PARTE 35 La Penúltima Luna
~o~
El numeroso grupo de bandidos, porque por supuesto que se necesitaba un grupo amplio para asaltar una caravana de mercantes, seguía celebrando por su más reciente robo y esperaba instrucciones. Se verían con algunos compradores y su jefe, Pallardó, les indicaría cuándo partir y hacia dónde. Se quedarían con una parte de los víveres y el resto lo venderían a otros grupos de ladrones locales que requerían comida para sobrevivir a la parte más dura de la temporada helada en Faerghus.
No había fogatas ni nada más para calentarse, los ladrones no querían que el humo llamara la atención de la guardia local, pero lo que ellos no sabían era que ya estaban atrapados. Fue demasiado tarde cuando uno de los ladrones llegó corriendo diciendo que un grupo numeroso se acercaba, dicho grupo ya estaba cargando hacia ellos.
"¡Ataquen!" Ordenó Claude desde las alturas y él mismo preparó su arco para comenzar con la ofensiva.
Un ataque simple, directo y veloz. La prioridad eran los víveres, tampoco tenían que matar a todos esos bandidos, sólo era gente desesperada aprovechando los tiempos complicados por lo que pasaba el Reino.
"¡Llévense lo que puedan!" Ordenó uno de los comandantes de Pallardó.
"¡No podemos, el camino al norte está bloqueado!"
"¡Catherine la Galerna está ahí!"
Y la sola mención de ese nombre hizo temblar de manera visible a los ladrones, pero tampoco tuvieron tiempo de sentir miedo.
Los alumnos de la Academia y sus batallones arrasaron con los bandidos en cuestión de minutos. Muchos de ellos escaparon por las laderas nevadas que bordeaban el pueblo, otros fueron apresados y varios murieron en batalla. Lamentablemente para todos, Pallardó no estaba ahí, dejó a un doble en su lugar, un pobre diablo al que se le prometió una buena suma de dinero apenas llevaran todo con los compradores. Fue arrestado junto con varias decenas de ladrones, las bajas fueron relativamente pocas, y esos ladrones serían puestos a disposición para trabajar en las minas.
Minas donde les darían de comer sin necesidad de que tuvieran que robar, la ironía era maravillosa.
Catherine estaba francamente impresionada, los alumnos demostraron una habilidad de combate incluso en un clima complicado como ese, los que eran adeptos a la magia esquivaban muy bien los ataques enemigos, esa chiquilla Lysithea en especial se llevó buena parte de su atención por más de una razón, no hubo ataque enemigo que pudiera tocarla, además estaba versada en magia elemental y magia de Fe, lo que la hacía una sanadora calificada sólo después de la sanadora oficial de los Ciervos: Marianne.
La Galerna admitía que, en cuanto a combate, esa generación no tenía par alguno, todo gracias al Azote Sombrío.
"Lo hiciste bien, Alteza", le dijo Catherine a Dimitri. "Todos lo hicieron bien".
"Gracias, Sir Catherine. Todo ha sido gracias a la guía que nos han dado, también le debemos mucho a nuestros profesores", dijo Dimitri con suave voz. Cabalgaba junto a Catherine mientras llevaban a los prisioneros y el cargamento a un pueblo donde soldados del Reino les esperaban, ellos se encargarían de repartir ese cargamento a los destinos que les correspondía, también se harían cargo de los prisioneros. El príncipe aprovecharía ese momento para ver cómo estaban las cosas en los pueblos menos centrales.
"Admito que tu estilo de combate es menos descuidado a como recuerdo que era", comentó la Galerna apenas hizo memoria. "Antes sólo hacías ataques contundentes, tratando de terminar el combate con un golpe pero..."
"Pero descuidaba mucho mi defensa, lo confieso", completó Dimitri. "Ya he mejorado eso gracias a la profesora Byleth, durante estas Lunas me ha entrenado en mejorar mi defensa".
"Sí, ha hecho un gran trabajo contigo, con todos ustedes. Cuando los ayudo a entrenar, siento que estoy trabajando con soldados de alto rango, todos lo están haciendo fantástico", comentó Catherine con orgullo y volvió a mirar a los alumnos, Ciervos en su mayoría, que lo hicieron bastante bien a pesar de no estar acostumbrados al terrible clima helado de Faerghus. La mirada de la Galerna no tardó en detenerse en algunas alumnas, Lysithea y Edelgard en especial.
