KAWAAKARI
"El río que resplandece en la oscuridad"
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Parte I
Capítulo V
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Sango se miraba en el espejo de cuerpo completo que tenía junto al tocador, en tanto Kasumi le ajustaba el obi a la cintura. Esta noche vestía de forma tradicional, tal y como su padre le había pedido. El señor Taijiya le mencionó que recibirían a una persona importante y quería presentársela. Sango tenía una leve intuición sobre quién podía ser y eso la mantenía contrariada.
—Sólo queda un último movimiento —le dijo Kasumi, sacándola de sus pensamientos y trayéndola de vuelta al momento presente.
—Gracias —su respuesta sonó mucho más escueta de lo que solía ser.
Kasumi la observó a través del espejo durante un momento. Sango estaba hermosamente ataviada con un kimono refinado, aunque simple, de color rosa pálido. El tono, además del bordado de flores aún sin abrir, conseguía acentuar sus rasgos más dulces.
—Se ve muy hermosa, definitivamente el rosa es su color —insistió Kasumi, quizás como un modo de darle ánimo a la joven. Sango pensó en que Kagome discreparía al menos un poco—, la señorita Kyōfū estará encantada.
Sango quiso intentar una sonrisa amable, ante la propia amabilidad de la mujer que trabajaba en su casa prácticamente desde que tenía memoria, sin embargo se sintió incapaz de mostrar algún signo de alegría. La cena era algo totalmente impuesto por su padre y su carácter, aún hondamente arraigado al período Edo.
Suspiró con suavidad para evitar ser oída por Kasumi. Luego de aquello volvió a inhalar profundamente, como un modo de imbuirse fuerza, para salir de su habitación y seguir el camino hasta la estancia principal en la que se llevaría a cabo la cena. Los largos pasillos de su residencia hablaban de los siglos de tradición que su familia llevaba custodiando, siendo una de las más antiguas de Edo, ahora conocido como Tokyo. A Sango aún le costaba recordar el nuevo nombre que tenía la ciudad, aunque creció con aquel nuevo calificativo, ella asumía que era debido a su padre y su constante arraigo hacia lo tradicional.
Cuando estuvo dentro de la estancia en la que recibirían a los invitados, se quedó de pie junto a su padre y su hermano Kohaku, esperando por las tres personas que cenarían con ellos aquella noche. No tardaron demasiado en escuchar los pasos suaves y el sonido de la seda de las ropas de una de las invitadas. El shōji fue deslizado con suavidad por Nara, otra de las mujeres que trabajaba en casa, para luego ponerse en pie y hacer una profunda reverencia, invitando así a los recién llegados a entrar. Sango pudo ver a la señorita Kyōfū entrar primero, siendo la mayor de los tres hermanos de aquella familia, una de las más antiguas de Kioto, al parecer.
Sango debía reconocer la exótica belleza de Kagura Kyōfū, con su pelo recogido en un moño elegante y algo más vaporoso que los tradicionales peinados de ese estilo. La decoración que traía en medio de su pelo castaño hacía gala de la cada vez más pronta primavera y el kimono que vestía, con al menos cuatro capas bajo éste, recordaba al rosa intenso que se encuentra en los capullos del cerezo cuando la flor comienza a asomar. Sango fue consciente del modo en que la mujer parecía transitar por el borde limítrofe entre lo tradicional y una suerte de modernidad que no entendía cómo su padre no cuestionaba. Lo miró de medio lado, sólo para comprobar que estaba encantado con todo lo que Kagura expresaba. Sango llegó a pensar que lo estaba hipnotizando con la intensidad de sus ojos, casi tan rojos como un lycoris.
—Kyōfū sama, agradezco su presencia y la de su familia en mi hogar —Sango escuchó el saludo expresado por su padre.
—El honor es todo nuestro, Taijiya sama. Mis hermanos ansiaban el encuentro, tanto como yo —respondió la mujer, con una delicada reverencia que no aplacó en lo más mínimo su prestancia, la que le daba un aura imponente que Sango casi podía sentir en la piel.
Observó, durante un corto instante, a la hermana menor de Kagura; Kanna. Sus ojos tenían un iris casi tan oscuro como la profundidad del pozo que había en casa de Kagome. Su rostro no mostraba expresión alguna, contrario al esculpido rostro del hermano mediano quien le dedicó su mirada violácea, con el mismo rigor de quien lee el destino.
—Hakudoshi, por favor, entrega a la hija de Taijiya sama el presente que hemos traído —expresó Kagura.
De pronto, Sango tuvo ante sí una caja cuadrada, de unos dos palmos por lado y lado, hermosamente envuelta con seda de un pálido color rosa, y atada de forma delicada con un cordón dorado. En ese momento supo lo que estaba pasando.
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InuYasha comenzó a tirar con calma del velo que cubría la cabeza de Iruīgyō. Lo hacía a la vez que caminaba con lentitud junto a ella, rodeándola. Lo primero que consiguió ver fue el color del pelo.
