Capítulo 26

Celos

Habían pasado algunas semanas desde que los Harlaown y Nina Iseri regresaron de China, un viaje que había cambiado todo para la joven cantante, y tras el velorio de Shiro Takamachi, Nina había intentado retomar su rutina en Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō. Nina, estudiante de la rama de Artes con especialidad en Música, había esperado volver a sus días normales de clases, ensayos para su participación en la sinfónica y tardes tranquilas con Ruby y sus amigas. Pero eso era lo que ella creía antes de que su vida diera un giro inesperado.

El concierto en China, donde Nina había cantado frente a la mismísima emperatriz, había sido un éxito que resonó más allá de lo imaginable. Videos de su actuación —su voz clara y poderosa llenando el palacio imperial, acompañada por una orquesta impecable— se viralizaron, y la academia Shirayuri no perdió tiempo en capitalizarlo. En el vestíbulo principal, un anuncio destacaba su logro: una fotografía de Nina en el escenario, con un texto en letras doradas que proclamaba: "Nina Iseri, estudiante de Artes - Música, honra a Shirayuri con un concierto para la Emperatriz de China." De la noche a la mañana, Nina pasó de ser una chica más a una celebridad dentro de los muros de la academia, su nombre en la boca de todas.

Las estudiantes de Shirayuri, divididas por sus ramas y uniformes, no podían resistirse a la fama de Nina. Las de Administración, con sus uniformes blancos impecables, la buscaban entre clases para verla de cerca o pedirle una foto. Las de Etiqueta, elegantemente vestidas en marfil con bordes dorados y una pluma dorada en el pecho, susurraban su nombre con admiración, algunas intentando invitarla a sus eventos exclusivos. Pero eran las de Artes las que más la perseguían, cada una con su uniforme según su especialidad: las de Música, como Nina, Riko, Haruka y Sakura, en azul marino; las de Baile, como Ruby, en rosa claro; las de Dibujo en verde esmeralda; las de Teatro en púrpura; y las de Escultura en terracota. Nina, con su uniforme azul marino —chaqueta ajustada, camisa blanca y falda azulina que reflejaban su estilo práctico—, se había convertido en el centro de un torbellino que no había visto venir.

Cada día, al salir de clase, Nina se encontraba con un pequeño grupo de seguidoras esperándola en el pasillo: chicas de ojos brillantes con uniformes de todos los colores, ansiosas por hablarle, tocarle la mano o simplemente mirarla. No era femenina en el sentido tradicional; su cabello corto y desordenado, su postura relajada y su aire de chico cool la hacían destacar aún más. Era como miel para las abejas, atrayéndolas sin esfuerzo, sin siquiera intentarlo. Con su voz grave y su actitud despreocupada, Nina exudaba un carisma natural que volvía locas a sus fans, especialmente a las de su propia rama, que veían en ella un ícono emergente.

Ruby, no estaba precisamente encantada con esta nueva realidad. Sentada en el comedor de la academia esa tarde, ella fruncía el ceño mientras veía a Nina firmar un cuaderno para una chica de primer año en uniforme blanco que temblaba de emoción. Ruby, con su uniforme rosa claro de Baile, apoyó la barbilla en la mano, sus ojos rojos entrecerrados. Estaba feliz por el éxito de Nina —el concierto en China había sido un triunfo, y ella lo había celebrado con orgullo—, pero no había anticipado este club de fans espontáneo. Nina, con su encanto natural, era un imán, y Ruby lo sabía demasiado bien.

Aoi, sentada frente a ella con una bandeja de comida con distintos platillos, soltó una risita mientras jugaba con su tenedor. Su uniforme marfil con bordes dorados, distintivo de Etiqueta, brillaba bajo la luz del comedor, y la pluma dorada en su pecho relucía con cada movimiento.

—Te la van a quitar, Ruby —bromeó, su voz cargada de burla mientras sus ojos azules brillaban con diversión—. Mira cómo la miran. Es como un príncipe azul marino.

Ruby gruñó, lanzándole una mirada fulminante a Aoi antes de volver su atención a Nina, quien ahora intentaba esquivar cortésmente a una chica en uniforme verde esmeralda que le pedía una selfie.

—No me la van a quitar —replicó, su tono cortante mientras cruzaba los brazos—. Pero esto es ridículo. ¿Desde cuándo tiene un club de fans? ¡Ni siquiera está tratando de ser así!

Aoi rió más fuerte, apoyando los codos en la mesa.

—Es Nina —dijo, encogiéndose de hombros—. No necesita intentarlo. Ese aire de chico cool, esa voz… es natural. Tú deberías saberlo mejor que nadie, Harlaown.

Ruby resopló, pero una pequeña sonrisa se coló en su rostro. Era cierto: Nina no hacía nada para atraer esta atención. Simplemente era ella misma, y eso bastaba. Pero eso no significaba que a Ruby le gustara compartirla. Desde el regreso de China, había tomado un papel más "cariñoso" con Nina en público: tomándole la mano en los pasillos, apoyando la cabeza en su hombro durante los descansos, dejando claro sin palabras que Nina estaba con ella. Las fans, por suerte, sabían sus límites. El apellido Harlaown llevaba un peso inmenso —una familia conocida por su influencia y poder, apodada "las leonas" en círculos discretos—, y que Nina saliera con Ruby era una barrera invisible que ninguna chica se atrevía a cruzar. Nadie quería problemas con las Harlaown, y eso mantenía a raya cualquier avance fuera de lugar.

Nina, ajena al drama interno de Ruby, finalmente logró escapar de sus seguidoras y se acercó a la mesa con un suspiro de alivio. Dejó caer su mochila al suelo y se desplomó en la silla junto a Ruby, su uniforme azul marino arrugándose mientras se pasaba una mano por el cabello corto, despeinándolo aún más.

—Esto es una locura —murmuró, su voz grave y un poco ronca—. Solo quería cantar, no convertirme en… lo que sea que está pasando.

Ruby la miró de reojo, su expresión suavizándose mientras deslizaba una mano sobre la de Nina en la mesa, sus dedos rosados contrastando con el azul oscuro de la chaqueta.

—Pues lo hiciste demasiado bien en China —dijo, su tono entre orgulloso y posesivo—. Ahora eres famosa, Nina Iseri, la cantante. Acostúmbrate.

Nina soltó una risa corta, girando la mano para entrelazar sus dedos con los de Ruby.

—No sé si quiero acostumbrarme —respondió, encogiéndose de hombros—. Es raro. Solo quiero volver a la vida normal que teníamos, practicar para la sinfónica con los Maatsura, estar contigo, con Riko y las demás chicas… Eso era más fácil.

Aoi sonrió, apoyando la barbilla en las manos mientras las miraba.

—Hablando de eso, ¿cuándo es el próximo ensayo? —preguntó, ajustando la pluma dorada en su pecho—. Riko estará contigo y los Maatsura? Ella también a estado ocupada… —dijo jugando con sus dedos y mirando al piso— escuche a mis padres decir que los Maatsura estaban emocionados por lo de China. Creo que quieren aprovechar tu fama para el concierto con ellos.

Nina frunció el ceño, pensativa, su uniforme azul marino crujiendo ligeramente mientras se recostaba en la silla.

—los ensayos se han vuelto diarios, creo que es porque la sinfónica esta muy cerca —dijo—. La próximas dos semanas, si no me equivoco. Pero no quiero que sea por la fama. Quiero que sea por la música.

Ruby apretó su mano, una sonrisa cálida cruzando su rostro.

—Será por la música —dijo, su voz firme—. Tú haces que sea por la música, Nina. El resto es solo ruido.

Nina le devolvió la sonrisa, un destello de gratitud en sus ojos oscuros. Pero en el fondo, sabía que este "ruido" —y respecto a tu pregunta si, Riko practica conmigo y con Haruka, ¿porque? ¿La extrañas?—

El rostro de Aoi se puso como un tomate y desvío la mirada —Yo.. yo…esto—

Nina y y Ruby rieron, sabían que la fama, las fans, la atención no iban a desaparecer pronto. Nina era miel para las abejas, y ella, sin quererlo, era el centro del enjambre.

El almuerzo en el comedor de Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō terminó con Nina escapando de otra oleada de seguidoras, su uniforme azul marino termino arrugado por el ajetreo mientras Ruby la despedía con un beso en los labios y una mirada protectora en frente de sus fans. Las clases complementarias de la tarde —una sesión de teoría musical con Riko— fueron un respiro relativo, aunque Nina aún sentía las miradas curiosas de sus compañeras desde los pupitres vecinos. Cuando el reloj marcó las 4:00 de la tarde, ella y Riko salieron del aula, sus mochilas al hombro, rumbo a los salones de música en el ala oeste de la academia. El pasillo estaba lleno de estudiantes dispersándose, los uniformes blanco, marfil y de colores variados mezclándose en un mosaico caótico, pero Nina y Riko, ambas en azul marino, avanzaron juntas, sus pasos resonando en el suelo pulido.

Nina caminaba con las manos en los bolsillos de su saco, su cabello corto despeinado mientras fruncía el ceño, claramente irritada.

—No me dejan ni ir al baño tranquila, Riko —se quejó, su voz grave cargada de fastidio—. En serio, fui a lavarme las manos después de clase y había tres chicas esperándome afuera con cuadernos. ¿Qué quieren que firme, el jabón?

Riko, andaba con el cabello recogido en una coleta alta, soltó una risita traviesa mientras ajustaba la correa de su mochila. Sus ojos azules brillaban con diversión, y dio un saltito a su lado, dándole un codazo juguetón.

—Oh, vamos, Nina Iseri, la gran estrella —dijo, imitando un tono dramático mientras agitaba las manos como si presentara un cartel imaginario—. ¡Firma mi jabón, por favor! ¡Cántame una balada mientras me lavo las manos! —Rió más fuerte, esquivando el intento de Nina de empujarla.

Nina gruñó, pero una sonrisa pequeña se coló en su rostro mientras le devolvía el codazo.

—Muy graciosa —replicó, su tono sarcástico—. Si sigues así, te voy a dedicar unas patadas en ese culo por lo molesta que eres.—canturreó la última parte con una melodía improvisada, ganándose una carcajada de su amiga.

—¡Oye! ¿Porque eres siempre tan violenta? —respondió Riko, saltando delante de Nina y caminando de espaldas para mirarla—. Pero en serio, tienes que admitir que es un poco genial. Eres famosa ahora. ¿No te emociona ni un poquito?

Nina suspiró, metiendo las manos más profundo en los bolsillos mientras esquivaba a una chica en uniforme verde esmeralda que pasaba corriendo.

—No sé —murmuró—. Solo quería cantar, no lidiar con todo esto. Prefiero el salón de música a los pasillos llenos de fans.

Riko sonrió, girándose para caminar a su lado otra vez mientras llegaban al ala de Artes. El pasillo se volvió más tranquilo, las paredes decoradas con partituras enmarcadas y retratos de músicos famosos. Al final, una puerta doble de madera marcaba la entrada a los salones de música, y el sonido de un piano —rápido, preciso, casi sobrenatural— se filtraba al exterior.

—Es Haruka —dijo Riko, reconociendo el estilo al instante—. Siempre llega primero y toca como si el piano le debiera algo.

Nina asintió, empujando la puerta con el hombro. Dentro, el salón era amplio y luminoso, con ventanales altos que dejaban entrar la luz de la tarde y filas de instrumentos alineados contra las paredes: violines, flautas, un arpa en una esquina. En el centro, un piano de cola dominaba el espacio, y Haruka estaba sentada frente a él, sus dedos volando sobre las teclas mientras tocaba una pieza endiabladamente difícil una sonata de Liszt, con sus cascadas de notas y acordes brutales con una perfección que rayaba en lo inhumano. Su uniforme azul marino estaba impecable, su cabello largo y liso cayendo sobre los hombros, y sus ojos estaban cerrados, inmersos en la música.

Nina y Riko se detuvieron en la entrada, esperando a que terminara. Cuando la última nota resonó y Haruka abrió los ojos, su mirada se posó en ellas con una mezcla de calma y autoridad.

—Llegaron —dijo, su voz suave pero firme mientras se levantaba del banco y ajustaba las mangas de su chaqueta—. Nina, tenemos que hablar. Siéntate un momento.

Nina frunció el ceño, dejando su mochila junto a una silla mientras se acercaba al piano. Riko se apoyó contra la pared, cruzando los brazos con una sonrisa curiosa, lista para observar.

—¿Qué pasa? —preguntó Nina, su tono cauteloso mientras se sentaba en una silla cercana.

Haruka cruzó los brazos, mirándola con una intensidad que Nina conocía bien: Haruka era la líder tácita de la sinfónica de los Maatsura, y cuando hablaba, era en serio.

