Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas sexuales y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
Isabella POV
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Necesito alcanzarlo.
—Espera —unos brazos grandes y cálidos me rodean deteniendo mi camino hacia el estacionamiento. —Estará bien. Solo necesita pensar, dale algo de tiempo.
—Christian... —me retuerzo. Necesito seguir caminando.
—Basta, Bella —dice una voz gruesa y lastimera. —Bells, por favor detente.
—Christian —repito. De nuevo me retuerzo, esta vez con más fuerza. Necesito liberarme, necesito alcanzarlo.
—Tranquila, cuñadita —una nueva voz, está más fresca, habla. —Solo necesita procesar todo esto.
—Christian —murmuro. El sabor salado se mezcla en mis labios. —Christian...
—Será mejor que vaya detrás de él —Elliot exhala.
Se escuchan pasos. No son de Christian.
Alguien camina para alejarse. No es Christian volviendo.
— Christian...
—¡Oye! Relájate, cara pálida —alguien grita. —El cabrón no parece ser de los que se asustan con facilidad.
Mi cuerpo se estremece. Mis sentidos despiertan.
Mi cabeza se gira buscando al dueño de la voz. El maldito lobo causante de eso.
—¡Tú! —le grito. —¡Esto es tu maldita culpa! ¡Tú le dijiste todo esto!
No puedo ver con claridad, pero, puedo sentir su maldita sonrisa. Puedo escuchar su diversión en sus palabras y eso solo hace que me lo imagine con una sonrisa lobuna bailando en su maldito rostro.
¡Es un maldito cabrón!
—Yo solo hice lo que tú no podías —me responde.
—¡¿Quieres que te golpee de nuevo?! —mi cuerpo se mueve.
Las emociones que me recorren impulsan mi cuerpo haca arriba. Consigo liberarme de los brazos que me sostenían, ahora estoy caminando en dirección a ese estúpido perro sarnoso, dispuesta a golpearlo de nuevo hasta borrar esa maldita sonrisa de su perruno hocico.
—Hazlo si eso te hace sentir mejor —se encoje de hombros.
Mi molestia aumenta. No puedo creer que él esté tan tranquilo. No cuando yo estoy cayéndome en pedazos por la idea de perder a Christian.
Quiero golpear a Paul. Quiero que le duela como a mí, que sufra como yo estoy sufriendo.
—Te voy a descuartizar —le grito desgarrando mi garganta. —Después prepararé estofado de perro contigo y lo daré de cenar en la siguiente reunión de consejo.
—Tendrás que alcanzarme primero, cara pálida —su voz divertida me grita en respuesta. —Hazme enojar lo suficiente como para olvidarme que eres una mujer y patearte el trasero de una vez.
—Si la lastimas, entre Sam y yo te arrancamos la maldita cola —distingo la voz de Jacob.
El lobo de nuevo me da una mirada divertida.
Paul puede ser un idiota, un cabrón y un estúpido, pero no me lastimaría.
—¡Sé que me odias, imbécil! —continúo gritando mientras arrastro mi cuerpo en su dirección. Paul se cruza de brazos y recuesta su cuerpo contra el tronco cercano. —¿¡Cuál es tu maldita necesidad de arruinarme más la vida!?
—La única manera en la que tu vida se puede arruinar más, es si la perra psicópata te alcanza —Paul resopla.
—Eres un imbécil —gruño. Las lágrimas vuelven a deslizarse por mis mejillas.
—Sí, lo soy —me sonríe. —Y tu novio también es un imbécil si deja que un par de cosas sobrenaturales sean la razón para dejarte.
—¡Cállate! —mi cuerpo colapsa de nuevo. No quiero escuchar eso. Mis manos se colocan sobre mis oídos, aprieto mi cabeza con fuerza. —Christian no me dejará. Él no se irá.
No puede irse.
—Christian no puede irse —lloriqueo.
—Mierda, Bells —la cálida voz de Jake suena cerca de mis oídos. —Estás sangrando de nuevo.
—Christian se irá. ¡No! —balbuceo. —No me dejará.
—¿Podemos centrarnos en la mierda urgente? —Paul habla más fuerte. Su voz me molesta. —Hay una puta chupasangre rondando este pueblo. ¿Cuál es el plan?
—Jacob lleva a Bella al hospital a que revisen sus heridas —Sam ordena. —Yo llevaré a Angela a la Push y hablaré con el resto a ver que han encontrado y organizaremos guardias.
—¿Y yo que haré? —Paul pregunta con indignación.
—Tú arreglarás esto —Sam ordena con timbre alfa.
—Vete a la mierda —sisea en respuesta.
Lo ignoro, no me importa.
—Vamos Bells —por la esquina de mis ojos, veo a Jacob inclinarse para tomarme en brazos.
—¡No! —salto hacia atrás. —¡No quiero ir!
—Bella —dice con voz dolida.
—¡No! No quiero ir contigo ¡No quiero ir con ninguno de ustedes!
—Bella, por favor.
—¡No! —me empujo lejos de él. Mi cuerpo se gira arrastrándome lejos de él, lejos de ellos. —¡Váyanse a la mierda! ¡No quiero que me sigan! ¡No quero que nadie me acompañe!
Necesito encontrar a Christian.
—Bella, por favor —intenta razonar conmigo. —Si vas sola puede ser peligroso, además, estas sangrando y eso puede atraer a…
—¡Bien! ¡Espero que Victoria me encuentre y me asesine! —les grito. —¡Eso solucionará todos sus problemas! ¡Que me mate! ¡Eso va a doler menos!
Cualquier cosa dolerá menos que perder a Christian.
—Jacob, détente —escucho la orden de Sam. Me sorprende, pero no permito que me distraiga.
Continúo caminando. Moviéndome. No puedo detenerme.
—Que se vayan a la mierda —murmuro. —Esto es su maldita culpa.
Me arrastro. Mis pies siguen dando pasos inseguros y torpes.
—¡Es por su maldita culpa que yo estoy aquí! —grito. —¡Es su jodida culpa que mi vida se haya ido a la mierda otra vez! ¡Ellos me obligaron a regresar a este estúpido pueblo!
Sigo andando, vagando, deambulando.
—Mi vida estaba comenzando a ser buena —hipo. Las lágrimas bajan de nuevo por mis mejillas. —Si no lo encuentro, si no hablo con él... todo se habrá terminado.
Camino. Paso, paso, caigo. Me levanto. Camino. Paso, paso, caigo de nuevo. Grito. Me levanto.
—¡Y eso será su maldita culpa! —grito hacia el cielo. —¡Su culpa! ¡Su puta culpa!
Mi cabeza se baja.
No estoy preparada para lo que mis ojos ven.
—No, no es culpa de los lobos —digo, mi voz es agitada y seca. —Ellos me cuidaron, ellos estuvieron cuando los necesité. Ellos son mis amigos, mi familia.
Una carcajada atraviesa mi garganta.
—Esto es su maldita culpa —apunto con mi barbilla a lo que mis ojos están viendo. —¡Esto es su maldita culpa!
Estoy de pie, tambaleante y jadeante, frente a la entrada de la gran mansión Cullen. Suelto un grito. Lo hago tan alto como puedo, tan fuerte como mis cuerdas vocales lo permiten. Mi cuerpo se dobla a la mitad por el esfuerzo, mi garganta y mis pulmones arden por el esfuerzo. Mis rodillas se doblan, me arrojan al suelo frente a los escalones que me separan de la casa.
—Tu puedes, Isabella —me digo en voz alta. —No seas una cobarde.
Repito esa frase. Me obligo a ponerme de pie. Repito esas palabras. Me arrastro hacia adelante, subo los escalones.
—Esto es su maldita culpa —digo. —No tuya.
Mi mano se estira, tiemblo, tomo la perilla de la puerta girándola y rogando que ceda.
Lo hace. La puerta se abre.
El olor a humedad, soledad y abandono son lo primero que golpea mi nariz. Yo no tengo sentidos súper desarrollados, pero es evidente que en esta casa no ha habitado ninguna persona desde que ellos se fueron.
Mis pernas se mueven, llevándome por el interior.
"¿Que esperabas? ¿Ataúdes, calabozos y fosas?"
Suelto una carcajada.
Es tan irónica la situación. La casa ahora sí parece ser de cualquier película de Hollywood sobre vampiros. Se siente tan sola, desolada, abandonada, se siente como una propiedad dejada al olvido.
Es inevitable que los recuerdos me ataquen.
Según mi cuerpo se adentra en la casa, mi mente compara cada rincón. Mi mente me muestra recuerdos en donde la mansión lucia llena de vida, con movimiento, personas, voces, chistes horribles, gruñidos y palabras de amor. Ahora es diferente, no hay nada de eso. Los muebles que voy observando, están cubiertos por grandes trozos de tela; los adornos que son visibles tienen una gruesa capa de polvo que incluso resulta visible para mis ojos humanos; los rincones y esquinas están pobladas por telarañas e incluso estoy segura de que en algún momento me saldrán ratones o murciélagos.
La casa donde un día conocí oficialmente a la familia Cullen, a mi familia, ahora está sola, vacía.
Ellos no están
"Eres como una hija para nosotros"
—Una hija —chasqueo la lengua. —Sí, claro.
"Estoy tan feliz que por fin encontrara a su compañera"
—Su compañera —escupo. Una risa brota de mis labios. —¡Claro! Yo era la compañera perfecta ¡Era perfecta!
Mi cuerpo se inclina, mis manos empujan la mesa que está cercana a mí. El sonido de las cosas cayendo y estrellándose contra el suelo, me produce otra risa.
—Era perfecta para cualquiera ¡menos para él! —grito. Mis manos buscan la siguiente cosa, una silla que descansa recostada contra la pared. La empujo con mis manos lanzándola al suelo.
Mi cuerpo se mueve por el pasillo que conecta con la sala de estar. Cada cosa que me encuentro, la empujo al suelo, la lanzo contra el otro muro, la golpeo con mis manos.
"Bella es familia, y nosotros protegemos a la familia"
—¡Son unos malditos mentirosos! —grito desgarrando mi garganta en el proceso. —¡Era su familia! ¡No abandonas a tú familia!
Golpe. Sillón contra el suelo. Golpe. Mesa de cristal rota. Golpe. Floreros contra la pared. Golpe. Grito. Cuadro de arte del siglo pasado roto por la mitad. Grito. Golpe. Grito.
Me quedo de pie, con la respiración agitada, con las manos temblorosas, con mi cabeza dando vueltas y con un desorden a mi alrededor. No es suficiente. Mis ojos se pasean por el lugar, buscando algo más que golpear, algo más que destruir.
—Mierda —salto cuando mis ojos se fijan en el espacio al fondo. Ese maldito espacio donde sucedió lo que cambió toda mi vida.
Titubeante, me acerco. Salto y esquivo todas las cosas que están esparcidas por el suelo. Lo primero que noto es la ausencia de la mesa, la cual se rompió en pedazos debajo de mí. Los floreros también hacen faltan, esos también se rompieron esa noche. El enorme cuadro con la pintura abstracta de varias tonalidades de verde sigue allí. Fue el único que sobrevivió. El suelo en ese lugar tiene polvo, pero no hay ningún rastro de mi sangre.
Fue limpiada, la evidencia fue borrada.
Incluso la alfombra blanca, que ahora es de un color más opaco a causa del polvo y la falta de mantenimiento, está limpia.
—Jasper —suspiro. —Nunca te culpe, ¿sabes? Lo que sucedió ese día fue mi maldita culpa. ¡Fue mi puta culpa por ser una humana estúpida que se metió en una casa de vampiros!
Me dejo caer en el suelo, mi espalda se recuesta contra la pared.
—Aun me duelen las heridas del brazo —exhalo. —Son un constante recordatorio de lo que sucedió.
Miro mi brazo derecho. La sudadera que aún sigo usando, no me permite ver las heridas, pero ahí están, cada maldito día las veo.
—Debiste matarme, Jasper. Desde el primer momento en que lo pensaste, debiste hacerlo, debiste ahorrarnos a todos esta desagradable situación —sacudo mi cabeza. —Podías haber evitado toda esta mierda.
Tomo una profunda respiración.
—No, no. Esta mierda se pudo haber evitado si él hubiera mirado hacia otro puto lado —mi puño se estrella contra la pared a un lado de mi cadera. —Si él se hubiera quedado en Alaska, ¡esta mierda no estaría pasando!
"Es que ya no tengo la fuerza para estar lejos de ti, Bella"
—¡Cabrón! —bramo con fuerza. Uso mis manos para impulsarme de nuevo hasta quedar de pie, mis piernas me llevan por la casa, buscando un nuevo lugar para desatar mi furia.
Encuentro el salón dónde Emmett solía jugar videojuegos. En el fondo de mi mente puedo escuchar los sonidos del juego, las maldiciones de Jasper y las estruendosas carcajadas del grandote. Mis ojos dan un rápido análisis al lugar, como en el resto de la casa, los enormes sofás están cubiertos por telas, la televisión también, incluso la maldita consola sigue allí.
—Creí que amabas esa consola de videojuegos —chasqueo la lengua. Me acerco hasta ella, quito la funda protectora y la tomo en mis manos levantándola a la altura de mi rostro. —Aunque, también creí que me amabas a mí.
Una carcajada brota de mi pecho. Unas nuevas lágrimas se deslizan por mis mejillas
—¡Creí que era tu hermana! —mis manos arrojan la consola contra el televisor que se tambalea y se cae. El sonido de los dos aparatos cayendo y rompiéndose me provoca una risa. —¿Recuerdas cómo te gustaba hacerme bromas?
Mis manos toman los controles de la consola de videojuegos. Los lanzo a través de la habitación estrellándolos con la pared de al fondo.
—¿Lo recuerdas, Emmett? —grito al aire. —¿Recuerdas cómo te gustaba burlarte de mí? ¿Recuerdas cómo te reías de mí?
Mis manos van al mueble donde están todos los discos con videojuegos y películas que solían ser los favoritos del vampiro, todos esos que estoy segura de que se sabía de memoria y que aun así atesoraba. Me encargo de romperlos, destrozarlos, hacerlos pedazos.
—Pues ahora ríete de esto ¡imbécil!
Mi pierna patea un de los sofás individuales. Mis manos toman la mesa que está a un lado, la levanto por los aires y la lanzo contra la pared de cristal que está a mi izquierda. Continúo golpeando y pateando cada mueble, adorno o cosa hasta que la habitación queda igual o peor que la sala de estar.
Salgo de ese lugar, no me molesto en fijarme hacia dónde voy, solamente me muevo empujando, lanzando y rompiendo cualquier cosa que se pone en mi camino.
Encuentro primero el comedor. Mi cuerpo se detiene frente al maldito comedor de ocho piezas hecho de la mejor madera del mundo.
