Notas:
hey hola nuevamente esta ves les traigo un nuevo capitulo espero que les guste eh estado pensando un poco en como lo llevare en esta parte y lo tomare un poco lento para no ir tan rapido y hacerca del contenido picante puedo incluir un poco pero no quiero que se trate de eso, podria incliurlo al final de la historia y una cosa mas el capitulo contiene escenas subidas de tono.
pero dejenme su opinion si tienen sugerencias aganmelo saber y como siempre comenten si ven errores. saludos
El sonido de un cuchillo resonaba en la penumbra, cortando con precisión algo fresco. La sangre se deslizaba por la mesa y goteaba al suelo, formando un charco oscuro que se iba por el desagüe. Salpicaduras carmesí manchaban el mandil de la mujer, mientras su expresión permanecía inmutable.
De pronto, unos pasos se hicieron presentes a sus espaldas.
—¡Oh! Veo que te diviertes —dijo una voz gruesa y burlona.
La mujer giró levemente la cabeza, dirigiendo una mirada fría hacia el intruso. Un hombre la observaba, su rostro oculto tras una máscara de tela negra que colgaba de él, solo dejaba ver sus ojos casi rojizos ámbar. La inquietante tonalidad de su mirada, combinada con el uniforme táctico y el collar de dientes de carnívoros desconocidos, le otorgaban una presencia aterradora.
—¿Qué quieres, Vinzent? —preguntó ella con tono seco, volviendo a su tarea.
—Nada en particular. Solo vine a ver lo que trajiste, Gwen —respondió el hombre, dejando escapar una leve risa mientras sus ojos recorrían la escena.
Sobre la mesa, un tigre muerto yacía inmóvil. Con movimientos precisos, Gwen despellejaba al animal, separando su piel con cuidado.
—Estoy haciendo otro traje. Los adoradores de la NHU ya deben saber del anterior —explicó Gwen sin apartar la vista de su labor—. Será mejor tener uno nuevo antes de que intenten encontrarnos.
—Probablemente ya estén en camino, buscando alguna pista —dijo Vinzent mientras rodeaba la mesa con pasos lentos, las manos cruzadas a su espalda—. Pero dime, ¿cuántas de esas bestias estúpidas han aceptado los frascos?
—La mayoría —contestó Gwen, esbozando una sonrisa burlona—. Son lo bastante idiotas como para aceptar cualquier mercancía que se les ofrezca. Su inteligencia inferior no les permite cuestionar nada.
Vinzent pareció sonreír bajo su máscara.
—Tienes razón. No son muy inteligentes —asintió, su voz cargada de satisfacción—. Pronto gobernaremos esta tierra nuevamente. Cuando el exterminio comience, provocado por ellos mismos, entenderán lo que nos hicieron. Pagarán por cada uno de sus pecados contra la humanidad.
Su risa resonó en la penumbra, pero Gwen permaneció impasible, enfocada en su trabajo.
—Eso espero —murmuró ella—. Estos trajes de bestias me repugnan, vestir como uno de ellos, pero si es necesario para eliminar a la mayor cantidad posible, los usaré.
Con un último y preciso corte, separó la piel de la cara del tigre.
—Sí, pronto será realidad —afirmó Vinzent, inclinándose ligeramente sobre la mesa—. Pero antes, tenemos que ajustar algunos tratos con el traidor mestizo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una amenaza silenciosa. La penumbra envolvía la habitación, mientras el hedor a sangre fresca impregnaba cada rincón.
Gwen lo miró con una expresión seria, sus ojos cargados de desprecio.
—¿Todavía sigues haciendo tratos con esa criatura asquerosa? —espetó, con evidente desdén.
Vinzent, sin inmutarse, se encogió de hombros, como si el comentario no tuviera peso alguno.
—Sí. Pero es útil tener una mano aliada que facilite lo necesario para cumplir nuestros objetivos —respondió con indiferencia, dejando escapar una leve risa—. Después de todo, ha proporcionado un lugar donde escondernos. Cuando ya no nos sea útil, lo eliminaremos como al resto.
La sonrisa de Gwen se ensanchó, distorsionada por la satisfacción oscura que la invadía.
—Bien. Cuando llegue el momento, yo misma haré los honores. Ese fenómeno será un lindo trofeo.
Vinzent también sonrió bajo su máscara de tela. La locura se extendió como una sombra en la habitación lúgubre, impregnada con el penetrante olor a sangre. Su risa resonó siniestra, como un eco de la corrupción que compartían.
Pero la tensión fue interrumpida por el sonido de unos golpes en la puerta. De inmediato, la risa cesó y la seriedad volvió a apoderarse del ambiente.
—¡Pasa! —ordenó Vinzent con voz firme.
La puerta se abrió lentamente, revelando a un hombre enfundado en un uniforme militar blindado. Su rostro estaba oculto bajo una máscara negra y un casco imponente. El soldado se cuadró, saludando con rigidez a Vinzent y a Gwen, quienes lo observaron con atención.
—Señor, tenemos información del Diablo Negro —anunció el soldado con tono grave.
Vinzent rio con satisfacción, la emoción perversa iluminando su mirada.
—Bien, bien... Cuéntamelo todo —dijo con una macabra alegría.
El soldado asintió con solemnidad, cerrando la puerta tras de sí mientras se disponía a revelar la información.
Legoshi caminaba junto a los demás, siguiendo a Elias y María por la plaza principal. Su mirada se desviaba de vez en cuando hacia Juno, todavía preguntándose si todo estaba realmente bien y que fue lo que paso. Después de dudar por un momento, decidió acercarse a ella.
—Ah… Juno —dijo Legoshi, llamando su atención.
Juno volteó hacia él, algo sorprendida.
—¿Qué pasa, Legoshi? —preguntó con curiosidad.
—Bueno… solo me preguntaba algo —respondió Legoshi, notándose un poco nervioso. Juno lo miró con expresión interrogante.
—Es solo que… te he notado algo rara desde que llegaste con Elias —añadió, intentando no sonar entrometido.
Juno desvió la mirada con nerviosismo, tratando de mantener la compostura.
—Ahah… bueno, es que… —balbuceó, buscando una excusa. Finalmente, dejó escapar una risa nerviosa—. Yo… me le confesé y dijo que sí.
Legoshi abrió los ojos de par en par, sorprendido.
—¡¿Qué?! —exclamó sin poder contenerse, llamando la atención de todos los demás.
Varios voltearon a mirarlo, incluyendo Bill, quien arqueó una ceja.
—¿Qué pasa? —preguntó Bill, curioso.
—¡Ah, no, nada, solo vi un insecto raro! —respondió Legoshi rápidamente, levantando las manos para restarle importancia.
A regañadientes, los demás dejaron el asunto y continuaron caminando. Legoshi, sin embargo, se inclinó hacia Juno, bajando la voz.
—¿Entonces tú y Elias…? —susurró con incredulidad.
Juno asintió con timidez, su rostro reflejando una mezcla de vergüenza y nerviosismo.
—Bueno… no esperaba esto —dijo Legoshi con una sonrisa incómoda.
—Sí, al parecer a él no le importa que sea diferente —murmuró Juno, intentando sonar despreocupada.
A pesar de sus palabras, Legoshi notó que su expresión seguía siendo extrañamente sombría. Algo no encajaba.
—Entonces, si ya están saliendo… ¿por qué te ves triste? —preguntó con suavidad.
Juno forzó una risa.
—Ja, ja… No es nada. No estoy triste ni nada de eso, es solo… —respondió apresuradamente, pero su nerviosismo era evidente.
Fue entonces cuando Legoshi recordó la pequeña mancha de sangre en el cuello de su camisa. La duda lo inquietó, y aunque no quería parecer entrometido, necesitaba saberlo.
—Ah, Juno —dijo rascándose la cabeza con incomodidad—. No quiero sonar inquisitivo o entrometido, pero… ¿por qué tienes sangre en tu camisa?
La pregunta la golpeó como un balde de agua fría. Su corazón se aceleró y miró a Legoshi con evidente temor, preocupada de que alguien más hubiera escuchado.
—No es que me incumba, pero… me preocupa un poco —intentó aclarar Legoshi rápidamente—. Sé que no le harías daño a alguien, y menos a alguien tan importante para ti, pero…
—Legoshi —lo interrumpió Juno, con la voz apenas audible.
Él guardó silencio, esperando.
—No le digas a nadie, pero… —murmuró con culpa—. La sangre es de Elias.
Legoshi sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su mirada reflejaba la incredulidad que sentía.
—¿Tú… lo atacaste? —preguntó en voz baja—. Pero… ¿no pasó nada grave, verdad?
Juno bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.
—Sí… pero no fue intencional. Él alcanzó a detenerme antes de que le hiciera más daño —confesó, su voz quebrándose por la culpa.
Legoshi la observó en silencio. Su remordimiento era evidente, y en ese momento entendió por qué Juno había estado actuando de forma tan extraña. Desvió la vista hacia Elias, quien reía con los demás como si nada hubiera sucedido. La imagen solo aumentó su desconcierto.
—Juno… —susurró Legoshi, sin saber qué más decir.
—Pero… él no se ve molesto o temeroso por lo que le hiciste —dijo Legoshi, mirando a Elias. Juno también lo observó con atención.
—No, él me perdonó a pesar de haberlo atacado cuando estábamos en la catedral. El padre nos atendió y curó a Elias —respondió Juno, aún con algo de culpa reflejada en su voz.
Legoshi la miró con preocupación.
—¡Espera! ¿Alguien los vio? —preguntó, temiendo las posibles consecuencias si alguien informaba a las autoridades.
—Bueno… sí, pero hay algo que debes saber —dijo Juno, algo nerviosa. Legoshi notó su inquietud.
—¿Qué es? —preguntó con cautela.
Juno lo miró con duda, debatiéndose internamente sobre si debía contarle o no. Finalmente, respiró hondo y bajó un poco la voz, asegurándose de que nadie más los escuchara mientras caminaban detrás de los demás.
—Bueno, no le digas a nadie que te conté esto y… no sé si me vas a creer —dijo, visiblemente inquieta.
Legoshi la observó con atención, esperando.
—El padre que atendió a Elias… él no es… —Juno dudó, temiendo sonar como una loca—. No es humano.
Legoshi la miró pensativo por unos segundos.
—¿A qué te refieres con que no es humano? —preguntó, sospechando que quizás se trataba de un híbrido bestia.
—Sí… él no es humano. Es un híbrido entre conejo y humano —confesó Juno finalmente—. No sé si me creas, pero nos dijo que hay muchos más como él.
Legoshi la escuchaba en silencio. Aunque las palabras de Juno eran impactantes, él no mostraba sorpresa alguna. Su expresión permanecía tranquila, como si no fuera la primera vez que oía algo así.
—Entonces… ¿me crees? —preguntó Juno, esperando que Legoshi no pensara que estaba delirando.
Legoshi salió de sus pensamientos al escuchar su pregunta.
—Sí —respondió sin mucha sorpresa.
Juno lo miró con incredulidad.
—¿No me crees, verdad? —insistió, temiendo que dudara de su palabra.
—No, no es eso. Es solo que… —Legoshi hizo una breve pausa—. Solo que ya lo sabía.
Juno abrió los ojos con asombro.
—¿¡Tú también lo sabías!? ¿¡Cuándo!? —exclamó con asombro.
—Bueno… ¿recuerdas cuando rescatamos a Elias, María y Haru? —preguntó Legoshi.
Juno asintió, curiosa.
—Ese día usamos uno de los teléfonos de emergencia que Elias y María tenían. Nos dirigimos al lugar indicado y, al llegar, rescatamos a los tres. Pero cuando estábamos por alcanzarlos, los dos guardias personales del embajador se quitaron sus cascos y máscaras…
Legoshi hizo una breve pausa, recordando la escena con claridad.
—Ambos eran híbridos. Una de ellos parecía felina y el otro era un lobo. En cuanto al embajador, dijo ser un chacal. Después de que descansamos tras el rescate, nos contó todo.
Juno lo escuchaba atentamente, cada palabra sorprendía aún más.
—¡Entonces ya lo sabías! —exclamó Juno.
—Sí. Nos pidió que no dijéramos nada y le prometimos mantenerlo en secreto… aunque estoy rompiendo esa promesa ahora mismo —admitió Legoshi, con cierta duda en su voz.
Juno apenas podía creerlo. No solo ocultaron la existencia de los híbridos, sino que ahora sabía que había más como ellos en Edén de diferente tipo. La idea de que los humanos y las bestias compartieran descendencia con ellos la dejaba incrédula y curiosa por conocer más.
—Bueno, supongo que es mejor guardar el secreto —dijo finalmente Juno, reflexionando sobre las posibles consecuencias—. Si alguien se entera, podría causarles problemas… y a nosotros también.
Legoshi asintió en silencio. Ambos sabían que esta verdad debía mantenerse oculta.
—Sí, entonces lo que le pasó a Elias no fue tan grave —dijo Legoshi, mientras miraba a Elias que sonreía con los demás. Juno también los observaba, aún algo pensativa.
—Sí, solo fue un pequeño accidente, pero… aún no puedo olvidar el sabor de su sangre —dijo Juno, su expresión tornándose un poco seria al recordar la experiencia.
Legoshi la miró con preocupación.
—¿No… habrás tragado un poco? —preguntó, temiendo que pudiera convertirse en uno de los casos que Gouhin le había mostrado.
—No, pero sabía raro… como muy amarga. Tanto que quería escupirla, pero, a su vez, se sentía dulce por alguna razón —respondió Juno, intentando describir aquella sensación.
