—En nombre del Creador, serás maldecido. Oh, descendiente de la desterrada —proclamó el ente con una voz cargada de rencor, acumulado a lo largo de incontables eras. Su figura no era humana, sino la de un ser humanoide de ébano, con líneas blancas resplandecientes como venas que atravesaban su cuerpo, irradiando un poder tan vasto que podría extinguir las estrellas en un instante.
El imponente ser se alzó ante un joven de ojos azules, cuya mirada denotaba cansancio. Este último sostenía con firmeza el arma de su maestro, aunque su cuerpo flaqueaba bajo el peso de la batalla que libraba y las cicatrices de guerras pasadas. La armadura negra que vestía, resquebrajada y gastada, era testimonio de su resistencia, aunque también revelaba cuán cerca estaba de sus límites. Frente a él se alzaba su enemigo: el primer dios puro de los Otsutsuki, la divinidad que había alcanzado el pináculo del poder.
—Oh, hijo del hombre... no, ese título no te pertenece. Eres algo más, algo superior. —dijo, profundo y majestuoso, como si hablara desde el núcleo del cosmos mismo—. Has trascendido la humanidad; te has convertido en algo semejante a mí, en un dios. Has matado a tantos de mis hijos... has truncado sus sueños, has deshecho las leyendas que tanto se difundieron entre ellos. Dime, asesino de dioses... —continuó, extendiendo sus brazos a los costados, su silueta radiante e imponente, mientras sus ojos brillaban con una intensidad cegadora—. ¿Cuáles son tus motivos? Aunque eres el descendiente de quien me traicionó, eres mi nieto, y solo a mi sangre le concedo el privilegio de explicarse. Tú, que has despertado el linaje que corre en tus venas... el humano que se convirtió en trascendente.
El joven respiró hondo, sus labios se curvaron en una sonrisa amarga, pero sus ojos permanecieron fríos, como un pozo profundo que no reflejaba luz alguna. Cuando habló, había algo de tristeza y un rencor cuidadosamente contenido en su tono. Pero más allá de esos sentimientos, una calma helada dominaba su voz.
—Me temo que no hay palabras suficientes para explicar... abuelo —respondió, la última palabra cargada de un desdén apenas disimulado—. Todo comenzó con esto... Toda mi historia, toda la historia de los shinobi, comenzó con un Otsutsuki... y todo lo que comienza debe tener un final. Por eso estoy aquí.
El dios guardó silencio, observándolo con una intensidad abrumadora, como si intentara leer cada pensamiento en la mente del joven. Pero el muchacho no vaciló.
—También fui traicionado por este poder... por esta marca —continuó el joven, señalando el símbolo que ardía en su piel—. Perdí a mi familia, a mis amigos... Fui llamado traidor sin distinción, mientras sus recuerdos eran manipulados por un poder que nunca pudieron entender. Solo unos pocos fueron inmunes, pero incluso ellos cayeron con el tiempo. Mi propia familia no creyó en mí. Al final, no tuve más opción que destruir al causante de todo esto... mi hermano adoptivo.
Un pesado silencio cayó entre ellos. El ente continuó observándolo, inmóvil, pero la tensión en el aire parecía crecer con cada segundo. El joven no desvió la mirada, aferrado a la única verdad que lo había mantenido en pie hasta este momento: todo debía llegar a su fin, incluso los dioses.
—Sin embargo, me equivoqué. No fui sabio. Estaba cegado por la ira. Para el mundo, ya no era un Uzumaki, ni el forastero que asesinó al salvador del mundo. A sus ojos, me convertí en un demonio sin rival... el próximo Uchiha Madara.
Sus palabras fueron escuchadas en silencio por la deidad, con paciencia. Ser enemigos no significaba ser un monstruo irracional que atacara sin propósito. No, él no se rebajaba a tal nivel. Era un dios civilizado, distinto de las criaturas inferiores que recurrían a la traición y la barbarie. Inclinó ligeramente la cabeza, como si reflexionara sobre las palabras de su nieto, antes de hablar.
