Capítulo 11: Bruja.

Pasé el día anterior a nuestra partida con mi querida y hermana. Cassandra era (sí, otra vez) una chica complicada, y eso solo si la mirabas con un ojo tapado. Una parte de mí sabía que había cometido un error al aceptar su oferta, aunque siendo justos nunca fue una opción para empezar; más bien un «me ayudas o me ayudas». Considerando los hechos bajo ese punto de vista, tal vez hubiese sido bueno que pelease por conseguir un poco más que solo obligarla a ser mi maestra sustituta; empujar sus límites, jugar al tira y afloja, ya sabes. Cuánto hubiese sido mucho para la fanática número uno de Rufford era una muy buena pregunta, pero la composición de mi dentadura no estaba tan de acuerdo con ello. Quiero decir, ya se me habían caído casi todos los de leche, tenía que cuidar los nuevos como su fuesen de oro. Incluso con toda la magia y el misticismo que rodea a este mundo, dudo mucho que los dentistas fuesen un poco más confiables que los que teníamos en casa, lo cual ya es decir mucho.

Pero volviendo al tema inicial, no estaba muy lejos del punto de partida en lo que a esta señorita se refería. Las pocas respuestas que tenían eran vagas y no muy confiables. Prácticamente toda nuestra confianza se sostenía sobre el supuesto pacto que tanto glorificaba. Pero de nuevo, no estaba en posición de quejarme. Me gustase o no, ahora estábamos en el mismo equipo. Lo cual me lleva de regreso al primer gran problema…

—Eres tú. Tú eres el problema —declaró sin dudar.

Frente a mí yacía la imagen de la distinguida muchacha joven de cabellos blancos, sentada en canasta sobre la nieve mientras su desinteresado atisbo me juzgaba. En una mano sostenía una piedra sonora, pasándola entre sus dedos una y otra vez mientras contemplaba el dilema presente. Y ahí estaba yo, observándola y tratando de entender el intrincado puzle de razones que suscitaba sus labios.

—Tratas de manipular algo que no comprendes. Quieres aprender magia pero no sabes qué es la magia para empezar. Es como tratar de correr si saber mover las piernas.

—Bueno… No es que sea un concepto muy transparente —repliqué con lo evidente—. ¿Se supone que debo saber algo?

—De nuevo, es a esto a lo que me refiero. Mira, deja que te lo explique de forma en que entiendas… Eres un idiota.

Tras esto su voz descendió hacia el silencio. Fruncí el entrecejo a la espera del ejemplo que jamás llegó, o mejor dicho, que pasó frente a mí sin que pudiese verlo. Su mirada inamovible no ayudó en lo más mínimo, solo consiguiendo incomodarme más y más a medida que los segundos corrían. Y tras severos momentos, regresó con reitero:

—Eres un idiota, un tonto iluso. ¿Entiendes eso?

—Uh… Sí… ¿Creo…? Bueno no, ni idea en realidad.

—Claro que lo entiendes —me sonrió con burla—. Son solo palabras. Entiendes lo que digo, entiendes que acabo de insultarse porque conoces su concepto, su significado y base tangible. Sabes qué es un idiota, sabes que es algo malo y por eso debería ofenderte; «acción, reacción», «causa y efecto». ¿Me sigues?

—Eeeeeeh… eso creo. En parte.

—Piensa en lo que estamos haciendo ahora. Conversando. La magia no es muy distinta a eso; yo digo algo, tú me entiendes y respondes en función a ello. En lo que a conjurar se refiere, no es otra cosa que una conversación con tú y el mana de tu cuerpo. ¿Más claro esta vez?

«Creo que se me reventaron un par de neuronas.»

—A ver… En síntesis, si lo que quiero es disparar fuego por los dedos, lo único que necesito hacer es pedírselo a la mermelada mágica que tengo adentro.

El semblante de Cassandra se arrugó un poco al oír aquello, pero su sonrisa no desapareció.

—Vas… bien encaminad, sí. De todas formas es una explicación demasiado simplificada. Podría entrar en detalles como el concepto de «poder mágico» o las distintas «maneras de entonación», pero no necesita nada de eso. Por ahora, céntrate en lo que funciona.

—Bueno, pasemos a lo bueno entonces —golpeé las palmas poniéndome serio—. ¿Cómo converso con este supuesto mana?

Una carcajada escapó de sus labios. Me imagino que para ella habrá sido como oír la acusación apresurada de un niño pequeño; que en parte no deja de ser verdad, pero supe valorar el respeto que decidió mostrarme.

—De vuelta al inicio. ¿Cómo puedes comunicarte con algo que desconoces? ¿Qué es el mana para ti? Explícalo con tus palabras.

Suspiré, tomando unos momentos para buscar las palabras indicadas para expresar mi basto conocimiento en el tema. Después de tantas horas estudiando con Fitts, estaba seguro de que podía ofrecer una respuesta más que concisa. Qué equivocado estaba.

—Es como… mermelada mágica. La cosa que usas de combustible para hacer cosas… ¿No?

