Claire Kagenou x Cid Kagenou #4 - Epílogo
La Reina Iris había organizado una majestuosa fiesta en honor al sexto cumpleaños de su hijo, Andres Midgar. El salón de baile estaba repleto de nobles y distinguidos invitados, entre ellos la familia Kagenou, que se destacaba en la pista de baile.
Cid Kagenou giraba con elegancia junto a su hija, Hikari, quien reía suavemente mientras intentaba imitar los pasos de su padre. Alrededor de ellos, otras parejas disfrutaban del ambiente festivo, y en una esquina del salón, Epsilon tocaba el piano con la precisión que había perfeccionado gracias a las enseñanzas de Cid en su infancia. Su interpretación de piezas clásicas envolvía el lugar en una atmósfera de sofisticación.
Mientras giraban en la pista, Hikari levantó la mirada hacia su padre, sus ojos heterocromáticos —uno rojo y el otro violeta— brillando con curiosidad.
—¿Papá? —llamó con inocencia—. ¿Por qué tú y mamá están casados si son hermanos? Lo escuché de la tía Beta.
Cid apenas logró contener una mueca. Beta… un día de estos… Suspiró antes de responder con calma.
—Son... circunstancias complicadas —dijo encogiéndose de hombros, evitando dar explicaciones que su hija aún no necesitaba comprender.
Sin embargo, la mente de Cid viajó inevitablemente al pasado. La genética de Hikari no era como la de un niño común. Ella había nacido con la sangre de tres personas:
Su padre, Cid Kagenou.
Su madre, Claire Kagenou.
Y Violet… la mujer que, por razones que aún lo desconcertaban, había habitado el cuerpo de Claire y, en ciertos momentos, emergía tomando el control con su verdadera apariencia.
Hikari heredó esa herencia única. Su cabello largo y negro, que relucía gracias al esmero con el que ambas madres cuidaban de ella, y sus ojos de colores distintos eran prueba de esa extraña combinación.
La música cambió a un ritmo más animado, y Cid aprovechó para girar a su hija, provocando que soltara una risa contagiosa. En ese instante, Iris Midgar se acercó con su hijo Andres de la mano.
—¡Hikari! —exclamó Andres con entusiasmo—. ¡Ven a jugar con nosotros!
Hikari miró a su padre con ojos expectantes. Cid sonrió y asintió, liberando su mano.
—Ve y diviértete —dijo con suavidad.
Mientras la niña corría junto a Andres, Claire se acercó a Cid. Vestía un elegante vestido negro que resaltaba su figura, y sus ojos irradiaban calma… aunque él reconocía el leve brillo que delataba que Violet estaba al tanto.
—¿Todo bien? —preguntó Claire, tomando el brazo de Cid.
—Sí… aunque parece que Beta sigue demasiado interesada en dar información innecesaria —dijo él con resignación.
Claire soltó una risa suave. —Es parte de su encanto.
Ambos se quedaron en silencio por un momento, observando cómo Hikari jugaba con Andres y otros niños, mientras Iris observaba la escena con una sonrisa maternal.
—¿Sabes? —susurró Claire—. A pesar de todo… creo que nuestra pequeña es afortunada.
Cid asintió. —Lo es. Tiene dos madres que la adoran… y un padre que siempre estará ahí para protegerla.
Claire apoyó la cabeza en el hombro de Cid, disfrutando del momento de paz en medio de sus vidas siempre agitadas.
Y en el fondo, Epsilon cambió la melodía por una pieza suave, perfecta para un lento y emotivo cierre de aquella velada inolvidable.
••
El sol de la mañana bañaba el territorio administrado por Cid y Claire Kagenou. Lo que alguna vez fue una región modesta había crecido exponencialmente bajo su gestión, compitiendo incluso con la magnificencia de la capital. Las calles pavimentadas, los comercios florecientes y la seguridad que ofrecían las academias de espadachines habían convertido la zona en un punto de referencia en todo el reino.