—Interesante... continúa. —Su voz era profunda, con una calma inquietante, pero no exenta de un genuino interés.
El joven de cabello dorado, opaco y desprovisto del brillo que lo caracterizaba en su niñez, tomó aire profundamente. Sus hombros se tensaron mientras organizaba sus pensamientos, tratando de poner en palabras un dolor que lo había consumido durante años.
—Me vi obligado a luchar contra el mundo entero... y al mismo tiempo, lo salvé. El Shinju creó múltiples clones, bestias capaces de robar chakra y convertirlo en suyo. Fue una batalla interminable... destruí a la mayoría de esas criaturas hasta que huyeron y se escondieron. Dejé que los pocos shinobis que sobrevivieron, incluyendo mis amigos, se encargaran de exterminar a las restantes. Pero incluso después de eso, el mundo me seguía señalando con el dedo. Seguía siendo el culpable. Así que tomé una decisión.
Hizo una pausa. Sus puños se cerraron con fuerza, temblando por la mezcla de rabia contenida y el peso de los recuerdos. Su mirada se alzó, firme, enfrentándose a los ojos del dios.
—Decidí marcharme. Abandoné el mundo que me rechazó... y me fijé una misión: exterminar a los Otsutsuki. —Sus palabras eran afiladas, como dagas cubiertas de hielo—. Ustedes son los causantes de la existencia del chakra en la Tierra. Indirectamente, son responsables de todo lo que destruyó mi vida.
El silencio que siguió fue abrumador. Las palabras del joven se suspendieron en el aire, como un eco persistente en el vasto vacío que los rodeaba. La deidad permaneció inmóvil, observándolo con ojos resplandecientes, llenos de una mezcla de fascinación, desaprobación y, curiosamente, algo que casi podría pasar por compasión.
Finalmente, el dios rompió el silencio.
—Comprendo tus motivos... pero no justifican tus actos. Has masacrado a tantos de los míos. No tuviste piedad ni siquiera con los inocentes; no escaparon de la muerte ni los niños ni los bebés. Te has convertido en algo despreciable. —La dureza en su voz era innegable, cargada de enojo y juicio. Sin embargo, entre esas palabras, algo peculiar se abrió paso, un matiz inesperado que parecía contradecir su severidad: orgullo.
La mirada del dios, severa y brillante, se suavizó apenas un instante. Cuando volvió a hablar, su tono se tornó solemne, teñido de una ironía amarga.
—Estoy orgulloso de ti, nieto mío. —La declaración fue tanto un elogio como un reproche—. Has soportado más de lo que cualquier mortal o inmortal debería. Te has convertido en una entidad distinta... en un asesino de dioses. En un devorador de mi propia raza. Para matarnos, te convertiste en uno de nosotros. —El brillo de sus ojos se intensificó, como si escaneara hasta lo más profundo del alma del joven—. Puedo sentirlo. Mi sangre corre por tus venas, tu divinidad, tu fuerza. Te has vuelto mejor que yo, mejor que un dios. Eres, como dije antes, trascendente.
Las palabras del dios resonaron como un trueno que sacudía los cimientos del mundo. No eran palabras que oídos mortales pudieran soportar, ni siquiera comprender del todo. Su voz era un cántico prohibido, un eco que parecía viajar no solo a través del espacio, sino del tiempo mismo. Y sin embargo, ahí estaba su nieto, escuchándolo, con la cabeza alzada y una mirada fría que podría congelar el propio infierno.
El dios lo observó largamente. El joven estaba desgastado, sus hombros caídos por el peso de innumerables batallas, su respiración entrecortada como el viento en un páramo desolado. Pero esos ojos, azules como el abismo, cargados de un dolor tan inmenso que rozaba lo sublime, no temblaban. En ellos no había duda, ni sumisión, ni debilidad. Había odio, sí, un odio que helaba incluso el corazón del inmortal. Pero entre las sombras del odio, se ocultaba algo más, algo que arrancó una sonrisa oscura del dios.
