Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo de Harry Potter de J.K. Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a la autora. Yo solo los tomo, los mezclo y agrego cosas.
Aclaración: La siguiente es una historia que habla de sufrimiento y violencia de todo tipo hacia la mujer. Sugiero discreción. Aunque este fanfic está basado en el argumento de una novela turca, el siguiente Dramione tomará su propio rumbo dentro del universo de Harry Potter.
Dato: no me gusta deformar las palabras para mostrar que una persona tiene algún acento en particular, así que no lo haré. Sin embargo, siéntete libre de leer algunos diálogos con marcado acento búlgaro.
Capítulo 11: Malfoy Manor
Casa de la familia Potter – Valle de Godric
Cuando llegó a casa, luego de una redada en un viejo local aparentemente abandonado en el callejón Knockturn, pensó que tanto los niños como Ginny estarían dormidos, pero para su sorpresa, no fue así. Una muy, muy embarazada Ginevra lo esperaba en la cocina con un estofado servido en un enorme cuenco, que tenía un hechizo de éxtasis para mantenerlo caliente.
El día había sido excesivamente largo, y rastrear a un pequeño grupo de imitadores de los mortífagos no era para nada divertido. Esos pequeños engendros, aspirantes a señores oscuros, cada vez eran más tontos, lo que los hacía aún más peligrosos. Quizá él se estaba haciendo viejo, y por eso regresaba demolido luego de cada misión.
Muerto de hambre, pues solo había comido el desayuno en casa de Malfoy, se abalanzó sobre la cena en cuanto hubo saludado a su mujer y besado su vientre, sin pedir permiso. Pensó que su diligente esposa solo lo había esperado para darle las buenas noches e irse a la cama, pero no contaba con que Ginny usaría la comida como moneda de cambio.
—No, no, señor Potter. No comerás hasta que no me cuentes cómo está ella. ¿Le gustaron las prendas que compramos? ¿Eran de su talla? ¿Realmente es ella? ¿Cuándo podré verla?
Atormentado por el hambre, y a sabiendas de que su esposa podía utilizar armas mucho más poderosas que su metralleta de preguntas, decidió dejar de lado el cuenco tras lanzarle una mirada de profundo anhelo.
—Realmente es ella, pero a la vez no.
—No te entiendo —dijo, luego de hacer un mohín—. ¿Cómo puede ser y no ser?
Harry suspiró y luego se quitó las gafas para comenzar a limpiarlas con el borde de su camisa, al estilo muggle.
—Es ella físicamente, pero algo no cuadra. Antes, podía ingresar en completo silencio a una habitación y hacer que todos voltearan a verla, esperando su siguiente comentario ingenioso. Es como si su fuego y su ímpetu hubieran desaparecido.
Quizá fuera por los años que llevaban casados o porque había estado allí para acompañarlo en su dolor cuando la creyó muerta, pero Ginny pudo adivinar los sentimientos encontrados que Harry tenía al no haber encontrado a la Hermione que él había ido a buscar.
—Ha pasado por mucho. Ha crecido lejos de nosotros, es normal que no sea igual a la Hermione que recordamos.
Con un movimiento de su varita, Ginny quitó el hechizo de éxtasis al cuenco y se lo acercó a su esposo para que comiera. Al igual que su madre, solía intentar reconfortar a las personas con su comida.
—Gracias… —La primera cucharada de estofado le supo a gloria, pero aun así no logró calmar su mente—. ¿Sabes? Ella no le desea el mal a Krum. A pesar de lo que le hizo, dijo que no puede desear que muera.
—Es natural. Es el padre de la niña.
—Sí, pero la secuestró, la lastimó de todas las formas posibles y, aun así, no puede encontrar en su corazón el odio suficiente como para desearle lo peor.
Ginny puso su mano sobre la rodilla de Harry en un gesto de acompañamiento mientras pensaba en qué podría decirle a su esposo.
—Tú tampoco le deseabas la muerte a Voldemort. Él arruinó tu vida, mató a tus padres y, sin embargo, no te movió la sed de venganza cuando buscabas destruirlo. Siempre fue por un bien mayor.
—Puede ser, pero es diferente. No tuve opción. Era él o yo.
—Exacto. Hermione sí tiene opciones. Está en un lugar seguro, lejos de su influencia. Necesita sanar todas sus heridas, y detenerse a roer su odio solo la envenenaría.
Harry suspiró y se llevó otra cucharada de estofado a la boca, mientras Ginny cortaba en silencio y con minuciosidad el pan de semillas casero que él adoraba. Ambos se sumieron en un silencio contemplativo hasta que, con una sonrisa, su esposa le ofreció una rebanada para que acompañara su cena.
—Quizás tengas razón. Pero ¿qué puedo hacer? Cada vez que pienso en ese energúmeno, mi sangre hierve. Sé que no ha muerto, y solo tengo deseos de ir a buscarlo para terminar con lo que inicié en Sofía.
Ginny se llevó una mano a la boca y, quizá por las hormonas del embarazo o por el tono de voz de Harry, comenzó a llorar.
—No lo hagas, Harry. Piensa en los niños, piensa en nosotros. Saliste de allí por muy poco. Si Hermione no le desea el mal, tú tampoco debes hacerlo. Deja ir esa sed de venganza, Harry, o te pondrás en peligro.
Ver la angustia en el rostro de su esposa quebró algo en él. Ella y sus hijos eran su mayor tesoro, y por mucho que deseara buscar venganza en nombre de su mejor amiga de la infancia, debía pensar antes en su propia familia. Tarde o temprano, Krum recibiría su merecido, donde sea que se escondiera. Sabía que seguía con vida, pues de lo contrario, toda la prensa mágica ya habría informado de su muerte.
-o-
La sensación de volver a tener una varita era indescriptible. Sin embargo, los pocos hechizos que había ejecutado desde su regreso a la mansión habían sido intentos bastante frustrantes. Era como si volviera a tener once años y algo tan sencillo como un swish and flick fuera en extremo dificultoso para sus torpes manos. Era una bruja adulta, pero sus hechizos tenían la calidad de los de un niño en sus primeros intentos de hacer magia.
