KAWAAKARI

"El río que resplandece en la oscuridad"

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Parte I

Capítulo X

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La tarde había comenzado y aún quedaban unas cuantas horas de luz antes del atardecer. El frío era suave en comparación con la parte más álgida del invierno, Kagome lo notaba a través del komon que llevaba mientras se dirigía a la zona del jardín de Koishikawa. El lugar era apreciado por su delicada belleza y armonía. Era ese el sitio en que esperaba encontrar al señor Taisho.

Aquella mañana caviló largamente, sobre la decisión de llevar un kimono con decoraciones elaboradas y elegantes o vestir un atuendo casual. No se trataba de cualquier decisión, ésta era de aquellas que definían el camino a seguir.

Observó, colgado en la habitación, un kimono con un hermoso degradado que comenzaba en la parte alta con un tono ocre, para tocar el rosa palo y desde ahí llegar a un rosa profundo como el centro de una flor. Las doradas flores de cerezo que lo decoraban, caían como una cascada que partía por los pétalos hasta llegar a radiantes flores abiertas en la parte baja. El kimono era una hermosa pieza que le había regalado su madre en su último cumpleaños y aún no tenía oportunidad de usarlo. No obstante, consideró que una vestimenta de ese estilo, en un paseo habitual, mostraría un interés mayor del que deseaba que InuYasha percibiera; además de levantar sospechas en su familia. Acarició la tela con un suave roce de los dedos y se decantó por la decisión correcta, un komon. Su siguiente vacilación estuvo en el color que debía escoger. Los colores enviaban mensajes, más aún en la vestimenta tradicional que permanecía estrechamente unida a los rasgos de su cultura.

Finalmente escogió un tono verde como las hojas nuevas de los árboles, levemente atenuado debido a su coloración natural. El decorado estaba compuesto por tallos y flores bordadas en blanco lo que creaba una combinación perfecta que inspiraba jovialidad y pureza. Kagome pensó que dada su edad era comprensible que usara algo así. No obstante, notó cierta rebeldía ante la idea de mostrarse a InuYasha con lo que se esperaba de ella, así que decidió utilizar un obi de tono arena con detalles anaranjados. Sabía que aún era pronto para usar colores de ese tipo, la estación pedía sobriedad. Menos aún era un color que una chica joven podía, o debía, permitirse debido a las emociones que infundía en alguien no era su futuro esposo. No obstante, Kagome tenía el deseo secreto de despertar en InuYasha un interés mayor que el que pudiese mostrar él por cualquier otra persona. Para ella resultaba extraño estar frente a esa sensación, era la primera vez que realmente ansiaba tener la atención de alguien y el señor Taisho no parecía el tipo de persona que estaba atado a lo convencional. Kagome sabía que era esa característica lo que llamaba tanto su atención, además de la energía que percibía en él cuando lo tenía cerca. Ante ese pensamiento rememoró parte de la conversación que habían tenido en la residencia Taijiya, varias noches atrás, y el modo en que se le desperdigaban las mariposas por el estómago cuando estaba cerca de InuYasha.

Y ahora mismo, pensar en un probable encuentro le generaba un vacío en el estómago. Sufría de ansiedad desde el mismo momento en que le mencionó que iba de paseo por las tardes al jardín Koishikawa aquel lugar una vez cada siete días. Y dicha ansiedad se había visto acrecentada durante el tiempo que le tomó prepararse para salir, para luego calmarse en el tiempo que pasó con Sango, intentando que ella liberara la angustia que contenía y no quería dejar salir.

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—Señor, su indumentaria está lista por si quiere usarla esta tarde —mencionó Myoga, mientras sostenía entre las manos el kosode y el hakama de color rojo.

