Siempre me consideré una persona intuitiva y pragmática. Estaba acostumbrado a tener la razón en mis hipótesis sobre algo o alguien; nunca me vi contrariado y pocas veces algo rompió mis expectativas. Eso, hasta que conocí a Tony.
Aquella noche, cuando me imaginé que la atmósfera de extraña comodidad entre los dos nunca se iba a despejar, cuando creí que después de aquel acercamiento no íbamos a volver a ser los mismos, Tony me llevó a su taller. Este quedaba en el último piso de la casa, detrás de una puerta roja. Allí vi un montón de colores, y definitivamente era el lugar que él más habitaba. Tony tenía desde prototipos, planos y herramientas, hasta un enorme telescopio, varios artículos de los cuales desconocía su función y un brazo robótico que se movía de aquí para allá con torpeza. Al fondo había un ventanal que dejaba ver la montaña y todo el horizonte; un amanecer sería hermoso desde ahí. Sobre una mesa, rodeado de pequeñas piezas mecánicas y envuelto por una sábana, estaba la obsesión de Tony. Dijo:
—Es un robot, aún no lo termino. Pero cuando esté listo, te lo mostraré. Estaba pensando un nombre, pero como siga así de torpe lo dejare como Butterfingers.
No dormimos en toda la noche. Tony hablaba de su proyecto, de cómo, a los cuatro años, construyó su primera placa de circuito y, al llegar a los siete, fabricó el motor de una moto V8. Me contaba todo lo que sabía de mecánica y física, y yo, a pesar de no entenderle, escuchaba todo lo que decía. Porque no dejaban de gustarme su sonrisa y ese brillo en sus ojos, tan cálido y perfecto.
Aquella noche fue extraordinariamente tranquila. Terminamos cayendo de sueño en mitad del taller, él recostado en el sofá y yo al otro extremo del cuarto.
Esos días de verano fueron maravillosos.
La señorita Spencer y la señorita Williams hablaban mucho sobre la necesidad de que lloviera, pero el pasto soleado a mí me parecía mejor, siempre y cuando caminara sobre él con Tony.
En algún momento me sentí mal por Bucky. Traidor... supongo que esa era la palabra, porque en mi interior planeaba no regresar a Brooklyn en mucho tiempo. Estar con Tony me llenaba de vida, me motivaba. Había empezado a cambiar, había vuelto al lápiz y al papel. Tony siempre estaba ahí, observando calladamente, sugiriéndome nuevas ideas, pequeñas cosas significativas. Había retratado a Friday mientras Tony la tuvo en su regazo, posando para mí. Por mi cabeza pasó la fugaz idea de retratarlo a él también. ¿Cómo podía alejarme ahora de alguien con quien me sentía tan cómodo?
Las semanas pasaron sin que me diera cuenta.
Solía pensar que el tiempo avanzaba de forma predecible, que cada día tenía un orden lógico que podía anticipar. Pero entonces, él apareció con su cabello castaño, con su sonrisa cargada de ironía y ese misterio que se enredaba en cada palabra que decía. Y todo se me hacía impredecible. Lo veía todos los días; a veces nos encontrábamos en su taller, donde él trabajaba con ese brillo en los ojos que hacía que todo lo demás desapareciera. Otras, caminábamos sin rumbo por la pradera, dejándonos atrapar por la brisa cálida.
No necesitábamos hablar todo el tiempo. Había silencios que no pedían ser llenados, espacios donde su hombro rozaba el mío cuando nos sentábamos en el porche, o donde la risa, suave y despreocupada, se convertía en el sonido más importante del día.
Era extraño.
Yo no creía en cosas como el destino que une a las personas, pero había algo en la forma en que Tony existía en mi vida ahora que hacía que todo lo demás pareciera irrelevante. Y, sin embargo, él seguía siendo un misterio.
Había días en los que su energía era imparable, en los que me arrastraba a su mundo de ideas imposibles y me contaba sobre cada invento que tenía en mente. En esos momentos, lo miraba y pensaba que no había nadie en el mundo como él.
Pero había otros días en los que desaparecía sin previo aviso.
Días en los que su casa permanecía en silencio, en los que la puerta de roble no se abría sin importar cuántas veces llamara. Días en los que, cuando finalmente volvía a verlo, había algo apagado en sus ojos, algo que no me dejaba acercarme demasiado.
No lo presionaba.
No le preguntaba a dónde iba ni por qué su mirada se volvía más oscura cuando pensaba que no lo estaba observando. Pero cada vez que sucedía, algo en mi pecho se apretaba sin razón aparente. Quizá porque empezaba a darme cuenta de algo que no estaba listo para admitir.
