Se elevó, dejando a su hermana y al híbrido, para ir al encuentro del yokai y comenzar su entrenamiento. Sus ojos se mantenían fijos en el camino, sin embargo, su mente se encontraba bastante perturbada, con aquella mezcla de pensamientos buenos y no tan buenos.
Kikyo se veían tan hermosa y feliz, supongo que así se sentirá casarse con la persona que amas.
Sonrió, recordando el rostro de su hermana mayor, pero rápidamente aquello fue reemplazado por las palabras que sus padres le habían pronunciado, días antes.
Es muy injusto, ni el señor Sesshomaru, ni yo, tenemos el deseo de casarnos, ¿Quién podría creer que sólo eso podría terminar con el odio de Tsuki y Tenseiga?
- ¿Mmh? - miró hacia abajo. - ¿Lobos?
No logró decir algo más, ya que sintió como aquel agarre la tomaba con fuerza, lanzándola al suelo con brusquedad. Su pecho se estrelló contra la tierra, mientras el polvo la cubría por completo. Instintivamente, se puso de pie, tomando y desenvainando su espada, mientras miraba a su alrededor.
- Sabía que eran unos idiotas, pero jamás pensé que confundirían a la heredera de Sakura, con su hermana pequeña.
- ¡¿Quién habla?! - gritó, tratando de sonar desafiante.
- Tranquila, niña. - el polvo se disipó, dejando ver la figura del jefe de los lobos.
- Lo lamentamos, Koga. - pronunció Hakkaku. - Estaba volando muy rápido.
- Descuiden, creo que puede servirnos de todos modos. - sonrió. - Al menos, será una buena carnada para atraer a la que llaman, Kagome. - sin responder, agitó su arma, lanzando aquel rayo que el jefe logró esquivar. - Vaya... esa no me la esperaba. Parece que no eres tan insignificante después de todo.
- Nunca subestimes a una Shizen.
- ¿Crees que el apellido de tu clan bastará para amedrentarme? - empuñó sus garras. - De nada sirve que tengas un buen apellido, ¡si no sabes utilizarlo!
No dudes, por favor, no dudes ahora.
Frunció el entrecejo, mientras apretaba el agarre sobre la empuñadura de su arma. Segundos después, el sonido del choque de la hoja de su espada, con las garras del yokai, retumbo en el medio del bosque. Sus ojos castaños se encontraron con los azules del lobo, quien no perdía su altanera sonrisa.
- Eres muy bonita, no puedo negar eso.
- No eres mi tipo. - gruñó, empujando la espada, sacándose de encima al lobo.
- Y fuerte. No creí tener una batalla hoy, pero ya que no querrás hacer las cosas por las buenas...
Rin volteó, al mismo tiempo en que Ginta y Hakkaku la tomaban de ambos brazos.
- ¡Suéltenme! - comenzó a removerse, tomando un impulso para revolear su arma, logrando zafarse de ellos, mientras estos esquivaban el filo de su espada.
- ¡Nunca bajes la guardia!
Sintió las garras del líder, clavándose y desgarrando parte de la piel de su espalda, lo cual provocó que cayera de rodillas, con sus manos en el suelo, tratando de respirar.
- Eh... Koga, ¿no dijiste que no ibas a matarla?
- ¿Y desde cuando les importa la seguridad de un demonio a ustedes dos? - se acercó a la joven, tomándola por el cabello, elevándola y obligándolo a mirarlo. - Tranquila, bonita, no voy a matarte, sólo los estoy asustando.
¿Qué?
La lanzó a un costado, al mismo tiempo en que saltaba en la dirección contraria y aquel rayo pasaba rozando una de sus piernas. Miró en la dirección de la que provenía, encontrándose con el yokai, quien estaba acompañado por Jaken.
¿Señor Sesshomaru?
Pensó ella, abriendo ampliamente sus ojos al verlo.
- ¿Sesshomaru Taisho? Ja, al parecer, la tarde está repleta de sorpresas.
- ¿Siempre atacas a tus enemigos por la espalda? Que cobarde.
- ¿Acaso viniste a defender a esta mujer? - se burló. - ¿Desde cuando eres tan sentimental?
