-Creí que se te iban a pegar las sábanas – comentó como al descuido Felicia el lunes por la mañana.
Camino le lanzó una mirada de hastío. Le habían salido los dientes desayunando en el bar de sus padres y, a pesar de las ausencias, le seguía encantando hacerlo: el permanente olor a pan tostado, el tintineo de las cucharillas en los vasos de café, alternar tanto con los parroquianos habituales como con los transportistas que estaban de paso, todo la ayudaba a espabilarse desde bien temprano. Pero en los últimos tiempos cada vez le pesaba más que su madre utilizara ese momento para fiscalizar su vida.
-Sería la primera vez. Jamás llego tarde al trabajo.
-Se ve que yo no tengo tanta suerte como tus alumnos. Ayer no te dignaste a aparecer para comer – observó ácidamente Felicia.
-El teatro acabó muy tarde, mamá, y nos quedamos a dormir en casa de los tíos de Ilde. Luego, nos invitaron a almorzar – Camino se sintió obligada a dar explicaciones a su madre. Odiaba hacerlo, pero casi nunca conseguía resistirse.
Felicia dulcificó su expresión, y Camino se sintió ligeramente culpable por mentirle. Ligeramente.
-Haberme avisado. Si estás con Ilde, me quedo más tranquila. Es que tienes mucha suerte de que esté aquí, hija, ya no te acuerdas de lo que lo echamos de menos el año que estuvo en el extranjero... Ojalá viniera menos gente maleducada de fuera, y se pudiera quedar él fijo en el pueblo.
Camino había desconectado de la cháchara de su madre, que tendía a repetir una y mil veces los mismos temas, pero su último comentario la hizo prestar atención.
-¿Gente maleducada? ¿Ha pasado algo?
-Bueno, hija, ya sabes que por el bar pasa todo el mundo, y que yo tengo mucho ojo para calar al personal. Y el otro día estuvieron por aquí dos tipas que no me dieron buena espina. Una tenía un tobillo fastidiado, y no pararon de hacer comentarios desagradables.
Felicia se abstuvo de precisar cuáles habían sido los desafortunados comentarios que había oído. Por mucho que le gustara un cotilleo, sabía que a Camino le afectaría saber cómo la habían descrito aquellas dos mujeres. No había ninguna necesidad de dañar a su hija. La niña de sus ojos.
Aún sin más detalles, Camino no dudó en identificar a la persona de la historia de su madre con Maite. Pero en lugar de reafirmarse en los reparos que la profesora de dibujo había suscitado en ella desde que la conocía, la mala opinión expresada por su madre le generó una duda. ¿Y si la había juzgado apresuradamente, como solía hacer Felicia? ¿Y si se estaba dejando llevar por prejuicios y primeras impresiones equivocadas? Como una buena novela, las personas que valían la pena tenían muchas capas que ir desvelando hasta llegar a conocerlas de verdad, más allá de lo que se puede apreciar superficialmente.
Camino se terminó el café y la tostada, se despidió de su madre y anduvo con paso ligero hacia Las Acacias. Iba a empezar de cero la semana, dándose la oportunidad de tratar a Maite sin "mochilas", sin arrastrar roces ni disgustos. Lo hacía por comprobar si, como Ilde le aseguraba, Maite era en realidad una persona interesante.
Pero, aunque no se lo reconociera tan abiertamente, también quería que la pintora la conociera a ella en su mejor versión, no con la actitud tensa y desabrida que le había mostrado en su primera semana. Camino era una mujer ordenada, y tenía claro quiénes eran sus auténticos amigos, aquellos a los que consideraba su familia elegida. Pero no había motivo para convertir automáticamente en enemigo al resto del mundo. Podía ser amigable con Maite, mostrarse simpática y cercana, por ella no iba a faltar el intento. Si la artista no lo quería apreciar, sería cosa suya.
Barruntando cómo conseguir ese acercamiento, organizó las guardias, dio su primera clase y puso al día el trabajo administrativo. Mediada la mañana, salió del despacho para hacer su ronda habitual por los pasillos, y dejó a posta para el final la zona del aula de dibujo. Deseaba y a la vez temía tener que volver a intervenir en la clase de la pintora de ojos verdes, y con esa contradicción desasosegándole el estómago, se asomó a la puerta.
No había nadie dentro. Alarmada, salió al patio. Nada. Circunvaló el edificio hasta la zona ajardinada limítrofe con el bosque de castaños que cubría la falda de la sierra. Allí encontró a los veintitantos escolares esparcidos por el suelo, sentados, tumbados, la mayoría formando grupos, enfrascados en sus cuadernos de dibujo y sus lápices. Algunos estaban en silencio, pero otros muchos charlaban e incluso un par de ellos escuchaban música con sus auriculares. Maite estaba de espaldas a ella, sentada en una silla sustraída de algún aula, y una chica se inclinaba en su dirección, consultándole algo respecto a su lámina. Presintiéndola, la pintora se giró con lentitud, alzó la vista y vio a la jefa de estudios.
-No estabais en el aula – la voz de Camino sonó acusadora, aunque no lo había pretendido.
