PARTE 24 Planes para el Futuro

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Tener a un muchacho en medio de un ataque de pánico no era una situación a la que Rhea estuviera acostumbrada a decir verdad. Peleó durante mucho tiempo, dirigió ejércitos a una y cien batallas pero tampoco que se moviera entre las filas a registrar el estado de cada uno de sus soldados humanos. Ellos la seguían fielmente y eran los sanadores, o Cethleann mientras se mantuvo activa como la Sanadora Maestra durante aquella turbulenta época, quienes velaban por el bienestar de las tropas.

Dimitri estaba hiperventilando, no escuchaba la apurada voz de Rhea y su mente parecía estar en otro lado. La Arzobispa tuvo que sujetarlo fuerte y hablarle suave para que el joven príncipe se calmara. Podía sentir, además, la energía alterada de su emblema, como si todo su poder estuviera a punto de hacer erupción. Eso era peligroso y lo último que la Arzobispa necesitaba era explicarle al pueblo de Faerghus que el Príncipe Dimitri murió en sus brazos.

Usando su poder milenario para nivelar ese peligroso poder dentro de su cuerpo, Rhea poco a poco logró que Dimitri se calmara hasta que ya no diera la sensación de desmayarse.

Lo que Rhea no sabía era que el pobre príncipe fue asaltado por los recuerdos de ese terrible día, por lo sucedido luego de eso y el castigo a la gente de Duscur, por verse a sí mismo lleno de rabia y matando personas mientras las voces de su padre y de Glenn clamaban por más y más sangre.

"Están en mi mente", murmuraba Dimitri entre labios. "Están en mi mente, están en mi mente… Ustedes ya no están aquí, ustedes no saben lo que pasa ahora mismo", repetía una y otra vez el joven mientras se aferraba con fuerza de donde pudiera, la túnica de la Arzobispa en éste caso. "No son reales, no son reales, no son reales…"

Dimitri podía oler el humo, la sangre, la peste de la muerte.

Pero entre todo el desastre que era su cabeza y su cuerpo, podía ver a la profesora Manuela recordándole cómo respirar para tranquilizarse, y eso hizo. Entre profundas y rítmicas respiraciones el príncipe podía ver los rostros de sus amigos de los Leones Azules: a Dedue ayudándole a repasar sus lecciones de duscuriano, a Felix platicando de todo y de nada mientras entrenan, a Sylvain diciéndole tal o cual doncella del monasterio quiere hablar con él, a Mercedes ofreciéndole dulces mientras le enseña a coser, a Ashe contándole por enésima vez sobre su libro favorito, a Ingrid pidiéndole entrenar y el príncipe mencionando que ella tiene el estilo de ataque de Glenn, a Annette pidiéndole paseos mientras platican y le cuenta sobre lo que ha aprendido… Al Profesor Hanneman teniendo largas pláticas con él, a la profesora Byleth entrenando con él y animándolo a mejorar sus puntos débiles. A Claude bromeando para sacarlo un poco de quicio. A Edelgard con quien desea reconectar de nuevo luego de muchas malas experiencias que cambiaron a ambos…

Todo eso lo estaba ayudando a volver en sí poco a poco.

"Calma, Dimitri, calma…" Rhea estaba francamente sorprendida, nunca había visto un caso como éste. Pasó un largo rato hasta que el príncipe reunió la suficiente fuerza para incorporarse por sí mismo. Estaba pálido y temblaba. "Ven, bebe un poco de té para que calmes tus nervios".

Dimitri, aún un poco ido, asintió torpemente mientras le ayudaban a sentarse de nuevo. Sentía náuseas pero el trago de té le ayudó a quitarse la sensación a cenizas que tenía en la boca… Y entonces lo sintió…

"¿Mejor?" Preguntó Rhea mientras miraba con atención al pálido príncipe.

Dimitri sacudió la cabeza. Estaba mareado, tenía náuseas y las voces en su cabeza estaban mezcladas de tal manera que parecía un coro de mil voces que clamaban cosas inentendibles a la distancia. Pero lo más llamativo era que podía sentir el sabor del té… ¡Podía sentir el sabor suave de ese té! Tragó saliva y dio otro trago a la taza, la bebida ya estaba tibia, podía sentir el sabor… "Lamento esto, Su Excelencia".

