Capítulo 27
La sinfonica
Habían pasado días desde los aluviones que marcaron la semana, y el calendario avanzaba implacable hacia la sinfónica de los Maatsura, programada para el sábado siguiente. Era un sábado por la mañana, y Nina llegó a la casa de sus tías Subaru y Morinoko con el sol apenas despuntando en el horizonte. Llevaba su mochila colgada de un hombro y una guitarra en su estuche al otro, el instrumento balanceándose con cada paso mientras subía las escaleras del edificio donde vivían. Vivía con sus tías desde que sus padres, ingenieros en una minera en el extranjero, la dejaron a su cuidado. El instituto cerraba la cocina y el comedor los sábados, así que Nina siempre llegaba temprano a casa de las Nakajima para el desayuno, un ritual que mantenía desde niña.
La puerta principal estaba entreabierta, y el aroma a café y pan tostado se colaba desde la cocina. Nina empujó la puerta con el pie, anunciando su llegada con su voz grave y un toque de entusiasmo.
—¡Ya llegué! —gritó, dejando caer su mochila junto a la entrada mientras ajustaba el estuche de la guitarra contra la pared.
Desde la cocina, Morinoko fue la primera en responder, su voz cálida y maternal resonando sobre el sonido de una sartén chisporroteando.
—¡Nina, cariño! —saludó, asomándose por la puerta con una sonrisa—. Bienvenida, justo a tiempo.
Morinoko vestía un mandil de color amarillo claro sobre una camiseta con cuello en V que hacía relucir su piel blanca, casi translúcida. Al ver a su sobrina, su sonrisa se ensanchó y las pecas que salpicaban su rostro parecieron mezclarse suavemente con sus mejillas. Sus lentes negros y gruesos descansaban firmemente sobre su nariz, y su cabello marrón, largo y ondulado, estaba recogido en una coleta desordenada mientras cocinaba. Al saludar con la mano a su sobrina, sus pechos grandes y pecosos se movieron ligeramente con el gesto. Aunque como informática especializada en programación solía pasar largas horas frente a pantallas, en la cocina era toda una experta. Ahora, con hábiles movimientos, preparaba algo que desprendía un delicioso aroma a huevos revueltos con hierbas.
En la sala, Subaru Nakajima estaba sentada a la mesa del comedor, su laptop abierta frente a ella y una taza de café humeante a su lado. Sus ojos verdes estaban fijos en la pantalla, su rostro marcado por una mezcla de concentración y preocupación mientras revisaba un informe digital. Estaba de licencia otra vez, suspendida temporalmente por la policía interna tras el incidente en el muelle donde murieron tres de sus compañeros. El caso estaba bajo investigación, y Subaru, incapaz de quedarse quieta, intentaba unir cabos sueltos por su cuenta. ¿Cómo se relacionaban los Takamachi con la banda del Dragón Rojo? ¿Por qué iban tras Xinji Zhao? ¿Y por qué Nanoha lo había matado? Su mente giraba en círculos, y una corazonada persistente señalaba a Shiro Takamachi como la clave, aunque no entendía cómo encajaba todo. Su expresión era tensa, las líneas de su frente más profundas de lo habitual.
Nina entró a la sala, quitándose las botas con un movimiento rápido antes de acercarse a la cocina. Se inclinó sobre el mostrador para Darle un beso en la mejilla a su tia mientras esta removía los huevos.
—¿Qué le pasa a la tía Subaru? —preguntó, su tono curioso mientras señalaba con la cabeza hacia la mesa—. Parece que está a punto de resolver un rompecabezas imposible.
Morinoko rió suavemente, dejando la espátula para acercarse a Nina. Con un gesto maternal, le arregló el cuello de la camisa del uniforme —aún llevaba el azul marino de Música, aunque arrugado por el viaje— y le dio unas palmadas amorosas en la cabeza, despeinando su cabello corto.
—Está concentrada en un caso, cariño —respondió, su voz cálida mientras miraba a Nina con afecto. Era la hija de su hermana, pero Morinoko la quería y cuidaba como si fuera suya—. La suspendieron por meterse en acción cuando debía estar en la oficina. Ya sabes cómo es tu tía Subaru, no puede quedarse quieta.
Nina alzó una ceja, girándose para mirar a Subaru, quien no había levantado la vista de la pantalla, sus dedos tamborileando nerviosamente contra la mesa.
—A pesar de ser policía, tiene su lado rebelde —dijo Nina, su tono burlón pero con un matiz de admiración—. Siempre rompiendo las reglas.
Morinoko rió de nuevo, un sonido ligero que llenó la cocina mientras volvía a la sartén.
—Es así, Nina —respondió, girando los huevos con destreza—. No puede quedarse en un solo lugar. Es como un torbellino con uniforme.
Nina sonrió, apoyando la barbilla en la mano mientras observaba a Morinoko trabajar.
—¿Y la tía Ginga? —preguntó, cambiando de tema—. ¿Dónde está?
Morinoko ajustó sus lentes con un dedo antes de responder, sirviendo los huevos en un plato.
—Debe estar dormida —dijo, su tono casual—. Tiene un nuevo trabajo y llegó tarde anoche.
Nina frunció el ceño, curiosa.
—¿Qué trabajo? —preguntó, inclinándose más sobre el mostrador.
—Es barista en un club cercano —explicó Morinoko, tomando una bandeja con tostadas y café—. Al parecer, sabe hacer tragos, y por eso la contrataron.
Nina alzó una ceja, una sonrisa incrédula cruzando su rostro.
—No sabía que la tía Ginga sabía hacer tragos —dijo, su voz subiendo con sorpresa.
Morinoko se encogió de hombros, riendo mientras terminaba de preparar el desayuno.
—Nos sorprendió a todas, pero parece que tiene talento para eso —respondió—. Ahora, siéntate en la mesa, voy a servir el desayuno.
Nina asintió con entusiasmo, corriendo hacia la mesa donde Subaru seguía inmersa en su laptop. Se dejó caer en una silla frente a ella, el estuche de la guitarra apoyado contra la pared a su espalda. Mientras Morinoko traía los platos, un ladrido grave resonó desde el patio trasero. Nala, la labradora K9 de la familia, entró trotando por la puerta trasera que Subaru había dejado abierta. La perra, de pelaje dorado y ojos alerta, olfateó el aire antes de acercarse a Nina, moviendo la cola con energía.
—Hola, Nala —saludó Nina, rascándole detrás de las orejas mientras la perra apoyaba la cabeza en su regazo.
Subaru finalmente levantó la vista de la pantalla, sus ojos verdes suavizándose al ver a Nina y a Nala. A pesar de su preocupación, una sonrisa pequeña cruzó su rostro con un suspiro.
—Buenos días, pequeña —dijo, su voz grave pero cálida, asumiendo su rol de autoridad en la familia—. ¿Cómo está mi cantante favorita?
Nina sonrió, apoyando la barbilla en la mano mientras Morinoko colocaba los platos en la mesa.
—Llegué viva, tía —respondió, su tono juguetón—. Pero creo que tú necesitas un descanso más que yo.
Subaru rió, un sonido breve pero genuino, mientras tomaba su taza de café.
—Tal vez —admitió, aunque sus ojos volvieron a la laptop cerrada, su mente aún atrapada en las sombras del caso.
Morinoko salió de la cocina con una bandeja cargada de platos: huevos revueltos con hierbas, tostadas crujientes y una jarra de jugo de naranja recién exprimido. El aroma llenó la sala, y Nala, la labradora K9, levantó la cabeza desde su lugar junto a Nina, olfateando el aire con interés. Morinoko dejó la bandeja en la mesa del comedor y frunció el ceño al ver la laptop de Subaru aún abierta frente a ella.
—Subaru, saca esa computadora de la mesa —dijo, su tono maternal pero firme mientras ajustaba sus lentes negros gruesos—. Es hora de desayunar, no de trabajar.
Subaru suspiró, levantando la mirada de la pantalla para cruzarla con la de Nina, quien le devolvió una sonrisa traviesa desde el otro lado de la mesa. Ambas sabían que lo que decía la "mamá" de la casa se respetaba sin discusión. Con un movimiento resignado, Subaru cerró la laptop y la deslizó hacia un lado, apoyándola en una silla vacía.
—Está bien, está bien —murmuró, su voz grave cargada de una mezcla de fastidio y cariño mientras se recostaba en la silla.
Morinoko asintió satisfecha y comenzó a poner la mesa, colocando platos y cubiertos con una precisión que delataba su atención al detalle. Mientras servía el jugo, miró a Nina con una sonrisa.
—Nina, cariño, ¿podrías despertar a la dormilona de tu tía Ginga? —pidió, su tono suave—. Si no, se va a perder el desayuno otra vez.
Nina asintió con entusiasmo, saltando de la silla con una energía que hizo que Nala moviera la cola.
—¡Claro, tía Mori! —respondió, corriendo hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
La puerta del cuarto de Ginga estaba sin llave, como siempre, y Nina la empujó con cuidado, entrando en un espacio que olía a perfume barato y café viejo. Allí, en una cama desordenada con sábanas moradas, Ginga Nakajima dormía boca arriba, un brazo colgando por el borde y la boca abierta en una expresión cómica. Un hilo de saliva se escapaba por un costado de sus labios, brillando bajo la luz tenue que se colaba por las cortinas. Vestía una camiseta extremadamente grande —probablemente robada del armario de Subaru— que le llegaba casi a las rodillas, dejando ver su ropa interior negra debajo. Su cabello morado, largo y desordenado, se esparcía por la almohada como un halo salvaje, y sus ronquidos suaves llenaban la habitación.
Nina sonrió, sacando su celular del bolsillo con una risita contenida. Apuntó la cámara y tomó una foto rápida, capturando la cara graciosa de su tía en todo su esplendor. Ginga era casi tan alta como Subaru, con la misma tez blanca y ojos verdes heredados de la familia Nakajima, pero su cabello morado y su actitud despreocupada la hacían única. Guardando el celular, Nina se acercó a la cama y sacudió el hombro de Ginga con suavidad.
—Tía Ginga, despierta —dijo, su voz grave pero juguetona—. Vamos, que el desayuno está listo.
Ginga soltó un gruñido de protesta, girándose a un lado mientras murmuraba algo incoherente.
—Cinco minutos más… —farfulló, su voz pastosa por el sueño.
Nina rió, sacudiéndola con más fuerza.
—No, ahora, dormilona —insistió—. Vamos, tía, arriba.
Tras varios intentos, Ginga abrió los ojos de golpe, parpadeando confundida mientras enfocaba a Nina. Se sentó de golpe en la cama, su cabello morado cayendo en mechones desordenados sobre su rostro.
—¿Nanchan? —dijo, su voz subiendo con sorpresa mientras se frotaba los ojos—. ¿Qué haces aquí?
Nina cruzó los brazos, sonriendo con una ceja alzada.
—Es sábado, tía —respondió, su tono burlón—. Siempre vengo los sábados.
Ginga parpadeó de nuevo, girándose para mirar el calendario pegado en la pared con cinta adhesiva. Sus ojos verdes se abrieron más al ver la fecha.
—¡Es cierto! — exclamó, rascándose la nuca con una risa torpe—. Este nuevo trabajo me tiene tan perdida que ni sé qué día es. Me quita el sueño, pero pagan bien, ¿sabes?
Antes de que Nina pudiera responder, Ginga estiró las manos y le jaló las mejillas con cariño, sus dedos fuertes pero gentiles.
—¡Mi Nanchan está creciendo tan rápido! —dijo, su tono cariñoso y un poco tonto mientras la atraía a un abrazo apretado—. Ven aquí, pequeña estrella.
Nina rió, dejándose abrazar mientras el cabello morado de Ginga le hacía cosquillas en la cara.
—Oye, tía, el desayuno está listo —dijo, su voz amortiguada contra el hombro de Ginga—. Nos están esperando en la mesa.
Ginga soltó un "¡Oh!" exagerado, estirándose en la cama con los brazos hacia arriba antes de ponerse de pie con un movimiento desgarbado. La camiseta grande se arrugó, dejando ver más de su ropa interior, pero no parecía importarle. Nina la miró con una ceja alzada.
—¿No te vas a cambiar? —preguntó, señalando su atuendo con una sonrisa divertida.
Ginga se miró a sí misma, encogiéndose de hombros con una sonrisa despreocupada.
—Nah, así está bien —respondió, su tono ligero mientras le guiñaba un ojo a Nina—. No voy a impresionar a nadie en casa, ¿verdad, Nanchan?
Nina rió, sacudiendo la cabeza mientras seguía a Ginga fuera de la habitación. La tía mayor caminaba con pasos relajados, tarareando una melodía desafinada mientras se dirigían a la sala. Era cariñosa y un poco tonta, una combinación que siempre sacaba una sonrisa a Nina, pero su corazón grande y su energía caótica la hacían una parte esencial de la familia Nakajima.
Al llegar a la mesa, Ginga saludó con un grito entusiasta.
—¡Buenos días, Subachi! ¡Morichi! — exclamó, dejando caer su peso en una silla mientras Nala trotaba hacia ella para olfatearle las piernas.
Subaru levantó la vista de su taza de café, una sonrisa cansada cruzando su rostro al ver a su hermana mayor.
—Buenos días, dormilona —respondió, su tono grave pero afectuoso.
Morinoko salió de la cocina con un plato extra para Ginga, poniendo los ojos en blanco y suspirando mientras lo colocaba frente a ella, ya estaba acostumbrada a que su cuñada vistiera poca ropa en la casa.
—Llegas justo a tiempo, Ginga —dijo, ajustando sus lentes—. Nina te salvó de perderte el desayuno otra vez.
