¡HE VUELTO!
Hola, hola gente bonita del fanfiction.
¿Qué tal les ha tratado la vida este 2025? Espero de todo corazón que estén pasándolo excelente.
Perdón por la tardanza. Tuve un bloqueo terrible y no estaba segura de incluir algunas cosas mientras escribía hasta que me decidí. En fin, como siempre pido disculpas de antemano por los errores ortográficos que pueda haber. Si ven alguno por fa, no duden en decírmelo se los agradecería un montón.
Recuerden mis amores, los personajes no me pertenecen, yo escribo solo por gusto y reviews, jejeje. Ranma le pertenece a Rumiko y LJDH a Suzanne.
Espero que les guste el capítulo y como siempre nos leemos al final.
Ahora a leer gente.
Capítulo 11
Akane
Observo a mi alrededor, tratando de ubicar a Ranma. No puedo evitarlo; siempre termino buscándolo, como si fuera una brújula y él mi único norte. Lo encuentro al otro lado de la sala, rodeado por un grupo de lanzadores de cuchillos. Algunos silban, otros aplauden, y no falta quien lo observa con una mezcla de respeto y recelo cada vez que sus cuchillos dan en el blanco. Lo hace con una facilidad que casi parece insultante. Algo en su postura me resulta familiar, esa forma de actuar como si todo estuviera bajo control... pero sé que no lo está.
Más allá, los adictos del Distrito 6 están en la estación de camuflaje, pintándose el rostro con colores neón que no tienen ningún sentido práctico. Ríen entre ellos, ajenos a todo, como si esto fuera un juego de verdad. Unos pasos más allá, el tributo del Distrito 5 está vomitando sobre la duela de combate. Su rostro está pálido, sus manos tiemblan, y el hedor se extiende por el aire. Frente a él, un entrenador del Capitolio lo observa con una expresión de absoluto asco.
En la estación de tiro con arco, Shampoo charla con el anciano de su distrito. Sus risas suaves y su manera de inclinarse hacia él me irritan, aunque no entiendo por qué. Ryoga, mientras tanto, está junto al tatami, semidesnudo una vez más, cubriéndose de aceite como si estuviera en una especie de exhibición. Por supuesto, su cuerpo es perfecto, esculpido, y lo sabe. Supongo que el aceite es para que su oponente no pueda sujetarlo durante el combate, pero no puedo evitar pensar que lo hace más por arrogancia que por estrategia. Me pregunto qué necesidad tienen estos tributos de andar enseñando tanta piel.
Mi mirada vuelve, casi sin querer, hacia Shampoo. Está tensando la cuerda de un arco, el escote de su traje revelando más de lo necesario. Dispara y, para mi sorpresa, no lo hace del todo mal. Sin embargo, su flecha queda bastante lejos del centro de la diana. Me digo a mí misma que no importa, pero el nudo en mi pecho no desaparece.
De pronto, lo siento. Esa sensación inconfundible de unos ojos clavados en mí, como un peso invisible que se instala en mi espalda y no me deja respirar. Me quedo inmóvil un segundo antes de girar la cabeza, intentando parecer casual. Lo encuentro.
En el balcón de los Vigilantes, la mayoría camina de un lado a otro, charlando con despreocupación. Comen, beben, ríen. Están tan lejos de la muerte como nosotros estamos cerca de ella. Pero entre todos ellos, hay uno que no desvía la mirada. Sus ojos claros están fijos en mí, directos, inquisitivos. El aire se enfría a mi alrededor, o al menos así lo siento. Mi piel se eriza.
—Plutarch Heavensbee —dice Hikaru Gosunkugi a mi lado, con voz trémula.
—El nuevo Vigilante en jefe y... —dice dejando la frase al aire su compañera de distrito, Kogane Musashi, en un susurro.
Sus risitas tontas llenan el aire, pero no me afectan. Mi atención sigue fija en esos ojos. Hay algo en ellos que me hace sentir desnuda, expuesta, como si pudiera ver a través de mí.
—Miren —dice de pronto ella, su voz adquiriendo un tono más serio.
—Sí, lo ascendieron a Vigilante en Jefe este año —respondo sin apartar la mirada, justo cuando lo veo morder una pierna de pavo con una despreocupación irritante.
—No, no…en la esquina de la mesa... se puede... —insiste Kogane.
—Percibir —completa Gosunkugi, su tono apenas audible, como si no quisiera que lo escucharan.
Frunzo el ceño, sin entender de qué demonios hablan, pero no puedo evitar mirar hacia el punto que señalan: la esquina de la mesa del balcón. Hay algo extraño allí. Un pequeño espacio, no mayor a quince centímetros, donde el aire parece vibrar, distorsionando los bordes de la mesa como si no pudiera sostenerse en su lugar. Me recuerda al campo de fuerza de la azotea del centro de entrenamiento... y al que protegía la arena de Tofu.
—Oh... —suelto, sin poder evitarlo. Finalmente lo entiendo.
—Ajá... un campo de fuerza —murmura Hikaru Gosunkugi, más para sí mismo que para nosotros—. Aunque me pregunto por qué lo han puesto ahí.
—Yo sí lo sé —respondo, atrayendo sus miradas curiosas hacia mí—. Supongo que debo decir que es por culpa de Ranma. El año pasado les lanzó un cuchillo durante su sesión privada.
Ambos abren los ojos como platos, sorprendidos. Me apresuro a justificarlo:
—Lo provocaron. Además, tiene una puntería impecable. Si realmente hubiera querido acabar con ellos, lo habría hecho sin problemas. Así que, si me lo preguntan, creo que están exagerando. Pero... ¿todos los campos de fuerza tienen un punto como ese?
—El punto... —susurra Kogane, dejando otra vez la frase incompleta.
—Débil —concluye Gosunkugi, con un tono casi reverencial—. El punto débil no debería ser visible.
Esta conversación empieza a darme dolor de cabeza. Los observo de reojo, preguntándome por qué sigo aquí. Entonces recuerdo las palabras de Tofu sobre la importancia de encontrar aliados. Tal vez estos dos no sean tan mala idea después de todo. Son raros, sí, pero hay algo agradable en ellos, incluso en su torpeza.
—Inventamos cosas —dice Gosunkugi de repente, rompiendo el silencio que se había asentado—. Ese es nuestro talento. Tú pintas. Hemos visto tus pinturas... son escalofriantes, pero hermosas.
—Gracias —respondo, con más sinceridad de la que esperaba encontrar en mi propia voz.
De pronto, Kogane saca un pequeño dispositivo de su bolsillo y comienza a trastearlo con rapidez.
—Mide la densidad de la tela y selecciona la... —dice, pero se queda absorta mirando un hilo suelto en su traje de entrenamiento.
—Resistencia de la tela —completa Gosunkugi, como si esto fuera una rutina entre ellos.
Entonces, Gosunkugi cuenta con orgullo cómo inventó un diminuto chip musical, tan pequeño que cabe perfectamente en una mota de brillantina, y que puede almacenar varias horas de música. Me limito a escuchar, dejando que sus palabras llenen el aire entre nosotros. Es extraño, pero por primera vez en mucho tiempo, siento que no estoy completamente sola. Hay algo reconfortante en su entusiasmo, aunque sé que no debería bajar la guardia.
Pero esa pequeña tregua en mi mente dura poco. La conversación me trae de golpe recuerdos recientes: mi equipo de preparación comentando la falta de suministros al Capitolio. Mariscos del 4, chips musicales del 3, telas del 8. Todo encaja de una forma que pone mi piel de gallina.
—Ahora que lo mencionas, creo recordar que mi equipo de preparación habló de eso hace unos meses —digo con la voz más despreocupada que puedo manejar, refiriéndome a los chips musicales—. Creo que mencionaron que no pudieron conseguir uno. Supongo que hubo una saturación de pedidos y no pudieron darse abasto...
Mis palabras flotan en el aire, y me doy cuenta de que Gosunkugi me observa con sus ojos vidriosos y saltones. Su mirada tiene un peso distinto ahora, como si tratara de medir cada una de mis respuestas.
—Sí. ¿Han tenido una saturación en la producción de carbón este año? —pregunta, pero su tono delata que no habla solo de carbón.
Por dentro, mi corazón empieza a correr. Lo siento golpear contra mis costillas como si quisiera escapar, pero no puedo permitirme mostrar miedo. Esta no es una simple charla; estamos pisando un terreno peligroso, lleno de significados ocultos. Mi cerebro procesa todo a mil por hora. Respiro hondo, tragando el nudo que se ha formado en mi garganta.
—No. Bueno, perdimos algunas semanas de producción cuando llegó el nuevo jefe de agentes de la paz y su equipo. Nada muy importante... para la producción de carbón, me refiero —agrego, cuidando cada palabra mientras trato de mantener un tono casual—. Aunque pasarse dos semanas sin nada que hacer fue difícil para la gente. Hubo hambre. Castigos.
Silencio. Ambos me miran, y en esos segundos siento que estoy siendo diseccionada. El mensaje es claro: no hemos tenido ningún levantamiento en el Distrito 12. No hay rebelión en nuestra tierra, al menos no abiertamente.
—Es una lástima —comenta Kogane al fin, pero no logra ocultar la decepción en su voz—. Tu distrito parece ser muy... —deja la frase inconclusa, perdiéndose en sus pensamientos.
