08/11/2024
¡Mil gracias por sus comentarios en el capítulo anterior! =D
Guest, Annie Perez, joiscar, Karii Taisho, bau-bau-chica, Kayla Lynnet, Cindy osorio, Rosa Taisho,Valentinehigurashi, akari-mamoru2904, Gyggicats y MegoKa.
Les mando un fuerte abrazo =D
¡Holi! =D
Perdonen por no haberles publicado como prometí, pero fueron días presionados D= tuve muchos inconvenientes, je, je. No me maten, ¿recuerdan que queremos matar a Kagome? Ji, ji.
Volviendo al tema del fic, este capítulo… Bueno, creo que el título lo dirán unas cuantas veces mientras leen. "¿Qué?, ¿Qué?, ¡¿QUÉ?!" XD me escriben cuantas veces lo dijeron Cx porque hasta yo lo decía mientras escribía. Los sorprenderá.
¡Los dejo leyendo! =D
CONVIVIENDO CON MI EX.
Capítulo 22: ¿Qué?
La tarde caía lentamente, y el aroma del café recién molido inundaba el aire, creando una sensación de calma a su alrededor. La música en vivo era suave, y hacía que el ambiente se llenara de una tranquilidad palpable. Pero dentro de él, en su corazón, todo era un caos. Cada día, despertar era difícil. La realidad lo golpeaba en lo más recóndito de su cabeza, esa realidad de que Kagome lo había dejado y que no había nada que hacer. Constantemente pensaba en ella, en la semana que habían compartido, y en cómo, a pesar de los momentos de felicidad y de la promesa que le hizo, ella había decidido dejarlo. El dolor se mezclaba con el abandono y la soledad, haciendo que le costara levantarse de la cama cada día. La verdad era que ella había sido cruel, le había dado esperanza solo para deshacerse de él al final. Lo había destruido… Esa era la verdad.
A veces detestaba su mente, era incapaz de apartar la imagen de Kagome, preparándose para casarse con alguien más, alguien que no era él. Tal vez ya estaría casada. Tal vez asistía a sus consultas acompañada de él, las consultas para llevar el control de su embarazo…
Eso lo hizo fruncir el ceño y tomar un sorbo de su café. Detestaba seguir pensando en ella, pero era algo que no podía evitar. Siempre aparecía en sus sueños, tal como habían vivido aquella maravillosa semana. Y cuando tenía pesadillas, todas eran sobre aquel último día en el que le rompió el corazón…
Estaba comenzando a rendirse. Pensó que París podría ser su último recurso, el paso definitivo para alejarse de todo lo que lo atormentaba. Pero no estaba funcionando; tal vez debía volver a Chicago y arriesgarse a verla con su familia. ¿Qué más daba? No podía olvidarla, estaba seguro. Podría regresar a la empresa y renunciar personalmente, en vez de lo que tenía planeado: mandar su simple carta de renuncia. Como si fuera cualquier cosa.
–«Esta historia terminó, no existe… Lo que un día construimos, se ha esfumado».
Aquella canción inundó la sala, y él no podía evitar sentirse identificado con ella. La mujer cantaba con tanto sentimiento, y el fondo musical hacía que todo resaltara. ¿Quién sería? Alzó la vista hacia el escenario, y se sorprendió con lo que vio. ¿No era Midoriko Fujibayashi?
–«Lo que construimos se acabó, lo que construimos se acabó».
Midoriko tenía una guitarra en las manos y estaba acompañada por un par de músicos en el fondo. Su melodiosa voz llenaba el lugar, como una suave brisa que acariciaba cada rincón de la estancia.
No había sabido de ella desde hace mucho tiempo, desde que se mudó cuando él tenía solo diez años y ella trece. Sus padres eran amigos de los suyos, y por consiguiente, ellos también se volvieron inseparables. Eran los mejores amigos, pero después de que se mudaron, sólo la vio en un par de ocasiones. Los Fujibayashi solían visitarlos cada verano, y en unas pocas ocasiones ella venía. Pero ya no era lo mismo; los intereses de ella cambiaron: pasó de jugar en el lodo a preocuparse por lucir bonita. Y él creció y cambió también, comenzó a interesarse por el sexo femenino. En aquel entonces pensó que Midoriko era una chica demasiado grande para él, pero él era tan solo un adolescente inmaduro. Ahora que la veía, parecía más joven de lo que era… ¡y era mayor que él por tres años!
Se acercó a la orilla del escenario, y, mientras Midoriko cantaba la parte final, lo divisó y sus ojos brillaron. Ella sonrió y le guiñó un ojo, él sonrió también. Los años la habían convertido en una mujer hermosa. Ahora que la veía, tenía un cuerpo perfecto, una larga cabellera negra y un rostro angelical… Si Kagome no estuviera en su corazón, aquella silueta bella lo habría atraído de inmediato. Pero la única mujer que despertaba sus deseos pasionales era Kagome Higurashi.
Midoriko agradeció al público sus aplausos en perfecto francés fluido y bajó con suma elegancia los escalones. Justo cuando estuvo frente a él, sintió cómo los nervios se apoderaban de ella. Inuyasha Taisho se veía mejor en persona. Había leído sobre él y lo había visto en las últimas noticias de París. Acababa de cerrar un trato con una empresa nacional, y ahora expandirían Taisho Corp. a Francia. Era un paso importante para la empresa. Pensó que solo habría venido por asuntos de negocios, pero le sorprendió verlo en aquella cafetería, el lugar donde ejercía su hobbie favorito: el canto.
¿Acaso la habría buscado? Aquella posibilidad hizo que algo se removiera en su corazón. En el pasado lo había visto como un hermano pequeño, un chico con quien podría mantener una amistad duradera. Pero ahora que lo tenía frente a ella, al notar lo fornido y atractivo que era, sintió algo en su interior… Una atracción instantánea hacia él. Ella era una mujer que disfrutaba su vida íntima al máximo, y cada vez que un hombre le gustaba, lo conseguía. Pero este hombre era su amigo de la infancia… ¿Cómo era posible sentir atracción repentina por él, si la última vez que lo vio era un adolescente?
