20 años atrás

Martha decidió preparar una cena de despedida para su querido hijo Grant, una semana antes de su partida. David, junto con su esposa e hijos, también se unieron al momento. Todos conversaban animadamente, disfrutando de la cálida atmósfera y de la deliciosa cena que había preparado Martha.

—¡El asado está delicioso, mamá! —exclamó Grant, llenando su plato una vez más.

—Gracias, mi cielo. Lo he preparado especialmente para ti, con un poco de ayuda —le guiñó el ojo a Beth, quien sonrió nerviosamente.

Beth, sintiéndose un poco apenada, bajó la mirada. Aún no se acostumbraba a recibir halagos.

—Me encanta tenerlos a todos aquí, —continuó Martha, mirando a su alrededor—. David, con su amada familia, y mi querido Grant junto a mi querida Beth. Espero poder vivir muchos más momentos como este hasta el final de mis días.

—Lo harás, mamá —respondió David, con una sonrisa solidaria.

—También espero que para la próxima reunión ya me hayan dado algunos nietos —agregó, dirigiéndose a Grant y Beth con una mirada esperanzada.

Grant no pudo evitar atragantarse con lo que estaba comiendo, mientras Beth, sonrojada, solo logró quedarse sin palabras, mirando a Martha con sus ojos bien abiertos.

—¡Mamá! —exclamó Grant, levantando la voz con una mezcla de sorpresa y un toque de incomodidad.

—¿Qué pasa? —preguntó Martha, alzando una ceja.

—¿De verdad tenemos que hablar de eso ahora? —respondió Grant, frunciendo el ceño.

—¿Y cuándo lo haremos? Tu hermano David ya me ha dado dos nietos hermosos. ¿Qué esperan ustedes? —replicó Martha, con un tono juguetón pero insistente.

Beth se cubrió la boca, intentando contener la risa, mientras David estallaba en carcajadas junto a su esposa. Grant, en cambio, parecía verdaderamente avergonzado y ofendido.

—No me digan que me voy a morir sin ver un nieto de su parte —afirmó Martha, con dramatismo, pero con una sonrisa aún iluminaba su rostro.

—Mamá, nosotros—

—Lo estamos intentando —interrumpió Beth, con un nerviosismo que apenas podía ocultar.

Todos los ojos se volvieron hacia ella. Grant lucía confundido, sin saber cómo reaccionar, mientras los ojos de Martha brillaban con felicidad al escuchar la revelación.

—Lo estam—

Beth interrumpió a Grant de nuevo, dándole un golpecito suave con el pie por debajo de la mesa. Él, sintiendo la presión de su mirada, comprendió al instante.

—Ah, sí, sí, claro, lo estamos intentando —respondió automáticamente, tratando de recuperar la compostura.

—¡Qué maravilloso! —Martha esbozó una amplia sonrisa iluminando su rostro.

—La mejor experiencia que pueden vivir es la de ser padres. Quizás a veces sea complicado, pero compartir con tus hijos, verlos crecer y cuidarlos es una sensación que los llenará inmensamente. Ya lo verán —añadió, con un tono amoroso que reflejaba su profunda devoción.

Beth sonrió con ternura al escuchar las palabras de Martha. La pasión y el amor que su suegra tenía por la familia eran palpables. Si en algún momento decidía iniciar una vida juntos con Grant, sabía que su suegra sería, sin duda, un ejemplo a seguir.

—¿Entonces lo estamos intentando? —preguntó Grant, acomodándose en la cama y mirándola con curiosidad.

—Ah, sí —respondió Beth, sacando la mirada de su libro y dejándolo a un lado—. Lo siento, lo dije porque—

—Tranquila, sé por qué lo dijiste —la interrumpió Grant, sonriendo levemente—. Conozco a mi madre. Sé que no se detendría hasta convencernos... Pero ahora que hemos hablado de esto, ¿te gustaría que lo intentáramos? —preguntó con sinceridad, recostándose en el respaldo de la cama junto a Beth.

Grant la tomó desprevenida. Por un momento, ella se quedó en silencio, reflexionando sobre la pregunta y lo que realmente significaría dar ese paso.

—La verdad es que no lo había pensado hasta ahora, pero creo que todo debe suceder a su tiempo. Y, ¿qué hay de ti? ¿A ti te gustaría? —preguntó Beth, mirando a Grant con curiosidad.

—Beth, yo tendría contigo todos los hijos que tú quisieras —respondió él, con su voz cargada de sinceridad.

Ella desvió la mirada, sintiéndose apenada, mientras trataba de contener una sonrisa. Era asombroso cómo Grant aún podía hacerla ruborizarse como en el primer día.

—Es más, podríamos comenzar ahora —dijo Grant, acercándose y comenzando a besarla suavemente por el cuello.

