09/03/2025
Gracias por sus bellísimos comentarios:
Karii Taisho, Annie Perez, Rosa Taisho, Sam Archer, MegoKa, Cristina Osorio y Valentinehigurashi.
Mil gracias por seguir la historia, son un amorrrr =D
He notado que hemos llegado a los 250 comentarios, 50 follows y 47 favoritos… No pensé que esta historia llegaría a tener tanto alcance, gracias por darle una oportunidad =) por leerme en cada actualización y dejar su granito de amor en forma en comentario ,D (aunque a veces tardo demasiado, mil disculpas).
¡Holaaa mi bella gente!
Este capitulo debió subirse el viernes, pero no se dio la oportunidad. Lamento no haberlo hecho, pero pasaron cosas que me impidieron concentrarme. Una de ellas es que tuve a mi gatito enfermo y la verdad me costó concentrarme en editar el capítulo. Sentía que mi cabeza iba hacía el pensamiento de que podría perderlo… Pero gracias a Dios, se está recuperando.
También fué mi cumpleaños, justo el 6 de Marzo =D cumplí 27… Uff, como pasa el tiempo. Ya una década de haber entrado en el mundo de los fanfics (o creo que más… Tal vez desde los 15 años entré en esto, no recuerdo bien).
Ok, ya me alargué, volvamos al contexto del fic xD
En esta ocasión les traje un capítulo largo =D
Les aviso que tardaré un poco más en cada actualización. Para poder traerles un capítulo extenso y de calidad... ¿Qué opinan?
Llegamos a un momento clave del fic… Sólo quiero decirles que vienen cosillas y giros en estos próximos capítulos… Preparen su corazón.
¡Los dejo leyendo!
CONVIVIENDO CON MI EX.
Capítulo 26: Encuentro inesperado.
Estacionó el auto justo frente al edificio donde Midoriko tenía su departamento. Curiosamente, quedaba a unos minutos del suyo.
–Me encantó la película –comentó Midoriko mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad.
–A mí también me gustó –intentó sonar sincero, pero la verdad era que ni siquiera le había prestado atención. Todo el tiempo había estado pensando en lo ocurrido con Kagome.
–¿Cuál fue tu parte favorita?
–Pues… –trató de pensar en algo, pero su mente estaba en blanco–. La parte donde…
–Peque-yasha, ni siquiera le prestaste atención –declaró ella, cruzándose de brazos.
–Claro que sí, solo que es difícil escoger una parte…
–No –lo interrumpió, alzando una ceja–. Además, noté que apenas tocaste tu comida en el restaurante. Algo pasó. Algo sucedió esta tarde cuando te llamé… y aún no me has contado.
Inuyasha suspiró, dejando caer la frente sobre el volante.
–No puedo mentirte, ¿cierto?
–No, eres pésimo mintiéndome –afirmó ella con una media sonrisa.
–Pues sí… Algo pasó.
–Cuéntame, ¿qué sucedió?
Después de contarle lo sucedido con Kagome en la cocina del café, hubo un total silencio entre ellos. Inuyasha giró el rostro, esperando un consejo. Algo, lo que fuera. Que le dijera que debía superarla, que pasara página y la ignorara… Por alguna razón, necesitaba escucharlo de Midoriko. Pero ella parecía meditar, observando sus propias manos aferradas a su bolso.
Midoriko no pudo evitar sentir una punzada en el pecho. Después de todo, sentía algo por Inuyasha. Y, sin embargo… él seguía amando a Kagome. Lo sabía, lo veía en su mirada, en la forma en que todavía sentía la necesidad de exigirle respuestas a ella…
–«Ojalá esa mujer no se hubiera aparecido de nuevo…» –pensó.
Y a los pocos segundos, detuvo el rumbo de sus pensamientos. Apretó los dedos contra el cuero de su bolso y sacudió la cabeza. Había decidido no insistir con él. No podía forzarlo a quererla de la misma forma. No cuando aún no estaba listo… pensó que si las cosas fluían con el tiempo, le encantaría, pero si no... Bueno, en realidad no era el único hombre en el mundo. Tal vez había alguien ahí afuera esperando por ella... Aunque, por ahora, su corazón estaba cautivado por Inuyasha. Era humano sentir… Y por ahora, sentía celos de esa mujer.
Respiró hondo, recordando su ética profesional. Como psicóloga, estaba acostumbrada a escuchar y analizar. Su trabajo era ayudar a las personas a comprenderse a sí mismas, a enfrentar sus emociones en lugar de reprimirlas. Pero con Inuyasha, todo era más complicado. Él... era más que un paciente. Era alguien a quien, en algún punto, había comenzado a ver de una manera diferente. No podía permitir que sus sentimientos interfirieran en sus consejos. Se obligó a observar la situación desde otro ángulo: el profesional.
Inuyasha no solo estaba dolido. Estaba confundido. Kagome seguía teniendo un poder inmenso sobre él, pero lo que más llamaba era lo que Kagome había hecho: Evadir una respuesta.
–Dijiste que ella se veía nerviosa, que parecía querer decir algo más… Pero después ya no la dejaste terminar –murmuró Midoriko, pensando en voz alta.
–Sí. –Inuyasha la miró con cansancio–. Pero, en mi defensa, al principio no quiso decírmelo... Después no la dejé hacerlo porque... Bueno, supongo que por mi orgullo.
Midoriko inclinó la cabeza, analizando la escena en su mente.
–A veces evitamos decir algo porque tenemos miedo de cómo reaccionará la otra persona… –lo notó tensarse–. Peque-yasha, te conozco. Me imagino cómo reaccionaste ante sus respuestas. ¿No crees que quería esperar a que te calmaras?
Inuyasha analizó aquello y entonces recordó cómo lo veía… Tal vez suplicando con la mirada que se calmara.
–Sí, tal vez tengas razón... Actué un poco… Impulsivo.
–¿Un poco?
–Ok, quizá… Demasiado.
–¿Ves? No me equivoqué.
–¿Y entonces qué hago?
Midoriko sonrió con un dejo de tristeza, pero tenía que aconsejar con imparcialidad. Lo tomó suavemente por los hombros. Tenía que decirle algo primero.
–Peque-yasha, tienes que ser más suave al tratar con ella. Ten en cuenta que está pasando por esto sola. Una mujer embarazada es más susceptible a todo… Sus emociones cambian repentinamente… Y lo que ella siente, lo siente el bebé.
Aquel comentario lo hizo pensar en lo ocurrido. Suspiró, resignándose. Midoriko tenía razón.
–Tal vez…
–Shh, aún no termino –dijo ella, alzando una mano–. Tienes que escucharla si vuelven a hablar de ello. Más tranquilo, y por favor, piensa en su embarazo. Si te ve alterado, no te dirá nada más…
Inuyasha asintió, meditando sus palabras. Entonces recordó el rostro de Kagome…
–Ella… parecía nerviosa, incómoda.
Midoriko asintió.
–¿Y eso qué te dice?
–No lo sé… –Inuyasha suspiró.
Midoriko lo observó con cautela.
–Tal vez solo le incomodaba decirte quién es el padre de su hijo… Tal vez es alguien que conoces o…
Inuyasha entrecerró los ojos, notando su vacilación.
–¿O qué?
Midoriko tragó saliva.
–«O tal vez es tuyo» –pensó.
La idea retumbó en su mente con una fuerza abrumadora. Estuvo a punto de decirlo en voz alta, de soltarlo sin filtros. Pero… ¿sería prudente? Después de todo, eso podría ser posible. Por algo Kagome le había dicho que quería decirle algo... ¿Debía mencionarle esa posibilidad? Pensó con cautela… Pero Inuyasha ya había sufrido demasiado. Si le decía algo así sin pruebas y solo simples suposiciones, solo haría que se ilusionara… Y si al final no era cierto, la caída sería aún más dura. ¿Soportaría eso?
Se debatió en silencio durante unos segundos, pero entonces tomó aire y, en lugar de lanzar una suposición precipitada, escogió otro camino.
–Lo que sea que tenga que decirte, escúchala por completo. No te alteres, no la interrumpas. Solo escúchala.
Inuyasha sonrió con amargura.
–¿Escucharla, eh? Pensé que me dirías otra cosa… Tenía la esperanza de que me dijeras que la olvidara.
–Más que una psicóloga, soy tu amiga. Y como tu amiga, te pido que confíes en lo que te digo. Si Kagome vuelve a hablar contigo sobre esto… No dejes que tus impulsos te ganen. Pídele que te diga todo directamente… Si es posible, con piedritas, porque los hombres a veces no captan lo que tratamos de decir –añadió con tono de broma al final, intentando restarle tensión al momento.