Nina se sentó junto a Subaru, sonriendo mientras Ginga le guiñaba un ojo y tomaba una tostada con entusiasmo.
—¡Nanchan es mi héroe! —dijo Ginga con la boca llena, haciendo reír a Nina mientras la mañana se llenaba del calor familiar de las Nakajima.
El comedor de la casa Nakajima se llenó del sonido de cubiertos contra platos y el aroma cálido del desayuno mientras la familia se reunía alrededor de la mesa. Nala, la labradora K9, descansaba bajo la mesa, esperando alguna migaja con la cabeza apoyada en las botas de Nina. Subaru, con su cabello despeinado y una taza de café en la mano, miraba a Nina con una mezcla de curiosidad y afecto paternal mientras masticaba una tostada. Ginga, aún en su camiseta oversized y ropa interior, devoraba su plato con entusiasmo, dejando migajas por todas partes, y Morinoko observaba la escena con una sonrisa maternal, ajustando sus lentes negros gruesos.
Subaru tomó un sorbo de café y se inclinó hacia Nina, sus ojos verdes brillando con interés.
—¿Cómo te fue esta semana, pequeña? —preguntó, su voz grave pero cálida—. Cuéntanos qué pasa en ese mundo tuyo del instituto.
Nina apoyó los codos en la mesa, sosteniendo una tostada a medio comer mientras suspiraba con dramatismo.
—Ha sido una locura, tía —respondió, su tono grave cargado de cansancio—. Las clases están cada vez más estrictas. Teorema Musical Avanzado III me está complicando más de lo que debería. No entiendo por qué necesito saber tanto sobre acordes raros para cantar. Luego están los entrenamientos para la sinfónica, que son agotadores, y encima hay un montón de dramas entre las chicas.
Subaru alzó una ceja, interesada, mientras Morinoko dejaba su tenedor para escuchar con atención. Nina continuó, gesticulando con las manos.
—Haruka y Sayaka tienen un problema, y creo que es amoroso —explicó—. Sayaka es la ex de Haruka, y cada vez que se cruzan, es como si el aire se pusiera pesado. Y luego está Mei, esta chica prodigio con la guitarra. Haruka y Mei casi se sacan los ojos en el pasillo el otro día. Mei le pinchó la mejilla a Sayaka, y Haruka explotó como si le hubieran robado algo.
Subaru soltó un silbido bajo, dejando la taza de café en la mesa con una sonrisa ladeada.
—Vaya, ha sido una semana movida —dijo, su tono mezcla de asombro y diversión—. Suena como una novela policial, pero con más música y menos balas.
Morinoko frunció el ceño, inclinándose hacia Nina con una expresión maternal.
—Tienes que prestar más atención a ese curso que te da dificultades, cariño —dijo, su voz suave pero firme—. No lo tomes a la ligera. La teoría es la base de todo, incluso si solo quieres cantar.
Nina sonrió, inclinando la cabeza hacia Morinoko con un tono juguetón.
—Sí, mamá —respondió, haciendo que Morinoko riera.
Nina tomó un sorbo de jugo antes de volverse hacia Subaru, su expresión volviéndose más pensativa.
—Y hay algo más, tía —dijo—. Mei me invitó a formar una banda con ella. Es algo que me llama la atención, porque cantar con una guitarra suena… diferente, libre. Pero no sé qué hacer.
Subaru mordió su tostada, masticando lentamente mientras procesaba las palabras de Nina. Tomó otro sorbo de café antes de responder, su mirada fija en su sobrina.
—¿Conoces a esa tal Mei? —preguntó, su tono serio pero tranquilo—. No solo de nombre, sino conocerla bien. ¿Quién es ella de verdad?
Nina parpadeó, rascándose la nuca mientras pensaba.
—No, no realmente —admitió—. Solo sé que toca increíble y que tiene una vibra… rara, como si todo le diera igual. Pero no la conozco de verdad.
Subaru asintió, dejando la tostada a medio comer en el plato mientras se recostaba en la silla.
—Ahí es por donde tienes que empezar, pequeña —dijo, su voz adquiriendo un matiz de autoridad paternal—. Uno no puede formar un grupo sin conocer a la persona. Es como las patrullas de policía: se hacen de dos oficiales, y ambos se van conociendo con el tiempo. Confianza, química, eso no sale de la nada. ¿Cómo esperas que trabajen juntas si no saben quiénes son?
Nina parpadeó de nuevo, una sonrisa lenta creciendo en su rostro mientras miraba a Subaru.
—Tienes razón, tía —dijo, su tono subiendo con entusiasmo.
Subaru sonrió, tomando otra tostada mientras continuaba.
—Primero conócela bien, Nina —aconsejó—. Averigua quién es, qué le gusta, qué la mueve. Luego decides si quieres meterte en eso. Además, ya tienes amigas en la sinfónica, Haruka, Riko, las demás. Habla con ellas también, ve qué piensan. Una buena química en una amistad empieza por escuchar y conocer a la otra persona: sus gustos, sus hobbies. Ahí quizás encuentren algo en común. Escucha su historia.
Hizo una pausa, su expresión endureciéndose ligeramente mientras señalaba a Nina con la tostada.
—Y ten cuidado, pequeña —añadió, su voz bajando con una advertencia seria—. Nada de temas de drogas o sexo con esa Mei. Eso es algo que no voy a permitir, ¿entendido?
Nina soltó una carcajada, apoyando la barbilla en la mano mientras miraba a Subaru con diversión.
—Ok, papá —respondió, su tono burlón pero cargado de afecto.
Ginga, que había estado devorando sus huevos revueltos en silencio, levantó la cabeza de golpe, sus ojos verdes brillando con indignación fingida.
—¡¿Y yo qué soy, Nanchan?! —protestó, dejando el tenedor en el plato con un golpe dramático.
Nina giró hacia ella, sonriendo con picardía.
—La hermana menor, tía —dijo, su voz subiendo con una risa contenida.
Ginga soltó un "¡Ehhhhh!?" exagerado, su cabello morado cayendo sobre su rostro mientras hacía un puchero infantil.
—¡Pero si soy mayor que tú! —reclamó, cruzando los brazos y frunciendo los labios—. ¡Soy la tía Gingi, no la hermanita!
Nina estalló en una carcajada, casi derramando su jugo mientras Morinoko reía suavemente y Subaru sacudía la cabeza con una sonrisa cansada. Nala ladró desde bajo la mesa, uniéndose al caos con un movimiento de cola, y por un momento, las sombras del caso que preocupaban a Subaru se desvanecieron en el calor ruidoso de la familia Nakajima.
El desayuno en la casa Nakajima terminó con el sonido de platos vacíos y risas que aún resonaban en el aire. Nina se levantó de la mesa para ayudar a Morinoko con los trastes, un hábito que había mantenido desde niña. Mientras lavaba los platos en el fregadero, practicaba tonos con su garganta, subiendo y bajando escalas con una mezcla de concentración y juego. El agua jabonosa salpicaba sus manos, y Morinoko, a su lado secando los platos con un paño, la observaba con una sonrisa maternal, sus lentes negros empañándose ligeramente por el vapor.
—Siempre cantando, cariño —dijo Morinoko, su voz cálida mientras tomaba un plato limpio de las manos de Nina—. Vas a llegar lejos con esa voz.
Nina sonrió, pasándole otro plato mientras tarareaba una nota más alta.
—Espero, tía Mori —respondió, su tono grave vibrando con diversión—. Aunque primero tengo que sobrevivir a la sinfónica.
Antes de que Morinoko pudiera responder, el timbre de la casa sonó con un ding-dong agudo, haciendo que Nala, saltara de su lugar bajo la mesa y ladrara con fuerza. Subaru, que estaba recogiendo su laptop de la silla, giró hacia la perra con una expresión severa.
—¡Nala, Bleib! —ordenó, su voz grave cortando el aire con un comando preciso.
La perra se calló de inmediato, sentándose con las orejas bajas mientras miraba a Subaru con obediencia mientras Subaru caminaba hacia la puerta principal y la abría con un movimiento rápido.
En el umbral estaba Riko Hoshisora, vestida con ropa casual: una sudadera gris oversized de una marca carísima, jeans ajustados y zapatillas blancas que contrastaban con su cabello celeste suelto y sus ojos azules brillantes. Llevaba una mochila pequeña colgada de un hombro, y una sonrisa nerviosa cruzaba su rostro.
—Buenos días —saludó Riko, inclinándose ligeramente—. ¿Está Nina?
Subaru asintió, su expresión suavizándose al ver a la chica.
—Claro, pasa —respondió, haciéndose a un lado para dejarla entrar a la sala.
Riko entró, y Nala la siguió de cerca, olfateando sus piernas con curiosidad mientras caminaban. Subaru cerró la puerta y alzó la voz hacia la cocina.
—¡Nina, te buscan! —gritó, su tono resonando en la casa.
Desde el fregadero, Nina respondió con un grito igual de fuerte.
—¡Ya voy! —dijo, secándose las manos en un trapo antes de salir corriendo hacia la sala.
Al llegar, vio a Riko sentada en el sillón, con las manos en las rodillas y una sonrisa que no ocultaba del todo su nerviosismo. Nina parpadeó, sorprendida, mientras dejaba el trapo en una mesa cercana.
—¿Riko? —preguntó, su voz subiendo con incredulidad—. ¿Qué haces aquí?
Riko rió, un sonido ligero pero cargado de algo más que Nina no pudo identificar de inmediato.
—Hola, Nina —respondió, poniéndose de pie—. Todo está bien, pero… necesitamos hablar. ¿Tienes tiempo para salir a dar una vuelta?
Nina ladeó la cabeza, mirando a Riko con curiosidad antes de girarse hacia Subaru, sus ojos azules le pedían permiso en silencio. Subaru cruzó los brazos, apoyándose contra la pared con una sonrisa pequeña.
—Regresen a la hora del almuerzo, ¿sí? —dijo, su tono paternal pero relajado—. No quiero tener que salir a buscarlas.
Riko se levantó del sillón e hizo una reverencia rápida hacia Subaru.
—Muchas gracias, señora Iseri —dijo, su voz respetuosa pero con un toque de entusiasmo, Subaru rio y le dijo —es Nakajima pero esta bien, lo entiendo—
Nina sonrió, señalando a Riko con un dedo.
—Espera un momento, voy a ponerme algo cómodo —dijo, corriendo hacia su habitación mientras Nala la seguía, olfateándola con insistencia y emitiendo leves gruñidos.
Subaru frunció el ceño, girándose hacia la perra.
—¡Nala, Platz! —ordenó con otro comando, y la labradora obedeció al instante, echándose con un resoplido.
Subaru miró a Riko con una sonrisa de disculpa.
—Perdona eso —dijo, rascándose la nuca—. Es ex-policía, está entrenada para olfatear todo. Todavía piensa que está en servicio.
Riko rió, sacudiendo la cabeza mientras se ajustaba la mochila.
—No hay problema —respondió, su tono ligero—. Yo tengo una gata en casa, y se me pega mucho cuando estoy ahí. Supongo que es por eso que ella me huele mucho.
Nina regresó en menos de un minuto, cambiada a una camiseta negra holgada, jeans oscuros y sus botas favoritas. Llevaba el cabello corto despeinado, y una chaqueta ligera colgaba de su brazo.
—Listo —dijo, mirando a Riko con una sonrisa—. Vamos.
Ambas salieron de la casa, bajando por el ascensor del edificio en un silencio cómodo pero cargado de expectativa. Mientras descendían, Nina volvió a mirar a Riko, frunciendo el ceño ligeramente.
—¿Segura que todo está bien? —preguntó, su voz grave bajando con preocupación.
Riko asintió, pero su sonrisa se desvaneció por un segundo mientras jugueteaba con la correa de su mochila.
— Sí, pero… tengo que contarte algo —dijo, su voz bajando a un susurro—. Si no lo hago, me voy a volver loca.
El ascensor se abrió, y salieron al exterior, donde la luz del sol de la mañana brillaba sobre Sapporo. Frente al edificio, un BMW negro y reluciente estaba estacionado, su diseño elegante destacando en la calle tranquila. Riko caminó hacia él sin dudar, abriendo la puerta trasera y entrando con naturalidad. Nina se quedó parada, mirando el auto con la boca abierta, su chaqueta aún colgada al hombro.
—¡Nina, qué esperas! —gritó Riko desde dentro, asomándose con una risa—. ¡Entra!
Nina parpadeó, sacudiendo la cabeza antes de subirse al asiento trasero junto a Riko, cerrando la puerta con un movimiento torpe. Miró el interior lujoso —cuero negro, pantallas táctiles, un aroma a nuevo— y luego a Riko, incrédula.
—¿Este es tu auto? —preguntó, su voz subiendo con asombro.
Riko rió, recostándose contra el asiento mientras el motor arrancaba.
— Sí, uno de muchos —respondió, su tono casual pero con un toque de orgullo—. Nina, te presento a Watanabe, mi chofer.
Un hombre mayor en el asiento delantero, vestido con un traje impecable, giró la cabeza ligeramente e inclinó la barbilla en un saludo silencioso. Nina, aún procesando todo, hizo una inclinación torpe desde su asiento.
—Eh, hola —dijo, su voz vacilante antes de volverse hacia Riko—. ¿En serio? ¿Un chofer?
Riko se encogió de hombros, mirando por la ventana mientras el auto comenzaba a moverse.
—Mis padres están en Europa ahora mismo —explicó—. La casa se siente vacía sin ellos, así que Watanabe me lleva a donde necesito. Me aburro sola.
Nina rió, relajándose contra el asiento mientras el BMW se deslizaba por las calles de la ciudad.
—Eres increíble, Riko —dijo, sacudiendo la cabeza—. Bueno, ¿qué pasa? ¿Qué es eso que tienes que contarme?
