Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
AVISO
ESTE CAPITULO CONTIENE TEMAS DE VIOLENCIA, ACOSO, ABUSO, INTENTO DE VIOLACIÓN, VIOLENCIA EXPLICITA E IMPLICITA.
LEER BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Recordemos que son temas que deben ser tratados con conciencia y cuidado, no busco ofender y/o herir a nadie con lo escrito.
Isabella POV
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Apresuro mi paso con mis ojos bien fijos en el objetivo, la puerta de madera color caoba que se encuentra en el fondo del pasillo. La puerta del baño.
—Isabella —una voz suave y chillona dice mi nombre interrumpiendo la paz que me brindaba mi soledad. ¿De verdad ya no es posible querer ir a vaciar tu vejiga sin que nadie se cruce en tu camino?
No tengo que girarme para saber quién es, conozco esa voz a la perfección, la tengo gravada con bastante disgusto en mi mente. Continúo caminando sin molestarme en fingir que su presencia altera mi estado de ánimo. Aunque debo admitir que he aumentado la velocidad con la que mis piernas se mueve.
Mis ojos continúan pegados en la puerta del fondo.
—¡Isabella, espera! —la voz me insiste.
Mierda. Sé que entre más la ignore más insistente se pondrá.
—Anastasia —digo reconociendo su presencia. No hago ningún esfuerzo por girarme a mirarla, yo continúo con mí caminar.
—Me alegro de encontrarte a solas —dice. El ruido de sus zapatos anuncia que viene en mi dirección. —He pasado toda la velada queriendo hablar contigo.
—No veo para que —digo sin interés. —No tengo nada de qué hablar contigo.
Y, por si fuera poco, me urge llegar al baño. Mis pensamientos están ligeramente nublados por la ansiedad y la necesidad que tengo de llegar a la puerta que, por alguna razón, cada vez parece estar más lejos.
—¡Oh, por favor! —exclama. Logra pasarme y se detiene justo en frente a mí, obligándome a detener mis pasos también. —Tenemos bastante tiempo sin vernos.
La miro. No somos amigas, no somos cercanas, tampoco puedo decir que somos algo tan simple como conocidas. ¿Porque me habla?
—Lo sé —asiento. Mi pierna derecha se mueve hacia un costado para rodearla y seguir con mi camino.
Anastasia es rápida y adivina mis intenciones. Ella también se mueve, reflejando mi movimiento como si de un espejo se tratase. Sonrió, tensa y forzadamente. ¿Por qué carajos tiene que venir y arruinar tan bonita velada que estaba teniendo?
—Escúchame, Anastasia —me obligo a pronuncias su nombre. —No quiero ser grosera, pero no tengo nada que hablar contigo. Ahora, si me disculpas...
Hago el intento de evadirla, muevo mi pierna izquierda simulando el movimiento de hace un momento, observo a ella hacer lo mismo y aprovecho ese momento para avanzar con mi pierna derecha. Rodeo su cuerpo sin ningún problema y avanzo de nuevo al baño.
—¡Espera! —una delgada mano sostiene con fuerza mi brazo izquierdo. Anastasia me gira usando mi propio peso en mi contra.
Estamos de nuevo frente a frente, pero esta vez soy yo la que le da la espalda al baño, esta vez soy yo la que está de frente la entrada a la enrome carpa donde el baile continua. Esta vez soy yo la que está en la posición ideal para mirar a Christian que ha girado su espalda y su cabeza en mi dirección, como si supiera que lo estoy buscando, que lo necesito.
Sus ojos grises me miran fijamente percatándose de que hay algo mal conmigo. Las arrugas aparecen en su frente cuando sus cejas se juntan, ha dejado de mirarme, ahora fulmina con su mirada a mi acompañante que esta de espaldas a él. Veo que hace el ademán de avanzar y venir conmigo, pero yo sacudo mi cabeza deteniéndolo.
Anastasia es lo más sencillo a lo que me puedo enfrentar.
Con mis labios, modulo un "Yo puedo". Christian asiente, pero su mueca de molestia no desaparece.
Jhon y Rhian aún continúan a su lado, la mujer continua hablando sin percatarse del comportamiento de Christian, pero Jhon sí se ha dado cuenta, él también está mirando en mi dirección.
—¿Cómo puedo ayudarte, Anastasia? —pregunto haciendo un esfuerzo por permanecer lo más tranquila que puedo.
—Quiero que hablemos —insiste. Duplico mis esfuerzos de serenidad.
Respira, Isabella. No puedes hacer un drama esta noche, no puedes hacer una escena en casa de Grace, recuerda que hay invitados importantes, hay fotógrafos y muchas personas chismosas. Respira, cuenta hasta el diez. Sé más inteligente que ella. Uno, dos, tres…
—Te repito —siseo entre dientes. —No tengo nada que hablar contigo.
—Escucha, Bella —toma una respiración. —¿Puedo llamarte así?
—No —escupo. Sacudo mi brazo para obligarla a soltarme.
Respira Isabella, sigue contando. Ocho, nueve, diez...
—Bueno, Isabella —lo intenta de nuevo. Pongo los ojos en blanco, gesto que ella toma como una aceptación. —Sé que comenzamos nuestra relación con el pie izquierdo...
Hago una mueca. ¿De qué carajos habla?
—Pero creo que ahora que ambas somos adultas, podemos arreglar eso —finaliza su estúpido discurso con un suspiro esperanzador.
¿Se habrá caído de la cuna cuando era pequeña? ¿No he podido arreglar mi vida y ahora quiere que arregle una relación interpersonal que nunca ha existido?
—Anastasia... —digo al aire. Mi mente busca las palabras correctas que debo usurar para mandarla a la mierda de manera educada.
—¡Yo sé! —chilla interrumpiéndome. —Sé que fue mi culpa que no pudiéramos ser amigas desde el momento en el que nos conocimos. Lo reconozco.
—¿Lo haces? —jadeo, mi cuerpo da un paso hacia atrás. Ahora si me ha tomado por sorpresa.
—Claro —ella se ríe. —Sé que estas molesta conmigo, pero compréndeme, Isabella, no podía permitir que obtuvieras un reconocimiento por un artículo que no era tuyo.
Adiós sorpresa. Hola molestia.
Tengo que recordarme a mí misma que debo mantener la calma. Tengo que volver a respirar para mantenerme serena y lidiar de la mejor manera con esta situación. ¿En qué número iba? Ah, sí, quince, dieciséis...
—Pero ¿qué sentido tiene aferrarse al pasado? —ella suspira como si acabara de pasar por una catarsis.
Sonrió maquiavélicamente.
Oh, Anastasia.
Yo soy la persona más aferrada al pasado que puedas conocer.
—Es cierto —asiento. Es claro que yo también puedo jugar este juego. —El pasado no se puede cambiar.
—Así es —sonríe de una manera tan inocente que casi se la creo.
Aquí se confirman mis teorías, Anastasia está tramando algo, y lo más probable es que sea sacarme de quicio para que hagamos una escena en la gala y por supuesto, que yo me vea como la culpable.
No le daré esa estúpida satisfacción. Continúa contando Isabella. Veintiocho, veinte y nueve, treinta…
—No podemos cambiar la decisión del tribunal —aumento mi sonrisa. —No podemos cambiar el irrefutable hecho de que artículo es completamente mío.
Me deleito con el momento en que su sonrisa se congela en su rostro, cambiado de la inocencia a la irritación. ¿Querías jugar, Ana? Vamos a ver quien pierde primero la razón.
—Tampoco podemos cambiar el hecho de que fui yo quien ganó ese concurso, esa oportunidad que tú tanto anhelabas —sacudo la cabeza. —Y mucho menos podemos cambiar que, de nosotras, soy yo quien ahora mismo está trabajando con el mejor periódico de la ciudad.
—Me sorprende la seguridad de tus palabras —resopla. —El futuro puede cambiar, ¿cierto?
—Sí, es cierto —me obligo a darle la razón. Tengo comprobado que el futuro pueda cambiar de un momento a otro.
—Así que, si me permites darte un consejo —apenas logro abrir la boca con intención de detenerla, pero ella sigue hablando. —Yo no me sentiría tan segura de mantener mi empelo en el periódico
Lejos de molestarme, su consejo me produce una carcajada. Anastasia luce sorprendida por mi reacción.
—Es realmente bueno que tú no tengas que preocuparte por eso, Anastasia, después de todo, soy yo quien tiene un empleo en el periódico. No tú.
Oh, parece que mi consejo no le cayó en gracia. Ups. En realidad me importa una mierda.
Anastasia nunca será mi persona favorita.
—Pero no te sientas mal —digo apresuradamente. —Seguro que tu empleo en una editorial de bajo nombre también es igual de satisfactorio.
—Lo es —dice mordaz.
—En fin —exhalo. —Creo que nuestra conversación termina aquí.
Ya es todo lo que puedo o quiero conversar con esta mujer. Además, de verdad, de verdad me urge llegar al baño, he tomado demasiado alcohol como para seguir soportando conversaciones idiotas.
—¡No! —me detiene, de nuevo. —¡Aun no hemos hablado!
—¿Qué? ¿Cómo qué no? —pregunto. Ella sacude la cabeza. —¿Qué se supone que hicimos? ¿Jugar?
—Por favor, Isabella —me suplica. —Yo, quiero… bueno, necesito…
¿En qué numero iba? Cincuenta y uno, cincuenta y dos….
—Anastasia —siseo en advertencia.
—Mira, yo sé que soy tu persona favorita —dice bajando su tono de voz. —Sé que no somos amigas y no sabes cuánto lo siento.
—¿Lo sientes? —parpadeo. Esta vez no le creo, sé que hay una doble intención en sus palabras.
—Por supuesto —asiente. —Es una lástima que no seamos amigas. Pero, eso no significa que no podamos ayudarnos mutuamente, ¿o sí?
Pongo los ojos en blanco. ¿Ahora me pedirá favores? ¡Adivinaré! ¿Me pedirá que le consiga trabajo en el periódico? ¿Qué le ayude a dejar esa editorial de cuarta?
—¿Qué es lo que quieres, Anastasia? —me cruzo de brazos.
—Ya te lo he dicho, quiero que hablemos —titubea, —de Christian.
Mi cuerpo se tensa. ¿Por qué carajos tiene que venir y arruinar tan bonita velada que estaba teniendo?
—No tengo porque hablar de él contigo —siseo. Mis ojos le lanzan dagas para que deje de molestarme.
—¡Pero tienes que hacerlo! —chilla elevando la voz.
—No quiero escucharte, Anastasia —gruño. No tengo necesidad de soportar esto, tengo necesidad de llegar al baño y poder vaciar mi vejiga.
Sigue respirando, Isabella. Sigue respirando, sigue contando. Sesenta y seis, sesenta y siete…
—Isabella —me dice terca. —Somos mujeres, tenemos que protegernos entre nosotras.
¿Ahora hablará de feminismo y sororidad?
—Es inevitable que me preocupe, Isabella —continua con su discurso. —Tu relación con Christian me preocupa.
—No debería —bufo. Giro mi rostro en busca de algo más interesante que rostro con maquillaje corrido y agrietado.
—Su relación es publica, Isabella —dice horrorizada. —Las cámaras los persiguen, todos quieren entrevistarlos, todos están atentos a cualquier movimiento que hacen.
—Y eso es malo… ¿Por qué? —levanto una ceja. Aun no comprendo a dónde quiere llegar.
—¡Porque cuando algo grave suceda, todos van a hablar de eso! —chilla cansadamente.
¿Soy muy estúpida y no comprendo lo que me quiere decir? ¿O ella es la idiota que no se sabe explicar?
—Isabella, por favor. Piensa en ti, en tu imagen, en la reputación que tienes como editora —continua suplicándome. —¿Qué harás cuando suceda algo?
—Nada va a suceder, Anastasia —bufo.
—¡Claro que sí! —ella eleva la voz. —Te verás muy afectada cuando suceda, Isabella. ¿No lo entiendes?
¿Ahora resulta que quiere ser una buena samaritana y advertirme de no sé que peligro?
….Setenta y dos, setenta y tres, setenta y cuatro…
Respira, Isabella.
—Tú no tienes el mismo dinero que él —me dice. Su voz deja de tener ese sentimiento amable y se vuelve llena de veneno. —Tú no eres igual de importante, no podrás defenderte si algo pasa.
…Ochenta y cinco, ochenta y seis…
En algún momento va tener que cerrar la boca.
—Yo me preocupo por ti, Isabella —insiste. —Necesito que me escuches para que sepas a lo que te enfrentas.
…Noventa y siete, noventa y ocho… Se va a callar, ¿verdad? ¡Se tiene que callar!
—Sé que en este momento Christian se comporta como un caballero. —dice, sus ojos me miran con lastima. —Yo ya lo viví. En este momento, te va a consentir, comprara todo por ti, va a pagar una cantidad excesiva de dinero que no vales, y…
… Noventa y nueve… ¡Cien!
Ya basta. Alguien sáquela de mi vista. No quiero seguir escuchando sus idioteces.
—¿Terminaste? —la interrumpo bruscamente. Ella me mira con los ojos muy abiertos. —No quiero ser grosera y dejarte hablando sola, pero, de verdad tengo que irme.
¡Me urge ir al baño!
—T-te estoy haciendo un favor, Isabella —coloca la mano en su pecho, como si la estuviera ofendiendo.
—No quiero escucharte, Anastasia —gruño. No tengo necesidad de soportar esto.
—¡Pero debes hacerlo! —me toma de los hombros. —Cuando las cosas sucedan, nadie va a ayudarte, Isabella, nadie te va a creer. Solo yo.
Muy bien, plan B.
—Anastasia, en primer lugar, ¡suéltame! —le ordeno con un gruñido. Ella lo hace al instante. —En segundo lugar, tienes dos minutos para decir lo que sea que tengas que decir. Después de eso, no te escucharé más.
Asiente frenéticamente. Yo tomo un par de respiraciones muy profundas para prepararme mentalmente para los siguientes y eternos dos minutos de mi vida.
—Christian no es lo que tú piensas —me dice cautelosa. —No es el hombre que tú crees.
Bueno, es momento de poner el plan B en acción.
Anastasia, hay dos reglas que son importantes para la convivencia básica del ser humano. La primera; nunca te metas con una mujer enamorada. La segunda; nunca te metas con una mujer loca.
¿La situación aquí?
¡Yo estoy loca y enamorada!
—¿No es el hombre que creo? —pregunto cautelosa. Anastasia asiente lentamente. —¿Estas… estas intentando decirme que es… algo más de lo que aparenta?
—¡Si, eso trato de decirte!
Y así, la estúpida muerde el anzuelo.
Me quedo callada unos segundos, finjo que estoy moviendo el hámster en mi cabeza a máxima velocidad.
—Entonces… —balbuceo con dramatismo. —Me estás diciendo… No, no. No puede ser.
Anastasia continúa moviendo su cabeza de arriba a abajo. Abro mis ojos al máximo, un jadeo sale de mi garganta al mismo tiempo que mis manos suben a mi boca para cubrirla, mi cabeza se sacude de un lado a otro, negando frenéticamente.
—¡¿Christian es un sireno?!
—¡Si! —chilla ella. —¡No! ¿Qué dijiste?
—¡¿Y ahora que voy a hacer?! —pregunto con dramatismo. —¿De dónde voy a sacar un tanque de agua? ¡¿Dónde lo voy a poner?! La Escala no es tan grande.
—P-pero… —escucho su voz, pero yo sigo con mis cavilaciones.
—¿Cómo voy a usar tanta agua sin que sea sospechoso? —pongo una mano en mi barbilla. —La señora Jones me va a regañar si dejo la llave abierta. Hay que ser eco-friendly. ¿Saldrá muy cara la factura del agua?
Comienzo a caminar de un lado a otro.
—E-espera… Isabella —Anastasia trata de hablar, pero no es mi plan dejarla hablar. Ella ya dijo demasiadas estupideces, ahora me toca a mí.
—¡Uff! Ahora tendré que pedirle a Christian que compremos una casa cerca del mar —detengo mis pasos y la miro. —Espera, espera… ¿Pero es sireno de agua salada? ¿O de agua dulce?
Anastasia parpadea, abre la boca, pero no es capaz de decir palabra alguna.
—¡Claro! —me golpeo la frente con mi mano. —¡Pero que idiota! Por eso el otro día compramos sales para baño. Sabía que era extraño que siempre le pusiera a la tina.
—¡Isabella! —por fin logra hablar la idiota. —Te estoy hablando enserio.