—Desde lo de China, las cosas han cambiado —dijo Haruka, su voz tranquila pero tajante—. La sinfónica de mi familia está programada para las próximas dos semanas, y tú no vas a estar como extra. Vas a participar como parte del elenco principal.

Nina parpadeó, sorprendida, y luego frunció el ceño más profundo.

—Espera, ¿qué? —replicó, su voz subiendo un poco—. No me dijiste que solo ayudaría con una pieza. No sabia que me querían para ser parte del elenco principal. Eso es demasiado, Haruka.

Haruka negó con la cabeza, caminando hacia una mesa donde estaban las partituras y tomando una carpeta gruesa que pasó a Nina.

—No puedes ser un extra después de lo que pasó en China, Nina —dijo, su tono firme pero no cruel—. Cantaste para la emperatriz, te viralizaste, y ahora todo el mundo sabe quién eres. Mi familia no puede ya presentarte como una extra cualquiera, eso hacia que la reputación de nuestra sinfónica sea cuestionada y francamente, es bueno para tu carrera que te presentes como parte del elenco principal. Tienes que practicar más, estar al frente. No hay discusión.

Nina tomó la carpeta a regañadientes, abriéndola para ver una partitura marcada con su nombre y varias piezas destacadas en rojo. Sus ojos se entrecerraron mientras miraba a Haruka.

—No quiero ser el centro por la fama —murmuró, su voz cargada de resistencia—. Quiero cantar porque me gusta, no porque todos me miren.

Haruka se inclinó hacia ella, apoyando una mano en la mesa con una mezcla de paciencia y exigencia.

—Y lo harás por eso —respondió—. Pero también eres buena, Nina. Demasiado buena para quedarte atrás. Practica, y hazlo bien. No te estoy pidiendo permiso, te estoy diciendo lo que va a pasar.

Nina suspiró, cerrando la carpeta con un golpe seco antes de levantarse y caminar hacia el podio en el centro del salón. Sus botas resonaron en el suelo mientras tomaba la partitura y la colocaba frente a ella, sus hombros tensos pero resignados.

—Bien —dijo, su tono a regañadientes—. Pero no me gusta esto, Haruka.

Haruka sonrió levemente, volviendo al piano mientras asentía.

—No tiene que gustarte, solo tienes que hacerlo —respondió con un toque personal, Haruka siempre había vivido de esa manera y ahora Nina lo estaba viviendo en carne propia—. Empieza con la primera pieza. Vamos a trabajar en tu respiración y proyección. Riko, tú danos el ritmo con la batería.

Riko asintió, sacando sus baquetas de su mochila mientras se sentaba en la silla de la batería, sus ojos brillando con diversión contenida. Nina respiró hondo, mirando la partitura con una mezcla de fastidio y determinación, y comenzó a cantar. Su voz llenó el salón, clara y poderosa, mientras Haruka la interrumpía de vez en cuando con correcciones precisas —"Más apoyo en el diafragma", "Abre más la vocal", "Controla el vibrato aquí"—, exigiendo perfección. Riko daba el ritmo al son de su batería y de poco en poco le lanzaba miradas ocasionales a Nina, quien seguía practicando con una mezcla de talento natural y resistencia obstinada.

Ninguna de las dos se había percatado que Haruka las había empezado a llamar por su nombre y ya no por su apellido.

Nina estaba en el podio, su voz resonando en el salón de música mientras cantaba la primera pieza de la partitura que Haruka le había dado. Las notas fluían con una potencia natural, aunque su postura seguía tensa por la resistencia a ser el centro de la sinfónica. Su uniforme azul marino crujía ligeramente con cada movimiento, los dos pines en su pecho brillando bajo la luz daban destellos con la iluminación de la sala cada vez que Nina soltaba una nota alta. Haruka, sentada al piano, la interrumpió con un gesto seco de la mano.

—Para un segundo, Nina —dijo, su voz firme mientras ajustaba las gafas que usaba para leer partituras—. El puente necesita más emoción. Estás conteniendo el aire otra vez. Inténtalo desde la tercera línea.

Nina suspiró, frotándose la nuca mientras miraba la partitura con fastidio.

—No estoy conteniendo nada —murmuró, más para sí misma que para Haruka—. Esto es ridículo…

Riko, desde su silla en la batería, soltó una risita mientras giraba una de sus baquetas con total facilidad e inclusive las lanzaba al aire.

—Suena como si quisieras escapar, Nina —bromeó, su tono ligero—. ¿Ya estás planeando saltar por la ventana?

Antes de que Nina pudiera responder con un comentario sarcástico, la puerta doble del salón se abrió con un crujido lento, interrumpiendo la sesión. Todas las miradas se volvieron hacia la entrada, y una figura alta y desgarbada apareció en el umbral, apoyada contra el marco como si el simple acto de caminar hubiera sido un esfuerzo innecesario. Era Mei Yoshida.

Mei medía 1.78, su silueta imponente destacando incluso con su postura perezosa. Su uniforme azul marino estaba desaliñado —la chaqueta abierta, la camisa blanca arrugada, la falda plisada torcida—, pero le quedaba bien de una manera despreocupada que gritaba "tomboy". Los pines en su pecho —una corchea doble y una guitarra— relucían, marcando su especialidad como prodigio de la guitarra. Su cabello corto, de un gris plomizo con las puntas teñidas de verde, caía en mechones desiguales sobre su frente, enmarcando unos ojos azul claro tirando a gris que parecían aburridos del mundo entero. Su piel blanca contrastaba con las sombras leves bajo sus ojos, como si no durmiera lo suficiente por pura flojera. En una mano llevaba una guitarra eléctrica negra, su estuche colgado flojamente del hombro, y en la otra sostenía una lata de refresco a medio beber.

—Oh —dijo Mei, su voz baja y monótona mientras recorría el salón con la mirada—. Esto sigue siendo tan… ruidoso como siempre.

Haruka frunció el ceño, enderezándose en el banco del piano mientras cruzaba los brazos. Su uniforme azul marino, impecable con pines de una corchea doble y un piano, reflejaba su disciplina.

—Yoshida —dijo, su tono cortante pero controlado—. ¿Qué haces aquí? No estás en el cronograma de ensayos hoy.

Mei se encogió de hombros, entrando al salón con pasos lentos y arrastrados, la guitarra golpeando ligeramente contra su pierna.

—No vine por ti, Maatsura —respondió, su tono tan plano que casi parecía un suspiro—. Vine por ella —señaló a Nina con la lata de refresco, sus ojos plomizos fijándose en ella con un interés vago pero innegable.

Nina parpadeó, bajando la partitura mientras miraba a Mei con una mezcla de confusión y cautela.

—¿Por mí? —preguntó, su voz grave cargada de escepticismo—. ¿Qué quieres?

Riko dejó de mover las baquetas y sus ojos brillaron con curiosidad mientras se inclinaba hacia adelante en su silla, claramente disfrutando del giro inesperado. Mei dio un sorbo a su refresco antes de responder, apoyándose contra una mesa cercana como si pararse recto fuera demasiado esfuerzo.

—Te vi en China —dijo, su voz monótona pero con un matiz de algo más, quizás admiración enterrada bajo capas de aburrimiento—. Ese concierto. Tu voz… no estuvo mal. Mejor que la mayoría de las cosas que escucho por aquí. Quiero que cantes conmigo. En una banda.

Nina frunció el ceño, cruzando los brazos mientras el micrófono en su pin captaba la luz.

—¿Una banda? —repitió, su voz subiendo un poco—.

Haruka intervino antes de que Mei pudiera responder, levantándose del piano con una mezcla de incredulidad y autoridad.

—Nina está comprometida con la sinfónica de mi familia, Yoshida. No tiene tiempo para tus… proyectos improvisados.

Mei ladeó la cabeza, mirando a Haruka con una expresión que era más pereza que desafío.

—Relájate, Maatsura —dijo, dando otro sorbo al refresco—. No estoy robándola. Solo quiero hacer algo que no me aburra hasta la muerte. Y ella —volvió a señalar a Nina— no me aburre. Todavía.

Nina soltó una risa corta, más por sorpresa que por diversión, y se pasó una mano por el cabello corto.

—No estoy buscando una banda —respondió, su tono firme pero no hostil—. Ya tengo suficiente con la sinfónica, y ahora Haruka me tiene como principal. No necesito más cosas en mi plato.

Mei se enderezó un poco —solo un poco—, sus ojos plomizos encontrando los de Nina con una intensidad sutil que contrastaba con su actitud desganada. Levantó la guitarra y rasgueó un acorde rápido y limpio, las notas resonando con una precisión que delataba su talento prodigioso, el pin de la guitarra en su pecho brillando con el movimiento.

—No sería 'más cosas' —dijo, dejando la lata en la mesa con un golpe suave—. Sería diferente. Guitarra y voz. Tú cantas, yo toco. Simple. He escuchado a todos en esta academia, y nadie suena como tú. —Hizo una pausa, encogiéndose de hombros otra vez—. Además, mis padres me obligaron a estar aquí. Si no encuentro algo que valga la pena, voy a dormir todo el día.

Riko no pudo contenerse y soltó una carcajada, tapándose la boca mientras Haruka lanzaba una mirada fulminante a Mei.

—Esto no es un juego, Yoshida —dijo Haruka, su voz cortante—. Nina tiene responsabilidades. No puede andar tocando en una banda contigo solo porque estás aburrida.

Mei ignoró a Haruka, manteniendo su atención en Nina mientras rasgueaba otro acorde, esta vez un riff corto pero complejo que llenó el salón con una energía cruda.

—Piénsalo —dijo, su voz plana pero con un dejo de desafío—. No tienes que decir que sí ahora. Pero si cambias de idea, estaré en el salón 1-B. O durmiendo en el tejado. Una de dos.

Nina miró la guitarra, luego a Mei, y finalmente suspiró, dejando la partitura en el podio.

—No prometo nada —murmuró, su tono entre exasperado y curioso—. Pero… tocas bien. Eso lo admito.

Mei esbozó una media sonrisa —lo más cercano a una emoción que había mostrado— y se colgó la guitarra al hombro otra vez.

—Genial —dijo, girándose hacia la puerta con la misma lentitud perezosa—. Nos vemos, Iseri. O no. Como sea.

Salió del salón, dejando la puerta entreabierta y un silencio cargado tras de sí. Riko rompió el momento con otra risita, mirando a Nina con una ceja alzada.

—Vaya, Nina —dijo, su tono juguetón—. Primero las fans, ahora una guitarrista prodigio. ¿Qué sigue, una gira mundial?

Nina gruñó, volviendo al podio mientras tomaba la partitura otra vez, el micrófono en su pin reflejando la luz.

—Cállate, Riko —replicó, aunque una chispa de curiosidad brilló en sus ojos—. Haruka, sigamos. No tengo tiempo para bandas ni tejados.

Haruka asintió, retomando su lugar en el piano con un suspiro de resignación, el pin del piano en su pecho brillando mientras ajustaba las partituras.

—Bien —dijo—. Desde el puente otra vez. Y esta vez, emoción, Nina. No me hagas repetirlo.

Nina respiró hondo y empezó a cantar, su voz llenando el salón mientras Riko observaba y Haruka dirigía, los pines de tambores y corchea doble en el uniforme de Riko permanecían inmóviles. Pero en un rincón de su mente, la idea de Mei Yoshida y su guitarra seguía resonando, un eco inesperado que no sabía si ignorar o explorar. Riko también quería una banda, ese había sido su objetivo en un comienzo, tenían ya una pianista prodigio, una hermosa violinista para atraer al publico, la voz de Nina y su batería, ahora lo único que tenia que hacer era integrar a Mei y a la ex de Haruka, Sayaka, al grupo, iba a ser difícil.

Mientras Nina retomaba su práctica en el salón de música bajo la dirección estricta de Haruka y las bromas de Riko, el Ala de Artes de Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō seguía vibrando con actividad. Los pasillos, decorados con partituras enmarcadas y retratos de artistas, estaban llenos del eco de instrumentos y pasos apresurados. Sakura Takahashi y Sayaka Shimizu caminaban juntas por uno de esos corredores, sus uniformes azul marino de la rama de Música contrastando con sus personalidades opuestas.

Sakura Takahashi era una figura delicada y refinada, con un aire moderno que destacaba en cada paso. Su cabello largo caía en mechones dinámicos, una mezcla de negro profundo con tonos vibrantes de rosa que ella misma teñía en las capas internas, visibles solo cuando la luz las atrapaba. Un flequillo elegante enmarcaba su rostro, resaltando unos ojos de un púrpura intenso que brillaban con una mezcla de astucia y calidez. Con 1.68 de altura y una figura equilibrada, su pecho quedaban discreto bajo la chaqueta ajustada de su uniforme, decorada con dos pines: una corchea doble por Música y un violín por su especialidad. Ajustó la falda plisada con un movimiento grácil mientras miraba de reojo a Sayaka, su compañera de caminata.