Riko suspiró, su expresión volviéndose seria mientras jugueteaba con las mangas de su sudadera. Se inclinó hacia Nina, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro.
—Me acosté con Miki —dijo, sus ojos azules buscando los de Nina con una mezcla de nervios y urgencia.
Nina parpadeó, su boca abriéndose ligeramente mientras procesaba las palabras, el sonido del motor llenando el silencio que siguió.
El BMW avanzaba suavemente por las calles de Sapporo, el ronroneo del motor llenaba el silencio mientras los edificios pasaban como manchas borrosas por las ventanillas tintadas. Nina, aún procesando la bomba que Riko acababa de soltar, se inclinó hacia ella, su voz bajando a un susurro incrédulo.
—¿Escuché bien? —preguntó, sus ojos azules buscaban los de Riko—. ¿Dijiste que te acostaste con Miki?
Riko asintió, su cabello celeste estaba cayendo sobre su rostro mientras una sonrisa nerviosa cruzaba sus labios.
— Sí, escuchaste bien —respondió con su voz baja pero firme.
Nina parpadeó, inclinándose más cerca.
—¿La misma Miki que conozco? —insistió—. ¿La pelirroja orgullosa que me odia a muerte?
Riko afirmó con la cabeza, su expresión fue tornándose más seria.
—Esa misma, Miki Yanamoto —dijo, antes de girarse hacia un botón en el reposabrazos. Con un clic, un vidrio oscuro subió lentamente, separando el asiento trasero del conductor y creando un espacio privado—. Ahora tenemos privacidad.
Nina quedó mirando el vidrio con la boca abierta por el lujo del auto sumándose a su sorpresa. Sacudió la cabeza y volvió su atención a Riko.
—Ok, tienes que contarme cómo pasó esto —dijo, su tono subiendo con curiosidad—. ¡Explica!
Riko suspiró, recostándose contra el asiento de cuero mientras cruzaba las piernas, sus zapatillas blancas andaban golpeando el suelo con un ritmo nervioso.
—Como sabes, Miki es mi compañera de habitación —empezó, su voz vacilante pero decidida—. Nunca nos hemos llevado bien, eso es obvio. Ella siempre con su actitud de princesa, y yo tratando de no chocar con ella todo el tiempo. Pero… intenté hacer las cosas menos ásperas entre nosotras, ¿sabes? Solo por coexistir.
Nina asintió, apoyando la barbilla en la mano.
—Ajá —dijo, animándola a continuar.
Riko jugueteó con las mangas de su sudadera antes de seguir.
—Hace poco descubrí una debilidad que tiene Miki —explicó, bajando la voz como si temiera que el vidrio no fuera suficiente—. Algo que la hace vulnerable, algo que no puede manejar sola. Yo… la ayudé con eso, y bueno, de ahí salió algo.
Nina parpadeó, frunciendo el ceño mientras procesaba.
—Ajá, pero… ¿cómo? —preguntó, su tono subiendo con incredulidad—. Ósea, ella es súper hostil con nosotras, conmigo especialmente. Desde que estoy con Ruby, siento que me quiere atravesar un lápiz en los ojos.
Riko rió, un sonido ligero que rompió la tensión por un momento.
—Estoy muy al tanto de eso —dijo, sus ojos azules brillaban con diversión—. Créeme, lo he visto de cerca. Pero… ella está cambiando, Nina. No sé cómo explicarlo, pero hay algo diferente en ella ahora.
Nina ladeó la cabeza, cruzando los brazos mientras la miraba con escepticismo.
—¿Qué viste en ella, entonces? —preguntó, con su voz grave cargada de curiosidad.
Riko sonrió, con una chispa juguetona cruzando su rostro.
—Es bonita, fina, delicada —respondió, contando con los dedos—. Y… tiene un buen culo.
Nina suspiró, dejando escapar una risa mientras se recostaba contra el asiento.
—Ok, eso es cierto —admitió, su tono subiendo con diversión—. Tiene un buen culo.
Riko rió con ella, y por un momento, el auto se llenó de sus carcajadas, el sonido rebotando contra el vidrio tintado. Pero el silencio que siguió fue pesado, y Nina lo rompió con una pregunta más seria.
—Pensé que te gustaba Aoi —dijo, su mirada fija en Riko.
Riko calló por un segundo con sus manos deteniéndose en las mangas mientras miraba al suelo.
—Aún me gusta —admitió, su voz bajaba con una mezcla de confusión y culpa—. Pero no sé quién me gusta más.
Nina la miró incrédula, con sus ojos abriéndose de par en par.
—¿En serio? —preguntó, subiendo su tono con asombro—. Para mí es obvio, Riko. Si ya te acostaste con una, esa tiene que llevar la delantera.
Riko suspiró, pasándose una mano por el cabello celeste mientras se hundía más en el asiento.
—Lo sé —dijo, con su voz temblando ligeramente—. Pero Aoi tiene cosas que también me gustan. Es alta, refinada, y… bueno, tiene un buen par de tetas.
Nina estalló en una carcajada, golpeando el reposabrazos con la mano.
—¡Sí, sus tetas son enormes! —respondió, riendo tan fuerte que casi se atraganta.
Riko la miró con un "¡Oye!" fingido, dándole un codazo suave mientras ambas reían de nuevo.
—¡No te burles! —protestó Riko, aunque su propia risa la traicionó.
Nina se calmó, limpiándose una lágrima del ojo mientras miraba a Riko con una mezcla de diversión y seriedad.
—Estás jodida, Hoshisora —dijo, con un tono grave pero cálido—. Tienes que decidirte por una. No puedes jugar con las dos.
Riko asintió, su expresión volviéndose más seria mientras miraba por la ventana.
—También lo sé —respondió, con una voz bajando con resignación—. Pero ahora hay más. Miki se transfirió a la Rama de Etiqueta. Va a llevar clases con Aoi.
Nina emitió un silbido largo y teatral, recostándose contra el asiento con una sonrisa incrédula.
—Realmente estás jodida —dijo, con un tono subiendo con una mezcla de asombro y simpatía.
Riko suspiró de nuevo, más profundo esta vez, mientras el BMW desaceleraba y se detenía frente a una tienda de instrumentos musicales, su fachada brillante bajo el sol de la mañana.
—Hemos llegado a nuestro destino —anunció Riko, su voz recuperando un toque de ligereza mientras abría la puerta.
Nina miró la tienda, luego a Riko, y sacudió la cabeza con una sonrisa.
—Eres un caso perdido —murmuró, siguiéndola fuera del auto mientras el chofer, Watanabe, permanecía en silencio al volante.
Riko y Nina entraron a la tienda de instrumentos musicales, un espacio amplio y bien iluminado con paredes cubiertas de guitarras, teclados y vitrinas llenas de accesorios brillantes. El aire olía a madera pulida y metal, y un leve zumbido de fondo venía de un empleado probando una guitarra eléctrica en una esquina. Nina giró la cabeza, observando el lugar con una mezcla de curiosidad y asombro, antes de volverse hacia Riko.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó, con una voz grave subiendo con confusión mientras ajustaba la guitarra colgada al hombro.
Riko sonrió, caminando hacia una vitrina con micrófonos alineados como joyas bajo luces LED.
—Esta es una de las muchas tiendas que tiene mi familia —explicó, su tono era casual pero con un toque de orgullo—. Te traje aquí para que escojas tu micrófono.
Nina parpadeó, frunciendo el ceño mientras procesaba las palabras.
—¿Perdón? —dijo, con una voz subiendo una octava con incredulidad.
Riko rió, un sonido ligero que llenó el espacio mientras se giraba hacia ella.
—Muchos músicos profesionales tienen sus propios instrumentos, algunos incluso hechos a medida —dijo, gesticulando hacia la vitrina—. Inclusive los cantantes tienen micrófonos especializados. No hay tiempo para hacerte uno a medida ahora con la sinfónica tan cerca, pero lo mejor es que escojas uno con el que te sientas cómoda y que te ayude con las notas.
Nina parpadeó de nuevo, con su boca abriéndose ligeramente mientras miraba los micrófonos relucientes.
—Eso debe costar carísimo —murmuró, su tono era vacilante mientras se rascaba la nuca.
Riko rió más fuerte, acercándose a Nina y jalándole las mejillas con ambas manos, estirándolos como si fuera masa.
—Te lo voy a regalar, cerebro de corcho —dijo, con una voz cargada de diversión mientras Nina intentaba zafarse.
—¡Oye! —protestó Nina, dándole un manotazo suave en las manos a Riko mientras sus mejillas se sonrojaban—. ¡Para!
Riko soltó otra carcajada, retrocediendo con las manos en alto.
—Es en serio —dijo, con un tono suavizándose pero aún juguetón—. Incluso yo tengo baquetas personalizadas, con un peso especial y hechas de madera de arce japonés. Tú necesitas algo propio también.
Nina asintió lentamente, aún sorprendida pero dejando que la idea se asentara.
—Está bien —respondió, su voz subiendo con una mezcla de entusiasmo y nervios—. Vamos por ello.
Riko llevó a Nina hacia la sección de micrófonos, donde un empleado de la tienda, un hombre joven con una camiseta del logo de la marca, se acercó para asistirlas. Riko le explicó rápidamente lo que buscaban: un micrófono dinámico o de condensador que potenciara la voz grave y potente de Nina, con buena respuesta en frecuencias medias y bajas para destacar su estilo vocal, y que fuera cómodo para actuaciones en vivo como la sinfónica. El empleado asintió, trayendo una bandeja con varias opciones para que Nina las probara.
Primero probaron un Shure SM58, un clásico entre cantantes por su durabilidad y claridad. Nina lo sostuvo, cantando unas líneas improvisadas de una balada que había estado practicando. Su voz resonó en la tienda, profunda y rica, pero frunció el ceño al terminar.
—Suena bien, pero siento que me cuesta un poco con las notas altas —dijo, pasándoselo a Riko.
Riko asintió, entregándole un Sennheiser e945. Este era más ligero, con un diseño elegante y un patrón supercardioide que prometía capturar mejor los matices. Nina cantó de nuevo, esta vez una pieza más rápida con cambios de tono. El micrófono amplificó su voz con calidez, pero aún sentía que algo faltaba en la profundidad de sus graves.
—No está mal —comentó, girándose hacia Riko—. Pero quiero algo que haga que mis bajos suenen más… fuertes, ¿sabes?
Riko sonrió, señalando una tercera opción que el empleado había traído: un Neumann KMS 105. Este micrófono de condensador era más sofisticado, con un acabado negro mate y una rejilla fina que brillaba bajo la luz. Estaba diseñado para voces en vivo, con una respuesta excepcional en frecuencias bajas y medias, ideal para una cantante como Nina, cuya voz grave y potente necesitaba espacio para expandirse sin perder claridad en las notas altas. Nina lo tomó con cuidado, sintiendo su peso equilibrado en la mano, y respiró hondo antes de cantar.
Esta vez eligió una pieza de la sinfónica, una sección que requería un rango amplio y fuerza emocional. Las primeras notas salieron profundas, resonando en el espacio con una riqueza que hizo que Riko abriera los ojos con asombro. Cuando subió a las notas altas, el micrófono capturó cada matiz sin distorsión, devolviéndole a Nina una mezcla perfecta de potencia y precisión. Terminó con un fade-out suave, y el silencio que siguió fue roto por una sonrisa lenta que cruzó su rostro.
—Este —dijo, sosteniendo el Neumann KMS 105 como si fuera un tesoro—. Este es el indicado.
Riko aplaudió, su sonrisa ampliándose mientras el empleado asentía con aprobación.
—¡Sabía que encontrarías el perfecto! —dijo, su voz subiendo con entusiasmo—. Ese micrófono va a hacer que arrases en la sinfónica.
El empleado llevó el micrófono a la paquetería para empaquetarlo, y minutos después, Riko y Nina salieron de la tienda. Riko sonreía con satisfacción, y Nina cargaba una caja elegante con su nuevo Neumann KMS 105, aún procesando el regalo.
—Descansa este fin de semana —dijo Riko mientras caminaban hacia el BMW—. La próxima semana va a ser un infierno con Haruka. Cuida esa garganta, ¿sí?
Nina rió, ajustando la caja bajo el brazo.
— Sí, lo haré —respondió, su tono grave cargado de diversión—. Gracias, Riko.
Ambas se subieron al auto, y Watanabe arrancó el motor con un zumbido suave. Mientras el BMW se deslizaba de nuevo por las calles, Riko giró hacia Nina con una expresión más suave.
—Gracias por escucharme hoy —dijo, su voz bajando con sinceridad—. Necesitaba sacarme esto del pecho.
Nina sonrió, recostándose contra el asiento.
—Para eso están las amigas —respondió, su tono cálido antes de añadir en un susurro pícaro—: Entonces… ¿qué tal estuvo Miki?
Riko rió, cubriéndose la boca por un segundo antes de inclinarse hacia Nina con una sonrisa traviesa.
—Miki es sumisa —confesó, su voz bajando con complicidad—. Se deja hacer todo lo que quiero.
Nina estalló en una carcajada, golpeando el reposabrazos con la mano.
—¡Eres una suertuda! —dijo, su risa resonando en el auto mientras Riko se unía a ella.
Ambas rieron hasta que les dolió el estómago, el BMW avanzando por Sapporo mientras el sol de la mañana iluminaba el camino, dejando atrás la tienda y llevándolas hacia lo que fuera que el día les deparara.