Inuyasha le sonrió ante lo último y asintió, soltando un suspiro.
–Tal vez tienes razón… Lo pensaré –murmuró–. Debo escucharla.
Midoriko lo observó con una leve sonrisa, pero en su interior seguía sintiendo aquella punzada de inquietud al verlo turbado por ella.
Inuyasha asintió lentamente.
–Gracias, Midoriko.
Mientras el auto de Inuyasha se alejaba, ella sonrió con cariño, aunque en el fondo su corazón pesaba. Sabía que lo estaba ayudando a acercarse a una posible verdad… pero también sabía que, al hacerlo, lo estaba alejando más de ella. Conocía bien a Inuyasha: tal vez podía ser impulsivo a veces…
Pero él amaba a Kagome, y a ella no.
Sabía que probablemente saldría perdiendo en todo esto. Apretó el bolso en sus manos y decidió que debía prepararse, porque presentía que algo fuerte pasaría.
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Mientras entraba al edificio, Kagome no podía evitar pensar en lo ocurrido hace unos días con Inuyasha. Decidió que tal vez debía darle esa semana para calmarse y luego iría a verlo otra vez. Esta vez, pensaba ser directa. Después de todo, debía enfrentarlo tarde o temprano.
–Buenos días, señorita –saludó Myoga desde la recepción. Era el encargado del edificio–. ¿Y nuestra pequeña inquilina?
Kagome sonrió, sabiendo que se refería a Moroha.
–Se inscribió en unas clases de música y canto cerca de aquí, pero volverá en unas horas.
El día que se enfrentó a Inuyasha, había llamado a Totosai para que la pasara a recoger con Kaede. Allí le dieron la noticia de que Moroha se había inscrito en un curso. Sin embargo, Kagome sabía que su hija no lo necesitaba ya que tenía excelentes calificaciones. Pero cuando le preguntó, Moroha le explicó que las clases no eran académicas, sino de algo que le apasionaba mucho: la música y el canto.
Kagome se quedó pensativa. La idea de que su hija tomara clases de algo tan creativo le parecía interesante. También sentía que esas actividades la mantendrían ocupada y que tal vez volvería a ser la misma de antes con ella. La notó alegre y llena de energía mientras le hablaba de su deseo de aprender a tocar la guitarra o incluso la batería. El brillo en su mirada la hizo pensar que, de alguna manera, su pequeña había vuelto.. La Moroha de antes de la visita de Kikyo. Aceptó sin dudar, y su hija la abrazó con euforia.
Ahora, Moroha debía madrugar para ir temprano a su clase, y Kagome tendría que recogerla en unas horas. Pensó que tal vez ahí había acabado su mal comportamiento, pero no estaba de más llevarla con un profesional. Por suerte, en la escuela de Moroha había un psicólogo. O al menos de eso se enteró esta mañana.
Le platicó a la profesora que tal vez estas actividades ayudarían a su hija a desestresarse. La profesora le comentó que el psicólogo de la institución podría ayudarla y que le sacaría una cita para que las atendiera. Kagome aceptó y la maestra le dijo que en la hora de salida le informaría qué día sería la consulta. Aquello le quitó un peso de encima.
–Espero que disfrute su clase –dijo Myoga con una ligera inclinación de cabeza.
Kagome asintió y le sonrió amablemente al anciano.
–Sí, yo también lo espero –respondió.
Con un suspiro, se despidió de Myoga y comenzó a caminar hacia las escaleras.
El embarazo le había recordado la importancia de mantenerse activa. Había leído sobre las enfermedades que podían surgir y las recomendaciones eran claras: una dieta saludable y ejercicio moderado. Así que subir escaleras y evitar el elevador se había convertido en parte de su rutina.
Respiró hondo al detenerse en un piso. El tramo que llevaba le pareció pesado en ese momento. En ese momento, sintió que lo que llevaba estaba pesado. En sus manos tenía unas bolsas con todo lo necesario para preparar hamburguesas, ya que Moroha había mencionado que se le antojaban para cuando regresara. Así que, antes de volver al edificio, había ido a comprar todo para el antojo de su hija.
Ojalá hubiera tomado el ascensor. Pero no… Había decidido hacer ejercicio para un embarazo saludable.
Al ver el número del piso y saber que aún le faltaba la mitad del camino, sintió una enorme fatiga… Y en ese momento, una "necesidad" urgente la hizo apretar las piernas. Así como había empezado una dieta saludable, también había comenzado a tomar más agua… Y estas eran las consecuencias de ello.
–Había olvidado cómo dan ganas de ir al baño… –murmuró para sí misma, abriendo la puerta de las escaleras y metiéndose en un piso.
Rápidamente caminó por un pasillo, buscando los sanitarios. Al verlos al final, sonrió. Le alegraba saber que en cada piso había, por lo menos, un baño. Caminó con paso decidido, pero antes de avanzar demasiado, el sonido del ascensor abriéndose la hizo frenar en seco…
La cabeza de cabello plateado la hizo tragar saliva… Y aún más cuando bajó la mirada y notó de quién se trataba.
–Inuyasha… –susurró sin querer.
Ahí, vestido con ropa deportiva, estaba Inuyasha. Tenía una mano en el bolsillo y en la otra sostenía su móvil. Kagome se arrepintió de haberlo nombrado, porque el aludido se tensó al instante y alzó lentamente la cara. Su semblante le dejó claro que no podía creer lo que estaba viendo. Y cuando sus ojos se encontraron, ella quedó paralizada por un instante. Su pulso se aceleró de inmediato… Pero al mismo tiempo, la "urgencia" volvió con más intensidad.
Inuyasha sintió que su corazón brincó ante la mera voz de Kagome, pero se obligó a ignorar esa reacción instantánea de su cuerpo. ¿Qué hacía ella aquí? Se preguntó mientras salía del ascensor. No tenía sentido que Kagome estuviera allí. Los Taisho eran dueños de esos departamentos de lujo, y unos de ellos le pertenecía a él. Entonces, ¿qué hacía ella ahí?
Sus ojos bajaron a las bolsas que Kagome sostenía a sus costados. Por un momento, se preguntó si estarían pesadas. Luego recordó que estaba embarazada y sintió una punzada de preocupación. Pero al instante se reprendió a sí mismo por preocuparse… No tenía por qué.
Sacudió un poco la cabeza y, cruzando los brazos, le preguntó con frialdad:
–¿Qué hace aquí?
Kagome sintió un escalofrío al escucharlo, pero la "necesidad" de su cuerpo la obligó a apretar aún más las piernas. No tenía tiempo de detenerse a pensar en una respuesta. Se mordió el labio, sintiéndose cada vez más incómoda, su vejiga explotaría si no huía… Y sin más, le extendió las bolsas.
Inuyasha las tomó por inercia, parpadeando, tal vez confundido por esa acción.
–Perdona… –exclamó ella, y sin darle tiempo a reaccionar, salió corriendo hacia el sanitario.
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Kagome se sostuvo del lavabo, respirando hondo. Sus manos temblaban ligeramente mientras el agua caía por sus dedos. Aún sentía la adrenalina de haber salido corriendo, pero ahora lo que la hacía estremecerse no era la urgencia de su cuerpo, sino… Él.
Su sola presencia movía todo en su interior, era algo inevitable… Tenía que salir. Pero…
«Inuyasha estaba ahí afuera…»
Ese pensamiento hizo que su corazón bombeara más rápido. Se miró en el espejo y notó el leve rubor en sus mejillas. Apretó los labios, intentando calmarse, pero entonces un pensamiento le heló la sangre.
«Moroha…»
En cuestión de poco tiempo, ella volvería al edificio…
–Dios santo… –murmuró, llevándose una mano a la cara. Estaba acorralada.
El miedo se instaló en su pecho como un peso insoportable. A pesar de que ya había decidido decirle todo, no podía evitar sentir nervios y temor ante su reacción. Apenas dos días antes habían tenido una discusión. La pelea en la cocina aún estaba fresca en su mente: la forma en que él había reaccionado, su enojo, sus palabras… Todo la hacía temblar. ¿Reaccionaría aún peor al saber la verdad?
Y ahora, por alguna cruel jugada del destino, se lo había vuelto a encontrar… Tal vez era el universo diciéndole que le quedaba menos tiempo para ser sincera. Antes de que todo saliera a la luz de golpe… Y fuera aún peor. Suspiró frustrada, secó sus manos con una toalla de papel y salió del baño. En cuanto cruzó la puerta y dejó caer la toalla en el cesto de basura, lo buscó con la mirada. Pensó que tal vez se había ido… Pero Inuyasha seguía ahí.