Sayaka Shimizu, más alta y de figura imponente con sus 1.74 metros, caminaba con los hombros encorvados, como si quisiera hacerse pequeña. Su cabello largo, azul degradado a verde en las puntas, caía como una cortina sobre su rostro, y sus ojos verdes evitaban el contacto visual. Los pines en su uniforme una corchea doble y un bajo parecían pesar más de lo que deberían, reflejando su timidez crónica. Su tez blanca estaba sonrojada, y sus manos jugueteaban nerviosamente con los bordes de su chaqueta, incapaz de ocultar su incomodidad, especialmente con su figura prominente que parecía amplificar su inseguridad.

—Sayaka, tienes que dejar de evitar a Haruka —dijo Sakura, su voz suave pero con un toque de firmeza mientras esquivaban a una chica en uniforme púrpura que corría con un guion en la mano—. Sé que no se llevan bien, pero nuestras familias están en la sinfónica de los Maatsura. En algún momento vamos a tener que trabajar juntas, y no podemos seguir así.

Sayaka bajó la mirada al suelo, su cabello azul-verde cubriendo aún más su rostro mientras murmuraba algo apenas audible.

—No es tan fácil, Sakura —respondió, su voz temblorosa y baja—. Cada vez que la veo, yo… no sé qué decir. Y si tenemos que tocar juntas… —Se detuvo, sus manos apretándose contra su pecho, donde su figura prominente parecía un recordatorio constante de su timidez.

Sakura suspiró, dándole un leve empujón amistoso con el hombro, sus ojos púrpura brillando con empatía.

—Lo sé, lo sé —dijo, suavizando el tono—. Pero no puedes esconderte para siempre. Además, eres increíble con el bajo. Haruka lo sabe, aunque sea una cabezota. Solo… intenta no desaparecer cuando la veas, ¿sí?

Antes de que Sayaka pudiera responder, un choque repentino interrumpió la conversación. Mei Yoshida, que caminaba en dirección opuesta con su guitarra colgada al hombro y su lata de refresco en la mano, tropezó contra Sakura con un golpe sordo. La guitarra se balanceó, y la lata casi se derramó, pero Mei la atrapó con un movimiento perezoso.

—Uy —dijo Mei, su voz baja y monótona mientras se enderezaba, sus ojos plomizos mirando a Sakura con aburrimiento—. Perdón por eso.

Sakura parpadeó, recuperando el equilibrio con una gracia natural mientras ajustaba su chaqueta, el rosa interno de su cabello destellando bajo la luz. Sonrió con una mezcla de sorpresa y amabilidad, sus ojos púrpura encontrando los de Mei.

—No, no, perdón mío —respondió, su tono ligero—. No te vi venir. —Sus ojos se posaron en los pines de Mei —una corchea doble y una guitarra— y ladeó la cabeza con curiosidad—. ¿Vienes de ensayar?

Mei se encogió de hombros, apoyándose contra la pared con esa postura desgarbada que parecía su marca personal. Su uniforme azul marino estaba desaliñado —la chaqueta abierta, la camisa blanca arrugada, la falda plisada torcida—, pero le quedaba bien de una manera despreocupada que resaltaba su aire tomboy, su cabello gris plomizo con puntas verdes caía en mechones desiguales sobre su frente, y sus ojos azul claro tirando a gris parecían aburridos del mundo entero.

—No, yo no hago eso —dijo, su voz plana mientras daba un sorbo al refresco—. Ensayar es aburrido. Solo fui a hablar con alguien.

Sakura soltó una risita, cruzando los brazos mientras miraba a Mei con interés, el rosa de su cabello moviéndose ligeramente.

—¿En serio? —respondió, su tono juguetón—. Todos ensayamos en algún momento, aunque sea para perder ciertos miedos. —Lanzó una mirada de reojo a Sayaka, quien inmediatamente bajó la cabeza, sus mejillas sonrojándose mientras sus manos subían a cubrir parte de su rostro, el pin del bajo temblando con el movimiento.

Mei notó el gesto y rió, un sonido breve pero genuino que rompió su fachada de aburrimiento.

—No necesito ensayar —dijo, encogiéndose de hombros otra vez—. Conozco todos los estilos de guitarra. Toco lo que sea, cuando sea. Pero ahora mismo… —hizo una pausa, mirando la lata vacía en su mano— no estoy haciendo nada.

Sakura sonrió más amplio, viendo una oportunidad en la actitud despreocupada de Mei. Sus ojos púrpura brillaron con un toque coqueto mientras se inclinaba ligeramente hacia ella.

—Entonces, ¿por qué no vienes con nosotras? —propuso, su voz adquiriendo un matiz juguetón—. Hay un salón de música libre. Podrías ayudarnos con unas piezas. Así no te aburres y nos muestras ese talento que dices tener.

Mei la miró por un segundo, sus ojos plomizos entrecerrándose antes de soltar una carcajada seca, más divertida que burlona.

—¿Ayudarlas? —repitió, su tono subiendo con un dejo de interés—. Bueno, supongo que suena menos aburrido que dormir en el tejado. —Se enderezó un poco, mirándola de arriba abajo con una sonrisa ladeada—. Me gusta tu estilo, violinista. Vamos.

Sakura le devolvió el flirteo con una risita, girándose hacia el pasillo con un movimiento elegante, el rosa interno de su cabello destellando.

—Entonces sígueme, guitarrista —dijo, guiñándole un ojo antes de tomar la delantera—. Vamos, Sayaka.

Sayaka, aún con las manos cerca de su rostro, levantó la mirada lo justo para seguir a Sakura, sus pasos vacilantes. Mientras caminaban, se acercó a su amiga y susurró, su voz temblorosa y apenas audible.

—¿Por qué la invitaste? —preguntó, sus ojos verdes brillando con vergüenza tras el cabello azul-verde.

Sakura le lanzó una mirada traviesa por encima del hombro, manteniendo el paso.

—Porque está guapa y luce como un chico malo —respondió en un susurro conspirador, su tono juguetón—. Además, necesitamos un poco de diversión, ¿no crees?

Sayaka hizo una mueca rara, una mezcla de vergüenza y sorpresa, y rápidamente se tapó la cara con las manos otra vez, dejando que el cabello azul-verde la ocultara mientras seguía a Sakura. Mei, caminando detrás con la guitarra al hombro, sonrió para sí misma, sus ojos plomizos siguiendo a las dos chicas con un interés perezoso pero creciente. El pasillo se llenó del sonido de sus pasos —Sakura confiada, Sayaka tímida, Mei despreocupada— mientras se dirigían al salón de música libre, un encuentro casual que prometía más de lo que ninguna esperaba.

El salón de música libre al que Sakura Takahashi llevó a Sayaka Shimizu y Mei Yoshida era más pequeño que el principal donde Nina practicaba, pero igual de funcional. Las paredes estaban insonorizadas, cubiertas con paneles de madera clara, y un ventanal dejaba entrar la luz dorada del atardecer, bañando los instrumentos alineados contra las paredes: un piano vertical, un par de violines en sus soportes, y una guitarra acústica colgada en un gancho junto a un amplificador. Una mesa sencilla y unas pocas sillas completaban el espacio, dejando el centro libre para lo que fuera a suceder.

Sakura entró primero, mientras giraba sobre sus talones con una sonrisa confiada. Sus ojos púrpura brillaron con anticipación mientras dejaba su mochila en una silla y se volvía hacia Mei.

—Aquí estamos, guitarrista —dijo, su tono juguetón mientras cruzaba los brazos bajo el pin del violín en su uniforme azul marino—. Vamos a ver qué tienes. Sorpréndenos.

Mei siguió con su paso lento y desgarbado, la guitarra eléctrica aún colgada al hombro y la lata de refresco vacía en la mano. Sus ojos plomizos recorrieron el salón con desinterés fingido antes de dejar la lata en la mesa con un golpe suave. Ajustó la falda torcida de su uniforme, el pin de la guitarra reluciendo en su chaqueta abierta, y miró a Sakura con una media sonrisa.

—Supongo que puedo hacer algo —dijo, su voz monótona pero con un dejo coqueto que no pasó desapercibido—. ¿Qué quieren escuchar, violinista? ¿Algo rápido, algo lento… o algo que te vuele la cabeza?

Sakura rió, apoyándose contra la mesa con una postura relajada pero provocadora, sus mechones rosados cayendo sobre un hombro.

—Vuela mi cabeza, si puedes —respondió, guiñándole un ojo—. Me gustan los desafíos.

Sayaka, que había entrado detrás de ellas, se quedó cerca de la puerta, sus manos apretadas frente a su pecho mientras el cabello azul-verde cubría parte de su rostro sonrojado. Se movió, incómoda, hacia una silla en la esquina. Sus ojos verdes evitaban a las otras dos, y su figura alta parecía encorvarse más ante el coqueteo evidente entre Sakura y Mei.

Mei se encogió de hombros, descolgándose la guitarra eléctrica y conectándola al amplificador con una pereza calculada. Sus dedos largos y hábiles ajustaron las clavijas por un momento antes de rasguear un acorde inicial, un sonido limpio y potente que llenó el salón. Sin preámbulos, comenzó a tocar un riff de rock duro, sus manos moviéndose con una velocidad y precisión que parecían desafiar su actitud desganada. Las notas eran afiladas, agresivas, un eco de virtuosos como Steve Vai o Eddie Van Halen, con bends y hammer-ons ejecutados sin esfuerzo. El salón vibró con la energía cruda, y Sakura soltó un silbido bajo, impresionada.

—Nada mal —dijo, su voz subiendo con admiración mientras se inclinaba hacia adelante—. Tienes dedos rápidos, Yoshida.

Mei no respondió, pero una sonrisa ladeada cruzó su rostro entendiendo el doble sentido de Sakura mientras cambiaba el ritmo sin pausa, pasando a un solo de blues melancólico. Las notas se volvieron profundas y resonantes, cargadas de una tristeza que contrastaba con su expresión aburrida. Sus ojos plomizos encontraron los de Sakura por un instante, y levantó una ceja en un gesto sutilmente coqueto.

—¿Te gusta el blues, Takahashi? —preguntó, su voz baja mientras dejaba que las cuerdas lloraran bajo sus dedos—. Es más… personal, ¿no crees?

Sakura sonrió más amplio, sus ojos púrpura brillando con diversión mientras se acercaba un paso, apoyando una mano en la cadera.

—Mucho —respondió, su tono suave pero cargado de flirteo—. Suena como si me estuvieras hablando, guitarrista.

Sayaka, sentada en la esquina, se hundió más en su silla, sus manos subiendo para cubrir sus mejillas ardientes. El coqueteo entre las dos la ponía nerviosa, y el sonido de la guitarra, aunque impresionante, solo amplificaba su incomodidad. Murmuró algo inaudible, sus ojos verdes fijos en el suelo mientras intentaba hacerse invisible.

Mei terminó el solo de blues con una nota sostenida que se desvaneció lentamente, y luego desconectó la guitarra eléctrica con un movimiento perezoso. Sin decir nada, caminó hacia la pared y tomó la guitarra acústica del gancho, sus dedos rozando las cuerdas de nylon mientras volvía al centro del salón. Se sentó en una silla, cruzando una pierna sobre la otra con descuido, y comenzó a tocar un arpegio clásico, un arreglo complejo de raíces españolas. Las notas eran cristalinas, cada una resonando con una claridad que parecía imposible para alguien tan aparentemente indiferente. Sus manos se movían con una precisión quirúrgica, los trémolos fluyendo como agua, y el salón se llenó de una belleza delicada que contrastaba con la energía anterior.

Sakura abrió los ojos con sorpresa, su postura relajándose mientras escuchaba, genuinamente cautivada.

—Vaya —dijo, su voz bajando a un susurro admirado—. Eso es… hermoso. Eres un genio, Mei.

Mei levantó la mirada hacia ella, sus ojos plomizos entrecerrándose con una chispa de diversión mientras seguía tocando.

—Supongo —respondió, su tono plano pero con un matiz coqueto—. Podría tocarte algo más suave si quieres, violinista. Algo solo para ti.

Sakura rió, acercándose más hasta quedar a pocos pasos de Mei, sus mechones rosados brillando bajo la luz del ventanal.

—Oh, me encantaría —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella con una sonrisa traviesa—. ¿Qué tienes para mí, chica mala?

Sayaka dejó escapar un pequeño gemido de vergüenza, hundiendo la cara en las manos mientras el cabello azul-verde caía como una cortina. La tensión del coqueteo era demasiado para ella, y el talento abrumador de Mei solo lo empeoraba. Sus hombros temblaron ligeramente, y murmuró algo que sonó como "¿Por qué estoy aquí?" mientras intentaba desaparecer en la silla.

