Disclaimer: La última vez que lo consulté, KH Reborn seguía siendo propiedad de Akira Amano... pero en algún momento acabaré secuestrando a Gokudera, a Hibari, a Mukuro y a una larga lista más.

Pairing: 1859, R27

Notas:

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Capítulo 2

-Dime, Tsuna... ¿a quién tengo que matar?- preguntó Reborn, rodeado de un aura espeluznante.

"Empieza por pegarte un tiro a ti mismo, imbécil. Eras tú quien estaba desnudo a mi lado cuando me desperté" pensó Tsuna. Claro que jamás se le ocurriría gritarle eso a su tutor, ni si quiera en pleno arranque de última voluntad.

-No... No lo recuerdo- murmuró el castaño con un hilo de voz-. Esa noche hubo mucho alcohol- se intentó excusar.

Reborn golpeó con los puños sobre la mesa, consiguiendo que Tsuna diera un asustado bote sobre su asiento.

-Sé que me estás mintiendo- siseó el hitman, inclinándose hacia él.

-Calma, Reborn... intervino Shamal- Piensa en su estado, no conviene que le alteres más, bastante está pasando. Además...- hizo una pausa y enarcó una ceja- Hayato está muy callado. Extremadamente callado- repitió, con un tono que sonó a clara acusación.

-Sí, ya me he dado cuenta- coincidió el hitman, girándose hacia la tormenta. Le conocía demasiado bien como para saber que si no estaba armando un drama ante la situación, era porque había algo que le preocupaba mucho más- ¿Y bien?- cuestionó.

-Yo no le puse una mano encima al Décimo- aseguró Gokudera al instante.

-Ya sé que no fuiste tú, idiota- replicó Reborn. Si había alguien en quien confiara, sin lugar a dudas era él. Jamás se le ocurriría aprovecharse de un Tsuna en estado de embriaguez-. Lo que quiero decir es que tú también sufriste la ilusión de Mukuro. ¿Te acostaste con alguien esa noche?- preguntó. A esas alturas todos sabían que a Hayato también le gustaban los hombres y visto los caóticos efectos secundarios de haber tenido relaciones ese día concreto, parecía una pregunta relevante.

Gokudera abrió la boca, la cerró, frunció el ceño, desvió la mirada y adquirió el intenso color de los tomates maduros.

-Lo hizo- murmuraron los tres a la vez.

-No es asunto vuestro- replicó ofendido.

-¿Has escuchado el estado de Tsuna, verdad?- preguntó Shamal- Lo siento pero me parece que ahora mismo es asunto de todos.

-No tengo mareos ni nauseas ni me he sentido débil últimamente, así que podéis estar tranquilos- dijo Hayato.

-Hay embarazadas que tardan más en mostrar los síntomas... algunas ni siquiera los tienen- objetó el doctor-. Dame el brazo, te sacaré sangre y nos aseguraremos.

-Aleja tus sucias manos de mí, pervertido. ¿Es que de pronto sí tratas hombres? Te digo que estoy bien- insistió, apartándose de Shamal e iniciando un tira y afloja que ninguno de ellos parecía dispuesto a perder.

-Hayato...- la voz de Tsuna consiguió que ambos dejaran de forcejear- Deja que lo compruebe, sólo para estar tranquilos. Además si estuvieras embarazado...- ¿era el único al que le sonaba tan ridícula esa palabra en masculino?- Bueno, estaría bien tener alguien que entienda por lo que estoy pasando- confesó. No, definitivamente no quería pasar por aquello solo. Puede que fuera una idea egoísta, pero sabía que con Hayato se podía mostrar tal cual.

-Décimo...- susurró el peliplateado, y se rindió a la petición de su jefe, dejando que le extrajeran sangre-. De todas maneras ya os digo que no- insistió de lo más convencido. No había notado ningún cambio en su cuerpo, ni en su carácter, ni en absolutamente nada. No podía ser.

Shamal la puso en una placa de vidrio e hizo el análisis pertinente. Al cabo de unos minutos que se hicieron eternos para todos, dejó escapar un suspiro. Ya se lo imaginaba, puesto que la ilusión había sido la misma para los dos, pero eso no lo hacía más fácil de decir.

-Positivo- anunció.

-Y una mierda- fue la respuesta automática de Gokudera- ¿Qué es todo esto, una broma de mal gusto? No tiene puñetera gracia.

-Hayato...

-No necesito un maldito bebé- gruñó y, dando un sonoro portazo, salió de allí.

Tsuna hizo el intento de seguirle pero Reborn le sujetó del hombro para impedirlo.