Estaba apoyado contra la pared, sosteniendo las bolsas en sus manos. Cuando la vio, su ceño se frunció, como si su sola presencia lo irritara…Dolía. Esa mirada fría y penetrante dolía. Tragó en seco, recordando la pregunta que él le había hecho hace unos minutos… Se sintió atrapada. Pero hizo como si no hubiera escuchado nada.
–Gracias –murmuró, extendiendo las manos para tomar las bolsas.
Inuyasha se encogió de hombros y emitió un sonido afirmativo, entregándoselas sin soltar aún su mirada sobre ella. Su mente seguía dándole vueltas a la misma pregunta. ¿Qué hacía Kagome ahí?
Ese edificio pertenecía a los Taisho. Solo ellos eran dueños de los departamentos, y las rentas no eran precisamente accesibles. ¿Cómo podía costearse algo así? Volvió a mirar las bolsas que llevaba en las manos. Había alcanzado a ver ingredientes para hacer comida rápida.
«¿Era eso saludable para el bebé?»
Un nudo se formó en su estómago.
«El bebé de Kagome… Y un extraño»
El pensamiento lo golpeó con fuerza, pero lo apartó de inmediato. No tenía por qué importarle… A pesar de que Midoriko le había dicho que debía escucharla, decidió que dejaría que ella sacara el tema. No la forzaría. Así que decidió volver al tema anterior.
–¿Qué hace aquí? –repitió con voz firme.
Kagome inhaló hondo. Su mente trabajaba a toda velocidad. ¿Qué debía decirle? ¿«Tu abuelo me presta un departamento»?
No. No podía meter a Totosai en esto… Definitivamente se molestaría si lo sabía. Pero ahí estaba, exigiendo una respuesta… Entonces decidió evadir la pregunta con sus propias palabras.
–Lo que haga o deje de hacer es asunto mío –intentó sonar fría, repitiendo las mismas palabras que él le había dicho.
Inuyasha alzó las cejas, sorprendido… Entonces lo recordó.
–«Señorita Higurashi, lo que usted haga o deje de hacer no es asunto mío»
Una sonrisa irónica se formó en sus labios. Le había regresado lo que había dicho… Touché.
–Hasta luego –se despidió ella, asintiendo con la cabeza y se alejó.
Inuyasha la vio caminar hacia las escaleras sin siquiera dedicarle otra mirada. Apretó los dientes, sintiendo una punzada molesta en su interior. Algo en él quería dejarla ir… Pero la otra parte se negaba a hacerlo. Observó que pasaba el ascensor y se dirigió a las escaleras. No pudo evitar fruncir el ceño.
–«¿De verdad subió todos esos pisos sola? ¿Quién hace eso estando embarazada?»
Se quedó inmóvil ante sus pensamientos. Debía ingresar a su departamento y apurarse para ir con Kaede, dejarla que se alejara, pero un impulso lo traicionó… Un instinto que no había sentido hace tiempo. Sus piernas se movieron antes de que su mente pudiera detenerlo, y cuando se dio cuenta, ya la había alcanzado en unos cuantos pasos, sujetándola del codo.
–¿A dónde va?
Kagome se giró alzando una ceja.
–¿Acaso te importa?
Su tono era cortante, pero sus ojos parecían sorprendidos por verlo ahí. Sinceramente, él también estaba sorprendido por haberse dejado llevar por el instinto de seguirla. La miró fijamente y entonces se dio cuenta de algo. Ella lo tuteaba con naturalidad, mientras él aún la trataba con ese tono distante, marcando su distancia.
¿Cuándo se habían invertido los papeles?
¿En qué momento ella dejó de ser su Kagome y se convirtió en una desconocida?
–Sí… No… –se debatió y soltó su agarre–. Solo digo que subir escaleras y llevar cosas pesadas es peligroso para una embarazada, ¿no cree?
Kagome sintió algo cálido en su interior. Su tono tenía duda, pero lo delataba su mirada… Estaba preocupado.
–Estoy embarazada, no enferma –sacudió las bolsas con un leve movimiento–. Y esto no pesa tanto… Además, debo hacer ejercicio –sin darle oportunidad de contestar, continuó subiendo.
Inuyasha la observó en silencio mientras desaparecía. Era terca como una mula. Bufó con fastidio y se giró, regresando hacia su departamento con las manos en los bolsillos. Pero al llegar a la puerta, algo se revolvió en su interior… Un instinto le decía que no debía dejarla subir con todo eso… Cerró los ojos y pasó una mano por su cara, exasperado.
–«¿Por qué demonios sigo preocupándome? No es mi problema, no es mi novia, y ese no es mi…»
Pero no pudo terminar el pensamiento. Porque sentía que sí le incumbía. Porque, aunque quisiera convencerse de que debía pasar página, la realidad era que no podía verla luchar sola y simplemente ignorarla. Chasqueó la lengua y giró sobre sus talones, corriendo tras ella.
Kagome ya había subido un piso cuando escuchó unos pasos apresurados detrás de ella. Al volverse, su respiración se detuvo por un segundo.
–¿Inuyasha…? –susurró sorprendida.
Antes de que pudiera reaccionar, él ya le había quitado las bolsas.
–Le ayudo –murmuró sin mirarla–. ¿A qué piso va?
Ella abrió la boca para responder, pero él ya estaba subiendo.
Kagome lo observó con completo asombro. A pesar de todo… A pesar de lo que pensaba de ella… A pesar de cómo ella se había comportado con él hace meses… Seguía preocupándose. Instintivamente, llevó una mano a su vientre y hundió sus dedos en la tela de su ropa con suavidad.
–«Papi se preocupa por nosotros»
Sus ojos se nublaron de lágrimas. Odiaba esta parte del embarazo. No podía controlar sus emociones; con cualquier cosa se molestaba y con cualquier pequeñez lloraba.
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–Es aquí –susurró al llegar al piso.
Inuyasha bajó un par de escalones, dándose cuenta de que había subido de más, y la siguió. Pero cuando su mirada se posó en la puerta del departamento de Kagome y vio el número, su expresión se endureció… Se quedó estático.
–«No puede ser…»
La reconoció al instante. Esa puerta, ese departamento… Le pertenecía al abuelo Totosai. Su mandíbula se tensó.
¿Qué hacía Kagome en un departamento que pertenecía a su abuelo?
¿Desde cuándo vivía ahí?
Y lo más importante: ¿por qué su abuelo la estaba ayudando?
Las preguntas golpearon su mente, pero luego, un recuerdo se filtró entre su confusión… La isla. Totosai y Kagome se habían vuelto más cercanos en la isla. Recordaba haberlos visto hablar muchas veces. Su abuelo se mostró amable con Kagome, tratándola como un miembro más de la familia, mientras ella le demostró respeto y cariño de la misma forma. Por alguna razón, se llevaron bien.
Inuyasha exhaló lentamente, pensando que esa debía ser la razón por la que le había permitido estar en un edificio como este… Tal vez lo había hecho solo por ella… Porque, a su manera, Totosai la apreciaba. La idea le formó un nudo en la garganta. Eso significaba que Totosai y Kagome habían tenido contacto después de lo ocurrido en la isla… Distraídamente, se preguntó si alguna vez ella preguntó por él… ¿Lo habría hecho?
Kagome notó la expresión tensa de Inuyasha, pero intentó hacer como si no se hubiera dado cuenta. No quería que la cuestionara una vez más sobre qué hacía allí. Podría causar una disputa entre él y su abuelo Totosai. Abrió el departamento, extendió las manos y tomó las bolsas con suavidad.
–Muchas gracias –murmuró cabizbaja mientras las metía y las dejaba en la mesa del recibidor. Se volvió hacia él nuevamente y le dedicó una sonrisa sincera.
Cuando Inuyasha dejó de ver el número en la pared y enfocó el rostro de Kagome, lo que vio lo desconcertó y sintió un flechazo de dolor. Era una sonrisa genuina. Pero sus ojos… Sus ojos estaban rojos. Como si estuviera conteniendo el llanto.
–¿Pasa algo? –preguntó sin poder evitarlo.
