
Al menos, no podría hacerlo actualmente sin su despertar.Pero entonces, ¿qué tan fuerte era esta entidad? Las palabras que había pronunciado antes resonaron en su mente con un eco implacable:
"Soy lo más cercano a la omnipotencia".
Eran solo palabras, pero ahora se convertían en unarealidad absoluta, en un dogma irrefutable que el mismísimo universo parecía aceptar sin resistencia.
Laatmósfera se distorsionabaa su alrededor, como si la existencia misma estuviera sufriendo una crisis, debatiéndose entre la lógica y la imposibilidad.El espacio se curvaba, los colores parecían desbordarse más allá de sus formas, y el tiempo... el tiempo no solo estaba detenido, sino que carecía de sentido en este lugar.No había pasado, presente o futuro. Solo un eterno "ahora".
Bernardo sintió unlatido violentoen su pecho.No era solo miedo, era la abrumadora certeza de que estaba presenciando algo que su mente humana no podía comprender.
—¿Qué... significa esto? —su voz tembló, su garganta seca como si el aire mismo se negara a circular en su interior.
El ente sonrió, una expresión quecarecía de compasión o crueldad, como si fuera un observador que simplemente exponía los hechos sin interesarse en el impacto que pudieran causar.
—Significa que estás a punto de entender elverdadero alcancede mis habilidades, o al menos intenta comprender una pequeña parte de lo que significa la palabra poder —dijo el ente, y entonces suforma misma pareció vibrar, como si estuviera en todas partes y en ningún lugar al mismo tiempo.
Bernardo sintió cómo su propioconcepto de realidad comenzaba a resquebrajarse. No soloveía el poder, losentía en su carne, en su espíritu, en cada átomo de su ser. Y eso era solouna fracciónde lo que esta entidad realmente podía hacer.
Por primera vez en su vida, Bernardo sintió lo que era estar frente a algoverdaderamente inconmensurable.
El aire a su alrededorvibró. Una sensación de opresión cayó sobre Bernardo como unyunque invisible, su instinto gritándole que algo estabaterriblemente mal. Sus músculos se tensaron, unescalofrío heladorecorrió su espalda.
El entesonrió con diversión, disfrutando del pánico latente en los ojos de su pequeño entretenimiento.
—Aquí, en esteespacio suspendido entre realidades, tendrás la oportunidad dedemostrar tu valía—dijo con un tono burlón.
Bernardo tragó saliva sintió una mezcla de miedo y emoción. . Sucorazón bombeaba como un tambor de guerra. Algo estabafrente a él.
La idea de enfrentarse a desafíos inimaginables lo llenaba de adrenalina.
Sabía que debía aprovechar esta oportunidad para demostrar que podía ser más que un simple "entretenimiento".
Alzó la vista, y susangre se heló.
Bernardo se detuvo en un instante al ver que justo enfrente de él había otra persona. Decir que esta persona no era reconocible sería una mentira; después de todo, antes del fin del mundo, este hombre formo parte de uno de los animes más icónicos de la historia humana.
O al menos lo poco que quedo de los animes del pasado, pero aun así el hombre era reconocible para todo humano con una edad menor a los 20 años.
Eraimposible no reconocerlo.Imposible no sentir el terror puroque aquella presencia imponía.
Elaire se tornó pesado, denso, como si la mismísima realidad estuviera conteniéndose ante lo que estaba por suceder. El entorno a su alrededor comenzó adistorsionarse, como si algo estuvieraarrasando con las reglas mismas de la existencia.
Cabello salvaje, su cuerpomarcado por músculos descomunales, susojos vacíos,bestiales, sin rastro de cordura.Era una máquina de destrucción pura.
Y entonces recordó.
Antes delfin del mundo,antes de que la humanidad fuera arrastrada al infierno, su rostro había aparecido enpantallas, en figuras, en leyendas.
Pero eso solo eraficción.
Ahora, el monstruo estabade pie ante él.Real.Vivo.
El guerrero de unaraza casi extinta.Un mutante entre su propia especie. Unabestia de poder inconmensurable.
Elpsicótico al que no lo dejaron dormir cuando era un bebe.
—Broly.
Bernardo sintió sucorazón golpeando su pecho con furia.El instinto de supervivencia gritaba dentro de él, instándolo a correr, a escapar. Pero sabía que no tenía adónde ir.
Gigantesca. Amenazante. Descomunal.
El ente rió, disfrutando delterroren los ojos de Bernardo.
—Así que aún lo reconoces. Sabes lo que es él.
Un guerrero legendario. Un psicópata desatado.