Mientras tanto, Lysithea hablaba con Marianne. La batalla la ayudó a calmar sus ánimos y estaba mucho más calmada, ya podía tomar el tema que dejaron pendiente antes de comenzar la misión.
"Lamento mucho haberte hecho enfadar", como era de esperarse, Marianne fue la primera en disculparse.
La maga negó. "Soy yo quien debe disculparse, me alteré... Y admito que me alteré porque no me gusta verte así por algo que no nos quieres compartir. Somos amigas, ¿o no? Muchos de aquí son tus amigos", reiteró Lysithea. "Y duele un poco que no nos quieras confiar eso que te afecta tanto".
Marianne se mordió los labios, los sintió fríos y se cubrió medio rostro con la bufanda que llevaba puesta. El calor de la batalla ya había abandonado sus cuerpos y ahora debían resistir la helada tormenta. Estaban a una hora de su destino y la profesora Byleth decidió que acamparían a las afueras del pueblo hasta que la tormenta de nieve amainara. Llevaban lo necesario para pasar una noche cálida, compartirían las tiendas para conservar mejor la temperatura.
"Lo lamento", murmuró la sanadora. "Ustedes me han demostrado lo mucho que les importo y yo... Yo sólo... No puedo..."
Lysithea suspiró hondo y por un momento, por un segundo, Shez y su modo directo de ser le pasaron por la cabeza, la manera en la que abordaba los temas sin darle vuelta al asunto. Pensar en la mercenaria la sonrojó por un segundo, pero se compuso tan rápido como pudo. "También tengo asuntos que le oculto a los demás", dijo en voz baja, "asuntos que me obligan a trabajar tan duro como me es posible".
Marianne abrió un poco más los ojos y miró a su compañera con atención. "Tú siempre das todo de ti, Lysithea, no pensé que..."
"Escucha, no tengo tiempo qué perder, quiero hacer todo lo que esté en mis manos para que mis padres tengan una vida cómoda luego de todo por lo que han tenido que pasar, tengo mucho qué aprender y ahora tengo amigos con los cuales quiero hacer recuerdos, y tú eres parte de esos amigos, ¿entiendes?"
Sin saber qué decir, Marianne sólo asintió.
"Y puedo reclamarte que no compartas eso que te lastima, porque yo ya le he compartido mis asuntos a alguien que me entiende", continuó la joven maga, mirando de reojo a Edelgard, quien parecía bastante entretenida discutiendo de algo con Claude. "Sé que hay alguien que me entiende y comprende por lo que paso. Y creo que yo podría entenderte si me confías lo que te molesta".
Marianne bajó un poco el rostro, avergonzada. "No creo poder decirlo ahora mismo, pero gracias por tus palabras. Prometo que cuando esté lista te diré todo, sólo no me gustaría ponerte en peligro... Estar conmigo es peligroso..." Agregó con amargo tono.
Lysithea bufó de graciosa manera y le dio una palmadita en el hombro para hacerla levantar el rostro y señalarle a sus compañeros de Casa y a todas las personas que las rodeaban.
"Pues yo veo a todos bastante bien y faltan un par de Lunas solamente para que acabe el año escolar, así que difiero de tus palabras, todos estamos bien, nadie ha estado en peligro cerca tuyo y hay varios compañeros que te esperan con ansias apenas regresemos a Garreg Mach", la joven maga enseguida se encogió de hombros. "Quien quiera que te haya dicho que pones en peligro a la gente, claramente te mintió".
Y esas palabras hicieron que Marianne abriera un poco más los ojos. Bernadetta y ella estaban cuidando de unas hermosas flores, últimamente Ferdinand se acercaba a hablar cuando la veía rezando, Raphael pasaba tiempo con las aves y le consultaba muchas cosas, Sylvain era especialmente atento incluso con su coqueta personalidad, y ni qué mencionar que también el príncipe Dimitri se había tomado el tiempo de hablar a pesar de estar tan ocupado. Además estaban sus compañeros de Casa, quienes constantemente la buscaban a pesar de que ella trataba de alejarlos; sin lograrlo, porque ellos la seguían buscando.