Fue ahí donde su sonrisa desapareció. Kagome negó con la cabeza; su garganta se cerró al instante ante esa muestra de preocupación. ¿Cómo podía decirle que se había sentido cautivada por su ayuda? Que ese simple gesto, ese acto que para él probablemente no significaba nada, y esa preocupación por ella la habían conmovido hasta el punto de hacerla llorar. Se sentía tonta por llorar por eso, pero ahí estaba, con el pecho apretado y el corazón latiendo como loco. Intentó sonreír una vez más para disipar su preocupación, pero sus labios temblaron y, antes de poder detenerlo, un sollozo se escapó… Y una lágrima rodó por su mejilla.
Y, sin esperarlo, la mano de Inuyasha se alzó hacia ella.
Inuyasha rozó su piel con suavidad, atrapando esa lágrima antes de que pudiera descender a la comisura de su boca. Fue un gesto automático, instintivo. Pero en el momento en que sus dedos tocaron su mejilla, la sintió paralizarse.
Kagome apretó los ojos, disfrutando de ese roce. Ese toque… Ese toque no había cambiado. Era el mismo que la había acariciado con amor en la isla, el mismo que había explorado su piel tantas veces con devoción, el mismo que le había pertenecido… Era el mismo toque, las mismas caricias a las que había renunciado. Pero ahí estaban otra vez, intactas. Disfrutó la familiaridad de la calidez de sus dedos… Entonces fue demasiado. El nudo en su garganta se rompió ante los recuerdos. Las lágrimas escaparon como si una presa de un río hubiera cedido...
Inuyasha sintió su pecho apretarse con fuerza al ver cómo salían más lágrimas de sus ojos.
–«¿Por qué verla así me golpea tanto?»
Había intentado convencerse de que no debía importarle, que lo que Kagome hiciera o dejara de hacer no era asunto suyo. Se repetía una y otra vez que ese bebé… Ese bebé que no era suyo… Y que no tenía por qué preocuparse por ella. Y, sin embargo, ahí estaba, volviendo a caer ante ella, limpiándole las lágrimas porque detestaba verla así… Sin poder dejarla ir…
–¿Por qué llora? –preguntó con voz baja, dudosa.
Kagome respiró hondo, intentando calmarse, pero su corazón latía demasiado rápido.
–Es el embarazo… –susurró con una sonrisa amarga, secándose el rostro con la manga–. Ando sensible… No ayuda en nada que sigo sola en esto…
Se interrumpió. Pero la palabra ya estaba ahí… «Sola».
Inuyasha sintió una punzada en el estómago. «Sola». Ella estaba pasando por esto completamente sola… Su mirada bajó instintivamente a su vientre. Y no pudo evitar pensar que, si tan solo ese bebé hubiera sido suyo…
–«Si hubiera sido nuestro…» –pensó con amargura.
Él habría estado ahí desde el principio. Habría sostenido su mano cuando vio el resultado positivo, habría contado los días con ella para tenerlo entre sus brazos, habría cuidado de los dos, asegurándose de que nunca les faltara nada… Pero no había sido así… No era su hijo… Ellos no eran su familia.
Volvió a mirarla a los ojos, sintiendo ese nudo en la garganta. Y aumentó más al ver otra lágrima deslizándose por la otra mejilla de Kagome… Entonces, de manera precipitada, algo hizo eco en su mente.
«Peque-yasha, tienes que ser más suave al tratar con ella. Ten en cuenta que está pasando por esto sola. Una mujer embarazada es más susceptible a todo… Sus emociones cambian repentinamente… Y lo que ella siente, lo siente el bebé…»
La voz de Midoriko resonó en su cabeza… Y, viendo a Kagome quebrarse frente a él, supo que tenía razón. Sus manos la tomaron de las mejillas, recogiendo sus lágrimas con los pulgares. Como si al sostenerla, evitara que se desmoronara aún más…
«Estoy pasando por esto sola, ya he tenido suficiente, ¿no crees?»
Recordó lo que ella le dijo en el café. Entonces se sintió mal… Iba a pedirle una disculpa por lo de hace un par de días, por haberla dejado así. E iba a preguntarle qué había querido decirle el otro día, prometerle que esta vez la escucharía… Pero entonces, Kagome abrió los ojos, dejando notar lo rojos que estaban y lo vulnerable que se veía… Y se detuvo. Simplemente pensó que no era el momento. Que lo haría cuando ella lo hiciera… Cuando sus ojos no estuvieran nublados de tristeza… Cuando el dolor en su rostro no lo hiciera sentir que se ahogaba junto con ella.
«¿Pero qué carajos estás haciendo? Ella te rompió… ¿Por qué sigues aquí?»
De repente, su mente le gritó que diera un paso atrás, que no debía involucrarse con ella. Que no tenía derecho a sentirse mal por ella… Porque ella le había roto el corazón cuando quiso darle el mundo. Su mente le decía que, si volvía a acercarse a ella, lo haría de nuevo… Y esta vez, más fuerte que nunca. Pero su cuerpo y su corazón no obedecieron, e hizo todo lo contrario. Dio un paso más, dejando solo una minúscula distancia entre los dos, porque no podía soportar verla así. No podía soportar la idea de que Kagome llorara… No podía verla sufriendo… Porque, aunque quisiera engañarse…
Seguía amándola… Ella seguía en su corazón.
–Kag… –murmuró, dudando, mientras bajaba su mano hacia su cuello.
Kagome parpadeó, sorprendida de que la llamara así. Cuánto había extrañado aquello… Escucharlo salir de sus labios… Pero no lo dijo. Simplemente dejó que su mirada le transmitiera cuánto lo había extrañado. Colocó una mano en su pecho, y bajo sus yemas pudo sentir el corazón frenético de Inuyasha.
–Inu… –susurró, apenas de manera audible.
Y ese fue el detonador de un impulso incontrolable. Inuyasha la rodeó con un brazo, acercándola sin pensar. Kagome inhaló bruscamente, sintiendo su calor, su cercanía… Aquel contacto que tanto había extrañado… Y entonces la besó.
Sus labios se encontraron con urgencia, con hambre, soltando todo lo que habían reprimido por tanto tiempo. El roce era intenso y desesperado, como si fuera el último de sus vidas. Se reconocieron en el beso, y cuando sus lenguas se tocaron, un suspiro de deleite se escapó de ambos.
Inuyasha deslizó sus dedos entre sus cabellos, sujetándola con firmeza mientras la acercaba más, necesitando más. Kagome se aferró a su sudadera, temblando ante la intensidad del momento, ante la forma en que su cuerpo reaccionaba. Pero no era suficiente… Necesitaba más. Su cuerpo le pedía a gritos fundirse en la cúspide de la pasión. Lo acercó más, jalándolo hacia el interior del departamento sin dejar de besarlo.
Inuyasha cerró la puerta con el pie, sin apartarse ni un segundo de ella. Kagome tembló contra él, pero sabía que no era por miedo, sino por anhelo, por amor… Porque lo amaba. Seguía amando a Inuyasha con la misma intensidad. Y en ese momento, quiso demostrarlo.
Abrieron los ojos y se encontraron por unos segundos.
–Yo… –susurró, acariciándole el rostro, sintiendo la urgencia de serle sincera–. Inu… Yo no he dejado de amarte.
Aquella revelación hizo que su corazón se acelerara en ese momento. Sabía que no estaba mintiendo, pues ahí estaba, con los ojos brillantes, con los labios hinchados por sus besos, con el vaivén desenfrenado de su pecho y el cuerpo pegado por completo a él… Su cuerpo se lo decía, su mirada lo demostraba…
Tuvo la urgencia de decirle que él también, que también la seguía amando. Que, aunque por mucho tiempo se había intentado meter la idea de que debía dejarla ir y seguir con su vida, no había podido… Pero ella no se lo permitió. Simplemente lo volvió a besar.
«Lo amaba…», pensó con euforia, mientras le correspondía con más entusiasmo que antes. A pesar de todo, aún lo amaba… Y él… Él estaba jodidamente enamorado de ella.
Continuaron besándose con la misma urgencia que al principio, y en ese momento, ambos sabían lo que sus cuerpos querían, lo que necesitaban, y no había vuelta atrás. Este era el momento en que volverían a redescubrirse el uno al otro, donde todo lo malo que había quedado entre ellos no importaba.
Inuyasha la tomó en sus brazos sin previo aviso, levantándola con una delicadeza que sorprendió a Kagome. Un estremecimiento recorrió su cuerpo al saber lo que sucedería; su corazón latió más rápido cuando él avanzó por el departamento… Rumbo a su recámara.
–¿Cómo sabes que por allá está mi habitación?
Inuyasha la miró con una ligera sonrisa, casi divertido por su pregunta.