Su tono me pone los nervios de punta, pero no puedo apartar la sensación de que ambos están evaluándome. El peso de la conversación aún flota entre nosotros, y aunque intento mantenerme firme, sé que acabo de pasar una prueba. Una de muchas que aún están por venir. Me gustaría quedarme y seguir hablando con ellos. Siento que hay tantas cosas que no entiendo del todo, tantas piezas de un rompecabezas más grande que me esfuerzo por armar. Pero el anuncio del almuerzo interrumpe mis pensamientos, y me veo obligada a despedirme rápidamente e ir a buscar a Ranma.
Lo encuentro sentado en una de las mesas, rígido y silencioso. Juega con su cuchara en la sopa, moviéndola en círculos sin probar bocado, como si esa acción mecánica pudiera calmar algo dentro de él. Pero puedo verlo claramente: está molesto. La tensión se refleja en la línea de su mandíbula, en cómo sus hombros están tensos y en la forma en que evita mirar a su alrededor. Me acerco, tratando de no empaparme de su humor, pero me resulta casi imposible.
Intento romper el hielo mientras comemos. Hablo de los vencedores, de las posibles alianzas. Él refunfuña respuestas cortas, sin comprometerse. Para él, Kogane y Gosunkugi no son más que bichos raros. Para mí, Shampoo es una chica insoportable, una coqueta que parece disfrutar alimentando mi desagrado y cuando menciono a Ryoga, todo explota.
Ranma suelta la cuchara, y el golpe contra la sopa hace que el caldo salpique por todas partes. Doy un respingo, limpiando mi ropa rápidamente mientras lo miro con incredulidad.
—¿Qué demonios te pasa? —me oigo decir, aunque intento suavizar el tono de mi voz—. ¿Por qué estás tan enojado?
Ranma aprieta los labios, pero no me responde. Sigue mirando su plato como si el caldo tuviera la culpa de todo. Me armo de paciencia y trato de ser razonable, aunque mi propia irritación burbujea bajo la superficie.
—¿Es porque me burlé un poco de tus celos en el elevador? —pregunto, mi voz más baja esta vez—. Si es eso, lo siento. No pensé que te afectaría tanto.
Él sacude la cabeza y murmura:
—Olvídalo.
—No, no lo voy a olvidar —insisto, cruzando los brazos—. Si estás molesto, dime por qué.
Ranma cierra los ojos por un momento, como si luchara contra algo que no puede decir en voz alta. Finalmente, habla, con una voz tensa que me hace contener el aliento.
—Es... son muchas cosas. Es todo, supongo.
—Darius —digo, y su nombre cuelga en el aire como una bomba sin detonar.
Ranma se tensa aún más, y entonces suelta una lista que me golpea como una corriente de aire frío.
—Sí. Él, los Juegos, Tofu y su insistencia de formar equipo... Ukyo —agrega finalmente pero su voz es más baja al decir su nombre. Aún no me mira a los ojos.
Mi pecho se aprieta con fuerza, como si alguien hubiera tirado de un lazo invisible alrededor de mi estómago. La sola mención de Ukyo me revuelve el alma. Mi apetito desaparece de inmediato, pero me esfuerzo por mantener la calma. Ahora no es el momento para esto. Me obligo a respirar profundamente, a no dejar que mis emociones me delaten. Pero dentro de mí, la rabia y la inseguridad se retuercen como serpientes enroscadas.
—No es necesario que hagamos equipo —digo al fin, y aunque trato de sonar firme, hay una ligera grieta en mi voz que odio con toda mi alma—. Sabes perfectamente que podemos arreglárnoslas solos. Tofu no puede obligarnos a nada, después de todo.
Ranma sigue en silencio por unos segundos eternos. Luego suspira, y aunque no quiero mirarlo, sus palabras me obligan.
—¿Y si tiene razón? —dice, y su tono es extraño, una mezcla de duda y aceptación. Luego, esboza una leve sonrisa, como si intentara aligerar la carga—. No se lo digas, pero en ocasiones suele tener razón en este tipo de cosas.
Mi enojo se derrite un poco ante su intento de bromear. Aunque siento que me estoy desmoronando por dentro, consigo devolverle una pequeña sonrisa. La tensión entre nosotros disminuye ligeramente, pero sé que estamos lejos de estar bien.
Por ahora, eso será suficiente.
Cuando el almuerzo termina, nos separamos de nuevo, cada uno buscando cubrir más terreno, conocer a más vencedores. Lo veo a lo lejos, entrenando con espada, conversando tensamente con los hermanos Kuno del Distrito 1. La atmósfera entre ellos es fría, cargada de esa tensión arrogante que los Kuno saben generar. Shampoo aparece frente a mí cuando estoy practicando algunos trucos de pesca, pero no es por casualidad. Ha venido a presentarme al anciano de su distrito, el hombre que se ofreció como tributo en lugar de Mousse, el chico melancólico del 4.
—Este hombre apuesto es Balm —dice Shampoo con una sonrisa que, por un momento, me hace cuestionar mis suposiciones sobre ella. La manera en que lo mira, tan llena de afecto, me da la sensación de que hay mucho más que lo que aparenta.
—Hola —digo yo, extendiendo la mano para saludarlo. Balm me observa detenidamente, sus ojos se fijan en mí por un segundo más largo de lo esperado, y por un momento siento una extraña pesadez en el aire. Luego, me sonríe, una sonrisa cálida, genuina, y toma mi mano, sacudiéndola con entusiasmo.
Shampoo se desvanece de la escena como si nada, y me quedo con Balm frente a mí. Entre el acento de su distrito y la dificultad que tiene para hablar, debido a que le faltan varios dientes, no logro entender más que unas cuantas palabras. Algo en su tono me hace pensar que quizás Shampoo me lo ha dejado aquí para ponerme a prueba, para ver hasta qué punto puedo tolerar a alguien tan diferente, tan… fuera de lugar. Pero para mi sorpresa, Balm es un hombre que me hace sentir a gusto. Es ágil con los anzuelos, y en poco tiempo me enseña a fabricar varios con los objetos más inusuales: pedazos de hueso, una espina de pez, hasta un arete oxidado.
Cuando, finalmente, consigo fabricar un pequeño anzuelo con un trocito de madera y una espina, Balm no puede evitar esbozar una amplia sonrisa desdentada. Me da unos golpecitos en la espalda, y me dice algo ininteligible que supongo que debe ser un cumplido. Su voz rasposa y sus palabras incompletas no logran restarle autenticidad a su gesto. Es como estar con mi abuelito, si es que tuviera uno. Siento una cálida sensación de cariño que no esperaba.
Mientras me concentro en lo que estoy haciendo, mis pensamientos empiezan a dar vueltas. Puedo ver lo lento que camina, lo frágil que parece. Algo dentro de mí se revuelca al pensar en lo que le espera en la arena. Sé que no durará mucho allí. La imagen de él ofreciendo su vida por Mousse se me queda grabada, y recuerdo cómo yo hice lo mismo, sacrificándome por una niña que no tiene mi sangre, pero que, de alguna manera, es tan importante para mí como si la tuviera.
Y entonces, sin pensarlo, deseo que esté en mi equipo. Un sentimiento ardiente de protección crece dentro de mí, aunque sé que es una pésima idea. Pero no me importa. Mi corazón, por alguna razón, me exige que lo haga. Mi mente lucha contra esa impulsiva necesidad de reunir a aquellos que, como él, merecen algo más que el frío desprecio del Capitolio. Y es que, en el fondo, ya no quiero ser parte de este sistema. Quiero luchar por aquellos que no tienen más oportunidad que la que les demos.
Así que, sin pensarlo demasiado, ya estoy tomando una decisión que podría ser peligrosa. Pero, por ahora, no me importa tener que tolerar a Tofu regañándome por mis decisiones, ya que no solo quiero a Kogane y a Gosunkugi, esos raritos como dijo Ranma, sino que también quiero a un anciano de 80 años en mi equipo. Demonios.
Mis dedos pican de impaciencia cuando lo veo. La sección de tiro con arco es más avanzada que el año pasado: una sala de paredes de cristal que parece sacada de uno de esos juegos de realidad virtual del Capitolio, con proyecciones 3D que dan vida a las siluetas de los vencedores. Es todo tan real, tan... irreal.
Me detengo y adopto la postura, las piernas firmemente plantadas, el arco tenso en mis manos. Mi respiración se hace profunda y controlada, los ojos fijos en el objetivo, cada fibra de mi ser concentrada en lo que tengo que hacer. La flecha se ajusta en el arco con precisión.
Un silbido corta el aire y la primera silueta semitransparente aparece: Ryoga, el hacha alzada, esa postura confiada. Se lanza hacia mí con velocidad, y en el mismo instante, mi cuerpo actúa por instinto. Suavemente, mi mano tensa el arco y suelto la flecha. Todo pasa en un segundo.
La flecha vuela y se clava en su cuello, un impacto sólido que resuena en mis oídos. La silueta se desvanece al instante. Pero no me detengo. El siguiente es Shampoo, con su tridente preparado, corriendo con esa agilidad tan característica. Apenas la veo, me impulso hacia un lado, dejando que su tridente pase de largo por mi costado. Con un giro rápido, mi otra flecha ya está en el aire.