Mei terminó el arpegio con una floritura suave, dejando que las cuerdas vibraran antes de apoyar la guitarra acústica contra la mesa. Se recostó en la silla, cruzando los brazos detrás de la cabeza con una pereza satisfecha, y miró a Sakura con esa media sonrisa que parecía ser su única expresión de interés.

—No está mal para no ensayar, ¿eh? —dijo, su voz baja y juguetona—. Si quieres más, solo pide, Takahashi. Me aburro fácil, pero tú… tú podrías mantenerme despierta.

Sakura soltó una carcajada, enderezándose mientras aplaudía lentamente, sus ojos púrpura fijos en Mei.

—Definitivamente lo haré —respondió, su tono coqueto pero con un toque de desafío—. Eres buena, Yoshida. Muy buena. Vamos a tener que hacer esto más seguido.

Sayaka, aún escondida tras sus manos, dejó escapar otro gemido bajo, su incomodidad palpable mientras las dos seguían flirteando sobre el eco de las cuerdas. Mei la miró de reojo, su sonrisa ampliándose un poco antes de volver su atención a Sakura, claramente disfrutando del juego.

Habían pasado un par de horas desde que Sakura, Sayaka y Mei entraron al salón de música libre, y el espacio aún resonaba con los ecos de las cuerdas de Mei. Habían tocado varias piezas juntas: Sakura con su violín, dibujando melodías fluidas que complementaban los estilos versátiles de Mei, mientras Sayaka, tras mucha persuasión, había añadido líneas de bajo profundas pero vacilantes con un contrabajo prestado. Mei había alternado entre la guitarra eléctrica y la acústica, mostrando su genio con riffs de rock, arpegios clásicos y hasta un toque de flamenco que dejó a Sakura boquiabierta. Ahora, con el sol poniéndose tras los ventanales y el cielo teñido de naranja, las tres recogieron sus cosas para salir.

Sakura caminaba delante, su cabello negro con mechones rosados brillaban bajo la luz tenue del pasillo mientras giraba hacia Mei con una sonrisa coqueta. Sus ojos púrpura destellaban con diversión mientras rozaba deliberadamente la mano de Mei con la suya, un contacto ligero pero intencional.

—Eres increíble, Yoshida —dijo, su voz suave y provocadora mientras dejaba que sus dedos se demoraran un segundo más de lo necesario—. Creo que podrías tocarme cualquier cosa y seguiría pidiéndote más.

Mei, con la guitarra eléctrica colgada al hombro y las manos en los bolsillos de su chaqueta desaliñada, respondió con una sonrisa ladeada ante la sugerencia con segundas intensiones de Sakura, sus ojos plomizos se entrecerraron con un interés perezoso pero evidente.

—Pide lo que quieras, Takahashi —replicó, su tono monótono pero cargado de un flirteo sutil—. Mientras no me aburra, puedo tocar para ti todo el día.

Sakura rió, dando un paso más cerca mientras ajustaba la falda de su uniforme azul marino, el pin del violín reluciendo con el movimiento.

—Oh, no te aburrirás conmigo, guitarrista —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella con un guiño—. Tengo muchas ideas para mantenerte despierta.

Sayaka las seguía a unos pasos de distancia, su figura alta encorvada mientras el cabello caía sobre su rostro como una cortina. Sus mejillas estaban rojas como tomates, y sus manos apretaban la correa de su mochila con tanta fuerza que los nudillos se le blanqueaban. El coqueteo descarado entre Sakura y Mei la hacía sentir como una tercera rueda, atrapada en una dinámica que no sabía cómo manejar. Cada risa de Sakura y cada respuesta de Mei eran como pequeñas agujas que amplificaban su incomodidad, y murmuraba algo inaudible bajo su aliento mientras arrastraba los pies.

El pasillo del Ala de Artes estaba más tranquilo ahora, con la mayoría de las estudiantes yendo sus dormitorios. Pero al doblar una esquina, el trío se topó de frente con otro grupo: Nina, Haruka y Riko, saliendo del salón principal tras su propio ensayo. Nina llevaba su partitura bajo el brazo, el pin del micrófono de su uniforme se encontraba ligeramente torcido por el cansancio. Haruka caminaba delante, con su postura rígida para aparentar que se encontraba normal después de tantas horas de entrenamiento, el pin del piano estaba brillando con autoridad, sin embargo, ella también estaba cansada, mientras Riko cerraba la marcha, haciendo girar sus baquetas con sus dedos mientras caminaba con sus compañeras.

Sakura fue la primera en reaccionar, alzando una mano con una sonrisa amistosa.

—¡Nina, Haruka, Riko! —saludó, su tono alegre mientras se detenía—. ¿Qué tal el ensayo?

Nina levantó la mirada, ofreciendo una sonrisa cansada pero sincera.

—Intenso —respondió, su voz grave—. Haruka no me deja respirar. ¿Y ustedes?

Antes de que Sakura pudiera responder, los ojos de Haruka se posaron en Sayaka, quien inmediatamente intentó retroceder detrás de Sakura, su rostro se encontraba enrojeciendo y enrojeció aún más cuando su mirada se cruzo con la de Haruka. La pianista frunció el ceño, su expresión se endureció por un instante al notar a Mei a su lado. La tensión en el aire creció cuando Mei pincho una de las mejillas de Sayaka con uno de sus dedos, y su molestia inicial por ver a Sayaka con ella se transformó en una chispa de irritación.

—Relájate, Shimizu —dijo Mei, su tono monótono pero con un toque juguetón—. Pareces a punto de explotar.

Sayaka dejó escapar un pequeño chillido de sorpresa, retrocediendo torpemente mientras sus manos subían a cubrir su rostro. Haruka, que había estado conteniendo su reacción, explotó en ese momento, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de celos y furia mientras daba un paso hacia Mei.

—¡Qué crees que estás haciendo, Yoshida! —espetó, su voz subiendo con una intensidad que sorprendió a todos—. ¡No la toques así!

Mei parpadeó, su expresión aburrida apenas cambiando mientras miraba a Haruka aprovechando su altura haciéndola parecer imponente frente a la pequeña estatura de Haruka

—¿Tocar? —repitió, su tono plano mientras se encogía de hombros—. Solo estaba bromeando, Maatsura. No es para tanto.

Haruka apretó los puños, su rostro estaba enrojecido mientras la tensión crecía. Los celos por ver a Mei interactuar tan casualmente con Sayaka —su ex, alguien con quien aún compartía una historia complicada— se mezclaron con su frustración acumulada hacia la actitud de Mei.

—¡No es para tanto para ti porque todo te da igual! —replicó Haruka, su voz temblando de emoción—. ¡Eres tan vaga, Yoshida! Tienes talento, más del que muchos aquí soñarían, pero lo desperdicias porque no te esfuerzas. ¡Podrías ser increíble si dejaras de tratar todo como un juego!

Sakura intervino, levantando las manos con una sonrisa tentativa para calmar las cosas.

—Vamos, Haruka, no es para tanto —dijo, su tono ligero—. Solo estábamos tocando juntas. Yoshida es buena, eso hay que admitirlo.

Haruka la ignoró, su mirada fija en Mei mientras daba otro paso hacia ella, su pequeña estatura vibrando con furia contenida.

—No, Sakura, no lo defiendas —dijo, su voz cortante—. Sayaka no necesita estar cerca de alguien que no toma nada en serio. Y tú, Yoshida, podrías llegar lejos si dejaras de vaguear y coquetear por ahí. ¡Es una falta de respeto a todos los que trabajamos duro!

Mei se enderezó un poco, sus ojos plomizos entrecerrándose mientras miraba a Haruka con una calma peligrosa. Dio un paso hacia ella, cerrando la distancia hasta que sus rostros estuvieron a centímetros, el pin de la guitarra en su uniforme brillando bajo la luz del pasillo.

—No necesito tus reglas para brillar, Maatsura —dijo, su voz baja y cortante—. Toco mejor que la mayoría aquí sin sudar. Si eso te molesta, es tu problema, no el mío.

La tensión alcanzó su punto máximo, y Sayaka, aún escondida tras sus manos, soltó un gemido bajo de vergüenza, retrocediendo hasta chocar con una pared cercana. Antes de que Haruka pudiera responder, Nina se interpuso entre ellas, levantando una mano con firmeza mientras miraba a Mei con ojos cansados pero decididos.

—Es suficiente, Yoshida —dijo Nina, su voz grave cortando la tensión como un cuchillo—. No necesitamos esto ahora. Vete.

Mei mantuvo la mirada en Haruka por un segundo más, luego se encogió de hombros, la indiferencia volviendo a su expresión. Dio un paso atrás, ajustándose la guitarra al hombro con un movimiento perezoso, y giró hacia Sakura con una sonrisa ladeada.

—Nos vemos, Takahashi —dijo, su tono coqueto regresando como si nada hubiera pasado—. Fue divertido. Avísame si quieres más.

Sakura le devolvió la sonrisa, aunque con un toque de cautela tras el enfrentamiento.

—Bye bye, Yoshida —respondió, guiñándole un ojo—. No te pierdas chica mala.

Mei asintió, ignorando al resto del grupo, y se alejó por un pasillo lateral con su paso arrastrado, desapareciendo tras una esquina sin mirar atrás. El silencio que dejó fue pesado, roto solo por el suspiro exasperado de Haruka.

—Qué desperdicio —murmuró Haruka, relajando los puños mientras miraba a Sayaka por un instante, sus ojos suavizándose antes de endurecerse otra vez—. Nina, Riko, vámonos. Tenemos que revisar esas partituras antes de mañana.

Nina asintió con un suspiro pesado, lanzando una última mirada a Sakura y Sayaka antes de seguir a Haruka, con Riko cerrando el grupo. Sakura suspiró, ajustándose el cabello mientras miraba a Sayaka, quien seguía escondida tras sus manos.

—Vamos, Sayaka —dijo, su tono suave—. Creo que ya tuvimos suficiente emoción por hoy, te acompaño a tu habitación y luego me voy a la mía a seguir conviviendo con el gnomo amargado de tu ex.

Sayaka asintió débilmente, siguiéndola con pasos tímidos, aún roja y evitando cualquier contacto visual con el grupo que se alejaba. El eco de los pasos de Mei resonaba en su mente, un recordatorio incómodo de la tormenta que había desatado sin querer.

Tras el tenso encuentro en el pasillo del Ala de Artes, Riko se separó de Nina y Haruka con un último saludo de mano y un comentario ligero que ninguna respondió debido a la reciente tensión. El día había sido largo, y sus pasos resonaban en los pasillos ahora casi vacíos de Shirayuri mientras se dirigía a los dormitorios. Su cabello celeste caía en mechones sueltos hasta los hombros, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de diversión y cansancio. Con 5 centímetros más de altura que Nina, su figura esbelta se movía con una energía contenida, reflejo de su talento prodigioso con la batería.

Riko llegó a la puerta de su habitación compartida en el ala residencial, su mochila colgando de un hombro mientras giraba el pomo sin molestarse en tocar. La puerta se abrió de golpe, y lo primero que vio fue a Miki Yanamoto en medio de cambiarse a su pijama. La pelirroja estaba en ropa interior —una braguita rosa y un brasier a juego que resaltaban su tez blanca y su trasero bien formado, aunque su pecho era modesto—, con el uniforme blanco de Administración doblado sobre la cama. Sus ojos verdes claros, brillantes como esmeraldas, se alzaron con sorpresa y furia al ver a Riko irrumpir.

—¡Hoshisora! —espetó Miki, su voz aguda y cargada de indignación mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. ¿¡Qué te pasa!? ¿No sabes tocar la puerta? ¡Tienes cero tacto!

Riko parpadeó, dejando caer su mochila al suelo con un sonido seco mientras una sonrisa traviesa se formaba en su rostro. Cerró la puerta tras de sí con un movimiento despreocupado y se apoyó contra la puerta mirándola con sus ojos azules brillando con diversión.

—Tranquila, Yanamoto —dijo, su tono ligero mientras se cruzaba de brazos—. Soy yo, no un extraño. No le tomes tanta importancia. No es la primera vez que te veo así.

Miki bufó, girándose para tomar su pijama —un conjunto de seda rosa con bordados florales— de la cama, sus mejillas tiñéndose de un rojo furioso.

—¡Eso no significa que esté bien! —reclamó, su voz subiendo mientras se ponía la camiseta con movimientos rápidos—. ¡Eres una salvaje! ¡Un poco de respeto, por favor!