—¡Yo también! —respondo en mismo tono. —Tener un novio sirena es algo muy delicado y serio, Anastasia.
Veo que ella frunce el ceño.
—¿Sabías que las únicas plantas que tengo son cactus? —pregunto. Ella niega lentamente. —¡Las demás se secaban!
—Bueno, tal vez no las cuidabas —dice pensativa. —A mi también se me llegaron a secar plantas, dime, ¿las regabas seguido?
—¡Oh no! —grito asustada. —¿Qué pasa si no riego a Christian lo suficiente?
—¿Qué demonios? —Anastasia da un paso hacia atrás. Retomo de nuevo mi caminar ansioso, doy dos pasos hacia la derecha, giro mi cuerpo y camino hacia la izquierda antes de volver a girar.
Aprovecho mis movimientos para mirar a nuestro alrededor, el baile continuo en su apogeo, las personas conversan, bailan y tienen su atención en cualquier otro lugar, nadie parece darse cuenta de nuestra extraña conversación, excepto una persona.
Casi se me escapa una sonrisa maquiavélica en los labios.
—¿Sabes cada cuanto debo regarlo? —la miro con urgencia. —¿Un vaso de agua normal será suficiente?
—¡Isabella! —Anastasia me grita con exasperación, molestia y frustración.
Yo guardo silencio, pero me deleito con la escena que está a punto de desarrollarse. Anastasia eligió el peor momento para gritarme, eligió el momento preciso en el que Angela salía del baño. La vi cuando se abrió la puerta unos segundos antes, mi amiga también me vio y por supuesto a mi acompañante. El grito de Anastasia solo la puso alerta y lo suficientemente cabreada.
—¿Qué carajos sucede aquí? —pregunta a un metro de nosotras.
Angela, te amo.
Rodeo a una Anastasia confundida, corro con mi amiga, mis manos se colocan en sus brazos y la miro directamente a los ojos. Le grito con la mirada que me siga la corriente.
—¡¿Lo sabías?! —pregunto histéricamente pero manteniendo mi tono bajo. —¿Lo sabías? ¡¿Sabías que Christian es un sireno de agua salada?
—¿No se llama "Tritón"? —Angela pregunta. —Según sé, a la contraparte masculina de la sirena se le llama "tritón".
—Ah —asiento, pensativa. —Pero, ¿Tritón no es el papá de la sirenita?
—Sí, hablamos de mitología, sí, lo es —asiente mi amiga. —Pero realmente era el dios que controlaba las profundidades del mar. Ya sabes, el descendiente de Poseidón y Anfítrite.
Mis manos sueltan sus brazos, caen a un costado de mi cuerpo, pero nos seguimos mirando, absorbiendo la información que acabamos de compartir.
—Creo que… "Sireno" sonaba mejor —hago una mueca.
—Ahora, —Angela exhala. —¿De qué carajo me estás hablando?
—Pues, ahora resulta, que tengo que comprar sal por toneladas —me quejo como niña pequeña. —Eso sí quiero que ahorremos un poco para poder compensar la factura de agua.
—¿Sal de grano grueso? ¿Grano fino? ¿Yodada? ¿Marina? ¿De mesa? —Angela pregunta, su cabeza se inclina y sus ojos se entrecierran.
—La de grano grueso es más barata —digo para mi misma. —Pero la de grano fino se parece a la del mar.
—Si —asiente mi amiga. —Pero… ¿Eso qué carajo tiene que ver con Christian?
—Christian es un sireno de agua salada —repito las palabras. —Digo, un tritón de agua salada.
—¿Qué mierda le dijiste? —Angela mira por encima de mi hombro, sé que Anastasia sigue allí de pie.
—Solo le dije que Christian no es lo que parece —se defiende la mujer a mis espaldas. Me giro para encarar a Anastasia.
—¡Me dijo que le salía cola de sireno! —chillo en tono acusatorio.
—¡Nunca te dije eso, loca! —Anastasia responde en mí mismo tono.
—Ah, cierto —me encojo de hombros. —Solo me dijiste que no es el hombre que yo creo.
—Ósea que es un sireno —Angela exhala con aceptación en sus palabras. —Un tritón, perdón.
—¿Verdad? —asiento.
—¡No puedo creer esto! —nuestra acompañante suspira con frustración.
—Ahora que lo mencionas, sí, tiene sentido —mi amiga habla, mirándome. —¿Es por eso que tiene el barco?
—No lo había pensado —respondo.
—¿Alguna vez lo has visto en el mar? —Angela me pregunta con cautela. —¿Es decir, dentro del agua del océano?
—Pues, no.
—Escucha —mí amiga levanta las palmas de sus manos. —Yo solo digo que es sospechoso.
—Espera, ¿eso significa que Elliot también es un tritón? —jadeo. Angela levanta las cejas.
—¿Y si eso es el secreto? —Angela jadea.
—¿Secreto? —frunzo el ceño.
—Sí, ya sabes, el secreto familiar —mi amiga murmura. —Así como con los Cullen, que ellos eran…
—¡Ya entendí tu punto! —la interrumpo. Esta vez mi grito histérico no es fingido.
—¡¿Quieren callarse?! —Anastasia nos grita. Sus zapatos resuenan contra el piso cuando da un paso hacia nosotras.
—No —Angela y yo respondemos al unísono.
—¿Te das cuenta? —Angela gira su atención a mí. —Otro ser sobrenatural que te follas.
—No, no, no. Al primero no me lo follé —niego indignada. —¡Por eso se hacen los chismes!
—¡Estoy intentando decir que es un maldito abusador! —Anastasia grita con todas su fuerzas. Puedo sentir que todo a nuestro alrededor se detiene, las pocas personas que están cerca, se giran a mirarnos. Angela y yo fijamos nuestros ojos en la histérica mujer que está frente a nosotras.
—Ósea que no es un sireno —decimos al mismo tiempo.
—¡Olviden al maldito sireno! —Anastasia continúa con su arrebato. —¡Christian Grey es un maldito abusador de mujeres.
—¿De qué carajo estás hablando? —de nuevo, mi amiga y yo hablamos a la vez.
—Christian es un maldito manipulador, es posesivo, opresor, exigente, controlador y dominante —cada palabra que sale de su boca me causa una mueca. —Es un hombre violento y agresivo. ¡Es un puto sádico!
—Estás loca —sacudo la cabeza. —Christian no es eso.
—Obsesivo sí —Angela me dice. —Y controlador.
—Domínate también —digo en su dirección. Le guiño un ojo a mi amiga.
—¡¿Lo ven?! —Anastasia nos señala.
—Anastasia, a ver… —carraspeo incómodamente. —Sabemos que tu relación con él no terminó de la mejor manera…
—¡Entonces saben lo que me hizo!
—¿Te folló duro? —Angela le pregunta con incredulidad.
—¡Me golpeo! —grita, de nuevo. Las personas continúan mirándonos y eso solo aumenta mi incomodidad.
—¿Dónde te golpeó? —le pregunto.
Anastasia pierde rápidamente el valor que la llevó a estar gritando estas idioteces en plena gala.
—E-en el t-trasero —obliga a las palabras a que salgan de su boca.
Angela y yo simplemente la miramos. ¿Hace falta decir más?
—T-te estoy haciendo un favor, Isabella —vuelve a insistir. —¿No te preocupa que te lastime? ¿No tienes miedo de terminar en el hospital?
—Se necesita más que una follada dura para enviarme al maldito hospital, Anastasia —resoplo. —Yo no soy tan débil como tú.
—¡Te hará lo mismo que a mí! —me grita.
Es inevitable que me estremezca.
—Joder, espero que no —resoplo. Si me entero que me folla de la misma manera que lo hizo alguna vez con ella, voy a vomitarme sin importarme si ensució la carísima alfombra del cuarto rojo.
—Va a intentar manipularte —dice en un falso tono lastimero. —Luego, si no cumples a sus estúpidos caprichos va a golpearte. Va azotarte.
—Sí, ya lo hizo —digo. Me relamo los labios recordando su cinturón golpeando contra mi trasero. —Y después me folló como un maldito animal.
Escucho que ella suelta un jadeo escandalizado.
—¡Eres una pervertida! —Angela me da un empujón juguetón. —¿Estuvo bueno?
—Demasiado —gimoteo con diversión. —Quizás deba desobedecerlo más seguido.
—¡Maldita sea! —Angela se carcajea. —¡Eres una suertuda!
Mis ojos buscan a Anastasia, aún tiene una mueca de horror en su rostro.
—¿Sabes qué? Creo que iré ahora mismo a suplicarle que me tome allí, en el medio de la pista, delante de todos.
Angela ahoga con su mano su chillido de emoción. Lamentablemente, mis palabras causan una reacción en Anastasia también.
—¡Eres una maldita zorra! —me grita. Su tono es acusatorio pero también suena dolida y despechada. —¡Es tu culpa! Tú me lo quitaste, te metiste en nuestra relación y ahora te paseas de su mano como una maldita puta.
Respira, Isabella. Debes ser más inteligente que ella.
—Joder, Anastasia, no puedo creer que seas tan estúpida —pongo los ojos en blanco. Giro mi cuerpo de regreso para enfrentarla. —¡Tú lo dejaste!
—¡Me golpeo! —chilla. —Tu pareja no debe golpearte, eso no es amor.
Controlo mi impulso de poner los ojos en blanco. A mi lado, Angela ya está haciendo muecas de asco, desacuerdo y diversión por lo que está escuchando.
—Eras su sumisa, Anastasia —me burlo. —Te prometió intentarlo solo porque tú le prometiste lo mismo, él no quería más y tú lo obligaste.
Ella no tiene que saber que gracias a su insistencia, Christian descubrió que podía querer algo más que una relación interpersonal por contrato. Y por supuesto que no le voy a subir el maldito ego a Anastasia agradeciéndole por esa oportunidad.
—Yo… —la mujer delante de mí, da un paso hacia atrás, claramente acorralada.
—Maldita pusilánime —escupo con furia. —Desechaste a Christian como a una basura solo porque no podías soportar tener un poco de sexo duro.
Abre los ojos al máximo. ¿De verdad es tan idiota como para creer que yo no sabría los detalles de lo que sucedió?
—Si tanto querías tenerlo, pudiste hablar las cosas con él. ¡Mierda! Solamente tenías que dejar en claro lo que no querías hacer y él iba a respetar eso, él iba a quedarse a tu lado si eso era lo que tú querías —siseo sin controlarme. —¿Pero qué hiciste? Irte llorando como una maldita cobarde, dejándolo a la deriva y lidiando con mierda que ni él mismo comprendía.
Sus ojos me miran con molestia a través de la máscara plateada que en todo este tiempo no se ha quitado.
—Eso no es digno de una dama, Anastasia —Angela se burla.
—Tú cállate —le chilla a mi amiga.
—¿Te duele la verdad? —le responde Angela con una carcajada. —Tú vas por la vida difamando a las personas con mentiras. ¿Y yo tengo que callarme? No seas idiota, Anastasia, así no funciona.
—Christian no fue lo que tú quisiste, Anastasia —le gruño. —Y cómo estás dolida, tratas de lastimarlo. Lo demandas para obtener no sé qué demonios y por si fuera poco, tratas de cambiar la situación para que sea yo quien le haga daño.
—Solo tiene sexo contigo porque sabe que ya no puede tenerme —dice en tono presuntuoso y chillante. Hago una mueca de disgusto, ¿de verdad va a usar esa carta? —Yo puedo tenerlo de regreso en el momento que yo quiera.
¿Y esta idiota que se cree?
—Claro, claro —me carcajeo. —Me gustaría verte intentarlo.
Sacudo la cabeza, me preparo para darme la vuelta y dejarla hablando sola o lidiando con una muy molesta Angela. Todavía puedo retomar mi camino al baño.
—¡Christian no te quiere! —grita desesperada. —Solo te está utilizando.
—¿Apostamos? —embozo una sonrisa cínica. —Será divertido verte perder de nuevo.
—¿Eres ciega, Anastasia? —pregunta una voz conocida a mis espaldas. —¿O de verdad eres tan idiota?
—¿Disculpe? —la castaña jadea.
—El sol que brilla en los ojos de un hombre enamorado, cada vez que mira a su amor, es algo que no se puede fingir, Anastasia —responde la mujer. Se coloca a mi lado, una de sus manos toca mi brazo. —Y tú eras una idiota por decir que Christian no ama a Isabella.
Me obligo a mantener mi rostro en blanco, aunque por dentro la sorpresa me ha ganado. Supongo que, después de esto, puedo considerar dejar de usar la palabra "vieja" como un insulto hacia esta mujer.
—¿Q-quién es usted?
—Soy Elena —le responde a Anastasia. Se quita la máscara dorada con cuidado y ordena su cabello rubio. —Tú me conoces como la señora Robinson.
—La pedófila, sí, sé quién es —asiente la castaña, da un paso hacia atrás pateando su vestido plateado. Elena se ríe fríamente, las palabras no le hacen daño alguno.
—Sé lo que piensas de mí, Anastasia... Christian me lo contó —Elena se encoje de hombros. —Tuvimos innumerables conversaciones sobre ti, y debo admitir que estoy impresionada de tu descaro para venir aquí.
—Yo también fui invitada —reclama la castaña. —Tengo tanto derecho como ustedes de estar aquí.
—Estas aquí porque Grace es demasiado tímida como para retirarte la invitación cuando tuvo la oportunidad —Elena dice con lástima. —O porque es demasiado buena como para humillarte y dejarte en la calle.
—Si no le importa, señora —Anastasia bufa las palabras, —está interrumpiendo una conversación.
—No es verdad —digo yo. —Elena, querida, no interrumpes nada.
La mujer rubia me brinda una mirada cómplice.
—P-pero… ¡¿No sabes lo que esta mujer le hizo?! —me grita la castaña. Parece dispuesta a soltar otra letanía de palabras de una historia que ya sé y que no me interesa escuchar de nuevo.
—Enseñarle a follar —respondo.
—¡Abusó de él! —Anastasia me grita, de nuevo.
—Ah, sí, también eso —digo pensativa.
—¿De qué lado estas? —Elena gruñe en voz baja, pero mirándome.
—Del mío, es obvio —me encojo de hombros. —Aunque claro, no vamos a negar que una vieja como tú abusó de su posición, su amistad y su edad para aprovecharse de un adolescente.
—Eso que hiciste no está nada bien —Angela sacude su cabeza con decepción.
—¿Qué hay de lo que Anastasia le hizo? —Elena le pregunta.
—¿Yo le hice algo? —Anastasia suelta una irritante carcajada. —¡Él fue quien me hizo algo! ¡Me lastimó!
—¡Tú no lo viste esa noche, Anastasia! —Elena le ruge. —¡No lo viste cuando vino a mi buscando alguna explicación, o cuando Isabella lo encontró!
El recuerdo de esa noche agridulce me golpea. Christian recostado sobre la barra del Lounge en el medio de botellas y vasos vacíos, su cabello despeinado, las manchas negras debajo de esos preciosos ojos que estaban apagados, la marca de las lágrimas en sus mejillas.
Se me encoge el corazón.
—Yo nunca le he visto tan feliz, y es evidente que no eres tú quien le da esa felicidad.
—Mire, señora —Anastasia gruñe despectivamente. —Lo que sea que tengamos Christian y yo a usted no le importa.
—¡¿Estas escuchando a esta idiota?! —jadeo horrorizada, mis ojos buscan a mi amiga.
—Lamentablemente sí, si la escucho —Angela resopla.
—¡Christian y tú no tienen nada, Anastasia! —pongo los ojos en blanco. —¡Hazte un favor y grábatelo en esa cabeza hueca!
—¡Christian es mío! —chilla histéricamente.
—Si es tan tuyo, ¿porque te evita como la maldita peste? —inclino la cabeza y una sonrisa llena de burla se desliza en mis labios.
—Christian me quiere a mí —continua blasfemando. —Tú eres una más de ellas, una más de sus putas que cumplen con sus malditas prevenciones.
—¡Coger duro no es un maldito delito, carajo! —grito subiendo el tono de mi voz.
Ya no me interesa que alguien nos escuche, esta idiota tiene que centrar sus malditos pensamientos.
—¡Christian solo te usa porque cree que eso es lo que quiere! ¡Desde que esta pedófila lo tocó, él cree que eso es lo que necesita —Anastasia gruñe, desesperada y frustrada. —¡No te quiere, Isabella! ¡Tú solo eres una maldita distracción!
Mi movimiento es demasiado rápido para que ella lo anticipe. El único aviso que tiene es el sonido que mi mano provoca al estrellarse contra su mejilla.