-No. ¿Querías algo? – Maite se sintió por primera vez relajada en su presencia.
-No, sólo pasé por el aula por si necesitabas algo, y al no encontraros...
-Muchas gracias, pero hoy hacía un día tan bueno que pensé en que podíamos dedicarnos a pintar del natural. Hay que aprovechar las horas de luz antes de que el otoño nos atrape.
Camino abrió mucho los ojos y apretó los labios. Observó a los alumnos, que parecían enfrascados en sus tareas y a la par, relajados. No supo qué decir, de modo que saludó con la cabeza y regresó al edificio. Maite la vio alejarse, con su andar grácil y la cabeza baja, y sonrió, secretamente complacida por el pequeño triunfo de haber desconcertado a la estructurada jefa de estudios.
Esa misma tarde, Maite acudió a su primera sesión con el fisio, que respondía al nombre de Antonio Palacios.
-¿Tú también estás preparando oposiciones?- preguntó el sanitario, que la había recibido vestido con un pijama de pantalón blanco y chaquetilla con dibujos de vendas y esparadrapos.
-No, qué va... - medio gruñó, medio murmuró Maite, tensa como la piel de un tambor por el intenso masaje que el fisio le estaba dando en el tobillo lesionado. - Tengo muchas cosas en la cabeza como para ponerme a estudiar, y menos algo tan inútil.
-Eso mismo dice mi chica. Pero luego coge los apuntes y me manda de vuelta a casa. Tengo unas ganas de que apruebe y consiga plaza definitiva... a ver si podemos hacer planes de futuro de una vez - el joven, moreno y bien parecido, se sonrió, soñador, mientras le clavaba los nudillos en el puente del pie, provocándole un respingo a la profesora.
Se miraron, y Antonio volvió a sonreírle. Maite no tuvo más remedio que dejarse llevar por las buenas vibraciones que transmitía.
-¿Quién es tu chica? Si da clases en Las Acacias igual la conozco.
-Claro que la conoces. Es Lolita, la orientadora.
-¡Con razón te recomendó! Y qué puntería la mía, fui a preguntarle a la persona adecuada. Así todo queda en casa.
- No lo sabes tú bien. Este pueblo es un pañuelo, y el instituto es un moco – apostilló el fisio mientras rotaba el tobillo, llevándolo al límite de su movilidad, pero siguió hablando como si nada. Maite admiró la habilidad de Antonio para tenerla entretenida y así maniobrar con sus articulaciones libremente. - Aunque la mayoría estáis de paso, unos cuantos profesores sí que han echado raíces en el pueblo: así, al final, todo el mundo sabe de todo el mundo. Es lo que le pasó a mi padre, y por eso yo me crié aquí.
-¿Tu padre también trabaja en el instituto?
-Ya no, pero seguro que acabas conociéndolo. Mantiene fuertes vínculos con Las Acacias, ya te enterarás.
Maite no pudo reprimir un mohín de sus labios, y Antonio leyó perfectamente su desagrado.
-Supongo que es el sino de vivir en un lugar tan pequeño, tan cerrado: no tienes vida privada. Cotillear sobre la vida de los demás es el único entretenimiento posible.
-No te creas, no te creas. Tenemos polideportivo, taller de teatro, peña carnavalera, biblioteca con club de lectura, sociedad de cazadores, cofradías de semana santa, jornadas micológicas, club de canaricultura, y liguilla de pádel - enumeró con cierta sorna en la voz, como rebajando el orgullo que subyacía a sus palabras. - Ahora, empuja con la planta... fuerte.
La expresión de Maite, entre incrédula y congestionada por el esfuerzo, no le pasó desapercibida al joven, así que siguió hablando, incisivo.
-Ya sé que parece cosa de pueblerinos, pero eso mismo pensaba Lolita al principio, y mírala, pidiendo repetir destino en Las Acacias y bebiendo los vientos por un cateto como yo – alzó las cejas, dándose importancia.
-Un cateto con título de fisioterapeuta y unas manos maravillosas, debo decir – alabó Maite, notando como algo encajaba mejor en su pie.
-Muchas gracias. Espero que cuando te salgan agujetas por los ejercicios que te voy a mandar sigas teniéndome en tan alta estima, a mí y a mi pueblo.
-Yo también espero mantener mi buena opinión sobre ti, Antonio. Sobre tu pueblo, no lo tengo tan claro.
-No te quiero engañar, el otoño y el invierno se hacen duros aquí. Pero si sobrevives a eso, al final Las Acacias se te meten en el corazoncito, te lo seguro.
Maite no quiso decirle que hacía demasiado tiempo, seis años para ser exactos, que en su corazón no había entrado nadie. Algunas veces dudaba de que eso pudiera volver a ocurrir. Se encogió de hombros y desvió la mirada, algo melancólica.
-Hablaremos al acabar el curso.
Este capítulo lleva dedicatoria: para Yes-art ,que nos regala su talento por redes para mantener el espíritu de Maitino vivo. Mil gracias por la portada, nunca esperé que mi historia pudiera lucir así.