Legoshi no pudo evitar sentir inquietud. Le preocupaba que Juno no pudiera controlarse si llegara a ocurrir algo similar en el futuro.
—Pero aun así me siento mal por haberlo atacado… Solo espero que no vuelva a pasar —añadió Juno, bajando la mirada con cierta culpa.
Elias, que la observaba a lo lejos, le hizo una señal con la mano para que se acercara. Al ver esto, Juno sonrió ligeramente.
—Bueno, fue bueno hablar contigo, Legoshi. Me siento un poco más aliviada después de desahogarme. Gracias por escucharme —dijo Juno antes de ir con Elias.
—¡Ah, sí! De nada —respondió Legoshi rápidamente, viendo cómo se alejaba. Luego murmuró para sí mismo—. Supongo que estará bien.
Mientras los observaba juntos, su mente lo transportó a otro momento. Recordó la noche en el patio fuera del teatro, cuando había visto a Haru por primera vez, mientras el ayudaba a Louis. Aquella imagen seguía vívida en su memoria. Legoshi miró su propia mano recordando la sangre en sus garras, la cerro lentamente como si intentara atrapar aquel recuerdo.
De repente, sintió que alguien le jalaba la camisa. Al voltearse, vio a Haru de pie junto a él.
—¿Haru? ¿Qué pasa? —preguntó Legoshi, sorprendido por su presencia.
—Nada, solo tenía curiosidad. ¿De qué hablaban tú y Juno? —preguntó Haru, con un toque de curiosidad en su voz.
Legoshi se sintió un poco nervioso.
—Ah… bueno, le preguntaba por qué se veía tan deprimida cuando llegó con Elias, pero parece que lo malinterpreté —respondió, intentando sonar tranquilo.
Haru lo miró con curiosidad, como si intentara leer más allá de sus palabras.
—Entonces, ¿ya sabes que está saliendo con Elias? —dijo Haru, sin rodeos, mientras continuaban caminando junto a los demás por la plaza.
—Sí, me dijo que Elias aceptó, pero que ella se siente insegura sobre cómo reaccionarán sus padres —respondió Legoshi, omitiendo algunos detalles.
Haru miró a Juno, que ahora sonreía al lado de Elias.
—Realmente se ve contenta ahora, pero no creo que deba preocuparse por eso. Mira a tu amigo Jack, los padres de ellos dos lo aceptaron muy rápidamente. No creo que les moleste —dijo Haru con alegría.
Legoshi asintió, pero su mente seguía divagando. No podía evitar pensar en sus propios temores. Recordaba la noche en que perdió el control y temía que, así como Juno había atacado a Elias, él también podría hacerle daño a Haru algún día.
—Legoshi… Legoshi —llamó Haru, sacándolo de sus pensamientos.
—¡Ah! Lo siento, estaba pensando en algo —dijo Legoshi, tratando de enfocarse nuevamente.
—Te preguntaba si, cuando volvamos, ¿quisieras salir conmigo? —preguntó Haru, sonriéndole con dulzura.
La pregunta tomó a Legoshi completamente desprevenido. Su cola comenzó a moverse involuntariamente, traicionando la felicidad que sentía. Haru lo notó y soltó una pequeña risa.
—Supongo que eso es un sí —dijo Haru divertida.
—S-sí… claro, Haru —respondió Legoshi, mirándola con una mezcla de felicidad y nerviosismo.
Para su sorpresa, Haru tomó su mano con suavidad. Legoshi sintió el calor de sus pequeños dedos entrelazados con los suyos, y aunque su corazón latía aceleradamente, no pudo evitar sonreír. Era un momento sencillo, pero para él, significaba todo.
—Ven, vamos con los demás. María dijo que compraría algo para que probemos —dijo Haru, sonriéndole.
Legoshi asintió, alegre de tenerla a su lado. Ambos caminaron acercándose al grupo. Mientras lo hacían, la alcaldía se alzaba imponente frente a ellos, un edificio grande de ladrillo con múltiples ventanas y algunos árboles cuidadosamente plantados alrededor, adornando el lugar.
Tao, siempre entusiasta, tomaba fotos sin parar, al igual que Collot y los demás. Haru también sacó su teléfono, tratando de tomarse una selfie.
—Ven, Legoshi —dijo ella con una sonrisa.
Él se inclinó un poco para acomodarse a su altura. Ambos sonreían cuando Haru tomó la foto. Sin embargo, al tomar la foto, oyeron a alguien hablarle a Elias.
—¡Elias! —grito la voz alegremente.
—¿Qué pasa? —murmuró Haru, extrañada.
Legoshi también lo oyó y rápidamente volteó, al igual que los demás, viendo cómo una chica, de la altura de Miguno, corría hacia ellos con una sonrisa radiante. Su cabello dorado, como los rayos del sol, ondeaba con cada paso, y sus ojos azul claro brillaban con emoción. Vestía una camisa blanca de manga larga y un vestido negro que le llegaba por debajo de las rodillas.
—¿Quién es ella? —susurró Haru, intrigada, al verla acercarse cada vez más.
Todos dirigieron la mirada a Elias, quien parecía cada vez más incomodo. Juno también lo observaba con atención, hasta que, de repente, la chica saltó hacia Elias, abrazándolo con cariño.
Juno y los demás se quedaron boquiabiertos, incapaces de disimular su sorpresa. La mandíbula de Juno se tensó mientras una punzada de celos comenzaba a brotar en su pecho. "Debe ser solo una amiga de él" pensó, intentando convencerse a sí misma. Pero su incomodidad aumentó cuando la joven habló con entusiasmo.
—¡Te extrañé, Elias! —dijo ella, estrechándolo con más fuerza.
La expresión de Juno se ensombreció. "Debe ser solo una amiga... sí, solo una amiga" repetía en su mente, pero cada palabra de la desconocida la hacía dudar más. Intentó recomponerse, aunque su rostro delataba su creciente molestia.
Legoshi, atento a la situación, murmuró preocupado.
—Esto es malo.
Justo entonces, la chica volvió a hablar, esta vez con un tono dulce y suplicante.
—¡Por favor, volvamos a salir juntos no lo decía enserió! —rogó, mirándolo directamente a los ojos mientras hacia un gesto chillón que parecía mas actuado.
La expresión de Juno cambió por completo. Sus manos se apretaron con fuerza mientras bajaba la mirada, sintiendo cómo una oscura sombra de frustración nublaba su rostro. Los demás notaron el cambio en ella. María, por su parte, mantenía una sonrisa tensa, observando a la chica con una expresión de ligera incomodidad.
Elias intentó retroceder un poco, pero la joven seguía aferrada a él. María decidió intervenir.
—¡Hola, Eveline! —saludó, fingiendo una sonrisa amigable.
Eveline giró la cabeza hacia ella, correspondiendo con una sonrisa igualmente fingida.
—¡María! ¿Cómo has estado? Escuché que también fuiste enviada con Elias a esa escuela de bestias —respondió con una falsa cordialidad.
—Ah, sí. Es un lugar bonito y tranquilo. Tienen muchas cosas distintas a las de aquí —comentó María, manteniendo la compostura.
—¡¿De verdad?! —exclamó Eveline, mostrándose interesada.
—Sí. Además, trajimos algunos amigos. ¿Por qué no los conoces? —sugirió María, intentando separarla de Elias.
Eveline dudó por un momento, pero finalmente asintió.
—¡Claro!
Sin embargo, incluso mientras aceptaba lo solto, luego Eveline le tomo la mano a Elias. Los demás observaban con incomodidad, y Juno, al ver la escena, no pudo contenerse más. Con paso firme, se acercó a ellos. Elias, sintiendo el peso de su mirada, esbozó una sonrisa incomoda. Eveline, en cambio, la enfrentó con total tranquilidad.
—Ahhh... Juno... verás, ella es...Eveline mi….. —comenzó a decir Elias, intentando explicar la situación.
—Ex… —dijo Elias incomodo, notando cómo Juno lo miraba inquisitivamente.
Juno desvió la mirada hacia Eveline, suavizando su expresión y forzando una sonrisa.
—Así que… ya no salen —comentó Juno, su tono impregnado de fingida amabilidad.
—No —respondió Eveline con una sonrisa—, pero quiero volver con él.
Juno sintió cómo una vena amenazaba con saltarle de la frente. Su sonrisa apenas se mantenía firme. "¡¿Esta quién se cree?!" pensó, sintiendo una creciente irritación al ver cómo Eveline seguía aferrada al brazo de Elias.
—Ah, lo siento, pero él ya sale con alguien más —dijo Juno sin perder su falsa sonrisa.
Legoshi y los demás miraban la escena con evidente incomodidad. Podían sentir la tensión en el aire.
—¿Con quién? —preguntó Eveline, manteniendo su sonrisa, aunque sus ojos parecían desafiar a Juno.
Juno sintió la provocación en sus palabras. Sin pensarlo dos veces, respondió.
—¡Conmigo!
La confesión abrupta dejó a todos atónitos. Sus miradas se posaron en Juno, quien, para reforzar sus palabras, se acercó más a Elias y lo tomó del brazo. Eveline, sorprendida, finalmente lo soltó.
—Ah… no lo sabía —dijo Eveline sin mostrar rastro de arrepentimiento.
Para Juno, esa actitud solo era una burla. Su rabia crecía, pero su sonrisa permanecía intacta.
—Sí, él y yo somos novios —dijo Juno, esforzándose por mantener la compostura.
—Oh, ya veo —contestó Eveline, con una sonrisa que parecía esconder algo—. Supongo que solo tiene curiosidad.
Juno sintió como si le echara más leña al fuego. Su agarre sobre el brazo de Elias se volvió inconscientemente más fuerte.
—No, a él le gusto realmente —espetó Juno, sus dientes apretados tras su sonrisa.
La tensión era palpable. Nadie se atrevía a intervenir hasta que una voz rompió el incómodo silencio.
—(¡Eveline, vamos!) —gritó alguien a lo lejos.
Todos voltearon para ver a un par de chicas caminando juntas. Eveline levantó la mano y la agitó en señal de saludo.
—Bueno, me tengo que ir —dijo Eveline, volviendo a mirar a Elias. —¿pordrias agacharte quiero decirte algo? —pidio Eveline de manera tierna, Elias lo hizo.
Juno observó con creciente furia cómo Eveline se acercaba peligrosamente al rostro de Elias.
—Nos vemos, Elias —susurró Eveline, dejando un beso en su mejilla antes de correr hacia sus amigas.
La mandíbula de Juno se tensó, su sonrisa se desvaneció y en su lugar quedó una expresión de ira mal disimulada. Su agarre sobre Elias se volvió aún más firme "Esa, esa, esa perra" pensó Juno, Elias comenzó a forcejear.
—Juno… podrías… soltar tu agarre un poco —dijo Elias sonriéndole, con una mueca de dolor mientras intentaba liberarse.
Juno, dándose cuenta de lo que hacía, aflojó de inmediato su mano.
—Ah, lo siento —se disculpó, avergonzada, mientras Elias se sobaba el brazo adolorido.
A pesar de su arrepentimiento, la imagen de Eveline despidiéndose de Elias seguía ardiendo en su mente.
María se acercó a Juno, quien aún parecía abrumada por lo que acababa de decir.
—Juno —dijo María suavemente, llamando su atención.
Juno volteó a verla, pero al notar las miradas de los demás sobre ella, su rostro se encendió de vergüenza. Recordando sus propias palabras, rápidamente se cubrió la cara con las manos y se agachó, como si quisiera desaparecer en ese mismo instante.
—Está bien, Juno. Ella solo busca molestar —dijo María en un tono tranquilizador, posando una mano en su hombro.
Los demás seguían intentando procesar lo que Juno había dicho.
—Bueno, ahora todos lo saben —comentó Haru con una mezcla de sorpresa y resignación mientras observaba la escena.
Legoshi, por su parte, apenas prestaba atención a las palabras de Haru. Su mente estaba atrapada en otra pregunta, una que le inquietaba profundamente.
"¿Por qué habló nuestro idioma solo para hablar con Elias?"
El pensamiento lo atormentaba. Mientras veía a Eveline retirarse, su mirada se desvió por un momento. Entonces, notó algo. Fue apenas un destello, una expresión fugaz, pero suficiente para inquietarlo.
Por un breve instante, algo oscuro cruzó el rostro de Eveline. Una malicia sutil, casi imperceptible.
Legoshi parpadeó, tratando de convencerse de que quizás había sido su imaginación. Pero la incomodidad persistió, como una sombra que no lograba disiparse.
Sakane recorría la catedral con asombro, levantando su cámara para capturar cada detalle.
—¡Ahhhh! ¡Esto es increíble! —exclamó, maravillada por los murales que adornaban el interior.
Detrás de ella, Gouhin también contemplaba el arte con cierta admiración, observando las imágenes que cubrían el techo abovedado. Gon y Else, igualmente fascinados, seguían el recorrido junto a Geruft y Mei.
—Mmh, los humanos tienen un arte muy interesante —comentó Gouhin, su voz resonando suavemente en el amplio espacio.
—No sabía que los humanos pintaran cosas como estas. Parece muy antiguo —añadió Else, sin apartar la vista del techo decorado.
Mientras tanto, Geruft sonreía al notar la reacción emocionada de Sakane. Ella, dándose cuenta de su risa, se acercó tímidamente.
—Ah… Geruft, ¿verdad? —dijo con cautela, asegurándose de no haber confundido su nombre, ya que era la primera vez que lo mencionaba directamente.
—Sí. ¿Qué pasa, doctora? —respondió Geruft con calma, mirándola con curiosidad.
