Capítulo 34: Frío cálido

—" imposible ".Biju/Bestia Hablando.

—" por ella ", Pensamiento de personajes.

—" ¿como olvidarte? ", Pensamientos de Biju/Invocación/Bestia.

—"interesante ". Personaje hablando.

Ningún personaje de Naruto o la serie rwby me pertenece, este trabajo es por mero entretenimiento, de antemano gracias por leer este fanfic

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Mucho tiempo había transcurrido desde su última visita a aquel lugar. El aire gelido, punzante como agujas de hielo, la recibió con una crudeza que le caló hasta los huesos.

Weiss se había acostumbrado tanto al clima cálido y envolvente del reino de Vale, que el frío glacial de su hogar ancestral se sentía como una afrenta, un recordatorio doloroso de lo que había dejado atrás.

Weiss Schnee había regresado a su hogar, la majestuosa mansión Schnee, un bastión de elegancia y frialdad que se alzaba imponente contra el horizonte nevado. Sin embargo, en su corazón, anhelaba estar en cualquier otro lugar. Cada copo de nieve que caía, cada ráfaga de viento helado, reavivaba recuerdos que preferiría mantener enterrados en las profundidades de su memoria.

A pesar de haber crecido entre los muros de esta fortaleza de hielo, Weiss nunca había sentido afinidad por el frío. La ironía no escapaba a su percepción: su familia, los Schnee, estaban intrínsecamente ligados a la esencia misma de este clima inhóspito. Quizás, pensó, la excepción a la regla había sido su bisabuelo, un pirata de espíritu libre cuyas hazañas resonaban en las páginas de la historia familiar.

Ella caminaba por los pasillos de la mansión, Weiss sintió el peso de las tradiciones y expectativas que la había aprisionado durante tanto tiempo.

El frío no solo la rodeaba, sino que también parecía emanar de las paredes, de los retratos de sus antepasados, de la atmósfera misma del lugar. Era un frío que le recordaba la soledad, la presión y la falta de libertad que había experimentado en su infancia.

Tras la devastadora caída del reino de Vale, su padre, con una insistencia implacable, la había traído de vuelta a la gélida mansión Schnee. Weiss, con una rebeldía que ardía en su interior, se había negado rotundamente. Las súplicas se transformaron en disputas acaloradas, y estas, a su vez, en enfrentamientos físicos con los guardias de su padre. Cada golpe, cada intento de resistencia, era una manifestación de su desesperación. Al final, la superioridad numérica y la habilidad de los cazadores de su padre la doblegaron. Weiss, aún en entrenamiento, se vio impotente ante la fuerza abrumadora que la rodeaba. Ni siquiera la esperanza de la ayuda de sus amigas pudo materializarse.

Blake, siempre enigmática, había huido en medio del caos. El corazón de Weiss se resquebrajó ante la partida de su compañera. La amistad que creía sólida como el hielo se había desvanecido en la bruma de la incertidumbre. Se preguntó si alguna vez su amistad había significado algo, si Blake siquiera pareció compartir sus inquietudes antes de desaparecer en la noche.

Yang, su compañera de batallas, yacía en un letargo profundo, víctima de las heridas infligidas durante la caída de Vale. La pérdida de su brazo era un recordatorio constante de la fragilidad de la vida y de la impotencia de Weiss ante el sufrimiento de sus seres queridos. La culpa la consumía, un frío paralizante que se extendía desde su interior.

En cuanto a su líder, Ruby Rose, la incertidumbre reinaba. La encontraron en la cima de la torre de la Academia Beacon, inconsciente y con su aura peligrosamente debilitada. La preocupación se mezclaba con la confusión, mientras Weiss se preguntaba qué secretos ocultaba el desmayo de su líder.

La ausencia de Naruto era un peso adicional en su corazón. Los informes de Ren, Nora y Jaune la habían dejado con un nudo en el estómago. Naruto se había quedado atrás para enfrentarse a Sasuke, un nombre que evocaba un temor visceral en Weiss. Había presenciado la magnitud del poder de Sasuke, una fuerza que desafiaba toda lógica y razón. La idea de Naruto enfrentándose a tal monstruosidad la llenaba de pavor.

A pesar de la oscuridad que la rodeaba, Weiss se aferraba a la esperanza de que Naruto hubiera sobrevivido. Sin embargo, la realidad era sombría. La devastación que había presenciado, las ciudades reducidas a escombros por la batalla entre Naruto y Sasuke, le hacían temer lo peor. La posibilidad de que su amigo hubiera perecido en la contienda era un pensamiento que la atormentaba, un frío punzante que se instalaba en su alma.

En última instancia, Weiss se encontró de vuelta en su hogar, un lugar que evocaba más resentimiento que calidez. La mansión Schnee, con su imponente presencia y su atmósfera gélida, se erguía como un recordatorio constante de su familia disfuncional. Su padre, un hombre cuya ambición y crueldad no conocía límites, ejercía su poder con mano de hierro. Su madre, una figura distante y etérea, se había refugiado en un mundo de sombras, ausente tanto física como emocionalmente. Y su hermano menor, un ser arrogante y desdeñoso, parecía deleitarse en la miseria de los demás.

En cuanto a Winter, la hermana mayor de Weiss, la decepción era un sentimiento amargo que se instalaba en su corazón. Winter, siempre distante y reservada, se había sumergido por completo en sus deberes militares. Ni siquiera en estos tiempos de tribulación, cuando Weiss más necesitaba un apoyo familiar, Winter había ofrecido una palabra de consuelo o un gesto de afecto. La distancia entre ellas se había convertido en un abismo helado, impenetrable e insalvable.

Weiss se había recluido en su habitación, buscando refugio en la soledad. El mundo exterior, con sus incertidumbres y tragedias, parecía lejano y ajeno. Ignoraba el destino de Ruby, desconocía el estado de Yang y se negaba a preocuparse por Blake. La traición de su ex compañera había dejado una herida profunda, una cicatriz que se negaba a sanar. Blake había elegido el camino de la huida, abandonando a sus amigas en el momento de mayor necesidad. Weiss no estaba dispuesta a perdonar esa deserción.

Sin embargo, había una preocupación que consumía sus pensamientos, una inquietud que la mantenía despierta por las noches. Naruto. La imagen de su amigo, enfrentándose a un enemigo formidable, la atormentaba. Necesitaba saber si estaba vivo, si había sobrevivido a la batalla. Esa era la única certeza en medio de la confusión y el caos: la necesidad de saber que Naruto estaba a salvo.

Y allí estaba ella, una vez más, en su habitación, contemplando el paisaje nevado a través de la ventana. Los amaneceres, atardeceres y anocheceres se habían fusionado en una monotonía gris, donde el paso del tiempo se había vuelto indistinguible.

La luz del sol parecía rehusarse a penetrar la atmósfera gélida que envolvía la mansión Schnee, o quizás, pensó Weiss, era su propia percepción la que se había nublado, incapaz de discernir la diferencia entre el día y la noche.