—Tanto dinero despilfarrado a lo imbécil —gruño. —¡Ustedes no pueden comer!
"Es para guardar las apariencias"
—Apariencias —me burlo. —¡Solo aparentan ser buenas personas pero la realidad es que son una mierda!
Mis manos toman la primera silla, me cuesta, pero logro levantarla por encima de mi cabeza, tomo aire y muevo mis manos con fuerza y precisión. El sonido de la madera chocando una con otra me produce un estremecimiento. Las astillas vuelan esparciéndose por todos lados.
—No creo que necesiten el comedor —doy un resoplido. Mis manos toman la siguiente silla, imitando el movimiento que hice con la primera, la hago trizas contra la mesa del comedor. —De todas maneras, no lo usaban.
Hago lo mismo con el resto de las sillas. Estoy ligeramente satisfecha cuando las veo en pedazos y astillas alrededor de la mesa del comedor. Esa se quedará así, no soy tan idiota como para intentar romperla sin esperar que se me vuelva a romper algo.
Aunque de todos modos ya estoy sangrando.
Puedo sentir la sangre escurriendo por la piel de mi brazo y mi pierna, puedo sentir la incomodidad de la ropa pegada a causa de la sangre que hay brotando de los puntos en mis heridas. Pero, eso lo resolveré más tarde.
Ahora solo quiero destrozar toda la casa, quiero que, si un día en el siguiente siglo ellos vuelven, vean que la humana loca que dejaron aquí, no los olvidó. Quiero que vean como la lastimaron tan profundamente que ella tuvo que destruir su maldita casa solo para recuperar un poco de control en su vida.
Tomo uno de las maderas que han saltado de las sillas, elijo una que parece un bate de baseball, esta será mi herramienta de destrucción, al menos hasta que termine en pedazos.
"Nos has dado una excusa para usar la cocina"
—Excusas, excusas —digo. Rodeo la barra que se encuentra a la mitad de la cocina. —Malditas excusas.
Mi cuerpo se tambalea. Mi espalda se gira a la vez que mis manos levantan el trozo de madera en mis manos, la parte alta de mi cuerpo se gira como si estuviera jugando baseball. Estrello el borde de la madera contra los frascos y aparatos que están sobre la encimera de la cocina.
—¡Espero que te gusten las remodelaciones que le estoy haciendo a tu casa, Esme! —grito elevando mi cabeza al cielo. Hago de nuevo el movimiento, esta vez estrellando la madera contra el cristal del horno. Ambos se rompen. —¡Espero que te tome toda la puta eternidad arreglarla!
Mis manos abren las puertas de las alacenas, uso mi peso para arrancarlas escuchando como la madre cede debajo de los tornillos y bisagras. Saco los platos, los vasos y todo lo que encuentro al interior y los lanzo en todas direcciones riendo con el sonido que hacen al romperse y caer al piso. Todo termina en el suelo en pedazos, la vajilla cara de Esme, los aparatos y artefactos de cocina, las puertas y la encimera destrozada.
Es inevitable que me sorprenda al ver que no hay ningún alimento en toda la cocina. Sé que compraron en algún momento víveres para mí, los cuales Esme llegó a cocinarme, y realmente esperaba verlos aquí, caducados. No hay nada.
—Se deshicieron de la comida y de mí —me rio. Mi cabeza se sacude mientras mis labios aun muestran la sonrisa de irónica diversión. —Veamos de que más se deshicieron
Mis pies atraviesan la cocina, al pasar por el comedor tomo otra de las patas de las sillas y la arrastro junto conmigo. Mi vista enfoca las escaleras, subo los primeros escalones que conducen hacia siguiente piso, me detengo cuando veo el enorme cuadro lleno de birretes de graduación.
—Que miserable existencia —me rio. —Cursar una y otra vez la secundaria.
"Es una broma privada, nos graduamos muchas veces"
—Por poco yo no logro terminarla. ¿Sabes porque? —pregunto a nadie en especial. —Porque estaba demasiado ocupada arriesgando mi puta vida para poder verte unos segundos.
"Eso nos hace quedarnos más tiempo"
—¿Quedarse? —suelto un bufido. —¡Quedarse! ¡Eso debían hacer!
Me lanzo contra el enorme recuadro. Azoto una y otra vez la madera de la pata de la silla, incluso tengo que cerrar los ojos cuando siento los pequeños trozos de cristal saltar hacia mí.
Termino de subir la escalera, los cristales crujen debajo de mis pies.
El segundo piso es el nivel que visitaba las veces que fueran estrictamente necesarias. Sé que están las habitaciones aquí, pero desconozco el orden. Mis brazos sueltan golpes a los adornos que hay por los pasillos, crujen cuando se rompen, vuelven a crujir cuando cae algo más sobre ellos, pero mis gritos continúan siendo más altos.
—¡Mierda! ¡Eso son! —grito, golpeo, rompo. —Siempre lucían como la familia perfecta, pero no es así. ¡Son un asco!
Mi cuerpo empuja una de las puertas mientras golpeo otro cuadre de una pintura de valor inigualable. Meto mi cabeza al interior de la habitación que se ha abierto.
La habitación de Rosalie y Emmett.
Nunca había entrado a este lugar, nunca lo había visto y por eso no tengo ningún recuerdo aquí, cosa que agradezco.
En el fondo de la habitación hay un espejo de un tamaño enorme. Del otro lado, frente a ese espejo, hay otro más pequeño acompañado de unos muebles que supongo son un tocador y una silla. Supongo que Rosalie los usaba.
Me muevo hasta quedar de pie frente al enorme espejo.
Me veo del asco. Mi cabello es un desastre, luce como un nudo gigante; mi cara luce demacrada como si fuera una maldita muerta, hay bolsas debajo de mis ojos, hay marcas en mis mejillas de las lágrimas, las heridas en mi frente tienen una ligera marca de sangre que señalan que estuvieron a nada de soltarse los puntos. Mi ropa tiene tierra del bosque, polvo de la casa y manchas muy oscuras de mi propia sangre.
Es inevitable que sonría. Ellos provocaron esto, ellos deberían estar viéndome, viendo como una mujer loca y dolida, entra en su casa y hace lo mismo que ellos hicieron con ella: destrozarla.
Mis ojos se posan frente a mí, el efecto reflejante del espejo hace que mi vista pueda ver el reflejo de donde se encuentra el tocador. Puedo visualizar a la preciosa mujer sentada en esa silla, cepillando su cabello rubio y hermoso mientras sus ojos dorados me miran llenos de odio.
"Si, hagamos de cuenta que esto no es peligroso para nosotros"
—Tenías razón —le digo. —Esto fue un maldito error. Lo sabías y nadie quiso escucharte. Ninguno de nosotros lo hicimos.
"Toda la familia se verá implicada si esto termina mal"
Mis manos impactan la madera contra el cristal del enorme espejo. Toma solamente un par de golpes antes de que comience a desmoronarse en pedazos. Hago lo mismo con el otro espejo. Es lo más grande e importante que puedo romper, supongo que Emmett y Rosalie se encargaban de romper todo ellos mismos y por eso no hay tantas cosas en su habitación a excepción de la cama en el medio.
—Terminó mal ¡Muy mal terminó esta mierda! —salgo de nuevo al pasillo, continuo con mis destrozos. —¡Mal!
La siguiente habitación es una que conozco como la palma de mi mano, una en la que me obligaron a pasar horas mientras jugaban conmigo. Flashes de esos días llegan a mi mente.
"Vamos de compras, Bella" "No te muevas" "Se correrá el maquillaje" "Esto te quedará mejor" "Debes resaltar tu cuerpo"
—¡Maldita Pixie idiota! —grito. Mi cuerpo comienza a temblar de nuevo. —Era un desastre en ese entonces, pero ahora soy peor. ¡Soy un maldito desastre!
Con mis manos descubro los muebles que parecían de un salón de belleza profesional. Abro las puertas, los cajones, cada rincón que puedo. No está lo ropa, no está el maquillaje, no hay nada de lo que solía usar para jugar conmigo a la maldita muñeca humana.
Solo hay cosas de ella.
—Mírame —me señalo. —¡Mírame ahora maldita psíquica!
Me golpeo la frente al recordar que estoy usando ropa de Seth y mía de la época de cuando ella me conoció. Me siento vulnerable. Ahora no me concibo sin mi nuevo estilo para vestir. Ahora no puedo sentirme yo misma sin la ropa que me ha comprado Christian.
Christian.
—¿Apuesto a que no lo viste venir, verdad Alice? —me rio. —Yo tampoco. Christian apareció como un cometa en el cielo, iluminando la maldita oscuridad que ustedes dejaron.
Mis pies retroceden un par de pasos, cierro los ojos con fuerza. Mi mano libre comienza a tironear de mi ropa, me falta el aire, me estoy ahogando.
—Tuve que hacerlo sola, Alice —jadeo las palabras. Queman mi pecho que sube y baja con dificultad. —¡Tuve que aprender yo sola porque tú no estabas!
Camino hasta el enorme closet que hay a un costado de la habitación. Abro las enormes puertas revelando toda la ropa de diseñador que la pequeña vampira dejó atrás.
—Piezas únicas, colecciones exclusivas, ropa a la medida, casas de diseñadores de alta costura —enumero todas las cosas que veo frente a mí. —Cosas muy preciadas en el mundo de la moda.
Tomo una percha, hay un vestido color azul marino en ella. "Prada" reza la etiqueta, y es del año en que yo los conocí. Mis manos toman con cuidado la prenda, empuño la tela en mis manos y tiro de ella desgarrándola en pedazos, repito la acción una vez más antes de lanzar los trozos de tela hacia atrás sobre mi cabeza. La siguiente etiqueta reza "Versace". Tiene el mismo destino que la primera.
—Ups, se rompieron —me burlo. Tomo otra prenda y con mis manos desgarro la tela. —¡Están igual de rotos que tú! Toda esta maldita ropa cara y bonita solamente para ocultar que estás rota por dentro.
Me descontrolo. Tomo grandes cantidades de ropa entre mis manos, los desgarro con cierto esfuerzo pero no tan metódicamente como al inicio.
Ropa. Abrir, rasgar, romper. Basura. Ropa. Abrir, rasgar, romper, destrozar. Basura.
—¡Ni comprando todo el puto centro comercial vas a poder arreglarte!
Ahora ataco sus estanterías de bolsos y zapatos. Todos salen volando a las paredes, al techo, a los ventanales de la habitación. Se estrellan, se rompen. Destrozo todo su guardarropa con una puta sonrisa en mi rostro.
—¡Vete a la mierda, maldita psíquica manipuladora! —le grito saliendo de la habitación. Antes de cruzar la puerta me giro una última vez gritando: —¡Espero que nunca puedas volver a conseguir una colección de un diseñador famoso!
Salgo de ahí dando pisotones. Subo el último tramo de la escalera, el tercer piso espera por mí.
Ubico la que solía ser la oficina de Carlisle, mi primera intención es irme y evitara, pero la puerta está abierta como una jodida invitación a entrar. Asomo mi cabeza al interior, el interior sigue intacto y de la misma manera que el resto de la casa, cubierto y protegido hasta cierto punto. El escritorio de madera fina está cuidadosamente cubierto por la tela y el polvo, los estantes de libros están llenos de polvo y telarañas, pero algunos están cubiertos de algún material especial, supongo que por su antigüedad de los mismos. Aunque, hay algunos huecos, él si se llevó algunas cosas con él.
Es inevitable que mi mente me recuerde lo que sucedió después del desastre, esa que sucedió aquí. La conversación que tuve con Carlisle
"Es magnífico saber que las vidas de algunas personas son mejores gracias a mi existencia"
—Esa es una puta mentira —le grito al escritorio. Mi dedo señala mi pecho, lo golpea. —¡Toda mi vida! Toda mi jodida vida se ha convertido en una desgracia desde que ustedes aparecieron.
Mi pierna se estira, con una patada empujo el escritorio. No se mueve, eso me enfurece.
—Tienes razón Carlisle, él no tiene alma, ¡ustedes no la tienen! —grito. Mi mano apuntando acusadoramente al aire. —Alguien con alma no deja atrás a su familia, no deja al amor de su vida sola en un puto bosque a su suerte.
Sacudo mi cabeza con decepción.
Salgo de ese lugar, mis ojos ven la biblioteca que está al frente.
—Puedo venir por un par de estos antes de irme —digo en voz baja.
Me siento débil.
Mis brazos rodean mi cuerpo. Estoy temblando, jadeando, sangrando.
Mi cuerpo se gira, me deslizo por el pasillo, me sostengo de las paredes mientras me muevo. Mis piernas tiemblan mientras avanzo. Sé a dónde voy, sé dónde voy a terminar el recorrido.
Aun no doblo la esquina cuando la veo, la puerta está abierta. Mis piernas se detienen al frente, mis ojos miran el interior. Lo siento en ese momento, cada fibra de mi cuerpo lo siente.
Es inevitable.
La abertura en mi pecho se hace presente, me da la sensación de que me han extirpado los principales órganos vitales. El dolor que me hace sentir que me han dejado rajada, con cortes profundos sin curar, sangrando gota a gota mientras mi vida se va.
Mi cabeza da vueltas, de nuevo. Los sollozos brotan de mi cuerpo de la misma manera que mis lágrimas brotan de mis ojos. Uno de mis brazos rodea mi pecho con fuerza, siento que, si suelto mis costillas, es probable que los trozos de mi corazón salgan de mi pecho.
El dolor me coloca de nuevo de rodillas. Doblada, jadeando, gritando y llorando sin control.
—¡¿Porque te los llevaste?! —grito a la habitación vacía. Mi garganta arde por el esfuerzo. —¿Por qué me los quitaste?
Mi cabeza da vueltas. Mis manos sostienen mi pecho, con fuerza. Si suelto mis costillas, es probable que los trozos de mi corazón salgan de mi pecho.
Me arrastro por el piso hacia la habitación, mis manos están llenas del polvo por el que paso, mis ojos no se despegan del interior de la habitación. No vale la pena levantarme del suelo helado, volveré a caer si me levanto.
El interior está como como el resto de la casa, cubierta en su mayoría por tela, polvo y suciedad que flota en el aire. El ventanal del fondo, que se abría en dirección al bosque, está cerrado. Gracias a eso, la lluvia no ha arruinado nada.
El tiempo ha pasado, pero mis sentidos no olvidan. Sigue ahí, mis sentidos lo reconocen. Su aroma. Ese aroma que me deslumbraba, que me envolvía. Ese aroma del que he huido por mucho tiempo.
Sollozo. Grito.