–Mi departamento es igual a este, sé que hay dos habitaciones –respondió con voz baja, confiada–. Sé que la del fondo es tuya porque da al balcón… Y a ti te gustan los lugares iluminados.
Kagome se quedó en silencio, sorprendida por lo que dijo. La conocía bien. Su rostro se sonrojó y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Inuyasha siguió avanzando con ella entre sus brazos, cada paso se sentía como una eternidad. Y cuando la depositó con suavidad sobre la cama, quedando acorralada entre su cuerpo y el colchón, supo que ya no había retorno… Esto era inevitable, algo que sus cuerpos pedían y necesitaban… Unirse.
La luz del día se colaba por el balcón, iluminando la alcoba. Inuyasha se quedó quieto unos segundos, mirándola fijamente, pensativo…
–¿Qué pasa?
Tragó hondo mientras veía el rostro sonrojado de Kagome bajo él. No podía creer lo que estaban a punto de hacer y, antes de que ella se desvaneciera, como en tantos sueños, le hizo una extraña petición.
–Pellízcame.
La cara de Kagome no tardó en demostrar sorpresa.
–¿Qué?
Él tragó hondo y bajó la mirada hasta su rostro sonrojado.
–Siento que en cualquier momento te vas a desvanecer entre mis brazos –susurró, y luego se acercó a su oído–. O voy a despertar.
Kagome cerró los ojos, su piel se erizó ante la cercanía de su voz. Sonrió suavemente y deslizó sus brazos alrededor de su cuello, abrazándolo con fuerza.
–Eso no sucederá –murmuró.
Inuyasha cerró los ojos y hundió el rostro en su cuello, aspirando con intensidad. Su aroma a frutos rojos lo envolvió y su cuerpo reaccionó al instante. Definitivamente, esto no era un sueño. Podía sentir su calor, su respiración acelerada y el latido de su pulso… No quería esperar más.
La besó con urgencia, con la misma intensidad de todos esos meses de deseo reprimido. Las ropas se volvieron un estorbo a medida que el calor entre ellos aumentaba. Se sorprendió al sentir cómo Kagome, con manos temblorosas pero decididas, comenzaba a desvestirlo.
Sonrió al verla batallar con su sudadera.
–Tranquila –dijo, ayudándola a quitársela y quedando solo con la playera deportiva–. Tenemos tiempo…
Pero Kagome no se detuvo. Sus dedos recorrieron sus músculos, reconociéndolos, grabándose la firmeza de su piel. Inuyasha había cambiado… Se sentía más firme, más fuerte… Y ahí supo cuánto lo había extrañado. Bajó la mano hasta el borde de su pantalón, sintiéndolo tensarse al instante. El aire se cargó de electricidad. Kagome, decidida, deslizó un dedo en el borde de la tela de su pantalón, sintiendo el calor de su piel y cómo su respiración se tornaba más frenética. Justo cuando estuvo a punto de meterla por completo, Inuyasha le sujetó la muñeca, obligándola a detenerse.
–«Demonios…» –pensó mientras la detenía. No quería parar. No cuando Kagome lo miraba así, con sus mejillas sonrojadas y esos ojos brillantes y deseosos. Pero recordó algo que lo hizo dudar–. Acabo de llegar del gimnasio, debo estar hecho un asco –murmuró–. Iba a darme un baño…
Kagome parpadeó y luego sonrió con picardía.
–Qué casualidad –dijo, empujándolo suavemente con la palma contra su pecho. Inuyasha, sorprendido, la vio levantarse y tomar su mano–. Yo estaba a punto de tomar un baño…
Inuyasha entrecerró los ojos, comprendiendo al instante lo que ella quería, y su sonrisa se ensanchó.
Unos segundos después, el sonido del agua llenó el cuarto de baño. El vapor comenzó a envolverlos mientras las prendas caían al suelo una por una. Entre miradas cargadas de deseo y susurros entrecortados, ambos se descubrieron bajo la regadera, con la piel ardiendo, y no precisamente por el agua.
–Kag… –murmuró al ver cómo Kagome tomaba la barra de jabón y comenzaba a hacer espuma.
Inuyasha la miraba con atención, sus ojos dorados brillaban con intensidad mientras ella deslizaba las manos enjabonadas por sus hombros, recorriendo sus brazos con movimientos lentos y cuidadosos. Podía sentir la firmeza de sus músculos bajo sus dedos, la calidez de su piel contrastando con la frescura de la espuma… Bajó por su pecho, recorrió su torso, deleitándose por la dureza de sus músculos… Bajó más, y se mordió el labio cuando sus dedos sintieron la dureza de su miembro.
–No tienes idea de cuánto extrañé esto… –murmuró Kagome, al alzar la vista y tomarlo con su mano.
Inuyasha tragó en seco y apretó la mandíbula, su respiración se volvió más pesada al sentir las manos de Kagome. Sentía cómo su miembro se ponía más duro entre sus dedos… Y cuando su mano comenzó a moverse con una tortuosa lentitud, sintió cómo el calor comenzaba a subir, concentrándose en su entrepierna.
–Kag… –su voz salió ronca. La tomó de los hombros, rogándole que siguiera… Pero en ese momento, ella aprovechó para ponerse en cuclillas.
Mientras Kagome dejaba su tarea, dejó que el agua se deshiciera de la espuma. Sonrió de lado y levantó la mirada, disfrutando la forma en que la expresión de Inuyasha había cambiado… Estaba esperanzado a que siguiera. Las gotas de agua caían por su cuerpo de manera deliciosa… Se mordió el labio inferior. Esta era una imagen tan erótica que quería grabársela en la mente. Lo notó rogar con la mirada, y aquel ruego la hizo sentir poderosa… Abrió los labios ligeramente, Inuyasha tensó su mandíbula, dándose cuenta de lo que haría. Y cuando tomó la punta de su carne erecta entre los labios, lo escuchó gemir y soltar una maldición.
–¡Joder…! –exclamó mientras le tomaba el cabello húmedo y lo peinaba en una coleta alta–. Sigue, Kag…
El agua facilitaba sus movimientos. Mientras sus labios lo envolvían, con su lengua torturó el glande… Y en ese momento, descubrió cómo se estremecía entre cada lamida. Volvió a repetirlo varias veces, aún sin introducirlo en su boca por completo…
–No me tortures así, Kag –rogaba entre gemidos, pero no se apartaba de ella, sabía que le estaba gustando. Le tomó el miembro con una mano y comenzó a estimularlo con lentitud, sin sacar la punta de su boca.
–¿Te gusta? –murmuró ella antes de volver a capturar la punta con sus labios y deleitarse con su dulce sabor… El sabor a Inuyasha.
–Sí… Joder, ¡sí! –murmuró con dificultad–. Kag… Ya, por favor.
–Me gusta que ruegues… –admitió y continuó su tarea.
Lo torturó un poco más, pero una vez que decidió que ya había sido suficiente… Se lo introdujo en la boca por completo. Los dedos de Inuyasha jalaron un poco de su cabello, y ella se sorprendió al sentir que aquel tirón no había dolido… Sino todo lo contrario, la hizo soltar un gemido ahogado. Iba a pedirle que repitiera aquello, pero a sus oídos llegaban los gemidos entrecortados de Inuyasha por los movimientos de su boca… Entonces decidió dejarlo para otro momento. Por ahora, quería hacerlo disfrutar, tal como lo había hecho hace dos meses. Mientras sentía el sabor dulce de su lubricante en la boca, supo que había extrañado probarlo, hacerlo enloquecer, sentirlo retorcerse por sus manos y la fricción contra su paladar… Había extrañado ser la mujer que lo llevaba al límite del cielo… Y eso le excitaba. Tener el poder de su cuerpo era tan excitante que sentía como su sexo comenzaba a pedir atención…
La humedad y estrechez de la boca de Kagome eran demasiado para él. Estaba tan caliente y se sentía tan jodidamente delicioso, que por un segundo quiso terminar en su boca. Pero se contuvo porque aún quería disfrutar de este momento… Con su mano en el cabello intentó marcar un ritmo, pero se sorprendió al sentirla moverse más rápido sin necesidad de pedírselo, y cuando sus labios bajaron para succionar sus testículos, sintió que algo lo atravesaba al instante… Una corriente eléctrica le recorrió la columna, dejando que otra onda de calor se situara en su entrepierna.
–Oh… Kag... Amor… –apretaba los dientes, tratando de contenerse. No podía evitar jadear por las sensaciones.