—¡¿Acabas de golpearme?! —Anastasia me mira, atónita.
—¡Si! —le respondo levantando la cabeza y cuadrando mis hombros.
—¿No quedó claro? —Angela pregunta a mis espaldas. —El sonido fue bastante audible.
—¡Me golpeaste! —Anastasia repite.
—Dale otro, creo que no quedó claro —mi amiga me da un empujón.
—Si sigues diciendo esas estupideces, Anastasia, te volveré a golpear.
—Solo digo la verdad —solloza ella.
—¿Quieres a Christian? ¡Ve con él! —me cuerpo se mueve, mi mano señala en dirección a dónde el baile continua desarrollándose. —¡Corre! ¡Ve con él y dile todo lo que me has dicho!
—Lo voy a hacer —intenta sonar valiente. —Iré y hablaré con él.
—¡Adelante! No te detengas por mí —doy un paso atrás. —Ve, habla con él, llora, ruega, humíllate. ¡No me interesa! Pero te aseguro que voy gozar cuando él te mandé directo a la mierda.
—N-no —tartamudea. Ahora ya no está tan segura de tener la razón.
—¡Oh sí! Lo hará, te va a mandar al carajo ¿sabes porque Annie? —pregunto con falsa ternura. —Porque Christian me ama. A mí, a la zorra, a la puta, a la otra más del montón, a la distracción. Me ama a mí, solo a mí.
Siento mi espalda enderezarse y mi pecho inflarse cuando digo esas palabras.
—Así que más te vale usar el cerebro y dejar de ser una estúpida —gruño amenazante. —La próxima vez, el golpe no será tan suave.
—Dicen que tiene un buen gancho derecho —Angela asiente. —¿Quieres probar?
—Escúchame bien, Anastasia —Elena entra a la conversación. —Si vuelves a hacerle daño a Christian, iré a por ti, señorita. Y te aseguró que no te gustará, nada.
—Me sorprende su desfachatez, señora Lincoln —Anastasia levanta la barbilla, desafiando a la mujer. —¿Cree que no sé defenderme?
—No, no sabes —Angela y yo decimos en voz baja. Nos damos una mirada cómplice. Sé que ambas pensamos en el momento cuando se dio cuenta que había perdido en contra nuestra por el juicio del articulo y se puso a llorar como niña pequeña haciendo berrinche.
—Si viene a por mí, puede que le pague con su misma moneda, para resarcir al pobre chico de quince años del que usted abusó y al que probablemente destrozó aún más de lo que ya estaba.
—¡Uy! —Angela se inclina hacia mí. —Esto se puso bueno.
—¿Todo en orden? —preguntó en voz baja. Angela tiene su mano dentro delo escote de su vestido.
—¿Quieres? —saca una bolsa pequeña con dulces M s.
—¿Traías eso allí? —levanto las cejas. —¿Dónde lo conseguiste?
—¿Quieres o no? —pregunta de nuevo. Me encojo de hombros y extiendo mi mano para que me pase algunos. Ambas comenzamos a comer a la vez que nuestra atención regresa a la discusión de las dos ex amantes de Christian Grey.
—Pero que ingenua, niña. Yo soy lo mejor que pudo pasarle a Christian —Elena sentencia.
—¿Disculpa? —uno de los dulces se atora en mi garganta. —¿Qué carajo acabas de decir?
Miro incrédula a la mujer rubia y arrugada. Una sensación de indignación arde en mis entrañas y una descarga de adrenalina recorre mi cuerpo. ¿Qué idioteces está diciendo esta señora llena de arrugas?
—Por favor, Isabella. Debemos ser realistas —Elena me mira, masculla las palabras con arrogancia. —Yo lo hice quien es ahora.
—Eso es una estupidez —sacudo la cabeza.
—¡Míralo! —señala con su cabeza a espaldas de nosotras. —Es uno de los empresarios más ricos y triunfadores de Estados Unidos, equilibrado, emprendedor... El maldito amo del universo.
—Tampoco no hay exagerar demasiado —Angela murmura. —¡Por el dios tritón! No sé quién tiene el ego más grande, Elena o Christian.
—Sin mí, Christian no tuviera nada —Elena dice cual pavorreal apareándose.
—No, no. No me jodas —me rio secamente. —Sí, Elena, quizás le diste dinero que necesitaba en ese momento, pero todo lo demás es meritó de él. Además, era dinero de tu marido, no tuyo.
—¡No me jodas! —Angela se atraganta con sus dulces. —¡Le prestaste dinero de tu marido a tu amante! Uff, con razón tu esposo te dejó.
—Christian construyó esa empresa con su propia sangre, sudor y si acaso unas cuantas lágrimas —le reclamo a Elena. —El mérito es solo suyo.
—Christian tenía una tendencia autodestructiva de la cual yo lo salvé —Elena me responde. —Lo salvé de acabar en la cárcel.
—Le diste un propósito, eso es todo —me cruzo de brazos.
—Fue más que eso —repela la vieja, digo, Elena. —Le enseñé un estilo de vida. Le enseñé todo lo que sabe, todo lo que necesita.
—¿Qué mierda sabes tú de lo que Christian necesita? —le alego.
—¿Qué sabes tú de sus necesidades? —replica Anastasia.
Bueno, al menos esta vez estamos de acuerdo en algo.
—Él tiene necesidades... necesidades que tú, Anastasia, no puedes satisfacer en lo más mínimo —replica con arrogancia. —Isabella al menos lo intenta.
—¿El peróxido ya te dañó el cerebro? —siseo molesta de nuevo con Elena.
—Las dos son iguales —Anastasia escupe.
—¿Te acaba de decir vieja? —Angela jadea a mi lado. Yo ya estoy mirando con molestia a Anastasia.
—Por supuesto que no —Elena se cruza de brazos. —No importa cuánto se esfuerce Isabella, ella nunca será suficiente para Christian.
—¿De nuevo con esa mierda? —me quejo. Creí que ya había quedado claro en nuestra charla de más temprano. —¿Quieres hacernos a todos un gran favor y dejar de verlo como un adolescente de dieciséis años? ¡Ya no te necesita, Elena!
—¿Todavía crees que puedes seducirlo? —Angela bufa con diversión.
—Christian nunca estará con una mujer como tú. ¡No eres más que una pederasta enfermiza! —Anastasia le grita. —Te mereces estar en el séptimo círculo del infierno. ¡Vieja loca!
—¿De verdad la acaba de amenazar tan poéticamente? —Angela dice para si misma. Hay una extraña mueca de satisfacción en su rostro.
—¿Cómo te atreves a juzgar nuestro estilo de vida? —Elena gruñe. — Tú no sabes nada, y no tienes ni idea
—¡Sé a la perfección que usted es una vieja enferma que abusó de un niño de dieciséis años! —Anastasia la empuja.
—¡Oh Anastasia —Elena se carcajea. —Estoy segura que no te quejaste cuando Christian estaba follandote como yo le enseñé.
Un borrón elegante se cruza entre nosotras, un hermoso y caro vestido avanza hasta plantarse frente a Elena, la rubia mujer abre los ojos con alarma y terror, Grace levanta su brazo y le propina un fuerte bofetón en la cara.
—¡Oh, joder! —Angela, Anastasia y yo gritamos al unísono. Las tres nos echamos para atrás con un salto.
—Suéltame, estúpida —la empujo lejos de mí. —Tú no me abraces.
Anastasia me mira, nerviosa y asustada, pero asiente y se mantiene unos pasos lejos de mí. No es tanto como me gustaría, pero ya es un buen comienzo.
El silencio que nos rodea hace que me dé cuenta de hasta dónde se escuchó el impacto de la mano de Grace en el rostro de Elena. Toda la gala se ha paralizado por completo.
—¡Fuera de mi propiedad! —la voz furiosa e implacable de Grace nos sobresalta a todos. Sus ojos furiosos y amenazantes están mirando fijamente a Elena, que palidece bajo su bronceado de Saint-Tropez.
—Grace —intenta dialogar con ella la rubia mujer. —Déjame explicarte.
—¿Qué tengo que escuchar? —Grace masculla con los dientes completamente apretados. —Que yo te brindé amistad, te abrí mi casa, te ofrecí la calidez de mi familia y ¡tú pusiste tus asquerosas zarpas en mi hijo!
—Grace…
—Madre —la voz de Christian resuena a varios metros de nosotros.
—¡No, Christian! —Grace responde con un rugido furioso. —¡Ahora no!
—Christian —la voz de Elliot se escucha más suave. Por la esquina de mis ojos veo que está sosteniéndolo por los hombros, deteniendo cualquier movimiento que pueda hacer para alcanzar a su madre. —Hermano, si quieres mantenerlo pegado a tu cuerpo, no te muevas.
Christian intenta dar un paso hacia adelante, pero Elliot lo detiene, de nuevo.
—Hermano, piensa en Isabella —le dice. —Ella necesita que lo tengas en su lugar.
Casi me sonrojo cuando todos los ojos presentes, se centran en mí. Bueno, casi todos, Elena está atónita, sosteniendo su mejilla adolorida, parpadeando y mirando horrorizada a Grace que sigue con su mano en alto.
—Eres una maldita puta —Grace le dice con lastima. —Nunca creí lo que dijeron de ti, pero ahora…
—Yo lo salvé —Elena le dice tercamente a su, ahora ex, amiga. —Sin mi ayuda hubiera terminado en la cárcel, o muerto. Y lo sabes, Grace.
El cuerpo de Grace tiembla.
—Vete —le sisea. —Sal de mi casa ¡ahora!
Elena coloca sus ojos sobre mí, pero no dice ninguna palabra. Camina lentamente unos pasos hasta quedar delante de Anastasia, mirándola fijamente a través de la máscara que la morena tiene puesta.
—Recuerda mis palabras, Anastasia —le escupe venenosamente. Anastasia traga pesadamente.
Tras esas palabras, Elena mira fugazmente a su alrededor antes de dar el primer paso hacia la entrada, rápidamente cruza toda la carpa del baile y se desaparece bajo la atenta mirada de todos nosotros. Es un alivio que la prensa que estaba presente al inicio de la gala ya haya desaparecido, el único presente es el fotógrafo que la familia contrato particularmente.
Casi en cámara lenta, Grace se vuelve despacio en dirección hacia Christian, y un tenso silencio cae sobre el lugar mientras madre e hijo se miran fijamente.
—¡No! —Angela lloriquea de la nada. Me sobresalto y la miro. —¡Mis M s!
Mi atención sigue su mirada lastimera, mis ojos observan el suelo bajo nosotras, alrededor de sus pies están esparcidos los chocolates que mi amiga estaba comiendo como si fueran palomitas de maíz.
—Es lo mínimo que esa mujer se merece —Anastasia dice interrumpiendo el silencio.
—¿Ahora eres valiente? —Angela le dice con una mueca. —¿O sigues siendo increíblemente estúpida?
—Estúpidos todos ustedes —Anastasia sonríe dulcemente con demasiado sarcasmo.
—Cierra la boca, Anastasia —digo yo. Ya no tiene porque empeorar esta situación.
—Soy la única valiente por hacer que finalmente los crímenes de la señora Lincoln se descubrieran —Anastasia suena muy feliz. Se gira y me señala con su manicura mal hecha. —Tú lo sabías y no te importó, nunca trataste de denunciarla.
—Es una jodida chismosa —mi amiga gruñe entre dientes.
—¿Lo sabías? —Grace se gira para mirarme.
Maldita seas Anastasia. Maldita seas.
—Sí, Grace —muevo mi cabeza en un gesto afirmativo. —Christian me lo contó cuando nos conocimos. Me contó todo de él.
Los ojos de Grace brillan con entendimiento.
—¿Por qué no dijiste nada —Anastasia me reclama. Pongo los ojos en blanco.
—No dije nada porque no es mi historia para contar, es suya —sentencio. —No haré nada que Christian no quiera. No voy a lastimarlo como acabas de hacer tú, Anastasia.
Grace mira de nuevo a su hijo. La pobre mujer está experimentando una montaña rusa de emociones.
El resto de la gala comienza a moverse de nuevo, por supuesto que las personas están comentando respecto a la situación, pero al menos ya no tenemos tantos ojos fijos en nosotras.
—Lo único que acabo de hacer es exhibir a una pederasta —se defiende ella encogiéndose de hombros. —Yo soy valiente por hacerlo y no quedarme callada como tú.
Sacudo la cabeza, negándome a responder a su terquedad.
—¿Cuándo vas a hablar, Isabella? —Anastasia intenta provocarme. —¿Cuándo vas a decir que Christian abusa de ti?
—Aquí vamos de nuevo —exhalo. Angela suelta por lo bajo un colorido repertorio de maldiciones.
—¿Qué? ¿Qué dijiste? —Grace salta delante de Anastasia. Sus ojos están llenos de pánico y miedo.
—No, Grace. No le creas —me apresuro cerca de ellas. Mi mano se coloca en el brazo de la mujer mayos. —Christian nunca me ha lastimado. Él no haría eso.
—Oh, no me creas ahora —Anastasia suelta una risilla. —Deja que sea la audiencia en la corte y verás las pruebas. Christian también será exhibido como lo que es, un maltratador y abusador de mujeres.
—I-Isabella —Grace se gira hacia mí, alerta, preocupada. —¿D-de que está hablando?
—¿Por qué haces esto? —escupo la pregunta con horror. Anastasia se limita a mirarme fijamente. —¿Qué quieres? ¿Dinero?
—Por supuesto que quiere dinero —Angela bufa. —Sabes cuánto le gusta arruinar la vida de los demás, pero no lo hace gratis. Siempre busca obtener algo de beneficio.
—¡Eso no es verdad! —Anastasia grita tercamente, su zapato da un golpe contra el suelo. —¡Yo quiero a Christian!
—Ponte en fila —Angela pone los ojos en blancos. —Vas detrás de la vieja arrugada que acaba de irse. Supongo que detrás de todo Seattle.
—Demandar a alguien no se considera una muestra de amor, Anastasia —le reclamo a la morena que continua con su berrinche.
—¡¿Demanda?! ¿Cuál demanda? —Grace pregunta. Yo muerdo con fuerza mi lengua. En mi espalda, siento unos ojos fríos y alarmados, sé que es Christian quien me mira fijamente.
¡Soy una idiota! Grace no tenía idea de la demanda, ella no sabía nada de eso, Christian nos ordenó a Elliot, Angela y a mí no hablar del tema para que nadie más supiera sobre la situación.
Mierda, mierda. Lo arruiné.
—Isabella… —Grace tira insistentemente de mi brazo. Sus ojos me suplican que le diga la verdad. —¿Cuál demanda?
—Anastasia demandó a Christian hace algunas semanas —le digo evitando a toda costa la mirada que mi novio está brindándome a distancia. —Abuso doméstico, violencia en noviazgo, entre otras cosas, estoy segura que incluye… abuso sexual.
—¡¿Qué?! —Grace jadea horrorizada. Sus manos suben, una cubriendo su boca y la otra sosteniendo su corazón.
—Anastasia cree que… —intento explicarle.
—¡Yo no creo nada! —me interrumpe. —Estoy segura de mis palabras y de los delitos de los que estoy acusando a Christian.
—¡Carajo, Anastasia! —grito furiosamente. —¡Ya te lo he dicho: Follar duro no es un maldito delito, no es un puto crimen y no es un pecado como quieres hacer que parezca!
—No, no, no —Angela me pellizca. —¡Ya te exhibiste!
—¡No me importa! ¡Estoy harta de que esta idiota cabeza hueca no deje ir sus malditas ideas puritanas sobre el sexo! —le grito. —¡Lidiar con un virgen en el pasado fue suficiente!
—Pues, adelante, entonces —Angela me suelta.
—Anastasia, las personas normales tiene sexo, ¡Y por montones! —le grito gesticulando con mis manos.
—Tampoco no exageres —Angela protesta. —No todas las personas tienen sexo por montones.
—Las personas normales tienen muchísimos fetiches, unos más normales que otros, tal vez —me encojo de hombros. —Pero el punto es que, las personas tenemos deseos, sueños húmedos y ganas de hacerlo de cierta manera… ¡Y no es un puto delito!
Anastasia me mira, abre la boca con la clara intención de decir otra estupidez para seguir haciendo un drama incensario. Pero yo ya he perdido los estribos, ya no hay tiempo para hacer respiraciones tranquilizantes o para intentar salvar la poca dignidad que me queda.
—¡Si a ti no te gusta que te azoten el culo, lo dices y no lo vuelves a hacer! ¡Y ya está! —grito tal vez más alto de lo que debería. —No por eso haces un maldito desastre legal.