No pude evitar ponerme rojo de vergüenza. Estoy seguro de que decir una cosa así en público acabaría conmigo siendo quemado en la hoguera en muchos lugares del mundo. Para mi buena fortuna, la paciencia de Cassandra sirvió para que encontrase la gracia en la salvajada que entró por sus oídos; esto, o tal vez solo quería reírse en mi cara.

—Bueno… Algo así… No estás del todo errado. Pero, solo para estar seguros, deja que te lo explique mejor.

A la orden de sus palabras, vi su figura reincorporarse y limpiar la nieve de su traje. Extendió un brazo frente a mí, y alargando dos dedos de su otra mano, empezó a trazar una línea a lo largo del mismo; desde su muñeca y subiendo en dirección al hombro.

—Imagina por un momento el caudal de un río. El agua fluye a través de este de manera constante y sin control, cambiando, rompiendo, fluctuando y transformándolo a cada instante. Para nosotros, seres humanos, ese caudal es invisible, pero no por eso inexistente. Está presente en todos los aspectos de nuestro entorno; en la tierra, los árboles, los seres vivos, incluso en el propio aire que respiras.

Tras esto, su cuerpo empezó a moverse con movimientos suaves y precisos. Sus extremidades se alargaban y contraían, iban y venían en una danza tan tranquila como meticulosa. Mantenía en todo momento su velocidad, controlando a la perfección el manejo de sus músculos. Era como ver a una bailarina danzando, y escucharla era como la voz de un poeta expresando su pasión por el arte.

—Entendemos el mundo que nos rodea por el valor de sus partes; les asignamos nombres, categorías, conceptos que solo existen para fragmentarlo. Pero la realidad es que estamos más unidos de lo se cree. Somos hijos del mana, nacemos vivimos, morimos y volvemos a él una y otra vez.

Pude sentir la dedicación depositada en cada palabra, en cada movimiento, giro, y estrofa. Incluso si no era capaz de entender gran parte de lo que decía, me sentí atrapado por la manera en que se expresaba. Me fue imposible quitarlo los ojos de encima, mas no por desconfianza esta vez, sino por genuino interés. Durante ese momento, el poco tiempo que duró aquella demostración de pasión, llegué a olvidar quién era la persona que tenía delante. Tal vez fuimos los dos quienes lo olvidamos, o mejor dicho, dejó de importarnos.

—Es nuestra mente la que nos divide, la que limita nuestras capacidades. Es energía, sí, pero también es vida, y sobre todo una entidad con mente y entendimiento propio. Es por eso que podemos comunicarnos con ella…

Una vez acabó, Cassandra regresó a su postura usual. Ofrecí un aplauso acompañado de una pequeña sonrisa, cosa a la que respondió con un pequeño rubor en el rostro. Y tras esto limpió su garganta, infló pecho, acomodó sus ropas y se dirigió a mí con su frialdad rutinaria.

—Lo siento… me dejé llevar. ¿Se entendió mi punto?

«Mierda hippie de la buena.»

—Rio de energía, todos conectados, mambo místico, movimiento de trasero; lo tengo.

Ese último comentario si me acabó ganando un puñetazo al hombro.

—Acordamos mantener cierta seriedad en el asunto, querido Fil…

—Perdón, mala mía. Por favor continúa.

Tras una larga e incómoda mirada represiva, se me fue lanzada de regreso la piedra sonora, misma que casi se cae de mis manos al intentar atraparla.

—Bien, entonces, tu primera ejercicio. Canaliza el maná hacia la roca. Es algo básico, si entendiste lo suficiente no debería representar un problema.

—¿Algo básico? —arqueé una ceja—. Pensé que lo básico para los magos era recitar hechizos.

—Sí, y no estás del todo equivocado en ello. Sin embargo, esa es la manera «convencional» para aprender magia. Se podría decir que estamos tomando el camino más eficiente, que además resulta ser el más largo —concluyó tanteando la punta de mi nariz con el dedo índice—. Es más, examen sorpresa. Ya que sabes cómo se produce un hechizo, ¿qué está haciendo al recitar uno?

Tardé unos instantes en razonar esto, pero no fue muy complicado ver a donde quería llegar.

—¿Una petición?

—Bien, y si lo que hace es pedirle algo a tu mana, ¿qué sería mejor? ¿Repetir frases como un loro y obtener siempre el mismo resultado, o poder demandar bajo tus términos y condiciones?

Fue entonces cuando me golpeó; la idea, no ella, por suerte. Fue el culatazo de salida que me ayudó a unir los puntos en mi cabeza. Todo era muy distinto a lo ya visto con Fitts, pero a su vez había conceptos que podía asociar con otros más complejos. Aunque creo que la definición indicada sería, «compuestos».

—Son las bases más primitivas —señalé como si hubiese descubierto la pólvora—. No es la forma en que Fitts la práctica, es… «magia en su punto más básico».

Sus ojos se iluminaron al oír aquello, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Como recompensa, recibí otro toque en la nariz y una palmada en la cabeza.

—Correcto. Podría decirse que… es la manera en que se estudiaba magia en la antigüedad. Los precursores de esta técnica fueron quienes crearon el método de la conjuración, facilitando así su diversificación y el acceso a las nuevas generaciones. PERO, esto también entorpeció el potencial de sus estudiantes. Pero no me hagas caso, eso es teoría avanzada. Por ahora solo céntrate en tu piedra.