Elsuelo bajo ellos se resquebrajó.
Elmonstruo rugió.
El infierno acababa de comenzar.
Que cuando se libero de la congelación temporal, se pregunto Bernardo.
Los escombros a su alrededorflotaron, suspendidos en el aire por una presión invisible. Un rugido bajoretumbó en la distancia, un sonidoprimitivo, aterrador, un eco demuerte inminente.
La siluetacolosal, con una musculatura que desafiaba lo humano.Cada fibra de su cuerpo irradiaba poder puro, salvaje, brutal.Su piel estaba marcada por las batallas, su postura era la de un depredador listo para la matanza.
Pero lo peor…lo peor eran sus ojos.
Vacíos.Despiadados.Fríos como el abismo mismo.
No habíarazón, ni compasión, ni humanidaden esa mirada. Solohambre de destrucción.
Elmonstruo inclinó la cabeza, como un depredadoranalizando a su presa.
Entonces,rugió.
El sonido no fue solo un grito. Fue una catástrofe en sí misma.
El suelo explotó bajo sus pies.Las ondas de choque hicieron que el aire mismose quebrara en estruendos ensordecedores.El espacio tembló.La luz se deformó.
Elcuerpo de Bernardo fue lanzado hacia atráspor la pura presión del grito, golpeando contra un muro invisible.El dolor fue inmediato, brutal, absoluto.
YBroly aún no se había movido.
El enterió con diversión, mientras observaba la escena.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?—dijo con una sonrisa burlona—.Aún no se está esforzando.
El infierno acababa de comenzar.
El suelo tembló.
No, no era solo el suelo.Todo el espacio a su alrededor estaba colapsandobajo la presión del poder que emanaba deBroly.
La realidadse resquebrajócuando el titán dio su primer paso hacia Bernardo.Cada músculo de su cuerpo irradiaba un poder monstruoso, uno que no podía ser contenido ni por la lógica ni por las leyes del universo.
Que, fue el unico pensamiento de Bernardo luego miro al ente.
Este bastardo le esta dando habilidades a este monstruo.
Bernardo sabia que esta cosa loca que estaba delante de el era fuerte pero no para hacer alguna de las cosas que estaban ocurriendo actualmente.
Y luego se movió.
No corrió.No lo necesitaba.
Desapareció.
En unparpadeo, Brolyatravesó la distanciaentre él y su presa.El aire explotó detrás de él, generando una tormenta de ondas de choque que destrozó todo a su paso.
Bernardo apenas tuvo tiempo delevantar los brazosantes de que unpuño masivolo impactaradirecto en el abdomen.
CRACK.
Dolor.
No, esto no era dolor. Esto eraalgo peor.
Bernardoescupió sangreal instante.Sintió sus órganos retorcerse, sus costillas quebrarse en pedazos, su columna protestar con un crujido aterrador.
Su cuerpose disparó como un proyectil.Atravesó el airecomo si fuera una bala de carne y hueso, su espalda impactó contra unamontaña de escombros…
Y la montaña explotó.
No solo se destruyó.Se hizo añicos, pulverizada por la fuerza de la colisión.
Bernardo quedó en el suelo,convulsionando, tosiendo sangre, su visión nubladapor el shock.No podía moverse.
Broly ni siquiera se había esforzado.
El entese rió desde la distancia, disfrutando el espectáculo.
—Vamos, mocoso.¿Dónde quedó tu desafío? ¿No ibas a demostrar tu valor?
Una sombra cubrió a Bernardo.
Intentó enfocar la vista… yvio la silueta masiva de Broly erguida sobre él.
Los ojos del titán brillaban con unresplandor verde asesino.
—GRRRRRAAAAAAAAAAHHHH!
Broly levantó su puño…
Y lo dejó caer.
El impactofue absoluto.
El suelocolapsóbajo la fuerza del golpe.Ondas de choque se expandieron en todas direcciones, rompiendo el espacio mismo.Las nubes en el cielo se partieron en dos.
El cuerpo de Bernardo se hundió en el cráter, el dolor superando los límites humanos.Sus huesos se astillaron. Sus órganos reventaron.
Erauna masacre.
Broly lo estaba destruyendo.
Y aúnno había terminado.
El mundo se sacudió.
No era solo el suelo, no era solo el aire.La realidad misma se estaba desmoronando bajo el peso del poder de Broly.
Bernardo no pudo nigritar.Su garganta solo expulsó sangre.
Su cuerpoya no le respondía. Su menteestaba al borde de apagarse… pero el dolor,el dolor lo mantenía despierto.
