¡Buenas noches! ¿Qué dijeron? Esta ya se fue a cenar y perderse en los senderos de la comida y el chisme. ¡Pues no! Yo siempre formal a la hora de entregarles su actualización mensual hasta que me quede sin inspiración o venga a recogerme diosito bebé; lo que suceda primero. Dejando mis delirios a un lado, quiero desearles una Feliz Navidad en compañía de sus seres queridos y claro está, de una gran lectura. Este capítulo tiene mucho de todo: el avance en la relación de Sora y su incordio, algo sobre el pasado de ambos y mi casi escaso y poco notorio favoritismo hacia Souh XD. En fin… ¡Disfruten el capítulo y nos vemos por enero!


Memories


El interrogatorio cesó. Quedaría pendiente para otro día en que coincidieran en espacio y ánimos para hablar.

—Miyuki, Sae.

Ese era Tetsuya llamándolos a un puñado de pasos de donde se detuvieron.

—Masa, por aquí. Ya los encontré —informó al menor—. Sora nos mandó a buscarlos porque demoraban.

—Lamento eso. —Se excusó Kazuya.

—Ha sido culpa mía. Lo entretuve preguntándole cosas sobre Change-up.

Miyuki agradeció el cambio de tema.

—Oh, mi hermana me ha contado sobre ella. La adora. Tiene toda una carpeta llena con sus fotos.

—Hice un álbum con fotos que le tomé a Change-up junto a Jasper. Me pidió una copia.

Kazuya estaba al tanto de ese álbum fotográfico. Sora se lo mostró de principio a fin. La minina aparte de fotogénica también congeniaba magníficamente bien con aquel ejemplar de la raza nebelung.

—Se ven muy bien juntos. —comentaba Tetsuya.

—Change-up es muy joven aun para estar con un gato como él. —Se le escapó a Miyuki.

—Un padre celoso, ¿eh? —meditaba Yūki masajeando su barbilla—. Finalmente es un padre que se preocupa por el futuro de su hija.

—No puede entregársela a cualquiera —comentaba Hayami.

—Oigan, hablábamos de gatos, ¿cierto? —Se había perdido en la conversación—. Igual Change-up es muy pequeña para estar pensando en otros gatos.

—Es increíble. Los mandé a que trajeran de vuelta a Kazuya y a Sae, y tengo que venir personalmente por todos.

Todos se giraron hacia la jovencita de pelo trenzado y uniforme escolar.

—¡El último en llegar va a lavar los trastes del desayuno! —Les gritó antes de echarse a correr

Torpemente reaccionaron. Se apresuraron para acortar la distancia. Mas Sora lideraba la contienda, demostrando una vez más que odiaba encargarse de los platos sucios.

—Increíble lo que es capaz de correr con tal de no lavar un plato sucio —habló Miyuki.

Él arribó en segundo puesto, empatando con Hayami.

—Un poco más de entrenamiento y serás tan rápido como nosotros, Masa. —Palmeaba al menor que perdió el duelo.

—Vamos, no se queden ahí. Vengan a sentarse que el desayuno ha sido servido —notificó Sora, asomándose a la sala con una sonrisa vil—. Al que demore le quitaré una rebana de pan francés.


Un desayuno ruidoso lleno de béisbol. Justo como los que tenía diariamente en el comedor de Seidō. Sólo que allí no debía soportar los gritos de Sawamura y las exigencias de Furuya. Un poco de paz antes de emprender su viaje a Saitama.

—Masa, ¿ya está lista tu bolsa para el viaje? —preguntó Sora.

El menor sujetaba su quinto pan francés.

—La dejé lista desde anoche —contestó—. ¿Segura que llevarás una maleta tan pesada? Únicamente serán dos noches las que estaremos fuera.

—Llevo algunas golosinas para compartir con las chicas. Y otro par de cosillas que podrían serme de utilidad.

—¿Y ya llevas tu almohada de Pompompurin?

—Sae, ¿por qué estás preguntando eso enfrente de Kazuya?

—Pensé que él sabía que cuando no duermes con esa almohada, te abrazas a la primera cosa que esté a tu alcance.

—Significa entonces que despertarás abrazada a Umemoto o Natsukawa. —Rio cínico—. Adorable. Cuéntenme más.

—¡No! —exclamó con las mejillas sonrojadas—. ¡Apúrense a comer!


Los paisajes emblemáticos de Kokubunji quedaron rezagados. Únicamente restaba disfrutar del corto viaje que los llevaría hasta Saitama. Allí comenzarían oficialmente los partidos de práctica que ayudarían a Seidō a prepararse para el torneo de verano. Cada juego puliría un poco más las habilidades de las jóvenes promesas que aspiraban al primer equipo.

Nadie se mostró indiferente. Todos deseaban demostrarle al entrenador lo mucho que progresaron. Y esas ansias excesivas rebosaban en cada plática que tenían los chicos con sus compañeros de al lado. Incluso Sora formaba parte de una entretenida conversación.

—Ya el próximo año le tocará a Haruno salir de tour —mencionaba Sachiko.

—¿No fuimos seleccionadas por estar en tercer año?

—En parte —intervenía Sora—. El otro aspecto a considerar fue la experiencia. Por eso optaron en dejar a Haruno y las chicas de primero en Seidō. Aprenderán de ella a través del ejemplo el cómo deben hacerse las anotaciones y conteos… Ella será después de todo, la única mánager de tercer año para el próximo curso.

—Qué nostalgia que este sea nuestro último verano juntas… La última oportunidad para ir a las nacionales

—Sacchi, ¿qué dijimos sobre ponerte nostálgica?