—¡Bastardo! ¡Maldito cabrón! —le grito a la habitación. En silencio ruego porque desde dónde esté, pueda escucharme. —¿Por qué te los llevaste? ¡¿Por qué me los quitaste?! ¡Ellos también eran mi familia!
Mi cuerpo se dobla aún más, mi frente toca el suelo, mis manos se extienden en el piso. Continuó gritando, maldiciendo y llorando. Lloro por el dolor que siento, lloro porque la sangre sigue brotando de mi cuerpo, lloro porque yo no debería estar aquí.
"Ahora tú eres mi vida"
—¡A la mierda maldito! —bramo con la mandíbula apretada. —Me hiciste sentir importante, cuidada, valiente, pero luego trataste de borrarlo, de borrar las cosas entre nosotros como si nada hubiera pasado.
"No quiero estar sin ti, Bella"
—¡Cabrón mentiroso! ¡Hijo de perra! —ladro, me ahogo entre los sollozos y mis gritos. —¡Mentiste! ¡Todo en ti era una puta mentira!
"No me dejes.
No lo haré"
—¡Lo prometiste! —sollozo. Mis manos se cierran en puños buscando sostenerme de algo, buscando quedarme a la superficie. —Prometiste que estarías conmigo ¡¿Y adivina qué, imbécil de mierda?! ¡Me dejaste sola!
"Te dije que no iba a irme a ninguna parte"
—Cada puta mañana, apareces en mi cabeza, recordándome que tengo que vivir un día nuevo con esta mierda —sacudo mi cabeza. Intento con todas mis fuerzas que su recuerdo no se filtre en mi mente. —¡Viviendo con la emoción y la esperanza de que algún día, sientas lo mismo que yo! ¡Que algún día sepas cuando duele!
"No temas, estaré aquí mientras eso te haga feliz"
—¿No lo entiendes?¡Tú me hacías feliz! —mi cuerpo se sacude. —Yo solo quería que te quedaras. Quería estar a tu lado, te quería a ti, vampiro estúpido, idiota e imbécil. ¡Solamente quería que te quedaras conmigo!
La cantidad de lágrimas en mi cuerpo parece ser infinita, no dejan de brotar de mis ojos. No puedo parar de llorar, de soltar las lágrimas y los sentimientos que llevo años guardando en mí y que ahora están causando estragos en mi vida.
Como puedo, me levanto del piso. Mis manos se sostienen de las paredes, mis piernas tiemblan, mi mirada es borrosa, mi cabeza da vueltas. Estoy sudando frio. Me muevo en dirección al interior de la habitación con una de mis manos extendidas buscando algo en el aire. El marco de la puerta es lo primero que encuentro.
Sostengo la respiración. Lo he hecho desde el jodido momento en que él me dejó.
Es la única jodida manera en la que consigo mantenerme en una pieza.
Tantos malditos recuerdos.
Logro llegar al sofá que está contra el enorme ventanal. Me siento en el suelo colocando mi espalda contra la superficie del mueble cubierto por la enorme tela. Mi cabeza se hecha hacia atrás, recostándose contra la suavidad del cojín de la base.
No puedo creerlo.
Han pasado cinco malditos años y todavía él sigue siendo un maldito fantasma que me atormenta.
"Se supone que la vida es así, que así es como debería ser…"
Mis manos se doblan hacía atrás, arranco la tela que cubre el sofá y tomo uno de los cojines. Levanto mi cabeza, fijo mi vista al frente. Mi mano lanza el cojín contra el mueble que está frente a mí.
Se escucha el sonido de cosas cayendo.
—Eres una maldita crisis a mi fe Edward Cullen—me rio entre sollozos. —Creo que todo va a estar bien, hasta que tu recuerdo regresa. Han pasado los años, ahora soy adulta, pero le sigo temiendo a los fantasmas —rio de nuevo. —Tú eres como un fantasma, uno de mi pasado, por más que lo intento, la tumba con tu recuerdo no se cierra y yo... maldita sea...
Aun con las lágrimas que hay en mis ojos, puedo identificar la perfección en el mueble frente a mí. El color blanco, los estantes con los discos perfectamente acomodados, el estéreo y las bocinas a la mitad del mueble. La perfección se ha ido, ahora está arruinado, por mí.
"…Como hubiera sido de no existir yo, y yo no debería existir."
—Solía preguntarme cada noche ¿sabes? Solía imaginarme que hubiera pasado si las cosas hoy fueran diferentes —suspiro. —Si hubieras parpadeado ese día en la cafetería, yo hubiera desviado la mirada de ti. Si nunca hubieras mirado en mi dirección, podría haber seguido como estaba, con mi vida humana. Si nunca me hubiera sonrojado, entonces no estaría aquí, hablando de esto a la nada como una maldita loca.
"Quiero que seas humana, que tu vida continúe"
—Cada puta noche es eterna, no puedo dormir, las pesadillas me atacan y solo puedo esperar que alguien se apiade de mí y me mate. ¿Eso es una puta vida? ¡Cada noche peleo contigo mientras duermo! ¿Así debe ser la vida?
Sacudo mi cabeza.
Esta es la primera vez, en años, que permito que el dolor me embargue. He pasado años, suprimiéndolo, enterrándolo en mi interior con la idea que así no dolerá. Pero solo me ha matado, lentamente.
Hoy no. Hoy no voy a suprimir el dolor. El día de hoy voy a dejar que duela, dejaré que todas esas emociones salgan a flote. Hoy voy a dejar que ese dolor asesine algo, y ese algo no seré yo.
—Cinco malditos años contigo jodiendo mi cabeza con toda la mierda que dijiste ese día —una carcajada seca cruza mi pecho. Me estremezco. —Te creí porque era una estúpida, porque fui una incrédula y porque, ¡Carajo! Estaba jodidamente enamorada.
Me pongo de pie. Me muevo hasta quedar frente al mueble que contiene todos sus discos, toda ese maldito tesoro que el guardaba, que cuidaba más que a mí.
"Dijiste que te quedarías conmigo.
Siempre que sea bueno para ti."
—¿Cómo es posible que sigas aquí? ¡Ya no eres bueno para mí, ya no te quiero y tú solo sigues jodiendo mi vida con toda la mierda que pasó! —la histeria se apodera de mí. Estoy riendo, llorando, gritando, suplicando. —¡Déjame vivir loa vida que querías para mí! ¡Vete a la mierda! ¡Llévate este puto legado que has dejado, imbécil!
Exploto. Mis manos van hacia los discos, toman uno a uno y los lanzan al suelo. Cada crujido que llega a mis oídos me produce una risa, cada crujido me indica que algo preciado para él, se rompe.
La furia me recorre de nuevo. Me lanzo por toda la habitación, lanzado discos, adornos, libros, muebles, ropa de él.
Tomo el estéreo, lo arranco de su lugar, los cables me ponen resistencia, pero la adrenalina en mis venas es mayor. Estoy tan débil pero mi fuerza es demasiada para mi lastimado cuerpo. Lanzo el estéreo con toda la fuerza que puedo en dirección al ventanal, el cristal en el que choca se estrella.
"Tu mente es como un colador"
—Lo recuerdo, cabrón ¡Recuerdo todo muy bien! —limpio la gota de sangre y sudor que recorre mi frente. Mi cabeza duele. —Los recuerdos se sienten como puñales en mi cuerpo y juro que, por más que intento, ¡no puedo dejar ir esto!
Salgo de la habitación con un nuevo pensamiento encima. Recorro las escaleras en la dirección contraria a la que subí. Me muevo por toda la casa, mientras avanzo, tiro, lanzo, rompo más cosas que se cruzan en mi camino. Atravieso pasillos, puertas, levanto, bajo, muevo cosas. Sé lo que busco, sé lo que quiero.
Sé lo que necesito hacer.
El objeto es pesado en mis manos. No me importa. Lo arrastro conmigo al interior de la casa. Busco a mi víctima. Está en el mismo lugar de siempre, siendo protegido por un gran trozo de tela.
"Eres humana. A ustedes el tiempo les cura todas las heridas"
—¡Jodido, imbécil! Las heridas que me hiciste simplemente no sanan. ¡No solo te fuiste tú, idiota! Te llevaste mi mente, mi cuerpo, mi corazón, te llevaste mi amor —mis manos sueltan mi arma, el metal cruje contra el suelo de madera. Tomo la tela que cubre a mi nueva víctima, de un movimiento la retiro arrojándola a un lado. La nostalgia vuelve a mí, me golpea con fuerza. —Te llevaste a la "Bella" que era en ese entonces. La extraño, extraño quien solía ser… Pero no la necesito ¿sabes? Puedes quedártela.
Mis ojos observan el objeto frente a mí. El piano de color negro, grande, elegante, imponente, perfecto como su dueño. Una mezcla de gruñidos, jadeos y gritos sale de mi garganta.
Camino hasta él, observándolo, analizándolo, grabándolo en mi memoria. Mi s manos se extienden de nuevo, mis dedos sacuden con cuidado la suciedad que se filtró por los poros de la tela.
Cierro mis ojos con la esperanza que las lágrimas se desvanezcan. Por supuesto, no paran. Mi cuerpo caer sobre el banco de madera.
—Cuando estabas aquí, amé este piano tanto como tú —mi mano libre acaricia de nuevo la madera. —Lo amaba casi tanto como a ti. La destreza con la que tocabas, la música que componías, la tranquilidad que me otorgabas mientras pasábamos horas aquí. Eso era en todo lo que podía pensar.
"Podrás retomar tu vida sin que yo interfiera en nada"
— Cinco malditos años han pasado y no he podido rehacer mi vida. ¡Intenté fingir que no existías! Salidas, cenas, fiestas, medicamentos, litros y litros de alcohol. Estaba desesperada por dejar de sentir, de sentirte —confieso con la voz temblorosa. —Todos ellos, todos esos cuerpos que me han follado han intentado remplazar tu recuerdo en mi mente. ¡Arrancarte de mí! Y no, ¡Nunca pudieron hacerlo!
Muerdo mi labio. La sonrisa aparece en mi rostro.
Dejo que mi mente vaya hacia atrás, unos días atrás, en otro lugar, en esa ciudad que ahora es mi hogar. Puedo sentir sus dedos recorriendo mi piel, sus labios repartiendo besos por mi rostro y mis hombros; siento sus jadeos y gemidos en mi oído. Siento el calor de su cuerpo contra el mío.
—Nadie pudo hacerlo. ¡No se podía! Esas palabras se volvieron mi maldito mantra hasta que estaba convencida de que así era. Así fue. Al menos, hasta que llegó él —mis propias palabras zumban en mis oídos. La sensación de calidez se posa en mi cuerpo. —Esa noche fue la primera en la que deje de pensar en ti.
Esa noche solamente lo tenía a él en la cabeza.
Christian
—Ahora no puedo dejar de pensar el él —suspiro pesadamente, con anhelo. —No puedo parar de desearlo. Lo deseo de una manera que no ha sucedido con nadie, ni siquiera contigo.
Mis dedos acarician de nuevo la superficie. Las yemas de mis dedos se deslizan sobre la madera perfectamente barnizada.
—Ahora no puedo dejar de pensar en él —repito. —No puedo dejar de imaginar todas las maneras en las que me puede follar aquí.
Mi voz es burlona. Conozco su desagrado por el lenguaje que ahora utilizo, sé cuánto odia que sus hermanos hablen de temas como el sexo. Sé que jamás, en su existencia, podría concebir esta imagen de mí.
Doy unas palmadas a la madera. Me pongo de pie de nuevo. Camino hasta alcanzar mi arma de destrucción.
"Será como si no hubiera existido"
—¡Si existes, jodido cobarde! —grito con un nuevo tono de voz. Más ronco, lastimado, grotesco y doloroso. —¡Existes! ¡Existes solo para chingar mi vida! ¡Lo jodes! ¡Estoy hecha una mierda por tu culpa!
Mi cuerpo se sacude furiosamente por los temblores, los sollozos son incontrolables. Mis puños se cierran con fuerza alrededor del mango de la pala que he encontrado entre las cosas de jardinería. Mis piernas se abren, mis pies se estabilizan en el suelo. Mis manos se levantan.
—¿No que te importaba? ¿Qué mi seguridad era importante? ¡¿Qué yo era tu vida?! ¡Mentiroso! ¡Eres un puto mentiroso de mierda!
Con todas las fuerzas de mi cuerpo, con el impulso de mis sentimientos, estrello la parte de metal contra la fina madera del piano. Frente a mis ojos, la madera se astilla.
"No regresaré ni volveré a hacerte pasar por todo esto"
—Dejaste a una maldita psicópata detrás de mí. ¡Una vampira desquiciada quiere asesinarme por tu puta culpa! —balanceo mi cuerpo de nuevo hacia atrás, luego hacia adelante propinando un nuevo golpe que hace temblar hasta mis huesos. —Quizás estaría mejor si permito que me atrape, quizás estaría mejor muerta. No, ¡no! ¡No voy a morir por ti, cabrón!
Doy otro golpe, está vez con más fuerza.
—Dejaste a una maldita psicópata detrás de mí, una vampira desquiciada que quiere asesinarme por tu puta culpa- golpe. -Quizás estaría mejor muerta. No, ¡no! ¡No voy a morir por ti, cabrón!
Mis brazos se elevan de nuevo. Respiro profundamente. De nuevo golpeo la madera con el metal.
—¡Tú no lo mereces! —grito mirando al piano. Ya comienza a verse destrozado, como yo. —¡No mereces qué me muera por ti!
Golpeo de nuevo, me aseguro que todas mis emociones estén canalizadas en mis movimientos. El metal de la pala de jardinería golpea las teclas haciendo un ruido muy atroz y llamativo.
Me hace reír.
—Me arrepiento de haber desperdiciado así mi vida por un pendejo que no valía nada. ¡Me arrepiento de haber deseado morir cuando te fuiste! Me arrepiento de haberlo intentado —un nuevo golpe, un nuevo sonido de las teclas, un nuevo grito de mi garganta. —¡Me arrepiento de ti Edward Cullen! Todo el maldito tiempo.
Golpeo, una y otra vez, por todos lados, voy y vengo alrededor del mueble. Las astillas saltan a mi lado. Piezas, teclas y trozos de madera saltan de un lado a otro.
—¡Mira esto cabrón! ¿Estás viendo esto hijo de puta? ¡Cobarde! Mira como tu puto, hermoso piano se convierte en nada —escupo con asco, dolor y con lágrimas. —¡Mírame! ¡Mira a esta idiota tonta que me hiciste crear! Mira como mi sangre cae por ti, mira como mis lágrimas caen por ti. ¡Mírame bien, porque te juro que esta será la última vez!