Y Broly no había terminado.
—GRRRAAAAAAAAAAAAAAAAHHHH!
El titán rugió.
Su energíaexplotó en una tormenta de caos puro.El suelo bajo sus pies se hizo trizas, la onda expansiva convirtiótodo a su alrededor en polvo y cenizas.
Broly extendió su manoytomó el cráneo de Bernardocon una fuerza absurda.Sus dedos se hundieron en su piel.
—¡GAAAAAHHH!—Bernardo gritó,su voz apenas audible entre el estruendo de la destrucción.
El monstruolo levantócon un solo brazo, sujeta su cabeza como si fueraun simple muñeco de trapo.
—PEQUEÑO.
Broly lo lanzó.
Bernardo voló.
Atraviesa el cielocomo una bala humana,su cuerpo quebrantado, su carne desgarrada.La fricción del aire hizo que su piel se quemaramientrasse estrellaba contra una montaña en la distancia.
BOOOOOOOOMMMMMM!
La montaña colapsó.
No solo se destruyó.Explotó en mil fragmentos, la tierra mismaincapaz de soportar el impacto.
Peroantes de que el polvo siquiera pudiera asentarse…
—¡AAAAAAAAAAAHHHH!
Broly ya estaba sobre él.
Sus puños eran meteoros.
Golpe.
Otro golpe.
Otro golpe.
Cada unodespedazaba los huesos de Bernardo,hundía su carne, partía su cuerpo en formas imposibles.
—¡GRRRRRRRAAAAAAAAAHHHHH!
Brolycargó energía en su puñoylo descargó directo en su abdomen.
¡BOOOOOOOOOMMMMMM!
La explosióndesintegró todo a su alrededor.El suelo fue erradicado, los escombrosconvertidos en ceniza.
Bernardo ya no era un humano.
Erauna masa de carne rota, huesos fracturados y sangre regada por el campo de batalla.
Broly rió.
—MUERE.
Levantó su mano al cielo.
Unsol verdecomenzó a formarse en su palma.Una esfera de energía gigantesca, la personificación misma de la aniquilación.
Bernardono podía moverse.
No podíaescapar.
No había salida.
Y la muerte descendió sobre él.
—BOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOMMMMMMM!
El mundo se consumió en llamas.
El grito de Bernardose perdió en la explosión.
Nada quedó.
Solosilencio.
Solocenizas.
SoloBroly, de pie entre las ruinas de lo que alguna vez existió.
La luz de la explosión se disipó.
PeroBernardo seguía vivo.
No porquehubiera resistido.
No porquehubiera escapado.
Sino porque Broly aún no lo permitía.
EL INFIERNO NO HABÍA TERMINADO.
Su cuerpo era un amasijo de carne abierta, huesos expuestos y sangre derramándose sin control.
Pero podíaver.
Podíasentir.
Y deseó no hacerlo.
—Aún respiras...—La voz de Broly resonó como un trueno apocalíptico.
Se acercó.
Cada pasohacía temblar el suelo,fracturaba la tierra,desgarraba la misma realidad.
Bernardoquiso moverse.
Quisohuir.
Pero su cuerpoya no era suyo.
Sus piernashabían desaparecido.
Sus brazoseran trozos de carne colgantes.
Solo podía mirar.
Mirarcómo el monstruo lo alcanzaba.
Cómo Broly lo alzaba con una sola mano.
Cómo sus dedos se hundían en su cráneo.
—¡GHAAAAAH!
EL DOLOR ERA INFINITO.
El guerrero legendarioapretó.
Los huesoscrujieron.
Los ojos de Bernardo casi estallaron por la presión.
—¡GRRRAAAAAAHHHH!
Broly lo lanzó al aire.
Bernardoascendió.
El cielo se convirtió en su tumba.
Pero antes de que pudiera siquiera alcanzar su pico,Broly ya estaba sobre él.
—¡MUEREEEEEEEE!
El golpe perforó su pecho.
Su corazón explotó.
La sangre salió disparada como una fuente macabra.
El impactolo atravesó como un rayo,destrozando cada órgano a su paso.
Y luego, Broly lo desgarró.
Sus manos tomaron los costados de Bernardo...
Y LO PARTIÓ EN DOS.
CRAAAACKKKKK!
SANGRE. VÍSCERAS. DESTRUCCIÓN.
Las mitades de su cuerpo cayeron al suelo, humeantes, aún con espasmos involuntarios.
Pero Broly noestaba satisfecho.
NO AÚN.
—¡GRRRRAAAAAAHHHH!
Su energía estalló en su máximo poder.
