El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y púrpuras. Kagome ajustó la banda elástica de su coleta mientras salía del gimnasio, aun sintiendo el calor en sus músculos tras la clase de pilates. La sensación de ligereza que solía acompañarla después de ejercitarse no estaba presente esta vez. Había algo en el aire, una inquietud que no podía sacudirse.

A su lado, Koga caminaba con pasos firmes, siempre alerta. Su presencia era un recordatorio constante de la fragilidad de su situación. No era normal necesitar un guardaespaldas para ir a una simple clase, pero desde que Sesshomaru había entrado en su vida, su realidad había cambiado drásticamente. O, mejor dicho, desde que Bankotsu la había traicionado.

—¿Todo bien, Kagome? —preguntó Koga, su voz grave pero cargada de preocupación.

Ella asintió distraídamente, aunque sabía que Koga no se lo creería. Era difícil ocultarle algo; sus ojos lobunos parecían leer hasta los pensamientos más profundos. Pero Kagome no tenía ganas de hablar. No quería poner en palabras el peso que sentía en el pecho desde hacía días.

Caminaron hacia la plaza frente al gimnasio, un espacio amplio rodeado de bancos y árboles que comenzaban a perder sus hojas con la llegada del otoño. El lugar estaba tranquilo, con apenas unas cuantas personas paseando o sentadas disfrutando de la tarde. Pero entonces lo vio.

Bankotsu.

Kagome se detuvo en seco, su corazón golpeando con fuerza en su pecho. El aire pareció volverse más denso, casi irrespirable. Allí estaba él, apoyado despreocupadamente contra una farola, con esa sonrisa arrogante que una vez había encontrado encantadora y ahora solo le provocaba náuseas.

—¿Qué pasa? —preguntó Koga, deteniéndose también y siguiendo la dirección de su mirada.

—Él... —susurró Kagome, sin poder apartar los ojos de Bankotsu.

Koga entendió al instante. Su postura se tensó y dio un paso adelante, colocándose ligeramente frente a ella en un gesto protector. Pero Kagome levantó una mano para detenerlo.

—No. Déjame hablar con él.

—¿Estás segura? —La voz de Koga era un gruñido bajo, claramente en desacuerdo con la idea.

—Sí. Necesito hacerlo.

Kagome avanzó lentamente hacia Bankotsu, cada paso sintiéndose como un desafío a sí misma. Su mente era un torbellino de emociones: ira, tristeza, decepción... y algo que no quería admitir, una pequeña chispa de dolorosa nostalgia.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Bankotsu se enderezó y le dedicó una mirada que parecía querer desarmarla.

—Kagome. —Su voz era suave, casi como si nada hubiera pasado entre ellos.

Ella apretó los puños a los costados, luchando por mantener la compostura. No iba a dejar que él tuviera control sobre ella otra vez.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad.

Bankotsu se encogió de hombros, como si la respuesta fuera obvia.

—Quería verte.

Esa simple frase encendió algo dentro de Kagome. Una furia contenida que había estado acumulándose desde el día en que él la había entregado a Sesshomaru como si fuera un objeto, como si su vida no tuviera valor alguno.

—¿Verme? —repitió, su voz temblando ligeramente. Dio un paso más cerca, enfrentándolo directamente—. ¿Después de lo que hiciste? ¿Después de venderme como si fuera una mercancía?

Bankotsu suspiró y bajó la mirada por un momento, pero cuando volvió a levantarla, sus ojos brillaban con esa mezcla peligrosa de arrepentimiento y justificación.

—No fue tan simple...

—¡No te atrevas! —lo interrumpió Kagome, alzando la voz lo suficiente como para atraer algunas miradas curiosas desde los bancos cercanos—. No intentes justificarlo. Me traicionaste, Bankotsu. Me entregaste por tu propio beneficio.

Él dio un paso hacia ella, pero Kagome retrocedió instintivamente. No confiaba en él; nunca más lo haría.

—No entiendes... —comenzó a decir Bankotsu, pero ella lo interrumpió de nuevo.

—¡Claro que entiendo! Entiendo perfectamente que solo te importas a ti mismo. Que fui una tonta por confiar en ti, por... por amarte.