—Monstruo... —murmuró el dios, y su tono fue un susurro venenoso, una caricia de seda que ocultaba el filo de una espada—. Monstruo nacido para matarme. ¡Oh, nieto mío! ¿Acaso no lo ves? Eres la viva paradoja de esta existencia: el que se rebela contra su propio linaje, el portador de desgracias que aún se atreve a desafiar al destino. Pero no te equivoques, muchacho no permitiré que cumplas tu misión sin demostrar tu valía.
Una sonrisa apareció en su rostro, amenazante y ligera, como la luna que se asoma entre nubes de tormenta. Era un gesto ambiguo, de respeto y de burla, de orgullo y desprecio. El dios inclinó apenas la cabeza, como quien permite que un enemigo digno de atención diga sus últimas palabras.
Boruto no respondió de inmediato. Permaneció inmóvil, sus manos temblorosas apretando con fuerza la empuñadura de un arma que había sobrevivido a tantas guerras como él mismo. El silencio entre ambos era más pesado que mil ejércitos. Finalmente, cuando habló, su voz no fue más que un susurro, pero un susurro que cargaba el peso de una vida rota.
—No espero que sea fácil, abuelo. —Su tono era gélido, pero bajo la superficie se percibía una grieta, una sombra de tristeza que aún no se había extinguido del todo—. Si he de convertirme en un monstruo para destruir a otros monstruos, así sea. Redención... no queda tal cosa para mí. Ni la busco. Solo queda esta misión, y la cumpliré.
El dios lo miró detenidamente, como si buscara algo en los ojos del joven, algo que pudiera confirmar sus propias sospechas. Y entonces, tras unos segundos de inhumana quietud, extendió una mano hacia él. Fue un gesto solemne, pero su intención no era un pacto ni una tregua. Era la señal de un juicio, de un duelo que trascendía lo terrenal.
—Entonces ven, hijo del niño de la profecía. —Su voz era un trueno contenido, una tormenta a punto de desatarse—. Demuestra que eres digno de cargar este destino que tú mismo has elegido.
La tensión en el aire se rompió como una cuerda tensada más allá de su límite. Boruto respiró profundamente y enderezó su postura. El fuego que ardía en sus ojos se avivó, y una fuerza indescriptible comenzó a emanar de su cuerpo. Cuando habló, lo hizo con una fuerza que no admitía dudas.
—Te lo demostraré, abuelo. Te mostraré lo digno que soy de enfrentar a este maldito destino.
Con esas palabras, el karma comenzó a manifestarse. Un brillo oscuro se extendió por su piel, trazando patrones que parecían mapas de constelaciones antiguas, como si el universo mismo reclamara su carne y su alma. Los trazos eran tan hermosos como aterradores, y a medida que la transformación avanzaba, dejó de parecer humano. Ahora, era algo más, algo que desafiaba las mismas leyes de la existencia.
Pero no había perdido todo rastro de lo que fue. A pesar de las escleróticas ennegrecidas, sus ojos seguían brillando con una intensidad celeste, pura e incorruptible. Esos ojos, en los que aún residía un destello de humanidad, perforaron la mirada de la deidad.
Por un instante, el dios permaneció inmóvil. Su expresión, severa y majestuosa, se quebró por un momento tan breve que podría haber pasado desapercibido. Pero estaba ahí: el orgullo. Un orgullo oscuro, sádico y retorcido, pero orgullo al fin. Era como si, en ese momento, viera en su nieto la culminación de algo más grande, un ser que, a pesar de todo, había alcanzado lo que ningún mortal, ni siquiera un dios, había logrado antes.
—¡Eso es! —dijo el dios, su voz llena de una mezcla de locura y regocijo—. ¡Demuéstrame, oh hijo del hombre que trascendió lo divino, lo digno que eres de enfrentar al destino! ¡De enfrentarte a mí!
