Capítulo 38:
Un Reflejo De Lo Que Fue y Es
Los regaños continuaron como una tormenta sobre Yuya, mezclándose con el suave murmullo del viento que entraba por la ventana entreabierta de la enfermería.
Cada palabra se sentía como un aguijón, pero también como una manta cálida tejida con preocupación.
Sentado en la camilla, con la venda fresca en su mano herida, Yuya intentaba resistir la tentación de hundirse en el colchón y desaparecer.
Por supuesto, eso no impediría que lo alcanzaran las voces.
Primero fue Astral, con su postura perfecta y una calma que parecía tan antigua como el tiempo mismo.
—Sé que te preocupaste al escuchar tanto alboroto, Yuya, pero debes recordar que a veces, actuar sin pensar puede causar más daño que bien. Prioriza tu seguridad antes de lanzarte a ayudar. —
Yuya asintió, sintiéndose como un niño siendo reprendido por un sabio. No pudo evitar pensar: "¿Cómo puede alguien parecer tan adulto y tan joven al mismo tiempo?"
Entonces Tokiyomi tomó la palabra, o mejor dicho, la oportunidad de desatar una tormenta verbal.
—¡¿Cómo se te ocurre arrancarte el catéter y salir corriendo?! —Gritó, su voz rebotando en las paredes de la enfermería como un trueno—. ¡Hoshiyomi te dijo que no te preocuparas, pero decidiste ignorarlo! ¿Qué clase de persona sale así, como si estuviera en una película de acción? ¡Te encontraron tirado, desmayado y sangrando! ¿Sabes lo que todos sentimos al verte en ese estado? ¡Casi llamo a tu madre para que trajera un ataúd! —
Yuya abrió la boca, buscando palabras para defenderse, pero solo logró un tímido:
—Lo siento… —
—¡"Lo siento" no es suficiente! —continuó Tokiyomi, agitando las manos en el aire como si estuviera dirigiendo una orquesta—. ¡Esto no es un juego, Yuya!
Antes de que pudiera seguir, Hoshiyomi intervino con su tono bajo y sereno.
—Ya lo desaté, Tokiyomi. No necesitas seguir gritando. —
Tokiyomi hizo un ruido indignado, pero antes de que pudiera replicar, Michael avanzó con pasos ligeros y llenos de gracia, como si estuviera caminando sobre un escenario.
Y fue en ese momento que Yuya realmente lo vio.
Michael Arclight parecía una pintura salida de un sueño romántico, cada detalle cuidadosamente diseñado para dejar una impresión imborrable.
Su cabello corto, de un rosa suave como los pétalos de cerezo, caía de manera despreocupada pero impecable, enmarcando un rostro que parecía esculpido por los mismos dioses.
Sus ojos esmeralda brillaban con una intensidad familiar, tan similares a los de Tokiyomi que Yuya sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Pero lo que más llamaba la atención era su atuendo: una camisa blanca de tela fina, con volantes delicados en el cuello y las mangas, combinada con un chaleco oscuro bordado con detalles dorados.
Parecía sacado de una novela romántica, un caballero listo para declarar su amor bajo la luz de la luna.
"¿Es incluso humano?" pensó Yuya, atrapado entre la admiración y la incredulidad.
Michael se acercó con una expresión culpable, sus ojos llenos de remordimiento.
—Mírate, Yuya… Esto es mi culpa. —Su tono era un susurro melancólico, como si estuviera confesando un pecado imperdonable—. Si no hubiera sido tan impulsivo, nada de esto habría pasado. Lo siento tanto… —
Yuya parpadeó, desconcertado por el drama en la voz de Michael.
—No, no tienes por qué preocuparte —Respondió, aunque sus palabras sonaron débiles incluso para él mismo—. Estoy bien. —
Pero Michael negó con la cabeza, sacando un pañuelo con un movimiento teatral que hizo que Tokiyomi bufara al fondo.
—Tu corazón es demasiado grande, Yuya, pero no puedo dejar esto así. —Michael sonrió, una sonrisa tan radiante que Yuya tuvo que mirar a otro lado para no sentirse completamente derrotado por su perfección—. ¡Ya sé! Para compensarte, ¿qué te parece si te ayudo a practicar la invocación XYZ? —
—¿Eh? —Yuya inclinó la cabeza, confundido por el repentino entusiasmo.
—¡Soy muy bueno en eso! Además, Hoshiyomi dijo que debía acercarme a mis nuevos compañeros. ¿Qué dices? —
—¿"Nuevos compañeros"? —Repitió Yuya, todavía perdido.
Hoshiyomi se cruzó de brazos, una leve sonrisa en su rostro.
—Yuya, él es Michael Arclight. Será tu nuevo compañero y también nuestro aliado en esta misión. —
Yuya miró a Michael, quien le devolvió la mirada con una intensidad que lo dejó sin aliento.
Había algo en esos ojos que lo hacía sentirse pequeño, pero también… importante.
—Es un gusto conocerte, Yuya. —Michael hizo una ligera reverencia, como si estuviera presentándose en un baile de gala—. Estoy a tu cuidado. —
—Oh… Es un gusto también. Mi nombre es Sakaki Yuya. —Las palabras salieron torpes, como si estuviera aprendiendo a hablar por primera vez.
Michael lo observó un momento más, su sonrisa volviéndose más suave.
—Ya veo. Me alegra tenerte de vuelta. —
"¿De vuelta?" pensó Yuya, sintiendo un escalofrío mientras recuerdos fragmentados de su vida pasada comenzaban a agitarse en su mente. No era el momento de hablar de ello; ni siquiera él estaba seguro de qué era real y qué no.
Michael rompió el silencio con su entusiasmo desbordante.