Aquella revelación la impulsó a abrazarlo con euforia para ocultar su rostro, o podría delatarse. No podía sentir eso. Él era el chico con el que había jugado de niña… No ayudaba en nada que su aroma masculino llenara sus sentidos. En ese momento, se dio cuenta de que existía el aroma a «hombre elegante»… ¡Agh! Debía dejar de pensar en Inuyasha de esa manera. Él no era como todos esos hombres con los que solía estar.
–¡Cuánto tiempo, peque-yasha! –intentó disipar sus emociones con un tono alegre y amistoso.
Inuyasha, ajeno a sus pensamientos, soltó una carcajada mientras le correspondía el abrazo. "Peque-yasha", así le decía antes, pues era más bajo que ella cuando solían jugar juntos. Aquel apodo lo había molestado antes, pero ahora comprendía que era una forma cariñosa de referirse a él.
–Lo mismo digo, Midoriko –se separó de ella y le sonrió con cariño–. ¿Te gustaría acompañarme a terminar mi café? –ofreció con amabilidad.
–Claro –respondió alegre, colocándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
Inuyasha observaba a Midoriko mientras tomaba un sorbo de su café.
–¿Y qué haces en este lugar? –preguntó para romper el hielo. Seguía sin creer que aquella mujer madura era la chica que solía conocer. Midoriko dejó su taza en la mesa y lo miró.
–Es un pasatiempo. Me gusta cantar cuando puedo, pero mi verdadera carrera está lejos de este entorno –dijo, guiñandole un ojo.
–¿En serio? –arqueó una ceja, claramente intrigado–. Entonces, ¿cuál es tu profesión?
Pensaba que tal vez tenía la misma carrera que los Fujibayashi. Quizás era modelo. Su apariencia bien cuidada daba a entender que lo era. Midoriko se acomodó en su silla, cruzando las piernas y mirándolo con una chispa de orgullo en los ojos.
–Soy psicóloga –respondió con calma, lo cual hizo que él alzara las cejas, incrédulo. No había esperado esa respuesta–. ¿Qué pasa, peque-yasha? ¿Te sorprendí?
–Pensé que…
–¿Qué sería modelo? –notó una sombra pasar por sus ojos–. Todo el mundo piensa eso.
En ese momento, Inuyasha se sintió un idiota. Algo en ese tema incomodaba a Midoriko.
–Perdón, no quise…
–Descuida –añadió ella, negando con la cabeza y suspirando–. Quise seguir mi propio camino y no el de mis padres. Aunque al principio no estaban muy convencidos… –rió suavemente, restándole tensión al ambiente–. Ya sabes cómo pueden ser las familias. Pero al final, aceptaron mi elección.
Inuyasha le dedicó una sonrisa melancólica. Midoriko había sido afortunada, sus padres la habían apoyado. En ese momento, pensó en su propio padre, quien jamás aceptó que él quisiera estudiar gastronomía… Kagome había sido la única que lo apoyó en su momento. Sin querer, su expresión se tornó fría y distante. Kagome había vuelto a su cabeza.
–Eso es… Genial –respondió apenas.
Midoriko frunció ligeramente el ceño, notó el cambio en su expresión. Observó cómo su rostro reflejaba una frialdad, y cómo algo parecía quebrarlo y torturarlo desde dentro. Se dio cuenta de que, aunque estaba sentado frente a ella, había algo que lo mantenía lejos, en otro mundo donde ella no estaba… ¿Qué había pasado? Su voz se tornó triste de un momento a otro.
–¿Por qué tienes esa cara? –le preguntó suavemente, inclinándose hacia adelante–. Pareces… triste y desolado.
Inuyasha bajó la mirada a su café. No quería recordar lo sucedido hace quince días. Sacudió la cabeza con una sonrisa forzada.
–Es una larga historia –dijo en tono evasivo.
Midoriko esbozó una sonrisa reconfortante y, para su sorpresa, tomó su mano sobre la mesa, acariciándola con la yema de sus dedos. Aquella caricia lo tomó desprevenido, y dirigió su mirada hacia ella.
–Tengo todo el tiempo del mundo, peque-yasha –dijo, usando aquel apodo con cariño.
Por un instante, su mirada quedó atrapada en la de Midoriko, y pensó en decirle todo lo que había vivido en los últimos días. ¿Sería prudente? Era una antigua amiga, y ahora era psicóloga… Tal vez podría darle un consejo. ¿Por qué no contarle?
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Los días junto a Moroha pasaron en un pestañeo. Cuando Kagome se dio cuenta, ya había pasado un mes desde que renunció. Evidentemente, tuvo que explicarles a sus padres la razón de su renuncia, ya que, después de todo, había ido a un importante «viaje de negocios». Aunque los recuerdos la atormentaron, se mantuvo fuerte y les explicó que le habían ofrecido un puesto como asistente personal, pero tuvo que rechazarlo porque implicaba estar lejos de la ciudad por largos periodos y podría pasar meses sin ver a Moroha.
Sus padres no insistieron, aceptaron su decisión y la apoyaron, estaban dispuestos a acompañarla en cualquier camino que decidiera tomar. Fue entonces cuando se ofreció a ayudarlos en la florería que tenían, y ellos aceptaron, incluso se animaron a abrir una sucursal en otro lugar. Para Kagome, esa acción significaba estar más cerca de Moroha, y sus días con ella le sanaban el corazón poco a poco. Al ver la sonrisa de su hija y sentir la tranquilidad de tenerla en casa, intentaba convencerse de que había tomado la mejor decisión. Sin embargo, los fantasmas del pasado la atormentaban en cada rincón.
–Mamá, ¿podemos ir por un helado? –pidió su hija al bajar del autobús–. Y de paso, le llevamos uno al abuelo Totosai.
–Claro, mi amor –dijo Kagome, después de acomodar el moño rojo de Moroha. Tomó la pequeña mano de su hija, y caminaron juntas por la acera.
Como le había prometido, cada fin de semana llevaba a Moroha a la ciudad, donde Totosai las esperaba. A veces iban a un parque, otras a un McDonald's, o al cine. Incluso en otras ocasiones se encontraban en una zona de juegos exclusiva para niños. Mientras la familia Taisho pensaba que Totosai tenía consultas médicas los fines de semana, él los aprovechaba para estar con Kagome y Moroha, pasando horas despreocupado y hablando de cualquier tema.