Para orientarse en el laberinto del tiempo, Weiss recurría a un ostentoso reloj de madera que colgaba en la pared de su habitación. Un objeto que detestaba con fervor, una reliquia de la opulencia y el mal gusto. Aunque conocía la mecánica de sus manecillas y la interpretación de sus números, le resultaba absurdo dependiendo de un artilugio tan arcaico. ¿Por qué molestarse en descifrar la posición de las agujas cuando su pergamino personal le ofrecía la hora exacta, en números claros y precisos?.

La opulencia, reflexionó Weiss, era una carga que había aprendido a despreciar. La sencillez de la vida en Vale, con su practicidad y funcionalidad, le había enseñado a valorar la utilidad sobre la ostentación. El reloj de madera, con su caja de la mejor calidad, sus manecillas de oro y sus engranajes de platino, era un símbolo de todo lo que rechazaba. En contraste, su pergamino, con su reloj digital, su reproductor de música, su cámara fotográfica y sus múltiples funciones, representaba la modernidad y la practicidad que tanto apreciaba.

Sí, quizás sus pensamientos sonaban a los de una niña mimada, pero en su situación, la rebeldía era su única forma de escapar. Deseaba con todas sus fuerzas abandonar la mansión Schnee, liberarse de las cadenas de su pasado y encontrar su propio camino. Anhelaba la libertad, la compañía de sus amigos.

La idea de escapar había cruzado su mente en innumerables ocasiones, pero la astucia de su padre, Jacques Schnee, era un obstáculo formidable. Debía reconocer, con una mezcla de resentimiento y admiración, que la inteligencia de su padre era un legado innegable.

Jacques había desplegado una red de seguridad impenetrable alrededor de la mansión. Cazadores altamente entrenados, veteranos con años de experiencia, vigilaban cada rincón de la finca. Ni un solo paso podía dar sin que su padre lo supiera.

La vigilancia era constante, implacable, una jaula invisible que la mantenía prisionera.

Esta era la realidad de Weiss Schnee, un ave que había creído liberarse de su jaula dorada, solo para encontrarse nuevamente atrapada entre sus barrotes.

La ilusión de libertad se había desvanecido, dejando al descubierto la cruda realidad de su cautiverio. La mansión Schnee, se había convertido en su prisión personal.
Como en los días de su infancia, Weiss se refugiaba en la ventana de su habitación, contemplando el paisaje nevado. Sus ojos buscaban un punto de fuga, una señal de esperanza que le permitiría escapar de su encierro. Anhelaba la llegada de un salvador, un alma valiente que la rescatara de su jaula dorada. Soñaba con el día en que pudiera desplegar sus alas y volar lejos de la mansión Schnee, lejos del control de su padre, lejos de la soledad que la consumía.

Weiss, con la mirada fija en el horizonte que se abría tras el cristal de su ventana, murmuró, casi para sí misma,— "Supongo que el reloj del ya ha marcado las ocho de la mañana". La escena que se desplegaba ante sus ojos era un cuadro de melancolía persistente. Desde su infancia, la vista no había variada, un jardín desolado, donde la vida vegetal parecía haber cedido ante la aridez, un páramo de ramas esqueléticas y un banco solitario.

Sin embargo, desde su regreso a la mansión, un nuevo elemento se había sumado a la sombría composición: la figura de su madre, Willow Schnee, sentada en aquel banco con una quietud pétrea. Una brisa gélida se colaba entre las ramas desnudas, y Weiss no pudo evitar una punzada de preocupación.

—"¿Acaso no siente el frío?", se preguntó en voz baja, sabiendo que no habría respuesta. La imagen de su madre, tan frágil y expuesta a la intemperie, despertó en ella una mezcla de inquietud y curiosidad.

Cada mañana, como un ritual inquebrantable, Willow tomaba asiento en el banco al despuntar el alba, permaneciendo allí hasta el mediodía. Luego, el fiel mayordomo Klein la acompañaba de vuelta a la mansión, donde seguramente tomaría un refrigerador antes de regresar a su puesto en el jardín. Y así, día tras día, la rutina se repetía, una danza silenciosa que culminaba al caer la noche.

Weiss se encontró absorta en un laberinto de interrogantes. ¿Qué anhelo secreto mantenía a su madre cautiva en aquel banco?, ¿Qué esperanza o recuerdo la impulsaba a cumplir con aquella cita diaria? .Y sobre todo, ¿qué significado se ocultaba tras aquella mirada perdida, aquellos ojos que parecían buscar algo más allá del horizonte visible?.

La expresión de Willow era un enigma, una amalgama de anhelo y resignación, como si esperara el retorno de un fantasma o la llegada de un sueño largamente postergado.

La mansión Schnee, con su imponente arquitectura y sus salones otrara llenos de vida, parecía ahora un escenario de sombras y silencios. Los ecos del pasado resonaban en los pasillos vacíos, y Weiss sintió que su madre, sentada en aquel banco, era la guardiana de un secreto ancestral, un misterio que se resistía a ser desvelado. Cada mañana, al verla allí, Weiss se preguntaba si algún día lograría descifrar el enigma que se ocultaba tras aquella mirada, si lograría comprender el anhelo que mantenía a Willow Schnee prisionera de su propia rutina.

La escena en el jardín era un poema visual, una metáfora de la soledad y la espera. Las ramas secas, como brazos extendidos hacia el cielo, parecían implorar una lluvia que nunca llegaría. El banco, testigo silencioso de innumerables amaneceres y atardeceres, guardaba en sus entrañas las confidencias de Willow, los susurros de sus recuerdos y las lágrimas de sus esperanzas. Y Weiss, desde su ventana, observaba aquel cuadro con la misma fascinación que un poeta contempla un verso inconcluso, buscando en cada detalle una pista que la acercara al corazón de su madre.

Weiss, sumida en la contemplación de la extraña transformación que había experimentado su madre, omitió un detalle crucial en sus reflexiones anteriores. El tiempo transcurrido desde su partida de la mansión había dejado una huella palpable en Willow Schnee, una metamorfosis que desconcertaba a Weiss. La imagen que ahora se presentaba ante sus ojos era la de una mujer que parecía haber emergido de un letargo, una figura que oscilaba entre la lucidez y la ensoñación.

La fragancia embriagadora del alcohol, antaño un aroma omnipresente en la presencia de su madre, había desaparecido. Sin embargo, Weiss percibió una bruma sutil, una alteración en la mirada de Willow que sugería un estado de conciencia alterado. ¿Acaso se trataba de una nueva forma de embriaguez, un elixir desconocido que había reemplazado al licor en las venas de su madre? La respuesta se le escapó, pero una certeza persistía: Willow, aunque capaz de entablar conversaciones esporádicas, no habitaba por completo el mismo plano de realidad que Weiss.