Y así, como dos astros en un choque inevitable, abuelo y nieto corrieron uno hacia el otro. Las armas chocaron, y el universo pareció contener el aliento. El destino de ambos, y tal vez el del cosmos entero, pendía de un hilo que estaba a punto de romperse.
Cuando ambos avanzaron, el mundo se detuvo. Ni el aire se atrevió a respirar, ni el polvo osó levantarse bajo sus pies. Al primer choque de sus armas, el sonido fue tal que los cielos, horrorizados, se apartaron en dos. Sus golpes no eran meros movimientos de carne y acero; cada uno era una declaración de voluntad que resonaba a través del tejido de la existencia misma.
El jove, envuelto en la gloria macabra de su transformación, blandía su espada con la furia de un hombre que ha perdido todo, salvo su propósito. En cada movimiento, el karma que envolvía su cuerpo brillaba y crepitaba como si la misma esencia del universo respondiera a su llamado. Sus ojos, tan humanos y tan terribles, miraban fijamente a su oponente, y en ellos ardía una llama que ni siquiera los dioses podían extinguir.
—¡No somos iguales! —gritó, y su voz reverberó como el trueno que precede a la tormenta. Con un salto, descargó su espada en un arco que prometía partir los cielos, pero la deidad, su abuelo, alzó una mano y contuvo el ataque con una gracia que bordeaba lo inhumano.
El impacto de aquel enfrentamiento destrozó el suelo bajo sus pies, dejando tras de sí un cráter que se hundía en el vacío. Las grietas se extendieron como venas negras, devorando la tierra que los rodeaba. Y mientras el eco del choque aún retumbaba en el aire, el dios esbozó una sonrisa, fría como el mármol, y llena de un oscuro júbilo.
—¿Esto es todo? —dijo el dios, su voz un trueno contenido, profundo e inmenso—. ¿Es este el fruto de tu rebeldía? ¿Este el límite de tu furia? Niño, nieto mío, si tus golpes son la medida de tu voluntad, entonces no mereces ni siquiera mi desprecio.
El joven tambaleó por un instante, pero su mirada no flaqueó. La sangre resbaló de su labio roto, como un tributo silencioso a la guerra que libraba. Sus dedos, apretados en la empuñadura de su espada, temblaron ligeramente, no por miedo, sino por la carga que llevaba: una lucha que no era solo suya, sino de todos aquellos que habían sufrido bajo el yugo de los dioses.
—¿No merezco tu desprecio? —respondió Boruto, y sus palabras cortaron el aire como dagas envueltas en hielo—. ¿Qué sabrías tú de merecer, abuelo? Lucho, no por redención, ni por gloria. Lucho porque alguien debe hacerlo. Lucho porque tú, y los tuyos, han corrompido todo cuanto tocan. Y si el destino exige que sea un monstruo para destruir monstruos, entonces así será.
El dios observó a su nieto en un breve silencio, y por un momento, una sombra de algo —¿era duda? ¿Era respeto? — cruzó sus ojos. Pero la emoción se desvaneció rápidamente, reemplazada por una risa cruel, tan vasta y terrible como el océano desatado.
—¡Tus palabras, Boruto! ¡Qué bellas, qué vanas! —rió el dios, extendiendo sus brazos hacia el cielo mientras la energía fluía a su alrededor, un torrente de poder puro que hacía temblar las estrellas—. ¿Crees que tus discursos pueden torcer lo que ya fue escrito? ¿Qué puedes desafiar al destino con tu patética voluntad?
Entonces, el poder del dios se desató en un ataque que no era de este mundo. Era como si la furia de infinitos soles hubiera sido reunida y lanzada hacia un solo objetivo. El aire mismo pareció evaporarse, dejando solo un vacío aplastante. Pero el joven no retrocedió. En lugar de huir, corrió directamente hacia el ataque, su espada ardiendo con una luz que desafiaba incluso a la sombra más profunda.