Que Tony Stark se estaba convirtiendo en la persona más importante en mi vida y que eso me aterraba más de lo que quería aceptar.
Finalmente, le hablé a Bucky sobre Tony. Muy someramente, le comenté cómo lo había conocido y simplemente dije:
—Tony y yo somos muy cercanos. Nunca hubiera creído conocer a alguien así en este pueblo.
La respuesta de Bucky fue algo como:
—Hay muchas cosas que no estás diciendo. Pareces enamorado del chico.
Toda la tarde reflexioné sobre esa afirmación. En su momento, le negué a Bucky cualquier tipo de sentimiento romántico. No estaba enamorado de Tony, solo éramos amigos. Solo me gustaba estar con él. Solo quería entenderlo, saber qué pasaba en su cabeza cuando su mirada se apagaba de repente. Solo quería verlo sonreír.
Solo eso.
Pero conforme avanzaba la tarde, cada vez que intentaba distraerme con otra cosa, la voz de Bucky volvía a mi mente.
"Pareces enamorado del chico."
Cerré los ojos con frustración y dejé el lápiz sobre mi cuaderno de dibujo. El bosquejo de Friday estaba casi terminado, pero no podía concentrarme en los detalles.
No podía concentrarme en nada.
—¿Desde cuándo eres tan dramático?
Abrí los ojos.
Tony estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa en los labios. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí, observándome.
—No soy dramático.
—Claro que lo eres. Te ves como si estuvieras en medio de una crisis existencial.
Rodé los ojos y cerré la libreta.
—¿paso algo?
—Solo pasaba a ver si querías venir al taller. Dum-E ha intentado incendiar la casa otra vez.
—Eso no suena como una invitación.
Tony sonrió.
—Depende de cuánto te gusten las emociones fuertes, Rogers.
No lo dudé demasiado, me puse de pie y lo seguí fuera de la casa. Esa noche, después de horas en su taller, cuando Tony finalmente decidió dejar de trabajar y desplomarse en el sofá con los ojos cerrados, saqué mi libreta de dibujo y lo intenté.
Lo observé con detenimiento, tratando de capturar la forma en que su cabello caía sobre su frente, la curva de su nariz, la manera en que su pecho subía y bajaba con cada respiración. Pero no funcionaba, cada línea que trazaba me parecía insuficiente, como si ningún dibujo pudiera hacerle justicia a la forma en que Tony se sentía cuando estaba cerca.
Frustrado, cerré la libreta.
—¿Qué estás haciendo?
Levanté la vista y me encontré con sus ojos color avellana observándome con curiosidad.
—Nada.
—Mentira.
Se incorporó y miró la libreta en mi regazo. Antes de que pudiera reaccionar, la tomó y la abrió en la última página. Vi cómo sus labios se curvaban en una sonrisa cuando reconoció su propio rostro en el boceto incompleto.
—¿Estabas dibujándome?
Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.
—Estabas dormido.
—¿Y eso qué?
Tony pasó los dedos sobre la hoja con suavidad. No se burló, ni hizo alguna broma. Solo observó el dibujo con una expresión que no supe interpretar del todo.
—No está terminado —murmuré.
Tony levantó la vista y me sostuvo la mirada por un largo segundo.
—Deberías terminarlo.
Y luego me devolvió la libreta, como si hubiera dicho algo completamente normal. Como si no hubiera dejado mi corazón latiendo demasiado rápido en mi pecho.
Tony era cruel.
Porque al día siguiente no pude hablar con él. Sus desapariciones eran algo a lo que me había acostumbrado, pero nunca me gustaron. Cada vez que pasaban, intentaba convencerme de que no debía preocuparme. Que él volvería cuando quisiera, que siempre lo hacía.
Pero esta vez fue diferente.
Porque cuando la puerta de su casa finalmente se abrió después de varios días cerrada, Tony no se veía como siempre: estaba agotado. Era algo en su postura, en la manera en que sus manos temblaban levemente cuando las metió en los bolsillos de su chaqueta, lo que me dio un breve sentimiento de ansiedad.
—Hey, Stefan —dijo con una sonrisa cansada.
Yo no sonreí.
—¿Dónde estuviste?
Tony bajó la mirada.
—Por ahí.
—Tony.
Suspiró y pasó una mano por su cabello, despeinándolo aún más.
—No es importante, Rogers.
—Sí lo es.
