¡Buenas noches! ¿Pensaron en que me había olvidado de actualizar? ¡Pues no! Ya llegué y traigo un poquitín de drama, pero todo sea en nombre de la ship y de avanzar con la trama de este fic (que se suponía tenía que ser corto). Sin más, ¡muchas gracias por leer y apoyar esta historia a su manera!


Agitation


Cuando se acercó a saludar encontró su sonrisa relajada y una mirada que invitaba a creer que no existía ni una gota de estrés tensando sus músculos. Era como si la razón que mantuvo al cácher tan pensativo durante los últimos cuatro días hubiera desaparecido cuando aquella dulce mujer apareció y entabló una animada y tendida plática con él.

Lo que evidenciaba que el asunto en cuestión nunca estuvo relacionado con el béisbol, sino con él, con su familia. Y Kazuya, tan cuidadoso de su vida personal, jamás se pronunciaría al respecto. Era imposible. Ella lo sabía y aun así quería conocer los detalles que perturbaron su humor y su sueño aquella noche en la posada.

Mas supo que esa respuesta tendría que imaginársela, planteársela porque la dinámica de la conversación cambió cuando ella se integró.

—Oh, Sora-chan, qué gusto volverte a ver.

—Me alegra encontrarme nuevamente con usted, Honoka-san.

—Por cierto, abuela. Ya no deberías desperdiciar tu tiempo enviándole recetas y consejos gastronómicos a esta glotona perezosa.

Su sonrisa se agrandó.

—Deberías ser tú el que tuviera que guardar reposo por dos semanas y no Furuya-kun.

—¿Y quién llevaría a la gloria al equipo este fin de semana?

—Yui-kun, Ono-kun... Estoy segura de que lo harán grandioso contra Naruta. Así que podemos prescindir de tus servicios.

—Kazuya, no digas más. Tú te lo buscaste.

—¿Escuchaste todo lo que me dijo y aun así estás de su lado?

—Mi apoyo moral es lo mínimo que merece por soportar tus bromas y comentarios burlones —señalaba con un falso aire de reprensión—. Y dime, ¿ya usaste el nuevo teléfono que te compramos tu abuelo y yo?

—He estado ocupado. No he tenido tiempo... Además, el chip no es el mismo.

—Siempre con pretextos. En eso te pareces tanto a tu padre.

Sora escuchaba atentamente su falsa discusión. Sonreían animadamente como un par de secuaces que guardan en común muchos secretos y vivencias conjuntas. Una complicidad que jamás tuvo con su abuela y que ya no perseguía como cuando era una niña pequeña de primaria.

La recordaba peinándole el cabello, arreglándoselo con listones de tonalidades pastel mientras elegía el vestido a juego con el que saldría a pasear con ella.

Aquella mujer de porte elegante y apariencia inmaculada nunca desperdiciaría su valioso tiempo sosteniendo una conversación tan banal.

—Con su permiso. Yo me paso a retirar.

No quería ser un tercero indeseable. Tampoco enfrascarse en los recuerdos con aquella anciana a la que su sociedad familiar la obligaba pasivamente a llamarla abuela.

—Sora-chan, ¿por qué no vienes conmigo de compras?

Su inesperada invitación la dejó callada momentáneamente. No se suponía que emergiera una propuesta como esa.

—Planeo ir al centro comercial a comprarle una nueva muda de ropa a Kazuya. Asimismo, arreglaré el inconveniente con su nuevo celular.

—Ya te dije que no es necesario. Tengo suficiente ropa. Y mi viejo celular sigue siendo competente.

—También pasaremos a comer algo delicioso. No debes preocuparte por la comida.

Honoka le agradaba. La respuesta era muy obvia tanto para ella misma como para su novio.

—Iré a mi casa a dejar mis cosas y cambiarme. ¡No tardo!

—Con cuidado, Sora-chan. Aquí te esperamos.


Sora no podía correr ni realizar un esfuerzo físico exagerado porque aún le generaba molestia su costado izquierdo. Y si podía desenvolverse cómodamente en la escuela y en el club de béisbol era porque tomó las medidas apropiadas.

Sin la aplicación de hielo en la zona de la rotura, el masaje drenante y el vendaje neuromuscular su cuerpo sufriría de un mayor grado de dolor y escasa movilidad. Y eso la condenaría a ser descubierta; y esa opción estaba tachada de su lista.

Tragó una pequeña tableta blanca y se preparó para sobrevivir al alud de personas que convendrían en el centro de la ciudad.

—Me pregunto si esto será del gusto de mi nieto —dijo sosteniendo una camisa oscura con estampado colorido.

—Kazuya no es precisamente exquisito a la hora de vestir. No debería preocuparse por eso.

—Su «sentido de la moda» es igual que el de mi hijo. No hay de dónde ayudarlos... Lo cual debe acentuarse aún más cuando salen juntos. Siempre combinas todo lo que llevas puesto, Sora-chan.

—Desde pequeña mi abuela me enseñó a vestirme apropiadamente. Nunca le gustó que luciera fachosa o desalineada.

—Tu abuela suena a una persona muy refinada y femenina. Debe vestir impecable pese a su edad.

