FRAGMENTOS

¡Hola! Nuevo capítulo.

- Cbt1996: ¡Qué emoción leer tu review! Me hace muy feliz. Kagome realmente ha mostrado una fortaleza admirable, especialmente al enfrentar su propio dolor y aceptar los errores de los demás, lo que no es nada fácil. Rin y su encuentro con Hoshiro fue un momento importante, y me alegra que te haya gustado. Sobre Sesshomaru y Kagura, entiendo completamente ese sentimiento de sorpresa y, al mismo tiempo, de que algo encajaba en su relación. Como dices, escribir es un equilibrio entre lo que queremos contar y lo que los personajes nos muestran, y hay caminos que simplemente se sienten más naturales. Siempre habrá opiniones divididas, pero lo importante es que la historia siga su curso de manera fiel a su esencia. Y hablando de Koga, esa pregunta sigue en el aire... ¿Habrá un destino para él? (siempre hay algo… jaja) Inuyasha, como siempre, atrapado en chismes ajenos en el peor momento, lo que me encanta que hayas notado jeje. Su proceso de reflexión ha sido clave, y me alegra que no quieras que se rinda con Kagome, porque su historia aún tiene mucho por recorrer. Y bueno, Moroha tomando esa decisión es un pequeño rayo de esperanza, y el final fue un toque especial para dejar esa sensación de avance. Gracias por tus palabras tan lindas y por tu apoyo incondicional, significa muchísimo. Te mando un abrazo enorme y nos seguimos leyendo.

- Kayla Lynnet: ¡Gracias por tu comentario! Me encanta ver cómo vives cada emoción de la historia con tanta intensidad. Kag ha pasado por demasiado, pero al menos cuenta con apoyo, aunque su dolor siga presente. Rin también ha cometido errores, y aunque su amor de hermanas prevaleció, ojalá esta vez confíe más en Kag. Sesshomaru, por otro lado, sigue sin saber lo que quiere, y bueno, sigue lastimando a quienes lo rodean. Y sí, Inuyasha finalmente entendió sus errores, pero el precio ha sido demasiado alto. Ver su sufrimiento es duro, pero inevitable. Moroha, a su manera, también está atrapada en esta tormenta, aunque el amor por su hermano es una luz de esperanza. Sobre los shipps, agradezco mucho tus palabras. Sé que cada decisión genera emociones encontradas, pero siempre trato de ser fiel a la historia que quiero contar. Escribir con el corazón es lo que le da vida a esta historia, y saber que cuento con lectores que valoran eso lo hace aún más especial. :)

- Karii Taisho: ¡Hola, linda! Entiendo completamente tus sentimientos. Por un lado, Kag y Rin tienen un lazo fuerte, pero las heridas no sanan de un día para otro. Aunque ambas se quieran, la confianza rota es difícil de reconstruir. Aun así, con el tiempo y la voluntad de ambas, podrán encontrar el camino de vuelta. Por otra parte, Sesshomaru sigue siendo un desastre emocional. Sus acciones generan más dudas que certezas, y aunque duela, Rin merece mucho más que un amor a medias. Mientras él se decide, ella sigue sufriendo, y eso no es justo. Además, su indecisión ha causado daño no solo a Rin, sino también a Kagura, lo que hace que todo sea aún más complicado. En cuanto a Inuyasha, al menos está tratando de redimirse, aunque el camino sea difícil. Hoshi, con su inocencia, no entiende del todo lo que sucede, y quizás eso sea lo mejor por ahora. Sin embargo, su cercanía con Koga dice mucho sobre la ausencia de su padre y lo que eso ha significado en su vida. Y, claro, Yura sigue siendo una amenaza en las sombras, y lo que pueda hacer preocupa bastante. Lo mismo con Kikyo, cuya aparición inevitablemente traerá problemas. Por otro lado, la conversación entre Kagome y Sango será crucial. Ambas han pasado por mucho, pero también han aprendido a sobrevivir en circunstancias extremas. Lo que Sango descubra puede cambiar muchas cosas, aunque no será fácil enfrentar la verdad. Al final, ese pequeño destello de esperanza con Inuyasha fue un respiro en medio de tanta angustia. A pesar de todo, sigue habiendo oportunidades para reparar lo roto, aunque el camino no será sencillo. Gracias por seguir aquí, disfrutando cada giro de la historia. Nos vemos en el siguiente capítulo. ¡Un abrazo enorme!

- Samudio Marlenis: ¡Hola! Gracias por tomarte el tiempo de leer y compartir tu sentir. Es verdad, la historia de amor de las hermanas Higurashi ha sido complicada y dolorosa, pero al menos lograron reencontrarse y sanar su relación. Que vuelvan a estar unidas como hermanas es un gran paso, y aunque las cicatrices queden, lo importante es que están dispuestas a seguir adelante juntas. Lo de Sesshomaru definitivamente fue una revelación impactante. Es frustrante ver cómo su indecisión y orgullo han causado tanto sufrimiento, no solo a Kagura en su momento, sino ahora a Rin, quien merece mucho más que un amor lleno de sombras y dudas. Ojalá pueda encontrar su felicidad lejos de ese dolor. Respecto a Inuyasha, concuerdo contigo. Si bien él siente que no merece una segunda oportunidad, aún tiene la posibilidad de reconstruir la relación con sus hijos y, con el tiempo, con Kagome. No todo está perdido, y si el amor entre ellos sigue ahí, aún pueden sanar y reencontrarse desde una nueva perspectiva. A veces, los errores y el sufrimiento nos hacen crecer, y quizás este sea el camino para que ambos encuentren una felicidad más fuerte y genuina. Me alegra que hayas disfrutado el final del capítulo. Prometo que vendrán momentos de respiro para ellos, aunque el camino aún será complicado. Gracias por siempre estar aquí compartiendo tu visión y emociones. Te mando un abrazo enorme, ¡que tengas una hermosa semana!