Mi cuerpo se sacude furiosamente por los temblores, las emociones me queman, me ahogan en sollozos que son incontrolables. Golpeo el piano de nuevo; golpeo la pala contra la madera hasta que queda sin ninguna forma; golpeo una y otra vez hasta que ya no puedo, hasta que mi cuerpo se queda sin fuerzas.
Mis labios se separan, mis cuerdas vocales vibran en un profundo y desgarrador grito que resuena por toda la soledad de la casa. Mi garganta se seca, arde, quema, me duele. El esfuerzo me deja de rodillas junto a los restos del piano, mi cuerpo continua sacudiéndose en espasmos causados por los sollozos que me recorren. No puedo hablar, no puedo respirar.
Es demasiado.
Todo a mí alrededor resulta confuso. Estoy envuelta en una neblina oscura que se está apoderando de mí, de mis sentidos, de mi cuerpo y de mi mente. Estoy entrando de nuevo a esa oscuridad que me ha acechado por años. No me gusta estar allí.
Tengo miedo.
"Isabella" "Cariño" "Tan hermosa" "Eres mía" "Mi Isabella"
Christian.
—Me has quitado muchas cosas, imbécil malnacido —hablo. Mi voz es muy ronca y desigual. —Pero no a él. No voy a perder a Christian.
Pero, ¿y si nunca lo tuve en verdad? ¿Y si ya se dio cuenta de lo rota que estoy?
Dolor. Es inevitable que el dolor atravieze mi cuerpo con la idea.
¿Ya se dio cuenta de lo rota que estoy? ¿De qué tan jodida es mi vida? Yo le dije que tenía mierda en mi vida peor que cualquiera que él pudiera tener,... Pero no he sido honesta con él, no como él lo ha sido conmigo. ¿De verdad esto es demasiado para él? Esto no lo puede controlar, yo tampoco puedo. ¿Es demasiado?
Pero no es nuestra culpa.
—Te lo juro. Te juro que si él se va, si yo lo pierdo… —mi respiración se acelera, e tono de mi voz es una amenaza que sé que él nunca va a escucharla. —No sé de lo que voy a ser capaz, Cullen. Pero haré que lo pagues. ¡Te lo juro! Yo misma te cazaré si es necesario.
No puedo perderlo. No quiero. Lo quiero.
—No puedo creer que me tengas aquí, de rodas, suplicándote de nuevo —una risa seca se escapa de mí. —Por favor, cambia la estúpida medición que me dejaste, cambia esta maldita profecía de siempre perder a quien yo quiero.
No quiero perderlo. No quiero perder a Christian.
No perderé a mi amor otra vez. No quiero.
—Christian llegó a mi sin que yo lo pidiera, pero es por quien yo suplicaría por lo que me queda de vida —un suspiro escapa de mis labios. —Haría lo que sea por tenerlo.
Muevo mi cabeza, miro hacia el cielo.
Nunca he sido una persona religiosa, no lo soy. Pero hoy siento la necesidad de buscar una respuesta, en algún lugar, aquí, en esta maldita casa, en este jodido pueblo, en el infierno o en el paraíso, si es que existe.
No sé quién me va a responder, pero necesito que alguien lo haga.
"El amor es irracional; cuanto más quieres a alguien, menos lógica tiene todo"
—¿Cuál es el precio? ¡Dímelo! —grito al cielo. —¿Que tengo que hacer? ¡Prefiero quemar y destrozar toda mi vida antes de perderlo!
Mis ojos regresan al destrozado piano. Mi cuerpo solloza, se sacude, tiembla, pero las lágrimas ya no pueden salir, ya no me quedan lágrimas para él.
—Querías que tuviera una vida humana, y yo quiero que sea con él —mi mano se coloca sobre mi pecho, quiero arrancarme el maldito corazón. —Y si olvidarte es el precio, estoy dispuesta a pagarlo.
Una solitaria lágrima recorre mi mejilla.
—Te odio Edward Cullen. ¡Te odio con toda mi maldita alma!
—Me alegra no ser el único.
Mi cuerpo se sobresalta, de un movimiento estoy erguida girándome en dirección de donde proviene el sonido de esa voz ronca, tensa, dura y molesta. Mi cabeza aun no comprende lo que sucede, la niebla que se había formado a mi alrededor se ha comenzado a disipar poco a poco, ahora soy ligeramente consiente de las condiciones en las que me encuentro, de la situación en la que estoy.
Estoy en shock.
¿Esto es una alucinación? Ya he pasado por esto, sé cómo se siente. El recuerdo me está ofreciendo una sensación de déjà vu, la extraña familiaridad de esta situación con aquella vez es demasiado.
¿Me estoy volviendo loca? Bueno, sí, eso se sabe. ¿Esta vez será la razón para que Charlie me interne la clínica psiquiátrica? Es muy probable.
Nadie en su sano juicio tiene alucinaciones.
Mi subconsciente está permitiéndome ver y escuchar lo que yo quiero. Es como si buscara satisfacer mis deseos, como si quiera brindarme un alivio momentáneo a todo el dolor, el estrés y la pena que me ha estado torturando por no sé cuánto tiempo.
Era probable que eso este sucediendo.
—Te dije que fueras a casa —dice en tono cansado. Sus piernas bajan los dos escalones que separan el espacio donde me encuentro. —¿Porque no me obedeciste, Isabella?
Vuelvo a respirar cuando dice mi nombre. Ese gruñido molesto con el que lo pronuncia se escucha como música para mis oídos. No puedo responder. Me mantengo quieta, en la misma posición, mirándolo mientras se acerca a mí.
—Venía dispuesto a destrozar esta cosa yo mismo —dice casi divertido. Sus ojos observan a mi espalda, el piano destrozado. —Veo que te me adelantaste.
—¿Christian? —pregunto. Mi voz tiembla.
—Yo también lo odio. Lo odio por ser un poco hombre, un cobarde y por todo este maldito daño que te hace, incluso aunque ya no esté aquí —exhala las palabras mientras se arrodilla frente a mí. —Pero, por más que lo intente, no puedo odiarlo tanto como tú. No cuando fue gracias a él que te encontré.
Sus ojos grises me miran. Esas dos obres de color plata que, mientras a todos les esconden tantos sentimientos, a mí me los muestran.
—Estas sangrando, de nuevo —me acusa. Su rostro se transforma en una mueca de preocupación y dolor. —Según me dijeron no es bueno sangrar mientras hay vampiros cerca.
Sus manos se colocan a ambos lados de mi rostro, sus palmas acunan mis mejillas con cuidado, sus pulgares limpian mis lágrimas mezcladas con la sangre que se ha deslizado de mis heridas en la frente. Mis manos suben, las coloco sobre las suyas sintiendo su calor contra mis manos frías y temblorosas.
Sus ojos grises me miran.
—Christian —murmuro.
—Hola, cariño.
—Estas aquí —susurro. No es una maldita jugada de mi mente, no es una alucinación.
—¿A dónde más iría, Isabella? —pregunta. Esa frase hace que mi corazón salte.
—Lo siento —sollozo. —Lo siento mucho. Por favor no te vayas, no me dejes.
Me rompo de nuevo. Me lanzo a sus brazos, mi cabeza se esconde en el huevo de su cuello, aspirando su aroma y ahogando mis nuevos sollozos. Sus brazos rodean mi cuerpo con firmeza, pero con cuidado de no lastimarme más. Él también toma una profunda respiración contra el costado de mi cabeza.
Esto está bien. Es tan familiar, tan cálido, tan humano. Es correcto.
—Vamos —me dice. Veo que hace un intento por apartarse de mí, por levantarse.
—No, ¡no! —lo detengo.
—Isabella, tengo que llevarte al hospital —me dice. —Los puntos se te han abierto y pueden infectarse.
—Q-quiero que hablemos —le pido. —Quiero, n-necesito aclarar todo esto..
—Isabella... —su tono se transforma en una advertencia. No está feliz con la idea que he ofrecido. No me importa, ese tipos de sentimientos explosivos y bipolares que tiene me hacen sentir apreciada. Me recuerdan que está aquí.
—Aun estás molesto.
—Sí, Isabella, estoy muy molesto —sus cejas juntas y su gruñido lo dejan muy en claro. Suelto el aire de mis pulmones. —Estoy encabronado contigo por no haber ido a casa y venir aquí a abrirte las malditas heridas; Estoy encabronado porque apagaste el maldito celular y te fuiste a beber; Porque me regresaste unas flores que pedí especialmente desde otro país solo para ti; Porque hiciste que tu padre me metiera a la cárcel sin ninguna razón.
Mierda. Esas son muchas razones. Mis ojos se aguadan, las lágrimas se acumulan en ellos esperando su siguiente frase para desbordarse de nuevo por mis mejillas.
—Estoy encabronado porque me mentiste —me acusa. —estoy jodidamente encabronado porque yo te mentí y sé que tienes razones para estar molesta.
—Lamento no haberte dicho nada de esto —hablo con dificultad. —Pero, yo… yo…
—Toda nuestra vida vamos a cometer errores y podemos pasar toda nuestra vida molestos por ellos —su voz va bajando su tono peligroso y frio a uno más cálido y precautorio. —Pero, Isabella, así no llegaremos a ningún lado.
—Por favor —le pido. Una nueva ola de pánico me ahoga. —N-no te vayas. E-escúchame, por favor.
—Shh. Tranquila, cariño —me arrulla. Sus manos acarician mi espalda. —No me voy a ir, Isabella.
—Lamento no haberte dicho nada de esto —continuo hablando e intentando darle las explicaciones que se merece. —Pero, yo no podía... es peligroso... yo no creí que volvería a... no podía.
Hipo palabras sin sentido, no puedo decir una sola frase coherente. Él parece no darse cuenta, solo mueve su cabeza en un asentimiento silencioso.
—Lo sé —acepta. —Tranquila.
—¿C-como supiste que estaba aquí? —pregunto. Parpadeo aun sin poder creer que mis ojos lo están mirando.
—Este tipo, Paul, me siguió, tuvimos una… interesante conversación —dice con una mueca. Yo doy un respingo al imaginarme esa escena. —Luego Jacob apareció y me dijo dónde estabas, te han estado cuidando mientras estabas aquí.
Miro a la ventana de la habitación en la que estamos, como si estuvieran escuchando, un lobo color arena se asoma entre los árboles, me da un asentimiento antes de esconderse de nuevo. Eso explica porque he estado aquí no sé por cuanto tiempo, gritando, llorando y sangrando y nadie ha venido a comerme.
Les gradezco en silencio.
—Isabella, yo... —Christian llama mi atención. Mi cabeza se gira de nuevo a él.
—Sé que tienes muchas preguntas —acepto.
—Siento haberme ido de esa manera —me dice. Luce vulnerable por unos segundos. —No debí irme de esa manera.
—Lamento que te tuvieras que enterar de esa manera —le digo.
—Si no me hubiera enterado así, ¿me lo habrías dicho?
—No —sacudo mi cabeza. —No quería que te enteraras del mundo sobrenatural. No quería alterar de esa manera el mundo que conoces.
Asiente casi imperceptiblemente.
—Si me lo hubieras dicho, no te habría creído —confiesa. —Ahora que lo he visto, que vi a los hombres lobos, sería muy estúpido si no te creyera.
Sus labios se mueven, las comisuras se levantan como si intentara sonreí, pero, no puede. Ese pequeño gesto se va al instante.
—Pero, aun así… —se interrumpe. Su cabeza se sacude antes de volver a enfocar su mirada en mí.
—Lo lamento tanto. Lamento mucho arrastrarte a esto, Christian, yo... —me tiembla la voz. —Entiendo si dices que esto es demasiado para ti. Solo, déjame explicarte todo, escúchame y luego podrás…
…podrás irte si no me quieres. Eso quiero decirle, él merece que esas palabras salgan de mi boca. Christian tenía miedo de contarme cosas sobre él, tenía miedo a mi reacción y a que yo eligiera alejarme de él, pero aun así lo hizo. Yo debo hacer lo mismo, yo quiero hacer lo mismo, darle la oportunidad de elegir si quiere estar conmigo o no.
—Solo te pido que me escuches y luego podrás tomar una decisión. Escúchame y te juro que entenderé si quieres irte y no saber más de mí ni de los estúpidos fantasmas de mi pasado —un estremecimiento me atraviesa el cuerpo. —Yo puedo mantenerlos solo para mí.
—Isabella —dice mi nombre. Niego. Necesito que me escuche primero.
Tomo una respiración profunda. Necesito hacer esto, ambos lo necesitamos.
—En un enero de hace cinco años, me mudé a Forks —Christian luce sorprendido por mis palabras, veo sus intenciones de interrumpirme, pero soy más rápida, continúo hablando. Le contaré toda la maldita historia. —El primer día del instituto, mientras estaba en la cafetería de la escuela, aparecieron ellos, los Cullen...
Hablo y hablo sin parar.
Le cuento cada detalle, cada frase que recuerdo, cada situación que viví antes de llegar a él. Le cuento como los conocí, como Edward intento beber mi sangre ese primer día, como volvió después y comenzó a buscarme. Le cuento como sucedió lo del baile de primavera y como terminé en un hermoso prado que aún permanece perdido en algún lugar en el bosque.
Le cuento sobre la familia Cullen, los detalles de esta casa que hoy he, las personalidades y dones de cada miembro de la familia. Le cuento sobre los Vulturis y cómo se supone que son la supuesta realeza vampírica.
Cuando llego a la parte de James, repito la historia, le cuento de nuevo lo que sucedió, esta vez sin ocultar ningún maldito detalle; le cuento como me engaño para escapar de Alice y Jasper, como Edward succiono el veneno de esa herida aun cuando se moría por drenar la sangre de mis venas, además de que soy honesta con el tema del hospital y la historia que conocen mis padres. También le hablo del baile de graduación, de cómo le pedí esa noche a Edward que me convirtiera.
Esa parte no fue del completo agrado de Christian. No dijo ninguna palabra, pero sus reacciones y sus palabras siseadas entre dientes fueron la prueba.
A regañadientes le hablo de todos los momentos que pasamos Edward y yo, desde el primer beso que compartimos hasta cada palabra que me dijo; de cómo me juró una y otra vez que yo era su vida, toda su jodida existencia.
Ambos estamos molestos, jadeantes, soltando maldiciones a cada rato. Ambos tenemos las emociones a flor de piel para cuando llego a la parte de mi cumpleaños. Es aún más difícil cuando llego a lo que pasó después. Contar cómo fue que Edward me llevó al bosque, recitar de memoria cada palabra que él me dijo, explicar el maldito sentimiento de verlo irse dejándome a mi suerte en el bosque mientras yo corría inútilmente detrás de él. Esa es la peor parte.
Los gruñidos que brotan del pecho de Christian, y la manera en la que me sujeta con fuerza hacen que me ancle a la realidad y sea capaz de continuar contándole la triste historia de mi vida.