—Es una mujer apegada al atuendo nacional de la sociedad japonesa. Siempre usa kimono. Lo porta por gusto y propaganda.

—¡Los kimonos son hermosos! Siempre los usaba cuando se acercaban los festivales de mi ciudad. Hace tanto que no visto uno.

—La industria del kimono está en decadencia —comunicaba a la vez que revisaba una pila de camisas—. Por largas generaciones la familia Yūki se ha dedicado a la industria textil. En antaño tuvieron un número apreciable de fábricas de hilado de seda a lo largo de Kanto... Fue un negocio redondo cuando empezaron a confeccionar sus propios kimonos aprovechando que ellos producían la tela.

—Una familia de gran historia y renombre.

Esas eran siempre las palabras que usaba su abuela para referirse al apellido Yūki.

—¿Y hay sucursales de las tiendas que maneja tu familia aquí en Tokio?

—Sí. Hay una.

La inquietaba la curiosidad que mostraba por el negocio familiar de sus abuelos.

—Tal vez en mi próxima visita pueda darme una vuelta para comprar un par de bonitos kimonos.

—Creo que voy a llevarle esta camisa a Kazuya. —Levantó la prenda hasta la altura de sus ojos. Era Godzilla destruyendo Tokio—. Necesita algo de variedad en su ropero.

—Entonces agreguemos esta.

Un oso blanco de traje y lentes oscuros era un diseño apropiado para el capitán de Seidō.

—Una excelente elección, Honoka-san.


Las numerosas bolsas de las compras fueron apiladas sobre un par de sillas. Y las dos comensales que se deleitaban con cada bocado dialogaban abiertamente sobre cualquier tema que surgiera.

—Con lo apegado que es Kazuya a ese teléfono plegable.

—Su papá se lo regaló después de que saliera de primaria. Creyó que podría serle de utilidad en secundaria.

—Por eso lo atesora tanto.

Comprendía el apego de su novio por aquel pequeño objeto. Ella también poseía un par de cosas de las que no podía desprenderse por su valor sentimental.

—Por lo que deberíamos devolvérselo junto a su nuevo teléfono.

Honoka sonrió ante una declaración tan aparentemente ordinaria, pero que reflejaba el respeto de Sora hacia los sentimientos que Kazuya guardaba hacia su padre.

—Creo que aprovecharé para llevarle de comer a Toku. Algo balanceado estará bien.

—Miyuki-san siempre está trabajando arduamente, ¿verdad?

—Es un enfermo del trabajo. Y eso le pasó factura.

—¿Le ha pasado algo a Miyuki-san? —Movió su cabeza, deseando no haber preguntado nada—. Olvide lo que dije. Fue impertinente de mi parte.

—Sora-chan, ¿por qué te disculpas? Solamente ha sido una pregunta.

—Es que siento que no debería estar indagando sobre asuntos familiares tan puntuales.

—No tiene nada de malo que te intereses por la vida familiar de mi nieto —habló con dulzura—. Es natural que te preocupe lo que pasa alrededor de la persona que quieres.

—B-bueno, es que su nieto no es mucho de hablar sobre su vida, menos la familiar... Y por ello quizás podría sentirse incómodo si alguien se entera de ello.

—Sé que Kazuya puede ser realmente difícil de tratar y que requiere de mucha paciencia, pero te agradezco mucho que cuides de él. Gracias por quererlo tanto.

Su mirada enternecedora la cohibió. Sus latidos acelerados adornaron suavemente sus mejillas de granate. Y su pecho burbujeaba entre explosiones de vergüenza y dicha.

Ojalá pudiera esconder su cabeza debajo de la mesa.

—Entonces... ¿Ocurrió algo con Miyuki-san?

Abordaría el tema no para esclarecer su duda, sino para ya no seguir pensando en sus palabras de agradecimiento que no podía procesar apropiadamente.

—Se desmayó y fue llevado al hospital... Consecuencia de la fatiga crónica. Privarse del descanso apropiado y una buena alimentación iba a traer consecuencias tarde o temprano.

Kazuya nunca se lo comunicó, mas aquel insomnio repentino y sus actitudes exponían la problemática interna por la que atravesaba. Y sólo alguien como su padre podría repercutir tan poderosamente sobre su estabilidad emocional.

—Ya se encuentra bien, ¿verdad?

—Fue dado de alta el martes a medio día. Desde entonces ha estado en casa descansando. Yo me he encargado de que esté lejos del taller.

—Me alegra que esté fuera de peligro. No sé qué sería de Kazuya si su padre estuviera pasando por una situación grave de salud... con lo orgulloso que es.

—Él estaba muy mortificado. Tuve que hablar con él para tranquilizarlo. En ocasiones puede ser muy aprensivo.

—Sus abuelos y su padre son las personas más importantes en su vida. Por lo que exponerse a la posibilidad de perder a alguno de ustedes es aterrador...—Armada de valor, la miró—. Yo lo entiendo perfectamente. Hubiera estado en su misma posición si me enterara de que algo malo le ocurrió a una persona así de valiosa para mí.

—Eres tan encantadora, Sora-chan.