- Annie Perez: Sin duda, el capítulo estuvo cargado de emociones intensas. La relación entre Inuyasha y Kagome sigue siendo una incógnita, llena de heridas, pero también de sentimientos que no han desaparecido. El camino no será fácil, pero el amor que alguna vez compartieron sigue ahí, latente. Quizás el destino aún tenga algo preparado para ellos. Gracias por compartir tu sentir, ¡te mando un abrazo enorme!

- Rosa. Taisho: ¡Hola, mi bella! Primero que nada, ¡gracias por el review tan lleno de emoción y buena vibra! Me encantó leerte. Estoy totalmente de acuerdo contigo en muchos puntos. Koga siempre ha sido un apoyo incondicional para Kagome, y su conexión es especial. La confesión de Rin fue un momento impactante, y entiendo lo que dices sobre su decisión, ojalá elija lo mejor para ella. Inuyasha, por su parte, está pasando por su propio proceso, y verlo enfrentar sus errores es algo que sin duda dará mucho de qué hablar. Y sobre Sesshomaru... ¡vaya sorpresa! Su declaración a Kagura fue inesperada, pero como bien dices, ahora tiene que enfrentar las consecuencias y decidir su camino. No puede quedarse en la indecisión eterna. Por otro lado, quiero agradecerte por tus palabras tan bonitas sobre la historia. Es cierto, escribir es algo que nace del corazón, y lo más importante es que quien escribe disfrute su propia historia. Siempre habrá diferentes opiniones, pero lo que importa es seguir adelante con lo que uno ama. ¡Gracias por tu apoyo y por compartir tu entusiasmo! Te mando un abrazo enorme hasta Chile y espero que disfrutes mucho la próxima actualización. Nos leemos pronto.

- joiscar: Me alegra mucho saber que te ha gustado este giro en la historia. Sesshomaru finalmente tomando una decisión era algo que tenía que pasar, y ahora toca ver cómo enfrenta todo lo que viene. Tienes razón, tanto Rin como Kagura merecen ser felices, pero el camino no será fácil. Y sí, Koga también tendrá su propio momento de dolor... ¿Quién estará ahí para él? Eso aún está por verse. Sobre Kagome, su futuro sigue siendo incierto, y hay muchas piezas que aún deben encajar. ¿Se unirá a Koga o Bankotsu? ¿Inuyasha sufrirá un poco más? Jaja, ya veremos qué le depara el destino. Aprecio mucho tus palabras sobre la historia y la libertad creativa. Es cierto, los lectores se sumergen en la historia, sienten con los personajes y tienen todo el derecho de opinar y expresar lo que sienten. Eso hace que todo esto sea tan especial. Lo importante es hacerlo con respeto, sin llegar a extremos. Gracias por valorar el trabajo y disfrutar la historia con todas sus emociones, incluso cuando duele. Te mando un abrazo enorme y nos seguimos leyendo. ¡Gracias por tu apoyo!

- Lin Lu Lo Li: No sabes cuánto significa para mí leer esto. Me conmueve saber que este capítulo logró transmitirte tantas emociones, aunque lamento que te hiciera llorar (pero también me honra que haya llegado tan hondo). Entiendo perfectamente lo que dices sobre el rencor y el perdón. A veces, incluso cuando queremos hacerlo, algo dentro de nosotros nos impide dar el primer paso. Y Kagome está justo en ese punto de quiebre, donde sabe lo que quiere hacer, pero su dolor no se lo permite todavía. Lo que mencionas de Rin... sí, creo que ese momento fue de los más desgarradores. Tener enfrente a alguien a quien amas y que, sin querer, te hirió… es un dolor difícil de describir. Inuyasha, por su parte, está en su propio infierno emocional. Admitir el peso de sus errores y darse cuenta de lo que ha perdido es algo que lo destroza. Sobre Sesshomaru y Kagura… ay, sí, ellos han sido su peor enemigo. Y entiendo perfectamente que en este momento quieras que Sesshomaru desaparezca. Él tomó malas decisiones y, sin duda, va a causar más dolor con lo que viene. Kagura se mintió a sí misma para protegerse, y es cierto que muchos lo haríamos en su lugar. Koa… uff, él está en una posición muy complicada. No solo por Kagome, sino porque, como bien dices, la ilusión de Kagura lo sostuvo de alguna forma. Y ahora todo lo que creyó seguro se desmorona. Miroku, al menos, tiene su felicidad. Pero sí, sus palabras a Inuyasha, aunque no lo haya querido, fueron un golpe fuerte. Sobre Yura… ejem, sí, es un peligro latente. Inuyasha no puede ser pasivo por mucho tiempo, o podría perder más de lo que imagina (eso está por verse). Gracias por compartir tanto en este comentario. Sentí cada una de tus palabras, y me emociona saber que la historia te toca de esta manera. No tienes que pedirme perdón por desahogarte, al contrario, gracias por hacerlo. Nos leemos en el siguiente capítulo… que sí, quizás necesites valor para leerlo.

Bueno, ¡nueva actualización y nueva revelación! ¿Qué puedo decir? Creo que esta vez sí nos estamos acercando al final… (aunque a veces digo eso y todavía falta mucho, jaja). Pero esta vez de verdad lo siento cerca. ¿Ustedes qué opinan?

Esta historia nos ha acompañado por bastante tiempo. En solo 20 días cumplirá un año desde su publicación, ¿pueden creerlo? Porque yo todavía no me lo creo. ¿Y qué pasará después? Bueno… solo diré que se viene algo grande. Será un verdadero reto para mí, y aún lo estoy procesando, analizando y creando posibles escenarios en mi cabeza.

Por ahora, disfruten este nuevo capítulo, que les aseguro… muchos no lo vieron venir.

P.D. La traición duele… porque viene de quienes amamos.

Atte. XideVill


Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.


CAPÍTULO 39.

INUYASHA

La sonrisa de Kagome fue como un bálsamo para una herida abierta desde hace años, una que ni el tiempo ni la distancia habían logrado cerrar del todo. Era cálida, genuina, y por un instante, hizo que todo el peso del pasado se sintiera un poco más ligero.