—¡Ah! ¿Qué les parece si invitamos a Yuto? Podríamos hablar con té y galletas. Será el comienzo perfecto para planear cómo causar caos en estos duelos. —
—¿Eh? —Yuya parpadeó, su confusión creciendo a cada momento.
Yuto, quien había estado en silencio en un rincón, dio un paso al frente, colocando una mano en el hombro de Yuya.
—Michael tiene razón, Yuya. Pero antes de pensar en planes o duelos, quiero que recuerdes algo: sé más cuidadoso. No podemos perderte. —
Las palabras de Yuto eran suaves, pero su peso se sintió como una promesa. Yuya asintió lentamente, sintiendo cómo algo dentro de él se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
Miró alrededor de la enfermería, los rostros de quienes lo rodeaban, y no pudo evitar pensar que, una vez más, su vida estaba cambiando.
—Muchas gracias a todos por su preocupación, prometo ser más prudente. —
Y como si esas fueran las palabras que todos hubieran estado esperando, sonrieron de forma amable y satisfactoria.
Oh, ¿pero eso se detenía ahí? No, por supuesto que no.
Apenas le dijeron a Yuya que solo había estado inconsciente dos horas, sintió como si el peso de su vida pasada volviera a recaer sobre sus hombros.
"¿Realmente había pasado tan poco en el mundo real?"
Fue un alivio, sí, pero al mismo tiempo no pudo evitar recordar todo lo que había visto, experimentado y sentido en ese extraño estado de duermevela.
Todo había sido tan abrumador, tan agotador, que incluso ahora su cuerpo parecía más pesado.
No lo dijo en voz alta, pero su suave suspiro traicionó sus pensamientos.
Y como si tuviera un radar para esas cosas, Hoshiyomi fue el primero en reaccionar, tomando el control de la situación con una calma que solo él parecía ser capaz de mantener.
—Basta de regaños. Creo que Yuya ha entendido bien. Será mejor dejarlo descansar un poco más. Por la noche deberá regresar a casa. —
—¡Pero...! —Tokiyomi comenzó a protestar, levantando una mano en señal de desafío.
Antes de que pudiera terminar, Michael, siempre teatral, lo tomó de la oreja y lo arrastró un paso hacia atrás.
—No seas tan insistente, Tokiyomi. Nuestro querido Yuya necesita tiempo para recuperar fuerzas. Además, ¿no dijiste que querías probar un nuevo té que encontraste esta mañana? —Michael sonrió de manera angelical, aunque el brillo travieso en sus ojos delataba que solo estaba buscando una excusa para callarlo.
Tokiyomi bufó, pero cedió, cruzando los brazos con un aire infantil.
—¡Está bien! Pero solo porque no quiero parecer el villano aquí. —
Michael le dio unas palmaditas en la cabeza, como si estuviera felicitando a un niño pequeño.
—Qué bueno que lo entiendes. ¡Ah, Yuya, descansa mucho! Pronto formarás parte del mejor equipo que jamás haya existido. Estoy seguro de que seremos increíbles juntos. —
Yuto, quien había contemplado la escena sin querer inmiscuirse, se acercó un poco más con un gesto más sereno.
Y mirándolo directamente a los ojos de Yuya, musitó.
—Cuida de ti mismo, Yuya. Tu bienestar es lo más importante para todos. No te sientas presionado a nada. —
—Gracias, Yuto. Lo haré —Respondió Yuya con una leve sonrisa, sintiendo cómo la calidez de esas palabras disipaba un poco el nudo en su pecho.
Astral, siempre tan etéreo y solemne, inclinó ligeramente la cabeza en un gesto respetuoso.
—Si necesitas algo, no dudes en llamarme. Aunque espero que no te pongas en más problemas por lo menos hasta mañana. —
Yuya soltó una risa tímida ante el comentario.
Finalmente, todos se marcharon, dejando la habitación en un silencio casi absoluto.
Excepto por Hoshiyomi, que permanecía en el marco de la puerta, inmóvil. Sus dedos descansaban sobre el borde, como si la decisión de irse o quedarse fuera un peso que no sabía cómo manejar.
Yuya lo observó desde la camilla, y por un momento, ninguno de los dos habló.
El aire entre ellos parecía cargado de algo más que palabras; era una conexión silenciosa, un entendimiento que ninguno de los dos se atrevía a romper.
—Debo ir con ellos —Dijo Hoshiyomi al fin, pero su voz no tenía la seguridad de siempre. Era más baja, casi una pregunta disfrazada de afirmación—. Pero… si necesitas algo, voy a estar cerca. —
Yuya lo miró fijamente, y entonces lo vio.
No como era ahora, con su atuendo oscuro y su aura intimidante, sino como había sido en ese breve destello de recuerdos: un médico brillante y apasionado, vestido con un uniforme impecable, con sus ojos llenos de vida y determinación mientras curaba heridas y salvaba vidas.
"¿Qué le pasó?"
La pregunta resonó en su mente como un eco doloroso.
¿Qué había llevado a alguien tan noble, tan maravilloso, a convertirse en una sombra de sí mismo?
Yuya sintió cómo algo se rompía dentro de él, como si una parte de su propio pasado estuviera entrelazada con esa caída.
—Muchas gracias. Siempre te preocupas por mí… Lo agradezco mucho, Hoshiyomi —Murmuró al fin, con una voz que trataba de no quebrarse.
Hoshiyomi lo miró, sus ojos azules pareciendo analizar cada palabra, cada gesto. Dio un paso hacia atras, como si fuera a decir algo, pero luego se detuvo, dudando.
Yuya tragó saliva y dejó escapar una frase que ni él mismo sabía de dónde había salido.