Tony se detuvo. Su expresión cambió levemente, como si no estuviera acostumbrado a que alguien se preocupara de verdad. Por un momento, pensé que me respondería, pero entonces vi algo en su muñeca: un hematoma. Pequeño, pero visible, y algo dentro de mí se apretó con fuerza.
Tony notó mi mirada y rápidamente se subió la manga para ocultarlo.
—No preguntes.
—Tony, ¿qué te está pasando?
Su mandíbula se tensó.
—No puedes ayudarme, Steve.
Me negué a aceptar esa respuesta.
—Al menos... déjame intentarlo.
Me observó en silencio por un largo rato. Sus ojos parecían dudar mientras sus dedos temblaban, entrelazándose entre sí. Definitivamente, no había sido una semana tranquila para él. Había cierta angustia en su semblante que no correspondía para nada al de un chico de 17 años. Y entonces, finalmente, lo dijo:
—Tengo asuntos. No es tan fácil de explicar.
No supe qué contestar. Sus palabras flotaron en el aire como un eco persistente, cargadas de significado, pero sin suficiente contexto para entenderlo todo. Mis ojos volvieron a sus muñecas, al moretón apenas oculto bajo la manga de su chaqueta.
—¿Peleaste con alguien?
Tony no respondió de inmediato. No era solo cansancio lo que había en su rostro, era miedo. No el tipo de miedo que se puede poner en palabras, sino ese que se esconde en los huesos, que se adhiere a la piel como el aire frío.
—Steve… —su voz sonó más baja, casi resignada—. No vale la pena.
Mi mandíbula se apretó.
—¿Por qué no?
—Porque no es gran cosa. Es solo un moretón, se sana solo.
Me tensé. Algo en su tono me hizo sentir que esa respuesta no era para protegerme, sino para protegerse a sí mismo. Ya no podía ignorarlo.
—Tony, dime la verdad.
Él soltó una risa seca, sin humor.
—¿La verdad?
Se inclinó hacia mí con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—La verdad es que salí tarde en la noche. Me encontré con unos matones en un bar y forcejearon conmigo, hasta que logré librarme pateándoles las bolas.
Mi estómago se revolvió.
¿Qué?
Había ocasiones en las que Tony podía mentir diciéndote la verdad, mentía contándote historias que, conociéndolo, podrían ser perfectamente ciertas. Sin embargo, el brillo en sus ojos delataba que no había mentira en esa verdad a medias.
—¿En serio?
Tony me miró fijamente. No negó nada, solo evadió mi mirada con algo de cobardía. Y entonces, algo hizo clic en mi cabeza.
—¿Qué hiciste, Tony?
Él prefirió prestarles atención a las hojas del suelo, sus dedos jugando nerviosos con el borde de su chaqueta.
—Nada que estuviera condenado. Solo fui a buscar algo.
—Eso no responde a mi pregunta.
Se quedó en silencio. Pero entonces, suspiró y pasó una mano por su cabello, despeinándolo aún más.
—Seguí una pista.
—¿Qué pista?
Tony se rió por lo bajo.
—Solo escuché algunos rumores. Hay un bar cerca de la zona del puerto. Simplemente iba a comprobarlo por mi cuenta.
Se alejó de mí para tomar asiento en las escaleras del porche y comenzó a arrancar las pequeñas hierbas que crecían a los costados de las tablas de madera, como si intentara desgastar la energía nerviosa que lo envolvía.
—Tenía una sospecha. Se lo comenté a Jarvis, pero él insistió en simplemente informarlo a la policía. Ya sabes cómo es, todo en ese maldito departamento lo archivan.
Me quedé helado.
Había escuchado algo similar de él. Tony no me contaba mucho sobre sí mismo o sobre sus padres. Lo poco que sabía lo había averiguado uniendo puntos y conectando ideas con lo que me comentaba mi tío y lo que él mismo me decía de vez en cuando. Tony no era de Vanmouth; siempre había sido de Nueva York, de Manhattan. Sus padres tenían una empresa allí, y su casa en Vanmouth era la de sus abuelos maternos, donde creció su madre. Antes, durante las vacaciones de verano, venían para pasar tiempo juntos en el pueblo donde ella había crecido. Fue en uno de esos veranos cuando ella desapareció.
Tocar ese tema era difícil con él. Rápidamente cambiaba el ritmo de la conversación, y yo sabía que no era un recuerdo agradable para él. Perder a un familiar ya era devastador; no podía imaginar cómo debía de sentirse Tony.