Entrecerré la mirada ante la burla presente en su tono, mas no me quejé. Tras esto, su figura volvió a hacer alarde de su gallardía al alargar cada paso hasta posicionarse en un lugarcito junto a mí; más cerca de lo que cómodamente aceptable. Tomó asiento sobre la nieve, apoyándose contra mi brazo y descansando su cabeza en mi hombro.

Eran estos momentos los que más me hacían entrar en conflicto. Ahí estaba ella, quien sin miramiento se presentó una y otra vez como mi verdugo, mostrando un atisbo más que cariñoso y… intimo. Y como idiota yo, que con cada día que pasaba más me acercaba a la horrible etapa conocida como «la pubertad», me sentía incapaz de desprenderme de los efectos que su cercanía provocaba.

—¿Alguna pregunta? —musitó con calma.

Suspiré, frotando mi frente con una palma mientras recogía los pedazos de cada pensamiento.

—Sí, pero no precisamente sobre la magia.

—Mmmh… —asintió, tal vez viéndose venir la incógnita.

—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? Quiero decir… Sabes muy bien a donde vamos a parar, y peor… lo qué somos y… bueno, en realidad todo lo que hacemos está mal.

Una carcajada desganada escapó de su garganta.

—Tienes dudas. Está bien, no eres el único, Filiu querido. En realidad yo tampoco lo entiendo. Padre me habló tanto sobre ti… Bueno, más bien les habló a todos sobre ti.

—Me imagino que no fueron cosas buenas.

—No, pero eran palabras de miedo —esbozó con cierta frialdad—. Él te odia. Te desprecia con locura. No puede creer que hayas escapado de él durante tanto tiempo… Puede que se le haya olvidado que eres su sangre.

Y de repente lo sentí. Su mano se movió a lo largo de mi brazo, acariciando el bordado de la gabardina. Noté el sentimiento que había allí, noté su mirada y entendí lo que estaba pasando por su cabeza. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando aquella imagen sucia e impía pasó frente a mis ojos; fue apenas unos momentos, pero lo suficiente para dejar marca.

Tras esto se alejó un poco. Marcó el terreno entre nosotros a la par que su atisbo volvía a la indiferencia.

—Es por esa misma razón que quiero ver si mis expectativas son correctas —realzó el tono.

—Ajá, ¿y esas expectativas son…?

—Altas. Muy altas, en realidad.

Ahí estaba de nuevo. Indiferencia; un gesto frío y desinteresado que parecía ignorar lo ocurrido hace segundos. ¿Qué se suponía que dijese? ¿Cuál era la reacción indicada con alguien así? Yo te voy a decir cuál era. Ninguna. Y como nada de lo que dijese iba a estar bien, simplemente dejé salir lo que pensaba.

—Dios me libre, qué mal de la cabeza, mujer.

—Oh, no voy a negar eso, pero sería hipócrita de tu parte pensar que no nos parecemos en nada. Después de todo, las grandes mentes piensan diferente, querido Fil.

No mencioné nada de esto, pero no le resté importancia. En su lugar pasé a levantarme y sacudir la nieve de mis pantalones.

—Oh, una última cosa —señaló alzando la mirada—. ¿Te importaría pasar un rato más junto a tu querida hermana? Hay una ultima cosa que me gustaría mostrarte antes que desaparezcas; relacionado al entrenamiento, claro está.

—Siempre y cuando no implique golpes, patadas o cosas volando hacía mí… bienvenido sea —resoplé.

Este comentario le hizo gracia, aunque yo no estaba bromeando en lo absoluto.

—Awwww, le quitas lo divertido a la vida —retozó entre sonrisas—. No, esto… podríamos llamarlo un experimento. Pero entiendo que puedas estar cansado, estudiar magia es una labor enervada. No voy a obligarte si no quiere.

—Correcto.

Dicho esto y sin decir una palabra más, di media vuelta y pasé a retirarme.

—¡Hey! ¡¿A dónde vas?! —la voz de Cassandra se rompió por primera vez.

La consternación viva yacía ahora en su rostro, como si fuese incapaz de concebir que hubiese siquiera considerado la opción más aparente. Ahora fui yo quien se río (para mis adentros, por si acaso).

—¿Dónde están tus modales? ¿Así tratas a una dama cuando te invita a su casa?

—Querida, pasé la mitad de esta vida peleando contra animales, comiendo pasto y corriendo de acá para allá. ¿Qué modales? ¿Quién es ese tal Modales?

Me sigue pareciendo increíble como esa mujer era capaz de organizar el plan más enrevesado del mundo, hacer que funcione, y a su vez ser tomada por sorpresa por algo tan tonto como mis ocurrencias. Podríamos decir que no estaba acostumbrada a tratar con alguien de «mis cualidades», pero… Bueno, sí… supongo que era eso.

La pobre tomó unos momentos para calmarse antes de regresar vestida de insistencia.

—Tenía pensado compartir una de mis infusiones contigo…

—¿«Infusiones»? —las alertas se me dispararon.

—Sí, no es la gran cosa; una opción antigua que los hombres-bestia solían tomar para conectar con el entorno. Se cree que… sobre estimulaba sus sentidos.