Puedo sentir el sabor… Puedo sentirlo…

"Soy yo quien debe disculparse, debí abordar ésta noticia de manera más delicada", fue la sincera disculpa de Rhea. "Si deseas que retomemos ésta plática para una mejor ocasión…"

Dimitri negó. "Sigamos, por favor. ¿Hay problema si leo la carta ahora mismo?"

Rhea negó y simplemente esperó a que el joven príncipe leyera la misiva. Si lo necesitaba para calmarse, podía esperar. Debía mantener una buena postura ante el futuro Rey de Faerghus y escuchar lo que Dimitri pudiera contarle del asunto.

El mensaje de Rodrigue confirmaba lo que la Arzobispa le informó: Rufus estaba bajo arresto por fratricidio y por ser uno de los autores intelectuales del asesinato del Rey Lambert, su propio hermano, todo en complicidad con Cornelia Arnim y un puñado de nobles del Reino. No hacía mención de quiénes eran los otros implicados, la misiva era breve. Rodrigue anotaba que tenían el apoyo de los Caballeros de Seiros para vigilar el castillo e impedir que Rufus escapara o recurriera al suicidio como último escape, y que él junto con sus colegas se encargaría de velar por el Reino hasta que él se graduara de la Academia y pudiera tomar el trono.

Hasta entonces mantendrían a Rufus con vida, decía la misiva, y permitirían que Dimitri decidiera el destino del criminal.

El Dimitri de hace unas lunas iría de inmediato a casa y decapitaría él mismo a ese traidor, a ese asesino, pero el Dimitri de ahora que ya no tenía la furia hirviendo en la sangre, pensó mejor en las posibilidades ante él. Lo primero que pasó por la cabeza del príncipe era limpiar el nombre de la gente de Duscur. Y respecto a su tío… Lo mejor era esperar a graduarse como bien Rodrigue se lo estaba pidiendo. Aún tenía mucho por aprender, aún tenía que hacerse más fuerte, tenía que dejar esas condenadas voces de lado…

Ninguno de ustedes es ajeno a la Muerte pero tampoco la abracen ni la acepten tan pronto, ni como consejera ni como destino, fueron las palabras de la Profesora Byleth cuando pelearon contra el grupo de Miklan.

¡...Enterremos a los nuestros! ¡Brindemos y vivamos por ellos! Dijo el Campeón de Leicester luego de la batalla contra el ejército de Almyra.

No abrazar a la Muerte… Brindar y vivir por los Caídos… Dimitri tomó aire de manera profunda. Las voces en su cabeza en ese momento eran murmullos lejanos, murmullos perdidos en un denso bosque que lo invitaban a ir a por ellos, pero Dimitri veía aquel camino oscuro y frío, mientras que a su espalda estaban sus amigos y compañeros, sus profesores, esperando por él con las manos extendidas.

Dimitri cerró los ojos y decidió caminar hacia donde los vivos lo esperaban.

"Lamento mucho el susto, Su Excelencia".

"No tienes nada de qué disculparte, pequeño", respondió una aliviada Rhea, el joven ya no lucía tan pálido.

"Lord Rodrigue me pide que permanezca en la Academia hasta graduarme", informó el príncipe y no tuvo empacho en permitir que la Arzobispa leyera la carta. "Agradezco que los Caballeros de Seiros estén apoyando a mi gente".

"Es lo mínimo que podemos hacer por ayudar", respondió la Arzobispa mientras leía rápidamente la carta. No había nada ahí que no supiera, así que se la devolvió al príncipe apenas terminó. "Como te comenté, Cornelia Arnim fue ejecutada en el momento… ¿Está bien si te pregunto qué es lo que sabes de ella?"

Dimitri asintió, no había nada qué ocultar. "Lo único que puedo decir es que siempre estuvo cerca de mi padre como fiel consejera, y luego de que mi padre fuera asesinado", el príncipe pudo decir eso sin que su voz se tensara, "ella permaneció con mi tío… Lamento no poder decir más. Y lamento más informarle que luego de lo sucedido, me dediqué a aplacar revueltas en mi reino durante un tiempo, a darle cacería a los culpables de la Tragedia. No tuve más relación con ella, estuve ocupado…"

"Normal que reaccionaras de esa manera, sólo actuaste a como la situación te lo permitió", dijo Rhea con seriedad.

"Usted mencionó algo de unos Herejes peligrosos".

