Eiji estaba sumido en sueños cuando escuchó que tocaban la puerta de la habitación. Aunque los golpes eran tenues eran tan insistentes que lo alertaron.

Se levantó y cuando abrió se encontró con un emocionado Michael que se le lanzó encima. Perdió un poco el equilibrio, pero pudo sentarse sobre la cama al retroceder rápidamente unos pasos.
El niño se le quedó enganchado como una garrapata y Eiji riendo ya calmándose por el susto provocado le acarició los cabellos con cariño.

—¡Michael!, ¡has crecido tanto! —Le tomó la cara con ambas manos para apreciar mejor sus facciones.

La cara de Michael tenía un brillo especial; era felicidad genuina. El rubor le sentaba bien.

—¡Eiji! ¡Viniste, viniste, viniste! ¡De verdad viniste! —Lo abrazó con todavía más fuerza.
—Así es. Dije que lo haría, ¿recuerdas?
—¿Pero por qué tardaste tanto? —dijo con su carita haciendo pucheros.
—Yo… tuve que hacer unas cosas antes de poder hacer este viaje. —La respuesta pareció no gustarle al niño porque la sonrisa hubo desaparecido de su rostro por una fracción de segundo olvidándose de la alegría que le daba el tener al japonés ahí junto a él. Eiji se dio cuenta y lo animó revolviéndole el pelo con una mano—. ¡Pero ahora aquí estoy!

Michael volvió a abrazarlo con fuerza. Lo abrazó de la cintura y escondió su rostro en el pecho del mayor. Por unos segundos no dijeron nada y Eiji siguió acariciándole la espalda y el pelo con cariño fraternal, hasta que se dio cuenta de que el pequeño comenzó a llorar ahogándose en el llanto.

—No vuelvas a irte nunca más, Eiji…
—¿Michael? Tranquilo.
—Promételo. —Hizo una pausa para verle fijamente con sus ojos castaños empapados en lágrimas, las cuales se escurrían por sus mejillas.
—Michael, yo…
—¡Madre santa! —Exclamó Max que entró a la habitación interrumpiendo al oír las voces de Eiji y su hijo—. Michael, ¿por qué estás encima de Eiji? Deja que el pobre muchacho respire.
—Papá… ¿Por qué no me despertaste para ir al aeropuerto por Eiji? —Se limpiaba las lágrimas con la manga de su pijama.
—Ni siquiera tu madre fue; sabes que a veces surgen problemas de adultos…

Las frases de Max eran para Eiji como pistas entre párrafos sobre lo que podía el verdadero problema. Durante la cena de anoche no se había atrevido a incomodar a la pareja transformando el cálido reencuentro en un ambiente que se le pareciera más a un interrogatorio impuesto del FBI.

—¿Cómo dormiste, Eiji? Apuesto a que sigues teniendo sueño.
—Logré conciliar el sueño unas horas después de haber llegado.
—Entiendo. Ya podrás dormir más si lo deseas. Por ahora, ¿por qué no tomas una ducha y vienes a desayunar?
—Claro —dijo con una sonrisa. Luego se dirigió al pequeño mientras seguía palpándole la espalda cariñosamente—. Vamos, Michael. Ya pasaremos juntos el tiempo que tú quieras más tarde, ¿sí?

Michael asintió y dejó que el chico tomara una ducha tranquilamente.
Eiji se presentó más tarde en la cocina ya bien acicalado para tomar el desayuno. El pelo le olía a champú de miel y manzanilla. Jessica rio para sus adentros; el chico despedía a roma a bebé.

Sentado a la mesa comía su pan tostado con un huevo estrellado encima, tiras de tocino y una taza de café con leche. La luz de la mañana entrando por la ventana de la cocina hacía que el lugar se iluminara de una manera hermosa y se veía muy bonito. El corazón de Eiji se sintió tranquilo. Quizá solo necesitaba tomar un respiro luego del ajetreado viaje.

—Michael está muy contento de verte, Eiji. No tienes idea de lo mucho que ha estado hablando de ti desde el momento en que supo que nos visitarías —dijo Jessica que estaba sentada a la mesa delante del japonés.

Eiji terminó de masticar con rapidez y se pasó la comida para poder hablar tranquilamente.