Dentro de la mansión Kagenou, en la oficina principal, Cid se encontraba frente a su escritorio, revisando algunos planos mientras Akane, sentada frente a él, mantenía una expresión seria. Aunque habían pasado años desde que él era Minoru Kagenou, la conexión entre ambos seguía intacta.
—¿Estás seguro de que es el momento adecuado para esto? —preguntó Akane, cruzándose de brazos.
—Si no lo hacemos ahora, alguien más lo hará primero —respondió Cid, señalando uno de los bocetos. Era un diseño rudimentario de un vehículo móvil, una máquina impulsada por energía mágica que podía revolucionar el transporte en todo el reino.
Akane tomó el plano y lo examinó con atención. —La estructura es sólida, pero necesitarás artesanos con habilidades específicas. Este tipo de tecnología está muy por encima de lo que la gente está acostumbrada.
—Por eso tengo en mente a Eta —dijo Cid con tranquilidad—. Si alguien puede convertir esto en una realidad, es ella.
—¿Eta?
—Es la mente más brillante entre las Seven Shadows. Su conocimiento en ingeniería mágica está muy por encima de cualquiera en este reino. Solo necesita la dirección adecuada.
La duda de Akane se transformó en una leve sonrisa. —Supongo que no me sorprende. Ella fue capaz de crear los teléfonos inteligentes con el teléfono que tenía dañado.
Unos días después, Eta se encontraba en la misma oficina, rodeada de planos y diagramas. Con una pluma en la mano y un cuaderno repleto de cálculos, su mirada era seria y enfocada.
—Esto… esto no es imposible —murmuró para sí misma, con una mezcla de asombro y emoción.
—Por supuesto que no —intervino Cid—. Pero será difícil si no sigues ciertos principios.
Akane se acercó, dejando sobre la mesa un pequeño modelo de madera que representaba el chasis del vehículo.
—Aquí es donde empezaremos —explicó Akane—. El equilibrio del peso y el control del flujo de energía mágica serán claves para que el motor funcione sin sobrecargarse.
Eta observó el modelo, su mente ya comenzando a idear mejoras.
—Si fusionamos la energía mágica con una serie de conductos estabilizadores… podríamos reducir la pérdida de energía en un 20% —murmuró, sus pensamientos avanzando rápidamente.
—Exactamente —dijo Cid con una sonrisa apenas perceptible—. Y ahí es donde tú entrarás en acción.
Eta no pudo evitar una expresión de orgullo. Este desafío era justo el tipo de reto que le apasionaba.
—Denme un mes —dijo finalmente, con la mirada encendida por la determinación—. Haré que este vehículo no solo funcione… sino que sea una obra maestra.
Cid y Akane intercambiaron una mirada satisfecha. El proyecto estaba en marcha, y con Eta a la cabeza, el éxito parecía más cercano que nunca.
Una semana después, en la tranquila oficina de la mansión Kagenou, Cid se encontraba revisando el informe que Eta le había entregado esa mañana. El documento detallaba los avances en la construcción del vehículo, destacando el progreso logrado gracias a una piedra con grandes cantidades de energía mágica almacenada en su interior. Según Eta, esta piedra actuaría como fuente de energía para el motor, permitiendo un flujo constante y estable que había logrado mantener el prototipo en funcionamiento durante algunas pruebas iniciales.
Mientras Cid analizaba los datos con atención, su hija Hikari se encontraba cerca de él, sentada en un sillón junto a la ventana. Hablaba animadamente, comentando trivialidades sobre la fiesta que habían asistido días atrás, las travesuras de algunos niños en la plaza y otros temas que apenas requerían la atención de su padre.
—…y entonces el gato salió corriendo con la cinta del pastel, fue muy divertido —concluyó Hikari entre risas. Al no recibir respuesta, decidió cambiar el rumbo de la conversación.
—Papá —dijo finalmente, con un tono más serio—. Mamá me dijo que muchas de las mujeres que conoces te están esperando… esperando que las tomes como esposa o, bueno… amante.
Cid dejó lentamente el informe sobre la mesa, ladeando la cabeza para mirar a su hija.
—¿De verdad te habló de eso? —preguntó, un tanto desconcertado.