"Así es. Cornelia Arnim trabajaba con unos Herejes a los que hemos estado rastreando por lunas completas, y en la investigación, mi gente descubrió que ella fue una de las autoras de la Tragedia de Duscur junto con tu tío", resumió Rhea lo mejor que pudo. "No puedo decirte más de esos Herejes, pero sí que gracias a esa cacería pudimos saber la verdad de lo que realmente pasó. Espero que eso te sea de ayuda a futuro".

El príncipe asintió. La gente de Duscur era inocente, podría hacer algo por ellos, ¡al fin! "Mucho más de lo que cree, Su Excelencia".

"Te daré más detalles de la misión y de la investigación si lo deseas".

"Me encantaría escuchar eso, Su Excelencia. Y de nuevo lamento mucho la molestia".

"No fue molestia, pequeño, me alegra que estés mejor. Y si necesitas descansar el resto del día, sólo pídelo".

Pero no había necesidad de un descanso, pese al violento episodio que sufrió su cuerpo, Dimitri se sentía más vivo que nunca.

~o~

Para el cumpleaños de Petra, Byleth la llevó consigo de cacería a primera hora de la mañana, era día libre después de todo, y luego de una fructífera cacería, cocinaron las presas para celebrar una fiesta con las Águilas Negras y todos los quisieran acompañarlos, los alumnos de las otras Casas se unieron a la celebración y el momento estelar fue cuando Dorothea cantó una canción tradicional de Brigid para Petra. Y tan hermosa fue la interpretación que Petra no pudo resistir el llanto.

Y hablando de la princesa de Brigid, Edelgard tenía algunos asuntos que tratar con ella.

¡Y qué mejor que platicar luego de la hora de la comida! Acompañadas de una taza de té y postres.

"Gracias por la invitación, Lady Edelgard", dijo una contenta Petra. Desde su cumpleaños hacía unos días, se sentía de un muy buen humor.

"Me alegra mucho que te sientas cómoda en la Academia, independientemente del motivo por el que estás aquí", respondió la princesa de Adrestia, procurando tomar el tema que tenían pendiente desde hacía tiempo.

Petra se puso ligeramente seria mientras le daba un pequeño sorbo a la taza de té, modales que tuvo que aprender prácticamente a la fuerza desde que era una "invitada" del Imperio. "Mi fuerza crece y aprendo mucho, y ustedes aprenden mi idioma y eso me hace sentir felicidad".

"Si necesitas algo, cualquier cosa, házmelo saber, ¿de acuerdo?" Insistió Edelgard con firmeza.

"Lady Edelgard, yo…"

"Perdón que te interrumpa, pero no es necesario que me hables con tanto respeto", aclaró la princesa.

"Yo debo hablar a ti con respeto, es lo que me han dicho que debo hacer", respondió Petra, incómoda. No que Edelgard le desagradara, todo lo contrario, simplemente eran las reglas que estaba obligada a seguir.

Edelgard bebió un poco de té, se notaba seria. "Sólo aquellos que me deben lealtad o sean mis vasallos pueden hablarme así, tú eres una princesa como yo, alguien igual a mi".

Escuchar eso hizo que Petra abriera un poco más los ojos, culpa de la sorpresa. "¿Tú quieres que yo hable a ti como a una igual?"

"Eres una princesa igual que yo, serás la líder de Brigid en un futuro cercano y yo tomaré el trono del Imperio cuando me gradúe de la Academia".

"Pero… Pero yo soy…" Petra apretó un poco la taza entre sus manos. "Soy una… Soy tu prisionera, Lady Edelgard… Soy prisionera del Imperio".

Ante esas palabras, la princesa de Adrestia se puso de pie y tomó las manos de Petra entre las suyas, casi la hizo tirar su taza de té. "No eres mi prisionera. Eres mi compañera de clases y también eres mi amiga. Lo primero que haré cuando tome el trono del Imperio será liberar a Brigid del vasallaje", declaró con seriedad, haciendo que Petra abriera más los ojos.

"Lady… Ah… Edelgard", Petra tragó saliva. "¿Tú dices verdad?"

"Sí, digo la verdad. La guerra quedó atrás y ni tú ni yo tuvimos nada qué ver en ello, así que pienso cambiar muchas cosas apenas esté en el trono. Y lo primero que deseo hacer es reparar la relación entre Adrestia y Brigid", continuó la orgullosa princesa. "Si está bien por ti, me gustaría tenerte no sólo como amiga y como compañera, si no como una importante aliada".