Sin poder evitarlo, la joven sanadora sonrió por lo bajo, una sonrisa débil pero sonrisa al fin y al cabo. Lysithea tenía razón, no estaba sola, había mucha gente a su alrededor y hasta el momento nadie había estado en peligro como su padre le aseguró que sucedería.
"Es cierto", murmuró Marianne, más compuesta.
Lysithea asintió. "Cuando te sientas lista para hablar, puedes acudir a mi si lo deseas. O si quieres a alguien más neutral, ve con Edelgard o con alguno de los profesores, ellos te ayudarán".
La sanadora no se sorprendió del todo con el consejo, los profesores eran muy atentos y accesibles. Y en cuanto a la princesa de Adrestia, ya había interactuado con ella (siempre en compañía con Bernadetta) y era una persona confiable que también tenía un lado gentil; Bernadetta y los gatos del Monasterio podían confirmarlo, ella misma también. Si Lysithea le dijo que podía confiar en Edelgard, sabía que hablaba totalmente en serio.
"Te sentirás mejor cuando lo hables con alguien, te lo aseguro. Me sirvió a mi", fue lo último que dijo Lysithea antes de que Leonie se acercara a ellas, al parecer ya se había cansado de escuchar a Lorenz y dejó que Ignatz y Raphael lidiaran con él.
El tema de conversación pronto cambió a uno más casual.
~o~
Tal como estaba planeado, todo el grupo acampó esa noche en las afueras del pueblo, traían sus propias provisiones y equipos, pero más de un alumno, comenzando por Dimitri, cedieron parte de sus provisiones a los pobladores locales. Los mercenarios se sumaron también a ese noble gesto, después de todo tenían la comida asegurada en el Monasterio.
Y ese detalle, por supuesto, puso a pensar a más de un alumno.
En Garreg Mach siempre había comida, siempre había armas, siempre había materiales, estaba lleno de tantos libros que era imposible leerlos todos en un sólo año escolar, además llegaban mercaderes con objetos que valían lo de la comida de lunas enteras para familias comunes. Se suponía que la Iglesia de Seiros estaba para ayudar, sobre todo a un pueblo tan entregado a la Fe como lo era la gente de Faerghus.
Pero quien trataba de no pensar en ello era Catherine. Lo que a la Galerna le pasaba por la cabeza era lo que percibía en un par de las alumnas: Lysithea y Edelgard. Prácticamente podía oler el aroma del Emblema de Charon en la chica Ordelia, y también el poder de otro emblema, el de Gloucester. Era imposible poseer dos emblemas, pero justo a plena vista tenía no a una, si no a dos alumnas con las mismas características. La más curiosa era Edelgard, porque podía sentir el emblema de Seiros en su sangre, pero el otro Emblema no podía reconocerlo. La chica Edmund también tenía un Emblema que nunca había percibido antes pero que podía sentir mejor a comparación del segundo emblema de la princesa de Adrestia.
No sólo eso, la princesa y la maga tenían una característica más en común: una cabellera blanca que fácilmente podría hacerlas pasar por hermanas.
Tener dos emblemas no era físicamente posible.
Apuesto a que Hanneman moriría por saber esto, pensó Catherine con una sonrisa. Tampoco que tuviera en mente decirle sobre eso a la Arzobispa, no le nacía a decir verdad, pero aún así sentía una fuerte curiosidad y no era complicado unir puntos luego de pelear contra los Agarthanos. Quizá esas chicas fueron víctimas de esos monstruos, no sería una sorpresa, no cuando todos sospechaban que Lord Arundel también fue uno de ellos, pero nunca pudieron confirmarlo porque el tipo simplemente desapareció, como si la tierra se lo hubiera tragado. Lord Arundel estuvo detrás de muchos problemas en el Imperio, problemas que afectaron el territorio de los Ordelia y que aún tenía a Hrym bajo un terrible yugo del que Catherine prefería no pensar.
No cuando ellos tenían el poder de ayudar, pero en Garreg Mach no se hacía nada si la Arzobispa no lo ordenaba... Al menos ya habían acabado con casi todos los Agarthanos.