«Alucinógenos… No, no, tranquilo, amigo. Te está llevando a la boca del lobo, esto es claramente una trampa. Tendrías que ser tremendamente irresponsable ir con ella, mucho más si nos vamos a meter cosas… Piensa en lo que diría Fitts.»

—Si es por el entrenamiento, supongo que podría darle una chance.

«¿POR QUÉ?»

La carne es débil, amigos, y yo bastante más. Sin embargo, mentiría si dijera que mis motivos se limitaban solo a ponerme hasta el culo con Ayahuasca (o su equivalente). Digamos que, tenía cierto curiosidad por ver el sitio donde mi querida hermana se estaba hospedando. Era un peligro inminente, sí, pero también una buena oportunidad para hacerme con cierta información valiosa. Ahora, la opción más lógica hubiese sido que este lugar fuese la academia: quiero decir, es un sitio perfecto considerando sus intereses. Sin embargo, y considerando lo que estaba a punto de descubrir, puedo formular un par de teorías sobre por qué decidió no tomar su respectivo lugar en el campus.

Dicho esto, surcamos las calles de Sharia camino a nuestro destino. Dejamos atrás el mercado y atravesando los suburbios en dirección opuesta al restaurante. La salida a los campos nos brindó la entrada a la tundra. Siguiendo un pequeño camino apenas perceptible entre la nieve, obtuvimos el atisbo de una hermosísima cabaña que se alzaba en medio de un claro artificial; esto ultimo delatado gracias a las irregularidades del terreno. Ahora, ¿cómo explicar mis sentimiento al encontrarme con semejante lugar? Parecía un sueño hecho realidad.

Gruesos troncos de pino elevaban la estructura unos dos pisos, y en su cúspide un ático que parecía forjado con las astillas que se desprenden del Valhalla. Los árboles a su alrededor formaban un círculo perfecto y las hojas simulaban arropar al edificio, ocultándolo del ojo público. Estaba ahí, escondido, pero jamás podrías saberlo a no ser que te acercases lo suficiente. Era como si fuese uno con la naturaleza, existía en perfecto balance con esta sin perturbarla o verse afectado.

Me costó creerlo que veían mis ojos, incluso tuve que frotarme los parpados un par de veces para confirmar su existencia. Y mi anfitriona, como no podía ser de otra manera, solo se burló de mi estado atónito.

—No seas tan dramático. El terreno estaba en descuento debido a los problemas en la construcción, así que usé algo de las reservas de padre para hacerme con él. Es humilde, sí.

—¿Humilde? Es perfecta —esbocé mientras una lagrima corría por mi mejilla.

—Lejos de eso, querido Filiu. Pero es funcional, no puedo quejarme. Vamos adentro, ¿sí?

Encantado a la par que nervioso, seguí sus pasos hacia el paraíso perdido. La puerta rechinó en el momento en que nos adentramos en sus dominios, y fui recibido con lo que solo podría describir como «la morada de una bruja». El orden era absoluto; todo estaba perfectamente estructurado, como si hubiese sido creado un segundo previo a nuestra llegada.

«La casa de una psicópata» pensé.

Reparé en las repisas, llenas y organizadas en tres niveles; el nivel inferior conteniendo macetas con pequeñas plantas en crecimiento, el intermedio con frascos rellenos de especias y frutos secos, y el superior descansando libros de diferentes orígenes e idiomas. Y frente a estas un gran fogón que aguardaba con su contenido helado a que las llamas fuesen encendidas bajo su haber.

Fue a este último al que Cassandra se adelantó. Tomó el instrumento por el borde y lo empujó hacia el fondo para verter su contenido. El líquido fluyó sin mucho esfuerzo, y el inconfundible aroma del caldo de pollo y la salsa se me metió por la nariz.

—Disculpa. Es la cena de anoche —comentó de manera casual—. Siéntete como en casa. No hay mucho que ver, pero puede que te ayude a saciar tu curiosidad.

—¿Hace cuanto que estás viviendo aquí? —cuestioné de inmediato—. No hay manera de que armaran todo esto en un par de semanas.

—Un caballero no pregunta, y una dama no responde, querido.

—De caballero no tengo ni el título, y basta de esquivar mis preguntas.

—Lo siento cariño, es que haces demasiadas y por lo general son las que menos te incumben —mofó con picardía—. Pero te voy a dar un sobre en blanco a favor de esto.

Una vez el caldero estuvo vacío, Cassandra poso una mano sobre él y con la otra apuntó en dirección a las brasas. Agua emergió de la primera para llenar su interior, mientras que de la otra emanó una llama que se esparció por los leños de debajo. Tras esto una media vuelta, y su espalda posó contra la pared a la par que su mirada me alentaba a continuar.

—Vamos, dame una buena.

Suspiré un poco cansado de sus manierismos.

—De nuevo… Quiero saber a qué estás jugando. ¿Para qué es todo esto? Entiendo que no hayamos tenido la posibilidad antes, pero ya estamos grandes para jugar a la casita.

Esta pregunta le gustó un poco más. Llevó entonces un dedo hasta sus labios y ponderó en la respuesta por unos momentos.

—Es un poco largo, pero supongo que de todas formas te lo iba a decir.