—Eras un médico maravilloso… ¿Sabes? —
El silencio que siguió fue tan denso que casi podía tocarse.
Hoshiyomi frunció levemente el ceño, como si las palabras de Yuya hubieran tocado algo profundo en él, algo que había intentado olvidar. Pero que al mismo tiempo no pudo comprender por lo repentino que fue.
—¿Eh? ¿Dijiste algo? —Cuestionó al fin, su tono más áspero de lo habitual, pero sin perder esa calma que siempre lo caracterizaba. Dio un paso atrás, recomponiendo su postura—. Descansa, Yuya. —
Y con esa despedida, desapareció por la puerta, dejándolo solo.
Yuya se quedó mirando el lugar donde Hoshiyomi había estado, el eco de sus palabras aún resonando en su mente. Sabía que había algo más, algo que Hoshiyomi no quería o no podía decir. Algo que explicaba cómo alguien tan lleno de luz había sido consumido por la oscuridad.
Con un suspiro, cerró los ojos, dejando que la suave calidez de las sábanas lo envolviera. A pesar de todo, no podía evitar pensar en él, en esa figura compleja y atormentada que ahora formaba parte de su vida de una manera que apenas comenzaba a comprender.
"¿Qué fue lo que realmente sucedió?"
Esa pregunta lo acompañó mientras el cansancio volvía a ganar terreno, llevándolo lentamente al sueño, con la imagen de Hoshiyomi, en su versión más pura, flotando en los rincones de su mente.
Y mientras se sumía en la oscuridad del descanso, una certeza lo atravesó como un rayo: no importaba qué hubiera sucedido en el pasado, Hoshiyomi estaría allí, siempre, en las sombras o a la luz del día.
Y él… estaría dispuesto a esperar para conocer toda la verdad.
Como había prometido, Hoshiyomi se encargó personalmente de llevar a Yuya a casa.
El auto surcaba la carretera mientras la ciudad nocturna se desplegaba a su alrededor como una joya radiante.
Los rascacielos se alzaban como titanes iluminados, sus reflejos titilando en los charcos dejados por la lluvia reciente.
Las farolas arrojaban su luz dorada sobre el pavimento húmedo, mientras que en la distancia, las colinas bordeaban el horizonte con un brillo nebuloso de estrellas artificiales y naturales.
Dentro del auto, el ambiente parecía atrapado entre el romanticismo del paisaje exterior y una tensión inexplicable que pendía en el aire.
Yuya, ajeno a todo excepto a la belleza que lo rodeaba, miraba por la ventana con ojos maravillados, el brillo de las luces reflejándose en sus iris con la intensidad de un niño que contempla algo mágico.
Movía ligeramente los dedos de su mano vendada, como si tratara de contener un entusiasmo que lo desbordaba.
—Veo que te sientes mucho mejor —Musitó Hoshiyomi, rompiendo el silencio mientras sus ojos se desviaban un instante hacia Yuya.
—Sí, todo es gracias a ti y tu amabilidad —Respondió Yuya, regresando su mirada al frente, aunque sus manos jugaron nerviosas sobre su regazo—. Además, aunque arruiné la práctica y mis ropas terminaron hechas jirones, me diste este conjunto nuevo. No tenías ninguna obligación de hacerlo, y aun así… lo hiciste. Gracias por eso. —
Hoshiyomi esbozó una sonrisa ligera, aunque en sus pensamientos se formaba un sinfín de imágenes.
Había elegido cuidadosamente cada prenda que Yuya llevaba puesta esa noche, un diseño que evocaba recuerdos antiguos y sentimientos que no podía ignorar.
—Me alegra que te sientas cómodo. Aunque me quedé pensando… ¿La falda no te resultó incómoda? —
Yuya negó rápidamente, un suave sonrojo tiñendo sus mejillas mientras sus labios se curvaban en una sonrisa abierta y brillante.
—¡Para nada! Me habían dicho que las faldas eran incómodas, pero ahora sé que estaban equivocados. Me siento increíble… incluso, ¡con más confianza que nunca! —
Las palabras de Yuya lo golpearon con una calidez inesperada. Hoshiyomi desvió la mirada de la carretera apenas un segundo para observarlo: su postura relajada, su sonrisa sincera, la forma en que parecía irradiar una energía luminosa incluso en la penumbra del auto.
—Ya veo… Me alegra mucho escuchar eso —Murmuró, sintiendo cómo un calor conocido crecía dentro de su pecho.
Yuya se rio suavemente, rompiendo por completo cualquier barrera de formalidad entre ellos.
Pero justo cuando el silencio amenazaba con regresar, su voz, llena de un entusiasmo característico, volvió a llenar el espacio.
—Ah, Hoshiyomi, ¿qué te parece si jugamos a "Dos verdades y una mentira"? —
Hoshiyomi no respondió de inmediato. Su mandíbula se apretó ligeramente mientras procesaba la propuesta.
Algo en él se agitó, una mezcla de desconfianza y curiosidad.
¿Por qué sugeriría Yuya algo así? ¿Era un juego inocente o una estrategia velada? Su mirada se desvió apenas un segundo hacia Yuya, buscando en su rostro alguna señal que pudiera delatarlo.
Sin embargo, lo que encontró fue una sonrisa genuina, radiante, completamente desarmante.
Los ojos de Yuya, llenos de confianza y calidez, le hablaron con una claridad que le hizo bajar la guardia.
"Él confía en mí… completamente."
Hoshiyomi relajó los hombros y permitió que una leve sonrisa curvase sus labios. Si este juego le daba la oportunidad de acercarse más a Yuya, no tenía razones para rechazarlo.