–Ven, Moroha. Te mostraré todos mis juguetes…

Moroha me miró por un instante, como si en silencio me preguntara si estaba bien que fuera con Hoshiro.

–Ve –la animé–. Yo estaré aquí, no me iré a ninguna parte.

Una sonrisa se dibujó en su rostro y, sin dudarlo, corrió hacia adentro, tomada de la mano de su hermanito.

Kagome y yo nos sumimos en un silencio que, de no ser por el bullicio de la ciudad, habría resultado incómodo. A nuestro alrededor, la vida seguía su curso: el murmullo de la gente, el sonido de los autos pasando, el eco lejano de una risa. Pero entre nosotros, las palabras parecían innecesarias… o quizás, demasiado pesadas para ser pronunciadas.

–Esperaré en el auto…

–Creí que entrarías –dijo ella de pronto, mirándome con una mezcla de sorpresa y algo más que no pude descifrar del todo.

–¿Estás segura?

Ella asintió y se hizo a un lado para dejarme entrar. Sus movimientos eran medidos, como si aún no supiera del todo cómo sentirse con mi presencia allí. Y para ser sincero, yo tampoco.

–Gracias por traer a Moroha –dijo mientras cerraba la puerta–. No esperaba esto.

–Si quieres, puedo traerla todos los días…

–Mejor no la presionemos.

Ella soltó un suspiro.

–Tienes razón –admití. No sería bueno para Moroha–. ¿Dos o tres veces a la semana?

–Que sean dos –respondió con una leve sonrisa… una que se esfumó al instante cuando nuestras miradas se cruzaron.

–¿Estás sola?

–¿Eh?

–¿Naomi está…?

–No –respondió de inmediato–. Mamá salió muy temprano. Ya sabes, asuntos de trabajo y… entre otras cosas.

–Ya veo.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez se sintió más denso, más palpable. Caminamos en silencio hasta la cocina. Ella se detuvo al otro lado de la barra, creando entre nosotros una distancia que no era sólo física. Me miró y, sin decir nada, me ofreció una taza de café con un simple gesto. Yo acepté de la misma manera, sin necesidad de palabras.

El aroma amargo del café llenó el espacio entre nosotros, pero no disipó la tensión en el aire.

–Dejaré Tokio.

Sentí cómo el aire se atascaba en mis pulmones. Mis ojos la buscaron de inmediato, como si al mirarla pudiera convencerme de que no había escuchado bien. Pero ahí estaba ella, firme, con una determinación que me desgarró por dentro.

Aquella simple frase no solo me tomó por sorpresa… me destruyó. Como si, con solo dos palabras, hubiera arrancado el suelo bajo mis pies.

–¿Qué? –logré decir, sintiendo cómo la palabra se me atoraba en la garganta.

–Creí que, si te lo decía desde ahora, no…

Se detuvo. Tragó saliva. Sus ojos buscaron un punto en la nada, como si temiera encontrar los míos.

–No dolería tanto… –susurró finalmente.

Pero ya dolía. Y dolía como el infierno.

El silencio que siguió fue insoportable. Sentí un nudo en el pecho, una opresión en el estómago, como si todo dentro de mí se resistiera a aceptar lo que acababa de escuchar.

–¿Te vas…? –Mi voz salió rota, irreconocible, como si al pronunciarlo lo hiciera real.

–Sí –susurró y el mundo pareció detenerse–. Pero no ahora –añadió rápidamente–. No así de la nada.

Como si eso hiciera alguna diferencia. Como si el simple hecho de ponerle fecha hiciera que doliera menos.

–¿Cuándo? –Mi pregunta salió más dura de lo que pretendía.

Ella titubeó, como si temiera decirlo en voz alta.

–Si todo sale bien… tal vez dentro de un mes.

Un mes. Treinta días. Cuatro semanas. Y entonces, desaparecería. Ella… ella y…

–Hoshi –Su nombre escapó de mis labios como una súplica silenciosa, pero ella ya sabía lo que implicaba.

–Sabes que me necesita –dijo, adelantándose a mi reacción–. Vendrá conmigo, e imagino que… Moroha…

–Kagome.

Ella bajó la mirada.

–No quiero causarle más daño. Si la obligo a venir conmigo, ella…

–No la vas a obligar –sentencié, con mi voz firme.

–Inuyasha…

–Hablaré con ella –dije antes de que pudiera seguir–. Haré lo posible para que acceda a ir contigo sin oponerse. Así no la estarás obligando a nada.

El silencio cayó sobre nosotros, denso, pesado.

Ella me miró, incrédula, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Como si, por primera vez, se diera cuenta de cuánto estaba dispuesto a perder por ellas

–¿Tú la dejarías ir…?

Su voz era apenas un susurro, temerosa, como si la respuesta pudiera destrozarnos a ambos.

Yo sostuve su mirada por un instante eterno, sintiendo el peso de cada palabra que estaba a punto de pronunciar.

–Yo las dejaría ir… si eso las pone a salvo… de mí.

El silencio que siguió fue brutal. No había rabia en mi voz, ni resignación. Solo una verdad cruda y desgarradora que dolía más que cualquier herida física.

Kagome parpadeó, su expresión transformándose en algo que no supe descifrar del todo. Pero vi el dolor en sus ojos, lo sentí como si fuera mío.

Porque lo era.

–Lo siento… –murmuré, dejando la taza sobre la barra que nos separaba.

Kagome frunció el ceño.

–¿A dónde vas?

–Tengo algo que atender.

–¿Y Moroha? ¿Qué pasará con ella…?

Mis pasos se detuvieron justo antes de cruzar la puerta. Sentí su mirada clavada en mi espalda, esperando una respuesta que, en el fondo, ya conocía.

–Si pregunta por mí, dile que me llamaron del trabajo.

Hubo un silencio. Luego, su voz volvió a alcanzarme, más suave esta vez, más frágil.

–Inuyasha, espera…

Pero no esperé. No podía.

Nunca antes había sentido que salir de un lugar fuera tan urgente, tan necesario. Como si quedarme un segundo más me rompiera en pedazos.