Le explico cómo llegaron los lobos a mi vida, y porque me siento tan agradecida con Sam por encontrarme en el bosque. Le cuento de esos meses de oscuridad que viví y como Charlie me obligo a salir de ellos amenazándome con enviarme con mi madre. Le cuento la farsa que hice, de cómo les hice creer a todos que estaba mejorando, que estaba bien, mientras que por dentro solo estaba rogando por morir.
Me siento avergonzada cuando le hablo acerca de las alucinaciones y de cómo eso me llevó a lanzarme del acantilado, además de lo caótico que fue ese día. Me siento aún peor cuando le cuento con demasiados detalles el intento de suicidio en la casa de Charlie y cómo fue Angela quien me encontró y me arrastro al hospital aun cuando no podía con sus propias desgracias. Me siento morir cuando los brazos de Christian se limitan a apretarme contra su cuerpo con más fuerza mientras las palabras salen de mi boca.
Le digo como fue nuestra vida en Seattle antes de que nos conociera; me confieso de todas las veces que salí con cualquier idiota que se me cruzara solo buscando olvidar a alguien que no me quería. O como terminaba seguido ebria en mi casa llorando como una maldita magdalena.
No hay detalle que no le cuente.
Por primera vez en años siento algo que creí perdido hace mucho tiempo: Libertad.
—Me arrepiento de unas cosas, sí. Pero si soy honesta, no cambiaría nada —digo con voz rasposa. —No cuando todo eso que pasó, me llevó a conocerte. Aunque, si lamento mucho que tengas que verte envuelto en esta mierda.
—Me lo dijiste —exhala ausente. —Dijiste que tú tenías mierda en tu vida que era peor que la mía y yo no lo creí.
Eso es cierto. Se lo dije varias veces.
—Lo lamento —repito. —Lo menos que quiero es que salgas herido. Esta… batalla… no es tuya, tú no tienes nada que ver y si te quedas conmigo, Victoria puede ataca…
Mi cabeza me horroriza con las imágenes de lo que puede pasas si se queda.
—No me importa —sentencia.
—¡¿Cómo no va a importar?! —grito con histeria.
—No, Isabella, no importa —dice. Sus manos toman mi rostro de nuevo obligándome a mirarlo, es como si quisiera que mis ojos no se perdieran de nada de él. —No importa por cuanta mierda pasemos, no te voy a dejar.
—P-pero, pero es que…
—Hace falta más que esta jodida mierda de vampiros y lobos para que me alejes de ti —sus ojos brillan. Me derriten. —Es demasiado, eso no lo negaré. Pero aun así no es suficiente.
—Christian —digo su nombre. Mi cerebro no comprende lo que dice.
—Encontraremos la manera de lidiar con esto —sus cejas se unen, arruga su frente. —Ya hablé con Jacob al respecto, creo que tenemos un plan.
Mi corazón vuelve a saltar. "Encontraremos" "Tenemos" "Nosotros" "Plural"
—Nosotros —repito.
No se irá. Se quedará conmigo.
—Sí, nosotros —asiente. —Tú y yo, y al parecer los demás.
—Tú y yo —repito. —Me gusta como suena.
Me sonríe.
—Solo, necesito que me prometas una cosa, Isabella —dice, pide, suplica. Me ordena. Yo asiento. —No más secretos. Al menos no de este tipo. No del tipo de secretos que puede poner esto en riesgo.
Mientras habla, entrelaza nuestras manos.
—En mis planes no está perderte, cariño —sentencia. Mi mente se va a ala conversación que tuvo más temprano con Charlie. Sonrió, es inevitable. —Ahora, debería llevarte al hospital de nuevo, la sangre no se detiene.
Mi rostro cae. Hago una mueca.
—Hay algo más que tengo que decirte —le digo, lo detengo de nuevo antes de que pueda moverse. —Es sobre el asunto de Nueva York.
Lo miro evaluando su reacción.
—Ahora soy yo quien lo lamenta. Lamento no haberte dicho lo que sucedido en Nueva York.
Me mira, su mirada se conecta con la mía, es suplicante, temerosa, inquieta. Sus ojos quieren gritarme las palabras que hay atoradas en sus labios.
—Isabella, podré ser casi todo lo que dijo Angela en el hospital, pero no engañaría a la mujer de mi vida —sus palabras seguras, rotundas y sin temblor alguno, hacen que mi cuerpo se sacuda. —Lo que algún día sucedió entre Aanastasia y yo, se acabó. No quiero volver con ella, no la quiero a ella.
—Lo sé, te creo —asiento frenéticamente.
—Sí, me reuní con ella, pero fue porque insistió demasiado y ya no había manera de quitármela de encima.
Accedí a reunirme con ella en un lugar que fuera demasiado público para evitar malos entendidos, y mi hermano me acompañó —dice con una sola respiración. —Sé que confías en él, puedes preguntárselo.
—Lo sé, te creo, Christian —asiento, de nuevo. —Además, Elliot me contó lo de la demanda.
Su mandíbula se traba. Ahora solo hay resentimiento y molestia en su rostro.
—Si me dolió ver las fotos, Christian. Pero, me dolió aún más no me lo contaras, se sintió como si tuvieras una razón para ocultármelo a toda costa —le confieso. —Se sintió como si de verdad hubieras hecho algo malo, algo para herirme.
—¿Tú elegiste los colores de las flores que me regalaste?
—Sí, yo los elegí —me responde.
—¿Sabes que cada color tiene cierto significado? —pregunto con inocencia. Christian aprieta los labios.
—¿Te vas a disculpar por haber tirado en la puerta de mi puta casa esas flores? —su cuerpo se inclina hacia mí, de nuevo. Esta vez resulta amenazante.
—No las tiré —me remuevo. —Solo las dejé en un lugar donde alguien podría cuidarlas mientras yo no estaba. Incluso te dejé un regalo.
—Gracias por el regalo —dice él. Hago una mueca. Esas palabras sonaron muy forzadas.
—Ni siquiera sabes lo que es —ahora soy yo quien le acusa.
—No, no lo sé porque no he tenido la oportunidad de llegar a mi maldita casa, Isabella —gruñe. Trago pesadamente.
—¡Huiste! —ruge. —¡Huiste, Isabella!
Me sobresalto con su grito.
—Lo prometiste. Prometiste que ya no lo harías, Isabella —brama.
—¿Te vas a disculpar por apagar tu maldito teléfono para que no pudiera llamarte? —hace otra pregunta desviando su atención de él.
—Se quedó sin batería —le digo.
—¿Toda la puta noche? —sisea.
—Perdí el cargador —digo. Desvío mi mirada de nuevo.
—Entonces, cariño… ¿Te vas a disculpar por tu reunión con Lucas de dos horas en la oficina privada? —su mandíbula se tensa al hablar. Puedo escuchar el rechinido de sus dientes mientras habla. —¿O por haber ido al Lounge con ese infeliz y ponerte tan ebria que tu propio jefe tuvo que ir a buscarte?
Mierda.
—¿Cómo sabes lo del señor Grayson? ¿Cómo sabes lo de la oficina? —jadeo con sorpresa. No puedo creer que conozca ese dato. Rápidamente niego —No, no me respondas eso. No quiero saberlo.
—Isabella —su voz suena a advertencia.
—No me voy a disculpar por salir con mis amigos a divertirme.
—¿Lucas es tu amigo? —escupe la última palabra con furia.
—Christian, no estábamos solos —le respondo seria. —Angela, Julie y Mia, tu hermana, estuvieron conmigo toda la noche. No tuve ninguna cita con él, cuando apareció en ese lugar, ninguno tenía intenciones más allá de divertirnos.
Las aletas de su nariz se abren, su pecho sube y baja con rapidez gracias a su respiración errática por el coraje.
—¿Y qué hay del resto? —chasquea la lengua. Las venas en su cuello sobresalen de lo tenso que está.
—Tampoco me voy a disculpar —digo. —Yo no hice nada malo.
—¿Por qué carajos regresaste las flores? —pregunta con voz contenida.
Parpadeo. Me doy cuenta que eso es lo que más lo está lastimando. Una frase viene a mi mente, una frase que me dijo en Nueva York: "Quiero darte todo, incluso las flores y los corazones y todo eso…"
—Las regresé porque sabía que Gail te llamaría, sabía que eso te encabronaría y… —trago el nudo que se ha formado en mi garganta. —Christian, yo sabía que eso haría que volvieras a por mí, que eso haría que te alejaras de ella.
Sus ojos grises se concentran en mí. Él también ve algo en mí que lo hace darse cuenta de la verdad oculta de la situación.
—Lamento no haberte contado lo que sucedía. No te lo iba a decir hasta que mis abogados no revisaran el caso, no quiero exponerte a que ella haga algo contra ti para herirme de alguna manera —sus palabras suenan cargadas de desesperación y enojo, por ella, por la situación. —Esto es una venganza hacia mí y yo me haré responsable de eso. Hasta dónde sé, Anastasia no sabe que estamos saliendo por lo que no deberías tener ningún problema.
—Es que... —me aclaro la garganta. —Pues, es que... yo...
Mierda. ¿Ahora cómo le explico lo que hice?
—¿Que sucede? —me mira duramente. Se ha dado cuenta que algo sucede.
—Mañana el Seattle Times va a publicar un artículo de nosotros —escupo de golpe. Christian abre al máximo los ojos. —Sobre el Love Affaire del millonario más cotizado de Seattle y la aparente celebridad del mundo periodístico.
Una risa brota de mí por mis últimas palabras. Christian levanta una ceja.
—¿La visita de Lucas tiene que ver con eso?
—Si —acepto. Le explico las verdaderas razones por las que Lucas llegó a mi oficina. Le digo de las fotos de nosotros, todo lo que me dijo y la conversación que tuvimos sobre las reputaciones de cada uno, además de cómo fue enterarme del asunto de Anastasia.
—¿Quien hizo el maldito articulo? —pregunta. Puedo ver que está comenzando a planear como arreglar este asunto.
—Lo hice yo —confieso. De nuevo, se sorprende. —Escribí y edité el artículo justo después de que Lucas se fuera de la oficina.
Él se queda en silencio, puedo ver que en su mente está sopesando las posibilidades, está analizando lo que acabo de decirle y como va a repercutir en nuestra vida.
—Christian, yo… No puedo permitir que el NYT publique lo que ellos quieran. Yo sé que Anastasia es parte de esto, no me preguntes porqué o como lo sé, pero lo sé. No puedo quedarme de brazos cruzados.
—¿Estas consiente de lo que pasará? —pregunta. Su voz es muy seria y gélida. Me congela hasta los huesos.
—Sé que esto no está bien, sé que debí preguntarte esto primero —me siento ridícula. Debí pensar más allá de mí, debí pensar en Christian. —Pero, estaba segura que si alguien iba a arruinar mi vida de nuevo, esa sería yo. Christian, quiero que seamos nosotros quien arruinamos esto. No ellos.
—En cuanto el artículo sea publicado, habrá muchas personas siguiéndonos, sobre todo muchos reporteros —pregunta muy serio. Por un segundo temo que este molesto conmigo por haber decidido difamar su vida privada. —¿Podrás con eso?
—Si —digo con seguridad. —También sé que los directivos de la empresa van a querer solucionar este asunto a su manera. Estoy jodidamente lista para defendernos.
—Entonces... —dice pensativo, luego, una sonrisa aparece en su rostro. —¿Esta es tu manera de decirle al mundo "Christian Grey es mío"?
Una carcajada me atraviesa. Es inevitable.
—Si —digo con orgullo. Ambos reímos por algunos segundos antes de volver a la seriedad. —Aunque no se sabrá quién fue la persona encargada de escribir ese artículo, el señor Grayson insistió en que usara un seudónimo, para protegerme.
—Eso fue inteligente —sonríe con orgullo. —Hablaré con Taylor y Welch para asegurar protección para ambos, esta mierda se pondrá intensa.
Mis hombros caen, lo menos que quiero es darle problemas a Taylor, el pobre hombre ya tiene bastante.
—Yo me encargaré de esto, cariño —Christian parece notar el cambio en el rumbo de mis pensamientos.
—Son demasiadas cosas para lidiar, ¿cierto? —pregunto débilmente. Ahora que me doy cuenta, mi cuerpo se siente débil, no me siento preparada para esto.
—Más tarde nos encargamos —me asegura. —Ahora vamos al hospital, por favor.
Me ayuda a levantarme, me sujeta cuando mis piernas no logran sostener mi cuerpo. La adrenalina ya se ha ido, ya no tengo la energía para andar como si no hubiera pasado nada. Mi cuerpo me recuerda que tengo heridas con las cuales debemos lidiar.
—¡Espera! —casi salto. —Quiero ir por algo.
—No, Isabella. Hospital, ahora —ordena. Me arrastra hacia la puerta. —Puedo hacer que alguien venga a recoger lo que quieres, o podemos regresar luego.
—¿Quieres volver? —le pregunto, escéptica.
—No lo creo —dice al instante. —Enviaré a alguien.
—No —de alguna manera anclo mis temblorosas piernas al suelo. Christian me mira, sus ojos se cierran y se aprietan cuando se da cuenta de que no voy a ceder.
—¿Qué es lo que quieres conseguir?
—Arriba —le señalo. Se debate algunos segundos, pero finalmente nos arrastra a ambos en dirección a la escalera, ambos subimos cada escalón despacio, con cuidado.
—Tenías razón, los vampiros viven en casas lujosas como las mías.
Tarareo un rápido "te lo dije". Christian simplemente resopla.
—Biblioteca —le señalo cuando la veo a través del pasillo. Ambos llegamos, sus manos me dejan ir pero se mantiene cerca mientras yo elijo los libros que planeo robar.
—Aunque la acabas de redecorar, es una casa muy bonita —comenta, puedo escuchar que va y viene analizando a nuestro alrededor, aunque nunca se va lejos de mí.
—Aja —comento distraída. —Los paisajes del bosque son hermosos, incluso hay un arroyo muy cerca de aquí.
El sonido del agua corriendo es leve, pero ahí está, alertando de la presencia de ese arroyo de agua clara.
—Interesante —dice el cobrizo a mi lado.
—Listo, vámonos —le digo sosteniendo una caja que saqué de la oficina de Carlisle. Ahí dentro coloqué los libros que pienso llevarme. —Ahora si podemos ir al hospital.
Eso activa algo en él, me conduce hasta al exterior de la casa donde está el Audi que suele usar para moverse en casa. Me coloca con cuidado en el asiento, él se sube y arranca el auto.
—Debes seguir la carretera hasta la intersección —le doy la señales para sacarnos de este lugar. Christian en silencio sigue mis indicaciones dándole un grito al auto para hacernos volver por la carretera.