La última palabra salió antes de que pudiera detenerla, y sintió cómo las lágrimas amenazaban con brotar. Pero no iba a llorar frente a él. No le daría esa satisfacción.

Bankotsu pareció tambalearse por un momento ante sus palabras. Su rostro mostró algo parecido a la culpa, pero Kagome sabía mejor que nadie lo bien que él podía fingir emociones cuando le convenía.

—Kagome... —dijo suavemente, extendiendo una mano hacia ella.

Antes de que pudiera tocarla, Koga apareció a su lado como una sombra protectora. Su presencia era imponente, y Bankotsu bajó la mano lentamente al darse cuenta de ello.

—Creo que ya escuchaste suficiente —dijo Koga con un tono amenazante—. Será mejor que te vayas antes de que pierda la paciencia.

Bankotsu miró a Koga por un momento antes de volver su atención a Kagome. Sus ojos parecían suplicantes, pero ella no sintió nada más que vacío al mirarlo.

—No quiero hacerte daño —dijo Bankotsu finalmente—. Solo quería verte... y explicarme.

Kagome negó con la cabeza, su voz firme, aunque su corazón latiera con fuerza.

—Ya no importa lo que quieras. Tu oportunidad de explicarte quedó atrás hace mucho tiempo.

Bankotsu pareció vacilar por un momento antes de asentir lentamente. Dio un paso atrás y levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien. Si eso es lo que quieres...

Sin decir nada más, se giró y comenzó a alejarse, desapareciendo entre las sombras de los árboles mientras el sol terminaba de ocultarse en el horizonte.

Kagome sintió cómo sus piernas temblaban ligeramente y estuvo a punto de derrumbarse si no hubiera sido por Koga, quien la sostuvo con firmeza pero delicadeza.

—Estoy bien... —murmuró ella, aunque no estaba segura de si era verdad.

Koga no dijo nada; simplemente la guió hacia uno de los bancos cercanos para que pudiera sentarse. Kagome se llevó las manos al rostro y respiró profundamente varias veces, tratando de calmarse.

—¿Por qué ahora? —susurró para sí misma—. ¿Por qué tenía que aparecer ahora?

Koga se sentó a su lado, observándola con una mezcla de preocupación y paciencia.

—Porque los cobardes siempre vuelven cuando creen que pueden manipularte otra vez —dijo finalmente con un tono firme pero tranquilizador—. Pero no lo permitirá nadie esta vez... ni yo ni tú misma.

Kagome levantó la mirada hacia él y asintió lentamente. Koga tenía razón. Ya no era la misma chica ingenua que Bankotsu había traicionado. Había cambiado; había aprendido a ser fuerte en medio del caos que Sesshomaru había traído a su vida.

El crepúsculo termino de teñir el cielo de tonos cálidos, mientras las primeras estrellas tímidamente comenzaban a aparecer. Kagome permanecía sentada en el banco de madera, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. Los acontecimientos recientes aún resonaban en su mente como un eco distante, pero persistente. El encuentro con Bankotsu había removido algo en su interior, algo que no quería admitir ni siquiera a sí misma.

Koga, siempre alerta, se encontraba de pie a unos pasos de distancia, vigilando el entorno con la misma intensidad que un lobo protegiendo a su manada. Su presencia era reconfortante, en las últimas semanas se había convertido en un amigo.

Kagome suspiró profundamente, intentando ordenar sus pensamientos. Desde que Sesshomaru se había ido hace un mes y medio a ese dichoso entrenamiento con su espeluznante hermano, su vida parecía haber perdido un eje. No podía entender por qué sentía ese vacío, esa extraña melancolía que la envolvía como una niebla densa. Al principio, pensó que era solo el caos que Bankotsu había traído consigo, pero ahora sabía que era algo más.

Era Sesshomaru, lo extrañaba.

La idea la golpeó como una ola fría en pleno invierno. ¿Cómo era posible? Él no era más que un hombre frío y distante, mejor dicho, un vampiro que no mostraba emociones y cuyo mundo parecía girar en torno al poder y la perfección. Y sin embargo, había algo en él, algo que la atraía de una forma que no podía explicar. El recuerdo de esa declaración tan dominante aun le erizaba la piel de una manera que no podía comprender.