KAGOME

Me quedé en silencio, inmóvil, viendo cómo la puerta se cerraba tras él, ignorando mi llamado como si nunca lo hubiera escuchado.

Tomé aire, llenando mis pulmones hasta que dolió, como si con cada respiro pudiera contener todo lo que sentía.

Y luego lo solté… en un suspiro silencioso, uno que arrastraba más que solo aire. Un suspiro que se llevó con él las palabras que nunca dije, las que tal vez nunca diré.

Por favor no te vayas…

–¿Todo bien?

Miré por encima del hombro y vi a Rin bajando las escaleras, completamente ajena a lo que acababa de ocurrir.

–Vi a Moroha jugando con Hoshi en su habitación. ¿Inuyasha…?

–Se acaba de ir –dije, girándome hacia ella–. Tenía algo que atender.

Rin suspiró, cruzándose de brazos.

–Ya. Esa siempre es su excusa para escapar de los problemas.

–Entonces, el problema soy yo.

–Kagome…

–Es broma –intenté sonreír, pero mi voz no lo acompañó–. En realidad, le conté sobre el viaje.

–¿Y cómo lo tomó?

–No lo sé –admití con sinceridad–. Dijo que ayudaría con Moroha, que haría lo posible para que viniera con Hoshi y conmigo.

Rin arqueó una ceja.

–¿En serio?

–Sí… ¿No te parece extraño? Hace solo unos días decía que nunca permitiría que me la llevara.

–Tienes razón…

Hice una pausa, cruzándome de brazos mientras mi mente intentaba encontrarle sentido a todo.

–¿Crees que ese cambio se deba a esa mujer? Tal vez quiera estar más tiempo a solas con ella.

Rin me miró por un instante antes de dirigir la vista a las escaleras. Luego, sin decir nada, me hizo una señal para que la siguiera hasta la cocina.

–¿Qué…?

–Si vas a hablar de Margaret, mejor hazlo en voz baja.

Fruncí el ceño.

–¿Por qué?

Ella suspiró, como si estuviera decidiendo si debía decirme lo que sabía.

–Porque… tal vez yo no soy la indicada para contártelo, pero… tienes que saberlo.

–¿Saber qué?

Rin bajó la voz.

–Moroha aún no sabe nada sobre Inuyasha y su relación con esa mujer.

–¿Qué?

–Inuyasha nos pidió que fuéramos lo más discretos posible con ese asunto. Prácticamente… su familia lo orilló a estar con ella, ¿lo entiendes?

La incredulidad me invadió.

–Rin…

–Te dije que no era la persona indicada para decírtelo.

La miré fijamente, sintiendo cómo una inquietud se instalaba en mi pecho.

–¿Puedo hacerte una pregunta? –Rin asintió–. ¿Hace cuántos años están juntos?

Ella soltó una risa breve, casi burlona.

–¿Años? Ya quisiera su familia que fueran años. Pero la verdad es que apenas llevan dos o tres meses… saliendo.

–¿Saliendo?

–Ya sabes, besos, caricias… nada más. Lo sé porque Sesshomaru hablaba de eso. Nunca llegaron a nada más.

–¿Eso es verdad?

–Te digo que Sesshomaru hablaba de eso. No está en sus virtudes ser muy discreto que digamos.

Me quedé en silencio, sintiendo cómo una extraña sensación se instalaba en mi pecho. No era alivio, tampoco enojo… era algo más profundo, más enredado.

–¿Señora…?

Levanté la vista rápidamente cuando vi a Bankotsu entrar en la cocina.

–Alguien la busca –informó con su tono habitual, pero había algo en su expresión, como si midiera mi reacción antes de continuar.

Me puse de pie al instante, sintiendo cómo mi pecho se apretaba.

–¿Quién es? –pregunté de inmediato, con un nudo de ansiedad en la garganta.

–Dijo que su nombre era Sango… Sango Okami.

El aire pareció escaparse de mis pulmones.

–¡Sango! –exclamé, con los ojos bien abiertos.

Mi mente se llenó de recuerdos en un solo segundo. Su rostro, su voz, los momentos compartidos… y la larga ausencia que nos había separado.

–¿Dónde está? –añadí apresurada, sintiendo la urgencia en mi propia voz.

–La espera en la sala –respondió Bankotsu, inclinando ligeramente la cabeza.

No esperé más. Pasé junto a él y caminé con prisa hacia la sala, con mi corazón latiendo desbocado en mi pecho.

Cada paso me acercaba a ella, y con ello, a todo lo que había quedado en el pasado… o que quizás, nunca se había ido realmente.

Lo primero que vi al entrar fue un par de carriolas acomodadas estratégicamente, una junto a la otra, como si alguien las hubiera colocado con sumo cuidado.

Mi mirada se alzó de inmediato, recorriendo la sala hasta encontrarla. Sango, quien hasta hace unos segundos estaba sentada en el sofá, se puso de pie en cuanto me vio entrar.

Por un instante, ninguna de las dos habló. Su presencia, después de tanto tiempo, me golpeó con una mezcla de nostalgia y sorpresa.

–Sango… –murmuré, casi sin aliento.

Ella me miró fijamente, como si tratara de asegurarse de que realmente era yo, de que no se había equivocado al venir. Luego, sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, aunque sus ojos brillaban con una emoción contenida.

–Kagome…

Mi pecho se apretó con fuerza. Había pasado demasiado tiempo, pero, en ese instante, todas las palabras que quería decir se quedaron atoradas en mi garganta.

Ella dio un paso hacia mí, como si dudara en acercarse por completo.

–Kagome, perdóname…

Su voz sonó ahogada, cargada de culpa y arrepentimiento. Pero yo no podía responder de inmediato.

Me quedé en silencio, mirándola, sintiendo cómo el peso de los años se interponía entre nosotras. Cinco años. Cinco largos años en los que desapareció, en los que no supe más de ella, y nunca buscó saber de mí.

No estaba enfadada, pero sí dolía.

–Sango… –mi voz salió más baja de lo que esperaba–. ¿Por qué ahora?