Y ya que sus pensamientos volvían a ellos, Catherine sabía que los Agarthanos no sólo desestabilizaron el Reino y metieron sus manos en el Imperio, sucedió lo de Remire y no sería loco pensar que ese no era su primer ni su último experimento, quizá esas niñas fueron víctimas de esos monstruos también. Catherine tenía muchas preguntas, pero no estaba segura si las niñas querrían compartir sus historias con ella. Ya una vez tuvo oportunidad de hablar con Lysithea sobre el emblema de Charon y que al parecer atraía la lluvia. Fue una plática casual pero suficiente para saber que la chica era una persona seria. Ahora sentía curiosidad por la princesa de Adrestia, pero quizá ese no era el mejor momento para abordarla, la chica parecía estar bastante ocupada. Muy normal, se trataba de una princesa que estaba a nada de tomar el trono de un Imperio en caos.
"Ten", sonó una voz de repente, la voz de Byleth mientras le ofrecía una taza de té a la Galerna.
"Gracias", agradeció Catherine, el calor de la taza en sus palmas se sintió bien. "Deberías ir a dormir, nosotros podemos hacer la guardia. Tus niños hicieron casi todo el trabajo, merecen descansar. Y no me hagas decir lo que tú hiciste".
Byleth negó y se sentó junto a ella. "Es mi deber cuidarlos, son mis alumnos", murmuró mientras comía un poco de carne seca que tenía guardada en un bolsillo. "No quiero que Seteth me regañe".
La Galerna rió. "Es un poco gruñón pero no es un mal tipo".
"Seteth le dijo a Flayn que yo era una bestia a la que preferiría tener encadenada", fue la inmediata acusación de Byleth. No que estuviera afectada por el insulto, lo encontró gracioso a decir verdad.
Catherine suspiró de manera pesada, el Consejero hacía imposible defenderlo por muy buen hombre que fuera una vez que se le conocía mejor. "No es un mal tipo, sólo es demasiado serio, le gusta el orden y las reglas y tú tienes una energía que él no sabe cómo manejar", explicó con calma. Como que ella misma siempre hizo rabiar al hombre durante sus días de estudiante y también cuando formó parte de los Caballeros de Seiros luego de ser acogida por la Arzobispa.
"Tampoco tendrá que lidiar conmigo más tiempo", Byleth se encogió de hombros. "Sólo un par de Lunas más y mi contrato termina".
"Antes de que te vayas, tienes que pelear conmigo una vez más".
"Hecho".
Byleth sabía que quizá tendría que enfrentarse a Catherine en un futuro, pero tampoco tenía motivos para no ser cordial con ella. Edelgard tenía planes que Byleth pensaba apoyar. Desde que entró a trabajar al Monasterio vio todo lo bueno y lo malo que tenía, y aunque lo bueno era tener ese trabajo como profesora y haber conocido a mucha gente maravillosa, todo lo malo que pasaba tras esos muros aún la hacía pensar en que su padre tuvo a bien irse de ahí y reprocharse a sí mismo todo el tiempo que trabajó para la Arzobispa.
El resto de la noche se fue entre pláticas casuales mientras vigilaban que todos estuvieran a salvo y cómodos en el campamento.
El regreso a Garreg Mach no tuvo ningún inconveniente qué reportar y la misión salió a pedir de boca.
~o~
La Luna de Pegaso sería un mes de bastantes gastos para Byleth, varios alumnos cumplirían años y no iba a dejar ninguno sin celebrar, ya fuera con salidas o con banquetes especiales en el comedor. Primero era el de Hilda el día 3, Raphael le recomendó regalarle cosas con las que ella pudiera hacer accesorios, le quedaban muy bien, le contó que incluso lo ayudó a hacer un hermoso accesorio para su hermana y a ésta le encantó. Hanneman cumpliría años el día 8 y ahí al menos podrían ir al pueblo a celebrar como era la costumbre entre el profesorado. El día 20 era el cumpleaños de Felix y Byleth le daría una espada de colección de regalo que ya tenía preparada. Y el 28, a un día de finalizar esa Luna, Lysithea cumpliría años y a ella le conseguirían deliciosos postres para que los comiera a gusto en compañía de sus amigos y compañeros.