—El pelo más oscuro —ordenó, detallando con la mirada el pelo largo y liso. El velo cayó del todo— y más ondulado.
Fue testigo de cómo el pelo de la youkai se comenzó a ensortijar en grandes y suaves ondas que InuYasha analizó con pereza.
—¿Oscuro como una noche sin luna? —pregunto la oiran. Él notó cierta incomodidad ante la mención de una noche como esa.
—Oscuro, como el reflejo de las estrellas en una noche sin luna —determinó. En su mente se elucubró el tono azulado del cielo y el modo en que las estrellas brillaban ante ese telón.
Iruīgyō acató la orden e InuYasha arrugó el ceño, mientras completaba la media ronda tras la youkai y dio por aceptable el resultado con un leve sonido en consecuencia. Entonces comenzó a visibilizar el rostro de la oiran, ligeramente más pálido de lo que él esperaba.
—La piel algo más oscura —se detuvo para observar el cambio—, menos —insistió y dio dos pasos más, hasta quedar frente a la youkai—. Algo de rosa en las mejillas —la luz de la lámpara era suficiente para poder distinguir que el rubor resultaba demasiado intenso—. Menos —ordenó y su voz liberó el reflejo de un gruñido desaprobatorio que no llegó a emitir del todo.
—¿Así, mi señor? Estoy aquí para complacerte —expresó la criatura, en tanto bajaba la mirada e inclinaba la cabeza con levedad, haciendo uso de un aprendido tono sumiso que InuYasha ignoró.
—Los labios, más llenos —acercó la mano al rostro de Iruīgyō y estuvo a punto de tocar el labio inferior con el pulgar. No dejaba de mirar la boca de la youkai, mientras ésta se abultaba lo suficiente como para parecer el rosado pétalo de una rosa—. Así —declaró.
InuYasha se mantuvo durante un instante observando sólo ese punto del rostro de la oiran y notó el modo en que la sangre comenzó a calentársele un poco más, haciendo su cuerpo más denso y a su instinto más primitivo. La boca se parecía a su boca y recordó el deseo inquietante que tuvo por poseerla. Desvió la mirada hasta los ojos que lo miraban con un castaño demasiado neutro para todos los matices que él había descubierto esta misma mañana.
Alejó la mano del rostro de la youkai y la descendió rozando con la punta de las garras la seda bordada del obi que ésta llevaba atado por la parte delantera. Ese sólo detalle le daba a él autoridad para pedir lo que quisiera de ella, y deseaba mucho, no obstante el vacío que sentía en el estómago le advertía que aquello que ambicionaba no estaba aquí.
—El pecho más lleno —acalló a su mente—, la cadera más voluptuosa —continuó buscando.
La figura de Iruīgyō cambió bajo las capas de tela que vestía e InuYasha notó la tensión en cada músculo de su propio cuerpo. Quería desnudarla y oprimirle la carne con las manos, mientras la horadaba hasta dejarla sin aliento. Se alejó medio paso y buscó controlar el ansia. Volvió a rodearla, caminando tras ella para buscar algún detalle más que pudiese ayudarlo a modelar lo que su instinto quería.
—Quizás, mi señor quiera beber algo —intentó la oiran. No obstante InuYasha tenía otro plan.
—Desnúdate —le ordenó.
Iruīgyō asintió una vez, en un acto de total obediencia, y comenzó a buscar la atadura de su obi para tirar de ella con delicadeza. InuYasha se centró en aquella acción e intentó imaginar lo que estaba ansiando desde que había llegado; las manos, sus manos. La oiran buscó acercarse al lugar destinado para dejar las partes del kimono.
—No —la voz de InuYasha resonó en el espacio sin dejar margen a ninguna duda—. Sólo desnúdate.
Iruīgyō comprendió la orden y la premura de ésta. Dejó caer sobre el suelo de madera el pesado obi bordado con hilos de seda. A esa prenda le siguió la cinta de algodón que sustentaba el kimono bajo el pecho y la que ejecutaba aquella misma misión en su cintura.
InuYasha esperaba con contenida impaciencia a que la youkai efectuara cada paso, sin claridad sobre lo que esperaba realmente. Su ansia aumentaba a medida que la criatura se desprendía de las capas de su vestimenta. Cuando la oiran abrió la penúltima capa de su atavío, un grueso mechón de pelo anochecido cayó hacia adelante, hacia el pecho, y por un instante InuYasha tuvo ante sí la imagen que había venido a buscar. Se acercó medio paso hasta ella y extendió una mano para ayudarla a deslizar el juban tras la espalda, con cierta admirable delicadeza. En ese momento tuvo ante él la visión clara de su desnudez. El pecho era firme y generoso, lo que le daba una muy suave caída que él se sintió tentado a sostener hacia la palma de su mano. Recreó el movimiento a pocos centímetros de la oiran y la escuchó contener la respiración. Luego descendió la caricia inacabada hacia la cintura, que era una dócil curva que llevaba hasta la forma amplia de la cadera, en cuyo centro se formaba el triángulo del pubis, demarcado por el vello fino y oscuro. Llevó los dedos hasta éste creando la tentativa de tocarla. InuYasha fue consciente del modo en que la sangre le bulló por las venas, lo hizo de una forma casi tan apabullante como cuando lo dominaba el youkai que lo habitaba.