—¿Estás seguro? —Preguntó, su voz como una caricia suave pero con un filo oculto—. Podría no gustarte que lleve ventaja. —
Yuya soltó una risa ligera, su melodía llenando el interior del auto con una calidez que contrastaba con el peligro latente en la atmósfera.
—¡No importa! —Exclamó, sus mejillas ligeramente sonrojadas mientras sus ojos buscaban los de Hoshiyomi—. Dijiste que deberíamos conocernos mejor, ¿no? —
Ese comentario, tan simple y directo, hizo que algo en el pecho de Hoshiyomi se apretara.
La confianza ciega de Yuya era un regalo que él no iba a desperdiciar.
—De acuerdo —Respondió, dejando que su tono suave ocultara las intenciones mucho más oscuras que bullían en su interior—. Entonces empezaré yo. Por la mañana reviso el itinerario de mi persona especial, por la tarde tomo un poco de té, y por la noche elimino a miembros del LDS. ¿Cuál es la mentira? —
El auto se llenó de un silencio que debió haber sido incómodo. Las palabras de Hoshiyomi flotaron en el aire como una amenaza velada, pero Yuya, con su visión teñida por la idealización, no lo percibió.
—¡La segunda! —Dijo Yuya con entusiasmo, sin dudar un instante—. Estoy seguro de que no tomas té. Prefieres el café. —
Hoshiyomi parpadeó, sorprendido no solo por la precisión de la respuesta, sino por la sonrisa radiante de Yuya.
Esa luz que parecía borrar cualquier sombra de duda o temor.
—Vaya, parece que me conoces bien —Musitó, permitiendo que una sonrisa más sincera se formara en su rostro—. Es tu turno. —
Yuya inclinó la cabeza ligeramente, pensativo, mientras jugaba con la venda en su mano.
—Veamos… Por la mañana voy a la escuela con Yuzu, por la tarde entreno en el edificio de Arckumo, y por la noche… veo películas de acción. ¿Cuál es la mentira?—
Hoshiyomi no tardó en responder, su tono lleno de seguridad:
—Por la noche no ves películas de acción. A ti te gustan las novelas, especialmente si puedes verlas con tu madre. —
Yuya abrió los ojos con asombro antes de asentir rápidamente, sus mejillas coloreándose de admiración.
—¡Eso fue increíble! Es cierto… Pero me imagino que tienes ventaja, ¿verdad? —Bromeó, inclinándose ligeramente hacia él, como si buscara una conexión más cercana.
Hoshiyomi no pudo evitar mirarlo de reojo, su sonrisa afilada apenas visible bajo la tenue luz que iluminaba el auto.
—Tal vez la tenga —Respondió, su voz un susurro cargado de intenciones que Yuya no podía discernir—. Pero me gusta verte jugar. —
El camino se llenó de risas y palabras, pero mientras Yuya disfrutaba del juego con una alegría despreocupada, Hoshiyomi se sumía más profundamente en la fascinación que sentía por él.
Cada respuesta, cada gesto, cada sonrisa era una pieza más que lo atraía hacia ese abismo que Yuya, en su inocencia, había construido para él.
Y mientras las luces de la ciudad se deslizaban sobre el parabrisas, Yuya lo veía como siempre lo había hecho: un hombre maravilloso, amable, su salvador.
Su confianza ciega era tan peligrosa como encantadora, y Hoshiyomi no tenía intención de dejarla ir.
Dentro de aquel auto, bajo el manto de la noche, la línea entre el romance y el peligro se desdibujó, creando un espacio donde ambos eran vulnerables de maneras distintas, pero inextricablemente conectadas.
Tiempo después.
El auto avanzaba tranquilamente por las calles, con Hoshiyomi y Yuya conversando animadamente sobre todo y nada a la vez.
La risa fluía fácil entre ambos, como si no existiera otra cosa más allá de ese momento.
Las palabras parecían no bastar para expresar lo que sentían, y el aire dentro del auto se sentía ligero, lleno de una felicidad sencilla y compartida.
Pero todo cambió cuando el auto se detuvo frente a la casa de Yuya, y por un instante, el aire dentro del vehículo se volvió denso.
Ambos se miraron a través del espejo retrovisor, pero ninguno de los dos se atrevió a mover un músculo.
Hoshiyomi miró a Yuya por el rabillo del ojo, notando cómo sus manos se entrelazaban nerviosamente en su regazo.
La tensión en el aire era palpable, y por un momento, él pensó que su propio corazón podría salir disparado de su pecho.
—Nos vemos pronto, ¿verdad? —Preguntó Hoshiyomi, su voz suave, pero con una intención de cercanía que no podía ocultar.
Yuya asintió lentamente, pero cuando levantó la mirada, la expresión de timidez que mostraba era tan evidente que Hoshiyomi no pudo evitar sonreír.
Yuya parecía un cordero a punto de ser despedido a su casa, todo nerviosismo y una vulnerabilidad palpable.
Hoshiyomi sintió un impulso, algo juguetón y provocador, y por un momento, pensó en aprovechar esa inseguridad.
—¿Nos vemos pronto? —Repitió Yuya con voz casi temblorosa, sin saber muy bien cómo seguir la conversación, y Hoshiyomi pensó que era el momento perfecto para hacerlo sentir un poco más incómodo.
Pero entonces, en un giro sorprendente, Yuya levantó la cabeza, y sus ojos brillaron con algo más que timidez.
Algo que no había visto antes.
Algo que Hoshiyomi no supo cómo interpretar al principio.
—Tú… —Yuya murmuró, con una sonrisa ligera, pero una mirada desafiante en sus ojos, como si hubiera decidido que ya no iba a ser el tímido de siempre. —Tú debes cumplir primero con tu palabra, Hoshiyomi, perdí uno de nuestros juegos y dijiste que te debería un beso cada vez que nos encontramos y nos despidieramos. Así que... —
Hoshiyomi se quedó allí, congelado por un instante.