Riko rió, caminando hacia su propio lado de la habitación —un espacio desordenado con partituras esparcidas y un par de baquetas sobre el escritorio— mientras se quitaba la chaqueta del uniforme.

—Oh, vamos, ha sido un día loco —dijo, ignorando el enojo de Miki mientras se dejaba caer en su cama—. El ensayo con Nina y Haruka fue intenso, y luego nos cruzamos con Sakura, Sayaka y esa Yoshida. Tuvimos un enfrentamiento épico en el pasillo. Haruka casi le arranca la cabeza a Yoshida por tocarle la mejilla a Sayaka. Deberías haberlo visto.

Miki, ahora con el pijama puesto, se giró hacia Riko con una mueca de desdén, sus ojos verdes entrecerrándose mientras cruzaba los brazos.

—No me interesa —dijo, su tono cortante y orgulloso—. No me cuentes nada de tus dramas estúpidos. No somos amigas, Hoshisora. Solo compartimos cuarto porque no tuve opción.

Riko soltó una carcajada, apoyando la cabeza en las manos mientras miraba a Miki con una mezcla de burla y afecto.

—No seas así, Yanamoto —respondió, su voz cálida pese al tono juguetón—. Somos compañeras de cuarto. Eso cuenta como algo, ¿no? Además, te vendría bien un poco de diversión en tu vida de princesa caprichosa.

Miki bufó de nuevo, un sonido molesto que salió de su nariz mientras tomaba su teléfono del escritorio y se sentaba en su cama, perfectamente ordenada con cojines decorativos. Su cabello pelirrojo brilló bajo la luz de la lámpara mientras ignoraba a Riko.

—No necesito tu 'diversión' —replicó, su tono seco mientras deslizaba el dedo por la pantalla—. Y no soy amargada, solo tengo estándares. Algo que tú no entenderías.

Riko rió más fuerte, sentándose en su cama mientras miraba a Miki con una ceja alzada.

—Oh, por favor, no seas tan amargada —dijo, su tono burlón pero sin malicia—. Tienes un buen culo, Yanamoto, pero con esa actitud vas a terminar sola. Relájate un poco.

Miki levantó la mirada del teléfono de golpe, sus ojos verdes brillando con una mezcla de sorpresa y furia mientras su rostro se ponía aún más rojo.

—¿¡Qué dijiste!? —espetó, su voz subiendo una octava—. ¡Voy a decirle a Fujiwara que me estás mirando el trasero, pervertida!

Riko palideció por un segundo, el pánico cruzando sus ojos azules mientras levantaba las manos en señal de rendición.

—¡Es broma, es broma! —dijo rápidamente, su voz temblando con una risa nerviosa—. ¡No le digas nada a Aoi, por favor! ¡Me mataría!

Miki la miró fijamente por un momento, luego soltó un "hmph" satisfecho y volvió su atención al teléfono, sacándole la lengua en un gesto infantil antes de ignorarla de nuevo. Riko dejó escapar un suspiro de alivio, riendo para sí misma mientras se recostaba en la cama, mirando el techo.

—Eres imposible, Yanamoto —murmuró, su tono divertido mientras cerraba los ojos—. Pero al menos haces las noches interesantes.

Miki no respondió, sus dedos moviéndose rápido por la pantalla mientras un leve rubor persistía en sus mejillas, su orgullo intacto pero su enfado disipándose lentamente en el silencio de la habitación.

El silencio en la habitación compartida de Riko y Miki era frágil, interrumpido solo por el leve sonido del teléfono de Miki mientras ella deslizaba el dedo por la pantalla. Riko, aún recostada en su cama con las manos tras la cabeza, dejó escapar un suspiro largo antes de sentarse de golpe, el colchón crujiendo bajo su peso. Su cabello celeste cayó en mechones desordenados sobre sus ojos azules mientras se estiraba, bostezando con una mezcla de cansancio y aburrimiento.

—Hora de cambiarme —murmuró para sí misma, poniéndose de pie con un movimiento ágil.

Sin prestarle atención a Miki, Riko comenzó a desvestirse, quitándose la chaqueta azul marino de Música y dejándola caer sobre una silla ya cubierta de partituras. Luego se desabrochó la camisa blanca, revelando una ropa interior sencilla —un sujetador blanco y unas braguitas a juego— que apenas resaltaba su figura delgada y pecho casi plano. Mientras buscaba su pijama en el desastre que era su lado de la habitación, revolvía entre ropa amontonada y baquetas perdidas, ajena al mundo.

Miki, sentada en su cama con el teléfono en las manos, levantó la mirada de reojo, sus ojos verdes claros empezaron a seguir a Riko con disimulo mientras la baterista rebuscaba su pijama entre su desorden. El movimiento era sutil, casi instintivo, pero su expresión orgullosa no cambió, manteniendo la fachada de indiferencia. Riko finalmente encontró su pijama —un conjunto viejo de algodón gris— debajo de una pila de ropa, pero al levantarlo, frunció el ceño y lo olió, arrugando la nariz con disgusto.

—Ugh, está sucio —renegó, su voz cargada de fastidio mientras lo agitaba frente a ella—. ¿En serio? Qué día.

Miki, sin apartar del todo la mirada del teléfono, soltó un comentario mordaz, su tono seco pero con un dejo de satisfacción.

—Es tu culpa por ser una desordenada, Hoshisora —dijo, ajustándose el cabello pelirrojo con un movimiento elegante—. Si tuvieras un poco de clase, no estarías buscando pijamas apestosos.

Riko sonrió, una chispa traviesa brillando en sus ojos azules mientras giraba hacia Miki, sosteniendo el pijama sucio como si fuera un trofeo.

—¿Sabes qué, Yanamoto? —dijo, su voz subiendo con un tono juguetón—. Creo que esto te vendría bien para relajarte.

Miki levantó la mirada del teléfono, sus ojos verdes se entrecerraron con alarma al ver a Riko acercarse con el pijama en la mano.

—¡No te atrevas, Hoshisora! —advirtió, su voz aguda mientras se ponía de pie en un salto—. ¡Aléjate de mí con eso!

Riko rió, ignorando la advertencia, y comenzó a perseguirla por la habitación, agitando el pijama sucio como una bandera. Miki chilló, corriendo alrededor de las camas y esquivando el escritorio con una agilidad sorprendente para alguien tan pequeña. El alboroto llenó el espacio —gritos de Miki, risas de Riko, el sonido de pasos rápidos—, y desde fuera, el ruido de un aluvión empezaba a filtrarse, las primeras gotas golpeando las ventanas con un tamborileo constante.

—¡Para, loca! —gritó Miki, saltando sobre su cama para escapar, pero Riko la siguió, acorralándola contra la pared con una carcajada.

Justo cuando Riko estaba a punto de atraparla, un trueno ensordecedor retumbó en el cielo, sacudiendo las ventanas y cortando la persecución en seco. Miki soltó un grito agudo, sus manos subiendo a cubrir sus oídos mientras sus ojos verdes se llenaban de pánico. Corrió hacia su cama en un instante, arrebatando su almohada y abrazándola con fuerza contra su pecho, su cuerpo temblando mientras se acurrucaba.

Riko dejó caer el pijama al suelo, la diversión desvaneciéndose de su rostro mientras miraba a Miki con confusión.

—¿Yanamoto? —preguntó, su voz suavizándose mientras daba un paso hacia ella—. ¿Estás bien?

Miki, con el rostro medio enterrado en la almohada, soltó un sollozo ahogado, su voz temblorosa y cortante.

—¡Vete! —espetó entre dientes, sus hombros temblando—. ¡Déjame sola!

Otro trueno resonó, más fuerte esta vez, y Miki gritó de nuevo, apretando la almohada con más fuerza mientras las lágrimas empezaban a escaparse por sus mejillas. Riko frunció el ceño, su instinto superó la broma, y caminó hacia la cama de Miki sin dudarlo.

—No te acerques —gimió Miki, su voz quebrándose entre sollozos mientras intentaba hacerse más pequeña—. ¡Déjame!

Riko la ignoró, sentándose en el borde de la cama y rodeándola con los brazos en un abrazo firme pero gentil. El cabello celeste de Riko rozó la cara de Miki mientras la acercaba a su pecho, su voz baja y reconfortante.

—Todo está bien, Yanamoto —dijo, acariciándole la espalda con suavidad—. Es solo un trueno. No pasa nada.

Miki forcejeó débilmente, sus manos empujando contra Riko mientras sollozaba.

—¡Suéltame! —protestó, su voz ahogada por las lágrimas—. ¡No necesito esto!

Otro trueno sacudió la habitación, y Miki se tensó, un grito ahogado escapando de su garganta mientras se aferraba a la almohada con más fuerza. Riko no la soltó, manteniéndola cerca mientras la tormenta rugía afuera, el sonido de la lluvia se intensifico contra las ventanas.

—Todo está bien —repitió Riko, su tono firme pero cálido—. No voy a ninguna parte. Solo respira, ¿sí?

Los truenos siguieron, uno tras otro, y Miki, entre sollozos, dejó de resistirse, sus manos soltando la almohada para aferrarse tímidamente a la ropa interior de Riko. Sus lágrimas mojaron el hombro de Riko mientras temblaba, el miedo a los truenos —un terror que no había mostrado desde que llegaron a la academia— rompiendo su fachada orgullosa. Riko siguió consolándola, murmurando palabras suaves mientras la tormenta continuaba su curso, el aluvión golpeando el tejado como un tambor constante.

—No te preocupes —susurró Riko, su voz casi perdida entre el ruido—. Estoy aquí, Yanamoto. Todo está bien.

Miki no respondió, pero sus sollozos se suavizaron lentamente, el calor del abrazo de Riko calmándola poco a poco mientras la lluvia y los truenos seguían resonando en la noche.

La tormenta que azotaba Sapporo no mostraba signos de calmarse cuando Nina llegó al ala residencial, sus botas empapadas estaban dejando un rastro de agua en el pasillo. La lluvia había comenzado justo después de que ella y Haruka conversaran sobre los últimos ajustes antes de la sinfónica antes de irse a sus respectivas habitaciones, y aunque intentó correr desde el edificio principal hasta los dormitorios, el aguacero la había atrapado sin piedad. Su uniforme azul marino estaba pegado a su cuerpo, el pin del micrófono y la corchea doble goteando mientras el agua corría por su cabello corto y oscuro, empapándolo hasta las puntas. Su rostro, normalmente relajado, estaba ahora marcado por el cansancio y un aburrimiento irónico, como si la lluvia fuera una broma cósmica después de un día agotador.

Nina abrió la puerta de su habitación con un empujón cansado, el sonido del agua chorreando al suelo rompiendo el silencio del espacio compartido con Ruby. Dentro, su novia estaba de pie junto a su escritorio, aún con su uniforme rosa claro de Baile, acomodando una pila de libros de danza con precisión. La luz de la lámpara iluminaba su cabello dorado, suelto y brillante, y sus ojos rojos se alzaron al escuchar la puerta.

—Mi amor…. —saludó Nina, su voz grave pero cargada de cariño mientras cerraba la puerta tras de sí—. Mi salvación después de este día infernal.

Ruby giró hacia ella con una sonrisa cálida, sus manos deteniéndose sobre los libros.

—Hola, cariño —respondió, su tono suave y afectuoso—. ¿Cómo… —Su sonrisa se desvaneció al verla empapada, reemplazada por una mezcla de sorpresa y preocupación—. ¡Nina! ¿Qué te pasó? ¡Estás chorreando!

Nina se encogió de hombros, dejando caer su mochila al suelo con un ruido seco mientras se pasaba una mano por el cabello mojado, esparciendo gotas por todas partes.

—El cielo se está cayendo ahora mismo —dijo, su voz aburrida pero con un toque de diversión—. Ironía pura después de lidiar con Haruka y Yoshida peleando en el pasillo.

Ruby negó con la cabeza, caminando hacia ella con una expresión entre exasperada y protectora.

—No te quedes ahí empapada —dijo, su tono firme mientras señalaba el baño—. ¡Métete a la ducha ya! Si te quedas así, vas a pescar un resfriado.

Nina sonrió, una chispa pícara cruzando sus ojos oscuros mientras se apoyaba contra la puerta con una postura relajada.

—No es gran cosa —respondió, su voz bajando con un matiz juguetón—. Ya he estado resfriada antes. Sobreviví.

Ruby cruzó los brazos, sus ojos rojos se entrecerraron mientras le lanzaba una mirada de reproche.

—Eres cantante ahora, Nina —replicó, su tono subiendo con autoridad—. Tienes que cuidar tu garganta. No voy a dejar que te enfermes y arruines esa voz que volvió loco a todo el mundo en China. ¡Ducha, ahora!

Nina suspiró, pero la sonrisa pícara se amplió mientras daba un paso hacia Ruby, el agua goteando de su uniforme al suelo.