Este atisbo de interacción, por fugaz que fuera, representaba una novedad absoluta en la relación entre madre e hija. Jamás, en los anales de su memoria, Willow había mostrado tal disposición a comunicarse.

Era como si un velo se hubiera levantado, revelando por un instante un destello de la persona que se ocultaba tras la fachada de la adicción.

En cuanto a su hermano, la situación no ofrecía mayores sorpresas. El joven Schnee persistía en su ensimismo, encerrado en su habitación como un ermitaño en su celda. ¿Qué misterios o maquinaciones ocupaban sus horas? A Weiss le resultaba indiferente. Su única preocupación radicaba en que su hermano mantuviera la distancia, que no osara perturbar su paz con su presencia o sus maquinaciones.

En medio de sus cavilaciones, la voz de Klein resonó al otro lado de la puerta, anunciando la llegada del desayuno. —"Señorita Schnee", pronunció el mayordomo con su tono habitual de cortesía, —"he trajo su desayuno".

Un suspiro se escapó de los labios de Weiss. La perspectiva de interactuar con alguien, incluso con el afable Klein, la abrumaba. Sin embargo, la cortesía, una cualidad arraigada en su educación, la impulsó a responder. No podía permitirse el lujo de ser descortés, especialmente con Klein, el único habitante de aquella mansión que despertaba en ella un mínimo de simpatía.

Con un gesto de cortesía, Weiss indicó la entrada: "Puedes pasar, Klein".

Klein, con la diligencia que lo caracterizaba, abrió la puerta de la habitación con sumo cuidado. En sus manos, sostenía una bandeja de plata, cuyo contenido, presumiblemente el desayuno de Weiss, permanecía oculto bajo una cubierta. Weiss, aunque consciente de la necesidad de nutrir su cuerpo, sentía una profunda aversión hacia la comida. Sin embargo, la razón se impuso al deseo, y ganó la bandeja con una leve inclinación de cabeza.

Mientras Klein disponía el desayuno sobre la mesa, Weiss lo observaba con detenimiento. Notó una sombra de inquietud en el rostro del mayordomo, una expresión que no le era ajena, pero que en ese momento parecía cargada de un significado particular.

—"Klein",comenzó Weiss, con voz suave pero firme,—" he notado un comportamiento extraño en mi madre últimamente. ¿Podrías explicarme qué sucede?".

Klein vaciló un instante, como si sopesara sus palabras. Luego, con un tono enigmático, respondió: "—Lady Willow espera".

—"¿Espera?",preguntó Weiss, frunciendo el ceño.—" ¿A quién espera?".

Klein bajó la mirada, como si temiera revelar un secreto prohibido.—"A un caballero", respondió, con voz apenas audible.

Weiss sintió un escalofrío recorrer su espalda. La respuesta de Klein, lejos de aclarar sus dudas, las había intensificado.—"¿Un caballero? ",repitió Weiss, con incredulidad.—"¿Qué clase de caballero?".

Klein permaneció en silencio, con la mirada fija en el suelo. Weiss sintió una punzada de frustración. Sabía que Klein poseía la respuesta, pero algo le impidió revelarla.

—"Klein",insistió Weiss, con voz apremiante.—"necesito saber qué sucede. Mi madre no está bien, y temo por ella".

Klein levantó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de Weiss. En ellos, Weiss vio una mezcla de lealtad y tristeza.

—"Lady Weiss",dijo Klein, con voz solemne,—"Lady Willow espera a un caballero que vendrá a rescatarla".

Las palabras de Klein resonaron en la habitación, cargadas de un simbolismo que Weiss no logró descifrar. ¿Rescatarla de qué?, ¿De quién? .Las preguntas se agolpaban en su mente, buscando una respuesta que Klein no podía o no quería darle.

—"¿Y quién es ese caballero?" ,preguntó Weiss, con un hilo de voz.

Klein negó con la cabeza, con un gesto de resignación.
—"No puedo decirlo, Lady Weiss",respondió,—"Solo puedo decir que Lady Willow lo espera con ansias".

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Con un movimiento preciso, Weiss ejecutó un corte giratorio fulminante, justo en la unión del codo robótico. El metal cedió con un chirrido metálico, y la extremidad se desprendió del cuerpo del autómata. No hubo gritos, ni quejidos, solo el sonido seco del metal al romperse. Para Weiss, la ausencia de sufrimiento era un alivio; la idea de infligir tal daño a un ser vivo la atormentaba.

La lucha no era por victoria, sino por contención. Weiss se agachó con agilidad, esquivando un golpe que habría destrozado su postura. Con un barrido de piernas, derribó al robot, su cuerpo metálico estrellándose contra el suelo. Sin dudarlo, clavó su arma en el pecho de la máquina, atravesando su corazón. Luego, activó un mecanismo oculto, liberando una descarga de Polvo eléctrico que fundió los circuitos internos del robot, dejándolo inerte.

Un segundo autómata se balanceó sobre ella, buscando aplastarla con su fuerza bruta. Weiss giró sobre sus talones, esquivando el golpe por un margen milimétrico.

La joven cazadora invocó un glifo bajo sus pies, impulsándose con una explosión de velocidad. El robot, a pesar de sus avanzados programas de reacción, fue incapaz de seguir sus movimientos. Weiss se movía a una velocidad que aún la mareaba, una sensación de vértigo y visión de túnel que la acompañaba cada vez que aumentaba su velocidad. A pesar de años de entrenamiento, no lograba dominar esa sensación por completa. Se preguntaba cómo su hermana Winter lo hacía, si acaso había encontrado una forma de superar ese límite. Tal vez, algún día, Winter compartiría ese secreto con ella.

Era una bendición que sus glifos le permitieran detenerse con precisión, cambiar de dirección en un instante. Normalmente, Weiss evitaba usar esta velocidad extrema en combate, ya que la inercia al detenerse era brutal. Se limitaba a un aumento de velocidad manejable. Pero la situación exigía más, y Weiss se adaptó.

Con un golpe certero, clavó su arma como una estaca en la pierna del robot, perforando el suelo. La máquina quedó inmovilizada, atrapada en el pavimento. Weiss, con sus manos libres, agarró la cabeza del robot. Su mano derecha se cerró sobre la barbilla metálica, mientras que la izquierda sujetaba la parte superior del cráneo. Con un giro brusco de 180 grados, seguido de un tirón hacia arriba, la cabeza del robot se desprendió del cuerpo con un crujido metálico.

La batalla contra los robots había sido sorprendentemente sencilla. Estos autómatas, con su software de procesamiento avanzado y tiempos de reacción mejorados, representaban una nueva generación de amenazas. Sin embargo, no fueron rivales en la habilidad y determinación de Weiss.

La joven cazadora se movía con una gracia letal, su espada trazando arcos de luz mientras repelía los ataques. Cada golpe era preciso, cada movimiento calculado. Weiss no se permitió ni un momento de duda, su concentración inquebrantable. La lucha no era solo una prueba de habilidad, sino también de resistencia. Weiss sabía que debía mantenerse alerta, que cualquier error podría ser fatal.

