Capítulo 39:
De Perspectivas
La habitación estaba sumida en una calma absoluta, solo rota por la suave respiración de Yuya, quien dormía profundamente, acurrucado entre las sábanas desordenadas. Sin embargo, esa paz fue interrumpida por el pitido insistente de su reloj despertador.
Un gruñido bajo salió de sus labios mientras estiraba una mano fuera de las mantas, buscando a tientas el aparato en la penumbra.
Sus dedos finalmente lo alcanzaron, y con un movimiento torpe, lo apagó. La pantalla marcaba las cinco de la mañana.
"Es completamente necesario."
La frase resonó en su mente con una voz perezosa, como si tratara de convencerse a sí mismo de que ese sacrificio tenía sentido.
Abrió los ojos lentamente, solo para cerrarlos de nuevo mientras soltaba un largo bostezo.
El aire frío de la madrugada le envolvió, y Yuya se encogió ligeramente bajo las mantas, como si buscara un último refugio cálido antes de enfrentarse al día.
Pero no podía permitirse flaquear.
"Es por tu fuerza", se recordó.
Con movimientos lentos y desordenados, se incorporó, sentándose al borde de la cama.
Su cabello enmarañado caía sobre su rostro, y mientras se rascaba la nuca con desgana, alcanzó su disco de duelo, ahora también su dispositivo móvil.
Sus dedos buscaron debajo de la cama hasta encontrar los audífonos.
Unos segundos después, una melodía suave y tranquila comenzó a resonar en sus oídos, llenando la habitación con una energía cálida y familiar.
Era una canción de Corea del sur, una que había descubierto por casualidad, pero que ahora sentía como suya. El ritmo poco a poco elevó su ánimo, haciéndole mover la cabeza al compás mientras una pequeña sonrisa comenzaba a formarse en sus labios.
Cuando la música alcanzó su clímax, Yuya inhaló profundamente y se puso de pie, aunque el frío de la mañana le hizo estremecerse. El suelo bajo sus pies era helado, pero él lo ignoró.
"Es para recuperar tu fuerza."
Con ese pensamiento, se armó de valor, aunque por un momento consideró volver a saltar a la cama. Su cuerpo le pedía regresar al calor, pero su mente le empujaba hacia adelante. Caminó lentamente hacia el baño, arrastrando los pies.
Al llegar, encendió la luz y cerró los ojos momentáneamente ante el brillo repentino. El reflejo en el espejo le mostró un rostro adormilado y desordenado, con mechones de cabello rebelde enmarcando su rostro. Yuya dejó escapar una risa suave, casi resignada, antes de abrir el grifo y lavar su cara.
El agua fría le despertó de golpe, arrancándole un leve jadeo. Era desagradable, pero también revitalizante. Mientras se secaba, recordó la ropa que había preparado la noche anterior: un pantalón deportivo negro, una camiseta blanca y una sudadera gris que colgaba de una percha junto a la puerta.
Se vistió rápidamente, notando cómo las prendas eran algo holgadas en su cuerpo. Su reflejo en el espejo le devolvió una imagen que no le convencía del todo, pero eso solo reforzó su determinación.
"Pronto dejaré de nadar en esta ropa."
La frase fue acompañada por una ligera sonrisa, y mientras ajustaba la banda que mantenía su cabello recogido, agregó en voz baja:
—Y quizá hasta me compre algo mejor. —
Satisfecho con esa idea, se asintió a sí mismo antes de salir de su habitación.
La casa estaba en penumbra, envuelta en un silencio que antes habría considerado inquietante. Sin embargo, ahora lo encontraba reconfortante. Había algo casi sagrado en esa tranquilidad, un respiro del bullicio constante del día. Mientras cruzaba la sala en dirección a la puerta principal, recordó los días en "ese" lugar, donde la paz era un lujo inalcanzable y el más fuerte prevalecía.
"Al menos ahora no tengo que lavar ropa asquerosa," murmuró para sí mismo con una mezcla de humor y alivio.
Cuando salió, el aire frío le golpeó el rostro, obligándolo a apretar los labios. Cruzó los brazos sobre el pecho y respiró hondo, dejando que el frescor le despejara por completo. Sin más dilación, comenzó a dar la primera vuelta al vecindario.