Howard lo había enviado nuevamente a Vanmouth con Jarvis porque existían varias disputas entre ellos. A mí me sonaba más como un castigo, pero Tony parecía genuinamente más cómodo en ese pueblo que hablando de su vida en Nueva York. Jarvis estaba a cargo de él, pero casi siempre se quedaba solo porque, además de ser su mayordomo, era el asistente de Howard y solo podía pasar una o dos veces por semana para asegurarse de que Tony estuviera bien, confiándole su bienestar a la señora Williams, quien lo cuidaba guardando las distancias.
Todo era demasiado confuso de entender para mí porque, desde mi situación, parecía que la familia de Tony era demasiado fría y desconectada. Jamás podría entender cómo un padre enviaría a su hijo solo a un pueblo.
El silencio entre nosotros se sintió más pesado de lo normal. Tony seguía arrancando hierbas del porche, sin mirarme, y yo lo observaba sin saber qué hacer con la información que acababa de darme. Había ido solo a un bar del puerto, siguiendo un rumor, y lo habían lastimado. Ni siquiera sabía por dónde empezar.
—Tony… —comencé con cautela—. ¿Qué fue exactamente lo que escuchaste?
Su mandíbula se tensó.
—Nada concreto. Solo que había un tipo que hablaba demasiado después de unas cuantas copas.
—¿Y lograste hablar con él?
Tony soltó una risa breve y seca.
—No exactamente.
Miró sus manos, sus muñecas, las sombras apenas visibles de los moretones que había intentado ocultar.
—Odinson me vio, no en el bar, pero sí cuando pateé a esos tipos. Casi me trajo de la oreja. Y cuando le dije lo que había escuchado, mencionó que ya había un nuevo detective, que no insistiera más.
—¿Qué quieres decir?
Tony se apoyó en sus rodillas y, por primera vez en toda la conversación, me miró directamente.
—Desaparecen personas, Steve. Y mi mamá no fue la última. Quiero encontrarla. Quiero saber qué pasó. El verano pasado también desapareció una chica de mi clase y la policía aquí no hace nada.
Mis dedos se cerraron con fuerza en mi pantalón. Tony exhaló lentamente y miró hacia el horizonte, hacia la niebla espesa que se deslizaba entre las casas, tragándose la calle poco a poco.
—Sarah llamó —me dijo mi tío cuando pasaba por la sala. Estaba seguro de que quedaba algo por decir, pero me encaminé hacia mi cuarto.
—¿Cómo va todo?
—Bien.
—Tal vez te moleste lo que voy a decirte, pero ¿podrías devolverle las llamadas a Sarah? Sabes cómo es de melodramática.
Asentí, pero me sentía abrumado. La última conversación con Tony me había dejado demasiado pensativo. Todo el asunto era demasiado complejo, y sabía que era algo que debíamos dejarles a los adultos en cuestión. Pero eso ya no parecía una opción.
Era mi rutina. Todas las tardes hacía algo diferente con Anthony, saludaba a mi madre y, si tenía oportunidad, hablaba un rato con Bucky. Recientemente sentía cómo se me hacía más difícil responder las preguntas de mi mamá. No podía hablar con ella ahora. No cuando todo en mi cabeza se sentía como un rompecabezas incompleto.
Esa noche no pude dormir. Me quedé acostado en la cama, mirando el techo, con la voz de Tony repitiéndose una y otra vez en mi cabeza. A pesar de que cerré los ojos con fuerza, intentando despejar mi mente, intentando convencerme de que esto no era mi problema, ya no podía engañarme. Él estaba metido en algo demasiado grande. Porque lo habían lastimado. Porque su miedo era real. Y, más que nada, porque yo no iba a dejar que lo enfrentara solo.
Me giré en la cama, buscando el calendario en mi mesa de noche. La luz azulada de la lámpara me encandiló por un momento cuando la encendí y, tan pronto como pude, empecé a contar los días. Tracé un círculo alrededor del 12 de julio de 1997, el día que vi a Tony por primera vez a través de la ventana, y conté.
—Ochenta y cuatro días —dije—. Solo lo conozco desde hace ochenta y cuatro días.
Suspiré y lo dejé a un lado. No parecía posible. Puse el calendario sobre mi cama y fui a mirarme en el espejo de mi cuarto. Mi cara era diferente a causa de Tony, mis ojos ahora apreciaban cosas que nunca hubieran visto antes. Muy adentro de mí, mi corazón latía con más fuerza que antes. Pesé a que yo tenía 17 años y el también, él podría mudarse la próxima semana. Yo podría no volver a verlo jamás. Podría casarme y tener hijos. Aun así, una parte de mí seguiría perteneciendo a Tony y una parte de él sería mía.
Ahí parado frente al espejo de mi habitación tomé algunas decisiones.