El inicio de la semana llegó con la precisión de un metrónomo, marcando el ritmo de las rutinas en Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō. El lunes amaneció fresco y claro, y las alumnas se dispersaron por el campus: clases generales por la mañana, especializadas según su rama por la tarde, y luego el grupo de Nina realizaba entrenamientos intensivos para la sinfónica de los Maatsura, que estaba a solo cinco días de distancia. El grupo trabajaba sin descanso, pero una ausencia notable marcó esos días: Mei Yoshida no volvió a aparecer. Nadie sabía si estaba evitando el drama o simplemente holgazaneando en el tejado, su desaparición dejó un alivio en la pianista.
En los ensayos, Haruka había invitado a Sakura para reforzar las partes de violín, sus dedos ágiles tejiendo melodías que complementaban la voz de Nina. Pero la sorpresa llegó cuando también llamó a Sayaka Shimizu para ayudar con los bajos. La interacción entre Haruka y Sayaka era un espectáculo agridulce: cómica para los demás, incómoda para ellas. Haruka, con su uniforme azul marino y el pin del piano reluciendo, era estricta y cortante con Nina, Riko y Sakura, corrigiendo cada nota fuera de lugar con una precisión quirúrgica. Pero con Sayaka, su tono se suavizaba, sus órdenes se volvían sugerencias, y sus ojos oscuros la seguían con una mezcla de tensión y algo más profundo. Sayaka, alta y tímida con su cabello azul-verde cubriendo su rostro, tocaba el contrabajo con manos temblorosas, respondiendo a Haruka con murmullos y sonrojos que no pasaban desapercibidos.
Nina Iseri, por su parte, había llegado al ensayo con su nuevo Neumann KMS 105, el micrófono que Riko le había regalado el sábado. Lo conectó al sistema de sonido con una sonrisa de orgullo, y cuando cantó, su voz grave llenó el salón con una potencia que hizo que Sakura levantara las cejas y Riko sonriera desde la batería. El micrófono capturaba cada matiz de su rango, dándole una claridad que Haruka, aunque a regañadientes, aprobó con un asentimiento seco.
Pero el ensayo no solo estaba lleno de música. Ruby Harlaown, en sus huecos libres de la rama de Baile, aparecía para apoyar a su novia, sentada en una silla con una sonrisa cálida mientras veía a Nina brillar. Y, para sorpresa de todos, Miki Yanamoto también estaba ahí. Con su nuevo uniforme marfil de Etiqueta —falda plisada y chaqueta ajustada con la pluma dorada en el pecho—, se sentaba cerca de Ruby, su presencia desconcertando al grupo. Nadie entendía por qué estaba allí, excepto Riko y Nina, que intercambiaban miradas cómplices desde sus puestos. El primer día, Miki había llegado con la intención de hablar con Ruby a solas. En el pasillo, fuera del salón, las dos se detuvieron, y desde la distancia se podía ver a Miki inclinándose ligeramente, sus manos juntas mientras hablaba. Ruby negaba con la cabeza con una sonrisa amable, y aunque las palabras no se escuchaban, el gesto de Miki parecía una disculpa. Al final, Ruby le dio una palmada suave en el hombro, y algo cambió.
Los días siguientes, Miki volvió a los ensayos, ahora más animada. Conversaba con Ruby sobre temas que el resto no alcanzaba a descifrar —quizás baile, quizás algo personal—, y su actitud hosca hacia Nina parecía suavizarse, aunque no desaparecía del todo. Pero el jueves, una nueva pieza entró en el tablero: Aoi Fujiwara apareció. Con su uniforme marfil de Etiqueta y su cabello azul oscuro ondeando, llegó con una bolsa de dulces y una sonrisa brillante, saludando a Ruby y Miki como si fueran viejas amigas. Riko, desde la batería, sintió su sangre helarse al verla. Sus manos temblaron, y un redoble salió fuera de tiempo, ganándose un grito de Haruka.
—¡Hoshisora, qué demonios fue eso! —espetó Haruka, girándose hacia ella con los ojos entrecerrados—. ¡Es un error tonto! ¿Quieres que te coma con zapatos y todo?
Riko murmuró una disculpa, ajustando las baquetas en sus manos mientras su mirada saltaba entre Miki y Aoi. A vista de todos, las tres invitadas —Ruby, Miki y Aoi— charlaban y reían juntas, compartiendo dulces como si fueran compañeras de años. Pero para Riko, la escena era un campo minado. Miki, con quien hacia el amor todos los días y compartía besos; Aoi, por quien aún sentía una atracción innegable. Su cabeza era un torbellino, y los errores en la batería seguían, cada uno más frustrante que el anterior.
Cuando el ensayo terminó ese jueves, el salón se llenó de suspiros de alivio y el sonido de instrumentos guardándose. Ruby corrió hacia Nina con una botella de té tibio en la mano, ofreciéndosela con una sonrisa.
—Para tu garganta—dijo, con una voz suave mientras le daba un beso amoroso en los labios—. Estuviste increíble hoy.
Nina sonrió, tomando la botella y bebiendo un sorbo mientras le guiñaba un ojo.
—Gracias, mi bailarina —respondió, su tono grave cargado de cariño.
Aoi, que estaba recogiendo su bolsa de dulces, vio la escena y dejó escapar un sonido agudo, un chillido de adolescente enamorada.
—¡Qué lindas son! — exclamó, con sus manos juntándose frente a su pecho mientras sus ojos marrones brillaban.
Miki, a su lado, observaba con una sonrisa conflictiva. Sus ojos verdes seguían a Ruby y Nina, y un susurro escapó de sus labios, apenas audible.
—"Yo también quiero eso" —dijo para sí misma, su voz cargada de envidia y anhelo.
Aoi, con su oído atento, giró hacia ella con una sonrisa curiosa.
—¿Yanamoto-san, a ti te gusta alguien? —preguntó, su tono juguetón mientras ladeaba la cabeza.
Miki no la miró, su mirada fija en el suelo mientras suspiraba. Tras un segundo de silencio, respondió con un simple:
— Sí.
Fue corto, pero sincero, y el peso de esa palabra quedó flotando en el aire mientras Aoi parpadeaba, sorprendida, y Riko, desde el otro lado del salón, sentía su corazón apretarse sin saber por qué.
El sábado amaneció con una calma engañosa en Shirayuri Joshi Kōtō Gakkō. El sol apenas despuntaba sobre Sapporo, sus rayos se filtraban por las cortinas del dormitorio compartido de Nina y Ruby en el ala residencial de la academia. Eran las 6:30 a.m., demasiado temprano para la mayoría, pero no para ellas. Ese día no era un sábado cualquiera: la Sinfónica de los Maatsura, un evento de gala organizado por la prestigiosa familia de Haruka Maatsura, se celebraría esa noche en el Auditorio Nikko, un teatro histórico en el corazón de la ciudad. Las chicas debían estar en el lugar a mediodía para los ensayos finales, pero en ese momento, el mundo fuera de su habitación parecía lejano.
El dormitorio era un caos organizado: partituras esparcidas sobre el escritorio de Nina, ropa de ensayo amontonada en una silla, y un vestido negro elegante colgando en el armario para la gala. Ruby había elegido un vestido melocotón con detalles dorados, que descansaba en una funda sobre su cama. Pero ahora, ninguna de las dos estaba pensando en la sinfónica. Nina estaba de rodillas entre las piernas de Ruby, su cabello corto y oscuro estaba desordenado mientras sus labios trabajaban con devoción en la vagina de su novia. Ruby, estaba recostada contra la cabecera de la cama, tenía las sábanas revueltas a su alrededor, su piel blanca brillaba bajo la luz tenue del amanecer. Sus manos estaban enredadas en el cabello de Nina, tirando con una mezcla de urgencia y placer mientras su respiración se volvía entrecortada.
—Nina… —jadeó Ruby, con una voz suave pero temblorosa—. Tenemos que irnos ya… es un día importante…
Nina no respondió con palabras. En cambio, aumentó el ritmo de sus lamidas, su lengua se movía y se metía con una precisión que hizo que Ruby arqueara la espalda contra el colchón. Sus dedos se unieron al juego, deslizándose dentro de la vagina de Ruby con un movimiento lento pero firme, explorando y presionando los puntos que sabía que la harían deshacerse. Ruby soltó un gemido bajo, sus manos apretaban más el cabello de Nina mientras su cuerpo temblaba, atrapada entre la protesta y la rendición.
Con su mano libre, Nina bajó la cintura de su pijama, sus dedos se encontraron su propia humedad mientras se masturbaba al ritmo de los gemidos de Ruby. El calor entre ellas era eléctrico, el aire cargado con el sonido de sus respiraciones aceleradas y el leve crujir de la cama. Nina no se detuvo, su lengua y dedos trabajaban en sincronía, llevándolas a ambas al borde. Ruby se derritió, sus muslos temblando mientras un clímax intenso mientras se venia, empapando la cara de Nina con un jadeo agudo que resonó en la habitación. Al mismo tiempo, Nina llegó a su propio pico, un estremecimiento recorria su cuerpo mientras su ropa interior se humedecía, su mano libre se detuvo con un suspiro satisfecho.
El rostro de Nina descansó contra la entrepierna de Ruby, sus labios rozando los bellos púbicos dorados que brillaban como el cabello de su novia. Ambas estaban agitadas, sus pechos subiendo y bajando con respiraciones pesadas, y una sonrisa compartida cruzó sus rostros. Ruby dejó caer la cabeza contra la almohada, su mano solto el cabello de Nina para acariciarle la mejilla con ternura.
Un golpe seco en la puerta rompió el momento, seguido por una voz firme desde el pasillo.
—¿Señoritas? Es hora de limpieza —dijo una mujer, claramente del personal de la academia.
Ruby se incorporó de golpe, sus ojos rojos abriéndose con pánico mientras empujaba a Nina suavemente.
—¡Un momento, por favor! —gritó, su voz subiendo con urgencia—. ¡Me estoy cambiando!
Bajó la mirada hacia Nina, que aún estaba entre sus piernas, y susurró con un tono de reproche.
—¡Teníamos que haber salido ya! —dijo, su voz baja pero cargada de exasperación.
Nina rió, una carcajada grave que vibró contra la piel de Ruby mientras se levantaba lentamente. Se inclinó hacia ella, capturando sus labios en un beso rápido pero profundo, sus manos se apoyaban en los hombros de Ruby. Cuando se separaron, Ruby alzó una ceja, frunciendo el ceño mientras saboreaba algo diferente en los labios de Nina.
—Ugh… —murmuró, con su rostro arrugándose con una mezcla de sorpresa y asco—. Sabe a mí.
Nina estalló en una carcajada a todo pulmón, cayendo hacia atrás sobre la cama mientras se sujetaba el estómago. Ruby la miró con una mezcla de indignación y diversión, dándole un golpe suave en el brazo.
—¡Eres imposible! —protestó, aunque una sonrisa traicionera se coló en sus labios.
Un segundo golpe en la puerta, más fuerte esta vez, las sacó de su burbuja.
—¡Señoritas, necesito entrar! —insistió la voz del pasillo.
—¡Ya vamos! —gritó Ruby, saltando de la cama con una agilidad que desmentía su estado relajado de hace unos segundos.
Nina se puso de pie de un brinco, todavía riendo mientras buscaba ropa limpia en su armario. Ruby corrió a su lado de la habitación, quitándose el pijama empapado y poniéndose una camiseta y jeans con movimientos rápidos. Nina se cambió la ropa interior húmeda por una seca, vistiéndose con una sudadera negra y pantalones oscuros, su cabello despeinado cayendo sobre sus ojos. Agarró el estuche de su guitarra y la funda del Neumann KMS 105, mientras Ruby recogía su bolso y la funda con el vestido melocotón.
Con un último vistazo al espejo para asegurarse de que no parecían demasiado sospechosas, abrieron la puerta. La empleada de limpieza, una mujer mayor con el cabello gris recogido en un moño, las miró con una ceja alzada pero no dijo nada, entro con su carrito de limpieza mientras las chicas salían al pasillo con risas contenidas.
—Eres un desastre, Nina —susurró Ruby, dándole un codazo mientras caminaban hacia las escaleras.
—Y tú me amas por eso —respondió Nina, su voz grave cargada de picardía mientras le guiñaba un ojo.
Ruby rodó los ojos, pero su sonrisa no se desvaneció mientras cargaban sus cosas, listas para enfrentar el día más importante de la semana.
Eran las 12:00 del mediodía, y el sol brillaba alto sobre Sapporo, reflejándose en los parabrisas de los autos que llenaban las calles del centro. Nina estaba sentada en el asiento del copiloto del Toyota Corolla negro de Subaru, su tía al volante, mientras avanzaban a paso de tortuga en un embotellamiento que parecía no tener fin. El vestido negro de gala de Nina estaba cuidadosamente doblado en una funda en el asiento trasero, junto al estuche de su guitarra y la funda del Neumann KMS 105. Llevaba una sudadera holgada y jeans, su cabello corto despeinado por la prisa de la mañana, y sostenía su celular contra la oreja con una expresión de resignación.
—¡Nina, dónde estás! —gritó Haruka al otro lado de la línea, su voz aguda y exasperada cortando el aire del auto—. ¡El ensayo final empieza en quince minutos! ¡Esto es la sinfónica de mi familia, no un juego!
Nina suspiró, mirando por la ventana hacia la marea de autos que apenas se movía.
—Haruka, lo siento, hay un tráfico horrible ahora mismo —respondió, su tono grave cargado de disculpa mientras tamborileaba los dedos contra el muslo—. No es mi culpa, te juro.
Haruka soltó un gemido que sonó como si su alma se estuviera escapando por la boca.
—¡Tienes que estar aquí antes! —reclamó, su voz subiendo una octava—. ¡No puedo hacer esto sin la voz principal! ¡Muévete, Iseri!