—Lo siento. No puedo evitarlo. Y sé que ustedes se sienten igual.

—Que salgamos de la preparatoria no significa que dejemos de vernos —habló Sora—. Podemos hacernos de pequeños espacios mientras estamos en la universidad para vernos.

—Todavía tenemos tiempo. —Yui sonrió para ambas—. Podríamos realizar algunas actividades divertidas en el campus después de que el verano termine.

—¡Como una fiesta de Halloween! —La emoción de Yūki era tan palpable que sus ojos se iluminaron—. La temática podría ser bestias gigantes.

—Tipo Mothra, Rodan… ¿no?

—Imaginen a Kazuya siendo Godzilla.

Rieron ante la imagen mental del capitán de Seidō siendo un monstruo japonés ficticio.

—Definitivamente tenemos que hacerlo —juró Umemoto.

Mientras Yui y Sachiko cambiaban el tópico de su charla, ella respondía los mensajes que se le acumularon.

Sonrió ante las fotografías de Change-up y Jasper. Y recordó la plática que sostuvo anoche con Sae. Aquel importante secreto los volvió aún más cercanos.

Reiji se quejaba de los exámenes finales, los entrenamientos despiadados, pero ansiaba que llegara julio porque se llevaría a cabo la edición 93 del All-Star Game. Y estaba ansioso por asistir.

Kishō le resumió sus últimas presentaciones. Había fotos de él con su banda y un grupo fiel de fanáticos. Hasta se atravesó la noticia de que tendría una entrevista a finales de mes para una página web dedicada a hablar sobre grupos prometedores.

Ha-neul le deseaba suerte a todo el equipo para ganar sus próximos juegos.

También estaban los mensajes del remitente desconocido que no abrió.

—Sora, ya llegamos —avisó Natsukawa tocando su hombro.

—Tenemos tiempo suficiente para desempacar y relajarnos antes de nuestro partido contra Yamaga.


Una habitación amplia, ordenada y limpia las recibió. Y apegándose al itinerario se apresuraron a desempacar.

—Me impresiona que la escuela pueda permitirse un lugar como este —comentó Yui subiendo el cierre de su sudadera—. Es bonita, de tres plantas y cuenta con aguas termales. Lujosa a simple vista.

—Oh, eso es porque la escuela recibió fondos. Ōta-san lo mencionó a inicios de la semana. —contaba Sachiko—. La donación monetaria vino de Kurofuji-san.

—¿No fue él quien donó las lanzadoras a inicios de año?

—Ese mismo.

Sora oprimió involuntariamente la carpeta negra que sostenía entre sus brazos, implorando que su alterado humor no se asomara en su rostro. El apellido Kurofuji era tan importante para Seidō como lo era para ella. Mas la connotación otorgada por cada uno era escandalosamente disímil. Para Seidō era un aliado fiel que depositaba su fe ciega en ellos; para Sora era el recordatorio de que su pasado se negaba a soltarla.

—¿Y eso qué es?

—Luce pesado.

—Ah, son cromos de beisbol… Traje mi colección porque Yōichi quería verla. Y no quiso esperarse a que volviéramos.

—Por eso tu maleta era tan grande.

—¿Podemos verla? —preguntó fervorosa Umemoto.

—Por supuesto.


El partido de Seidō contra Yamaga de Saitama puso en evidencia las deficiencias de las que aún era víctima Furuya. Asimismo, sacó a relucir el arsenal defensivo con el que gozaba actualmente el equipo. Los bateadores aumentaron el número de carreras para aligerar la carga del lanzador. Paralelamente el segundo equipo enfrentó a Keishū de Kanagawa bajo las indicaciones de Ochiai.

El segundo partido del día fue contra Daitō y tuvo a Kawakami como pícher abridor. Hubo jugadores que mejoraron su rendimiento, otros que perdieron forma y unos cuantos más que mostraron un crecimiento más allá de las expectativas.

Los resultados positivos del verano dependerían de si los entrenadores eran capaces de evaluar con precisión la condición de cada jugador, encontrando maneras de sacar el mejor rendimiento del equipo con los miembros disponibles.

—Sora-senpai, si aún tiene hambre puedo darle de mi almuerzo.

—Idiota. Debes acabarte todo. —Kuramochi le acomodó un buen zape.

—Te agradezco, Eijun-kun. Pero Yōichi tiene razón. Además, desayuné bastante bien este día.

—Me sorprende que tu madre no haya mandado nada en esta ocasión —comentaba Miyuki con sus palillos pescando una albóndiga.

—Lo hizo. —Abrió su bolsa deportiva dejando a la vista los preciados paquetes—. Es soba acompañado de bolitas de pulpo... Sí, una combinación extraña.

—Tomaré el mío. —Yōichi metió mano dentro de su bolso—. La comida de tu madre es de lo mejor.

—También puedes tomar uno, Eijun-kun.

—No creo que sea apropiado. Solamente hay tres y usted no ha comido el suyo.

—Ah, sobre eso... Es que yo me comí el mío antes de que abandonar la posada.

—Era de suponerse —soltaba vilmente Kazuya.

Mientras ellos charlaban sobre los partidos de ese día, ella repasó nuevamente cada evento vivido desde anoche hasta hoy. ¿No eran demasiadas cosas en menos de 24 horas?

La disputa violenta entre la ex pareja de Kadenokoji. La revelación de un delicado secreto por parte de Sae. Los mensajes que le llegaron anoche y continuaba ignorando. Todo contribuyó a que su cerebro se ahogara en euforia y confusión. Solamente se topaba con más incógnitas.