Ya no era el mismo Yuya tímido que había conocido.
Este Yuya estaba diferente.
Su confianza, aunque aún temblorosa, brillaba en sus ojos.
Yuya lo miraba con una mezcla de picardía y desafío, como si quisiera jugar el mismo juego, pero con sus propias reglas.
Hoshiyomi, al ver la reacción de Yuya, se quedó en silencio por un segundo, atónito.
No podía entender cómo había pasado de ser el que estaba listo para bromear, a ser el que ahora sentía un pequeño nudo en el estómago.
Yuya, sonrojado, pero con una firmeza inesperada, se acercó lentamente, y con un gesto suave, cubrió sus piernas con la falda, mientras las cerraba con un gesto que pudo ser sugerente.
Y, de una manera casi juguetona, se acomodó en su asiento, como si estuviera preparándose para lo que estaba por venir.
—Te lo debo —Dijo, ahora con la voz más baja, pero llena de intención, su respiración suave y controlada.
Yuya lo miró fijamente a los ojos, antes de acercarse lentamente, dejando que el aire entre ellos se volviera más espeso.
El gesto de Yuya sorprendió a Hoshiyomi, y antes de que pudiera reaccionar, Yuya lo hizo.
Su rostro se acercó al de él y, sin dudarlo, le dio un suave beso en la mejilla.
Hoshiyomi se quedó petrificado.
La calidez del contacto, la suavidad de los labios de Yuya, hizo que el mundo se detuviera por un instante.
Fue un gesto simple, pero tan cargado de significados que le costó procesarlo.
Yuya, con esa nueva seguridad, había hecho lo que Hoshiyomi nunca se imaginó que ocurriría: Avergonzarlo.
Yuya se apartó rápidamente, aunque su rostro aún estaba marcado por un intenso sonrojo, mientras Hoshiyomi simplemente lo miraba, sin poder encontrar las palabras para describir lo que sentía.
Yuya había cambiado.
La suavidad de su gesto y esa nueva confianza que proyectaba lo habían dejado sin habla.
—Nos vemos luego —Dijo Yuya con una sonrisa tímida, pero brillando en sus ojos con algo más, algo que Hoshiyomi no había visto antes.
Yuya salió del auto, y sin mirar atrás, se dirigió hacia la puerta de su casa.
Hoshiyomi, todavía congelado, no pudo evitar notar la forma en que sus piernas se movían con gracia, como si cada paso estuviera lleno de una confianza renovada.
Yuya no esperó respuesta.
Solo desapareció dentro de la casa.
Hoshiyomi permaneció allí, inmóvil por un largo momento, sus pensamientos desordenados.
La mejilla donde Yuya había posado sus labios ardía, y su corazón latía desbocado.
No entendía completamente lo que había sucedido, pero no podía evitar sonreír como un tonto.
Finalmente, soltó un grito, como si una explosión de emoción se hubiera liberado en su interior.
—¡MALDICIÓN! ¡SÍ! —Exclamó, mirando al frente mientras la adrenalina lo recorría.
Sus manos apretaron el volante con tanta fuerza que sus dedos palidecieron, pero no le importó.
Estaba demasiado emocionado.
No sabía qué había cambiado en Yuya, ni cómo había llegado a ese punto, pero algo dentro de él se sentía diferente.
Y ese algo era tan grande que, por un instante, pensó que podría perderse en ese sentimiento.
Con una sonrisa estúpida en su rostro, Hoshiyomi arrancó el motor y volvió a la carretera, riendo por sí solo, sin entender completamente lo que había ocurrido, pero sabiendo que, de alguna manera, su vida estaba cambiado para siempre.
Yoko estaba acomodando unos cojines en la sala cuando escuchó la puerta abrirse.
Levantó la vista y lo vio entrar. Yuya caminaba con pasos ligeros, como si el peso del mundo que siempre parecía cargar hubiese desaparecido.
—¡Mamá! —Exclamó él, avanzando con esa energía despreocupada que Yoko no había visto en mucho tiempo.
Se detuvo frente a ella y, sin previo aviso, dio una vuelta.
La falda corta de colores oscuros que llevaba se movió con gracia, complementando su camiseta ceñida y la chaqueta ligera que completaban su atuendo.
Era un gesto simple, pero para Yoko tenía un significado profundo.
Se quedó mirándolo, sin decir nada por unos instantes, procesando lo que estaba viendo.
Yuya, por lo general, regresaba con una actitud ensayada.
A veces fingía estar bien, con sonrisas que no alcanzaban sus ojos; otras, dejaba que una tristeza palpable lo envolviera; y, en ocasiones, llegaba con enojo contenido, como si el mundo le hubiera fallado una vez más.
Pero nunca se atrevía a decir en voz alta lo que realmente sentía.
Siempre había algo que lo mantenía a distancia, como si llevara puesta una máscara… la máscara de un bufón que trataba de entretener para ocultar su propio dolor.
Ella siempre había intentado llegar a él, entender qué lo atormentaba, pero Yuya se alejaba cada vez más, refugiándose en ese papel que parecía protegerlo de todo, incluso de ella.
Y ahora, aquí estaba.
Frente a ella, con un aire completamente distinto, como si por fin estuviera dejando de lado esa sombra de expectativas que parecía haberlo atado toda su vida.
Por primera vez en mucho tiempo, parecía estar mostrándose tal como era, sin pretender nada para nadie.
—¿Y bien? —Preguntó Yuya, rompiendo el silencio con una sonrisa traviesa—. ¿Qué opinas? —
Yoko parpadeó, sus ojos recorriendo el atuendo de su hijo.