Nina giró la cabeza hacia Subaru, quien tenía las manos apretadas al volante, su cabello azul oscuro cayendo sobre su frente mientras fruncía el ceño ante el caos vial.
—Tía, ¿cuánto vamos a tardar con este embotellamiento? —preguntó, su tono subiendo con una mezcla de ansiedad y esperanza.
Subaru miró el GPS en el tablero, luego la fila interminable de autos adelante, y suspiró con una resignación teatral.
—Al menos unos cuarenta minutos con este desastre —respondió, su voz grave cargada de fastidio mientras golpeaba el volante con un dedo—. El centro está colapsado hoy.
Nina transmitió la noticia al celular.
—Haruka, mi tía dice que unos cuarenta minutos —dijo, preparándose para el grito que vendría.
—¡¿Cuarenta minutos?! —chilló Haruka, y Nina alejó el teléfono de su oído por un segundo—. ¡Eso no sirve, Nina! ¡Necesito que estés aquí ya!
Subaru alzó una ceja, escuchando los gritos a través del altavoz. Con un suspiro más profundo, se inclinó hacia la guantera del auto y sacó un juego de luces policiales portátiles, un rectángulo negro con lentes rojos y azules que parpadeaban al encenderse. Abrió la ventana con un zumbido eléctrico, colocó las luces en el techo con un imán que hizo un clank metálico, y presionó un botón. La sirena policial estalló en el aire, un wail-wail agudo acompañado por destellos de luces que cortaron la monotonía del tráfico. Los autos a su alrededor reaccionaron al instante, apartándose lentamente para abrir un pasillo.
—Vamos a apurarnos —dijo Subaru, una sonrisa traviesa cruzando su rostro mientras presionaba el claxon con un beep-beep insistente—. Agárrate, pequeña.
Nina colgó el teléfono con un rápido "¡Ya voy, Haruka!" y se aferró al asiento mientras Subaru pisaba el acelerador. El Corolla avanzó con una agilidad sorprendente, atravesando la marea de autos como un tiburón cortando el agua. Las luces rojas y azules bailaban en los espejos retrovisores de los otros conductores, y la sirena resonaba en las calles, haciendo que peatones y chóferes giraran la cabeza con curiosidad. Subaru maniobraba con precisión, girando el volante para esquivar un taxi lento y deslizándose entre carriles con una confianza que solo años en la policía podían dar.
Nina miró a su tía, una mezcla de asombro y diversión en su rostro mientras el viento entraba por la ventana abierta, despeinando aún más su cabello.
—Tía, eres increíble —dijo, su voz grave subiendo con una risa contenida.
Subaru le devolvió la mirada por un segundo, su sonrisa ampliándose mientras aceleraba por una calle lateral que se abría ante ellas.
—Ser mayor de la policía tiene sus ventajas —respondió, su tono cargado de orgullo mientras giraba el volante con un movimiento fluido—. Te dije que llegaríamos, ¿no?
El Corolla zigzagueó por las calles de Sapporo, la sirena abriendo camino como un ariete invisible. En menos de diez minutos, el Auditorio Nikko apareció a la vista: un edificio majestuoso de piedra gris con columnas neoclásicas y un letrero dorado que anunciaba "Sinfónica de los Maatsura". Subaru apagó la sirena al entrar al estacionamiento reservado para artistas, las luces parpadeando una última vez antes de detenerse. Estacionó con un giro rápido, y el auto se asentó con un leve chirrido de neumáticos.
Nina soltó un suspiro de alivio, desabrochándose el cinturón mientras miraba a su tía.
—Gracias, tía —dijo, su voz subiendo con gratitud—. Eres mi salvadora.
Subaru rió, quitando las luces del techo y guardándolas en la guantera.
—Siempre, pequeña —respondió, dándole una palmada en el hombro—. Ahora corre, que tu jefa suena como si fuera a explotar si no te ve en cinco segundos.
Nina sonrió, agarrando la funda del vestido, el estuche de la guitarra y el micrófono del asiento trasero antes de salir del auto a toda prisa, su sudadera ondeando mientras corría hacia la entrada de artistas del auditorio. Subaru la vio desaparecer por la puerta, sacudiendo la cabeza con una mezcla de diversión y orgullo antes de encender la radio y recostarse en el asiento, satisfecha con su maniobra policial.
Nina irrumpió en la entrada de artistas del Auditorio Nikko a las 12:15 p.m., su respiración agitada mientras cargaba la funda del vestido, el estuche de la guitarra y el Neumann KMS 105 en sus brazos. El pasillo trasero era un hervidero de actividad: técnicos con auriculares corrían de un lado a otro, cables negros serpenteaban por el suelo, y el eco distante de un violonchelo afinándose resonaba desde el escenario. El aire olía a madera vieja y electricidad, y Nina apenas tuvo tiempo de orientarse antes de que una figura familiar apareciera al final del pasillo, prácticamente tirando humo por los oídos.
Haruka Maatsura estaba de pie con los brazos cruzados, su vestido de gala —un traje negro ajustado con detalles plateados que gritaba elegancia— contrastando con la furia en su rostro. Sus ojos violeta se clavaron en Nina como dagas, y sus gafas brillaron bajo las luces fluorescentes mientras avanzaba hacia ella con pasos rápidos.
—¡Nina Iseri, qué demonios! —espetó Haruka, su voz cortante resonando en el pasillo—. ¡Llevo quince minutos esperándote! ¿Dónde estabas?
Nina dejó caer sus cosas en el suelo con un sonido seco, levantando las manos en señal de rendición.
—¡Lo siento, Haruka, lo siento! —dijo, su tono grave cargado de disculpa mientras intentaba recuperar el aliento—. El tráfico estaba imposible, pero mi tía me trajo lo más rápido que pudo. ¡Estoy aquí ahora!
Haruka apretó los labios, claramente conteniendo una avalancha de regaños. Suspiró con fuerza, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado.
—No hay tiempo para esto —dijo, su voz bajando pero aún tensa—. Ve con los técnicos a probar la acústica. ¡Ya! No podemos retrasarnos más.
Nina asintió varias veces, casi como un muñeco de resorte.
— Sí, sí, voy —respondió, recogiendo el micrófono y corriendo hacia el escenario mientras Haruka la miraba con una mezcla de exasperación y alivio.
El escenario del Auditorio Nikko era un espectáculo por sí solo: un espacio amplio de madera pulida, rodeado por cortinas negras pesadas y un telón rojo que colgaba como una promesa. Filas de asientos vacíos se extendían frente a ella, y las luces del techo proyectaban un resplandor cálido sobre los atriles y soportes ya colocados. Tres técnicos esperaban cerca del centro, uno con un tablero de mezclas portátil, otro ajustando un micrófono en un soporte, y el tercero sosteniendo un auricular contra su oreja. Nina se acercó, saludando con una sonrisa nerviosa.
—Hola, soy Nina Iseri, la voz principal —dijo, su voz grave cortando el zumbido del equipo—. Haruka dijo que viniera a probar la acústica.
El técnico con el tablero, un hombre de mediana edad con barba recortada, asintió sin levantar la vista.
—Bien, Iseri. Vamos a medir la respuesta del sonido —respondió, ajustando un dial—. Usa tu micrófono y canta algo con rango: graves, medios y agudos. Necesitamos calibrar la sala.
Nina sacó el Neumann KMS 105 de su funda, conectándolo al cable que le pasó el segundo técnico. Lo sostuvo con ambas manos, sintiendo su peso familiar, y respiró hondo antes de empezar. Primero cantó una nota grave, un do profundo que vibró en su pecho y llenó el auditorio con una resonancia rica. El sonido rebotó contra las paredes de madera, regresando con un eco claro pero controlado. El técnico del tablero asintió, marcando algo en una tablet.
—Bien, sube a medios —dijo, su voz cortante pero profesional.
Nina pasó a una melodía en fa, una línea de una balada que había practicado con Ruby. Su voz se alzó, cálida y potente, llenando el espacio con una intensidad que hizo que el técnico del auricular levantara una ceja. El sonido se expandió, las frecuencias medias resonando en las esquinas del auditorio antes de desvanecerse suavemente. Nina sintió una punzada de orgullo al ver al técnico ajustar los niveles con una sonrisa sutil.
—Ahora agudos —ordenó el hombre del tablero.
Nina tomó aire y cantó una escala ascendente hasta un la agudo, su voz cortando el aire como un cristal rompiéndose. El sonido alcanzó el techo abovedado, reverberando con una claridad que hizo que los técnicos intercambiaran miradas de aprobación. El eco volvió limpio, sin distorsión, y Nina terminó con un fade-out suave, dejando que la nota final se disolviera en el silencio.
—Perfecto —dijo el técnico del tablero, guardando la tablet—. La acústica está equilibrada, y ese micrófono es una bestia. Estás lista.
Nina sonrió, desconectando el KMS 105 con un "gracias" rápido antes de volver al pasillo, el corazón latiéndole con una mezcla de alivio y emoción.
Haruka la esperaba en uno de los pasillos laterales, apoyada contra la pared con una carpeta en las manos. Su expresión se había suavizado, aunque las líneas de tensión aún marcaban su frente. Nina se acercó, ajustando el micrófono en su funda mientras Haruka la miraba de arriba abajo.
—¿Todo listo con los técnicos? —preguntó Haruka, su voz más calmada pero aún firme.
— Sí, todo bien —respondió Nina, asintiendo con entusiasmo—. La acústica está perfecta.
Haruka suspiró, relajando los hombros mientras cruzaba los brazos.
—¿Te memorizaste todo? —preguntó, sus ojos violeta escaneándola con una mezcla de esperanza y exigencia.
Nina sonrió, golpeándose el pecho con confianza.
— Sí, cada nota, cada palabra —dijo, su tono grave cargado de seguridad—. Lo tengo, Haruka.
Haruka dejó escapar otro suspiro, esta vez más aliviado, y le pasó una lista impresa con un movimiento rápido.
—Bien, porque este evento es un salto importante para tu carrera —dijo, su voz bajando con una seriedad que Nina no había oído antes—. Te vas a hacer famosa aquí, Nina. Todas las que participemos lo haremos. Mira esto.
Nina tomó la lista, sus ojos recorriendo los nombres con curiosidad. Era el programa oficial de la Sinfónica de los Maatsura, con los músicos destacados en negrita. En la sección de voces, vio su nombre: Nina Iseri - Voz Principal (Femenina). Junto a ella estaba Akari Fujimoto - Voz Secundaria (Femenina), un nombre que no reconocía, y Takumi Sato - Voz (Masculina), otra incógnita. En piano, Haruka Maatsura encabezaba la lista, Kendo Maatsura con su rol como director musical implícito. Sakura Takahashi estaba en Acústicas de Violín, su nombre resaltado junto a otros violinistas. Sayaka Shimizu aparecía en Bajos, su presencia confirmada a pesar de las tensiones. Y en Percusión, Nina sonrió al ver Riko Hoshisora, un nombre que no sorprendió pero llenó su pecho de orgullo. Su amiga era una prodigio, después de todo.
Haruka señaló un punto en el pasillo con la barbilla.
—Tenemos un espacio especial para cambiarnos y alistarnos —dijo, su tono volviéndose práctico—. La prueba de sonido en conjunto es a las 4:00 p.m., y el evento empieza a las 7:00 p.m. No te retrases otra vez.
Nina asintió con la cabeza, ajustando sus cosas en los brazos.
—Entendido —respondió, siguiendo a Haruka por el pasillo mientras el eco de sus pasos resonaba en el espacio.
El pasillo las llevó hacia un camerino con una placa que decía "Artistas Principales", donde el resto del grupo ya debía estar preparándose. Nina sintió una mezcla de nervios y emoción creciendo en su pecho. Este no era solo un evento; era el comienzo de algo grande.
Eran las 4:00 p.m. en el Auditorio Nikko, y el escenario estaba listo para la prueba de sonido en conjunto de la Sinfónica de los Maatsura. Las cortinas negras laterales estaban abiertas, revelando una orquesta completa: percusionistas alineados a la izquierda, vientos en el centro, cuerdas a la derecha, y un espacio prominente para el piano y las voces al frente. El telón rojo permanecía abajo, pero el eco de los instrumentos afinándose llenaba la sala vacía, un zumbido caótico que se detuvo abruptamente cuando Kendo Maatsura subió al podio del director.
Kendo era un hombre imponente, alto y delgado, con una postura tan recta que parecía esculpida en mármol. Su cabello gris estaba peinado hacia atrás con precisión militar, salpicado de canas que delataban sus sesenta años, y sus ojos violeta, idénticos a los de Haruka, escaneaban la orquesta con una intensidad gélida. Vestía un frac negro impecable, su batuta descansando en su mano derecha como una extensión de su voluntad. Era serio, estoico, perfeccionista hasta el extremo, y su reputación lo precedía: no pedía mejorar, simplemente no trabajaba con quienes no rozaban la perfección. Nina, de pie junto al soporte de su Neumann KMS 105, sintió un sudor helado recorrer su espalda al verlo. Había practicado con simulaciones de directores en la academia, y Haruka la había entrenado para seguir indicaciones precisas, pero estar frente al padre de su amiga —un titán de la música clásica— era otra cosa. Haruka era estricta, sí, pero Kendo estaba en un nivel estratosférico.
Kendo levantó la batuta con un movimiento seco, y el silencio se apoderó del escenario.
—Percusión —dijo, su voz grave cortando el aire como un látigo.
Riko Hoshisora, desde su batería a la izquierda, respondió al instante. Sus baquetas personalizadas de arce japonés golpearon los tambores con un ritmo de jazz ligero, un redoble syncopado que llenó la sala con una energía vibrante. Kendo inclinó la cabeza, su batuta marcando un cambio, y Riko pasó a un blues más lento, los platillos resonando con un siseo metálico. A su lado, otros percusionistas se unieron: un bombo profundo retumbó, timbaleros marcaron un contrapunto, y un xilófono añadió destellos agudos. Kendo frunció el ceño, deteniendo el sonido con un corte de la batuta.