Algunos observadores podrían cuestionar su estilo de lucha actual, y con razón. Weiss no solía pelear de esta manera. Su técnica habitual era elegante, metódica y precisa, cada golpe ejecutado con una frialdad calculada. La brutalidad que ahora emanaba de sus movimientos era un contraste marcado con su estilo habitual.

De hecho, su forma de pelear había experimentado un cambio radical. Los movimientos, la forma en que manejaba su estoque, grababan inquietantemente a la forma en que Naruto luchaba en numerosas ocasiones.

Weiss había observado a Naruto en secreto en la sala de entrenamiento de la Academia Beacon, fascinada por su técnica. Lo había visto entrenar incontables veces, tanto en la academia como en los bosques circundantes, siguiéndolo a menudo sin ser detectado.

A pesar de que sus estilos eran opuestos, compartían un enfoque común en la precisión y la velocidad. Sin embargo, la brutalidad con la que Naruto luchaba era un elemento que Weiss nunca había poseído. La forma en que Naruto peleaba no era la de alguien entrenado para combatir a los Grimm, sino la de un guerrero acostumbrado a enfrentarse a humanos. Sus ataques se dirigieron siempre a puntos vitales, con una ferocidad que sugería una familiaridad inquietante con la anatomía humana.

Weiss se preguntaba qué experiencias habían moldeado el estilo de lucha de Naruto, qué batallas lo habían llevado a adoptar una técnica tan despiadada.

Ahora, con todo lo que había sucedido desde la caída del Reino de Vale, Weiss reconocía la eficacia del estilo de Naruto para aniquilar a cualquier adversario.

Había estado repasando sus movimientos en su mente cada día, durante cada sesión de entrenamiento, esforzándose por imitarlos lo mejor posible. Era lo más cerca que podía estar de su amigo/enamorado, una relación no oficial que la llenaba de pesar. Se lamentaba por no haber confesado sus sentimientos, por haber dejado pasar tantas oportunidades.

Sin embargo, Weiss era consciente de que estaba lejos de alcanzar el nivel de Naruto. Le faltaba algo, una chispa que él poseía y que ella no lograba replicar. Cada vez que intentaba imitar sus movimientos, la frustración la invasión. Por más que estudiara sus técnicas, por más que intentara predecir sus acciones, no lograría igualarlo. Se sentía como un autómata, incapaz de capturar la esencia de su estilo. Pero a pesar de la frustración, Weiss perseveraba, progresando lentamente, paso a paso.
Weiss observó el campo de batalla, una docena de robots desmembrados yacían a sus pies. Había tardado exactamente cinco minutos en eliminarlos. Un suspiro de frustración se escapó de sus labios.

—"Naruto los habría acabado en dos",murmuró, su voz cargada de engaño. La comparación era inevitable, y el resultado, desalentador. Weiss sabía que no era justo compararse con Naruto, que él era un guerrero excepcional, pero no podía evitar sentirse inferior. La imagen de Naruto, moviéndose con una velocidad y precisión inhumanas, se grabó en su mente, grabándole la distancia que aún la separaba de su objetivo.

En la mente de Weiss, Naruto era una figura excepcional, un individuo que trascendía los límites conocidos. Tenía que admitirlo, él era superior a ella en todos los aspectos, y superaba con creces a cualquier otro estudiante de Beacon. Naruto nunca había perdido un combate de entrenamiento en la academia, una hazaña que, aunque impresionante, no era única. Pyrrha también era invencible, una fuerza imparable.

De hecho, a simple vista, Naruto no parecía destacar en nada en particular. Era atractivo, atlético, inteligente... pero no nos desviemos del tema.

El punto era que Naruto sobresalía entre todos, pero no de una forma que pareciera inalcanzable. O eso era lo que Weiss y muchos de sus compañeros se decían a sí mismos, especialmente Yang, quien había sufrido una derrota humillante a manos de Naruto en las clases de combate.

Weiss grababa las palabras de Yang, su voz cargada de frustración y un toque de admiración,— "Es como si tuviera un sexto sentido, como si pudiera anticipar cada movimiento". Weiss había escuchado comentarios similares de otros estudiantes, todos desconcertados por la habilidad de Naruto para predecir y contrarrestar sus ataques. Incluso los profesores parecían intrigados por su técnica, una mezcla de velocidad, precisión y una intuición casi sobrenatural.

Pero todo cambió aquel día, el día en que la Brecha sacudió el Reino de Vale. Cuando Roman Torchwick, con su astucia maquiavélica, destruyó las vías subterráneas que conectaban Mountain Glen con Vale, liberando una horda de Grimm que invadió la ciudad, la verdadera naturaleza de Naruto salió a la luz.

Weiss recordaba aquel día con una mezcla de frustración y temor. Recordaba su enfrentamiento con Sasuke, la humillación de ser superada sin piedad. Ella y su equipo fueron aplastados, sin oportunidad alguna de contraatacar. Cada vez que creían tener una ventaja, Sasuke tomaba el control, dominando la situación con una frialdad escalofriante. Estuvieron al borde de la muerte, y solo la misericordia de Sasuke les permitió sobrevivir.

Ni siquiera Glynda Goodwitch, una de las cazadoras más poderosas de Remnant, pudo hacerle frente a Sasuke. La profesora, normalmente imperturbable, fue derrotada sin siquiera lograr herirlo. Weiss también recordó la llegada de Qrow Branwen, el legendario cazador de cabello negro y ojos rojos, cuya reputación precedió a su presencia. Había investigado sobre él, descubriendo un historial de hazañas que lo convertían en una leyenda entre los cazadores.

Pero ni Goodwitch, ni Qrow, ni ningún otro cazador presente pudo hacerle daño a Sasuke. Todos fueron superados con facilidad, demostrando una diferencia abismal en sus habilidades.

La desesperación se apoderaba de Weiss, la sensación de impotencia ante un enemigo tan poderoso.

Fue entonces cuando apareció Naruto.

El enfrentamiento que presenciaron fue de una naturaleza singular, una danza de brutalidad y poder primigenio. Ambos contendientes se negaron a ceder terreno, la sangre derramada testimoniaba la ferocidad del choque. Y, lo más sorprendente de todo, Sasuke resultó herido.

La incredulidad se apoderó de Weiss al escuchar que Naruto se había enfrentado a Sasuke en solitario, que había luchado en igualdad de condiciones contra aquel monstruo. Le resultaba inconcebible. Si cuatro estudiantes aspirantes a cazadoras no habían logrado ni siquiera rozarlo, si ni siquiera Qrow Branwen y Glynda Goodwitch habían podido infligirle daño, ¿cómo era posible que Naruto, un estudiante de Beacon como ellas, hubiera podido equipararse a semejante adversario?

Pero sucedió.