-Déjale unos minutos a solas. Él no ha tenido una familia cariñosa como tú, no sabe lo que es... Debe estar muy asustado- le hizo notar. Puede que fuera frío y exageradamente estricto, pero conocía a sus alumnos muy bien.

En ese instante se escucharon las maldiciones ahogadas de Gokudera en la habitación contigua, seguidas de varios golpes y el ruido de cristales rotos. Tsuna apartó con cuidado la mano del hitman.

-Precisamente porque está asustado me necesita, Reborn- le corrigió, y tras sonreír con algo de tristeza a su tutor, salió a buscar a su mejor amigo.

Llamó con suavidad a la puerta. Esperó unos segundos pero al no obtener respuesta optó por abrirla sin más. La luz estaba apagada, así que necesitó un momento para adaptarse a la escasa claridad que se colaba desde las ventanas. Hayato estaba sentado en el suelo, la espalda recostada contra el escritorio y las manos cubriéndole la cara. No muy lejos había tirados varios papeles y los restos de lo que había sido un jarrón con flores. Tsuna exhaló con pesadez y se sentó a su lado.

-Vaya dos, ¿eh?- murmuró, apoyando la cabeza en la madera- Creo que vamos a pasar a la historia como los dos especímenes más ridículos de la humanidad.

Hayato negó con la cabeza.

-Yo no puedo tener este crío, Tsuna... No sirvo para esto- cogió aire y se quedó pensativo un momento- Por no hablar de que ese idiota nos matará a los dos- añadió de manera lastimera.

-No creo que Yamamoto se lo tome tan mal... es un buen chico- le intentó animar Tsuna.

-¿Yamamoto? ¿Por qué iba a acostarme con el idiota del béisbol? Además, tiene novia... ¿Es que no lo sabías?- se sorprendió el peliplateado. No es que Haru y él lo hubieran escondido así que suponía que toda la base estaba al corriente.

-¿En serio?- sí que había estado despistado últimamente, porque no se había enterado. Aunque eso le dejaba con una duda-. Entonces... ¿quién es el padre?- quiso saber.

-Yo soy el padre.

Tsuna resopló.

-El otro padre- aclaró con paciencia. Que difícil era hablar con Hayato cuando se ponía en plan "no necesito a nadie".

Gokudera echó la cabeza hacia atrás y dejó que las escenas que recordaba de aquella noche volvieran a su cabeza.

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La fiesta de inauguración de la nueva base era el desmadre más grande al que había asistido nunca. Claro que no todos los días se terminaba un proyecto de semejantes dimensiones, y Tsuna había decidido celebrarlo por todo lo alto. Lo del alcohol no tenía muy claro de quien había sido idea. Al principio a su jefe le había parecido peligroso, pero después de algunos juegos estúpidos y de las burlas de Collonello y Reborn, que afirmaban a voz en grito que Tsuna no era más que un niño, incluso el Décimo había cedido y se había unido al descontrol.

Así que cuando Ryohei le había retado afirmando que podía beber mucho más que él... no se había podido contener. Aunque un par de horas más tarde se arrepentía intensamente porque la cabeza le dolía lo que no estaba escrito y los oídos le martilleaban sin parar. No volvería a beber más de dos copas en su vida, se dijo a sí mismo.

Se puso de pie y se encaminó hacia la puerta, para alejarse del bullicio que cada vez le resultaba más insoportable. Avanzaba tambaleante, y estaba seguro que hubiera ido a parar al suelo si Hibari no le hubiera sujetado con una mueca de fastidio.

-Tsk, siempre dando problemas- gruñó el guardián de la nube.

Hayato rió tontamente, mientras pensaba que por mucho que se quejara siempre aparecía ahí para echarle una mano cuando lo necesitaba.

-Te dejaré en el dormitorio de arriba. Y serás mi excusa perfecta para escapar- decidió Hibari, que llevaba rato aislado en un rincón mirando a todo el mundo con expresión funesta. Sólo había acudido a la fiesta porque Reborn había insistido en que era importante, y por fin se le presentaba la ocasión para escabullirse.

Metió a Hayato en el ascensor y le llevó hasta su dormitorio en el último piso.

-¿Dónde tienes la llave?

-No sé, ¿en el bolsillo?- preguntó a su vez Gokudera, y se empezó a reír como si tuviera alguna clase de gracia.

Hibari volvió a refunfuñar por lo bajo y, tras dar con la dichosa llavecita en el bolsillo de sus pantalones, entró en la habitación y le dejó caer bruscamente sobre la cama.

-Quítate los zapatos y la americana- le ordenó.

Gokudera se incorporó y se intentó desabrochar los zapatos. Casi se descalabró en el intento, así que Hibari soltó la enésima maldición de esa noche y le ayudó. Cómo detestaba a ese herbívoro, torpe y rebelde, que siempre le hacía estar pendiente de él.