Aquellas palabras hicieron que el pecho de Petra se llenara de una energía que no sabía la había abandonado hacía mucho. Fue su turno de estrechar las manos de Edelgard.

"Lady…" La princesa extranjera negó con la cabeza antes de corregirse a sí misma. "Edelgard von Hresvelg. Yo admiro fuerza y belleza tuya, yo reconozco poder y tú eres fuerte. Si quieres que sea Aliada tuya, entonces tú reconoces fuerza mía, ¿verdad?"

Edelgard asintió. "Eres una guerrera valiente, honorable y talentosa, todos los profesores lo confirman. Eres una persona dedicada y responsable, te esfuerzas mucho y eso es algo que admiro de sobremanera".

"¿Tú prometes liberar a mi tierra, Edelgard?"

La princesa de Adrestia tomó aire y soltó a Petra, tenía un gesto serio. "Mi plan es hacer todo lo posible para que la gente no sufra por el capricho de unos pocos, deseo un mundo libre donde las personas alcancen su potencial en base a sus talentos y trabajo duro, no porque un Emblema les dice que tienen derecho a todo".

Petra escuchaba a Edelgard atentamente, entendía lo que decía y sentía la pasión de su declaración, y también era consciente de que Edelgard estaba yendo en contra de lo que regía ese continente. Petra aprendió que eran los Emblemas los que dictaban qué personas eran consideradas Nobles y quienes no, Petra escuchó sobre Miklan y sobre Holst y no entendía ese raro sistema de crestas.

"Tú tienes Emblema, Edelgard".

La princesa de Adrestia sonrió débilmente. "Y no tienes idea de cuánto los odio…" Y no hablaba de los emblemas en general si no de los dos que corrían por su sangre.

Semejante declaración hizo que Petra abriera los ojos como platos, pero Edelgard siguió hablando.

"Nuestra profesora no tiene un emblema y es la persona más fuerte que he conocido… Tú no tienes un emblema y eres una guerrera magnífica, valiente y tenaz; Shez tampoco tiene un emblema y mírala".

"Dorothea no tiene emblema, pero posee una voz que hace que mis lágrimas broten", murmuró Petra, recordando la canción que Dorothea cantó para ella hacía tan sólo unos días.

Edelgard asintió. "El valor de una persona no se mide por el emblema que posea, eso es lo que deseo", y también deseo que cuando todo comience, no te veas arrastrada a éste desastre, Petra, pensó la princesa y le sonrió a su compañera. "Aún faltan varias lunas para poder tomar el trono del Imperio, pero ten por seguro que cumpliré con mi palabra de liberar a tu gente del vasallaje… Hasta entonces, ¿me permites seguir aprendiendo a tu lado, princesa Petra Macneary de Brigid?"

Hacia mucho que las llamas del orgullo se habían apaciguado en su pecho, pero escuchar las palabras de Edelgard y ver cómo le ofrecía la mano, hicieron que Petra sintiera su cuerpo arder de brío y valor, ¡se sentía tan llena de energía! Sin pensarlo, estrechó la mano de Edelgard con firmeza.

"Soy la Protegida del Viento y tú eres un Águila, que mi viento te ayude a tomar vuelo, princesa de Adrestia", declaró Petra en brigidés.

"Y que los Espíritus sean testigos de ello, princesa de Brigid", respondió Edelgard con seguridad, igualmente en el idioma de su compañera.

Ambas compartieron una sonrisa y siguieron con su fiesta de té.

Edelgard se sentía más tranquila ahora que había asegurado el bienestar de Petra. El conflicto que le esperaba sería cruento, pelearía contra todo un sistema antiguo que a muchos nobles les convenía mantener, poner a salvo a aquellos que eran víctimas de ese sistema era su prioridad. Ya a futuro, en caso de requerirlo, podría pedir la ayuda de Brigid pero como aliados, no como vasallos obligados a participar en un conflicto que no tenía nada qué ver con ellos.