La flecha impacta en su cabeza con un golpe certero, y la figura se desvanece como la anterior. Mis músculos arden, la adrenalina se dispara en mi cuerpo, pero no hay tiempo para pensar. Mi mente se centra, no tengo margen para dudar.
Uno tras otro, los vencedores desfilan, sus siluetas aparecen, algunas más cercanas, otras más rápidas, pero ninguna me toma por sorpresa. La precisión de cada disparo es casi instintiva. Cada movimiento, cada flecha disparada, lleva consigo una determinación feroz.
Y entonces, su silueta aparece. Ranma. Mi cuerpo se detiene un segundo, un maldito segundo. Mis dedos titubean, un nudo en mi estómago se forma. ¿Lo haré? No. No hay tiempo para dudar. Él no es mi Ranma. La flecha se dispara, volando con la misma fuerza y precisión que las demás. La figura de Ranma se desvanece con la flecha clavada justo donde estaría su corazón, si fuera real.
Un silbido. Las luces cambian. La puerta de cristal se abre y, de repente, la sala está llena de aplausos. Los aplausos suenan lejanos, como si todo estuviera en cámara lenta.
Ryoga grita que soy genial, y Balm me aplaude con una sonrisa desdentada y amplia en su rostro, mientras Ranma me observa con orgullo, los ojos brillando con algo más profundo. Los demás son un torbellino de reacciones: algunos me miran con recelo, otros como Ryu Kumon evaluando cada movimiento con frialdad, y unos pocos, como los del 6, me observan con miedo, como si me vieran con una nueva luz, algo que los pone en guardia.
La sensación es extraña. Aún con el peso de la acción, sigo sintiendo esa extraña calma, como si hubiese cruzado una línea.
Ranma
Los próximos dos días la tensión disminuye un poco. Supongo que mostrar nuestra valía ayudó. Ya todos han visto en vivo lo peligrosa que puede ser Akane, y yo he demostrado lo certero que soy con mis cuchillos, tomando la sección de tiro con arco y convirtiéndola en un campo de tiro personal. Cada cuchillo que lancé fue letal, cada impacto una sentencia silenciosa. Pero fue difícil, más de lo que esperaba. Cada lanzamiento venía acompañado de un pensamiento oscuro: imaginar la muerte de cada vencedor, las vidas que tendré que arrebatar si quiero que Akane vuelva a casa.
Pasamos tiempo con todos los vencedores, como si fuese parte del entrenamiento. Ya no nos miran con condescendencia. Creo que finalmente nos han aceptado en su "club de vencedores". Incluso hemos compartido momentos con los nerviosos vencedores del Distrito 6, adictos que apenas pueden sostener sus manos quietas. Junto a Akane, me pintaron la piel con camuflaje, transformándome en un prado verde. Sólo mis ojos y mi sonrisa delatan que estoy ahí. Akane se rio, diciendo que parezco un árbol extraño. Ellos se rieron con ella, y por un instante parecían humanos otra vez, no tributos rotos por el Capitolio.
Akane tiene una facilidad innata para conectar con las personas, algo que a veces me desconcierta. Hace dos días, estos mismos vencedores la miraban como si fuese un demonio luego de verla destruir a esas siluetas con sus flechas. Hoy la ven con una calidez que me pone nervioso. ¿Cómo lo hace? Yo no lo sé. Yo no confío en ellos, no puedo.
Pero Akane… ella siempre encuentra la forma. Intercambia una clase de tiro con arco con Shampoo, que aceptó con entusiasmo. A cambio, pasó una hora aprendiendo a manejar un tridente. La vi practicar. La forma en que sostenía el arma, cómo la giraba con cuidado, pero determinación, me dejó sin palabras. Akane no sólo está aprendiendo, está luchando por sobrevivir. Por los dos. Y yo daré mi vida antes de permitir que el Capitolio le arrebate la suya.
La sala comienza a vaciarse poco a poco, mientras llaman uno por uno a los vencedores. Cada vez que una puerta se cierra, el eco resuena en mi cabeza como un recordatorio de dónde estamos y de lo que nos espera. Recuerdo la última vez que estuvimos aquí. Apenas un año atrás, Akane y yo ocupábamos este mismo espacio, como tributos por primera vez. Ahora, soy incapaz de pensar en algo que hacer para mi evaluación. Ya lo han visto todo. Sería ridículo lanzar cuchillos de nuevo; conocen esa habilidad mía al dedillo. Y Akane… no tengo idea de lo que hará. No hemos hablado mucho últimamente. Ni siquiera hemos vuelto a dormir juntos, y eso me tiene en un estado de constante inquietud. Pero no puedo quejarme. Yo fui quien decidió poner distancia. Y ahora, volver a pedirle que duerma conmigo se siente como un acto egoísta. No merezco a Akane.
Finalmente, quedamos solos. El silencio entre nosotros es denso, pesado. Entonces, ella pone su mano sobre la mía, que descansa en mi muslo. Es un toque sutil, pero logra detener el caos en mi mente por un momento.
—¿Sabes ya qué es lo que harás? —pregunta, dándome un ligero apretón en la mano.
—No lo sé. Este año no puedo lanzarles un cuchillo. ¿Y tú?
—Ni idea. Ojalá pudiera hornearles un pastel —dice, intentando bromear, aunque su nerviosismo se asoma en la curva de su sonrisa.
—Podrías camuflarte.
—Pff. Eso, si es que los adictos me dejaron algo con qué trabajar —responde con ironía, pero su voz tiembla ligeramente.
Guardamos silencio. No sé qué decirle. Quiero encontrar las palabras, algo que valga la pena, algo que la inspire, pero mi mente está vacía.
—¿Cómo vamos a matar a estas personas, Ranma? —susurra. Su voz está cargada de un dolor tan profundo que siento cómo me atraviesa. Sus ojos brillan, al borde de las lágrimas, y esa tristeza que me muestra sin reservas me rompe en mil pedazos.
No tengo respuestas. Nunca las he tenido.
—No lo sé —le digo al tiempo que la abrazo, atrayéndola hacia mi pecho—, pero tendremos que hacerlo.
Sus dedos se aferran a mi camisa, y yo cierro los ojos, deseando que este momento no exista, que no estemos aquí, que no tengamos que matar a otras personas para sobrevivir. Pero el Capitolio no deja opciones. Nunca lo hace.
Me llaman, y separarme de Akane es casi doloroso. Siento su mirada en mi espalda mientras me pongo de pie y camino hacia la puerta. Cuando se cierra tras de mí, el eco parece un trueno en mi mente.
Entro en la sala, y los Vigilantes me esperan en su palco. No están de fiesta como la última vez. No hay risas ni copas alzadas. Esta vez, sus ojos están fijos en mí, expectantes, ansiosos. Me miran como si fuera un mono cilindrero, listo para entretenerlos. La idea me llena de rabia. Plutarch Havensbee, el nuevo Vigilante en Jefe, me observa con una sonrisa ladeada en su rostro ancho, satisfecho como un gato que juega con un ratón antes de matarlo.
¿Tendrán alguna idea de cuánto los odio? A cada uno de ellos.
La furia me invade, arde en mis venas como fuego, consumiendo cualquier rastro de duda o miedo. Me inunda una sola pregunta: ¿qué puedo hacer para que lo comprendan? Estos hombres y mujeres que han dedicado su talento a perfeccionar el arte de la crueldad, que convierten nuestras vidas en espectáculos de sangre para divertir al Capitolio y al asqueroso Happosai.
Y entonces lo recuerdo. Recuerdo cómo este mismo Vigilante en Jefe se acercó a nosotros en el baile. Cómo invitó a bailar a Akane, como si fuera un gesto casual. Cómo mostró orgulloso el sinsajo grabado en su reloj, como si fuera un simple adorno. Tan poderoso. Tan intocable. Tan seguro de que nuestras vidas no son más que piezas en su juego. Igual que Seneca Crane el año pasado.
Una sonrisa torcida se dibuja en mis labios. Un plan comienza a tomar forma en mi mente mientras camino por la sala, buscando lo que necesito.
Encuentro un maniquí de prueba, cuerdas y pinturas textiles. El rojo y el negro parecen gritarme desde los frascos, pidiendo ser usados. Pinto con manos firmes y rápidas, tiñendo mis dedos en el proceso. La barba ridícula y el corte de cabello de libro abierto del antiguo Vigilante en Jefe aparecen en el rostro del muñeco. Escribo su nombre en el pecho, para que no haya dudas. "SENECA CRANE". La pintura roja gotea de las letras, como si fuera sangre.
Tomo la cuerda y la ato al cuello del muñeco. Con un tirón, la lanzo sobre una viga y jalo hasta que el maniquí queda colgando, balanceándose lentamente de un lado a otro. Pinto su boca de rojo, como si acabara de comer bayas. Bayas mortales. Jaulas de noche.
Me doy la vuelta para observar sus reacciones.
El efecto es inmediato. Los Vigilantes jadean, algunos ahogan gritos de indignación. Copas de vino caen al suelo, estrellándose como campanas rotas en mis oídos. Veo a un par llevarse las manos al pecho, como si estuvieran a punto de desmayarse. Están conmocionados, todos excepto Plutarch.