—Espera, espera —Grace sacude su cabeza. Es obvio que está confundida y mareada con la situación. —No lo entiendo.
Tomo una respiración muy profunda.
—Grace, con anticipación te pido perdón por las siguientes palabras que saldrán de su boca —Angela me señala.
—¡Christian es un puto dios del sexo! —grito exasperada. —¡Está muy bien dotado, sabe usarlo y coge como un maldito semental! ¿Tiene fetiches? ¡Sí! ¿Sabe usar un maldito látigo? ¡También! ¿Me quejo? ¡Joder, claro que no!
—Jodida presumida —mi amiga se carcajea.
—¿T-todo esto es por sexo? —escucho a Grace preguntar. La ignoro, lidiaré con mi suegra más tarde.
—Si a ti no te gusta, Anastasia —miro directamente a la castaña. —¡Pues vete a la mierda! Consigue alguien a quien le guste el sexo vainilla y déjanos a los demás follar como unos malditos animales.
Termino mi discurso con la respiración agitada, la boca seca, los hombros subiendo y bajando rápidamente y con las inmensas ganas de ir al baño de regreso.
—Ahora, si me disculpan señoras, ¡debo ir al baño! —grito lo último. Me giro furiosamente y miro a la multitud curiosa que ahora está repleta de expresiones de asombro, diversión, picardía y ¿orgullo?
Sacudo mi cabeza y me abro paso entre las personas que bloquean mi camino. Voy decidida a cumplir mi misión de hace ¿minutos? ¿Horas? No lo sé, pero estoy segura que esta vez nadie me va a impedir llegar al baño.
Empujo la enorme puerta de madera y rápidamente entro al cubículo. En el medio de la conversación, la discusión y todo el drama que ha causado la presencia de Anastasia en esté baile, había olvidado por completo la urgencia que tenía por llegar al baño.
La paz llega a mi cuando al fin logro que mi vejiga sea completamente vaciada.
—Juro que si pasaba un minuto más… —siseo para mí misma. Un suspiro me atraviesa.
Salgo del cubículo sintiéndome revitalizada, pongo mi atención en el enorme espejo que acompaña al enorme y elegante lavabo de varios espacios. Camino hasta ese lugar analizando mi reflejo, ningún cabello se ha movido, mi maquillaje sigue intacto, mi apariencia sigue tal cual llegue a la gala, pero mi estado de ánimo no. Mis emociones y sentimientos son un maldito caos.
Abro el grifo, el agua fría se desliza por mis manos otorgándome una sensación tranquilizante. Lavo mis manos, uso el exceso del agua para mojar mis brazos y mi pecho con la esperanza de refrescarme, aunque funciona excelente para despejar la nubosidad que hay a mi alrededor. Mi respiración ha vuelto a ser tranquila y regular.
Miro mi vestido, me aseguro que todo siga en su lugar, no puedo darme el lujo de lucir desalineada, no después de todo el vómito verbal que acabo de soltar.
Es inevitable que finalmente me alcancé la realidad, la dimensión de lo que hice, no, no, la dimensión de lo que dije allí, en la carpa que simula el gran salón de baile.
¡Mierda!
¿Acabo de exhibirme? Si. ¿Me importa? No mucho. ¿Acabo de exhibir a Christian? Si. ¡Joder! Acabo de exhibir a Christian.
—¿Qué mierda hiciste, Isabella? —me pregunto, incluso yo puedo escuchar el tono histérico en mi voz.
—¡Carajo! —gimoteo. —¿Qué hiciste, Isabella?
¿Qué hice? No pensar. Eso es lo que suelo hacer siempre.
Ahora Grace sabe que Anastasia demandó a Christian. Ahora, toda la familia Grey sabe que Christian y yo cogemos como conejos. ¡Ahora la mitad de Seattle sabe que Christian Grey es un fetichista cuando se trata de sexo!
¡Oh! Y que sabe usar un látigo.
¡Eres una idiota, Isabella!
—Christian estará molesto —me estremezco con ese pensamiento. —Va a estar jodidamente encabronado.
¿Puedo arreglarlo?
Sin duda ya es tarde para salir y decirles a todos los presentes que mis palabras fueron mentira. Eso solo empeoraría las cosas ¿verdad? Además, todos ellos presenciaron como Grace golpeo a Elena, estoy segura de que varias personas escucharon la pelea de Anastasia con Elena y se encargaron de que el resto lo supieran. ¡Todos ellos escucharon mis palabras!
—Bueno, ya es tarde para arrepentimientos —me digo a mi misma. —Se una niña grande, Isabella, sal y enfrenta lo que sea que suceda.
¡No tengo otra opción!
—Vamos, tú puedes. —ridículamente me doy una palmada en la espalda.
Cuadro los hombros, miro por última vez mi reflejo en el espejo antes de obligarme a caminar. Llego de nuevo a la puerta del baño, la cruzo y salgo de regreso al pasillo donde fui abordada por Anastasia, me siento perdida por un momento, el déjà vu de lo que acaba de pasar me paraliza a medio camino.
A lo lejos, veo a una Angela furiosa e irritada discutiendo con Anastasia.
Hago una mueca, ¿aún no termina esto?
Giro mi cabeza buscando a Grace, no está por ningún lado. Estiro mi cuello para buscar a Christian al interior de la carpa del baile, pero tampoco está por ningún lado. Si mis suposiciones son correctas, ahora mismo están hablando.
¡Oh joder! Esto es realmente malo. Grace ahora sabe muchos secretos que Christian se ha esforzado en ocultarle a través de los años.
Las personas comienzan a venir en mi dirección, lanzándome miradas indiscretas, sabía que esto pasaría, estaba preparada para esto así que no me afecta en lo absoluto, estoy acostumbrada a que me miren de esa y mil maneras más. Analizo mis opciones; sé que necesito moverme de aquí, pero cruzar el nuevo el pasillo en dirección a la carpa del baile no es una opción, al menos no mientras mi amiga continúa despotricando contra la otra mujer. Volver al interior del baño tampoco es una opción, no seré una cobarde.
Sacudo mi cabeza con fuerza.
Observo que a mi izquierda hay un pasillo similar al que estoy de pie, es probable que ese conecte con el exterior de la carpa. Esta es la opción que tomaré, entrar al salón de baile por otro lado y deslizarme cerca de Elliot. Quizás pueda encontrar alguna entrada algo más discreto, quizás la entrada que supongo ha usado el personal de servicio para ir y venir a la carpa.
Muevo mis piernas dando pasos en dirección al otro pasillo, necesito ser rápida, ágil y discreta.
—¿Cuánto duró, Christian? —la voz de Grace llega a mis oídos.
Freno en seco mis movimientos, estoy tan solo a unos cuantos pasos de llegar a la salida de la carpa. Christian y su madre están al exterior, en el jardín, están hablando sobre los recientes acontecimientos.
Es inevitable que la curiosidad llene mi cuerpo. No es correcto espiar una conversación, no es correcto escuchar a mi novio y su madre discutir de la ex amante de uno y la amiga del otro. Pero, de todos modos, lo hago.
Me muevo cuidadosamente hasta el borde de la carpa, el material aun cubre mi cuerpo otorgándome el perfecto escondite. Afuera, continua la conversación, pero no alcanzo a escuchar la respuesta que él da a la pregunta.
—¿Qué edad tenías cuando eso comenzó? —Grace pregunta en voz baja. Apenas y logro escucharla.
De nuevo, no escucho a Christian.
—Christian Trevelyan Grey —el siseo furioso de Grace casi me hace saltar y exhibirme. Aprieto los labios para mantenerme en silencio.
Christian algo sisea, pero es demasiado bajo como para escucharlo. Escucho un par de murmullos provenientes de la mujer, luego algunos de él, pero no logro comprender con exactitud lo que dice.
—Sí, ya puedes sentirte avergonzado —habla Grace, es demasiada notoria su molestia. — ¿Cuánto tiempo duró? ¿Cuánto tiempo nos estuviste mintiendo, Christian?
Silencio de nuevo.
—¡Que me lo digas! —insiste la mujer.
—Varios años —el siseo de Christian llega a mis oídos.
—¡Años! ¡Años! —Grace grita sobresaltándome, de nuevo. —No puedo creerlo. Esa hija de puta…
Mis ojos se abren al máximo. La doctora Grace Trevelyan Grey, la mujer siempre tan propia y educada está usando un repertorio de groserías bastante generoso esta noche.
—Esa maldita... Y pensar en todas las veces que ha estado aquí…
El lamento de Grace se escucha ahogado, como si tuviera sus manos en el rostro o como si Christian estuviera abrazándola.
—Mamá… —Christian habla apenas audible. — No es lo que piensas.
—Ni se te ocurra, Christian —le gruñe su madre. —Sé perfectamente lo que escuché Que esa... mujer…te enseñó a follar.
Esta vez no me sorprenden sus palabras. Garce está repitiendo la palabra que Elena y yo utilizamos antes en la agitada conversación que tuvimos.
Aunque, es inevitable que mi estómago se revuelva. Es nuestra culpa que Grace se esté expresando así.
—Sé que pasó algo cuando tenías quince años —la voz de Grace suena ausente, lejana y perdida. — Fue ella, ¿verdad? La razón por la que de repente te calmaste y te centraste.
—Mama... —la voz de Christian suena consternada y preocupada.
— Ay, Christian —un nuevo lamento. — ¿Qué te hizo?
La respuesta de Christian es inaudible para mí.
—Me he emborrachado con esa mujer, la de noches que le he abierto mi corazón. Y pensar…
Otro gemido lastimero.
—Mi relación con ella no tiene nada que ver con su amistad, mamá.
—¡No me vengas con tonterías, Christian! —Grace grita. —Esa mujer abusó de mi confianza. ¡Abusó de mi hijo!
Se le quiebra la voz de nuevo.
—Mamá… yo no lo viví así.
Aprieto mis puños con fuerza. Definitivamente este es un tema que me tiene dividida; por un lado, comprendo a Grace, su dolor por su hijo y su pesar por la situación. Pero por el otro lado, comprendo a Christian, él necesitaba control en ese momento, y lo consiguió.
Cuando te sientes perdido y sin control, haces cosas estúpidas. Eso lo sé demasiado bien.
En el exterior de la carpa, dónde se desarrolla la conversación. Se escucha un golpe hueco.
—¡Ouch! Mamá, eso dolió —se queja Christian.
¡¿Grace acaba de golpear Christian?!
—No encuentro palabras, Christian —Grace continua. —¿Qué hice mal?
—Mamá, tú no tienes la culpa.
—¿Cómo? ¿Cómo empezó todo? —Grace pregunta. —¡No! Espera. No quiero saberlo.
—Mamá...
—¡Maldición, Christian! —Grace grita de nuevo. —Mi mejor amiga se estaba tirando a mi hijo delante de mis narices y yo nunca me di cuenta.
Escucho un bufido proveniente de Christian.
—Mamá... Lo hecho, está hecho —intenta calmar a su madre. —No me hizo daño.
Grace dice algo, pero no alcanzo a distinguir las palabras. El silencio se apodera del exterior, haciéndome creer que la conversación ha terminado.
—¡Oh por Dios! —Grace jadea audiblemente. Mis alarmas se encienden al escuchar su tono de pánico. —¡No, no, no!
—¿Qué sucede? —Christian pregunta como si leyera mi mente.
—¡Oh no! Dime que no es verdad —suplica. —Si lo es... juro que iré a buscar el viejo revólver de tu padre y mataré a esa zorra.
—Mamá, no entiendo —Christian se queja.
—¡Por supuesto que es cierto! —Grace continúa divagando. —Escuché lo que ella dijo, escuché lo que Anastasia dijo. ¡Isabella también lo dijo!
Carajo. Ya se habían tardado en mencionarme.
—Mamá...
—Sé que Elena tiene gustos... muy exóticos, Christian.
La comprensión llega a mí. Sí, yo también mencioné algo relacionado a ese tema.
—Solo era sexo, mamá —Christian murmura apresuradamente.
—No quiero oír los detalles sórdidos, Christian —Grace suplica. —¿Qué clase de mujer le hace eso a un crío de quince años? Es asqueroso, repugnante y obsceno.
Christian no le responde.
—¿Qué dirá tu padre? —Grace pregunta. —Debe estar furioso en este momento.
—Yo hablaré con él —Christian promete.
—¡Fuimos tan tontos! Sabíamos que había ocurrido algo, cambiaste de la noche a la mañana…y nosotros permitimos que...
Grace comienza a sollozar, de nuevo.
—No, mamá. —Christian la interrumpe —Papá y tú no son tontos. Ustedes hicieron todo lo posible por ayudarme, ustedes me salvaron.
Grace continúa llorando, de nuevo ese sonido ahogado que me da pistas de que Christian está abrazando a su madre.
—Ay, Christian. —suspira la mujer. —No has comprendido, ¿verdad? ¿Sabes por qué estoy disgustada?
—No lo sé, mamá. ¿Porque no lo sabías? ¿Porque es amiga tuya?
—Estoy molesta porque abusó de ti, cariño. Esa mujer abusó de mi niño, de mi hijo al que yo juré proteger y no pude hacerlo —Grace le explica cariñosamente pero su voz está rota. —Fallé como tu madre.
—No —Christian niega con voz atormentada. —No has fallado, mamá. Tú me quisiste cuando nadie más lo hizo.
Una lagrima cae por mi mejilla, mis dientes muerden con fuerza mi labio para ahogar el sollozo que amenaza mi garganta.
—Te mereces todo el amor del mundo, hijo. Es muy fácil quererte. Siempre ha sido así.
—Mamá —Christian susurra y se rompe. Sus sollozos llegan a mis oídos, taladrando hasta mi corazón. Madre e hijo lloran al exterior, en el jardín. Ajenos a todo el caos que aun sucede aquí dentro.
—Ahora, respecto a lo que dijo Isabella —Grace habla con voz más clara.
Al escuchar mi nombre, mis lágrimas se regresan hasta mis ojos. Ahora soy yo el centro de su conversación y eso dispara en mí la ansiedad.
—Isabella lo sabe todo, mamá —Christian habla pausadamente. —No puedo tener secretos con ella. No quiero.
—Eso me queda claro —dice risueña la mujer. —Isabella es encantadora. Es una jovencita valiente, sensata, trabajadora, inteligente sin duda. Además, que su edad es más apropiada.
Sonrió tímidamente. Escuchar a Grace decir eso de mí causa una calidez en mi interior.
—Isabella es más de lo que merezco, mamá —Christian habla. Ahora su voz es calmada. —Pero no puedo perderla. No quiero.
—Has cambiado, hijo. Y esta vez estoy tan agradecida que sea Isabella quien esté probando un cambio en ti —Grace suspira. —Desde que la conociste, te has vuelto más abierto, cariñoso, comprensivo y empático. Sonríes, bromeas, bailas, incluso cocinas.
Escucho la risa grave de Christian.
—Cocinar es un reto. La tostadora todavía me odia —comenta entre risas. Grace lo acompaña con su risa y yo sonrió en silencio. —Pero, no importa. No si a ella le hace feliz.
—¿Eres feliz, hijo? —Grace pregunta con seriedad.
—Lo soy — responde él con certeza. —Isabella me hace más feliz, mamá. Me hace sentir cosas que nunca imaginé que fuese posible.
—Esas enamorado, Christian.
—Si —acepta él. Una sonrisa se posa en mis labios.
—Es maravilloso cuando encuentras a alguien con quien puedes ser completamente tu —Grace dice soñadora. Supongo que está pensando en Carrick. —Eso incluye los látigos y el sexo como animales.
—¡Madre! —Christian jadea, yo siento el calor acumularse en mis mejillas. Grace se carcajea.
—No los juzgo, Christian —Grace le dice. —Son dos adultos. Y como dijo Isabella, si ustedes lo han hablado y ambos están de acuerdo con eso, entonces está bien.
—Fue completamente inapropiado que Isabella dijera esas cosas —Christian gruñe. Tengo que darle la razón, fue estúpido que dijera todas esas cosas.
—Entonces... —Grace se aclara la garganta. —¿Cual látigo recomiendas más?
—¡Mamá!
—¡Oh, por favor, hijo! —Grace resopla. —¿Tú crees que tu padre y yo somos unos santos? Por supuesto que sabemos portarnos mal
Esta es mi señal para huir.
Un escalofrió recorre mi espalda. No quiero, no debo escuchar detalles de la vida sexual de mis suegros. Otro escalofrió. Maldición, esto me gano por estar escuchando conversaciones ajenas.
Me giro rápidamente para volver por donde vine.