Byleth estaba sorprendida por lo rápido que el tiempo pasó. Ni siquiera con su padre fue totalmente consciente del paso del tiempo, tampoco esperaba muchas cosas con demasiada emoción, ni siquiera su propio cumpleaños. Los días pasaban entre trabajos, entrenamientos, borracheras, algunas peleas y luego su padre poniéndose melancólico de cuando en cuando y sólo recuperando una media sonrisa cuando Byleth le llevaba flores, o cuando ambos iban a pescar en un cómodo silencio.
Pero desde que llegó a Garreg Mach, a los días le faltaban horas para que Byleth pudiera hacer todo lo que quería, había tantas cosas que quería hacer que a veces tenía que forzarse a sí misma a dormir para poder levantarse temprano. Admitía que extrañaría esa rutina, pero la idea de que le esperaban cosas diferentes y nuevas en el Imperio le quitaba un poco de esa ansiedad por irse del Monasterio.
Lo único que Byleth podía hacer era disfrutar esos días a consciencia y ver qué tan lejos iban a llegar cada uno de sus alumnos.
Algo que hizo saber a Byleth que estaba haciendo un buen trabajo, fue escuchar que las tres regiones oficialmente habían comenzado con el intercambio de mercancías como parte de un tratado comercial que estuvieron trabajando con su respectiva gente por medio de cartas. El Imperio tenía excedente de grano y animales de granja, el Reino tenía excedente de metales y a la Alianza le sobraban la madera y las pieles, por lo que el intercambio comenzó durante esos días.
Con el intercambio propiamente en curso, Dimitri sabía que a su gente le vendría bien recibir comida y todo lo necesario para estar cálidos durante la parte más dura de la temporada fría. Las pieles y la madera llenaron las casas de calor, y la comida del Imperio poco a poco comenzó a llenar las mesas de aquellas zonas que más sufrían. Los soldados de la frontera bajo el mando de Miklan pronto quedaron mejor armados, más cómodos y cálidos y gracias a ello la moral estaba en alto y podían defenderse mejor; la gente de Sreng gustaba de aprovechar esa temporada en especial para atrapar a los soldados del Reino en un estado vulnerable, pero ésta vez no fue la ocasión. Dimitri se sentía feliz, la tensión en el Reino poco a poco bajaba según decían las cartas de Lord Rodrigue.
Por su lado, Claude estaba francamente satisfecho por mantener callados a esos tercos ancianos de la Mesa Redonda. El metal que llegó a la Garganta de Fódlan fue una verdadera bendición para Holst y la armada que resguardaba la zona. Además, la variedad de comida y materias primas que comenzaron a llegar ayudó mucho a zonas especialmente vulnerables, como lo era el territorio de los Ordelia. Adicionalmente, Claude decidió que los malos roces con Almyra podrían terminar de la misma manera en que aprendió a hacerlo en la Academia: conociendo mejor a aquellos a los que antes miraba con recelo. Se las arregló para que Holst pudiera encontrarse, en secreto por lo mientras, con Nader. Nada mejor para hermanar a las personas que comida, bebida y una buena plática, ¿verdad? Esperaba que todo saliera bien.
Mientras, Edelgard mandaba todo el metal y otras materias recibidas a los herreros de la armada Imperial. Los Caballeros de Seiros eran una fuerza de temer, sin contar que la Arzobispa en cualquier momento podría transformarse en la Furia Blanca y hacer un verdadero desastre en el campo de batalla. Por supuesto, aprovechaba la casi completa erradicación de las Serpientes y el encierro del Duque Aegir para cimentar su poder en la Corte Imperial con ayuda de sus aliados. Apenas tomara el trono de Adrestia, lo primero en su lista de pendientes era arreglar las relaciones diplomáticas con Brigid y hacer un acuerdo de no agresión con Dagda. El seguir aprendiendo los idiomas de esas naciones sería de mucha, mucha ayuda.
Los tres futuros líderes de Adrestia tenían grandes planes para el futuro cercano.
Rhea también.
La Arzobispa veía cada día pasar como la promesa de que algo grande, una nueva era comenzaría y podría tener con su madre de regreso a ese mundo. ¡Había esperando tanto por ese momento!