Sakane vaciló por un momento, pero su curiosidad pudo más.
—Solo… tengo curiosidad. ¿Tú has comido… carne? —preguntó en voz baja, consciente de la delicadeza del tema. Sabía que los humanos tenían un estilo de vida diferente, pero quería entender más de los híbridos ya que ella ya sabía que era uno pero lo disimulo.
Geruft la miró, sin mostrarse ofendido.
—Bueno, sé que ustedes lo consideran malo, pero… sí, he comido carne de pez alguna vez —contestó con tranquilidad.
Sakane abrió los ojos con sorpresa. Aunque la respuesta no era del todo inesperada, aún quería saber más.
—No, tranquilo. Ustedes tienen un modo de vida distinto —dijo rápidamente—. Solo quería saber si… ¿los humanos pierden el control por comerla? —trató de disimular la pregunta, pero la incertidumbre era evidente en su tono.
Geruft se quedó pensativo, y Sakane comenzó a inquietarse, temiendo haber sido demasiado directa. Finalmente, él sonrió levemente.
—No. Nunca. Los humanos tenemos suprimida esa parte de nosotros —respondió con seguridad.
Sakane suspiró aliviada, pero la curiosidad seguía rondando en su mente.
—¿Entonces tampoco con… carne viva? —preguntó con cautela, observando con atención la reacción de Geruft.
Para su sorpresa, el rostro de Geruft se contrajo con una expresión de asco evidente.
—¡¿Eh?! ¡Claro que no! Eso es asqueroso, antihigiénico y solo provoca sufrimiento innecesario —exclamó, claramente disgustado por la idea.
Sakane parpadeó sorprendida, no esperando una reacción tan contundente.
—Ahhh… Lo siento si te incomodé. No era mi intención hacerte sentir mal. Solo tenía… curiosidad —se disculpó rápidamente, arrepintiéndose por haber hecho la pregunta.
Geruft, notando su incomodidad, relajó su expresión y sonrió con comprensión.
—No se preocupe, doctora. Entiendo por qué lo pregunto, sé que no hay mucha información sobre los humanos —dijo con tono amable.
Sakane asintió con timidez, mientras el ambiente entre ellos volvía a calmarse. A pesar de la incomodidad inicial, sentía que había aprendido algo valioso sobre los humanos.
—Sí… gracias —dijo Sakane, agradeciéndole a Geruft por la información. Sin embargo, su curiosidad seguía latente. Decidió preguntar disimuladamente—. Por cierto, Geruft, ¿sabías que en nuestra nación algunos herbívoros y carnívoros se casan y tienen hijos?
Su tono era casual, pero sus ojos lo observaban con atención, intentando captar cualquier reacción. Geruft permaneció en silencio por unos segundos, lo que hizo que Sakane sintiera una creciente ansiedad.
—¡Oh! No lo sabía —respondió Geruft un poco sorprendido.
Sakane sintió cierto alivio, aunque sus nervios no desaparecieron del todo.
—S-sí, sus hijos son híbridos, cada uno con características interesantes —continuó, esbozando una sonrisa nerviosa.
Geruft mantuvo una expresión neutra mientras la escuchaba.
—Aunque… —Sakane bajó la mirada, su voz apenas un susurro—. Son muy discriminados por ser la mezcla de dos especies distintas, incluso odiados por muchos y considerados monstruos.
Geruft la miró pensativo.
—Bueno, es algo que no se puede evitar. La ignorancia y el odio son comunes, incluso entre ustedes —dijo Geruft, captando por completo la atención de Sakane.
—Dime, Geruft… ¿Tú qué opinas? —preguntó Sakane con genuina curiosidad.
—Yo… bueno, soy humano, pero para mí no hay problema. ¿Por qué odiaría a alguien solo por ser diferente, sin siquiera conocerlo? —respondió Geruft tranquilamente.
Sakane lo miró, algo impresionada por su respuesta. Estaba a punto de decir algo más cuando Mei se acercó a ellos.
—¿De qué hablan? —preguntó Mei con curiosidad.
Geruft volteó a verla con naturalidad, mientras Sakane sentía que los ojos de Mei se posaban sobre ella como si intentaran leer sus pensamientos.
—Ah, solo me preguntaba algunas cosas sobre nosotros —respondió Geruft alegremente, sin profundizar demasiado.
Sakane, por su parte, sintió cierto alivio, aunque no del todo.
—Oh, ya veo —dijo Mei con tranquilidad, pero sin apartar la mirada de Sakane.
"A pesar de que ella sea un híbrido, no puedo evitar sentirme inquieta por su presencia" —pensó Sakane, cada vez más incómoda. Mei se acercó un poco más, haciendo que los nervios de Sakane aumentaran.
—Pero bueno, doctora, eso es lo que opino sobre los híbridos entre carnívoros y herbívoros. No creo que deban ser odiados o considerados monstruos por lo que son. Pero bueno, soy un humano al final, así que mi opinión no tiene mucha importancia —dijo Geruft, dedicándole una leve sonrisa a Sakane.
Mei lo observó con interés.
—¡Oh, interesante! Con que de eso hablaban —dijo con curiosidad. Luego, sus ojos volvieron a posarse en Sakane, quien ya comenzaba a temblar ligeramente.
—A-ahahah… —rió nerviosa Sakane—. Sí, solo quería saber qué opinaba, solo eso.
—Le puedo hacer una pregunta, doctora —dijo Mei sonriendo ligeramente, aún más intrigada.
—¡Claro que sí! —respondió Sakane de inmediato, su sonrisa nerviosa más evidente.
—Digamos que, hipotéticamente, si existieran híbridos entre humanos y bestias, o si fuera posible… ¿qué pensaría? Solo hipotéticamente —preguntó Mei, acercándose ligeramente a ella.
Sakane sintió su corazón acelerarse. "¡Ella sabe que los vi sin sus cascos! ¿Será que nos notaron aquella vez? ¿¡Me cortarán la cabeza!? ¿¡Qué hago ahora!?" —pensó desesperada.
—B-bueno… yo creo que sería… interesante. Para mí sería algo fascinante aprender de ellos. Aunque, para algunos, seguramente serían vistos con temor. Las antiguas historias humanas sobre que son demonios los harían parecer aún más aterradores para todas las bestias —respondió Sakane con esfuerzo, intentando mantener su voz estable mientras forzaba una sonrisa.
Geruft la observaba tranquilamente, mientras Mei mantenía su expresión curiosa.
—Ya veo, supongo que las supersticiones que tienen sobre nosotros están bastante exageradas, tanto que les provocarían mucho temor. Pero, al fin y al cabo, solo son historias para asustar —dijo Mei, sonriendo.
—Sí, realmente la guerra entre la humanidad y ustedes fue una verdadera pesadilla en vida. Tal vez por eso se crearon tantas historias sobre nosotros. No quiero ni imaginar qué pasaría si algo así existiera —comentó Geruft, esbozando una leve sonrisa.
—S-s-sí… —respondió Sakane, intentando sonreír también, aunque la tensión era evidente en su rostro.
Justo en ese momento, una de las puertas a un lado donde el padre de la iglesia daba su discurso cada día se abrió, dejando pasar a Hughes, seguido por Felix y el propio padre. La atención de todos se desvió hacia ellos. Sakane dejó de sonreír al ver la expresión seria de Hughes, quien caminaba con paso firme hacia ellos.
—Mei, Geruft, es hora de irnos —ordenó Hughes con tono severo.
Ambos asintieron de inmediato, obedeciendo sin dudar.
—Sí, señor —dijeron al unísono.
Antes de seguir a Hughes, Mei y Geruft se despidieron de Sakane con un leve gesto de la mano. Ella les devolvió el saludo, aunque su expresión reflejaba cierta preocupación. Mientras ellos se alejaban, Else, que había observado toda la escena, no pudo evitar sentirse inquieta por la actitud de Hughes.
"¿Qué habrá sucedido?" —pensó con preocupación, sin apartar la vista del hombre.
De pronto, una voz la sacó de sus pensamientos.
—Embajadora Else, ¿les gustó el lugar? —preguntó Felix con una sonrisa que no lograba ocultar del todo cierta incomodidad.
Else giró para responder, al igual que Gon, Gouhin y Sakane, quienes notaron la expresión forzada de Felix.
—Ah, sí, señor Felix. Es un lugar interesante —respondió Else, esforzándose por mantener la calma.
—Bien. ¿Qué les parece si nos vamos, o prefieren seguir explorando un poco más? —preguntó Felix, manteniendo su sonrisa.
Else y los demás intercambiaron miradas. Aunque era evidente que algo molestaba a Felix, decidieron no mencionar nada.
—Está bien, vámonos —asintió Else finalmente.
—Perfecto, entonces sigamos —dijo Felix con un tono aparentemente alegre, comenzando a caminar hacia la salida.
El grupo lo siguió en silencio. A medida que avanzaban, la sensación de inquietud crecía en Else y sus acompañantes. Sabían que algo había sucedido, algo que Felix y Hughes no estaban dispuestos a revelar. Sin embargo, por ahora, no les quedaba más remedio que continuar su camino, el padre solo los miraba irse.
La noche había caído sobre la bulliciosa ciudad. El mercado negro estaba lleno de bestias que compraban carne, y el aire denso llevaba consigo el aroma metálico de la sangre. En un rincón apartado, los Shishigumi se reunían, charlando animadamente mientras esperaban el plato de Louis.
—Aquí tiene, jefe —dijo Ibuki, dejando frente a él un plato con un bistec de carne de ciervo, cuidadosamente cocido y decorado.
—Gracias —respondió Louis con tranquilidad, sin mostrar emoción alguna.
El ambiente se tensó. Todos los leones guardaron silencio, expectantes, esperando a que su jefe fuera el primero en probarlo. Louis tomó su tenedor y cuchillo con calma, cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca. Masticó despacio, cada movimiento observado con atención. Al tragar, sus palabras resonaron sin dramatismo.
—Está bueno.
Los leones se animaron de inmediato.
—¡Ese es nuestro jefe! —exclamó Free, aún con algunos vendajes pero visiblemente recuperado.
—¡Sí, es el mejor! —secundó Dope, con una sonrisa amplia.
—¡Con el mejor jefe, Shishigumi no tiene rival! —añadió Miguel, contagiado por la euforia del momento.
Las risas y los vítores resonaban en la sala, pero Louis permanecía impasible. Recargado en su silla, tomó un sorbo de vino, dejando que el líquido rojo acariciara su garganta. Mientras lo hacía, los recuerdos volvieron como un manto sofocante. La primera vez que le ofrecieron carne fue una prueba, un espectáculo para demostrar su temple. Nadie creyó que un herbívoro sería capaz de hacerlo. Pero Louis lo hizo. Aquella imagen de asombro y temor en los rostros de los leones seguía grabada en su memoria.
Cortó otro trozo de carne y lo comió con la misma indiferencia. Luego, sin mayor ceremonia, dejó los cubiertos y se puso de pie, atrayendo de inmediato las miradas de los presentes.
—¿A dónde va, jefe? Aún no termina de comer —preguntó Free, sorprendido al ver el filete apenas comenzado.
Louis se acomodó el saco, su expresión inmutable.
—Ya te lo había dicho, Free. Tengo un estómago pequeño. No necesito comer tanto. Si quieren, pueden tomarlo. Es suficiente para mí.
Con esas palabras, se dio la vuelta y se alejó.
—Estaré en el estudio, descansando un poco —añadió, sin mirar atrás.
Apenas salió de la sala, los leones estallaron en alegría por la generosidad de su jefe, peleándose entre ellos por el trozo de carne restante. Pero Ibuki no se unió a la algarabía. Sus ojos seguían la figura de Louis hasta que desapareció por el pasillo.
Al llegar a su habitación, Louis cerró la puerta tras de sí. El eco de las risas y las voces quedó apagado al otro lado. Su respiración se aceleró. Buscó apresuradamente el pequeño bote de basura en la esquina y, sin poder contenerse, vomitó lo que había comido.
Louis se apoyó en el borde del bote, respirando con dificultad mientras trataba de recuperar el aliento. Su garganta ardía, y el amargo sabor a carne regresaba cada vez que intentaba tragar saliva.
—Por más que… coma carne, aún no me acostumbro a su sabor —dijo entre arcadas, inclinándose de nuevo hacia el bote de basura.
De repente, el sonido de la puerta abriéndose lo hizo enderezarse de golpe. Se limpió rápidamente la boca con el dorso de la mano y giró para encontrarse con Ibuki, quien lo observaba con expresión neutral.
—No te esfuerces tanto, jefe. Sé que no comes carne. Solo tratas de demostrar que mandas —comentó Ibuki con calma.
—No necesito tu compasión —espetó Louis con tono agrio, sintiendo la humillación arder en su pecho.
—Vamos, jefe. Se nota que no ha comido bien. Está adelgazando —replicó Ibuki, con la voz firme pero sin atisbo de reproche.
Louis no respondió. En cambio se acercó a uno de los libreros, sacó de entre los libros un frasco de bebida energética, lo destapó y bebió un largo trago. El líquido apenas logró mitigar el vacío en su estómago.
—Ya te dije que no necesito que me cuides —gruñó Louis, sin mirarlo.
Ibuki permaneció impasible, aunque una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Lentamente, sacó un contenedor de ensalada de su saco y lo extendió hacia Louis.
—Tome, jefe. Me costó trabajo conseguirlo. El de la tienda me miraba raro —dijo Ibuki, sin perder la calma.