Empero, lo que más atascó a su saturada mente fue lo que el nuevo remitente desconocido le envió: una frase simple acompañada de cuatro fotografías. La primera fue antes de entrar al partido de Seidō contra Teito. La segunda enmarcaba una visita al combini aledaño a su domicilio la misma tarde de aquel juego perdido. La tercera era de la pequeña y fugaz reunión que tuvo con Narumiya, Harada y Amamiya. En la última estaba con sus hermanos decidiendo qué comprar frente a la vitrina de una panadería.

En cada una de esas fotos el objetivo principal de enfoque siempre fue ella.

«¿Cómo pudieron tomarme todas estas fotos sin que yo me percatara? Quien envía los mensajes y quien tomó las fotos, ¿serán la misma persona?», especulaba Sora.

Tenía que detener esa estampida de pensamientos o su cabeza estallaría junto a un severo dolor de cabeza.

«No tengo sueño pese a que me dormí cerca de las dos de la mañana», razonaba Yūki casi con incredulidad.

—Sora, andando. Es hora de irnos.

Se paró inmediatamente, guardando el desechable en su maleta. Mantuvo el mismo ritmo que ellos para no quedarse atrás.

—Por cierto, Miyuki, ¿qué tan grandiosa era la colección de cromos que te mostró Sora?

Ellos ya habían olvidado esa tonta excusa. Mas el campocorto, no. Él no se iba a quedar sin averiguar lo que realmente ocurrió.

—Es una colección amplia que cuenta con rarezas difíciles de ignorar. Y gracias a sus manías, están en perfectas condiciones.

—Como la carta de Babe Ruth de los Yankees de New York. O su otra versión cuando jugaba para los Red Sox —adicionaba Sora.

—George Herman Ruth Jr. es uno de los mejores jugadores de béisbol de todos los tiempos —soltaba Kuramochi con unos ojos cundidos en sorpresa e incredulidad—. ¿Cómo es que tienes una belleza como esa?

—Había algo por ahí de Honus Wagner de los Pittsburgh Pirates.

—Oye, esas son cartas bastante antiguas.

—1933, 1916 y 1906 respectivamente.

Miyuki se acercó discretamente a su novia. Y aprovechando el espasmo del moreno tomaron distancia para no ser escuchados.

—Dijiste que tu colección era humilde. Yo no veo nada de humildad en esas tres cartas que mencionaste. —Le susurró.

—Realmente muchas de esas cartas las encontré en una tienda donde venden cosas de segunda mano —relataba—. La propietaria quería deshacerse de ellas cuanto antes porque le traía malos recuerdos... Su esposo la engañó por años, así que decidió arrebatarle lo que más lo hacía feliz en la vida: su valiosa colección de cromos.

—Esa mujer era un monstruo.

—Así que me llevé todo un lote de cartas a menos de dos mil yenes.

—Es increíble la suerte que tuviste.

—Solamente soy afortunada con las ofertas. Fuera de eso jamás ganó nada en ningún sorteo o rifa…

La amplia sonrisa de Kazuya le dejó claros cuáles eran sus deseos.

—Tonto adicto al béisbol —señaló agarrando suavemente su mejilla—. Después de la cena iré al cuarto por mi colección para que puedas verla.

—¿La has traído? —cuestionaba incrédulo—. Por eso traías dos maletas.

—Es que Yōichi quería verla. Y me pidió que la trajera al viaje… No hubiera accedido en otras circunstancias, pero con eso le damos más veracidad a lo que le dijimos a Eijun-kun —murmuraba.

—Tiene sentido —espetó—. Volviendo al tema… podría desaparecer alguna que otra carta.

El cinismo que ensanchaba su sonrisa evidenciaba su futura travesura.

—Cada día eres más descarado. —Sonrió—. Sin embargo, si hay alguna carta que te guste puedo obsequiártela.

Miyuki obviamente bromeó. Nunca fue su intención real privarla de alguna de las valiosas piezas de su colección. No obstante, ella siempre se tomaba en serio cosas a las que no debería darle tanta importancia.

Nunca fue un coleccionista acérrimo de cartas. Solamente llegó a tener un puñado de algunos jugadores que en su momento consideró afines a su estilo de juego. Aunque no se negaría a contemplar una gran colección por el simple placer de reconocer a cada jugador y evocar sus estadísticas.

—¿Qué?

—Estaba bromeando, Sora.

—Pues yo estaba hablando en serio.

—Lo sé.

—¡Par de tortolitos, dejen de perder el tiempo y muevan sus gordos traseros! —gritaba Kuramochi.


Ya con el estómago satisfecho se marchó del comedor. No podía permitirse más tiempo ahí cuando había huéspedes esperando su turno para comer.

Salió hacia el jardín. La abundante vegetación y el puentecillo carmesí de madera que atravesaba el lago artificial eran reconfortantes a la vista. Había cierto aire de misticismo en aquel espacio solitario que exclusivamente contaba con su presencia y el trinar de las aves.

—Sora, espero no llamarte en un mal momento.

Contestó de inmediato su celular. Aquel tono de llamada seguía perteneciendo a la misma persona a quien se lo puso hace más de un año atrás.

—No, descuide. Estoy desocupada. ¿Qué es lo que se le ofrece, Axelle-san?

—Nada más quería pedirte la dirección donde se llevarán a cabo los partidos del día de mañana.

—¿Vendrán a ver a Souh jugar?

—Es la intención —dijo animada—. No quiero que él lo sepa. Ya sabes que acabará diciendo que no es necesario, que todavía no vale la pena que lo veamos jugar.

