¡Por fin! Ya he vuelto. Me ha costado muchísimo escribir este capítulo y además me ha quedado muy largo, espero que os guste, porque siento anunciar que con este se acaba mi historia.
He querido alargarla lo máximo posible e intentar escribir y subir con regularidad, pero en este momento, he llegado a mi límite y no voy a poder actualizar con mucha frecuencia, así que he decidido terminar con este último capítulo y hacerlo más largo y especial.
Antes de empezar necesito hacer una ADVERTENCIA: contiene lemon.
Habían pasado más de dos semanas desde que el equipo 7 se había ido. Sumire y Ada se veían con frecuencia, como si fueran una pareja de esposas abandonadas por sus maridos. Era una costumbre que se estaba asentando entre ellas y que parecía aminorar la espera que se hacía eterna, al menos para Sumire.
- ¿Cómo lo haces? -preguntó mientras tomaba su taza de café entre las manos.
- ¿Cómo hago el qué, cariño? -Ada sorbía de su taza, hablando lento y con la mirada fija en su amiga.
- Aguantar tanto tiempo sin saber si volverán…
- Bueno, puedo saber si volverán…
- ¿En serio? ¿Lo harán?
- Claro, ya están de camino…si todo va bien estarán por aquí para finales de semana.
Una sensación de alivio e impaciencia se puso en Sumire. Algo que no había sentido antes, había pasado dos semanas intranquila por la ausencia y ahora que se venía la presencia, estaba nerviosa al pensar en cómo se desarrollarían los acontecimientos. Por un lado, quería ver a Mitsuki, hacer cosas con él, hablar y saber que estaba ahí, pero por el otro, sentía que había algo pendiente entre ellos dos, algo que ella también quería y que había estado dos semanas concienciándose de que lo quería.
Todo había sido hasta entonces pasional y caótico, pero reconocía que le gustaba. Le gustaban sus besos, sus caricias e, incluso, cuando lo hacían a escondidas de todos y jugaban a que nadie los viera. Había sido un viaje increíble hasta aquí, pero quizá las cosas habían cambiado entre ellos para bien. Lo suyo ya era un secreto a voces que todos conocían y no podía seguir escondiéndose de nadie.
Ahora solo le quedaba esperar, cada vez con más ansia, el regreso de Mitsuki de su misión. En cualquier momento podrían llegar y aparecer por la puerta de su casa o por el laboratorio. Y así, tal y como ella misma predijo, un día a la salida del laboratorio, la esperaba donde siempre lo hacía, un poco lejos del laboratorio, pero lo suficientemente cerca como para acompañarla a su casa y poder pasear a su lado.
Ambos contuvieron la emoción de verse de nuevo y, entrando en ese juego infantil de la falsa pretensión, fingieron no haberse ansiado desde hacía días, como si esa actitud les abstuviese del pudor anticipatorio que habían estado sintiendo. Como si no se imaginasen lo que iba a pasar entre ellos en unos momentos o quizá en otros muchos más en el futuro. Pero muchas veces la expectativa supera la realidad y el miedo a que eso pasara empezó a calar en Sumire. No por la expectativa que tuviera ella en Mitsuki, sino por la que ella podía haber generado en él sin haberse dado cuenta.
Pero las cosas eran mucho más simples que eso, porque ante la continua corriente de pensamiento que Sumire generaba respecto a todo lo que pasaba a su alrededor, Mitsuki lo simplificaba al extremo y dejaba que la vida simplemente fluyera. Y, aunque pensaba en las cosas, nunca se preocupaba demasiado por la opinión ajena.
Ahí estaban esos dos polos opuestos, atrayéndose inexorablemente por una corriente casi eléctrica que los hacía estar juntos. En el interior de casa de Sumire, se sentaron en el sofá el uno al lado del otro, como estuvieron hacía unos días, poco antes de la misión de Mitsuki.
- ¿Y qué tal la misión?
- Bien
- ¿Ha sido peligrosa?
- No
- ¿Sarada y Kawaki siguen peleándose?
- Se ignoran.
El interrogatorio a partir del cual Sumire intentaba sacar algo de conversación se estaba haciendo exasperante. El silencio del chico a veces le ponía nerviosa y, aunque adoraba su presencia, reconocía que algunas veces no sabía bien cómo tratar con él.