Beth sintió cómo el calor subía por su cuerpo, pero lo detuvo antes de que las cosas se encendieran por completo.

—Vamos con calma, vaquero… recuerda que tu madre dijo que nada de jueguitos en su casa —le recordó, con un tono juguetón pero decidido.

Grant fingió un puchero, soltando un suspiro resignado mientras volvía a recostarse en el respaldo de la cama.

—Muy bien, muy bien, pero te puedo asegurar que, de tener un hijo, sería idéntico a mí —dijo Grant, con una sonrisa de satisfacción.

—No me cabe la menor duda. Será muy encantador y bastante hablador —respondió Beth bromeando, dejando entrever su complicidad. —¿Y cómo lo llamaríamos?

—Mmm, no lo sé —contestó él, pensativo.

—¿Qué te parece Benjamín? —sugirió Beth con una chispa en sus ojos.

Grant sonrió, conmovido. Que Beth le propusiera usar el nombre de su padre le pareció un gesto de amor que jamás había esperado.

—Me parece perfecto —afirmó, sintiendo que ese simple acuerdo ya les unía más.

Esa noche, Grant y Beth se permitieron soñar juntos sobre cómo sería su vida con un hijo. Aunque eran jóvenes, la idea de formar una familia no les parecía distante. Lo que sí sabían era que, fuera Benjamín o cualquier niño o niña, ambos lo amarían incondicionalmente.

El presente

Beth no podía sacarse a Anya de la cabeza desde la conversación que tuvo con David. Recordaba aquella pequeña reunión familiar con Martha, así como sus palabras, y el momento en que, sin siquiera tener un hijo, Grant y ella habían puesto un nombre en sueños.

La imagen de Anya la llenaba de pena; no podía imaginar qué pensamientos atravesarían su mente en una situación así. Sintió una punzada en el corazón al imaginar el miedo que habría podido invadirla, la incertidumbre de saber que no podrían sobrevivir ni ella ni la vida que llevaba dentro.

Beth pensó en su propio hijo y agradeció al cielo por tenerlo consigo. Esa tarde, decidió regresar temprano a casa. David se había ofrecido para relevarla en la cita de fisioterapia con Grant. De vez en cuando, Beth salía de la clínica para detenerse en el café, visitar a Tex, que seguía siendo cuidado por el vecino, y buscar en casa algunas cosas que le resultaran útiles. Después de meses de desesperación, había logrado un extraño equilibrio gracias a la mejoría en la salud de Grant.

Sin embargo, Beth sabía que sus rutinas eran tan efímeras como el algodón de azúcar en agua. Y lo comprobó ese día al llegar a casa y encontrar a alguien esperándola sentado en las escaleras de la entrada.

—Benjamín... —pronunció ella, sin estar muy sorprendida, pues internamente sabía el motivo de su visita.

—Mamá, ¿cómo estás? —Benjamín se levantó de golpe de la escalera, mostrando un brillo nervioso en sus ojos.

—¿Qué estás haciendo aquí? Deberías estar en la universidad —dijo Beth, cruzando los brazos mientras trataba de mantener la calma.

—Yo... he visto las noticias... el Tulpar... lo encontraron —respondió él, su voz temblaba ligeramente al pronunciar las palabras.

Beth sintió cómo su cuerpo se tensaba. Sabía que otra ola de emociones se acercaba, como un mar en calma antes de la tormenta.

—Papá regresó, ¿verdad? —preguntó Benjamín, con una mezcla de ansiedad e ilusión en sus ojos. Brillaban de tal manera que a Beth le rompía el corazón.

Ella titubeó, sin saber qué decir. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Finalmente, se limitó a asentir, intentando esbozar una sonrisa que nunca llegó a ser completa, temiendo el impacto que la verdad tendría en su hijo.

—¿Dónde está? —preguntó Benjamín, con preocupación evidente en su voz.

Los ojos vidriosos de Beth delataban a su hijo que algo no iba bien.

—Mamá, ¿dónde está? —reiteró él, con la ansiedad intensificándose en su tono—. ¿Está bien? ¿Puedo verlo?

Beth se acercó a él en silencio, posando una de sus manos en su mejilla. Lo contempló por un momento, recordando la insistencia de Grant sobre la necesidad de que su hijo no lo viera. Hizo un intento de sonreír mientras acariciaba su cabello rubio y ondulado, sintiendo el peso de la realidad aplastándole el corazón.

—Ven adentro, tenemos que hablar —dijo finalmente, con una voz suave pero cargada de seriedad.


Sigo aquí no teman, he tenido que enfrentar algunos desafíos personales pero les aseguro que la historia continuara hasta su eventual final.

Gracias por tomarse el tiempo de leer mi fanfic.