Resultaba curioso que, durante la huida de Bulgaria, los hechizos que había ejecutado con la varita prestada de Malfoy fueran precisos y letales, y ahora que poseía la suya propia, no lograba conjurar nada decente. Aún recordaba los movimientos y las palabras; la magia seguía vibrando en la punta de sus dedos, pero incluso una sencilla levitación de una pluma le parecía una tarea titánica.
Llevaba horas girando obsesivamente la varita entre sus manos mientras cuidaba de Enya, que jugaba con su nueva gatita en el jardín privado de Narcissa. Miraba a su hija disfrutar de su primera amiga y sentía felicidad por ella, pero a la vez la atormentaba la idea de no poder recuperar su talento en duelos a tiempo. Desde hacía un par de horas, un oscuro presentimiento había comenzado a crecer en su interior.
—Draco tenía razón, tener a esa cachorra será bueno para Wyrm…
La profunda voz masculina la tomó por sorpresa mientras observaba embelesada a Enya, que reía y huía de la persecución de Helga, su pequeña Kneazle.
—No dispare, señorita Granger. Vengo en son de paz y no represento ninguna amenaza.
Lucius Malfoy alzó las manos en un gesto de indefensión, pues instintivamente Hermione se había girado hacia él, apuntándole con su nueva varita mágica.
—Yo… lo siento, señor Malfoy. No quise… estaba distraída con Enya y… Discúlpeme, no era mi intención.
—Está bien, señorita Granger. No necesita disculparse. Narcissa siempre dice que debería ponerme un cascabel para que puedan oírme cuando me acerco.
La leve sonrisa en el rostro de Lucius fue el toque final para hacer aún más surrealista la situación. Era la primera vez en su vida que el patriarca Malfoy le dirigía más de una oración sin agregar un solo insulto entre líneas.
—Lamento haberle apuntado, estaba muy concentrada y ni siquiera oí lo que dijo al principio.
—Solo tonterías —remarcó él con un gesto que le restaba importancia al asunto—. Dije que la cachorra le hará bien a Wyrm.
Últimamente, Lucius había abandonado por completo el nombre real de su nueva "nieta" y se refería a ella únicamente por el que habían elegido para ella.
—Así es. El amor entre Helga y ella ha surgido a primera vista.
Lucius rió entre dientes.
—Me temo que incluso las mascotas aman a su hija en cuanto la conocen.
No lo dijo en tono de burla. De hecho, Hermione creyó distinguir un claro matiz de orgullo en su voz, lo que le hizo recordar lo que Draco ya le había dicho: Lucius realmente quería a Enya como si fuera su verdadera nieta.
—Gracias. Supongo que, a pesar de las circunstancias de su nacimiento, ella nos inspira amor.
—Así es. Y no es algo extraño, en realidad. Usualmente, aquellos magos cuyos nacimientos están signados por la violencia suelen ser quienes más afecto inspiran en las masas.
Al escuchar aquellas palabras y observar el rostro serio de Lucius, Hermione pensó de inmediato en Voldemort. Su expresión se llenó de miedo y preocupación, pero antes de que pudiera dejarse arrastrar por la inquietud, Malfoy se apresuró a disipar sus temores.
—Sé lo que está pensando. Sin embargo, Enya está muy lejos de ser una bruja con tendencias oscuras, y dudo mucho que alguna vez lo sea. Conoce el amor verdadero de una madre, y Draco se asegurará de que jamás sea abandonada a su suerte, obligada a usar su carisma para cuestiones profanas. Será amada y protegida hasta que florezca como la talentosa bruja que está destinada a ser.
—¡Gracias!
Una fuerza inexplicable se apoderó de Hermione al escuchar el discurso de Lucius, y antes de poder detenerse, lo abrazó con fuerza, tomándolo completamente por sorpresa.
Mientras crecía, él y su hijo fueron quienes más veces la hicieron dudar de su lugar en el mundo mágico. A lo largo de los años, la hicieron sentir como si no perteneciera realmente a aquel universo al que tuvo acceso cuando tenía once años. Y, sin embargo, ahora eran los primeros en dar un paso al frente para protegerla a ella y a su hija.
Últimamente, pensaba mucho en su padre y, salvando las distancias, aquel fugaz abrazo con Lucius se sintió como un eco lejano de su infancia, como volver a ser una niña envuelta en los brazos fuertes de quien, si aún vivía, pensaba que era Wendell Wilkins e ignoraba por completo la existencia de su hija y su nieta.
Cuando Hermione se separó, notó el gesto de espanto grabado en el rostro de Lucius y, en ese instante, cayó en la cuenta de lo inapropiado que había sido su arrebato. Su rostro se encendió de vergüenza.
—Yo… lo siento. Estoy tan avergonzada.
—Está bien, señorita Granger. No tiene que disculparse —respondió Lucius con dignidad—. Aunque espero que guarde silencio respecto a este exabrupto.
Hermione asintió rápidamente, aún sin poder creer lo que acababa de hacer.
Durante toda la conversación de los adultos, Enya había estado completamente absorta jugando con su cachorra. Helga, su pequeña Kneazle, parecía tener la misma energía inagotable que su dueña, pues ambas no habían parado desde temprano en la tarde, cuando Draco le entregó la gatita.
—Por supuesto. Le juro que no se repetirá, señor Malfoy.
Aunque Lucius creyó en su palabra, dio un paso hacia un costado, aumentando la distancia entre ambos. Se había acercado a Granger con la intención de evaluar su recién recuperado control sobre la magia, pero después de intercambiar gestos de afecto con ella, tomó una decisión inusual: hacer un buen acto, casi desinteresado.
—Si pudiera seguirme, hay algo que deseo mostrarle, señorita Granger. Mippy puede cuidar de Wyrm…
Hermione aún no terminaba de acostumbrarse al nuevo nombre que Enya había elegido, y que al parecer tanto le gustaba a Lucius, pero rápidamente entendió de quién hablaba y asintió. No veía razón para temerle al padre de Draco y rechazar su invitación podría ser visto como una falta de respeto.
—Está bien… ¿Qué sucede?