En ese momento, Weiss comprendió la magnitud de la brecha que la separaba de Naruto. Le pareció que, por mucho que se esforzara, jamás podría acortar la distancia que los separaba.

La envidia carcomía a Weiss, un sentimiento amargo que se mezclaba con la frustración por su propia debilidad. Se sintió impotente, consciente de que jamás alcanzaría el nivel de Naruto.

La desesperanza la invasión, sabiendo que su habilidad se estancaba, que a este paso, incluso si lograba escapar de la mansión, no tendría oportunidad alguna contra Sasuke o Cinder Fall, o cualquier otro enemigo formidable.

La imagen de Naruto, luchando con una destreza y poder que parecían trascender los límites humanos, se grabó en su mente, recordándole la distancia insalvable que los separaba. Weiss se sintió como una espectadora, observando desde la orilla cómo Naruto se elevaba hacia alturas inalcanzables.

—"Necesito un respiro",sentenció Weiss, su voz cargada de frustración. Abandonó la sala de entrenamiento, buscando un espacio donde pudiera despejar su mente, donde pudiera replantear su estrategia de entrenamiento. Sabía que debía encontrar un nuevo enfoque, una forma de superar sus limitaciones. La batalla contra los robots había sido un recordatorio brutal de su propia insuficiencia, de la necesidad de evolucionar, de transformarse en una cazadora más fuerte, más capaz.

Weiss se prometió a sí misma que no se rendiría, que encontraría la manera de alcanzar su potencial, de estar a la altura de las circunstancias.

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¡Uf, qué hartazgo! Weiss se sentía como un pez atrapado en una pecera de cristal, había explorado cada maldito rincón de esa mansión. Se había metido en las habitaciones de la servidumbre, husmeado en la cocina, correteado por los patios de juego... ¡Había visto hasta el último jarrón! Solo le quedaban dos zonas prohibidas: la oficina de su padre y el dormitorio de sus padres.

Y es que, para colmo, sus padres dormían en habitaciones separadas. Weiss jamás había cruzado el umbral de ninguno de esos santuarios privados.

La habitación de su padre siempre le había parecido un misterio impenetrable, un lugar donde se tejían planos y se tomaban decisiones que afectaban a todo el imperio Schnee. La sola idea de entrar allí le producía una mezcla de curiosidad y asco, como si estuviera a punto de descubrir los secretos más profundos de su familia.

En cuanto a su madre, bueno, ella solo usaba su habitación para dormir. Antes de que Weiss se largara a Beacon, su madre se refugiaba en su 'habitación privada', un cubículo lleno de libros y botellas de vino caro. Weiss nunca la vio leer ni una sola página, pero sí la vio vaciar más de una botella.

Pero desde que regresó a la mansión, su madre había cambiado de rutina. Ya no se encerraba en su habitación privada ni se le veía con una copa en la mano. Aunque Weiss sospechaba que seguía bebiendo a escondidas, no tenía pruebas. Pero tampoco le extrañaría en lo más mínimo.

Y como ya se había aburrido de explorar cada recoveco de la mansión, y como no era muy fan de las redes sociales, Weiss decidió darse un garbeo por los jardines. Aunque llamarlos 'jardines' era un eufemismo, aquello era más bien un páramo helado, tierra árida y muerta por el frío de la región. Solo se veían ramitas secas de lo que alguna vez fueron flores.

Así que Weiss se adentró en aquel paisaje helado, y sin darse cuenta, se encontró caminando hacia donde estaba su madre. La vio sentada, con la mirada perdida en sus pensamientos. Le vinieron a la mente las palabras del mayordomo:

—"Su madre espera a un caballero".

Weiss no tenía nada mejor que hacer, y tal vez hoy, solo tal vez, una corazónnada, o quizás la necesidad imperiosa de tener una conversación con su madre, de recibir un consejo, aunque no fuera el que esperaba, o al menos de saber si estaba bien, aunque no lo admitiera en voz alta, Weiss se preocupaba mucho por su madre.

Se acercó a ella con cautela, como si temiera romper un hechizo. Su madre tenía la mirada fija en el horizonte, perdida en sus propios pensamientos. Weiss se detuvo a unos metros de distancia, sin saber qué decir.

—"Buenas tardes, madre", dijo Weiss con su acostumbrada educación.

—"Weiss, querida", respondió Willow con una sonrisa amable, aunque con un toque de sorpresa. No era común que su hija se acercara a ella para charlar, y menos para saludarla. Y Willow era consciente de que, en gran medida, esa actitud era culpa suya. No tenía excusas, así era ella.

—"¿Puedo sentarme?", preguntó Weiss, señalando el espacio libre en el banco.

—"Me encantaría", dijo Willow, dando unas palmaditas en la fría madera del banco. Al poco tiempo, su hija se sentó a su lado. El silencio que se instaló entre ellas era un poco incómodo, sí, pero para Willow no tenía un sé qué de agradable. No sabía cómo se sentía su hija con respecto a esta extraña convivencia, pero a ella le gustaba mucho. Compartir, aunque fuera en silencio, aquel espacio con su hija era como una especie de bálsamo para su alma afligida.

Se quedaron sentados allí durante un buen rato. Weiss no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. ¿Una hora? Probablemente. pero ninguna de las dos parecía dispuesta a moverse.

Willow observaba a su hija de reojo. Weiss tenía la mirada perdida en el horizonte, con una expresión pensativa. Willow preguntó qué estaría pensando. ¿Estaría grabando sus días en Beacon? ¿Estaría preocupada por algo?

—"¿Cómo has estado, madre?", preguntó Weiss, tratando de romper el hielo.

—"Estoy bien", respondió Willow, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

Y otra vez, el silencio incómodo se instaló entre ellas. Weiss se removió en el banco, con una inquietud que la hacía parecer un manojo de nervios. Willow, en cambio, se mostró serena, con una sonrisa suave y contemplativa.

Un largo suspiro se escapó de los labios de Weiss. ¡Ay, las conversaciones con su madre! Siempre terminaban igual: en un callejón sin salida. No tenían nada de qué hablar, o al menos eso parecía. Y cuando lo intentaban, solía acabar en reprimendas por parte de Weiss, o en evasivas y melancolía por parte de Willow. El resultado final era siempre el mismo: Weiss enfadada y Willow sumida en su tristeza.

—"Es un paisaje hermoso", dijo Willow, con voz tranquila, señalando el horizonte.

Weiss siguió su mirada y se encontró con un panorama desolador: ramitas secas, nieve y más nieve. La verdad, una decepción. Podía entender que alguien encontrara belleza en aquel paisaje helado, pero ella no era esa persona. Detestaba aquel lugar, con su frío perpetuo y su desolación.

—"Sí... es muy bello", dijo Weiss, más por compromiso que por convicción. No quería discutir, no quería enfadar a su madre. Pero tampoco podía fingir que veía belleza donde solo había desolación.

