KAWAAKARI
"El río que resplandece en la oscuridad"
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Parte I
Capítulo II
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De entre todas las cosas que esperaba InuYasha para esa tarde, la que menos se imaginó apareció ante él a través del cristal de una tienda. Se trataba de un establecimiento dedicado a las prendas de vestir occidentales, una de las tantas que comenzaban a aparecer en el antiguo Edo. La vio de pie dentro de aquel lugar, sola, parecía estar esperando a alguien. Al estar en el interior, no podía captar sus características al completo. Lo primero que notó de ella fue su aroma, aquello lo llevó a detenerse para definir a quien pertenecía. Percibió la forma en que la sangre youkai comenzó a bullir dentro de él de forma lenta, de menos a más, como cuando calientas el contenido de un cazo a relativa distancia del fuego de un hogar. La sensación le resultó tan particularmente extraordinaria que se mantuvo de pie al otro lado de la acera con la idea de dilucidar lo que significaba. Casi sin darse cuenta, se quedó prendado del brillo que captaba su pelo bajo la luz interior de la tienda. Experimentó la necesidad de ver ese pelo, oscuro como la noche, brillar bajo la luz de la luna. Quizás, y si jugaba bien su mano, podría llevársela a casa, después de todo era sólo una humana más, no debería ser difícil.
No tardó demasiado en saber que su nombre era Kagome y mientras el diálogo entre ella y su amiga pasaba por cuestiones intrascendentes, comenzó a gestar un pequeño plan de acción. Sin embargo, fue arrastrado hasta la conversación de aquellas dos mujeres, cuando comenzaron a hablar de una reunión y apareció el nombre de un pretendiente en ciernes. InuYasha notó el gruñido que nacía en su pecho, el que logró acallar antes de ser oído por algún transeúnte. Los humanos se unían y se apareaban y convertían el mundo en un lugar cada vez más insufrible. A su mente vinieron los tiempos en que el mismo suelo que ahora pisaba, sólo era una aldea con unos cuántos de ellos.
Tuvo que esperar largo rato, mientras sólo la podía escuchar hablando sobre el vestido que llevaría a la reunión en casa de una amiga e InuYasha se permitió mantener el nombre de ésta registrado en su memoria. Esperó hasta que finalmente pareció que iban a salir de aquella tienda, en ese momento dio un paso atrás, para guarecerse en la sombra del edificio que tenía a la espalda; no quería llamar la atención. Cuando fue testigo de la cercanía de un jinrikisha que iba directo a colisionar con ella, tuvo un instante de total rebeldía con sus propias consideraciones hacía los humanos y sintió el impulso de sacarla del camino. Sin embargo pudo observar la forma en que la mujer cruzó la calle, por delante del vehículo, evadiéndolo con grácil seguridad. No tuvo claro si ella lo había visto o lo presintió y quizás fue esa duda lo que lo mantuvo interesado ya de un modo ligeramente diferente.
De pronto, el bullicio habitual de las calles no le pareció molesto, al menos no del modo que lo hacía siempre; sus sentidos estaban enfocados en esta nueva presa. El deseo comenzó a hacerse cada vez más intenso, le pareció sentir el sabor metalizado de la sangre en la lengua y el pulso de la carne contra los labios al morder. Las palmas de las manos le sudaban, en tanto avanzaba tras su presa.
La vio acercarse a un pequeño tumulto y desde el sitio en que estaba pudo oler la carne putrefacta que era sacada del cauce de agua que corría hacia la bahía. Se cubrió la nariz con una mano, sin perder de vista a la mujer y ansió descubrir con detalle el color de sus ojos. Un vigilante comenzó a encender las luces con su lámpara y varilla, consiguiendo que la luz de la llama reemplazase a la que se perdía en el horizonte.
Mírame, mujer —pensó, buscando ejercer su influencia en la mente simple de una humana más.
Sin embargo ella no reaccionaba. InuYasha se sintió contrariado y asumió que la macabra escena de un crimen captaba su atención. Así que lo intentó una vez más, con las mismas palabras repitiéndose en su cabeza y obteniendo como resultado una indiferencia similar. Su decepción comenzaba a darle la mano a la ira; no era posible que alguien se resistiese a un ser superior cómo él.
Respiró hondamente y volvió a ejercer su influencia, sólo que en esta oportunidad susurró las palabras con el adicional de un nombre propio.
—Mírame, Kagome.
Pudo ver que ella se giraba y comenzaba a buscar, hasta que sus ojos castaños lo encontraron. InuYasha sólo conocía un momento en que sus acciones lo emocionaban, un solo acto en el cuál se perdía realmente y algo parecido al éxtasis lo tocaba; matar. Sin embargo, en este preciso instante, sentía que ella contenía algo que lo intrigaba y de un modo diferente; la deseó.
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Kagome tenía total consciencia de la soledad de la calle que transitaba. El sereno había encendido las luces hacía largo rato, el mismo tiempo que ella llevaba de retraso en regresar a su hogar en un templo sintoísta que llevaba siglos en el mismo lugar; en lo alto de una colina en las afueras del antiguo Edo. El sonido ahuecado de sus tacones sobre la piedra de las calles que habían sido reformadas era lo único que la acompañaba y el miedo que parecía seguirla como una entidad a la que no podía ponerle nombre.