Mantener la distancia con Byleth ayudó mucho, entre menos razones le diera para alejarse lo más pronto del Monasterio, mejor. La graduación de los alumnos estaba cada vez más cerca y confiaba en que esa generación nueva de líderes haría bien las cosas. Siempre era interesante ver el cambio de poder en las regiones, cada líder traía cosas nuevas y esperaba que ellos no terminaran como sus antecesores: muertos o debilitados, o incluso faltos de poder y apoyo. Esos chicos parecían tener más agallas y bríos, confiaba en que las cosas estarían más estables.
Y en caso de que no fuera así, tendría el apoyo de su madre para poner todo bajo control.
"Disfruta de tu vida, pequeña Byleth, sé tan feliz y tan fuerte como puedas, eso ayudará mucho a que mi madre pueda sentir tu felicidad y tu energía de vida", murmuró Rhea mientras miraba hacia el comedor, que era donde se estaba llevando a cabo el cumpleaños de uno de los alumnos de los Leones Azules. O al menos eso fue lo que le contó Seteth antes de finalizar con el papeleo del día, que uno de los Leones cumplía años ese día pero que harían la celebración en el comedor, y si lo comentó, fue porque Flayn insistió en asistir y poder saludar al menos a los profesores.
La misma Rhea podía reprocharle a Seteth que tuviera a Flayn tan aislada, pero no era quien para meterse en asuntos entre padre e hija... Como que ella misma no dejaría que nadie se metiera en sus asuntos madre e hija.
El frío viento sopló y la Arzobispa se vio obligada a volver al interior de sus cálidos aposentos, el Corazón de Sothis reposaba en un cofre sobre la cómoda junto a la cama.
La sonrisa en el rostro de Rhea se volvió cálida.
"Muy pronto, querida madre, muy pronto nos veremos..."
~o~
Solon miraba con asco el escondite donde se vieron obligados a esconderse como ratas. Pudo reencontrarse con los supervivientes de la masacre en Shambhala: Myson y Pittacus. Dolofonos cayó en combate ante el Capitán de la Orden de los Caballeros de Seiros. Alois Rangel no era un oponente al que debían tomar a la ligera, mucho menos a Catherine la Galerna y a la arquera que siempre se movía en las sombras. Los Caballeros de Seiros en serio los dejaron reducidos a un miserable grupo de tres. Los soldados que llevaban consigo tuvieron que morir, Solon absorbió su vitalidad con un hechizo para poder sanar a Myson, a Pittacus y a sí mismo.
Ya no tenían nada, ni sus libros de magia, ni su tecnología, ni sus miles de fieles soldados, tampoco podían acudir a sus aliados en Faerghus y en Adrestia, quedaban sólo un puñado y los muy inútiles estaban bajo vigilancia. Serían atrapados al más mínimo descuido.
"Sólo nos queda guardar fuerzas", dijo Solon luego de un incómodo silencio.
"¿Fuerzas para qué?" Pittacus sonaba cansada y harta de todo. "Sin nuestra tecnología ni magia, no podremos mudarnos a un cuerpo nuevo cuando estos se queden sin fuerzas".
"Tampoco tenemos magos de apoyo, mucho menos soldados. Y cualquier movimiento que hagamos para tratar de reunir fuerzas, sólo atraerá la atención de la Iglesia", Myson soltó un bufido de furia.
Pero Solon se negaba a aceptar que ese sería su fin, ese no podía ser el fin de los Agarthanos, no cuando estuvieron vivos por tanto tiempo. ¿En qué momento todo se fue a pique? No hacía falta pensar demasiado, todo comenzó cuando Thales murió a manos de quién sabe qué enemigos.
"Deberíamos ir con la princesa, ella es el único aliado que nos queda", dijo Pittacus de repente.
El otro par de magos sólo rieron de manera amarga. "Dudo mucho que nos vaya a recibir ahora", dijo Myson, "todos sabemos que no quedó muy conforme luego de que sus hermanos perecieron en los experimentos".
"Nunca ha estado muy contenta con nuestra presencia", agregó Solon, "sólo Thales tenía el poder de someterla a su voluntad".
"¿Entonces sólo nos esconderemos como ratas? No viviremos más de un par de décadas por culpa de estos débiles cuerpos", Myson no sonaba contento.