—Está bien, me bañaré —dijo, su voz adquiriendo un tono seductor mientras se acercaba más—. Pero solo si te metes conmigo a la ducha. ¿Qué dices, preciosa?

Ruby soltó una carcajada, retrocediendo un paso mientras levantaba las manos en señal de rendición.

—¡Báñate ya, loca! —respondió, su risa llenando la habitación mientras esquivaba a Nina—. ¡Eso no es una negociación!

Pero Nina no se rindió tan fácil. Con un movimiento rápido, cerró la distancia entre ellas y envolvió a Ruby en un abrazo húmedo, sus brazos rodeándola mientras el agua de su uniforme empapaba el rosa claro de la chaqueta de Ruby. Antes de que Ruby pudiera protestar, Nina se inclinó y la besó, un beso corto pero dulce que dejó a Ruby riendo contra sus labios.

—¡Nina, eres imposible! —dijo Ruby entre risas, sus manos empujando débilmente contra el pecho mojado de Nina mientras el agua comenzaba a manchar su uniforme—. ¡Mira lo que hiciste!

Nina rió, tomando la mano de Ruby con una mezcla de cariño y travesura.

—Vamos, entonces —dijo, tirando de ella hacia el baño mientras sus botas dejaban huellas húmedas en el suelo—. Si no aceptaste, te arrastro conmigo de todos modos.

Ruby intentó resistirse, pero sus risas la traicionaron mientras Nina la guiaba hacia la puerta del baño.

—¡No he aceptado aún, tonta! —protestó entre carcajadas, sus ojos rojos brillaron con diversión mientras tropezaba detrás de ella.

Nina soltó otra risa, abriendo la puerta del baño con un empujón y entrando con Ruby de la mano.

—Demasiado tarde —respondió, su voz juguetona mientras cerraba la puerta tras ellas con un clic.

El sonido de sus risas se mezcló con el golpeteo de la lluvia contra las ventanas, la tormenta rugiendo afuera mientras dentro, el baño se llenaba de vapor y el eco de su complicidad. El día agotador de Nina y las tensiones del ensayo se desvanecían, al menos por un momento, en el calor de Ruby y el refugio de su habitación compartida.

La noche había pasado en un torbellino de truenos y lluvia, dejando tras de sí un amanecer tranquilo en Sapporo. El sol se filtraba tímidamente por las cortinas de la habitación compartida de Riko y Miki, bañando el espacio en una luz suave que resaltaba el contraste entre el caos del lado de Riko y la pulcritud del de Miki. Riko despertó lentamente, sus ojos azules abriéndose con pereza mientras un calor extraño y reconfortante la envolvía. Parpadeó, confusa, al darse cuenta de que no estaba en su cama desordenada habitual, sino en una mucho más cómoda, con sábanas suaves y un aroma delicado y femenino que llenaba sus sentidos.

Encima de ella, Miki dormía profundamente, sus piernas cruzadas con las de Riko en un enredo íntimo. La cabeza de Miki descansaba entre el cuello y el pecho de Riko, su cabello pelirrojo esparcido como un halo sobre la piel de Riko, aún en ropa interior desde la noche anterior. La respiración de Miki era lenta y tranquila, chocando contra el pecho de Riko en un ritmo apacible que contrastaba con los sollozos de terror de la tormenta. Riko bajó la mirada, notando que sus propios brazos rodeaban la cintura de Miki, pegándola posesivamente contra sí, mientras las manos de Miki la abrazaban con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeña, como si no quisiera soltarla ni en sueños.

El aroma de Miki era asfixiante, un perfume floral delicado y femenino que envolvía a Riko como una nube. Suspiró, una sonrisa suave curvando sus labios mientras susurraba al oído de Miki, su voz baja y juguetona.

—Despierta, bella durmiente.

Miki soltó un gemido de molestia, un sonido pequeño y gruñón que vibró contra el pecho de Riko. En lugar de abrir los ojos, se acurrucó más contra ella, su rostro enterrándose en el hueco de su cuello mientras sus brazos se apretaban con un toque posesivo. Riko rió bajito, el sonido resonando en la quietud de la mañana. Siempre había sospechado que detrás de la fachada de niña caprichosa y orgullosa, Miki era pegajosa y cariñosa, y esta escena lo confirmaba de una manera que no esperaba.

—Vamos, Yanamoto —intentó de nuevo, su tono más firme pero aún cálido mientras movía un hombro para sacudirla suavemente—. Ya pasó la tormenta. Hora de despertar.

Miki frunció el ceño, sus ojos verdes claros abriéndose lentamente mientras un murmullo incoherente escapaba de sus labios. Parpadeó un par de veces, procesando la situación, y entonces la realidad la golpeó como un balde de agua fría. Estaba en su propia cama, abrazada a Riko, cuya ropa interior blanca contrastaba con las sábanas rosadas. Sus piernas estaban entrelazadas, sus brazos rodeándola, y el calor del cuerpo de Riko era innegable bajo sus manos. Con un grito ahogado, Miki se separó de un salto, retrocediendo hasta el borde de la cama mientras sus mejillas se teñían de un rojo brillante.

—¡¿Qué estás haciendo en mi cama, Hoshisora?! —reclamó, su voz subiendo con una mezcla de vergüenza y furia mientras se cubría el rostro con las manos—. ¡Esto es… esto es inaceptable!

Riko rió, sentándose en la cama con una calma despreocupada mientras se pasaba una mano por su cabello celeste, despeinándolo aún más.

—¿Ya te sientes mejor, Yanamoto? —preguntó, su tono juguetón pero con un matiz genuino de preocupación—. Anoche estabas temblando como hoja en la tormenta.

Miki, roja como un tomate hasta las orejas, no respondió de inmediato. Sus manos bajaron lentamente, revelando unos ojos verdes que evitaban los de Riko mientras procesaba la noche anterior: los truenos, su pánico, el abrazo de Riko. El recuerdo la dejó muda, su orgullo tambaleándose bajo el peso de la vulnerabilidad expuesta.

Riko sonrió más suave, inclinándose un poco hacia ella.

—No te preocupes —dijo, su voz bajando a un tono reconfortante—. No le contaré a nadie sobre tu miedo a los truenos. Es nuestro pequeño secreto, ¿sí?

Miki tragó saliva, sus manos apretándose contra las sábanas mientras miraba al suelo. Tras unos segundos de silencio, un susurro suave y tembloroso escapó de sus labios, apenas audible.

—Gracias…

Riko rió de nuevo, una carcajada ligera que llenó la habitación mientras se ponía de pie, estirándose con un bostezo. Su figura delgada en ropa interior se recortó contra la luz del sol mientras caminaba hacia su armario desordenado.

—Eres adorable cuando no estás siendo una princesa caprichosa —dijo, su tono burlón pero afectuoso—. Voy a tomar un baño primero, Yanamoto. Necesito quitarme esta vibra de tormenta.

Rebuscó entre la ropa, sacando una toalla azul que parecía haber visto mejores días, y se giró hacia Miki con una sonrisa antes de dirigirse al baño. Miki la observó en silencio, sus ojos verdes comenzaron a seguir cada paso de Riko mientras la puerta del baño se cerraba tras ella con un clic. Sentada en su cama, con las sábanas aún revueltas y el aroma de Riko impregnado en su piel, Miki procesó en su mente lo que acababa de pasar: había dormido con su compañera de cuarto, abrazándola toda la noche. Su rostro volvió a enrojecer, y enterró la cara en la almohada con un gemido de vergüenza, el orgullo de la heredera de los Yanamoto estaba luchando contra el calor inesperado que sentía en el pecho.

Las clases regulares comenzaron a primera hora tras un desayuno rápido en el comedor. El aula asignada para la sesión matutina estaba llena de alumnas de todas las ramas, sus uniformes creaban un mosaico de colores: blanco para Administración, marfil con bordes dorados para Etiqueta, y los tonos variados de Artes —azul marino, rosa claro, verde esmeralda, púrpura y terracota—. El murmullo de las conversaciones llenaba el aire mientras la profesora Kanzaki, una mujer alta y severa con gafas, escribía algo en la pizarra.

Miki estaba sentada cerca del pasillo, su uniforme blanco impecable resaltaba su tez blanca, su cabello pelirrojo estaba recogido en una coleta alta. Sus ojos verdes claros estaban fijos en su escritorio, pero de reojo no podía evitar mirar al otro extremo del aula. Allí, Riko Hoshisora charlaba animadamente con Aoi Fujiwara. Riko, gesticulaba con entusiasmo, su cabello celeste moviéndose mientras hablaba. Aoi, alta y elegante en su uniforme marfil de Etiqueta, con la pluma dorada brillando en su pecho, reía y se sonrojaba ante algo que Riko decía, sus ojos marrones estaban brillando con diversión. Desde su lugar, Miki no podía escucharlas, pero la escena le revolvía el estómago de una manera que no entendía del todo.

Frunciendo el ceño, Miki sacó su teléfono discretamente bajo el escritorio y abrió el navegador, tecleando "bateristas famosos" en la barra de búsqueda. La pantalla se llenó de información: nombres como John Bonham, Neil Peart, Mike Portnoy y Akira Jimbo aparecieron, junto con artículos y foros. Uno llamó su atención: un hilo titulado "¿Por qué los bateristas son tan carismáticos?" Hojeó los comentarios rápidamente, y una frase se repitió en varios posts: "Los bateristas son mujeriegos por naturaleza, siempre rodeados de fans". Miki alzó una ceja, su mirada volviendo a Riko, quien en ese momento inclinaba la cabeza hacia Aoi con una sonrisa traviesa.

—"Imposible" —se dijo a sí misma en un susurro, negando con la cabeza.

Justo entonces, Riko pareció sentir los ojos sobre ella. Giró la cabeza, sus ojos azules se encontraron con los de Miki al otro lado del aula. Le guiñó un ojo con una sonrisa juguetona, y Miki, sin quererlo, sintió un calor subiendo por sus mejillas. Rápidamente volvió su atención al teléfono, sus dedos apretando el dispositivo mientras repetía en un murmullo:

—"Imposible…"

Sus sentimientos estaban enredados, un nudo que no podía desenmarañar. Siempre había estado segura de que le gustaba Ruby Harlaown —su elegancia, su fuerza, su sonrisa—. Giró la cabeza hacia donde Ruby estaba sentada, unas filas adelante. Ruby, con su uniforme rosa claro de Baile, charlaba con Nina Iseri, quien estaba justo detrás de ella en su uniforme azul marino de Música. Nina acariciaba la mano de Ruby en un gesto íntimo, y Ruby le sonreía con esa calidez que Miki siempre había envidiado. Normalmente, esa escena le habría picado como una espina en el pecho, pero hoy… hoy no dolía tanto como esperaba. Su mirada volvió a Riko y Aoi, y el nudo en su estómago se apretó más.

—"Imposible" —susurró por tercera vez, confundida por lo que sentía.

Un golpe seco en la puerta del aula interrumpió sus pensamientos, silenciando el murmullo de las alumnas. Una secretaria de la academia, una mujer delgada con el cabello recogido en un moño apretado, entró con una carpeta en la mano y se dirigió a la profesora Kanzaki.

—Disculpe la interrupción —dijo la secretaria, su voz clara—. La directora solicita la presencia de Miki Yanamoto en su oficina.

Miki parpadeó, sorprendida, mientras todas las miradas se volvían hacia ella. La profesora Kanzaki ajustó sus gafas y asintió con un gesto seco.

—Yanamoto, puedes ir —dijo, su tono neutro—. No tardes.

Miki se levantó, su rostro aún sonrojado por los eventos de la mañana, y recogió su bolso con un movimiento rápido. Mientras salía del aula bajo las miradas curiosas de sus compañeras, sintió un alivio momentáneo al escapar de la escena que la tenía tan confundida.

El pasillo hacia la oficina de la directora era silencioso, los tacones de Miki resonando contra el suelo pulido. Cuando llegó, tocó la puerta con cautela antes de entrar. La directora, una mujer mayor con el cabello gris y una sonrisa amable pero firme, estaba sentada tras un escritorio lleno de papeles, su uniforme negro de autoridad destacaba en la habitación luminosa.

—Yanamoto, siéntate —dijo la directora, señalando una silla frente a ella—. Te he convocado porque noté algo en tu expediente. No has llenado ningún formulario para elegir una rama específica. Por defecto, estás en Administración, pero quería confirmar contigo si es donde deseas quedarte.