Willow irritante, como si supiera que su hija no estaba siendo sincera. Pero no dijo nada. Se limitó a contemplar el paisaje, con una expresión que reflejaba su propia melancolía.

Weiss preguntó qué estaría pensando en su madre. ¿Estaría recordando tiempos mejores?, ¿O simplemente estaría sumida en sus propios pensamientos, ajena a todo lo que la rodeaba?

—"Puede que su belleza no se extienda en la magnitud de los colores que podría presentar un atardecer del Río o una Gema, pero la simplicidad del blanco que se manifiesta ante mis ojos se me es más bello", dijo Willow, con una voz suave y contemplativa.

—"Puf", Weiss tuvo que reprimir una carcajada. ¡Dios! En verdad quería reírse. ¡Estas palabras!, ¡Carajo! Sonaban mucho a Naruto. De verdad, el idiota de vez en cuando se ponía poético y se ponía a decir cosas extrañas. Weiss entendía el punto de sonar elegante, pero contrastaba mucho porque Naruto no era elegante, Naruto era salvaje. Claro, era educado, pero el comportamiento de Naruto no era para nada lo que se esperaría de un hombre de alta cuna. ¡Y estaba bien! Naruto no era alguien de alta cuna. Pero bueno, trataba de sonar como tal, era simplemente divertido, le quedaba, pero no, simplemente no, era divertido para ella.

—"Jajaja", y entonces su madre empezó a reír también. Extraño para Weiss, pues no recordaba la última vez que su madre se rió. Recordaba que se había reído alguna vez, sí, pero era más porque estaba bajo los efectos del alcohol. Cualquier borracho se ríe de cualquier cosa, pero esta vez su madre se reía con gracia, divertida, sus ojos perdidos en el horizonte, recordando un hermoso recuerdo. Lo sabía porque ella también ponía esos ojos cuando recordaba a Naruto.

Weiss se sorprendió al ver a su madre reír así. Era una risa genuina, llena de alegría, como si un peso se hubiera levantado de sus hombros. La imagen de su madre, siempre tan seria y distante, se desvaneció por un momento, y Weiss vio a la mujer que había sido antes, la mujer que la había amado y cuidado.

El corazón de Weiss se llenó de una calidez inesperada. Quería unirse a la risa de su madre, compartir ese momento de felicidad. Pero no sabía cómo hacerlo. Se limitó a sonreír, observando a su madre con una mezcla de sorpresa y ternura.

—"Lo sé, eso simplemente salió de la nada, ¿verdad?", su madre se veía tan relajada, Willow se recostó en el banco, mirando el cielo nevado.

—"Pareciera que lo que dije salió del siglo pasado, ¿verdad?", la risa dentada de Willow era soñadora. Vaya, Weiss tenía que admitirlo, su madre, a pesar de tener esa edad, no la aparentaba. Era muy hermosa, nadie diría que tenía 40 años, una parecía mujer de veintiocho o treinta, muy bien conservada.

—"Él lo hacía todo el tiempo, era muy divertido. En serio, siempre se ponía a recitar alguna frase extraña al deslumbrarme con su oratoria. Sabía que trataba de sonar genial, pero no le quedaba, él no es así, él era más un bárbaro, un aventurero, pero cuando trataba de sonar como un poeta, siempre me maravillaba, porque su ambigüedad me resultaba hilarante", Willow esbozó una ligera sonrisa y Weiss arqueó. una ceja. ¿Quién era 'él'?

—"Al igual que cuando me sacaba de mi habitación para explorar todo el reino de Atlas o cuando se ponía a leerme un libro y yo tenía que explicarle las palabras que él no entendía porque nunca las había escuchado", continuó Willow, con la mirada perdida en sus recuerdos.

Weiss se sintió intrigada. ¿Quién era ese hombre que había hecho reír a su madre, que la había llevado a explorar el reino y que le había leído libros?, ¿Un amigo? ,¿Un amante? La pregunta ardía en su lengua, pero no se atrevió a hacerla.

Willow suspir, como si regresara de un largo viaje.

—"Tenía una forma muy peculiar de ver el mundo", dijo, con una sonrisa nostálgica.— "Siempre encontré belleza en las cosas más simples, en las cosas que otros pasaban por alto. Me enseñó a ver el mundo con otros ojos".

Weiss se quedó en silencio, tratando de procesar las palabras de su madre. Nunca la había visto hablar así, con tanta pasión y cariño. Era como si una parte de ella, una parte que había estado oculta durante mucho tiempo, estuviera saliendo a la luz.

—"A ver, a ver, ¿quién es ese 'él' del que tanto hablas?", preguntó Weiss, frunciendo el ceño con curiosidad.

—"Mi caballero", respondió Willow con una sonrisa que no terminó de convencer a Weiss.

—"¿Tu caballero?, ¿Qué clase de caballero es ese?", insistió Weiss, cruzándose de brazos.

—"Un caballero de esos de cuento, ¿sabes? .Con armadura brillante, valiente, inteligente y con un montón de sueños", explicó Willow, con un brillo especial en los ojos.

Weiss se rascó la nuca, un poco confundida. —"A ver, ese caballero tuyo... ¿es real o te lo has inventado?", preguntó directamente, aunque con un poco de tacto. Le preocupaba que su madre, con su historial de alcoholismo, estuviera fantaseando. —"Es que, ya sabes, con lo tuyo...", añadió en voz baja.

Willow soltó una risita suave y se frotó las manos, como si tuviera frío.— "A veces me lo pregunto yo también", confesó, con una mirada pensativa. —"Es real. Pero a veces pienso que mi cabeza me está jugando una mala pasada, que la soledad me ha afectado tanto que me he inventado a alguien para no sentirme tan sola".

Weiss se quedó en silencio un momento, procesando la información.— "Pero... ¿cómo es él?", preguntó finalmente, con curiosidad genuina. —"No sé, cuéntame algo más".

Willow entusiasmada, como si estuviera recordando un momento feliz.— "Es... diferente", dijo, con un suspiro.— "Tiene una forma de ver el mundo que me hace sentir que todo es posible. Es como si pudiera ver la belleza en las cosas más pequeñas, y me hace sentir que yo también soy capaz de verla. Además, siempre me hace reír, incluso cuando estoy triste. Y me escucha, de verdad me escucha, como si lo que tuviera que decir fuera lo más importante del mundo".

Weiss ascendió, aunque todavía no estaba del todo convencida. —"Suena... especial", admitió.— "Pero, ¿dónde lo conociste? ,¿Cómo es que nunca lo he visto?".

Willow se encogió de hombros, con una sonrisa misteriosa.— "Es una larga historia", dijo.— "Y tal vez, algún día te la cuente".