Él me observa fijamente desde su palco. Toma un durazno y lo muerde con calma, dejando que el jugo le escurra por la barbilla. Su mirada no me abandona, como si estuviera estudiándome, evaluando algo más que mi acto.
Nos quedamos así, mirándonos. Segundos que parecen horas. Finalmente, habla:
—Puede retirarse, señor Saotome.
Hago una leve inclinación de cabeza, tan mínima que parece que no me he movido un centímetro. Luego salgo de la sala sin mirar atrás.
Mientras camino de regreso, una sola esperanza se instala en mi mente: que esto sea lo suficientemente impactante para desviar la atención de Akane. Ya es bastante malo que seamos los favoritos del público por ahora.
Salgo de la sala con prisa, el corazón martillando en mi pecho. Localizo a Akane antes de que la llamen. No puedo esperar. Me acerco y la beso en los labios, sin palabras, porque sé que cualquier cosa que diga será insuficiente.
Siento un tic-tac en mi cabeza, un recordatorio implacable de que nuestro tiempo juntos se está agotando, escapando con cada segundo que pasa.
—Akane Tendo, distrito 12—resuena su nombre por el altavoz, y la veo separarse de mí con esfuerzo. Sus ojos castaños enormes me miran, llenos de preguntas que no pueden ser respondidas, cargados de preocupación que no puedo aliviar.
Ella sostiene mi mano hasta el último momento, aferrándose como si eso pudiera detener lo inevitable. Pero al final, tiene que soltarme. La observo caminar hacia la sala, queriendo detenerla, sabiendo que no puedo.
No me permiten quedarme a esperarla, así que subo al ascensor, inquieto, contando cada segundo que pasa. Los minutos se alargan hasta convertirse en una eternidad, y cuando finalmente regresa, siento que apenas puedo respirar.
Akane entra al ascensor con pintura brillante en las manos, los antebrazos y hasta en la ropa. Hay una pequeña mancha amarilla en su barbilla, y me acerco de inmediato para limpiarla con el pulgar. Pero no es la pintura lo que me inquieta. Es su mirada.
Veo tristeza, profunda y pesada, reflejada en sus ojos. La preocupación me invade de inmediato, como una corriente helada que me atraviesa. Sé que pintó algo. Eso es obvio. Pero no lo hizo para camuflarse. Lo sé porque recuerdo todas sus pinturas. Los detalles horriblemente precisos. Los mutos. La arena.
El pánico se filtra en mis huesos.
—¿Qué hiciste, Akane? ¿Qué pintaste? —pregunto, mi voz cargada de ansiedad.
Antes de que ella pueda responder, Hinako interviene desde detrás de nosotros, observándonos con curiosidad. Cina, Tofu y Portia están con ella.
—¿Hiciste un retrato de Ranma? —pregunta Hinako, y la ligereza en su tono me molesta. Esto no es un juego.
—¿Eso pintaste, cariño? —interviene Portia, su voz suave y dulce, como si intentara consolarla.
Akane niega con la cabeza, y entonces me mira directamente a los ojos.
—No...yo...la pinté a ella —dice, su voz apenas un susurro, pero la fuerza en su mirada me lo dice todo.
El aire se me escapa del pecho. Sé exactamente a quién se refiere.
—Rue —digo simplemente, y ella asiente, con los ojos brillantes por las lágrimas que se niegan a caer.
Por un momento no puedo hablar. Aprieto los puños, porque lo que más quiero hacer ahora es destruir la sala de entrenamiento, gritarle al Capitolio, quemar todo a mi paso. Pero no puedo. En lugar de eso, la abrazo tan fuerte como puedo, como si pudiera protegerla de las consecuencias de su acto.
—¿Cómo…? —pregunto al fin, mi voz apenas un murmullo.
Akane se aparta un poco, lo suficiente para sostener mi mirada.
—En un prado —empieza a decir, su voz temblorosa—. Un prado verde y brillante, como si el sol estuviera a punto de ponerse. La pinté ahí, de pie, con las manos extendidas como un oscuro pajarillo a punto de alzar el vuelo. Pinté flores en su cabello, esas pequeñas flores blancas que recogimos para ella cuando... cuando la perdimos.
Hace una pausa, tragando con fuerza.
Cuando vuelve a hablar su voz se quiebra, y siento que el nudo en mi garganta se aprieta más.
—Pinté sangre. En el suelo, en su pecho, escurriendo de las comisuras de sus labios. No podía evitarlo. Quería hacerlos responsables de lo que hicieron, de arrebatarle la vida a esa preciosa niña, aunque fuera solo por un momento.
El peso de sus palabras me aplasta. No solo porque puedo imaginar la pintura con una claridad desgarradora, sino porque entiendo lo que significa. Akane ha dejado un mensaje, un desafío. No a los Vigilantes, ni al Capitolio. A todos.
Sin decir nada más, la acerco a mí y la envuelvo en mis brazos. Quiero decirle que todo estará bien, pero sería una mentira. Lo único que puedo hacer es sostenerla, esperar que este acto de valentía no nos haya condenado aún más.
Luego de ducharnos y comer, el silencio entre todos es tan denso como la tensión que cuelga en el aire. Estamos reunidos en el living, sentados frente a la pantalla, esperando las puntuaciones. Nadie habla, nadie se mueve más de lo necesario. Incluso el sonido de los cubiertos siendo recogidos en la mesa es un eco lejano comparado con el martilleo de mi corazón.
Las puntuaciones empiezan a mostrarse, una tras otra, con los nombres y rostros de los tributos iluminando la pantalla. Tatewaki y Kodachi Kuno, Shampoo, Ryoga… todos reciben puntuaciones altas, algo que esperábamos. Ryu Kumon y su compañera de distrito, Enobaria, tampoco se quedan atrás. Pero el resto de los tributos apenas alcanzan puntuaciones medianas o bajas. La edad, los vicios y las secuelas de los juegos anteriores son evidentes.
El Capitolio los ha marcado como desechables, y eso debería hacerme sentir alivio, pero no es así. La ansiedad sube con cada número que aparece en la pantalla. Cuando finalmente es nuestro turno, el aire en la sala parece detenerse.
—Ranma Saotome, Distrito 12... Doce puntos.
—Akane Tendo, Distrito 12... Doce puntos.
Mi nombre suena primero, seguido del de Akane. La cifra en la pantalla brilla con un color dorado que casi me insulta. El doce es el máximo, la puntuación más alta posible, un récord que nunca había sido alcanzado, y menos por dos tributos del mismo distrito en la misma edición.
Akane y yo intercambiamos una mirada breve, pero no hay satisfacción en sus ojos. Tampoco en los míos.
El doce no es una victoria. Es una sentencia de muerte.
El silencio en la sala es aún más palpable ahora. Nadie está de humor para celebrar, ni siquiera Portia o Cinna, que suelen encontrar algo positivo en cualquier situación. No hay bromas, ni sonrisas forzadas. Todos saben lo que significa. Nos han puesto una diana en la espalda.
—Esto no es bueno —dice Tofu, rompiendo finalmente el silencio. Su voz es grave, como si estuviera cargando con el peso de una culpa invisible.
Hinako asiente, nerviosa, mientras cruza los brazos.
—Nos quieren muertos. Lo antes posible—. Comento y siento el fuerte agarre de Akane en mi muslo.
La idea flota en el aire como una maldición. El Capitolio nos ha etiquetado como favoritos, como el espectáculo que todos quieren ver, pero también como la amenaza que todos querrán eliminar. Ser los más fuertes, los más habilidosos, no nos pone en ventaja. Nos pone en la mira.
Siento la mano de Akane sobre la mía, su toque firme pero cálido. No dice nada, pero su mirada es suficiente. Es una mezcla de determinación y desafío. Como si me estuviera diciendo sin palabras que, aunque nos hayan marcado, no les daremos el gusto de hacernos caer fácilmente.
El doce en la pantalla sigue brillando, burlándose de nosotros.
Akane
Observo mi reflejo en el espejo. El vestido de novia pesa más de lo que recordaba. Cinna está de pie a mi lado, ajustando el delicado tocado de plumas de cristal y perlas en mi cabeza.
Mi mente divaga hacia la tarde del día anterior, cuando todos nos dejaron solos a Ranma y a mí, disfrutando de nuestra última noche antes de las entrevistas. La penúltima antes de entrar a la arena. Tofu y Hinako dijeron que no tenía caso ensayar para las entrevistas, que seguramente sabríamos cómo comportarnos a la perfección.
Cierro los ojos y el recuerdo me inunda.
El aire tibio de la tarde acaricia mi piel mientras el sol comienza su lento descenso sobre la ciudad. Desde la azotea del Centro de Tributos, el Capitolio se extiende ante nosotros como una bestia dormida, sus edificios de cristal reflejando la luz dorada del ocaso. Pero yo solo tengo ojos para él.
Ranma descansa con la cabeza apoyada en mis piernas, su respiración lenta, tranquila. Juego con su cabello, trenzándolo una y otra vez, enredando mis dedos en esos mechones oscuros como si pudiera aferrarme a algo más que el momento.
—Quisiera poder congelar este instante. Justo ahora. Aquí mismo. Y vivir en él para siempre.