Ella bajó la mirada, como si le costara encontrar las palabras correctas.

–Porque… porque fui una cobarde. Porque me encerré en mi propio mundo, en mis propios problemas… y no tuve el valor de mirar atrás.

Suspiré y crucé los brazos sobre mi pecho.

–¿Cinco años, Sango? Cinco años sin una sola noticia de ti. ¿Tienes idea de lo que significó para mí? De cuánto me dolió enterarme que todos aquellos a los que amaba se olvidaron de mí…

Ella apretó los labios y asintió, con los ojos vidriosos.

–Lo sé… y créeme, me lo he reprochado cada día.

–¿Entonces por qué no hiciste nada? Tú más que nadie sabe y conoce el infierno de estar encerrada… fue así como me conociste ¿Ya lo olvidaste?

–Jamás lo haría…

–¿Entonces por qué…?

Sango bajó la mirada, sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de su ropa, como si buscara aferrarse a algo que la mantuviera firme.

–Porque tenía miedo… –murmuró con un hilo de voz–. Miedo de que la historia se repitiera, de que me arrastrara de vuelta… Miedo de que fuera demasiado tarde para volver.

–Sango…

Ella levantó la mirada, sus ojos reflejaban una mezcla de culpa y determinación.

–Estaba comenzando a vivir mi vida, Kagome. Por primera vez en mucho tiempo, sentí lo que era ser importante para alguien… y aunque suene egoísta, no quería arriesgarlo todo.

Sus palabras golpearon algo dentro de mí, un eco de emociones que no sabía si podía procesar.

–¿Y yo? –pregunté, con un nudo formándose en mi garganta–. ¿Alguna vez fui importante para ti?

Sango abrió la boca para responder, pero su voz se quebró antes de que pudiera formar las palabras.

–Siempre lo fuiste… –admitió con un suspiro tembloroso–. Pero estaba aterrada, Kagome. No podía volver a ese pasado…

Nos quedamos en silencio. Solo el leve murmullo de los bebés en las carriolas rompía la tensión.

La entendía. Entendía perfectamente su justificación, incluso si en el fondo dolía admitirlo.

Sango, a diferencia de mí, había estado bajo las garras de Naraku desde que era apenas una niña. A sus cinco años, lo único que anhelaba era una figura que le diera amor y calidez, alguien que le asegurara que el mundo no era un lugar tan frío y despiadado como parecía. Pero en lugar de eso, encontró hostilidad. Su infancia quedó atrapada en un mundo de crimen y oscuridad, donde la inocencia no tenía cabida y la supervivencia se convirtió en su única certeza.

No podía culparla por haber huido cuando tuvo la oportunidad. ¿Cómo no hacerlo, si su vida hasta entonces había sido una cadena interminable de dolor y sumisión? ¿Cómo reprocharle que, cuando por fin sintió lo que era ser libre, no quisiera volver a un pasado que solo le había traído sufrimiento?

Y sin embargo… dolía.

Dolería siempre.

Porque, aunque entendía su miedo, aunque comprendía su necesidad de proteger la felicidad que había encontrado, no podía ignorar la herida de los años en los que me dejó atrás. Años en los que me pregunté si alguna vez fui importante para ella, si alguna vez pensó en mí con la misma añoranza con la que yo la recordaba.

Apretando los labios, aparté la vista por un instante. Quizá no era justo pedirle explicaciones cuando ya las tenía frente a mí. Pero el dolor… el vacío de su ausencia aún estaba ahí, palpitante, resistiéndose a desaparecer.

–No te odio –dije finalmente–. Pero sí me duele.

Sango soltó un suspiro tembloroso y, por primera vez en mucho tiempo, vi a mi amiga sin sus murallas, sin la fuerza que siempre la caracterizaba.

–Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero… ¿puedes darme otra oportunidad?

La miré, realmente miré a la mujer frente a mí. La Sango de antes, la que compartía todo conmigo, ya no estaba del todo allí. Había cambiado, y yo también. Pero tal vez… tal vez aún había algo que rescatar.

–No será fácil –admití.

–Lo sé –dijo, con una pequeña sonrisa triste–. Pero estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario.

Suspiré y miré hacia las carriolas.

–Déjame verlos.

Su expresión se iluminó con alivio, y con cuidado, se giró hacia los pequeños.

–Kagome… quiero presentarte a mis hijas.

Y en ese instante, algo en mi corazón se ablandó un poco. Tal vez no era demasiado tarde después de todo.

–¿Son niñas? –pregunté con cautela mientras me acercaba a las carriolas.

Sango asintió con una pequeña sonrisa, la misma que iluminaba su rostro cada vez que miraba a las pequeñas.

–Lo son. Kin'u y Gyokuto.

Me incliné un poco, observando los diminutos rostros que dormían plácidamente bajo la suave luz de la sala. Sus manitas eran tan pequeñas, tan frágiles, que casi temía despertarlas con mi simple presencia.

–Son… tan pequeñas –murmuré con asombro.

–No hace mucho que nacieron –respondió Sango con dulzura.

Levanté la vista hacia ella, notando el brillo en sus ojos, la calidez con la que las miraba. Había en su expresión una mezcla de amor profundo y una felicidad que, después de todo lo que habíamos vivido, me alegraba verla sentir.

–Oh, Sango… –le dije conmovida–. Se parecen a ti y a Miroku.

Ella rio suavemente, sus mejillas se enrojecieron un poco.

–Ni lo digas. Miroku insiste en que ambas son mi vivo reflejo.

–Bueno, él no se equivoca –bromeé con una sonrisa–. Pero apuesto a que también tienen algo de él.

–Sí… –susurró ella, bajando la mirada hacia sus hijas—. Espero que lo mejor de él.

Noté un leve temblor en su voz, un matiz que no pasó desapercibido para mí. Había algo en su tono, algo en la forma en que sus dedos rozaban con delicadeza la manta de una de las niñas. Como si, pese a la felicidad, aún hubiera una sombra sobre ella.

–Sango… ¿eres feliz? –pregunté con cuidado.