—N-no, claro que no... Es un pensamiento muy común entre la gente.

—Sora-chan, ¿aún tienes tiempo? Me gustaría que me acompañaras a un último sitio antes de irnos.

Su despedida fuera del centro comercial puso punto final a sus compras y a la amena tarde que tuvieron.

Era una lástima que todo terminara. Sin embargo, Honoka debía regresar a vigilar a su hijo. Y Sora tenía la misión de devolver ambos teléfonos a Kazuya junto a su ropa nueva.


Sin hacer escala en su casa fue directo a la zona trasera en la que aquel cácher disfrutaba abanicar.

—Yōichi, Kazuya, hola.

El par de beisbolistas detuvieron su práctica de swing ante la visita nocturna de Sora.

—¿Olvidaste besuquearte a tu novio y por eso volviste?

—Tiene que cubrir una cuota diaria. —Siguió su juego—. Y él sabe que si no lo hace será penalizado.

—¡Cuánto asco me dan los dos!

La risa indiscreta de Miyuki provocó un gruñido molesto en Kuramochi.

—Y bien, ¿qué te ha traído de vuelta? —preguntó Kazuya.

—Regresé para entregarte tu teléfono y tu nuevo guardarropa.

Le dio dos bolsas plásticas llenas de ropa nueva. De una de ellas sacó su antiguo móvil plegable y el nuevo modelo que le compraron sus abuelos.

—Está listo para usar.

—Gracias.

Guardó su viejo teléfono en su bolsillo delantero derecho y examinó el nuevo. Tenía una clave para desbloquearlo.

—Es tu año de nacimiento. Honoka-san dijo que así no se te olvidaría.

—¿Acaso se lo compraste?

—No fui yo, tonto.

Entre iconos coloridos y numerosas aplicaciones desconocidas, Kazuya se enfrentaba a un nuevo reto tecnológico.

—No tenía ningún problema mi antiguo celular.

—Ya se descargaba y se trababa, ¿no? —habló Yōichi—. No hay nada de malo en actualizarse. Así podrás escribirte con ese estirado de Mima.

Miyuki no poseía inconvenientes con sus correos ocasionales. Empero, ya sostener una conversación con él de manera periódica era un asunto poco apetecible.

—Siempre me rodeo de malos perdedores.

—Idiota, ¿qué estás insinuando?

—¿Cómo desactivo esta cosa?

—Esa es la cámara frontal... Tienes que darle aquí y después en la parte inferior.

—Llevaré a reparar el mío.

—No seas desesperado —señalaba Yūki—. Te enseñaré a usarlo para que no estés tan perdido.

Yōichi aprovechó que ambos estaban ocupados para husmear dentro de la bolsa de papel que Sora dejó en el suelo.

—No sabía que te gustaba tanto el rosa.

Sora le arrebató la bolsa con la misma rapidez con la que Furuya lanzaba sus peligrosas bolas.

—¿Qué escondes ahí? No me digas que es un atuendo cuestionable que usarás en las prácticas privadas que tendrás con Miyuki.

—¡Por supuesto que no, pervertido! —Pellizcó su mejilla para castigarlo—. Es un regalo que me compró Honoka-san.

—¿Mi abuela te lo compró?

Su abuela era dadivosa, mas no esperaba que fuera a tener aquella atención hacia su novia.

—Sí —respondió dichosa—. Es un atuendo perfecto para los días calurosos de verano. Estoy ansiosa por usarlo.

—De modo que esa señora bonachona y alegre es tu abuela... ¿Cómo es que eres tan torcido? —Lo analizó despectivamente—. ¿Y cómo es que tú te llevas tan bien con ella?

—¿Cómo dices que debo hacerle para mover un icono a otro lado de la pantalla?

—Selecciónalo con fuerza para que puedas arrastrarlo —indicó—. Te recomiendo que dejes las aplicaciones que más empleas a la mano. Te facilitará la vida.

—Pondré mi bandeja de correo.

—Deberías darle una oportunidad a Line. Es muy cómodo hablar por ahí. Puedo enseñarte cómo crear tu cuenta y modificar tu perfil.

—¡Ustedes dos dejen de fingir y respondan mis preguntas!

—¿Y esto?

—Es un mensaje que te he mandado por Line.

—Es Change-up.

A esa primera fotografía se le unieron un par de docenas más. Sin embargo, fue la última que llegó la que lo obligó a guardar inmediatamente su celular.

—Una foto de recuerdo de nuestro viaje. —Su sonrisa exhibía picardía y gozo—. Nos vemos muy bien.

Kazuya carraspeó. Recordó esa noche a solas en su cuarto con Sora adherida a él. La frialdad de su cuerpo se apagó en su calidez.

—¿Y a ese qué le pasa? ¿Por qué está tosiendo?

—Es que le envié una foto tuya usando una máscara de luchador.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo es que tú...?! ¡Sawamura, estás muerto!

Kuramochi era una olla exprés que voló su tapa de seguridad. E iba a sacar esa presión contenida cuando hallara al de segundo año.

—Espera, ¿realmente existe una fotografía como esa?