Suavemente, él toma mis manos, entrelazando nuestros dedos antes de incorporarse. Sus ojos azules me atrapan, intensos, cargados de algo que no logro descifrar por completo. Amor, sí, pero también una culpa silenciosa, un miedo que no se atreve a nombrar.
—Yo también —dice en voz baja.
Antes de que pueda responderle, se inclina hacia mí y, con la delicadeza de quien teme romper algo frágil, me toma del mentón y me besa.
El mundo desaparece.
No hay Capitolio. No hay vasallaje. No hay muerte acechando en cada sombra.
Solo su boca contra la mía, su aliento cálido, el temblor sutil en sus dedos cuando me toca.
Sí. Voy a congelar este momento en mi memoria y lo guardaré como uno de mis más grandes tesoros.
Sonrío sin darme cuenta. Él también lo hace, como si compartiéramos un secreto que el resto del mundo jamás podrá entender. Seguimos besándonos hasta que el aire se vuelve insuficiente, hasta que el tiempo se suspende entre nosotros.
Cuando finalmente nos separamos, Ranma vuelve a recostarse en mi regazo, y sin pensarlo, mis dedos regresan a su cabello. Se queda dormido. Permanecemos así hasta que el cielo se tiñe de fuego y lo despierto, porque quiero que veamos juntos el último atardecer que compartiremos.
El sol estalla en una llamarada dorada y anaranjada, reflejándose en los rascacielos con un resplandor casi cegador. Es hermoso. Cruelmente hermoso.
—Gracias por despertarme —dice, maravillado, sabiendo que este espectáculo nos pertenece solo por esta noche.
—No quería que te lo perdieras.
—Es un recuerdo triste, por lo que puedo ver —dice la voz de Cinna, rompiendo el momento, arrastrándome de vuelta al presente.
Abro los ojos. La imagen de Ranma en mi regazo se desvanece como humo.
—Para nada —respondo con sinceridad—. Creo que es uno de los más felices que tengo.
El vestido que Cinna me ha ayudado a ponerme es el que eligieron cientos de capitolinos con sus votos. Seda pura, mangas largas que caen desde mis muñecas hasta el suelo, un escote profundo y una cintura de avispa que me aprisiona el aliento. Y perlas. Perlas por todas partes. Cosidas a la falda, en finas tiras que recorren mi cuello, incrustadas en el velo y en el tocado de plumas de cristal. Un vestido diseñado para ser deslumbrante. Para hacerme parecer una visión etérea, pura. Para recordarle a todos lo que me han arrebatado.
Cinna me observa en silencio mientras ajusta el último detalle.
—El presidente Happosai ordenó personalmente que lo llevaras puesto —me dice con su voz calma, casi indiferente.
Mis dedos recorren la suave seda, como si así pudiera descifrar el propósito detrás de esta decisión del presidente. Pero la respuesta es obvia. Quiere que todos vean mi dolor. Quiere que la humillación me envuelva, que mi pérdida brille bajo los reflectores y se proyecte en cada pantalla de Panem. Es cruel. Es despiadado. Este hermoso vestido de novia es mi mortaja.
El dolor se enrosca en mi pecho, oprimiéndome como si el mismo vestido me sofocara. Y entonces, la ira me inunda con fiereza. No hacia la tela ni hacia los capitolinos que lo eligieron, sino hacia el ser repugnante que mueve los hilos.
Noto la mirada de Cinna sobre mí, estudiándome con detenimiento. Se detiene en un punto de mi anatomía en el que nunca antes había pensado conscientemente, hasta ahora. Pero es imposible no notarlo. No se siente real.
—¿Siempre ha sido tan pesado? —pregunto, desviando su atención.
—Tuve que hacerle algunas modificaciones por la luz —responde con suspicacia. Luego, con la misma calma de siempre, me ayuda a subirme a los altos tacones. Retoca mi maquillaje. Me hace andar.
—Estás arrebatadora —dice, sujetándome los hombros y sonriendo dulcemente—. Ahora, como el corpiño es muy ajustado, no quiero que levantes mucho los brazos, al menos no hasta que gires.
—¿Entonces debo girar de nuevo?
—Por supuesto. Es seguro que Taro te lo pedirá, y si no lo hace, sugiérelo tú. Pero déjalo para el final.
Nos reunimos con Tofu, Hinako, Portia y Ranma en el elevador. Él viste un esmoquin impecable, de líneas elegantes y ajuste perfecto, como si lo hubieran confeccionado directamente sobre su cuerpo. La levita de corte clásico resalta sus hombros anchos, y el chaleco plateado, con su sutil brillo metálico, contrasta con la camisa blanca impoluta. La corbata, de un tono ligeramente más claro, añade un aire refinado sin restarle fuerza a su presencia. El pantalón, de tela fina, luce un patrón a rayas casi imperceptible, del mismo color que el chaleco, delineando su figura con precisión.
Me pierdo unos segundos admirándolo. Es el hombre más guapo del mundo. Han trenzado su cabello con un cuidado casi simbólico, como si cada hebra hubiera sido tejida con intenciones ocultas. Y luego están sus ojos. Esos ojos azules que parecen devorarme con un brillo contenido, tan intenso que me hacen temblar.
—Estás preciosa —dice con voz ahogada.
Hay algo en su mirada que me encoge el pecho: una melancolía profunda, un adiós velado en cada pestañeo. Se quita uno de los guantes con un movimiento decidido y me toma de la mano con fuerza, como si intentara anclarme a él, a este momento. No quiero mirarlo a los ojos, no después de todo lo que pasó ayer. Aprieto los párpados con fuerza, pero no sirve de nada. Los recuerdos me inundan de nuevo.
Después de la puesta de sol no bajamos a cenar con los demás, nos vamos directamente a la habitación de Ranma. Nadie viene a buscarnos. Cenamos recostados en la cama, sin prisa por dejar la paz que compartimos. Nos turnamos para ducharnos, y como no quiero irme ni un segundo de su lado, me presta un pijama para dormir.
Noto su distracción cuando salgo del baño, su mirada fija en mi cuerpo. De inmediato, me acomodo la camisa y me apresuro a recostarme a su lado, como si el simple hecho de estar cerca pudiera borrar la tensión que siento. ¿Qué ha pasado? Todo estaba perfecto dentro de las terribles circunstancias por supuesto.
El silencio se vuelve incómodo, como si todo lo que no se dice estuviera aplastando el aire a nuestro alrededor. Entonces, decido hablar para romperlo, pero él se adelanta, su voz firme y tensa.
—Tenemos que hablar —dice, girándose hacia mí con una seriedad que me inmoviliza—. Portia me dijo lo que sospechaba. Pero no lo creo. No a menos que tú digas que es cierto.
Su postura es rígida, como si estuviera conteniendo algo a punto de romperse. Los hombros tensos, la mandíbula apretada, el ceño fruncido con una preocupación que me golpea como un puñetazo en el estómago. Mi corazón se acelera. Sé de qué está hablando aunque desearía no saberlo. Sé por qué está tan preocupado. No quería que lo supiera. Nunca.
—¿Portia? —pregunto, confundida—. ¿De qué hablas, Ranma? Me estás asustando.
—Ella dijo que Cinna se lo comentó, dijo que habían tenido que ajustar tu traje de entrenamiento porque tus medidas habían cambiado desde la última vez que te las tomaron, hace unos meses, en la Gira.
—¿Medidas? ¿De qué estás hablando? —Digo, intentando sonar confundida, como si nada de eso tuviera sentido. No puede saberlo. Nadie puede saberlo. Ni siquiera puede recordar lo que paso, ¿cierto?
Él me observa en silencio, y en su mirada veo algo que no había notado antes: una mezcla de dolor y comprensión. Como si estuviera reconociendo algo que no quiero que sea cierto.
—Lo recuerdo, Akane. Recuerdo esa noche.
El alma se me va a los pies, como si el aire dejara de circular en mis pulmones. Me siento fría. Avergonzada. Llena de miedo. Y antes de poder detenerlas, las lágrimas empiezan a caer.
—¿Por qué no me dijiste que lo recordabas? —mi voz tiembla entre sollozos—. ¿Tienes idea de lo horrible que me sentí? Llegué a pensar incluso que lo había soñado, que no fue real.
—Lo siento, no sabía que decir, y luego actuaste como si no hubiera pasado, pensé que solo querías olvidarlo. Pensé que te arrepentías de lo que paso entre nosotros. Hasta este momento en que genuinamente me di cuenta de que creías que yo no lo recordaba.
Mi boca se siente seca, mis labios están sellado así que lucho para hablar y dejar que mis palabras salgan de mis labios. —Pensé que eras tú quien se arrepentía—digo dejando de llorar, ahora esto me parece tan ridículo, me entrar ganas de reír a carcajadas, pero me contengo. Estos cambios de humor me van a volver loca.
—Somos bastante idiotas ¿no? —dice Ranma con una sonrisa débil que se ha formado en sus labios—No me arrepiento Akane, jamás lo haría. A menos que las sospechas de Cinna y Portia sean reales.
Las puertas del ascensor se abren, y de repente, estoy de regreso en el presente. Me sudan las manos, pero parece que eso no le importa a Ranma, porque no me suelta en ningún momento. Los nervios, la ira, el dolor... me hacen sentir el estómago revuelto, como si todo se fuera a desplomar en cualquier instante. Siento náuseas, y el aire escasea, como si no pudiera tomar suficiente oxígeno.
