EL RITUAL DE LA DIOSA AMATERASU

La noche avanzaba con tranquilidad mientras el príncipe Izuku se encontraba sentado sobre sus piernas en una perfecta postura seiza, justo en el centro del altar ceremonial que se encontraba dentro de la cueva de Amano Iwato. Vestido con un fino kimono de seda blanca y adornado con bordados plateados de patrones florales, representando así su pureza, el príncipe se encontraba orando a la diosa Amaterasu para la prosperidad de su pueblo, las buenas cosechas y la paz ante la guerra inminente que se cernía afuera de las grandes murallas. Como si la diosa reconociera la sinceridad de sus peticiones, el equinoccio de primavera dio inicio cuando, alrededor del príncipe, comenzaron a revolotear pequeñas esferas de luz violeta que con el pasar del tiempo se transformaron en hermosas mariposas. Como el último heredero de la dinastía del dragón, Izuku tenía el deber de realizar el ritual ceremonial del sol cada año como su padre lo había hecho antes de fallecer. En dicho ritual Izuku debía sumergirse en una profunda meditación y oración durante toda la noche justo antes de que el alba comenzara, y pudiera salir para dirigirse al borde del río Iwato para darle oficialmente la bienvenida a la primavera cuando los primeros rayos del sol comenzaran a pintar el firmamento.

— Majestad, ya es hora.

Los ojos del príncipe se abrieron con lentitud, parpadeando con ligereza para poder acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Sin embargo, quedó maravillado al admirar a las mariposas de luz que continuaban revoloteando a su alrededor, aquella sin duda alguna era la respuesta de la diosa del sol a sus peticiones. Una tierna sonrisa se apoderó de sus labios al extender su mano con delicadeza para que una de las mariposas pudiera posarse sobre su dorso por un breve momento, antes de desaparecer en un ligero estallido de luz. Finalmente, su mirada reposó en la figura del hombro que se encontraba arrodillado en una reverencia respetuosa ante él, agradeciendo la oscuridad del lugar pues como siempre que se encontraba junto a su leal caballero, sus mejillas decidían sonrojarse. Katsuki Bakugo era su guardia personal, era el encargado de su protección y seguridad. Se trataba del guerrero más fuerte y valiente que existía en el reino, con un carácter fuerte, perfecto físico, un pelo rubio que parecía resplandecer siempre bajo la luz del sol, unos ojos carmesí similares a dos pozos profundos de lava hirviendo y una inteligencia innata para la batalla. Izuku lo conocía desde que era un niño pequeño y aunque le había parecido inevitable no quedar cautivado por aquel guerrero, la verdad era que Katsuki lo respetaba demasiado para su propia frustración. Fue su propio padre quien lo dejó exclusivamente para su protección después de todo.

— Kacchan. — Respondió con aquel tono dulce que siempre dejaba encantado a todo ser que lo conociera. — Ya te he dicho que puedes llamarme Izuku cuando estemos a solas.

El rubio levantó la mirada al escuchar la petición de su príncipe, negando con sutileza. — No es correcto, majestad. — Sonrió un poco ante el suspiro que había provocado su respuesta en aquel joven. Sí, el príncipe tenía bastante tiempo insistiendo en que podía llamarle por su nombre, sin embargo, sería la única petición que no podía llevar a cabo. Decir el nombre del monarca era un acto tan íntimo y personal a la que un simple guerrero no podía ni siquiera atreverse a soñar. Cuando conoció al rey Hizashi, éste lo había salvado de morir, le había dado un techo al cual llamar hogar y le había regalado un propósito para continuar con vida. Cuando la maldad del sumo sacerdote alcanzó la aldea en donde vivía y los orcos oscuros masacraron a sus padres, él apenas había podido salir con vida, huyendo como una rata cobarde. En aquel entonces lamentó no haber tenido la fuerza con la que contaba en esos momentos para proteger a sus padres. Estuvo a punto de quitarse la vida cuando el rey apareció ante él, le arrebató la daga con la que planeaba cortarse el cuello y lo abrazó con delicadeza. Su padre siempre le había contado de la bondad que poseía el rey Hizashi, pero hasta ese día pudo comprobarlo con sus propios ojos cuando el rey decidió llevarlo al palacio como su protegido. Se trataba solamente de un adolescente de quince años cuando conoció al pequeño príncipe Izuku de diez. Desde entonces nunca se apartaba de su lado y aunque reconocía que con el pasar de los años, el príncipe se había transformado en un bello ser, le debía demasiado al rey como para faltar a su memoria. Ese año en particular era el primero en el que el príncipe tenía que hacer la ceremonia reemplazando a su padre, quien había fallecido un año atrás cuando se enfrentó personalmente al sumo sacerdote. Por un momento el reino se había apoderado de la desesperación al perder a su monarca, pero le príncipe Izuku había demostrado su propia fortaleza a pesar de su delicadeza, tenía un poder que estaba seguro, sobrepasaba por mucho al del mismo rey, al igual que su bondad. — Debe dirigirse al río Iwato de inmediato, el alba comenzará pronto.