—Sí —expuso sin culpa por haber sulfurado a su amigo—. Hizo una apuesta con Souh y perdió. Su castigo fue ponerse un traje completo de luchador. Y obviamente hubo fotos. Fotos que llegaron misteriosamente a mi celular.

—Recuérdame nunca apostar con Tatsuhisa.


Seidō se mantuvo invicto durante los partidos de práctica del sábado. Demostraron su fuerza y que incluso sin su estrella tenían un juego sólido que afrontaría a cualquier equipo. Mostrarse infranqueables también ayudaría a que ningún rival los hiciera menos por la ausencia de su pícher principal. Y con esa misma diligencia abordaron sus partidos del domingo.

Dos juegos se disputaron simultáneamente en ambos campos de béisbol. La primera cuerda se enfrentó a Asari y Mamiya del este. La segunda, a Maeda. En ambos partidos el público disfrutó de los locales sumando más victorias a su imbatible racha que inició durante la Golden Week.

—¿No creen que Miyuki-kun ha estado genial en estos partidos?

—Finalmente está comportándose como el cuarto bateador —contestó Sachiko.

—Fueron dos hermosos jonrones —elogiaba Sora.

Yui y Sachiko se acomodaron a sus costados para codearla suavemente mientras sonreían divertidas.

—Ahora sí puedes alzar el cuello y sentirte orgullosa de que sales con el capitán de Seidō.

—Sacchin.

—No es mi culpa que sea tan irregular cuando es su turno al bate.

—Ha mejorado —mencionaba Yūki—. Seguramente se deba a su entrenamiento de bateo a larga distancia.

—También he visto que ya se acostumbró a practicar con el bate de madera.

—Y hablando de cosas vistas... Esas dos estuvieron presentes en los partidos de ayer y hoy.

—¿De quiénes hablas? —interrogó Natsukawa.

—De las dos chicas que estuvieron la otra vez con Miyuki y Kuramochi. Una de ellas le trajo un pastel a Sora.

—Debe tratarse de Amamiya-kun y Chihara-kun —señalaba Sora.

—No quiero sonar despectiva, pero no esperaba que Miyuki se llevara con alguien lo suficiente como para que vinieran a verlo.

—Esta vez sí concuerdo con Sacchin.

—Es que Amamiya-kun y Kazuya se conocen desde antes de entrar a secundaria...

—Salieron, ¿verdad? —lanzó Umemoto—. ¡Lo sabía! ¡Mi instinto nunca falla!

Sora estaba perpleja ante su correcta deducción. ¿Es que le entregó la respuesta con algún gesto?

—Descuida, no le contaremos a nadie sobre nuestro descubrimiento.

—O todos empezarán de chismosos —aseguró Sachiko—. Aunque dudo que el que sepan los asombre más que saber que nuestra Sora salió con Chris-senpai.

—Nosotras también quedamos impactadas.

—Y retomando el tema anterior... ¿Por qué habrá venido a ver nuestros partidos? —Se preguntaba Umemoto.

—Nuestros partidos son muy entretenidos. No puedo culparla por querer verlos personalmente.

Sus palabras la transportaron a cuando chocó con Shio al finalizar el partido del año pasado de Seidō contra Ugumori.

«¿Viajó hasta Tokio exclusivamente para ver a Kazuya jugar cuando el partido fue televisado? ¿O sólo coincidió que estaba aquí cuando fue el juego?», pensó Sora.

¿Debería darle tantas vueltas a un asunto que no merecía su atención? La respuesta inmediata era no. No obstante, sus propios pensamientos jugaban en su contra como muchas veces lo hicieron en el pasado. Quizás era consecuencia de las anteriores parejas de Miyuki que resentidas y heridas por no ser correspondidas apropiadamente se comportaron desagradablemente con él. Y al encontrarse con alguien que lo trataba con ese grado de cordialidad, sin rencillas de por medio, la trastocaba un poco.

¿Significaba que Amamiya Shio fue querida y apreciada como merecía, como añoraba?

—Sora, ¿vienes con nosotras al comedor? —Sachiko palmeó su hombro para llamar su atención—. ¿O te irás a casa?

—No, vayamos al comedor con los chicos.


Ellas no fueron las únicas que llegaron con retardo a la puerta del comedor. Ese par también como consecuencia de ser interceptados por el entrenador, Takashima y aquel gran beneficiario de Seidō.

La respuesta automática de Sora fue detenerse. Quizás si no hacía notar su presencia él no la descubriría. Sin embargo, aquel hombre no era tan corto de sentidos y ella no estaba cubierta por una multitud.

—Buenas tardes —saludó Umemoto con una pequeña reverencia.

—Gracias por apoyar a nuestro equipo, Kurofuji-san. —Natsukawa añadió.

—No tienen nada que agradecer. Lo hago gustoso —comentó con una discreta sonrisa—. Finalmente, los rumores eran ciertos. Terminaste transfiriéndote a Seidō.

Yūki se encogió de hombros. Un gesto, un cambio en la entonación de su voz, cualquier pequeña perturbación que mostrara y se enfrentaría a muchas preguntas.

—Mis padres consideraron que Seidō era la mejor opción para mí. Tanto por su nivel académico como por el hecho de que mi hermano mayor estudiaba aquí.

