El presente, en la clínica

Beth caminaba por el patio de la clínica, empujando a Grant en una silla de ruedas. Había logrado el permiso para salir con él y disfrutar de un poco de aire fresco. Beth sentía que su esposo necesitaba ver algo más que las frías paredes blancas y las luces del hospital.

—Me habría gustado salir de noche a contemplar el cielo estrellado contigo —comentó Beth—. Pero el frío nocturno no es conveniente para ti, así que tendremos que conformarnos con observar el atardecer.

Se detuvo frente a un banco de concreto que ofrecía una vista impresionante del atardecer.

—Aquí está perfecto, ¿qué te parece? —preguntó, sonriendo mientras se acomodaba junto a él.

Grant miró hacia el atardecer, observando la silueta del sol en el lienzo anaranjado que se proyectaba en el cielo. Esa imagen evocó recuerdos dolorosos de la holografía que lo había acompañado en su agonía. Sin dudarlo, desvió la mirada; seguir presenciando aquel paisaje era como presionar un botón de rebobinar para reproducir una cinta que preferiría olvidar.

Beth se fijó en su expresión, pero no se desanimó. Era la primera vez que Grant salía de las paredes de la clínica, y sentirse abrumado era una reacción comprensible. Se sentó en el banco, soltando un profundo suspiro que llenó el pequeño silencio que se había instaurado entre ellos. Al mirarlo, noto que Grant mantenía su mirada fija en su regazo.

—¿Recuerdas a Tessa? —rompió Beth el silencio—. Logró conseguir un papel en el teatro, como siempre quiso. Hizo una carrera y ahora es muy reconocida; ha ganado algunos premios— Habló entusiasmada, —Aún recuerdo cuando practicaba sus líneas contigo en el café; era muy divertido.

Mientras hablaba, Beth miró hacia el atardecer, dejando que una sonrisa se dibujara en su rostro al recordar aquellos momentos compartidos.

—¿Oh, y recuerdas a Alison? —se volvió Beth, sonriendo cariñosamente—. Se convirtió en mi mano derecha, ella es la encargada del café ahora. Ha sido de mucho apoyo para mí.

Hizo una pausa, dejando que su mente viajara al pasado. Tan pronto como lo hizo, sus pensamientos se multiplicaron, llenándola de un cúmulo de recuerdos. Había sucedido tantas cosas importantes en durante la ausencia de Grant.

Beth miró hacia las manos juntas en su regazo, entrelazando sus pulgares con un leve deje de nerviosismo, como si esperara recibir la nota de un examen importante.

—La verdad, Grant… —se detuvo, apretando sus labios preparándose para continuar—. La verdad es que dentro de todas esas cosas importantes hay una que debes saber.

Beth se levantó del banco y se arrodilló frente a él, posando sus manos sobre el regazo de Grant. Su mirada se clavó en las delicadas manos blancas que ahora reposaban sobre él, y surgió en él un deseo instintivo de tomarlas, de tocarlas, de sentir su contacto. Pero ese deseo se vio derrotado por la realidad que lo rodeaba. El silencio entre ellos se hizo pesado, un obstáculo insuperable que impedía que Grant la mirara.

Beth no esperó a que él la mirara. No esperó a que él entendiera el peso de sus palabras. Solo quería expresar su verdad, su confesión, su secreto. Así que habló, pronunciando las palabras con suavidad, como si temiera romper el silencio con una fuerza mayor que su control.

—Grant—Su voz se redujo a un susurro, un susurro que parecía surgir de las profundidades de su alma.—Hace veinte años, un mes después de que partieras…

La respiración de Beth se convirtió en un jadeo, una mezcla de emoción y vulnerabilidad que la sacudía con fuerza. Su corazón parecía que se saldría de su pecho, que explotaría en cualquier momento.

—Yo... supe que estaba embarazada.

Hizo una pequeña pausa, como si necesitara tomar aire para poder seguir hablando.

—Tienes un hijo, Grant.

Las palabras salieron de su boca como una confesión, como un grito de liberación. Y cuando se detuvo, el silencio entre ellos se volvió aún más pesado, un abismo sin fondo que parecía separarlos por completo.

Beth sintió la tensión en el cuerpo de Grant ante sus palabras. Después de tanto tiempo, finalmente volvió a ver ese azul intenso en su mirada, ese color que parecía penetrar hasta el fondo de su alma. Se paralizó un instante, asustada por su reacción. La respiración de Grant, ya dificultosa por su estado, aumentó en intensidad, volviéndose cada vez más pesada y constante.

Una ola de vergüenza la invadió. Experimentaba una extraña dualidad entre la victoria y la humillación. Había logrado que él, al menos, la mirara, pero lo había hecho a costa de una noticia que podría desencadenar una reacción devastadora.