Ella no tardó en responder.

–Lo soy, pero… –dijo al final.

Y en su silencio, supe que había más de lo que estaba dispuesta a decir.

–¿Sango qué ocurre?

Ella me miró y en sus ojos solo vi duda o tal vez era temor. Pero a qué.

–Kagome, yo…

–Dime, ¿qué es eso que temes decir?

–Es sobre mi padre.

–¿Raigo?

–Sí, hay algo en él que me consterna demasiado –dijo al final.

–Ven, sentémonos –ofrecí–. Dime, ¿qué es?

–Al principio, él se opuso a mi matrimonio con Miroku –confesó, bajando la mirada y sentándose junto a mí–. De hecho, nos distanciamos cuando lo hizo, y fue justo cuando tú… bueno, cuando no se supo más de ti y Koga. Ya sabes.

Asentí en silencio, dándole espacio para continuar.

–Después de eso, pasaron varios meses y las cuentas de las empresas que él manejaba comenzaron a desplomarse. Había alguien drenando una cantidad exorbitante de dinero. Al principio, pensamos que se trataba de Koga, ya que supuestamente había huido contigo.

Su confesión me hizo fruncir el ceño.

–¿Creíste que Koga estaba detrás de eso?

–Sí, y no fui la única. Raigo también lo creyó –respondió con un suspiro–. Por eso Miroku lo acogió en ese entonces. Vivíamos los tres juntos.

–¿Los tres?

–Sí.

–Bueno, puedo asegurarte que Koga no fue el responsable. En realidad, quien está detrás de todo esto es Kikyo; prácticamente lo obligó a ceder sus empresas.

Sango soltó un suspiro, analizando mis palabras.

–Entonces sigo confundida.

–¿Por qué?

–Porque al cabo de un año, Raigo se fue del departamento. Dijo que no quería incomodarnos, así que decidió buscarse una casa. En su momento no le di importancia, pero ahora que lo pienso bien…

Sango me miró fijamente, como si esperara que entendiera la conclusión a la que había llegado.

–¿Qué sucede?

–Raigo no tenía suficiente dinero para comprar una casa, Kagome –dijo en voz baja–. Perdió todo cuando las cuentas se desplomaron. ¿Cómo es posible que, de la nada, pudiera costearse una propiedad?

Mi mente comenzó a hilar las piezas del rompecabezas.

–¿Dijo cómo lo consiguió?

–Sí, mencionó que había obtenido un préstamo. Pero dime, ¿qué banco le prestaría tal cantidad de dinero a alguien que lo había perdido todo?

Un escalofrío recorrió mi espalda.

–¿Crees que ese dinero…?

–No lo sé… –susurró–. Pero cada vez tiene menos sentido. Él no ha trabajado, al menos desde que lo perdió todo. Sin embargo, no parece tener carencias en su nueva casa –dijo Sango, cruzando los brazos con expresión tensa.

–Sango… –murmuré, sintiendo la inquietud en su voz.

–No estoy segura, Kag –admitió, apretando los labios–. Pero si mis sospechas son ciertas, puede que él…

–Naraku murió, Sango –la interrumpí, sintiendo un escalofrío solo de mencionarlo.

–Lo sé –asintió–. Pero eso no quita a Kikyo de la lista. Y tú la acabas de mencionar, ella está detrás de todo esto.

El aire pareció volverse más pesado.

–¿Kikyo y Raigo? –mi corazón dio un vuelco.

–No lo sé, son solo suposiciones –reconoció, llevándose una mano a la frente–. Tal vez me estoy equivocando y en realidad Raigo tenía algún tipo de ahorro escondido por ahí… pero algo me dice que no es así, tal vez una corazonada.

Sus palabras flotaron en el aire, llenas de dudas y advertencias no dichas. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que había un hilo suelto en una historia que creí medio cerrada.


INUYASHA

Sabía que su mirada seguía fija en mi espalda, que sus labios tal vez formaban palabras que no me atreví a escuchar. Pero ya no podía darme la vuelta. No cuando todo dentro de mí se sentía al borde del colapso.

Kagome se iría, y con ella se llevaría mi vida.

No era una exageración. No era dramatismo. Era la verdad más cruda que jamás había enfrentado.

Me quedé de pie en la acera, con los puños apretados a los costados, sintiendo el peso de la realidad hundiéndose en mi pecho. El aire era frío, pero no tanto como el vacío que se abría dentro de mí.

Había prometido dejarla ir. Había dicho que haría lo correcto.

Pero ¿qué significaba realmente lo correcto? ¿Verla alejarse sin luchar por ella? ¿Permitir que desapareciera de mi vida sin decirle cuánto la necesitaba?

Mis uñas se clavaron en mis palmas.

No, ya no tenía derecho a detenerla. No después de todo.

Y aun así…

Aun así, mi cuerpo se negaba a moverse, como si una parte de mí todavía esperara, todavía deseara…

Tomé aire profundamente antes de subir al auto. No había mentido cuando dije que tenía algo que atender. Lo que no mencioné fue que esta vez no pensaba huir.

Encendí el motor, sintiendo la vibración bajo mis manos, pero no arranqué de inmediato. Durante demasiado tiempo me había dejado arrastrar por una farsa que nunca elegí, por una mentira que me impusieron. Pero esta vez, iba a ponerle fin a algo que desde el principio nunca debió de existir.

El camino se sintió más corto de lo que esperaba. Quizás porque mi decisión ya estaba tomada. Me bajé del auto y avancé con pasos firmes hasta la puerta. Y mi mano no dudó al tocar el timbre.

Esperé.

No tardó mucho. Escuché movimiento al otro lado, y el eco de unos pasos acercándose. Era hora de terminar con esto.

–¿Inuyasha…?

Su voz tenía una mezcla de sorpresa y recelo. No la culpaba.

–Yura, tenemos que hablar.

Me miró con el ceño fruncido, desconcertada por un momento, pero finalmente se hizo a un lado para dejarme entrar.

–Te llamé –dijo detrás de mí–. También te escribí. ¿Por qué no respondías?