—Me dio un abrazo enorme —dijo imitando la acción del niño abriendo los brazos tan grande como pudo.
—Ja, ja… Es un niño alegre.
—¡Me alegra oír eso! Siempre tuve miedo de que…, bueno, de que no fuera así.
—Es mejor no pensar en cosas del pasado —dijo ella con aire de tristeza—. ¿Cómo estuvo la universidad? Max me contó lo de tu graduación… Siempre que tú lo permitieras, leíamos las cartas juntos cada semana o mes que las enviabas.
—La graduación estuvo bien. Los estudios no fueron tan terribles en sí. Lo que de verdad está mal es el campo laboral en Izumo. Creí que aquí en Nueva York podría tener algo más de suerte.
—¿Aquí? —La impresión de esas palabras la tomó por sorpresa y se enderezó, despegando la mano en donde reposaba su barbilla—. Eiji, ¿piensas quedarte aquí… más de solo unas semanas?
—¡Oh! En cuanto haya juntado suficiente dinero me iré a algún departamento barato, así que Max y tú no tienen por qué preocuparse.

Jessica soltó una risita y meneó la cabeza restándole importancia a las palabras del chico. Volvió a beber de su taza de café.

—No es a lo que me refiero, Eiji. Max y yo estamos cómodos teniéndote aquí, no es ningún problema, créeme. Con "quedarte aquí" me refería a la ciudad. Creí que estarías en Nueva York solamente de paso.
—Bueno… Al principio era así, pero he cambiado de opinión apenas el avión salió de mi país. No soy… feliz allá.

Jessica guardó silencio un momento y dejó el café a medio beber sobre la mesa aun sujetándolo con ambas manos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —habló con voz bajita y tono dulce, genuinamente preocupada.

Eiji se quedó pensativo buscando las palabras correctas. ¿Cuál era la razón? Había un sinfín de razones por las cuales una persona se puede sentir incompleta e infeliz, y en ese instante cualquiera de ellas se había disipado de su cabeza. No se sentía bien en muchos aspectos; necesitaba crecer como persona y mejorar sus relaciones, conocer gente nueva, ganar amor propio, extender sus horizontes, sentirse capaz de valerse por sí mismo, ser capaz de sentir que su vida vale algo.
Pero, aun teniendo eso en mente, no se lo diría a Jessica, porque tenía la corazonada de que solo era un problema de estar en la primera mitad de los veintes y que probablemente con el pasar del tiempo su mente se aclararía. Por eso, no mintió y se justificó con una razón genuina que formaba perfectamente la mayor parte de su malestar del diario.

—Porque extraño a Ash.

Por fin lo dijo en voz alta. Jamás se lo había admitido a nadie, ni a su madre ni a su hermana ni a su ausente padre en las pocas ocasiones en las que lo había visto. Era algo que se había quedado por mucho tiempo únicamente muy profundo en su corazón.

—¿Max… te habló de él?
—Dijo que tuvo algo que hacer y que por eso no fue al aeropuerto.
—Ya veo… —Jessica quedó pensativa. El café comenzaba a enfriarse.
—Jessica.
—¿Sí?

El chico terminó de comer, por lo que solo te preocupó en la conversación que quería empezar a conducir.

—¿Está todo bien con Ash?
—Él está bien —se apresuró a decir.
—Pero… ¿Hice algo mal?, ¿les dijo algo de mí? Estoy preocupado. No solamente por ahora, sino porque incluso meses atrás no se preocupó nunca por escribirme. Aunque según Max dijo que ya no llevaba la misma vida de antes, no encuentro razones por las que quiera hacerme a un lado de su vida. Ya no somos diferentes en ese aspecto, ¿cierto? Estoy cansado de ser comparado con un conejo. Ya no soy alguien a quien haya que proteger.
—Eiji, no hiciste nada malo. De verdad, puedo dar fe de que Ash no se comporta así contigo por algo que haya entre los dos. —Guardó silencio unos segundos en los que tuvo que meditar mejor sobre sus palabras. Ella se relamió los labios y tomando confianza como una madre atenta, posó su mano encima de la de él—. Eiji, ¿puedo confiarte algo?

El chico parpadeó con confusión. Su voz sonaba dubitativa hasta el punto en que temía que fuera a darle una terrible noticia, sin embargo, manteniendo sus palabras anteriores en las que afirmaba que su amigo estaba bien, supuso que preocuparse demasiado no era lo correcto. Asintió lentamente entonces.

Claro… —susurró en japonés. Vio la confusión en la mirada de la mujer y lo sustituyó rápidamente por un "of course".

Ella siguió sujetando su mano.

—Eiji, sobre Ash…

Fue interrumpida abruptamente por Max que entró a la cocina con una enorme sonrisa.

