Este capítulo transcurre entre el jueves 20 y el viernes 21 de enero de 2005. Se correspondería cronológicamente con «Libro abierto».
CAPÍTULO 8:
Fastidiada – Annoyed
Tal y como había vaticinado Gail Rouse, me acostumbré a la rutina de las clases y al cambio del clima, poco a poco. Iba contando mentalmente esas tres semanas de adaptación hacia atrás, hora tras hora. Aunque no recordaba todos los nombres, ya era casi capaz de reconocer los rostros de la práctica totalidad de los estudiantes del instituto con los que compartía al menos una asignatura. En clase de gimnasia los miembros de mi equipo aprendieron a no pasarme el balón y a interponerse delante de mí si el equipo contrario intentaba aprovecharse de mis carencias. Los dejé con sumo gusto. Pero todavía había algo que me mortificaba sumamente:
Gail Rouse tampoco volvió a la escuela el jueves.
Di varias vueltas innecesarias por el aparcamiento para localizar su moto por la mañana, y vigilé de reojo la puerta de la cafetería mientras intentaba fingir que participaba en la conversación del grupo que versaba sobre una excursión a La Push Ocean Park para dentro de dos semanas, un viaje que organizaba Mike. Me invitaron y accedí a ir casi sin darme cuenta. No me negué después de percatarme, más por ser cortés que por placer.
Pero, según mi firme opinión, las playas deben ser calientes y secas.
Es innegociable.
Lo más inaudito de toda aquella surrealista situación es que nadie parecía reparar en su desaparición, ni estaban al corriente de mi bochornoso espectáculo plañidero en el aparcamiento. Ninguno de mis compañeros había realizado mención alguna del tema, ni siquiera Jessica Stanley, que parecía ser capaz de enterarse de prácticamente cualquier habladuría que corriera por los pasillos de boca en boca. Lauren Mallory tampoco se mostró particularmente petulante con el súbito desvanecimiento de su enemiga jurada. Y Mike Newton ni miraba la silla vacía de mi compañera de laboratorio por un día, con signos de preocupación o de por lo menos curiosidad.
Así que, o bien Abigail «Gail» Rouse había sido una especie de alucinación o espejismo de mi cerebro, estresado por el brusco desarraigo, lo que no descartaba del todo a pesar de que intentaba mantener refrenado mi carácter irónico; O bien (lo más factible y un verdadero paliativo para mi estado mental) es que era tan habitual que no acudiera a las clases que nadie lo tomaba en consideración y el motivo tras ello fuese algo tan anodino y conocido que no dieses señales de alarma.
Mi rabia y mi ofuscación no hicieron sino crecer cada vez que intentaba olvidar el tema y pasar página, entre clase y clase. No podía, era como ese picor molesto al intentar contener un estornudo, que se extiende por todo el cerebro en forma de insidiosos hormigueos. Peor incluso que comer demasiado helado frío de una sentada o descubrir que un libro que has estado leyendo con tanto interés le faltaran las últimas páginas.
Después de clase de gimnasia me quedé mucho tiempo, más allá del prudente, en el aparcamiento esperando con la música puesta a todo volumen, con una de mis canciones preferidas allá en Phoenix, mientras el motor del trasto estaba vibrando al ralentí.
How can I put it? You put me on
I even fell for that stupid love song
Yeah, yeah
No sé qué es lo que estaba esperando. ¿Una merecida disculpa por su impertinencia? ¿Acaso el comienzo de una pelea que, por supuesto, nunca podría ganar? Sólo sabía que en algún momento tendría que venir alguien (su misterioso tutor pelirrojo, al menos) para justificar su ausencia en secretaría y me parecía una buena idea estar al acecho.