Se inclinó de nuevo sobre él para seguir desvistiéndole. Había decidido quitarle la camisa para que no se arrugara, pero era difícil cuando Hayato no era capaz de estarse quieto dos segundos seguidos. Y de repente el peliplateado rió por lo bajo.

-Me haces cosquillas Kyoya- indicó cuando el moreno se inclinó sobre él para deshacer el nudo de la corbata y su flequillo le rozó el rostro.

-Tsk, no me llames Kyoya... aún no tenemos tanta confianza.

No, no tenían tanta confianza porque Hibari no dejaba que nadie se le acercara. Incluso con él, que pasaba más tiempo que nadie con el guardián de la nube debido a sus respectivos trabajos, insistía en mantener una distancia prudencial. Y eso le irritaba profundamente.

-Pues tengámosla- decidió Hayato, y sin pensar en lo que hacía agarró la camisa del guardián de la nube y lo atrajo a sus labios, besándole con intensidad.

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El resto de la noche era una mezcla de imágenes de lo más confusa, pero a juzgar por los resultados se hacía una idea muy clara de lo que vino después. Maldita sea, ¿por qué mierda siempre acababan así? Él al menos tenía la excusa de haberse pasado con la bebida, pero que él recordara Hibari estaba en sus plenas facultades. Nunca entendía en que mierda pensaba ese carnívoro caprichoso.

-Es Hibari, ¿verdad?- le sobresaltó la voz de Tsuna-. No lo hubiera dicho nunca, pero ahora que lo pienso es la única posibilidad- afirmó. Aunque en un primer momento le había venido Takeshi a la cabeza porque siempre se habían llevado bien… era Hibari quien le sacaba de sus casillas como ningún otro, quien le obligaba a perseguirle para arrastrarlo a sus reuniones familiares, quien lograba que dejara todo lo demás de lado aunque solo fuera para regañarle. Sí, claramente era Hibari quien robaba la atención de Hayato incluso más que él y la verdad, sabiendo lo tsundere que podía llegar a ser su amigo, le sorprendía no haberse dado cuenta hasta ahora.

El sollozo lastimero que dejó escapar Hayato fue una clara confirmación.

-En fin...- le puso la mano sobre el brazo a modo de apoyo moral- te acompañaré cuando se lo digas. Así no tendrás que hacerlo solo- le ofreció con una sonrisa.

Gokudera negó con la cabeza.

-No voy a decirle nada, Tsuna...- guardó un largo y tenso silencio- Ni siquiera sé si quiero tener este bebé...

Tsuna le miró con expresión horrorizada.

-No lo dirás en serio- murmuró.

-Mírame Tsuna, soy un maldito desastre. Apenas puedo cuidar de mí mismo, ¿cómo voy a hacerlo de una pequeña criatura? Además, yo no podría darle el cariño que necesita... Ni siquiera sabría cómo- suspiró con preocupada resignación.

El castaño le miró seriamente y lo vio muy claro en ese instante. Hayato no sería capaz de deshacerse del bebé. Lo decía su mirada triste, la clara preocupación que denotaban las arrugas de su frente, el miedo que tenía por no ser capaz de cuidar de él. Sólo necesitaba tiempo para darse cuenta de todo eso por él mismo. Al fin y al cabo, su guardián de la tormenta podía pretender ser un tipo duro y violento, pero en el fondo siempre había pensado que de todos ellos, era el más incapaz de hacer daño a nadie.

-Está bien, pero quiero que me prometas una cosa. Si al final decides tener esta criatura se lo dirás a su padre.

Gokudera bufó con sorna.

-Claro, igual que tú se lo has dicho a Reborn- ironizó.

-Hiii... ¿cómo has sabido que es él?

Hayato se encogió de hombros.

-Sé que nunca te acostarías con alguien que no te guste de verdad- respondió. Tsuna le había contado hacía tiempo lo que sentía por Reborn, así que no había sido difícil de imaginar.

-Me conoces demasiado bien- se quejó Tsuna.

-Fuiste mi primer amor- le recordó Hayato con infinito cariño.

-Ah... a veces me pregunto porque no funcionó lo nuestro... mi vida sería mucho más fácil- protestó el castaño.

Los dos se miraron con un atisbo de sonrisa. En realidad nada había salido mal. Simplemente ambos se dieron cuenta que se sentían más cómodos como amigos que como pareja, así que habían cambiado su relación por aquella íntima complicidad.

-Yo... se lo diré a Reborn cuando deje de ser un capullo- decidió Tsuna.

Gokudera se rió de buena gana, y Tsuna pensó que era la primera vez que le veía alegre en todo aquel maldito día.