"Quizá... Quizá tengamos una oportunidad más..." Murmuró Solon, recordando algo, algo a lo que no le había puesto mucha atención antes, sus compañeros le miraron con visible curiosidad. "Esa pequeña rata traidora de Kronya una vez me dijo que una de las alumnas de la Academia no cayó ante las heridas de su arma especial".
Eso definitivamente llamó la atención del otro par.
"Sucedió cuando los alumnos de la Academia se llevaron a la chica que serviría de disfraz a Kronya", continuó Solon. "
"Ningún humano puede resistir el veneno del Atame", dijo Myson con sorpresa. "Cualquier arañazo basta para envenenar a la víctima y debilitarla, incluso matarla en cuestión de segundos si daña cualquier hueso u órgano vital".
Esa daga era una de sus mejores creaciones, todos lo admitían. Por supuesto, para que Kronya no se sintiera demasiado importante a futuro y quisiera escalar posiciones a base de violencia, como dictaba la buena costumbre entre los suyos, el veneno del arma no tendría efecto en...
"Otro Agarthano... Hay un Agarthano en la Academia", murmuró Myson, sorprendido.
Ninguno de los tres iba a negar que más de uno de los suyos huyó de Shambhala a la más mínima oportunidad, traidores que eligieron vivir en el mundo junto con esas bestias invasoras y bajo el yugo de Seiros. Debiluchos que no pudieron soportar el modo de vida en la ciudad subterránea y que escaparon como cobardes, algunos con familias completas.
Quizá esa chica Agarthana, que seguramente tendría entre 15 y 20 años para poder asistir a la Academia de Oficiales, debió salir de Shambhala con ayuda de un adulto siendo ella sólo un infante, incluso un bebé y por eso no los reconoció.
"Si podemos averiguar de quien se trata, tendremos la oportunidad de acercarnos a los vástagos de la Estrella Maldita por medio de esa chica y acabar al menos con Seiros. Y sin Seiros, toda esa Iglesia se desplomará y los otros vástagos que la acompañan se esconderán".
Esa idea no sonaba mal.
"Entonces tendremos que guardar fuerzas y esperar el momento, justo ahora no estamos en posición de espiar a nadie", dijo una recuperada Pittacus, incluso sonreía.
"Ahora no, pero cuando la pequeña princesa comience su guerra contra la Iglesia, tendremos muchas oportunidades de buscar a esa persona", murmuró Myson, bastante contento con esa información.
"Tenemos que encontrar a Kronya para preguntarle quién es la alumna, si es que el frío no la ha matado ya", Solon recuperó su asquerosa sonrisa de autosuficiencia. "Pero si no podemos contar con Kronya, entonces sólo debemos poner atención y descubrir quién es la pequeña Agarthana perdida".
Ese era un plan al que los tres se podían aferrar.
Sólo les quedaba ahorrar fuerzas y esperar.
~o~
Lysithea se notaba contenta por muchas razones.
Primero, sus padres le enviaron una carta avisando que estaban recibiendo apoyo de parte del Emperador Ionius y que hizo que los soldados imperiales se fueran del territorio de los Ordelia. El territorio vecino de Hrym fue liberado prácticamente de un día a otro de la tiranía bajo la que vivía, los impuestos bajaron hasta ser sustentables, los prisioneros civiles fueron liberados y los soldados que mantenían a la población sometida volvieron a la Capital. Todos fueron libres de salir del territorio una vez más.
No había necesidad de preguntar para saber que el debilitado Emperador quería ahorrarle todo el trabajo posible a su hija, él mismo sabía que lo que pasó en Hrym fue una crueldad en todas sus letras. Ionius no quería irse de ese mundo como el Emperador títere que permitió a sus hijos morir por la sed de venganza de unos monstruos, a su pueblo sufrir por el capricho de unos pocos y a su hija limpiar todo el desastre que él mismo provocó por culpa de su debilidad.
Edelgard estaba contenta también, su padre le escribió precisamente contándole que sin Aegir y sin Arundel, al fin podía tomar control. Incluso se sentía un poco más fuerte que antes y con esas mismas fuerzas estaba haciendo todo lo posible por arreglar lo que le fuera posible.