- Me alegro de volver -interrumpió en la cabeza de Sumire que estaba otra vez dándole vueltas a cada pequeño detalle que ocurría en la sala.
- ¿A Konoha?
- No, contigo.
Sin dar respuesta apoyó su cabeza en el hombro de Mitsuki y este la rodeó con su brazo. Dejó que se acurrucara en su pecho y empezó a acariciarle el pelo, dejando que, poco a poco, todo lo que había a su alrededor desapareciera, que el tiempo se desdibujara en el aire y que la idea de que el mundo eran ellos dos solos arraigase en el ambiente.
Se incorporó con la mano en su pecho para mirarle directamente a los ojos y sus labios se encontraron de nuevo, la suavidad de su piel se encontró con la de Mitsuki, que mordía con cariño el labio inferior de la chica, que cada vez lo besaba con más ansia. Tenía su mano derecha puesta en su cintura y la izquierda sujetaba su rostro, pasando el pulgar por la línea de la mandíbula.
Despacio, se separó de ella, mirándola fijamente a los ojos y dejando que sus labios se volvieran a juntar en un beso que cada vez supuraba más pasión. Sus lenguas se acariciaban y parecían estar bailando al mismo ritmo, la mano que antes estaba en la cara, ahora estaba paseando por su lomo de arriba abajo, erizando los pelos de su piel y sintiendo cada vez más ganas de tenerla cerca. En un arrebato pasó su mano por sus muslos y la levantó hasta sentarla sobre su regazo.
Ahí se encontraba Sumire, sentada a horcajadas de Mitsuki, viendo cómo todo salía al contrario de como había sucedido en su imaginación. Su falda corta ponía su piel, caliente, en contacto con las manos de Mitsuki, que ahora estaban afincadas en sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel y la carne firme que se apretaba contra sus caderas. Sumiré jugaba con su pelo, mientras él subía las manos poco a poco, pasando de las rodillas a las caderas, empezando a guiar un movimiento lento que surgía sin que ninguno de los dos se diera cuenta. La pelvis de Sumire empezaba a rozar la de Mitsuki muy lentamente, como con cierto disimulo, como si ninguno quisiera que pasara, pero de manera inevitable se sintieran atraídos a hacerlo.
Algo había empezado que no se podía parar y las manos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y empezaron a levantar la ropa, a desabrochar botones y a permitirse el lujo de la carne, el sudor y el roce. Camisa de Mitsuki estaba cada vez más abierta, dejando ver el pecho y el cuerpo blanco y fibrado del chico. El botón de su ombligo sobresalía ligeramente entre los abdominales y sus clavículas lisas impecables se habían convertido en el escenario de un juego de sombras que le hacía parecer más maduro y fuerte. Sumire, por el otro lado, tenía la falda subida y se le veían ligeramente las bragas, mientras que la camisa que llevaba estaba abierta hasta la mitad, dejando ver sus pechos turgentes dentro del sujetador.
Los labios del chico bajaron por el cuello hasta llegar a los pechos, pasando la lengua entre los dos, saboreando el sudor que se forma con la piel que choca entre sí. Podía escuchar, si aguzaba el oído, el incesante latir del corazón de la chica que se aceleraba por momentos. Soltó un gemido y el chico la tomó por la cintura, apretándola contra su cuerpo y sintiendo su peso en su regazo. Agarró sus piernas con las manos y se levantó, dejando que entrelazara sus tobillos en su espalda y llevándola a la cama, donde la dejó caer de espaldas contra el colchón.
Las sábanas blancas y la imagen de Sumire, con su pelo morado suelto expandiéndose por toda la superficie hacía parecer a sus ojos una especie de diosa de la belleza que se reivindicaba en sus propias curvas. La falda corta, la blusa desabrochada, el rastro de la saliva que solo Mitsuki reconocía.
Pasó su mano derecha por una de las rodillas de la chica, que parecía apretarse contra la otra en un acto de timidez y las separó, dejando que la fuerza de la gravedad las abriera para poder tumbarse encima de ella y seguir besándola. El escenario había cambiado y la forma de besarse también. Los besos se iban haciendo más intensos y las manos de Sumire empezaban a viajar por la espalda del chico, firme y musculada, ansiando quitarle la ropa para poder admirar mejor su cuerpo. La ansiedad se convirtió en una necesidad de conseguir lo que buscaba de manera inmediata y empezó a desvestirle, hasta que se quedó con el pecho descubierto. No era la primera vez que lo veía, sin embargo, se sorprendía como si lo fuera.