Lucius no se dignó a responder. Simplemente comenzó a caminar, alejándose del jardín privado con rumbo desconocido para Hermione. Ella, que jamás había ido más allá de las habitaciones que Draco le asignó junto a Enya, ahora seguía a ciegas al patriarca Malfoy a través de un intrincado laberinto de curvas, contracurvas, rellanos y escaleras de mármol gris.
Justo cuando estuvo a punto de darse por vencida y negarse a subir un peldaño más en aquella interminable escalera, Lucius se detuvo frente a una pared de piedra lisa, sin adornos. A simple vista, parecía idéntica a tantas otras, pero para él debía de tener un significado especial.
—Señorita Granger, imagino que conoce la existencia de la Sala de Menesteres de Hogwarts, ¿no es así?
Hermione asintió, aún recuperando el aliento tras la extensa caminata.
—Bien, entonces sabrá cómo hacer funcionar lo que pretendo mostrarle.
En cuanto escuchó aquellas palabras, su mente se llenó de alarmas, como si fuera un antiguo juego de feria que anunciaba un gran premio al dar en el blanco.
—¿Los Malfoy poseen su propia Sala de Menesteres?
La sonrisa traviesa de Lucius le recordó, momentáneamente, de dónde Draco había heredado su extraño atractivo.
—No hay rareza en Hogwarts que Malfoy Manor no posea, señorita.
—Pensé que la Sala de Menesteres era un lugar único —comentó, aún más contrariada—, invaluable… una anomalía mágica que solo existía en Hogwarts.
—Para nada. Si algo puede comprarse o conseguirse con oro, la familia Malfoy lo tendrá —replicó con aire despreocupado—. En este caso, esta sala fue mandada a construir por mi abuelo Septimus Malfoy para su segunda esposa, una mug…
Lucius se interrumpió de golpe y cambió de tema con elegancia.
—Para abrirla, solo debe dibujar una "M" con su varita sobre la pared mientras intenciona la aparición de la sala.
Aún aturdida por la revelación, Hermione obedeció. Mientras trazaba la forma con su varita, no podía evitar preguntarse cuánta magia había sido necesaria para replicar algo como la Sala de Menesteres en una propiedad privada. Si los Malfoy tenían todo lo que el oro podía comprar, ¿por qué necesitaban un lugar así? No tardaría en descubrir que, en más de una ocasión, los deseos de los Malfoy iban mucho más allá de lo que su estatus o su posición social les permitían alcanzar.
Con una última floritura, la pared se transformó en una majestuosa puerta de ébano con herrajes dorados que se abrió con un suave crujido.
—Es preciosa —murmuró Hermione, admirando la artesanía—. Su abuelo debió amar mucho a su esposa para mandar a construir algo así.
Lucius esbozó una leve sonrisa, pero su expresión se tornó distante.
—En efecto… hasta que ella fue raptada por otro hombre y desapareció para siempre, abandonando a mi abuelo y a mi padre, Abraxas, que tenía apenas dos años en ese entonces.
La manera en que Lucius relató aquella historia hizo que Hermione entendiera que profundizar en la historia familiar de los Malfoy no era una buena idea. Como en todas las familias, había secretos que era mejor no divulgar.
La verdad era que Septimus Malfoy, tras perder a su primera esposa en el parto, había quedado completamente devastado. Sin embargo, tiempo después, conoció a una joven campesina que vivía en una aldea mixta cerca de Wiltshire y se encaprichó con la idea de convertirla en su esposa. Su obsesión fue tal que llegó a enfrentarse en un duelo singular contra su propio padre, Brutus Malfoy, para obtener el derecho de desposarla.
Tras imponerse en el duelo, Septimus pagó una enorme suma de oro a la familia de la muchacha para que rompieran su compromiso con un pastor muggle y la entregaran a él, sin tomar en cuenta la voluntad de la joven. Desde el inicio, aquel matrimonio estuvo condenado al fracaso. Por más apuesto y rico que fuera Septimus, ella nunca dejó de amar al humilde pastor de ovejas que le habían arrebatado.
Fueron incontables los sobornos que Septimus Malfoy tuvo que ofrecer en el Ministerio de Magia para ocultar que había violado el Estatuto del Secreto con tal de casarse en segundas nupcias con una mujer muggle, cuyo consentimiento, por desgracia, a nadie le había importado.
Aquel matrimonio jamás fue feliz, por más que Septimus quisiera convencerse de lo contrario. A su esposa poco le importaban el oro, las piedras preciosas o los exquisitos vestidos que él le obsequiaba. Tampoco le agradaban las criaturas mágicas que su marido había puesto a su disposición como sirvientes y, mucho menos, las horas que pasaba encerrada en aquella habitación, donde Septimus la obligaba a practicar los gestos y movimientos de los hechizos que fingiría realizar frente a sus invitados mágicos.
Si bien la falta de magia de la señora Malfoy era un secreto a voces, el poder de la familia había hecho que el desliz de Septimus quedara sepultado en el olvido. Con el tiempo, la sociedad terminó aceptando la versión oficial: que su esposa era una bruja de extraordinaria belleza, pero de talento escaso.
La sala había sido construida con el propósito de permitir a cualquiera, hechicero o muggle, ejecutar magia… o al menos simularla. Y esa era la razón por la que Lucius había llevado a Hermione hasta allí.
Ingresar a la habitación requería una varita, lo que significaba que él no podía entrar por sus propios medios. Pedirle constantemente a Narcissa que lo hiciera por él le resultaba humillante; ella lo hacía por amor, pero no encontraba fascinación en ese lugar, solo aburrimiento. Para Lucius, sin embargo, era más que un simple capricho: era la única manera de sentirse, aunque fuera por un instante, como el mago que una vez fue.
—Esto es maravilloso, señor.
—Dime Lucius. Después de todo, eres mi sobrina política y madre de mi nieta.
—Lo siento… Lucius. Pero aún no entiendo por qué quería mostrarme este lugar.
Lucius bajó la mirada, contemplando los bloques de piedra oscura del suelo, tan similares a los de Hogwarts. Por un momento, pareció dudar, pero en cuestión de segundos recuperó su altivez y, extendiendo una mano, conjuró llamas azules que danzaron en la punta de sus dedos.
Hermione contuvo el aliento.
