No lo puedo negar, extrañaba el olor de Zaun, una mezcla de aceite, metal quemado y algo más profundo, más viejo, algo que se aferra a la piel como un recuerdo difícil de borrar.

Es extraño estar de vuelta. Más extraño de lo que pensé.

Mientras espero en este pequeño departamento, cada sonido a mí alrededor se siente demasiado fuerte, como si el refugio intentara recordarme aquello que quise dejar atrás. La respiración irregular de los tubos, un zumbido bajo de alguna máquina, el murmullo de las voces en la calle. Todo me resulta familiar y al mismo tiempo, ajeno.

Ekko tarda en llegar. Sé que vendrá. Porque lo conozco, porque él no es de los que huyen. No como yo.

Me dejo caer en el sillón. El cuero está gastado, pero sigue siendo firme. Suspiro. Intento mantener una calma que claramente no tengo. Cada fibra de mi cuerpo me grita que me largue, que desaparezca antes de que todo esto se desmorone.

Pero no lo hago.

No esta vez.

Mis dedos juegan con el encendedor en mi bolsillo, dándole vueltas, sintiendo el peso familiar contra mi piel.

El encendedor.

El mismo que Ekko me dio hace años, con una risa traviesa y un "Pero no vueles nada más de la cuenta". Como si en ese entonces yo no hubiese sido ya un desastre con patas, aunque el siempre confío en mí, siempre creyó que yo podía ser otra cosa.

Se supone que debería haberlo dejado atrás. Como deje todo lo demás.

Pero aquí estoy.

Y entonces la puerta se abre.

Y ahí está él.

Ekko.

Por un segundo, todo lo demás se desvanece.

Mi mente intenta atrapar la diferencia entre la última vez que lo vi y ahora.

No solo son los dos años. Hay algo en su postura, en su mirada. Sigue siendo él, pero es más…solido. Más fuerte. Como si ya no cargara solo con las ruinas de Zaun, sino con algo más grande.

Por alguna razón, eso hace que me duela el pecho.

El me observa. No se mueve. No dice nada.

Y yo…

Yo también me quedo en silencio.

Quería imaginar que sería fácil, que con solo entrar, las palabras llegarían solas.

-Hola…- mi voz apenas se escucha.

Ekko cierra los puños. Su expresión cambia, tensa, endurecida.

No sé qué esperaba, pero en definitiva no era eso.

-¿Eso es todo?- su voz es afilada.

La herida en mi pecho se abre un poco más pues él es la persona que menos quiero que este molesta conmigo.

-¿Qué quieres que diga?- No es burla, ni enojo. Solo…una pregunta sincera.

Porque tampoco sé que decir.

Porque, ¿Cómo le explicas a alguien que significa mucho para ti el por qué desapareciste? ¿Por qué te convertiste en un fantasma cuando juraste en el mismo lugar donde estas ahora que nunca lo harías?

No sé cómo hacerlo.

No aún.

Porque me aterra pensar que Ekko haya continuado su vida, que me haya dejado en su pasado.

Así que solo suspiro, paso una mano por mi cabello y dejo caer las palabras que llevo repitiendo en mi cabeza desde que decidí regresar. Desde anoche cuando lo vi en los tejados.

-No pensé que…- me obligo a continuar- No preparé un discurso. No creí volver aquí.

Ekko entrecierra los ojos.

-Entonces, ¿por qué lo hiciste?

No esquiva mi mirada. Me enfrenta. Me exige la verdad.

No sé si estoy lista para dársela.

Mis dedos buscan algo en mi bolsillo. El encendedor. Su regalo. Lo sostengo, como si fuera un ancla.

Como si fuera lo único que aún prueba que no todo se ha quemado.

-Ya no quiero seguir huyendo.

Las palabras saben a ceniza en mi lengua. Porque, aunque lo haya admitido, la verdad todavía no sé cómo dejar de hacerlo.

Todavía no sé si esta vez…realmente puedo quedarme.

Ekko me observa en silencio. Su expresión es difícil de leer, pero sus ojos tienen algo que me recuerda demasiado a antes. A un tiempo donde las cosas parecían más simples.

-Entonces no lo hagas.

Suena tan fácil. Pero nada nunca lo es.

Aun así, estando aquí frente a él, por primera vez en mucho tiempo, dejo de pensar en correr.