—Sí. Es lo que él diría.

—Por eso me tomé el atrevimiento de llamarte.

—Lo entiendo perfectamente. Y descuide, en breve le mando la dirección y los horarios para que no se pierdan ninguno de los dos partidos.

—Muchísimas gracias, Sora. Te llevaré algo delicioso en compensación.

—Descuide. No es necesario que me traiga nada de comer...

Sus dedos fueron más rápidos que su boca. Y lo agradecía, porque si no él hubiera escuchado la voz de su madre del otro lado de la línea.

—¿Sora rechazando comida gratis? Eso sí que es inesperado

Parados sobre el mismo puente. Alineados frente a frente.

Ella guardaba su teléfono. Él sonreía con una mirada atosigada de escrutinio.

—Que me guste mucho la comida no significa que me agrade toda. Hay cosas que no soporto y prefiero no comerlas.

—Como el natto.

—Justamente. —Hizo una mueca de asco—. Se me ha revuelto el estómago.

—Y justo terminaste de comer.

—¿De quién crees que es la culpa?

—¿Puedo preguntarte algo?

Souh apoyado sobre el barandal del puentecillo, ahogó su atención en los peces coloridos que nadaban pacíficamente en el agua.

Sora adelantó torpemente dos pasos. No estaba próxima a él, pero tampoco se veían como dos extraños a los ojos de los curiosos.

—¿Todavía te sientes del mismo modo con respecto a Shika?

Su corazón se hundió como un ancla en el mar, arrastrándola con una pesada cadena hasta las profundidades de aquellas oscuras y frías aguas. Recluida en ese amplio espacio se alejaba más de la calidad e iluminada superficie. Así se sentía siempre cuando la recordaba.

—A veces pienso que es una falacia cuando dicen que el tiempo lo cura todo...—habló él sin atreverse a mirarla. No quería encontrarse con esa mirada grabada a fuego en su memoria—. Si fuera verdad entonces tú no tendrías que ocultar todo ese dolor y esa angustia que sobrevienen cuando alguien la menciona.

Apretó sus temblorosos labios para silenciar el nervioso sollozo que estalló en su pecho. Sus manos, asidas con fuerza sobre su antebrazo, lo obligaron a doblar hacia ella, a encontrar su frente casi rozando su hombro.

—Su familia debería olvidarse de Seidō. Debería financiar otra escuela... Dejar de hacerse presente en mi vida.

Tatsuhisa dudó sobre su accionar porque ya no eran pareja. Tampoco amigos cercanos. Pero era imposible, al menos para él, tratarla con indiferencia. No podía verla sufrir y no consolarla.

Maldijo en su lengua materna. Y se maldijo a sí mismo cuando su mano guio con suavidad su cabeza para reclinarla sobre su pecho.

Sintió el estremecimiento de su cuerpo cuando sus dedos cardaban cada tramo de su fragante y oscuro cabello, aboliendo el impetuoso deseo por estrecharla entre sus brazos hasta apaciguarla.

—Souh... N-no era mi intención.

Se apartó bruscamente de él antes de que su calor, el cuidado y cariño con el que perseguía su consuelo la llevaran a navegar entre la espesa neblina de sus memorias compartidas.

Esos recuerdos debían seguir guardados en un baúl bajo llave.

—Me disculpo. Ha sido mi culpa por cuestionarte.

—No te disculpes. —Un último latido apresurado ardió dentro de un suspiro—. Se supone que es algo que yo ya tendría que haber olvidado. No debería seguir afectándome.

—Sora, no tienes que forzarte a ti misma a estar bien si lo que quieres es llorar y vivir tu duelo… No tengas miedo de sentirte vulnerable.

Sus palabras derribaron su moral y el endeble cristal que la protegía del desconsuelo.

No quería desmoronarse frente a él. No otra vez.

—Lo voy a considerar.

—Tan necia como siempre —expresó con una sonrisa irónica—. Eso es algo que quizás deberías cambiar un poco.

—No aceptaré el sermón de alguien que es igual que yo en ese aspecto.

—Yo no fui quien negó por tres días seguidos lo bien que lo pasó en el sótano de mi casa.

Él sonrió triunfante. Ella tartajeó con el ardor de unas mejillas rojas.

Mas su réplica se atascó cuando oyó su nombre formulado en la ruidosa voz de Kuramochi. Si hubiera aparecido un par de minutos antes la hubiera encontrado en una posición comprometedora en la que tendría que confesarle toda la verdad.

—¿Ha pasado algo? —interrogaba Souh para captar su atención en lo que su ex novia recobraba su palidez—. ¿Te has peleado con Miyuki y has venido a quejarse con Sora?

—No tiene nada que ver con ese idiota… ¿Por qué siempre piensas que mis temas de conversación se relacionan con él?

—Porque siempre que te quejas su nombre sale en la charla… Miyuki esto, Miyuki el otro. Quizás seas tú el que esté flechado por él y no Sora.

Yōichi era como un volcán en plena erupción. Souh estaba impasible como el lago artificial que reflejaba sus siluetas.

Si Souh lo estaba provocando era para que no descubrieran su collage de emociones.

—Ya no te avergüences, Yōichi. Todos en el equipo pensamos en ustedes como los mejores amigos.

—Abanican juntos. Comen en la misma mesa. Platican cada vez que se ven… Aunque riñen se les ve divirtiéndose. Yo creo que no existe relación más estable que la de ustedes dos.

—A Mei se le romperá el corazón cuando sepa que Kazuya lo sustituyó contigo.

—Eso iba a pasar. Están en escuelas separadas.

