20/11/2024
¡Mil gracias a por sus comentarios!
Cindy osorio, Valentinehigurashi, Karii Taisho, joiscar, Kayla Lynnet, MegoKa y Annie Perez.
Sus comentarios valen oro, las amoooo =D
¡Holiii! ¿Cómo están? =D
Leí cada comentario en el capítulo anterior, chicas =) Y tranquilas, a mi también me frustra esta situación… Dijimos demasiados "¿qué?" en ese capítulo… ¡Hasta yo! XD ah, y a mi querida Valentine, busqué esa canción, y… Se me partió el corazón. Tienes razon, quedaba perfecto para Midoriko e Inuyasha. ¡Gracias por la recomendación! Me partió el corazón, pero me encantó =') la usé para anunciar en mi página de Facebook la nueva actualización =) ya veré como la agregamos a la historia ;D o algún especial… No sé, ya veré como hacemos magia con esa rolita ='D
Glimpse of us - Joji. ¡Se las super recomiendo!
Lamento no haber actualizado el viernes. Ahora si no tengo día de actualización fija, aparte de trabajar de estilista a domicilio, he decidido abrir un pequeño micronegocio de postres los fines de semana. Me ha ido bastante bien… Pero me corta más el tiempo. Como recién empiezo, tengo que ser constante para darme a conocer. Vendo postrecitos que acá en México nos gustan mucho. ¡Deseenme suerte!
A las chicas que sigo sus historias y me leen: ¡mil disculpas! Tengo mucho que leerles, y creo que me tomaré unos días para ponerme al corriente con ustedes… ¡Será un maratón de historias! Creo que me sorprenderán con sus escritos =D
Sin más que agregar, les traigo un nuevo capítulo… ¡Espero les guste!
CONVIVIENDO CON MI EX.
Capítulo 23: Noticia.
Habían pasado dos meses desde que había dejado a Inuyasha. El cumpleaños número diez de Moroha se acercaba, y tenía planeado hacerle su fiesta en casa. Moroha quería invitar a unos niños del orfanato, con quienes jugaba durante las visitas a Kaede. Esa era una de las tareas que realizaría al día siguiente, justo antes de regresar a casa. Mientras recorría los pasillos de la tienda "Todo para tus fiestas", no dejaba de buscar en su mente el nombre de una pony. A Moroha le encantaban los personajes de My Little Pony, y la fiesta sería con esa temática. En especial, su hija deseaba un póster enorme de una pony color rosa. Había olvidado el nombre del personaje y, mientras seleccionaba globos y adornos, trataba de recordarlo. Frunció el ceño al notar que había pocos materiales de esa temática. La mayoría de adornos eran de Barbie, princesas Disney, y otros personajes que ni siquiera conocía… ¿Quién era Bluey?
–Ma, ¿encontraste el póster? –preguntó Moroha a través de una llamada mientras Kagome seguía recorriendo los pasillos. Su hija se había quedado ese fin de semana en casa de sus abuelos, ella estaba muy ilusionada con la fiesta. La llamaba constantemente para saber si ya había encontrado lo que quería.
–En eso estoy, mi amor –respondió con "aparente" calma.
–Si no lo encuentras, no te preocupes, mamá...
El comentario de Moroha estaba cargado de comprensión, pero también de tristeza. Kagome apretó el móvil. No sabía cómo, pero conseguiría ese póster. Si no lo encontraba, lo mandaría a hacer por encargo, pero no pensaba fallarle a su hija.
Más tarde, mientras salía de la tienda con su mochila en la espalda y se dirigía a la cafetería de Kaede, su móvil sonó.
–Hola, preciosa –saludó Houyo alegre.
–Hola, Hou… ¿Qué pasa?
–¡Te tengo una sorpresa! Estoy en Chicago, me encontré con una vieja amiga y... ¿Qué crees? Vende artículos para fiestas y tiene el póster perfecto para Moroha. Es un póster enorme de Pinkie Pie. ¡Le va a encantar!
Kagome soltó un suspiro de alivio. Ese asunto estaba resuelto. Aunque aún faltaba un mes para el cumpleaños de Moroha, no le gustaba dejar las compras para última hora. Ya tenía todo contratado, solo faltaban algunos detalles, como el fondo que su hija tanto quería. Al menos Houyo le había recordado el nombre de la pony rosa: Pinkie Pie.
–Qué alivio –murmuró–. Gracias, Hou.
–De nada, preciosa. Me pagarás con un café... Entonces, ¿lo llevo a casa de tus padres?
–Claro… No, espera. Hoy estoy en la ciudad. Mejor nos vemos en la cafetería de Kaede.
–Perfecto, estoy cerca. De paso, te acompaño al hospital. ¿Era hoy tu cita, verdad?
Kagome se tensó. Maldición, había intentado ocultarle ese detalle. Pero Moroha lo había mencionado en una ocasión, y Houyo, preocupado, se ofreció a consultarla. Ella se negó, diciendo que ya tenía un médico encargado de su caso y que pronto iba a realizarle otra valoración médica. Aunque Houyo parecía molesto por su respuesta, ella se mantuvo firme.
–Cierto, es hoy.
Esa tarde tenía que ir al hospital. Había pospuesto la cita por más de un mes, pero esa mañana acudió a realizarse los análisis de sangre y orina, por recomendación del doctor Suikotsu. Le parecía absurdo pensar en un embarazo. Sí, tenía hambre ocasional y su regla se había retrasado, pero lo atribuía a la ruptura con Inuyasha. Había leído que, a veces, el cuerpo reaccionaba de esa forma ante la depresión. Aunque sentía que Moroha estaba ayudando a sanar su corazón, no podía evitar revivir el dolor de su separación. Porque cuando veía los ojos de Moroha, siempre lo veia a él... Debia resignarse y acostumbrarse, nunca podría dejar de pensar en Inuyasha.
Se llevó una mano al estómago, ese dolor abdominal persistía. Recordó lo que el doctor le había dicho la última vez, pero ella pensaba que no podía ser eso. ¡No podia ser un embarazo! Durante su embarazo con Moroha, había tenido náuseas, vómitos, mareos y antojos. Ahora solo tenía hambre, molestias abdominales y un dolor constante en la boca del estómago. Si estuviera embarazada, ya se habría dado cuenta… Era absurdo.
–Oye, ¿no crees que me merezco algo? –la voz de Houyo interrumpió sus pensamientos.