—Mmm, no exactamente —admitió Hikari—. Escuché a la tía Beta y a tía Gamma conversando sobre eso. Dijeron que estaban esperando que algún día tú… bueno… —Hikari frunció el ceño, buscando las palabras— Que formarías un gran harem o algo así.
Cid soltó un leve suspiro, dejando que su cabeza se hundiera en el respaldo de su asiento.
—No, gracias —dijo finalmente, su tono firme pero relajado—. No necesito nada de eso. Quiero tener una vida tranquila y en paz.
Hikari lo miró fijamente, intentando descifrar si hablaba en serio. Su padre no era alguien fácil de comprender, pero esta vez sus palabras parecían sinceras.
—¿En serio? Pero tía Alpha también parecía interesada… y la tía Epsilon siempre te observa de forma extraña.
Cid se tapó el rostro con una mano, mascullando algo que Hikari no alcanzó a entender.
—No importa —repitió Cid, casi para sí mismo—. Una vida tranquila, eso es lo que quiero.
Hikari sonrió levemente. —Está bien, papá. Pero no digas que no te advertí si terminas rodeado de problemas.
Cid solo se río entre dientes, sabiendo que esas "complicaciones" ya eran parte inevitable de su vida.
••
El sol apenas asomaba sobre el horizonte cuando Cid y Hikari se encontraban en el patio trasero de la mansión. El aire fresco de la mañana llenaba el ambiente, y el leve murmullo de la ciudad despertando llegaba desde la distancia.
—¿Lista? —preguntó Cid, sosteniendo su espada de madera con una sonrisa tranquila.
—¡Lista! —respondió Hikari, con los ojos brillantes de entusiasmo.
Cid adoptó una postura relajada, dejando que su espada descansara apenas inclinada. No pretendía abrumar a su hija con técnicas complejas ni forzarla a entrenar hasta el cansancio; lo que realmente le importaba era que disfrutara el momento.
Hikari avanzó con un paso firme, blandiendo su propia espada de madera. Lanzó un corte descendente, al que Cid respondió desviando suavemente el ataque con un leve movimiento de muñeca.
—Buen intento —dijo Cid—. Pero si atacas así, dejas tu costado expuesto.
—¡No te creas tan listo! —replicó Hikari con una sonrisa, girando rápidamente y lanzando un corte horizontal.
Cid lo bloqueó sin esfuerzo, pero esta vez fingió perder el equilibrio. Hikari vio la oportunidad y se lanzó al ataque, tocando suavemente el pecho de su padre con la punta de su espada.
—¡Te atrapé! —dijo orgullosa.
—Vaya, parece que he perdido —dijo Cid, soltando una risa ligera.
El entrenamiento continuó de forma relajada. Cid le enseñó a Hikari cómo medir la distancia adecuada, a encontrar su propio ritmo y a mantener una postura firme. Cada vez que ella cometía un error, él le daba un consejo sencillo, sin presionarla demasiado. Para Cid, más que entrenar, era un momento para disfrutar el tiempo con su hija.
Después de una hora, Cid dejó su espada a un lado y se estiró.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo—. ¿Quieres dar un paseo por la ciudad?
Los ojos de Hikari se iluminaron.
—¡Sí! ¡Quiero ir a Mitsugoshi! Dicen que tienen unos dulces nuevos.
Cid sonrió. Sabía que la verdadera motivación de su hija no era el paseo, sino esos dulces que tanto le gustaban.
—Está bien, vamos. —Le revolvió el cabello con suavidad—. Pero primero, vamos a cambiarnos.
Ambos se dirigieron hacia la mansión, mientras la cálida luz del sol iluminaba el próspero territorio que con tanto esfuerzo su familia había construido.
La ciudad prosperaba bajo el sol del mediodía. Las calles estaban llenas de vida, con comerciantes ofreciendo sus productos, niños correteando por las plazas y grupos de personas charlando animadamente. Los edificios modernos y bien estructurados destacaban en cada esquina, rivalizando con la majestuosidad de la capital Midgar.