Con un rugidodesintegró los restos de Bernardo con una onda de choque.
NO QUEDÓ NADA.
Ni huesos.
Ni piel.
Ni recuerdos.
Soloceniza flotando en el viento.
BROLY SE HABÍA DIVERTIDO.
BERNARDO YA NO EXISTÍA.
LA EXTINCIÓN ERA ABSOLUTA.
Bernardo abrió los ojos una vez más. Otra vez, el tiempo estaba congelado.
El ente permanecía en su lugar, con su eterna expresión de superioridad. Bernardo intentó articular una palabra, pero su mirada permanecía fija enBroly. Sabía lo que había sucedido. Había luchado en serio contra esa cosa.
El ente dejó escapar una carcajada burlona, su voz resonando en el vacío congelado del tiempo.
—Decir que luchaste es exagerar. Dar un golpe al aire no es luchar, mocoso.
Bernardo sintió la burla hundirse en su orgullo. Se negaba a aceptar lo insignificante que había sido en ese enfrentamiento.
—Por tu mirada, estás desesperado por saber la razón, ¿no es así?
El ente ni siquiera esperó su respuesta. Movió su mano y, en un instante, una avalancha de información se vertió en la mente de Bernardo.
Como si fuese un espectador atrapado en una película de terror y destrucción,lo vio todo.
Un cielo teñido deesmeraldas y púrpuras inquietantesreflejaba el caos que se desataba en el campo de batalla.Broly, elSuper Saiyan Legendario, emergía como una fuerza de la naturalezaindomable. Su enorme figura irradiaba un auradorada y verdosa, devorando el aire con una ferocidad que hacía vibrar el suelo mismo. Cada paso suyoresonaba como un tambor de guerra, anunciando la condena de quienes osaban desafiarlo. Sus ojos,privados de humanidad, resplandecían con una furia desbordante.
Frente a él, los guerreros Zse preparaban para un enfrentamiento imposible.
Goku, con el ceño fruncido y los puños apretados, intentaba infundir valor en sus aliados.Vegeta, inmóvil al principio, parecía paralizado por el aura monstruosa de Broly. Su orgullo saiyan se tambaleaba ante la inconcebible realidad de que alguien lo superara de forma tan aplastante.TrunksyGohanintercambiaban miradas cargadas de tensión, sabiendo que sus fuerzas juntas apenas podrían ralentizar a esa bestia.
Piccolo, quien había llegado en el peor momento posible, lanzó su capa al viento con un gesto determinado. Su expresión era grave. No había palabras, no había estrategias. Solo quedaba luchar... y esperar sobrevivir.
ElrugidodeBrolyperforó el ambiente como untrueno, un grito que no solo estremeció latierrabajo ellos, sino que desgarró lamoralde los guerreros. Sin previo aviso, se lanzó al ataque con unavelocidadque desafiaba su tamaño, supuñocolisionando brutalmente contra elabdomendeGoku, enviándolo volando como unmuñeco de trapoa través de varias formacionesrocosas. Lasonrisa sádicadeBrolyse ensanchaba con cada golpe, como sidisfrutara prolongando la tortura.
Gohanse abalanzó con ungrito de guerra, desatando unaráfagadeexplosiones de kique iluminaban elpaisaje sombrío. PeroBrolyapenasparpadeó, absorbiendo los impactos como si fueran simplesbrisas. Con ungestode sumano, lanzó unaesfera de energía inmensa,verde brillante, queGohanapenas pudoesquivar. Laexplosiónresultantedesintegróunvalle entero, dejando uncráter humeanteque llenaba el aire decenizas.
—¡Es unmonstruo!— exclamóTrunks, mientras él yVegetacombinabanfuerzaspara atacar desde ambosflancos. Sin embargo,Brolylos recibió con unabarrera de energía pulsante, que los repelió con unestallido devastador.Piccolo, con una estrategia más calculada, intentó unataque sorpresadesde lasalturas, lanzando unMakankosappocargado al máximo. PeroBrolylo desvió con unsimple movimiento de la muñeca, como si elataqueno fuera más que unamolestia.
Losgritosyjadeosde los guerreros eranahogadospor lascarcajadas maníacasdeBroly, cuyased de destrucciónparecíainsaciable.Goku, maltrecho, reunió toda suenergía restantey cargó haciaBroly, lanzando unKamehameha desesperado. El choque de lasenergíascreó unespectáculo de luces y destellosque oscureció elcielo, pero cuando elresplandorse desvaneció,Brolyseguía enpie, indemne.