Kagome comenzó a intercalar sus movimientos, capturando su miembro y luego bajando para succionar sus testículos… Apretaba los nudillos, cuando se metia uno de lleno, sentía que su respiración se aceleraba más y más. Esto era demasiado, aquella imagen tan deliciosa de cómo jugaba con su sexo había estado en sus sueños más de una vez… Había pensado que jamás volvería a repetirse. Y ahora que estaba pasando, no lo podía creer. Alzó la cara, cerrando los ojos, el agua le caía con suavidad en el rostro, intentó concentrarse en eso. En el agua, en cómo se deslizaban las gotas por su rostro… Incluso contó hasta diez, porque si no, en cualquier momento explotaría… Pero su tibia boca y sus manos no ayudaban en nada… Y cuando Kagome se concentró en tomar su miembro con la boca, sintió que no podía más… Oh, no. Tenía que detenerla antes de llegar.
–Kag –murmuró, pero ella seguía ahí, tomándolo–. No… Detente –pidió. En cambio, ella aumentó el ritmo, apretó los ojos, sintiendo que en cualquier momento explotaría–. ¡Kag!
Kagome se sorprendió cuando Inuyasha apartó sus caderas y la apartó con cuidado. Alzó la mirada, y se encontró con sus orbes dorados, estaban vidriosos por el deseo.
–¿Por qué me detuviste?
–Estuve a punto de…
–No me importa –murmuró decidida mientras se levantaba y se colgaba de su cuello–. Yo quería…
–No, ahorita no –negó él y ella hizo un puchero–. Estás jugando con fuego.
–Tal vez quiero quemarme –murmuró ella, mordiéndose el labio.
Inuyasha no pudo resistirlo, capturó su labio inferior y lo succionó. Al escucharla gemir, una idea surcó su mente. Y al volver separarse, Kagome notó cómo sus orbes tenían una chispa traviesa.
–Si vas a jugar con ese riesgo… –murmuró–. Entonces yo también quiero hacerlo.
Antes de que pudiera reaccionar, la giró con suavidad, haciendo que su espalda quedara contra su pecho. Tomó el jabón e hizo espuma en sus manos, y sin previo aviso, comenzó a recorrer sus hombros con movimientos lentos y firmes. Haciendo un masaje.
Kagome sintió su aliento cálido contra su oído cuando sus manos bajaron, recorrieron su pecho con lentitud y luego descendieron con un toque tortuosamente lento hacia sus senos. Un escalofrío la recorrió cuando lo sintió apretar sus senos, pegándola más a él… Se mordió el labio al sentir su miembro erecto contra su trasero… Su interior se contrajo y un gemido escapó de ella.
–Te dije que esto era peligroso… –susurró él contra su cuello–. Oh, mira... –pellizcó sus pezones duros y ella jadeó–. Reaccionaron a mi toque... Me encanta –le dio un leve mordisco en el cuello mientras movía sus caderas hacia ella.
No pudieron evitar gemir ante el roce de sus sexos. Kagome cerró los ojos un instante, lo tomó de la cabeza, pegándolo más a su cuello.
–Hazlo otra vez… –rogó después de un gemido.
–Así me gusta… –volvió a morderla y empujar sus caderas contra ella, arrancándole un gemido más fuerte–. Me gusta que ruegues.
Inuyasha tomó más jabón entre sus manos y siguió recorriendo su cuerpo con la misma lentitud intencional. Kagome sintió que su respiración se aceleraba cada vez que su miembro se colaba entre sus glúteos, rozando la entrada de su sexo. Cuando los dedos de Inuyasha se deslizaron sobre su vientre y bajaron hacia su pubis, no pudo evitar retener el aliento… Al fin había llegado a ese sitio que tanto exigía ser explorado. Su pulgar jugó con su clítoris, hizo círculos en el pequeño botón, y con sus otros dedos acarició los pliegues de su mojada y caliente carne... Su interior volvió a contraerse por el placer.
–Así me gusta, que te mojes por mí…
Siguió haciendo su tarea, recorriendo sus pliegues con los dedos y moviendo sus caderas contra ella.
–Inu… Sí… ¡Sí! –decía entre gemidos, arqueándose hacia él y aumentando el ritmo entre ellos.
Volvió a morder su piel, esta vez en su hombro, y nuevamente le arrancó un gemido gutural. Estaba siendo difícil contenerse, más al sentir cómo su miembro se perdía entre la suavidad de sus glúteos, y su punta rozaba la humedad de sus pliegues, aún sin penetrarla. Se concentró en torturarla un poco más, contando mentalmente, intentaba pensar en otra cosa… Pero Kagome estaba complicándolo, debido a que los maravillosos gemidos inundaban el cuarto, rebotando en las paredes, haciendo un eco que interrumpía sus pensamientos… Se tomó un tiempo para seguirla estimulando, deleitandose con sus sonidos. Y cuando menos lo esperó, Kagome soltó un grito entrecortado y comenzó a temblar contra él… Sus dedos fueron mojados por un líquido cremoso y caliente... Kagome se había corrido. Sonrio complacido; entonces decidió que había sido suficiente tortura… Tenía que tenerla ya o sentía que explotaría en cualquier momento.
En el momento en que Inuyasha dio un paso atrás, ella se sostuvo de la pared temblando ante las corrientes que la atravesaban. Apretó los ojos. Estaba sorprendida, había llegado al clímax y aún no la había tomado… Esto había sido más intenso de lo que recordaba… Entonces, al recordar su embarazo, supo que esa era la razón de haberse corrido antes de lo esperado… Estaba sumamente sensible de su cuerpo.
Iba a girarse para volverlo a besar, pero él la tomó de las caderas y la volvió a acercar a él. Sintió un cosquilleo cuando los labios de Inuyasha besaron debajo de su oreja.
–¿Lista? –murmuró mientras le separaba las piernas con su pie.
Pero no esperó respuesta, pues se posicionó a su altura y ella se levantó de puntillas para darle facilitarle lo que vendría. Inuyasha metió su miembro entre sus piernas, y en el momento en que encontró su entrada, de un solo movimiento se introdujo en ella.
–Oh, ¡Kag!
–¡Inu!
Al fin estaban unidos como piezas perfectas, pensó ella mientras se detenía de la pared. El grosor y la dureza de su miembro se sentía como una delicia, su carne se amoldó a la perfección a él… Como si su cuerpo hubiera sido hecho para él. Y él para ella…
Inuyasha no pudo evitar sentir como si hubiera entrado en su propio paraíso, un lugar donde todo lo demás dejaba de existir. El olor al sexo de Kagome, su calor, su humedad, su carne, lo envolvieron con intensidad… La acercó más, dejando que el agua cayera sobre ella esta vez. Y entonces comenzó a moverse con lentitud, disfrutando de cada embestida como si fuera la primera vez. Cuánto había extrañado esa sensación, la sensación de perderse en un apretado y delicioso paraíso.
–¡Ah! ¡Sí! –decía entre jadeos–. ¡Inu! ¡Sigue!
–¿Te gusta? –preguntó, pero sabía que sí. Aunque sonara altanero, sabía cuánto le gustaba esto a ella.
–¡Sí! –ella comenzó a doblarse, deteniéndose de la pared para no resbalarse. Y en ese momento, sintió como llegaba más adentro, más hondo.
La tomó de la cintura, y al verla en esa posición, donde ella había quedado en un ángulo de noventa grados, sintió como si cada embestida se intensificara más y más. Siguió moviendo sus caderas contra ella, sintiendo como sus testículos chocaban contra sus glúteos… El aire se llenó de sonidos: desde sus respiraciones agitadas, sus jadeos, gemidos, el sonido del agua entre sus cuerpos… hasta el sonido de sus cuerpos al unirse. Todo se mezclaba a la perfección, creando una atmósfera de pura lujuria y deseo.
Kagome sentía como su cuerpo se abría para él, y en esa posición, podía sentir como llegaba más adentro, más intenso y fuerte… Pero quería más, algo más…
–Más… –pidió entre gemidos–. ¡Más, Inu, más!
Al instante sintió como aumentaba más el ritmo, y comenzó a respirar con más rapidez. Había extrañado sentir esto, ser tomada por Inuyasha. Por el hombre que amaba con todo su ser… En ese momento no importaba el pasado, ni el futuro. En ese momento, solo importaba el presente, el deseo compartido, la pasión que no se habían dado el lujo de vivir en todo este tiempo.
–No puedo más, Kag… ¡Eres tan deliciosa!
–¡Sigue, Inu!