But since you been gone
I can breathe for the first time
I'm so movin' on, yeah, yeah
Thanks to you
Now I get
I get what I want
Since you been gone
Sé que estaba actuando de una forma completamente irracional, pero la situación a la inversa, temiendo que ella surgiera de improviso en cualquier momento, me provocaba taquicardias a cada sobresalto. El enfado recalcitrante era mucho mejor que la paranoia.
You had your chance, you blew it
Out of sight, out of mind
Shut your mouth, I just can't take it
Again, and again, and again, and again
Arranqué la primera marcha y puse en movimiento la furgoneta para ahogar con el estruendo aquellas letras que parecían estar mofándose de mí a propósito. Ya sabía muy bien que yo había huido de Phoenix y quién estaba mucho mejor sin mí en su vida.
El resto de la tarde estaba tan agitada que apenas pude concentrarme en los deberes, ni pude leer más páginas de Cumbres Borrascosas, aunque realmente lo hacía por mero gusto, ya que me serenaba volver mi atención en cosas que parecían tener sentido. Incluso el detestable y huraño Heathcliff mantenía su coherencia a lo largo de la novela.
No estaba de buen humor y Charlie lo captó al instante mientras veíamos en la televisión una vieja reposición de Married: with children que estaban emitiendo.
—¿Te encuentras bien, Bella? —me miró, arrugando el entrecejo y con su botellín de cerveza light suspendido en el aire, cuando permanecí impasible después de oírle reír a carcajada limpia. En la pantalla, Ed O'neil se despertaba de una borrachera en el bar vestido de Santa Claus. Mi mente estaba tan lejos de allí que no tenía ni idea de qué iba, ni cómo había llegado a esa situación y ni recordaba de qué capítulo se trataba.
—Sí, es sólo que estoy algo cansada —respondí con la verdad a medias, dando un largo bostezo y parpadeando lánguidamente—. Me voy a dormir, papá —me despedí dándole un fugaz beso en la frente al pasar a su lado en el sofá.
Por suerte el odioso rostro de Gail Rouse no me persiguió también en sueños, sólo fue la pesadilla que estaba teniendo todas las noches desde que había llegado a Forks y que comenzaba como siempre: caminaba por un dédalo de foresta verde interminable en el que me perdía y veía figuras oscuras por el rabillo del ojo que desaparecían en cuanto me giraba para examinarlas. Lo único que quedaban eran dos leves destellos metálicos y brillantes en donde deberían tener ubicados los párpados, pero se extinguían al instante.
No sé si considerarlo «pesadilla» era exagerarlo, pues no sentía ninguna angustia a pesar de que no encontraba la salida del bosque. Las figuras habitualmente no permanecían el tiempo suficiente al alcance de mi vista para que pudiera llegar a reconocerlas, pero por alguna extraña razón, tenía la sensación de que debían de resultarme familiares.
Dentro de la delirante lógica de ese ensueño, al menos así era.
Sin embargo, aquella vez, mi pequeño periplo nocturno por el Reino de Morfeo dio un giro de ciento ochenta grados. Cuando crucé una arcada formada por varios ramajes de abetos entrecruzados salí de pronto a una inmensa carpa nupcial blanca rodeada de tiestos con vibrantes flores de colores en torno a su perímetro. Dos grupos de sillas plegables, los invitados por parte de la novia y los del novio, estaban vacíos en apariencia. Pero al igual que con las esquivas figuras del bosque, cuando apartaba la mirada parecían surgir siluetas difuminadas sentadas en cada respectivo asiento.
Mi mirada se centró en el altar, donde destacaba la imagen de la novia con el velo.
Por alguna extraña razón era el único elemento de toda aquella quimera que parecía nítidamente real. Más que eso, cada uno de los intrincados detalles de su elegantísimo vestido blanco, cada brocado, cada botón, cada costura, cada cinta y cada bordado se me estaban quedando grabados en mi retina.
«¡Nunca he soñado en Alta Definición!», pensé burlonamente durante un breve momento de lucidez y de pronto dejé de avanzar por el pasillo cubierto de pétalos de clavel por propia voluntad.