Labatallase convertía en unadanza de desesperacióncontra untitánque parecíaimparable. LosgolpesdeBrolyno eran solofísicos, era destruccion misma, reduciendo a los héroes asombrasde sudeterminación habitual. Cadacolisiónretumbaba como unasinfonía de destrucción, y elsuelobajo ellos sedesmoronaba, incapaz desoportarlaintensidaddelenfrentamiento.
Finalmente, mientrasGokuy susaliadosyacíanderrotados, luchando porrespirar,Brolyalzó losbrazosalcielo, desatando unaesfera masiva de energíaque amenazaba conborrartoda la zona delmapa. La escena terminó con ungrito desesperadodeGoku, unapromesa silenciosade que la lucha aúnno había terminado.
LavisióndeBernardosealejó, dejando unpaisaje devastado, mientras elrugidodelSuper Saiyan Legendarioresonaba en eleco de la destrucción.
Yestás listo.
Elentehabló con una voz serena, cargada de una diversión cruel.Bernardoparpadeó, pero antes de que pudiera siquiera procesar esas palabras, Broly se había descongelado una vez mas de la detención temporal, sintió un impacto brutal.Un puño masivo perforó su cráneo.
El aire se llenó con un sonido húmedo y visceral cuando la fuerza descomunal deBrolyredujo su cabeza a una explosión de hueso, carne y sangre. El mundo entero se apagó en un instante, y lo último queBernardopercibió fue el rugido feroz delSuper Saiyan Legendario, un eco de destrucción que reverberó en la nada.
Su consciencia flotó en la oscuridad. No había dolor. No había sonido. Solo la silenciosa certeza de la aniquilación. Y entonces... una voz se filtró a través del vacío.
—¿Te das cuenta ahora?—El tono era burlón, casi decepcionado—.Este es el verdadero peligro al que te enfrentas.
Elente, aquel ser omnisciente que lo había traído aquí, observaba desde su rincón en la eternidad, con una sonrisa dibujada en su rostro sin forma. Para él, esta masacre no era más que un simple entretenimiento, un experimento para ver hasta dónde podía llegarBernardoantes de ser reducido a polvo.
La imagen deBroly, imponente como un coloso de destrucción, quedó impresa en su mente. Su aura dorada y verdosa era un incendio que devoraba todo a su alrededor. No era un simple guerrero. No era solo un enemigo. Era laencarnación de la furia, la pesadilla de los dioses, la bestia primigenia que solo ansiaba arrasar y exterminar.
—Tu vida y tu muerte son solo parte del juego—continuó la voz, resonando en la inmensidad del vacío—.Pero ahora tienes una oportunidad para cambiar tu destino.
De repente, el mundo rugió de vuelta a la existencia. Un aliento helado recorrió los pulmones deBernardo, su carne se reconstituyó en un torbellino de energía cruda, y sus huesos se tejieron de nuevo con una agonía indescriptible. Su visión se aclaró en un parpadeo y, ante él,Brolyaún estaba allí, con su sonrisa psicótica y su mirada carente de compasión. El tiempo seguía detenido a su alrededor, como si el universo mismo contuviera el aliento.
—Intenta no morir, mocoso.—Elenterió entre dientes.
El corazón deBernardomartilleaba con un pánico inhumano. Ahora entendía la magnitud de su desafío. No era solo pelear.
Era sobrevivir.Contra lo imposible.
Bernardosintió cómo laenergíavolvía a recorrer sucuerpo, una sensación que lo llenó de una mezcla deagoníayresistencia. A pesar de haber sidoaniquilado, suconcienciapersistía, flotando en un abismo oscuro entre la vida y la muerte. Perono podía rendirse.
El tiempo no le concedió tregua.
Sin poder reaccionar,Brolyse abalanzó sobre él con unasonrisa maníaca, supuñoenvuelto en unaaura verdeque desatabaondas de choquecon solo moverse. La fuerza del impactodesintegrónuevamente aBernardo, reduciendo su frágil existencia acenizas dispersasen elcaosde aquelladimensión corrupta.
El ente rió. Una carcajada burlona, cruel, resonó en el vacío.
—Oh, vamos, mocoso. —Su tono era una mezcla deentretenimiento y desdén—.Pensé que al menos durarías unos segundos más.
Y, de nuevo, Bernardo despertó.
Sucuerpose reconstruyó en unparpadeo, una masa decarne, sangre y nervios reensamblándose, como si jamás hubiera sidoaniquilado. Jadeó,confundido, sintiendo elresiduo del dolorde sus muertes anteriores.