Mis ojos se colocan en el retrovisor, doy una última mirada a la casa Cullen. Es muy probable que sea la última vez que la vea y no puedo evitar sentirme orgullosa de la sensación que se ha quedado allí. Ya no soy una prisionera de los recuerdos.
Los siguientes minutos son un borrón en mi mente. Sé que me muevo, soy consciente de que Christian me habla y de que en algún momento el auto se detiene No puedo poner atención, mi cuerpo es débil.
—¿Pero qué demonios? —escucho la voz de alguien. El aroma a alcohol, esterilizantes y pulcritud llena mis sentidos.
—Hospital —murmuro. Hago una mueca.
—Sí, cariño, estamos en el hospital —Christian me dice. —Van a curar tus heridas.
—Por lo más santo de este lugar ¿pero qué fue lo que pasó? —alguien pregunta. Mi cerebro registra esa voz como la del doctor Gerandy.
—Me caí —digo. Intento sonar casual e inocente.
—Una caída no te abriría así loa heridas, Bella.
—Me caí más de una vez —respondo. No quiero darle explicaciones a este hombre. Solo quiero que me curen las malditas heridas para alejarme de este lugar que apesta a desinfectante.
—Ya sabía que pasaría algo así —el doctor suena decepcionado, desesperado y molesto. Pongo un enorme esfuerzo en no reaccionar. —¡Bella, ¿que estabas haciendo?
—Existiendo —le digo. —Con eso es suficiente para que me pasen desgracias.
—Llamaré a la enfermera para prepararte una habitación.
—¡No! —le digo. —Solo cúreme de nuevo y déjeme ir.
—¡Isabella! —Christian me reprende.
—¡Bella! —el doctor hace lo mismo.
—Por favor, no quiero quedarme en el hospital —suplico. —Cúreme y prometo descansar todo el tiempo que me diga doctor.
—¡Eres igual de terca que tu padre! —se queja el doctor Gerandy. Sonrió por sus palabras.
—¿Pero si me curará?
—¡Enfermera, mí maletín! —ladra acompañando esa frase de cuantas indicaciones después.
Una sonrisa se coloca en mis labios cuando veo la resignación en los rostros de los dos hombres frente a mí. Luego la sonrisa tímida de la enfermera que ayudó al doctor más temprano, cuando me dejaron en libertad. Me colocan en una camilla del área de emergencias para poder curarme y yo suelto varias maldiciones.
—¿No fue en esta misma camilla cuando el doctor Cullen te curó? —pregunta el Dr. Gerandy. —Esa vez que el chico Crowley casi te atropella con su camioneta.
Christian se ahoga con un jadeo y me mira alarmado.
—Si —me encojo de hombros. —Apuesto que es la misma desgraciada camilla.
—No es como si tuviéramos mucho presupuesto para cambiarlas —el doctor se burla.
—Deberían —digo entre dientes. Me duele cuando hace un nuevo punto en la piel de mi brazo. —Este maldito pueblo parece congelado en el tiempo. ¡Es escalofriante!
—Lo es —acepta el doctor. Continua con su tarea y yo me concentro en apretar con más fuerza la mano de Christian.
Pasa una hora antes de que podamos volver a salir de ese maldito lugar. Ahora que tengo mis heridas curadas y los puntos renovados, Christian luce más tranquilo y yo más drogada que Matty Healy en uno de sus conciertos. La maldita enfermera parece querer matarme de una sobredosis de medicamentos para el dolor.
Durante el camino a casa de Charlie, aproveché la oportunidad para quejarme y exponer mis razones para odiar los hospitales, Christian se limitó a sacudir la cabeza y a continuar conduciendo.
—¡Ya volvieron! —Sue aparece por la puerta. Christian me saca con cuidado del auto. Sue suelta un jadeo cuando ve mi aspecto. —¡Bella! ¿Qué te pasó?
—Redecoré la casa de los Cullen —anuncio con orgullo.
—¿Eso hiciste? —Sue levanta una ceja.
—¡La destruyó por completo! —Seth aparece corriendo desde el bosque, una sonrisa en su rostro parece iluminar el lugar. Llega hasta nosotros, me rodea con su enorme brazo y le ayuda a Christian a sostenerme para llevarme al interior de la casa.
—¿Lo viste? —pregunto. —¿Fue demasiado?
—¡¿Bromeas?! —se queja el joven. —¡Eso fue lo mejor que he visto en toda mi existencia!
—Me lucí ¿verdad? —ahora soy yo quien sonrío. Seth continúa parloteando todo el camino hasta la puerta de la casa.
—Tuve que llevarla al hospital de nuevo —Christian anuncia, sé que habla con Sue. —Se abrió algunas heridas.
—¡Odio los hospitales! —me quejo.
—Dime algo que no sepa, Bella —se ríe Sue. —¿Por qué no subes y te recuestas? Más tarde subiré a darte más medicamentos.
—¿Más? —jadeo.
—Vamos —Christian se encarga de ayudarme a subir las escaleras hacia mi vieja habitación. —Necesitas descansar, cariño.
—Es la de la derecha —digo con la voz entrecortada. Mi cuerpo está completamente agotado. —¿Por qué mi vieja habitación está en la segunda planta? ¿Por qué si soy la más propensa a tener una pierna rota?
—Espero que esto no suceda seguido —exhala en respuesta.
—Este pueblo te hace idiota, cada día lo confirmo más.
—No sabía que te gustara el color morado —Christian se burla al ver el interior de mi habitación. Me deposita con cuidado en la cama que agradezco haber cambiado el día de ayer, al menos huele a ropa limpia y no a polvo y olvido.
—Todo lo eligió Charlie cuando me mudé con él —digo entre dientes. Todos los cambios que tengo para las cortinas y para la ropa de cama, son de color morado, todos los conjuntos lo son. —Bueno, realmente lo eligió la señora de la tienda donde las compró.
—Me imagino —asiente. —Necesitamos quitarte lo que resta de sangre.
Muevo mi cabeza en un movimiento afirmativo. Mi cuello duele.
En el hospital tuvieron que romper una de las mangas de la sudadera y una de las piernas de los pantalones que estoy usando, para poder acceder a mis heridas. Limpiaron mi piel en esa área, pero aun así la evidencia de la sangre que se deslizo por casi todo mi cuerpo, sigue allí.
—¿Podemos solo quitarme esta ropa? —pregunto. —Me siento muy cansada como para darme una ducha.
—¿Hay ropa tuya en los cajones? —camina hacia ellos. —¿O en el armario?
Bueno, el maldito armario está lleno de ropa, pero es la ropa que usé en la época que viví en este pueblo y me rehúso a ponérmela. Pero, no me quedará de otra.
—Hay ropa que solía ser mía —susurro. —¿Puedes solo elegir lo más grande que veas? Quiero estar cómoda.
Él comienza a husmear en los cajones, luego va en dirección al closet causándome un sobresalto cuando abre las puertas, no estoy preparada para que algún fantasma del pasado se me aparezca. Necesitaré cambiar ese maldito armario si pienso seguir visitando a Charlie, mi corazón no soportará más mini infartos.
Casi me caigo de la cama, casi caigo sobre mi trasero en el duro piso cuando veo la ropa que ha elegido. La puta ropa que la hermana del idiota compro para mí en contra de mi voluntad.
El estómago se me revuelve.
—¡Espera! —chillo. Christian gira su rostro hacia mí. —¿Puedes solo elegir lo más grande que veas? Quiero estar cómoda.
Asiente y vuelve a rebuscar.
—Esto funcionará —se vuelve a mí con una playera grande y notoriamente vieja, además de unos pantalones deportivos. Si, eso funcionará.
Yo me quedo quieta, le permito que me mueva a su conveniencia para facilitarle la tarea. Se inclina para quitarme los zapatos, luego uno de sus brazos me sostiene mientras que con el otro tironea de mis pantalones destrozados hasta sacarlos, hace lo mismo con la ropa interior, remplazando las prendas con ropa nueva y limpia. Me sienta en la cama, con cuidado pasa lo que resta de la sucederá sobre mi cabeza y me coloca la playera.
Esta no es mi ropa, esta no es quien soy ahora.
Mi cuerpo de ahora no es nada parecido al que tenía en aquel entonces, la ropa me queda más ajustada, supongo que eso significa que ya he superado el diagnostico de anemia severa de esos años.
Las cálidas manos de Christian me empujan contra la cama, se encarga de recostarme sobre una de las almohadas y sube mi pierna herida sobre otra.
Se siente bien.
Sin decirme nada, se quita el abrigo que lo cubre, lo coloca a los pies de la cama y sube su cuerpo a mi lado, en el espacio que está desocupado. Se recuesta a lado sobre uno de sus costados.
—Descansa un poco —me dice, me ordena. Una de sus manos acaricia mi cabello con cuidado.
La debilidad de mi cuerpo, lo engarrotado de mis músculos, el ardor en los puntos y el dolor en mis heridas, se hacen presentes de golpe. La adrenalina se ha ido y aunque estoy drogada por medicamentos, por fin mi cuerpo está sintiendo los estragos por no haber descansado desde que desperté en el maldito hospital.
—No te vayas —le pido. Mi voz somnolienta. —No me dejes.
Él no responde. O si lo hace, no soy capaz de notarlo. La oscuridad me absorbe y gracias a los medicamentos que me han dado, yo me entrego a ella con cierta felicidad.
—Bella.
Mis ojos se abren de golpe. Un susurro ha dicho mi nombre. Tengo miedo.
—Bella, hija.
—¿Charlie? —pregunto sintiéndome somnolienta, confundida y desorientada.
—¿Cómo te sientes? —pregunta. Es Charlie quien está sentado a mi lado en la cama.
—Drogada —respondo.
Parpadeo mirando a mí alrededor, solamente mi padre está conmigo, no hay nadie. Mi corazón se acelera, la sensación de déjà vu hace que mi cabeza de aun más vueltas. Tengo la sensación de que esto ya lo viví, una escena similar que sucedió hace años, pero es inevitable que sienta que he retrocedido en el tiempo.
¿Y si solamente imaginé todo? ¿Y si Seattle, el periódico, Suzanne, el señor Grayson y Julie no son reales? ¡¿Y si Christian no es real?!
—¿Christian? ¡¿Dónde está Christian?! —hago un esfuerzo por sentarme, necesito saber dónde está. Necesito ir con él. —¿Dónde está?
—Esta abajo —Charlie se apresura a decirme. Sus manos toman mis hombros bruscamente intentando sentarme o recostarme de nuevo. —Te traerá algo para que comas y puedas tomar tus medicamentos.
—No se ha ido —susurro. Mi corazón se relaja, el golpeteo en mi pecho disminuye.
—No —Charlie gruñe. Parece decir algo más, no logro comprender sus palabras.
—¿Qué hora es? —pregunto mirando rápidamente a la ventana. Está oscuro afuera. —¿A qué hora volviste de pescar?
—Son las 11 —me dice. —Volvimos hace unas tres horas, Carrick esta abajo hablando con Sue, están terminando de cenar.
—¿Cenar? ¿Se quedará? —pregunto extrañada. De repente hay muchas personas en casa de Charlie, hace mucho tiempo que eso no sucedía.
—Volverá mañana a Seattle junto a Elliot —responde.
—¿Dónde está Angela? ¿Y Elliot?
—Elliot llevó a Angela a su casa para que descansara, y desde entonces Elena está renuente a dejar ir a su nuevo yerno.
Una risa se escapa de mi padre.
—Angela y Elliot no están saliendo —le digo. —Aun no puede convencerla.
—Pues, Elena está segura de que puede ayudarle al muchacho, dice que incluso puede convencer a su hija de casarse con él —se burla. Yo sonrió, imagino a Angela haciendo muecas ante cada palabra que dice su madre.
—¿Cómo sigue Isaac? —pregunto. —No lo he visto desde el accidente.
—Mejor que tú, si esta —dice mi padre. —Hasta donde sé, ya descubrió como acomodar su brazo roto para jugar videojuegos.
—Me alegro —digo con honestidad. Charlie asiente en silencio.
—Solo quería ver como estabas, te dejaré descansar —me dice. —Espero que te sientas mejor por la mañana, tenemos muchas cosas que discutir, Isabella.
—No me gusta cuando usas mi nombre completo —me quejo. Charlie no dice nada, se levanta y abre la puerta de la habitación rebelando a Christian subiendo el último peldaño de las escaleras con una bandeja en las manos.
—Hola —le digo. Una estúpida sonrisa se coloca en mi rostro.
Observo a Charlie salir de la habitación y recostarse lo más que puede contra el marco de la puerta para permitirle el paso. Christian avanza hasta depositar la bandeja en el mueble a un lado de la cama.
—Esta despierta —Christian. Se inclina y deposita un beso en mi frente, se sienta en el lugar que antes había estado mi padre. —Sue preparó sopa para que se te haga más fácil comer.
No tengo hambre, pero sé que no tendré alternativa más que comer un poco.
—Tengo sed —le digo. Christian asiente. Sus manos toman mi cuerpo para colocarme erguida.
—Mierda, duele —jadeo. Consigo quedar sentada con la espalda contra la almohada que antes estaba sosteniendo mi cabeza. Christian acerca el vaso de agua a mis labios, el líquido refrescante humedece mi boca y mi garganta.
—Yo… —la voz de Charlie hace que recuerde su presencia en el pequeño pasillo que está afuera de la habitación.
—Buenas noches, Charlie —Christian lo despide con la voz seca, no le da opción a negarse.
—Estoy al fondo del pasillo, soy policía y tengo el arma abajo de la almohada, ¿de acuerdo? —gruñe mi padre. —Ante el menor ruido, disparó primero y pregunto después.
—¡Papá! —me quejo. Pongo los ojos en blanco. No puedo creer que haya usado una frase del repertorio "Soy padre y policía".
—No te preocupes, Charlie —Christian habla con el mayor tono de seriedad que puede. —No escucharás nada, sabemos cómo hacerlo en silencio.
—¡Christian! —lo miro con los ojos muy abiertos. Hay una sonrisa juguetona bailando en sus labios. —Eres increíble —sacudo mi cabeza intentando ocultar mi propia diversión.
—Lo sé, nena —me guiña un ojo. —Pero no creo que Charlie quiera saber los detalles de cómo follamos.
Charlie tararea, sus manos cubren sus oídos. Nos da una última mirada antes de cerrar la puerta de un golpe.
—No puedo creer que le hayas dicho eso —miro sorprendida al hombre frente a mí. Ya no puedo ocultar mi risa, se me escapa.
—Yo tampoco —dice. Su frente se arruga. —Estoy seguro de que no somos silenciosos cuando follamos
—No, no lo somos —acepto. Vuelvo a reír. Me duele.