—¿Puede hacer magia aquí?
—En efecto. Nuestra Sala de Menesteres proporciona cualquier cosa que sus ocupantes necesiten. En mi caso, me otorga la ilusión de control sobre la magia. Es… como evitar mi condena, aunque sea por un breve momento.
—Pero usted…
—¿Tengo prohibido hacer magia? Así es —confirmó con serenidad—. Pero esta habitación es un secreto familiar, y espero que siga siéndolo.
El mensaje era claro: no debía mencionar aquella sala a nadie.
—Lo entiendo… aunque sigo sin comprender por qué me ha traído aquí.
Lucius sonrió con suficiencia.
—Es simple, señorita Granger. Usted necesita recuperar su vínculo con la magia. Necesita un sitio seguro para practicar y permitir que su potencial regrese a usted. Y yo necesito a alguien que abra la puerta para mí y mantenga activa la sala.
Dicho aquello, se encogió de hombros con indiferencia.
—Mi relación con Draco sigue siendo tensa. Pedirle que pase tiempo aquí para beneficiarme sería imposible. Y Narcissa… aunque me ama, no tiene el menor interés en este sitio. Se aburre.
Solo entonces Hermione comprendió que aquel gesto no había sido un acto de generosidad desinteresada.
—Entonces, ¿qué pretende?
—Sencillo: quid pro quo. Ya no poseo el don de la magia, pero sigo siendo un excelente maestro. Si está dispuesta a proporcionarme acceso a esta sala, puedo compensarle sus carencias en cuanto a formación en duelo.
Hermione entrecerró los ojos.
—Estuve en una guerra, señor Malfoy. Me enfrenté a su antiguo grupo más de una vez.
—Han pasado diez años, querida. Usted ya no es la bruja que fue… y yo no soy ni la sombra del mago que fui. Sin embargo, puedo enseñarle algo valioso.
Se inclinó apenas hacia ella, con una sonrisa de autosuficiencia.
—En un duelo, hay más que el simple "Desmaius". Fui un monstruo, señorita Granger… uno muy similar a lo que, tarde o temprano, tendrá que enfrentar. Le aseguro que le vendría bien aprender un par de trucos de este viejo criminal.
Hermione sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—El fuego no se combate con más fuego.
—No. Pero solo después de comprender el verdadero daño que puede causar, se aprende a reconocer su debilidad.
Ella desvió la mirada. No le entusiasmaba la idea de recibir lecciones de Lucius Malfoy, pero sabía que tenía razón. Viktor Krum seguía ahí fuera, acechándola, y tarde o temprano llegaría el día en que tendría que dejar de ser una damisela en apuros. Si quería vivir sin la sombra de un monstruo siguiéndola, tendría que enfrentarlo.
Tomó aire.
—Está bien. ¿Por dónde empezamos?
Lucius sonrió con satisfacción.
—Sencillo. Pida a la sala una arena de combate que le resulte cómoda y blancos lo suficientemente hábiles como para empezar.
Mientras Hermione ejecutaba el conjuro, Lucius hizo aparecer un elegante sillón y se acomodó en un rincón de la habitación. Con un gesto, transformó la decoración espartana en algo mucho más refinado: la opulencia y el buen gusto característicos de un Malfoy.
—Cuando lo desee, señorita Granger… sería prudente empezar con algunos hechizos básicos para acostumbrarse a su nueva varita.
-o-
Cuando llegó a casa, Hermione y Enya ya estaban dormidas. Madre e hija se habían acurrucado juntas en la enorme cama que él mismo había usado de niño, y solo Helga, la pequeña Kneazle, lo oyó entrar. La cachorra le dedicó un maullido suave antes de volver a dormirse, enroscando su cola alrededor de los pies de su dueña.
A pesar de que la noche no era fría, la chimenea ardía en la habitación. Draco se acercó con curiosidad, solo para descubrir que el fuego no era real, sino un encantamiento: una ilusión de luz cálida y reconfortante que iluminaba el cuarto infantil. Sonrió sin poder evitarlo. Solo Hermione pensaría en iluminar la habitación de Enya de esa manera. Eso significaba que finalmente se había familiarizado con su nueva varita.
Luego de dejar a Hermione y a la niña en la mansión, había tenido que ir a Londres a atender algunos asuntos en sus negocios, que llevaba demasiado tiempo descuidando. Pero le había resultado imposible concentrarse. Su mente volvía una y otra vez a la imagen de Hermione en Ollivanders, al instante en que una varita finalmente la había elegido.
Completar un simple papeleo le tomó horas, y su paciencia se agotó en un par de discusiones innecesarias con Blaise. Porque esa había sido la primera vez que la veía genuinamente feliz. Y aquello lo había golpeado tan fuerte que aún no conseguía recuperar el aliento. Había visto a Hermione en casi todos los estados posibles: furiosa, agotada, herida, preocupada, desafiante… pero la felicidad y la euforia le quedaban tan bien que, sin darse cuenta, se habían convertido en su nuevo motivo de vivir.
Preso de su recién descubierto instinto paternal, se acercó a la cama y acomodó con cuidado el edredón sobre la espalda de Enya. Luego, se inclinó y depositó un beso en su coronilla.
No pretendía despertarla, pero despertó a Hermione. Draco se quedó congelado cuando sus ojos, todavía somnolientos, se abrieron y se encontraron con los suyos. Ella pestañeó, sorprendida por su cercanía. Se había dormido frente a frente con su hija, y ahora Malfoy estaba a solo centímetros de distancia.
Él articuló un silencioso "Shh, lo siento, vuelve a dormir", pero ya era tarde. Hermione había perdido por completo el sueño. Con la práctica que solo los años le daban a una madre, se deshizo del abrazo de Enya sin despertarla ni a ella ni a la gatita. Luego, con movimientos suaves y precisos, se deslizó fuera de la cama. Draco la observó, ató le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que la siguiera y ambos se dirigieron al balcón.
Ambos salieron de la habitación guiados solo por la tenue luz de las llamas frías de la chimenea. Afuera, la noche era más fresca de lo esperado, y Draco, sin pensarlo dos veces, se quitó la capa de viaje y la colocó sobre los hombros de Hermione. Él podía soportar las ráfagas heladas que se filtraban a través de la mansión, pero ella no. Aún estaba luchando por recuperar un peso saludable y fortalecer su sistema inmune.