Louis lo observó con el ceño fruncido, sus ojos reflejaban una mezcla de orgullo y cansancio. Finalmente, con un gesto resignado, tomó el contenedor.
—Solo porque lo acepté no significa que somos amigos —dijo con aspereza—. Tú, un carnívoro, jamás podrás ser amigo de un herbívoro.
Ibuki no respondió. Sabía que Louis no admitiría, pero eso no le molestaba. Para él, las acciones hablaban por sí solas.
"¿Por qué lo ayudo?" pensó Ibuki mientras observaba cómo Louis se dirigía a uno de los sillones para comer. "Tal vez me estoy haciendo viejo y por eso lo trato como mi hijo, pero realmente quiero cuidarlo."
Mientras Louis abría el contenedor y comenzaba a comer con pequeñas bocanadas, Ibuki se colocó junto a la puerta, vigilando con discreción para asegurarse de que nadie entrara.
—Ibuki —llamó Louis de repente, su tono serio—. ¿Ha habido alguna noticia nueva sobre los humanos?
Ibuki asintió.
—Sí. Al parecer, algunos de nuestros socios han visto a ese… conejo rondar por ahí. Les ha entregado frascos con sangre a todos.
Louis frunció el ceño, la confusión nublando su mirada.
—¿Por qué estaría dándoles esos frascos? Si tan solo tuviéramos alguno para analizar… —murmuró, dejando la frase inconclusa.
Sin decir una palabra, Ibuki sacó dos frascos de su bolsillo, uno lleno de un líquido rojo oscuro y espeso, y el otro completamente vacío. Louis lo miró con incredulidad.
—¿Cómo conseguiste esto? —preguntó, sorprendido.
—Nos los dio uno de nuestros socios. Dijo que vio al conejo entrar a su local a comprar carne. Le dio mala espina, así que decidió entregárnoslos —explicó Ibuki, dejando los frascos sobre la mesa.
—¿Y por qué uno está vacío? —Louis tomó ambos frascos con cautela, su mente trabajando rápidamente.
—Decidí probar el contenido en uno de esos adictos a la carne —dijo Ibuki, cruzándose de brazos—. Pero esta vez pareciera que el efecto es más estable, pero aun así puede ver que la mente de ese adicto se perdia. Algo cambió en su contenido.
Louis permaneció en silencio, la tensión pesando en el ambiente. Miró el frasco lleno, como si la respuesta estuviera oculta en su viscosidad rojiza oscura. Lo que fuera que ese humano disfrazado de conejo planeaba, estaba lejos de ser algo ordinario.
Louis guardó los frascos en su saco y miró a Ibuki con preocupación.
—Los llevaremos a analizar. Esto puede ser muy malo para todos en el mercado negro —dijo, con el ceño fruncido.
Ibuki asintió, su expresión reflejaba la misma inquietud.
—Sí, jefe. Pero hay que tener cuidado con esa cosa que se hace pasar por un conejo. No sabemos si hay más como él. Algo malo está por venir —advirtió, su tono grave.
En un oscuro callejón del mercado negro, un grupo de tres caminaba sin prisa. Un perro, un guepardo y un cuervo charlaban entre risas, sus voces resonaban entre las paredes sucias y desgastadas. Pero la conversación se detuvo abruptamente cuando, a lo lejos, vieron una figura acercarse.
Un conejo, vestido completamente de negro, con un cubre bocas ocultando la mitad de su rostro. Algo grande y envuelto descansaba sobre su espalda con una mochila, pero lo más inquietante era la ausencia de expresión en su rostro. Sus ojos permanecían ocultos bajo la oscuridad.
—Oye, mira eso. Un herbívoro por aquí —dijo el cuervo con una sonrisa ladina.
El guepardo fijó su mirada en la figura.
—¿Qué demonios hace un herbívoro solitario en este lugar?
—No lo sé —respondió el perro, mostrando los colmillos en una sonrisa burlona—. Pero tengo ganas de algo fresco.
Sin dudarlo, comenzaron a caminar hacia el conejo. Gwen, ajena a lo que decían los tres siguió caminando, no detuvo su paso. Cuando finalmente se encontraron a poca distancia, noto que estaban frente a ella, el cuervo fue el primero en hablar.
—Oye, ¿qué hace un pequeño conejo como tú en este lugar? —dijo con sorna.
Gwen no respondió. Su mirada, aunque oculta, no necesitaba palabras.
—¿No quieres que te llevemos a un lugar seguro? —añadió el guepardo, fingiendo amabilidad, pero sin ocultar el brillo malicioso en sus ojos.
La figura permaneció en silencio.
—¡Oh, claro! —dijo finalmente Gwen, su voz femenina y animada sorprendió a los tres.
—¿Una coneja? —murmuró el perro, intrigado al ver que no podía notar distinción.
Con una sonrisa burlona, el perro posó su mano sobre el hombro de Gwen, fingiendo camaradería.
—Sabes, tengo un poco de hambre. ¿Por qué no nos acompañas a comer algo?
Gwen lo miró con calma.
—¡Por supuesto! Solo déjenme sacar un poco de dinero —respondió con entusiasmo fingido.
El perro giró hacia sus compañeros, sonriendo satisfecho. Pero mientras se distraía, Gwen bajo su mochila y comenzó a desenvolver lo que llevaba en su espalda.
—Oye, no te preocupes, nosotros… —El perro no alcanzó a terminar la frase.
Un hacha surcó el aire y se incrustó con brutalidad en su cráneo. La sangre brotó al instante, salpicando el callejón con un tono carmesí. El cuerpo del perro tambaleó mientras la vida se desvanecía de sus ojos. Gwen, con movimientos calculados, retiró el hacha. El cuerpo inerte se desplomó, formando un charco de sangre bajo sus pies.
El guepardo y el cuervo observaron la escena en estado de shock. El temor paralizó sus cuerpos, mientras la imagen de su compañero muerto quedaba grabada en sus mentes.
—¡Q-q-q-qué carajos! —balbuceó el guepardo, retrocediendo con temor al ver lo que pasaba.
Con manos temblorosas, sacó una navaja de su pantalón y corrió hacia ella, cegado por la furia y el miedo.
—¡Eres una maldita! —gritó, cargando hacia ella con desesperación.
Pero Gwen se movió con una rapidez inhumana. Esquivó el ataque con una facilidad perturbadora y, con un solo movimiento, blandió el hacha. Un chorro de sangre salpicó las paredes cuando las manos del guepardo cayeron al suelo.
—¡Ahhhhh! ¡Mis manos! ¡Ahhhhh! —sus gritos desgarradores resonaron por el callejón.
Los gritos de agonía resonaron en el callejón hasta que Gwen los silenció de un solo golpe en el cuello haciendo que se ahogara. El cuervo, petrificado, miraba los cuerpos de sus compañeros mientras la sangre manchaba el suelo. Su respiración era errática y su mente gritaba una sola cosa "huir".
El cuervo, aterrorizado, retrocedió sin siquiera pensar en volar. Sus patas tropezaron y cayó de bruces frente a una lámpara que iluminaba el callejón que proyectaba una sombra temblorosa.
Al quedar bajo la luz, pudo ver sus ojos. No eran los de un simple conejo. Eran de un ámbar profundo, brillando con una frialdad inhumana. Su pelaje estaba manchado de sangre, podía ver su pelaje no parecía de ella, parecía más como una segunda piel falsa. El hacha, goteando carmesí, era una extensión de su presencia aterradora.
El miedo lo consumió por completo.
—No te muevas, quiero divertirme un poco —dijo Gwen con un tono dulce.
Sus palabras solo lograron que el cuervo sintiera un escalofrío recorriéndole la espalda.
—¡Espera, espera, espERA!
El grito desesperado se ahogó en el callejón cuando el hacha de Gwen descendió con brutalidad. Una y otra vez, el filo brillaba bajo la tenue luz mientras la sangre salpicaba las paredes y el suelo. Cuando finalmente se detuvo, el cuervo yacía irreconocible, su cuerpo convertido en una grotesca mancha carmesí.
—Gracias por animar mi noche —susurró Gwen fríamente, con un tono inquietantemente tierno.
Sin inmutarse, caminó hasta donde se encontraba el perro, aún inmóvil. De su mochila sacó un trapo y comenzó a limpiar meticulosamente el hacha y sus propias manos. Una vez satisfecha, envolvió el arma con cuidado y la guardó. Con una expresión alegre, retomó su camino, silbando una melodía despreocupada mientras dejaba atrás los cadáveres de los tres desafortunados.
Al llegar a su escondite, una bodega abandonada de varios pisos con ventanas polvorientas, la recibió la presencia de los guardias. Ocultos entre la maleza, la observaron acercarse. Al reconocerla, la dejaron pasar sin cuestionar. La pesada puerta corrediza se deslizó con un chirrido metálico.
En el interior, el bullicio era constante. Algunos guardias realizaban mantenimiento a las armas, mientras otros inspeccionaban los vehículos adquiridos por medios poco legales. Soldadores chisporroteaban mientras los reforzaban con placas de blindaje, transformando los vehículos en bestias de combate.
Gwen avanzó sin prestar demasiada atención. Su objetivo era claro. Subió por una angosta escalera metálica que la llevó al edificio contiguo, conectado por un estrecho pasillo elevado. Al llegar a una puerta de acero, la empujó sin ceremonias.
Dentro, encontró a Vinzent, de espaldas junto a una ventana cubierta de mugre. Hablaba por teléfono, clara mente molesto. Gwen lo podía ver a pesar de que la máscara cubría su rostro se apoyó contra la pared, esperando con una sonrisa maliciosa bajo su traje mientras él terminaba su conversación.
Vinzent tomaba el teléfono con un gesto brusco, dejando escapar un suspiro de frustración.
—¡Pues encuentra la manera de que traigan los suministros! Es tu problema, ¡encuentra la manera! —espetó, visiblemente molesto. Su mirada se desvió al notar a Gwen, quien acababa de entrar. Ella se quitó la mochila y el hacha envuelta, dejándolas con pesadez sobre la mesa. La madera, manchadas ligeramente con gotas de sangre seca.
—Estaremos en contacto —dijo Vinzent, colgando y dejando el teléfono a un lado con irritación. Luego, miro a Gwen, intentando calmarse—. ¿Cómo te fue esta noche? —preguntó, con un tono más sereno.
Gwen, con un gesto despreocupado, se quitó la máscara, su rostro tenía pequeñas salpicaduras de sangre. Su respiración era tranquila, pero su expresión era de satisfacción.
—Bien. Entregué los paquetes —respondió tranquilamente, mientras se pasaba una mano por el cabello.
Vinzent notó las pequeñas manchas de sangre en su traje de conejo y el brillo rojizo en el filo del hacha que se manchaba atreves de la envoltura.
—Veo que estás manchada de sangre. ¿Te divertiste? —preguntó con un tono juguetón, una sonrisa torcida asomando en su rostro escondida bajo su máscara de tela.
Gwen sonrió maliciosamente, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y deleite. —Sí. Me topé con tres bestias estúpidas que intentaron llevarme para devorarme. Deberías haber visto sus caras de terror cuando los maté —dijo, aún saboreando el recuerdo.
Vinzent soltó una breve carcajada, aunque su expresión seguía marcada por la tensión del día. —Pero dime, tú pareces no haberla pasado tan bien hoy. ¿Sucedió algo? —preguntó Gwen, cambiando el tono mientras sacaba algunos ingredientes de su mochila y carne.
—Al parecer, los bastardos de la NHU aumentaron la seguridad de los puertos y las ciudades. Saben de nuestra presencia en su territorio. Hay que actuar rápido para cumplir con nuestros objetivos —respondió Vinzent con seriedad.
Gwen asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de la situación. se acercó a una cajonera en la habitacion. Sacó una parrilla de gas portátil y un sartén, llevándolos a la mesa.
—Ya veo, así que los suministros tardarán en llegar —comentó mientras encendía la parrilla. El suave resplandor azul del fuego iluminó su rostro mientras colocaba el sartén sobre las llamas.
Gwen sacó un cuchillo afilado de su mochila y empezó a picar los ingredientes con precisión, al igual que la carne.
—Sí. Prácticamente tendremos que aguantar con lo que tenemos por ahora, mientras encuentran la manera de traerlos sin levantar sospechas —dijo Vinzent, observándola de reojo mientras el sonido del cuchillo resonaba en la habitación.
Pequeñas columnas de humo comenzaron a elevarse del sartén cuando Gwen lanzó los ingredientes sobre el metal caliente. El aroma de la carne dorándose y vegetales se esparció rápidamente.
—¿Y qué hay del mestizo? —preguntó Gwen con curiosidad, moviendo los ingredientes mientras las llamas lamían los bordes del sartén.
—Me dijo que está interesado en llevar esto a una escala más grande con una nueva droga que sembrará el caos en las calles contenido en una lata —dijo Vinzent con una oscura alegría reflejada en su voz.
—Ohhh, es interesante cómo ese mestizo asqueroso odia a las bestias a pesar de ser uno de ellos. Me pregunto qué tan lejos está dispuesto a llegar —comentó Gwen, esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
—Lo sé —asintió Vinzent —pero no bajemos la guardia. Es muy listo en cuanto a las acciones que realiza, aunque sigue siendo un activo valioso para nuestra operación. Solo lo usaremos hasta que deje de ser útil. —Su tono era calculador, como si cada palabra ya estuviera planeada.
Mientras tanto, Gwen apagaba la llama del sartén, terminando de cocinar.