Debí regresar antes —pensó.
Y entonces la imagen en la que estaba sumergida cambió y pudo ver las extremidades de un hombre repartidas por la calle empedrada, como un testigo silencioso del horror. Luego, un sonido tras de ella, los pasos de alguien que caminaba con seguridad y sin prisa, como si supiera que podría alcanzarla cuando quisiera. En su mente apareció un hombre que recordaba.
Kagome abrió los ojos y se encontró con las vigas de madera del tejado que permanecían iluminadas por la luz que se filtraba por las puertas de papel de arroz. Se tocó el pecho, como si aquel gesto pudiese calmar los latidos apresurados de su corazón. Se quedó un momento a la espera de recuperar el sueño, no obstante éste se mostraba esquivo y su mente generaba una y otra vez la imagen de las partes divididas de algún miserable que había sido descuartizado. Sabía de las miserias del mundo, su propio padre había muerto al encontrarse en mitad de un altercado entre samuráis cuando ella contaba con poco más de cinco años. Decidió levantarse y tomar el aire, se sentía claustrofóbica en el espacio que componía su habitación.
Se ciñó la yukata para cubrir un poco más el pecho y el cuello y descorrió el panel de papel de arroz, finamente pintado, que la separaba del exterior. El sonido de la noche la calmaba, tenía un efecto tranquilizante en ella que encontraba en pocas cosas más. Kagome se sabía diferente, aunque nunca hacía mención de ello. Cuando iba por la calle presentía los jinrikisha antes de verlos siquiera, lo mismo cuando una habitación estaba ocupada o alguien se acercaba a ella por la espalda. Kagome sabía cosas y eso no era lo habitual en las personas comunes. Lo aprendió el día en que le comentó a su madre que la señora Takada tenía moratones bajo las mangas de la yukata; dos meses después la señora Takada murió, supuestamente por una caída en el jardín interior de su casa.
Respiró con avaricia y se llenó del aire fresco de la noche, que también le tocó la escasa piel expuesta y la alivió de un pesar que ahora mismo no alcanzaba a describir. El sueño que acababa de tener tenía cierta lógica, si pensaba en lo que había presenciado unos días antes; sin embargo, la sensación que se repetía en ella desde ese momento, era algo que no podía ni comenzar a dilucidar. Incluso ahora, que permanecía en la seguridad de su hogar, intuía una presencia que resultaba amenazante y que contradictoriamente la atraía.
Se sentó en el piso alto de madera del pasillo exterior en que se encontraba y decidió poner su mente en otras cuestiones. Pensó en el vestido que había encargado y en que tendría que ir a la tienda para ver en qué condición estaba. Probablemente Sango quisiera acompañarla para saber del propio. Sabía que para estas cosas había que andar con tiempo, la moda occidental se estaba recién abriendo un espacio en el país, llevaba sólo unos pocos años y todo gracias a la insistencia del emperador Meiji de vestir a esa usanza. Para las familias más cercanas a él, tanto como para las que pretendían esa cercanía, parecía indispensable ser más occidental, aunque luego se viviese en medio de los mismos jardines tradicionales. Kagome admiraba el de su hogar nada más salir de su habitación, también como parte de una casa y estructura típica japonesa. Le constaba que en los últimos años, había quienes mandaron a construir casas de piedra como las occidentales e incluso había alguna sede de gobierno en edificios de ese tipo. El antiguo Edo estaba cambiando; Tokyo, debían llamarle ahora, aunque esa era una de las tantas cosas que no conseguían instalar del todo aún.
Volvió a sentirse observada. Se puso en pie y haciendo búsqueda de toda su valentía se dirigió al centro del jardín para poder vislumbrar los tejados. En algún momento, de estos últimos días, llegó a pensar que podía tratarse de un yūrei; era lo más probable. Un fantasma era algo que podía concebir, después de todo, los eventos extraños sucedían.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, conteniendo la voz para no poner una alarma en quienes dormían.
El silencio fue lo único que encontró durante un largo momento. Habría pensado que se estaba imaginando todo esto de no ser por la certeza que tenía en el corazón.
Finalmente escuchó un suave movimiento proveniente del tejado, algo tan fútil que bien podría haber sido irreal.
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InuYasha llegó a casa de madrugada y prefirió entrar por la ventana de su habitación, antes que recorrer los pasillos interiores del edificio. Puso los pies desnudos sobre la alfombra, dejando marcas de tierra húmeda sobre ésta. De camino al baño se quitó la camisa blanca que se le había hecho jirones cuando corría de regreso por mitad del bosque y la dejo caer en algún lugar. Tiró del cordón de llamada que había junto a la puerta del baño y esperó a que apareciese algún sirviente. Necesitaba sentir el calor del agua en el cuerpo antes de caer rendido en la cama, después de dos días sin dormir.