—Siento haberte despertado —dijo Draco, rompiendo el silencio luego de haberla abrigado sin pedir permiso—. Solo pasé a ver a Enya antes de ir a la cama.
—No tienes que disculparte —respondió Hermione, ajustándose la capa con gratitud—. Enya me pidió que le contara un cuento y terminé quedándome dormida con ella. ¿Lograste poner en orden los asuntos en Londres?
Ambos se sentaron juntos en un sillón de dos cuerpos, parte del elegante juego de jardín que su madre había elegido para permitir a los ocupantes de la habitación desayunar al aire libre sin necesidad de salir de sus aposentos.
—Sí. Blaise me insultó durante horas hasta que terminamos de leer, corregir, firmar y sellar cada pergamino.
—¿Por qué? Dijiste que sería un trabajo sencillo, pero acabas de regresar.
—Solo estaba distraído. Nada importante. —Draco desvió la mirada con un encogimiento de hombros—. ¿Y tú? ¿Cómo estuvo tu día?
—Bien. Al principio, la varita se negaba a ejecutar buenos hechizos, pero luego tu padre se ofreció a darme algunas instrucciones. ¡No sabía que tenían una Sala de Menesteres privada!
Draco dejó de fingir interés y su expresión se tornó genuinamente preocupada.
—Sí… pero no es motivo de orgullo. —Su voz se volvió más tensa—. ¿Así que te usó para poder hacer magia otra vez?
Hermione reconoció de inmediato el matiz en su tono. Sabía que no estaba molesto con ella, sino con Lucius. No le gustaba que su padre la hubiera llevado hasta allí, y mucho menos que le hubiera dado instrucciones.
—Lo veo justo. Yo no lograba dominar mi varita y él me llevó a un sitio donde sí pude. No veo qué hay de malo en dejarlo estar en un lugar donde pueda olvidar su condena. Creo que esa sala fue construida por amor, y dejarla morir en el olvido sería un sacrilegio.
Draco soltó un chasquido con la lengua.
Hermione lo miró, confundida.
—¿Construida por amor? —repitió, incrédulo.
—Sí… Lucius me contó un poco sobre la historia de tus bisabuelos. Es triste lo que sucedió. Debió de ser muy difícil para tu bisabuelo perder a su esposa, raptada por un extraño.
Draco suspiró con exasperación y desvió la vista hacia los jardines, donde la brisa nocturna agitaba las copas de los árboles.
—Lucius te mintió. Mi bisabuela no fue raptada, Hermione. Huyó en cuanto tuvo la oportunidad.
El desconcierto cruzó el rostro de Hermione como una sombra.
—No lo entiendo…
Y Draco odió ver la desilusión en sus ojos. Después de todo lo que ella había vivido, buscaba encontrar belleza en cada historia, en cada rincón donde aún pudiera haber algo bueno. Pero esta vez, no había belleza en la historia que Lucius le había contado.
—Septimus Malfoy dejó morir a su primera esposa durante el parto. Los medimagos le dieron a elegir entre ella y el niño, pero él decidió que el bebé era más importante y ordenó que le abrieran el abdomen como si fuera una res. Desafortunadamente, ambos murieron.
Hermione se llevó una mano a la boca, intentando reprimir su expresión de horror. Draco tomó su otra mano con firmeza, ofreciéndole un ancla ante la crudeza de la historia.
—Aún no se habían enfriado los cuerpos cuando Septimus salió de paseo a caballo y, en medio del campo, vio a una jovencita muggle de extraordinaria belleza. Se obsesionó con ella al instante y movió cielo y tierra para traerla a la mansión, aunque ella ya estaba comprometida con otro hombre.
La historia la golpeaba en oleadas, cada detalle más escalofriante que el anterior.
—El odio ancestral hacia los muggles y los sangre sucia nació en tiempos de mi bisabuelo, Septimus —continuó Draco, con una mueca amarga—. Fue él quien enseñó a su hijo mestizo, Abraxas, a odiar su verdadero origen y a ocultarlo a toda costa.
Hermione tragó saliva, sintiendo un peso en el pecho.
—Cuando logró traerla aquí, se dedicó a convertirla en la esposa perfecta, la obligó a pasar horas en esa sala hasta que aprendió a fingir ser una bruja. Mi abuelo Abraxas nació poco después, y ella casi muere en el parto. Durante años, su prometido nunca dejó de buscarla. Hasta que un día, no sé cómo, descubrió la ubicación de la mansión. Esperó pacientemente hasta encontrarla… y huyeron juntos sin mirar atrás.
Hermione cerró los ojos un instante, sintiendo el eco de la tragedia en cada palabra.
—Lo siento tanto… —susurró.
—Yo no —respondió Draco con frialdad—. Simplemente no pienso en ello. Es un secreto familiar. Lo sé porque Abraxas contaba la historia una y otra vez mientras agonizaba por la viruela de dragón. En sus últimos momentos, llamaba a su madre y maldecía al muggle que se la llevó. Cuando crecí, indagué en los archivos familiares y descubrí la verdad.
Un largo silencio se instaló entre ellos. Durante casi un minuto, permanecieron así, con las manos entrelazadas.
—Como ves —continuó Draco finalmente—, ningún Malfoy es bueno. Ni Septimus, ni Abraxas, ni Lucius… y mucho menos yo. Y, por si fuera poco, nos jactamos de una pureza de sangre que ni siquiera tenemos.
Hermione lo miró con intensidad. Desde que se reencontraron, él había demostrado, una y otra vez, que era más que los fantasmas de su apellido. Quizá no perfecto, quizá aún marcado por su pasado, pero sin duda un hombre capaz de hacer el bien.
—Mi hija ahora es una Malfoy —dijo con suavidad—. Y tú nos salvaste.
Draco sonrió.
—Sí, pero se parece más a ti. Y yo no te salvé, Hermione. Tú te salvaste a ti misma… Yo solo estuve en el lugar y el momento equivocado.