—Pero... ¿cómo? ¡Soy un alma!—se preguntó, su mente luchando por comprender lo que estaba ocurriendo.
Elente chasqueó los dedos, disfrutando del espectáculo.
—¿Y qué?—respondió condesinterés—.Te di un cuerpo de carne, no es nada impresionante. ¿O acaso esperabas algo más?
Antes de queBernardo pudiera procesarlo, unbramido guturalsacudió la dimensión.Broly, percatándose de que supresa revivíauna y otra vez, levantó sumano, canalizando unhuracán de energía verde.
Elaire mismo se deformó, como si larealidad se doblegaraante supoder absoluto. Lasrocas flotantesque rodeaban la zonase pulverizaronsin que siquiera las tocara.El cielo se tornó carmesí, reflejando la furia de su ataque.
Bernardo sintió el calor del ki incluso antes de que el ataque fuera lanzado.
Su pielhirvió. Sus huesosse calcinaron.Su recién restaurado cuerpo fue incinerado antes de siquiera gritar.
Elente se carcajeó con aún más fuerza, como si se deleitara en ladesesperaciónde Bernardo.
—¡Vaya, vaya! Ni siquiera tuviste oportunidad de intentar moverte esta vez—dijo, su voz impregnada de una burla afilada—.Vamos, niño. Usa tus habilidades. Usa tu dominio. Usa tu sacrificio de sangre... ¡Haz algo!
Laspalabras del enteresonaron como unaorden, un desafío.
Bernardovolvió a renacer.Otra vez.
Y esta vez,no iba a quedarse de brazos cruzados.
Bernardo volvió a tener su carne solo para morir una vez más.La esfera deki verdeloaniquiló sin piedad, borrando su existencia en una tormenta deenergía abrasadora. Y luegovolvió. Ymurió otra vez. Y otra. Y otra.
Cadaresurrecciónsolo parecíaalimentar la furiadel lunático guerrero, surabiatransformando cada ejecución en un espectáculo aún másatroz.Broly rugía, sused de destrucciónse volvía más incontrolable con cada repetición, yBernardo, impotente,seguía muriendo.
Elenteobservaba con diversión, sus ojos brillando con una mezcla decuriosidad y sadismo.
—Creo que ya entiendes—dijo con un tono burlón, cruzándose de brazos mientras disfrutaba del macabro ciclo de muertes.
Bernardo lo entendía.Pero noaceptabasu impotencia. Nopodíaaceptarla.
Con un gritodesgarrador,activó cada una de sus habilidades.El tiempo mismo se distorsionó dentro de su dominio, el aire se volviópesado, larealidadpareciófracturarsea su voluntad… pero todo fueinútil.Broly permanecía intacto, suenergía primigeniano solodesafióla manipulación del tiempo, sino quedestruyóel mismo dominio con unsimple rugido.
El impacto de la onda de choque hizoañicos la ilusión de control de Bernardo, arrastrándolo a lacruda verdad: estabacompletamente superado.
Blood Sacrifice. Fue empleado a su máximo, aquella habilidad que drenaba cadagota de su sangrepara convertirla enpotencia absoluta, fuellevada al límite.Toda su esenciaardió en un soloataque definitivo, sufuerza al máximo, su determinación volviéndosedesesperación pura.
Impactó.Ungolpe. Unúnico golpe.
Yno dejó ni una marca.
El aire estaba saturado de KI.
Bernardoapenas podía mantenerse en pie.Cada fibra de su ser temblaba. No era miedo...era desesperanza absoluta.
Brolylo miraba con esa sonrisa maníaca,su ki distorsionando la realidad misma. El suelose resquebrajaba, el cieloparpadeaba con destellos esmeralda, y la presión de su poderasfixiaba el entorno.La bestia del fin.
Bernardoapretó los dientes.
No tenía opción.
Liberó todo.
Eldominio del tiempose extendióen su máxima capacidad... solo paradesmoronarseen el instante en queBroly rugió.
Blood Sacrifice.Cada gota de su vitalidad ardiópara potenciar su cuerpo al límite... solo paralograr un golpe miserablequeni siquiera dejó una marca.
Entonces, el infierno comenzó.
El puño de Broly perforó su pecho.
Bernardo sintió cómo sus órganos eran pulverizadosantes de que su columna se quebrara bajo la presión.La sangre brotó de su boca en un torrente escarlata, su visión se nubló y su cuerpofue partido en doscuando Broly lo lanzó contra el suelo con una fuerza devastadora.
Oscuridad.
—No te duermas ahora.
Revivió.
Esta vez, la mano de Broly le arrancó la cabeza de un tirón.