—¿Se conocen? —habló Rei por todos.

—La conozco desde que tenía ocho años porque es la mejor amiga de mi hija menor —explicaba Toshio—. No había tenido el gusto de verte desde que dejaste Sendai.

Si ella pudiera se reiría en su cara por la falsedad de aquel título que portó durante tantos años creyendo que era real, perenne como esos árboles que conservan sus hojas todo el año. Empero, sostener la máscara de hipocresía era conveniente para que su secreto permaneciera oculto.

—Casi un año de eso —hablaba—. El tiempo se fue volando entre la escuela y el equipo de béisbol.

—Y pronto entrarás a la universidad. —Carraspeó—. Ustedes disculparán el que me haya desviado de tema, pero no pude evitarlo. —Retornó su atención en Tesshin y sonrió—. Sora es una persona muy diligente y entregada en su trabajo. Aunque nunca le gusta aceptar el crédito por sus buenas acciones.

Esos ojos apacibles debían tranquilizarla, no alarmarla.

—Por eso debió mantener en secreto la donación que la secundaria Nisshinkan le hizo a Seidō —informó—. Fue como la escuela la compensó por apoyar a su antiguo entrenador.

—¿Nisshinkan? ¿No fueron ellos los que el año pasado nos mandaron equipamiento? Bates, guantes, pelotas… Un montón de cosas. —Umemoto confió en su buena memoria.

—¿Fue gracias a ti, Sora?

Miyuki y Kuramochi conectaron los puntos inmediatamente. Y la respuesta de por qué pasó todas esas tardes yendo a su antigua escuela para ayudar a esos chicos con su entrenamiento, finalmente les fue trasmitida. Lo que seguía siendo una incógnita es por qué ocultarlo, por qué no decirlo desde el inicio.

—Miu fue quien me comentó que la escuela estaba haciendo un llamado a ex miembros del club de kickboxing. Y que la ayuda sería gratificada apropiadamente. —Se resignó a hablar sobre aquel asunto olvidado—. No me interesaba lo demás que ofrecían, por lo que pedí el equipamiento de béisbol aprovechando que la escuela disolvió el club de béisbol por falta de resultados.

—Para ser tan directa al hablar, puedes llegar a ser realmente tímida y modesta. —Takashima la veía con enternecimiento—. Gracias por aquel apoyo.

—Soy mánager del equipo de Seidō. Es parte de mi trabajo. —Plantó su mano sobre su pecho. Había compromiso en sus ojos—. También fue una forma de disculparme por mis malas anotaciones.

—Todavía pueden mejorar —señaló Kazuya—. Y eso que me tomé las molestias de enseñarte.

—Es porque suele mezclar las abreviaturas —añadió Yōichi—. E imita el estilo de Umemoto.

—¿Tienes algún problema con mis anotaciones, Kuramochi? —objetó la atacada.

—Será mejor que se apresuren o no encontrarán nada de comer.

Era así como su entrenador les indicaba educadamente que debían retirarse para dejar a los adultos a solas.

Y por ser los últimos les tocó sentarse juntos.

—¿Por qué no nos contaste que estabas haciendo esos entrenamientos para conseguir cosas para el equipo? —Kuramochi nunca tuvo reparo en preguntar lo que fuera.

—No sentí la necesidad de hacerlo… Además, lo importante es que no me timaron y el pago se hizo efectivo.

—Durante todo este tiempo pensé que tu mejor amiga era Miu —comentó Sachiko—. Como ella se refiere a ti como su mejor amiga.

—Sora no tendría a esa pelirroja como su mejor amiga —criticaba Yōichi—. Tiene gustos cuestionables para elegir novio, pero no para sus amistades.

—Que te considere como su amigo ya da indicios de que también se equivoca.

—Maldito Miyuki.

—Estamos comiendo, dejen de pelear ustedes dos —pedía inútilmente Yui.

—¿Y cómo es esa mejor amiga tuya?

—¿Por qué ese interés repentino? —Ella sonó natural.

Él identificaba fácilmente sus variaciones en su humor. Ya la encaró estando a la defensiva, no podía reaccionar del mismo modo. No cuando se supone están hablando sobre alguien que era lo suficientemente importante en su vida como para denominarla como su mejor amiga.

—Es que nunca la mencionaste antes.

—No suelo hablar sobre mis amistades a menos que surja algún tópico que los relacione. Por eso nunca se presentó la oportunidad —versó—. Como tus riñas con Kazuya que me recuerdan tanto a Sae y Ki-chan. —Sonrió al escucharlos quejarse ante la comparativa—. Conocí a Shika durante mi segundo año de primaria en la fiesta de cumpleaños de los padres de Miu.

Pronunciar su nombre no costó tanto como mostrarse impasible ante quienes no sabían que su amistad ya no existía, que no lo haría nunca más.

—Y fue gracias a ella que me inmiscuí en el mundo del kickboxing durante mis tres años de secundaria.

En retrospectiva, ¿cuánto influyó ella a lo largo de todos esos años que estuvieron juntas? ¿Tan grande fue el efecto de su vida en la suya?