Al principio, su cuerpo protestó ante el esfuerzo: los músculos rígidos, el corazón acelerándose más rápido de lo que le gustaría. Pero Yuya mantuvo un ritmo constante, concentrándose en cada paso, en cada respiración. Con cada vuelta, el cansancio inicial comenzó a desvanecerse, reemplazado por una sensación de ligereza.
"Es solo el comienzo," pensó mientras observaba cómo el cielo comenzaba a teñirse de tonos rosados con los primeros rayos del amanecer. "Es como si el cielo me diera una cálida mañana."
El pensamiento llenó a Yuya de una renovada energía. Sus pasos, antes algo pesados, ahora se sentían más ligeros mientras desviaba su camino hacia el parque más cercano. A lo lejos, varias personas también se dirigían al mismo lugar, algunas trotando, otras caminando enérgicamente, y otras simplemente disfrutando del amanecer.
Un par de voces animadas captaron su atención.
—¡Vamos, que te voy a dejar atrás! —se escuchó a una mujer decir, con un tono lleno de energía y desafío.
Yuya giró la cabeza justo a tiempo para ver a una pareja corriendo cerca de él. Lo que le llamó la atención no fue la broma, sino el hecho de que era ella quien lideraba, tirando de la mano de su compañero, quien trataba desesperadamente de seguirle el ritmo.
"Debe ser pesado para él," pensó Yuya con una sonrisa divertida, imaginando lo que sería enfrentarse a un reto así.
Pero su atención no se quedó mucho tiempo en ellos, porque algo mucho más impactante llamó su atención.
Justo cuando estaba encontrando su propio ritmo, un hombre mayor —claramente con más años encima de los que Yuya quisiera admitir— pasó trotando a su lado con un aire de facilidad descomunal. Para colmo, el hombre le lanzó una mirada que podía interpretarse de una sola manera: "¿Tan joven y ya tan acabado?"
La vergüenza fue como un golpe directo al orgullo de Yuya. Sentía cómo el calor subía por su rostro mientras el hombre se alejaba tranquilamente, con pasos constantes y decididos.
"No puede ser... ¿De verdad alguien de su edad me está dejando atrás?"
Mordiéndose el labio inferior, Yuya decidió usar aquello como combustible. Sus piernas parecían gritarle que se detuviera, pero él aceleró el paso, decidido a no dejar que ese abuelo le diera una lección tan fácilmente.
Cuando finalmente llegó al parque, se tomó un momento para recuperar el aliento. Sus manos descansaban en sus rodillas mientras inhalaba profundamente, el aire frío llenando sus pulmones. No podía negar que estaba cansado, pero tampoco iba a rendirse.
"El objetivo es la resistencia," se recordó a sí mismo, enderezándose con determinación. "Por ahora, la fuerza puede esperar."
Con ese pensamiento, Yuya comenzó su rutina. Ejercicios básicos, series controladas. Cada movimiento, cada repetición, parecía revitalizarlo poco a poco. Se obligaba a mantener el ritmo, sintiendo cómo su cuerpo empezaba a acostumbrarse al esfuerzo.
Tras media hora de trabajo, Yuya sintió que su cuerpo no daba para más.
—Ya no puedo... —Susurró, dejando caer las manos sobre las rodillas mientras su pecho subía y bajaba rápidamente.
Pero justo cuando pensaba que podría relajarse, una figura conocida pasó trotando cerca de él.
El hombre mayor.
No solo seguía corriendo, sino que esta vez, al cruzar junto a Yuya, le dirigió una mirada cargada de diversión. Era una expresión que claramente decía: "¿Eso es todo lo que tienes, muchacho?"
Yuya lo miró con incredulidad mientras el hombre seguía su camino, su paso firme y constante, como si ni siquiera estuviera cansado.
La frustración mezclada con la determinación hizo que Yuya alzara un puño en el aire, como si estuviera jurando algo importante.
"Juro que te superaré," pensó con firmeza, aunque su postura derrotada no reflejara del todo esa convicción.
Cuando finalmente decidió regresar a casa, lo hizo con una sonrisa en los labios. Había sido humillado, sí, pero también sabía que ese pequeño episodio era solo un paso más en su camino hacia una mejor versión de sí mismo.
Y mientras Yuya volvía a casa, la calidez de su hogar lo envolvía en una sensación de tranquilidad.
En la cocina, mientras preparaba un batido para sí mismo y otro para su madre, se detuvo por un momento para observar el amanecer a través de la ventana.
Los colores dorados y anaranjados pintaban el cielo con promesas de un nuevo día, y en su pecho creció una extraña mezcla de satisfacción y nostalgia.