No sé cómo afrontaremos esta noche. No creo que funcione, pero Ranma tiene esa pequeña chispa de esperanza, y eso me obliga a dejar que lo haga. Porque, al final, tarde o temprano, se sabrá. Y quizá este sea un momento tan bueno como cualquier otro.
Los demás tributos que ya han llegado y están reunidos detrás del escenario guardan silencio en cuanto Ranma y yo entramos. Nos miran con genuino odio, la mayoría de ellos. ¿Por qué? Me pregunto, y la respuesta llega casi de inmediato: piensan que les robaremos atención, patrocinadores. Esto sigue siendo una batalla después de todo.
—No puedo creer que sus estilistas les hayan puesto esto —dice Ryoga, acercándose y observando nuestros atuendos con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que ve.
—Órdenes del presidente —responde Ranma, sin emoción alguna en su voz—. No tuvimos elección.
Ryoga chasquea la lengua y me mira con pena, pero no agrega nada más y se marcha, dejando una sensación incómoda en el aire.
—¡Qué aspecto más ridículo! —chilla Kodachi, echándose los rulos azabaches hacia atrás, mirándome con desdén. Se aleja rápidamente, tomando del brazo a su hermano mayor, Tatewaki, quien, como siempre, parece demasiado orgulloso para pronunciar una sola palabra. Ambos se dirigen al lugar que les corresponde en la fila.
Los demás siguen su ejemplo, comenzando a ponerse en fila también. Hay que seguir con el espectáculo, después de todo.
—Haz que pague —dice Shampoo con su ronroneante voz, acercándose a mi oído mientras ajusta el collar de perlas alrededor de mi cuello. La suavidad del gesto no oculta la malicia en su tono. Y sé a quién se refiere: al presidente. Ella ha captado la humillación tanto como yo, eso es seguro.
Una sonrisa inesperada me curva los labios, pero no puedo evitar un leve estremecimiento. Shampoo, como siempre, sabe leer entre líneas. Ella me guiña un ojo antes de alejarse, dirigiéndose a Ranma con la misma actitud de siempre. Se acerca a él y ajusta su corbata, aunque está claro que no necesita ningún ajuste. La veo mover los labios y, aunque no escucho, sé que le ha dicho algo que no es tan inofensivo como su gesto. Antes de irse, se marcha tomada del brazo de Balm.
Algunos tributos pasan y nos dan palmaditas en los hombros o en la espalda, pero nadie dice nada más. La atmósfera se ha vuelto insoportable, cargada de tensión. La mano de Ranma me aprieta con fuerza en la cintura, y sus ojos azules, una vez más, divagan por mi silueta mientras me observa.
—¿No está demasiado ajustado? —dice, observando la cintura de avispa de mi vestido con inquietud.
—Estoy bien. No te preocupes.
—Pero…
—De todos modos, no importa. Ya no importa, Ranma.
—Quizás lo haga después de la entrevista —dice con un deje de molestia en su voz—. Me odio por lo que te hice, pero quizás eso pueda salvarte.
—Basta —susurro, intentando que las lágrimas que se agolpan en mis ojos no se derramen. No quiero arruinar el maquillaje de Cinna.
Las entrevistas comienzan, y la sorpresa me inunda. Ahora entiendo por qué el enojo de los demás vencedores. Todos están demostrando su inconformidad con los Juegos y lo traicionados que se sienten. Son increíblemente astutos, convirtiendo al Gobierno y al presidente en los culpables, dirigiendo todas las quejas del público hacia ellos.
Después de que Pantimedias Taro, ahora completamente monocromático de color lavanda de pies a cabeza, diera su discurso de bienvenida, sonriendo y entregando el lugar a Kodachi Kuno, el ambiente se vuelve extraño.
Ella sonríe y llora agradeciendo al Capitolio por todo el amor que ha recibido, antes de poner en marcha la rueda cuando dice lo triste que se siente al saber lo mucho que todos en el Capitolio van a extrañarla. Su hermano, Tatewaki Kuno, recuerda la amabilidad de todos, tanto con él como con su hermana.
Ryu Kumon y Enobaria son de las pocas excepciones, totalmente corrompidos por el Capitolio. Para ellos, estos son solo otros Juegos, y prometen ganar y acabar con cualquiera que se les cruce en el camino con su brutalidad. Algunos tributos también están demasiado borrachos o drogados, pero, aun así, logran sembrar la duda sobre los Juegos.
Gosunkugi, con su voz nerviosa, hace que el público cuestione la legitimidad de este Vasallaje, mientras que su compañera de distrito se pregunta si alguien se ha tomado el tiempo de leer las reglas con detalle.
Shampoo recita un poema que me hace dudar, porque es tan intenso, tan lleno de dolor y amor, que me hace sentir verdadera pena por ella y por el gran amor al que está dedicando estas palabras. Claro que parece que muchos en el público creen que ellos son ese gran amor del que ella se despide, lo que provoca que el público brame indignado y unas cien personas se desmayen llorando a mares.
Cuando es el turno de Ryoga, él no llora, ni recita poemas, ni siquiera cuestiona la legalidad de los Juegos. Solo se dedica a lanzar groserías, una tras otra, mandando a todos al demonio, porque le jugaron sucio. Se supone que al ganar nunca más tendríamos que volver a entrar en una Arena.
Los tributos del 11 parecen haberse puesto de acuerdo, porque ambos cuestionan el poder de Happosai, ya que en su distrito todos saben que él es todo poderoso. Y si es tan poderoso, ¿por qué no cambia las reglas? ¿Por qué no puede darse cuenta del gran amor que ha nacido entre el Capitolio y los vencedores?
Y ahora, ha llegado mi turno. La audiencia, para este momento, está destrozada.
Ranma me suelta con renuencia, como si no quisiera dejarme ir. Camino lentamente, temiendo caer y hacer el ridículo. Los zapatos son demasiado altos, el vestido demasiado largo y pesado. Las luces son cegadoras, y los gemidos y chillidos del público al verme vestida de novia son abrumadores.
Taro se tarda varios minutos en calmar al público para poder entrevistarme, como si estuvieran a punto de provocar un motín. Ya no podrán verme más, ni a Ranma. No podrán asistir a la lujosa y hermosa boda que el magnánimo presidente Happosai nos había regalado. No podrán ser testigos del final feliz de los trágicos amantes del distrito 12. Incluso veo que la actitud profesional de Taro se resquebraja un poco. Mis tres minutos se esfuman rápidamente.
—Bueno, Akane, parece que es una noche muy emotiva para todos aquí —logra decir después de una pequeña pausa por el alboroto general—. ¿Hay algo que quieras decir?
A lo lejos, veo a Ranma, sus ojos fijos en mí, tratando de calmarme desde la distancia, pero la tensión en su rostro me dice todo. Trago saliva. No tengo idea de qué decir en estos momentos, ya todo ha sido dicho, así que solo abro la boca y dejo que mi instinto tome el control.
—Solo... que siento mucho que no puedan asistir a nuestra boda —digo nerviosa, intentando que mi voz no tiemble demasiado—, pero me alegro de que al menos puedan verme en este bello vestido que Cinna ha diseñado para mí. ¿No es hermoso?
Sin esperar a que alguien diga algo, alzo las manos sobre mi cabeza y comienzo a girar. No sé qué espero, llamas falsas como la última vez, supongo. Porque Ranma será quien tome la sartén por el mango esta noche, o en eso quedamos anoche.
Pero algo está mal. Rápidamente mi vista se oscurece, no puedo respirar. La gente grita, y Taro ahoga una exclamación de alarma. El aire se tensa de golpe. Un rugido de fuego me arrastra, demasiado rápido, demasiado caliente. Siento cómo el calor me envuelve, las llamas que rozan mi piel y mi cabello. Mi vestido se consume con furia. El público grita, las voces se mezclan con las llamas.
Demonios pienso, furiosa. Así que al final sí que voy a ser humillada. Seguro que Cinna ha ido por la vieja costumbre de antaño, en la que los tributos del 12 salen desnudos y solo cubiertos por cenizas. Seguro el presidente le obligo a hacerlo.
Me detengo, mi cara ardiendo de vergüenza. Estoy segura de que estoy desnuda, cubierta de las cenizas de mi vestido de novia que se ha quemado por completo. Aprieto los ojos, pero la sorpresa general me inunda a mí también. Puedo sentir tela cubriendo mi cuerpo, y el alivio regresa a mí: ¡no estoy desnuda, gracias al cielo!
Abro los ojos lentamente, aún con los brazos alzados sobre mi cabeza. Llevo un vestido con el mismo diseño del de novia, pero este es negro como el ébano y está hecho de diminutas plumas. Asombrada, agito mis brazos y observo mi reflejo en las pantallas. Mis mangas son blancas en algunos puntos... o debería decir, alas.
No soy solo una tragedia. Soy el símbolo de la resistencia, la esperanza, el desafío.
Cinna, en su inalcanzable genialidad, me ha transformado en algo más grande, algo que no puede ser ignorado. Mi alma, mi dolor, mi rabia, ahora son visibles, como si el fuego mismo hubiera purificado todo lo que era mi antigua vida. Y no puedo evitar una sonrisa amarga. Porque, al final, el Capitolio no me ha destruido. Ha creado algo mucho más peligroso.