La seriedad se hacía notar en su voz, pero el anterior tono de emoción mientras danzaba sobre la nieve se escondía tras su aura. Le seguí con la mirada mientras la figura de aquella muchacha se acercaba a las estanterías. Sus ojos examinaron los nombres de los materiales, y de su haber eligió tres de ellos. Una pisca de cada uno fue todo lo que hizo falta, y tras dejar los recipientes en su debido sitio, llevó a los elegidos hasta su destino final; sí, la olla.

—Es de conocimiento público que los hombres-bestia poseen una conexión mucho más fuerte con el mana que nosotros. Su sociedad está fuertemente arraigada al espiritismo, a artes arcanas que no podemos siquiera entender debido a nuestras «limitaciones biológicas». Pero eso no quiere decir que existan maneras de experimentar un ápice de su cercanía con lo oculto.

«Esto me huele feo…»

Mientras la explicación era llevada a cabo, algo no muy agradable empezó a ocurrir a nuestro alrededor. El agua del caldero comenzó a hervir, y las especias en su interior, a diluirse en una mescla uniforme, misma que no tardó en transformarse en vapor. Parte de este se escapó por la chimenea, pero una buena cantidad decidió quedarse dentro de la habitación con nosotros. Claro, en sus inicios no le di mucha importancia al hecho, pero todo cambió luego de que empezase a aspirarlo.

—El patiyotl, el chikaulistli y el techialistli; son plantas nativas del continente demoniaco, valiosas a la par que incomprendidas. Afectan la mente a nivel perceptivo: la «mejora», por así decirlo. Para los hombres-bestia, es un veneno que lleva a la locura… para nosotros, una ventana a su mundo.

Fue aquí cuando las cosas se salieron de control. Las formas a mi alrededor se entremezclaban las unas con otras, pero sin perder su uniformidad en ningún momento. Los colores se expandían formando combinaciones nuevas e imposibles. Mis sentidos se agudizaron; podía oír las burbujas en el agua, el caminar de los insectos en las paredes, el cantar de las aves en el exterior y hasta el soplar del viento en los cielos. Era demasiado, una sobrecarga de información que mi cerebro apenas podía procesar.

Traté de buscar de enfocarme en mantener el equilibrio, mas es una tarea complicada cuando tu visión se parece más a un cuadro de Picasso. Tambaleé, y mi cuerpo se precipitó al suelo momentos antes de que Cassandra lograse atraparme. Me aferré a ella. A esa distancia, pude ver su rostro a la perfección, mas el mundo a sus espaldas se distorsionaba en una amalgama sin sentido. Su risa fue como un eco, una cacofonía que me resultó hermosa y aterradora por partes iguales.

—El gas puede llegar a confundir un poco, pero intenta mantenerte en pie —musitó tranquila—. Vayamos arriba. Ahí estarás mejor.

El solo acto de caminar fue todo un desafío. Era como si mi cuerpo pesase una tonelada y cada paso provocase una explosión tras otra. El rechinar de las tablas mientras subíamos las escaleras; podía oír las diminutas astillas resquebrajándose y perforando en el cuero de mis botas. Incluso el acelerado latir en los corazones de los insectos cuando arribamos a los pisos superiores.

La bruja, aquella que me había maldecido con la percepción perfecta, me arrastró hasta el ático como si fuese un muñeco de trapo, un juguete para su entretenimiento. Sentí sus manos, cada centímetro de su piel separándose del cuero de mi gabardina mientras me soltaba de manera cuidadosa. Los hilos de la cama me recibieron, y casi podía contar sus cantidades cuando descansé sobre ella. Tras esto cerré los ojos, intentando hacer que mi mente descansase un poco antes que arribara lo peor. No sabía qué era, pero estaba seguro de que vendría.

Cassandra volvió a bajar al primer piso. Revisó un par de cajas hasta dar con su instrumento deseado, un gotero, y tras esto descendió a la planta baja. Tomó un poco de aquel líquido mágico antes de apagar el fogón y tirar el resto. Luego volvió, y posó su cuerpo en el borde de la cama antes de inclinarse sobre mí. Sentí sus dedos acariciando mi rostro, moviendo mi cabello antes de darse a la tarea de abrir mi boca. Con delicades, posó el gotero sobre mi lengua y dejó caer una sola gota. El sabor era… imposible de explicar; como mesclar todos los sabores habidos y por haber.

Repitió el proceso consigo misma luego de haber acabado, pero dándose a sí misma dos gotas. Y tras esto, no hubo más que hacer. Se dejó caer junto a mí, empujando su cuerpo contra el mío para ponernos de lado. Sentí sus brazos aferrarse a mí, su aliento golpeando mi nuca y su voz susurrando unas ultimas palabras antes que todo se fuese al carajo.

—Respira. No dejes de respirar. Siente, vive, admira… «escucha».