Ella abrió la boca para protestar, pero decidió dejarlo estar. A veces, era mejor no discutir con Draco Malfoy.
—Es una locura, ¿no? —dijo, cambiando el tema con una sonrisa nostálgica—. Quién hubiera pensado que tú y yo, de entre todas las personas, afirmaríamos tener una hija en común.
—Tenemos una hija en común —sentenció él con firmeza—. No tiene mi sangre, pero es tan mía como tuya. Y no pienso discutirlo. Ya sabes, soy un Malfoy… y no comparto.
Ambos rieron, relajando un poco la tensión del momento. Pero entonces, Draco tomó aire profundamente y, por primera vez en mucho tiempo, decidió dar un salto de fe. Necesitaba sacar aquello de su sistema, necesitaba enfrentarlo. Se desharía de su compromiso, de Aubrey… pero antes, Hermione tenía que saber la verdad.
—¿Puedo confesarte algo?
—Por supuesto. Creo que ya dejamos atrás las tensiones y los secretos —bromeó ella, aunque en el fondo sintió un pequeño nudo de inquietud—. Me acabas de contar tu secreto familiar. Admitir que no eres un mago de sangre pura es toda una hazaña.
Draco sonrió con desgana.
—Sí, pero esto es diferente. Esto podría afectarte. Podría cambiar todo entre nosotros.
Hermione frunció el ceño.
—Ponme a prueba.
El cálido brillo de su sonrisa, reflejada en la luz de la luna y las estrellas, le dio el valor que necesitaba. Le tomó ambas manos y se giró para enfrentarla, aún sentados.
—No quiero que sientas presión, ni que creas que debes decir o hacer algo. Sé que es demasiado pronto, pero no puedo seguir ocultándolo.
—¿Qué cosa? Dímelo.
Draco desvió la mirada. No podía sostener el contacto visual con Hermione; ella lo miraba con tanta expectativa, con tanta confusión, que por un momento sintió que se acobardaría.
—Mis sentimientos hacia ti han cambiado.
Hermione parpadeó, sin estar segura de haber escuchado bien.
—Llegué a un punto en el que ya no puedo decir que eres solo alguien a quien ayudé, ni que te veo como una simple excompañera o incluso como una amiga. Me he involucrado, quizá demasiado.
El tono de su voz era sereno, pero su agarre en las manos de Hermione delataba su nerviosismo.
—No solo daría mi vida por Enya —continuó—. Mentiría si dijera que no daría todas mis cámaras en Gringotts por pasar veintitrés horas al día con ella… solo si la hora restante pudiera estar contigo. Solo los dos.
Hermione sintió su corazón desbocarse en su pecho.
—Draco…
—Lo sé. Ha pasado tan poco tiempo desde que saliste de ese infierno. Sé que mis sentimientos no deberían importarte… pero no puedo evitar sentir que, sin ti, mi vida jamás volvería a tener sentido.
Las lágrimas brotaron de sus ojos antes de que pudiera detenerlas. Había dado su palabra a Narcissa de que no alentaría ningún tipo de acercamiento con Draco, de que respetaría su compromiso con Aubrey… pero su confesión estaba resquebrajando rápidamente su voluntad. Las emociones que él había despertado en ella la abrumaban, pero sus miedos seguían siendo más fuertes.
—Lo siento —dijo Draco de inmediato—. No quería hacerte sentir mal. Comprendo si no correspondes lo que siento. Prometo ser tu amigo el tiempo que lo necesites.
—No es eso…
Hermione ahogó un sollozo, tratando de mantenerse firme.
—¿Entonces?
Ella cerró los ojos, reuniendo el coraje para hablar.
—Todo eso que sientes… yo también lo siento.
Draco contuvo el aliento.
—Pero han pasado demasiadas cosas, Draco. No es correcto.
—¿Por qué lo crees?
Ella apartó la mirada.
—Porque tú mereces una mujer completa. Una que pueda gritar lo que siente por ti sin miedo a que sus fantasmas la alcancen.
Draco frunció el ceño.
—Hermione…
—Mereces a alguien que pueda darte los hijos que deseas, que no se paralice con cada sombra o se estremezca con cada ruido extraño. Aubrey es esa mujer. Ella no está rota como yo.
El silencio que siguió fue pesado, pero los ojos de Draco brillaron con determinación.
Hermione aún no lo sabía… pero él jamás la dejaría creer que estaba rota.
—Ella no me interesa en lo absoluto, Hermione. No es tú. No deseo nada de ella.
Draco dio un paso adelante, sin invadir su espacio, pero con la firmeza de alguien que ya había tomado una decisión irrevocable.
—Tú, en cambio, ya me has dado lo que más deseaba… Me has permitido ser el padre de tu hija.
Hermione sintió que su respiración se entrecortaba, pero él continuó, con una voz que no temblaba ni vacilaba.
—Alguna vez tuve una mujer que gritaba su amor por mí… mientras puertas adentro me engañaba. Yo no necesito declaraciones grandilocuentes. Solo necesito que sea verdad.
Hermione desvió la mirada.
—Tú eres mucho más mujer que todas ellas juntas —sentenció él—. Conoces el camino al infierno y has regresado de él. Has visto mis demonios, te los he dejado ver… y, aun así, puedes convivir con ellos.
Se inclinó apenas hacia adelante, buscando su mirada.
—Dime, ¿qué más podría querer? Dame razones para pensar que esto no es lo correcto.
Pero Hermione ya no podía mirarlo. Durante su declaración, se había alejado a la fuerza, abrazándose a sí misma como si la capa que él le había puesto sobre los hombros pudiera protegerla de una verdad demasiado grande para sostener.
—No lo sé… —susurró. Tragó saliva y cerró los ojos antes de soltar lo que más la atormentaba—. ¿Una mujer que pueda entregarte su cuerpo sin pensar en las manos que la han lastimado antes?
Draco sintió algo desgarrarse dentro de él.
Se acercó, lo suficiente para que ella pudiera oírlo sin que su voz despertara a Enya… pero no la tocó. No quería que se sintiera acorralada.
—¿En serio esa es tu única razón? ¿El sexo?
—Sí —dijo ella con amargura—. Eres hombre, tienes necesidades. Lo físico es importante.