—Entre salvajes se entienden —dilucidó Kuramochi—. Sin embargo, deberías invitarla un día a que venga a ver nuestros partidos. Y conozca al grandioso amigo que hiciste aquí.

—¿Otra vez intentando ligarte a una de sus amigas? ¿No te bastó con Hayami?

—Idiota, ¿por qué no te largas de una vez al Invitacional de Tokio? Con suerte y esos extranjeros te llevan con ellos.

Las tres chicas suspiraron. No perderían el tiempo en apartar al campocorto del cácher.

—Solamente tú tienes la paciencia para soportarlos. —Umemoto palmeó la espalda de Yūki—. ¿Cómo los soportas sin tener el salvaje impulso de golpearlos?

—Mis hermanos y mejores amigos han forjado mi paciencia.

Sora aceptaba con naturalidad la amistad que empezaron a forjar desde la lesión de Miyuki. Por eso siempre les tenía paciencia y aguardaba a que se tranquilizaran, cambiando el flujo de la conversación.

—¿Y qué tal llevan sus estudios? —cuestionaba Sora.

Repentinamente los dos se callaron.

—El arroz de este día es especialmente delicioso.

—Han mejorado su sazón.

Las chicas observaron a la reclutadora posarse a las espaldas de ambos jugadores. Y con una sonrisa cínica dijo:

—Mucho mejor que el año pasado. Mas eso no significa que se librarán de tener un tutor para enfrentar los parciales.

—Ya sabíamos que ustedes estaban en la lista de Takashima-san. Junto a Sawamura y Furuya.

—No olvides que Maezono-kun, Asou-kun, Seki-kun y Higasa-kun —agregó Yui.

—Este año el listado es un poco más largo que el anterior —habló Rei—. No desperdicien su tiempo en objeciones. Esto también es una orden directa del entrenador.

—¿Armaremos grupos de estudio?

—Es correcto, Yūki-kun. Y sé que sonará egoísta de mi parte pedirles esto, pero me gustaría que las tres nos apoyaran.

—Nosotras no tenemos ningún problema, ¿verdad, chicas? —Sachiko estaba lista para la enseñanza.

—Lo conseguimos el año pasado, podemos hacerlo otra vez.

—Con ustedes, Kanemaru-kun y Souh-kun nos haremos cargo de los chicos de tercero —meditaba—. Aunque todavía no lo pido a ninguno de ellos dos.

—¿Por qué ponen esa cara ustedes dos?

Natsukawa notó la reacción del par.

—Es que me sorprende que arrastren a Tatsuhisa a todo esto —indicó Yōichi.

—¿Por qué? Junto con Sora y Murase-kun son los promedios escolares más altos de tercer año —mencionaba Sachiko—. Y me han llegado rumores fidedignos de que son los favoritos de los profesores.

—Dejando eso de lado. —Tosió la profesora para que se centraran en ella—. ¿Podrían empezar este fin de semana? Aprovechando que los chicos tienen más tiempo a su disposición.

—Por supuesto —dijeron conjuntamente.


Con el estómago lleno, dos fechas registradas en el calendario de su celular y una reunión pendiente, abandonó Seidō. Tenía pocas horas para encontrar dos regalos de cumpleaños que la convencieran de ser la mejor elección posible entre un mundo gigantesco de posibilidades.

La última tienda de pesca le entregó uno de los dos obsequios que vino a buscar al centro comercial.

—Nunca me imaginé que existieran tantas variedades en los señuelos para pesca —expresó Ha-neul examinando el contenido de la bolsa de papel que cargaba—. El que tiene forma de lagartija es el mejor. El de cangrejo igualmente tiene su encanto.

—El de calamar también es bonito.

—Ese chico, Sawamura-kun, tiene que simpatizarte bastante para que le compres un regalo por su cumpleaños.

—No es que seamos explícitamente cercanos, pero me agrada y hemos congeniado bien —habló Sora—. Además, le debo mucho. Él fue quien sacó a Yū de la oscuridad en la que se encontraba desde que se lesionó y dejó el equipo principal. Me alegró mucho reencontrarme con el Yū que conocí años atrás, cuando él y Rei-chan formaban una batería.

Sabía que las intenciones de Sawamura nunca estuvieron encaminadas en rescatar a Chris de su miseria. Mas era innegable que fue él quien marcó un antes y después en su vida gracias a su cegadora chispa de optimismo y su innata resiliencia.

—¿Sucede algo? Es que te me quedaste viendo…

—Sé que Takigawa-san y tú salieron por casi un año… pero me sorprende lo mucho que valoras la ayuda que otros le han brindado. Especialmente la de Sawamura-kun.

—Él fue muy importante para mí. Y que ya no seamos nada no significa que su existencia me sea indiferente… Sólo quiero que sea feliz.

Sora recordó aquel día a finales de febrero en que decidió despedirse de sus arrepentimientos. Aquel momento en que finalmente pudo estar en paz con su yo de secundaria que únicamente buscaba ser amada por su primer amor.