–Ya casi… Ya casi…
–¡Sí! ¡Inu! –gritó al sentir como una corriente le recorría la columna nuevamente y dejaba un calor en su entrepierna. Se arqueó, sintiéndose en la cima por un instante. Y al momento, sintió como se corría otra vez, apretó las piernas temblando por las convulsiones de su cuerpo.
Inuyasha, al sentir aquel líquido caliente y delicioso, sintió que ya no podía más… Y explotó en ese momento, sintiendo como su esencia se liberaba en el interior de Kagome. La sintió temblar, tuvo que abrazarla mientras él también se convulsionaba por el éxtasis. Las respiraciones de ambos eran entrecortadas, tratando de recobrar la calma…
Kagome cerró los ojos, dejando que su cuerpo se rindiera en los brazos de Inuyasha. Se dejó llevar por las sensaciones que la inundaban, sin detenerse a analizar nada… Su cuerpo se relajó de una manera sorprendente, como si todas aquellas preocupaciones y este estrés se hubieran desvanecido por un momento… Se giró y lo abrazó, dejando que el agua les cayera. Sentía las respiraciones aceleradas de ambos, sonrió complacida… Pero pronto se le borró esa sonrisa al caer en la realidad. La culpa la atravesó, no por lo que habían hecho, sino por la realidad… Por todo lo que le ocultaba. Por no haberle dicho de Moroha, por haberle mentido para dejarlo, por romperle el corazón… Por todo el dolor que les causó a ambos.
Inuyasha respondió al abrazo y no pudo evitar sonreír y suspirar ante la calma. Habían llegado al límite, a la cima juntos… Como tantas veces había pasado, se dejaron llevar por algo que ni él ni ella pudieron detener…
–Inuyasha… Lo siento –murmuró ella de pronto. Se tensó, sintiendo que esas palabras le llegaban al alma, debido al tono arrepentido y sincero con el que salieron.
–¿Por qué? –susurró Inuyasha, sin dejar de acariciar su piel. Sus dedos estaban arrugados debido al tiempo que llevaban bajo el agua.
Kagome apretó los labios. ¿Cómo podía responderle? Ni siquiera estaba segura de qué parte de su culpa pesaba más en sus palabras. ¿Lo sentía por haberlo herido tantas veces? ¿Por haber mentido para huir? ¿Por qué ahora regresaba a desordenar su tranquilidad otra vez?
Su mirada se perdió en la pared, en las gotas que se habían formado debido al vapor. Tal vez… Tal vez el destino la había llevado de vuelta para enfrentar lo que dejó inconcluso. Para decirle la verdad.
–Porque… –comenzó, pero antes de que pudiera continuar, Inuyasha la silenció con un beso.
–No importa ahora –murmuró contra sus labios, sin abrir los ojos, aferrándose a ella como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.
Pero en realidad sí le importaba… Solo que ahora no quería pensar en el pasado, en lo que ella había hecho, en la forma en que lo dejó… Ese "lo siento" había salido con demasiado arrepentimiento. Tal vez se disculpaba por todo. Por haberlo ilusionado, por haberlo dejado, por haberlo lastimado… Tal vez incluso se arrepentía de haberse ido con ese hombre que la dejó. Y por un instante, se permitió pensar que eso bastaba. Que tal vez… Era suficiente para cerrar la herida de manera momentánea. Porque la amaba. Porque nunca había dejado de amarla. ¿Estaba siendo un masoquista? Probablemente… Y si amarla significaba ser masoquista, entonces lo aceptaría…
Su cuerpo reaccionó ante la cercanía de Kagome por segunda ocasión, sonrió mientras se frotaba contra ella, permitió que Kagome pudiera sentirlo.
–Inuyasha… ¿Otra vez? –murmuró ella, rodeándolo del cuello, mientras sus labios rozaban su barbilla.
Él soltó un leve suspiro, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse.
–Sí… –susurró, con una sonrisa de resignación–. Sigo deseándote…
Aquello hizo que el corazón de Kagome brincara.
–¿A pesar de todo?
–Sí, a pesar de todo… Te deseo desde la vez que te volví a ver…
–Inu… Yo… –pero él no la dejó continuar.
–Ha sido un largo tiempo sin ti… Sin tu calor, sin tu ser. Y creo que aún no me he saciado del todo…
–Creo que yo tampoco… –murmuró cerrando la llave de la regadera–. Deberíamos hacer algo al respecto…
–Estoy de acuerdo.
Esta vez, cuando la besó, lo hizo con una suavidad que contrastaba con la urgencia en su interior. La levantó sin esfuerzo mientras la llevaba hasta la cama. Y finalmente, se permitieron ceder al deseo por segunda ocasión.
.
El aire en la habitación era tibio, aún estaba cargado del aroma de su entrega, pero ambos se permitieron disfrutar del momento. El eco de sus jadeos parecía disiparse, dejando un silencio que para nada les parecía incómodo. Sus cuerpos estaban abrazados, piel contra piel… Ninguno de los dos quería moverse.
Kagome sentía su pecho subir y bajar, aún intentaba recuperar el aliento. Su corazón aún golpeaba con fuerza. No podía creer lo que acababa de pasar. No podía creer que, después de tanto, después de todo el dolor, de todas las mentiras, había terminado en sus brazos otra vez. No se arrepentía… Se entregó en cuerpo y alma, a lo que ambos habían querido. Suspiró, pegando su mejilla en el pecho desnudo de Inuyasha.
Inuyasha la rodeó con un brazo, dejándola como su almohada. Suspiró, aún sin poder creer lo que acababan de hacer. No había sido como todos esos sueños donde ella se esfumaba… Esto era real. Acarició su piel con los dedos, y la respiración y olor de Kagome le hizo darse cuenta que no era otro maldito sueño del que despertaría solo y vacío.
Vacío.
Eso era lo que había sentido estos dos meses. Pero ahora… Ahora algo dentro de él se había llenado. La presencia de Kagome a su lado, su calor contra su piel, su aliento contra su pecho… Le daban una paz que no recordaba haber sentido desde hace tiempo… Era la misma paz que había sentido en la última noche que pasaron juntos en la isla.
Sus labios se curvaron en una sonrisa leve mientras se inclinaba para besar su coronilla con ternura. Kagome cerró los ojos y suspiró suavemente, acurrucándose un poco más contra él… Esto era perfecto. Todo en ese momento era perfecto.
Y entonces, una idea se situó en su cabeza.
–«Tal vez… Tal vez ya no hay más obstáculos para nosotros»
Su mano siguió acariciando su hombro, y en su mente, la idea comenzó a crecer. Sí, habían pasado por demasiado. Sí, le había destrozado el corazón. Pero eso había sido antes… Por lo que entendió, el dichoso novio de Kagome ya no estaba con ella. Se había ido…
Y la verdad se alegraba. Tal vez todo lo que ocurrió fue porque no era su momento. Porque no estaban listos, porque las cosas debían suceder de otra manera. Pero ahora… Ahora ella estaba libre. Ahora podía empezar de nuevo. Podía cuidarla. Podía protegerla… Incluso… Incluso podría hacerse cargo de ese bebé si el padre no lo hacía.
«¿Piensas perdonar todo lo que sufriste? ¿Qué hay de todas esas noches de pena y agonía?»
La voz en su mente sonó como un veneno y su pecho se apretó ante los recuerdos. El dolor regresó por un instante. La desilusión, la rabia, la impotencia de esos meses pasados, de todo lo que sufrió por ella, de la forma en que lo dejó atrás sin tentarse el corazón…
–¿En qué piensas? –interrumpió Kagome con suavidad.
Dejó de mirar el techo, y se concentró en ella. En su respiración pausada, en la suavidad de su cuerpo, en su aroma… Entonces todo ese resentimiento se disipó. Tal vez… Tal vez antes no era su tiempo. Pero ahora sí… Ahora era el tiempo para los dos. Ahora ella estaba aquí, en sus brazos… Y no pensaba dejarla ir.
Quería decírselo, quería hacerlo… Pero no se apresuraría... Iría poco a poco.
–Pensaba en cómo te estará yendo con tus síntomas del embarazo.
Kagome suspiró, sintiendo una calidez inesperada por su interés.
–Hasta ahora, solo los antojos y el sueño ocasional…
–Pensé que la pasarías peor.
Ella negó con una sonrisa, apoyando su barbilla contra su pecho mientras dibujaba círculos en su abdomen.
–Sorprendentemente, no hay más síntomas.
–Había leído que cada embarazo es diferente. Y a veces tardan en aparecer, pueden aparecer en cualquier trimes.