—¡Qué suerte que hoy hace un bonito día! Eiji, ¿Por qué no te tomas el día para dar un paseo? Últimamente son pocos los días en los que hace un clima tan agradable.
—¡Vayamos por un helado! —exclamó Michael que llegó corriendo desde el pasillo y se abrazó a la pierna de su padre.

Eiji se quedó quieto y confundido, molesto por la interrupción, pero ligeramente aliviado por las palabras de Jessica que sabía le traerían una profunda preocupación en el futuro inmediato.

—Un helado está bien —dijo el japonés dulcemente con una sonrisa. Cuidadosamente se deshizo del tacto de la mujer y se levantó, retirando su taza y su plato consigo—. Gracias por la comida.
—Eiji…
—Tranquila, Jessica. Michael y yo iremos a pasear cuidadosamente. —Se giró hacia Max y dijo—: ¿Te parece si me llevo el dinero para que Michael y yo comamos algo fuera?
—¡Comamos hamburguesas! —exclamó el niño muy emocionado dando brinquitos de felicidad y abrazándose al muchacho.
—Por supuesto, vayan con cuidado.

Dicho así, Eiji fue a su habitación a tomar sus cosas. Justo cuando iba por el pasillo de vuelta a la salida se quedó pensativo unos momentos, pues apenas había notado al fondo cerca de su habitación había otra puerta cerrada la cual no parecía ser una habitación reservada para tiliches u otra cosa. Más tarde preguntaría si es que se le daba la oportunidad. Le pareció curioso que la misma tuviera puesta seguro, porque al girar el picaporte se hubo dado cuenta de que no tenía manera de entrar. «No, no es un baño», se dijo.

Se amarró su sudadera a la cintura y salió con el niño. Se despidieron de la pareja y ambos salieron a caminar a las zonas más tranquilas de la ciudad.

Una vez estando Eiji y Michael ausentes, Max tomó un respiro. Vio que su esposa estaba pensativa con la mirada clavada en la taza que estaba sobre la mesa. El café estaba frío. Le dolía verla así, por lo que hablarle duro no estaba dentro de sus planes, pero sabía que tenía que hacer algo para establecer los límites sobre de lo que podía hablar y lo que no.
El hombre se sentó frente a ella y la vio fijamente esperando a que ella le devolviera la mirada. Cuando lo hizo, se sintió libre de hablarle con calma.

—¿No se lo dijiste, cierto?
—Pienso que Eiji debería saberlo…
—¿Y cómo crees que reaccionaría? Es probable que se lo tome como una broma.
—Eiji siempre ha sido un muchacho inteligente y empático. No creo que sea capaz de tomar el asunto a la ligera. Muchos menos tratándose de alguien que le importa.
—Sí, pero, ¿recuerdas que prometimos cuidar del chico y mantener ese asunto en secreto? Ni siquiera Michael sería capaz de entenderlo.
—Pero, ¿acaso no es difícil también para nosotros?
—Sí, y Eiji no ha visto a Ash en años. Si se lo contamos, es probable que la noticia le caiga como balde de agua fría y se sentirá muy mal. Me preocupan ambos, cariño.

Jessica lo vio fijamente sujetando ambas manos de su amado.

—Max… El pobre muchacho cree que Ash no se digna a hablar con él porque lo ha molestado de algún modo. No es justo que se torture a sí mismo de esa manera. Debería saber, ¿no crees?

Max desvió la mirada a la ventana, enfocándose en las esponjosas nubes del cielo recién amanecido. No era un caso en el cual fuera fácil poner una decisión crucial, y tampoco era fácil dejarlo en el abandono. Suspiró con pesadez. Ash, Eiji, Michael… Era como si ahora tuviera tres hijos a los que cuidar.

—Ahora mismo me parece que es cosa de adultos. Eiji, aunque ya tiene 23, sigue siendo inexperto en muchas cosas…
—¿Eso quiere decir que no podrán verse?
—No por el momento —dijo él. Al ver la expresión preocupada de ella, aligeró el ambiente prometiéndole—: Tranquila, déjalo en mis manos, ¿sí? Eiji vino desde muy lejos para ver a Ash y voy a ayudarlo a que su deseo se cumpla. Yo acepté su visita después de todo, aun sabiendo en qué situación nos encontrábamos. No te preocupes, cielo. El tiempo ya dirá lo que deberá suceder.