—Impresionante…—Jung sonrió involuntariamente—. No conozco a muchas personas que sean capaces de desear la felicidad de otros con tanta sinceridad. Casi siempre son palabras vacías para conmover a quienes las escuchan…

—Únicamente me interesa la felicidad de las personas que son cercanas a mí. El resto me tiene sin cuidado —aclaró—. No soy tan dadivosa.

Jung suavizó su risilla. Yūki frunció el ceño ante la posibilidad de que no le creyera.

—Ha-neul, estoy hablando en serio.

—Yo también.

—Esa risa me dijo todo lo contrario.

—Son ideas tuyas, Sora —enunció—. Vamos. Tenemos que encontrar el obsequio perfecto para Kuramochi-kun.


Las tiendas de videojuegos del centro comercial fueron insuficientes. Su búsqueda se extendió hacia las pequeñas tiendas escondidas entre callejuelas poco transitadas. Tal vez en esos sitios de segunda mano tendrían suerte.

—Toda esta sección es de juegos de pelea… Aunque son para Playstation, X box, PS Vita… ¿Kuramochi-kun tiene alguna consola de esas?

—Lo que él usa es un modelo más arcaico —mencionó pensativa—. Cuando entramos tenían una vitrina llena de consolas de segunda mano, ¿verdad?

—Había muchos modelos… ¿Estás pensando en comprar una?

Su asombro fue auténtico.

—Un cuarto del pastel casero que le enviará su madre, me pertenece. Así que yo creo que es un trato muy justo.

Cinco minutos bastaron para seleccionar y comprar el último presente de la lista.

—Me está dando hambre... ¿Qué tal si pasamos al puesto de bolitas de pulpo que vimos de camino acá? —sondeó Ha-neul.

—No es mala idea. Olía muy bien.

Sora dio solamente un par de pasos antes de percibirse sola sobre la angosta calle. Buscó entre los transeúntes a Ha-neul.

La encontró siendo abordada por tres chicas que a primera vista parecían ser sus amigas.

Iba a adelantarse y escribirle para que la alcanzara cuando terminara sus asuntos. No obstante, desistió cuando observó mejor la reunión.

Jung no se veía a gusto interactuando con ellas. Tenía un semblante parecido al que ella ponía cuando tenía que tratar con su abuela.

—¿Por qué te fuiste de la fiesta? Todas nos estábamos divirtiendo.

—Con lo que costó convencer a la anfitriona para que te dejara ir.

—Hasta convencimos al chico que te gustaba para que asistiera... Pero lo arruinaste solamente porque según te sentías mal.

Captar la atención de las tres jóvenes fue tan sencillo como pararse al lado de Jung.

—Las recuerdo. Son las chicas que quisieron llevarte a la fuerza aquella noche en la parada.

Su hosquedad afilaba su voz, transformándola en un juez visceral sin escrúpulos que no dejaba de analizarlas.

—¿Quieren la hora? ¿No saben llegar a la estación del metro?

—¡Es la salvaje que nos golpeó!

—¡Tuve moretones por dos semanas!

—¡¿Por qué estás del lado de esta roba novios?!

—¿Terminaron? Porque tenemos cosas que hacer aún.

La indiferencia con la que las trató hirió su pequeño ego.

—No me importa quiénes sean ni los problemas mentales que las hacen ser unas idiotas insufribles, pero absténgase de dirigirle nuevamente la palabra a Ha-neul.

Una bofetada mal planeada se convirtió en una abertura perfecta para quien sabía cómo desenvolverse en el plano físico.

Ojos llorosos y una mejilla roja que se hincharía en minutos fue lo que se consiguió la que creyó que podría intimidarla.

—Si decidiera golpearlas me bastaría con arrastrarlas hacia el callejón más próximo. Allí, aunque alguien lo viera, no le importaría. Pasarían de largo y continuarían charlando sobre su tarde.

Sujetó del cabello a quien lloriqueaba por la bofetada que le dio. En esa proximidad se encontraron la displicencia del gris y el marrón matizado con miedo.

—Espero que nuestro ameno diálogo nos haya permitido a todas estar en la misma sintonía. —Liberó a quien se paralizó ante su brusco agarre—. ¿No es grandioso conversar pacíficamente en vez de recurrir a la violencia?

Su sonrisa era tan genuina que las incomodó tanto como las asustó. Porque con ella les advertía que si seguían tentándola cumpliría su amenaza.

Las tres huyeron.

—Será mejor que regreses a casa, Ha-neul —sugirió una vez que dio media vuelta hacia ella—. Nos veremos en otra ocasión.

Con la mirada gacha, Jung estrujó la bolsa de papel que sostenía diligentemente entre sus brazos. Así evitaba que su cuerpo fuera golpeado por el estrés y el encogimiento que sobrevino desde que se reencontró con esas tres chicas.

Sus pasos resonaron a su derecha y su cuerpo reaccionó casi por inercia, como si este tuviera el valor que a ella le faltaba para hablar.

—Por favor, no creas nada de lo que ellas han dicho. ¡Están mintiendo! Yo jamás me metería con el novio de nadie... Solamente deseaba llevarme con ellas, integrarme a su grupo de amigas.

Sora percibía más el enojo que la obligaba despiadadamente a contener el llanto que su mano adherida a su muñeca.