Oscuridad.
—Vamos, puedes hacerlo mejor.
Revivió.
Broly lo tomó de las piernas y lo azotó contra el suelo repetidamente hasta convertirlo en una masa irreconocible de carne y huesos rotos.
Oscuridad.
—Ja, ja, ja... ¡esto es ridículo!
Revivió.
Y revivió.
Y revivió.
Cada muertemás atroz,más inhumana,más cruel.
Bernardogritó.
Su cuerpose deshacía una vez más en cenizasbajo el abrasador poder de Broly.
Oscuridad.
—Otra vez.
Volvió a la vida.
Elpuño de Broly lo atravesó de lado a lado,sus órganos volaron en todas direcciones, su columna fue pulverizada.
Oscuridad.
—Vamos, usa tu sacrificio.
Volvió a la vida.
Blood Sacrifice activado.
Fuerza máxima.
Un golpe.
Unmiserablegolpe que no dejó ni un rasguño.
Lacarcajada de Brolyfue lo último que escuchó antes de que susbrazos fueran arrancados de su cuerpocomo si fueran papel mojado.
Oscuridad.
—Qué patético.
Volvió a la vida.
Intentócrear un dominio de tiempo, detener a Broly aunque fuera un instante…
El Super Saiyan Legendario rugió.
El dominiose hizo pedazoscomo si no fuera más quevidrio frágil.
Laenergía de Broly lo envolvió,incinerándolo hasta la médula.
Oscuridad.
—No hay emoción en esto si no aprendes nada.
Volvió a la vida.
Y Brolylo destruyó otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Hasta que, en un momento,Bernardo ni siquiera trató de moverse.
Se rindió.
No podía hacer nada.
Su existencia era un chiste.
Y entonces…
Mas muerte.
¿De qué había servido todo?
Cada muerte.
Cada intento.
Cada grito ahogado en su propia sangre.
Nada.
No había hechonada.
El ente lo observó en silencio.
Y luegosoltó una carcajada.
—Ja, ja, ja… ¡Esto fue más divertido de lo que imaginé!
Bernardo no reaccionó.
No tenía fuerzas para hacerlo.
El entedio un paso hacia él, inclinando la cabeza.
—¿Cómo se siente saber que eres tan insignificante?
Nada.
Bernardono respondió.
—¿Cómo se siente saber que fuiste solo un muñeco para que este idiota se desahogara?
Nada.
—¿Cómo se siente saber que ni siquiera valías la pena de verdad?
Algo en Bernardo se quebró.
No miedo.
No desesperación.
Odio.
Rabia.
Sed de venganza.
Se puso de pie,respirando pesadamente.
El entealzó una ceja, sorprendido…
Y luegosonrió de nuevo.
—Oh… ahí está.
Bernardo lo miró, con elodio brillando en sus ojos.
—¿Qué quieres de mí?—Bernardo habló al fin, su vozllena de furia contenida.
El entesonrió ampliamente.
—Ahí está la pregunta que quería escuchar.
Se inclinó, susojos perforándolo.
—Te haré más fuerte.
Bernardono apartó la mirada.
—Te haré tan fuerte que jamás volverás a sentirte impotente.
La rabia de Bernardose intensificó.
—Pero antes…—el entese rió entre dientes—vas a sufrir aún más.
Y con un chasquido de dedos…
La pesadilla estaba lejos de terminar.
Bernardovolvió a renacer, sintiendo de nuevo elpeso de la derrotaaplastarlo. Se encontrófrente a la misma escena, con elenorme puñode Broly acercándoseuna vez mása sucabeza. Susojos se cerraron, esperando el impacto, esperando laaniquilación.
Perono llegó.
Elsilenciose extendió.
Bernardoabrió los ojosy vio aBroly congelado en su golpe. Su expresión era depura furia, sus músculos se tensaban con un intentodesesperado por avanzar, pero algolo retenía. No,alguienlo hacía.
El ente tenía un solo dedo extendido.
El ambientevibrabacon unapresión aterradora. Broly, laencarnación de la destrucción, estabainmovilizadopor unafuerza inexplicable, una que losuperabaen todas las dimensiones posibles.
El entesonrió, su mirada reflejando un goce casisádico.
—Gracias por ser el medio de intimidación—dijo con unaburlona indiferencia—.Pero ya tuve suficiente. Es hora de que mueras, mono legendario.
La tensión en el aire era sofocante.La energía deBrolydistorsionaba la realidad, haciendo que el suelo se agrietara y el cielo parpadeara con destellos verdosos. Su aura ardía como llamas vivas, y su mera presencia era un peso abrumador sobre el pecho deBernardo.