—Bombo, no te adelantes —ordenó, su tono frío pero preciso—. Sigue el tempo, no lo fuerces.
El percusionista asintió, ajustando su postura, y Kendo pasó a la siguiente sección.
—Vientos —dijo, girando la batuta hacia el centro.
Los instrumentos de viento cobraron vida: flautas trinando en escalas altas, clarinetes tejiendo melodías cálidas, y trompetas cortando el aire con fanfarrias brillantes. Nina, esperando su turno, observó con un nudo en el estómago cómo Kendo detenía a los vientos tres veces, su oído entrenado captando desafinaciones que ella misma identificó: un clarinete fuera de tono, una trompeta que se retrasó medio compás, y un oboe que sonó demasiado nasal. Cada corrección era un golpe seco de la batuta contra el podio, seguido de una instrucción implacable.
—Cuerdas y violines —anunció Kendo, su mirada saltando a la derecha.
Sakura Takahashi levantó su violín, el arco deslizándose sobre las cuerdas con una precisión que hizo que el aire vibrara. Tocó una pieza de Vivaldi, las notas altas danzando como hilos de seda, seguidas por un pasaje más grave que resonó con una melancolía desgarradora. Su belleza física su cabello negro con mechones rosados brillando bajo las luces, su rostro sereno y concentrado no pasó desapercibida, y varios músicos a su alrededor la miraron con la boca entreabierta, impresionados tanto por su talento como por su presencia. Los otros violinistas y cellistas la siguieron, creando una pared de sonido que envolvió la sala. Kendo asintió una sola vez, un gesto mínimo que valía más que mil palabras.
Por fin, llegó el momento que Nina temía.
—Voz —dijo Kendo, girándose hacia ella con una mirada que parecía atravesarla.
Nina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus manos temblaron mientras ajustaba el Neumann KMS 105 en el soporte, y un sudor frío recorrió su nuca mientras miraba a Kendo. Él levantó la batuta, señalando el inicio, y Nina respiró hondo, cerrando los ojos por un segundo para centrarse. Abrió la boca y cantó la primera nota, un re grave que salió de su pecho como un rugido suave, resonando en el auditorio con una profundidad que hizo vibrar las paredes de madera. Kendo inclinó la cabeza, su batuta marcando el tempo, y Nina subió a una melodía en sol, una pieza escrita por Haruka que combinaba fuerza y vulnerabilidad. Su voz llenó la sala, rica y potente, cada palabra articulándose con una claridad que el micrófono amplificaba sin esfuerzo.
Kendo levantó una mano, deteniéndola tras el primer verso.
—Más proyección en los medios —ordenó, su tono implacable—. Estás conteniendo el aire. Déjalo salir.
Nina asintió, tragando saliva mientras ajustaba su postura. Volvió a empezar, esta vez dejando que su diafragma empujara el sonido con más fuerza. La nota media salió como un torrente, vibrando en el espacio con una intensidad que hizo que algunos técnicos en las sombras levantaran la vista. Kendo no reaccionó, pero su batuta siguió moviéndose, indicando un cambio a los agudos. Nina tomó aire y escaló hasta un si bemol, su voz cortando el aire como una campana de cristal, clara y brillante, reverberando en el techo abovedado antes de descender en un fade-out controlado. El eco regresó limpio, y Nina mantuvo la última nota por tres segundos, su pecho subiendo y bajando con el esfuerzo.
Kendo bajó la batuta, observándola en silencio por un momento que pareció eterno. Nina sintió que su alma colgaba de un hilo, esperando un veredicto. Finalmente, él asintió, un movimiento casi imperceptible.
—Aceptable —dijo, su voz seca pero sin reproche—. Mantén esa energía esta noche.
Nina dejó escapar un suspiro tembloroso, sintiendo que su alma regresaba a su cuerpo mientras el sudor en su frente se enfriaba. Kendo giró hacia su hija, su expresión sin cambiar.
—Piano —dijo, señalando a Haruka con la batuta.
Haruka se sentó frente a su piano personalizado, un Steinway negro con una "H" escrita en caligrafía elegante en la tapa y "Maatsura" grabado en el costado en letras doradas. Sus manos se posaron sobre las teclas con una confianza innata, y cuando Kendo levantó la batuta, comenzó a tocar. Las notas salieron como un torrente: una pieza de Chopin, compleja y cargada de arpegios que danzaban entre lo melódico y lo técnico. Sus dedos volaban sobre el teclado, cada acorde perfecto, cada transición impecable. El sonido llenó el auditorio, resonando con una autoridad que hizo que los músicos a su alrededor murmuraran en susurros: "No se podía esperar menos de un Maatsura". Nina, aún recuperándose, observó con asombro cómo Haruka seguía las indicaciones de su padre sin pestañear, un reflejo de su disciplina y legado.
Kendo bajó la batuta tras el último acorde, el silencio cayendo como una cortina. Dio un aplauso seco, un solo golpe de sus manos que resonó en la sala.
—Las pruebas han terminado —anunció, su voz cortante pero definitiva—. Por favor, prepárense para la apertura de la ceremonia según el cronograma. Nos vemos a las 7:00 p.m.
Sin otra palabra, Kendo giró sobre sus talones y salió del escenario, su frac ondeando tras él como una sombra. Nina lo vio irse, su corazón latiendo con una mezcla de alivio y anticipación. El evento estaba a solo tres horas de comenzar, y la magnitud de lo que estaba por venir empezaba a asentarse en sus huesos.
Eran las 6:35 p.m. en el Auditorio Nikko, y el grupo de Shirayuri estaba reunido en una sala privada detrás del escenario, un camerino amplio con espejos iluminados, sillas acolchadas y una mesa cubierta de botellas de agua y partituras arrugadas. El aire estaba cargado de una mezcla de nervios y anticipación, el zumbido del público al otro lado del telón se filtraba como un eco distante. Riko estaba sentada en una silla, haciendo girar sus baquetas personalizadas entre los dedos con una destreza que delataba su ansiedad contenida, su vestido de gala negro con detalles plateados brillaba bajo las luces. A su lado, Nina, con un vestido negro elegante que abrazaba su figura, repetía notas bajas en susurros, su Neumann descansando en su regazo mientras intentaba no caer en la desesperación de olvidar algo a última hora. Sakura Takahashi, radiante en un vestido verde esmeralda que resaltaba sus mechones rosados, sonreía desde su sitio, afinando su violín con una calma que parecía casi sobrenatural.
Pero en una esquina apartada de la sala, Haruka Maatsura y Sayaka Shimizu estaban inmersas en su propio mundo. Haruka, con su traje negro de gala y detalles plateados idénticos a los de su padre, estaba de pie junto a Sayaka, quien temblaba visiblemente. Sayaka, alta y delgada en un vestido azul oscuro que contrastaba con su cabello azul-verde, apretaba el estuche de su contrabajo contra su pecho como si fuera un escudo. Sus manos temblaban, y sus ojos verdes estaban vidriosos mientras murmuraba entre susurros:
—No puedo salir, no puedo… —decía, su voz quebrándose con cada palabra—. No puedo hacerlo…
Haruka la miró con una preocupación que suavizó las líneas duras de su rostro. Sayaka era un prodigio con el bajo, sus dedos capaces de arrancar notas profundas que resonaban como truenos, pero tenía un defecto: el pánico escénico. En los ensayos, bajo la presión controlada de la academia, brillaba, pero ahora, a minutos de enfrentar a cientos de personas en la gala de los Maatsura, el miedo la consumía.
—Sayaka —dijo Haruka, su voz baja y cálida, un tono que rara vez usaba con las demás—. Mírame.
Sayaka negó con la cabeza, sus hombros encogiéndose mientras susurraba:
—No sirvo para esto… no puedo…
Haruka dio un paso más cerca, olvidándose por completo de que estaban en una sala con sus amigas. Con cuidado, extendió una mano y acarició el brazo de Sayaka, sus dedos deslizándose con suavidad sobre la tela del vestido. Luego, subió la mano hasta su cabeza, acariciándole el cabello azul-verde con una ternura que contrastaba con su habitual rigor.
—No digas eso —respondió Haruka, su voz cargada de cariño—. Eres increíble, Sayaka. Lo has hecho antes, y lo vas a hacer ahora.
Sayaka levantó la mirada, sus ojos brillando con lágrimas contenidas mientras murmuraba:
—Lo siento… yo…
Haruka negó con la cabeza, interrumpiéndola con una sonrisa pequeña pero sincera.
—No te disculpes —dijo, su mano aún en el cabello de Sayaka mientras la miraba a los ojos—. ¿Recuerdas los ejercicios que hacíamos cuando tenías miedo? Respirar hondo, contar hasta diez, dejar que el aire llene tus pulmones… Y aquella vez, en nuestra primera presentación en la academia. Estabas temblando detrás del telón, convencida de que te ibas a desmayar. Pero saliste, tocaste, y cuando terminamos, el público no dejaba de aplaudir. Superamos eso juntas, ¿verdad?
Sayaka tragó saliva, sus manos aflojando el agarre en el estuche mientras las palabras de Haruka se hundían en ella. Haruka siguió, su voz como un bálsamo:
—Eres más fuerte de lo que crees. El bajo es tu voz, y esta noche vas a hacer que todos lo escuchen. Estoy aquí contigo, como siempre. No estás sola en ese escenario.
El miedo en el pecho de Sayaka comenzó a disiparse, como si las caricias y las palabras de Haruka fueran un hechizo que lo desvanecía poco a poco. Respiró hondo, contando en silencio hasta diez como Haruka le había enseñado hace años, y una calma frágil pero real se asentó en ella. Miró a Haruka con gratitud, una sonrisa temblorosa cruzando sus labios.
—Gracias, Haru-chan —dijo, su voz suave pero firme, usando el apodo que solo salía en momentos de vulnerabilidad.
Haruka sonrió, una calidez genuina iluminando su rostro mientras retiraba la mano de su cabello.
—Ve a refrescarte al baño —sugirió, su tono gentil pero práctico—. Te hará bien antes de salir.
Sayaka asintió, ajustando el estuche del contrabajo en su hombro antes de salir de la sala con pasos rápidos pero más seguros. Haruka la vio irse, su sonrisa desvaneciéndose lentamente mientras giraba para volver con el grupo. Fue entonces cuando cayó en cuenta: sus amigas la estaban mirando.
Riko, Nina y Sakura estaban alineadas como un jurado, cada una con una sonrisa maniaca en el rostro que brillaba con picardía. Riko había dejado de girar las baquetas, sosteniéndolas en el aire mientras sus ojos azules destellaban. Nina tenía una ceja alzada, su mano cubriendo una risa contenida. Sakura, con el violín apoyado en su regazo, levantó una mano y mostró un pulgar arriba.
—Bien hecho, Haru-chan —dijo Sakura en tono de burla con su voz suave pero cargada de aprobación mientras su sonrisa se ampliaba.
Haruka sintió el calor subirle por el cuello hasta las mejillas, su piel volviéndose roja como tomate en segundos. Giró hacia ellas, señalándolas con un dedo tembloroso mientras su voz subía con una mezcla de vergüenza y amenaza.
—¡Ustedes no vieron nada! —espetó, sus ojos entrecerrándose—. ¡Si una palabra de esto sale de esta sala, las buscaré y sentirán mi ira! ¿Entendido?
Riko soltó una carcajada, golpeando las baquetas contra su muslo.
—Tranquila, Haruka —dijo, su tono burlón—. El secreto de novia está a salvo con nosotras.
Nina rió más fuerte, inclinándose hacia adelante mientras se sujetaba el estómago.
—Oh, mierda, esto es único —murmuró, su voz grave resonando en la sala.
Sakura simplemente sonrió, inclinando la cabeza con una inocencia fingida.
—Es lindo verte así, Haruka —dijo, su tono dulce pero con un filo travieso.
Haruka gruñó, cubriéndose la cara con las manos mientras el rojo de sus mejillas se intensificaba. Pero antes de que pudiera replicar, un técnico asomó la cabeza por la puerta.
—Cinco minutos, señoritas —anunció, su voz cortante antes de desaparecer.
El grupo se enderezó al instante, las risas se apagaron mientras la realidad del escenario volvía a golpearlas. Haruka bajó las manos, respirando hondo para recuperar la compostura, y giró hacia sus amigas con una mirada que prometía venganza más tarde. Pero por ahora, la gala estaba a punto de comenzar.
A las 7:00 p.m., el Auditorio Nikko estaba sumido en una penumbra expectante, las luces del techo atenuadas hasta un resplandor dorado que bañaba las filas de asientos rojos aterciopelados. El público, un mar de rostros elegantes en trajes de gala y vestidos brillantes, guardaba un silencio reverente, sus susurros apagándose cuando las cortinas negras laterales se abrieron por completo. El telón rojo, pesado y majestuoso, comenzó a subir con un zumbido suave, revelando el escenario en todo su esplendor: una orquesta completa dispuesta en semicírculo, instrumentos reluciendo bajo las luces enfocadas, y el podio del director vacío en el centro.
Kendo Maatsura emergió desde las sombras del backstage con pasos firmes, su frac negro impecable ondeando tras él como una capa. Subió al podio con una precisión casi militar, su batuta en la mano derecha y su rostro estoico fijo en la orquesta. El público estalló en un aplauso cortés pero entusiasta, reconociendo al patriarca de los Maatsura, un nombre sinónimo de excelencia musical en Japón. Kendo no respondió al aplauso; simplemente levantó la batuta, y el silencio volvió a caer como una cortina.
