Gracias a Li por su ayuda en la realización del capítulo y por la hermosa imagen.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama es completamente mi invención.

Capítulo 55

Bella

Edward me había dado un beso de buena suerte antes de dejarme ingresar al edificio.

Respiré hondo y entré a la pequeña oficina. El aire acondicionado me golpeó, haciendo que un leve escalofrío recorriera mi cuerpo. La recepcionista fue amable, indicándome que esperara en una sala con revistas desordenadas. Mi pierna rebotaba con nerviosismo. Quería este trabajo. Necesitaba sentirme útil, más allá de ser mamá o esposa.

Pero entonces, un retortijón desagradable se instaló en mi estómago. Sentí la boca seca y las manos húmedas. Tragué saliva, intentando ignorarlo.

— Señora Cullen, puede pasar.

Me levanté con rapidez, forzando una sonrisa. La mujer que me recibiría se veía cordial, pero apenas logré concentrarme en sus palabras. El malestar creció desde mi estómago y todo se revolvió dentro de mí.

— Disculpe… ¿El baño?

No esperé respuesta. Caminé rápido por el pasillo y cerré la puerta tras de mí. El vacío de mi estómago se hizo evidente mientras me inclinaba sobre el inodoro. Las arcadas me sacudieron sin piedad. Para cuando todo terminó, mi respiración era errática y el sudor perlaba mi frente.

Esto no está bien.

Me dejé caer contra la pared, con la vista clavada en el piso frío. La mente me traicionó, llenándose de pensamientos inquietantes: los mareos, el cansancio, incluso el rechazo a los olores. Todas las señales estaban ahí.

No puede ser.

Pero la idea no se iba. Se instaló, latiendo como un tambor en mi pecho.

— Vamos, Bella —susurré, limpiándome el rostro con las manos temblorosas—. Respira.

Sabía que debía regresar a la entrevista. Pretender que nada pasaba. Pero mientras me miraba en el espejo, la realidad me golpeaba sin piedad.

Algo anda mal.

.

Edward

Suspiré.

La suave brisa cálida nos cobijaba a plena hora de la mañana. Lo que era normal para el ardiente verano que estaba por terminar.

Tomé la mano de Emmy y caminamos por la acera hacia el pequeño parque que se observaba desde el camino.

Mi niña saltaba emocionada en un pie y otro mientras nos aproximábamos a los columpios.

― ¿Quieres subir a los columpios?

Ella negó con la cabeza y decidió intentar subir de panza para dar vueltas. Había notado que mi niña era demasiado intrépida para su edad, no era nada delicada sino bastante arriesgada para sus cortos dos años.

Ayurame ―pidió, exigiendo más vueltas.

Empecé a darle vueltas al columpio y al soltarlo: mi hija se carcajeaba dando vueltas con suma rapidez.

Algo dentro de mí me decía que no la dejara. Emmy podía caerse y lastimarse, pero al escuchar su escandalosa risa feliz, me contagiaba de alegría.

Detuve el columpio de inmediato al ver su carita desencajar en arcadas.

La ayudé a bajar y la sostuve conmigo.

― Emmy, ¿estás bien?

No pasaron ni dos segundos cuando ella empezó a vomitar violentamente. Asustado, pasé una mano por su cabeza, tratando de que no se ensuciara su cabello.

― Eso no fue buena idea ―dije―. No debí dejarte que dieras vueltas en ese columpio.

Caminé hacia el bebedero con ella en mis brazos y empecé a humedecer su cara y boca. Una vez tranquilizada, Emmy me miró con sus grandes ojos y me sonrió como si no hubiera pasado nada.

Momite como mami.

Estreché los ojos.

― ¿Mami vomita?

― Sí, en el baño.

La ayudé a enjuagar su boquita un par de veces más mientras mis pensamientos ya estaban en la información que me había dado de su madre. Y es que si me ponía a analizar, Bella llevaba semanas con síntomas extraños que ella atribuía al estrés.

Y por supuesto que yo también pensaba lo mismo.

Recordaba cómo se ponía en la época de exámenes y cómo terminaba vomitando. Y aunque dejé de verla por casi tres años, en el juicio volvió esa misma manifestación de cuadro de estrés y con los mismos resultados.

Emmy se removió pidiendo que la pusiera con los pies en el pasto.

― Ven… ―tiró de mi mano como si tuviera la fuerza de un camión de dieciocho ruedas, me dejé guiar hasta donde ella quería. Las resbaladillas eran lo suficientemente altas para ella―. Mira ―las señaló― ahí.

― De ninguna manera ―protesté―, no te dejaré subir.

― ¡Síí! ―sus ojos me miraron suplicantes y el puchero de sus labios empezó a temblar―. Po' favor.

Exhalé sonoramente y fue lo que Emmy interpretó como un simple sí. Salió corriendo, empezando a trepar la escalera de metal.

― Emmy, cuidado, sujétate bien ―rogué.