El sueño quedó en pausa cuando la voz ininteligible del sacerdote, que parecía barbotar sin descanso, cesó de su discurso y el rostro de la novia se volteó en mi dirección.
Leah Clearwater se echó para atrás el corto velo de gasa y miró hacia la gradería en la que estaba sin llegar a enfocarme, como si fuera miope. Quise dar un paso atrás y regresar al bosque verde e interminable, me parecía mucho menos espeluznante que ser espectadora de otra boda, pero no pude despegar los pies del suelo, ni apartar la mirada. De pronto la figura difuminada del novio, y también la de todos los demás invitados, se desvaneció como un jirón de niebla arrastrado por el viento.
Solo quedó el sacerdote que oficiaba la ceremonia, salvo porque ahora no era la misma persona. Un viejo de piel tan arrugadísima como un atillo de pergaminos, y pelo blanco como la nieve atado en una coleta, ocupaba su lugar y supongo que también su faena. Su presencia era igual de sólida que la de Leah, igual de real... por extraño que pareciera decirlo de un sueño.
El esplendoroso sol que iluminaba la carpa sobre nuestras cabezas menguó en fortaleza, como si una nube eclipsara momentáneamente los cielos. Mi mente intentó reparar en que aquello era lo habitual en Forks, pero se negaba a captar lo anómalo del escenario. Cuando la efímera claridad descendió tanto que casi parecía ser noche cerrada, sólo pude fijarme en las figuras de Leah y el anciano hablando, porque la novia estaba de lo más resplandeciente... Y no, no me estaba refiriendo que brillara esplendorosamente de gozo, como toda novia el día de su boda, no era una figura retórica. Literalmente hablando, Leah Clearwater parecía refulgir como un faro en medio de las tinieblas.
Un leve movimiento en mi visión periférica captó mi interés y desvié la mirada del altar. Las hojas de uno de los tiestos se balanceaban rítmicamente como si alguien (o «algo», me susurró mi subconsciente) hubiera rozado inadvertidamente al pasar a su lado. La penumbra que se extendía más allá de la carpa iluminada por el albor que emitía Leah, era tan densa y opaca como la tinta.
El murmullo incoherente de Leah y el anciano se detuvo cuando intenté contemplar más macetas de la periferia que también se movían agitadas, aunque no había ni asomo de viento en aquel sueño y no pude girar mi rostro debidamente. El viejales de pelo blanco me señalaba acusadoramente desde el altar y la expresión de fastidio que vi la tarde que vine a Forks hizo acto de presencia en el rostro de Leah, al enfocarme en esta ocasión.
«¡Oh, mierda! ¡Mierda! ¡Oh, mierda!», me alarmé cuando la futura novia se arremangó el faldón, revelando fugazmente su liguero y sus medias de seda, caminando patizamba a toda velocidad y abandonando el altar y al anciano, en pos mío. Aunque el velo le había vuelto a caer sobre su rostro, su enojo era muy patente.
¡Estaba furibunda!
No le gustaba que estuviera ahí y casi logré despegar una de mis piernas de aquel suelo, misteriosamente adherente, para salir a toda pastilla cuando se acercó más. Farfulló algo a voz en grito, que sonó extrañamente distorsionado y amortiguado como si el sonido cruzara unas gigantescas cataratas rugientes o como si fuese uno de los programas mal sintonizados de las antiguas televisiones analógicas que se llenaban de estrepitosa niebla electrónica.
No pude captar qué me estaba diciendo.
Al llegar a poco más de unos pasos de mí, se soltó el faldón, levantó el velo y volvió a gritarme a pleno pulmón (advertí por su cuello tenso y su garganta tirante, cada vez que pronunciaba una sílaba, que estaba desgañitándose) unas palabras que seguían sonando insólitamente bajas e incompresibles.