Aquellas ropas, elaboradas con pelo de rata de fuego, era lo único que InuYasha consideraba realmente suyo, además de la Tessaiga que ahora descansaba de pie junto a la cama. Esos objetos estaban íntimamente ligados con los recuerdos antiguos de su madre y a la libertad que en algún momento encontró en los bosques. Además del deseo de comprender quién fue realmente su padre, aquel temido Daiyoukai que había puesto en su camino esas pertenencias. Quizás fuese por eso que no se permitía usar las prendas más que para reencontrarse con el bosque y consigo mismo; eran parte de aquello que no enseñaba a nadie.

—No, hoy vestiré occidental —aclaró.

El hombre asintió y se dirigió al armario para tomar lo necesario.

Esta tarde era la que Kagome le había indicado como probable para encontrarse. No habían hecho un compromiso real, no obstante, él asistiría por encima de su propia razón. Los últimos días le resultaron incómodos, molestos de un modo que aún no conseguía definir. Notaba desazón y aunque ese estado de ánimo no le era desconocido, sí lo era el motivo; quería saber más de aquella mujer extraña que lo presentía y cuya voluntad le resultaba difícil de modelar. Pudo comprobar, con el paso de los días, que su molestia se apaciguaba cuando la rondaba y aunque su instinto depredador brotaba, queriendo perseguir, capturar y acabar con la presa, también lo hacía una cierta curiosidad que no lograba interpretar.

La señorita Higurashi estaba resultando una incógnita para él y mientras antes la dominara, antes confirmaría lo corriente que era y así concluiría su malestar.

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De camino al jardín Koishikawa, Kagome pudo ver a uno de los hombres que trabajaban para Hojō. Buscó en su memoria el nombre del joven que, según recordaba, no llevaba mucho tiempo al servicio de la familia. Cuando lo tuvo a poca distancia el chico le hizo varios gestos rápidos que intentaban suplir una reverencia en condiciones, lo que llevó a Kagome a comprender la prisa que llevaba, además de la consternación que podía leer en la energía invisible que desprendía. De inmediato recordó la advertencia que le había hecho Sango un momento atrás.

—Buenas tardes —saludó ella— ¿Pasa algo? —preguntó directamente, en beneficio de la prisa que parecía llevar el hombre.

—Buenas tardes, Kagome sama. Siento la prisa, pero el joven Seijitsu está en la oficina de los guardianes del orden y me ha pedido que vaya con urgencia —respondió.

—¿Le ha pasado algo? —la preocupación de Kagome era tan genuina como la amistad que tenía con Hojō desde la infancia.

—A mi señor no —el hombre arrugó el ceño y bajó la mirada, parecía cavilar sobre lo que debía contar.

—No te preocupes, hablaré con tu señor y le preguntaré los detalles —Kagome lamentaba no recordar el nombre del joven y se reprendió por no ser más cuidadosa con ese tipo de cuestiones.

El hombre asintió e hizo un par de reverencias para indicar que continuaba con su camino. No obstante, luego de dar un par de pasos giró hacia Kagome nuevamente.

—Tenga cuidado señorita, no es bueno andar sola. Están desapareciendo personas —dijo y luego de aquello retomó su camino.

Esas últimas palabras dejaron a Kagome en un mutismo severo, mientras veía alejarse al hombre.

—Buenas tardes.

Se sobresaltó al escuchar aquellas palabras a su espalda y se giró con rapidez. Estaba concentrada pensando en el breve encuentro que acababa de tener y no percibió la cercanía de InuYasha Taisho que la miraba con serenidad.

—Me ha sorprendido —aceptó ella. Notando el latido acelerado de su corazón bajo el puño que se había llevado al pecho de forma instintiva ante la sorpresa.

—¿Es eso posible? —el tono en la voz de él sonó un tanto a burla y otro tanto a real asombro.

—Ya ve que sí lo es, más aún cuando me han comentado algo preocupante —admitió Kagome, recobrando la compostura.

—Y ¿Qué es eso preocupante que le han comentado? Si se puede saber —InuYasha Taisho pareció interesado.