Vaya, las palabras de Willow le dieron un vuelta al corazón a Weiss. No se imaginaba que su madre se sintiera así. Sabía que era infeliz, pero no que se sintiera tan sola.
Aunque, pensándolo bien, debía haberlo visto venir. Su madre se había casado con un tipo que no la amaba, que solo la nosotros para hacerse con su fortuna y su apellido, y para darle tres herederos: una hija mayor que se unió al ejército y se desentendió de la familia, ella misma, la segunda hija que iba por el mismo camino, aunque aún no había cortado lazos del todo, y su hermano menor, un mocoso que era la viva imagen de su padre.

Sí, Weiss se sintió tonta por no darse cuenta de que, de cierto modo, Willow y ella eran iguales: solas y desdichadas, atrapadas en una jaula de oro.

Pero Willow no tenía a nadie en quien apoyarse. Weiss, gracias al cielo, tenía a sus amigas, y esperaba seguir teniéndolas.

Weiss, con la ceja arqueada, miraba a su madre. La imagen del tal caballero era un misterio total. Sabía que Willow lo tenía en un pedestal, pero ¿cómo era el tipo en realidad?.

— "A ver, mamá, suéltalo. ¿Cómo es básicamente el susodicho?", preguntó Weiss, con un tono que mezclaba curiosidad y un ligero fastidio.

Willow, como si se transportara a otro mundo, suspir.— "Él es... como el sol. ¡Pristino y profundo!".

Weiss puso los ojos en blanco. —"Aja, muy poético, pero, ¿puedes ser un poco más específico?".

Willow parpadeó, como si volviera a la realidad. —"Ah, sí. Es rubio y tiene ojos azules".

Weiss soltó un bufido. —"¡¿Y por qué no dijiste eso desde el principio?!".

Willow se encogió de hombros, con una sonrisa pícara. —"Me gusta darle un toque de drama".

Weiss rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. Su madre era única.— " Bueno, al menos ahora sé que no es un ogro verde", pensó Weiss. Aunque, conociendo a su madre, nunca se supo. Una vez le había descrito a un florista como 'un alma de pétalos y rocío', y resultó ser un tipo calvo con un tatuaje de dragón en el brazo.

Weiss recordó que ella también tenía sus propias descripciones extrañas para sus amigos, especialmente para Naruto.

—"No puedo creer que mamá se ponga así por un tipo", murmuró Weiss para sí misma, mientras Willow seguía divagando sobre las virtudes del misterioso rubio.

— "Es como si estuviera hablando de un príncipe de cuento de hadas", pensó Weiss, con una sonrisa irónica. —"Aunque, pensándolo bien, Naruto tampoco se queda atrás con sus descripciones épicas".

Recordó la vez que Naruto le había descrito un plato de ramen como 'una sinfonía de sabores que te transporta al paraíso'. Weiss había terminado con la cara roja de tanto reír, mientras Naruto seguía con su discurso apasionado sobre la textura de los fideos.

—"Supongo que todos tenemos nuestras formas de ver el mundo", concluyó Weiss, con una sonrisa

Weiss, con el ceño fruncido, lanzó la pregunta que le rondaba la cabeza.— "A ver, mamá, ¿este tipo es... no sé... un amigo especial o algo más?".

La idea de que su madre tuviera un amante la ponía de los nervios. ¡Por todos los dioses!, No quería ni imaginárselo. Willow y su padre se llevaban como el perro y el gato, su matrimonio era un puro trámite, pero seguían casados. Si Willow quería darse cuenta de la fuga con el caballero rubio, que se divorciaría primero. Aunque solo pensar en la batalla legal le daba dolor de cabeza. Imagínense la burocracia que supondría un divorcio con la mujer del hombre más rico del mundo.

— "Él es mi caballero", respondió Willow, con una sonrisa misteriosa.

Weiss parpadeó. ¿Un caballero?, ¿Qué se suponía que significaba eso? ,¿Era un amigo de la infancia?, ¿Un guardaespaldas con ínfulas? ,¿Un admirador secreto?. La imaginación de Weiss empezó a volar, y no precisamente hacia escenarios románticos.

— " mamá, ¿podrías ser un poco más clara?, Porque 'mi caballero' suena un personaje de novela ", dijo Weiss, con una pizca de sarcasmo.

Willow se río. —"Es que no hay otra forma de describirlo. Es... mi protector, mi confidente, mi... caballero".

Weiss suspir. — " Vale, vale, entiendo. Es tu amigo con privilegios de caballero andante", pensó Weiss. —"Menos mal que no es un amante secreto", se dijo, intentando convencerse a sí misma.— "Aunque, conociendo a mamá, nunca se sabe".

—"Con una constancia que raya en lo inquebrantable, he observado que usted ocupa este mismo asiento desde el alba hasta el crepúsculo", comenzó Weiss, su voz modulada con suavidad, aunque la gélida ventisca de la región amenazaba con disiparla. —"La espera, sin duda, le consume".

—"Así es", respondió Willow, esbozando una sonrisa de una dulzura conmovedora. Sus ojos, otros apagados, ahora irradiaban un brillo etéreo, un reflejo de emociones que templaban el frío ambiente. —"Desafortunadamente, el se vio compelido a partir, pues debía cumplir con un compromiso ineludible. Sus oficiales superiores requerían su presencia. Además, el Festival Vital, un evento que anhelaba con fervor, le ofrecía la oportunidad de demostrar su valía. Y, por supuesto, la tragedia acaecida en el reino de Vale... Solo puedo albergar la esperanza de que se encuentre a salvo".

Weiss carraspeó, un ligero gesto de incomodidad ante la información revelada. La mención de la caída del reino de Vale, un suceso ampliamente difundido por el general Ironwood, no era precisamente una novedad.

Y luego, ¡zas!, la mención del festival Vital. A Weiss se le hizo un nudo en el estómago al escuchar eso de 'mi caballero quería participar en esa competición de cazadores'. ¡Uf! Sonaba a que el tal caballero era un novato, un cazador en pañales. Y eso no le hacía ni pizca de gracia. Normalmente, los cazadores en entrenamiento andaban por su edad, y la idea de que su madre estuviera... ¿relacionándose? con uno de esos jovenzuelos le revolvía el estómago.

Weiss se puso más tiesa que una tabla, pero intentó mantener la compostura. — "A ver, Weiss, cálmate", se dijo a sí misma. — "No todos los cazadores en entrenamiento son unos críticos". Podría ser un tipo más maduro, de unos 28 o 30 años, de esos que se ganan la vida a espadazo limpio contra los Grimm, pero que nunca lograron entrar en una academia de renombre. Esos que se buscan la vida como pueden, y que ven en el festival Vital una oportunidad de oro para hacerse un nombre.

—"¡Sí, eso tiene que ser!", pensó Weiss, rezando a los dioses hermanos para que su teoría fuera cierta. No se imaginaba a su madre, la mismísima Schnee, tonteando con un jovenzuelo que podría ser su hijo. ¡La sola idea le daba arcadas! ¡Sería como ver a un león viejo persiguiendo gacelas!
Y si la gente se enterara... ¡Madre mía!, ¡Los tabloides se harían un festín!