La princesa Edelgard contaba con el apoyo de los Condes Bergliez y Hevring, pero sus hijos eran asunto aparte y debía hablar con ellos por separado. Confiaba en que al menos escucharían sus motivos para no confiar en el sistema actual que sostenía Fódlan. En cuanto a la última Águila, Bernadetta, necesitaría más tacto para, al menos, ponerla a salvo. Gracias a las investigaciones de Hubert y a un poco de lo que Dorothea le había platicado acerca de la tímida arquera, sabía que su padre era una escoria de las que le dan la peor fama a los nobles, la misma Edelgard se sentiría feliz de ahorcar a ese hombre con sus propias manos…

Que un hombre tan despreciable como ese fuera el encargado de los asuntos religiosos del Imperio, que se llamara a sí mismo un hombre de fe y seguidor de las enseñanzas de la Diosa, era una broma de terrible gusto. Ya encontraría la manera de encargarse de ese hombre, hasta entonces mantendría a Bernadetta a salvo.

~o~

Byleth tenía en sus manos el informe completo de Hanneman sobre las piedras que recuperaron de los cuerpos en Remire, reporte acompañado de los testimonios de algunos sobrevivientes que Manuela pudo recolectar durante su trabajo como la Sanadora Maestra del Monasterio, y también estaba lo declarado por el espía enviado por Berling a Remire.

La mercenaria confiaba en que eso ayudaría a Edelgard a saber más de lo que planeaban las Serpientes. Esperaba a que llegara la noche para poder ir a visitarla a su dormitorio y entregarle el reporte en persona. Por mientras cuidaba de algunas flores, gustaba de regalarle flores a sus alumnos de vez en cuando.

La joven maestra no tardó en percibir a alguien más ahí. Imposible confundir esa presencia.

"Hola, Shamir". fue el saludo directo en dagdano.

"Hola, Pequeño Demonio", saludó la seria arquera mientras se recargaba en el muro, cerca de uno de los enormes ventanales. "Veo que estás mejor. Escuché que la misión de Remire fue una pesadilla", y no estaba de más mencionarlo cuando el siguiente blanco que Rhea tenía en mente era Solon. Ese escurridizo monstruo en especial tendría un castigo ejemplar por haberse inmiscuido entre los muros de Garreg Mach, palabras de la Arzobispa. "Lamento lo que le pasó a esa gente".

"Gracias", respondió la profesora. Se le notaba calmada gracias a que Edelgard y su gente estaban investigando ese asunto también. De hecho, Edelgard tenía en planes revelar (indirectamente) el escondite de Solon a los Caballeros si lo encontraban primero que ellos. "La Iglesia está terminando de reconstruir la villa, pronto podrán volver a casa".

"Por cierto, Catherine sigue molesta por el asunto del duelo interrumpido", comentó casualmente la arquera. "Me gustaría saber si te sientes igual".

"Sí, Sir Catherine es una guerrera como pocas que he conocido. Me gustaría enfrentarme a ella de nuevo, sin interrupciones".

"Pues estás de suerte, el cumpleaños de Catherine es el día quince de ésta luna", informó Shamir. "No tengo problema en fingir que apenas te estoy conociendo. Me gustaría ponerte flores, un listón y una espada para que puedas pelear contra ella como regalo de cumpleaños".

La idea por supuesto que llamó la atención de Byleth, miró a Shamir con claro interés.

"Tenemos estos días libres entre misión, Alois y yo siempre invitamos a los profesores al pueblo a beber y a comer para celebrar el cumpleaños de Catherine. ¿Vienes?"

"Me encantaría, muchas gracias", respondió Byleth de inmediato. "¿Pero qué hay de Seteth? Si descubre que peleamos, me va a regañar". Otra vez.

"Lo que no sepa no le hará daño", la arquera se encogió de hombros. "No tiene que enterarse que ustedes dos pelearon. E incluso estando ebria, Manuela es muy capaz de curarlas en caso que se les pase la mano. El duelo puede ser lejos del pueblo, nadie tiene que verlas".

¿Ir en contra de las autoridades y tener un duelo (clandestino) formal contra una de las mejores guerreras de Garreg Mach? ¡Por supuesto que Byleth no iba a negarse!

"Cuenta conmigo".

"Bien. No digas nada hasta entonces, si Seteth se entera, nos gritará hasta que muramos de aburrimiento", la arquera se encogió de hombros. "Y míralo como tu regalo de cumpleaños adelantado, de mi para ti".

Byleth estuvo tentada a reír. "Dos pájaros con una sola flecha".

"Es mi talento", dijo la arquera y le dedicó una despedida simple a la profesora antes de irse.