—Come la sopa antes de que se enfrié —ordena. Tiene razón, ha comenzado a colarse el aire que viene acompañando a la lluvia. El aroma a tierra mojada llega a mi nariz.
—¿Puedes cerrarla ventana? —doy una mirada hacia la desgraciada ventana causante de mis pesadillas. —Hace frio y creo que va a llover.
Christian sigue la dirección en la que se ha desviado mi mirada, asiente antes de levantarse de la cama, la rodea y camina en dirección a la ventana.
—Mierda —escucho que gruñe antes de que desaparezca de mi vista.
—¡¿Christian?! —chillo. Mi cuerpo se dobla, intento ver que es lo que ha sucedido.
—Estoy bien —me asegura. —Una tabla del suelo está salida.
—Cierto —le digo recordando habérselo comentado a Charlie, supongo que con el ajetreo de la fiesta, el accidente y las demás cosas, se olvidó de repararla. A mí también se me olvidó. Un jodido momento… —¿Te caíste?
—Me tropecé —aclara. Me rio.
—¡Te caíste! —acuso son una sonrisa.
—Me hicieron tropezar —gruñe secamente. Río de nuevo.
—Mañana le recordaré a Charlie de arreglarla —digo para mí misma.
—Creo que yo puedo acomodarla —dice él. Se escucha el forcejo de la madera a la hora de ser deslizada, luego un sonido más fuerte. —Un momento, creo que… creo que hay algo dentro.
—¿Polvo? —ofrezco. —¿Suciedad? ¿Telarañas?
—Además de eso —me responde.
—Ten cuidado —le digo. Las manos me pican aunque yo no seré la persona que meta la mano al hueco debajo de esa tabla del suelo. Algo en mi interior me grita que no debemos mover nada, que lo que sea que hay debajo, está bien en ese lugar, pero mi curiosidad es mayor y me dice lo contrario.
La habitación se queda en silencio, mi cuello está estirado intentando ver lo que está haciendo Christian. Se escucha que algunas cosas se remueven, se escucha el esfuerzo que hace por alcanzar lo que sea que hay debajo. Finalmente aparece sobre el nivel de la cama. Sus manos colocan sobre el colchón una torre de cosas.
—¡Carajo! —jadeo. Por la impresión, mi espalda cae hacia atrás. —Mierda, me dolió.
—Cuidado —gruñe. Se pone de pie acercándose a mí con las cosas que acaba de descubrir en sus manos. —¿Son tuyos?
—Lo eran —consigo decir. —Creí que se habían perdido.
—¿Qué son? —se sienta frente a mí. Su rostro luce tranquilo y curioso, todo lo malditamente contrario a lo que debe ser el mío.
—Son de mi cumpleaños número 18 —le explico en un susurro. —Los regalos que recibí ese día.
—Los que ellos te obsequiaron.
—El álbum de fotos y la cámara, fueron regalos de mis padres —le digo sin ánimos. —El resto…
Mis temblorosas manos se extienden. Mis dedos toman los regalos como si fueran una jodida bomba a punto de estallar, o como si tuvieran enormes cantidades de radiación.
Todo la evidencia de ese jodido día está aquí; el álbum de fotos, la cámara de fotografías, el equipo de sonido para la camioneta roja, los dos pasajes a florida, el disco con la música…
Después de ese día, no volví a ver nada de esto. Incluso esa misma noche, todo había desaparecido y al día siguiente solamente se volvió más real la situación. Al inicio, no lo noté, no me di cuenta que todo esto había desaparecido. Mi dolor por perderlos, por perderlo a él había sido mayor. Luego, cuando noté la falta de mis regalos, supuse que los había tirado a la basura o que de verdad se los había llevado con él. Ahora resulta que han estado aquí desde ese día, todo el maldito tiempo.
Mis manos toman lo que está hasta arriba de la pequeña montaña de cosas. Son los billetes de avión con destino a Jacksonville para ver a mi madre, la fecha de expiración reza un año después de ese cumpleaños. Esos si pude haberlo utilizado. O al menos, si los hubiera descubierto, Charlie me hubiera obligado a usarlos y a irme con Reneé.
Dejo los billetes de lado, tomo el empaque del CD. Sé lo que contiene, sé de quién es el regalo.
Mi estómago se revuelve.
Sin molestarme en mirar al interior del empaque, lo lanzo a un lado de mis piernas, junto a los billetes de avión. Mis manos toman el estéreo de la camioneta, es muy grande y bromoso como la persona que me lo regaló.
—¿Eso encaja en algún auto? —Christian pregunta, puedo escuchar la burla en la pregunta. Le pongo los ojos en blanco. —¿Acabas de rodarme los ojos?
—A ti no, a tu pregunta —le digo. Lo vuelvo a hacer. —Ahora si fue a ti.
Él responde a mi gesto. Me rio.
—Era de tu vieja camioneta naranja —dice. Su mirada se desenfoca ligeramente cuando busca en su mente el recuerdo de las fotos de la investigación que hizo sobre mí, en más de una sale mí adorada camioneta.
—Vieja tu abuela —gruño.
—Sí, mi abuela ya es una señora mayor —se ríe. —Que no te engañe, cariño, esa señora tiene más energía que mi madre y mi hermana juntas.
Lo miro con los ojos muy abiertos.
—La conocerás en el baile benéfico —me dice. Su atención regresa a las cosas en mis manos. Yo solo le miro como una estúpida sin saber cómo reaccionar a la noticia de que conoceré a su abuela.
—¿Tú sacaste las fotografías? —Christian me pregunta. En sus manos está la cámara de fotografías y el álbum, el cual está abierto.
—La mayoría, sí.
Mis ojos se centran en las páginas que sus dedos pasan.
Una foto de Angela, Ben, Erick, Jessica y Mike es lo primero que mis ojos ven.
—Angela se ve muy diferente así —exhala al ver a mi amiga en su atuendo del instituto. Es muy distinta ahora. Su ropa era un desastre de combinaciones como la mía, aunque con más cosas femeninas, además de sus tan características gafas que siembre usaba y que ahora gracias a la cirugía que tuvo, ya usa muy esporádicamente.
—Era toda una nerd —me rio. —Aún lo es, pero ya sin gafas.
La siguiente fotografía es una donde salen Jessica y Mike, como la típica pareja cliché de la porrista y el jugador. Hay otra dónde salen Tayler y Lauren, ambos con cara de fastidio y fingiéndose ser la pareja más amorosa del mundo. La siguiente sale Angela y Ben, ambos abrazados y con una sonrisa tímida.
Quiero darle un maldito golpe a ese infeliz.
—Bastardo —escupo. Christian me mira con las cejas fruncidas, pero luego cambia su expresión a una de curiosidad. —Esa es historia de Angela.
Me da un asentimiento comprensivo. Pasamos a al siguiente fotografía, una foto de Reneé y Phil; recuerdo pedirle a mi madre que la enviara por correo para imprimirá y pegarla en mi álbum, accedieron y me enviaron diez fotografías para elegir la que mejor nos agradara. La siguiente fotografía es de mi padre y yo; estamos en la sala de estar, en esta casa, abrazados y luciendo ridículos e incomodos. Esa me hace sonreír.
Muevo la página, pasó a la siguiente fotografía. Y me arrepiento al jodido instante.
Frente a mis ojos está la primera fotografía que veo de él en cinco años, la estúpida prueba de que él es real.
—¿Este es el famoso Edward Cullen? —Christian pregunta. Su voz es fría, tensa y filosa como la hoja de un cuchillo.
Un maldito escalofrió me recorre. Va a reaccionar de alguna manera, eso es inevitable, pero, no sé de qué manera lo hará.
—Yo… —intento decir algo, hay un nudo en mi garganta. —Sí, es él.
Se escucha un chasquido. Christian acaba de hacer ese sonido con su lengua.
—¿Se supone que así lucen los vampiros? —pregunta. Su cabeza se inclina hacia un lado.
—Pues… si, así lucen todos —soy honesta con mi respuesta. Vaya que me he topado con varios vampiros y aunque cada uno tiene sus rasgos, todos lucen pálidos o con piel perfecta, deslumbrantes, extremadamente atractivos y perfectos.
—¿Todos lucen cómo emos? —pregunta. Sus ojos se abren. —¿Eso es normal?
—¿Emos? —parpadeo.
—Cariño, si este es tu ex novio, déjame decirte que luce como un fanático promedio de My Chemical Romance —su dedo señala la fotografía. —Definitivamente no luce como un vampiro, se ve muerto. Luce como un maldito cadáver al que han vestido con un traje elegante.
—Sí, supongo que eso era —bajo mi mirada a la fotografía. Casi sonrío con las palabras que ha dicho. —Un cadáver sin corazón que usaba ropa de diseñador.
—¿Tenía dinero, al menos? —hace una mueca. —Su ropa parece ser cara pero no luce costosa. Una mala imitación ¿quizás?
¿La ropa de los Cullen no era de marcas exclusivas de diseñador? ¿Alice habría permitido que usaran ropa imitación? Ahora tengo una nueva duda sobre estos seres.
—Christian, son malditos vampiros —le digo como si fuera obvio. —Llevan años moviéndose por el mundo, tienen un trabajo, muchas casas, invierten en la bolsa de valores y no sé qué más cosas. Algo así como lo que tú sueles hacer.
—Yo muevo el dinero porque no me sirve tenerlo estancado, Isabella —explica en tono mordaz. —Produzco más dinero moviendo el que tengo, además sabes que hago donaciones, tengo becas para la educación y más cosas.
—Ellos suelen hacer eso. Tienen tanto dinero que suelen hacer donaciones muy generosas a organizaciones, hospitales, escuelas y esas cosas —recuerdo la conversación que tuve con Esme al respecto. —Son humanitarios, quizás demasiado para ser vampiros.
No me responde.
Lo observo usar sus manos para despegar los extremos de la fotografías, la acerca a su rostro para analizar cada detalle de la fotografía. Se da cuenta que un lado está doblado, sus dedos se mueven con destreza desdoblando la imagen y revelando a la otra persona. Soy yo. En la imagen tengo mi cabeza ligeramente elevada en su dirección, mis ojos cerrados como si estuviera esperando que algo sucediera, además, una de mis manos está sujetando el borde de su saco negro como si eso evitara que fuera a desaparecer. No funcionó.
—Es atractivo el cabrón —dice con dificultad. Puedo ver que le costó decir esas palabras en voz alta. —Pero no lo suficiente para ser un vampiro. Tiene algo en su rostro que no… ¿O son las orejas?
Una risa seca brota de mí.
—Supongo que lo mío son los cobrizos —suelto sin pensar. —Te pareces a él.
—¿Acabas de compararme con esa cosa? —jadea, su voz suena más parecida a un gruñido. La indignación es demasiado notoria en su rostro.
Mierda. Ahora está molesto.
—No dije eso —digo apresuradamente.
—Lo hiciste.
—No —mi voz sale débil.
—Está bien, Isabella —pronuncia mi nombre de una manera que hace que mi corazón salte en el interior de mi pecho. —Compárame con quien quieras, con cuantos quieras, pero tú y yo, cariño, sabemos que no hay ninguna maldita criatura en esta tierra, como yo.
Sus palabras seguras, roncas y presumidas causan una corriente eléctrica en mi cuerpo.
—Su ego es muy grande, señor Grey —chasqueo mi lengua.
—No es lo único que tengo grande, señorita Swan.
—¡Christian! —suelto un chillido. Con mi brazo bueno le doy un empujón en el hombro. Él no se molesta en decir nada, la luz pícara que llega a su rostro es suficiente. La calidez es inevitable en mis mejillas, mi mente ha decidido este momento para recordarme que yo puedo dar fe de que sus palabras son ciertas, además, me hace querer saltar sobre él aunque mi cuerpo se doble por el dolor de mis heridas.
Mierda.
Idiota, loca, cachonda y herida. ¡Vaya combinación!
—Es una buena fotografía —comenta. Su mano sacude el objeto entre ambos.
—No, no lo es —niego.
—¿Quieres quedarte con esta fotografía? —pregunta.
—No —respondo al instante. —No quiero nada que tenga que ver con ellos.
Christian asiente.
Mis ojos se detienen en lo último que hay en la pila de regalos. Mis manos lo levantan frente a mí causando sentimientos encontrados en mi cuerpo y pensamientos irracionales en mi mente.
—No puede ser —jadeo.
Mis manos sostienen el vestido frente a mis ojos. Mi sangre, ahora seca, opaca el color verdoso brillante de la tela, al igual que ese incidente opacó mí propia vida. Mi brazo comienza a punzar como si las cicatrices de los cortes de ese día estuvieran recién hechos, como si los cristales de ese florero se estuvieran deslizando sobre mi piel.
—¿Eso es sangre? —Christian habla duramente. Me arrebata el vestido de las manos.
—Es el vestido que estaba usando ese día —explico en un hilo de voz. No estoy segura si me ha escuchado.
—¿Qué puto sádico tienes que ser como para guardar algo así? —gruñe. —¿Qué carajos le pasó por la mente para hacer eso?
Yo me hago la misma pregunta en silencio. ¿Qué pretendía al dejar todo esto debajo de mí? ¿Qué buscaba? ¿Aumentar mi nivel de locura? ¿Alimentar mi duda sobre si mi diagnóstico de esquizofrenia era real?
—Maldito cabrón —sisea.
—¿Puedes deshacerte de todo esto? —pregunto. —De verdad no lo quiero.
—Yo me encargaré —me asegura. —Es tarde, supongo que la sopa ya se enfrió y deberías tomar la medicina.
—Quiero la sopa así como está —anuncio. —Probablemente no podré comer mucho, pero sé que debo comer o terminaré con gastritis por el medicamento.
—Bajaré a calentarla, puedo hacerlo yo si Sue ya se ha dormido —ofrece. Yo niego rápidamente.
Su intención es buena, pero el recuerdo de él usando y maldiciendo la tostadora de pan en su casa hace que tema por nuestra vida. Si rompe algo de la cocina, si algo sale mal, Sue nos echará a la calle a ambos.
Hace una mueca pero acepta mis palabras. Se levanta de mi lado, quita de mi regazo las cosas y acerca la bandeja para colocarla con cuidado sobre mis piernas asegurándose de no lastimar mi pierna herida. Abre la tapadera del tazón y el aroma de la sopa hace que mi apetito regrese a mí.
Mientras yo doy pequeños sorbos a la sopa tibia, lo observo moverse por mi habitación. De algún lugar, ha sacado una caja en la que ha guardado todos los regalos que hemos descubierto, lo observo ir hasta un lado de la puerta donde hay un pequeño mueble, coloca la caja en ese lugar, donde no puedo verla, donde está lo suficientemente lejos de mí y lo suficientemente arriba como para no lastimarme. Desaparece algunos segundos de mi vista, pero escucho como lucha contra la tabla que se ha salido del suelo, el crujido me avisa que la ha colocado en su lugar.