—No sé qué quieres de mí —exclamé a medio camino entre el sueño y mi habitación. Casi estaba segura de que otra vez estaba hablando en voz alta mientras dormía. Hice un lacónico gesto con la mano, señalándome con el dedo índice el oído y dándome un par de golpecitos para explicar que no podía escucharla ni entender sus palabras.
Leah Clearwater levantó sus manos con la intención de agarrarme de los hombros pero sus palmas, tan resplandecientes como antorchas, se detuvieron a mitad de camino y ella dio estupefacta una sacudida. Tanteó el aire, como un mimo que fingiera que hubiera un cristal enfrente suyo, y me contempló otra vez con ese ceño fruncido de puro fastidio.
Arrimó esta vez su rostro perfectamente maquillado y engalanado para que intentara leer sus labios y repitió sus mudas y veladas palabras, casi deletreándolas, una a una:
—¡DESPIERTA, NIÑATA IMBÉCIL! ¡DESPIERTA DE UNA MALDITA VEZ! ¡DESPIERTA Y MIRA!
Escuché una repentina agitación de hojas a mi espalda y supe que se estaba acercando...
Me incorporé rápidamente de la cama, dando un brinco tan grande que casi me estampé contra el biombo haciéndolo trizas. Mi garganta estaba seca y notaba que los labios los tenía tumescentes y doloridos, como si me los hubiera estado mordisqueando con saña mientras soñaba para evitar dar un grito. El martilleo de mi corazón se refrenó un poco, dejó de ser una perforadora neumática para adaptarse al ritmo cimbreante de la forja de un herrero, y contemplé mi desordenada habitación bajo la tenue luz plateada de la luna.
Aparté el biombo de seda y sonreí al comprobar que ahí estaba, un poco difuminada, pero lucía casi llena sobre la resplandeciente lengua de asfalto de la calle Fern. El cielo nocturno no estaba tan despejado como en Phoenix, dudaba que volviera a tener esas vistas pronto, pero las pocas nubes no eran tan espesas ni formaban frentes uniformes. Eran casi como manchas de leopardo de un gris mate que deslucían las pocas estrellas que se atrevían a asomarse esa noche.
Me levanté de la cama y me calcé mis pantuflas, tras asegurarme de que se escuchaba el oscilante bramido de los profundos ronquidos de Charlie. Mis desvelos no parecían haberle perturbado en lo más mínimo. Con cuidado y a hurtadillas llegué al cuarto de baño y llené uno de los vasos de plástico barato que había en el lavabo con agua fresca para dar un buen trago y aliviar mi sed.
Hasta que no vacié mi tercer vaso no me di por satisfecha. Me sentía como si acabara de correr los cien metros lisos, aunque en toda mi vida nunca me había atrevido en serio con semejante hazaña. Cuando regresé a mi cuarto reparé en que los rayos de argéntea luz que se filtraban por la ventana, que parecía un enorme ojo de buey, se habían vuelto mucho más diáfanos y me asomé para comprobar que el cielo estaba despejándose por primera vez desde que había llegado de Phoenix.
Un lejano frente nubloso que se desplazada desde el norte amenazaba con ensombrecer el firmamento como si fuera una asfixiante colcha gris, pero durante unos minutos me pude hurtar un poco de sueño para disfrutar de ese espectáculo casi de fantasía.
«¡Ya no estas en Arizona, Bella!», musité remedando ramplonamente la famosa frase de El Mago de Oz. No me podía esperar una solución mágica, como unos bonitos chapines de rubíes, para poder regresar a mi hogar o un camino de baldosas amarillas que me...
A un costado de la carretera había algo que no estaba antes de que visitara el baño.
Algo oscuro y con una forma bulbosa, contrahecha y perturbadora.