—Por lo que dices, ese bastardo es demasiado astuto para ser engañado fácilmente —respondió ella con desdén—. La próxima vez vigilaré sus movimientos. Si noto algo raro en él... —Hizo una pausa mientras cortaba un trozo de carne con su cuchillo, utilizándolo como tenedor. Comió con calma, como si nada de lo que hablaban la perturbara.
Vinzent la observó por un momento, viendo cómo disfrutaba de su comida con una inquietante tranquilidad.
—Bien. Por ahora, solo nos queda esperar —dijo finalmente, caminando hacia una silla junto a la ventana. Desde allí, contempló la ciudad a lo lejos, las luces parpadeantes como testigos silenciosos de sus planes.
—¿Cuál será nuestro siguiente objetivo? —preguntó Gwen, llevándose otro trozo de carne a la boca.
—Tenemos que colocar cargas explosivas en el puente de la ciudad —respondió Vinzent con indiferencia—. Pero sin los suministros adecuados, no tenemos suficiente material para hacerlo ahora mismo. Mientras tanto, seguiremos distribuyendo los frascos hasta saturar su mercado.
—Ya veo —dijo Gwen, mostrando una sonrisa torcida—. Suena divertido.
Vinzent sonrió con la misma oscura satisfacción. Ambos compartían la misma ansiedad por el día en que su plan alcanzara su clímax.
La luz del sol entraba por las ventanas de la comisaría, iluminando con un tono cálido las paredes de concreto. Desde allí, se podía contemplar la silueta de la ciudad extendiéndose en la distancia. En una esquina, un televisor permanecía encendido, mostrando las últimas noticias.
—En otras noticias, esta mañana tres cuerpos fueron encontrados en un callejón. Las víctimas, tres jóvenes carnívoros, fueron atacadas con extrema violencia —informaba una reportera gato, su expresión grave mientras los retratos de los fallecidos aparecían en pantalla.
La noticia no terminaba ahí.
—Además, durante la madrugada se reportó otro macabro hallazgo. Cinco cuerpos más fueron encontrados. Según las primeras investigaciones, se trata de dos herbívoros y tres carnívoros. Al parecer, las víctimas fueron desolladas, aunque la policía no ha dado más detalles al respecto. El Beast…
El televisor se apagó abruptamente.
Un vaso de jugo de zanahoria golpeó suavemente la mesa al ser colocado de nuevo. El pesado suspiro que siguió resonó en la habitación.
—Perfecto. Otro loco suelto en la ciudad —murmuró Yafya, un caballo negro de complexión robusta, su tono lleno de fastidio—. Como si no fuera suficiente con esos detestables niños humanos. Ahora tengo algo más de qué preocuparme.
Frente a él, un expediente reposaba abierto, mostrando fotografías y detalles del brutal incidente. La seriedad endurecía aún más sus facciones.
De pronto, el televisor se encendió de nuevo, interrumpiendo sus pensamientos. La imagen titiló por un momento antes de mostrar a un ratón con una chaqueta negra y pantalón caqui. Su expresión era tensa.
—Señor Yafya —saludó el ratón con voz firme.
—¿Qué sucede, Corne? —preguntó Yafya sin rodeos, su mirada fija en la pantalla—. ¿Encontraste alguna pista sobre el asesino?
—Sí, pero… —Corne hizo una pausa, visiblemente incómodo—. Solo pudimos obtener una grabación de mala calidad. La cámara de seguridad estaba al otro lado de la calle.
En la pantalla apareció una imagen distorsionada, con parpadeos y ruido visual. Apenas se distinguía la figura de algo emergiendo del oscuro callejón. Un par de orejas largas y blancas destacaban, pero el resto permanecía oculto en las sombras.
Yafya entrecerró los ojos, observando cada detalle con atención. La figura parecía desvanecerse rápidamente, como si se hubiera percatado de la cámara.
—Interesante… —murmuró Yafya, entrecerrando los ojos mientras analizaba la imagen borrosa en la pantalla—. Nuestro asesino parece ser un herbívoro de algún tipo.
—¿Cree que podría tratarse de un herbívoro resentido con sed de justicia? —preguntó Corne, intentando profundizar en la teoría.
Yafya permaneció en silencio por un momento, su mirada calculadora reflejaba la vorágine de pensamientos que cruzaban por su mente.
—Tal vez —respondió finalmente—, pero primero debemos asegurarnos. Necesitamos encontrar más pistas.
Con el ceño fruncido, Yafya miro a Corne, quien esperaba atento.
—¿Algún avance sobre los cuerpos despellejados encontrados en el basurero? —preguntó con voz firme, preguntándose si habría una conexión entre ambos casos.
—Sí —asintió Corne, cambiando la imagen en la pantalla—. Obtuvimos una grabación clara de una de las cámaras de seguridad de una tienda de conveniencia cercana.
La grabación mostró un vehículo de cuatro puertas con los vidrios polarizados, pasando frente a la tienda antes de girar hacia el basurero. El auto se movió lentamente hasta desaparecer de la vista. Corne adelantó el video a otra toma, donde la cámara lateral capturó el vehículo desde un ángulo distinto.
Justo antes de que el automóvil saliera del cuadro, la ventanilla del conductor se deslizó hacia abajo por un instante, revelando una pequeña fracción del interior. Yafya, con una expresión severa, se inclinó hacia adelante.
—Detén la imagen —ordenó con firmeza.
Corne obedeció al instante. La figura tras el volante era apenas visible, pero Yafya no apartaba la vista.
—Amplía la imagen de la ventana —añadió, sin despegar la mirada de la pantalla.
La imagen se agrandó, ganando algo de nitidez. Fue entonces cuando un par de orejas blancas se hicieron visibles, destacándose claramente contra la oscuridad del interior del vehículo.
Yafya se enderezó lentamente, sus ojos reflejaban una mezcla de confirmación y tensión.
—Ahí está… —murmuró Corne, su voz teñida de incredulidad—. Entonces es cierto, nuestro asesino es un herbívoro.
Yafya se levantó de su silla, caminando hacia la pantalla como si cada paso le permitiera procesar mejor lo que acababa de ver. Su expresión permanecía inescrutable, pero en su mente las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
—Por cierto, señor, rastreamos el vehículo y descubrimos que pertenecía a una de las víctimas herbívoras despellejadas. Fue robado de su casa hace dos semanas. El automóvil era de su esposa. La familia de la víctima lo reportó como desaparecido hace dos días —informó Corne con seriedad.
Yafya lo miró fijamente a través de la pantalla, su expresión inmutable.
—¿Hay reportes de si alguien vio algo extraño durante el robo del vehículo? —preguntó con tono grave, buscando algún indicio.
—No, señor. Al parecer, el robo ocurrió durante la noche y no se pudo recopilar mucha información. Los oficiales interrogaron a los vecinos, pero nadie vio nada. Además, la zona no contaba con cámaras de seguridad, por lo que no tenemos más evidencia, que este video de una tienda cercana —respondió Corne con firmeza.
Yafya asintió lentamente, comprendiendo la complejidad del caso.
—¿Y cuál fue su último paradero antes de que encontraran el cuerpo en el basurero? —continuó, sin apartar la vista de la pantalla.
—Tenemos un video de la víctima saliendo de su trabajo en la empresa donde laboraba. Aquí está —dijo Corne mientras reproducía la grabación.
En la pantalla, una gacela con traje caminaba por la calle durante la noche. La toma cambió al mostrarla dirigiéndose hacia una estación subterránea. La escena era desoladora, sin rastro de otros pasajeros. La víctima esperó en el andén hasta que el tren llegó.
Las puertas se abrieron. Yafya observaba con atención cada detalle, pero algo llamó su atención. Reflejada en una de las ventanas, a espaldas de la gacela, se distinguía una figura vestida completamente de negro. Su rostro estaba oculto y sus orejas eran imposibles de identificar. Una presencia inquietante.
—Detén el video y acércate a la segunda ventana a la izquierda —ordenó Yafya, su voz tensa.
Corne obedeció. Al ampliar la imagen, pudieron ver que el pelaje del individuo no era del todo blanco. Pequeñas manchas oscurecían ciertas áreas, aunque la baja resolución no permitía detalles más claros.
Yafya frunció el ceño, pensativo.
—Cambia el ángulo a la otra cámara de la estación. Quiero ver si podemos obtener una mejor imagen —indicó con firmeza.
Corne hizo lo propio. La nueva toma, más alejada, ofrecía una vista parcial del interior del vagón. Al hacer zoom, la silueta del sospechoso se perfilaba con mayor nitidez. Aunque su rostro seguía oculto, un cubre bocas negro cubría su boca y nariz, agregando un aire aún más perturbador a su presencia.
Yafya guardó silencio. Sabía que aquel detalle, por mínimo que fuera, podría ser la clave para desentrañar el misterio.
—Continúa el video. Quiero ver cuando baja del tren —ordenó Yafya con seriedad.
Corne asintió y reanudó la grabación. La imagen mostró a la víctima subiendo al tren y tomando asiento cerca de la puerta. Después de unos segundos, las puertas se cerraron y el vehículo partió. La toma cambió a la siguiente estación. El tren se detuvo lentamente, y en la puerta apareció el sospechoso, listo para bajar.
Yafya observaba con atención mientras las puertas se abrían. El conejo, con una maleta grande al hombro, salió del vagón. La víctima, una gacela, ya no estaba en su asiento. Fue entonces cuando notaron algo inusual.
—Ese conejo es muy alto... Eso no es normal —dijo Corne, sorprendido.
La imagen seguía reproduciéndose, mostrando cómo el sospechoso caminaba por el andén con calma. De pronto, se detuvo y alzó la vista directamente hacia una de las cámaras de seguridad. Un escalofrío recorrió a Corne. A pesar de que era solo una grabación, sintió como si el conejo los estuviera observando.
Yafya abrió los ojos de par en par, notando algo perturbador en aquella mirada.
—Detenlo y haz un acercamiento a su rostro —ordenó sin apartar la vista.
Corne obedeció de inmediato. Congeló la imagen y amplió el rostro del conejo. Lo que vieron los dejó inquietos.
—E-e-eso es real… —balbuceó Corne, incapaz de creerlo.
—Sí, eso parece —confirmó Yafya con voz grave.
A través de la pantalla, los ojos ámbar del conejo destellaban con una satisfacción perturbadora. Aquellos no eran los ojos de un herbívoro. Su expresión emanaba una extraña mezcla de satisfacción y desafío. Podía ver su cubre bocas negro con mas detalle, pero era evidente que lo que se ocultaba detrás de él no era común.
—Bien, ya tenemos la imagen de nuestro asesino, un conejo herbívoro de pelaje manchado —afirmó Yafya, su tono firme.
—Informaré a los demás para iniciar la búsqueda —dijo Corne con determinación.
—Corne —llamó Yafya, deteniéndolo antes de que se fuera.
—¡Sí, señor! —respondió Corne, atento.
—Traten de no llamar la atención. Al parecer, él sabe que lo estamos buscando —advirtió Yafya con seriedad.
—Entendido, señor. Se lo haré saber a los demás —asintió Corne antes de cortar la transmisión. La pantalla se apagó, dejando a Yafya solo en su oficina.
Se giró lentamente hacia su escritorio y tomó asiento. Su vaso de jugo de zanahoria, a medio terminar, permanecía en la mesa. Miró el líquido anaranjado con expresión pensativa.
—Esa cosa no era un herbívoro —susurró, frunciendo el ceño.
Su mente trabajaba a toda velocidad. La explosión en el puerto, la llegada de niños humanos y la partida de la embajadora Else hacia la isla de los humanos, junto con los estudiantes, lo mantenían en vilo y ahora los asesinatos. La falta de comunicación desde su partida tampoco ayudaba. Aún no recibía ninguna noticia, aunque le había entregado a Else un teléfono satelital para emergencias.
—Solo espero que vuelvan de ese lugar en una pieza… Si no, esos humanos pagarán caro —murmuró, su mirada fija en el mar más allá de la ventana.
Un bostezo resonó en la sala de estar de la casa, donde todos discutían alegremente, sentados en el piso.
—Oye, Elias, no sabía que estabas saliendo con Juno. Realmente me tomó por sorpresa —dijo Bill, sonriéndole con curiosidad.
Elias giró para mirarlo, encogiéndose de hombros.
—Sí, ayer se me confesó. Aunque tenía un poco de miedo de cómo reaccionarían mis padres, al final se lo tomaron bastante bien. Todavía no puedo olvidar la cara que pusieron cuando les dije anoche —comentó Elias, recordando con cierta diversión la expresión de asombro de sus padres y como su madre abrazo a Juno.
—Ya veo. Me alegro por ti —respondió Bill con una sonrisa sincera.
—Sí, nosotros tampoco lo esperábamos de ti —agregó Mugino, sonriendo. Los demás asintieron, compartiendo la alegría de su amigo.
De repente, Durham levantó la voz con curiosidad.
—Por cierto, Elias, ¿quién era la otra chica de ayer? Dijiste que era tu ex…
La pregunta hizo que todos fijaran su atención en Elias, esperando su respuesta.
—Ah, bueno… —Elias se rascó la cabeza, claramente incómodo—. Si era mi ex novia.
El ambiente se tensó por un momento.
—Ah… lo sien… —intentó disculparse Durham, notando lo incómodo que parecía Elias, pero él lo interrumpió con calma.
—No, tranquilo. No es que me moleste que preguntes, es solo que… es ella es muy molesta por su forma de comportarse. Lo de ayer solo lo hizo para incomodar a María y a Juno, al enterarse que estoy saliendo con ella —explicó Elias, tratando de restarle importancia.
—¿Por qué a María? —preguntó Jack, sin poder ocultar su curiosidad.