Y con esas palabras el hombre fue capaz de aliviar el adolorido corazón de su mujer.

Un poco más allá adentrándose en las calles principales de Manhattan, Eiji y Michael tomaron un helado —chocolate para Eiji y vainilla para Michael— y después fueron a caminar al Central Park al llegar a la conclusión de que realmente en semejante ciudad no existían las calles poco concurridas. Caminaban tranquilos admirando a los pajarillos que aprovechaban también un día tan bonito para volar con alegría.

—¡Eiji! ¿Cómo es el clima en Japón?
—Pues… era un poco más cálido en comparación con Nueva York…
—¿Y qué fue lo que hiciste todo este tiempo, Eiji? No digas que cosas de adultos, porque nunca nadie me explica qué son las cosas de adultos. ¿Tan malo es saberlo? Solo quiero entender un poco mejor…
—Tranquilo, Michael —dijo Eiji con una sonrisa—. No es que sea malo, sino que podrían ser cosas que solo te confundirían o aburrirían. Como… ¿qué será? ¿Deudas, papeleos y asuntos laborales, tal vez?
—¿Uh?, ¡qué aburrido! —exclamó sacando la lengua infantilmente.
—¿Verdad? —Comenzó a reírse.

Durante todo el tiempo que estaban caminando comiendo su helado, Michael permaneció aferrado a la mano de Eiji. De repente se sentía como si estuviera junto a un hermano pequeño y se sintió bien.
De vez en cuando el chiquillo le hacía preguntas triviales dignas de la inocencia infantil, no obstante, el muchacho no era capaz de asimilar ninguna de las interrogativas porque hacía ya un rato que se había entregado inútilmente casi sin retorno a sus cavilaciones.
Cuidaba del niño, sí, pero más allá de protegerlo de los peligros de la ciudad no pudo evitar mantenerse ajeno a las preguntas que el pequeño le arrojaba una tras otra. Quizá se debía a su preocupación constante o a que todavía no se acostumbraba para nada al horario local, porque sentía sueño y en realidad no había podido pegar ojo en toda la noche. Bostezó con pesar y le propuso a Michael que tomaran asiento en una banca frente al lago.
Entonces, cuando estaban sentados tranquilamente comiendo el helado observando los patos y cisnes, Michael le vino con una pregunta curiosa; más curiosa que las otras.

—Eiji, solo viniste para ver a Ash, ¿verdad?
—¿Cómo…?
—Papá me lo dijo. Sé que estuviste escribiéndole…

Entonces Eiji cambió el ritmo de la conversación hábilmente.

—Michael, ¿sabes por qué Ash no se ha comunicado hasta ahora conmigo? No creo que se encuentre lo suficientemente ocupado como para no querer verme…
—Debe ser por la escuela —dijo el niño con la boca llena de helado.
—¿La escuela? Max apenas me habló de eso.
—Ah, es verdad. Ash…, quiero decir, Aslan comenzó a ir a la escuela hace unos meses atrás. Terminó el examen y consiguió ir a una buena institución. Aunque eso es lo que dicen, no sé dónde está.

Eiji pestañeó un par de veces, producto de la confusión.

—¿Ahora le llamas por su nombre de pila? —cuestionó, y la pregunta sonó casi como una cuestión para sí mismo, porque fue apenas un balbuceo. «Antes Max también le llamó así», pensó.
—Oh, sí. Solo a veces, cuando papá me pide que lo haga —dijo encogiéndose de hombros—. A veces ambos se molestan si no lo llamo así…
—¿Ash también se enoja contigo?
—Sí. Es decir, no. A veces. Solo un poco. Cuando no ha tenido un buen día, supongo.
—Y… ¿cómo se ve?
—Pues, molesto, como cuando alguien se come sus papitas a escondidas. O como cuando lo despiertan de su siesta o le cambian sus zapatos de lugar. O como cuando alguien usa el champú que es solamente de él. Ese que huele a miel con manzanilla.

«Oh…»

Eiji se tomó un respiro. Debía ir con cuidado, Michael era joven pero intuitivo.

—¿Tiene mucho que no lo ves?
—Hum… Hace cinco días.
—Oh, creí que sería más tiempo. —Suspiró con alivio. Aún tenía la mala espina de que la afirmación del bienestar de Ash dado por Jessica podía ser de mentira. Pero no, no lo era, por fortuna.
—Nos vemos muy seguido. A veces se queda a dormir en casa. Incluso papá arregló una habitación para él. Para los días en los cuales no quiere pasar la noche afuera. ¡Vemos películas y hacemos palomitas!
—¿Se queda en otro lugar?
—Mmm… No lo sé —admitió con sinceridad.

