Kagome se encontraba sola en el apartamento, el recuerdo de ese sueño tan vivido la perseguía como loca, la verdad no estaba muy contenta de estar sola en el departamento, sentía como si ella no perteneciera a este lugar, como una extraña; Ayame no se quedaba por las noches y Koga siempre estaba fuera del departamento, no se tomaba ni un solo descanso.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar los ojos dorados de Sesshomaru sobre los suyos; se sentía tan tonta extrañándolo. Aunque, por otro lado, su partida había sido una excusa perfecta para un pequeño acercamiento entre Sango y Miroku; ella estaba segura que ambos eran la pareja ideal del otro.
Aunque su mente estaba trabajando en otra cosa, la imagen de aquellos ojos dorados y hambrientos volvía a invadirla. ¿Cómo podía un simple sueño desestabilizarla de esa manera? Pero ¿y si no había sido un sueño? ¿Y si Sesshomaru realmente había estado allí, reclamándola en ese lugar entre la realidad y el delirio? Sería estúpido que la visitara de noche, solo para desaparecer por el día.
— Maldito Vampiro — Dijo mas para ella misma que para alguien más.
El cielo ya se estaba obteniendo ese ligero tono rosa azulado, como algodón de azúcar y el departamento ya comenzaba a tonarse más obscuro; Kagome tomo la ligera frazada con la que se envolvía y se encamino a su habitación; no quería admitirlo, pero extraña la presencia de Sesshomaru rondando por ahí.
Con un suspiro de frustración se puso se pijama, se lanzó a la cama, tomo la almohada y lanzo un pequeño grito de frustración contra ella. De repente, un golpe seco resonó en la puerta de su habitación. Levanto la cabeza y sus ojos se fueron directo a la puerta, ahí estaba él. Se veía más atractivo que en su sueño.
Su corazón dio un brindo de felicidad, salto de la cama, con una sonrisa en su rostro, pero a medio camino esta se desvaneció y se detuvo, al ver la expresión de Sesshomaru, su mandíbula tensa. No había rastro de la suavidad que a veces vislumbraba en él, solo una frialdad glacial que la hizo estremecer.
Sesshomaru avanzó lentamente, sus sentidos agudizados por su naturaleza. Se detuvo frente a ella, y el silencio se hizo palpable. Sus ojos la escrutaron, buscando algo que ella no entendía.
De repente, su rostro se contrajo en una mueca de disgusto. Sus fosas nasales se dilataron, y su labio superior se curvó en un gesto de desprecio.
—¿Bankotsu? —siseó Sesshomaru, su voz cargada de veneno.
Kagome palideció. ¿Cómo lo supo?, ¿Koga se lo habrá comentado? Sabia que ese encuentro le traería problemas.
— Sesshomaru, yo... — comenzó a decir, pero él la interrumpió.
— Tu aroma... está manchado — dijo, su voz un trueno silencioso. — Hueles a ese vulgar mercenario. ¿Qué estabas haciendo con él?
— Me lo encontré en la plaza hace unos días — dijo ella un poco nerviosa y viendo hacia el suelo — le pedí que no se me acercara.
— Mientes — Grito el mientras sus ojos comienzan a verse rojo sangre
— No sé por qué tipo de mujer me tomas — suplicó Kagome, sintiendo las lágrimas picar en sus ojos.
Ella se giro para evitar que la viera derramando alguna lagrima, no volvería a llorar nunca por nadie, furiosa se dirigió al baño para encerrarse; cerro la puerta de un portazo y le puso llave, recargo su frente en la pueta, esperando escuchar al Lord Marcharse.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Por un momento, pensó que él se había marchado. Pero entonces sintió algo... una presencia detrás de ella. Antes de que pudiera reaccionar, unos brazos fuertes la rodearon y la giraron bruscamente.
Sesshomaru estaba ahí, tan cerca como el día que la acorralo en su estudio. Pero no había deseo en sus ojos, los cuales brillaban con un rojo intenso, y su expresión era una mezcla peligrosa de rabia y deseo.
—No vuelvas a darme la espalda —siseó, su voz baja pero cargada de amenaza.
Kagome intentó apartarse, pero él no se movió ni un centímetro. En cambio, se inclinó hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a solo unos centímetros de distancia.
—Eres mía —repitió, su aliento rozando su piel—. Y te lo demostraré si es necesario.
Ella lo miró con desafío en sus ojos oscuros, aunque por dentro temblaba como una hoja al viento.
—Yo no soy de nadie—dijo con voz firme — No soy un objeto
Sesshomaru dejó escapar un gruñido bajo y peligroso. En un movimiento rápido y casi brusco, abrió la puerta del baño caso arrendándola del marco, la levantó en brazos y la llevó hasta la cama. La dejó caer sobre el colchón con poca delicadeza, pero no hizo ningún movimiento para acercarse más.
—Si tanto deseas estar sola —dijo finalmente, sus ojos volviendo brevemente a su tono dorado habitual—, aquí te quedarás encerrada hasta que aprendas tu lugar.