Finalmente se dirige a todas las ventanas de mi habitación, cierra el cristal, les coloca el seguro y baja las cortinas. Exhalo muy audiblemente cuando mis ojos miran sus manos cerrar la ventana que está a un costado de la cama.
—Es como una maldita pesadilla —murmuro. Christian se gira, hay duda en su rostro. —Esa ventana. Me da miedo.
—¿La ventana?
—Tengo la maldita sensación de que algo entrará por ahí —confieso. —Sé que el seguro de la ventana no podrá detenerlos, pero me hace sentir segura.
—Él lo hacía, él entraba por la ventana —adivina lo que quiero decir. —¿Tienes miedo que regrese? ¿Qué entre por esa ventana y me vea aquí contigo?
Eso llama mi atención. Sus palabras suenan a preocupación por mi respuesta, suenan como a inseguridad.
—No quiero que regrese —digo de golpe. Ambos nos sorprendemos al escucharme hablar. —Tampoco me importa que me vea contigo, no tengo porque escondernos, Christian. Es mi vida y yo decido lo que hago con ella.
—¿Entonces?
—Tengo miedo que ella entre —me tiembla la voz. —Tengo miedo que Victoria venga a mí. Puede hacerte daño.
—No vendrá —dice. Suena muy seguro. —Si lo hace no podrá acercarse a la casa.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Hay cuatro lobos rondando la casa —casi suena orgulloso de decirlo. —Hay otros dos rondando la casa de Angela, el resto están rondando el pueblo.
Asiento. Sus palabras me han brindado un poco de seguridad, pero es inevitable que me preocupe, no quiero que salga herido.
—Es extraño verte tan familiarizado con todo esto —suspiro
—¿Terminaste? —señala el tazón. Ignora mi comentario anterior.
—He tenido suficiente —le aviso. Él asiente. Intercambia las charolas por un vaso de agua y varias píldoras en mi mano. —¿Es sano tomar tantos medicamentos?
—Es necesario —es la respuesta que me da. Sin decir nada los lanzo a mi boca y bebo un gran sorbo de agua. —Tu cuerpo ya ha soportado demasiado por hoy. Sin los medicamentos te dolería mucho.
—Lo sé —suspiro.
—Métete en la cama —ordena. Sus manos me ayudan a deslizarme hasta quedar recostada en la cama. —Necesitas descansar lo más que puedas.
—Ven conmigo —le pido. —No quiero estar sola. Aún me da miedo esta maldita habitación.
Algunos movimientos después, su cuerpo se desliza a mí lado en la cama. Estamos uno frente al otro, pero yo le estoy dando la espalda a la puerta de mi habitación y él se aseguró de bloquearme la vista de la ventana con su cuerpo. Además, nos ha acomodado de manera que mis extremidades heridas siguen descansado sobre las almohadas suaves, pero, su mano está acariciando mi cabello y mi espalda.
Está muy cerca de mí, pero no lo suficiente.
Muevo mi cabeza hacia arriba para verlo. Mis ojos lo examinan, luce diferente a como suelo verlo en Seattle.
—Estás agotado —comento. Apenas me doy cuenta de su aspecto. Hay unas bolsas oscuras debajo de sus ojos y venas rojas que adornan sus ojos grises. Su barba luce descuidada y como si hubiera crecido demasiado en estos días, su rostro se ve cansado y delgado. Su cabello está muy despeinado, además que sus rizos cobrizos lucen enredados.
—Bella…
—¡No! —chillo con demasiada histeria. —Tú no me digas así. Me gusta la manera en la que pronuncias mi nombre completo.
—Isabella —dice. Yo sonrío embelesada por su acento y su voz. Soy capaz de escuchar esa palabra de sus labios por el resto de mis días.
—Lamento hacerte pasar por todo esto —suelto el aire de mis pulmones. Sé que necesita hacer algo para sentirse en control, para sentir que puede controlar esta maldita situación, incluso puedo apostar a que en este momento tiene previstas un centenar de opciones para cada posible cosa que suceda. Pero, eso parece estarlo matando.
—Duerme mi Isabella —murmura. Su mano sube y baja por mi espalda.
—Christian, no tienes que controlarlo todo —digo casi en un susurro, mi voz sale con dolor. No me gusta verlo así. Sus movimientos se detienen, su mandíbula se aprieta pero no me mira. —Puedes permitir que los demás nos hagamos cargo de algunas cosas.
—No cuando se trata de ti —me dice.
—Christian…
—Sabes que contigo el control se escapa de mis manos —habla con voz tranquila, intenta que su rostro muestre el mismo sentimiento. —Y ahora hay más cosas que no puedo controlar, más problemas de los cuales no puedo protegerte.
—Eso te está estresando —le digo. La culpa me acecha.
—No —me mira con dureza. —Esto solo me está probando los límites que tengo al momento de dominar tú mundo. Me está mostrando hasta donde tengo control en tu vida y en la mía.
—Lo siento —digo con honestidad.
—Yo no —me responde del mismo modo. —Puedo arrepentirme de muchas cosas en esta jodida vida, pero no de ti ni de nada que tenga que ver contigo.
Lo cierto es que, yo tampoco. Christian nunca será algo de lo que me arrepienta.
—Esta tarde, mientras dormías, hablé con Leonard —me informa. —Le conté del accidente e intenté persuadirlo para que faltaras al trabajo, pero se ha negado.
—¿Te mencionó algo sobre una reunión?
—Si —acepta. —Necesito llevarte a casa mañana, ambos tenemos que estar en Seattle antes de que amanezca el lunes.
—Bien.
—Aún podemos pasar todo el día con Charlie, si es lo que quieres —su tono ligero me sorprende. No pensé que Christian se sintiera cómodo con la idea de seguir en casa de Charlie, aun después de como lo trató el día de hoy.
—Pero son cuatro horas hasta Seattle —murmuro.
—No precisamente —me responde,
—¡¿Lograste traer el Charlie Tango?!
—Lo que yo quiero, lo consigo, Isabella —dice en tono altanero. —Y lo que yo digo que se haga, se hace.
—Pero, pero —balbuceo, —creí que no había un lugar para aterrizarlo.
—Taylor hizo un poco de exploración por aquí —me explica como si le sorprendiera mi asombro. —Teníamos dos opciones seguras para aterrizarlo; el helipuerto que está cerca de la reservación o en un claro en el medio del bosque a unos diez minutos de aquí. Por las heridas que Angela y tu tienen, decidimos que fuera en el claro.
—¿Un claro? —me atraganto con mi propia saliva. —Tienes que estar jodiendo.
Me regala una mirada fría y molesta por mis palabras. No me molesto en reaccionar, mi mente está intentando convencerse de que no es el mismo jodido claro que conforma ese prado.
—Mientras dormías, fuimos a revisarlo. Debo decir que jamás había visto un claro tan… —Christian detiene sus palabras, busca la manera de describirlo —…simétrico, en el medio del bosque.
—Este tipo de claros no son naturales, alguien lo hizo —le digo. Christian me da una larga mirada antes de torcer sus labios en una mueca.
No existe un prado natural con una redondez tan perfecta. Sé que es el mismo lugar que mis propios ojos vieron hace años por lo que estoy segura de que, es como si alguien hubiera arrancado a propósito los árboles -sin dejar evidencia alguna de tal violencia en la ondeante hierba- para crear un círculo impecable.
—Conoces ese lugar —dice. No es una maldita pregunta.
—No sabes cuantas ganas tengo de poderte decir que no —gimoteo.
—Estúpido pueblo infernal —gruñe. Su rostro se relaja, sus manos vuelven a acariciar mi espalda. —En Seattle hablaré con Elliot para ver la posibilidad de construir un helipuerto en ese lugar.
—¿Quieres construir un helipuerto en Forks? —levanto una ceja.
—Si. Podríamos ir y venir de la Escala a este lugar para visitar a tu padre todas las veces que quieras —propone. Asiento. —Y podríamos aprovechar la oportunidad para joder a la gente que venga en 200 años a buscar ese maldito prado.
—Me gusta esa idea —sonrió.
—Duérmete Isabella —ordena.
—Que mandón eres —frunzo el ceño. Su boca se tuerce con humor mientras tira del edredón para cubrirnos a ambos.
—No te muevas —ordena de nuevo. Me quedo quieta y cierro mis ojos permitiendo que el silencio de la habitación nos envuelva. Casi puedo jurar que escucho los latidos de su corazón contra su pecho.
Estoy casi 230 kilómetros lejos de Seattle y lejos de mi departamento, pero, en los brazos de Christian, no importa dónde estemos, siempre me siento en casa.
—¿Christian? —murmuro rompiendo el cómodo silencio en que nos sumergimos.
—Aquí estoy —me responde.
—No soportaba la maldita idea de que estuvieras en Nueva York con ella —me confieso. No estoy segura de la razón, quizás son los medicamentos que me están provocando delirios. —En mi mente, esa ciudad es nuestra.
—Esa es la razón de tu molestia conmigo —su voz es comprensiva. —No era exactamente por las fotografías.
—En esas fotos, tu molestia es muy notoria —acepto. —Pero, saber que estabas allí, con ella…
—Ocultártelo solo hizo que se sintieras como si te hubiera traicionado —dice. La comprensión, el entendimiento de la situación al fin aclara su mente.
En silencio le doy la razón.
—Escribí ese artículo porque estaba celosa —digo, quiero que él lo sepa. —Yo… yo no soporto la idea de que ella... La idea de ella junto a ti, no me gusta.
—No es ella a quien quiero junto a mí, Isabella —sus palabras son suaves, pero su voz es tensa. —Si así fuera, yo no estaría aquí, contigo.
—No quiero que ella vaya por allí dando entrevistas sobre ti. No quiero que ella tenga la atención, tu atención. No quiero que la tenga.
Mi subconsciente acaba de confesarse. Acabo de confesar la obsesión que tengo por tener la atención de Christian. No soporto la jodida idea de que alguien más le tenga, no de la manera en que yo lo hago.
—No la tiene, Isabella —sentencia. —En cuanto se solucione lo de la demanda me aseguraré de alejarla de nosotros.
Sus brazos rodean mi cuerpo, con cuidado me arrastra hasta él, hasta que mi rostro queda enterrado contra su pecho. Su aroma embarga mis sentidos, su calidez abraza mi cuerpo. No quiero que me suelte nunca.
—¿Christian? —susurro su nombre de nuevo.
Tararea un sonido para hacerme notar su presencia.
—Fui a tu casa a dejar las flores porque quería que volvieras a mí —le digo. Me acurruco más contra su cuerpo. —Sabía que te encabronaría y volverías a mí, aunque fuera para azotarme.
—Lo hare, cariño —me dice, casi puedo notar su emoción al decirlo. —Por eso necesito que obedezcas al doctor y te recuperes
—Quiero mis flores de regreso —le digo.
—Me aseguraré que las tengas —sentencia. —Te daré todas las que quieras, cariño.
—Antes, las flores me parecían pretenciosas y falsas, sobre todo si alguien regalaba rosas rojas en San Valentín —bufo. Un recuerdo de una rosa roja, perfecta y deslumbrante en mi camioneta, jode mi miente.
—Muy cliché —una risa brota de él acompañando sus palabras.
—Pero, me ha encantado recibir ponías —suspiro complacida. —Creo que se han vuelto mis flores favoritas. Aunque, la blanca no estoy segura si…
—¿Sabías que en varias religiones adornan sus templos y altares con flores blancas?
—Si… —respondo con inseguridad de hacia dónde quiere llegar con eso.
—Las peonias blancas somos tú y yo, cariño —sus manos levantan mi rostro, nuestras miradas se entrelazan. —Dos opuestos, dos mundos completamente distintos que se han complementado. Somos nosotros, cariño y la manera casi religiosa de atraernos, adorarnos, de amarnos.
Es como si pudiera ver dentro de su alma. Él hace lo mismo conmigo, cada vez que me mira de esta manera parece que ve más allá de mí, que lee mi mente y que puede ver lo que hay en mi alma.
—Nos voy a elegir a ambos, Isabella —sus palabras son una sentencia. —Tu y yo, religiosamente.
Le sonrío, bajo mi rostro hasta acomodarlo de nuevo contra su pecho. El silencio nos envuelve al igual que nuestros pensamientos.
El tiempo pasa, eso ya me ha quedado claro. Aunque no quieras que lo haga, aunque quieras ralentizarlo, aunque parezca imposible, a pesar de que cada movimiento de la manecilla del reloj duela como el latido de la sangre al palpitar detrás de un moretón en tu alma. El tiempo transcurre de forma desigual, con saltos extraños y treguas insoportables, pero pasa.
Incluso para mí.
Incluso en este maldito momento.
Cada latido de nuestros corazones significa que un segundo de nuestra vida se ha escapado. Pero hoy, aquí, envuelta en sus brazos, no me importa. No me importaría quedarme así por lo que me resta de vida, no me importaría pasar mi vida con Christian, no si esta es la manera en la que me sentiría cada noche. Tranquila, segura y en paz.
—¿Christian?
—¿Mhmm?
—Gracias por alcanzarme y sacarme del auto destrozado.
—Lo sabes —murmura perezosamente.
—Elliot me lo dijo.
—No vuelvas a asustarme así —ordena. —No me hagas pensar de nuevo en la probabilidad de perderte.
Me acurruco aún más contra él.
Puedo notar la pesadez que nos envuelve a ambos. El cansancio y el agotamiento del largo día de hoy, acompañados de la tensión emocional y mental por la que hemos pasado, nos está cobrando un precio muy alto. El sueño nos está acechando.
Me siento más cansada, adolorida, y más exhausta de lo que me había sentido nunca antes.
—¿Chris…? Gracias por quedarte conmigo.
—¿A dónde más iría, mi Isabella?
Sus palabras son apenas un susurro en el silencio de la habitación, el murmuro de la lluvia golpetea contra la ventana. Me abandono a la familiaridad y seguridad de sus brazos hasta dormirme.
Por primera vez en cinco jodidos años, puedo dormir en paz en esta habitación.
Holaaaaa ¿Me extrañaron? jijij
¡VAYA CAPITULO EL DE HOY, ¿VERDAD?! ¿Fue demasiado? ¿Bella es una exagerada? ¿O están de acuerdo en que finalmente pudiera sacar todo eso que llevaba años guardando? ¡Cuéntenme!
Por cierto, ¿Ya leyeron "Florida!" es un OS que subí hace poco, es parte de este "universo" así que está relacionado indirectamente con la historia. Les dejo el dato jijiji.
Nos leemos al siguiente.