No había avanzado mucho, aun creía que una especie de odio hacia su persona había florecido en el corazón de Ash. No obstante, ahora sabía por qué la habitación del fondo del pasillo estaba cerrada con seguro. Si el rubio era un cascarrabias era mejor que ni el polvo se atreviese a entrar por la rendija.

«No has cambiado, Ash», se dijo. Y cuánto se equivocaba.

No quiso atosigar al pequeño con cientos de preguntas que no le responderían lo que realmente quería, por lo que se decidió por disfrutar la bonita tarde de primavera y se concentró en centrarse solo en el presente.

Al pasar las horas en las que recorrieron la ciudad comprando bocadillos, dulces y demás, Eiji y Michael fueron a comer hamburguesas.

Volvieron a casa llenos y cansados. Pero Eiji tenía la mente un poco más despejada al andar por las calles de Nueva York en plena luz del día. Pese a ello, su estado de ánimo podría mejorar aún más.

El día pasó rápido. Desde la mañana, tarde y noche no hubo algo qué destacar salvo que Jessica les preparó papas fritas para que ambos vieran juntos una película por la noche. Aunque jóvenes, eran varones, por lo que el apetito les volvió pronto y no tuvieron problema en comerlas.
Y por la mañana siguiente Eiji se encontraba escribiendo en una libreta fragmentos de haikus, que era lo que hacía cuando no encontraba otra manera de sacar el estrés acumulado. Michael se acercó con curiosidad para observar y admirar los kanjis sobre el papel escritos por el muchacho, los cuales desde luego no entendía.
Para entretenerse, Eiji le enseñó al chiquillo a redactar aquel tipo de poesía adaptándose a la manera occidental de hacerlo. ¿Y por qué no? Le dio lecciones de caligrafía tradicional propias de su cultura.

Eiji no había ido a Nueva York por algo concreto exceptuando su vivaz deseo de ver a Ash Lynx. Por ello, tenía demasiado tiempo de ocio en lo que decidía acomodarse mejor en ese estilo de vida.

Max de vez en cuando veía a los muchachos convivir cómodamente y simplemente se repetía lo mismo para sus adentros una y otra vez: «¿Por qué ahora está tardando tanto?»

Con todo y los problemas que se le presentaban, fue hasta el día número cuatro cuando el hombre llegó sonriente a la habitación de Eiji y su hijo, pues estaban jugando juntos en la consola del pequeño.

—Hola, chicos, ¿qué es lo que hacen?
—¡Le enseño a Eiji cómo adornar su casita!
—¡Vaya!, ¿de nuevo con ese juego, hijo? —dijo el hombre entre risitas. Luego se giró hacia Eiji, quien ya sabía que no estaba únicamente ahí para ver lo que hacían, sino que se notaba en su mirada la necesidad de hablarle—. Eiji, ¿tienes un momento?
—Claro —dijo. Le indicó al pequeño que ya volvería y salió de la habitación para hablar con Max en el pasillo.

Como ya estaban los dos completamente solos, Max habló sin tapujos.

—Eiji… Ya arreglé la cita con Aslan. Se verán dentro de una hora y media.
—¿Eh?, ¿tan pronto? —dijo sorprendido—. ¿Por qué de repente?
—¿No querías verlo?
—Sí, ¡por supuesto que sí! Pero… ¿qué tal… que él no quiere verme?
—Vas a estar bien. Lo de antes era en serio, él no está molesto contigo, chico. —Eiji siguió sin hablar y Max se vio obligado a continuar hablando—. Son las 5:00 de la tarde. Aslan sale de la universidad a esta hora. Ya le he dicho por teléfono que irás a verlo y se le oye muy contento. Es mejor que se vean solos y no aquí en casa, ¿cierto? Querrán un momento para hablar a solas.

Eiji no supo qué otra cosa decir.

—Gracias, Max. —Le reverenció.
—Oh, ¡vamos, Eiji! Ash es como mi hijo, es lo que hago —dijo ruborizado.

Michael salió disparado de la habitación, pues había estado escuchando a escondidas la conversación. Se lanzó hacia su padre.