Los padres de ella no sabían de estos encuentros; pensaban que ella tomaba el fin de semana para estar con su hija y descansar. La relación de Totosai con Moroha se fortalecía cada vez más. La niña lo adoraba, le hacía mil preguntas sobre su trabajo y le contaba emocionada las aventuras de su semana.
Ahora estaban en un parque, y su pequeña corría por la zona de juegos. Ambos la observaban mientras ella bajaba del carrusel y se acercaba a los columpios. El sol hizo que los ojos de Moroha brillaran… Por un instante, le pareció ver el rostro de Inuyasha. Kagome sacudió la cabeza para apartar esa visión, aquellos espejismos eran constantes desde que lo dejó. Muchas veces se preguntaba qué habría sido de sus vidas si Inuyasha hubiera estado presente en la vida de Moroha y en la de ella.
–Y… ¿Cómo van las cosas en Taisho Corp.? –preguntó tímidamente, tratando de evitar lo que realmente quería saber: «¿Cómo estaba él?». Jamás se atrevía a preguntar directamente por Inuyasha, Totosai entendía que ese tema le dolía y nunca lo mencionaba.
Totosai la miró, consciente de lo que Kagome realmente quería saber, aunque ella jamás lo admitiera.
–Ya me lo has preguntado dos veces hoy. Dime, ¿quieres saber de él? Puedes preguntarme lo que desees –le dijo, con un gesto amable.
Kagome se ruborizó y sonrió, sintiéndose algo tonta.
–Lo siento, pensaba en algo más... –dijo, evadiendo el tema.
–Pues ese «algo más», no ha estado en el país desde hace un mes…
Totosai analizó su rostro, Kagome movió el entrecejo, claramente consternada. ¿Acaso no lo sabía? ¿Tampoco sabía sobre las últimas noticias de Taisho Corp?
–¿Ah, si? –trató de sonar casual, pero se sentía preocupada por su paradero–. ¿Y se puede saber por qué?
–Se fué por un viaje de negocios, para expandir la empresa a otro país. Pero después de ser un éxito, renunció al cargo de Taisho Corp. –suspiró–. Él... Se rindió. Y Hakudoshi ahora es jefe de Taisho Corp.
Kagome apretó las manos en ese momento, Sango y Ayame no habían dicho nada por obvias razones. Para no mencionar el tema de Inuyasha. Había evitado leer los periódicos y ver las noticias, porque quería evitar sentir ese dolor de tan sólo verlo, pero… Esto la había sorprendido. Había renunciado, ¡renunciado! ¿Por qué había permitido que Hakudoshi subiera al cargo? Aquello la llenó de inquietud.
–¿Y usted no ha hablado con él? ¿Por qué renunció?
–Sí, pero solo dijo que… Ya no quería seguir al mando.
Totosai recordaba su sorpresa cuando Inuyasha mandó su renuncia. Su nieto siempre había sido fuerte y perseverante, dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que Hakudoshi tomara el control. Pero esto… Esto no era propio de él. Había enviado una simple carta de renuncia, como si se tratara de una carta cualquiera. Cuando Totosai le llamó preguntando por qué lo había hecho, Inuyasha solo dijo que era su decisión. casual. Lo había notado muy calmado, como si no le afectara en lo más mínimo. Era como si hubiera perdido toda la voluntad de luchar.
–Entonces, ¿dónde está? –preguntó Kagome, preocupada.
–En Francia. Pero cuando intento preguntarle sobre su regreso, evade el tema. Inuyasha ha estado evitando cualquier tipo de información sobre su regreso. Solo me llama para preguntar por mi salud.
Kagome asintió, sintiendo un dolor punzante en el corazón. ¿Acaso no quería regresar por su culpa? Después de todo, le había roto el corazón de una manera cruel. A pesar de su decisión de apartarse de él, no podía evitar sentir preocupación. ¿Estaría comiendo bien? ¿Se habría enfermado? Después de todo, estaba en otro país. Estaba solo. ¿Estaría pensando en ella? Porque ella sí pensaba en él constantemente, y cada día la invadía la nostalgia.
–Mami, ven, quiero subir a ese tobogán –Moroha se acercó y señaló la estructura. Era un tobogán un poco alto, y su pequeña le temía un poco a las alturas–. Quiero que me ayudes…
Moroha la jaló del brazo. Kagome sonrió y la acompañó, dejándose llevar por la energía de su hija, una energía que le recordaba a Inuyasha. Era una pequeña versión de ambos, pero últimamente la veía más parecida a él. Tenía sus mismos ojos brillantes, su misma sonrisa. Cada vez que la veía, Kagome no podía evitar recordar al hombre que amaba y que también le rompió el corazón.
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Despues que Moroha se despidió de Totosai, entró corriendo al departamento.
–Muchas gracias por hoy, señor Totosai –dijo Kagome, observando los alrededores. Aquel edificio era demasiado lujoso–. Aún no me siento cómoda estando aquí.
Totosai les había prestado uno de sus departamentos después de que ella se mudó con sus padres. Sentía que estaba abusando de la hospitalidad de Totosai, pero él insistió en que lo usaran para evitar los gastos de algún hotel… Y no sólo eso, les tenía preparado la despensa para cualquier cosa que se les antojara comer.
–Es solo una ayuda. Como vienen de vez en cuando, ¿por qué no prestarles uno de mis departamentos?
–Siento que me aprovecho de usted.
–Para nada, querida… –Su móvil sonó en ese momento, y al ver quién era, frunció el ceño antes de guardarlo nuevamente–. Es mi hijo. Debe de preguntar si todo salió bien en mi "consulta médica" –añadió, riéndose–. Debo irme, nos veremos otro día.
Se alejó unos pasos, y Yura, su asistente, se despidió de Kagome con una reverencia antes de seguirlo.
–Señor Totosai… –murmuró Kagome, y él se detuvo al instante–. Hay algo que me he preguntado todo este tiempo, ¿por qué me ayudó a esconder el secreto?