Elias lo miró directamente, como si estuviera esperando esa pregunta.
—Bueno, Jack, verás… ella fue una de las chicas que molestaba a mi hermana en la escuela —dijo con tono serio.
Los demás lo miraron sorprendidos.
—¿¡Espera, salías con la chica que molestaba a tu hermana!? —exclamó Jack casi en tono de reproche.
Elias asintió, aceptando la reacción de su amigo.
—Sí, pero cuando la conocí, no lo sabía. Mi hermana también me lo ocultó. El día que fui a recoger a María, las escuché hablar dentro de un salón. Fue entonces cuando descubrí que solo me usaba para quedar bien con sus amigos y seguir molestando a María. Ella fue quien provocó que mi hermana cambiara de escuela —explicó Elias, su voz cargada de molestia hacia sí mismo.
—No me sorprendería si conociera al chico que golpe, que era anterior novio de María —Añadió Elias aun molesto.
Sus amigos lo miraron con comprensión. Elias suspiró profundamente antes de continuar.
—Después de eso, terminé con ella. Pero, bueno… no se lo tomó muy bien. Desde entonces, cada vez que ve a María y a mí, busca cualquier oportunidad para molestarla.
—Oh, ya veo… No sabía que los humanos se comportaran de esa manera —comentó Aoba, algo sorprendido por la historia.
Elias le dedicó una mirada seria.
—Sí, a veces los humanos podemos ser muy crueles, de formas que ni se imaginan —dijo con firmeza.
El silencio se extendió brevemente por la sala. Sin embargo, Elias, con una sonrisa forzada, intentó disipar el ambiente tenso.
—Pero bueno, ¿qué tal si nos divertimos un poco hoy? Mi hermana quería ir a nadar. Hace mucho calor, y además el festival será pronto —sugirió, animándose a sí mismo.
—Claro, suena divertido, aunque secarse será complicado —comentó Collot alegremente.
—No te preocupes, mi madre tiene una secadora. Creo que les servirá —dijo Elias, recuperándose de esos malos recuerdos y sonriendo.
Mientras ellos seguían conversando tranquilamente, en la otra casa, María, Juno y Haru estaban en la habitación de María.
Las dos estaban sentadas en el piso, mientras María buscaba ropa en el clóset. Juno y Haru observaban con curiosidad el cuarto. Había un pequeño escritorio ordenado, con algunos objetos personales cuidadosamente dispuestos. Una alfombra mullida decoraba el suelo, y la cama de María, de aspecto acogedor, estaba impecablemente hecha.
La atmósfera en la habitación era relajada, con la luz del sol filtrándose suavemente por la ventana, iluminando los rostros de las chicas mientras charlaban entre risas y comentarios ligeros.
—¿Entonces iremos a la playa? No sabía que ustedes también iban —preguntó Haru, un poco inquieta ante la idea.
—Sí, de vez en cuando vamos. Por eso estoy buscando algo de ropa para ustedes —respondió María, mientras seguía revolviendo entre la ropa.
Juno la observaba con curiosidad.
—¿Y cómo es? —preguntó Juno con interés.
—Es tranquila. Normalmente el agua es cristalina, y es un lugar muy bonito —dijo María, buscando en uno de los cajones.
Juno escuchaba con cierta emoción, mientras que Haru oía con interés por como la describía.
—Pero, ¿estás segura de prestarnos tu ropa? —preguntó Juno, dudosa.
—Estas segura, no sé si tu ropa nos quedara —dijo Haru por la estatura de Maria.
—Claro, no hay problema, tengo algunas de cuando era casi de tu estatura —respondió María sonriendo. Luego, con una sonrisa pícara, agregó —Aparte Juno, ¿no te gustaría impresionar a mi hermano?
Juno se sonrojó de inmediato, imaginando la situación, mientras Haru miraba su reacción con cierta diversión. María entonces se giró hacia Haru.
—¿Y tú, Haru, te gustaría ir? —le preguntó con una sonrisa amable.
Haru la miró rápidamente, intentando disimular su incomodidad mesclada con curiosidad.
—Bueno… suena divertido. Además, creo que nunca he ido a una playa, más que a mirar —respondió Haru, esta vez con más calma, pensando en lo agradable que podría ser.
María sonrió, animada.
—¡Bien! ¡Déjenme conseguirles algo para que se pongan! —dijo con entusiasmo.
Pasaron algunos minutos hasta que finalmente María encontró lo que buscaba.
—¡Aquí está! —exclamó, sacando la ropa del cajón.
Sostuvo dos trajes de baño y los mostró con orgullo.
—Bien, Juno, toma este —dijo María, entregándole uno.
Juno lo tomó y lo observó con atención. Era un traje de dos piezas, blanco y con delicados holanes. Sus ojos brillaron de alegría.
—¡Oh, es bonito! —exclamó Juno, admirando el diseño.
María luego miró a Haru, que la observaba expectante.
—Haru, solo tengo este. Es pequeño, de cuando tenía doce años. Espero que te quede —dijo María, entregándole otro traje de dos piezas, pero esta vez azul marino, también con olanes dispuestos de una forma diferente.
Haru lo miró y sonrió con suavidad.
—Sí, parece que me quedará. Gracias —dijo Haru, agradecida.
—¡Ah! Solo una cosa —recordó María de repente—. No tienen agujero para sus colas.
Haru y Juno intercambiaron miradas antes de responder.
—No hay problema —dijo Haru con tranquilidad.
—Sí, no te preocupes, María. Muchas gracias por prestárnoslos —añadió Juno, alegre.
—¡Bien! Entonces iré a preparar las cosas. ¡Vamos! —exclamó María, animada.
Haru y Juno asintieron y la siguieron. Después de un rato, salieron de la casa de los padres de Elias y María, donde todos ya esperaban afuera. El padre de Elias cerró la puerta con un candado, asegurándose de que todo estuviera bien.
—Listo, ya cerré —dijo el padre de Elias, cargando una gran mochila a su espalda.
La madre de María lo miró con una sonrisa cálida.
—No creí que aceptarías tomarte el día libre —comentó alegre.
Él volteó a verla, algo avergonzado.
—Bueno… hace tiempo que no salimos. Además, me vendrá bien un descanso después de todo el trabajo que he tenido —respondió, sin saber muy bien cómo expresarse.
Ella lo miró con ternura, acercándose para abrazarlo.
—Si querías pasar tiempo conmigo, me lo hubieras dicho —dijo con cariño, mientras lo miraba a los ojos.
El padre de María se sonrojó visiblemente, mientras los demás observaban la escena desde la calle, sintiéndose algo incómodos.
—Ya veo de dónde sacó María esa personalidad —murmuró Durham al recordar las veces que vio a Jack con ella, intentando contener su incomodidad
Jack cargaba la mochila que su padre le había dado, asintió completamente de acuerdo con lo que decía Durham recordando como María hacia lo mismo el, justo cuando escucharon la voz de Elias y María conversando con Juno.
—¿Nos tardaremos mucho? —preguntó Juno con ansias, deseando llegar lo más pronto posible.
—No, son como diez o veinte minutos caminando —respondió Elías con tranquilidad.
Juno le sonrió con entusiasmo.
—¡Bien! No puedo esperar a llegar, ya quiero ver el lugar —dijo alegre, su cola moviéndose ligeramente de emoción.
Jack y los demás la escuchaban, cada uno con sus propios pensamientos.
"Espero que podamos divertirnos mucho." —pensó Jack, esbozando una sonrisa mientras sus ojos se desviaban inevitablemente hacia María. Pero, de repente, un pensamiento atravesó su mente como un rayo.
"¡Espera! Entonces eso quiere decir que… ¡veré a María en traje de baño!"
La imagen apareció sin previo aviso en su imaginación, María, sonriéndole, con el sol reflejándose en el agua. El calor subió a su rostro y se sonrojó completamente. Su corazón latía con fuerza.
Pero antes de que pudiera perderse más en sus pensamientos, María lo tomó de la mano con delicadeza, sacándolo de su ensueño. Jack reaccionó de inmediato, todavía sintiendo el rubor en sus mejillas.
—¡Ah, María! —dijo Jack, algo torpe.
—¡Vamos! Te gustará el lugar —dijo María con una sonrisa radiante.
Su toque era cálido y reconfortante, y aunque su corazón seguía latiendo aceleradamente, Jack se sintió más tranquilo. Le devolvió la sonrisa, sintiendo una mezcla de nerviosismo y felicidad.
En ese momento, los padres de Elías llamaron la atención del grupo.
—Muy bien, chicos. No se separen y si se cansan, dígannos para que puedan descansar —anunció el padre de Elías con voz firme.
Todos asintieron en señal de comprensión. A su lado, la madre de María sonreía con amabilidad.
—Bien, vámonos antes de que se haga más tarde —dijo ella con gentileza.
Con eso, el grupo comenzó a caminar, saliendo a la calle principal. El sol brillaba intensamente, y los campos verdes a lo lejos pintaban un paisaje sereno. Las risas y conversaciones llenaban el ambiente.
Haru, que caminaba sola, notó cómo Legoshi se acercaba a ella.
—Oye, Haru… —dijo Legoshi, algo tímido—. Si quieres, puedo ayudarte con la mochila.
Haru lo miró, sorprendida, y luego le sonrió con dulzura.
—Claro, pero… ¿seguro que no es mucho para ti? —preguntó alegremente.
Legoshi movió la cola involuntariamente, feliz por la oportunidad de ayudar.
—No hay problema —respondió con una leve sonrisa.
Haru le entregó su mochila y él la cargó con facilidad, acomodándola en su hombro. Mientras continuaban caminando junto al grupo, Haru aprovechó la oportunidad para iniciar otra conversación.
—Oye, Legoshi… —dijo, llamando su atención.
—¿Sí? ¿Qué pasa? —respondió él, volteando a verla.
—Me preguntaba… ¿a qué universidad irás cuando te gradúes? Sé que vas en segundo año, pero sería bueno saberlo —preguntó Haru con curiosidad, manteniendo su sonrisa.
Legoshi se quedó pensativo, como si la pregunta lo tomara por sorpresa.
—Mmm… bueno… aún no lo sé —respondió con sinceridad, sin tener una respuesta clara.
Haru lo observó por un momento y luego rió suavemente.
—Bueno, yo iré a una universidad cercana cuando me gradúe. Quiero estudiar botánica para abrir un restaurante —dijo Haru con tranquilidad, su voz reflejando la ilusión por su sueño.
Legoshi la miró con interés.
—Suena interesante —dijo con genuina curiosidad.
—Lo sé. Quiero que los carnívoros disfruten tanto los vegetales como los herbívoros y que todos tengan un lugar donde comer juntos en paz —explicó Haru con una sonrisa radiante.
La pasión en sus palabras era evidente, y Legoshi no pudo evitar sentirse inspirado. Mientras continuaban charlando, sus pasos se volvieron más ligeros.
Por otro lado, Juno caminaba junto a Elías, observando con fascinación el paisaje que vieron al llegar nuevamente. La emoción brillaba en sus ojos, con anticipación.
—¡Me encanta tu hogar, Elias! —dijo Juno, admirando el paisaje con una sonrisa radiante.
Elias la miró, complacido por su entusiasmo.
—Me alegra que te encante —respondió, devolviéndole la sonrisa mientras observaba cómo Juno contemplaba el entorno con atención.
De pronto, Elias recordó lo sucedido el día anterior.
—Ah, por cierto, Juno... sobre lo de ayer... —comenzó, intentando disculparse, pero ella lo interrumpió con tranquilidad.
—No te preocupes. Tu hermana me lo explicó todo. Ahora entiendo por qué lo hizo —dijo Juno, su voz suave y comprensiva mientras desviaba la mirada hacia el camino. Luego, volvió a mirar a Elias con una expresión calmada.
—Aun así, quisiera disculparme por no habértelo dicho antes —insistió Elias, sintiéndose un poco culpable.
Juno se acercó un poco más a él, sin perder la serenidad.
—No te culpo. Aunque… no sabía que los humanos hicieran ese tipo de cosas tan vengativas —respondió, comprendiendo mejor la situación con Eveline.
Elias la miró con gratitud y sonrió.
—Gracias por entenderlo. Pero, ¿sabes? —dijo, y sin pensarlo mucho, tomó delicadamente la mano de Juno, acercándose un poco más mientras seguían caminando.
El corazón de Juno dio un vuelco, y un leve rubor tiñó sus mejillas.
—Realmente me gustas mucho —confesó Elias con una sonrisa sincera.
El rostro de Juno se puso completamente rojo ante sus palabras. Elias rió con ternura al ver su reacción.
—Espero que nos divirtamos mucho —añadió alegremente.
Juno, aún avergonzada, asintió con timidez.
—Por cierto, Juno, ¿no te gustaría venir aquí en las vacaciones de invierno? —preguntó Elias con entusiasmo —Sería divertido que estuvieras aquí para ver la nieve, aunque haga mucho frío.
Juno lo miró, todavía con las mejillas ligeramente sonrojadas, y reflexionó por un momento.
—Mmm… Tendría que decírselo a mis padres y también contarles que estamos saliendo —respondió, sintiendo cierta preocupación por la posible reacción de su familia.
—Sí, lo entiendo —dijo Elias, asintiendo con comprensión—. Pero ojalá puedas venir. Sería increíble verte aquí en invierno.
Su sonrisa sincera tranquilizó un poco a Juno, quien terminó por devolverle una pequeña sonrisa. Continuaron charlando mientras caminaban, disfrutando de la compañía mutua.