—¡Ese idiota y yo no somos mejores amigos! ¡Es insoportable! ¡Sólo me dan ganas de golpearle cuando abre la boca!

—No son mejores amigos, pero sí amigos.

—Sí, yo entendí justamente lo mismo, Souh.

—¡Ustedes únicamente entienden las cosas a su conveniencia!

Sus sonrisas cínicas y esa habilidad desagradable para torcer las palabras de otros eran manías compartidas. Puntos en común que los dos tenían y que seguramente los hizo congeniar más como parejas.

—Ahora veo por qué salieron.

—Puedo hacerte una lista detallada de otras razones por las que ella y yo terminamos siendo novios.

—Oh, eso sí me interesa escucharlo.

El fuerte tirón de su brazo rompió su concentración y lo alejó de aquella vital fuente de información.

—¡Ey! ¡Él iba a contarme algo trascendental!

—No seas ruidoso o molestarás a los huéspedes.

—Sora, hay algo que me he estado preguntando desde hace un tiempo.


La incertidumbre apareció en la tercera planta, frente a la habitación de Sora.

—¿Por qué motivo terminaron Tatsuhisa y tú?

Lo obligó a entrar. No iba a tratar su vida amorosa a medio pasillo para ser la comidilla de los huéspedes que pasaban por ahí.

—La distancia —respondió escuetamente—. ¿Quién querría estar en una relación a distancia donde no verás a la otra persona por las ocupaciones de cada uno y las ocho horas de viaje?

—Con lo poco que te conozco sé perfectamente que ni eso sería impedimento para ti —refutó—. Y él también conseguiría que funcionara de un modo u otro.

—No. Definitivamente no iba a funcionar.

Ella se paró frente a la ventana abierta. La brisa mecía tiernamente las hebras de su cabello, serenándola.

—Nos acoplábamos perfectamente... Era una consecuencia inevitable el que pasáramos la mayor parte del tiempo juntos. Y sinceramente a ninguno de los dos nos molestaba monopolizar el tiempo del otro.

Ahuyentó sus citas de pareja, las palabras bobas que rozaban lo cursi, los detalles, las confesiones bajo cielos estrellados y despejados, lo besos que derretían su cordura, los abrazos que la hacían sentir protegida, todo lo que conformaba y hacía entrañable su relación con Tatsuhisa Souh.

—Querría escaparme cada fin de semana a Sendai para estar con él. Porque obviamente no permitiría que faltara a sus prácticas de béisbol para venir a verme…—confesó—. Y por eso es que nuestra relación no prosperaría. Así que decidimos ponerle un punto final.

Yōichi se mostró desconcertado. Su honesta respuesta estaba lejos de la que él contempló; de la que ingenuamente creyó. Ese par no se separó porque dejaran de quererse, sino porque no podrían sobrellevar el estar lejos el uno del otro por demasiado tiempo. Estaban tan adecuados al contrario que probablemente sufrirían de un insidioso vacío.

—Dos individuos que se atrajeron desde el primer momento en que se conocieron. Que iniciaron una relación tras un mes de conocerse. Que se volvieron inseparables hasta el día que convinieron terminar por el bien de ambos. —Lentamente giró hacia quien convirtió en su confesionario—. Tan entrañable como enfermizo.

Él únicamente podía comprenderla desde una postura objetiva, desde el ojo racional que establecía lo que alguien podía hacer, decir o experimentar bajo los efectos del enamoramiento. Empero, era un insulso entendimiento de lo que realmente pasaba dentro de un corazón que no tiene miedo a entregarse ciegamente.

—Tú llegaste a Seidō en junio, entonces… ¿cuándo terminaron?

—Unos días después de mi cumpleaños —expresó tajantemente.

Quiso abofetearse.

—Lo siento, no me imaginaba que…

¿Y si ese era el motivo real por el que no quería tener una fiesta de cumpleaños? Nadie querría celebrar nada que anticipara una dolorosa memoria.

—Ya no importa. Ya transcurrió más de un año de eso.

¿Un año bastaba para dejar en el tintero a alguien que repercutió tanto en su vida?

—¿A qué le tienes miedo, Yōichi? ¿A las respuestas que te daré cuando preguntes todo lo que aun te carcome la cabeza?

Se había vuelto tan fácil de leer para ella.

—En realidad sí hay muchas incógnitas rumiando mi mente. Sin embargo, ya toqué un tema que no debía y con el cual te has puesto a la defensiva. Respetaré que no quieras hablarlo porque todavía te causa malestar. —Incomodo, carraspeó. Necesitaba cambiar el flujo de la conversación—. Por cierto… Hayami es muy extraño.

—¿Extraño? ¿En qué sentido?

—Cuando fue por Change-up y esas dos chicas se le quedaron mirando, dijo que estaba más que acostumbrado a ser un foco de atención —habló—. Que, si no era por su apariencia, era por su apellido.

—Sae siempre tan franco. Ha crecido tanto.

—¡¿A eso le llamas sincero?! ¿Por qué te oyes como una mamá orgullosa?

—Es cierto lo que él menciona. Si no lo miran por su llamativa apariencia física lo hacen porque lo vinculan con los Hayami —explicaba—. Su familia no goza de buena reputación. Y por ello la gente los evita o los busca para acercárseles e intentar sacar algún beneficio económico o social.

—Con ese carro que maneja es evidente que su familia es adinerada… Pero creo que mi concepción sobre su estatus económico se quedó muy rezagado.

—Me temo que sí…—Rascó su mejilla con una sonrisita nerviosa—. Los Hayami están dentro de las diez familias más ricas de todo Japón.