Sin embargo, afuera en la calle donde estaba su hogar, la escena era muy distinta.
El hombre mayor que había pasado corriendo junto a Yuya se detuvo súbitamente, apoyándose con aire deliberado en una de las bardas que rodeaba la casa.
Su respiración no mostraba el menor indicio de agotamiento, como si la carrera hubiese sido un simple juego.
Entonces, como si el tiempo mismo respondiera a un capricho, su apariencia comenzó a cambiar.
Los ojos verdes del hombre destellaron por última vez antes de transformarse en un azul profundo, tan infinito como un cielo raso. Su cabello, antes canoso y escaso, creció con rapidez, volviéndose espeso y dorado como los rayos del sol.
Las arrugas que surcaban su rostro se desvanecieron, reemplazadas por una piel suave y tersa que irradiaba vitalidad.
Y su cuerpo, que había aparentado fragilidad, se alzó con fuerza y elegancia, cada movimiento destilando un aura magnética y peligrosa.
Ya no era el anciano que había humillado a Yuya en el parque. Ahora era Hoshiyomi, en toda su majestuosa y perturbadora presencia.
—¿Estás esforzándote mucho, cierto? —Murmuró, su voz baja y grave resonando en el aire como una melodía cargada de intención.
Aunque Yuya no estaba ahí, Hoshiyomi se giró ligeramente hacia la casa, como si pudiera verlo a través de las paredes. Sus ojos se entrecerraron con una mezcla de curiosidad y devoción.
—¿Hay una razón por la cual decidieras cambiar de rutina? —Preguntó al vacío, aunque su tono sugería que esperaba una respuesta.
Una sonrisa, apenas un rastro de emoción en su rostro, curvó sus labios mientras sus pensamientos vagaban.
Era evidente que Yuya había cambiado, que algo dentro de él estaba despertando.
Y aunque Hoshiyomi no sabía con certeza qué lo motivaba, lo aceptaba.
Incluso lo alentaba.
—Entonces te apoyaré en lo que pueda, —Susurró, una promesa que no necesitaba testigos.
Pero en esa promesa había algo más.
No era un simple deseo de ayudar.
Era un juramento lleno de una intensidad casi devoradora, una declaración silenciosa de que siempre estaría cerca, siempre observando, siempre listo para intervenir.
El viento sopló suavemente, revolviendo su cabello dorado mientras se apartaba de la barda.
Su figura, alta y elegante, se desvaneció entre las sombras del vecindario, como si nunca hubiera estado ahí.
Y dentro de la casa, Yuya, ajeno a la presencia de Hoshiyomi, tomó un sorbo de su batido, sintiendo una inexplicable calidez que le recorrió el cuerpo.
Yoko bajó las escaleras como todas las mañanas, tarareando una vieja melodía mientras pensaba en el desayuno que prepararía.
Sin embargo, al llegar a la cocina, la escena frente a ella la dejó helada.
Ahí estaba Yuya.
Ese Yuya que solía despertar corriendo, con el cabello revuelto, el uniforme a medio poner y las ojeras marcadas, ahora lucía fresco, en ropa deportiva y con un delantal.
Movía una espátula con sorprendente destreza mientras algo en el sartén soltaba un aroma delicioso.
"¿Acaso es el fin del mundo?" pensó Yoko, sintiendo cómo un leve pánico se apoderaba de ella. "¿Está enfermo? ¿Lo habrá poseído algún espíritu? ¡Oh, no! ¿Y si es una alucinación por falta de café?"
—¡Yuya! —Exclamó alarmada mientras se acercaba rápidamente.
Antes de que su hijo pudiera reaccionar, ya tenía una mano en su frente, buscando fiebre.
Luego, sacó un termómetro de quién sabe dónde y comenzó a examinarlo de pies a cabeza.
—Mamá, ¿qué haces? —Protestó Yuya, riendo mientras intentaba zafarse.
—¿Qué hago? ¿Qué haces tú? ¡Despierto a esta hora y cocinando! Esto no es normal. ¿Te sientes mal? ¿Te duele algo? ¡Habla conmigo! —
Yuya dejó escapar un suspiro, pero su sonrisa permaneció intacta.
Con cuidado, tomó las manos de su madre, que seguían palpándolo como si fuera una máquina a punto de descomponerse.