Y ahora me pregunto, tras haber vivido lo que aconteció antes y después de haber entrado a esa cabaña, tras enfrentarme al mundo y sus horrores, me miro a mí mismo al espejo y pregunto… ¿Qué fue aquello que vi? ¿En verdad escuché lo que creí escuchar? ¿Fue Cassandra quien me contó esa historia y mi mente soñó lo que salió de sus retorcidos labios? ¿Lo inventé yo, o tal vez… o tal vez fue algo más? No tengo las respuestas a estas preguntas, y… lo más probable es que ella tampoco. Lo único que sé y de lo que puedo estar seguro sin lugar a dudas, es que así sea en mi cabeza o en algún tipo de dimensión más allá de mi entendimiento… yo lo viví. Y eso es lo que más me aterra.

Ahora siéntate, y deja que te cuente.

El mundo a mi alrededor se derritió. Vi los efectos anteriormente listados intensificarse, expandirse al punto de ser totalmente inaguantable. Las formas se volvieron inentendibles, los sonidos se entremezclaban en una sinfonía de locura y desenfreno, la realidad se volvió un concepto vago y redundante. Sentí nauseas, sentí el vómito subir por mi garganta y desaparecer antes de siquiera salir por mi boca, pero también sentí… «frío». O sea, no el frío del viento o el que sientes al estar resfriado. Estaba mojado, muy mojado.

Abrí los ojos, y me vi caer en un imposible coctel de colores y sensaciones, algo que no podría explicar aunque tuviese todo el tiempo del universo. Sentí que me ahogaba, que era tragado por este océano sin sentido, que aquel líquido radioactiva se me metía por nariz y orejas. Empecé a abanicar los brazos; estos últimos, sin ser más que el reflejo distorsionado de lo que alguna vez fueron. Y aun así nadé. Usé cada fibra de mi descompuesto ser para escapar, para llegar a la maldita superficie antes de desaparecer en ese infierno.

De repente, mi mano alcanzó a aferrarse a algo, una sustancia que se hundió bajo el peso de mis dedos, pero que a su vez me ayudó a arrastrarme hacia el otro lado. Arena, barro, o vaya Dios a saber qué era aquello responsable de darle un respiro a mis pulmones. Pero gracias a ella, lo conseguí; emergí.

Frente a mí estaba ahora la unificación de la amalgama de formas y tamaños; mi cerebro esforzándose para darle un sentido a la imagen que se le presentaba. Una jungla, un bosque, tal vez incluso una tundra. Me paré sobre la arena para apreciar, dejando que el atisbo de aquel mundo extraño acabara de formarse, mas ante la idea de que esto jamás se concretaría, empecé a caminar. Moví las piernas, paseándome sobre la orilla a la espera de ser sorprendido por la siguiente sorpresa desagradable. Y claro, esta no tardó en llegar.

Un ser vivo, un animal cuadrúpedo emergió de lo salvaje. Era un ser de pelaje grisáceo, con alargados colmillos y mirada ardiente. Su ladrido, agudo y burlón, se asemejaba más al rechistar de una trompeta desafinada que a la imagen que acabé asociando a ella; mi amiga la hiena, ahora vistiendo un aspecto aberrante y enfermizo. En un inicio, asumí que su presencia se debía enteramente a mí, mas esta teoría no duró mucho hasta ser desmentida.

La criatura disparó su mirada hacia los flamígeros arbustos. Los vi sacudirse, aligerar su movimiento a la par que una silueta blanquecina y esponjosa surgió de su haber. La hiena gruñó, erizando su pelaje y preparándose para correr en su búsqueda. Y como ya supondrás, corrí en su búsqueda.

Atravesé la naturaleza siguiendo su andar, igualando el trote de la bestia mientras el paisaje se destruía a cada paso; la hierba se secaba, las plantas caían, los pájaros morían. Pero no me importó, pues la figura en frente nuestro era muchísimo más rápida que nosotros, y debíamos alcanzarla.

Cada una de sus zancadas era más larga que la anterior, y a cada segundo su silueta se volvía más y más extraña. Por momentos era el atisbo de la belleza, un animalito peludo, una ser indefenso y benigna que no haría daño ni a una mosca; y luego se transformaba en una criatura infernal, una cosa que no podría ser llamada de otra manera, con colmillos y espuma emanando de su inexistente boca. Menguaba una y otra vez sin control, a veces era una u otro, tras era ambos, y otras… otras ni siquiera sé a qué estábamos siguiendo.

¿Cuánto tiempo corrimos? ¿Horas? ¿Días? ¿Semanas? ¿Un par de minutos? Las unas se entremezclaban con las otras, por lo que llegado cierto punto dejé de contar. Y cuando lo hice, me di cuenta de lo mucho que nuestro andar se había ralentizado, tanto que ni siquiera me di cuenta del momento en que nos detuvimos. Y cuando lo hicimos, cuando por fin creímos que teníamos la potestad para elegir el descanso… pasó.

Una tercera figura descendió de las alturas. Oí el arremeter de sus alas, su cuerpo rompiendo el viento a su paso. Sus plumas eran marrones, sus garras chuecas y su pico se curvaba a la par de un cuello largo y lampiño; su mirada era hambrienta, sedienta por la sangre que estaba a punto de degustar, y desinteresada por el origen que esta tendría. Era un ser amorfo, extraño y demencial, pero no me quedaba duda de su origen; era un buitre.