Y justo a tiempo, Bernadetta entró al invernadero, traía sus herramientas de jardinería. "Profesora… Ah, hola…"

Byleth le dedicó un gesto suave a su alumna. "Hola. ¿Me ayudas a revisar éstas flores? Luego te ayudaré con las tuyas".

La sonrisa de Bernadetta se iluminó. "¡S-Sí!"

~o~

Hubert no sabía cómo agradecer ese informe que la profesora Byleth les hizo llegar, ¡el profesor Hanneman en serio era un genio! ¡Todo un especialista en su área! Le sorprendió que los profesores no estuvieran muy contentos con el actuar de la Iglesia y tomaran la decisión de investigar por cuenta propia. Y que la profesora Byleth les asegurara a sus colegas que esa investigación le sería de ayuda a alguien más, sorprendió bastante al mago.

Si aún tenía una leve sospecha sobre la profesora Byleth, ésta fue borrada con semejante acción. Bastó enviar esa investigación a sus aliados en Enbarr para que pudieran rastrear a Solon. Ahora sólo era cuestión de esperar. Bastaría con darle pistas a los Caballeros de Seiros para que ellos se hicieran cargo de encontrar y combatir a Solon.

A veces era imposible creer que todo estuviera saliendo tan bien. Todas esas ventajas les estaban permitiendo investigar con calma el Mausoleo.

"Es posible que aquí se encuentre otra salida", dijo Monica mientras señalaba uno de los muros cubiertos de helechos y más vegetación. Las ventajas de ser alumnos era que podían moverse libremente por el monasterio. Procuraban ser discretos, desde luego.

Hasta el momento, las otras posibles entradas estaban selladas, tenían intrincados mecanismos que sólo podían abrirse desde el interior del Mausoleo, señal de que eran rutas de escape, no de entrada.

"Si tenemos suerte, alguna de éstas puertas nos permitirá entrar, no tiene sentido que todas sean para salir", comentó Hubert, revisando junto con Monica el muro. Cuando pudieron localizar la puerta, grande fue su sorpresa al descubrir que esa sí era una puerta de acceso. Ambos celebraron, pero pronto se toparon con el primer problema: esa puerta tenía un cerrojo extraño que emanaba magia vieja.

No había sitio alguno para meter una llave, sólo una placa de roca y metal bien escondida entre la maleza pegada al muro.

"Es un cerrojo mágico", dijo Monica luego de analizar con sus dedos las orillas de la placa. "Sospecho que se abre con un hechizo".

"Y lo que yo sospecho es que sólo la Arzobispa y su gente más cercana conocen ese hechizo", comentó Hubert con visible enfado. "Si llegamos a encontrar otra puerta, quizá tenga el mismo cerrojo".

Monica asintió, pasó su mano por la placa mágica y entonces sucedió algo. La placa brilló con una energía mágica que rodeó la mano de Monica. El símbolo de la Cresta de Seiros se dibujó en la placa y forzó a que la Cresta de Monica se conjurara en el aire, la Cresta de Macuil. Y entonces la energía de la placa se detuvo, empujando la mano de la joven maga.

Hubert y Monica se miraron entre sí antes de que Monica volviera a poner su mano en la placa. Sucedió lo mismo. Entonces Hubert decidió poner su mano y nada pasó. Era obvio lo que estaba pasando ahí.

"Sólo quienes tengan la Cresta de Seiros pueden abrir ésta puerta", dijo Hubert al punto de casi reír. "Es una entrada y salida sólo para la Arzobispa".

Monica no podía dejar de sonreír. "Eso quiere decir que podremos acceder al Mausoleo".

"Y será Lady Edelgard quien se haga con la Espada del Creador", dijo Hubert con genuino júbilo, pero que en su rostro tomaba una tonalidad casi malvada.

"Ugh, cuando pones esa cara nos haces parecer los villanos, ¿sabes?" Se quejó Monica al verlo.

"No pretendo escuchar una sola crítica de tu parte, Ochs", se defendió Hubert.

"Mejor terminemos de revisar el sitio en busca de las otras salidas y entradas, no se sabe si necesitaremos usar alguna de esas salidas de emergencia".

"Admito que a veces esa cabeza tuya tiene buenas ideas".

"Lo que sea por Lady Edelgard", declaró la maga con orgullo.