Se acercó un poco más, alzó la mano y contorneó la forma del pecho izquierdo con la yema de uno de sus dedos, llegando a enrojecer la piel blanca con la garra. Se sintió motivado y excitado; deseaba llenarse la boca con el pezón que observaba, rosado y suculento ante sus ojos, colmado del color vivo del deseo. Acercó el pulgar hasta éste y lo acarició, arrastrando la protuberancia de la punta y formando un círculo que lo inflamaba. Notó el olor de la incipiente excitación en la oiran y escuchó otro ligero suspiro por parte de ella, destinado a insuflar ardor en él. Algo perdió concordancia en sus pensamientos y la miró a los ojos.
—¿Tengo un nombre? —preguntó la youkai.
La observó detenidamente. Buscó con insistencia en la apariencia símil que su rostro le daba y se alejó, intentando controlar su respirar agitado. No conseguía confesar la realidad de qué fuerza era la que lo mantenía aún en el lugar, de pie y sin tomarla como un salvaje. En su mente el nombre que la youkai cuestionaba estaba claro, había resonado en su interior todo el día, e incluso días y días antes.
Kagome —pensó. Y aquello creó una maraña en su pecho.
Fijó la mirada en el suelo de madera y gruñó. Lo hizo tan alto y con tanta fuerza que Iruīgyō se cubrió los oídos de forma refleja. Luego de aquello InuYasha abandonó la habitación.
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Kagome sentía el cuerpo invadido por una sensación de calidez densa que le ablandaba los huesos y le erizaba la piel. Era un calor desconocido que amenazaba con quemarla poco a poco, desde dentro, mientras ella perdía la consciencia de sí misma. Los estímulos en su cuerpo eran muchos y variados; notaba una caricia húmeda sobre su cuello y la presión de algo duro entre sus piernas. No era ignorante en lo que al cuerpo se refería, su madre le había hablado del sexo, del placer y del modo en que las parejas se encontraban en medio de la noche y entre las mantas de un futón.
¿Era eso lo que estaba sucediendo?
La pregunta se difuminó en su mente cuando sintió los besos húmedos que bajaron desde su cuello, hasta su clavícula y ahí se detuvo la caricia un momento. Notó los labios que presionaban y la lengua que ayudaba a la succión, atrayendo la piel sobre el hueso. Kagome notó que su cuerpo respondía con increíble vehemencia ante ese toque casi salvaje y en su mente, en un resquicio aún lúcido de su pensamiento, se permitió pensar en algo sobrenatural. El vientre le ardió y la dureza entre sus piernas pareció querer entrar en ella y atravesarla. Percibió el beso húmedo, descendiendo con decisión hasta uno de sus pezones y Kagome misma llevó su mano al pecho libre y lo oprimió en consonancia con el modo en que era lamida y succionada por el hombre de ojos dorados que la miró con la intensidad con que una estrella brilla en la noche sin luna. Notó un urgente dolor en el pezón, combinado con el placer que éste mismo le proporcionaba. Sus emociones se entremezclaron y se llenó de vergüenza ante el descubrimiento.
Respiró hondamente, llenando cada espacio de sí del aire que ahora le faltaba y abrió los ojos con rapidez, comprendiendo de inmediato que había estado en medio de un sueño. La primera emoción que reconoció fue el deseo y la siguiente la frustración. Se giró sobre el futón y se doblegó hacia sí misma como si intentara reunir las partes que se habían expandido y ser nuevamente Kagome, la chica educada y de familia honorable, dejando a un lado a la mujer que acababa de percibir en su sueño. Se sintió molesta al notar la humedad que albergaba entre las piernas y que le recordaba el modo en que había ansiado que el hombre que la acompañaba se posicionara dentro de ella.
Sólo ante el recuerdo su anhelo aumentaba.
Intentó calmarse con un conocido ejercicio de respiración y cuando al fin consiguió apaciguar sus sensaciones, notó cierta irritación en el pecho y se llevó una mano hasta éste. Lo tocó con suavidad por encima de la tela de la yukata y se sorprendió ante el sutil dolor que notaba justo en el pezón, tal y cómo le sucedía en su sueño. Se sentó con rapidez en el futón y se descubrió el pecho para observar, bajo la escasa luz que se filtraba desde el exterior, que éste permanecía ligeramente enrojecido. Una idea extraña se instaló en su mente y un temblor le sacudió el cuerpo.
No podía ser cierto.
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Continuará
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N/A
Este es un capítulo que me gustó mucho escribir y que espero ustedes disfruten igualmente.
Gracias por la compañía
Besos
Anyara