Una línea roja pintó los alrededores cual pintura. El aullido de la hiena me aturdió, pero no lo suficiente para desprender la mirada de la escena. Las garras del ave se clavaron en su carne. Una sola embestida alcanzó para derribarlo y arrancar una gran tira de piel de su lomo. En su segundo ataque, sus garras se clavaron en él, y su pico buscó el alimento sin darse a la espera.

El canino luchó, tratando de defenderse, mas sin el deseo de herir a la criatura. Sus patas le empujaban para evitar que siguiese lastimándole. El pobre no quería luchar, no deseaba nada de esto, o tal vez… Pero las opciones se le acababan. Pude verlo en sus ojos. Sus movimientos se tornaron bruscos. Su aullido triste empezó a tornarse en ladridos de advertencia, de ira incluso. Y llegado cierto punto, cuanto ya no quedó nada más por hacer… mostró sus dientes.

Fue tan solo un mordisco. Sus canidos se clavaron en el cuello del ave, haciendo que los colores oscuros y pútridos brotasen a borbotones. Vi entonces el escenario más asqueroso que hubiese podido imaginar. Contemplé y sentí cada mordida; vi a la hiena desgarrando y desmembrando cada parte del buitre; sus patas, sus alas, sus órganos, todo.

La sangre empezó a manchar cada misero centímetro del lugar. Los colores se apagaron. Las formas, se volvieron erráticas, una vez más indistinguibles las unas de las otras. Los ladridos dejaron de serlo; no era el sonido de un animal, eran gritos, era la ira de alguien… de un hombre. Y entonces vi sus ojos. Vi la oscuridad más profunda, mas en ella no encontré la maldad ni la ira. Solo el «cansancio».

Cuando todo hubo terminado, el pobre se dejó caer; victorioso, más no contento con lo que había logrado. El pandemonio que aquella pelea había causado empezó a desaparecer; a ser tragada por la negrura. Ya no había formas, no había color, ni rastros distinguibles. Solo la destrucción y… el conejo blanco.

Y entre medio de la nada, sumidos en el caos más tranquilo de todos, los animales compartieron miradas. Poco a poco se acercaron. Con cada pequeño saltito, la silueta del blanquecino se partía en dos, mostrando de nuevo sus dos facetas; idénticos, pero muy distintos el uno del otro.

Mas antes de poder ver el desenlace de esta historia, antes de que el conejo y la hiena pudiesen estar juntos, alguien se interpuso. Ni siquiera me di cuenta cuando ocurrió, pero pasó. Me encontraba parado ahora junto a mi amiga, misma que permanecía atenta, con un atisbo firme que se clavaba en aquello frente a nosotros.

¿Y qué era esto que vimos? te preguntarás. Bueno, es aquí cuando la cosa se pone incluso más complicada. Vi a una «rata», enorme, del mismo tamaño que el canido junto a mí. Ambos permanecían enfrentados, alerta a cualquier acción que pudiese realizar el otro. Y junto a esta, un muchacho de cabello castaño y ojos verdes. Si figura, al igual que todo lo demás, era deforme e imposible. Portaba en su haber lo que parecía ser una túnica gris, y un báculo con una gran gema azul en su punta.

Nos miramos apenas unos instantes, pero eso fue más que suficiente. Me sentí extraño. Su sola imagen parecía atraerme, y a su vez sentí la necesidad de correr tan rápido y tan lejos como fuese posible. Familiaridad, desprecio, tristeza, incluso… ¿cariño? ¿Lo conocía? En lo absoluto, pero por algún motivo era como si lo hiciese.

Y tras esto… el telón final.

Fue sin duda el peor viaje de mi vida, y eso es mucho viniendo de alguien a quien le gustaba experimentar con plantas. Sin embargo, eso fue algo más. No fue solo una aventura psicodélica, fue muchísimo más vivido, real a un nivel más allá de lo posible. Las respuestas, por supuesto, no se darían a la espera.

Supe que era de mañana cuando al resplandor de la ventana me golpeó el rostro. Había perdido todo el día y la noche anterior, pero de momento eso era lo que menos me importaba. La cabeza me daba vueltas, la peor jaqueca de mi segunda vida; no la peor en términos generales, pero esa fue una noche muy loca en la que no me voy a explayar.

A duras menas me aparté de la cama y caminé escaleras abajo. Ahí estaba la maldita bruja, desayunando a solas en la mesa y sonriéndome como si fuese ajena a todo lo ocurrido.

—¿Dormiste bien, querido Filiu? ¿Gustas un poco de té? —me ofreció levantando una taza.

—No, no quiero más jugos raros —resoplé sentándome frente a ella—. Dios… estoy para el arrastre.

—Lógico. La primera vez siempre es dura. Tu mente no está acostumbrada a la superposición de las realidades y… dejémoslo en que le cuesta adaptarse.

—Más despacio por favor. No uses palabras tan complicadas.

Recibí unas cuantas palmadas en la cabeza, y un buen lugar en la mesa. Sentí su mano posarse sobre mi mejilla, a lo que no respondí con más que un bufido.

—Eso es el mana, hermanito. No es solo un concepto como le gusta suponer a la gente. Está vivo, tanto como podemos estarlo tú o yo —me susurró—. Ahora dime, ¿qué viste? ¿Qué fue lo que quiso mostrarte?