Su mirada se detuvo un momento en la falda, luego en su rostro.
Algo en él parecía haber cambiado, como si finalmente estuviera encontrando su lugar.
—Es… diferente. —Finalmente, dio un paso hacia él, dejando que su sorpresa inicial se transformara en una emoción cálida—. Pero te queda perfecto, Yuya. Creo que finalmente estás encontrando tu propio estilo. —
La sonrisa de Yuya se iluminó aún más, y Yoko no pudo evitar sentir cómo su corazón se llenaba de orgullo.
—Sabía que lo entenderías. —Yuya giró de nuevo, dejando que la falda ondeara con gracia antes de detenerse frente a ella.
—Definitivamente estás más seguro de ti mismo —Dijo Yoko, con una nota de ternura en su voz—. Creo que tu entrenamiento con Arckumo está funcionando. —
—Por supuesto que sí. —Yuya asintió con energía, inflando el pecho con fingida arrogancia—. Aunque no le daré todo el crédito. Yo también tengo mis méritos. —
Yoko rió suavemente, pero en su mente comenzó a pensar en todas las veces que había deseado ver a su hijo así: seguro, feliz, libre de las sombras del pasado.
Una pequeña parte de ella se preguntó si debería enviar un agradecimiento a los dueños de Arckumo.
Sin importar qué tan grande o pequeño hubiera sido su papel, algo en ese entrenamiento parecía haber ayudado a Yuya a empezar a liberarse de las cadenas invisibles que lo habían atado tanto tiempo.
Sin embargo, sabía que este cambio era, en esencia, mérito de Yuya.
Él está aprendiendo a ser él mismo, y no lo que los demás esperan que sea.
"Mi Yuya, finalmente dejando atrás la sombra de su padre… y por fin buscando su propia luz."
Yoko observó a su hijo mientras él daba otra vuelta, permitiendo que la falda ondeara una vez más, como si disfrutara genuinamente del momento.
La sorpresa aún latía en su pecho, pero estaba feliz.
Orgullosa.
Yuya estaba cambiando, y aunque no sabía a dónde lo llevaría este nuevo camino, sabía que estaba dando pasos hacia su verdadera esencia.
Y sin previo aviso, Yuya corrió a abrazarla, rodeándola con fuerza.
—¡Mamá! ¿Te han dicho hoy lo hermosa que eres? —
Yoko rió nuevamente, aunque esta vez con un toque de incredulidad.
—Yuya… ¿qué es todo esto? ¿Quieres algo? —
—¡Solo quiero que sepas cuánto te amo! —Exclamó, inclinándose hacia ella con una sonrisa que irradiaba una mezcla de inocencia y algo más… algo que Yoko no pudo identificar del todo.
Por un instante, Yuya cerró los ojos, aferrándose a ella como si quisiera memorizar ese momento.
En su mente, las imágenes de su vida pasada destellaron con fuerza: un hogar vacío, deudas acumulándose, noches silenciosas llenas de lágrimas que nunca dejó salir frente a nadie.
En esa otra vida, su madre había desaparecido demasiado pronto, dejando un vacío que nunca pudo llenar, por más que intentara.
Pero ahora, aquí estaba.
La calidez de los brazos de su madre lo envolvía, tangible, real.
Era un contraste tan drástico con todo lo que había perdido que sentía un nudo en la garganta.
Esta vez no iba a permitir que nada ni nadie se interpusiera entre ellos.
"No volveré a perderte". Pensó Yuya, con una determinación que se encendía como una chispa en su pecho. "Haré todo lo posible para que seas feliz, mamá. Para que estés orgullosa de mí."
Apretó el abrazo, sintiendo cómo la risa de su madre vibraba contra su cuerpo.
Yoko, sin entender del todo lo que pasaba por su mente, le acarició el cabello con ternura, como solía hacerlo cuando era más pequeño.
—Yuya, estás extraño hoy —Murmuró ella, con una sonrisa cálida que escondía una ligera preocupación—. Pero si todo esto es para hacerme feliz, debo decirte que ya lo has logrado. —
—¿De verdad? —Preguntó Yuya, separándose solo lo suficiente para mirarla a los ojos.
Su sonrisa permanecía, pero en el fondo de su mirada había algo nuevo.
Algo diferente.
Una sombra de misterio cruzaba esos ojos.
No era tristeza ni enojo, sino una oscuridad que había despertado en él junto con los recuerdos de su vida pasada.
Y lejos de asustarlo, esa oscuridad le daba un propósito, un enfoque que nunca antes había sentido.
—Claro que sí. —Yoko sonrió, aunque no pudo evitar preguntarse qué era eso que brillaba en la mirada de su hijo.
Era como si, bajo esa alegría renovada, hubiera una fuerza que no alcanzaba a comprender.
Yuya volvió a abrazarla, esta vez más suavemente, y un pequeño susurro se escapó de sus labios.
—Haré que siempre seas feliz, mamá. Te lo prometo. —
Cuando se apartó, su sonrisa había vuelto a ser brillante, pero la sombra en sus ojos permanecía, latente.
Era una promesa que no solo le hacía a ella, sino también a sí mismo.
Y aunque la calidez del momento seguía llenando el ambiente, algo en su postura había cambiado.
Había determinación, sí, pero también algo más profundo, más oscuro, que comenzaba a guiar sus pasos.
Yoko lo observó, más antes de que pudiera decir algo más, una voz interrumpió.
—¡Hermano Yuya! ¿Por qué no me dices cosas bonitas a mí también? —
Sora apareció detrás del sofá, abrazando un cojín con una sonrisa dulce, casi angelical.
Su expresión era tan adorable que cualquiera caería rendido ante su encanto.
Cualquiera, menos Yuya.