—Tranquila, mamá. Estoy bien, de verdad. Solo... quise hacer algo diferente. —
Yoko entrecerró los ojos, claramente desconfiada.
No soltó sus manos, como si temiera que en cualquier momento su hijo pudiera desvanecerse.
—¿Diferente? —Preguntó, su tono cargado de escepticismo.
—Sí. —
Yuya giró hacia la licuadora y sirvió un vaso de batido que había preparado. Se lo extendió con una sonrisa que buscaba tranquilizarla. Mientras una mentira piadosa se asomaba por sus labios.
—Es parte de una nueva rutina que me dieron en Arckumo. Me comprometí a seguirla. —
Yoko lo observó, todavía dudosa, pero su preocupación comenzó a disiparse. "Arckumo," pensó. "Eso tiene más sentido... aunque todavía no explica por qué está cocinando."
Yuya volvió su atención al sartén, y con movimientos hábiles, comenzó a emplatar.
—Ya que estoy despierto más temprano, pensé que sería un buen detalle hacer el desayuno. ¿Te gustaría algún aderezo? —Preguntó mientras tomaba ambos platos y la guiaba suavemente hacia el comedor.
—¿Aderezo? No, no… está bien así. —Respondió, todavía sorprendida mientras se dejaba llevar.
Cuando se sentó y Yuya coloco el plato bellamente elaborado, probó el primer bocado, y el sabor la detuvo por completo.
Era delicioso, no solo porque estaba bien preparado, sino porque hacía mucho tiempo que nadie le cocinaba.
Recordó con nostalgia los días en que su esposo intentaba sorprenderla con tostadas quemadas y café demasiado dulce. Aunque el resultado nunca era perfecto, el gesto siempre la llenaba de calidez.
Mientras Yoko comía, Yuya se sentó junto a ella con su propio plato.
Comieron en silencio, algo poco común entre ellos, pero la tranquilidad de ese momento lo llenaba todo.
Yuya, mientras daba pequeños bocados, recordó cómo en su tiempo con los camaradas de Zodiaco a menudo terminaba siendo él quien cocinaba para todos.
"Siempre decían que mi comida tenía algo especial," Pensó con una ligera sonrisa.
Era agradable volver a sentir esa conexión, aunque esta vez fuera con su madre.
Yoko lo observó por un instante, dejando el tenedor en su plato.
Su hijo había cambiado.
Quizás no lo había notado antes, pero ahí estaba, sentado frente a ella, mostrando una faceta más madura.
Ese Yuya no solo estaba creciendo físicamente, sino como persona.
—Esto está delicioso, Yuya. —Dijo con suavidad, una sonrisa cálida en su rostro.
Yuya levantó la vista, sorprendido.
—¿De verdad? Pensé que tal vez estaría muy simple. —
—No, está perfecto. —Respondió Yoko, dejando escapar un suspiro satisfecho.
El desayuno continuó sin muchas palabras, pero la calidez en la habitación lo decía todo.
Madre e hijo, una familia rota en algunos aspectos, pero unidos en ese instante por algo tan simple como compartir una comida.
Cuando terminaron, Yoko tomó la mano de Yuya antes de que él pudiera levantarse.
—Yuya… gracias. —
Él ladeó la cabeza, confundido.
—¿Por el desayuno? No es para tanto, mamá. —
—Lo es. —Respondió ella, apretando suavemente su mano. —Lo es para mí. —
Yuya sonrió, cálido y sincero, mientras ambos permanecían ahí, compartiendo un momento que, aunque breve, quedaría grabado en sus corazones como una nueva forma de acercarse, de entenderse.
El sol apenas había comenzado a trepar por el cielo cuando Yuya cruzó las puertas de la escuela.
Cada paso suyo resonaba como un tamborileo firme, seguro, que no necesitaba aprobación ni disculpas.
La brisa matutina jugueteaba con su cabello, como si quisiera celebrar el resplandor de un joven que finalmente caminaba con propósito.
El uniforme escolar, ese conjunto que antes había evitado con tanto empeño, ahora parecía encajar con una nueva versión de sí mismo.
Al principio, había elegido rechazarlo porque quería ser como su padre, un duelista de entretenimiento que marcaba su propio camino sin las reglas convencionales, sin ataduras.
En su mente, no usar el uniforme era seguir esa estela, hacerse eco de la imagen de aquel hombre.
Pero ahora, al recordar todo lo que sentía por él… al recordar el odio que guardaba por su indiferencia, todo eso cambió.