—¡Sawyer! —chillo demasiado alto, mi cuerpo salta y mi corazón late desembocado en mi pecho. No esperaba encontrarlo unos metros detrás de mí.
Miro por sobre mi hombro, me aseguro de que mi grito no haya delatado mi ubicación. En el exterior, en el jardín, no es visible ningún movimiento. Regreso mi rostro para mirar a Sawyer.
—S-señora —me da un asentimiento avergonzado. El rostro del hombre esta complemente rojo. Levanto una ceja.
—¿Estabas escuchando a hurtadillas, Sawyer? —pregunto burlonamente.
El hombre me da una mirada acusatoria.
—No, señora.
—Bien —asiento. —Yo tampoco. ¿Estamos claros?
Lo observo fijamente, retándolo a que vaya de chismoso y le cuente a su jefe que estaba escondida escuchando la conversación. Sé que Sawyer es inteligente, él sabe tan bien como yo que evidenciarme será exponerse él también y a ninguno de los dos nos conviene.
—Si, señora —asiente rápidamente.
—Bueno —señalo con mi cabeza el pasillo. —Volvamos a la fiesta.
Sawyer se hace a un lado para dejarme el paso libre. Retomo mi caminar con calma, escucho sus pasos viniendo detrás de mí, como ya es usual, finjo que este hombre no está siguiéndome, que no tengo una sombra moviéndose al mismo tiempo que yo. Regreso por el pasillo, el bullicio comienza a aumentar de volumen indicándome que estoy cerca de encontrarme con más personas.
Me muevo en calma, pero con seguridad, finjo que nada ha sucedido, que no estaba husmeando en la conversación de mi novio y mi suegra.
—¡¿Y sabes qué?! —escucho a Angela.
Doy un respingo.
Aquí vamos de nuevo.
—¡Eres una estúpida! —mi amiga continúa gritando. —¡Eres una inmadura, cobarde y mimada!
Doy vuelta por la esquina del pasillo justo a tiempo para ver a mi amiga manotear en el aire gritando esas palabras a la cara de Anastasia. A su lado está un muy pálido Elliot.
—¡Eres una vilorda que todo quiere conseguir en la mano! —Angela grita con frustración —¡Una estólida que solo llora cuando las cosas no resultan a tu favor!
Por lo bajo se escucha un sollozo.
—¡¿Ves?! —Angela dice con frustración. —¿Porque carajos siempre lloras, Anastasia? ¡No tienes cinco malditos años!
—Es que no sé qué significan esas palabras —el sollozo de Anastasia se intensifica.
—Que eres una tonta, insensata y perezosa que con tal de conseguir lo que quiere se la pasa jodiendo la vida de los demás —traduzco las palabras de mi amiga.
Anastasia da un salto al escucharme, se gira y me mira con los ojos llorosos, mantengo mi rostro impasible y detengo mis pasos al costado de Angela.
—Olvidaste berrinchuda y llorona —mi amiga se inclina hacia mi oído, no hace ningún esfuerzo por susurrar las palabras, se encarga que la mujer frente a nosotras la escuche.
—Ustedes siempre consiguen todo. El artículo, el reconocimiento, el empleo soñado, el hombre de ensueño, el maldito dinero. ¡Ustedes lo tienen todo! —la voz chillona de Anastasia taladra mis oídos. —¡Yo no tengo nada y no es justo!
—¿No es justo? ¡¿No es justo?! —Angela bufa. —Tienes razón. ¡No es malditamente justo que, por tu culpa, Isabella y yo siempre tengamos que humillarnos!
—P-pero, es que... yo... —Anastasia intenta hablar.
—¡Si! ¡Tú! ¡Es tu maldita culpa, Anastasia! —Angela golpea el piso con el tacón de su zapato. —¡Si no fueras tan codiciosa, egoísta, terca y tonta, no estaríamos aquí!
Anastasia continúa llorando. Elliot nos mira, se limita a pasear su vista de un lado a otro. Más tarde le preguntaré el origen de esta conversación, o al menos los detalles que me perdí.
—Nos jodiste la vida a nosotras —gruño, mis pies dan un paso amenazador en dirección a la mujer. —Jodiste la vida de los Grey, jodiste a una familia completa. Jodiste vida de Christian, ¡tres malditas veces!
—¡Yo no hice eso! —se queja. —La primera vez me salvé a mí de sus abusos y los estúpidos látigos. Ahora, acabo de salvarlo, le quité de encima a la anciana pederasta que lo controlaba y lo obligaba a lastimar a las mujeres.
—¡¿De verdad?! ¿Eso crees? —Angela preguntas con una mueca de asco en su rostro.
—¡Por supuesto! —asiente frenética. —Ahora, Christian puede dejar ir todo eso. Con la demanda, acabo de mostrarle que todo lo que él conocía, está mal, la señora Robinson ya no está, ya no puede controlarlo. Solo es cuestión de tiempo antes de que atrás todo maligno y perverso que tiene en su vida, y venga a mí.
—Es... es... —Elliot balbucea mirando perplejamente a la mujer que acaba de decir demasiadas idioteces.
—Es increíble lo que una persona incróspida como tú puede llegar a expresar con una sola respiración —murmuro asombrada.
—Es increíble lo que el complejo de salvadora puede llegar a causar —Angela murmura, pensativa y divertida por lo que acaba de escuchar.
—Es increíble que pienses y creas en esas estupideces, Anastasia —la voz grave y furiosa de Christian nos sobresalta a todos. Viene caminando hacia nosotros con pasos firmes y feroces.
—Christian —la castaña suspira soñadoramente.
Christian me mira mientras se coloca a mi lado, quedando de frente a la mujer que lo mira como un ciego que mira la luz por primera vez. Hago una mueca. Esto no me gusta, no quiero que Anastasia lo mire, no quiero que le hable. No quiero que se acerque a él.
—No necesito lastima, compasión o misericordia, Anastasia. —Christian escupe entre dientes.
—Christian, yo se que no es tu culpa —la mujer intenta negociar. —Pero, debes comprender que lo que haces, no es sano, no esta bien.
—Soy un ser humano, cometo errores, la cago y luego lo arreglo —se encoje de hombros. —Así es como funciona.
—Aun puedes cambiar, Christian. Dejar todo eso atrás, aun puedes salvarte, ser mejor.
—No necesito ni quiero que me salven. Suficiente son las sesiones con mi terapeuta para lidiar con la mierda en mi vida. No te necesito, Anastasia.
—¿Y que hay de todas esas mujeres? ¿De todo lo que hiciste con ellas? —ahora Anastasia le reclama. –¡¿Qué hay de mi?!
La furia se dispara por mis venas.
¿Qué se cree? ¿Quién carajos es ella para venir a reclamarle a él sobre sus relaciones pasadas?
—No he lastimado a nadie, no soy un puto monstruo. Todas, incluyéndote a ti, fueron relaciones adultas, seguras y consensuadas de mutuo acuerdo —el hombre gruñe. —Todo lo que hicimos, o no, fue consentido.
—¡Me golpeaste, Christian! —chilla en un tono muy agudo.
—¡Te azotó! ¡Te a-zo-tó! —explotó. Ahora soy yo quien esta gritando. —¡Si no cierras la maldita boca seré yo quien te golpee!
—Tranquila, fiera —Elliot me rodea la cintura con su brazo. Me doy cuenta que me he lanzado hacia adelante, dispuesta a golpear a la mujer.
—¡Suéltame! —le gruño al rubio. Él me ignora por supuesto.
—Sabias que podía detenerme, carajo Anastasia, sabias qué solo una palabra bastaba para que me detuviera —Christian la acusa. —Así que no vengas ahora a tratar de culparme y a ponerme cómo la peor escoria de este mundo. ¡Porque no lo soy!
—P-pero Christian —balbucea la mujer castaña, su fingido pesar me produce nauseas —Yo solo quiero…
El cobrizo la interrumpe.
—No necesito a una mujer que quiera arreglarme, ya pago suficiente dinero para eso —Christian sacude la cabeza. —Si crees que puedes salvar a alguien, sobre todo a un hombre, es mejor que vayas y te arregles a ti misma. Esas acciones hablan más de ti que de mí.
—¿Y ella? —pregunta con desdén. Sus ojos desenfocados y ocultos por la máscara se fijan en mí. —¿Isabella qué es?
—Isabella es mi novia, mi pareja, no es mi sumisa —responde él con demasiada seriedad. —Ella no quiere cambiarme, no quiere arreglarme o salvarme. Ella es diferente.
Anastasia parpadea, abre y cierra su boca pero no emite ninguna palabra.
—Vamos, cariño —Christian se gira hacia mí. Su rostro continuo tenso pero sus ojos son dulces. —Ya casi empiezan los fuegos artificiales.
Elliot me suelta para que Christian puedo rodearme con sus brazos. Veo qué el movimiento de Elliot causa una reacción en Angela, el rubio también tenía sujeta a mi amiga con firmeza.
Una sonrisa se desliza en mis labios, no era la única con unas terribles ganas de lanzarme y golpear a Anastasia.
—Vamos —insiste Christian. Instintivamente mi cuerpo se relaja contra él.
Los cuatro nos giramos, caminamos lejos de la castaña qué esta temblando ligeramente por la molestia.
—¡Yo soy buena para ti! —grita a nuestras espaldas. Todos bufamos al mismo tiempo. —¡Yo soy lo que necesitas!
Christian se detiene y sin soltarme se gira para mirar a la mujer que continua con su drama.
—Nunca lo comprendiste. No comprendes Anastasia, nunca lo hiciste —sacude su cabeza, el tono de su voz es decepcionado y resignado. —No sabes lo que necesito, o lo que yo quiero.
—¡Christian! —grita ella con desesperación. Ya no sabe que hacer, o que decir. Sus opciones se están acabando.
—¡Solo quería que te quedaras, Anastasia! —el cuerpo de Christian vibra a la par que el grito sale de su garganta. —Si te quedabas a mi lado estaba dispuesto a dejarlo todo, a dejar de ser quien soy solo para convertirme en lo que tú querías. ¡Te habría dado flores y malditos corazones! Pero te fuiste, me dejaste y ahora ya me vale un carajo lo que sea de ti y de tu vida.
—¡Christian! —vuelve a gritar la mujer. Está vez se desgarra la garganta en el proceso. —¡Eres un idiota! ¡Te vas a arrepentir, lo juro!
—Basta, Anastasia —ordena él. —Ya no quiero escucharte. Si tienes que arreglar algo, lo haremos en la audiencia.
Christian no espera respuesta, gira su cuerpo llevándome consigo, obligándome a dar la vuelta y caminar a su lado para alejarnos de la mujer que sigue gritando.
—¡Christian! —continúa. —¡Isabella no es lo que crees! ¡Es una maldita arpía, usurpadora y puta que solo te va a llevar a la perdición!
El cuello de Christian truena, su cabeza se gira lentamente cual personaje en película de terror. Es claro que está enojado, no, no, Christian esta jodidamente encabronado.
—Anastasia —la voz suave pero tensa de Grace se escucha al fondo del pasillo. La mujer viene caminando, firme, decidida, con los hombros cuadrados, la espalda recta y la barbilla en alto.
—¡Oh, Grace! —la morena suspira con alivio. Es como si creyera que una heroína ha llegado a salvarla.
Anastasia camina hasta la mujer con las manos estiradas intentando tocarla, pero es recibida por la mano de Grace estampándose en su mejilla.
—Que cínica —murmura la mujer mayor.
—¿G-Grace?
—Vienes a mi casa con una invitación que ya no te corresponde; Armas un alboroto arruinando públicamente el baile que tanto esfuerzo nos costó —hago una mueca. Yo fui testigo de lo mucho que este evento significa para la familia Grey, y el arduo esfuerzo que significa que todo salga perfecto. —Exhibes y lastimas a mi familia; Insultas a mis nueras difamándolas con los peores adjetivos posibles.
Esas últimas palabras me sujetan con fuerza al piso donde me encuentro de pie. Escuchar a Grace referirse a mí como su "nuera" por primera vez, me ha tomado desprevenida, sin mencionar que la manera en la que me está defendiendo causa que una ola de gratitud, orgullo y respeto se instale en mi cuerpo, Angela a mi lado luce similar pese a que su relación con Elliot es "inexistente".
—Demandas, acosas y dañas a mi hijo, después de haberlo herido, lastimado y abandonado como si de una basura se tratase. —Grace pronuncia las palabras con dolor y pena.
Es inevitable que mi mano se sujete con firmeza a la mano de Christian. El responde el gesto, tomándome con más fuerza, sosteniéndome como si fuera su ancla para afrontar este tsunami que se avecina sobre nosotros.
Anastasia no habla, no sé mueve.
—¿Y todavía buscas compasión en mí? —Grace sacude la cabeza. —¡Qué descarada!
—T-tú me invitaste, Grace —consigue decir Anastasia. Su mandíbula está trabada por el dolor de la cachetada que ha recibido.
—Ese es un error qué voy a arreglar en este momento.
Anastasia se estremece.
—¡Sawyer! —Grace eleva su tono de voz. Su cabeza se gira ligeramente, pero sus ojos no se desprenden de Anastasia. —Se amable conmigo, por favor. Ayúdame a escoltar a la señorita Steele hasta su auto.
—¡¿Qué?! —Anastasia jadea.
Por la esquina de mis ojos veo a Sawyer moverse de mis espaldas, mientras camina, sus ojos se fijan en su jefe realizando la pregunta en silencio. Christian asiente case imperceptible, pero es suficiente para confirmar la orden que se ha dado.
—Si, por supuesto, señora Grey —mi guardaespaldas asiente. Continúa moviéndose, caminando hasta colocarse a un costado de Anastasia.
—P-pero… G-Grace, por favor —Anastasia balbucea, suplica, jadea desesperada por conseguir algo, migajas de compasión por lo menos.
—Sé que Christian y tú aún tienen un problema legal y audiencia en desarrollo, pero te lo advierto, Anastasia, si vuelves a acercarte a mi o a mi familia no dudare en tomar acciones —Grace sisea seca pero firme. —Ahora, sal de mi casa.
Es inevitable la sonrisa que busca instalarse en mis labios. Grace acaba de amenazar a alguien con tomar acciones en represaría a las acciones en contra de su familia, pero, estoy segura de que esas acciones no son del todo "éticas".
—Señorita Steele —Sawyer la sujeta por el brazo con una mano, con la otra señala hacia un costado.
—¡No! ¡No me toques!
—Por aquí, señorita —Sawyer insiste de nuevo sujetando con más fuerza el agarre en el brazo femenino, su rostro es tranquilo, fingiéndose ajeno a las quejas de la mujer.
—¡Suéltame! —Anastasia chilla histéricamente, sacude su cuerpo intentando zafarse del agarre que tira de ella. —¡Déjame! ¡Suéltame idiota!
—Taylor —Christian eleva la voz. No hace falta que se gire a buscarlo, es suficiente su orden silenciosa y el movimiento de su cabeza en dirección a donde está el ingreso a la carpa del baile, la misma donde está la entrada a la propiedad.
Taylor actúa al instante. Se mueve hasta colocarse del otro lado de Anastasia sujetándola del otro brazo, con firmeza ayuda a Sawyer a arrastrarla lejos de nosotros. Ellos se aseguran de moverse por el costado de la carpa que ya ha sido casi evacuada en su totalidad por los asistentes, supongo que se han movido para ver el espectáculo de fuegos artificiales que se llevara a cabo en el jardín.
Ninguno de nosotros se mueve, continuamos mirando fijamente a la mujer que se retuerce y grita mientras es obligada a caminar. Finalmente los perdemos de vista.
—Vamos, niños —Grace se gira hacia nosotros, su rostro es el mismo de siempre, dulce y tranquilo, aunque sus ojos son tristes y preocupados. —Vamos al jardín.
No hay reacción de nuestra parte.
La miramos como si en cualquier momento fuera a explotar y a comenzar a regañarnos a todos. Lo que ha pasado hoy no es un tema sencillo de dejar atrás.
—Hablaremos de esto después —exhala. Nosotros asentimos.
Toma a Christian por un brazo, a Elliot por el otro y jala de ellos para que caminen a su lado, es obvio que Angela y yo caminamos a la par de cada hermano Grey. El trayecto al jardín es eternamente largo y tenso, todos tenemos mil emociones pasando por nuestras mentes en este momento.
— Christian — llamo su atención mientras caminamos. —Acordamos que no habría más secretos.
Sus pobladas cejas se unen al centro de su frente. Tengo claro que Grace, Elliot y Angela me miran con curiosidad y preocupación.