Soy la chica que desafía su destino. Soy un sinsajo.
Mi cuerpo aún arde, un eco del fuego que me envolvió hace unos instantes. Taro se acerca con cautela, como si temiera que aún pudiera prenderme en llamas. Sus dedos titubean antes de atreverse a rozar mi cabeza, donde un velo negro, antes blanco, cae desde mi coronilla hasta el suelo, cubriendo mi espalda desnuda.
—Son… ¿plumas? Como las de un ave —su voz es apenas un susurro, pero el silencio en la sala es tan absoluto que cada palabra resuena con una nitidez sobrecogedora.
—Sí. Como las de un sinsajo —respondo, batiendo con delicadeza las "alas" que se extienden desde mis brazos.
—¿Como el ave que llevabas en tu pin durante tus primeros Juegos? Eso era, ¿cierto? Un sinsajo.
El reconocimiento cruza su rostro como un rayo. Un mal presagio. No es solo una simple ave cantora, y lo sabemos. Lo sabe. En sus ojos verdes se desbordan emociones fugaces: sorpresa, incredulidad, comprensión… y luego, con la velocidad de un parpadeo, se recompone. Hará lo posible por desviar la atención, por controlar la narrativa, por sofocar el fuego antes de que se propague. Pero es demasiado tarde.
—Bueno, realmente tu estilista es un genio. Me quito el sombrero —dice con una sonrisa encantadora, dirigiéndose al público. Hace el ademán de quitarse un sombrero imaginario—. ¡Vamos, hombre, ponte de pie! ¡Deberías saludar!
Cinna, sentado en primera fila, se levanta con una sonrisa tensa y hace una reverencia elegante. El público estalla en aplausos y vítores, celebrando la maestría de su creación sin comprender del todo lo que significa. Pero yo sí. Y también Happosai.
El miedo me atenaza la garganta. ¿Qué le hará el presidente? ¿Sabe realmente lo que esto implica? Y si lo sabe… ¿por qué lo hizo?
Oh, Cinna… Me temo que no hay salvación para él.
La desesperación me golpea con una violencia inesperada. Quiero llorar, gritar, hacer algo. Pero no. Trago el nudo que amenaza con ahogarme y me obligo a mantenerme firme. No voy a llorar. No después del sacrificio que ha hecho por mí.
El tiempo se ha evaporado. Un silbido anuncia el final de mi entrevista. Me doy la vuelta, tambaleante, y camino hacia mi asiento junto a los demás vencedores. Ahora es el turno de Ranma.
Mi corazón late con una furia que me hace temer que pueda escaparse de mi pecho. Estoy aterrada, pero no puedo hacer nada más que sonreír como una estúpida y fingir que todo está bien. Fingir que no entiendo el verdadero significado de lo que ha hecho Cinna, como lo hacen casi todos los demás.
Taro y Ranma han formado una dupla brillante desde aquella primera vez en nuestros primeros Juegos, y lo han seguido haciendo en cada entrevista que le ha concedido a lo largo de los meses durante sus visitas al Capitolio. Se entienden bien. Demasiado bien. Como si fueran dos actores perfectamente sincronizados en un guion que todos disfrutan, excepto yo.
Un regusto amargo me sube por la garganta al recordar el propósito real de esas visitas. ¿También Taro lo sabía? Seguro que sí. No hay forma de que alguien tan astuto como él ignore la verdad.
Sacudo la cabeza ligeramente. No es momento de pensar en eso.
Me obligo a concentrarme en Ranma y en lo que sé que tarde o temprano dirá. Lo hablamos anoche. Acepte a regañadientes, pero solo porque espero que sirva para ayudarme a sacarlo con vida de la arena.
Empiezan con una charla ligera, lanzándose bromas con la naturalidad de quien ha compartido demasiadas palabras y escenarios. Hablan del fuego. Del espectáculo de mi vestido. Del hecho de que vengo de una familia de panaderos, lo que le da a Taro el pretexto perfecto para hacer juegos de palabras.
—Así que, entre llamas y horno, parece que lo suyo es una relación… candente.
El público estalla en carcajadas por esta broma tan tonta, atrapado por el carisma natural de Ranma y la chispa de su relación con Taro. Como siempre. Como si todo esto no fuera una farsa.
Sin embargo, todos notan que Ranma no es el mismo de siempre. Está ausente, distante, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en algún lugar al que nadie más puede acceder. Taro lo percibe de inmediato y no tiene más opción que llevar la conversación a un terreno más delicado.
—Bueno, Ranma… después de todo lo que has pasado, ¿qué sentiste al enterarte del Vasallaje?
La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Puedo ver el reconocimiento absoluto en los ojos de Ranma. Lo entiende. Taro lo sabe. Y se lo recuerda, le recuerda lo que sigue en juego, lo peligroso que es decir lo incorrecto. Le advierte, con una sola frase, que se comporte.
Lo odio.
Ranma sostiene la mirada de Taro por un segundo antes de girarse levemente hacia mí. Me mira a los ojos, pidiéndome perdón por lo que está a punto de decir. Por lo que revelará ante todos.
Sacudo la cabeza casi imperceptiblemente. Está bien.
Su boca se tensa en una línea rígida antes de que respire hondo, se aclare la garganta y comience a hablar.
—Quedé… impactado. Ya sabes, estaba viendo a Akane tan hermosa en todos esos vestidos de novia y de pronto…
Deja la frase inconclusa. Su mirada se clava en el suelo, como si estuviera conteniendo el derrumbe de algo dentro de él.
—Comprendiste que la boda jamás sería, que ustedes no estaban destinados a estar juntos.
El silencio que sigue es un abismo. Un instante demasiado largo en el que el aire parece volverse denso. Pero solo es un momento. Ranma levanta la mirada, observa al público con detenimiento y, finalmente, fija los ojos en Taro.
—Taro… ¿crees que todos nuestros amigos que nos están viendo sean capaces de guardar un secreto?
El público se ríe, pero es una risa incómoda. Porque, ¿a qué se refiere? ¿Un secreto? No hay secretos en un escenario con millones de ojos observando, desde el Capitolio hasta los distritos.
—Pero por supuesto, querido Ranma. ¿Cierto? —Taro se vuelve hacia el público con una sonrisa radiante, alimentando la expectativa. El público asiente, deleitado por el momento, ansioso por escuchar lo que dirá.
Ranma sonríe, pero no de verdad. Su boca se curva en la forma correcta, pero sus ojos siguen siendo dos pozos oscuros donde se esconde algo que nadie más nota. Nadie, excepto yo.
—En realidad, ya estamos casados —susurra, como si confiara un secreto que espera que todos guarden por él.
El silencio en el estudio es absoluto. Un instante congelado en el que nadie parece procesar lo que acaba de escuchar. Ni siquiera yo.
Sabía lo que diría, pero no entramos en detalles, y definitivamente no esperaba esto. Un pensamiento fugaz cruza mi mente, la duda absurda de si esto realmente ocurrió y simplemente lo olvidé. Pero sé que no.
Aun así, una sonrisa se me escapa. Es involuntaria, triste, y cuando las cámaras me enfocan, el público reacciona justo como debía hacerlo.
—¿Cómo dices? ¡¿Casados?! ¿Cómo es eso posible?
—Bueno, no es realmente un matrimonio oficial, no fuimos al Edificio de Justicia a registrarlo. Verás, en nuestro Distrito, en el 12, tenemos una tradición, un ritual. No sé si en los demás distritos tengan algo parecido, pero para nosotros, un matrimonio no es verdaderamente un matrimonio hasta que realizamos este ritual.
El público está atrapado en sus palabras, cada rostro reflejando curiosidad y asombro.
—Nosotros hacemos el tueste.
Taro parpadea con desconcierto.
—¿El… tueste?
Ranma asiente, con una pequeña sonrisa nostálgica.
—Sí. Verás, en nuestro distrito, el fuego es parte de todo. Es lo que nos calienta en invierno, lo que nos permite trabajar, lo que nos mantiene con vida. Así que, cuando dos personas quieren unirse para siempre, encienden un pequeño fuego juntos. No es gran cosa, solo un fuego de cocina, pero lo avivan con las mismas manos. Y una vez que la llama prende, parten un pedazo de pan recién horneado, lo "tuestan" al fuego y lo comparten. En ese momento, se considera que el matrimonio es real, porque el pan y el fuego simbolizan la vida que compartirán.
El público contiene el aliento, embelesado por la imagen que sus palabras evocan. Taro inclina la cabeza con interés.
—Déjame ver si entendí… ¿ustedes hicieron este ritual?
Ranma suspira y mira de reojo en mi dirección antes de asentir con solemnidad.
—Sí. Yo encendí la llama, ella horneo el pan, y juntos lo tostamos. Lo compartimos.
Las cámaras me enfocan de inmediato. No tengo que actuar demasiado. Mis labios tiemblan levemente cuando esbozo una sonrisa afligida, como si los recuerdos me embargaran. Sé lo que está haciendo. Sé por qué lo está diciendo. Pero eso no impide que mis ojos se llenen de lágrimas que no puedo derramar.