— Lo sé.

Con otro nuevo suspiro, sabiendo que no conseguiría hacer cambiar de opinión a su guardián, se puso de pie con calma. Sin embargo, pasar tantas horas en la misma posición había provocado que sus piernas se entumecieran, por ello, cuando intentó dar el primer paso, sus piernas se tambalearon provocando que se precipitara al suelo una vez más. Solo que nunca llegó a caerse porque los brazos fuertes de Katsuki, quien se había puesto de pie con una gran rapidez, lo sostuvieron con firmeza.

— Debe tener más cuidado, majestad.

Las mejillas del monarca se tiñeron de un profundo sonrojo ante la cercanía de su guardián. Su corazón comenzó a latir con tal fuerza, que por un momento llegó a pensar que el rubio lo podría escuchar, o en su defecto, que de un momento a otro se pudiera escuchar como un eco fuerte recorriendo el interior de la cueva. Pero no fue así por supuesto, aunque eso no pudo evitar que se quedara mudo cuando la mano del guerrero se deslizara con extrema delicadeza por su mejilla hasta perderse en su cabello. Su cuerpo se estremeció con suavidad ante el contacto, teniendo que cerrar sus ojos, esperando por algo que ambos llevaban deseando por mucho tiempo, pero que finalmente nunca llegó.

— Su tocado se había desacomodado.

Los ojos del peliverde volvieron a abrirse con sorpresa solamente para ver como su guardián ya había comenzado a caminar hacia la entrada de la cueva con una calma que en esos momentos Izuku envidiaba y odiaba por partes iguales. ¿Qué estaba esperando? ¿Qué Katsuki por fin hubiera decidido darle su primer beso? ¡Qué iluso había sido! Sus manos se posaron un momento sobre su pecho, como si con ello le estuviera diciendo a su corazón que se calmara y dejara de latir tan loco por un hombre que nunca podría fijarse en él.

— Pero ya no se puede hacer nada, ¿verdad? — Susurró bajo el peliverde con una sonrisa melancólica, sabiendo que su corazón ya le pertenecía de manera incondicional a su tonto guardián, aunque este se empeñara en demostrarle que no sentía lo mismo. Después, con sus manos se palmeó con suavidad las mejillas mientras negaba con efusividad, ocasionando que el sonido se escuchara por toda la cueva. — ¡Bien Izuku! ¡No te rindas! — Después de todo no era el tipo de persona que se diera por vencido de un momento a otro. Cerró los ojos una vez más, suspirando profundo para recobrar la calma. Primero tenía que terminar con el ritual de la diosa Amaterasu como su padre lo habría hecho de continuar con vida, no podía defraudarle. Después… bueno, después ya podría poner en orden sus pensamientos para poder saber cuál iba a ser su manera para afrontar lo que sentía por su guardián.

Cuando salió de la cueva, Katsuki ya lo esperaba con una reverencia. Los aldeanos habían hecho un camino de flores que conectaba la cueva con el rio y por el cual debía avanzar. A lo lejos, Izuku podía escuchar ya los rezos de su pueblo. Unas plegarias que el suave viento matutino se llevaba hasta transportarlo en presencia de los mismos dioses. Katsuki le extendió su mano mientras inclinaba la cabeza en un total gesto de respeto. Izuku le sonrió con dulzura al aceptar aquella mano para comenzar a avanzar hasta el río. No estaba seguro de que aquello fuera parte del ritual, pero su corazón se sentía cálido al saber que no tenía que pasar por todo ese proceso solo.

Izuku se detuvo al borde del rio, siendo detenido por su guardián quien volvió a arrodillarse ante él. Cuando alzó la mirada, sonrió un poco ante el desconcierto del peliverde pues Katsuki Bakugo no era del tipo de persona que sonriera con facilidad. — ¿Me permite? — Preguntó con calma mientras observaba los pies de su monarca.