Pasó la mano por la línea del ombligo y bordeó su cadera hasta acercarlo para sí. Quería sentir u cuerpo contra el suyo, piel con piel, que las pulsaciones de uno se convirtieran en las de ambos y que pudieran latir al mismo ritmo, aunque fuera por un instante.
Empezaba a sobrar ropa y, con cierta ansiedad, empezaron a desabrocharse los botones hasta desnudarla del todo. La falda de Sumire estaba en el suelo tirada, junto con su camisa y su sujetador. Mitsuki se maravillaba ante algo que se había imaginado mil veces, pero que no había visto hasta ahora. Sus pechos redondos y sus pezones rosas le llevaron a perder la frialdad que tanto le caracterizaba y se echó encima de ella para pasar la lengua por la línea de la clavícula hasta bajar abajo, poder sentir la turgencia de su piel en sus labios y, de manera casi inconsciente, empezó a empujar su pubis contra el de ella.
Algo que no podía explicarse le hizo volver a en sí, para dejar de pasar el dedo pulgar por uno de los pezones de Sumire, rosa y duro para besarla una última vez en los labios y apartarse. Algo de lo mucho que estaba pasando en ese momento se revolvió también en ella.
-¿Qué pasa?
- Nada -la miraba con una sonrisa en sus labios.
- ¿Por qué paras?
- No estoy parando -los dos hablaban en una especie de susurro tímido que se podía confundir fácilmente con el sonido de la ropa rozando, de las sábanas moviéndose o del colchón sonando.
No pensaba dejar que se rompiera esa magia que había entre los dos en ese momento. Volvió a abrir las piernas de la chica que se habían cerrado de una manera casi automática y empezó a besar sus muslos, tocando la piel de sus piernas blancas con su cara, pasando la nariz por el interior de los muslos, haciendo que la fina capa de pelusilla que había se erizara hasta que sus manos llegaron a sus bragas.
Había estado ahí antes, en el Ryokan, pero esta vez era diferente. Quería hacerlo bien, consciente, siendo los dos plenos partícipes del evento, pero tampoco podía esperar mucho más y le terminó de quitar la poca ropa que le quedaba. Estaba tumbada en la cama, con las rodillas dobladas, esperando al filo a que pasara algo. Mitsuki estaba viendo por primera vez algo que solo había tanteado con las manos. Los pliegues, las líneas verticales, irregulares, pero imperfectas le parecían algo tan familiar y a su vez tan misterioso que solo de manera instintiva sabría lo que tenía que hacer.
Pasó su dedo pulgar por la línea del medio, escuchando un gemido al otro lado de la cama, pero él no podía ver de dónde venía, estaba de rodillas y en su campo de visión solo había una cosa. Volvió a pasar el pulgar, esta vez de abajo a arriba, despacio esperando a que ese contacto hiciera efecto en Sumire y cuando escuchó su voz, volvió a bajar para introducirlo y sentir cómo se contraían los músculos de dentro. Su piel, por dentro, era rugosa y a la vez suave, el dedo entraba y salía con facilidad, llenándose cada vez más de ese líquido viscoso que le pedía a gritos que lo probara.
Pasó la lengua por el mismo lugar que había pasado antes el dedo y, con las manos en los muslos de la chica, sintió como se contraían. Era evidente lo que iba a pasar ahora, así que siguió lamiendo con más fuerza, tanteando con la punta de su lengua el lugar exacto en el que debía lamer, introduciendo uno o dos dedos de vez en cuando, sintiendo todo en sus manos prieto, contrayéndose cada vez más fuerte. Escuchaba de fondo los jadeos y gemidos de Sumire, a quien apenas podía ver. Se sentía postrado ante una diosa como ella y se había olvidado por un momento hasta de sus propias necesidades. Los gemidos sonaban cada vez más altos y en su boca y en sus dedos podía sentir que estaba haciendo lo correcto, que se estaban contrayendo y una de sus manos fue a la cabeza de Mitsuki que siguió hasta que ya no pudo más, hasta que una sacudida recorrió su cuerpo hasta hacerla estremecer. Se había parado el mundo, incluso su respiración, que estaba haciendo esfuerzos inconmensurables para recuperar la normalidad.