Cid y Hikari caminaban tranquilamente por una de las avenidas principales. Los guardias patrullaban con calma, sus posturas relajadas pero firmes, reflejando la seguridad del lugar. Los colores vivos de los estandartes ondeaban sobre los puestos del mercado, mientras el aroma de panes recién horneados y especias dulces flotaba en el aire.
—Papá, ¿puedo llevarme esto? —preguntó Hikari, señalando un pequeño adorno de cristal con forma de flor que brillaba bajo el sol.
—Claro —respondió Cid, sacando unas monedas y entregándoselas al comerciante.
—¡Gracias! —dijo Hikari, abrazando el adorno como si fuera un tesoro.
Al poco tiempo, llegaron a la entrada del local de Mitsugoshi, donde el característico logotipo de la empresa destacaba con elegancia. El ambiente era cálido, con el aroma a pasteles y chocolate inundando el lugar.
—¿Qué quieres probar esta vez? —preguntó Cid.
—¡El pastel de frutas! Dicen que está delicioso. —Hikari se adelantó emocionada hacia el mostrador.
Mientras esperaban su pedido, una voz familiar se acercó desde el fondo del local.
—Lord Cid, qué agradable sorpresa —dijo Gamma, acercándose con una sonrisa. Su elegante vestido azul destacaba en la decoración del lugar.
—Gamma —asintió Cid—. ¿También viniste por los dulces?
—No exactamente —respondió Gamma—. Estaba revisando el estado del negocio. Aunque... supongo que no me vendría mal un pequeño descanso. —Se sentó junto a ellos y observó a Hikari con una sonrisa maternal—. ¿Cómo va tu entrenamiento, joven dama?
—¡Papá dice que voy mejorando mucho! —exclamó Hikari con orgullo.
—Así es —confirmó Cid—. Tiene buen instinto, solo que hay que ir paso a paso.
Gamma asintió con aprobación.
—Es admirable que se tome su tiempo. Una mente demasiado presionada se agota fácilmente. —Luego miró a Hikari—. Tú tienes algo especial, pequeña. Ya verás que, con el tiempo, serás incluso mejor que tu padre.
—¡¿En serio?! —exclamó Hikari, sus ojos brillando con emoción.
—Claro que sí —respondió Gamma, dándole un suave toque en la frente—. Pero primero, come tu pastel. No puedes pelear con el estómago vacío.
Los tres rieron juntos, disfrutando de aquel momento familiar en medio de la próspera ciudad que había florecido bajo la administración de la familia Kagenou.
••
El parque estaba lleno de risas y gritos alegres. Hikari corría entre un grupo de niños, jugando a atraparse mientras su cabello negro ondeaba con cada movimiento. Cid se había sentado en una banca cercana, observándola con una leve sonrisa.
Algunos habitantes que pasaban por el parque reconocieron a Cid y se detuvieron a saludarlo con respeto.
—Señor Cid, es un honor verle por aquí.
—Gracias por todo lo que ha hecho por la ciudad.
Cid respondía con un gesto amistoso, levantando la mano o asintiendo con una sonrisa discreta. Sin embargo, sus ojos nunca se apartaban de Hikari. Era su momento, y nada más importaba.
Tras un rato de juegos, Hikari volvió junto a él, sus mejillas enrojecidas por el esfuerzo.
—¿Te divertiste? —preguntó Cid, ofreciéndole un pañuelo para secarse el sudor.
—¡Mucho! Pero... —Hikari hizo una pausa, mirando hacia los canales que serpenteaban en la ciudad—. Quiero ver los peces.
Cid asintió y juntos caminaron hacia el borde del canal. El agua cristalina dejaba ver con claridad los peces de colores que nadaban en grupos, moviéndose con elegancia.
De repente, uno de los peces saltó fuera del agua, cayendo directamente en los brazos de Hikari.
—¡Ahhh! —exclamó la niña, atrapando al pez con ambas manos.
Cid no pudo evitar soltar una leve risa.
—Parece que los peces también quieren jugar contigo.
—¡No seas malo, papá! —rió Hikari mientras se acercaba cuidadosamente al canal. Con delicadeza, dejó que el pez volviera al agua, donde se unió de nuevo a su grupo.