Si Ha-neul no hubiera mostrado esa faceta de debilidad ella podría haberse marchado y agendar aquel día como otra anécdota más mientras esperaba a que jamás volviera a contactarla.

Empero, no podía abandonarla en medio de la calle cuando luchaba por no ahogarse en su llanto.

—Andando, Ha-neul.


Un cuarto pequeño, aislado de ojos y oídos era el mejor sitio para que ellas dos permanecieran.

—Llora hasta estar satisfecha.

No quería verla y encontrarse con aquel rostro desfigurado por el dolor y la tristeza. Quizás por respeto, quizás por miedo a verse reflejada en ella.

Hablar sin saber lo que ocurría con Ha-neul era como jugar a la ruleta rusa. Y una bala podría impactar en alguna de las dos.

Le permitió desahogarse, dejar que su corazón se derramara como el agua de una presa que no conoce el avance sin la destrucción.

Cuando su cuerpo y espíritu estuvieron satisfechos, el llanto cesó. Y seguramente ella debía sentirse igual de aliviada que esa noche en que compartió su sufrimiento con Hyun.

—Si te dije que te fueras a casa no fue porque creyera en esas cretinas, sino por lo que pasó entre ellas y yo.

—Te agradezco lo que dijiste e hiciste por mí.

—¿Si eres consciente de que golpeé y amenacé a alguien sin sentir remordimiento?

—Sé muy bien que la abofeteaste y que las amenazaste con hacerles algo peor si continuaban metiéndose conmigo.

—¿Entonces por qué...?

Debió seguir mirando la mesita de enfrente, debió guardarse sus palabras, debió irse cuando murió su llanto. Y no girarse hacia ella para encontrar su reflejo en sus pupilas apacibles que chispeaban comprensión.

¿Por qué no estaba juzgándola? ¿Por qué no era como el resto de personas que la señalaba por esa falta de moral y empatía hacia el prójimo? ¿Por qué parecía entender su actuar?

—Sora, seguramente mucha gente se aterre de que solventes las cosas por la vía menos civilizada... Pero quizás sean esas mismas personas quienes te exigen que resistas los abusos verbales y físicos como si no te afectaran. Probablemente nunca estuvieron del otro lado y se sienten con el derecho de opinar sobre lo que se nos está permitido o no hacer.

Sora se estremeció como si el invierno acariciara su piel desnuda. Una frescura que olía a cítricos, peonías y violeta. Un abrazo cálido que no se atrevió a corresponder.

—Creo que además de darte las gracias debería disculparme… Sora, solamente te he dado problemas desde que me conociste.

Agradeció tener su rostro contra su escápula. En ese fugaz escondite ocultaba la fuerza con la que presionaba su labio inferior para no ser ella quien requiriera de un instante de comprensión. No quería volver a llorar por la misma historia.

La ironía tenía que ser una reina déspota y sádica que lo observaba todo desde su inalcanzable trono. Y el dolor de las coincidencias debían ser el alimento que nutría su burla fina y disimulada.

Mismas palabras dichas por ella años atrás para la persona a la que le entregó ciegamente su confianza y cariño. Diferentes circunstancias, mismo significado, pero diferente desenlace.

¿Cómo se contestaba a algo que resonaba tan poderosamente dentro de tu propia alma?

—Desde hace años atrás acepté que sólo atraigo gente problemática a mi vida… Supongo que es lo ideal para alguien como yo que se aburre de la cotidianeidad de la vida. —Se apartó. Finalmente podía confrontarla sin que sus debilidades la ahogaran—. Todavía tengo la fuerza suficiente para cargar con una o dos personas problemáticas. Por lo que no deberías pensar en…

Se liberó para ser envuelta en un afectuoso y protector abrazo. Era un estrechón que contenía su cuerpo, que la reconfortaba lo suficiente para ceder a su contacto. Y en ese instante en que permitió que la barrera física que las separaba se hiciera añicos, se preguntó si todas las personas alejadas de su círculo más íntimo a las que les negó un abrazo podrían haberle entregado la misma paz y cariño que Ha-neul.

La respuesta fue expedita y concisa: no.

—L-lo siento… No era mi intención sobrepasar tu espacio personal —balbuceó—. Sin embargo, me emocioné cuando dijiste que no te importaba tenerme a tu lado.

Tenía los ojos hinchados y las mejillas rosadas. Había vuelto a llorar cuando la estrechó por segunda ocasión.

—Debo lucir como un bicho raro ante tus ojos… Invitándote a ese restaurante colorido para advertirte sobre mis acosadoras y aprovechar para conocerte un poco más. La pijamada, la ida a comer a Seidō, la cena con tus amigos, las charlas ociosas por Line, esta salida desastrosa…

Su encuentro fue anómalo. Un designio extraño que modelaba frente a ella seduciéndola con brillantes y aterradoras posibilidades; un capricho indescifrable del destino que desafiaba a su latente miedo.

¿Saltaría al interior de la sima como lo hizo cuando se dio la oportunidad de salir con Miyuki Kazuya? ¿Todavía tenía el suficiente valor para volver a confiar en alguien que se negaba a salir de su vida?