Mitsuki poco a poco fue subiendo hasta tumbarse a su lado en la cama y no pudo evitar pasar la mano por su lomo, desde el hombro hasta las piernas, navegando por todas las curvas de su cuerpo, sintiendo la suavidad de su piel, viendo cómo dejaba detrás de sí un campo de poros erizados, devastados ante el tacto de sus dedos. Quería pasar por ahí la lengua también, como lo había hecho antes, pero Sumire no paraba de devolverle las caricias, pasando por sus brazos, por la línea de sus oblicuos, hasta llegar al filo de sus pantalones, donde una fina hilera de pelito que va desde el ombligo se ensancha, dejando ver algo del vello blanco, como el de su cabeza que empezaba a asomar. Sumiré jugaba con la línea del pantalón pasando el dedo de un lado a otro, metiendo la punta, para acariciar con su uña la piel que todavía no había visto.
No podían dejar de besarse y algo le urgía a Mitsuki a tomar la mano de la chica y bajarla a donde él quería que estuviera, pero a su vez necesitaba que las cosas siguieran su curso, que fuera ella la que bajara sin que él se lo pidiera. Era algo difícil, a pesar de trabajar como shinobi la contención tantas veces. Decidió desabrocharse el primer botón del pantalón él mismo, a modo de sugerencia. Cosa que se hizo entender casi al instante, permitiendo que Sumire bajara la mano un poco más, hasta entrar en contacto con su miembro, duro, erecto, esperándola. La visión de los clones de Mitsuki flotando en un líquido amniótico artificial se disiparon de su cabeza, parecía una persona normal, nacida del vientre de su madre como otro cualquiera, tenía su ombligo, su piel casi perfecta y eso de lo que los otros clones carecían.
Mitsuki le apartó la mano con delicadeza y se tumbó encima de ella. Todavía estaba medio vestido, mientras que ella estaba completamente desnuda, pero no parecía importar. Necesitaba sentir su pecho contra el suyo, su piel rozándose, sus cuerpos sintiéndose pegados el uno al otro, necesitaba sentir su sexo, pero no con la mano, empujar desde la cadera, tenerla entre sus brazos, besarla.
Todo estaba siendo una vorágine de sensaciones, algo que nunca antes había sentido, prácticamente ni consigo mismo. Empezaba a sentir cierta ansiedad por tener más de ella, así como ella sentía esa misma ansiedad por tener más de él. Era su primera vez y sus amigas le habían dicho que era doloroso, que podía llegar a ser molesto, pero hasta ahora nada de lo sucedido le molestaba, ni le hacía sentir que algo podría doler. Esa ansia que tenían los dos les llevó a terminar de desnudar a Mitsuki, quedando los dos en igualdad de condiciones, viéndose el uno al otro a los ojos, y admirando el cuerpo perfecto del otro.
Mitsuki volvió a tumbarse encima de ella, esta vez piel con piel, sintiendo la humedad de Sumiré. Estaba duro y empezaba a perder la cabeza quería deslizarse dentro de ella, como si algo le estuviera llamando, como si todas sus defensas estuvieran abiertas a él. Pero en contra de lo que quería la chica se apartó.
-¡Espera! -surgió por un momento la inseguridad en Mitsuki, como si algo de lo que hubiera estado haciendo hasta ahora hubieses estado mal.
- ¿Pasa algo?
- No, es solo…-no terminó la frase, por supuesto que le daba vergüenza verbalizar lo que pasaba.
Saltó un momento de la cama a la cómoda que estaba justo al lado y abrió uno de los cajones. Mitsuki la miraba desde el colchón, contemplando su cuerpo esbelto y lleno de curvas. La chica se dio la vuelta y le tendió un paquetito con un acabado metálico.
- Claro, cómo no -sonrío y tiró del brazo de Sumire hasta devolverla a la cama con él.