–¿Qué te parece un macchiato? –contestó jugando, se detuvo en la esquina, la cafetería de Kaede estaba del otro lado de la calle.
–Hablo en serio, preciosa.
Kagome apretó el móvil contra su oreja. Sabía a qué se refería. Houyo quería tener una cita romántica con ella. Hasta ahora, sus salidas habían sido al cine o a comer helado en el parque, siempre acompañados por Moroha. Aunque él no parecía molesto por ello, le había pedido en varias ocasiones salir a solas una vez. Pero ella no quería seguir así. Cada vez que estaba con Houyo, lo comparaba con Inuyasha… Cuando sonreía, pensaba que no era tan brillante como la de él, cuando le rozaba las manos sentía que aquella temperatura era fría a comparación de Inuyasha. No podía seguir así. No pensaba darle falsas esperanzas. De hecho, planeaba ser honesta y decirle que no podría haber nada más entre ellos.
–Sobre eso… –comenzó a decir, mientras tanto, el semáforo habia cambiado–. Hay algo que tengo que decirte.
–¿Sucede algo? Te escuchas extraña –dijo Houyo, preocupado.
–Te lo diré en cuanto te vea y…
Dio unos pasos, pero, cuando enfocó la mirada en la ventana de la cafetería, se detuvo abruptamente. Dejó de escuchar la voz de Houyo al otro lado de la línea, y todo sonido se volvió distante. Quedó estática, como si sus pies se hubieran pegado al suelo. Justo del otro lado de la calle, estaba la cafetería de Kaede... Y dentro de ella, justo al lado de la ventana, estaba él, charlando con Kaede. Ella asentía a algo mientras Inuyasha le sonreía y tomaba su café. Sintió un nudo en la garganta, incapaz de creer lo que veía. Ahí estaba él, se veía igual que hace dos meses, tan guapo y distinguido, con una radiante sonrisa... Pero ella sabía que detrás de esa sonrisa, había un corazón roto. Uno que ella misma había hecho jirones. Sentía remordimientos, pero también felicidad por verlo. En su estómago, algo se movió al instante. ¿Acaso mariposas?
Lo vio levantarse y sacar su billetera. Kaede, en cambio, negó con la cabeza y le acarició la mejilla. Inuyasha le sonrió y la abrazó, se colocó sus lentes para el sol antes de emprender su salida. Lo siguió con la mirada hasta que abrió la puerta buscando algo en su bolsillo. Pero, cuando estuvo a punto de abrir la puerta de su coche, alzó la vista y la vio ahí, justo donde estaba. Ella curvó su sonrisa sin poderlo evitar, se movió lentamente, avanzando en automático hacia él. Su corazon latia a toda velocidad. Alzó la mano por inercia, moviendo su muñeca, en una clara señal de saludo. Quería que le sonriera, que le dijera lo mucho que la había extrañado. Quería que la besara y perderse entre sus brazos, pero... Inuyasha se quedó mirándola. Se había quedado estático en su lugar, pero no reaccionó, o por lo menos, no pudo ver su expresión debido a los lentes negros.
Inuyasha pensó que era su imaginación cuando la vio hace un momento. Al instante, sintió un dolor en el pecho. Aquel dolor que existía desde que le había roto el corazón. La recorrió con la mirada, acariciando y recordando en su memoria cada parte de ella, de su cuerpo y lo delicioso que se movía en la intimidad... Pero su mirada se detuvo en su vientre, y frunció el ceño. En ese lugar estaba creciendo una vida, latía un corazón. Una parte del novio de Kagome y ella... Al instante, sintió la envidia correr por sus venas. Pero de pronto, la miró acercarse y saludarlo con la mano. Apretó las llaves entre sus dedos. ¿Por qué le sonreía como esos días? ¿Acaso no notaba que le dolía verla? Ella había puesto la distancia entre ambos, y él había decidido hacerlo y respetarlo, pero... ¡Sería más fácil si no lo viera así! ¿Qué debería hacer? Por un momento, creyó que lo mejor sería ignorarla e irse... Sí, eso debía hacer... Hasta que detrás de ella, el semáforo cambió. Fue ahí cuando su estómago se contrajo. De un momento a otro, rodeó el auto y corrió hacia ella. Y, de manera inconsciente, salió aquel sobrenombre que le había dado...
–¡Kag!
Inuyasha la llamó, y supo que había extrañado que la llamara así... Había extrañado su voz y ese apodo cariñoso. Venía hacia ella, pero su semblante tranquilo cambió a uno... ¿Alarmado? Parpadeó un par de veces, volviendo a la realidad. Miró a la calle, y fue consciente de la estupidez que había hecho. El semáforo había cambiado y los automóviles venían hacia ella. El tiempo pasó lento en esos momentos. Inuyasha la jaló hacia él con fuerza, sacándola del peligro. Apretó los ojos y se aferró a los brazos de Inuyasha. La espalda de Inuyasha chocó contra su automóvil, y ella contra su pecho. Los pitidos de los autos no se hicieron esperar, en clara señal de molestia.
Por poco... Por poco era arrollada. ¡Qué descuidada había sido! Respiró con dificultad. Había hecho una estupidez. Abrió los ojos lentamente, esperando encontrarse con los ojos de Inuyasha, pero... Se encontró con el reflejo de los suyos. Su corazón dio un vuelco al tenerlo tan cerca de ella. Podía sentir su calor, su perfume embriagante, y, por un momento, la nostalgia la inundó. Inuyasha estaba allí, no podía creerlo. Era como un fantasma de su pasado.
«Maldita sea», se dijo en el interior, sintiendo el olor de Kagome en la nariz. Aquel olor tan familiar y delicioso que había tenido la dicha de tener entre sus sábanas. La tenía tan cerca de él, tan cerca que sería tan fácil inclinarse a ella y saborear aquella dulce y suave boca. Tal como tantas veces lo había hecho. Pero no lo hizo. Y no lo haría. Porque los recuerdos lo atormentaron de nuevo. Los recuerdos de cómo le había confesado que sospechaba de un embarazo, y que tenía que casarse lo más pronto posible... Recordarlo era una tortura. A su mente volvió aquella ruptura dolorosa, cayendo con fuerza y dolor sobre sus hombros. Como un balde de agua helada en días de invierno. Recordó cómo se quedó destrozado por la traición, cómo no le importó jugar con sus sentimientos por tantos días, y una rabia creció dentro de sí. Aquello le dio la fuerza de voluntad necesaria para alejarla y llevarla a la acera a pasos lentos.