–Trimestre –corrigió ella, alzando la cara para mirarlo con curiosidad–. ¿Dónde leíste eso?
–Antes de casarnos, quería estar preparado por si se daba antes de tiempo.
Kagome lo observó con sorpresa. No esperaba que él hubiera leído sobre eso. Algo en su interior se removió… Pero antes de que pudiera decir algo, la urgencia de hace poco regresó.
–Hay algo que sí ha cambiado...
–¿Qué?
Ella se sonrojó, sintiendo vergüenza. No podía decirle "Aumentó mi necesidad de orinar". Qué vergüenza.
–Nada... Tengo que ir al baño.
Se sentó en la cama, pero en cuanto lo hizo, el mundo pareció inclinarse a su alrededor. Como si estuviera en un barco en medio de una tormenta. Su estómago se revolvió violentamente y un líquido amargo le inundó la boca. Todo sucedió en cuestión de segundos. Se tambaleó, sujetándose del borde de la cama.
–¿Kag? –Inuyasha se sentó en la cama de inmediato y corrió a su auxilio.
Ella intentó responder, pero una arcada le cortó la voz. Sintió cómo algo subía con fuerza por su garganta y tuvo que correr al baño, apenas logrando inclinarse sobre la taza antes de vomitar. El ardor en su garganta le resultó insoportable. Sus manos temblaban mientras se aferraba a la porcelana. Odió esto… Parecía que Inuyasha había invocado esto.
Jaló la palanca, sintiendo que su cuerpo temblaba. Un segundo después, sintió una presencia a su lado.
Inuyasha se arrodilló junto a ella y, con delicadeza, le sostuvo el cabello para que no se ensuciara y le colocó una bata en la espalda. Notó que era una que tenía en el armario… Se sintió conmovida, se había molestado en ir a buscarle algo para su cuerpo desnudo.
–Tranquila... –susurró, acariciándole la espalda con ternura.
La vergüenza la golpeó en ese momento… El baño debía tener un olor horrible, y ella debía tener un pésimo aspecto.
–Qué humillante... –murmuró, soltando una risa amarga.
Pero antes de que pudiera recuperarse, otra arcada la sacudió, obligándola a vomitar de nuevo.
–¡Maldita sea! –murmuró, convencida de que Inuyasha debía estar asqueado o molesto por esto–. Lo siento... Esto debe ser asqueroso para ti –logró decir con voz débil.
–Para nada… Y no tienes que disculparte –la abrazo por los hombros–. Es normal, ya pasará.
Esa frase… Kagome se tensó de inmediato, sintió como si una espada le atravesara el pecho. Su mente la llevó de vuelta a aquella noche en la isla, cuando él le había dicho exactamente lo mismo.
«Quiero estar contigo en esas citas con el ginecólogo, verlo en las ecografías, y hasta ayudarte en esas mañanas en las que corres al baño por las náuseas. Quiero abrazarte y decirte: "Todo estará bien, ya pasará, es normal"».
Apretó los ojos con fuerza, sintiendo que se le llenaban de lágrimas. Toda la culpa, las mentiras, el peso de lo que le había ocultado por años. Todo volvió con más intensidad.
–No, no está bien… –murmuró levantándose. Inuyasha la sostuvo de los hombros cuando se tambaleó un poco.
–Kag, esto es algo temporal en un embarazo. Y yo no tengo problema con…
–Es que no hablo de esto –dijo señalando el retrete–. Hablo de… –volvió a ser consciente de que acababa de vomitar, se tapó la boca, debía tener un pésimo aliento en ese momento–. Hablo de otra cosa.
Jaló de la cadena nuevamente y se giró. Se enjuagó la boca con agua y luego con enjuague bucal. Se sostuvo del lavabo con fuerza, esperando que su mareo disminuyera…
–¿Estás bien?
Ella alzó un dedo, pidiéndole que guardara silencio. El peso de la culpa había vuelto con más fuerza, y pensó que tal vez, ahora era el momento, tal vez ahora que estaba ahí con ella, calmado y tranquilo, podría decirle… Todo. Tomó aire, llenándose de valor.
–¿Qué pasa? –preguntó Inuyasha, notando su cambio de expresión. Al alzar el rostro se encontró con la mirada dorada de Inuyasha a través del espejo. Apretó los labios y se llenó de aire, como si el aire pudiera darle todo el valor que necesitaba.
–Estoy embarazada…
Inuyasha suspiró, pasándose una mano por el rostro y colocando las manos en sus hombros.
–Sí, Kagome... Ya lo sé. No tienes que repetirme la razón por la que me dejaste… Porque… –quiso decirle que eso ya no importaba, que la apoyaría con su bebé. Y si quería demandar al dichoso padre por no querer hacerse cargo, la ayudaría… Que no estaría sola en esto. Pero no la dejó continuar, alzó una mano, haciéndolo callar.
–No me estás entendiendo –murmuró ella, con la voz temblorosa.
Inuyasha frunció el ceño, ¿qué era lo que no entendía? Y de pronto, un mal presentimiento lo dominó… Ese tono, esos ojos determinados... Sintió que el suelo desaparecía. Era como un deja-vu de cuando le rompió el corazón…
No. Tal vez estaba imaginando cosas…
–¿Recuerdas lo que te dije la última vez? –Él asintió y Kagome mordió su labio antes de continuar–. Te dije que estaba sola... Pero no porque el padre no quisiera hacerse cargo, sino porque él no lo sabía –se llevó una mano al vientre–. Bueno... Acaba de enterarse.
Aquello no lo esperó, ¿por qué estaba diciéndole esto?
–¿Y qué fue lo que dijo?
Kagome sintió la frustración dominarla, la mirada de Inuyasha demostraba que no la había entendido. Quiso zarandearlo para hacerlo entender.
–Pues aún no lo sé… –lo notó fruncir aún mas el ceño. Le agarró una mano y la colocó sobre el vientre–. ¿Qué dices, Inuyasha?
El cuerpo de Inuyasha se tensó al instante. El tiempo pareció detenerse y el suelo desaparecer... Dejó caer su mano lentamente, quedando sostenida solo la que Kagome tenía. Buscó en su rostro alguna señal de mentira o broma. Pero no encontró nada… Él no dijo nada tampoco. Sintió que su corazón latía a toda velocidad. ¿Acaso él era...?
No. Estaba haciéndose ideas en su cabeza, tal vez había escuchado mal.
Kagome se puso aún más nerviosa al ver que Inuyasha no reaccionaba. Su mirada estaba fija en la suya, pero ella podía notar que su mente estaba muy lejos, tal vez procesando lo que acababa de escuchar.
–¿Qué...? –Su voz salió apenas un murmullo.
Kagome tragó saliva, sintiendo su propio corazón martillear dentro de su pecho.
–No estaba embarazada cuando nos… separamos. Te mentí –aquello fue como una cubeta de agua fría para Inuyasha–. Después me comencé a sentir extraña… Y hace poco, supe del embarazo… Quise decírtelo la vez pasada, pero... Ya sabes que ocurrió.
El silencio se hizo eterno.
La mandíbula de Inuyasha se tensó, y su respiración se volvió más profunda.
–¿Este bebé… ¿Es mío? –preguntó finalmente, con voz baja, asimilando lo que acababa de decirle.
Kagome asintió y, con valentía, apretó sus dedos contra su vientre.
–Es nuestro…
Continuará…
¿Ya vieron porque iba a subirse el viernes? XD se supone que los viernes son de LEMON… Pero lo importante es que lo publiqué, ¿no creen?
Por fin, después de mucha tensión entre estos dos tontitos, ya se merecían algo, ¿no creen?
Y si se lo preguntan, sí, mi esposo volvió a ayudarme a mejorar los detalles desde la perspectiva masculina :O les prometí que así sería, para una mejor calidad de Lemon =D (creo xD).
Iba a dejarlo en "Continuará…" justo después que terminaron su apasionado encuentro. Pero se me hizo muy cruel. Mejor decidí extender el capítulo, para traerles la confesión que todas estábamos esperando… Aunque la reacción completa de Inuyasha, la veremos en el próximo capítulo. (Sigue siendo cruel, pero me gusta dejarlas en suspenso muajajajjaja).
Ay, diosito santo, ¿qué sucederá en el próximo capítulo.
¡Nos leemos en otra ocasión!
Besos y abrazos:
-Eli.
Posdata: no olviden seguirme en facebook (Eline H. T.) y mi canal de Whatsapp, "Eline HiguTaisho" (link en mi BIO).