—Isabella… —intenta hablar Christian, su voz se corta.
—No tienes que seguir ocultándolo —digo lo más neutra que puedo. —Ya lo sé todo, y quiero decirte que no me molesta.
—Tienes que estar jodiendo —Angela bufa y desvía su rostro para que no sea evidente que quiere soltar una carcajada.
—Estoy dispuesta a que nos mudemos si eso hace las cosas más sencillas para ti, Christian —continúo con mi sermón.
—¿Cariño? —Christian me mira, confundido.
—Se cómo funciona todo eso, ¿sabes? Ya sabes, he andado con un vampiro antes... —me encojo de hombros. —Las criaturas sobrenaturales realmente no me asustan. Bueno, no todas.
Christian me mira con pánico, luego mira a su madre con horror. Grace se limita a mirarnos con confusión y diversión.
—Isabella…
—Cierto, que bueno que me lo recuerdas —Angela dice forzadamente. Sus ojos buscan a Elliot. —Oye…Te voy a preguntar algo y quiero que seas honesto conmigo.
—¡Sí! —Elliot grita con júbilo. Su cabeza asiente frenéticamente. —¡Si me quiero casar contigo!
Es inevitable la carcajada que brota de mis labios.
—¿Qué demonios? —Angela jadea con horror.
—¡Podemos ir mañana al registro y solicitar la licencia de matrimonio! —Elliot continua parloteando sobre sus planes de boda.
—¡Espera, espera! —Angela lo detiene. —¡Eso no es lo que quería preguntarte!
—¿No? —la decepción del rubio es evidente.
—Quiero que seas honesto conmigo —Angela repite. —¿Eres un sireno?
Elliot junta las cejas.
—Tritón —aclaro yo. —El término correcto es tritón.
—¿De dónde sacaste eso, querida? —Grace está luchando para no reírse.
—Anastasia estaba diciendo algunas idioteces de agua, sal y tritones —mi amiga se encoje de hombros. —Bella y yo supusimos que ese era el secreto oscuro de la familia Grey.
—Sé que todas las familias tienen uno —digo yo. —Unos son magos o hechiceros, otros son lobos, otros son vampiros
—¿Ustedes son sirenos? —Angela pregunta con seriedad.
—Por ti, nena, seria Batman —Elliot dice con voz seductora.
El resto de nosotros, nos reímos después de escuchar su dialogo de la película "Shrek". Elliot sonríe brillantemente.
Llegamos hasta el jardín, nos colocamos en el gran espacio entre la carpa y el embarcadero donde los demás asistentes de la fiesta ya se han reunido para contemplar los fuegos artificiales. Mis ojos se pasean por la multitud, hay demasiadas personas, demasiados rostros, demasiados ojos, algo no está bien.
Observo al embarcadero donde dos pirotécnicos vestidos de negro están haciendo los últimos preparativos. Aunque son ajenos a mí, su presencia me está poniendo nerviosa.
Instintivamente mi cuerpo se recuesta contra Christian en busca de protección.
—¿Estas bien, cariño? —me pregunta. —¿Tienes frio?
—No, estoy bien —le respondo.
Christian me coloca delante de él, rodeando mi cuerpo con sus brazos.
—¿Aun no vuelven Taylor y Sawyer? —pregunto.
—No, aun no —responde él. Su cabeza se gira mirando en dirección a la entrada de la propiedad. —Supongo que las cosas deben haberse puesto… difíciles.
Yo asiento.
El maestro de ceremonias se coloca hasta el frente de todos los presentes, su silueta y el sutil sonido del micrófono hacen que la atención se coloque sobre él.
—Damas y caballeros. Quiero agradecerles por hacer posible que esta noche sucediera, además, es gracias a ustedes que esta… peculiar… velada fue llevada a cabo —a nadie nos pasa desapercibido el tono que usa para decir esas palabras. Sabemos que se refiere a los sucesos causados por nosotros. —Su generosidad ha alcanzado la cifra total de… ¡dos millones, trescientos cincuenta y tres mil dólares!
Un estruendoso aplauso brota de nuevo. Yo sigo a las demás personas, aplaudiendo y jadeando por la sorpresa de escuchar esa cantidad de dinero. Busco con mí mirada a Angela, que tiene los ojos y la boca abiertos por la misma sorpresa.
De repente el sonido es interrumpido por los compases de una pieza clásica retumban en el embarcadero y dos cohetes se elevan en el aire, estallando con una detonación ensordecedora sobre la bahía e iluminándola por entero con un deslumbrante conjunto de chispas naranjas y blancas que caen como una lluvia luminosa sobre el lugar.
Más cohetes se elevan sobre nosotros, mis ojos los siguen sin querer perderse detalle alguno, con la boca abierta contemplo como estallan causando que el cielo se llene de luces y colores.
Un jadeo se escapa de mi boca, seguido de una carcajada de felicidad.
Me inclino para mirar a Christian, está mirando al cielo, sonriendo y jadeando emocionado como un niño maravillado con el espectáculo que sus ojos están viendo. Me estiro y beso su mandíbula, eso lo hace mirarme a mí.
—Es maravilloso —le digo. Él asiente, sus brazos me rodean con más fuerza mientras deposita un beso en mi coronilla.
Regresamos nuestra atención al cielo, las explosiones siguen llenando mis oídos y las luces continúan maravillando mis ojos.
No recuerdo haber visto nunca una exhibición pirotécnica tan impresionante, nunca una tan perfecta y ambientada con música. La bahía y el embarcadero se iluminan de azul, morado, rojo, naranja, rosa y al blanco, los fuegos artificiales estallan al ritmo de la musca.
Cada explosión de colores causa una exclamación de admiración de parte de la multitud. Cada estruendo de los cohetes hace que mi corazón salte al interior de mi pecho. Mi cuerpo se estremece, mi respiración se detiene, mis ojos se cierran con fuerza, el estruendo de escucha y mis ojos se abren de nuevo para mirar el espectáculo solo para que el ciclo se vuelva a repetir.
Miro al alrededor, miro a todas las personas que están disfrutando del espectáculo como si yo no estuviera allí, sus ojos están fijos en el cielo, pero a la vez siento que me están mirando a mí. Todos ellos son ahora rostros conocidos, pero a la vez, son extraños que ahora saben demasiado de mi vida.
Mi cuerpo comienza a temblar.
—¿Estás bien? —escucho la voz de Angela por encima del bullicio de la gente, suena lejana. —¿Bella?
—¿Está todo bien, cariño? —la voz de Christian habla en mi oído. Eso me trae de regreso a la realidad.
—Sí. Bien —respondo. Me aclaro la garganta. —Yo... Creo que el humo de la pólvora está afectándome.
—Taylor también está sufriendo —asiente. —Creo que ha envejecido cien años por culpa de los fuegos artificiales
—¿Ya volvió? —jadeo aliviada. Estiro mi cabeza para buscarlo, necesito verlo para sentirme tranquila.
—Sí. Está del otro lado —dice sin señalar a algún lugar en especial. —Sawyer aun está… lidiando… con la situación.
—Bien —asiento. —¿A Taylor no le gustan los fuegos artificiales?
Christian niega con la cabeza. Mi cerebro me lanza la respuesta, Taylor es ex militar.
—Lo siento —digo apenada y aun jadeando.
Christian me mira con cariño pero no dice nada más.
—¿Segura que estás bien? —Angela vuelve a preguntarme. Sabe que algo no anda bien conmigo.
—Yo… necesito salir del humo —le digo con urgencia. —Siento que me estoy ahogando.
—Vamos adentro de la casa —propone Angela. —Podemos terminar de ver el espectáculo desde allí.
—Yo puedo ir —le digo. —Tú quédate aquí a terminar de ver el espectáculo.
—Voy contigo —Christian dice.
—Puedo ir sola, tranquilo —intento sonreírle. —A Taylor le va a dar un ataque si tiene que seguirnos a través de la gente mientras siguen sonando los fuegos artificiales.
—No voy a dejarte sola —frunce el ceño.
—Lo más seguro es que me encuentre a Sawyer en el camino —me encojo de hombros. —Será más fácil para ellos.
—Yo voy contigo —Rhian aparece a mi lado. —Yo también me estoy ahogando con el humo.
—Tranquilo, Christian —Jhon inclina su cabeza. —Desde aquí podemos verlas si entran en la casa.
—¿Eso quieres? —Christian se gira y me mira. Puedo ver el debate que tiene en su interior, quiere que esté segura, la multitud ha aumentado su ansiedad después de los hechos de la gala, pero sé que va a doblegarse con lo que yo le diga.
—Si, eso quiero —sentencio. —Alcánzame en la casa cuando se termine el espectáculo, ¿está bien?
—Bien —asiente.
—Vamos, Rhian —le digo a la mujer. Ella asiente, me alcanza y comienza a caminar a mi lado.
Recorremos el camino de regreso a la carpa que funcionó como salón de baile, actualmente y por la aglomeración en el jardín, es nuestro camino más directo a la casa.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta. —No me refiero solo a la gala, sé que han pasado varias cosas en tu vida últimamente… ¿Cómo te sientes con todo eso?
—A veces me sobrepasa —confieso. —Hace un par de meses yo no tenía mucho. Solo debía preocuparme por mi trabajo, por mis cuentas y por mi misma. Ahora tengo un puesto más impórtate en el trabajo, tengo un auto que cuesta probablemente todo mi sueldo de cinco años y ahora tengo un proyecto de un restaurante.
Rhian suelta una risa despreocupada.
—Lo estás haciendo bien con el restaurante —me anima. —Sabes lo que quieres, la remodelación está sucediendo rápido gracias a eso y el concepto del restaurante ya era llamativo, tú solo lo vas a potencializar. Va a estar bien.
—Eso espero —gimoteo. —Esto es una prueba, Rhian. Necesito probarme a mí misma que yo puedo hacerlo, necesito demostrarle a Christian que mi testarudez es porque sé hacer las cosas por mi misma.
—Él lo sabe —me dice con cariño. —Christian se contiene de hacer muchas cosas porque sabe que tú eres capaz de resolverlo, querida.
—Lo sé, pero aun así, sé que él está evaluando cada decisión que tomo respecto al proyecto —suelto una risa seca. —Tener a un exitoso empresario revisando mis proyectos, es angustiante.
—Así son los inversionistas —se burla. —Les gusta meter sus narices donde no los llaman.
Ambas nos reímos.
—¿Estas más tranquila? —me pregunta en voz baja. Ya hemos llegado al salón de baile, lo estamos cruzando en busca de alguna otra salida para ir en dirección a la casa.
—Sí, gracias por acompañarme —suspiro con vergüenza. —Lamento que te pierdas el espectáculo.
—No te preocupes —me calma. —Las aglomeraciones y yo no somos tan amigas. Yo también necesitaba alejarme un poco.
—No sé qué me pasó —sacuda la cabeza. Mis oídos zumban y mi cabeza da vueltas. —De repente dejé de respirar.
—Es normal, creo —dice ella. —Todo lo que sucedió esta noche te sobrepasó.
Escucho la música, los estruendos y el bullicio que proviene del embarcadero. Mi ansiedad vuelve a elevarse.
—Si eso creo —acepto sus sospechas.
Rhian no dice nada más, toma mi brazo y camina a mi lado en silencio. El sonido de nuestros zapatos resuenan contra el piso, el eco de la soledad del salón crea cierto efecto espeluznante. Llegamos a la otra entrada de la carpa, la que está del lado contrario a la que usé cuando estuve escuchando conversaciones ajenas a hurtadillas, espero que esa salida nos lleve al jardín o al camino que nos acerca a la casa.
Rhian asiente a mi pregunta silenciosa de ir en esa dirección.
En el fondo de la salida, al final del pasillo hay una silueta vestida de negro. Rhian no hace ningún comentario, en silencio me encojo de hombros, quizás mi ansiedad está causándome alucinaciones. Continúo con mí caminar dispuesta a pasar a su lado, o quizás lograr que con mi presencia la alucinación se vaya, pero, la postura de la silueta de color negro cambia, se coloca con las piernas abiertas y los hombros cuadrados bloqueando completamente la salida.
Mis pasos se frenan. Esto no está bien.
—¡Oh! —Rhian exclama. —Se me cayó mi anillo.
Su cuerpo se gira, su movimiento obliga a mi cuerpo a retroceder. Rhian mira al piso, fingiendo que busca su anillo extraviado, hago lo mismo pero me aseguro de mantener a la silueta en mi campo de visión. Me encojo de hombros, Rhian da dos pasos hacia atrás, yo doy uno sin perder mi falsa actuación. Doy otro paso atrás, luego otro, cuando doy el tercero, la silueta da un paso al frente. —
Aclaro mi garganta. Rhian exhala. Quizás es coincidencia, quizás la persona está perdida como nosotras y le da pena hablar con nosotras. ¿Verdad?
—Quizás se cayó más atrás —Rhian habla temblorosa.
No hablo, doy rápidamente otro par de pasos hacia atrás y me giro sobre mis talones trayendo a Rhian conmigo. Ambas estamos más que dispuestas a volver por donde vimos.
Fingiendo que nada sucede, caminamos apresuradamente de regreso al salón de Nuestros zapatos siguen resonando por el suelo con cada paso que damos, mis cejas se juntan cuando noto que solo se escuchan dos pisada, no hay nadie más caminando con nosotras. Miro disimuladamente hacia atrás por encima de mi hombro para ver si la silueta está siguiéndonos.
No. Tampoco está al fondo donde la vimos por primera vez. Se ha ido.
Pero yo ya estoy alarmada, agitada y al borde del pánico, además, sería una estúpida si me detengo, o si me giro a investigar. Espero que Rhian no lo haga.
—Creo que quiero terminar de ver los fuegos artificiales —susurro. Mi acompañante asiente.
Nos seguimos moviendo por donde vinimos, ya estamos de nuevo a la mitad de la pista de baile. La meta es salir de nuevo al jardín, o al menos a una zona donde haya más personas y fingir una conversación amigable con alguien más, hasta que Christian, Jhon o alguien familiar vengan a buscarnos.
Puedo escuchar a lo lejos el bullicio de las personas que se vuelve más ruidoso, Rhian y yo soltamos la respiración al saber que estamos cerca de la multitud de personas. La sensación de seguridad me abraza cuando veo a un grupo de tres personas pasar el pasillo que conecta la construcción donde estamos con el jardín que lleva al embarcadero. Ese pasillo está casi frente a nosotras.
Ya casi llegamos. Si alcanzamos a las personas, podemos mezclarnos y llegar a salvo a donde Christian y Jhon nos esperan. Una vuelta nos separa del pasillo por el que las personas van caminado, una esquina nos separa del lugar actualmente mas concurrido, solo unos pasos más y estaremos bien.
Mis ojos se colocan en la mujer a mi lado, su expresión es de preocupación y nerviosismo. Ambas damos pasos y giramos al mismo tiempo para rodear la esquina del muro.
Algo duro y firme se coloca en mi camino, obligando a mi cuerpo a chocar y rebotar hacia atrás. El impulso me arroja de culo al suelo.
—¡Ouch! —me quejo.
—¿Estas bien? —Rhian pregunta alarmada.
—¡Carajo! —siseo. —¡Eso dolió!
—Lo lamento —escucho una voz profunda. Levanto mi vista solo para observar a una persona vestida en un traje negro. —Iba distraído y no te vi.
—Sí, ya lo noté —bufo.
—Disculpe —Rhian dice avergonzada. —Nosotras también íbamos distraídas.
Una risa profunda brota de la máscara de color blanco con dorado que cubre totalmente el rostro del desconocido. Me resulta vagamente familiar.
—De nuevo, te pido una disculpa —inclina su cabeza. Su voz suena ahogada por el material que cubre su rostro, pero aun así me resulta conocida. —Permíteme, te ayudaré.
Extiende su mano en mi dirección. Miro a Rhian que me mira con preocupación, mis ojos se desvían a la máscara, luego a la mano que está extendida en mi dirección como una invitación silenciosa, titubeante, acepto su ayuda. Tira de mi cuerpo hasta que estoy de pie, una de sus manos se coloca en mi cintura para ayudar a estabilizarme sobre mis zapatos.
—Gracias —carraspeo. Mi mano libre acomoda nerviosamente uno de los costados de mi vestido. —Yo… supongo que lo lamento.
—Eso espero —dice la voz.
Frunzo el ceño. ¿De qué carajos habla?
—Lamento haber chocado con usted —aclaro.
—En realidad, fui yo quien provocó el encuentro —murmura misteriosamente, sus palabras parecen tener un doble sentido, uno muy retorcido.