Con el corazón acelerado, bajó la mirada, incapaz de soportar el peso de su propia revelación. Sin embargo, no estaba preparada para descubrir que las sorpresas aún no habían terminado

—¿Cómo…? —salió de sus labios como un susurro ronco, apenas audible.

Beth volvió su mirada hacia Grant, quien, con su ojo fijo en ella, parecía esforzarse por articular algunas palabras. Ella no lo presionó; simplemente esperó, paciente, deseando que encontrara el valor para continuar.

—¿Cómo… se… llama? —preguntó con dificultad, con su voz entrecortada por respiraciones profundas.

A su respuesta, Beth no pudo evitar esbozar una gran sonrisa, mientras unas lágrimas de felicidad comenzaban a asomarse. La emoción la envolvía por completo.

—Se llama Benjamin —respondió, con la voz temblorosa y cargada de significado—. Como tu padre.

En ese instante, las palabras resonaron entre ellos, llenas de un amor antiguo y de una esperanza renovada.

El pecho de Grant subía y bajaba con una respiración entrecortada, y una lágrima resbaló por su mejilla.

—Como no tenía forma de avisarte —continuó Beth—, esperé a que regresaras para darte la gran sorpresa… y ahora mismo espero que lo siga siendo —sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza y ansiedad.

Un silencio pesado se instaló entre ellos, interrumpido solo por el sonido de la respiración de Grant. Finalmente, los labios de él, ahora un delicado tejido injertado de piel, se abrieron nuevamente. Beth lo miró con expectativa, lista para cualquier respuesta que él pudiera ofrecer.

—El… sabe… de… mí? —Grant hablaba despacio, cada palabra era una lucha para salir de su garganta.

Beth asintió con la cabeza, con una sonrisa apaciguadora en sus labios.

—Por supuesto que sí, cariño. Creo que has estado presente en su vida de una forma u otra, aunque no lo conozcas aún —su voz era suave y reconfortante.

—El… sa… sabe que… regre… se? —La preguntó Grant de nuevo con un toque de ansiedad.

Beth desvió la mirada, sintiendo un nudo en el estómago. Se había planteado varias veces posponer la noticia ¿A quién estaba realmente protegiendo?

—Aún no lo sabe —confesó, su voz apenas audible—. Quería esperar a que pudieras recuperarte un poco más, pero... —se detuvo, mirándolo con la esperanza de que comprendiera—. Descuida cariño. Has evolucionado bien, pronto lo conocerás.

—No —pronunció Grant de inmediato—. No... no quiero.

Beth lo miró afligida, sintiendo que su corazón se encogía ante el dolor evidente en su voz.

—No... quiero que me vea —continuó él, la angustia en su tono palpable.

—Cariño —dijo ella con suavidad—, Benjamín es un joven amoroso... te adorará.

—¡No! —exclamó Grant, su voz resonando como un gruñido ronco que sorprendió a Beth.

Beth se sobresaltó. Jamás le había hablado de esa manera, y aunque el tono de su voz la tomó por sorpresa, comprendió que había razones detrás de su reacción. Así que, en lugar de juzgar, bajó la mirada y guardó silencio, reconociendo el dolor que él estaba sintiendo.

—Quiero… volver —dijo Grant, entre respiraciones profundas.

Beth sintiendo un nudo en la garganta y sin pronunciar una palabra, se levantó para conducirlo adentro, mientras tanto el peso de la pena la devoraba por dentro. Comenzó a cuestionar si realmente había hecho lo correcto y las posibles consecuencias de su decisión. Su mente se llenó de incertidumbre, preguntándose si estaba preparada para enfrentar lo que vendría.

Grant caminaba por los pasillos del Tulpar, donde un aire de soledad y tristeza adornaba el ambiente. La desolación era palpable. De repente, uno de los muñecos de Pony Express apareció al final del pasillo. Grant se acercó a él, movido por la curiosidad y en busca de sentido.

—Pony dice: culpable —sonó con una voz animada, que al final se distorsionó.

La voz distorsionada heló la piel de Grant. Miró hacia el otro pasillo, que daba hacia la puerta de la enfermería, y escuchó a lo lejos el llanto de un bebé, algo totalmente fuera de lo normal. Caminó hacia la puerta, que se abrió ante él, revelando la espalda de una silueta que conocía a la perfección.

—Anya —dijo Grant, sonriendo ligeramente aliviado al ver a alguien conocido.

El llanto del bebé resonaba en la habitación, pero ella, ignorando su presencia, permanecía de espaldas, arrodillada en el suelo frente a la camilla que él había ocupado. Grant se acercó a Anya con la intención de hablarle. Con cada paso que daba, el llanto desconsolado se volvía más claro y desesperado. Cuando finalmente la alcanzó, quedó horrorizado.

—Sorpresa —entonó Anya, con una sonrisa feliz mientras su rostro estaba cubierto de sangre. En sus manos sostenía una masa amorfa que seguía llorando como un bebé.


Turbio pero necesario

Muchas gracias por leer