—¿Crees que se haya perdido? —preguntó Hikari, mirando preocupada el agua.
—No lo creo —respondió Cid, colocando una mano sobre su cabeza—. Lo que pasó fue que confió en ti, así que ahora regresó tranquilo con los demás.
Hikari sonrió orgullosa, sintiendo que había hecho algo importante.
—Vamos, papá. Quiero ver más peces.
—Está bien —respondió Cid, siguiendo el paso enérgico de su hija.
El resto del paseo transcurrió con calma, disfrutando de esos pequeños momentos que, para Cid, eran más valiosos que cualquier otra cosa.
••
La feria resplandecía con luces parpadeantes que se reflejaban en los ojos curiosos de Hikari. El bullicio del gentío, las risas infantiles y el aroma de dulces y comida recién preparada llenaban el aire. Hikari iba de un lado a otro, incapaz de decidir qué hacer primero.
—¡Papá, mamá! ¡Vamos a ese puesto de tiro al blanco! —exclamó, tirando de la manga de Claire.
Cid observó el puesto, donde las personas intentaban derribar pequeñas figuras con dardos. Sonrió levemente, recordando lo fácil que sería para él.
—¿Quieres que lo intente por ti? —ofreció.
—¡Sí! Quiero ese peluche grande de dragón.
Con una precisión impecable, Cid acertó todos los objetivos en un solo intento. El tendero, sorprendido, le entregó el enorme peluche de dragón que Hikari abrazó con entusiasmo.
—¡Eres increíble, papá! —exclamó la niña, sin soltar su nuevo premio.
—Claro que lo es —añadió Claire, dándole un suave codazo a su hermano—. Pero yo también puedo ganar algo.
Claire se dirigió a otro puesto de juegos donde se requería lanzar aros sobre botellas. Con una expresión desafiante, tomó tres aros y, sin dudarlo, los lanzó en rápida sucesión, acertando cada uno de ellos.
—¡Sí! —exclamó triunfante, eligiendo un elegante adorno de cristal para su habitación.
El recorrido continuó con juegos, premios y risas, hasta que decidieron detenerse en un puesto de postres. Claire y Hikari disfrutaban de sus dulces mientras Cid sostenía su helado de fresa con chocolate.
—¿Quieres probar? —preguntó él, acercando el helado a Claire.
Ella sonrió con picardía.
—No necesito que me invites... —murmuró antes de acercarse y robarle un beso rápido.
—¿Eh...? —Cid parpadeó sorprendido.
—Mmm... sí, está sabroso —comentó Claire divertida, relamiéndose los labios—. Me quedo con el de fresa y chocolate.
Hikari, que estaba entretenida con su algodón de azúcar, alzó la vista justo en ese momento.
—Ugh... no se besen tanto —se quejó, escondiendo la cara tras su peluche de dragón—. Me da vergüenza...
—¿Pero no decías que querías que papá y mamá se llevaran bien? —preguntó Claire, divertida.
—¡Sí, pero no así! —protestó Hikari, sus mejillas enrojecidas.
—Vamos, vamos... —Cid se rió, revolviendo suavemente el cabello de su hija—. ¿Quieres subirte a la rueda de la fortuna antes de irnos?
Los ojos de Hikari se iluminaron.
—¡Sí!
La familia subió a la rueda de la fortuna justo cuando comenzaban los fuegos artificiales. Desde lo alto, las luces iluminaban el cielo nocturno con destellos dorados y plateados. Hikari, con el peluche de dragón en brazos, observaba el espectáculo con la boca abierta.
—¿Te gustó el día de hoy? —preguntó Cid en voz baja.
—¡Mucho! —respondió Hikari sin apartar la vista de los fuegos—. ¿Podemos hacerlo otra vez?
—Por supuesto —dijo Claire, apoyando su cabeza en el hombro de Cid—. Siempre que quieras.
Cid miró a su esposa e hija, sintiendo que, en esos momentos simples y tranquilos, había encontrado su verdadera paz.