Si hubiera sido más pequeño habría pensado que se trataba de un montón de restos de arboleda que habían sido arrastrados por el viento. Pero aquello era mucho más grande, no sabría decir cuánto exactamente porque las largas sombras de los abedules daban una profundidad esotérica a la estampa. El fulgor de la luna tampoco estaba en una buena posición para poder ver algún detalle de su superficie, sólo advertí su silueta a contraluz que no se distinguía como la de ningún animal que conociera.
Además, ¿qué animal permanecería tanto tiempo en completa quietud como éste?
«¿Podía ser que estuviera herido?», me preocupé de pronto, replanteándome en serio despertar a Charlie. Seguramente él, como Jefe de Policía, sabría qué hacer exactamente en esta clase de situaciones típicas de la vida rural. Yo, ni por asomo. Lo más cerca que había estado de la vida salvaje fue aquella vez que vimos mi madre y yo un coyote muy, pero que muy lejos, en el desierto en uno de nuestros viajes de fin de semana a Tucson.
Entonces parpadeé y aquello, fuese lo que fuese, cambió.
Su silueta oscura se estilizó y se alzó sobre el follaje. Dos pares de patas delgadas y erguidas, un torso definido unido al de una cabeza de un cérvido mirando hacia el otro lado de la carretera, en el otro extremo del tronco incluso podía verse el pequeño detalle de cola ligeramente enhiesta.
Era un ciervo, no sabía decir de qué especie, que aparentemente se había recostado en el terraplén. No tenía cornamenta, pero por su impresionante tamaño sólo podía ser un macho y yo no sabía siquiera cuándo era la época de celo en la que le brotaban. Todo parecía indicarme que era un ciervo normal. Salvo porque la nueva silueta que estaba contemplando mantenía la misma inquietante imperturbabilidad de un pedazo de roca.
No.
Nada se movía ni un centímetro.
Ni las orejas, ni la cola, ni aquellas patas delgadas y tiesas de las que no podía distinguir sus articulaciones desde la distancia.
Entonces una idea espantosa y desquiciante me llegó junto con un torrente de adrenalina al cerebro. ¿Y si no estaba viendo la silueta sombría que estaba proyectando un animal... Y si esa silueta era un engaño, una artimaña de algo que no quería mostrarse tal cual?
Una enorme sombra chinesca.
Dejé de contemplar la parte de la falsa imagen que se correspondía a la cabeza, en donde deberían estar sus ojos y enfoqué hacia el centro de aquella masa oscura. Sentí que la figura retembló al saberse descubierta y unos ojos, más negros que la misma noche, me vigilaban desde la distancia sin parpadear.
Entonces, no pude evitarlo, pestañeé (¡yo no era Gail Rouse!) y se movió, como si ambos estuviéramos jugando a una espeluznante versión tergiversada del escondite inglés. Cruzó el ancho tramo de asfalto de la calle Fern a plena luz de la luna y desapareció en el interior de la espesura rumbo al sur.
Sólo fue una décima de segundo, en la que apenas pude captar el veloz movimiento en forma de un manchurrón oscuro, pero la cabeza había desaparecido y tenía más patas de las que podía llegar a contar. Volví a meterme en la cama, todavía en estado de shock, no sabiendo si eran más seguros los sueños que las noches de cielo claro de Forks.
Continuará…
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Disclaimer musical: la canción que Bella escucha en el aparcamiento es parte de Since U been gone de la fabulosa (y una de mis preferidas) Kelly Clarkson incluida en el álbum de 2004 Breakaway.
Criptidos misteriosos: el No-ciervo (Not-deer en inglés) es una criatura del imaginario urbano de los Estados Unidos, cuyas historias y avistamientos se extienden por los montes Apalaches.
Inspiración publicitaria: no sé si en otros países hubo la misma campaña. Pero en el año 2012 había un anuncio de Citroën en el que se anunciaban los nuevos faros Xenón direccionables del C4. La escena era en plan de broma satírica, pero a mí me quedó la idea subyacente de que NO ver algo del todo es mucho más terrorífico que la realidad.