Ya no quería ser como su padre.
Ya no quería esa vida ni ese peso.
El uniforme, que antes le recordaba una identidad que no deseaba, ahora era algo diferente: un símbolo de su rebeldía.
Se lo puso, no porque quisiera ser como él, sino porque iba a demostrar que él sería mucho mejor.
La chaqueta perfectamente ajustada, la corbata impecable y los zapatos brillantes hablaban de un Yuya que, al final, había decidido enfrentarse al mundo bajo sus propios términos.
Ya no tenía que seguir las huellas de su padre; ahora caminaba con firmeza en un sendero que solo él trazaba.
Este era un Yuya que había dejado atrás la necesidad de ser alguien más.
Era él, en su más pura esencia, listo para superar la sombra de ese hombre y crear su propia historia.
Sin embargo, no todos lo veían así.
—¿Qué le pasó al payaso? —
—¿Ahora se cree alguien importante? —
—Ridículo. Seguro está buscando llamar la atención otra vez. —
Las palabras flotaban en el aire como cuchillas, pero Yuya las dejó pasar, rozándole apenas como hojas secas en un vendaval.
No necesitaba responder; su silencio era un escudo más fuerte que cualquier réplica.
Desde la distancia, Gongenzaka lo observaba con ojos muy abiertos, como si estuviera viendo a su mejor amigo por primera vez.
Su mano se apretó en un puño, no por enojo, sino por un orgullo tan intenso que lo obligaba a contenerse.
—¡Ese es Yuya! —Murmuró con una sonrisa que parecía partirle el rostro. Su tono era bajo, pero su pecho se inflaba como si hubiera querido gritarlo al mundo entero. —¡Finalmente lo entendió! ¡Finalmente está caminando como un verdadero hombre! —
Yuzu, en cambio, lo miraba con una mezcla de desconcierto y un dolor que no quería admitir.
Había esperado a Yuya como siempre, confiando en que sus pasos despreocupados aparecerían detrás de ella, pero él ni siquiera la había buscado.
Algo en su interior se torció, un sentimiento que no supo si era tristeza, enojo o celos.
"¿Por qué no me esperó? ¿Desde cuándo soy invisible para él?"
Yuzu se cruzó de brazos, un gesto que intentaba esconder la incomodidad que se apoderaba de ella.
Su expresión, sin embargo, se mantenía en una fachada de indiferencia, como si las miradas ajenas no le importaran.
Pero cuando Yuya pasó cerca, no pudo resistir la tentación de soltar ese comentario, confiando en que todos lo escucharían y se alinearían con su punto de vista.
—Vaya, parece que el niño prodigio decidió seguir las reglas por una vez. ¿Qué será lo próximo? ¿Un sermón sobre disciplina? —
El comentario flotó en el aire, como una flecha envenenada, esperando que Yuya reaccionara.
Pero, para su sorpresa, él no se detuvo.
Ni un giro, ni una mirada hacia atrás.
Su paso continuó, firme y decidido, mientras su indiferencia se clavaba más hondo que cualquier palabra.
Eso fue lo que más la molestó.
No era solo el hecho de que Yuya no le respondiera; era esa absoluta indiferencia hacia ella.
Esa sensación de ser invisible ante su mejor amigo la caló profundamente, haciendo que la rabia se apoderara de ella.
Se dijo a sí misma que no le importaba, que no necesitaba que él la viera. Pero lo cierto era que sí le importaba.
Su orgullo estaba herido.
Pronto, los murmullos comenzaron a circular entre los estudiantes, como un eco lejano que se volvió más fuerte.
Algunos, como si hubieran estado esperando el momento, soltaron sus propias críticas hacia Yuzu:
—¿Creía que con eso iba a llamar la atención? —
—Lo siento, pero no lo consiguió. Yuya parece que ya no es el mismo de antes. —
Pero había quienes también apoyaban su postura:
—Vamos, es cierto. ¿Qué le pasó? ¿No creen que está raro? —
Pero nada de eso importaba.
Los murmullos y las miradas la hicieron sentirse más pequeña, como si hubiera cometido un error y todos los estudiantes la estuviera observando.
Su rostro se tornó rojo, y el malestar creció en su pecho.
No había ninguna forma de esconderse de lo que había provocado.
Ella, que siempre había estado en el centro de la atención, ahora se veía desbordada por la indiferencia de su "mejor amigo", y eso le quemaba más que cualquier comentario.