Sus ojos se entrecerraron ligeramente al observar al pequeño intruso.
"Un enemigo disfrazado de cordero", Pensó.
La adorable actuación de Sora podía engañar a su madre, pero no a él. Sus recuerdos recientes habían afinado sus sentidos, enseñándole a leer intenciones ocultas detrás de las máscaras.
—¡Yo también quiero un abrazo! —Exclamó Sora, extendiendo los brazos hacia Yoko con una alegría desbordante.
Yuya, en un movimiento casi imperceptible, se interpuso entre ellos, como un muro protector.
—Vaya, mamá. ¿Ahora adoptas niños? —Preguntó con una sonrisa aparentemente inofensiva, aunque en sus ojos brillaba una chispa peligrosa.
—¡No digas eso, Yuya! —Rio Yoko, acariciando la cabeza de Sora—. Él solo vino porque quería probar mi cena. ¿Qué tiene de malo? —
Yuya ladeó la cabeza, manteniendo la sonrisa mientras sus ojos se afilaban como cuchillas.
—¿Qué tiene de malo? Pues que no es la cena lo que busca, mamá. Déjame encargarme de la… molestia. —
Antes de que Yoko pudiera intervenir, Yuya tomó la mano de Sora con una firmeza sorprendente.
—Vamos, pequeño, la salida está por aquí. —
—¡Oye, no soy una molestia! —Se quejó Sora, pataleando con suavidad mientras intentaba soltarse. Pero la fuerza de Yuya era implacable.
—Claro que no, pero mamá está ocupada, y tú ya has aprovechado suficiente de su tiempo. —El tono de Yuya era calmado, casi cariñoso, pero había algo en su mirada que hizo que Sora dejara de resistirse.
Yuya abrió la puerta, lo dejó fuera con una sonrisa y cerró detrás de él sin prisa.
Volvió a la sala con una expresión serena, como si nada hubiera pasado.
—Yuya… ¿qué fue eso? —Preguntó Yoko, más intrigada que molesta, observándolo con una mezcla de sorpresa y confusión.
—Nada, mamá. Solo me aseguro de que nadie abuse de ti. —Yuya se acercó, le guiñó un ojo y depositó un beso suave en su mejilla, antes de retroceder con una expresión despreocupada—. Por cierto, ¿podrías prepararme algo de cenar mientras dejo mis cosas y me doy un baño rápido? Estoy famélico. —
—Yo… bueno, sí, claro. —
—¡Eres la mejor! —Exclamó Yuya con un tono melodioso, antes de correr hacia su habitación.
Mientras Yoko lo veía desaparecer por el pasillo, una sensación extraña le recorrió el cuerpo.
Aunque la escena había sido cómica en su mayoría, había algo en la actitud de Yuya que no lograba descifrar.
Su manera de comportarse era demasiado natural, demasiado calculada, como si hubiera pasado horas planeando cómo protegerla de cosas que solo él veía.
Por un momento, pensó en Sora y su expresión desconcertada al ser arrastrado.
Luego negó con la cabeza, dejando que la risa escapara de sus labios.
"Quizá Yuya solo está aprendiendo a ser más protector… o algo así."
Yuya por otro lado, cerró la puerta de su habitación tras de sí, dejando caer la mochila al suelo sin preocuparse de dónde aterrizaba.
Y permaneció quieto por un instante, dejando que el silencio lo envolviera.
Sus ojos recorrieron la habitación, tan limpia y ordenada que parecía ajena, como si perteneciera a otra persona.
Su mirada se detuvo en un póster enorme junto a su cama: la figura de su padre, sonriente y lleno de carisma, como si fuera el héroe de alguna película barata.
Antes, esa imagen le habría inspirado, pero ahora… ahora solo le provocaba una mezcla de náuseas y rabia.
Se sentó en el borde de la cama, dejando escapar un suspiro profundo.
Era extraño estar aquí, en esta nueva vida donde todo parecía más fácil.
Tenía comida caliente esperándolo, una madre que lo amaba y cuidaba, un techo seguro sobre su cabeza.
Pero ese confort, en lugar de reconfortarlo, lo hacía sentirse perdido.
Recordar su vida pasada le traía un torbellino de emociones: el caos de los días como duelista ilegal, las sonrisas desvergonzadas de sus compañeros, las bromas que llenaban el aire incluso en los momentos más oscuros.
Recordar a Kazuma, el jefe del grupo, tan firme y decidido, le hacía un nudo en la garganta.
En ese entonces, su vida era dura, pero al menos sabía quién era y qué quería.
Ahora, estaba aquí, en esta tranquilidad sofocante, sintiéndose fuera de lugar.
Su mirada volvió al póster, y la imagen de su padre le golpeó con más fuerza que cualquier recuerdo.
Ese hombre que siempre había puesto sus sueños y ambiciones por encima de su familia.
Ese hombre que había dejado un vacío tan grande que Yuya apenas podía nombrarlo "padre" sin sentir que era un insulto para la palabra.
El odio le recorrió el cuerpo como un veneno familiar, frío y ardiente al mismo tiempo.
—Nunca fuiste un padre… —Susurró, con la voz baja pero cargada de un resentimiento que parecía haber estado acumulándose durante siglos—. Solo una sombra, una mentira. —
Con movimientos bruscos, subió a la cama y arrancó el póster de la pared, sus dedos temblando mientras lo arrugaba con furia.
El papel cortó su piel, pero no le importó.
No era suficiente.
Dejó caer el póster al suelo y bajando de forma apresurada, lo pisoteó con fuerza, como si con cada golpe pudiera borrar las heridas que ese hombre había dejado en su vida.
Cuando finalmente se detuvo, sus ojos se llenaron de una oscuridad que no había sentido antes de recordar su pasado.