Miki se sentó, cruzando las piernas con elegancia mientras procesaba las palabras. Sabía que no tenía talentos en Artes —no cantaba como Nina, no tocaba como Riko, no bailaba como Ruby—. Cuando llegó a Shirayuri, había asumido que Ruby estaría en Etiqueta, con su gracia y porte, y había planeado seguirla allí. Pero cuando Ruby eligió Artes y entró en Baile, Miki se decepcionó, quedándose en Administración por inercia. Ahora, sin embargo, eso parecía lejano. En su mente, la imagen de Riko riendo con Aoi volvía una y otra vez, y Aoi estaba en Etiqueta. No sabía si era una buena idea —quería acercarse a Aoi, tal vez para advertirle sobre Riko, o quizás para algo más que no quería admitir—. Suspiró, sus ojos verdes encontrando los de la directora.

—Quiero llenar el formulario para entrar en la rama de Etiqueta —dijo finalmente, su voz firme a pesar de la confusión interna.

La directora sonrió, un brillo de aprobación cruzando su rostro mientras sacaba un formulario de un cajón.

—Eso es lo que quería escuchar, Yanamoto —respondió, deslizando el papel hacia ella—. Etiqueta te sentará bien. Tienes el carácter para destacar allí. Firma aquí, y lo haremos oficial.

Miki tomó el bolígrafo, su mano temblando ligeramente mientras firmaba. Quería estar más cerca de Aoi, sí, para protegerla de la supuesta naturaleza "mujeriega" de Riko, o tal vez para quitársela y… ¿quedársela? Sacudió la cabeza, apartando el pensamiento mientras entregaba el formulario. Su corazón estaba en conflicto, pero por ahora, este paso parecía lo correcto.

El día había avanzado tras las clases regulares de la mañana, y las diferentes ramas de Shirayuri se dispersaron hacia sus aulas especializadas. Nina y Riko se reunieron con las demás chicas de la rama de Música de otras aulas en un salón amplio para la clase de Teoremas Avanzados de Música III. Las paredes estaban cubiertas de diagramas de escalas y partituras, y una pizarra enorme dominaba el frente, llena de anotaciones sobre armonías y contrapuntos. Nina, se hundió en su silla con un suspiro de fastidio, dejando caer su cuaderno sobre la mesa.

—Esto es un fastidio —murmuró, su voz grave cargada de aburrimiento mientras tamborileaba los dedos—. Solo quiero cantar, no estudiar teoría aburrida.

Riko, sentada a su lado rió mientras abría su propio cuaderno, perfectamente lleno de notas detalladas.

—Es importante para tu técnica, Nina —dijo, su tono ligero pero con un toque de autoridad—. Yo pongo en práctica todo esto con la batería. Te hace mejor, aunque tengas cerebro de corcho.

Nina le lanzó una mirada fulminante, pero una sonrisa pícara se coló en su rostro mientras le daba un codazo.

—Oye, mi cerebro funciona perfecto para cantar —replicó—. No necesito saber qué es un acorde disminuido para sonar bien.

Haruka, sentada en la misma mesa con su uniforme impecable, frunció el ceño y golpeó la mesa con su lápiz.

—Concéntrense, las dos —ordenó, su voz cortante mientras ajustaba sus gafas—. Esta clase es importante. Si no entienden la teoría, no van a destacar en la sinfónica. Dejen de pelear y escuchen.

Nina suspiró, rodando los ojos, pero se enderezó en la silla mientras Riko soltaba una risita contenida. La clase continuó con el profesor desglosando estructuras armónicas complejas, y aunque Nina fingía prestar atención, su mente vagaba hacia las prácticas que vendrían después.

Al terminar la clase, las chicas de Música se trasladaron al salón principal para practicar para la sinfónica de los Maatsura. Los instrumentos estaban listos: el piano de Haruka en el centro, la batería de Riko en una esquina, y un atril con partituras para Nina. Mientras afinaban, Nina intentó retomar un tema pendiente, su voz casual pero curiosa.

—Oye, Haruka, ¿qué pasó con Mei y Sayaka ayer? —preguntó, ajustando el micrófono frente a ella—. Todo ese drama en el pasillo fue raro.

Haruka tensó los labios, sus dedos deteniéndose sobre las teclas del piano mientras le lanzaba una mirada de advertencia.

—No es el momento, Nina —respondió, su tono frío—. Estamos aquí para practicar, no para chismear.

Riko rió desde la batería, golpeando los platillos con un ritmo juguetón mientras miraba a Nina.

—Déjala, Nina —dijo, su voz burlona—. Haruka se pone gruñona cuando mencionan a Yoshida.

Nina gruñó, pero dejó el tema a un lado mientras tomaba su partitura. Justo entonces, Sakura entró al salón, su violín en la mano y su cabello negro con mechones rosados brillando bajo la luz. Saludó con una sonrisa y se acercó al grupo.

—Llegué justo a tiempo —dijo, su tono alegre mientras ajustaba su instrumento—. Hay piezas con el violín como principal, así que voy a ayudar con Nina.

Haruka asintió, relajándose un poco al ver a Sakura.

—Bien, Sakura —dijo—. Empecemos con la pieza en Re mayor. Pero —añadió, lanzándole una mirada seria

Sakura rió, levantando las manos en señal de rendición.

—Entendido, Haruka —respondió, guiñándole un ojo a Nina antes de posicionarse.

Las prácticas comenzaron, con Nina cantando con su voz potente y clara, el violín de Sakura tejiendo melodías alrededor de las notas, la batería de Riko marcando el ritmo y el piano de Haruka sosteniendo la armonía. A pesar del cansancio, la música fluía, y el tema de Mei quedó olvidado por el momento.

La práctica se extendió hasta la noche, y cuando terminaron, las chicas recogieron sus cosas con movimientos agotados pero satisfechos. El cuarteto salió del salón y se dirigió al comedor, el cielo estaba oscureciéndose sobre sus cabezas. Al llegar, encontraron a Ruby y Aoi esperándolas en una mesa grande cerca de las ventanas, con bandejas de comida ya separadas para todas. Ruby sonrió al ver a Nina, mientras Aoi, en su uniforme marfil de Etiqueta, saludaba con un movimiento entusiasta, sus pechos copa F rebotando ligeramente con el gesto.

—¡Por fin! —dijo Aoi, su voz alegre mientras tomaba un bocado de arroz—. Pensé que nunca llegarían. ¡Estoy muerta de hambre!

Nina se dejó caer junto a Ruby, apoyando la cabeza en su hombro con un suspiro cansado.

—Las prácticas fueron eternas —murmuró, mientras Ruby le acariciaba el cabello con cariño.

Todas se sentaron, intercambiando palabras sobre el día: Sakura bromeando sobre las correcciones de Haruka, Aoi quejándose de una clase de protocolo en Etiqueta, y Ruby riendo con las historias de Nina. No muy lejos, Miki estaba sentada en una mesa con algunas compañeras de Administración, su uniforme blanco pero su expresión distante. Apenas tocaba su comida, sus ojos verdes claros vagando mientras sus compañeras parloteaban sin que ella les prestara atención. Estaba sola en su mundo, y Riko, desde la mesa del grupo, se percató de ello, mirándola de reojo con una mezcla de curiosidad y preocupación.

Miki terminó su cena antes que las demás, levantándose de su asiento con un movimiento silencioso y caminando hacia la salida del comedor. Riko la siguió con la mirada, sus ojos azules entrecerrándose mientras notaba la postura tensa de la pelirroja. El grupo continuó conversando por minutos mientras todas comían los diferentes platillos, y Ruby comentó casualmente, tomando un sorbo de su jugo:

—Leí que esta semana habrá lluvias intensas, con posibilidad de truenos. Parece que el clima no nos va a dar tregua.

Riko abrió los ojos como platos ante la mención de truenos, su mente volando instantáneamente a la noche anterior y a Miki temblando en sus brazos. Se puso de pie de un salto, su silla chirriando contra el suelo.

—¡Me tengo que ir! —dijo, su voz subiendo con urgencia mientras agarraba su mochila.

—¿Qué pasa? —preguntó Nina, frunciendo el ceño mientras Aoi la miraba confundida.

Riko no respondió. Salió corriendo del comedor, sus botas resonando en el suelo mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a caer afuera, el cielo negro anunciando otra tormenta. Sabía que Miki estaría sola, y algo en su pecho —quizás instinto, quizás algo más— la empujaba a alcanzarla antes de que los truenos volvieran a sonar.

La lluvia caía con fuerza nuevamente sobre Sapporo, el cielo negro iluminado por relámpagos distantes mientras Riko corría hacia los dormitorios. Sus botas chapoteaban en los charcos, empapando su uniforme azul marino, mientras su cabello celeste se pegaba a su rostro. Los primeros truenos retumbaron a lo lejos, un eco grave que aceleró su paso, su aliento saliendo en nubes blancas en el aire frío. Sabía lo que esos sonidos significaban para Miki, y algo en su interior —un instinto protector, o quizás algo más profundo— la empujaba a llegar a ella antes de que el miedo la atrapara de nuevo.

Llegó al edificio residencial jadeando, el agua corriendo por su piel mientras subía las escaleras de dos en dos. Al alcanzar la puerta de su habitación compartida, la abrió de golpe, el sonido resonando en el pasillo vacío. Dentro, Miki estaba acurrucada en su cama, las sábanas rosadas subidas hasta la barbilla y su cuerpo temblando ligeramente. Su uniforme blanco de Administración estaba arrugado, como si hubiera corrido desde el comedor sin cambiarse, y sus ojos verdes claros estaban fijos en la ventana, donde la lluvia golpeaba el vidrio.

Riko cerró la puerta tras de sí con un movimiento rápido, dejando un rastro de agua en el suelo mientras corría hacia Miki. Sin dudarlo, se subió a la cama y la rodeó con los brazos, su ropa mojada empapando las sábanas y el uniforme de Miki.

—Aquí estoy, aquí estoy —susurró Riko, su voz suave y firme mientras la abrazaba con fuerza, pegándola a su pecho.

Miki se acurrucó contra ella al instante, sus manos aferrándose a la chaqueta mojada de Riko como si fuera un salvavidas. A pesar de que el agua fría de Riko estaba empapando su ropa y la cama, no le importó; el calor del abrazo de la baterista era lo único que necesitaba mientras los truenos resonaban a lo lejos, cada vez más cerca. Instintivamente, Riko comenzó a besar la cabeza de Miki, pequeños besos suaves en su cabello pelirrojo, un gesto natural que brotaba sin pensarlo.

—Todo está bien, Yanamoto —murmuró entre besos, su aliento cálido contra la frente de Miki—. No pasa nada.

Miki no se molestó por los besos; al contrario, el nerviosismo que la había tensado comenzó a desvanecerse con cada susurro y cada roce de los labios de Riko. Se sentía segura en los brazos de la baterista, una sensación que le gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. El sonido de la lluvia contra el vidrio empezó a menguar, los truenos alejándose hasta convertirse en un eco distante, dejando solo un tamborileo relajante que llenaba la habitación. Ya no era violento, sino un murmullo tranquilo que envolvía a las dos chicas abrazadas en la cama.

Un pequeño estornudo de Miki rompió el silencio, sobresaltando a Riko, quien soltó una risa baja mientras la miraba con ternura.

—Vamos, Yanamoto, tienes que tomar un baño —dijo, su voz juguetona pero preocupada—. No quiero que te resfríes por mi culpa.

Miki, aún vulnerable, levantó la mirada hacia ella, sus ojos verdes brillando con una mezcla de miedo y apego.

—Los truenos pueden volver en cualquier momento —respondió, su voz suave y temblorosa mientras se aferraba más a Riko.

Riko sonrió, acariciándole la espalda con suavidad.

—Lo sé —dijo, su tono cálido y tranquilizador—. Pero estoy aquí, ¿sí? No voy a irme a ninguna parte.

Miki apretó su agarre, sus dedos hundiéndose en la tela mojada de Riko mientras murmuraba:

—Tú también te vas a resfriar…

Riko rió de nuevo, una carcajada ligera que resonó en la habitación.

—Eso es verdad —admitió, su voz llena de diversión mientras miraba a Miki a los ojos.

Sus miradas se encontraron, y por un momento, el mundo pareció detenerse. En los ojos de Miki, Riko vio vulnerabilidad y ternura, una suavidad que contrastaba con la fachada orgullosa que solía llevar. Miki, instintivamente, cerró los ojos, sus labios entreabiertos en una espera silenciosa. Riko parpadeó, sorprendida, su corazón acelerándose mientras entendía lo que Miki quería. No era tonta; sabía lo que ese gesto significaba.

—Mierda —susurró Riko bajito, casi para sí misma, antes de inclinarse hacia adelante.

Sus labios se encontraron en un beso tierno, suave y cálido, un roce delicado que hizo que Miki se sobresaltara por un segundo antes de pegarse más a Riko, profundizando el contacto con una mezcla de timidez y necesidad. Cuando se separaron, sus respiraciones eran rápidas, y Miki, con las mejillas rojas, levantó la mirada hacia Riko con una vulnerabilidad desnuda.