Kagome se mantuvo hipnotizada por su tacto. Sentía sus dedos firmes en su muñeca, y no pudo evitar recordar cómo esas manos recorrieron cada rincón de su cuerpo. Alzó la mirada cuando notó que Inuyasha se quitó los lentes y los guardó en su bolsillo. Pensó encontrarse con la mirada cálida y dulce que lo caracterizaba. Pensó que esos ojos le dirían cuánto la había extrañado, lo mismo que ella sentía cada día desde su separación... Pero no fue así.
–¡¿Está loca?! –la regañó él, con el ceño fruncido y los labios curvados con latente molestia.
–No me fijé... –balbuceó.
–«No me fijé», ¡por Dios! –señaló hacia un punto–. Por eso existen los semáforos, ¿no sabe distinguir los colores?
Kagome apretó el móvil entre sus dedos y bajó la mirada con vergüenza. Y, notando que aún la tenía sujeta de una muñeca, se soltó con lentitud, dando un paso atrás. Apretó los labios, porque sentía que le temblaban. Seguía recomponiéndose del susto y el impacto de verlo después de tanto tiempo. Había sonado duro aquel regaño, tan duro y firme, que parecía que hablaba con una desconocida. Suspiró con tristeza. Sí, eso eran. Eran dos completos extraños; eso es lo que ella había causado. Qué estúpida, ¿cómo pudo creer que le daría gusto verla? ¡Ella había roto su corazón!
–¿En qué demonios estaba pensando? ¡Por poco... ¡Por poco la atropellan! –se peinó los cabellos–. «¡Por poco te pierdo para siempre» –pensó en su interior. Pero no iba dárselo a saber. No iba a decirle que sintió que la vida se le iba del cuerpo. ¿Para qué? Si a ella no le importaban sus sentimientos en lo más mínimo.
–Yo... ¡Lo sé! –levantó la mirada, volviendo a tener su postura de hace dos meses, a poner esa distancia entre ambos. Aún así, sentía como sus palabras dolían. Nunca le había hablado en ese tono–. Tiene razón, fui descuidada.
Kagome noto que Inuyasha tenía un tono molesto, y ella se merecía aquello, lo sabía. Después de todo, ella lo había destrozado hace dos meses... ¿Qué esperaba? ¿Un abrazo? ¿Un «te he extrañado aunque me rompiste el corazón»? No. Ella había marcado sus límites, se merecía ese tono tan pesado.
Inuyasha se cruzó de brazos. Durante semanas intentó convencerse de que ella no merecía ser el centro de su universo. Durante semanas tuvo largas pláticas con Midoriko, sesiones donde ella intentó ayudarlo a comprender muchas cosas. Pensó que aquellos días lo habían ayudado, que al volverla a ver ya no sentiría ese dolor en el corazón. Y ahora… Sabía que no había sido así, seguía sintiendo ese amor por ella y ese dolor por el pasado. Como si todo el esfuerzo que había puesto durante dos meses se fuera a la basura. Ahora que la tenía cerca, quería abrazarla, besarla y decirle que la había extrañado muchísimo. Pero, por otro lado, tenía que ser fuerte, no dejarse cegar por esos sentimientos. Ella había jugado con él, lo había hecho añicos en cuestión de segundos… Pero parte de eso había sido culpa suya, porque se había hecho ilusiones de un futuro con ella. Los había puesto en un pedestal, pero nada había resultado como esperaba. Kagome lo había bajado a la realidad, una realidad donde ellos no podían estar juntos. Sin embargo, aquí estaba, y su sola presencia lo turbaba y lo hacía desear estar con ella.
¡Maldita sea! Kagome ponía su vida patas arriba siempre. Y por poco, hace unos segundos… Por poco era testigo de algo que lo traumaría de por vida. Por poco la veía tener un accidente, accidente que lo haría sufrir toda la vida. No solo él sufriría, también su familia… Sin querer, el recuerdo de su propio accidente volvió a su mente. Eso era algo que Kagome jamás sabría... No pensaba permitirlo. Él, a diferencia de ella, no quería lastimarla, no quería que pensara que fue ocasionado por ella, cuando creyó verla en las calles... Conociéndola, se culparía, y eso no era culpa de ella. Había sido un descuido.
–¿Tiene idea de cuánto sufrirían sus padres si le hubiese pasado algo? –señaló hacia la cafetería de Kaede–. Kaede pudo haberlo visto.
Kagome se frotó los codos, ella entendía a qué se refería. Ahora que lo recordaba, nunca le dijo del accidente que había tenido hace diez años... ¿Por qué no lo había hecho? En ese momento se lo preguntó, ¿por qué no le había mencionado ese dato cuando estuvieron en la isla?
–¿Y usted sí sabe cómo se sentirían si algo me pasara?
Aquella pregunta quedó en el aire, causando tensión en él. Alzó una ceja, preguntándose si le había leído el pensamiento.
–¿Y bien? –insistió ella.
–No, no lo sé –respondió seco. No estaba dispuesto a decirle de su accidente. Eso… No era relevante ahora. No era necesario que ella lo supiera.
Aquella negación hizo que algo se rompiera dentro de ella. ¿No pensaba decirle nada sobre su accidente? Aunque, por otro lado, ¿cómo podía pedirle que fuera sincero con ella? Después de todo, ella no era sincera con él. Ocultaba un secreto y no estaba dispuesta a decirlo. Además, ellos… No eran nada. Ella se había asegurado de que así fuera. No eran más que dos personas que solían amarse alguna vez.
La tensión entre ellos seguía en el aire, tan densa que Kagome sentía que los asfixiaba... Fue entonces cuando, desde un automóvil cercano, comenzó a sonar una canción que ambos reconocieron al instante: The Scientist. La melodía fue momentánea, pero pareció quedarse entre ellos, llenando el ambiente, despertando recuerdos en ambos. Aquel día, aquella vez que Inuyasha y ella bailaron, una noche en la que Inuyasha le hizo una promesa que aún sentía como una espina en su corazón. Una promesa que no se pudo cumplir…
Inuyasha tragó saliva, sintiendo que aquella canción lo golpeaba. Pero, en lugar de sentir tristeza como tantas veces, ahora, con Kagome frente a él, con su aroma en el aire, sintió como una inmensa nostalgia lo dominaba. La miró directamente a los ojos, pero ella evitó verlo, bajando la mirada y apretando su móvil frente a ella. Sonrió con tristeza ante los recuerdos, de cómo quiso empezar algo bello y duradero con ella. Una relación genuina, que pudo haber sido para siempre… Pero Kagome no compartió ese mismo sueño. Metió las manos en sus bolsillos y apretó aquella cadena donde aún tenía los anillos. Anillos que permanecerían como un simple recuerdo triste.