—¡¿Qué?! —Estaba anonadado—. Entonces, si tanto dinero tienen, ¿por qué tu insoportable amiga estudió en Seidō? ¿Qué no había tutores particulares o colegios en el extranjero que la aceptaran?

—Otro día hablaremos sobre tu aversión hacia Miu —recalcó—. Y sobre lo otro, te recuerdo que Seidō es un colegio privado con un nivel académico nada despreciable. Por lo que fue una elección aceptable desde el punto de vista de sus padres.

—No la odio. Simplemente no era como me la imaginaba.

—Y no serás el último que se lleve esa sorpresita.

—Si es tan cuestionable, ¿por qué es tu amiga?

—Tendría que contarte toda nuestra historia para que lo entendieras. Y hoy no quiero armar líneas temporales —señaló—. No obstante, sí puedo decirte que no he conocido a muchas personas que tengan sus agallas.

Desconcertado, exigía con la mirada una aclaración.

—Ven a mi lado y cuéntame la historia sobre cómo floreció tu pura y sincera amistad con Kazuya.

— ¡Que no somos amigos!

—No nos marcharemos de aquí hasta que lo aceptes abiertamente. —Sonrió descaradamente—. Sacaré unas golosinas para amenizar el relato.

—¡Pequeña demonio!


Las horas eran como el agua escurriendo entre sus manos. Para Sora era reconfortante que la tarde mutara lentamente hacia la noche para así olvidarse de las conversaciones que importunaron su presente y sus emociones. Para los chicos que sentían el verano rozándole las mejillas, era una cuenta regresiva muy agresiva. Ambas partes temían y ambicionaban que las hojas del calendario se apilaran en la habitación que encerraba sus miedos y esperanzas.

Exhaló, removiendo su espasmo mental. Encerrarse dentro de cuatro paredes la condenaría a rumiar por horas. Demasiado desgastante para sobrellevarlo con tantos ojos encima.

Las risotadas. Las voces familiares. Toda esa sonoridad hizo vibrar su cuerpo. Parada bajo el umbral era como una brújula que firme y persistente señalaba hacia el norte.

No se anunció. En aquella obra ruidosa de personalidades dispares se conformaría con estar al fondo, inmóvil e incorpórea como una fría sombra huyendo del sol. Y con un palco privilegiado lo observaba todo.

Pensó en lo gracioso que lucía Kazuya con aquel gorro de mapache que usaba obligadamente por perder en el juego de mímicas del que todos eran partícipes. Un resultado inevitable para alguien que únicamente debía conocer películas sobre béisbol.

—Quizás se ve un tanto… tierno —murmuró.

Él bebía de su soda. Los chicos hablaban a su alrededor con camaradería. Una situación inconcebible hace meses atrás porque Miyuki —con la torpeza con la que se dirigía como capitán— provocó tensión entre sus compañeros de equipo por sus palabras y aparente indiferencia hacia la posible salida del entrenador. Pero ahora, la percepción que tenían sobre Kazuya había cambiado. Ya no era más el genio del béisbol egoísta e imperturbable que los miraba desde lejos, sino un compañero leal que entregaba el corazón a su equipo y al juego bajo sus propios términos.

Y que la relación del equipo hacia él hubiera cambiado tan positivamente alegraba a Sora.

—Igualmente sigue siendo un incordio para todos los del equipo —suspiró.

Kuramochi atentaba contra la vida de su pareja con un apretón alrededor de su cuello. Bien merecido después del chascarrillo que soltó sobre su desafortunada vida amorosa.

—¡Sigue de gracioso y le diré a Sora sobre esas huéspedes que se acercaron a pedirte la hora cuando ni reloj usas!

—Kuramochi-senpai, tampoco olvide a la señorita que nos sirvió hoy de comer. ¡Ella le guiñó el ojo de manera sugestiva mientras le regalaba un postre extra!

—Quizás fue ella quien le dejó esos dos frascos de leche en su canasta de ropa cuando salimos de las termas —habló Maezono.

—¿Qué tan popular puede ser nuestro capitán? —Kanemaru espetó.

—Hoy le enseñaremos humildad. —Yōichi apuntaba con un plumón negro hacia el rostro del cácher—. Furuya, Sawamura.

Sora estaba dividida entre ayudarlo o quedarse a admirar la obra de arte que plasmarían en el rostro de su novio. La segunda opción era diversión garantizada.

—¿A dónde quedaron esos días cuando disfrutaba plenamente de tus desaventuras?

Kuramochi perdió contra el juego de cosquillas de Sora. El descarado cácher fue liberado.

—Ya continuarán con su juego de mímicas después de la cena —hablaba Yūki tomando del brazo a su exasperante pareja—. Y tú ya no deberías provocar a Yōichi con ese tema que es tan delicado para él.

—Hoy en el desayuno una de las chicas que trabaja aquí le quiso hacer plática y él se congeló. ¡Era como ver a Sawamura lanzando bolas!

—Voy a borrarte esa idiota sonrisa del rostro —resopló—. ¡Deja de esconderte detrás de tu salvaje novia!

—Miyuki Kazuya, ¡no me compares con el patético de Kuramochi-senpai! ¡Y yo no lanzo ninguna bola!

—Claro que lo haces. ¿Quieres que te diga en qué partidos diste todos esos pases?

—¿Qué fue lo que hice para tener que soportar este infierno?

Apretó el puente de su nariz con insistencia. Solamente eso la relajaba de estar entre Kuramochi y Miyuki.

—Quizás no debí apalear a tantos chicos estando en primaria… Qué karma tan desesperante.