—¿Estás bien? —preguntó Koga, rompiendo el silencio con su voz grave pero preocupada.

Kagome lo miró y esbozó una sonrisa débil.

—Sí... solo estoy pensando.

—¿En Bankotsu? —inquirió él, frunciendo el ceño.

Ella negó con la cabeza rápidamente. No quería hablar más de Bankotsu; ese capítulo estaba cerrado, o al menos eso esperaba.

—No... en otra cosa —respondió, desviando la mirada hacia el cielo.

Koga no insistió, pero ella podía sentir su mirada fija en ella, como si intentara descifrar lo que estaba pasando por su mente. Era inútil tratar de ocultarle algo; Koga siempre había sido perceptivo con ella, aunque a veces deseara que no lo fuera tanto.

Finalmente, Kagome se levantó del banco y se estiró ligeramente.

—Deberíamos volver —dijo—. Es tarde.

Koga asintió y comenzó a caminar a su lado, siempre manteniéndose un paso por delante como si quisiera anticiparse a cualquier peligro. Kagome lo observó de reojo y no pudo evitar sentir una punzada de culpa. Sabía que Koga se preocupaba por ella más de lo que debería, y aunque agradecía su lealtad, no podía corresponderle de la forma en que él deseaba.

El camino hacia casa estaba tranquilo, Kagome amaba el jeep Wrangler que Sesshomaru había ordenado se le entregara, de cierta manera se sentía halagada y molesta; se sentía como un pajarito en una jaula de oro… claro que tenia libertades, pero el precio le asustaba.

—Gracias por todo, Koga. ¿No quieres pasar a tomar algo?

— Lo siento señorita, debo permanecer alerta.

— Recuerda que Sango vendrá dentro de un rato, por favor no la demores esta vez — dijo ella de manera juguetona, recordando la primera vez que Sango la había visitado.

El se sonrojo un poco, pero entiendo que Kagome solo estaba jugando, en el tiempo que llevaba cuidándola, se había percatado de un cierto humor ácido, un poco hilarante.

—Si necesitas algo, presiona el botón que te entregue. Estaré revisando los sistemas y las salidas — Dijo con una pequeña reverencia mientras se retiraba.

Kagome cerró la puerta detrás de él y dejó escapar un suspiro largo. Corrió escaleras arriba en dirección a su habitación, se dio un baño rápido y se vistió con una pijama de seda blanca, que Sesshomaru había comprado para ella, dejo su cabello suelto y se dirigió a la sala; donde previamente había pedido a Ayame prepara todo para una pequeña pijamita para ella y su amiga Sango.

La sala estaba perfectamente decorada, un espacio que parecía haber sido sacado de un cuento de hadas moderno. Las luces cálidas se reflejaban en los ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada, como si las estrellas hubieran descendido para mezclarse con los edificios. Había cojines esparcidos por todas partes, suaves mantas y una mesa baja donde reposaban un par de copas de vino tinto y tablas de queso cuidadosamente preparadas. En una esquina, un proyector apuntaba a una pared blanca, listo para reproducir las películas que Kagome había seleccionado con cuidado. El aroma a palomitas recién hechas inundaba el aire, mezclándose con el suave perfume a lavanda de las velas aromáticas que había encendido.

Dos camas individuales habían sido colocadas en el centro de la sala, cubiertas con edredones acolchonados y mullidos. Kagome quería que todo fuera perfecto para su noche con Sango. Después de todo, era una de las pocas personas en quien podía confiar plenamente.

Cuando Sango llegó, lucía radiante, con su cabello oscuro recogido en una trenza y una sonrisa cálida que iluminaba todo a su alrededor. Vestía una hermosa pijama rosa con corazones y traía consigo una pequeña bolsa llena de esmaltes de colores y algunas mascarillas faciales.

—¡Esto parece el paraíso! —exclamó Sango al entrar, sus ojos recorriendo la sala con admiración.

—Quería que fuera especial —respondió Kagome, abrazándola con fuerza—. Hace mucho que no tenemos una noche solo para nosotras.

Ambas se acomodaron en las camas mientras charlaban animadamente. Hablaron de cosas triviales al principio: chismes del vecindario, anécdotas del pasado y recuerdos felices que las hicieron reír hasta llorar. Pero poco a poco, la conversación comenzó a tomar un tono más serio.