–¿Recuerda ese día…? –susurró, sin apartar los ojos de ella.
Kagome sintió el corazón golpearle el pecho. Claro que recordaba ese día, ese maravilloso día… Pero no se lo diría.
–No sé de qué habla –murmuró, pero su corazón latía a gran velocidad.
Inuyasha resopló, sintiendo que esa negación lo golpeaba. Se sintió estúpido por un momento, esos sentimientos no eran correspondidos.
El celular de Kagome comenzó a sonar, ella lo levantó apresuradamente, y al ver el nombre de Houyo en la pantalla, una sensación de nervios le recorrió el cuerpo. Con manos temblorosas, contestó la llamada mientras intentaba mantener la calma. Debía actuar con naturalidad, pero estaba siendo difícil no sentirse intimidada por la mirada de Inuyasha.
–¿Sí?
–¿Pasó algo? Creo que se cortó la llamada hace un momento –murmuró preocupado.
–No pasa nada, creo que falló la señal… –susurró.
–Ok, preciosa. Bueno, ya estoy cerca –dijo Houyo desde el otro lado de la línea–. Estoy a una cuadra.
–Hjmm… –le echó una mirada rápida a Inuyasha, él volvió a ponerse los lentes de sol–. Te veo acá.
Al colgar la llamada, notó que Inuyasha parecía menos tenso que hace un instante.
Inuyasha la miraba, pensando en muchas cosas. ¿Qué había intentado hacer? ¿Traerle recuerdos de ese día? Día que solo para él fue maravilloso, antes de convertirse en un recuerdo doloroso. Suavizó su semblante, recordó los consejos de Midoriko, debía dejar eso en el pasado y concentrarse en él y su presente. Debía soltar, y uno de los pasos más importantes era perdonar… Ahora comprendía todo. Tenía que perdonarla. Midoriko le había dicho que solo lograría sanar si encontraba el valor para perdonar… Y que pocos eran los que realmente podían perdonar.
–«Debes dejar ir el pasado. Tienes que perdonarla, para poder seguir adelante y pasar página» –le había aconsejado.
Ahora, mirándola, supo que ella tenía razón. Sí, aún sentía sentimientos profundos por Kagome, y por esos mismos sentimientos, debía perdonarla. Perdonarla por haber jugado con su corazón. Tal vez se había encontrado con Kagome en el momento justo, era un paso para mejorar su vida. Si iba a perdonarla, no podía tratarla como hace unos segundos. Respiró profundo antes de aclararse la garganta.
–Mire… lamento haberle gritado antes –dijo en un tono suave, sorprendiendo a Kagome–. Solo… solo espero que tenga más cuidado la próxima vez.
Ese tono amable y comprensivo en su voz hizo que Kagome sintiera una calidez inesperada. Se llevó una mano al pecho y asintió lentamente. No podía articular palabra alguna, se sentía incapaz de hacerlo.
–¿Tendrá más cuidado? –murmuró, formando una sonrisa melancólica.
Kagome respiró lentamente, le costó mucho poder articular palabras.
–Sí, lo tendré… Gracias por lo de hace rato.
–No hay de qué. Cuídese –desvió la vista a su vientre plano, sintió pesadez al instante–. Cuidense –corrigió.
Inuyasha le dirigió una última mirada y, con esa pequeña sonrisa melancólica, se acercó a su automóvil y subió, cerrando la puerta detrás de él. Kagome se quedó allí, se llevó una mano al vientre. Inuyasha pensaba que estaba embarazada, por eso había dicho eso último. Mientras Inuyasha prendía las luces del auto, por un instante, una sensación de calma la dominó. Lo había visto. Había deseado verlo durante dos meses, y ahora, después de verlo y comprobar que estaba bien, ella…
–Preciosa –Houyo la espantó desde su espalda. Ella se giró y no pudo verle la cara, ya que un enorme ramo de tulipanes le obstruía la vista.
Mientras encendía el motor, le dio un último vistazo a Kagome por el retrovisor. Pensó encontrarla sola, viéndolo irse, pero… Al instante sintió una punzada de dolor en el pecho. Vió como alguien se acercaba a ella, con un enorme ramo de flores frente a él. No podía ver quién era, pero supo que aquel hombre era la pareja de Kagome. Ella dio un respingo, se giró a verlo y él le dió el ramo. No pudo ver el rostro de Kagome, pero se la imaginó sonriéndole con las mejillas sonrojadas. Cuando Kagome tuvo el ramo, fue ahí donde pudo ver el rostro de su pareja… Tenía un rostro común, nada especial, acompañado de cabellos castaños. Se encontró sorprendido, pensó que tenía un aire tranquilo y amable. Tal vez por eso lo había elegido, no solo porque era el padre de su futuro hijo, sino que ese hombre podía ofrecerle lo que él ya no tuvo oportunidad de hacer… Una vida estable y felicidad. Notaba cómo veía a Kagome, su mirada delataba sus sentimientos por ella. Un sentimiento intenso lo dominó, un sentimiento que conocía muy bien: celos.
Apretó el volante mientras pisaba el acelerador con lentitud.
–¿Ese es el afortunado? –susurró mientras se alejaba y dejaba de verlos por el retrovisor–. Ojalá… la haga feliz.
Manejó unos minutos sin rumbo fijo. En su mente se revivía el momento de ellos dos juntos una y otra vez. ¿Por qué simplemente no podía olvidarla? ¿Por qué su mente lo torturaba? No podía apartar esa escena, y su mente trabajó para generar otras escenas. Ellos dos juntos en una cita, ellos dos juntos en el altar, ellos dos juntos con su bebé en brazos… Un bebé con la misma apariencia que el padre: cabellos castaños y ojos oscuros.
Frenó frente a un parque, incapaz de soportarlo más. Sentía dolor en el cuerpo. Sentía que le faltaba el aire y que sostenía algo pesado sobre los hombros. Era una mezcla dolorosa que lo había acompañado durante meses. Pensó que había disminuido, pero se había equivocado. Salió del auto y caminó por el parque, hasta dejarse caer en una banca, donde el aire le pegaba directo en la cara. Ya no quería eso, ya no quería sentir dolor… ¡Ya no!