—¡¿Eiji y Ash estarán juntos?! ¡Papá, déjame ir con ellos por favor!
—¡Michael!, ¿estabas espiando?
—¡Por favor, papá! ¡Aslan me pidió que fuera a la universidad por él cuando fueras tú! Pero ahora que irá Eiji… ¡Por favor!
—No es posible, Michael. Ya lo verás cuando vuelvan a casa.
—¡Pero papá…!
—Michael. —La voz del hombre sonó como una sentencia, y el niño guardó silencio de inmediato dejando de insistir por fin.

Haciendo pucheros el pequeño se encerró en su habitación.

—Disculpa la escena, Eiji. —Con una mano se echó el pelo hacia atrás con cansancio. Definitivamente había algo que le preocupaba y Eiji pudo notarlo, pero como siempre, no lo comentaría—. Entonces Eiji, cámbiate. ¿Te llevo en el auto?
—Si me das las indicaciones de dónde está la universidad, seguro que llego fácil.
—Podrías perderte.
—Pediré un taxi libre.

«Este conejito es en realidad un conejito salvaje sin ningún tipo de miedo», pensó Max entre risas.

—De acuerdo. Ve con cuidado, ¿sí?
—Claro.

Eiji se cambió de ropa, se puso su calzado deportivo, tomó dinero y salió. No quería admitirlo, pero estaba nervioso. Sin importar cuántas palabras de ánimo le dieran Max y Jessica, no estaría en paz hasta poder encarar a su amigo y afirmar que todo estaba bien como se le había dicho.

Apenas Eiji tomó la chapa de la puerta, Max le llamó con cierto tono de advertencia.

—Eiji, ¿ya te vas?
—Sí.
—Muy bien… S-Solo… —tartamudeó. Dicha acción hizo que el muchacho frunciera el entrecejo.

En definitiva algo no estaba bien. Sin embargo, si fuera el dado caso de que se presentara un caso grabe, ¿por qué Max habría accedido a tal encuentro, de todas formas?
Ya había oído que Ash llegaría a dormir a casa de los Glenreed en su propia habitación, información obtenida por Michael y más tarde confirmada por su padre. Entonces, ¿a qué le temía?

Eiji se giró hacia Max para verlo bien de frente.

—¿Sí? Dime, Max.

El hombre tomó al chico, reposando su mano en su hombro, y le habló de la manera más tranquila posible. Cierto atisbo de tristeza se reflejaba en sus orbes.

—Puede que… a pesar de lo que le he contado de ti, las cartas y todo, Ash pase por alto algunas cosas. Así es él; rebelde, creído y olvidadizo.
—Sí, lo sé —dijo entre risitas—. No lo he olvidado.
—No, Eiji, me refiero a que… —Se pausó—. Bueno, sé que sabes manejar estas cosas. Ustedes se entienden mejor que nadie, después de todo.

Eiji sonrió y las mejillas se le tornaron de color rosa.

—Te diré otra cosa… —Guardó silencio un par de segundos y dijo—: Llámalo "Aslan". Al menos por ahora, ¿sí?
—Uh… Claro, pero, ¿por qué? —Sintió curiosidad—. Oí de Michael que últimamente se pone histérico cuando no le llaman de cierto modo.

Max frunció los labios. Más tarde charlaría con su hijo sobre aquellos asuntos de los cuales no podía hablar abiertamente con las demás personas.

—Porque… —Dudó al hablar. Debía dar una explicación—. Porque ahora está en la universidad, ¿recuerdas? No es propio de esos sitios llamar a la gente por seudónimos. Sobre todo cuando no se tienen buenos recuerdos.

Eiji asintió lentamente, aun sin sentirse convencido.

—Seguro —Sonrió forzosamente—. Volveremos más tarde para cenar. Gracias, Max.

El hombre se despidió del chico y tan solo le deseó suerte en su mente y corazón. Como siempre, le rogó a Dios que todo estuviera bien y que aquel encuentro no fuera tan desastroso como se imaginaba que podía llegar a ser.

.

.

.

.

.

Nota: Las edades de Ash y Eiji en este fanfic son de 21 y 23, y Michael tiene 10 añitos. No sé si van acorde con los datos oficiales del manga/anime o si se ajustan al time skip, pero no tengo la intención de que en este fic sea todo exactamente igual a la historia del canon.

Otra cosa: en mi mente Eiji y Michael estaban jugando Animal Crossing, jaja. ¡Amo ese juego con el alma!

Muchas gracias por leer, agradezco los reviews que tengan para dejarme. ¡Ya averiguaremos qué sucede con Ash en los próximos capítulos! :')

-Ary.