Totosai apretó el bastón entre sus manos por un momento, luego negó con la cabeza y le sonrió a Kagome por encima del hombro.
–Te lo diré algún día –murmuró, guiñandole un ojo antes de alejarse por el pasillo.
Mientras subía al elevador junto con Yura, no podía dejar de pensar en la pregunta que le hizo Kagome. No había hablado de Moroha en años, por una simple razón: Naraku Tatewaki.
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El accidente de Inuyasha fue un golpe muy duro para la familia. Muchos estuvieron yendo a visitarlo, a preguntarle a Izayoi e InuNo sobre la salud de su nieto. Entre ellos había ido Naraku. Pero lo notó tensarse mientras le decían que había buenos pronósticos. Al parecer, nadie se dio cuenta de su actitud. Aquella expresión le pareció extraña, como una molestia ante algo que no había salido como esperaba. Pensó que tal vez debía prestarle más atención.
La suerte estuvo a su favor, porque esa misma tarde, mientras esperaba a su chofer en el automóvil blindado, notó que estaba justo al lado del auto de Naraku. En ese momento, Naraku salió del hospital, seguido de su leal sirviente. Frunció el ceño, estaba intrigado por la discusión que estaban teniendo. Bankotsu mantenía su mirada baja y avergonzada, mientras que Naraku parecía altamente disgustado. Bajó un poco el vidrio para poder escuchar con claridad. Para su sorpresa, Naraku golpeó a su sirviente con un puñetazo en la cara, y lo que escuchó después lo dejó helado.
–¡El maldito Taisho sigue vivo! ¿Por qué no pudiste hacer algo bien?
Aquello lo hizo retener el aliento, y el miedo inundó sus venas. La voz de Naraku mostraba una desesperada frustración.
–Pero, señor Tatewaki...
–Eres un imbécil, Bankotsu –lo interrumpió, dándole un puñetazo en el estómago–. Solo tenías que atropellarlo, ¿no puedes hacer una simple tarea? –le dio una patada a Bankotsu en la espinilla. El sirviente se quejó de dolor.
–Señor, le juro que lo seguí y me aseguré de haberlo arrollado.
–Pues el malnacido ahí está –señaló el hospital y se peinó los cabellos con frustración–. No puedes hacer algo bien…
–Pero aún podemos hacer algo aquí. Como «esa vez» –Bankotsu señaló el hospital–. Todo el mundo tiene un precio.
–Mi contacto renunció cuando me ayudó –exclamó, aquello lo sorprendió y lo hizo fruncir el ceño. ¿De qué demonios hablaba?–. Tuve que arreglar tu error hace tiempo. Si no compartiéramos lazos de sangre, también estarías bajo tierra, siendo comido por los gusanos –aquello no lo esperó.
Naraku hablaba como si ya lo hubiera hecho antes. Como si ya hubiera matado a una persona en ese mismo hospital. Entonces algo hizo clic en su cabeza, y se dio cuenta de que era el mismo hospital donde su adorada hija había fallecido después del parto… Argumentaron que había sido por un paro cardíaco, a causa de una enfermedad hipertensiva en el embarazo.
La sangre le hirvió, aquella posibilidad lo hizo querer salir y encararlo, quería exigirle respuestas. Tenía una sospecha, una sospecha de que tuvo algo que ver con la muerte de su hija. Quería pedirle explicaciones de ello y exigirle la razón de porqué había hecho ese atentado contra Inuyasha… Pero sólo pudo apretar los puños. Pensó con claridad, ya no era joven para poder defenderse de un ataque. Él era uno, y ellos dos. Debía escuchar más, esperar ahí entre las sombras de su automóvil y confirmar sus sospechas. Si Naraku lo descubría, podría hacerle algo... Ahora sabía lo que era capaz de hacer. Si quiso acabar con su nieto, a él le esperaba el mismo destino.
–¡Le ruego me perdone! –se hincó y comenzó a implorar piedad–. Sólo soy un...
–Olvídalo, pedazo de mierda.
–¿Y qué piensa hacer, señor?
Totosai prestó atención a cada palabra y gesto de Naraku. Sacó su móvil y grabó ese momento... Ojalá dijera algo que le sirviera en el futuro.
–Esperaremos. Después de todo, hemos ganado tiempo. Me han dicho que Kagome e Inuyasha ya no están juntos –Naraku se rió con maldad.
–¿Cree que es cierto? –Bankotsu se levantó sacudiéndose la ropa–. Después de todo, a veces sólo son rumores de la prensa.
–La información me la dio una fuente confiable –continuó Naraku–. Además, ¿has visto a la sufrida esposa en la sala de espera? –preguntó con pena fingida. Bankotsu hizo un sonido negativo–. Eso confirma todo, y que esa fuente me ayudará más adelante –añadió pensativo, mientras se rascaba la barbilla–. Quizás no sea necesario hacer algo contra Inuyasha... Por ahora. Con un poco de suerte, podremos deshacernos de él más adelante si se convierte en un obstáculo otra vez.
–¿Usted lo cree? –Abrió la puerta del auto y la sostuvo para que él pudiera entrar.
No pudo escuchar más, pues la puerta fué cerrada y Bankotsu subió para manejar.
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Aquella conversación lo perseguía desde hace años. No era un secreto que los medios habían hablado sobre la situación tensa de Inuyasha y Kagome, que no los habían visto juntos desde su boda. Pero solo InuNo, Izayoi, Sesshomaru y él sabían qué ocurría. Naraku habló con seguridad, como si supiera exactamente lo que pasaba. ¿Quién habría sido su fuente confiable? No pudo descubrirlo en ese momento… Hasta hace poco, cuando Kagome habló por primera vez con él y le contó lo sucedido entre ellos. Había descubierto que Kikyo Tendo era la fuente confiable de Naraku. Fue importante para su investigación.
En el pasado, poco a poco fue atando cabos, investigando cada movimiento pasado y presente de Naraku. Y lo que descubrió lo dejó helado. Naraku era la mano derecha de un narcotraficante del país, y cada obstáculo en su vida había sido desaparecido. Había una larga lista de muertes y negocios siniestros: tráfico de drogas, armas e incluso trata de blancas. Todo lo fue guardando en un archivo.