Con la cena concluida, Sora cumplió su promesa. Su colección de cromos resguardada en la rechoncha carpeta fue entregada. Kazuya inició con la primera página. Curioseaba rápidamente entre cada carta; sino lo hacía de ese modo no terminaría de ver aquella preciada colección. Otros ojos curiosos se unieron indiscretamente a la tarea del cácher.

—¿Qué es eso?

—Son cromos de béisbol.

—¡Son muchísimos!

—Se ven bastante cuidados.

—También quisiera verlos.

—Oh, Sora has traído tu colección. Tienes más tarjetas que antes. —Masashi se había encaminado junto a su hermana mayor.

—Dices eso porque no la habías visto en mucho tiempo. Mas la realidad es que no he agregado nuevas cartas desde la secundaria.

—Recuerdo que fue en primaria cuando hubo una fiebre por coleccionar estas cartas. Kishō te consiguió varias en duelos de vencidas. Reiji intercambiaba las repetidas con sus compañeros de equipo igual que Tetsu. Y Sae compraba varios sobres a la semana. El abuelo igual te regaló las que tenía.

—De modo que explotaste a tu familia y tus amigos para tener esa monstruosa colección. Cínica —criticaba Kuramochi—. Cada día te pareces más a ese… ¡Ey! ¡¿A dónde llevas esa colección?! ¡Yo fui quien la pidió! ¡Tú ya la viste, maldito envidioso!

Kazuya escapó. Y sentado frente al estanque de carpas doradas terminó de hojear la gruesa carpeta. Entonces, su dedo índice se deslizó inconscientemente a la derecha superior.

—Si es…

El nombre de aquel beisbolista nunca brotó de su garganta. Mas los pasos acercándose perturbaron su concentración.

—Ah, no recuerdo a ese jugador…—expresó Sora.

Miyuki lucía un poco sorprendido por su llegada.

—Perdón sí te asusté —Se acomodó a su costado derecho—. Tuve que decirle a Yōichi que te iría a buscar para pedirte la carpeta cuando terminaras… Entonces, ¿quién es él?

—Es Ty Cobb.

—¿Ty Cobb? —sopesaba—. Tal vez ya estoy envejeciendo porque no lo recuerdo.

—Ese año que cumpliste ya está arruinando tu buena memoria.

—¿Y qué me puedes contar sobre ese tal Cobb?

—Fue un profesional del béisbol estadounidense. Jugó en la posición de jardinero central. Desarrolló su carrera en los Detroit Tigers y los Philadelphia Athletics de las Grandes Ligas de Béisbol. Y si no mal recuerdo su promedio de bateo era de .366.

—¿Eso haría de él tu jugador favorito?

—¿Qué te hace pensar que lo sea?

—Había cierto sentimiento en tus ojos mientras la mirabas… Quizás algo como añoranza y calidez —atajó—. O quizás me estoy precipitando en mi conclusión.

Su deducción fue correcta. Aquella tarjeta lo transportó hasta su niñez; a cuando tenía siete años. Una edad demasiado significativa para él por todos los acontecimientos que vivió.

—Cuando cumplí siete años recibí de mi padre mi primer guante, el primero que podía denominar como mío… Aunque tuvimos que ir a cambiarlo porque no era para cácher —relató con una suave y alegre sonrisa—. Venía con una tarjeta de béisbol. La tarjeta de Tyrus Raymond Cobb.

Sora no se atrevió a interrumpirlo. Quería oír la continuidad de aquella anécdota. Quería seguir presenciando esa sonrisa genuina que no conocía fuera de la cancha de béisbol. Ansiaba saber un poco más sobre el chico que empezó a querer poco a poco.

—A mi padre le interesó el béisbol, pero nunca fue muy diestro a la hora de jugar cuando fue joven. Mas eso no le impidió estar cerca de su deporte favorito… Y por ello coleccionó muchas cosas sobre sus equipos y jugadores favoritos. Sin embargo, cuando formó su propia familia tuvo que despedirse de muchas de esas cosas.

Su cálida sonrisa fue empañada por la tortuosa melancolía.

—Al final conservó únicamente la de su jugador favorito: Ty Cobb —suspiró. Recordó también la culpa—. Lastimosamente entre un hijo despistado y un padre descuidado esa tarjeta acabó despintada en la bolsa trasera de un pantalón.

Esa última parte de la historia recuperó su buen humor. Quizás aquel final tan desastroso era en realidad un instante valioso entre padre e hijo; un acontecimiento que en vez de entristecerlos los unió de una forma única y entrañable.

—A esa edad no sabemos cuidar muy bien las cosas que nos dan. Yo realicé mucho lavado de dinero por olvidarlo en cada bolsa que tuviera mi ropa. Por eso mi mamá optó por darme una alcancía de Pompompurin.

—Así que fue ella quien potenció esa obsesión insana hacia ese perro amarillo regordete.

—Mi padre fue quien tuvo la culpa de eso. —Refirió—. Me trajo un peluche de Pompompurin después del berrinche que hice tras la negativa de mi madre por no dejarme tener una mascota… En mi defensa diré que tenía solamente siete años. Era muy joven.

—Te oyes como una anciana empedernida.

—Unos meses de diferencia no significan nada. Además, el que se comporta como viejo empedernido eres tú.

Ya estaban a mano ante sus insultos pasivos.

—Kazuya, ¿todavía recuerdas qué equipos y jugadores eran los favoritos de tu padre?

—Sí. ¿Por qué?

—¿Olvidaste que te dije que si te gustaba alguna carta podías quedártela?

—Sí, pero ¿qué tiene que ver con lo que me acabas de preguntar?