Se sentía incómodo, molesto de un modo particular cuyo nombre no conocía. Llevaba días observando a aquella mujer; buscando la oportunidad de atraerla hacia él sin ser visto. No se le podía negar que era persistente cuando tenía una presa en ciernes. No obstante, las pocas veces que había querido intervenir en su pequeña mente humana, ésta se había resistido y ese hecho lo llevaba a dudar sobre la causa; nunca antes le había sucedido.
Se miró ante el espejo de medio cuerpo que había en la pared y su aspecto le pareció demasiado suave, hasta podría decir que amable, y esa no era la imagen que deseaba de sí mismo. Hizo un gesto con la boca que le permitió hacer visibles sus colmillos, lo que le entregaba una apariencia feroz; aun así no era suficiente. Estaba cansado de este aspecto y de lo domesticado que ésta le hacía parecer.
Un gruñido le reverberó en el pecho, mezcla de frustración y reafirmación; él nunca había podido mostrarse débil.
Tocó con las yemas de los dedos un pequeño tatuaje que tenía en la parte delantera del hombro izquierdo. La figura era un círculo del tamaño de un yen de plata y mantenía en su interior el dibujo de una serpiente que engullía su propia cola, símbolo de la bruja que se lo había tatuado. Afiló una garra de su mano y la deslizó sobre el dibujo, con suficiente fuerza como para crear un corte profundo que comenzó a sangrar y cruzó el tatuaje por la mitad. Ante él, en el espejo, empezaron a desaparecer sus orejas humanas y comenzaron a aparecer dos apéndices, estaban cubiertos de fino vello platinado como su pelo en la parte alta de su cabeza. Los movió en todas las direcciones que le era posible, reconociendo esas orejas como la fuente de su campo auditivo. Siempre escuchaba por ellas, aunque no estuviesen a la vista, sin embargo le resultaba liberador verlas y reconocer el aspecto que ahora veía en el espejo. Mantenerlas ocultas era uno de los costos de vivir en medio de los humanos y él lo había asumido, aunque no por ello estaba satisfecho.
Escuchó pasos que se acercaban hasta la puerta de su habitación y luego un par de toques en la madera a modo de aviso antes de ser abierta. No necesitó salir del baño para saber de quién se trataba.
—Amo InuYasha —habló el anciano sirviente que llevaba a su lado más tiempo del que podía contar—. No sé si dar las buenas noches o ya, directamente, los buenos días —mencionó con cierto tono despreocupado que InuYasha le disculpaba por ese mismo tiempo juntos.
—No te molestes Myoga —él frenó la cortesía.
—Entiendo, no son buenos —continuó el hombre, en su habitual actitud, en tanto se acercaba a la bañera y abría el grifo del agua caliente y de la fría.
El sonido del aire en las cañerías de metal recorrió gran parte de la casa, hasta que silbó en la boca del grifo de bronce.
—Hoy no lo acompaña nadie —intentó el anciano, una vez más, conocedor de lo aprensivo que podía llegar a ser su amo.
—Déjalo, Myoga —la voz contenía una severa advertencia que el anciano hizo bien en oír.
El silencio colmó la habitación, sólo se oía el agua caer contra el agua. El anciano tanteó el calor en ésta y dio por buena su temperatura.
—¿Necesita algo más, amo? —preguntó, secándose la mano con una pequeña toalla dispuesta para ello.
—No, puedes irte —lo despachó InuYasha, comenzando a desabotonar el pantalón manchado de barro.
El hombre se alejó hacia la puerta de aquella habitación, casi tan amplia como el propio dormitorio.
—Una última cosa, señor, si me permite —expresó el anciano.
—Habla.
—Le han traído una invitación esta tarde —sacó del bolsillo de su chaqueta un sobre alargado de color ocre.
InuYasha se acercó con rapidez para tomar el sobre, tanto que Myoga echó el cuerpo atrás por la fuerza de ese simple movimiento. Recibió el sobre y sólo por el olor supo de quién era. Pensó en una palabrota, no le gustaba nada que viniera de ese lado de la ciudad y esa era una de las razones por las que vivía alejado y en el monte.
Abrió la misiva y encontró en el interior lo que ya suponía; un perfecto círculo dibujado a pulso con un pincel y en cuyo centro se encontraba el sello del Señor del Oeste; una nube cabalgada por un gran perro. Arrugó el papel y lo dejó caer junto con la ropa que dentro de unas horas iría a dar a la pira para quemar. El mensaje no tenía palabras y sin embargo InuYasha sabía perfectamente lo que quería decir; debes venir en la fecha señalada.
Se metió dentro del agua caliente y hundió del todo la cabeza bajo ésta, para acallar los sonidos, el malestar y todo lo que ahora mismo quería estallar dentro de él. Sin embargo y para su sorpresa, en el amortiguado espacio del agua rememoró el latido del corazón de la chica aquella; de Kagome.
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Continuará
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N/A
Aunque aún es pronto para definir la historia, creo que ésta va dejando migas.
Muchas gracias por leer y acompañarme.
Anyara