"Eres humano, es normal que sientas tristeza, decepción, traición…"
"Nada se cura de la noche a la mañana. Todo lleva su proceso, duele soltar, pero no será para siempre… Te aseguro que sanarás".
Tantos consejos, tantas sesiones en dos meses con Midoriko, pero aún sentía ese dolor. ¿Cuándo sería libre de esos sentimientos? Sacó la cadena de su bolsillo y la miró. Los anillos brillaron bajo la luz del sol y una pequeña sonrisa triste curvó sus labios. Qué patético, aún tenía esas joyas que una vez significaron un posible futuro. Se acercó a la fuente del parque y extendió su mano. Debía soltar, soltar todo eso…
–Esto debe ser parte de soltar… –susurró, intentando convencerse de que debía hacerlo.
El agua se movía dentro de la fuente, reflejando el cielo azul y los rayos del sol… El cielo que alguna vez le parecía hermoso, ahora le parecía burlón ante lo que sentía en su corazón. Debía tirar esos anillos, olvidarse de lo mucho que significaron… Deshacerse de ellos con la misma facilidad que Kagome se había deshecho de él. Sólo bastaba una acción, abrir sus dedos y la cadena se perdería dentro del agua… Era tan fácil hacerlo… Pero no pudo hacerlo. En cambio, los apretó, sintiéndose atado a ellos con fuerza.
Definitivamente, olvidarse de Kagome sería difícil… ¿Qué podría hacer? ¿Cómo podía dejar de cargar con tanto dolor?
El rostro de Midoriko apareció en su mente, ella y aquella situación que habían pasado una noche antes de partir de París…
.
Era su ultima noche en París, en medio de las luces de su departamento y el sonido de la música suave; ella estaba allí, a horcajadas de él. Lo besaba con ardor, como si la vida dependiera de ello. Y él, habia profundizado el beso, sintiendo la ilusión de estar con Kagome otra vez. La abrazó, pegándola por completo a su cuerpo…
–Inu… –susurró contra sus labios.
El hechizo se rompió. Su mente, que por un momento había querido engañarse, lo hizo caer a la realidad. Fue entonces cuando un atisbo de culpa lo hizo detenerse. Aquella voz había usado el sobrenombre que Kagome le había puesto de cariño… Pero el tono no era el de ella. Ella no era Kagome. El peso de esa verdad lo golpeó. Soltó a Midoriko con suavidad, sus manos bajaron hasta sujetarla por los codos y la apartó con delicadeza. De alguna manera, sentía que había traicionado a Kagome… Qué estúpido, ¿no? Habia traicionado a una mujer que no lo amaba…
–¿Qué pasa? –susurró Midoriko, su tono era preocupado.
–Lo siento, no puedo… –murmuró con voz avergonzada, desviando la mirada–. Perdóname, no puedo hacerlo.
Midoriko se bajó de su regazo, ajustando el tirante de su vestido con movimientos lentos y algo torpes por el alcohol. Alzó su rostro con los dedos, obligándolo a mirarla. Se sintió aún más culpable, pues no había reproche en sus ojos, solo comprensión y un poco de tristeza. Él lo entendía, entendía esa tristeza de no ser correspondido por quien quieres.
–Inuyasha… tranquilo. –Su voz era serena, pero llena de afecto–. Y también perdóname, Inuyasha. Yo tampoco debí besarte –tal pareciera que ella tambien habia reaccionado ante lo que estuvieron a punto de hacer–. No debí ponerte en esta situación, lo sé –Bajó la mirada por un momento antes de volver a alzarla a él–. Esto no es correcto, no estamos en nestros cinco sentidos… Del todo –susurró–. Y… Tu aún estás en proceso de sanar tu corazón, y esto solo lo complica todo.
–Midoriko, yo…
–No te preocupes –su sonrisa tenue y su mirada revelaban que estaba lidiando con la decepción–. Te entiendo.
Era evidente que estaba herida. Aquello lo hizo sentirse como un maldito desgraciado. Quiso consolarla, abrazarla, pero Midoriko se lo impidió. Puso ambas manos en sus hombros.
–Tú necesitas tiempo y espacio para sanar… –hizo una pausa, forzando una sonrisa–. No puedo forzar lo que no es correspondido.
Inuyasha asintió, sintiendo la culpa por haberla ilusionado hace un minuto.
–Gracias, Midoriko… por entender.
Ella se sentó a su lado y le dio un ligero apretón en la rodilla.
–No puedo prometerte que te esperaré. Sí, me gustas mucho y han surgido sentimientos románticos por ti… pero… –suspiró–. Ya he pasado por esto. Me enamoré y no pudo ser. Si pude con eso… Podré con esto.
–Midoriko… –susurró. La voz de Midoriko hablaba con sabiduría.
–Deja de verme así, peque-yasha –dijo de pronto, rompiendo la tensión del momento y dándole un golpe juguetón en la rodilla–. Después de todo, nadie merece cargar tanto dolor por tanto tiempo –aquellas palabras sonaron como un consejo, y él sonrió al sentir que algo de ello se quedaba en su cabeza–. ¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! Estábamos haciendo una pequeña fiesta de despedida –murmuró antes de levantarse y llenar de nuevo las dos copas con vino–. Brindemos… –Le tendió su copa y le sonrió, restándole importancia al asunto.
Inuyasha asintió y le correspondió la sonrisa. Tal vez quería hacer como si esto no hubiera pasado… Tal vez era lo mejor para mantener una amistad sana.
–Brindemos –dijo, agarrando la copa y levantándose.
Después de pasar un rato más juntos, ella se fue, dejándolo solo con sus pensamientos.
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Después de todo, nadie merece cargar tanto dolor por tanto tiempo.
Esas palabras hicieron eco en su cabeza desde entonces. Inuyasha apretó los anillos en su mano, mirando la cadena brillar bajo la luz. Sabía que ella tenía razón, pero la idea de soltar lo que sentía por Kagome aún le parecía difícil...
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Houyo esperaba en la sala de espera, justo en el primer piso. Ella se negó rotundamente a que la acompañara. Más tarde le contaría esa absurda anécdota, que el doctor había dicho que probablemente estaba embarazada… Houyo también sabía que ella tenía una OTB, así que se reiría junto con ella. Ella estaba tranquila, convencida de que los estudios de algún embarazo saldrían negativos.