—¡No creo en el destino! —rugió, y su grito atravesó la oscuridad como un trueno primigenio. El karma en su cuerpo resplandeció con un brillo aún más intenso, respondiendo a un llamado que ni siquiera él comprendía por completo. La energía que lo rodeaba dejó de ser simplemente mortal o divina; era algo más.
Algo indomable.
Cuando el inmenso poder del dios chocó con la férrea voluntad del chico, el universo pareció contener la respiración. Luz y oscuridad se entrelazaron, creando un espectáculo tan hermoso como aterrador. Esto no era solo un combate físico; era una lucha de ideales, un enfrentamiento por el significado mismo de la existencia.
En medio del caos, Boruto avanzó, paso a paso, empujando contra la fuerza del dios. Sus ojos brillaban con una intensidad que parecía perforar el alma de su abuelo. No había odio ni venganza en su mirada, sino algo mucho más peligroso: la certeza inquebrantable de un hombre que jamás se rendiría.
Por primera vez, el dios retrocedió un paso. Su sonrisa tembló, y aunque su voz seguía resonando con un rugido ensordecedor, en ella había algo que traicionaba una sombra de miedo.
—¡Entonces ven, nieto mío! —bramó el dios, alzando sus manos hacia los cielos—. ¡Demuéstrame cuán digno eres de desafiarme, oh hombre que trasciende lo divino!
Con la fuerza del cosmos en su carne y la voluntad de los mortales en su alma, el rubio se lanzó de nuevo al combate. Su espada brillaba como una estrella naciente, una llama imposible de apagar. En aquel instante, dejó de ser simplemente Boruto. Se convirtió en algo más: una fuerza indomable, una rebelión viviente contra lo que el universo daba por sentado.
El impacto final entre ambos iluminó los cielos y apagó las estrellas. El cosmos tembló, como si incluso el destino mismo estuviera en juego. Durante siete días y siete noches, el enfrentamiento continuó, un duelo tan vasto que el tiempo y el espacio parecieron disolverse. Y entonces, en un momento que se sintió eterno, el cosmos contuvo el aliento. Todo se detuvo: el movimiento de las estrellas, la danza de las galaxias, incluso el flujo del tiempo. El eco del choque resonó en el vacío.
El dios tambaleó, atravesado por la hoja. Pero algo más había surgido en el cuerpo del joven shinobi: una presencia terrible y majestuosa que desafiaba toda comprensión.
Boruto ya no era Boruto. O no del todo. Sus ojos, antes cargados de rabia y dolor, ahora brillaban con un fuego inhumano. Sus labios se movieron, pero la voz que emergió no pertenecía al joven que había luchado contra el destino. Era grave, poderosa, un eco que retumbaba en los rincones más oscuros del universo.
—Soy quien contradice el destino —declaró, solemne, con una fuerza que hizo temblar incluso a las estrellas más distantes—. Soy el portador de las desgracias, aquel que carga con los pecados del mundo y fue moldeado por ellos. No soy un redentor. No soy un salvador. Soy el caos que desafía a la maldad caótica.
La hoja se hundió más profundamente en el cuerpo del dios, y el karma de Boruto brilló con un resplandor oscuro que devoró la vitalidad de su oponente. La entidad que ahora lo habitaba no pestañeó, regocijándose en el acto. Su voluntad era tan despiadada que incluso el dios, eterno y todopoderoso, no pudo resistir.
El rostro del dios, pálido y exánime, se alzó hacia el joven. Su sonrisa era amarga, cargada de una ironía que no podía disimular. Tal vez fue aceptación de su derrota, o un reconocimiento de la monstruosidad que ahora se alzaba ante él, algo más temible que los dioses mismos.
—Lo has hecho bien, chico —murmuró, su voz debilitada pero cargada de peso—. Pero... ¿a qué costo? Te has convertido en algo eterno, condenado al sufrimiento.