"Muchas gracias, Edelgard", fue lo primero que le dijo Lysithea a la princesa. La chica sabía que todos la querían fuera del comedor mientras terminaban los preparativos de su fiesta de cumpleaños, Edelgard fue quien se ofreció a entretenerla. "No tienes idea de lo mucho que esto me ayuda".
"En realidad yo no hice mucho, fue mi padre quien se encargó de arreglar todo ese problema".
"Pero lo hizo porque tú le has hecho saber tus planes, ¿o no?"
La princesa sonrió por lo bajo. "Sí, mi padre sabe todos mis planes".
Lysithea tomó aire. "Edelgard, las personas que nos hicieron esto..." Sujetó un mechón de su propio cabello al decir eso, "ellos... ¿Qué ha sido de ellos?"
"Han sido exterminados casi por completo", fue la rápida respuesta de la princesa. "Hay algunos con vida todavía, muy pocos, pero en cuanto intenten hacer algo, serán atrapados por los Caballeros de Seiros", o por la gente de Hubert, dependía de quién los localizara primero.
Felizmente, Edelgard se encargaría personalmente de ellos si tuviera la oportunidad.
Lysithea no pudo evitar una sonrisa pequeña. "Por culpa de ellos no viviré todo el tiempo que quiero vivir, pero al menos podré vivir en paz con mis padres".
"Me encargaré de que así sea", dijo Edelgard con gravedad. "Pero no creas que te dejaremos ir tan fácilmente, estoy segura de que podremos encontrar alguna manera de revertir lo que te hicieron... Lo que nos hicieron".
"¿Y me dirás qué fue lo que te hicieron a ti, Edelgard?"
La princesa decidió que los jardines del Monasterio no eran el mejor lugar para revelarle a Lysithea algo tan peligroso, por lo que la llevó a su dormitorio en silencio. Lysithea tampoco dijo nada, sólo la siguió.
Ya en la seguridad de cuatro muros y una puerta con seguro, Edelgard se sentó en la orilla de la cama, repentinamente nerviosa.
"Lo que me hicieron a mi es una versión más avanzada de lo que te hicieron a ti", dijo la princesa luego de un hondo suspiro.
"Esto fue lo que me hicieron esos bastardos", masculló la joven maga mientras estiraba ambas manos y mostraba las dos crestas que corrían por su sangre, la de Charon y la de Gloucester. "Pero me dejaron físicamente débil y con una expectativa de vida más corta".
"Y a mi me hicieron más fuerte, trataron de volverme su arma", confesó Edelgard, "pero pasaron algunas cosas de las que prometo contarte después... Cosas que me liberaron para poder seguir mi propio camino. Pienso demostrar que eso...", señaló las marcas luminosas que Lysithea le mostraba, para enseguida revelarle sus Emblemas a Lysithea, "y que esto no es ninguna bendición y tampoco la voluntad de la Diosa, sólo se trata del capricho de unos pocos..."
"Edelgard..." Lysithea no podía creer lo que veía y lo que escuchaba, pero más que nada en lo que veía: uno de esos emblemas era el de Seiros, todos sabían que la línea de sucesión de los Emperadores de Adrestia tenían la Cresta de Seiros, pero el otro Emblema... No podía creerlo. "El Emblema de Fuego... Ese emblema no debería tenerlo nadie actualmente".
"Ellos me dieron éste emblema gracias al sufrimiento y la vida de muchas personas, la vida de mis hermanos incluidas. Pero no dejaré que lo que le hicieron a mis hermanos y a ti sea en balde".
"¿Qué piensas hacer?"
La princesa negó suavemente. "Haré lo que debo hacer pero tú estarás a salvo, lo prometo. Tendrás una gran fiesta de cumpleaños, todos te daremos regalos, nos graduaremos de la Academia y podrás volver a casa para ayudar a tus padres".
Lysithea aún no podía creer todo lo que estaba escuchando.
"Encontraremos la manera de revertir esto, estoy segura que el profesor Hanneman querrá ayudar, Linhardt también".
"¿Hablas en serio?"
"Sí".
La maga tuvo que sentarse un momento en la única silla del cuarto, se sintió mareada.
"Y también me gustaría que hagas algo con Shez, buscó mucho un lindo regalo para ti. Pídele una cita".
"¡¿Eh?!"
Ante el sonrojo de la maga, la princesa sonrió.
CONTINUARÁ...