Con cierto cuidado de no molestarla, aparté su mano y me recliné en el asiento. Elegí mis palabras con atención.

—Un viaje, podríamos decir. Una persecución, seguida de violencia… y muerte.

Esta respuesta pareció no sorprenderle.

—Una representación de toda tu vida, querido Filiu. Nosotros estamos acostumbrados a ver el mundo a través de formas y colores, conceptos abstractos que nos ayudan a entender nuestro entorno. Pero también nos ciega, evita que veamos las cosas como son, distrayéndonos con su apariencia. Lo que se te presentó no fue otra cosa que la verdadera más absoluta; aquello que no quieres o no puede aceptar.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando sus palabras se asentaron. Sonaba como el delirio de alguien que ha estado metido en cosas muy extrañas, cosas que tal vez sería mejor dejar en la oscuridad. Pero, tras haberlo experimentado en carne propia… ¿Estaba seguro de que era solo eso? ¿Un delirio?

—Vi algo más —continué, llamando su atención—. Vi… algo que no llegué a entender bien. Una persona, un desconocido.

Cassandra frunció el ceño. Pensativa, ponderó lo dicho unos momentos, llevando una mano sobre el mentón y acercándose la tasa de té a los labios. Y entonces, lo dijo.

—Hay una creencia muy popular entre los reinos. Se dice por ahí que las personas, sin importar las decisiones que tomemos a lo largo de nuestra vida, estamos destinados a cumplir ciertos «eventos»; caminos que se cruzan, tragedias que ocurren, o simples casualidades que por alguna razón están atadas a nosotros.

Escuché con atención estas palabras, pero no estaba preparado para lo que venía a continuación.

—Si piensas en el tiempo de la misma forma que piensas en el mana, como un todo, entonces, es posible que lo que viste ahí fuese… «el futuro». Alguien a quien estás destinado a conocer.

Dejé salir un cansado gruñido.

—Basta por favor, la cabeza ya me está por estallar…

—Y eso que solo es tu primera clase —me sonrió con picardía—. Lo cual me lleva a lo siguiente.

En ese momento, la muchacha llevó una mano hasta su abrigo y me presentó una vez más la piedra sonora. Y sin esperar un solo momento me la lanzó, acción a la que apenas pude reaccionar.

—Inténtalo ahora. No debería ser tan complicado.

Contemplé el diminuto objeto entre mis dedos. No voy a mentir, tenía mi buena cantidad de dudas morando dentro de mí. Tras lo ocurrido con Fitts, lo último que quería era causar otro inconveniente igual o mayor. Sin embargo, era ella quien me lo estaba pidiendo, así que… ¿Qué más daba?

—A ver que sale…

Sostuve el objeto en una mano y cerré los ojos con fuerza. Pensé entonces en todo lo vivido; en lo dicho por Cassandra, el viaje y su significado, y en lo que ahora daba por verdadero. Imaginé un río frente a mí, su caudal fluyendo sin control; las aguas violentas golpeando contra las rocas y desgranando los bordes con cada misero rose. Luego me esforcé en tratar de calmarlas, aligerando su andar de manera cuidadosa. De a poco, su fuerza se vio atenuada; dejé que se moviera, que continuase su andar, pero atenuando su poder. Y tras todo esto, lo oí… el suave silbar de una mujer, siendo repentinamente detenido por la voz de un hombre.

«Uuuuuh…»

«STOP.»

La guitarra empezó a tocar. Abrí los ojos con cierta incredulidad, viendo como ahora la pequeña piedra se iluminaba mientras la batería se unía a la composición. Conocía esa canción; «Where is my mind» de Pixies. Sonreí, dejando salir un suspiro aliviado mientras mi maestra observaba con cierto orgullo latente en sus ojos.

—Hah… Mira nada más. Y Fitts se lo perdió.

Cassandra no dio declaraciones al respecto. En su lugar, dejó de lado la taza y alargó una mano hasta alcanzar la mía. Mis dedos fueron cerrados sobre el instrumento mientras este continuaba tocando, y como si su voz fuese parte de la melodía, pasó a preguntar lo que en verdad quería saber.

—¿Te marcharás pronto?

—Sí… hoy en la tarde a ser posible. Estaré un rato en la inauguración del restaurante, y…

Mi palabras se quedaron en mi garganta. Fue cuando vi sus ojos que la sonrisa en mi rostro desapareció. Frialdad. Vi un desagrado inmenso en ellos, pero también… ¿Preocupación? ¿Estaba preocupada por mí? ¿Qué trataba de decirme con eso? ¿Qué quería? ¿Había palabras en su pecho esperando a ser recitadas? ¿Algo más allá de su aparente y trastornado interés? ¿Cómo saberlo? Mientras más la veía, más preguntas surgían de aquella mirada… misma que me cautivaba y me aterraba a partes iguales.

Al final de cuentas, supongo que nada de eso importaba; no lo suficiente al menos. La confianza y el valor no me alcanzaban para abrirme a ella. No podía, o mejor dicho, no quería preguntar. Al fin y al cabo, no éramos sino enemigos ahora unidos por la necesidad. O al menos eso nos decíamos.

—Vuelve conmigo. ¿Sí? —fue lo único que dijo antes de apartarse de mí.