Él lo sabía.No había manera de ganar.
No importaba cuántas veces muriera, cuántas habilidades utilizara o cuánto sacrificara.Broly era simplemente demasiado.Su dominio del tiempo había sidodesgarrado con un rugido, su sacrificio de sangre se habíadesperdiciado en un golpe inútil, y su cuerpo había sidoreconstruido solo para ser pulverizado una y otra vez.Un ciclo de muerte y desesperación sin sentido.
Pero entonces...
Un simple movimiento de mano.
Un corte limpio.
Lacabeza de Brolyrodó por el suelo, los ojos aún brillando con esa locura asesina, pero su cuerpo cayócomo un coloso derribado, estremeciendo la tierra con su peso.
Silencio absoluto.
Bernardojadeó, su mente tratando de comprender lo que había sucedido.Todo ese poder, toda esa furia desatada...aniquilada con un solo gesto.
El entesonrió, disfrutando su desconcierto.
—¿Ves? Sencillo.
Bernardotemblaba.
No era por el miedo.
Era por larabia.
No había hecho nada.
No había logrado nada.
Solo había sido un juguete para Broly.
Y ahora que el ente había terminado su diversión, el guerrero legendario no era más que basura en el suelo.
Bernardose levantó con los dientes apretadosymiró la cabeza de Broly.
Toda la humillación, todo el sufrimiento, todas esas muertes inútiles...
Bernardo apenas podía respirar.Había muerto tantas vecesque su propio concepto de la vida y la muerte estaba destrozado.
El ente continuó, con tonoindiferente:
—Este mono es un psicópata; en esta línea de tiempo, mató a todos los Guerreros Z antes de que ese meteoro destruyera el planeta.
Bernardo miróla cabeza del guerrero legendariofrente a él.Ese monstruo imparable.El mismo que lo había asesinado una y otra vez... ahora era solo un cadáver.
Sintió su sangre hervir.
Ira. Frustración. Humillación.
Todo explotó en un solo grito.
—¡Puto monstruo!
Pateó la cabeza de Brolycon toda su rabia, haciéndola rodar por el suelo como si fuera basura.
El ente lo observó en silencio por un segundo... y luegosonrió.
—Regresemos.
Ambos volvieron al lugar y, una vez más,Bernardoestaba reducido a un estado de alma, sin un cuerpo físico al que aferrarse. La sensación era desconcertante, un vacío absoluto que lo hacía sentir insignificante ante la entidad que tenía frente a él.
—¿Y bien...? —preguntóel ente, su voz goteando diversión maliciosa.
Bernardolo miró, pero esta vez no solo con miedo. Había algo más en su mirada, algo que hizo queel entese sintiera aún más imponente. Era una chispa diferente, una mezcla de desafío y resignación.
—¿Aceptas ser mi entretenimiento? —insistióel ente, su tono era suave, casi paternal, pero su esencia rezumaba un sadismo inhumano.
La pantalla azul grisácea apareció de nuevo frente aBernardo, con las mismas opciones:Sí / No.
Bernardofrunció el ceño, su mente acelerándose.
—Si acepto... ¿podré obtener una fuerza como la deBroly? —su voz tenía un dejo de esperanza, pero también de duda.
—Probablemente—respondióel ente, su sonrisa inescrutable.
—Probablemente... —repitióBernardo, el eco de la incertidumbre vibrando en su pecho.
—Vamos, muchacho. Has leído suficientes historias sobre sistemas —el enteextendió su mano, como si ofreciera algo intangible—.Te daré poder. No te decepcionaré.
Bernardotragó saliva. El vacío de su existencia parecía susurrarle que no tenía otra opción. Pero quizás... quizás esto era lo que realmente necesitaba.Una segunda oportunidad. Una forma de vengarse. De crecer. De romper sus límites.
El enteinclinó levemente la cabeza, su tono perdiendo la diversión superficial y tornándose gélido.
—Te lo repito,Bernardo Senz. —Esta vez no sonaba relajado, sino implacable—. ¿Aceptas ser mi entretenimiento?
El joven miró la opción resaltada frente a él. Sintió una extraña corriente recorriendo su esencia.No había marcha atrás.
Su dedo incorpóreo se movió.Sí.
Un sonido de confirmación resonó en el vacío.
—¡Felicidades, Bernardo!—exclamóel ente, su sonrisa ampliándose en una mueca cruel—.Desde hoy y hasta que el autor se aburra de escribir esta historia cliché... serás mi entretenimiento.
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