–Kagome Higurashi –murmuró el doctor mientras tecleaba en su computadora, buscaba en el sistema de laboratorio–. Oh, aquí está. Ya están los resultados de sus análisis…
–¿Y cómo salieron, doctor?
Suikotsu se llevó una mano a la barbilla mientras leía la pantalla.
–Aquí me indica que tiene bien la glucosa, no hay señal de anemia...
Ella asentía ante lo que dijo después, como si entendiera cada palabra, aunque en realidad no captaba del todo los términos médicos. Lo observaba mientras le leía los resultados, estaba tranquila, casi aburrida. Esperaba que pronto pasaran a realizar otras pruebas para averiguar qué estaba pasando con ella. Tal vez un posible problema hormonal. Sin embargo, algo en el rostro del médico cambió. Frunció el ceño, su mirada se quedó fija en la pantalla.
–¿Hay algún problema, doctor? –preguntó con tono casual, aunque su curiosidad comenzaba a despertar.
El doctor Suikotsu tardó unos segundos en responder, como si estuviera releyendo una y otra vez la pantalla. Finalmente, se giró hacia ella.
–¿Doctor Shichinintai? –inquirió, aún tranquila y confiada.
–Hay algo más… –Kagome inclinó la cabeza, sintiendo algo extraño en su tono–. Como lo sospeché, el nivel de hCG ha salido positivo.
Fue como si el tiempo se detuviera en ese momento... «hCG»... La hormona gonadotropina coriónica humana. Recordaba a la perfección eso… Estaba.. ¿Embarazada?
–¿Qué?
–Su prueba de embarazo salió positiva, señorita Higurashi…
Las palabras retumbaron en su cabeza mientras el aire disminuía a su alrededor. Se quedó inmóvil, en shock, tratando de comprender lo que acababa de escuchar. No podía ser cierto. Había estado tan segura de que… ¡No! Esto era un error. Comenzó a negar con la cabeza, sus manos empezaron a temblar sobre su regazo.
–No... Esto no puede ser –susurró al principio, pero su voz fue subiendo de tono mientras la noticia la invadía–. ¡No, no, no! ¡No puede ser posible! ¡Debe ser un error! ¿Cómo es esto posible? –exclamó mientras se ponía de pie, se llevó las manos a sus mejillas mientras negaba con la cabeza.
El doctor Suikotsu la observó con una mezcla de tranquilidad y cautela. Algo contrario a ella.
–Se lo dije, señorita Higurashi –dijo en un tono neutral–. Los anticonceptivos no son cien por ciento efectivos…
Kagome bajó las manos lentamente, tratando de recobrar la compostura. Su mirada buscaba desesperadamente en los ojos del doctor una señal de que todo esto no era real.
–Es una broma... ¿cierto? –preguntó, su voz tenía un gaje de esperanza, esperaba que fuera una broma–. Yo no puedo estar embarazada.
El doctor negó con la cabeza y se encogió de hombros.
–Lo siento, pero no es una broma.
Kagome sintió que el peso de esas palabras la aplastaba. Sus piernas temblaron y se dejó caer nuevamente en la silla, con los ojos abiertos de par en par.
–¡Esto no es posible! –exclamó, casi gritando–. ¡Yo me hice una OTB hace años!
El doctor alzó las cejas, claramente sorprendido ahora.
–¿OTB? –repitió–. ¿Tan joven?
–¡Sí! Me la hice muy joven. Estoy harta de escucharlo –puso los ojos en blanco, sintiendo la frustración sumarse a la sorpresa–. Por eso no se lo dije. Estoy harta de escuchar lo mismo y explicarme… ¡Fue decision mía!
–Señorita, hay veces que una OTB falla, puede haber recanalización de trompas o algún error en el proceso de hacerla –murmuró con tranquilidad, entrelazando los dedos sobre el escritorio–. Como le dije, hay veces que la vida se abre camino…
Kagome lo miró, iba a replicar, pero se dio cuenta de que no estaba actuando bien. Después de todo, no era culpa de él. Se llevó una mano a la frente, sentía el pulso acelerado y las manos temblorosas por la noticia.
–Perdone, no reaccioné… bien –se disculpó, intentando calmarse–. Es que… Yo estoy… –inhaló aire y lo soltó con lentitud–. Estoy sola en esto.
–Lamento escucharlo… –el semblante del doctor se suavizó un poco.
–¿Hay alguna manera de comprobarlo? Tal vez el laboratorio ha cometido un error. Tal vez los resultados no son míos…
El doctor la miró con pena, pero suspiró y comenzó a teclear algo en su computadora. Después, la impresora comenzó a funcionar.
–Podemos hacer un ultrasonido vía abdominal. Debido a la fecha de su última regla, tal vez ya sea visible desde el vientre en estos momentos –le extendió un papel–. Vaya para allá. Yo la alcanzaré en unos minutos.
Kagome asintió y tomó el papel con manos temblorosas.
Cuando salió del consultorio, se dirigió al ascensor y presionó el botón del piso.
–Un embarazo… –susurró, aún sin creerlo.
Las puertas del elevador se abrieron, y se hizo a un lado para darle paso a una pareja. Sintió un nudo en la garganta, pues la mujer tenía un embarazo avanzado, el hombre, a su lado, llevaba una niña de probablemente tres o cuatro años en brazos, profundamente dormida.
–No es necesario que vengas, Darien –dijo la rubia de ojos azules mientras avanzaba–. Puedo venir a los chequeos sola, tú cuida de Rinni en casa, cariño…
–No seas terca, Serena. –replicó él–. Estás a semanas del parto. No puedo dejarte sola por ahí… ¿Y si te pasa algo? ¿Y si se adelanta el bebé? ¡No me perdonaría si algo te pasara!
–Darien, eres muy necio –respondió cruzandose de brazos.
–Quiero cuidarte, estar en cada etapa de tu embarazo, en cada cita que acudas… Porque eres mi esposa, y ella –señaló su vientre–. Es mi hija…
–Ya te dije que siento que es niño –exclamó suavizando su tono y rodeandolo de la cintura.
–Y yo te dije que no, que algo me dice que es una princesa…
Ambos se alejaron por el pasillo, discutiendo con tranquilidad, y se dirigieron al lado contrario del consultorio del doctor Suikotsu. Sintió un pinchazo en el corazón cuando vio cómo rodeaba a esa chica con un brazo mientras caminaban.