Y te doy puntos por ello, pensó Hubert, pero sólo eso. "Vamos, tenemos que apurarnos antes de que se meta el sol". Porque luego de eso, los guardias del turno nocturno vigilaban diligentemente esa zona en especial.

El siguiente paso era, obviamente, entrar al Mausoleo y conseguir el arma que estaba en la Tumba de Seiros. Con suerte podrían esconder la espada hasta que llegara el momento de llevar a cabo el plan maestro.

Tenían que darle las buenas noticias a su princesa apenas salieran de ahí.

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Edelgard estaba particularmente contenta porque todo estaba saliendo a pedir de boca: Los Caballeros de Seiros estaban persiguiendo a ese monstruo de Solon, Monica y Hubert encontraron la manera de entrar al Mausoleo y podrían conseguir la legendaria Espada del Creador. Un paso importante para ganar todas las ventajas posibles contra Rhea. También se estaba haciendo de la simpatía de más compañeros de las otras Casas, todos expresaban tener problemas con sus Crestas, problemas que no necesitaban. Todas esas pláticas eran discretas, desde luego.

La princesa de Adrestia estaba particularmente interesada en el problema de Lysithea, ambas tenían el mismo problema, pero no era el momento de mencionar directamente el asunto. No todavía, no porque no tenía una manera de ayudarla en realidad. La princesa necesitaba más preparativos.

Y lo que coronaba las alegrías de Edelgard era que pronto sería el cumpleaños de Byleth y estaba preparándole un regalo. La princesa estaba segura que todos le darían regalos a la profesora y le gustaba la idea de que todos la apreciaran, aún podía recordar el semblante de Byleth cuando le contó que el grupo mercenario de su padre se desintegró luego de su muerte, nadie quiso seguirla, le tenían miedo.

Un hermoso medallón de un Águila Negra era el regalo de parte de todo el grupo, pero el regalo que ella le daría a su querida profesora era una carta y un dibujo. Dibujo que le estaba quitando horas de sueño porque no quedaba como ella quería, ¿tan mala era dibujando? De niña no lo hacía mal, pero no pudo seguir practicando luego de todo lo que le sucedió y ahora no podía hacer el dibujo que quería. ¡Pero no pensaba rendirse! ¡Edelgard von Hresvelg no se rendía!

Apenas terminara su sagrada hora del baño, iría directo a su cuarto a intentarlo de nuevo.

"Entonces… ¿No podrás acompañarme mañana a la hora del baño?" Preguntó Edelgard con curiosidad. Comprendía perfectamente bien cuando no era posible, aunque no negaba que le gustaba mucho ese tiempo exclusivo que compartía con Byleth.

Por cierto, Byleth le estaba ayudando a lavarse el cabello y la espalda. Luego de todo ese tiempo, Edelgard se sentía cómoda mostrando su desnudez. Quizá, algún día, podría ducharse con el resto de sus compañeras.

"Shamir me invitó a salir a beber al pueblo", informó Byleth con emoción. "Hanneman, Manuela y Alois estarán ahí también. Es el cumpleaños de Sir Catherine. Podremos tener nuestro duelo de nuevo".

"Oh", Edelgard sonaba interesada. "Recuerdo bien que Sir Catherine pelea como poca gente que he visto, me recuerda un poco al hermano de Hilda".

Byleth bajó el volumen de su voz. "Quizá a futuro nos toque enfrentarnos a Sir Catherine, quiero medir mis fuerzas apropiadamente contra las de ella".

Edelgard sonrió por lo bajo. "Justamente eso pensé el día del duelo".

"Fraternizar con tu futuro enemigo no es la mejor de las ideas pero…"

La princesa soltó una pequeña risa. "Tienes derecho a disfrutar tu tiempo de maestra como mejor quieras, profesora mía".

Byleth aprovechó el cuerpo enjabonado de Edelgard para abrazarla por la espalda. "Y tú tienes derecho a disfrutar tu tiempo de alumna como tú quieras. Veo que has estado hablando con muchos de tus compañeros en fiestas de té".

"Tenías razón, sólo debo exponerles mis ideas y escucharlos sinceramente", dijo Edelgard, acariciando los fuertes brazos de Byleth alrededor de su cintura. "Ahora siento que no estoy sola en esto de querer cambiar el sistema, todos mis compañeros anhelan un mundo donde las crestas no les estorben".