[ "¡Primicia mundial! ¡La matriarca Schnee y su toy-boy cazador!"]. ¡Sería el escándalo del siglo! ,Weiss se imaginó los titulares

[ "¡Willow Schnee, cazadora de corazones!". O peor aún:[ "¡Schnee Senior, pillada in fraganti con un cazador en entonces!". ¡El mundo se iría al garete!.

Weiss se llevó las manos a la cabeza.— "¡ No, no, no! ,¡Esto no puede estar pasando!", exclamó, con los ojos como platos. —"¡Mi madre no puede ser una... puma!".

¡Qué horror! ¡La mismísima Willow Schnee convertida en una cazadora de jóveneszuelos! ¡El mundo se había vuelto loco!

Además, la mención de 'oficiales' y 'superiores' por parte de su madre llevó a Weiss a deducir que el cazador en cuestión debía pertenecer a las fuerzas militares de Atlas. La lógica era irrefutable: Atlas era la única potencia en Remanente con un ejército organizado.

—"¿Cree usted que regresará?", inquirió Weiss, procurando no transmitir malicia ni socavar las esperanzas de su madre. Sin embargo, la reciente incursión en el reino de Vale había sido un evento sin precedentes, una catástrofe que Weiss jamás había imaginado. De hecho, ningún habitante de Remanente había presenciado una invasión de tal magnitud. La ferocidad del ataque había cobrado numerosas vidas, tanto de cazadores como de militares y civiles. El caballero al que su madre se refería podría haber sucumbido en la contienda.

Para sorpresa de Weiss, Willow no mostró signos de pánico ni cuestionó la inquietud de su hija. Por el contrario, permaneció imperturbable, incluso irradiando una serenidad inusual.

—"Él regresará, estoy segura, pues me lo ha prometido", afirmó Willow con convicción.—"Soy consciente de que las promesas pueden ser tan efímeras como una hoja de papel, que a menudo carecen de valor. No obstante, para él, una promesa es un vínculo inquebrantable. Me lo ha demostrado en innumerables ocasiones, por lo que sé que cuando me asegura algo, cuando me promete algo, cumplirá su palabra. Regresará a mi lado".

Ciertamente, Weiss anhelaba poseer la misma seguridad que su madre. La noción de una promesa inquebrantable, de alguien que jamás faltaría a su palabra, le evocaba inevitablemente la figura de Naruto. Ese caballero de brillante armadura comenzaba a asemejarse peligrosamente a... Naruto.

Los ojos de Weiss se abrieron de par en par, y un sudor frío perló su frente. La idea que acababa de cruzar su mente le resultaba repulsiva. Lentamente, giró la cabeza hacia su madre, renuente a creer lo que su mente le sugería. La posibilidad era, a todas las luces, absurda, una entre un millón. Sin embargo, Naruto había relatado sus viajes por Remanente durante su juventud, o más bien, su juventud relativa.

La idea de que Naruto y su madre se hubieran conocido en el pasado, y que ella, Weiss, lo hubiera ignorado por completo, no le parecía del todo descabellada. En aquella época, su vida se centraba exclusivamente en el entrenamiento, y todo lo demás pasaba inadvertido.

—"¿P-Podría usted d-decirme el nombre de este caballero?", inquirió Weiss con voz temblorosa, tartamudeando ante la magnitud de la revelación que temía escuchar.

En un instante que trascendió la mera expectativa, antes de que la madre de Weiss pudiera siquiera articular un murmullo, un suspiro, o trazar una sola letra en el aire helado, su expresión se transformó por completo. Sus ojos, que momentos antes reflejaban la gélida soledad del invierno, se abrieron con una amplitud inusitada, revelando un brillo cálido y amoroso. Una sonrisa, pura y radiante, iluminó su rostro, una sonrisa que hablaba de una felicidad profunda, de un reencuentro largamente anhelado. Era la mirada de quien avista a un amigo perdido tras años de separación, o la dicha de una doncella que, al fin, encuentra a su amado tras una espera interminable. Su presencia se llenó de una luz que irradiaba afecto, una dicha que inundaba el ambiente, como si una brisa cálida hubiera disipado el frío glacial.

Weiss, intrigada por la súbita metamorfosis de su madre, dirigió su mirada hacia donde ésta observaba con tanta intensidad. Sus ojos, al igual que los de su progenitora, se abrieron con sorpresa ante la visión que se presentaba ante ellas. A través de la espesa nevada y el aire gelido, una figura masculina se acercaba con paso firme, dejando huellas marcadas en la nieve.

Su atuendo, un impecable uniforme militar del ejército de Atlas, revelaba su rango.

Las estrechas franjas que adornaban sus hombros y pecho indicaban su posición: ¡especialista! Weiss reconoció al instante ese rango, el mismo que ostentaba su hermana mayor.

El hombre que se presentó ante ellas irradiaba una presencia que captaba la atención. Sus ojos, de un azul celeste, centelleaban con una vivacidad que contrastaba con su cabello rubio, indómito y salvaje, que parecía tener vida propia. Una sonrisa confiada curvaba sus labios, revelando una seguridad que parecía emanar de lo más profundo de su ser.

Weiss, absorta ante la escena, se encontró incapaz de articular palabra alguna. Jamás imaginó que su madre hablaría de un caballero, y mucho menos que ese caballero sería, de entre todas las personas, aquel hombre. Un torbellino de emociones la invadió, una mezcla de sorpresa, curiosidad y una pizca de desconcierto.

No transcurrió mucho tiempo antes de que el hombre se acercara a ellas, con la gracia y el porte de un ciervo que se postra ante su reina. Con un gesto de suma reverencia, se arrodilló y tomó entre sus manos las de Willow, ignorando por completo la presencia de Weiss. Su estaba completamente centrada en su madre, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido.

—"Has regresado a mí, como siempre lo haces, porque me lo prometiste", expresó Willow con una felicidad que rozaba las lágrimas. Su voz, cargada de emoción, revelaba un anhelo largamente contenido.

—"He vuelto a usted, mi señora, como lo prometí, como usted lo demandó", respondió el hombre, clavando sus ojos en los de Willow, radiante de alegría al verla. Con un gesto de ternura infinita, depositó un beso suave y delicado como la seda sobre la mano que sostenía, un símbolo de su devoción y respeto.

—"Cuéntame todo lo que has vivido, cuéntame de tus viajes, Jaune Arc", susurró Willow, con una voz que denotaba una profunda fascinación.

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Les pido disculpas por los errores ortográficos y les invitan a que me compartan sus ideas para mejorar la historia.

Les advierto que algunas cosas pueden no tener mucha lógica, así que agradezco cualquier sugerencia.

También les informo que me he tomado algunas licencias creativas con algunos personajes y que no seguiré al pie de la letra el canon original.

Les doy las gracias por su apoyo, espero que les guste lo que he escrito hasta ahora y que me acompañen en esta aventura literaria. ¡Un abrazo!

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