—Bienvenidos a la Vigésimo Quinta Sinfónica de los Maatsura —dijo, su voz grave resonando en la sala sin necesidad de micrófono—. Comencemos.
Bajó la batuta con un movimiento seco, y la orquesta cobró vida.
Introducción Instrumental: "Aurora en Re Mayor"
La pieza inicial, una composición original de Kendo titulada "Aurora en Re Mayor", era una obra de seis minutos diseñada para mostrar la habilidad colectiva de la orquesta. Comenzó con un redoble suave de Riko Hoshisora en la batería, un ritmo sincopado que marcó el tempo como un latido. Los timbaleros a su lado se unieron con un golpe profundo, el bombo resonando en la sala como un trueno lejano, mientras el xilófono añadía destellos agudos que parecían flotar sobre el sonido. Las luces del escenario se ajustaron, proyectando un amanecer artificial que iluminaba a los percusionistas en tonos cálidos.
Los vientos entraron a los treinta segundos, liderados por un solo de flauta que tejía una melodía etérea, ascendiendo en escalas que evocaban el despertar del día. Clarinetes y oboes se sumaron en armonías suaves, sus notas entrelazándose como rayos de sol atravesando la niebla, mientras las trompetas cortaban el aire con fanfarrias brillantes a los dos minutos, anunciando el clímax del amanecer. Kendo dirigía con precisión quirúrgica, su batuta marcando cada entrada, sus ojos saltando entre secciones para asegurar que no hubiera un solo desliz.
A los tres minutos, las cuerdas tomaron el protagonismo. Sakura Takahashi levantó su violín, el arco deslizándose sobre las cuerdas con una intensidad que hizo vibrar el aire. Tocó un pasaje rápido en re mayor, las notas saltando como chispas, mientras los cellos y contrabajos —Sayaka Shimizu entre ellos— añadían una base grave que resonaba en los huesos del público. Sayaka, con el rostro pálido pero los dedos firmes tras el aliento de Haruka, mantuvo el tempo, su bajo vibrando con una profundidad que anclaba la pieza. Los violinistas secundarios se unieron a Sakura, creando una pared de sonido que ascendía en un crescendo a los cuatro minutos y medio, las luces del escenario intensificándose hasta un blanco cegador.
Haruka Maatsura entró a los cinco minutos desde su piano personalizado, sus manos cayendo sobre las teclas con una serie de arpegios complejos que danzaban sobre las cuerdas y vientos. El Steinway resonó con una claridad cristalina. La pieza alcanzó su clímax a los cinco minutos y cuarenta segundos, un tutti orquestal donde cada sección se fusionó en una explosión de sonido que llenó el auditorio hasta el techo abovedado, antes de descender en un decrescendo suave que terminó con un golpe final de Riko en los platillos, un siseo metálico que se desvaneció en el silencio.
El público contuvo el aliento, el eco de la última nota colgando en el aire antes de que Kendo levantara la batuta de nuevo dando pase al grupo de voces.
La pieza, "Luz de Medianoche", era una composición coral con acompañamiento orquestal, escrita para resaltar las voces sobre una base instrumental compleja. Kendo levantó la batuta, y la orquesta comenzó con un preludio suave: cuerdas bajas susurrando como sombras, vientos tejiendo una melodía melancólica, y un redoble sutil de Riko que marcaba el tempo. A los quince segundos, Kendo señaló a Nina con un movimiento preciso.
Nina abrió la boca y cantó, un mi bemol grave que salió de su pecho como un río oscuro, resonando en la sala con una potencia que hizo que las luces parecieran temblar. El Neumann capturó cada matiz, amplificando su voz con una claridad que cortó el aire. La letra, en japonés, hablaba de una noche sin fin iluminada por una chispa de esperanza, y Nina dejó que su diafragma empujara el sonido, proyectándolo hacia el fondo del auditorio como Kendo le había ordenado. Akari entró a los treinta segundos, su voz soprano ligera contrastando con la profundidad de Nina, mientras Takumi añadía un barítono cálido a los cuarenta y cinco segundos, sus armonías entrelazándose en un tejido sonoro que envolvió la sala.
A los dos minutos, la pieza subió en intensidad. Nina escaló a un sol agudo, su voz cortando el aire como una estrella fugaz, sostenida por las cuerdas de Sakura y el piano de Haruka, que entraron en un contrapunto rápido. Los vientos se unieron en un crescendo, y Riko marcó el ritmo con redobles precisos, sus baquetas danzando entre tambores y platillos. Nina sintió el sonido vibrar en su cuerpo, su corazón latiendo al compás mientras mantenía la nota alta por seis segundos antes de descender en un fade-out que dejó espacio para Akari y Takumi. El trío vocal culminó a los cuatro minutos con un acorde final en tres partes, sostenido mientras la orquesta se desvanecía, dejando solo sus voces resonando en el silencio.
El público estalló en aplausos, un rugido que sacudió las paredes del Auditorio Nikko mientras Kendo bajaba la batuta, su rostro imperturbable pero sus ojos brillando con una aprobación tácita.
En la tercera fila, Ruby Harlaown se inclinó hacia adelante, su vestido melocotón con detalles dorados brillando bajo las luces. Sus ojos rojos estaban fijos en Nina, una sonrisa de orgullo y amor cruzando su rostro mientras aplaudía con entusiasmo. Sus manos chocaban con fuerza, y sus mejillas se sonrojaron con la emoción de ver a su novia brillar en el escenario.
A su lado, Miki Yanamoto, elegante en un vestido marfil, aplaudía con más contención, sus manos delicadas moviéndose con gracia. Sus ojos verdes seguían a Nina, pero se desviaron hacia Riko en la batería, un destello de algo —envidia, deseo, confusión— cruzando su rostro. Cuando Ruby giró hacia ella con una sonrisa, Miki la devolvió con una calidez fingida, sus pensamientos girando en torno a la escena del ensayo días atrás: "Yo también quiero eso".
Aoi Fujiwara, radiante en un vestido azul oscuro que resaltaba sus curvas, aplaudía con una energía casi infantil, sus manos chocando con un ritmo desordenado. Sus ojos marrones brillaban con admiración, saltando entre Sakura, cuya belleza y talento la habían dejado boquiabierta, y Nina, cuya voz la había estremecido. Soltó un pequeño "¡Wow!" audible, haciendo que Ruby riera a su lado.
En una fila más atrás, los Harlaown y los Takamachi ocupaban asientos reservados como invitados preferenciales. Chrono Harlaown, estaba en un traje gris oscuro, su cabello azul marino peinado hacia atrás mientras aplaudía con una sonrisa orgullosa pero contenida.
Nanoha Takamachi, en un vestido rojo sencillo pero elegante, aplaudía con calidez, su cabello castaño recogido en una coleta alta. Fate, a su lado en un traje blanco que resaltaba su cabello rubio, unía sus manos con más fuerza, sus ojos rojos brillando con emoción mientras miraba a Haruka y Nina, dos chicas que le mostraban lo que la pasión y dedicación pueden lograr.
El aplauso continuó mientras Kendo giraba hacia el público, inclinándose ligeramente antes de señalar a la orquesta para que se levantara. Nina, aún temblando por la adrenalina, sonrió a sus amigas en el escenario, el peso de la gala asentándose en su pecho mientras el telón seguía abierto, prometiendo más.
La Sinfónica de los Maatsura continuó según el cronograma, un desfile de dieciséis canciones que alternaban entre piezas instrumentales y cantadas, cada una ejecutada con una precisión que mantenía al público al borde de sus asientos. Un sector de la prensa, invitado por la familia Maatsura, ocupaba una fila reservada cerca del escenario, sus cámaras destellando y sus plumas garabateando notas en libretas. Reporteros de Nihon Keizai Shimbun, Asahi Shimbun y una corresponsal de Rolling Stone Japan murmuraban entre sí, impresionados por la mezcla de talento joven y veteranía que llenaba el Auditorio Nikko. Las canciones fluían como un río: un solo de violín de Sakura que arrancó suspiros, un dueto entre Nina y Takumi que resonó con armonías desgarradoras, y un tutti orquestal liderado por Riko que hizo temblar las lámparas del techo.
A las 9:00 p.m., tras dos horas de música ininterrumpida, la sinfónica llegó a su fin. El público se puso de pie, un rugido de aplausos llenando la sala mientras Kendo Maatsura volvía al podio, su frac negro impecable a pesar del calor de los focos. Levantó las manos, silenciando la ovación con un gesto seco, y giró hacia la audiencia.
—Gracias por asistir a la vigésimo quinta Sinfónica de los Maatsura—dijo, su voz grave cortando el aire con autoridad—. Esta noche han presenciado el futuro de la música. Para cerrar, un solo de piano interpretado por mi hija, Haruka Maatsura.
Kendo bajó del podio y señaló a Haruka, quien caminó hacia su Steinway personalizado con una calma que desmentía la intensidad de la noche. Se sentó, ajustando su traje negro con detalles plateados, y posó las manos sobre las teclas. La pieza, una versión adaptada de "Nocturne Op. 9 No. 2" de Chopin, comenzó con notas suaves que caían como gotas de lluvia, cada acorde resonando con una melancolía que llenó la sala. A los dos minutos, aceleró en un pasaje técnico, sus dedos volando sobre el teclado con una precisión que reflejaba el legado de los Maatsura. El auditorio contuvo el aliento, y cuando la última nota se desvaneció a los cuatro minutos, el silencio dio paso a una ovación ensordecedora. Haruka se levantó, inclinándose con una elegancia contenida mientras Kendo asentía desde el borde del escenario, su rostro estoico pero satisfecho.
El telón bajó, y la gala concluyó oficialmente a las 9:05 p.m.
Minutos después, un grupo selecto de familias dentro del círculo de los Maatsura fue invitado a una velada privada en el Salón Dorato, una sala adyacente al auditorio con paredes de madera dorada, lámparas de araña y mesas cubiertas de bocadillos gourmet y copas de champán. Los Takamachi (Nanoha y Fate) y los Harlaown (Chrono, Lindy, Precia y Saori) estaban entre los presentes, pero los Yamauchi, brillaban por su ausencia, ya que estaban en Rusia por negocios. Los músicos, aún en sus trajes de gala, se mezclaban con los invitados, el aire lleno de risas, tintineo de copas y el aroma de canapés de salmón y trufas.
Nina estaba cerca de una mesa, conversando con sus tías, quienes habían sido invitadas como familia de una de las estrellas de la noche. Subaru, incómoda en un traje negro en lugar de un vestido de gala, sostenía una copa de agua con una mueca de fastidio, su cabello azul oscuro estaba despeinado como siempre. Morinoko Nakajima, en un vestido de gala alquilado de color vino que resaltaba su tez blanca y pecosa, sonreía con orgullo mientras escuchaba a Nina. Ginga Nakajima, radiante en un vestido azul prestado que apenas contenía su energía, aprovechaba cada mozo que pasaba para tomar dos o tres bocadillos a la vez, metiéndose un crostini de queso en la boca mientras alcanzaba una copa de champán.
Ruby Harlaown se acercó con pasos rápidos, su vestido melocotón ondeando tras ella, y saludó a las tías con una sonrisa brillante.
—Señora Subaru, Señora Morinoko, Señora Ginga, ¡qué bueno verlas! —dijo, su voz suave pero entusiasta.
Subaru levantó su copa en un saludo seco.
—Ruby, pequeña —respondió, su tono grave pero cálido—. Tu novia aquí presente estuvo increíble.
Morinoko asintió, ajustando sus lentes negros con una sonrisa maternal.
—Nos tiene muy orgullosas, Ruby —dijo, su voz suave—. Nina fue una estrella.
Ginga, con la boca llena, levantó un pulgar.
—¡Nanchan es la mejor! —farfulló, tragando antes de tomar un sorbo de champán—. ¡Y este lugar es genial!
Ruby rió, girándose hacia Nina, quien se acercó con una sonrisa cansada pero feliz. Antes de que Nina pudiera hablar, Ruby la tomó del rostro y la besó con amor, sus labios rozándose en un gesto que hizo que Ginga soltara un "¡aww!" exagerado.
—Fuiste increíble, cariño —dijo Ruby, sus ojos dorados brillando mientras se apartaba—. Absolutamente increíble.
Nina rió, rascándose la nuca mientras el calor subía a sus mejillas.
—Gracias, mi bailarina —respondió, su voz grave bajando con una confesión—. Estaba asustada al principio, como en China, ¿recuerdas? Pero ahora estoy más calmada. Sobreviví.
Ruby sonrió, tomando su mano y entrelazando sus dedos.
—Siempre lo haces —dijo, guiándola hacia el resto de sus amigas—. Vamos, veamos qué están haciendo las demás.
El Salón Dorato estaba lleno de pequeños grupos, pero las amigas de Nina destacaban en sus propios rincones. Haruka y Sayaka estaban apartadas cerca de una ventana, conversando en voz baja. Haruka, aún en su traje negro, tenía una mano en el brazo de Sayaka, su expresión suave mientras Sayaka, en su vestido azul oscuro, sonreía tímidamente. Parecía algo más íntimo que una simple charla post-evento, sus cabezas inclinadas cerca como si compartieran un secreto.
Sakura Takahashi estaba en otro rincón, su vestido verde esmeralda brillando mientras charlaba con un chelista alto y desgarbado, uno de los músicos secundarios de la orquesta. El chico, claramente nervioso, jugueteaba con su corbata mientras le pedía su número, y Sakura reía, inclinando la cabeza con una mezcla de diversión y coquetería.