"Incluso si no se unieran a ti, al menos sabrán por qué peleas, eso es importante", Byleth besó el hombro de Edelgard. "Sabes a jabón".

La princesa rió, un ligero sonrojo adornaba sus mejillas. "Deja que te lave también y podremos entrar al agua para relajarnos".

"De acuerdo".

Luego de lavarse y juguetear un poco por mientras, ambas entraron al agua caliente y suspiraron al mismo tiempo, clara señal de relajación.

"Como no vas a poder estar mañana conmigo… ¿Está bien si te aprovecho ahora mismo?" Preguntó Edelgard de repente, su rostro estaba rojo por culpa de la timidez.

"¿Uh?" La profesora no tardó en sonreír sólo para su alumna, una sonrisa pequeña. "Adelante. No me has dejado visitarte en tu habitación".

La princesa se montó en las piernas de Byleth y la abrazó por el cuello, ahora su sonrojo era por otra cosa. "Estoy haciendo algunas cosas importantes, es todo", sus malos dibujos estaban en el escritorio, ni siquiera Monica y Hubert tenían permitido pasar, las juntas las llevaban a cabo en la habitación del mago, justo al lado. "Cosas personales y… Bueno…"

Byleth mantuvo su sonrisa mientras abrazaba a Edelgard por la cintura. "Tienes derecho a tu propia privacidad, mucho he hecho invadiendo tu hora del baño privada, El".

"Si eres tú, no tengo problema, profesora mía", murmuró la princesa, mirando los hermosos labios de su profesora. Sin poder contenerse, la besó de dulce y suave manera. Su corazón latió de alegría y sincero gozo cuando su profesora correspondió el beso.

Los besos no eran frecuentes, sólo cuando el momento y el corazón los pedían, y en ese momento Edelgard los necesitaba. Sus pechos desnudos, pegados uno contra el otro, le daban un delicioso extra que hacía a ambas suspirar entre besos.

"Más, por favor…" Murmuró Edelgard contra los labios de su profesora. "Por favor…"

Byleth frunció el ceño, su corazón comenzó a galopar cual caballo salvaje. "El… Cuando quieras que me detenga, sólo dilo…"

Y cuando la princesa asintió tímidamente, la mercenaria atacó.

"Mi El…" Byleth pasó su lengua por una de las orejas de Edelgard, luego a su cuello, donde no se contuvo en besar y morder su blanca piel. Quería dejar su marca ahí… De todos modos el uniforme cubriría cualquier rastro que dejara a su paso. "Estoy muy orgullosa de ti… Lo estás haciendo muy bien".

Edelgard tembló, toda ella se sentía feliz de escuchar los elogios, los ánimos, dulces palabras susurradas en su oído y entre besos. Las manos de Byleth no se quedaron quietas, comenzaron a acariciar su espalda, sus costados… Su abdomen y…

Un suave gemido abandonó la boca de la princesa mientras ese par de manos acariciaban sus pechos con firmeza pero con delicadeza, sus palmas rozando sus pezones sensibles mientras la boca de la mercenaria besaba y mordía su cuello, justo antes de moverla de tal manera que ahora era la boca de Byleth la que mimaba y lamía sus pezones. Edelgard tuvo que callarse a sí misma con una mano mientras se sujetaba a un hombro de Byleth con la otra.

"Profesora mía…" Gimió Edelgard quedo, temiendo que todos en el Monasterio pudieran escucharla. Su propio corazón sonaba más fuerte que un tambor de guerra.

"Mi El…" La mercenaria volvió al cuello de la princesa y luego a sus labios, donde le dio un profundo y húmedo beso lleno de deseo, beso al que la princesa se entregó sin pensarlo. "Te quiero tanto…"

"Yo… Yo también…Byleth…"

Byleth sonrió por lo bajo y siguió besando a la princesa. Tenía una idea de qué hacer a continuación, tampoco era nada complicado, sólo algo tan simple como dejarse llevar por los deseos de su corazón.

Por su lado, Edelgard se dejaba besar, se dejaba querer y acariciar, permitía a su profesora explorar su cuerpo con sus manos. Se sentía flotar. Ser amada por alguien tan maravillosa era algo que hacía algunas lunas ni siquiera hubiera imaginado… Y ahora se estaba entregando por completo a la mujer que conquistó su corazón.

La mujer que la ha salvado no sólo de los monstruos que la controlaban, también de sí misma.

CONTINUARÁ…