El cuerpo del dios comenzó a desintegrarse, mientras su esencia fluía hacia las estrellas y planetas destruidos durante el combate. En su último acto, restauró lo que había sido destruido: estrellas apagadas volvieron a brillar, planetas destrozados se reensamblaron, y el cosmos recuperó su armonía. Sin embargo, las cicatrices invisibles del enfrentamiento quedarían grabadas en el tejido del universo.
Observó este último gesto sin emoción. Había consumido el poder del dios, absorbido su esencia, y aun así, el dios había optado por crear en lugar de destruir. Fue un acto irónico, casi poético, que resonó en el vacío.
Cuando todo volvió a su lugar, el cuerpo del dios se desvaneció en partículas de luz que desaparecieron lentamente. Quedó solo en el centro del silencio cósmico, envuelto en una energía oscura y vibrante que no pertenecía ni a los mortales ni a los dioses.
Su rostro estaba vacío, desprovisto de toda emoción humana. El karma ardía dentro de él, transformándolo en algo más allá de lo comprensible. No había victoria en su semblante, ni alivio, solo la pesada carga de un destino que nunca había pedido.
El cosmos comenzó a moverse de nuevo, pero el silencio que quedó era diferente, más profundo, más temeroso. Las estrellas temblaban, como si temieran despertar algo que ahora acechaba en la oscuridad.
—El sufrimiento es irrelevante —murmuró la entidad dentro de él, apagando cualquier rastro del joven que una vez fue—. Lo que importa es el propósito. Y el propósito es protegerlos, aunque nunca lo sepan.
El joven, o lo que quedaba de él, giró su mirada hacia el infinito del universo. Sus ojos eran insondables, un reflejo del caos y la convicción que lo consumían. Dio un paso y se desvaneció en el vacío, dejando un universo restaurado, pero irreversiblemente cambiado.
El cosmos observó en silencio, temeroso de respirar.
Y con razón.
De repente, despertó. Respiraba con dificultad y miro a sus alrededores un tanto desorientado. Todo lo que veía era el vasto verde del bosque. Cierto, había pasado días, años, décadas de aquel combate, aunque no estaba seguro realmente del tiempo durmió en el infinito cosmos.
Se encontraba recostado sobre el tronco de un árbol. Las hojas se mecían suavemente con el susurro del viento. Con una mano temblorosa, se frotó los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio al notar la calma que lo rodeaba. Bajó la mirada y sintió un pequeño movimiento entre sus piernas. Allí, acurrucado en su regazo, estaba el zorro que había encontrado el día anterior. Dormía profundamente, su respiración tranquila y rítmica.
Una leve sonrisa apareció en su rostro mientras acariciaba con cuidado la cabeza del animal. El zorro, sin despertarse, se acomodó entre sus piernas, buscando más calor. Pasaron unos segundos en un silencio pacífico, roto solo por el canto de los pájaros anunciando el amanecer. Fue entonces cuando el primer rayo de sol atravesó el horizonte y tocó su rostro, cálido y brillante. El día estaba comenzando, y con él, una nueva oportunidad para enfrentar lo que el destino le tenía preparado.
Cerró los ojos por un momento, dejando que la luz lo reconfortara. Aunque las cicatrices de su última misión seguían presentes en su mente, no sentía arrepentimiento. Sabía que sus acciones, aunque duras, habían sido necesarias. Todo lo hizo por la paz, por proteger el mundo que lo vio nacer... y, sobre todo, por proteger a su hermana menor, la única que quedaba con vida. Incluso si ella lo odiaba y lo veía como un impostor, como el asesino de su propia familia, estaba decidido a seguir adelante.
—Oh, es cierto... —dijo, mientras observaba a su alrededor desde lo alto de la colina donde se encontraba—. Hoy es un día especial. El centauro mencionó que habría un juego... uno de capturar la bandera.