Después de un rato, el aire comenzó a impregnarse con la fresca brisa marina.
—Ya casi llegamos —anunció el padre de Elias, quien caminaba unos pasos adelante.
La emoción de Juno creció, compartida por los demás. Siguieron avanzando hasta que, a lo lejos, divisaron el puerto donde habían desembarcado. Sin embargo, el padre de Elias tomó otro sendero que atravesaba los campos verdes.
A medida que avanzaban, el sonido del mar se hizo más evidente, acompañado por las voces lejanas de otras personas. El sendero, antes cubierto de pasto, comenzó a volverse más claro y arenoso.
Finalmente, salieron a un punto elevado desde donde se podía admirar la playa. La vista era impresionante. El agua calmada bañaba suavemente la orilla, y la brisa marina acariciaba sus rostros. Algunas personas disfrutaban del lugar, mientras edificios pequeños y cambiadores se veían a lo lejos.
—¡Que hermoso! —murmuró Juno, maravillada por el paisaje.
Todos contemplaron el horizonte con asombro, dejándose envolver por la belleza del mar y el cielo despejado.
—Bien, chicos, vayan a los cambiadores —dijo la madre de Elias con una sonrisa.
—Sí, vayan y cámbiense. Yo iré con ella a montar el lugar de descanso —añadió el padre de Elias, caminando hacia la arena seguido por su esposa.
María miró a Juno y Haru, invitándolas con una sonrisa.
—Vamos, chicas —dijo alegremente.
Haru se acercó a ella, mientras Juno soltaba a Elias con una pequeña sonrisa.
—Ahora vuelvo —le dijo Juno, a lo que Elias asintió con tranquilidad.
María también soltó a Jack, quien, aunque sintió una pequeña punzada en el pecho, sabía que ella regresaría pronto. Mientras las tres chicas se alejaban, los chicos se quedaron mirándose entre sí.
—Bien, vamos —dijo Elias, marcando la pauta.
Los demás lo siguieron hasta los cambiadores. Al salir, todos estaban en traje de baño, sin camisa, y con la mochila de Elias llena de sus pertenencias.
—Listo, vamos. Mis padres seguro ya montaron el lugar —comentó Elias con calma.
Caminaron por la arena hasta donde los padres de Elias habían instalado una gran toalla, una sombrilla y algunos objetos más para pasar el día.
—Bien, ya está todo listo —dijo el padre de Elias con satisfacción.
—Hacía mucho que no veníamos. No recordaba lo tranquilo que es aquí —añadió la madre de Elias, admirando el mar.
Cuando notaron a los chicos acercarse, les dedicaron una cálida sonrisa.
—¡Listo, mamá! Aquí dejo nuestras cosas —dijo Elias con entusiasmo, dejando su mochila junto a ellos.
Jack y los demás también estaban emocionados por entrar al agua. Justo en ese momento, escucharon las voces de María, Juno y Haru. Instintivamente, todos voltearon para verlas.
Jack no pudo apartar la mirada de María, quien vestía un bañador rosa de dos piezas. Su mente se nubló por completo mientras la contemplaba. Durham, notando su expresión, le dio una palmada en el hombro.
—Amigo, tienes mucha suerte —dijo entre risas, contagiando a los demás.
Jack apenas logró asentir, aún sin reaccionar del todo.
—¡Listo! —anunció María con energía, dejando la bolsa con sus cosas y las de las demás chicas.
—¡Bien, vamos al agua! —exclamó, girándose para correr hacia el mar.
Sin embargo, la voz de su madre la detuvo.
—¡María! No olvides ponerte bloqueador —dijo con tono firme.
María se detuvo de golpe, girándose hacia ella.
—Ah, cierto. Se me olvidó —respondió con una sonrisa despreocupada.
Su madre sacó un envase de crema y se lo entregó. María tomó un poco de la sustancia blanca y comenzó a esparcirla por su piel.
—Déjame también ponerme —dijo Elias, tomando un poco del bloqueador.
Los chicos los miraban con curiosidad, sin entender muy bien la situación. Miguno finalmente rompió el silencio.
—Elias —lo llamó, logrando captar su atención.
Elias volteó, aún aplicándose el bloqueador, sin notar la expresión de confusión en los rostros de sus amigos.
—¿Qué? —preguntó Elias mientras seguía untándose bloqueador solar sobre el rostro.
—¿Qué es eso que te estás poniendo? ¿Y qué bloquea? —Miguno frunció el ceño, visiblemente confundido, al igual que los demás.
Elias sonrió con tranquilidad ante la pregunta.
—Ah, es para evitar quemarnos por el sol —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¿Quemarte por el sol? —susurró Jack, mirando cómo Elias continuaba con su tarea.
—¿Ustedes no lo utilizan? —preguntó Elias, intrigado.
Todos negaron al unísono, sin apartar la vista de él.
—No, es la primera vez que vemos algo así —dijo Miguno, examinando con curiosidad el pequeño frasco que sostenía Elias.
—¿Y por qué se lo ponen en todo el cuerpo? —Jack no pudo evitar preguntar, todavía fascinado por lo que veía.
Elias se encogió de hombros, sonriendo.
—Para protegernos, como dije, el sol nos quema la piel. Si no lo usáramos, al día siguiente estaríamos rojos, y es muy doloroso. No podríamos hacer nada por un tiempo porque arde como el infierno. Nuestra piel se empieza a descarapelar en pequeños pedazos, como si estuviéramos cambiando de piel.
Las palabras de Elias hicieron que todos lo miraran con preocupación y cierto temor. Jack se estremeció, imaginando lo doloroso que debía ser.
—Eso suena aterrador y muy doloroso —dijo Jack con una expresión de genuina inquietud, y los demás asintieron en silencio.
Elias soltó una ligera carcajada al ver sus caras.
—Tranquilos, no es tan grave como parece. Pero sí duele mucho, créanme. Una vez me pasó por no usar bloqueador —admitió Elias con calma.
Los demás lo observaron, sorprendidos de que hablara del incidente con tanta naturalidad.
María, que había estado ocupada aplicándose el protector solar, de pronto se volvió hacia Elias.
—Hermano, ¿me ayudarías con la espalda? No alcanzo —pidió, girando levemente para mostrar la zona que no podía cubrir.
Antes de que Elias pudiera responder, María dirigió una mirada traviesa hacia Jack y sonrió con picardía.
—Jack, ¿por qué no me ayudas tú? Ven —dijo, tomándolo de la mano sin darle tiempo a reaccionar.
El calor subió al rostro de Jack de inmediato, tiñendo sus mejillas de rojo mientras María lo arrastraba sin resistencia alguna. Su vergüenza era evidente, pero las risas contenidas de sus amigos solo empeoraban la situación.
Elias, viéndolos alejarse, simplemente negó con la cabeza con una sonrisa.
—Bueno, tiene mucha suerte. Le deseo lo mejor —comentó Collot, con tono divertido.
Los demás asintieron en acuerdo, compartiendo la misma opinión mientras veían a Jack desaparecer junto a María.
—¡Bien! ¿Por qué no vamos a divertirnos un poco? —dijo con una amplia sonrisa.
La brisa marina acariciaba la arena tibia mientras el grupo caminaba alegremente hacia la orilla. Elías, con su energía contagiosa.
Todos asintieron, compartiendo la emoción del momento. Conversaban tranquilamente mientras avanzaban, dejando huellas en la arena. Elías estaba a punto de seguirlos cuando Juno se acercó con cierta timidez, su mirada esquiva pero decidida.
—Oye, Elías… —dijo, jugueteando con sus manos—. ¿No quieres que te ayude a ponerte un poco en la espalda? —La vergüenza era evidente en su voz.
Elías parpadeó sorprendido, pero rápidamente le sonrió, sin darle demasiadas vueltas.
—¡Claro! —respondió con alegría.
Le dio lo poco que le quedaba en las manos, y Juno tomó un poco, extendiéndolo entre sus manos. Con un leve rubor en sus mejillas, Elías se giró, dándole la espalda. Juno tragó saliva, sintiendo su corazón latir con fuerza. Lentamente, posó sus manos sobre su piel, sintiendo la cálida musculatura de su espalda.
La suavidad de la piel de Elías la tomó por sorpresa. Sus manos, algo temblorosas, se movían con delicadeza, esparciendo el protector solar. Sin embargo, cada pequeño contacto parecía despertar una sensación eléctrica en Juno. Su mente divagaba mientras sus dedos seguían el contorno de sus músculos.
"Su espalda... es fuerte, pero su piel es tan suave..." pensó, perdiéndose en el momento.
—¡Ahahahaha! Juno, espera... ¡me haces cosquillas! —rió Elías, encogiéndose ligeramente por la sensación.
La risa repentina lo hizo estremecerse y Juno se sobresaltó, volviendo rápidamente a la realidad. Su rostro se tiñó de rojo.
—¡Ah! Lo siento… —se disculpó avergonzada, retirando las manos de inmediato.
Elías, aún recuperándose de las cosquillas, negó con una sonrisa amable.
—No, no te preocupes. Solo... solo me estabas haciendo cosquillas —dijo, calmándose poco a poco.
Juno suspiró aliviada, pero una pequeña sonrisa traviesa se dibujó en sus labios.
—No sabía que te daba cosquillas —dijo, acercándose ligeramente con una expresión juguetona.
Elías notó la chispa en su mirada y retrocedió nervioso.
—S-sí… tus manos… tus pelos… ¡me dieron cosquillas! —balbuceó, intentando justificarse.
—¿De verdad? —respondió Juno, con una sonrisa cada vez más amplia.
—E-e-espera, Juno, ¿por qué no mejor vamos al agua y...? —intentó escapar, pero ella ya tenía en mente su plan.
—¡Elias! —exclamó Juno, abalanzándose sobre él con las manos extendidas.
Ambos cayeron en la arena, entre risas y movimientos torpes. La suave brisa marina llevó consigo los ecos de sus carcajadas. Desde la distancia, los padres de Elías y María observaban la escena con una sonrisa.
—Parece que se divierten —comentó la madre de María, relajada bajo la sombrilla.
—Sí —respondió el padre de Elías, con una expresión de satisfacción—. Es bueno tomarse un descanso.
Pero su mirada pronto se desvió hacia otro punto, donde María y Jack se encontraban. Jack, con el rostro encendido como un tomate, intentaba disimular su vergüenza. Sus manos temblaban ligeramente mientras esparcía el bloqueador solar sobre la espalda de María, quien, ajena a su nerviosismo, sonreía con dulzura.
—C-c-c-creo que ya está, María… —balbuceó Jack, sin atreverse a mirarla directamente.
El rubor intenso en su rostro era inconfundible, y María no pudo evitar soltar una pequeña risa, divertida por la adorable torpeza.
María volteó a ver a Jack con una sonrisa radiante.
—Bien, vamos —dijo alegremente, tomando su mano con suavidad.
Jack, incapaz de sostenerle la mirada por la vergüenza, asintió en silencio. Sentía sus mejillas arder, pero la calidez de la mano de María le daba una extraña sensación de tranquilidad. Ella solo sonrió, guiándolo con delicadeza hacia el agua donde los demás ya se encontraban.
Legoshi, al acercarse a la orilla, miró el agua y quedó sorprendido por lo clara que era.
—¡Oh, puedo ver a través de ella! —exclamó con asombro.
—Sí, es como mirar a través de una ventana —comentó Miguno, maravillado mientras observaba el agua cristalina bajo sus pies.
De pronto, un chorro de agua los salpicó. Al voltear, vieron a Collot riendo, con las manos aún goteando.
—¡Tú lo pediste! —exclamó Durham con una sonrisa traviesa antes de devolverle el agua.
Entre risas y salpicones, todos se unieron al juego. El ambiente se llenó de carcajadas mientras Voss, más tranquilo, nadaba plácidamente cerca de la orilla. A unos pasos, Bill, Tao y Aoba contemplaban el agua con fascinación.
—Es increíble... se puede ver todo a través de ella —dijo Bill, admirando la transparencia del agua.
—Me pregunto si habrá peces aquí —murmuró Tao, mirando hacia el mar en el horizonte.
Aoba asintió con calma.
—Tal vez. Pero parece que no se acercan a este lugar, quizás por los humanos —dijo, observando con curiosidad el reflejo del cielo en el agua.
Las risas resonaron de nuevo, llamando su atención. Al voltear, vieron a Juno y Elias. Juno, con una sonrisa traviesa, le hacía cosquillas a Elias, quien se retorcía en el suelo intentando zafarse entre carcajadas.
—¡Basta, basta! —exclamaba Elias entre risas, mientras Juno continuaba su ataque juguetón.
Finalmente, Elias logró soltarse y corrió directo al agua, seguido por Juno que no paraba de reír.
—Parece que se divierten —comentó Aoba, sonriendo al verlos chapotear.
—Sí —asintió Tao, disfrutando del ambiente alegre.
Pero antes de que pudieran decir algo más, una ráfaga de agua los alcanzó. Al girarse, encontraron a Bill, quien sonreía.
—¡vamos a divertirnos! —exclamó Bill, riendo.
Juno y Elias no tardaron en responder, lanzándole agua con energía mientras todos se reían sin parar. La tarde avanzaba entre juegos y risas, mientras Haru y Legoshi caminaban tranquilamente por la orilla, disfrutando de la brisa marina y el cálido reflejo del sol en el agua cristalina.
—Este lugar es hermoso, ¿no lo crees? —dijo Haru mientras caminaba tranquilamente.
Legoshi la miró y asintió.
—Sí, el agua es muy clara —respondió con calma, observando cómo las olas rozaban la orilla.