- Ay, Koga, no lo provoques, él te matará sin piedad.
- ¿Matarme? - volvió a empuñar sus garras. - Sólo está aquí para defender a su noviecita, pero tranquilo, con gusto pelearé contigo.
Este lobo es demasiado audaz, no tiene idea de que el amo Sesshomaru realmente está furioso.
Pensó Jaken, acercándose a Rin, quién observaba todo con aquella expresión de incredulidad.
La mujer indicada
La ceremonia finalizó y, poco a poco, los invitados comenzaron a regresar a sus casas, incluyendo a Sango.
- La felicito, señorita Kikyo. - sonrió la exterminadora. - Fue una hermosa ceremonia.
- Yo les agradezco a ustedes por estar presente. - la tomó por las manos. - Muchas gracias por acompañarme.
- No tiene nada que agradecer. - asintió.
- Buenas noches, bellas damas. - intervino Miroku. - Sango, lamento interrumpir, pero vengo a despedirme de la señora Kikyo.
- Descuide, yo también me estaba despidiendo.
- Muchas gracias por acompañarnos hoy, joven Miroku. - hizo una pequeña reverencia
- No debe agradecerlo, señora, fue todo un honor para mi. - asintió, devolviéndole el gesto.
- Hermana. - intervino Kaede. - Lo siento, chicos, pero hay unas personas que quieren saludar a los novios, antes de retirarse.
- Descuide, señorita Kaede, Sango y yo también nos estábamos retirando.
- Que tengan buenas noches. - la novia les dedicó una última sonrisa, alejándose con su hermana.
- Se ve hermosa, ¿no cree?
- Efectivamente. - sonrió él, mirándola de reojo. - Dime, Sango, ¿quieres que te acompañe hasta tu casa?
- ¿Qué? - lo miró, sorprendida y sonrojada. - No tiene que molestarse.
- Por favor, jamás sería una molestia el acompañar a una mujer bonita como tú.
¿Mujer bonita?
- Seguro que le dice eso a todas. - volteó, comenzando a caminar.
- No puedo mentirte, quizás en algún momento lo hice...
- Era evidente. - frunció el entrecejo.
- Oye, déjame terminar. - sonrió. - Hace mucho que abandoné aquello, y me dediqué a buscar a la mujer indicada.
- Oh, veo, ¿y cómo va su búsqueda?
- Mejor de lo que hubiese pensado.
Ella sonrió, comprendiendo a lo que se refería, sin embargo, no dijo nada. Los siguientes metros, los recorrieron en silencio, hasta que ella rompió con ello.
- Voy a extrañar este lugar cuando no esté.
- ¿Qué? - se detuvo, completamente sorprendido al escucharla. - ¿Te vas?
- Tranquilo, no se asuste. - rio. - Sólo iré a buscar a mi hermano, Kohaku, necesitamos más protección en la aldea.
- Oh. - suspiró para sus adentros. - Comprendo, ¿lo dice por lo ocurrido con la señorita Kagome, semanas atrás?
- Si. - susurró. - Kirinmaru y Zero son demasiado peligrosos. - su semblante se ensombreció. - Si algún día decidieran atacar la aldea, me temo que yo no sería suficiente para protegerla.
- No tengo dudas de que eres una gran exterminadora, Sango, pero si te sientes más segura con tu hermano aquí, te comprendo.
- Gracias.
- Y, dime... ¿vas a regresar sola?
- Si, siempre me he movido sola.
- ¿No quisieras compañía?
- No lo estoy comprendiendo.
- Entiendo que estas acostumbrada a hacer estas cosas sola, pero... yo podría acompañarte a la aldea.
- ¿De verdad? - realizó aquella pregunta con un entusiasmo mayor al que hubiese querido. - Pero, eso implicaría dejar el templo, ¿usted cree...?
- Tranquila, Naraku puede encargarse en mi ausencia. Además, sólo serán un par de días, ¿no es así?
- Si. - asintió, sonriendo. - Gracias, joven Miroku.
Le devolvió la sonrisa, al mismo tiempo en que llegaban a la casa de la joven y allí se despedían, con aquel brillo en sus ojos, brillo que ninguno supo disimular.