Se metió al ascensor y presionó el botón del piso donde se dirigía. En el momento en que las puertas se cerraron, se abrazó con fuerza. Pareció que aquella escena hizo que su situación de un momento a otro fuera aceptada en su cabeza… Una situación donde estaba sola. No. Esos laboratorios no habían fallado. ¿A quién quería engañar? Eso… Era auténtico. Estaba embarazada. ¡Embarazada!
Se dejó caer en el piso, sintió como si el peso de esa noticia finalmente cayera sobre sus hombros. Las lágrimas comenzaron a brotar, mientras su cuerpo temblaba por intentar contenerse. No podía detenerlas, caían una tras otra como la lluvia en la ventana… Y cuando se dio cuenta, un sollozo escapó de sus labios. La dominaba un torbellino de emociones, desgarrándola desde adentro.
Tenía miedo, un miedo que la paralizó y la hizo sentir diminuta y sola. También sentía confusión, porque nada de esto tenía sentido. Su decisión de hacerse la OTB había sido una que tomó hace años. Pensó que sólo tendria a Moroha, pensó que sería el único amor en su vida, así lo había decidido... Y ahora, su vida había dado una vuelta de 180 grados nuevamente.
Su mente la torturaba, recordándole que en el pasado había tomado la decisión de pasar su embarazo sola. Pero ahora esa decision la torturaba… Y más el sentimiento de la culpa. Una culpa punzante, aquella culpa de haberle negado a Inuyasha la existencia de Moroha, de haber tomado la decisión de apartarlo de su vida porque pensó que era lo correcto… Todo por su maldito egoísmo. Y ahora sucedía esto, una nueva vida venía en camino... ¿Qué haría ahora?
–Dios... –susurró, quebrándose.
Su mente hizo algo inevitable: invocó su rostro. El rostro de Inuyasha. Su expresión seria, la diversión en su mirada, sus gestos traviesos… El deseo en sus pupilas… Pero también volvió la imagen rota de él cuando le dijo que no lo amaba, que probablemente se casaría… Y al momento, recordó cómo sus ojos se llenaron de lágrimas mientras ella se mantenía aparentemente serena por lo que había hecho. Todo inundó su mente y su pecho se contrajo dolorosamente. Lo había dejado atrás… Había destruido sus ilusiones, sus sueños…
¿Sus sueños?
No. Había destruido una ilusión que ambos habían creado… Había elegido seguir como siempre, solo con Moroha en su vida. Pero ahora… ahora todo era diferente. Había una nueva vida en camino… ¿Y si..?
–¿Es esto una señal? –pensó en voz baja–. ¿Es el destino diciéndome que esta vez debo hacer lo correcto? ¿Qué debo pagar por mis decisiones pasadas?
El simple pensamiento la aterrorizó. Porque si era una señal, entonces tendría que aceptar las consecuencias de sus decisiones. Tendría que enfrentarlo y decirle todo… Decirle sobre Moroha y decirle que nuevamente estaba embarazada… Tendría que enfrentarse a ese futuro que tanto temía: la reacción de Inuyasha.
La idea la paralizó por completo. Sentía un peso por las decisiones pasadas… Decisiones que ahora sabía que fueron egoístas. Se llevó una mano al vientre, buscando fuerza y consuelo… Cosa que no llegó.
El elevador llegó a su destino y las puertas se abrieron, sacándola de sus pensamientos. Pero no pudo levantarse, no estaba lista para lo que estaba por ver… Tenía que ir a la sala de ultrasonidos, pero ahora tenía miedo, un miedo ensordecedor… Porque debía decir la verdad, estaba acorralada.
Sólo que había un problema enorme… Inuyasha sabía que estaba embarazada, pero que el padre de ese bebé era su «novio». Apretó los ojos, sintiendo el peso de sus mentiras asfixiándola… ¡Dios! ¿Qué tontería había hecho?
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Hakudoshi estaba recostado en la cama, su mano cambiaba los canales de la televisión con el control remoto, pero en realidad no prestaba atención en ella. El vapor se filtraba por debajo de la puerta del baño, y la habitación se llenó de un olor delicioso a flores silvestres. Era Kikyo, estaba tomando un baño, ya que acababan de llegar de su sesión de fotos.
Partieron en la madrugada, rumbo a su sesión fotográfica fuera del país. Aquel fin de semana había coincidido con su descanso, y, aunque no tenía ganas de ir, Kikyo insistió en que debía acompañarla, que era muy importante para ella. Tuvo que aceptar, para no levantar sospechas de que la estaba vigilando. Kikyo le había comentado con ímpetu que se trataba de una campaña de una nueva línea de ropa, de una diseñadora del momento. Sería un «boom» en su carrera, y después de eso, sería la más buscada por las marcas. Era un gran paso en su carrera... Y él, en otras circunstancias, estaría orgulloso de su prometida. Incluso, la habría llevado a cenar para festejar y terminar la velada haciéndole el amor toda la noche. Pero últimamente no le había apetecido intimar con ella. Había subido al mando hace casi dos meses, después de la sorprendente renuncia de Inuyasha.
Inuyasha había ido a Francia para cerrar un importante negocio, y después simplemente dejó el cargo como si fuera cualquier cosa. Aunque era lo que él había deseado, no pudo sentirse feliz por haberlo logrado, no así. Había algo aquí, algo que no le gustaba para nada, porque cuando había sido anunciado ante la prensa, notó la cara satisfecha de Kikyo… Como si hubiera ganado algún premio. Llevaba semanas con Kikyo en mente, aquella sonrisa malévola de Kikyo en la fiesta y esa expresión de triunfo ante la prensa. Recordaba haber visto esa expresión tan perturbadora antes, cuando habían echado a perder la relación de Inuyasha y Kagome.
¿Qué había hecho Kikyo para sonreír así? Supo que debía averiguarlo, pero al indagar en su vida diaria no encontró nada fuera de lo común. ¿Qué era lo que estaba detrás de ella? Eso tal vez tenía relación con lo que Kagome le había dicho, aquellas acusaciones falsas de usar trampas para subir al mando... ¡Algo tenía que relacionarse con Kikyo!
Le dolían las sienes por pensar tanto. Apagó el televisor y estuvo a punto de recostarse y dormir, mañana sería otro día... Pero al sentir la almohada contra su cabeza, una vibración se escuchó y perturbó su tranquilidad. Qué extraño, Kikyo nunca dejaba el móvil en vibración. ¿Y si era algo importante? La curiosidad le ganó y abrió el cajón del lado de Kikyo.