—Que seguramente a tu padre le guste volver a ver algunas de sus viejas cartas de las que se tuvo que desprender cuando formó su familia.

Liberó la tarjeta que tantos recuerdos afloraba en su pareja. Protegida en su mica lucía casi tan perfecta como el día que fue impresa.

—Sino estás de acuerdo con mi idea, entonces acepta exclusivamente esta.

—Sora, no puedo aceptarla. Forma parte de tu colección, aparte es costosa.

—Eso no importa —refunfuñó—. Quiero que la tenga alguien que la atesore más allá de su valor monetario o su rareza... Que al verla sonría como lo has hecho tú porque te ha recordado a tu padre celebrando felizmente tu cumpleaños.

Fue el primer cumpleaños en que su madre no estuvo presente. El primer aniversario de muchos más que vinieron en que él y su padre comían pastel, charlaban un poco y pasaban el resto de la tarde analizando viejos partidos grabados de temporadas pasadas. Celebraciones que guardaba con mucho cariño en su memoria. Un dulce recordatorio de que siempre se trató de él y su padre entendiéndose y queriéndose a su propio estilo, a como ellos concebían el amor fraternal.

La sonrisa evocada instintivamente era genuina. No hubo ápice de burla o falsedad. Simplemente era Miyuki Kazuya siendo aquel niño pequeño cargando un montón de sueños sobre sus pequeños hombros.

Fue esa sonrisa la que ella descubrió.

—Sé que no será lo mismo ya que esa tarjeta era muy especial para ti porque fue tu padre quien te la dio. —La yema de su pulgar acarició mansamente el borde de la mica. Ese acto tan sencillo la calmó—. No obstante, sé que cuando la veas podrás sentirte como aquel día cuando la recibiste junto a tu guante, junto a todos esos momentos vividos mientras cargabas contigo esta tarjeta en el bolsillo de tu pantalón.

Sus dedos se escurrieron con atropello entre la melena de su nuca. Su boca seca era un tormento aún más grande para el nudo que asfixiaba su garganta. Mas su corazón expresaba su agradecimiento con intervalos cortos y marcados; una sinfonía dirigida por un alma inexperta y apasionada.

No podía apartar su atención de ella. En esos profundos ojos grises encontraba el fracaso ante su lucha consciente para convenir en indiferencia aquel sentir; aquel afecto que asomaba tenazmente sus delgadas y fuertes raíces entre las diminutas fisuras de las paredes que custodiaban celosamente su yo más inerme.

—No todos tienen un tesoro tan valioso que con sólo verlo te sumerja en ese torrente vertiginoso de felicidad... —Tomó su mano derecha, abriéndola suavemente para entregarle la tarjeta—. Eres una persona muy afortunada, Kazuya.

Lo era por tener un padre que lo amaba y se esforzaba tanto para ayudarlo a cumplir sus sueños. Lo era por tener la posibilidad de dedicarse profesionalmente a lo que arremolinaba a su corazón. Pero también lo era por haberla conocido.

—Aunque sea un burdo reemplazo de la tarjeta que recibiste a tus siete años, quiero que la conserves.

La carta que le fue obsequiada por su padre, con bordes rotos y colores fusionados en una explosión de acuarela, era especial e invaluable. La carta que Sora le entregó en esa noche de mayo, de orillas perfectas y tonos soberbios, era igualmente estimable.

Era una puerta que empalmaba su resguardado pasado con su cambiante presente. Una puerta que siempre permanecería abierta para él.

—Igual si no termina de satisfacerte, puedes venderla —expresaba burlona.

—No voy a venderla.

—Perfecto. —Sonrió victoriosa—. ¿Terminaste?

Kazuya afirmó.

—Me la llevaré e iré a molestar un rato más a Yōichi antes de volver a mi cuarto.

—Dile que tienes una tarjeta de Kazou Matsui. Y que se la darás después de que haga ciertas cosas.

Sus palabras apestaban a venganza.

—Creo recordar ese nombre... Tal vez sí la tenga.

—No se la des.

—No me sorprende tu deseo perverso, sino que recordaras el nombre de su jugador favorito —comentaba con sumo interés—. Es enternecedor cómo va progresando esa linda amistad entre ustedes dos.

—Lo menciona cada vez que tiene la oportunidad. Lo he memorizado en contra de mi voluntad.

Ella palmeó su hombro, sonriendo descaradamente.

—No practiques hasta muy tarde. Mañana hay partido.

La vio alejarse después de que sus labios abandonaran los suyos.

Agitó su cabeza y volvió a su habitación. Antes de tomar los guantes y su bate metálico, sacó un libro de su bolsa de viaje.

«Tratado de Béisbol». Así se titulaba el libro que entre sus páginas guardaba la vieja y despintada tarjeta de Ty Cobb que su padre le dio.

—Él la desechó después de que se arruinara... Aunque lo pensó bastante.

Vio a su padre detenerse frente al bote de basura, incapaz de soltar esa vieja tarjeta de béisbol. Fue hasta el quinto día en que pudo desprenderse de ella. Empero, él era un poco más necio que su padre. La rescató de la basura y reforzó toda su estructura con cinta adhesiva. Fue así como salvó su gran tesoro.

Cerró el libro, tabicando aquel episodio de su infancia. Se encauzaría en el hoy que le prometía un futuro incierto, pero estimulante y añorante.

Bajo las blancas luces artificiales y con la mirada puesta donde acababa aquel concurrido parque, el tiempo que le quedaba en Seidō corría raudo e inexorable. Justo como lo hacían sus sentimientos hacia Sora.