El público estalla en murmullos y exclamaciones emocionadas.
Taro se lleva una mano al pecho, dramatizando la escena.
—¡Oh, qué hermoso! ¡Es como un cuento!
Pero Ranma no sonríe. No completamente. Sus ojos están demasiado oscuros, demasiado perdidos en algún lugar que nadie más parece notar.
Yo sí.
—¿Estaban sus familias con ustedes?
—No, estábamos solos, no se lo dijimos a nadie. El padre de Akane nunca lo hubiera aprobado.
Ranma esboza una sonrisa traviesa, como si estuviera recordando un dulce secreto. La audiencia responde con risas y murmullos de aprobación, encantados con la idea de una boda clandestina.
—Aun así, en definitiva, nos sentimos más unidos de lo que podríamos estarlo después de haber firmado cualquier papel o de la boda aquí en el Capitolio.
—A ver, espera, déjame analizarlo… entonces, ¿me estás diciendo que esto ocurrió antes o después del anuncio del Vasallaje?
—Antes, por supuesto. No lo habríamos hecho de saber lo que sucedería después —responde Ranma, y su sonrisa se apaga. Su ceño se frunce y la tensión se instala en su mandíbula—. ¿Quién lo hubiera pensado, Taro? ¿Cómo podríamos haber sabido lo que nos esperaba? Como cada vencedor aquí presente, pensamos que al fin estábamos a salvo. Que estaríamos juntos para siempre. Sobrevivimos a la arena. Nos convertimos en vencedores. Todo el mundo parecía encantado de vernos finalmente como pareja y entonces… de buenas a primeras…
Ranma se interrumpe, su respiración se agita y su mirada se oscurece. Aprieta la mandíbula. Mira al público, a Taro, a mí, y sacude la cabeza con una mezcla de incredulidad y rabia contenida. Es un acto perfecto de desesperanza que hiela la sala.
Pero yo sé que no está actuando.
—Es decir, ¿cómo íbamos a imaginar algo así?
—Nadie, Ranma. No podían saberlo —dice Taro con tono conciliador, colocando una mano sobre su hombro—. Pero al menos tuvieron algunos meses de felicidad. Me alegro por ello y sé que todos los que nos observan también lo hacen.
Ranma suelta una carcajada amarga y niega con la cabeza, sus ojos clavados en el suelo.
—Pues yo no. No me alegro. Ojalá hubiéramos esperado hasta la boda oficial.
Su voz es un susurro cargado de arrepentimiento y amargura La audiencia murmura inquieta. Taro lo mira con lástima, pero sigue adelante..
—Bueno, Ranma… pienso que, aunque haya sido poco tiempo, sigue siendo mejor que nada. Y estoy realmente feliz por los meses en los que pudieron disfrutar juntos.
Ranma levanta la mirada, sus ojos brillan con algo que no sé si es rabia o desesperación. Aprieta los puños. Respira hondo.
—Quizá yo también habría pensado lo mismo… de no ser por el bebé.
El mundo entero se detiene.
Un segundo de silencio absoluto, un abismo en el que el tiempo no existe.
No sé si jadeé, si solté un sollozo, si simplemente me congelé. Solo sé que mis manos se mueven por sí solas hasta mi vientre, en un reflejo primitivo de protección. Pero no hay nada que pueda proteger ahora. No puedo protegerlos a ambos.
El público estalla.
No sé si gritan de sorpresa, de horror, de emoción. Todo suena como un zumbido lejano. Mis ojos se nublan y las lágrimas finalmente caen, arrastrando consigo el maquillaje impecable de Cinna. No me importa. Porque de pronto todo se siente más real, más tangible.
Porque de pronto…
El dolor me golpea con una brutalidad que me quita el aliento.
Ranma me mira y veo el reflejo de mi propia agonía en sus ojos. Su mandíbula tiembla, sus labios se separan como si quisiera decir algo más, pero no puede. Las lágrimas resbalan por su rostro en silencio.
Entonces el escenario se desmorona.
Cierro los ojos con fuerza.
Solo quedamos él y yo, atrapados en el eco de lo que hemos perdido. De lo que nunca tendremos.
Y los recuerdos me golpean como un torrente.
Y recuerdo.
Recuerdo aquel día.
Continuara…
Sopas, nos quedamos todos en shock ¿o solo yo? Sí ya sé que este tema se aborda en la obra original, pero pues aquí los niños si se comieron la torta antes del recreo, así que estoy genuinamente destruida con esta revelación final.
Y sí, ya sé que les prometí lemon el capítulo anterior, peeeeero, el capítulo quedaba extremadamente largo así que tuve que dividirlo en dos partes, pronto subiré la otra donde está el tan esperado lemon, porque si Ranma y Akane se merecen un poco de lujuria en sus vidas luego de tanto que han sufrido ¿no están de acuerdo?
En fin, espero, espero que les haya gustado el capítulo, por cierto, hoy rompí record es el más largo que he escrito hasta el momento, ojalá no les haya aburrido tanto texto.
Como siempre agradezco por sus reviews y su paciencia esperando actualización a:
Benani0125: Guapa que gusto leerte, espero estés súper bien. Gracias por tus comentarios y sí, Ranma suele retraerse en sí mismo y olvidarse de lo que está frente a sus ojos el muy menso. Ryoga es un papucho y su pecho y torso parecen tallados por los mismos ángeles, jajaja, que ganas de lavar chones en ese lavadero, lástima que es ficticio, jejeje.
Me quema la impaciencia de leer qué opinas de este capítulo, ojalá te haya gustado tanto como a mi escribirlo. Saludos y abrazos enormes rellenos de cereza y cubiertos de chocolate porque, mes del amor y la amistad y aja…
Darkarinita: Holis bonis, que bueno que no haya drama por el nombre, jeje. ¿Te cuento un secreto? Estuve a punto de escribirlo mal de nuevo, pero mientras corregía ortografía me di cuenta jajajaja. Por poco y te vuelvo "Darkanita" de nuevo. Ojalá te haya gustado este capítulo, espero con ansias ansiosas leerte muy pronto.
Saludos enormes rellenos de bombones esponjocitos porque como dije antes, febrero, amor, amistad y aja…
SARITANIMELOVE: ¡Hola bella! Que felicidad que te actualizaste en la lectura del fic, me encanta leer tus reacciones, ojalá este capítulo haya sido de tu agrado.
Bien, te contesto por partes: (1) Sí, de nuevo a la arena pobres criaturas, no salen de una para cuando ya están en otra. (2) Pues no pudieron, aiñ. (3) Casi nos desviven a Tofu, y sí, siempre hay alguien interrumpiendo…. Bueno casi, como pudimos leer en este capítulo o más bien en el siguiente, jejeje. (4) Tooooodos amamos a Ranma celoso.
Saluditos con olor a rosas rojas, porque febrero, amor, amistad y aja…
Lucitachan: Hola hola… uy, si mi promesa se la llevo el viento, jajajaja. Pero ahora sí, deveritas, deveritas en el próximo si habrá limoncito.
Me encanto escribir la escena del ascensor, aunque estaba súper dudosa de quien estaría con ellos en el ascensor si Ryoga o Shampoo y pues que se les mete el puerco de buen cuerpo, jajaja y bien sabrosote y así. Qué alivio que te haya gustado la escena.
Espero ansiosamente tus comentarios sobre este capítulo.
Saludos y abrazos con velas encendidas y cenita fancy, porque febrero, amor, amistad y aja…
Jetread17: Hola, hola… que lee mis ojitos una personita nueva por este ambicioso fic. Discúlpame si me equivoco, pero creo que al menos en esta historia no había leído tus reviews. Mil gracias por tus palabras, me has hecho el día. Realmente es difícil escribir y no ver mucha respuesta, pero por personas como tú y todos los que me escriben y favoritean la historia o la siguen es que sigo aquí, escribiendo con todo el corazón y los dedos claro, no olvidemos los dedos, Jejeje.
Sobre el cap, de los abusos, fue realmente fuerte escribirlo para mí y trate por todos los medios que no fuera denigrante ni ofensivo para nadie leerlo, y dejando en claro por supuesto que ningún abuso es culpa jamás de la víctima.
Te aseguro que no pienso tirar a la basura está historia, ninguna de ellas en realidad, es solo que a veces hay bloqueos o simplemente desánimos, pero tarde o temprano terminaré cada una de mis historias.
Espero este capítulo te haya gustado, ojalá pueda leerte pronto y saludos enormes hasta Argentina desde México. Claro y los saludos van a acompañados de un gran abrazo empalagoso porque como ya he dicho antes en otros coments, febrero, amors, amistad y aja…
Morix2: ¡Saludines bella! Que gusto leerte, y sí, gracias a Dios, las fiestas estuvieron excelentes y llenas de alegría, tengo los mismos deseos para ti, que hayas tenido excelentes fiestas. Concuerdo linda, todos amamos a Ranma celoso y nos apenamos por todo lo que ha tenido que vivir, pobre de nuestro muchacho. Espero te haya gustado este capítulo, espero leerte pronto. Saludos gigantes chorreantes todos empalagosos y así, porque febrero, amor, amistad y aja…
Eso es todo por el momento gente bella, nos leemos en la próxima actualización, bye, bye.