Después de dar con el paradero de Kagome, cosa que había sido difícil, la mantuvo vigilada. No quería que su vida estuviera en peligro y aumentó su seguridad al descubrir que Inuyasha y ella se habían convertido en padres. El miedo a que Naraku lo descubriera era latente, ya que descubrió la razón por la cual Inuyasha era un obstáculo para él. InuNo apreciaba a Hakudoshi, y lo había considerado para las decisiones futuras. Como Sesshomaru no estaba dispuesto a seguir los pasos de su padre, pensó que Inuyasha era el único que quedaba como candidato para ser el jefe de la empresa... Pero resultó que Hakudoshi e Inuyasha habían sido colocados como posibles jefes de Taisho Corp.
Su hijo había puesto una condición absurda: unirse a su compañera de vida y empezar su familia. Fue ahí donde supo por qué Inuyasha había sido un estorbo para Naraku años atrás: porque se había casado con Kagome. Por eso mismo, había intentado acabar con su vida. Investigó con sus propios medios aquel «accidente» que tuvo Inuyasha años atrás, y no había sido una desafortunada coincidencia. Todo apuntaba a que había sido a propósito, y pudo ver en las cámaras cómo Bankotsu encajaba con la descripción del conductor que se había dado a la fuga después de arrollarlo, abandonando el auto a las afueras de Chicago.
Después de saber eso, sabía que Naraku haría lo que fuera para que su hijo fuera el líder de Taisho Corp. ¿Con qué finalidad? Simple: usaría a su hijo y la empresa para darles más dinero, más oportunidades de tapar sus negocios turbios y seguir su tráfico de drogas.
Pensó que haría algo contra Kagome. Si él sabía sobre Moroha, podría convertirse en un obstáculo para él. La mantuvo en secreto por esa misma razón, incluso de su propia familia. La mantuvo así por su seguridad. Si Naraku se enteraba de la existencia de la niña... Totosai no podía ni imaginar lo que podría suceder. Kagome podría estar en peligro, y la niña también. Sacaría todo a la luz en cuanto tuviera las pruebas necesarias para asegurarse de tener a Naraku encarcelado. Pero un día, sus investigaciones llegaron demasiado lejos. Descubrió la verdad, lo que más temía. Naraku había matado a su hija… Ese descubrimiento fue tan duro que le dio un infarto, y fue cuando los doctores le dieron poco tiempo de vida. Supo que era el momento de actuar, de comunicarse con Kagome y convencerla de que dijera la verdad.
Pero no pudo hacerlo, y le hizo prometer guardar ese secreto. ¿Por qué aceptó? Simple, podía desaparecer de nuevo y ser un blanco fácil para Naraku.
Pero ya no podía hacerlo más. Inuyasha estaba sufriendo, lo sabía. Algo grave había pasado, porque parecía ser otra persona durante las llamadas que habían mantenido. Pensó que tras la partida de Kagome, Inuyasha la seguiría y descubriría la verdad por sus propios ojos. El amor entre ellos había crecido en cuestión de nada. Asumió que por esa misma razón la buscaría y se enteraría de la verdad, pero... Había pasado un mes, y no había sucedido. Inuyasha no estaba dispuesto a regresar de Francia. Estaba empezando a desesperarse. Kagome le había dicho algo grave, algo que lo hizo alejarse hasta del país para lamer sus heridas.
Tenía que hacer algo. No podía decirle a Inuyasha... Mientras subía a su automóvil con Yura a su lado, tomó una silenciosa decisión. Ya que tenía todo para meter a Naraku en la cárcel, Inuyasha tenía que saber la verdad. No podía romper su promesa… No directamente. Había otra manera. Podría hacer que Inuyasha se diera cuenta. Debía pensar en una forma de revelarle la verdad sin traicionar su palabra.
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Mientras Moroha dormía, no pudo evitar acariciar su flequillo y el collar que traía. Aquel collar que Inuyasha le había dado y que hacía juego con el anillo de promesa. Había decidido dárselo a su pequeño secreto. Le besó la cabeza y salió de la habitación. Mientras caminaba hacia la cocina, sintió que la charla de Totosai la agobiaba… Y se preguntó qué sería de Inuyasha en esos momentos. ¿Estaría bien? Era la pregunta principal en su mente.
Abrió la nevera, buscando algo para comer. Al instante sintió un dolor en la boca del estómago. Se acercó a su bolso y tomó el jarabe para la acidez. Siempre funcionaba, pero ya era hora de ir al médico. Lo había estado posponiendo y ese dolor la preocupaba. Había buscado en Internet sus síntomas, pero apuntaban a enfermedades que no entendía. La única que logró identificar fue gastritis. Pero bueno, el médico diría qué pasaba. Su móvil sonó en ese instante, y al sacarlo, tragó saliva tras ver al remitente.
–Hola, preciosa –saludó Houyo.
–Hola, Hou.
Houyo le decía "preciosa" desde hace unos días. La había visitado y la había llevado a dar un paseo junto con Moroha. Y ahí, frente a su hija, le confesó sus sentimientos, y… Se le hizo imposible decirle que no, Moroha se había emocionado tras esa afirmación. Le dijo que lo pensaría, y desde entonces, Houyo le mandaba regalos y mensajes cautivadores.
Llevaba diez años pidiéndole una oportunidad, y al fin había dado su brazo a torcer. Pero... No podía abrirle su corazón. Lo estaba intentando, pero no podía. No sentía esa chispa que Inuyasha provocaba en ella. Aunque Houyo vivía lejos, se mantenían en contacto frecuente. La llamaba, le decía que la quería y que estaba feliz porque le hubiera dado permiso de cortejarla… Pensó que al pasar unos días, algo cambiaría, algo que la haría decir que sí. Pero ya había pasado un mes, y se estaba arrepintiendo de haberle dado luz verde, porque no estaba sintiendo nada más que un cariño amistoso por él.