Esa oscuridad no lo consumía; lo enfocaba.
Lo hacía más determinado, más consciente de lo que debía hacer.
—No eres nada. No lo fuiste, y nunca lo serás. —
El silencio volvió a la habitación, pero esta vez no era reconfortante.
Era un eco de todo lo que había perdido.
Los rostros de sus compañeros volvieron a su mente, uno tras otro. Las risas, los gritos, la camaradería que ahora sabía que nunca recuperaría.
Kazuma, con su imponente presencia y sus palabras cargadas de autoridad, había sido más un padre para él que el hombre del póster.
Y ahora, Kazuma también estaba lejos, inalcanzable, como todo lo que había amado en esa vida.
Yuya dejó caer los hombros, agotado por el peso de sus emociones.
—Este cuarto necesita una remodelación. —Murmuró finalmente, intentando alejar la melancolía.
Se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo mientras caminaba hacia el baño.
Cada paso se sentía más firme, más decidido.
No permitiría que esta vida se convirtiera en un reflejo de la anterior.
Haría lo necesario para proteger lo que tenía ahora, para adaptarse, para encontrar un nuevo propósito.
Pero, en el fondo, sabía que nunca dejaría de extrañar a aquellos que quedaron atrás.
Y así...
El sonido del agua llenó la habitación, envolviendo a Yuya en una burbuja de calma mientras se metía en la ducha.
El agua caliente recorría su cuerpo, relajando sus músculos tensos, pero también destacando algo que había comenzado a notar desde que recuperó sus recuerdos: su cuerpo ya no era el mismo.
Se miró las manos, la venda que reposaba en una de ellas, luego los brazos ahora mucho más delgados. Sus piernas, y sus ya no tan pronunciadas caderas.
En su vida pasada, su cuerpo era fuerte, delgado, pero a fin de cuentas fuerte, acostumbrado al trabajo duro y al dolor.
Su cuerpo había sido su armadura, una herramienta que había refinado con meses de entrenamiento y luchas.
Pero ahora, era diferente.
Más frágil, más débil.
—Esto no está bien… —Murmuró, observando el reflejo borroso en los azulejos húmedos.
Pasó la mano por su brazo izquierdo, un gesto que habría tenido sentido en su vida pasada, donde un tatuaje del Zodiaco adornaba su piel.
Ese símbolo había sido más que tinta; era un recordatorio de su lugar, de su lealtad, de que era parte de algo más grande.
Era un recordatorio de Kazuma, el hombre que había considerado un verdadero padre, y de los lazos con sus compañeros.
Ahora, su piel estaba limpia, sin marcas. Esa ausencia lo hacía sentirse… vacío.
"¿Debería intentar replicarlo?"
Suspiró, inclinando la cabeza bajo el agua mientras se hacía una promesa: recuperaría su fuerza, su resistencia, todo lo que había perdido.
Haría que su cuerpo volviera a ser tan fuerte como su determinación.
"Sí, esa es mi primer tarea." Se decidió.
Y cuando terminó de ducharse, llenó la tina con agua caliente y se dejó sumergir en ella, disfrutando del calor que envolvía su cuerpo.
Cerró los ojos, dejando que su mente divagara… y entonces, como si su mente hubiera deseado avergonzarlo, lo recordó.
A él...
A Hoshiyomi.
La imagen del hombre con cabello rubio llenó su mente.
Recordó su mirada, esa mezcla de severidad y ternura que lo había mantenido firme en su vida pasada.
Había sido su salvador, la única luz en medio de la oscuridad.
Y en su último encuentro dentro de auto, Yuya se había despedido con un beso en la mejilla como había prometido, el gesto más inocente y sincero que pudo darle en ese momento.
Y solo el recuerdo hizo que sus mejillas se tiñeran de un rojo intenso, y hundió el rostro entre las manos.
—¡Esto no es justo! —Exclamó en voz baja, su voz reverberando en el baño—. ¿Cómo se supone que me concentre ahora? —
Sabía que lo amaba.
Lo sabía con una certeza que iba más allá de las palabras, porque ese amor no era nuevo.
Siempre había estado ahí, pero ahora, con los recuerdos parcialmente recuperados, lo sentía con una intensidad que casi le dolía.
—Hoshiyomi… —Susurró, dejando que el nombre se escapara de sus labios como una confesión.
Se prometió a sí mismo que crecería, que se volvería más fuerte, que estaría a la altura del hombre que lo había salvado.
Y, sobre todo, que cumpliría la promesa que había hecho en su vida pasada: casarse con él.
Por un momento, se permitió soñar como una colegiala enamorada, imaginando un futuro en el que ambos estuvieran juntos, riendo y compartiendo una vida que ahora parecía lejana pero no imposible.
Y cuando finalmente salió de la tina, se secó con rapidez y se vistió. Sintiéndose mucho más renovado que nunca.
Con su cabello aún húmedo, bajó las escaleras, donde el aroma de la cena lo envolvió como un abrazo cálido.
—¡Vaya, mamá! Esto huele increíble —Comentó, entrando al comedor.
Sobre la mesa había un festín: un guisado caliente, pan recién horneado, y frutas frescas para acompañar.
Yoko lo miró con una sonrisa satisfecha, deteniéndose un momento para observarlo.
—Ven, siéntate. Quiero que me cuentes cómo te fue hoy. —
Yuya tomó asiento, colocando el tenedor junto al plato y mirando a su madre con una sonrisa traviesa.
—¿Por dónde sería bueno comenzar? Ah, ahora tengo nuevos amigos. —Respondió con ligereza, aunque su mente estaba en otra parte.
Pensaba en el día siguiente, en la escuela, en los cambios que planeaba hacer.