Se tumbaron el uno al lado del otro y no podía dejar de pasar acariciarse mutuamente, despertando con el tacto del otro, sensaciones que no habían vivido antes. Sumire volvió a bajar la mano y empezó a mover de arriba abajo, escuchando los jadeos de Mitsuki cada vez más frecuentes. Mitsuki hizo lo mismo, bajó la mano y con el paquete que ella le había dado, lo abrió y sacó el contenido, colocando la goma con una facilidad que asombró a la misma Sumiré y sembró en ella cierto halo de duda.
Una vez se lo puso, volvió a tumbarse encima de ella, abrió sus piernas y muy despacito empezó a tantear el terreno con sus dedos. Sumire gemía y entre gemidos y jadeos, pudo distinguir algunas palabras.
- Es mi primera vez…
No sabría decir si sonaba a advertencia, a confesión o a petición, pero las tres intenciones se confundieron en el ambiente y él simplemente no quería parar. La besaba en el cuello en las clavículas y sentía sus pechos debajo de sus manos y, acercándose mucho a su oído, le susurró para que solo ella pudiera oírlo:
- La mía también, solo dime si te hago daño.
No se lo pensó más. Muy despacio se fue introduciendo dentro de ella. Sentía las paredes de su vagina estremecerse a su paso y él mismo lo sentía prieto. Sumire se mordía el labio y no sabía discernir si era por dolor o por placer. Tenía miedo de hacerla daño, así que empezó a moverse muy despacio, a pesar de que su cuerpo le pedía hacerlo más rápido. Las piernas de la chica le abrazaban el torso y le impedían salirse, pidiéndole, de alguna manera, que continuara más rápido.
Se habían entregado completamente al placer de la situación, el sudor de Mitsuki se había fusionado con el de Sumire, dejando una esencia única impregnada en ambos. Las manos de la chica recorrían la espalda de Mitsuki y sus movimientos eran cada vez más rápidos. Las ganas por terminar empezaban a ir en aumento, pero no quería que ese momento se terminara. Bajó el ritmo y le preguntó al oído:
- ¿Quieres ponerte encima?
No dio mucho espacio a respuesta y aprovechó que Sumire había aflojado las piernas para tumbarse boca arriba, esperando que la chica hiciera lo que le había pedido. Quería continuar, aunque no sabía cuánto más podría durar.
El tiempo se había hecho líquido, se había difuminado en sus límites para transformarse en algo indecible, que ni ellos mismos podían mesurar. No sabían si llevaban minutos u horas, pero lo sentían como algo extremadamente insuficiente. Las caderas de Sumire se movían lentamente, mientras el chico las guiaba con sus manos. Estaban fundidos en una sola mirada, más allá del aquí y el ahora no había nadie más. El mundo no existía, solo ellos dos en esa cama que había perdido totalmente su identidad.
-¿Te queda mucho?- Mitsuki empezaba a impacientarse.
- No…
- Avísame
Los dos cada vez se movían más rápido. Mitsuki no podía dejar de mirar los pechos de Sumire que rebotaban al ritmo que se movía. Estaban llegando a un punto de no retorno y los gemidos de la chica eran cada vez más evidentes y podía sentir sus contracciones en su propio cuerpo. Mitsuki estaba empezando a hacer un gran esfuerzo por aguantarse, pero las señales que ella le enviaba eran claras. Los dos se dejaron llevar. Sumire abrió los ojos por un momento y vio los de Mitsuki en blanco. Apenas habían terminado, se incorporó para abrazarla y, pegados el uno al otro, esperaron un tiempo hasta recuperar el aliento. Parecía que habían corrido una maratón de 15 kilómetros. El sudor de Mitsuki corría por su pecho y por su cuello y le recordaba al día que se rompió el brazo en la cueva.
Quería besarlo, cubrirlo de besos y pasar el resto de su vida a su lado, pero otra vez la incertidumbre le carcomía. Mitsuki se apartó un momento, se incorporó y desapareció de su vista, dejando a Sumiré totalmente desamparada. Apenas pasaron unos minutos que regresó, y la abrazó, devolviéndole a la seguridad de estar a su lado. Permitiéndose relajarse hasta quedarse completamente dormida.
Bueno, no sé si es el final que esperabais, pero es el que os puedo dar. Espero que os haya gustado todo el lemon y que hayáis disfrutado la historia tanto como yo al escribirla. Espero leeros en los comentarios y espero también volver a escribir muy pronto.
¡Hasta siempre!