–Tenía un millón de cosas en la cabeza…

–Ya, y yo no soy una prioridad, ¿verdad?

No respondí. ¿De qué habría servido mentir?

–¡¿Verdad?! –insistió con la voz temblorosa. Luego, su tono se volvió más frío, casi venenoso–. ¿Haces esto por esa mujer? A ella se debe este cambio tan repentino, ¿no?

Me pasé una mano por el rostro. No tenía sentido seguir esquivando la verdad.

–Puede que lo sea. Yura…

–¡No! No me vas a terminar. No lo harás como aquella vez. ¡No te dejaré!

Sus ojos brillaban con furia, con un dolor que no podía disimular. Pero yo ya había tomado mi decisión.

–Entiéndelo, por favor –dije con voz serena–. Lo que menos quise fue…

–¿Qué? ¿Lastimarme? –su risa fue amarga–. Porque, al parecer, es lo único que haces conmigo. Lastimarme y jugar con mis sentimientos, Inuyasha. Te lo dije antes de que empezáramos a salir. Te advertí que no quería esto. Hablamos de ello.

–Lo sé, pero…

–Pero ¡¿qué?!

Tragué saliva y la miré directamente a los ojos.

–Eso era antes de saber la verdad sobre Kagome –confesé–. Ella no se fue con Koga. No nos abandonó a Moroha y a mí por otro hombre.

Yura chasqueó la lengua, cruzándose de brazos.

–Sea el motivo que sea –espetó–, ella dejó de formar parte de tu vida.

–Te equivocas –negué con firmeza–. Ella nunca dejará de formar parte de mi vida.

–¡Basta, Inuyasha!

–Se lo debo a Kagome –continué, ignorando su interrupción–. Yo la dejé… la dejé cuando más me necesitaba.

–¿Y yo qué tengo que ver con todo eso? Lo nuestro era un tema aparte.

Su voz se quebró en la última palabra.

–Tú no tienes la culpa –admití con sinceridad–. Fui yo quien se equivocó. Nunca debí pedirte que saliéramos, Yura. Lo siento.

Ella negó con la cabeza, apretando los labios con rabia contenida.

–No puedes decirme eso, Inuyasha…

Di un paso hacia ella, pero se apartó de inmediato.

–Lo siento, pero lo mejor será que…

–¡No! No lo digas –advirtió con los ojos brillando de furia y tristeza–. Ya lo hiciste una vez y me rompiste el corazón. No te voy a permitir que lo hagas por segunda vez.

El silencio se volvió pesado.

–Yura…

–Vete –ordenó con un tono gélido–. Vete, Inuyasha. No quiero verte.

Se giró, pero antes de marcharse, susurró con amargura:

–Y espero que Kagome te cause tanto dolor como el que me hiciste sentir a mí.

Y esta vez, fui yo quien no tuvo respuesta.

.

De camino a la casa de Kagome, pensé en lo que acababa de hacer. Había herido a una persona que no tenía la menor culpa en todo esto. Tal vez Yura tenía razón… yo solo la lastimaba.

También pensé en la mirada llena de molestia que Moroha me lanzaría al saber que la dejé sola, a pesar de haberle prometido que no me iría a ninguna parte. Pero, para compensarlo, compré un paquete de moras frescas en el supermercado.

Justo cuando estaba a punto de doblar la esquina antes de llegar a su casa, mi teléfono sonó. Fruncí el ceño al ver el nombre en la pantalla. Era extraño que mi hermano me llamara, y aún más a la hora del almuerzo.

Contesté de inmediato, con una mezcla de curiosidad y preocupación.

–¿Sesshomaru? –dije, llevándome el teléfono al oído.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea antes de que su voz, fría y mesurada como siempre, rompiera la quietud.

–Necesito hablar contigo. Es importante.

Mi agarre en el volante se tensó. Cuando Sesshomaru decía que algo era importante, rara vez exageraba.

Por un momento pensé que se trataba del asunto de Kagura y que tal vez quería ayuda para hablar con Rin. Sin embargo… algo dentro de mí dudaba que fuera eso.

Sesshomaru nunca pedía ayuda para cuestiones personales, mucho menos cuando se trataba de su orgullo y su relación con Rin. Si había decidido llamarme, debía ser por algo más serio.

–¿De qué se trata? –pregunté con cautela.

–Reúnete conmigo –ordenó sin rodeos–. Ahora.

Fruncí el ceño.

–Sesshomaru, estoy en camino a ver a Kagome y a Moroha. No puedo…

–No es una petición –interrumpió con firmeza–. Es algo que te concierne más de lo que imaginas.

El tono de su voz me hizo apretar la mandíbula. Algo en su manera de hablar me indicaba que no estaba jugando.

Solté un suspiro, frustrado.

–¿Dónde?

–En casa. Te espero en veinte minutos.

Y sin más, colgó.

Apreté el volante con fuerza, debatiéndome entre seguir mi camino hacia la casa de Kagome o cambiar de dirección. Maldije en voz baja. Lo que fuera que Sesshomaru tenía que decirme, debía ser lo suficientemente grave como para hacerme dejar todo de lado.

Suspiré y, con un pesar en el pecho, di media vuelta.

–Hijo, el almuerzo está listo –Izayoi me recibió con su cálida sonrisa de siempre en cuanto crucé la puerta–. ¿Dónde está mi nieta…?

–Está en casa de Kagome, madre.

Su expresión cambió ligeramente, pasando de la alegría a la sorpresa.

–¿Qué…?

–Tranquila –dije, acercándome para besar su frente con suavidad–. Iré por ella en unos minutos, pero primero debo hablar con Sesshomaru.

Izayoi frunció el ceño con preocupación.

–Tu hermano está…

–Sé dónde está –respondí con una sonrisa leve antes de dirigirme al patio trasero.

El aire fresco me golpeó el rostro mientras avanzaba con pasos firmes hacia la habitación que antes ocupaban Kagura y mi sobrina. Tal como lo había previsto, Sesshomaru estaba dentro.