Kagome reparó en la facilidad con que habían entablado una conversación. Bajó la mirada un momento y se encontró observando, una vez más, el bordado de la chaqueta que llevaba el hombre. En esta oportunidad se trataba de una filigrana corriente, una enredadera de color granate que presentaba sus hojas, ya había visto ese detalle en otros trajes masculinos. El color contrastaba hermosamente sobre el gris oscuro que vestía.

—Si le soy sincera, no lo sé muy bien y supongo que eso es lo más preocupante —se explicó Kagome, con menos concreción de la que desearía.

—¿Le ha pasado algo a algún conocido suyo? —la pregunta era pertinente.

Kagome miró hacia atrás por un instante. Buscaba la figura ya perdida del muchacho que trabajaba en casa de Hojō.

—No directamente, creo —fue lo único que se animó a responder. Realmente no tenía información y no quería conjeturar nada.

—Quizás quiera ir con su conocido. Podemos dejar nuestro paseo, si así le parece —ofreció InuYasha.

Kagome notó el modo en que su cuerpo se tensó en un no rotundo y llegó a considerarse un tanto infantil ante semejante sensación. No obstante, se dio tiempo para pensar y razonar en cuál era el paso más correcto. Bajó la mirada un instante.

—Se lo agradezco —comenzó a decir ella—, pero creo que no será necesario.

InuYasha aceptó con un asentimiento. Esperaba que la mujer no aceptara el ofrecimiento impulsivo que acababa de hacer. En cuánto había salido de su boca notó que era absurdo, en relación a lo que él buscaba conseguir, sin embargo, también era adecuado.

—Caminemos, entonces —la invitó y efectuó un gesto con la mano para indicar el camino. Pudo ver que Kagome bajaba ligeramente la cabeza en aceptación y se adelantaba un paso a él.

InuYasha fue mucho más consciente de su aroma, que era extrañamente agradable para él. No estaba seguro a qué olía, probablemente se trataba de alguno de esos perfumes que usaban las mujeres humanas y que la mayoría de las veces le resultaba incómodo y artificial. No obstante, en ella el aroma era delicado, parecía salido directamente de su piel y no conseguía definirlo.

—Veo que hoy viste de forma tradicional —no era la primera vez que él la veía con ropas que no eran las occidentales, aunque sí la primera vez que ella lo sabía.

—Me ha parecido lo adecuado —la respuesta que recibió fue educada, aunque más distante de lo que él desearía.

—Probablemente lo sea —aceptó, en tanto veía la entrada al jardín que visitarían juntos—. Sin embargo ¿Cree adecuado venir sin acompañante?

InuYasha efectuó la pregunta con la misma intensidad ignífuga de quién se lanza es busca de un fuego que lo calcine, sin conseguir arder jamás. Notó el modo en que la mujer, Kagome, se ponía tensa bajo las capas de su ropa. Prácticamente pudo oír la forma en que la piel se le erizaba, limitando con la tela.

—¿Cree, usted, que lo puedo necesitar? —InuYasha notó que su propia piel respondía ante la rapidez con que ella había sorteado su pregunta.

La miró de soslayo y comprobó el enrojecimiento en sus mejillas, no obstante, aquello no la había detenido. Eso lo incitó aún más.

—Digamos que en este momento está segura —aseveró, devolviendo la mirada al camino.

Kagome esbozó una suave sonrisa, emitiendo un sonsonete diminuto que InuYasha consiguió escuchar.

El jardín Koishikawa era un lugar trabajado de forma armónica, con caminos que conseguían rincones hermosos y pacíficos que invitaban a la reflexión. Kagome y él recorrieron parte de aquellos caminos bajo un silencio cómodo que sólo interrumpían para destacar algún elemento del entorno. Kagome mencionó las plantas de primavera que comenzaban a mostrar brotes. InuYasha le habló de como esos mismos brotes morirían antes de llegar a convertirse en una flor.