—Gracias por la ayuda —digo incomoda. Pongo una mano en su brazo, intento empujarlo para que me suelte. —Ya estoy de pie.
No hace ningún esfuerzo por alejarse, al contrario, su mano se desliza hacia debajo de mi cintura.
—Deberíamos volver —Rhian me mira, insistente. —Nos esperan.
—Es cierto —acepto. —Si me disculpa…
Doy un empujón con mi brazo para hacer que el extraño me suelte. Él responde haciendo su agarre más firme y fuerte.
Las alarmas en mi interior se encienden.
—Esta sería la segunda vez que me niegas tu compañía, Isabella —el hombre murmura con decepción.
—¿Me conoce? —levanto una ceja. Mi espalda continúa inclinándose para alejar mi torso y mi rostro del hombre que me sujeta.
—Por supuesto —se burla. —Un diamante en bruto como tú, es bastante reconocible.
En mi mente aparece un recuerdo, alguien llamándome de ese modo antes de que este hombre hiciera una puja para obtener un baile conmigo.
—Es el hombre de la subasta —digo con reconocimiento.
Una carcajada burlesca y siniestra brota desde el interior de la máscara.
—¿Así es como me recuerdas? —se ríe aunque la decepción en su voz me produce un escalofrió.
Me encojo de hombros.
—¿Tendría que reconocerte de otra manera? —siseo de manera soberbia. No sé quién carajos se cree que es, pero es obvio que esta es la segunda vez en mi vida que lo veo, o a su estúpida máscara.
—Una vez más me decepcionas, Isabella —murmura desdeñoso. —No me reconoces y tampoco me recuerdas.
Sacude su cabeza dramáticamente.
—Sí, es una pena —le restó importancia. —No suelo recordar a las personas que me parecen insignificantes.
Mis palabras lo toman por sorpresa. Uso esa pequeña oportunidad para zafarme de su agarre, doy un paso lejos de él y me coloco a un costado de Rhian que me mira con los ojos muy abiertos.
—Ahora si nos disculpa —empujo a Rhian del brazo, la obligo a comenzar a moverse, —debemos volver antes de que vengan a buscarnos.
—No, no —el hombre se mueve antes que nosotras, su cuerpo se interpone para bloquearnos el camino, tal y como lo hizo la silueta de hace unos momentos en la salida que íbamos a cruzar.
—Muévete —le ordeno.
—No puedes negarme tan pronto tu compañía, Isabella —me responde. No me gusta el tono que utiliza.
—Mi compañía no la merece cualquiera —escupo.
—¿Y por eso te vendes al mejor postor? —se burla siniestramente. —¿Por eso eliges venderte al que tiene más dinero?
—Si lo dice por la subasta… —hablo entre dientes pero no logro completar la frase, un par de manos me sujetan con firmeza y me empujan hacia un costado girándome en el aire.
Mi espalda se estrella con fuerza contra la pared y me obliga a sacar de golpe el aire de mis pulmones deteniendo mis palabras antes de que siga hablando.
—¡Isabella! —Rhian jadea. Mi cuerpo arde por el golpe, el hombre ignora mi quejido y el grito de mi amiga.
—Shh —el hombre coloca uno de sus dedos en mis labios. —La subasta solo demostró cuanto está dispuesto Christian Grey a pagarte porque seas su puta.
Mi mente aun da vueltas, pero logro comprender sus palabras. Lo fulmino con la mirada. ¿Este imbécil que se cree? Un par de ojos color verde pálido me observan a través de la máscara con una mezcla de desprecio y lascivia.
Miro rápidamente a Rhian, con mis ojos le digo que no se mueva, que estoy bien. Ruego porque el miedo que invade mi cuerpo en este momento no sea evidente en mis ojos.
—¿Y aun tienes el descaro de obligarme a competir contra ese noviecito tuyo, por tu atención? —el hombre pronuncia las palabras con un desprecio espeluznante que me revuelve el estómago.
¿Qué es esto? ¿Qué quiere? ¡¿Quién es?!
—¿Te pagó para que me humillaras? —gruñe. Sus manos me presionan contra la pared con más fuerza. —¿Te pagó para que me dejaras tirado en ese puto restaurante y te fueras a coger con él?
Es inevitable el escalofrío que recorre mi espina dorsal. El reconocimiento produce un sabor agrio y metálico en mi boca.
—Jack —jadeo ahogadamente. La poca sangre que me quedaba en las venas desaparece.
Una de sus manos me libera, sube a su rostro y retira la máscara que lo cubre. En sus labios se dibuja una sonrisa grotesca, sínica y peligrosa.
—Ya veo que si me recuerdas —ronronea.
Pongo los ojos en blanco.
¿Cómo olvidarlo? Renée y su obsesión por él no me permiten olvidarle.
—No sabía que estuvieras invitado a la gala, Jack —me obligo a entablar una conversación. Su mano en mi cintura está resultando dolorosa y si hago una maniobra para escaparme en este momento, solo resultará peor para mí. Si le sigo la corriente y seguimos hablando, quizás se calme lo suficiente para que me suelte.
—¿Por qué te sorprende? —pregunta. Su ceja se levanta. —¿Crees que yo soy un pobre diablo que no puede ser invitado a eventos de este tipo?
Su mano que estaba libre se estrella en la pared a un costado de mi cabeza. Doy un salto. A espaldas de él, Rhian suelta un chillido.
—Yo no dije eso —me apresuro a decir.
—¿Crees que solo tú puedes comprar un estatus en esta sociedad? —levanta ambas cejas.
—Yo no compré nada —sacudo mi cuerpo buscando alguno de sus puntos débiles para escapar. Necesito irme.
Jack suelta una profunda y escalofriante carcajada. Mi cuerpo se estremece, mi miedo crece.
—¿Y de la nada eres editora en jefe del periódico de la ciudad? ¿De la nada eres tú quien controla los medios? —se burla sarcásticamente. —¿De la nada eres parte de la socialité de Seattle? ¿De la nada tienes un novio con una cuenta de más de seis ceros?
Hago una mueca. No le voy a dar la satisfacción de saber esa información. ¡No es su maldito asunto.
—¿Por qué estás tan seria? —se ríe de nuevo.
—Quiero irme, Jack —anuncio. —Por favor, sé un caballero y déjame ir.
—Solamente estoy diciendo que, si vas a follar con alguien para avanzar, deberías hacer con alguien que te vuelva más lista, Isabella —su rostro se inclina para susurrarme eso al oído. —No solamente para volverte más rica.
Su mano suelta mi cintura, su cuerpo se hace a un lado y hace un gesto con su cabeza para que me vaya. Cuadro mis hombros y avanzo para alejarme de él.
—Vamos, Rhian —le digo a la mujer que ahora tiene un par de lagrimas en sus mejillas y cuyos ojos miran fijamente al hombre rubio.
—Si, v-vamos —mi acompañante asiente. Ambas avanzamos, la necesidad y urgencia de llegar al final del pasillo resultan sofocantes. Sé que no estamos muy lejos, el techo de acrílico que cubre el pasillo me permite ver el cielo que continua resplandeciendo por los fuegos artificiales.
—No corras —le digo lo más bajo que puedo. Sé que eso solo va a resultar en nuestra contra.
—¿E-estas bien? —pregunta temblorosa. No respondo.
Mis ojos se fijan en la siguiente esquina del pasillo. Una mano sujeta mi cabello tirando con fuerza hacia atrás, mi cabeza da vueltas, mi equilibrio falla enviándome de regreso al suelo, pero un cuerpo se interpone en el camino. Con demasiada rapidez, otra mano se me coloca sobre mi cuello, empujándome con fuerza contra la pared, de nuevo.
—¡Ah! —el grito desgarra mi garganta.
—¡Isabella! —el grito de Rhian se escucha demasiado lejos.
—¡Suéltame, maldito infeliz! —grito a pesar que mi tráquea está siendo presionada con fuerza. Una de mis manos se levanta hasta mi cuello, con mis dedos intento que me suelte mientras que con el otro brazo, intento golpear su codo con el movimiento que Charlie me enseñó para usar en estos casos.
—¡Suéltala! —Rhian se abalanza contra la espalda del hombre. Observo sus manos dar golpes y rasguños, el agarre en mi cuello se aprieta. Varios de sus golpes alcanzan a golpear el rostro de mi agresor.
—¡Estúpida perra! —ruge Jack.
—¡No! —grito con pánico.
El rostro de Jack girarse, mira a mi amiga con ojos asesinos. Con horror observo que el hombre estira su brazo, lo gira y enreda su mano izquierda en el cabello de Rhian, suelta un profundo rugido y con toda la fuerza que su brazo le permite, empuja el perfecto rostro de la mujer contra pared.
Jadeo al mismo tiempo que el chasquido llega a mis oídos.
Los ojos llorosos de la hermosa mujer me miran.
—R-Rhian —balbuceo lo más alto que puedo.
Su cuerpo se desliza. Con un sonido sordo, cae como si la gravedad no hiciera ningún efecto en ella, su cabeza rebota contra el frio suelo antes de dejar de moverse.
—¿R-Rhian? ¡Rhian! —grito, o lo intento. Mi cuerpo se sacude, intento alcanzarla, pero no puedo.
Mi cabeza se desprende de la pared solo para volver a ser golpeada contra la dura superficie. Mi quejido es armonizado por los leves quejidos de Rhian.
—¡Rhian! ¡Rhian, por favor! —continuo gritando, o gaznando como idiota. Rhian ya no se mueve, ya no se queja, sigue allí, en el piso.
—Tu amiguita no te escucha —se burla el hombre. —Ahora podemos estar a solas. Por fin te tengo a solas, Isabella.
La bilis sube por mi garganta, una arcada corta el poco aire que me queda. Mis pulmones arden, no puedo respirar pero quiero gritar, necesito gritar.
Christian.
Necesito hacer algo.
Christian.
Él puede ayudarme.
Christian.
—C-Chris… ¡C-Christian! —exclamo, jadeo, grito. Estoy desorientada, pero solo puedo pensar en él. Necesito que él venga a mí.
—Ese novio tuyo… —murmuran. Mis ojos se despegan del cuerpo inerte de Rhian. Jack está hablando, aun me tiene presionada contra la pared. Su cuerpo se recuesta contra el mío, usa una de sus piernas para presionar mis rodillas e inmovilizar mis piernas. —Tiene cierta reputación.
Su colonia empalagosa y dulzona invade mis fosas nasales, una nueva arcada me atraviesa, su aroma me resulta repugnante y el hedor a alcohol solo lo empeora.
—¿Es eso lo que te gusta? —se relame los labios.
"—Olía incluso mejor que tú. Perdóname, no quiero ofenderte, tú hueles francamente bien. Un poco floral, creo... —"
Hago el esfuerzo de sacudir mi cabeza. Este no es un buen momento para que esos recuerdos vengan a mi mente.
Jack me mira con interés. Sus ojos verdes se enardecen, recorre con una mirada lascivia mis labios, mi cuello y la piel de mi pecho que está al descubierto. Su mano se eleva, acaricia mi mejilla con la yema de sus dedos.
"Alzó luego la mano para acariciarme rápidamente una sola vez la mejilla con el pulgar, con expresión de curiosidad."
—N-no —intento gruñir. Su mano afloja ligeramente mi cuello, apenas lo suficiente como para intentar reabastecer mis pulmones. —N-no me toques.
Mi mano continúa luchando con su agarre en mi cuello, el dolor se está volviendo demasiado intenso pero no le voy a dar la satisfacción de verme débil. La mano que tengo libre, le da un manotazo a la suya que esta sobre mi mejilla.
Su mano cae. Una carcajada brota de sus labios.
—Isabella, Isabella —canturrea. Su mano se eleva de nuevo, acaricia mi oreja, mi mejilla de nuevo. —No sabes todo lo que me provoca verte en ese vestido.
"Entonces, sentí sus dedos fríos en mi garganta."
Su agarre en mi cuello se cierra aún más ¿es eso posible?
Ambas manos suben hasta la suya alrededor de mi cuello, intento con desesperación aflojar su agarre, mis uñas rascan mi piel, no puedo soltarme. Mis piernas intentan moverse pero él me tiene bien sujeta. Muevo mi pie, puedo usar el tacón de mi zapato como arma si tan solo consigo llegar a su pie.
—Mira lo excitada que estás —pega sus labios a mi oído, su lengua recorre el borde de mi oreja. Su mano libre baja recorriendo el borde de mi vestido, acaricia mi abdomen hasta mi vientre.
"Deseaba echar a correr con todas mis fuerzas, pero estaba paralizada. No era capaz siquiera de estremecerme."
Es inevitable que mi cuerpo se pegue aún más a la pared. No puede tocarme, no quiero que me toque. Sus dedos continúan bajando sobre la tela del vestido, llega a mi monte de venos y curvea la mano siguiendo la forma de mi cuerpo.
Las náuseas son inevitables.
"Ahora me sentía realmente mal. Supe que iba a ser doloroso, lo leía en sus ojos. No se conformaría con ganar."
—Me deseas, Isabella —su mano regresa hacia arriba, acaricia uno de mis pechos sobre mi vestido. —Admítelo, quieres que te posea.
Sus dedos mueven la tela, cuando su piel entra en contacto directo con mi piel, maldigo al mismísimo diablo por haber decidido no usar brasier hoy.
—E-estas… i-idiota —consigo decir. Mis pulmones arden, mi cabeza da vueltas, él cabrón sigue asfixiándome. Una de mis manos se estira para arañar su rostro, no logro mi cometido.
Sujeta mi muñeca, levanta mi brazo y lo estrella por encima de mi cabeza.
"El cazador retrocedió un paso y empezó a dar vueltas en torno a mí con gesto indiferente, como si quisiera obtener la mejor vista posible de una estatua en un museo. Su rostro seguía siendo franco y amable mientras decidía por dónde empezar."
—Puedo follarte y hacer que te vengas… como nadie lo ha hecho —jadea con voz ronca. No te desmayes, no te desmayes. —Nadie, Isabella. Ni siquiera él.
"Su amable sonrisa se ensanchó, y creció hasta dejar de ser una sonrisa y convertirse en un amasijo de dientes visibles y relucientes."
Mi vista se nubla, pequeños puntos aparecen en mis ojos. Sacudo la cabeza. No estoy dispuesta a dejarlo ganar. Mis piernas dejan de intentar moverse, dejo de luchar contra su mano que sigue presionando con fuerza mi cuello.
—Jack —digo en un hilo. Mi mano temblorosa sube hasta su nuca. Él sonríe triunfante, cree que voy a ceder. —E-eres un i-imbécil
Tiro de su cabello con toda la fuerza que puedo. Consigo doblarlo hacia atrás, su mano se afloja de mi garganta y consigo respirar por apenas un segundo, la posición de su cuerpo sobre el mío hace que me mueva con él, doblándome hacia un costado.
—¡Jodida puta! —ruge furioso. Me arroja contra el piso.
"Estaba demasiado aturdida para sentir el dolor. Ni siquiera podía respirar."
Mi cuerpo golpea el suelo, incluso siento que reboto un par de veces. Mis ojos buscan el cuerpo de Rhian, giro mi cabeza con tanta rapidez que los huesos de mi cuello crujen. Para mi alivio, mi amiga no está. Eso significa que estaba bien, o al menos lo suficientemente bien como para que su cuerpo lograra moverse y salir de este horrible pasillo. Espero que alguien la vea, que alguien le ayude y que vengan a buscarme.
"Le ignoré mientras gateaba de pies y manos en un intento de arrastrarme hasta la salida."
Alguien tira de mis pies. Con un movimiento giran mi cuerpo para que mi espalda esté recostada contra la superficie dura. El cuerpo de Jack aparece sobre mí, agazapado sobre mí cuerpo, como un cazador que ha derribado a su presa.
"Se abalanzó sobre mí de inmediato."
Mi pecho sube y baja con rapidez. Aun no puedo respirar.
Unas luces resplandecientes se roban mi atención. Mis ojos se colocan detrás de su cabeza, el espectáculo de fuegos artificiales hace una última aparición en el techo de acrílico sobre nosotros. Un conjunto de luces se proyecta sobre nosotros, unas palabras, una frase, la leyenda: "Gracias por regalarnos una sonrisa" aparecen en el cielo. La multitud explota en un aplauso frenético y entusiasta.
—¡Christian! —grito con voz ronca, apenas y alcanzo a escucharme. Me arrastro por el piso, necesito escaparme. —¡Christian!
"Oí un alarido taladrador. En estado de shock, lo reconocí como mío."