—Te ves diferente, Kagome —dijo Sango mientras aplicaba esmalte rojo en sus uñas—. No sé… más madura, pero también como si estuvieras cargando algo pesado. ¿Es por Bankotsu?

Kagome sintió un nudo en el estómago al escuchar ese nombre. Se removió incómoda en su lugar y tomó un sorbo largo de su copa de vino antes de responder.

—No quiero hablar de él —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.

—Lo entiendo —respondió Sango con suavidad—. Pero sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?

Kagome asintió lentamente, pero no pudo evitar desviar la mirada hacia el ventanal. La ciudad parecía tan tranquila desde allí arriba, como si el caos de su vida no tuviera cabida en ese paisaje perfecto.

—Sango… hay algo que necesito contarte —dijo finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre ellas—. Algo que no le he dicho a nadie.

Sango dejó el esmalte a un lado y se inclinó hacia ella con expresión preocupada.

—¿Qué sucede?

Kagome respiró hondo antes de comenzar a hablar.

—Bankotsu… él me vendió, Sango —confesó, su voz quebrándose al final de la frase—. Me vendió como si fuera un objeto, como si mi vida no tuviera valor alguno.

El rostro de Sango se transformó en una máscara de incredulidad y furia.

—¿Qué? ¿Cómo pudo hacerte algo así? ¡Ese miserable! —exclamó, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Kagome negó con la cabeza rápidamente, tratando de calmarla.

—No es solo eso… hay más —continuó, su voz temblando—. Sesshomaru… él es un vampiro.

Sango parpadeó varias veces, como si intentara procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Un vampiro? —repitió lentamente, como si la palabra le resultara ajena y aterradora al mismo tiempo.

Kagome asintió, sintiendo cómo una lágrima solitaria rodaba por su mejilla.

—Y lo peor es que… creo que estoy empezando a sentir algo por él —admitió, su voz apenas audible.

El silencio que siguió fue tan pesado que parecía llenar toda la habitación. Sango la miró fijamente, como si buscara alguna señal de broma o exageración en su rostro, pero no encontró nada más que sinceridad y dolor.

—¿Él te mordió? —dijo finalmente, su voz cargada de preocupación— ¿Por eso tienes sentimientos por él?

Kagome se sonrojo al instante.

— No — abrazo su almohada, sabía que eventualmente pasaría, pero no sabia si estaba deseándolo.

—No puedo creer que hayas estado pasando por todo esto sola.

—No quería preocuparte —respondió Kagome, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Y además… ¿qué podía hacer? Estoy atrapada en este mundo extraño y peligroso, rodeada de secretos y mentiras. No sé en quién confiar realmente.

Sango se acercó y tomó las manos de Kagome entre las suyas.

—Puedes confiar en mí —dijo firmemente—. Siempre estaré aquí para ti, pase lo que pase. Pero necesitas ser honesta contigo misma, Kagome. Si estás desarrollando sentimientos por Sesshomaru… tienes que pensar bien en lo que eso significa. Él no es humano, y tú mereces algo más… algo mejor.

Kagome asintió lentamente, aunque sabía que las palabras de Sango no podían cambiar lo que sentía en lo más profundo de su corazón. Sesshomaru era frío y distante, sí, pero también había mostrado destellos de algo más… algo que la hacía querer acercarse a él, incluso cuando sabía que podía quemarse en el proceso.

La noche continuó con menos risas y más silencios reflexivos. Ambas intentaron distraerse con las películas y los tratamientos de belleza, pero las confesiones de Kagome seguían flotando en el aire como una sombra persistente.

Cuando finalmente se acostaron en las camas individuales, Kagome se quedó mirando el techo mientras escuchaba la respiración tranquila de Sango a su lado. Sabía que había dado un paso importante al compartir su verdad, pero también sabía que el camino que tenía por delante sería mucho más difícil de lo que podía imaginar.

Sesshomaru seguía siendo un misterio para ella, había estado tan poco tiempo con él y lo extrañaba de una manera que la preocupaba.

Cerró los ojos y dejó que el cansancio la venciera finalmente, dejándose caer en los brazos de morfeo.