—Sí —admitió él—, pero no soy un cerdo.
Hermione sintió su corazón detenerse un segundo.
—Lo físico no es nada sin lo que verdaderamente importa —continuó Draco—. Si me amas, podría ser felizmente célibe. No es tu cuerpo lo que necesito, Hermione. Entiéndelo. No es eso lo que me desvela.
Los ojos de Hermione brillaban con una emoción que no podía nombrar.
—¿Es verdad?
Draco sonrió con una dulzura que pocas veces le había visto.
—Jamás fui tan sincero —susurró—. Podría conformarme con solo tomar tu mano… o abrazarte por el resto de mi vida.
Y, entonces, abrió los brazos. No hubo más palabras.
Hermione dio un paso al frente y se encajó en ellos como si realmente hubiera sido creada para estar allí.Draco la sostuvo con una suavidad reverente, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra el suyo.Y en ese instante, supo que nunca más podría dejarla ir. Estaba total y completamente enamorado de esa bruja.
-0-
Esa tarde, después de su turno en la Sala Janus Thickey de San Mungo, Narcissa la había invitado a tomar el té en una de las pastelerías más nuevas y distinguidas del Callejón Diagon.
Su futura suegra simplemente apareció en la recepción del hospital y esperó pacientemente hasta que ella terminó su jornada. Mientras aguardaban su turno para utilizar la Red Flu, se preguntó qué motivo tan misterioso la había llevado a buscarla en persona. Por suerte, no tardó en descubrirlo.
Narcissa había llevado consigo un enorme libro repleto de notas, muestras de tela, flores mágicamente preservadas e ideas para pasteles, como si estuviera organizando la boda de un gran rey muggle. Más tarde descubriría que su suegra soñaba con una celebración majestuosa para las segundas nupcias de su único hijo y, sin esperar consulta, había tomado la iniciativa de planificar cada detalle con precisión obsesiva, hasta el último punto del bordado en el ajuar nupcial.
Al principio, aquello no le importó en absoluto. Ella y Draco ya habían acordado que su boda sería un trámite sencillo, solo papeleo. Luego, cada uno seguiría con su vida hasta que llegara el momento de buscar un hijo, al que criarían con esmero pero sin las presiones de una familia afectuosa.
Pero... y ese era un gran "pero".
Cuando Narcissa terminó de desplegar su fastuosa planificación, su lado más romántico despertó como una bestia dormida. Las mariposas atrapadas en su estómago rompieron sus pupas y comenzaron a revolotear sin control.
Un vestido majestuoso, con una cola de seda bordada con cabellos de veelas. Su abuelo tomándola del brazo y guiándola por un camino de pétalos de rosas blancas. Cientos de hadas iluminando los jardines de Malfoy Manor. Brujas de Beauxbatons murmurando con envidia al verla engalanada con las joyas familiares de Draco, resplandeciendo a la luz de velas encantadas mientras bailaban el vals. Una niña de las flores —quizá la hija de él— llevando las alianzas forjadas por los elfos. Un pastel de bodas tan alto que necesitarían levitarlo para cortarlo. Y, como broche de oro, una luna de miel en la Provenza, en una cabaña solitaria perfecta para engendrar al futuro heredero de los Malfoy.
Un novio estoico en sus mejores túnicas bordadas en plata y oro, derritiéndose por dentro al verla caminar hacia él. Un matrimonio lleno de amor. Niñitos corriendo por los pasillos de la mansión.
Narcissa había implantado todas esas ideas en su mente… y ahora no podía sacarlas.
Esa noche, mientras daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, se sorprendió a sí misma haciéndose una pregunta que jamás pensó que llegaría a formular:
"¿Qué color sería más bonito para los manteles de la recepción?"
Las innumerables ideas que habían comenzado a anidar en su mente la hicieron dar vueltas sin sentido en la cama hasta que, finalmente, se dio por vencida. Por muy cansada que estuviera, no lograría dormir. Así que decidió salir a tomar un poco de aire en su balcón. Tal vez así encontrara algo de calma y lograra conciliar el sueño antes de que llegara la hora de volver al trabajo.
La noche era cálida, pero Aubrey sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando salió al balcón de la mansión. La brisa agitó suavemente su camisón de seda mientras apoyaba los codos sobre la baranda, observando el extenso jardín iluminado por la luna. Narcissa había sugerido aquel espacio para la ceremonia, y podía imaginar claramente la distribución que ella había pensado. Un gazebo aquí, una fuente allí, el pastel más allá…
Y entonces los vio.
A lo lejos, en un balcón distante, Draco sostenía las manos de Hemera Black entre las suyas y la miraba como si fuera la única cosa que le importaba en el mundo.
Aubrey no podía escuchar lo que decían, pero la escena hablaba por sí sola. La manera en que él la miraba, con esa mezcla de devoción y entrega absoluta, era una expresión que ella nunca había visto en otro hombre antes. Un dolor sordo se instaló en su pecho. La idea de perder a Draco, aun sin haberlo tenido jamás, ya no era una posibilidad: era una realidad.
Sus padres los habían comprometido, después de todo, y Narcissa estaba ansiosa por la boda. Pero ahora, mientras observaba cómo él se inclinaba hacia Hemera con un cuidado casi reverencial, entendió la verdad de una forma cruel e irrefutable: Draco nunca la amaría. Él solo cumpliría con el designio de sus padres, mientras que, secretamente, seguiría amando a la mujer que le había dado una hija. Nunca la querría, no como amaba a Hemera.
Sintió la garganta cerrarse y un ardor en los ojos que se negó a aceptar como lágrimas.
Porque no era solo el utópico amor de Draco lo que estaba perdiendo. Era la promesa de un futuro, la seguridad de un apellido, la certeza de pertenecer a algo más grande que ella misma. Era la humillación de ver lo que en realidad ya sabía. Había sido elegida como esposa trofeo, como una mujer a quien presentar en una cena de empresa, mientras, puertas adentro, él seguía enamorado de esa hermosa pero triste bruja. Lo comprendía todo. Hemera Black simplemente existía. Y eso había sido suficiente para que Draco lo entregara todo.