Jack se coloca sobre mí, se arrodilla sobre mi cuerpo asegurándose de mantenerme prisionera entre sus piernas. Me mira, sus ojos verdes son como dos llamas flameando de coraje.
"Los ojos de James, que poco antes sólo mostraban interés, ahora ardían con una incontrolable necesidad. La sangre, que extendía su color carmesí por la camiseta blanca y empezaba a formar un charco rápidamente en el piso, lo estaba enloqueciendo a causa de su sed."
¡Joder! ¡Va a matarme!
"No importaban ya cuáles fueran sus intenciones originales, no se podría refrenar mucho tiempo."
—No, no, no —repito una y otra vez. Siento que mi cabeza se mueve de un lado a otro, negando y repitiendo una de las dos únicas palabras que hay en mi mente en este momento.
"Pude ver, a través del túnel en el que se había convertido mi visión, cómo su sombra oscura caía sobre mí."
El cuerpo sobre mí se vuelve más pesado, como si se presionara contra mí. Esta vez, muevo mis piernas pataleando e intentando golpearlo con las rodillas, consigo darle un par de golpes pero él se mueve, coloca su cadera sobre mis muslos evitando que me siga moviendo. Mis manos sueltan golpes, consigo golpearle un par de veces.
"Con un último esfuerzo, alcé la mano instintivamente para protegerme la cara."
—¡Christian! —desgarro mi garganta en ese grito. El bullicio al exterior sofoca mi débil grito. —¡Christian!
—Me las vas a pagar —ruge Jack. Manotea un poco, pero consigue atrapar una de mis manos.
—¡Christian! —grito de nuevo.
—¡Cierra la maldita boca! —Jack grita. Con la mano que tiene libre abofetea mi rostro. Mi cara arde, mi ojo llora, mi mandíbula duele.
—¡Christian! —continuo gritando.
—¡¿Eres estúpida?! —Jack escupe furioso. —A ese cabrón no le importas. No va a venir.
—¡Christian! —intento de nuevo. —¡Christian!
Él me va a escuchar, yo le importo. Christian me va a encontrar, siempre me encuentra. ¡Lo prometió!
—¡Christian! —grito con toda la fuerza que puedo, el sabor metálico regresa a mi boca, mi garganta arde por el esfuerzo que he hecho.
Un borrón aparece de la nada, derriba a Jack arrojando su cuerpo lejos de mí.
—¡Maldito desgraciado! —gruñidos, golpes, forcejeos. —¡Aléjate de ella!
—¡¿Sawyer?! —una voz grave, angelical y asustada grita.
Siento mi corazón golpetear contra mi mecho, en mi cabeza, en mis oídos, siento mis pulmones arder y luchar por respirar, siento el grito que está atorado en mi garganta.
—¡Señor Grey! —otra voz grita.
Un gruñido, un rugido salvaje y profundo, impregnado de la más terrible ira atraviesa el lugar. Una sensación de entumecimiento llega a mí, acompañada de un extraño alivio al escuchar ese gruñido lleno de furia salvaje.
—¡Eres un hijo de puta! —una voz ruge. Yo conozco esa voz. —¡Te atreviste a tocarla, cabrón! ¡Te voy a matar!
Observo a la masa de extremidades que está frente a mí, intento descubrir quiénes son pero mi vista no logra enfocar ninguna silueta en especial. La única señal que tengo son las maldiciones y los grotescos golpes que se escuchan, seguidos, rápidos, furiosos.
—¿¡Isabella!? —una voz me habla, me llama. —¡¿Isabella?!
Un cuerpo se arrodilla a mi lado, apenas soy consciente, apenas puedo pensar.
—¡¿Isabella?! ¿Puedes escucharme? —la voz continua hablando. —Isabella, necesito que me respondas.
Me levantan del suelo, me colocan en un regazo y me sacuden levemente.
—¡Isabella! ¿Puedes escucharme? ¡Necesito que hables conmigo! —la voz insiste. —¿Sabes quién soy?
No le respondo, no puedo, no quiero moverme.
—¡Vamos, Isabella! ¡Háblame! —una mano sacude mi rostro, es firme pero no me lastima. Los movimientos se detienen. —Mierda.
Mis oídos zumban, mi cabeza late como si mi corazón estuviera dentro de mi cerebro, todo a mí alrededor es borroso.
—¡Isabella! —una nueva voz llega a mí. Un toque más delicado me sacude. —¡Oh no!
—¡Maldición, Rhian! —la primera voz se queja. Yo conozco ese nombre. —¡No deberías estar aquí, sigues sangrando!
—¡¿Qué le sucede?! —la voz más dulce chilla agudamente. —¡Jhon! ¿Por qué luce así?
Alguien responde, no logro comprender lo que dice, las palabras se vuelven un pitido al interior de mis oídos.
—¡Isabella! —la voz dulce repite mi nombre.
—¡Rhian… —la primera voz intenta decir algo. De nuevo murmura ese nombre tan familiar.
—¡¿Por qué no responde?! —la segunda voz pregunta. De nuevo el pitido aparece en mis oídos.
—¡¿Isabella?! —una nueva voz, dulce, amable, maternal. —¡Oh no!
—No responde, está en shock —dice la primera voz. Es un hombre. —¡Maldita sea está hiperventilando!
—¡Jhon! ¡Necesitamos sacarla de ese estado, ya! ¡No está respirando!
Mi cuerpo es sacudido de nuevo. El pitido aumenta, las palabras se entrecortan. Mi pecho arde, el sabor metálico reaparece en mi lengua, mi poca visión borrosa se vuelve casi nula.
—Sostenla así —la voz maternal lanza órdenes. Alguien me mueve.
—¡Rhian! —la voz que llegó a mi primero grita ese nombre. Yo conozco ese nombre. —¡Rhian, si puedes hablarle, hazlo! Necesitamos que responda.
—¡Isabella, por favor! —la suave voz continua gritando. Yo conozco a la dueña de esa voz. —¡Por favor, Isabella, no nos hagas esto!
Hago un esfuerzo, abro mis ojos y la veo. Su rostro hinchado, una tela cubierta de sangre que sujeta contra su rostro, un moretón por debajo de sus ojos. Es Rhian,
—¡Si, vamos, Isabella! —continua chillando mi nombre. Su magullado rostro luce alegre. —¡Vuelve conmigo! Vamos, Isabella, ¡no te duermas!
Rhian está aquí. Está viva, está herida. Alguien la hirió, Jack la hirió.
¡Jack!
El pánico me inunda de nuevo.
Me retuerzo a pesar de la sensación sofocante que intenta mantenerme quieta, intento girar mi rostro, estirar mi cuerpo para ver de donde provienen los sonidos extraños y escalofriantes.
Unos ojos verdes amenazantes, molestos y burlones me miran entre el morado que los rodea, una sonrisa roja y siniestra aparece en el rostro que está a unos metros de mí.
Es inevitable que mi cuerpo se paralice. Cierro mis ojos, ruego en silencio que desaparezca, que ya no me haga daño. Quiero desaparecer.
Un sonido me trae de regreso, un grito agónico acompañado de otro sonido, el sonido más feliz que mi mente podía conjurar, el más hermoso, el único que podía elevarme el espíritu y a la vez, el más espantoso.
—¡Vas a conocer el infierno, jodido cabrón! —un rugido tenso y tosco lleno de furia. —¡Vas a desear no haberte acercado a ella!
Mis ojos parpadean, la masa de extremidades logra ser un poco más clara a mi vista. Son varias personas, ¿hombres, quizás? No logro ver sus rostros, pero sus movimientos siguen siendo agresivos y toscos.
Mi vista se desenfoca de nuevo, muevo mi cabeza para intentar alejar la niebla gris que está opacando mis sentidos. Mis ojos se abren de nuevo.
Se han movido, ahora están de pie, dos de esas siluetas sujetan las extremidades de un demonio rubio, hay otra silueta frente a él sujetándolo por el cuello, creo. Me concentro en esa silueta, luce amenazante, imponente, salvaje, pero también luce elegante, atractivo, refinado, luce como un ángel de la muerte.
Se produjo un ruido, un terrible tumulto que me asustó detrás de aquel sonido anhelado. Un gruñido grave y despiadado, un sonido seco, espantoso y un lamento lleno de agonía, que repentinamente se quebró…
Yo en cambio decidí concentrarme en el ángel que mis ojos están apreciando. El cabello cobrizo y despeinado continúa sacudiéndose al aire con cada movimiento que su dueño hace.
"No podía verle la cara porque una cálida oscuridad me empañaba los ojos."
Quiero alcanzarlo. Quiero que venga a mí, que me hable, que me abrace, quiero que me saque de este lugar.
—¡Isabella! —la voz de Rhian se escucha a mi lado. —Lo ves, ¿verdad? Lo estás mirando a él.
Sí, quise responderle. Quiero decirle algo, cualquier cosa, pero no encuentro la voluntad para que las palabras salgan de mis labios.
—Él y Sawyer te encontraron, cariño —Rhian me dice con suavidad. "Cariño" esa palabra me es conocida, alguien me llama asó. —¿Sabes quién es él?
Es un ángel. Uno muy peligroso para todos, menos para mí. Es mi salvador, ya me ha salvado antes. Él me encontró, siempre que me pierdo él es quien me encuentra y me trae de regreso.
—Ya tratamos de llamar su atención, pero nos ignora —Rhian murmura. No la miro, temo que si despego mis ojos del ángel cobrizo se desaparezca y me deje sola, tengo miedo de que permita que la oscuridad se me consuma.
Observo que el ángel y los otros dos hombres se mueven en la dirección contraria a la que yo me encuentro. Una nueva ola de pánico se levanta sobre mí.
¡No! Quiero gritar. ¡No, no puede dejarme!
Estiro mi mano, necesito alcanzarlo.
—¡Di su nombre! —Rhian me anima. —¡Grita para que te escuche y venga contigo!
Abro mi boca, Necesito hablarle al ángel, necesito explicarle, decirle lo que pasó, él lo puede arreglar. Desesperada, intento buscar mi propia voz, quiero hablarle, necesito hablarle. Necesito que venga conmigo.
—¡Vamos, Isabella! —la voz del hombre que llegó antes que Rhian, me anima, hay algo esperanzador en su voz. —¡Llámalo, grítale!
—¡Christian! —grito.
Mi espalda se arquea por el esfuerzo, mi cuerpo duele por el esfuerzo que ha requerido que mi garganta profese ese grito tan desgarrador que deja en evidencia las emociones en mi interior.
—¡Eso es! —la voz maternal me apremia.
Mis pulmones arden, mi pecho sube y baja a un ritmo frenético, de repente tengo demasiado aire disponible y mis pulmones no logran procesarlo correctamente. Mi cuerpo aun duele
—¡Isabella! —el ángel dice mi nombre. Su voz suena horrorizada.
"El ángel empezó a sollozar, roto de dolor. Un ángel no debería llorar, eso no está bien."
—C-Chris... — hipo. Mi voz se pierde de nuevo. Hago un nuevo esfuerzo para expulsar mi voz de mi garganta. —¡C-Christian!
"Mi voz sonaba pastosa y débil. Ni yo era capaz de entenderme."
Una nueva presencia aparece sobre mí, mis ojos se desenfocan y se cierran, siento que los brazos que me rodean se mueven y ahora estoy envuelta en unos nuevos brazos que me acunan con ternura, amor y desesperación.
—¡Isabella! —el ángel me habla. —Cariño, aquí estoy. ¡Abre los ojos, por favor!
Hago lo que dice, me es inevitable. Mi vista se enfoca de nuevo solo para observar su rostro crispado de pena y dolor. Un par de ojos grises me miran, muy abiertos, aterrorizados y tormentosos
—Cariño, por favor, Isabella —me zarandea suavemente, sus ojos buscan con desesperación algo. —Isabella, por favor, háblame.
—J-Jack —balbuceo.
En respuesta, sus brazos me aprisionan en un abrazo, me abandono a la sensación de consuelo que me ofrece su aroma tan familiar. Los sollozos histéricos toman de rehén mi cuerpo, las lágrimas bajan por mis mejillas descontroladamente.
—Aquí estoy, cariño —me consuela. —Te tengo.
—J-Jack —intento de nuevo. Tengo que decirle, necesita saber qué es lo que pasó. Él puede arreglarlo, Christian lo dijo, él puede arreglar cualquier cosa que no me guste.
"Quería decírselo todo de una vez, pero mi voz se iba debilitando."
—Ahora estás a salvo —me silencia. Sus brazos me presionan con más fuerza.
—Int-intentó… Jack… él… —hago una mueca. — J-Jack intent-tó… me toc-có…
"La indignación de mi voz sonaba lastimosamente débil..."
Siento los músculos de su espalda y hombros tensarse, la rabia lo domina. Se pone de píe con un movimiento llevándome en sus brazos. Un rugido brota de su garganta, su cuerpo vibra contra el mío. Sus brazos intentan desprenderme de su cuerpo.
—¡N-no no me sueltes! —grito. El pánico me asalta de nuevo. Me sujeto de las solapas de su traje con angustia. —¡No me dejes, por favor!
Mis palabras frenan sus intenciones, presiona mi cabeza contra su pecho.
—Aquí estoy —me asegura. —Aquí estoy, cariño.
—¡Suéltame! —un siseo furioso llega a mis oídos. Es inevitable que me encoja al reconocer la voz.
—¡Cierra la boca! —la conocida voz de Taylor responde.
—Christian, necesito revisar a Isabella —la voz de Grace se escucha a mis espaldas. Me presiono más contra el cuerpo que me sostiene.
—N-no quiero —consigo decir. —Rhian... ella necesita...
—Jhon ya va de camino al hospital —Grace me dice. —Los voy a alcanzar enseguida, puedes venir conmigo... digo, por si quieres verla.
—¡No! —chillo. —No quiero ir al hospital.
No quiero ver a nadie, no quero que nadie me vea.
—Mamá... —Christian suspira en un tono extraño. En silencio agradezco que Grace haya dejado de insistir.
—¡Bella! —la voz de Angela llama mi atención. Desde mi posición la veo venir corriendo a mí. —¡¿Bella?! ¿Qué carajos pasó?
—¡Angie! —grito buscándola. Me reacomodo en los brazos de Christian para poder estirar una de mis manos en dirección a mi amiga.
—¡¿Qué hizo ese cabrón?! —pregunta tomando mi mano. Sus ojos me analizan.
—M-me tocó y… él… intento… —balbuceo la respuesta con el poco aire que queda en mis pulmones.
—¡Hijo de puta! —el rugido de Elliot se escucha al fondo, acompañado de un nuevo grito de dolor que supongo proviene de Jack.
—¡Escúchame bien jodido cabrón! —mi amiga grita. Sus ojos se fijan en un punto a mis espaldas. —¡Te voy a cortar las malditas manos y te las voy a meter por el culo, estúpido desgraciado!
Angela hace una mueca, suelta mi mano y camina furiosa en la dirección a la que está mirando. Mi cabeza sigue sus movimientos, la parte curiosa en mi interior quiere saber lo que hará. Solo veo su espalda, pero eso me basta.
—¿Crees que no me atrevo? —mi amiga coloca sus manos la cintura. Se inclina y se quita uno de sus zapatos, su mano lo sacude antes de arrojarlo hacia la persona enfrente de ella. —¡Te voy a cortar la pequeña polla que tienes y te la voy a meter con todo y huevos en la boca!
—Joder, que especifico fue eso —Elliot se aclara la garganta. —Hasta yo me puse nervioso.
—¡Es lo mínimo que se merece el cabrón! —mi amiga le responde. Se da la vuelta y vuelve a mi lado, sosteniéndome del lado contrario de Christian.
—N-no quiero estar aquí —balbuceo. Hago un esfuerzo por recordarme que debo respirar. —Q-quiero irme. N-no quiero estar aquí, por favor.
Christian asiente.
—Taylor, encárgate de esto en silencio —Christian ordena. —Sawyer, con nosotros.
—Si señor —escucho la voz de ambos.
—N-no quiero seguir en el m-mismo lugar q-que él —lloriqueo. —N-no quiero i-ir al hosp-pital.
—Vámonos. Te sacaremos de aquí, Bella —Angela me consuela. Yo me dejo llevar por ambos.
A todas las personas que han sido dañadas, abusadas o heridas de alguna manera, quiero decirles que no están solas. Aquí hay una pobre escritora que está dispuesta a escucharles si eso es lo que desean.
Lamento subir este capitulo en estas fechas, pero no podía despedir el año sin actualizar mis adoradas historias.
Nos leemos en el siguiente capitulo.