Haru se detuvo y se sentó en la arena, mirando el horizonte. Legoshi la siguió y tomó asiento a su lado.
—Por cierto, dime… ¿realmente estás seguro de salir conmigo, aunque haya sido yo quien te invitó? —preguntó Haru en un tono sereno.
Legoshi la miró con cierta confusión.
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
Haru suspiró, desviando la mirada hacia él.
—Bueno… todos nos verán como raros por ser diferentes —dijo con un deje de preocupación en la voz.
Legoshi comprendió de inmediato.
—Realmente no me importa lo que digan los demás. Pienso que no debería importar siempre y cuando seas feliz con quien quieras estar —respondió, fijando la vista en el mar mientras las olas acariciaban la punta de sus pies.
Haru lo observó en silencio por unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Aunque siempre te vean conmigo y te traten como si me estuvieras depredando?
Legoshi giró el rostro hacia ella y asintió.
—Supongo… es algo que no se puede evitar —murmuró, llevándose una mano a la oreja con un gesto pensativo—. Ya que eres muy pequeña y también… bonita y…
No se dio cuenta de que Haru ya se había puesto de pie hasta que vio su mano extendida frente a él.
—Vamos, a divertirnos con los demás —dijo ella animada sonriendo.
Legoshi la miró por un instante antes de mover la cola con alegría.
—Claro —respondió, tomando su mano para incorporarse.
Ambos se dirigieron hacia donde los demás jugaban en el agua. Apenas llegaron, los chicos rociaron a Legoshi con un chorro de agua, dejándolo completamente empapado.
Haru estalló en risas, divirtiéndose junto a los demás mientras pasaban juntos el resto del día.
Tao y Juno se divertían tomando fotos durante el día, capturando momentos mientras enterraban a Bill en la arena, con Tao y Aoba haciéndole figuras encima, al igual que a Legoshi, Haru reia viéndolo. Mientras tanto, Elias esculpía figuras en la arena junto con Voss y Juno, entre risas y bromas.
Un poco alejados de ellos, María y Jack caminaban por la orilla, sus manos entrelazadas, disfrutando de la compañía mutua, con Jack portando su mochila que le dio su padre por si ocurría un accidente.
—María, ¿a dónde vamos? —preguntó Jack, curioso.
Ella lo miró con una sonrisa misteriosa.
—Quiero mostrarte algo. Solo se puede ver de día porque, por la noche, la marea sube —respondió, guiándolo con delicadeza.
Jack no pudo evitar sentir un ligero cosquilleo de inquietud mientras atravesaban un sendero entre grandes rocas que bloqueaban la vista del resto del grupo. Pero antes de que pudiera cuestionarla de nuevo, la voz de María le llamo la atención.
—Aquí es —anunció ella con entusiasmo.
Jack alzó la mirada y descubrió una pequeña cueva. Un arroyo de agua cristalina la atravesaba, formando un apacible lago en su interior. Los rayos del sol se filtraban por una abertura en el techo, iluminando la escena con destellos dorados que danzaban sobre la superficie.
—¿Es seguro este lugar? —preguntó Jack, aún algo inseguro.
—Sí, pero solo durante el día, así que no te preocupes —aseguró María, tirando suavemente de su mano.
Al adentrarse, Jack no pudo ocultar su asombro.
—¡Es increíble! —exclamó, sus ojos reflejando la belleza del lugar.
—Mi hermano y yo venimos a veces a ver el agua y cómo la luz pasa a través de ella —dijo María, feliz de ver su reacción.
Jack continuaba maravillado, mientras María lo observaba con una sonrisa pícara.
—Jack —susurró ella, llamando su atención.
Él volteó, encontrándose con la mirada de María, quien se acercaba lentamente. El corazón de Jack comenzó a latir con fuerza, y sus mejillas se tiñeron de rojo.
—¿Q-qué pasa? —balbuceó, incapaz de apartar la vista.
María esbozó una sonrisa juguetona y se inclinó hacia su oído.
—¿Quieres continuar lo del otro día? —susurró, sintiendo su propio corazón acelerarse.
Jack sintió cómo su mente daba vueltas.
—Y-yo… yo… —intentó responder, pero las palabras no llegaban.
María rió suavemente, divertida por su reacción. Sin decir nada más, lo rodeó con sus brazos en un abrazo cálido. Jack podía sentir la suavidad de su piel en las partes que no cubría el bañador así como su figura, su cola comenzó a moverse involuntariamente de la emoción.
Antes de que pudiera reaccionar, María tomó su rostro con delicadeza y lo levantó, besándolo suavemente. El tiempo pareció detenerse. Sus labios se encontraron por unos segundos, y cuando se separaron, Jack respiró con dificultad, aún tratando de asimilar lo que acababa de suceder.
María, con las mejillas sonrojadas, lo miró a los ojos.
—Quiero hacer muchas memorias contigo… ahora nadie nos interrumpirá —susurró, con ternura.
Jack asintió lentamente, sin encontrar palabras para responder. María sonrió antes de besarlo de nuevo, esta vez dejando que el momento se alargara. Y aunque su mente seguía nublada, una cosa era segura, ese instante quedaría grabado en su memoria para siempre.
Gwen, con su característico traje de conejo y el hacha apoyada detrás de su espalda, caminaba con paso firme por el pasillo. A su lado, Vinzent avanzaba con expresión calculadora, seguido de cerca por dos guardias armados silenciosos. La incomodidad de la situación era evidente en el rostro de Gwen, quien no se molestó en ocultar su fastidio.
—¿De verdad tienes que hacer tratos con el mestizo a esta hora? —espetó con tono irritado, visiblemente molesta por haber sido despertada.
Vinzent ni siquiera se dignó a mirarla. Su voz sonó fría y práctica.
—Sí. Quiere renegociar parte del trato de la nueva droga. Después de todo, esta operación llegará mucho más lejos que el mercado negro.
Las palabras de Vinzent no hicieron más que aumentar la frustración de Gwen.
—¿Y para qué me necesitas a mí? —preguntó, su tono gélido reflejando su desdén.
—Para que lo vigiles —respondió Vinzent sin rodeos—. Por si intenta algo raro.
Al llegar a la puerta, Vinzent la abrió sin ceremonias y entró primero, seguido de Gwen y los guardias, quienes se quedaron apostados en la entrada.
Dentro, el ambiente era opresivo. El aire olía a humedad y polvo, y la luz del día apenas lograba filtrarse por las ventanas sucias. Frente a una de ellas, el mestizo esperaba en silencio, de espaldas a ellos.
Llevaba un pantalón negro y una camisa de manga larga rosa con manchas oscuras con un maletín en la mano, un atuendo que contrastaba con el lúgubre entorno. Una de las ventanas había sido limpiada, permitiéndole observar la calle, aunque no había mucho que ver.
En el centro de la habitación, una mesa sencilla con dos sillas aguardaba. Al percibir su llegada, el mestizo se giró lentamente, sus ojos centelleando con una mezcla de alegría retorcida y expectativa.
Gwen, sin apartar la vista de él, mantuvo su postura firme. A su lado, Vinzent avanzó con la misma calma calculadora de siempre. Los guardias, por su parte, permanecían vigilantes en la puerta, listos para actuar en cualquier momento.
—¡Ah, Melon! ¿Cómo has estado? —preguntó Vinzent con una alegría claramente falsa.
A su lado, Gwen observaba con cautela a Melon, una gacela con rasgos inusuales. Cuando él se quitó el cubre bocas, dejó al descubierto la parte inferior de su rostro. Dientes afilados asomaron desde su hocico felino, y Gwen notó las marcas en su cuello, las cuales confirmaban su verdadera naturaleza un leopardo.
—Muy bien, Vinzent. Es bueno volver a verte —respondió Melon con una sonrisa aparentemente alegre.
Gwen, sin embargo, no se dejó engañar. Cada gesto de Melon era una farsa cuidadosamente construida. Mientras los dos intercambiaban palabras, ella mantenía la vista fija en él. Fue entonces cuando Melon desvió su atención hacia ella.
—Oh, el lindo conejito también vino —dijo Melon, mostrando una sonrisa torcida.
Gwen lo miró con asco y desprecio.
—Eres un ser completamente asqueroso… —susurró en un tono casi dulce, pero la amenaza latente en su voz era evidente.
Sin titubear, tomó su hacha y apuntó el filo directamente hacia él. Melon notó las extrañas aperturas en la hoja del arma, y aunque no mostró temor, sus ojos brillaron con una mezcla de curiosidad y diversión.
—Pero la próxima vez que me llames así, te arrancaré los ojos y te los haré comer —añadió Gwen con una voz seria.
Lejos de inmutarse, Melon soltó una risa ligera.
—Oh, el conejito tiene colmillos —se burló, fingiendo estar asustado.
Antes de que pudiera continuar, Gwen avanzó rápidamente, colocando el filo del hacha contra su cuello. Sus ojos ámbar brillaban a través de la su máscara de piel de conejo, llenos de furia contenida.
—Si no fueras de utilidad, haría un traje con tu piel y cocinaría tu carne —susurró Gwen con una frialdad inquietante.
Melon la miró fijamente, su sonrisa permanecía intacta, como si cada palabra de odio que ella pronunciaba solo aumentara su diversión.
—¡Ya basta, Gwen! —ordenó Vinzent con firmeza.
Ella le dirigió una mirada de resentimiento antes de apartar el hacha, aunque su expresión dejaba claro que no había olvidado su amenaza. Con evidente recelo, regresó al lado de Vinzent.
—Tomemos asiento y discutamos nuestros negocios —dijo Vinzent con frialdad, dejando clara su intención de continuar con la reunión.
Melon lo miró fijamente.
—Bien, entonces hagámoslo —dijo mientras se acercaba a la mesa, tomando asiento y dejando el maletín en el suelo. Vinzent también se sentó, manteniendo una expresión seria.
—Muy bien, ¿qué es lo que propones? —preguntó Vinzent fríamente, aunque su tono mantenía un aire amigable.
Gwen, sin decir una palabra, se dirigió a la pared más cercana y se apoyó en ella con los brazos cruzados, vigilando cada uno de los movimientos de Melon.
—Tengo un plan para ampliar la distribución de su… producto —comenzó Melon con una leve sonrisa—. Digamos que he logrado asegurar un trato para crear una red de distribución legal.
Bajo la máscara de tela, Vinzent esbozó una sonrisa de satisfacción.
—¡Muy bien! Suena a que podremos llegar a más... consumidores —dijo Vinzent, dejando escapar una leve risa retorcida.
—¿Pero entonces qué necesitas? —preguntó, ahora con un tono burlón y calculador, él sabía que necesitaba pero quería oír que se lo pidiera.
Melon mantuvo la sonrisa.
—Bueno, necesitaré una gran cantidad de su producto para la distribución en masa —respondió, dejando escapar una pequeña risa.
—¿Pueden hacerlo? —preguntó Melon, su voz sonaba seria pero relajada.
—Por supuesto —contestó Vinzent con una oscura satisfacción—. Solo di cuánto necesitas y te lo daremos.
—¡Muy bien, muy bien! —exclamó Melon, contagiado por el ambiente de la negociación.
Gwen, sin apartar la vista de él, estudiaba cada uno de sus gestos, segura de que escondía algo tras esa sonrisa falsa.
—Entonces, ¿qué les parece si para esta noche me envían un cargamento completo? Les daré la dirección y lo recibirán ahí —dijo Melon con seriedad.
Vinzent rió entre dientes.
—Muy bien, lo tendremos listo para ti. Pero recuerda, necesito un adelanto del pago —dijo con calma, midiendo cada palabra.
Melon asintió, tomando el maletín del suelo. Con un gesto deliberado, lo subió a la mesa. Gwen lo miró con atención, lista para actuar si algo parecía sospechoso. Melon soltó los cerrojos y abrió el maletín, revelando varios fajos de billetes perfectamente ordenados.
Vinzent no pudo evitar reírse.
—¡Bien, muy bien! Con esto podemos empezar —dijo, cerrando el maletín y tomándolo en sus manos.
—Tendrás tu cargamento esta noche, sin falta —añadió Vinzent con firmeza.
—Bien, entonces lo estaré esperando —respondió Melon, ahora más serio. Se levantó al mismo tiempo que Vinzent. Luego tomó su cubre bocas y se lo colocó nuevamente.
—Me retiro. Espero que cumplan con su palabra —dijo Melon con un tono calculador.
—Lo recibirás, es un hecho. Nosotros nunca fallamos —respondió Vinzent sin vacilar.
—Bien, me voy —dijo Melon con un matiz burlón.
Vinzent hizo una señal a sus guardias para que lo escoltaran hasta la salida. Pero antes de cruzar la puerta, Melon lanzó una última mirada a Gwen.
—Nos vemos, conejito —susurró con una sonrisa burlona.
Gwen chasqueó la lengua con fastidio.
—Tsch, maldita cosa molesta... La próxima vez lo despellejaré vivo —dijo entre dientes, aún apoyada en la pared.
Vinzent se acercó a ella con calma.
—No dejes que se meta en tus nervios. Esa criatura disfruta jugando con las emociones —dijo con seriedad.
—La próxima le arrancaré la lengua —espetó Gwen, con el desprecio marcado en sus palabras.
Vinzent la miró con frialdad.
—Ya olvídalo. Vayamos a prepararnos para el cargamento de esta noche —ordenó con voz firme.
Gwen, sin discutir, se apartó de la pared y salió de la habitación. Vinzent la siguió de cerca, con la certeza de que la noche que se avecinaba sería crucial.