Desde la puerta entreabierta pude verlo de espaldas, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana. Parecía estar sumido en sus pensamientos, inmóvil, como una estatua.

Toqué el marco de la puerta con los nudillos.

–Sesshomaru.

Él no se giró de inmediato, pero su postura se tensó ligeramente.

–Entra –dijo con su voz fría y controlada.

Crucé el umbral, sintiendo que lo que estaba a punto de escuchar no me iba a gustar.

–Bien, aquí estoy. Me dirás qué ocurre.

–Es sobre Kagura –soltó, girándose para mirarme.

–Si vas a hablarme sobre ustedes, prefiero no saberlo. No hasta que seas honesto con Rin.

–Así que ya lo sabes.

–Puedo asegurarte que sé lo suficiente.

–¿Quién te lo dijo? ¿Fue Kagura? ¿Hablas con ella? –dijo, acercándose a mí con cada pregunta.

–Oye, tranquilo. Kagura no me dijo nada. Lo sé porque, casualmente, los vi ese día en las escaleras de la clínica –confesé sin mucho orgullo–. Pero si me llamaste con tanta urgencia solo para esto, quiero que sepas que estoy muy decepcionado contigo. Rin es una buena mujer, no merece que le hagas esto. Es un acto cobarde, esto es de…

–Iba a hablar con Rin –me interrumpió–. He estado llamándola desde entonces, pero no responde mis llamadas.

–¿Crees que ya lo sepa?

–No lo sé. Solo sé que desde anoche está en casa de su madre.

–Entonces sí, ya lo sabe –afirmé sin dudarlo–. Pero dime, ¿solo me llamaste para discutir tus problemas maritales?

Sesshomaru me sostuvo la mirada por unos segundos, hasta que, al final, sus hombros se relajaron y sus barreras cayeron.

–Kagura no responde –dijo con gravedad.

–¿Qué?

–Se suponía que nos veríamos esta mañana, pero dejó de contestar.

–Tal vez está ocupada. Recuerda que ahora vive con Koga en algún lugar.

–Inuyasha, ¿es que acaso no lo entiendes?

Lo miré, tomándome un instante para analizar sus palabras.

–¿Qué se supone que debo entender?

–Ayer en la clínica, Kagura y yo hablamos…

–Lo sé –confesé–. Y también sé que hicieron más que solo hablar.

–Escúchame –demandó, con desesperación en la voz–. Ayer ella me prometió que nos veríamos hoy. Me dijo que traería a Kanna con ella. Ayer le propuse que no esperáramos y que viniera conmigo de inmediato, pero insistió en que primero debía hablar con Koga, que quería agradecerle por todo lo que había hecho por ella. A pesar de que no estuve de acuerdo con la idea, acepté. Pero ahora no puedo contactarla.

–¿Y si cambió de opinión?

–¿A qué te refieres?

–A que quizás eligió a Koga en lugar de a ti.

–Eso es imposible.

–Es una posibilidad.

–Ya te dije que es imposible –sentenció con firmeza–. Confío en ella. Sé que no me mentiría. Sabe lo importante que es Kanna para mí.

–Entonces no encuentro otra explicación –dije con sinceridad.

–Yo sí –respondió severo–. Y no te va a gustar lo que voy a decir.

–Dilo de una vez.

–No confío en Koga. Y creo que él tiene algo que ver con la desaparición de Kagura.

–¿Koga?

–Sí. Él es el único que sabía dónde estaba.

–¿Insinúas que…?

Miró hacia la casa.

–¿Dónde está Moroha?

–En casa de Kagome… –Mi respiración se cortó. Un escalofrío me recorrió la espalda–. ¡Maldición! Tengo que ir por ellas.

–Inuyasha, espera. Tenemos que hablar con nuestro padre.

Me detuve solo para mirarlo de nuevo, mi decisión ya estaba tomada.

–Si Koga está detrás de todo esto, entonces Kagome y mis hijos no están a salvo en esa casa –afirmé con determinación–. Iré por ellos.

Sesshomaru me observó en silencio, como si midiera el peso de mis palabras. Pero yo no tenía tiempo para eso. Mi instinto gritaba que algo andaba mal, y si Koga estaba involucrado en la desaparición de Kagura, entonces Kagome y mis hijos podían estar en peligro.

Me di la vuelta y empecé a caminar apresurado hacia la salida, pero antes de que pudiera dar más de dos pasos, la voz de mi hermano me detuvo.

–Inuyasha.

No respondí, pero tampoco seguí avanzando.

–Si Koga realmente tiene algo que ver con esto, no puedes enfrentarlo solo.

Giré la cabeza apenas lo suficiente para mirarlo de reojo.

–No pienso esperar a que alguien más haga algo. Ellos están allí, y si algo les pasa, jamás me lo perdonaré.

–No dije que esperaras. Dije que no lo hicieras solo.

Lo miré completamente esta vez, sorprendido por sus palabras.

–¿Vas a venir conmigo?

–Voy a asegurarme de que no hagas una estupidez –respondió con su típico tono impasible–. Y de que Koga nos diga todo lo que sabe.

Quise soltar una respuesta sarcástica, pero no tenía tiempo para discutir. Además, si Sesshomaru estaba dispuesto a acompañarme, significaba que él también veía la gravedad del asunto.

–Entonces muévete –le dije antes de salir de la casa.

Corrí hacia mi auto y apenas me subí, Sesshomaru ya estaba tomando el asiento del copiloto. Giré la llave en el encendido y pisé el acelerador, sin importarme el límite de velocidad.

El camino hacia la casa de Kagome se sintió eterno. Cada segundo que pasaba sin saber si estaban bien era una tortura.

–¿Y si llegamos demasiado tarde? –murmuré sin darme cuenta.

Sesshomaru, con los ojos clavados en el camino, respondió sin dudar:

–Entonces, nos aseguraremos de que Koga lo pague.

Apreté el volante con fuerza.

Espera, Kagome. Estoy en camino.

No llegaré tarde esta vez, lo prometo.

Continuará...