Frunció el ceño, ahí había un dispositivo que no había visto antes. Kikyo siempre tenía el móvil más reciente, pero ese era un modelo viejo. Su mente se llenó de sospechas al notar que tenía que colocar una contraseña o usar el sensor facial, algo inusual, Kikyo no hacía eso. Ya que él a veces contestaba por ella, más cuando se trataba de su representante. No necesitaba ocultar nada de él.
Intentó desbloquearlo, pero no pudo hacerlo. Suspiró con frustración, pensando en una manera de desbloquearlo y sacar sus dudas. Recordó que tenía una foto de Kikyo en su cartera, y una idea cruzó su mente. Sonrió con incredulidad, parecía absurdo, pero debía intentarlo. Tomó la foto de Kikyo y la colocó frente al móvil. Para su sorpresa, el dispositivo se desbloqueó.
Se sentía mal haciendo esto, pero no tenía opción. Quería saber qué ocultaba Kikyo. Había actuado con demasiada tranquilidad los últimos días… Tal vez ahí estaba la oportunidad de sacarse de dudas, ¿Kikyo había aprendido a fingir? ¿A mentirle?
Comenzó a buscar en varias aplicaciones, pero no encontró nada extraño… Algo lo hizo entrar a la aplicación de fotos, y lo que encontró lo dejó en shock. Ahí estaban las fotos que habían tomado juntos, en la habitación de Kagome. Eran las imágenes donde él y Kagome aparecían en la cama, aparentemente acabando de hacer el amor. Las mismas fotos que habían sido las causantes de la ruptura del matrimonio de Inuyasha y Kagome. Su corazón se hundió al darse cuenta de que Kikyo había jurado borrarlas, había prometido olvidarse de ese asunto, para enfocarse en ellos.
–¿Por qué? –susurró, sintiéndose engañado. ¿Cuántos años había guardado aquellas fotografías?
Kikyo le había mentido, y no solo eso, seguía aferrada a Kagome e Inuyasha. Se dio cuenta de que el pasado no había quedado atrás, y que él había sido el único interesado en mejorar para la relación. Sentía ira y confusión, mezclándose en su interior. Si Kikyo había guardado esas fotos, ¿qué más ocultaba? ¿Qué había hecho esta vez?
Se levantó de la cama, y se vistió. No quería estar ahí, no quería estar con ella… Pero, cuando estuvo a punto de llamar a su chofer e irse… Algo lo hizo detenerse, tenía que enfrentarla. Tenia que exigir una respuesta… Con esa decision en mente, tomó asiento en la orilla de la cama, y siguió buscando algo más en el móvil, tal vez la respuesta que quería. No dejaba de preguntarse por qué guardaba esas fotografías. ¿Qué daño habría causado usándolas? No tenía sentido. Y de repente, al seguir bajando y buscando entre fotos viejas, unas fotos lo dejaron inmóvil. Ahí estaba Kagome en varias fotografías, acompañada de una niña, no podía verle el rostro, habían sido tomadas a la lejanía… Qué extraño, ¿por qué tenía eso?
Entonces, cuando pasó una decena de fotografías, hubo una en particular que lo dejó sin aliento. Ahí estaba Kagome, con esa misma niña, ambas vestidas con camisetas estampadas de madre e hija. Eso pareció contestar su pregunta. Kagome... Kagome… ¿Tenía una hija? Frunció el ceño, y siguió analizando la imagen. A la pequeña no se le veía el rostro con claridad, y al igual que las otras, se alcanzaba a ver su cabello del mismo tono que Kagome, y su estatura hizo que calculara que tendría alrededor de ocho o nueve años de edad... Dejó caer su mano al notar que el tiempo coincidía con la boda de ellos. Fue cuando se dio cuenta de todo.
Inuyasha y Kagome tenían una hija. Pero, ¿por qué Kagome nunca había dicho nada? ¿Por qué Inuyasha no sabía de su existencia? ¿Por qué había estado con él una semana completa hace poco? Era tonto y absurdo pensar que esa niña no era de Inuyasha. El tiempo coincidía... Un escalofrío lo recorrió, sus sospechas de que Kikyo había usado esa información para algo perverso lo perturbaron de sobre manera. Entonces se dio cuenta de qué pasaba… Kikyo seguía siendo la misma y había hecho algo horrible otra vez. Se llevó una mano a la frente, tratando de procesar todo. Aún se negaba a creer que Kikyo no había cambiado, necesitaba escucharlo de su propia voz…
El agua del baño se cerró de golpe. Kikyo salió, envuelta en una bata de baño y secándose el cabello con una toalla. Murmuró algo, que necesitaba comprar el jabón que usaba siempre, porque el olor del que compró en la recepción no le gustaba. Ella se detuvo, notando su cambio de ropa y la intensidad de su mirada. Se fijó en la mano de Hakudoshi, que sostenía el móvil, y su rostro palideció.
–¿Sucedió algo? –preguntó, acercándose a él, sus movimientos eran lentos e inseguros.
Cuando la tuvo frente a él, lo rodeó del cuello. Hakudoshi mantuvo la mirada en ella. Necesitaba respuestas, y no podía dejar que Kikyo lo manipulara con sus encantos.
–Kikyo, ¿qué significa esto? –habló con determinación–. ¿Por qué tienes estas fotos viejas? ¿Y quién es esa niña?
Kikyo tragó saliva, intentando encontrar una manera de excusarse.
–Eso no es nada... Solo son cosas sin importancia, cariño –comenzó, intentando besarlo para distraerlo, pero Hakudoshi la interrumpió.
–¿Cosas sin importancia? –se levantó, alejándola de su cuerpo–. Dime, ¿cómo es posible que una hija de Inuyasha y Kagome sea algo sin importancia?
La vio apretar la mandíbula y dar un paso atrás, había dado en el clavo.
–Te lo puedo explicar…
Hakudoshi bufo sin poderlo creer, tomó eso como una afirmación. Esa niña era hija de Inuyasha y Kagome… ¿Desde cuando lo sabia?
–No quiero más mentiras, Kikyo. ¡Es hora de que me digas la verdad!
Continuará…
¡Y Hakudoshi se enteró! Esto se está descontrolado, ¿no creen? =O ¿Qué hará Kikyo para safarse de esto?
Se acerca la parte que todos esperábamos, así que estén pendientes de las actualizaciones. ;D ¿Cómo se enterara nuestro Inu? Y lo más importante: ¿cómo reaccionará?
¡Nos leemos en otra ocasión!
¡Besos y abrazos!
-Eli.