-No quería irme…- confieso.

Ekko parpadea, y por un instante, el filo en su mirada se suaviza. Como si mis palabras fueran algo que no esperaba escuchar. Como si, por primera vez desde que entré, dudara de lo que sea que haya estado pensando de mí.

Pero la duda no dura mucho. Su mandíbula se tensa, sus ojos vuelven a esa expresión calculadora, analizando cada palabra que dejo caer.

-¿Entonces por qué lo hiciste?- Su voz sigue siendo firme, pero hay algo más ahí. Algo que no sé si es enojo o algo peor.

Trago saliva. No me gusta sentirme expuesta, pero con él podría estar abierta en canal…

-Porque si me quedaba…no sé qué habría pasado- admito, bajando la mirada por un segundo antes de obligarme a volver a verlo-. No sé si habría sobrevivido a todo lo que pasó.

La sombra de algo más cruza su rostro. Y lo sé. Sé que acaba de recordar lo mismo que yo. El caos, el fuego, las ruinas de algo que nunca pudimos sostener.

-Pero sobreviviste- dice. No es pregunta. Es un hecho. Uno que pesa demasiado.

Asiento, porque no hay nada más que decir sobre eso. Sobreviví. De alguna forma, después de todo, sigo aquí.

El silencio se instala entre nosotros, cargado, denso, Ekko cruza los brazos, pero esta vez no parece estar a la defensiva. Es como si estuviera pensando algo más.

Como si estuviera esperando una razón para creerme.

Mi pulso se acelera. No estaba lista para esto. No estaba lista para sentir cómo todo lo que dejé atrás sigue aquí, intacto, esperando a consumirme si me acerco demasiado.

Pero ya no quiero seguir huyendo.

Aprieto el encendedor en mi mano.

-No quería irme- repito, esta vez más firme.

Y entonces, sin pensar, doy un paso hacia él, sin pensarlo mucho mis brazos lo rodean.

Sus brazos me rodean, y por un instante, mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Mis músculos se tensan, no por rechazo, sino porque no esperaba esto.

Porque no sé qué hacer con ello.

Hace dos años habría dado cualquier cosa por que hiciera esto. Porque se quedara. Porque confiara en mí lo suficiente como para no desaparecer.

Pero lo hizo. Y ahora está aquí.

Mis manos se quedan en el aire por un momento. La siento temblar, apenas un poco, está llorando, no hace ruido alguno pero lo noto.

Y eso es lo que hace que mis brazos se muevan por instinto y la rodeen con una firmeza que no busco pero que simplemente está ahí.

Porque a pesar de todo sigue siendo Jinx.

Sigue siendo mi amiga y eso me jode más de lo que debería.

Porque no sé si estoy listo para perdonarla. No sé si puedo volver a confiar en ella como antes.

Pero al mismo tiempo… no puedo alejarla.

No todavía.

Cierro los ojos un segundo, dejando que el peso de su cuerpo se apoye en el mío, su cabello huele a pólvora y metal pero también a algo más. Algo que me recuerda cuando éramos niños.

Jinx no dice nada y yo tampoco, porque por ahora esto es suficiente.

Porque por ahora ninguno de los dos está huyendo.

No sé cuánto tiempo llevamos así. No quiero soltarla.

-¿Qué es eso que ahora vas a las juntas de consejo? – pregunta, rompiendo el silencio.

-¿Cómo lo sabes?

-Digamos que tengo mis fuentes- me separo un poco de ella y nuestras miradas se encuentran – Vengo con los enviados de Demacia.

Mis músculos se tensan.

-¿Demacia?

Jinx asiente.

-¿Entonces…?

-Sevika me pidió de favor que fuera en su lugar, ella tenía otras cosas que hacer aquí, con los altercados que ha habido

-¿Qué altercados? – su tono es curioso

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – le pregunto soltándola y dando un pequeño paso hacia atrás.

-Contando hoy, apenas dos días, llegamos ayer por la mañana

-¿Entonces no sabes nada sobre las explosiones en los viejos túneles del Sumidero?

-¿Debería? – Su rostro muestra confusión – Lo único que sé es que uno de los tipos que vimos anoche es parte de la tripulación de la aeronave en la que venía.

El aire en la habitación se vuelve más denso. Algo no encaja del todo y tengo la sensación de que lo vamos a descubrir muy pronto.