—Veo que es usted un hombre extremadamente optimista —lo azuzó con cortesía e inteligencia, no obstante, InuYasha sabía que ese tipo de comentarios eran habituales en las conversaciones humanas.

—Soy extremadamente realista —él quería buscar en ella algo más, sin embargo le seguiría el juego—. Quizás usted considere eso un problema.

Se detuvieron un instante ante el lago central que albergaba un par de islas representativas de una zona de Japón que Kagome no conocía.

—A mi modo de ver, el ser realista no necesariamente es opuesto al optimismo. En el optimismo hay esperanza y hasta que algo no se ha definido, sus posibilidades siguen existiendo —Kagome dijo aquello con resolución, sin dejar de mirar el lago y la forma en que el viento tocaba la superficie y se deslizaba sobre ésta.

—Entonces, entiendo que según usted, si algo se ha definido ya, no hay posibilidad de que sea de otro modo —interrogó. De cierta forma las palabras de la mujer que tenía a su lado, frágil y humana, lo interpelaron.

Ella lo miró. Hoy no llevaba tacón, así que parecía levemente más baja.

—Algo que se ha definido ya; es. Sin embargo ¿Qué cuestión, en la naturaleza, permanece inamovible? —una vez dijo aquello, Kagome sonrió con suavidad.

InuYasha notó que la molestia se hacía evidente dentro de él. En definitiva, esta mujer era una humana más que no tenía idea de cómo estaba configurado el mundo en el que se le permitía vivir. Barajó la posibilidad de llevársela consigo de una vez y sacar de ella lo único que podía interesarle. Estaba perdiendo el tiempo al no ceñirse a su propio plan inicial, sin las distracciones que habían aparecido en el camino.

—Quisiera retomar el paseo —expresó InuYasha, sin poder disimular algo de tensión en la voz.

—Sí, claro —aceptó Kagome, preguntándose si había dicho algo que pudiese molestarlo. Sin embargo, no se sentía con la confianza de preguntar.

No tardaron demasiado en encontrar un sendero que se internaba en mitad de un pequeño bosque. InuYasha caminó un par de pasos por delante de ella y la miró hacia atrás cuando estaba de pie en el umbral mismo entre la luz del exterior y la oscuridad profunda que parecía haber entre los árboles. Se quitó el guante de la mano izquierda y se la extendió, incitándola. Kagome tuvo una sensación particular, algo muy parecido a una premonición. Alzó la mano, apenas un palmo, en dirección a la de InuYasha y la mantuvo inmóvil durante un instante. Ella sabía leer símbolos y en él había leído muchos en las pocas ocasiones que lo había visto. A simple vista era un hombre formal y de noble cuna, no obstante, no parecía relacionarse con la corte y con las familias tradicionales. Los símbolos que aparecían bordados en sus ropas, pocas veces eran simples decorados y Kagome creía que hablaban de él y de un lado salvaje que probablemente un escaso número de personas conocía. También creía que esa parte de él era la causa del frío que lo rodeaba al inicio de sus encuentros y que disminuía a medida que la conversación fluía. A excepción de ahora, que se había apoderado de él nuevamente como si su conversación anterior creara un vacío que ella no comprendía. Aun sabiendo eso, Kagome extendió la mano para encontrarse con la del señor Taisho. Tocó la punta de sus dedos con los de él y notó el calor que provenía de su piel en cuanto hizo contacto. A continuación captó su mano por completo y Kagome volvió a su pensamiento anterior; iba a ser llevada a un mundo que no conocía, se lo decía la energía que el hombre emanaba ahora mismo. Tiró ligeramente de ella, atrayéndola consigo a aquella oscuridad que por un momento pareció querer engullirla.

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Continuará.

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AMO ESCRIBIR KAWAAKARI

Esta historia resulta sutil e intrincada y eso me emociona. Además, contiene un juego con las palabras que me gusta mucho. Espero que ustedes también estén disfrutando.

Un beso.

Anyara