Aubrey apretó los puños, clavando las uñas en sus palmas. Se obligó a enderezarse, a respirar hondo.
Había llegado a esa casa sabiendo que su esposo no la había elegido y que, por supuesto, no la amaba, pero se negaba a ser una pantalla. No daría la coartada para que los amantes trágicos vivieran su idilio mientras ella solo cumplía, puertas afuera, con el contrato nupcial.
Tenía dignidad.
Lucharía por un matrimonio real o se iría sin mirar atrás.
No quería medias tintas y lo dejaría muy claro.
Por supuesto que lo haría.
-o-
Sofía - Bulgaria
Despierto con una sacudida. Había estado cayendo durante mucho tiempo y, de repente, me detengo. No me duele, pero me inquieta. Mis miembros están entumecidos y la sábana bajo mi cuerpo produce rozaduras en mi piel nueva. Sé lo que le pasó a Hermione. Sé que fue ese estúpido de Malfoy quien, intentando desafiarme, creyó que podía robar lo que era mío. Y Harry Potter, siempre tan insensato, se unió a ese remedo de mago para entrar en mis dominios y robar a mi esposa. Tan seguro de su moralidad, tan seguro de ser un "héroe" que no puede ver lo que yo ya supe desde el principio: nadie le quita nada a Viktor Krum. Nadie.
Hermione, mi mujer. Todo su sufrimiento, todo su dolor, me alimenta. Me excita. No me importa que me odie. No me importa que desee escapar. Cada sollozo, cada mirada vacía que lanza hacia mí me confirma algo que ya sabía: su sufrimiento es inevitable. Puede intentar resistirse todo lo que quiera, pero nada cambiará el hecho de que le he dado un lugar en mi vida, y nada la hará salir de allí. Es mía, mía, y ningún Malfoy cambiará eso.
Por pura fuerza de voluntad, salgo de la cama y a tientas me acerco al tocador que ella siempre evita, solo para comprobar en el espejo lo que ya sabía. El maldito hechizo de Potter me ha dado de lleno, dejando mi piel hecha jirones. Hace que mi aspecto externo refleje al monstruo que vive dentro de mí.
Golpeo el espejo, rompiéndolo en mil astillas que hieren mis manos y alertan a mis hombres de que he despertado. Debería preocuparme por la sangre de mis nudillos, pero no lo hago. Solo puedo pensar en que Hermione aún no entiende que no puede escapar de nuestro hogar, del lugar que construí para ella. Esa desagradecida. Ya no es una cuestión de amor, es una cuestión de honor. Desagradecida. Se atrevió a buscar una salida y no puedo permitirlo.
Dejo que el medimago que traen mis guardias me atienda mientras, en silencio, pienso en ella. En su cuerpo, en su olor, en el sabor metálico de sus labios cuando me obliga a morderla para conseguir lo que deseo.
Pienso en el dolor en sus ojos, la frustración en sus palabras. Eso solo me hace sonreír. Yo soy la realidad que nunca quiso aceptar, y yo disfruto cada segundo de su agonía. La gente siempre piensa que se puede luchar contra algo como yo, pero soy la pesadilla que nadie puede evitar. Soy el lugar en el que te pierdes, el final inevitable. Soy Viktor Krum.
Hermione nunca será lo que quiere ser, nunca podrá permitírselo. Ya está rota, yo la rompí, y soy el único que conoce los hilos que deben tirarse para que vuelva a ser el títere del que disfruté por años. El único que tiene el poder de hacer que cada segundo de su vida sea más y más doloroso.
Hermione… esa puta, mi puta. La he tenido, la he tocado, la he marcado, y ahora me la han robado. He hecho que alumbre hijos para mí, y eso nadie puede borrarlo. No puedo soportarlo. No lo voy a permitir. No importa lo que tenga que hacer. Ningún maldito Malfoy, ni nadie, me va a quitar lo que me pertenece. Ninguno de ellos sabe lo que es desearla como yo. Nadie ha visto su sufrimiento, nadie ha sentido lo que yo siento al saber que ella está fuera de mi alcance.
El odio crece dentro de mí como una marea negra. Me la robaron, pero eso no va a durar. Ella es mía. Cada uno de sus gemidos, cada mirada desafiante, cada segundo que ella se resiste, me hace desearla más. No la quiero porque la ame, no. La quiero porque es mía.
Sé dónde está, Malfoy la tiene. Puedo sentirla. La siento en mi piel. Mi mente la busca, la quiere, y el deseo crece como una maldición. Suspiros, gritos, recuerdos de lo que alguna vez fue mío. No me importa lo que ella piense. No me importa si me odia. Eso solo me excita más. Solo puedo imaginar lo que le haré cuando la tenga otra vez bajo mi control. Malfoy deseará estar muerto cuando lo haga presenciar nuestro reencuentro.
Lo haré. No hay nada que me detenga. La quiero allí, delante de mí. Desnuda, vulnerable, suplicante. Cada centímetro de su piel bajo mis dedos, y yo tomando lo que me pertenece. No la dejaré escapar. Nadie más la tocará, nadie la tendrá. Solo yo. Porque en cuanto la recupere, será mía para siempre.
Y cuando lo haga, no será por amor, ni por algún retazo de bondad. Será por el simple hecho de que me pertenece. Me ha pertenecido desde el primer instante en que la vi. Hermione, esa hermosa traidora, esa mujer rota. La romperé aún más, si es necesario. Pero cuando vuelva a mis manos, será solo mía. Y ese pensamiento, ese poder sobre ella, me excita de una forma que ni siquiera puedo describir. Nada ni nadie va a detenerme. Porque la deseo. Y la recuperaré
-o-
N.a: ¡Regresé! Después de unos días agitados, al fin tuve tiempo suficiente para editar la historia. Vamos avanzando. Hay varios frentes abiertos y, por supuesto, yo también quiero descubrir hacia dónde nos dirigimos. Amo cada mensaje que dejan y sufro cuando no puedo actualizar con la frecuencia que desearía. Sin embargo, no hay día en el que no vaya formando la historia en mi mente para luego volcarla en el Word donde escribo. Espero que este capítulo les haya gustado tanto como a mí y, como siempre, ¡nos leemos pronto!