El portazo resonó con fuerza, como un trueno en medio de una noche silenciosa, y el eco de la madera reverberó por el pasillo. Sesshomaru caminaba con pasos firmes, casi salvajes, mientras su mente era un torbellino de emociones que no lograba controlar. Su mandíbula estaba tensa, y sus garras se apretaban en puños tan fuertes que sus nudillos se tornaron blancos. La furia y los celos lo consumían, quemándole por dentro como un fuego inextinguible.
¿Cómo podía Kagome atreverse a desafiarlo de esa manera? ¿Cómo podía permitirse estar cerca de ese miserable humano, Bankotsu? Sesshomaru cerró los ojos por un instante mientras caminaba, intentando calmar el hervidero de pensamientos que lo atormentaban. Pero no podía. La imagen de Kagome, con su sonrisa brillante, su aroma dulce y su mirada llena de vida, estaba grabada en su mente como un tatuaje imborrable. Y ahora ese aroma… ese aroma que él adoraba estaba contaminado por la presencia de otro hombre.
—Inaceptable —murmuró para sí mismo, su voz baja pero cargada de veneno.
¿Acaso no entendía Kagome que ella le pertenecía? Que él la había escogido, entre todas las almas insignificantes de este mundo, para ser su "Consorte". No era una simple humana; era suya. Suya para proteger, suya para poseer, suya para siempre.
Cuando finalmente llegó a su despacho, cerró la puerta con un movimiento brusco y se dejó caer en la silla frente al escritorio. Sus ojos dorados se clavaron en la ventana que daba a la ciudad. Las luces titilaban a lo lejos, pero no lograban apaciguar el caos que sentía en su interior. Había perdido el control frente a Kagome, algo imperdonable para alguien como él. Pero la idea de otro hombre cerca de ella… ¡de ese hombre! Era más de lo que podía soportar.
El sonido de pasos apresurados lo sacó de sus pensamientos. La puerta se abrió sin previo aviso, y ahí estaba él: Inuyasha. Su hermano menor entró con esa actitud despreocupada que siempre lograba irritarlo.
—Vaya, vaya… —dijo Inuyasha con una sonrisa burlona mientras se cruzaba de brazos—. Así que el gran Sesshomaru también tiene debilidades. ¿Quién lo diría?
Sesshomaru alzó la mirada lentamente, sus ojos dorados fulminando a su hermano con una mezcla de advertencia y desprecio.
—No estoy de humor para tus tonterías, Inuyasha —espetó con frialdad.
Inuyasha soltó una risa seca y dio unos pasos hacia el escritorio, ignorando la tensión palpable en el aire.
—¿Tonterías? Vamos, hermano, no me hagas reír. Es bastante irónico verte así, consumido por los celos por una humana. Ahora entiendes cómo me sentí yo con Kikyo —remarcó el nombre con intención, disfrutando del ligero cambio en la expresión de Sesshomaru—. Aunque claro, tú siempre te creíste superior a mí, ¿verdad?
Sesshomaru se levantó de la silla con movimientos controlados pero cargados de amenaza. Se acercó a Inuyasha con una gracia letal que hizo que su hermano retrocediera un paso instintivamente.
—No compares tus patéticas obsesiones con lo que yo siento —dijo en un tono bajo, casi un gruñido—. Tú no tienes idea de lo que es proteger algo que realmente importa.
Por un instante, algo en el rostro de Inuyasha cambió. Su habitual arrogancia se desvaneció, y su mirada se suavizó. Bajó la vista y murmuró casi para sí mismo
—No eran patéticas obsesiones… Me enamoré. Me enamoré como un loco y ni siquiera lo vi venir.
Sesshomaru lo observó en silencio, estudiando cada palabra y gesto de su hermano. Aunque le costaba admitirlo, las palabras de Inuyasha tocaron una fibra sensible en él. Porque él también estaba atrapado en esa tormenta. No podía negar que Kagome lo estaba volviendo loco. Y aún no la había probado… aún no había marcado su esencia como algo indiscutiblemente suyo.
Inuyasha levantó la mirada y esbozó una sonrisa triste.
—¿Ya sabes dónde está tu mujer? —preguntó, deliberadamente evitando mencionar el nombre de Kikyo
—No — Inuyasha frunció el ceño ante el término "tu mujer", pero no dijo nada—. Miroku no ha logrado localizarla y Myoga tampoco ha tenido éxito.
—El vínculo aún no se ha roto —añadió después de un momento—, pero cada día es más débil.
Sesshomaru entrelazó las manos y las apoyó sobre el escritorio. Su expresión se endureció aún más al escuchar esas palabras.
—Eso es peligroso —dijo en un tono grave.
—Lo sé —respondió Inuyasha simplemente antes de girarse hacia la puerta.
Sesshomaru lo observó salir sin decir nada más. Cuando quedó solo nuevamente, dejó escapar un suspiro pesado y cerró los ojos por un instante. Odiaba haberse ido tanto tiempo a entrenar con Inuyasha, pero se sentía satisfecha, su hermano podía controlar más su sed alrededor de los humanos, pero ese maldito de Bankotsu había aprovechado para acercarse a ella.
El simple pensamiento hizo que sus garras se hundieran en la madera del escritorio. Ese humano despreciable… Lo mataría la próxima vez que lo viera. No importaba qué tan lejos tuviera que ir o qué precio tuviera que pagar; Bankotsu pagaría por atreverse a poner sus manos sobre lo que era suyo.