-Entonces no se lo dirás nunca, Tsuna- aventuró.

También Tsuna sonrió, un poco más animado. No dejaba de hacerle gracia que Hayato le llamara por su nombre cuando estaban a solas, mientras que seguía siendo su admirado Décimo cuando estaban ante alguien más.

-No, puede que no, pero..., tenemos un trato, ¿eh?- insistió.

Hayato asintió con la cabeza y se levantó, ofreciéndole una mano a su jefe para ayudarle a ponerse en pie. Luego metió las manos en los bolsillos y, con aspecto algo apagado, siguió a Tsuna de vuelta a la consulta de Shamal.

-¿Estáis más calmados?- preguntó el doctor.

Ambos respondieron con un asentimiento de cabeza así que pasó a explicarles algunas cuestiones prácticas sobre los cambios que podrían notar, qué necesidades especiales podrían tener y que tipo de actividades tenían que evitar.

-¿Todo claro?- preguntó Shamal.

Tsuna hizo un gesto afirmativo, Gokudera resopló.

-Entonces sólo queda una cosa por decidir... ¿cómo se lo vais a contar a los demás?- preguntó Reborn, con una sonrisa socarrona.

El castaño sintió deseos de estrangularle por su expresión burlona. Como si la situación tuviera alguna maldita gracia.

-¿Tengo que decírselo a los demás?- se lamentó Tsuna, que ni se había parado a pensar en ello hasta que el moreno lo hizo notar.

-Claro que tendrás que decirlo, en unos meses será algo que se notará. Y aunque por algún milagro pudieras ocultar la barriga... ¿Cómo piensas esconder un niño, dame-Tsuna?- ironizó el hitman.

-Hiiiiii. Está bien, reuniré a todos y les pondré al corriente de la situación- se resignó. Miró de reojo a Gokudera que estaba ausente y con un aire tan triste que le partía el alma-. Aunque tengo que pediros un cosa... Hayato no está seguro de querer tener al bebé. Hasta que decida que hacer, os pido que no le contéis a nadie su estado.

Sus palabras sorprendieron a los dos mayores, que voltearon para mirar al peliplateado con alarma. Era obvio que a ninguno de los dos se le había pasado por la cabeza semejante idea. El doctor se veía cabreadísimo, Reborn completamente horrorizado.

-Hayato, maldito mocoso, no serás capaz de...- empezó a decir furioso Shamal, pero se interrumpió cuando Tsuna alzó una mano, exigiendo silencio.

-Sé que Hayato tomará la decisión correcta. Hasta entonces, por favor, dadle el tiempo que necesita- rogó el castaño.

-Sabes que todos somos una familia, ¿verdad?- preguntó Reborn a Gokudera-. No nos escondemos las cosas importantes y sobretodo no dejamos a nadie atrás- las palabras habían sido quizás algo duras pero su tono había sido infinitamente suave.

-Reborn...- advirtió Tsuna, temiendo que aquello escalara.

-Tsk... Está bien, no diré nada- accedió a regañadientes su tutor. Aunque pensaba golpear al imbécil de Hayato hasta hacerle entrar en razón como decidiera que no podía tener a la criatura.

-A mí me obliga a guardar silencio la confidencialidad médico paciente- le aseguró Shamal cuando Tsuna le miró con seriedad.

-Bien, y ahora creo que me iré a la cama, a ver si con un poco de suerte mañana me despierto y todo esto no ha sido más que una ridícula y aterradora pesadilla- anunció Tsuna, dando por terminada la conversación.

No estaba muy seguro de querer quedarse a solas en casa y empezar a darle vueltas a todo lo que acababa de pasar. Por ahora estaba en una especie de trance de calma. Comprendía lo que había dicho Shamal, pero le parecía tan imposible y absurdo que no era capaz de estar todo lo preocupado que debería por la situación. Sabía que en cuanto tuviera tiempo para meditar sobre ello no le quedaría más remedio que aceptarlo, y posiblemente entonces entrara en pánico tal como había hecho Hayato, o se empeñaría en negarlo, o lloraría durante toda la noche. Tal vez lo hiciera todo a la vez.

-¿Te quedas a dormir conmigo, Hayato?- preguntó mientras entraban en el coche de Reborn.

-Me quedaré contigo siempre que me necesites, Décimo- le aseguró su amigo, con aquella sonrisa cálida y sincera que solía reservar para él.

Esas palabras le llenaron de una agradable calma. Era cierto, sin importar lo complicada o ridícula que fuera la situación, no estaba solo. Se puso las manos sobre el vientre y se atrevió a sonreír un poco. Aunque aquello fuera inesperado y seguramente difícil, ambos tenían una familia con la que siempre podrían contar.