Con los dientes apretados y la mente llena de pensamientos oscuros, Yuzu sintió una mezcla de rencor y frustración hacia Yuya, sin entender bien por qué, pero sabiendo que el niño prodigio ya no era el mismo chico que ella había conocido.
Y cuando entró al aula, las miradas de sus compañeros lo recibieron con una mezcla de desconcierto y hostilidad.
Nadie le habló, pero los susurros llenaban el aire como un zumbido venenoso:
—¿Ahora qué le pasa? —
—Tal vez perdió un duelo y se cree héroe redentor. —
—Siempre será un payaso, aunque se vista de serio. —
Yuya avanzó hasta su asiento.
Allí, sobre la superficie de su escritorio, encontró los insultos garabateados con descuido pero con clara intención de herir.
"Patético."
"Nunca serás como tu padre."
"Fracasado."
La presión en el ambiente creció.
Sus compañeros lo miraban con expectativa, como depredadores esperando que su presa diera el primer paso en falso.
Pero Yuya no era la presa.
Tomó un plumón rojo de su mochila, lo destapó con calma y, con un trazo firme, comenzó a escribir.
Sus movimientos eran seguros, casi elegantes, y cuando terminó, dejó el plumón sobre el escritorio, permitiendo que todos vieran lo que había escrito:
"Soy el mejor de todos."
La declaración, en rojo vibrante, destacaba como un grito entre los murmullos.
Yuya sonrió, una sonrisa llena de confianza, de aceptación y de algo más profundo: un desafío silencioso.
No buscaba la aprobación de nadie, y ese simple hecho lo hacía más imponente que nunca.
Se sentó en su asiento con una tranquilidad que desconcertó a todos.
Los murmullos cesaron poco a poco, y en su lugar quedó un silencio extraño, cargado de algo parecido a la admiración.
Yuzu que había llegado detrás de él, apretó los labios.
Algo en esa seguridad de Yuya la incomodaba, la hacía sentir pequeña, como si todo lo que había hecho por él hasta ahora no importara.
"Siempre he estado aquí para ti... ¿Y ahora decides avanzar sin mí?"
Mientras el maestro entraba al aula y la clase comenzaba, Yuya se permitió cerrar los ojos un momento, respirando profundamente.
Este no era el final de su batalla, pero había ganado una pequeña victoria, y con eso era suficiente por ahora.
Oh, ¿pero eso era suficiente para volver a ser él mismo?
No, al parecer no.
Cuando la hora del descanso llegó, el eco de las campanas marcó el tiempo, pero también lo hizo algo más: el autor de aquellas palabras crueles que adornaban su escritorio.
Con una postura altiva, como un rey que se cree superior, Sawatari apareció frente a Yuya, como un enemigo que solo esperaba el momento adecuado para lanzar su ataque.
—¿Crees que esto es suficiente para impresionar a alguien? — La voz de Sawatari se deslizó con veneno, cortante como un cuchillo afilado. — "El niño perdido" ahora con una fachada obediente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Te unirás al club de los perfectos? ¿O prefieres seguir como el payaso que solo existe para entretener? —
Las palabras fueron como un golpe directo al corazón de Yuya.
Pero no fue suficiente para que el joven cayera en la trampa.
No esta vez.
Yuya lo sabía.
Sabía que no era suficiente con solo caminar con más confianza.
Sabía que este era el momento, la prueba definitiva.
Era el mismo juego.
La misma pelea.
La misma lucha por demostrar quién era realmente.
Y no sería fácil.
Nunca lo fue.
Pero esta vez, algo en su interior había cambiado.
El niño prodigio ya no era un simple imitador.
Ya no necesitaba buscar la validación en los demás, ni mucho menos permitir que otros dictaran su destino.
Este nuevo Yuya era más fuerte, más decidido, más seguro de sí mismo.
La burla de Sawatari resonó en su mente como un reto, como una invitación a demostrar que estaba listo para ser quien siempre debió ser.
Yuya no se permitió titubear ni por un segundo.
Su mirada se levantó, desafiante, mientras su postura se erguía con una calma y confianza que nunca antes había mostrado.
—Entonces, prepárate. — Murmuró, sin desviar la mirada, como si sus palabras fueran la promesa de algo grande.
Algo que no se detendría ante ningún obstáculo.
Era un reto, sí.
Y él estaba listo para aceptarlo.
Este era su momento.
Esta vez, nadie lo detendría.