Sentía la culpa crecer dentro de ella. Houyo era demasiado amable con ella, y ella le estaba dando ánimos para seguir intentándolo. Houyo pensaba que ella podría caer en sus brazos… Pero no se sentía enamorada, ni sentía esa atracción física. Sólo lo veía como… Un amigo.
–¿Cómo han estado? ¿Qué hace mi niña? –preguntó.
Su niña era Moroha, así le decía siempre.
–Hemos estado bien. ¿Y tú? –después de sacar leche, se acercó a las gavetas para sacar un plato y la caja de cereal–. Moroha está durmiendo, el fin de semana siempre está exhausta y… –quiso continuar, pero al estirarse y abrir una gaveta, sintió un dolor punzante atravesarla. Aquel dolor en el estómago se intensificó. Soltó un gemido de dolor.
–¿Qué pasa? –preguntó él, sonando preocupado.
No le había dicho a Houyo sobre su dolor, no quería preocuparlo. Ese mismo fin de semana planeaba ir al médico en el centro de la ciudad... Estaba comenzando a alarmarse.
–Me pegué en el pie, tranquilo –se excusó y continuó hablando con él.
Mientras Houyo escuchaba con atención la voz de Kagome, algo en su tono le pareció extraño. Aunque ella se explicaba, él no pudo evitar notar una leve preocupación. Su instinto médico le decía que algo no estaba bien, pero intuía que ella no quería decírselo. Sabía que Kagome tenía la costumbre de ocultar las cosas para no preocupar a los demás. Y últimamente, así la sentía. Sentía que estaba escondiendo algo... Y eso le dolía. ¿Por qué no confiaba en él? Después de todo, ella había accedido a que él la cortejara.
–«Lo pensaré» –le había dicho hace unos días cuando él le pidió una oportunidad.
Sin embargo, al recordarlo, comprendía que Kagome no había sido del todo clara sobre sus sentimientos. Aunque le había dado permiso para cortejarla, él no veía en ella ninguna señal de que hubiera abierto su corazón por completo. A veces, pensaba que Kagome solo lo veía como un buen amigo, y nada más. Eso lo inquietaba. Cada vez que la llamaba o la veía, notaba que ella no estaba emocionada. Al contrario, la sentía distante y tensa, como si su amistad hubiera cambiado. La comunicación entre ellos no era como la de antes. Cuando solo eran amigos, ella lo saludaba con entusiasmo; pero ahora… Su tono sonaba apagado. Pensó que al darle permiso para conquistarla, ella mostraría algo más de interés, pero, en cambio, parecía un poco incómoda. Empezaba a darse cuenta de que tal vez estaba forzando una relación que no tenía futuro… O quizá estaba siendo demasiado insistente.
A pesar de todo, no quería rendirse. Kagome era especial para él; desde que la conoció, había algo en ella que lo tenía fascinado: una inocencia y pureza genuinas. No quería perderla. Aunque sentía que sus sentimientos no eran del todo correspondidos, pensaba que debía ser paciente. Apenas habían pasado unos días. Quizás, en unas semanas más, ella podría empezar a corresponderle. Tal vez ella podría abrir su corazón.
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Había pasado un mes en París, y aunque los primeros días fueron de puro trabajo y estrés, había sido lo último que hizo por Taisho Corp. Porque había mandado su carta de renuncia al día siguiente de haberse encontrado con Midoriko.
Midoriko se había vuelto una constante en su vida, la compañía de cada fin de semana, donde veían películas e incluso jugaban con videojuegos y juegos de mesa. Hasta recordaban aquellos momentos en los que eran niños. Con ella, los días dejaron de ser tan vacíos y solitarios. Las mañanas empezaron a ser menos pesadas, ya que volvía a tener ganas de levantarse y seguir con su vida. Como si poco a poco estuviera recuperándose. La acompañaba al gimnasio, al lugar donde trabajaba e incluso al café donde cantaba de vez en cuando. A veces solían caminar sin rumbo, hablando de cualquier cosa o simplemente compartiendo el silencio. De vez en cuando se iban al cine o daban largos paseos.
Esas pequeñas rutinas lograron hacer que París empezara a sentirse menos grande de lo que era al principio, porque había conocido a más personas de esa bella ciudad. Personas que poco a poco se fueron ganando su amistad y cariño. No lo decía en voz alta, pero estar con ella lo hacía olvidar un poco la soledad que arrastraba desde hace tiempo. Aquella soledad que se había situado en su corazón desde «aquel día». Midoriko era demasiado cariñosa, demasiado alegre y cálida… Como un pequeño faro en su soledad.
Pero últimamente, había notado ciertas actitudes diferentes. Actuaba más nerviosa y evitaba su mirada constantemente. Incluso al momento de comer, notaba que lo observaba cuando pensaba que no lo hacía. Conocía esas señales, conocía esa mirada y las mejillas sonrojadas. Midoriko estaba… Sintiendo algo más por él. Pero… No podía corresponderle. Se sentía incapaz de hacerlo. Aún pensaba en Kagome, aún sentía que la amaba, y… A veces, su mente lo traicionaba.
Como una tarde en la que estaban jugando videojuegos y ella le ganó a la primera. La vio levantarse y burlarse de él sacándole la lengua entre risas. Al verla así, de pronto se le cruzó un recuerdo de Kagome, cuando jugaron videojuegos en la isla y ella le ganó en una ocasión. Esa misma risa que solía cautivar su corazón cuando estaban juntos. En ese momento, notó que tenían un gran parecido. Ambas tenían una energía cálida y reconfortante.
Fue un instante nada más, una comparación involuntaria. Pero la culpa llegó de inmediato. Midoriko no merecía eso, no merecía que la viera y pensara en otra persona. No podía corresponder a sus señales porque en su corazón y mente seguía otra persona.
Se merecía a alguien que pudiera verla tal como era, sin sombras de un pasado. Admitía que le dolía ver cómo lo miraba a veces, con algo en sus ojos, un brillo que delataba sus sentimientos. Pero no podía devolverle eso. No podía hacerle daño así, no podía permitir que pensara que podría sentir algo más por ella… No por el momento. Primero tenía que sanar.