—No quiero bañarme sola —dijo, su voz baja y tierna, casi como una súplica.

Riko rió, abrazándola con más fuerza mientras le daba un beso suave en la mejilla.

—Eres una mimada, Yanamoto —respondió, su tono juguetón pero cargado de cariño.

Con una sonrisa, Riko se puso de pie, todavía empapada, y extendió una mano hacia Miki. La pelirroja la tomó con dedos temblorosos, dejándose guiar hacia el baño. En la intimidad de su cuarto, con la puerta del baño cerrándose tras ellas, el corazón de Riko latía con fuerza, no solo por Aoi Fujiwara, sino por una segunda chica que, de alguna manera, había encontrado un lugar en él. La lluvia seguía cayendo afuera, un susurro relajante que envolvía su pequeño mundo compartido.

La puerta del baño se cerró tras Riko y Miki con un clic suave, encerrándolas en la intimidad de la pequeña habitación. El sonido de la lluvia contra la ventana era un murmullo distante, y el vapor comenzó a llenar el aire cuando Riko giró la llave del agua caliente. Sin ceremonia Riko empezó a quitarse la ropa empapada, dejando caer la chaqueta azul marino al suelo con un sonido húmedo, seguida por la camisa y la falda. Sus manos temblaron ligeramente mientras se despojaba de la ropa interior, quedando desnuda bajo la luz tenue del baño, el agua de la lluvia aún goteando por su piel delgada y su cabello celeste pegado a los hombros.

Miki, aún de pie cerca de la puerta con su uniforme blanco mojado, se sonrojó violentamente, sus ojos verdes claros abriéndose de par en par mientras observaba a Riko. El calor subió por su rostro hasta igualar el tono de su cabello pelirrojo, y una vocecita en su cabeza se preguntó si había tomado la decisión correcta al pedir no bañarse sola. Antes de que pudiera reaccionar, Riko se acercó a ella, sus pasos descalzos resonando en el suelo de baldosas.

Miki tragó saliva, su corazón latiendo con fuerza mientras cerraba los ojos, asintiendo débilmente. Sintió el roce de las manos de Riko contra su piel, un toque cálido y cuidadoso que desabrochó la chaqueta empapada y la deslizó por sus hombros. Cada movimiento era lento, deliberado, como si Riko temiera romperla, y Miki tembló bajo sus dedos mientras la camisa y la falda caían al suelo, seguidas por la ropa interior. Cuando estuvo completamente desnuda, Miki mantuvo los ojos cerrados, vulnerable y expuesta.

Riko la miró por unos segundos, su respiración deteniéndose ante la visión de Miki: su tez blanca, las curvas suaves de su cuerpo, el cabello pelirrojo cayendo en mechones húmedos. Una sonrisa tierna cruzó su rostro.

—Te he visto antes en ropa interior —dijo, su voz baja y cálida—, pero nunca así. Eres preciosa, Yanamoto.

Miki se sonrojó hasta las orejas, el rojo extendiéndose por su cuello y pecho mientras sus ojos verdes se alzaban tímidamente hacia los de Riko. No tuvo tiempo de responder antes de que Riko la tomara de la mano y la guiara bajo el agua caliente, el calor envolviéndolas como una manta. Riko comenzó a jabonar a Miki con una delicadeza que contrastaba con su energía habitual, sus manos deslizándose por los hombros de Miki, trazando círculos suaves sobre su piel mientras el jabón formaba espuma blanca. Subió al cabello de Miki, masajeándolo con el champú floral que ella siempre usaba, sus dedos enredándose en los mechones pelirrojos con un cuidado que parecía decir que no quería romperla.

Miki cerró los ojos, dejando que el calor y las caricias de Riko la relajaran. Sus hombros se destensaron, y una sonrisa pequeña se formó en sus labios.

—Pensé que serías tosca por tocar la batería —murmuró, su voz apenas audible bajo el sonido del agua.

Riko rió, un sonido cálido que vibró contra la nuca de Miki mientras sus dedos seguían masajeando su cuero cabelludo.

—Sé cuándo ser tosca y cuándo no —respondió, su tono juguetón pero cargado de afecto—. Contigo, siempre voy a ser suave.

El agua seguía cayendo, y Miki, envalentonada por la intimidad del momento, tomó el jabón con manos temblorosas y comenzó a lavar a Riko. Sus dedos rozaron los brazos de la baterista, trazando las líneas de sus músculos sutiles, luego bajaron al estómago plano, subiendo lentamente hasta su pecho. Cada toque era vacilante al principio, pero pronto encontró un ritmo, el jabón dejando un rastro de espuma sobre la piel de Riko. Esta la observó con una mezcla de sorpresa y ternura, y luego dio un paso hacia ella, sus manos encontrando la cintura de Miki en un gesto posesivo pero gentil. Sus cuerpos se pegaron bajo el agua, el calor de sus pieles mezclándose con el del vapor, y Miki se sonrojó, su respiración acelerándose mientras alzaba la mirada hacia Riko.

Sin pensarlo, Miki cerró los ojos, sus labios entreabiertos en una espera silenciosa. Riko inclinó la cabeza, y sus labios se encontraron en un segundo beso, suave y cálido al principio, un roce que transmitía todo el cariño que habían construido en esas horas de tormentas y consuelo. Pero el calor del agua, el roce de sus cuerpos y la intensidad del momento encendieron algo más en Riko. Subió la pasión del beso, sus labios moviéndose con más firmeza contra los de Miki, su lengua rozando tímidamente la de ella en una danza lenta que hizo que Miki jadeara contra su boca.

Las manos de Riko se deslizaron por la espalda de Miki, recorriendo la curva de su columna con una mezcla de suavidad y deseo, atrayéndola más cerca hasta que no quedó espacio entre ellas. Miki respondió, sus dedos enredándose en el cabello celeste de Riko, húmedo y resbaladizo por el agua, mientras sus cuerpos se presionaban bajo el chorro caliente. El beso se profundizó, y Riko dejó que una mano bajara lentamente por el costado de Miki, acariciando la piel sensible de su cadera antes de subir de nuevo, deteniéndose justo bajo su pecho. Miki tembló, un pequeño gemido escapando de sus labios mientras se aferraba más a Riko, sus uñas rozando ligeramente la nuca de la baterista.

Riko rompió el beso por un instante, sus frentes apoyadas mientras sus respiraciones se mezclaban, rápidas y entrecortadas. Sus ojos azules buscaron los de Miki, encontrando en ellos una mezcla de vulnerabilidad y anhelo que la hizo sonreír con ternura.

—¿Estás bien? —susurró, su voz ronca por la emoción, el agua corriendo por sus rostros.

Miki asintió, sus mejillas rojas y sus labios hinchados por el beso. No dijo nada, pero levantó una mano para acariciar la mejilla de Riko, un gesto tímido que decía más que las palabras. Riko tomó eso como permiso y volvió a besarla, esta vez con una pasión más abierta, sus manos explorando con más confianza. Bajó por la cintura de Miki, sus dedos trazando círculos suaves sobre su piel antes de deslizarse hacia su espalda baja, atrayéndola con un movimiento firme pero cuidadoso. Miki arqueó el cuerpo instintivamente, sus pechos rozaron los de Riko, y un suspiro tembloroso escapó de su garganta.

El agua caliente seguía cayendo, amplificando cada sensación mientras sus cuerpos se movían juntos en un ritmo lento y natural. Riko dejó que sus labios abandonaran los de Miki, trazando un camino de besos suaves por su mandíbula, bajando por su cuello hasta la clavícula. Cada beso era delicado pero intencional, y Miki inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo más piel mientras sus manos se aferraban a los hombros de Riko para mantenerse en pie. Las manos de Riko subieron de nuevo, acariciando los costados de Miki antes de rozar tímidamente sus pechos, un toque ligero que hizo que Miki jadeara y se pegara más a ella.

—Riko… —susurró Miki, su voz temblando con una mezcla de nervios y deseo, el sonido casi perdido bajo el agua.

Riko levantó la mirada, sus ojos brillando con una ternura abrumadora mientras sus manos se detenían, dándole a Miki espacio para retroceder si quería. Pero Miki no lo hizo; en cambio, se inclinó hacia adelante y volvió a besarla, esta vez con una iniciativa que sorprendió a Riko. Sus manos bajaron por el pecho de Riko, explorando con una mezcla de curiosidad y cariño, y Riko respondió, guiándola con suavidad mientras sus cuerpos se entrelazaban bajo el chorro.

La pasión creció en oleadas, pero nunca perdió su suavidad. Riko llevó a Miki contra la pared de la ducha, el azulejo frío contrastando con el calor de sus pieles mientras sus manos recorrían cada curva con reverencia. Sus dedos encontraron los lugares más sensibles de Miki la parte baja de su espalda, el interior de sus muslos, la entrada de su vagina, acariciándolos con una mezcla de firmeza y delicadeza que hacía que Miki temblara y se aferrara a ella con pequeños gemidos. Riko susurraba palabras suaves contra su oído —"Estás bien", "Eres hermosa"—, cada frase acompañada de un beso en su cuello o su hombro, asegurándole que estaba segura en sus brazos.

Miki, a su vez, dejó que sus manos exploraran a Riko con más confianza, trazando el contorno de su cintura, subiendo por su espalda hasta enredarse en su cabello. Sus movimientos eran torpes al principio, pero pronto encontraron un ritmo, sus cuerpos respondiendo el uno al otro en una danza íntima. El agua caliente caía sobre ellas, resbalando por sus pieles mientras el vapor las envolvía, y el sonido de sus respiraciones entrecortadas se mezclaba con el murmullo de la ducha. Riko bajó una mano lentamente, acariciando el muslo de Miki antes de subir con una intención más clara, y Miki arqueó la espalda, un gemido suave escapando de sus labios mientras se entregaba por completo sintiendo como los dedos de Riko entraban en ella.

El clímax llegó como una ola suave pero poderosa, un crescendo de sensaciones que las envolvió a ambas al mismo tiempo. Riko sostuvo a Miki contra la pared, sus brazos rodeándola mientras temblaban juntas, sus respiraciones sincronizándose en un jadeo compartido. Fue un momento de pura conexión, apasionado pero cargado de cariño, sus cuerpos estaban temblando bajo el agua mientras el placer las recorría en oleadas lentas. Cuando todo pasó, Riko besó a Miki con una ternura abrumadora, sus labios rozándola suavemente mientras la ayudaba a mantenerse en pie, ambas agotadas pero llenas de una calidez que iba más allá de lo físico.

El agua se había detenido y ahora ambas estaban sentadas en la bañera, el vapor habia llenando el aire mientras Miki se apoyaba contra el pecho de Riko. Riko la abrazaba por la cintura, sus labios rozando el cuello de Miki en besos juguetones que hacían que la pelirroja riera, un sonido pequeño y feliz. Riko se unió a ella, su risa resonando en el espacio cerrado ambas dentro de la bañera acurrucándose con el agua tibia dentro de ella.

—Eres demasiado bonita, Yanamoto —dijo Riko entre risas, besando su cuello otra vez antes de suspirar—. Hoy fue una locura. Estaba en el comedor con las chicas, y Ruby mencionó que venían más truenos. Salí corriendo como loca para encontrarte cuando empezó la lluvia. No quería que estuvieras sola con esto.

Miki suspiró, un sonido de alivio mientras se acurrucaba más contra Riko, sintiéndose protegida en sus brazos.

—Gracias —murmuró, su voz suave mientras el agua caliente relajaba sus músculos—. Mi día fue… raro. Las clases fueron como siempre, pero luego la directora me llamó, aunque eso ya lo sabes. Fue simple, no había elegido una rama, estaba en Administración por default y la directora me dio la oportunidad de poder decidir si me quedaba en administración. Pero hoy decidí transferirme a Etiqueta.

Riko levantó una ceja, sorprendida, y la miró con curiosidad.

—¿Etiqueta? —preguntó, su tono juguetón—. ¿La princesa caprichosa quiere ser aún más elegante?

Miki sonrió débilmente, sus ojos verdes brillando con una mezcla de vulnerabilidad y determinación.

—Algo así —respondió, sin mencionar a Aoi ni los pensamientos confusos que la habían llevado a esa decisión—. Solo… quería un cambio.

Riko rió, apretándola un poco más mientras besaba su mejilla.

—Te va a quedar bien —dijo, su voz cálida—. Pero ahora, vamos a secarnos antes de que realmente nos resfriemos.

Miki asintió, y juntas salieron de la bañera, el eco de la lluvia aun seguía sonando suave acompañando el latido acelerado de sus corazones, ahora más entrelazados que nunca.