El príncipe volvió a sonrojarse y sin ser capaz de hablar de nuevo, solamente levantó su pie derecho, apoyándose sobre los hombros del guerrero. Con la misma delicadeza con la que Katsuki había acariciado su mejilla, fue retirando su calzado, dejando ambas sandalias a un lado listas para que pudieran ser utilizadas después. Cuando terminó con aquella tarea volvió a tomar la mano de su príncipe para ayudarle a entrar al rio. Sin embargo, solo lo acompañó hasta la orilla sin tocar el agua. Aquel era un proceso que solamente el monarca podía hacer así que al igual que como lo hacía con el antiguo rey, recargó su rodilla derecha sobre el suelo mientras inclinaba el rostro y mantenía sus manos apoyadas sobre su rodilla.

El príncipe apenas resistió las ganas de acariciar el cabello de su guardián, pero también sabía que aquello no sería bien visto. Además, tenía que terminar con el ritual, tampoco es que quisiera perjudicar a su pueblo por culpa de sus egoístas sentimientos. Con tranquilidad puso su pie derecho dentro del rio, estremeciéndose ante el frío contacto. Cerró los ojos en un intento de controlar los escalofríos que lo recorrían, aquello era una prueba por la que todo monarca debía pasar. Era una muestra de respeto ante los dioses al entrar en contacto directo con la naturaleza, purificando cualquier rastro de oscuridad y duda que pudiera albergar en su corazón. Izuku se sabía el ritual de memoria, su padre siempre se lo había contado como si fuera un cuento de hadas cuando era pequeño y sabía que debía realizarse justo cuando la luz del sol comenzaba a iluminar el cielo, dejando atrás la oscuridad de la noche y durmiendo a cada una de las estrellas. Se detuvo hasta que el agua le llegó a la pantorrilla, solo entonces elevó la mirada al cielo que para ese momento comenzaba a pintarse de diversas tonalidades de azul, morado y violeta. Con cuidado se arrodilló para finalmente recostarse sobre el agua, empapando al instante su kimono, sus brazos extendidos a sus costados, dejando que fueran acariciados por la suave corriente del río. Cuando se sintió preparado, comenzó a entonar con voz devota y cálida la oración que había pasado de generación en generación en su familia. Sus ojos esmeralda se encontraban observando el momento exacto en el que la luna comenzaba a desaparecer, dejando atrás solo su fina silueta, mientras continuaba orando.

Oh, Amaterasu, bondadoso espíritu que despiertas la tierra con tu cálido aliento

Bendice cada brote que renace y cada flor que se abre ante tu magnificencia.

Que el murmullo del viento entre los árboles nos llene de esperanza, y que la luz dorada de cada amanecer nos recuerde nuevos comienzos.

Renueva nuestros corazones como renuevas la naturaleza, haz que florezcan en nosotros la alegría, el amor y la gratitud.

Que la vida se llene de colores, como los campos en flor, y que la brisa perfumada nos guíe con tu dulzura en este nuevo ciclo.

Gracias por la belleza que nos rodea, por el canto de los pájaros y el brillo del cielo azul.

Que la primavera sea un reflejo de tu amor, paz y armonía en nuestras almas.

Al terminar levantó sus manos en dirección al cielo, como si estuviera listo para ser abrazado por la diosa y después de un momento, las bajó lentamente hasta que cubrió con ellas sus ojos. Debía permanecer en esa posición hasta que el sol saliera por completo para dejar que el agua terminara de purificar todo su cuerpo. A pesar del frío que había sentido al principio, ahora se sentía en paz y en calma. El sonido tranquilo del bosque, de los animales despertando a un nuevo día, del murmullo de las hojas de los árboles y el aleteo de los pájaros… todo parecía como si Amaterasu les estuviera escuchando en cada una de sus oraciones. Izuku sabía que pedir por algo personal resultaba un acto demasiado egoísta, pero aún así no pudo evitar elevar una última plegaria antes de que tuviera que regresar a palacio para cumplir con sus obligaciones como el futuro rey y tuviera que afrontar todos los retos que sabía tenía por delante.

"Por favor, tú que eres grande y misericordiosa, escucha el deseo más ferviente de mi corazón. Permíteme encontrar la felicidad al lado de quien mi alma ya ha señalado como su gemela y permite que ambos seamos felices al lado del otro."