La apreciaba demasiado como para hacerle pasar por algo que había vivido. Y aunque no era fácil, cada vez que sentía que su mirada se intensificaba o intentaba decirle sus sentimientos, él se encargaba de hacerle saber que la quería… Pero como amiga. Solo eso.
La quería, porque por momentos, la tristeza que lo había estado consumiendo parecía disiparse, y en su lugar sentía una calidez inesperada. Una amistad sincera. Con Midoriko a su lado, sentía que una parte de su corazón estaba recomponiéndose. No se lo dijo en voz alta, pero le agradecía a ella, en silencio, por haber aparecido justo en ese instante, cuando más la necesitaba… Pero no podía corresponderle sus sentimientos.
Por lo menos, no aún.
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El doctor Shichinintai anotaba algo en su laptop y ella jugaba con un pedazo de papel, deshaciéndolo. Estaba nerviosa, lo sabía. No sabía a qué se debía su ardor en la boca del estómago, pero rogaba que le diera una respuesta. Estaba harta de tener ese ardor, especialmente cuando se estiraba para alcanzar algo de las gavetas, o para agacharse a hacer algo tan simple como abrocharse los zapatos. En el fondo sentía que había una posibilidad de que fuera gastritis o síndrome de intestino irritable, ya que había pasado una semana completa bajo presión en la isla. Desde ese momento, tenía ese dolor.
–Señorita Higurashi, déjeme decirle que estos síntomas que ha descrito podrían estar relacionados con varias condiciones.
Apretó los labios, era hora de la verdad.
–Claro, dígame.
–Pero primero que nada, le haré algunas preguntas de rutina, ¿ok? –ella asintió–. ¿Cuántas parejas sexuales ha tenido?
Kagome sintió calor en sus mejillas. Apartó la mirada y se aclaró la garganta antes de responder. Era un médico, pero le daba pena contestar eso.
–Sólo… sólo una –respondió en voz baja, recordando que Inuyasha había sido el único hombre de su vida.
–¿Náuseas? ¿Fatiga inusual?
Frunció el ceño y negó con la cabeza.
–Sólo fatiga.
–Entiendo. ¿Cuándo fue su última menstruación?
–Hace… –empezó a decir, pero luego se detuvo, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar–. Fue…
Hizo una pausa, tragando con dificultad. Recordó que debía llegarle hace un mes, justo cuando dejó a Inuyasha… Y no llegó. Eso quería decir que tenía un retraso.
–¿No recuerda una fecha más o menos? –el médico la sacó de sus pensamientos.
–Hace dos meses –contestó y el médico hizo un sonido afirmativo mientras tecleaba su respuesta.
–¿Cambios en su sentido del gusto?
Kagome hizo un sonido afirmativo y al instante sintió un déja-vu. Ya había pasado esto, ya le habían hecho esas mismas preguntas. Justo hace diez años atrás, Houyo le había hecho preguntas similares. Sintió algo removerse en su pecho. Y, finalmente, algo hizo clic en su mente.
–Aguarde –se levantó de súbito y lo miró entrecerrando los ojos–. ¿Sospecha lo que estoy pensando?
El doctor la miró, alzando una ceja.
–La acidez estomacal, el ardor, dolores de cabeza y los cambios en tu sentido del gusto podrían estar relacionados con gastritis, un reflujo gastroesofágico o incluso un problema hormonal. Pero...
–¿Pero?
–No obstante –añadió entrelazando sus dedos sobre el escritorio y mirándola atentamente–. Quiero descartar un embarazo antes de proceder a hacer sus respectivos estudios.
–¿Qué?
Embarazo… ¡Embarazo! Quiso soltar una risa sarcástica, pero pensó que sería una falta de respeto. Si ella estuviera embarazada, Inuyasha sería el padre de manera automática. Por Dios, eso sería el colmo. Había huido de él y negado decirle sobre su propia hija. Ya llevaba esa cruz a cuestas. ¿Ahora tendría que repetir la historia? No, jamás. No podía pasar, se había hecho una OTB… No podía tener otro hijo, no podía darle un bebé a... Inuyasha. Ese pensamiento le partió el corazón. Negó con la cabeza y se cruzó de brazos.
–Déjeme decirle que no es posible que pueda embarazarme –comentó tranquila, pero en el interior sentía una inmensa amargura.
–Los anticonceptivos no son seguros al cien por ciento, ¿lo olvida?
–Sí, lo sé. Pero jamás me sucederá, doctor.
–¿Por qué está tan segura, señorita Higurashi? –alzó una ceja–. ¿Usted sabe cuántas pacientes he tenido con esos síntomas? Nueve meses después sale su «gastritis».
–Desconozco eso. Pero estoy plenamente segura… –murmuró, pero se quedó callada.
No iba a decirle sobre la OTB, le diría lo mismo que todos los que se enteraban:
«¿Tan joven se había hecho una OTB?»
Esa era la misma pregunta de los pocos que se habían enterado. En su momento, le pareció la mejor decisión, pero ahora no estaba tan segura.
–¿Cómo me lo asegura?
–Sólo yo lo sé –añadió firme–. Es por eso que mejor ahorrémonos el protocolo de muestras de sangre y orina a causa de un embarazo inexistente.
–Si está segura, no la voy a forzar. –Presionó un botón y su impresora comenzó a funcionar–. Pero le daré la orden de los exámenes para que se los haga, por si cambia de opinión –le entregó el papel impreso, pero Kagome lo miró sobre el escritorio–. Creo que antes de proceder a cualquier estudio, es mejor asegurar mi sospecha.
–Doctor Suikotsu, le repito que no es posible…
–Sí, pero a veces la vida se abre camino. El cuerpo humano no nos termina de sorprender –añadió con una sonrisa.
No dejaba de pensar en esa última frase mientras regresaba al departamento junto con Moroha. Dobló los papeles por la mitad y los metió en su bolso. Pero aquella posibilidad era nula. Ella lo sabía, todo a causa de su OTB.
–Mami, ¿qué te dijo el doctor?
Miró a su hija y sus ojos brillantes parecían preocupados. Su cara le recordó tanto a Inuyasha, cuando se preocupaba por ella… La rodeó con un brazo y la abrazó.