Sin embargo, mi hija no sabía medir el miedo con los brazos en alto se deslizó por la resbaladilla, corrí hacia el final y la sujeté antes de que cayera.

― ¡Yay! ―gritó.

Solté mi miedo en un resoplido y le sonreí cuando chocó su palma con la mía. Emmy era demasiado valiente y yo no tenía derecho a infundir miedo en ella, sino que por el contrario, debía incentivar su valentía.

― ¿Otra vez? ―le pregunté.

― ¡Siii! ―chilló.

Así pasamos parte de la mañana en la espera de Bella. Emmy corría, gritaba alegremente y trepaba a cada juego siendo capaz de impulsarse por sí sola mientras yo celebraba con ella.

― Es tiempo de irnos ―dije, mirando el reloj de pulso.

Emmy no respondió, tan solo se mantuvo con sus ojos muy abiertos sin dejar de verme.

― Cariño, debemos ir por mami ―insistí, dándole mi mano.

Seguí su mirada cuando inclinó la cabeza, mirándose los tenis. Y lo vi, su pequeño pantaloncito estaba mojado, veía la humedad por encima de la tela color rosa, era una gran mancha que se iba extendiendo porque Emmy seguía haciéndose pipi.

― ¡Emmy! ―Exclamé. Realmente no sabía si llamarle la atención, abrazarla o, intentar llevarla al baño público.

Su labio inferior tembló y gruesas lágrimas se deslizaron por sus pómulos. Se llenó de miedo, podía apreciar el terror en sus ojos.

Soltó el llanto, señalando sus tenis.

La cargué en brazos. ¿Qué más podía hacer? Pase mi mano por su espalda, tratando de consolarla.

Emmy descansó su cabeza en mi hombro y empezó a llorar. Trate de sé razonable, recordando que mi madre decía que yo cuando era niño siempre fui capaz de hacerme en los pantalones antes de dejar de jugar.

― ¿Por qué, Emmy? ―susurré―. Debiste decirme que necesitabas ir al baño.

― No. Yo quelia juga' ―sollozó.

Suspiré hondo como si de esa forma pudiera llenarme de paciencia. Esme no estaba equivocada cuando siempre dijo que era voluntarioso.

Le di un beso en la cabeza de Emmy.

― Pero debiste avisarme, yo te llevaría al baño y volverías para seguir jugando.

Emmy no dijo más, siguió aferrada a mi cuello mientras me quedaba de pie en medio del parque.

Sabía que Bella ya debía haber terminado su entrevista y no quería hacerla esperar. Caminamos por la acera, con Emmy saltando a mi lado, hasta que a lo lejos la vi.

Bella estaba de pie frente al edificio, su cabello suelto ondeando levemente con la brisa. Su rostro se iluminó al vernos, pero algo en su expresión me hizo fruncir el ceño. Había felicidad, sí, pero también una tensión que no lograba ocultar.

— ¡Mami!— Emmy corrió hacia ella, extendiendo los brazos―. Mira… ―señaló su pantaloncillo.

Bella se acuclilló, besándole la coronilla mientras yo me acercaba.

— ¡Hola, mi amor! ¿Te divertiste con papá? ―Bella bajó la mirada lentamente hacia donde nuestra hija tenía la mano en la entrepierna.

— Pipi —Emmy asintió enérgicamente―. Estoy mojara.

Bella levantó su mirada hacia mí pidiendo respuestas.

― Le ganó ―encogí mis hombros.

Bella sacudió la cabeza y se incorporó tomando a Emmy de la mano. Había sido tan descuidado que la mochila de mi niña con sus pertenencias estaba en el auto, justo en el asiento trasero.

— ¿Y tú? ¿Cómo te fue?— pregunté, tomando la mano de Bella con suavidad.

Ella sonrió, sin embargo esa sombra en sus ojos seguía allí.

— Tengo trabajo —anunció y aunque su voz intentaba sonar alegre, conocía demasiado bien a mi esposa para no notar la inquietud que la envolvía.

— Eso es increíble —me incliné para besar sus labios—. Sabía que lo lograrías.

— Gracias —sus dedos se entrelazaron con los míos, aunque pronto su mirada esquivó la mía.

No dije nada. Solo esperé.

Finalmente, con un suspiro casi inaudible, Bella acarició la mejilla de Emmy y luego me miró fijamente.

— Necesito hablar contigo.

Asentí. No necesitaba más palabras para entender que algo la atormentaba. La rodeé con un brazo, acercándola a mí.

— Lo que sea, amor. Estoy aquí.


Hola. Me dio una especie de desesperación este capítulo porque nadie cambiaba a Emmy con ropa limpia, soy un poco impaciente cuando los niños están en esas condiciones. Dirán: pues tú lo escribiste, y sí, pero antes debía enfocarme en su conversación. Ambos están llegando a una conclusión respecto a los malestares de Bella, ¿les gustaría otro capítulo?

Me han preguntado cómo se conocieron y me gustaría que este sea un outtake que concluirá la historia, algo así como un bonito cierre.

Gracias totales por leer