Pero el verdadero caos estaba con Riko Hoshisora. En el centro de la sala, vestida con su traje negro y plateado, estaba atrapada entre Aoi Fujiwara y Miki Yanamoto, ambas en una discusión que subía de tono. Aoi, en su vestido azul oscuro, señalaba a Riko con una mano mientras sostenía una copa en la otra.
—¡Últimamente estás detrás de Hoshisora todo el tiempo! —reclamó Aoi, su voz aguda cortando el murmullo de la sala—. ¡Pensé que nos odiabas a todas!
Miki, en su vestido marfil, cruzó los brazos con una mueca de fastidio.
—La gente cambia, Fujiwara —respondió, su tono cortante pero contenido—. No seas tan dramática.
Aoi frunció el ceño, dando un paso más cerca.
—¡No entiendo por qué quieres ser tan posesiva con Hoshisora, entonces! —replicó, su voz subiendo—. ¿Qué te pasa?
Miki rodó los ojos, su paciencia agotándose.
—No entiendes porque tienes un cerebro de pollo —dijo, su voz fría pero con un filo sarcástico.
Aoi jadeó, su rostro enrojeciendo mientras levantaba un dedo acusador.
—¡¿Qué dijiste?! —espetó, girándose hacia Riko—. ¡Dile algo, Hoshisora!
Riko levantó las manos, atrapada entre las dos como un árbitro desesperado.
—¡Calma, calma, las dos! —dijo, su voz subiendo con nerviosismo—. No es para tanto, ¿sí? Podemos hablarlo—
Nina, observando desde unos metros con Ruby, se inclinó hacia su novia y susurró bajito:
—Realmente Riko la tiene jodida.
Ruby rió, cubriéndose la boca mientras el caos entre Riko, Miki y Aoi continuaba, un contraste hilarante con la elegancia de la velada.
El Salón Dorato del Auditorio Nikko estaba en su apogeo pasadas las 9:30 p.m. del sábado. Las lámparas de araña proyectaban un resplandor cálido sobre las mesas llenas de copas vacías y bandejas con restos de bocadillos, mientras las familias invitadas y los músicos circulaban en un baile de conversaciones y risas. Nanoha Takamachi estaba en una esquina apartada, cerca de una ventana alta que ofrecía una vista parcial de las luces de Sapporo. Su vestido rojo sencillo pero elegante contrastaba con su postura serena, una copa de champán en la mano mientras observaba el ir y venir de las familias. Había asistido a eventos de este calibre en el pasado, pero ahora era diferente. Como regente del clan Takamachi, la cabeza de una familia influyente tras la muerte de su padre, Shiro, su presencia atraía miradas y saludos.
Varias figuras se acercaron a ella durante la velada: un empresario de rostro arrugado le dio un apretón de manos firme, una mujer en un kimono de seda le ofreció condolencias tardías por el velorio al que no pudo asistir, y un joven inversor intentó congraciarse con una sonrisa demasiado amplia. Nanoha los manejaba con maestría, su rostro adornado con una sonrisa hipócrita que había perfeccionado con los años. Sabía cómo tratar con este tipo de personas: interesados, accionistas, socios, todos mezclados en un juego de poder y cortesía. Pero en el fondo, su mente estaba en otro lugar.
Lindy Harlaown se acercó a ella con pasos suaves, su vestido verde esmeralda susurraba contra el suelo de madera. Su cabello azul claro estaba recogido en un moño elegante, y sus ojos verdes brillaban con una calidez maternal que Nanoha siempre había asociado con su madrina. Lindy posó una mano en el brazo de Nanoha, dándole un apretón cariñoso.
—Nanoha, qué alegría verte en eventos públicos de nuevo —dijo, su voz suave pero sincera—. ¿Cómo te sientes?
Nanoha giró hacia ella, su sonrisa hipócrita desvaneciéndose en una más genuina.
—Estoy bien, tía Lindy —respondió, su tono cálido pero con un dejo de cansancio—. Fate insistió en que viniéramos. Ruby nos invitó, aunque en el fondo sé que lo único que quería era presumir a su novia.
Lindy rió, un sonido ligero que resonó como campanas, y Nanoha se unió a ella, sus hombros relajándose por primera vez en la noche.
—Es verdad —dijo Lindy, aún riendo—. Ruby está radiante con Nina a su lado.
Nanoha suspiró, su mirada suavizándose mientras miraba hacia donde estaban Fate, Ruby y Nina, un trío de risas y complicidad cerca de una mesa de bocadillos. Fate, en su traje blanco, inclinaba la cabeza hacia Ruby, quien gesticulaba animadamente mientras Nina reía a su lado.
—Sin Fate no lo hubiera logrado —dijo Nanoha, su voz bajando con una mezcla de gratitud y vulnerabilidad—. Ella es realmente mi luz, tía.
Lindy suspiró, su mano apretando un poco más el brazo de Nanoha antes de soltarlo.
—Siempre puedes contar conmigo, Nanoha —respondió, su tono firme pero afectuoso—. Sigues siendo mi ahijada, no lo olvides.
Nanoha le sonrió sinceramente, levantando su copa en un gesto silencioso de agradecimiento.
—Gracias, tía —dijo, sus ojos brillando bajo las luces.
Ambas brindaron, el tintineo de las copas resonando en el aire antes de que Lindy suspirara de nuevo, su mirada volviéndose más pensativa.
—La emperatriz de China quiere casarse con Chrono —dijo, su voz bajando con una mezcla de diversión y exasperación.
Nanoha siguió la mirada de Lindy hacia donde estaba Chrono Harlaown, en un traje gris oscuro, conversando con Precia y Saori, sus madres. Chrono sonreía con su habitual encanto, pero había una tensión sutil en sus hombros.
—¿Van a aceptar? —preguntó Nanoha, alzando una ceja con curiosidad.
Lindy negó con la cabeza, tomando un sorbo de su champán.
—No —respondió, su tono firme—. Chrono no quiere casarse con la emperatriz porque no la ama. Sospecho que ya tiene a alguien en mente y no nos ha dicho nada.
Nanoha rió, un sonido suave que iluminó su rostro.
—Chrono es apuesto —dijo, su tono subiendo con diversión—. Muchas chicas morirían por estar con él.
Lindy rió con ella, sus ojos brillando con orgullo maternal.
—Eso lo sacó de su padre —respondió, su voz cargada de nostalgia—. Clyde era igual.
Ambas brindaron de nuevo, sus copas chocando con un tintineo claro mientras Lindy miraba a su alrededor. La nueva generación —Ruby, Nina, Haruka, Riko— y la actual —Nanoha, Fate, Chrono— empezaban a tomar sus rumbos de liderazgo en este mundo. En este cruel mundo, pensó Lindy, su sonrisa se desvaneció ligeramente mientras observaba a los músicos y las familias interactuar. Nanoha asintió en silencio, como si compartiera el mismo pensamiento, y juntas se quedaron allí, dos pilares de sus clanes, contemplando el futuro con una mezcla de esperanza y cautela.
El Salón Dorato seguía vibrando con el murmullo de las conversaciones, pero Nanoha Takamachi y Lindy Harlaown permanecían en su rincón, sus copas de champán casi vacías hasta que una figura familiar se acercó con pasos firmes. Subaru Nakajima, en su traje negro que desentonaba entre los vestidos de gala, avanzaba con una expresión seria, su cabello azul oscuro cayendo sobre su frente mientras sostenía una botella de agua en lugar de una copa.
—Nanoha-sama, señora Harlaown —saludó Subaru, inclinando la cabeza con respeto militar—. Buenas noches.
Nanoha giró hacia ella, su sonrisa suavizándose.
—Mayor Nakajima —respondió, su voz cálida pero con un dejo de cautela.
Lindy, a su lado, devolvió el saludo con una inclinación leve.
—Mayor, qué gusto verte —dijo, aunque sus ojos verdes se entrecerraron con curiosidad—. ¿Todo bien?
Subaru respiró hondo, su postura rígida mientras miraba a Nanoha.
—Nanoha-sama, ¿puedo hablar con usted a solas? —pidió, su tono grave y directo.
Lindy frunció el ceño, extrañada, y giró hacia Nanoha.
—¿Por qué? —preguntó, su voz subiendo con una mezcla de preocupación y sospecha.
Nanoha posó una mano en el brazo de Lindy, sonriéndole con una calma que no delataba la tormenta que se avecinaba.
—Está bien, tía —dijo, su tono firme pero tranquilizador—. Confía en mí.
Lindy suspiró, sus hombros relajándose a regañadientes mientras miraba a Nanoha a los ojos.
—Está bien —respondió, su voz bajando con resignación—. Pero ten cuidado.
Con un último vistazo a Subaru, Lindy giró y caminó hacia donde estaban sus esposas, charlando con Chrono cerca de una mesa de bocadillos. Nanoha señaló el balcón con la barbilla, y Subaru la siguió en silencio, sus pasos resonando en el suelo de madera mientras salían al exterior.
El balcón ofrecía una vista de Sapporo bajo un cielo estrellado, las luces de la ciudad parpadeando como un reflejo del caos interno de ambas mujeres. El aire fresco cortó el calor de la sala, y Nanoha se apoyó contra la baranda, mirando el horizonte mientras Subaru se detenía a su lado, cruzando los brazos.
—Nanoha-sama —comenzó Subaru, su voz baja pero cargada de reproche—. Necesito hablar sobre lo que pasó en el almacén. El día que asesinó a Xinji Zhao.
Nanoha no giró, sus ojos fijos en las luces distantes mientras el viento movía su cabello castaño.
—¿Por qué lo hice? —preguntó, anticipándose a la siguiente pregunta de Subaru con un tono neutro.
Subaru frunció el ceño, dando un paso más cerca.
— Sí, Nanoha-sama —respondió—. ¿Por qué?
Nanoha respiró hondo, su aliento formando una nube blanca en el aire frío.
—Ese hombre asesinó a mi padre —dijo, su voz cortante pero sin perder la calma—. Shiro Takamachi no se suicidó. Fue Xinji.
Subaru parpadeó, procesando la revelación mientras su mente corría.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó, su tono subiendo con urgencia—. ¿Qué evidencia tiene?
Nanoha giró por fin hacia ella, sus ojos marrones brillando con una mezcla de dolor y determinación.
—El cerebro que organizó el atentado sigue vivo —respondió, su voz bajando a un susurro—. Lo tenemos capturado. Él confesó cómo se organizó todo.
Subaru dio un paso atrás, sus manos apretándose en puños mientras el peso de las palabras caía sobre ella.
—No puede tener prisioneros, Nanoha-sama —dijo, su voz temblando con incredulidad—. Eso va contra la ley. Es un delito grave.
Nanoha soltó una risa amarga, un sonido que cortó el aire como un cuchillo antes de volver a mirar a Subaru.
—Fue mi tía —dijo, su tono frío pero cargado de emoción contenida—. La hermanastra de mi padre. Ella lo planeó todo.
Subaru abrió la boca, aún procesando la información, antes de responder.
—Nanoha-sama, por más cercana que sea la relación, debe entregarla a las autoridades —dijo, su voz firme pero vacilante—. La policía necesita concluir la investigación. El archivo de Shiro Takamachi está cerrado como suicidio, pero esto va más allá. Podríamos reabrirlo.
Nanoha negó con la cabeza, su risa amarga desvaneciéndose en un suspiro profundo.
—Mi tía está embarazada —reveló, su voz temblando por primera vez—. El hijo que lleva es mi hermano. El último legado de mi padre.
Subaru se quedó inmóvil, sus ojos verdes abriéndose de par en par mientras procesaba la bomba. El silencio entre ellas se llenó con el sonido lejano de la ciudad y las risas apagadas del salón. Nanoha giró de nuevo hacia el horizonte, su expresión endureciéndose.
—¿Aún confías en el sistema, Mayor? —preguntó, su voz baja pero penetrante.
Subaru parpadeó, desconcertada.
—¿Perdone? —respondió, su tono subiendo con confusión.
Nanoha giró hacia ella, sus ojos clavándose en los de Subaru con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
—La policía no iniciará una investigación —dijo, su voz cortante como acero—. Querrán dejarlo todo como está. Por más buena que seas, estás en un sistema podrido.
Las palabras resonaron en la mente de Subaru, y un eco del pasado volvió a ella como un relámpago. "Capitana Nakajima, ¿aún confías en el sistema?" La voz de Signum, años atrás, cuando Subaru aún era una idealista en la fuerza policial, reverberó en su cabeza. Intentó responder, abrir la boca para protestar, pero Nanoha levantó una mano, silenciándola.
—Te permitiré verla e interrogarla si quieres —dijo, su tono suavizándose pero firme—. Pero no puedo entregarla. No hasta que mi hermano nazca.
Subaru estaba atónita, su mente girando mientras procesaba todo. Tenía todo para arrestar a Nanoha ahí mismo: un asesinato confesado, un prisionero ilegal, un complot familiar. Pero no lo hizo. Algo en su interior, una voz profunda y persistente, le decía que creyera en lo que esta muchacha le decía. Ella misma estaba rompiendo el reglamento policial al no actuar, escondiendo un crimen al no detener a Nanoha en ese momento. Estaba en el mismo barco, lo quisiera o no.
—No sé qué decir, Nanoha-sama —murmuró Subaru, su voz temblando mientras miraba al suelo.
Nanoha sonrió débilmente, una expresión cargada de tristeza y resolución.
—No tienes que decir nada —respondió, girando de nuevo hacia el horizonte—. Solo confía en mí, como yo confío en ti.
Subaru levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Nanoha por un momento antes de asentir lentamente. El balcón quedó en silencio, las dos mujeres unidas por un secreto que pesaba más que la noche misma, mientras las luces de Sapporo brillaban indiferentes abajo.