–Sólo es un problema estomacal –le besó la coronilla.
–«Quiero descartar un embarazo».
La voz del doctor la atormentó en su mente. Negó con la cabeza ante esa posibilidad. Eso era imposible.
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Midoriko y él estaban brindando en su departamento. Era su última noche en París, al día siguiente debía ir a Chicago… Pero estaba dudando quedarse allá. Una parte de él había sanado. Por lo menos ya era capaz de olvidarse, por más tiempo, de su corazón roto. Y todo se lo debía a…
–¡Salud, peque-yasha! –dijo Midoriko con una sonrisa, chocando su copa contra la de él. Sus mejillas estaban sonrojadas por el vino. Había traído un par de botellas para una despedida, y ya habían terminado con ambas.
Todo su proceso de sanación se lo debía a Midoriko. Su compañía lo había ayudado bastante, y sus consejos lo ayudaron a comprender muchas cosas. Inuyasha rió suavemente, disfrutando del momento.
–Salud, Midoriko.
Habían charlado sobre lo que habían hecho juntos esos dos meses, pero de un momento a otro, ambos quedaron en completo silencio. En medio de ese silencio, notó que Midoriko lo miraba con intensidad, su rostro, a pesar de estar sonrojado, lucía más serio. La notó suspirar y acercar su copa a los labios, pero sus ojos nunca se apartaron de él. Otra vez estaba coqueteando con él… Pero él se sentía incapaz de corresponderle.
–Inuyasha… debo decirte algo que llevo mucho tiempo guardando –murmuró con una honestidad que lo tomó por sorpresa–. Yo… Bueno –buscaba las palabras correctas–. Yo… –Midoriko se sentía tonta, era psicóloga y estaba actuando como una adolescente nerviosa.
Inuyasha había comenzado siendo un buen amigo, pero últimamente, empezó a notar algo más dentro de sí misma. Un sentimiento más intenso: sentía algo más que amistad por Inuyasha. Era una conexión difícil de explicar. Pero era diferente, no como todos esos hombres con los que alguna vez tuvo «algo». Tenía mucho tiempo que un hombre no le despertaba esas sensaciones, y los demás sólo habían sido aventuras de una noche. Siempre fue honesta desde el principio, para evitar corazones rotos. Por un tiempo pensó que se quedaría sola, disfrutando su soltería y su vida tal cual. Pero con Inuyasha… Empezaba a dudar si era lo que quería.
–Inuyasha, tú has sido diferente para mí desde el principio –el alcohol la impulsó a hablar de sus sentimientos. Inuyasha se iba al día siguiente, ¿por qué no sincerarse? Le mandaba señales, pero él nunca le correspondía… Tal vez, si fuera más directa, algo cambiaría.
Inuyasha parpadeó, abrió la boca para decir algo.
–Midoriko yo…
–Shhh –le puso un dedo sobre los labios–. Por favor, escuchame –rogó con la mirada–. Hace mucho me tomé en serio a un hombre, pero lo nuestro no pudo ser. ¿La razón? Simple: la distancia –aquel recuerdo salió con melancolía–. Después de eso, jamás volví a sentir algo similar. Siempre tenía algo pasajero con mis parejas íntimas –confesó–. Pero contigo… Todo es diferente. No te he besado, no hemos intimado… Y, a pesar de todo, me he descubierto queriéndote de una forma especial.
Su confesión lo dejó perplejo, incapaz de reaccionar. Antes de que él pudiera decir algo, Midoriko se acercó, colocando su mano en la suya.
–Inuyasha… Creo que me he enamorado de ti.
El corazón de Inuyasha se estrujó. Sí, había deducido aquello, pero nunca pensó qué haría si ella le confesaba sus sentimientos. Le había aclarado en muchas ocasiones que la quería como amiga… Pero ahora no sabía qué decir. Apenas tuvo tiempo de procesar sus palabras cuando sintió el roce de sus labios. Midoriko lo besó con ternura, con cariño y dulzura, aquel beso que se da en el momento de una confesión de amor. Un beso con sabor a vino.
¿Qué debía hacer? No quería herirla, tampoco quería darle ilusiones… Pero, ¿y si esto era una señal del destino para rehacer su vida? El destino lo llevó a esa cafetería, donde encontró a Midoriko, y compartieron dos meses juntos… Un pensamiento inundó su mente: ¿por qué no intentarlo?
Cerró los ojos y, lentamente, le correspondió. El beso fue suave al principio. Por un instante, se permitió perderse en la calidez y en la sinceridad que ella le ofrecía…
Sin embargo, cuando ambos se separaron para tomar aire, Inuyasha abrió los ojos... Y sintió un vuelco en el estómago. La vio. No supo si fue su mente o el alcohol que estaban tomando, pero ahí, en lugar de Midoriko, estaba el rostro de Kagome. Su sonrisa, sus ojos brillantes y esa ternura que siempre le había robado el aliento.
Se sorprendió y, atrapado en su propia ilusión, no pudo evitar desear que esa imagen fuera real. Ella cerró los ojos nuevamente y volvió a acercarse, y, en medio de su confusión, él la tomó del rostro y profundizó el beso con mas intensidad . Dejándose llevar por esa ilusión de estar con Kagome una vez más… Poco a poco fue perdiendo el control, y, cuando se dio cuenta, ella estaba a horcajadas de él.
Continuará…
Creo que los sorprendí con la llegada de estos personajes: Naraku, Houyo y Midoriko. ¿Qué pasará ahora?
Lamento dejarlas en suspenso, tanto con Inuyasha como con Kagome =D Pero es el poder del escritor =)
Ya veremos qué pasa después, solo iba a dejarles la parte de Kagome, pero pensé que sería mejor dejarles ambas. Tengo que meterle velocidad, para que antes que acabe el año (ojalá) ya haya finalizado el fic y empezar a subir: "¿Por Obra del Destino?
En Wattpad está el prólogo, vayan a guardarlo para que les avise la app ji, ji. Si este que tiene drama, nos encoge el corazón, con el otro nos dará un paro cardíaco xD
¡Nos leemos en otra ocasión! =D
Besos y abrazos.
-Eli =)
